viernes, 6 de junio de 2008

De Pearl Harbor al 11-S


Provocaciones y pretextos para la guerra imperialista

James Petras
Rebelión
04-06-2008
Traducido del inglés para Rebelión por S. Seguí


En una democracia imperialista, la guerra no puede declararse con un simple decreto presidencial; exige el consentimiento de unas masas fuertemente motivadas y dispuestas a aceptar los sacrificios humanos y materiales que conlleva. Los líderes imperialistas tienen que crear sentimientos de injusticia y moralidad visibles y de gran carga emocional a fin fomentar la cohesión nacional y superar la oposición natural a las muertes tempranas, la destrucción y la perturbación de la vida civil, así como la brutal militarización que acompaña a la sumisión al dominio absolutista por parte de los militares.
La exigencia de inventarse una causa es particularmente evidente en los países imperialistas, por cuanto su territorio nacional no está amenazado. No hay un ejército de ocupación a la vista que oprima a las masas del país en su vida cotidiana. El enemigo no perturba la vida normal de cada día, como lo haría el reclutamiento forzoso. ¿Quién estaría dispuesto, en tiempo de paz, a sacrificar sus derechos constitucionales y su participación en la sociedad civil hasta sujetarse a una ley marcial que impidiera el ejercicio de todas sus libertades civiles?
La tarea de los gobernantes imperiales consiste en inventarse un mundo en el que el enemigo que vayan a atacar –por ejemplo, una potencia emergente como Japón— sea presentado como un invasor; o cuando se trate de movimientos revolucionarios –los comunistas chinos o coreanos— en guerra civil contra un gobernante satélite del imperio como un movimiento de agresión; o bien como una conspiración terrorista vinculada a movimientos antiimperialistas o anticoloniales islámicos o laicos. Las democracias imperialistas del pasado no tenían necesidad de consultar a las masas o de ganarse su apoyo en sus guerras expansionistas; contaban con ejércitos voluntarios, mercenarios y súbditos coloniales dirigidos y mandados por oficiales coloniales. Sólo con la confluencia del imperialismo, de las políticas electorales y de la guerra total surgió la necesidad de conseguir además el consentimiento y el entusiasmo que permitan llevar a cabo el reclutamiento masivo y obligatorio.
Dado que todas las guerras imperiales de Estados Unidos se han librado en ultramar, – lejos de cualquier amenaza de ataque o invasión— los gobernantes estadounidenses se hallan ante la particular tarea de conseguir un casus belli inmediato, espectacular e hipócritamente defensivo.
Con este objetivo, los presidentes de EE UU han creado circunstancias, inventado incidentes y actuado en complicidad con sus enemigos, a fin de excitar el belicoso temperamento de las masas en favor de la guerra.
El pretexto para las guerras son actos de provocación que ponen en marcha una serie de contramedidas por parte del enemigo, que luego se utilizan para justificar una movilización militar masiva por parte del imperio y legitimar así la guerra.
Las provocaciones maquinadas por los Estados requieren la complicidad uniforme de los medios de comunicación de masas en el periodo previo a la guerra abierta, es decir requieren que se presente a la potencia imperial como víctima de su propia y confiada inocencia y sus buenas intenciones. Las cuatro guerras imperiales principales libradas por Estados Unidos en los últimos 67 años recurrieron a provocaciones, pretextos e intensa propaganda por parte de los medios de comunicación de masas con el fin de movilizar a éstas en favor de la guerra. Un ejército de académicos, periodistas y expertos de los medios de comunicación reblandecen al público en preparación para la guerra por medio de escritos y comentarios demonizantes. Todos y cada uno de los aspectos de los objetivos militares se presentan como el mal total –y por ende, totalitario–, en el que hasta la más benigna política está vinculada a unos fines demoníacos del Estado en cuestión.
Dado que el enemigo en ciernes no tiene ningún lado bueno y, peor aún, dado que el Estado totalitario controla todo y a todos, no es posible ningún proceso de reforma interna o de cambio. De ahí que la derrota del mal total sólo pueda alcanzarse mediante la guerra total. El Estado y el pueblo convertidos en objetivos deben ser destruidos a fin de ser redimidos. En pocas palabras, es preciso disciplinar la democracia imperial y convertirla en un monstruo militar basado en la complicidad de las masas con sus crímenes de guerra imperial. La guerra contra el totalitarismo se convierte en el vehículo de control estatal total necesario para la guerra imperial.
En las guerras contra Japón, Corea, Vietnam y la guerra post 11 de septiembre contra un régimen nacionalista, laico e independiente de Iraq y la república islámica de Afganistán, el gobierno estadounidense, con el apoyo uniforme de los medios de comunicación y el Congreso, provocó una respuesta hostil por parte de sus objetivos y maquinó un pretexto en el que se basó la movilización masiva para unas guerras sangrientas y prolongadas.

Provocación y pretexto en la guerra contra Japón.
El presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) puso muy alto el listón en materia de provocación y creación de pretextos capaces de socavar el sentimiento mayoritariamente contrario a la guerra, y de unificar y movilizar el país para el conflicto. Robert Stinnett, en su brillante y documentado estudio Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor (El día del engaño. La verdad sobre FDR y Pearl Harbor) demuestra que Roosevelt provocó la guerra con Japón al seguir metódica y deliberadamente un programa de ocho pasos de hostigamiento y bloqueo contra Japón desarrollado por el comandante Arthur H. McCollum, director del Departamento de Extremo Oriente de la Oficina de Inteligencia de la Marina de Estados Unidos. En el estudio se presenta una documentación sistemática de los telegramas estadounidenses en los que se informaba del seguimiento de la armada japonesa hacia Pearl Harbor, que demuestran claramente que Roosevelt supo de antemano del ataque japonés a la citada base, al haber seguido cada paso de la flota japonesa a lo largo de su recorrido.
Peor aún, Stinnett revela que al almirante H.E. Kimmel, encargado de la defensa de Pearl Harbor, se le negó el acceso a los decisivos informes del espionaje estadounidenses relativos a los movimientos de aproximación de la flota japonesa, con lo que le impidió la defensa de la base. El ataque furtivo de los japoneses, que produjo la muerte de más de 3.000 militares estadounidenses y la destrucción de un gran número de buques y aviones, provocó con éxito la guerra que FDRoosevelt había deseado. En la etapa anterior al ataque, el presidente Roosevelt había ordenado la ejecución del memorando de octubre de 1940 elaborado por los servicios de inteligencia de la Marina y cuyo autor fue el citado McCollum, con las ocho medidas concretas equivalentes a acciones de guerra, entre otras el bloqueo económico de Japón, el suministro de armas a los enemigos de Japón, impedir a Tokio el acceso a determinadas materias primas de valor estratégico para su economía, y la denegación de acceso portuario, con todo lo cual se provocaba la confrontación militar. Para superar el rechazo generalizado a la guerra, Roosevelt necesitaba que Japón cometiese una acción espectacular, destructiva e inmoral contra una base militar estadounidenses claramente defensiva que convirtiese a la pacifista opinión pública norteamericana en una máquina de guerra cohesionada, indignada y biempensante. De ahí la decisión presidencial de rebajar la defensa de Pearl Harbor al negar al almirante Kimmel, datos básicos sobre el previsto ataque del 7 de diciembre de 1941. El precio pagado por EE UU fue de 2.923 muertos y 879 heridos, y una acusación y juicio contra el almirante Kimmel por negligencia. A cambio, Roosevelt consiguió su guerra. El exitoso resultado de la estrategia de Roosevelt condujo a medio siglo de supremacía imperial en la región de Asia y el Pacífico. Sin embargo, un resultado no previsto fue la derrota de las tropas imperiales japonesas y estadounidenses en China continental y en Corea del Norte por los victoriosos ejércitos comunistas de liberación nacional.

Provocación y pretexto en la guerra contra Corea
La incompleta conquista de Asia, tras la derrota del imperialismo japonés a manos de Estados Unidos, y en particular los levantamientos revolucionarios en China, Corea e Indochina, plantearon un desafío estratégico a los constructores del imperio estadounidense. La masiva ayuda financiera y militar que facilitaron a sus satélites chinos no pudo impedir la victoria del Ejército Rojo antiimperialista. El presidente Harry Truman se halló ante un grave dilema: cómo consolidar la supremacía imperial estadounidense en el Pacífico en una era de crecientes levantamientos nacionalistas y comunistas, cuando una gran mayoría de los soldados y civiles estadounidenses, hartos de guerra, exigían la desmovilización y el regreso a la vida y la economía civil. Como Roosevelt en 1941, Truman tenía que provocar una confrontación tal que pudiese dramatizarse como un ataque ofensivo contra Estados Unidos –y sus aliados– y que pudiese servir como pretexto para vencer la generalizada resistencia a otra guerra imperial.
Truman y el mando militar del Pacífico, a cargo del general Douglas MacArthur, optaron por la península de Corea como escenario para la detonación de la guerra. Durante la guerra coreano-japonesa, las fuerzas guerrilleras comunistas habían liderado la guerra de liberación nacional contra el ejército japonés y sus colaboradores coreanos. Tras la derrota de Japón, la revuelta nacional se convirtió en lucha social revolucionaria contra las clases altas coreanas, colaboradoras de los ocupantes japoneses. Tal como señala Bruce Cumings en su clásica obra The Origins of Korean War (Los orígenes de la guerra de Corea), la guerra civil precedió y definió el conflicto antes y después de la ocupación estadounidense y la división de Corea en un Norte y un Sur. Los avances políticos del movimiento nacional de masas, dirigido por los comunistas antiimperialistas junto al descrédito de los colaboradores coreanos de las fuerzas de ocupación, socavaron los esfuerzos de Truman por dividir arbitrariamente el país geográficamente. En plena guerra civil de clases, Truman y MacArthur crearon una provocación: intervinieron para establecer bases militares y un ejército de ocupación estadounidenses, y armaron a los anteriores colaboradores con la ocupación japonesa, de carácter antirrevolucionario. La presencia hostil de Estados Unidos en un mar de ejércitos antiimperialistas y movimientos sociales civiles condujo inevitablemente a la escalada del conflicto social, en el que los satélites coreanos de Estados Unidos llevaban las de perder. A medida que el Ejército Rojo avanzaba con rapidez desde sus bases en el Norte y unía sus fuerzas a los movimientos sociales revolucionarios del Sur se encontró con una feroz represión y matanzas de civiles, trabajadores y campesinos antiimperialistas a manos de los colaboradores de EE UU, de quien recibían el armamento. Ante la inminente derrota, Truman declaró que la guerra civil era realmente una invasión de los coreanos del Norte contra el territorio del Sur. Truman, como Roosevelt estaba dispuesto a sacrificar a las tropas estadounidenses colocándolas bajo el fuego directo de los ejércitos revolucionarios, a fin de militarizar y movilizar la opinión pública estadounidense en defensa de sus avanzadillas imperiales en la parte septentrional de la península de Corea.
En los preparativos de la invasión estadounidense de Corea, Truman, el Congreso y los medios de comunicación llevaron a cabo una campaña de propaganda y purga de las organizaciones pacifistas y antimilitaristas en toda la sociedad civil estadounidense. Decenas de miles de personas perdieron sus empleos, centenares fueron encarceladas y centenares de miles fueron puestos en listas negras. Los sindicatos y las organizaciones cívicas fueron copados por individuos favorables a la guerra y al imperio. La propaganda y las purgas facilitaron la propagación del peligro de una nueva guerra mundial, so pretexto de que la democracia estaba amenazada por el totalitarismo comunista en expansión. En realidad, la democracia había sido degradada en preparación de una guerra imperial destinada a sostener a un satélite y conseguir una cabeza de playa militar en el continente asiático.
La invasión estadounidense de Corea en sostén de su tiránico satélite fue presentada como una respuesta a la invasión de Corea del Norte contra Corea del Sur, y a la amenaza a nuestros soldados defensores de la democracia. Las elevadas pérdidas sufridas por las tropas estadounidenses en retirada desmintieron las declaraciones del presidente Truman de que esa guerra imperial era sólo una operación policial. A finales del primer año de la guerra imperial, la opinión pública se volvió contra la guerra y pasó a considerar a Truman como un guerrerista mentiroso. En 1952, el electorado optó por el general Dwight Eisenhower y su promesa de terminar con la guerra, y en 1953 se logró un armisticio. El uso de una provocación militar por parte de Truman para detonar un conflicto con los ejércitos revolucionarios coreanos triunfantes y luego la manipulación del pretexto de un supuesto peligro para las fuerzas estadounidenses le permitió lanzar una guerra pero no conseguir una victoria completa: la guerra finalizó con una Corea dividida. Truman abandonó la presidencia en desgracia y descrédito, y en la opinión pública predominó el antibelicismo durante el siguiente decenio.

El pretexto del incidente del golfo de Tonkín y la guerra de Indochina
La invasión y la guerra de Estados Unidos contra Vietnam forman parte de un proceso prolongado que comenzó en 1954 y duró hasta la derrota final de 1975. De 1954 a 1960 Estados Unidos envió asesores militares para entrenar el ejército del corrupto, impopular y fracasado régimen colaboracionista del presidente Ngo Dinh Diem. Con la elección del presidente John F. Kennedy, Washington aumentó drásticamente el número de asesores militares, comandos –los llamados boinas verdes– y escuadrones de la muerte (Plan Phoenix). A pesar de la intensificación de la participación estadounidense y su papel preponderante en la dirección de las operaciones militares, el subalterno ejército survietnamita estaba perdiendo la guerra contra Fuerzas Armadas Populares de Liberación (Viet Cong) y el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur (FNL), que contaban con el apoyo claro de la abrumadora mayoría del pueblo vietnamita.
Tras el asesinato del presidente Kennedy, Lyndon Johnson asumió la presidencia y se halló ante el inminente colapso del régimen títere vietnamita y la derrota de su protegido, el ejército de Vietnam del Sur.
Estados Unidos perseguía dos objetivos estratégicos con la guerra de Vietnam. El primero estaba relacionado con el establecimiento de una serie de gobiernos satélites y bases militares en Corea, Japón, Filipinas, Taiwan, Indochina, Pakistán, Birmania septentrional (por mediación de los señores del opio, descendientes del Kuomingtang, y los secesionistas shan) y Tíbet, con el objetivo general de rodear a China, desarrollar operaciones de comandos en el interior de este país con ayuda de las fuerzas militares subordinadas, y bloquear el acceso de este país a sus mercados naturales. El segundo objetivo estratégico en la invasión y ocupación estadounidense de Vietnam era parte de su programa general de destrucción de los poderosos movimientos nacionales de liberación y antiimperialistas existentes en Asia del Suroeste, en particular en Indochina, Indonesia y Filipinas. El objetivo era la consolidación de regímenes clientelares que permitiesen establecer bases militares, desnacionalizasen y privatizasen sus materias primas y proporcionasen apoyo político y militar a la construcción del imperio estadounidense. La conquista de Indochina era parte esencial de dicha construcción imperial en Asia. Washington contaba con que al derrotar al país más potente del Sureste asiático y el movimiento antiimperialista más importante de la zona, los países vecinos, en particular Laos y Camboya, caerían fácilmente.
Washington tuvo que hacer frente a múltiples problemas. En primer lugar, debido al colapso del régimen y el ejército títeres survietnamitas Estados Unidos tuvo que proceder a una escalada masiva de su presencia militar, en la que sus propias fuerzas sustituyeron a las del régimen títere y extendieron e intensificaron sus bombardeos a Vietnam del Norte, Camboya y Laos. En pocas palabras, convirtió una guerra encubierta y limitada en una guerra masiva y de dominio público.
El segundo problema fue la reticencia de importantes sectores de la opinión pública estadounidense, en particular los estudiantes universitarios –y sus progenitores de clase media y clase trabajadora–, que se hallaban ante el reclutamiento obligatorio y que eran opuestos a la guerra. La escala y la amplitud de la participación militar prevista y considerada necesaria para vencer en la guerra imperial requería un pretexto, una justificación.
El pretexto debía ser concebido de modo que pudiese presentarse a los ejércitos invasores estadounidenses en situación de respuesta a un ataque inesperado de una potencia agresora (Vietnam del Norte). El presidente Johnson, el secretario de Defensa, el alto mando de la Marina y la Fuerza Aérea, el Consejo Nacional de Seguridad, todos actuaron de modo concertado. Lo que se conoció como el incidente del golfo de Tonkín partió de una información inventada sobre un par de supuestos ataques, los días 2 y 4 de agosto de 1964, frente a la costa de Vietnam del Norte por parte de las fuerzas navales de la República Democrática de Vietnam contra dos destructores estadounidenses: el USS Maddox y el USS Turner Joy. Utilizando como pretexto el relato inventado de dichos ataques, el Congreso estadounidense aprobó casi por unanimidad la Resolución del Golfo de Tonkín, de 7 de agosto de 1964, que puso en manos del presidente Johnson todos los poderes para desarrollar la invasión y ocupación de Vietnam, que en 1966 llegó a la cifra de 500.000 efectivos militares estadounidenses. La Resolución del Golfo de Tonkín autorizó al presidente Johnson a llevar a cabo operaciones militares en toda Asia suroriental sin necesidad de una declaración de guerra, a la vez que le proporcionaba la libertad de “tomar todas las medidas necesarias, incluso el uso de la fuerza armada, en apoyo de todo miembro o Estado incluido en el protocolo del Tratado de Defensa Colectiva de Asia del Sureste que pida asistencia en defensa de la libertad.”
El 5 de agosto de 1964, Lyndon Johnson se dirigió al país por radio y televisión, y anunció un bombardeo masivo de represalia sobre instalaciones navales norvietnamitas, operación bautizada como Pierce Arrow. En 2005, algunos documentos oficiales hechos públicos por el Pentágono, el Organismo de Seguridad Nacional (NSA) y otros departamentos gubernamentales revelaron que no hubo ataque vietnamita. Al contrario, según el Instituto Naval de Estados Unidos, en 1961 había comenzado ya un programa de ataques secretos a cargo de la CIA contra Vietnam del Norte, que fue retomado por el Pentágono en 1964. Estos ataques marítimos a la costa norvietnamita realizados por medio de patrulleras ultrarrápidas de fabricación noruega (adquiridas por EE UU para la marina títere survietnamita y bajo control directo de la marina estadounidense) fueron parte de la operación. El secretario de Defensa, Robert McNamara, reconoció ante el Congreso que buques de guerra estadounidenses participaron en ataques a la costa norvietnamita antes del llamado incidente del Golfo de Tonkín, desmontando las acusaciones del presidente Johnson de un ataque no provocado. La principal mentira, no obstante, fue la afirmación de que el USS Maddox respondió al ataque de una patrullera norvietnamita. Los buques vietnamitas, según informaciones posteriores de la NSA hechos públicos en 2005, ni siquiera llegaron a acercarse al Maddox y se hallaban a una distancia superior a los nueve kilómetros. El buque estadounidense realizó tres disparos de cañón y luego afirmó haber sufrido daños en su quilla por disparos de una ametralladora calibre 14.5 mm. El ataque del 4 de agosto nunca tuvo lugar. El capitán John Herrick, del USS Turner Joy, afirmó por cable que “muchos de los contactos y disparos de torpedos parecen dudosos… No ha habido contacto visual (de buques norvietnamitas) por el Maddox.”
Las consecuencias del montaje del incidente y la provocación del Golfo de Tonkín fueron la justificación de una escalada de guerra que costó la vida a cuatro millones de personas en Indochina, y que mutiló, desplazó e hirió a varios millones más, además de causar la muerte de 58.000 militares estadounidenses y heridas a medio millón más en un esfuerzo fallido de construcción militarista del imperio. En otros lugares de Asia, los constructores del imperio estadounidense consolidaron sus gobiernos títere: en Indonesia, que tenía uno de los mayores partidos comunistas legales del mundo, un golpe militar diseñado por la CIA, con la aprobación de Johnson, llevó al poder al general Suharto, quien asesinó a más de un millón de sindicalistas, campesinos, intelectuales progresistas, maestros y comunistas (junto a los miembros de sus familias).
Lo llamativo de la declaración de guerra de EE UU en Vietnam es que este país no respondió a las provocaciones de la Marina que sirvieron de pretexto para la guerra. Por consiguiente, Washington tuvo que inventarse una respuesta vietnamita para poder utilizarla como pretexto para la guerra.
La idea de inventarse falsas amenazas militares –como el incidente del golfo de Tonkín— y luego utilizarlas como pretexto para lanzar la guerra contra Vietnam se repitió en el caso de las invasiones de Iraq y Afganistán. De hecho, los creadores de las políticas del gobierno de Bush que lanzaron las dos citadas guerras, intentaron impedir la publicación de un informe realizado por el más alto comandante de la Marina, en el que refería cómo la NSA distorsionó los informes de inteligencia relativos al incidente de Tonkín a fin de cumplir el ardiente deseo del gobierno de Johnson de contar con un pretexto para la guerra.

El pretexto del 11 de septiembre y las invasiones de Iraq y Afganistán
En 2001, la gran mayoría del público estadounidense estaba preocupado por una serie de problemas internos: la recesión económica, la corrupción empresarial (Enron, WorldCom, etc.), el estallido de la burbuja punto com o cómo evitar un nuevo enfrentamiento militar en Oriente Próximo. No se percibía en Estados Unidos ningún interés en ir a la guerra por Israel, ni lanzar una nueva contra Iraq, especialmente después de la derrota y humillación de este país diez años antes, y de las brutales sanciones económicas que se le habían impuesto. Las compañías petroleras estadounidenses negociaban nuevos acuerdos con los países del Golfo y tenían en perspectiva, con algo de suerte, un Oriente Próximo estable y en paz con el único borrón de Israel y sus salvajes ataques contra los palestinos y sus amenazas a sus adversarios. En la elección presidencial del año 2000, George W. Bush fue elegido a pesar de haber perdido en la votación popular, en gran parte gracias a manejos electorales (con la complicidad del Tribunal Supremo) que impidieron el voto de parte de la población de raza negra en Florida. La belicosa retórica de Bush, y su énfasis en la seguridad nacional, tuvo ecos sobre todo en sus asesores sionistas y en el lobby pro israelí; el resto de estadounidenses hizo oídos sordos. Esta brecha entre los planes para Oriente Próximo de sus principales cargos sionistas en el Pentágono, la oficina del vicepresidente y el NSC, y las preocupaciones del pueblo estadounidense en general con sus problemas internos era llamativa. Ni los artículos de los periódicos sionistas, ni la retórica y la teatralidad anti árabe y anti musulmana proferida por Israel y sus portavoces en EE UU tenían repercusión sobre la opinión pública. En general, nadie creía en una amenaza inminente para la seguridad nacional por un ataque terrorista catastrófico, definido como un ataque con armas químicas, biológicas o nucleares. La opinión pública estadounidense estimaba que las guerras de Israel en Oriente Próximo y la exigencia por parte de sus voceros en Estados Unidos de una intervención no formaban parte de sus vidas ni de los intereses nacionales.
El principal desafío de los militaristas del gobierno de Bush era cómo hacer que la opinión pública estadounidense apoyase el nuevo programa bélico para Oriente Próximo a falta de cualquier tipo de amenaza visible, creíble e inmediata por parte de un país soberano de Oriente Próximo.
Los sionistas gozaban de posiciones privilegiadas en todos los puestos clave de gobierno como para lanzar una guerra ofensiva de alcance mundial. Tenían ideas claras sobre qué países atacar (los adversarios de Israel en Oriente Próximo), habían definido la ideología pertinente (guerra contra el terrorismo, defensa preventiva), habían proyectado una secuencia bélica, y habían vinculado su estrategia bélica regional a una ofensiva militar global contra todo tipo de gobiernos, movimientos y líderes opuestos a la construcción imperial por los medios militares estadounidenses. Lo único que necesitaban era coordinar a la élite para facilitarle un incidente terrorista catastrófico que pudiera desencadenar la nueva guerra mundial que habían expuesto y defendido públicamente.
La clave del éxito de la operación consistía en incitar a los terroristas y en propiciar una negligencia calculada y sistemática, marginando deliberadamente a los agentes de los servicios secretos y los informes de organismos de inteligencia que identificaban a los terroristas, sus planes y sus métodos. En subsiguientes audiencias de investigación, era preciso fomentar la imagen de negligencia, ineptitud burocrática y fallos de seguridad a fin de cubrir la complicidad del gobierno en el éxito de los terroristas. Era absolutamente esencial contar con un elemento que permitiera movilizar un apoyo masivo y ciego al lanzamiento de una guerra mundial de conquista y destrucción centrada en los países y los pueblos árabes y musulmanes, y este elemento era un acontecimiento catastrófico del que pudiera responsabilizarse a éstos.
Después del choque inicial del 11 de septiembre y la campaña propagandística desencadenada, que saturó los hogares estadounidenses, algunos elementos críticos comenzaron a cuestionar los preparativos del atentado, especialmente cuando algunos informes de organismos de inteligencia nacionales y extranjeros comenzaron a difundir que los responsables estadounidenses de las políticas tenían informaciones claras de los preparativos del ataque terrorista. Tras muchos meses de presión popular sostenida, el presidente Bush procedió a crear una comisión de investigación de los hechos del 11 de septiembre, presidida por antiguos políticos y funcionarios gubernamentales. Philip Zelikow, académico y ex funcionario gubernamental, destacado defensor de la defensa preventiva (es decir, la política de guerra ofensiva promovida por los militantes sionistas del Gobierno), fue nombrado director ejecutivo encargado de preparar y redactar el informe oficial de la Comisión de Investigación del 11 de septiembre. Zelikow estaba al corriente de la necesidad de un pretexto –como el del 11 de septiembre– para lanzar una guerra permanente de ámbito mundial que él mismo había recomendado. Con una sagacidad que sólo podía venir de alguien familiarizado con el montaje que condujo a la guerra, Zelikow había escrito: “Como Pearl Harbor, este acontecimiento dividiría a nuestro pasado y nuestro futuro en un antes y un después. Estados Unidos (sic) podría responder con medidas draconianas, reducción de las libertades civiles, una mayor vigilancia de los ciudadanos, la detención de sospechosos y la utilización de fuerza letal (tortura)”, (véase Philip Zelikow y otros, Catastrophic Terrorism – Tackling the New Dangers, Foreign Affairs, 1998).
Zelikow dirigió el informe de la Comisión que eximió al gobierno de todo conocimiento o complicidad en el 11-S, pero que convenció a pocos estadounidenses, al margen de los medios de comunicación y el Congreso. Las encuestas realizadas en el verano de 2003 sobre los datos y las conclusiones de la Comisión mostraron que una mayoría de la opinión pública estadounidense, especialmente la población neoyorquina, expresaba públicamente un alto grado de desconfianza y rechazo. El público sospechaba de la complicidad del Gobierno, especialmente cuando se reveló que Zelikow había consultado a algunas de las principales figuras investigadas, como el vicepresidente Dick Cheney y el gurú presidencial Karl Rove. En respuesta a los ciudadanos escépticos, Zelikow tuvo un rapto de locura y calificó a los no creyentes de “gérmenes patógenos cuya infección debía combatirse.” Con un lenguaje que recordaba la retórica social-darwinista hitleriana, se refirió a las críticas al encubrimiento de la Comisión como “bacterias que pueden infectar el cuerpo entero de la opinión pública.” Sin duda, este berrinche pseudocientífico reflejó el miedo y asco que Zelikow siente por los que lo involucraron con un régimen militarista que inventó el pretexto para una guerra catastrófica en favor del Estado favorito de Zelikow: Israel.
A lo largo de la década de 1990, la construcción imperial desarrollada por EE UU e Israel había tomado una renovada virulencia: Israel siguió despojando a los palestinos y ampliando sus asentamientos coloniales; y George Bush senior invadió Iraq y destruyó sistemáticamente la infraestructura económica militar y civil de este país, a la vez que fomentaba la creación del estado satélite de Kurdistán, tras la adecuada limpieza étnica, al norte del país. Como su antecesor, Ronald Reagan, el presidente George H. Bush dio su apoyo a fuerzas irregulares anticomunistas en su conquista de Afganistán, fuerzas que libraron una guerra santa contra un gobierno laico nacionalista y de izquierdas. Al mismo tiempo, intentó equilibrar la construcción imperial por vía militar con la expansión del imperio económico estadounidense, sin ocupar Iraq y tratando, sin éxito, de frenar la expansión colonial israelí en Cisjordania.
Con la llegada de Bill Clinton a la presidencia, se retiraron todas las trabas a la construcción militar del imperio. Clinton provocó una destructiva guerra balcánica, bombardeó sin piedad y desmembró Yugoslavia, bombardeó periódicamente Iraq y amplió las bases militares estadounidenses en los Emiratos Árabes. Bombardeó la principal fábrica de productos farmacéuticos de Sudán, invadió Somalia e intensificó el criminal boicot económico a Iraq que produjo la muerte de unos 500.000 niños. En el seno del gobierno de Clinton, algunos sionistas liberales pro Israel se unieron a los constructores del imperio en posiciones clave para la elaboración de políticas. La expansión militar y la represión israelíes alcanzaron nuevas cotas a medida que los colonos judíos financiados por EE UU y las fuerzas militares israelíes, fuertemente armadas, asesinaban a adolescentes palestinos desarmados que protestaban contra la presencia en los territorios ocupados durante la primera Intifada. En otras palabras, Washington amplió su penetración y ocupación militar en los países y las sociedades árabes, desacreditando y debilitando así el poder de sus gobiernos satélites sobre sus respectivos pueblos.
Estados Unidos puso fin a la ayuda militar que había dado a los grupos armados anticomunistas islámicos de Afganistán, una vez alcanzados los objetivos estadounidenses de destrucción del régimen laico apoyado por la Unión Soviética (acompañada por el asesinato de miles de maestros.) Como consecuencia de la financiación estadounidense se creó una vasta y desestructurada red de combatientes islámicos bien entrenados dispuestos a la lucha contra otros regímenes. Muchos de ellos fueron trasladados por el gobierno de Clinton a Bosnia, donde los combatientes islámicos combatieron en una guerra por delegación y separatista contra el gobierno central, laico y socialista, de Yugoslavia. Otros recibieron financiamiento para desestabilizar Irán e Iraq, y fueron considerados por Washington como fuerzas de choque para futuras conquistas militares estadounidenses. No obstante, la coalición imperial de Clinton, formada por colonialistas israelíes, combatientes mercenarios islámicos y separatistas kurdos y chechenos se deshizo a medida que Estados Unidos e Israel avanzaban hacia la guerra y la conquista de Estados árabes y musulmanes, y Estados Unidos ampliaba su presencia militar en Arabia Saudí, Kuwait y los Estados del Go-lfo.
No fue fácil vender la construcción del imperio basado en el dominio militar contra Estados nación existentes; ni al público estadounidense, ni a los constructores del imperio basado en el mercado de Europa Occidental y Japón, ni a los emergentes de China y Rusia. Washington tuvo que crear las condiciones para una provocación de gran envergadura, que superase o debilitase la resistencia y oposición de los constructores del imperio rivales. Más concretamente, Washington necesitaba un acontecimiento catastrófico capaz de dar la vuelta a la opinión pública, que se había opuesto a la primera guerra del Golfo y que luego apoyó una rápida retirada de las tropas estadounidenses de Iraq en 1990.
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 sirvieron a los fines de los constructores militaristas del imperio de Estados Unidos e Israel. La destrucción del World Trade Center y la muerte de casi 3.000 civiles sirvió de pretexto para una serie de guerras coloniales, ocupaciones coloniales y actividades terroristas en todo el mundo, y consiguió el apoyo unánime del Congreso estadounidense a la vez que desencadenaba una campaña de propaganda masiva en todos los medios, a favor de la guerra.

La política de provocaciones militares
Los diez años durante los cuales se mató de hambre a 23 millones de árabes iraquíes con el boicot económico de Clinton, acompañado de intensos bombardeos, fueron una constante provocación a las comunidades y los ciudadanos árabes en todo el mundo. El apoyo al despojo sistemático de las tierras de los palestinos, acompañado de la violación de los lugares sagrados islámicos de Jerusalén fue una grave provocación que desencadenó docenas de ataques suicidas en represalia. La construcción y el funcionamiento de las bases militares estadounidenses en Arabia Saudí, país en el que se halla la ciudad santa de La Meca, fue una provocación para millones de musulmanes creyentes y practicantes. El ataque y la ocupación estadounidense e israelí del sur del Líbano y la matanza de 17.000 libaneses y palestinos fue una provocación para los árabes.
Gobernados por pusilánimes gobiernos sometidos a los intereses estadounidenses e incapaces de dar respuesta a la brutalidad israelí contra los palestinos, los ciudadanos árabes y los creyentes musulmanes se han visto impulsados sin cesar por los gobiernos de Bush y, especialmente, Clinton a responder a sus continuas provocaciones. Frente a la decisiva desproporción de su potencia de fuego respecto al avanzado armamento de las fuerzas de ocupación estadounidenses e israelíes (helicópteros artillados Apache, bombas de 2.500 kilos, aviones asesinos no tripulados, transportes acorazados, bombas de racimo, napalm y misiles) la resistencia árabe e islámica dispone solo de armas ligeras: fusiles automáticos, lanzagranadas, misiles katiusha de corto alcance y poca precisión, y ametralladoras. La única arma que poseen en abundancia como represalia son las suicidas bombas humanas.
Hasta el 11 de septiembre, las guerras imperiales contra las poblaciones árabes e islámicas tuvieron por escenario los objetivos y las tierras ocupadas en las que vivía, trabajaba y compartía sus vidas la gran masa de población. En otras palabras, todos (la mayor parte, en el caso de Israel) los efectos destructivos de sus guerras (asesinatos, destrucción de viviendas y poblaciones enteras y pérdidas humanas) fueron producto de las acciones bélicas de EE UU e Israel, países inmunes a una acción de represalia en su propio territorio.
El 11 de septiembre de 2001 se produjo el primer ataque a gran escala árabe-islámico coronado por el éxito sobre territorio estadounidense en esta prolongada y unilateral guerra. La precisa sincronización del 11-S coincide con la llegada a los puestos decisorios en la política bélica estadounidense para Oriente Próximo de una serie de sionistas extremistas, colocados en los más altos puestos del Pentágono, la Casa Blanca y el Consejo Nacional de Seguridad (NSC), y que dominaban las políticas del Congreso hacia Oriente Próximo. Los antiimperialistas árabes e islámicos estaban convencidos de que los constructores militaristas del imperio estaban poniendo a punto un asalto frontal de todos los centros restantes de oposición al sionismo en Oriente Próximo, entre otros Iraq, Irán, Siria, Líbano meridional, Cisjordania, Gaza, así como Afganistán en Asia meridional y Sudán y Somalia en África del Noreste.
Este programa de guerras ofensivas había sido esbozado por la élite sionista estadounidense, encabezada por Richard Pearle, para el Israeli Institute for Advanced Strategic and Political Studies en un documento de política titulado A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm (Una oportunidad clara. Nueva estrategia para proteger el Reino). El documento fue elaborado en 1996 para el primer ministro israelí de extrema derecha Benjamin Netanyahu antes de su toma de posesión.
El 28 de septiembre de 2000, a pesar de las advertencias de muchos observadores, el general Ariel Sharon, infame autor de la masacre de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Chatila, profanó la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, acompañado de todo su equipo de mando militar, lo que constituyó una deliberada provocación religiosa y le reportó la elección como primer ministro por el partido de extrema derecha Likud. Esta acción condujo a la segunda Intifada y a la salvaje respuesta de los israelíes. El total apoyo de Washington a Sharon simplemente reforzó la creencia generalizada entre los árabes de todo el mundo de que la solución sionista basada en purgas étnicas masivas formaba parte del programa de Washington.
El grupo coordinador entre los constructores de imperio estadounidenses y sus socios en Israel ha sido el influyente grupo sionista especializado en políticas públicas, autor del documento titulado Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC), de 1998, en el que se establece una hoja de ruta detallada de la dominación de Estados Unidos sobre el mundo, que, como por casualidad, se centraba sólo en el Oriente Próximo y coincidía exactamente con la visión de Tel Aviv de una región dominada por Israel y Estados Unidos. En 2000, los ideólogos sionistas del PNAC publicaron un documento de estrategia titulado Rebuilding America’s Defenses (Reconstruyendo las defensas de Estados Unidos) que establecía las directrices que los nuevos responsables sionistas seguirían exactamente a su llegada a los más altos niveles del Pentágono y la Casa Blanca. Las directrices del PNAC establecían, entre otros, la creación de bases militares avanzadas en Oriente Próximo, el aumento del gasto militar del 3% al 4% del PIB, un ataque militar destinado a derrocar a Sadam Hussein, y una confrontación militar con Irán utilizando el pretexto de las amenazantes armas de destrucción masiva.
El programa del PNAC no podía llevarse a cabo sin un acontecimiento catastrófico del tipo Pearl Harbor, tal como percibieron enseguida los constructores militaristas del imperio, los israelíes y los responsables sionistas de las políticas estadounidenses. La negativa deliberada por parte de la Casa Blanca y sus 16 organismos de inteligencia, así como del Departamento de Justicia, de hacer un seguimiento de algunos informes precisos relativos a la entrada en el país de terroristas, su entrenamiento, financiación y planes de acción fue un caso de negligencia planificada. El propósito consistía en permitir que el ataque se produjese, e inmediatamente lanzar la mayor oleada de invasiones militares y actividades de terrorismo de Estado desde el final de la guerra de Vietnam.
Israel, que había identificado y mantenido bajo estrecha vigilancia a los terroristas, aseguró que la acción se realizaría sin interrupción. Durante los ataques del 11-S, sus agentes llegaron a registrar en vídeo y fotografía las torres del WTC en el momento de las explosiones, a la vez que bailaban de alegría en anticipación de la adopción por Washington de la estrategia militarista de Israel para Oriente Próximo.

La construcción militarista del imperio y la conexión sionista
La construcción militarista del imperio precedió a la llegada al poder en el gobierno de Bush de la Configuración del Poder Sionista (1) (Zionist Power Configuration, ZPC), y la persecución de sus fines, tras el 11-S, la realizaron al unísono la ZPC y los militaristas estadounidenses de siempre, como Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Las provocaciones contra los árabes y los musulmanes que condujeron a los ataques fueron inducidas conjuntamente por Estados Unidos e Israel, y la actual ejecución de la estrategia militarista hacia Irán es otra empresa conjunta de los sionistas y los militaristas estadounidenses.
Lo que sí aportaron los sionistas, que no tenían los militaristas estadounidenses, fue un lobby organizado y masivo, dotado de financiación, propagandistas y respaldo político a la guerra. Los principales ideólogos gubernamentales, expertos de los medios de comunicación, académicos, redactores de discursos y asesores de guerra venían en gran parte de las filas del sionismo estadounidense. Los aspectos más perjudiciales del papel sionista en la ejecución de la política de guerra tienen que ver con la destrucción y el desmantelamiento del estado iraquí. Los responsables sionistas de las políticas promovieron la ocupación militar estadounidense y apoyaron la presencia militar masiva estadounidense en la región en vistas de sucesivas guerras contra Irán, Siria y otros adversarios de la expansión israelí.
En su empeño de una construcción militarista del imperio, con arreglo a la versión de Israel, los militaristas sionistas en el gobierno de Estados Unidos superaron las expectativas anteriores al 11-S, con un aumento del gasto militar que pasó del 3% del PIB en 2000 al 6% en 2008, con un crecimiento del 13% annual desde 2001 a 2008. Como resultado, el déficit presupuestario estadounidense alcanzará los diez billones de dólares (10.000.000.000.000) en 2010, lo que duplica el déficit de 1997 y conduce la economía de Estados Unidos y el imperio económico de este país a la bancarrota.
Los responsables de las políticas sionistas-estadounidenses han mostrado una total ceguera ante las desastrosas consecuencias económicas para los intereses estadounidenses en el extranjero, por cuanto su principal consideración estratégica son las políticas estadounidenses que potencien el dominio militar israelí en Oriente Próximo. El coste en sangre y dinero de la utilización del potencial militar estadounidense para destruir los adversarios de Israel les trae sin cuidado.
Para alcanzar el éxito del proyecto imperial militarista-sionista de un Nuevo Orden en Oriente Próximo, Washington tenía que movilizar toda la población en favor de una serie de guerras contra los países antiimperialistas y antiisraelíes de Oriente Próximo y otras zonas. Y a fin de proponer como objetivo los muchos adversarios de Israel, los sionistas estadounidenses inventaron el concepto de guerra global contra el terrorismo. El clima existente en la opinión pública estadounidense e internacional era decididamente hostil a la idea de desencadenar una serie de guerras, para no hablar de seguir ciegamente a los extremistas sionistas. El sacrificio de vidas estadounidenses por el poder de Israel y la fantasía sionista de una esfera de prosperidad compartida estadounidense-israelí que dominase todo Oriente Próximo no podía conseguir el respaldo público estadounidense, y mucho menos el del resto del mundo.
Los principales responsables de las políticas, en particular las élites sionistas, elaboraron la idea de un montaje que sirviese de pretexto, un acontecimiento que fuese un gran choque para el pueblo y el Congreso de Estados Unidos, y provocase un estado de ánimo temeroso, irracional y belicoso, que permitiese sacrificar vidas y libertades democráticas. Conseguir que la opinión pública estadounidense apoyase un proyecto imperial de invasión y ocupación de Oriente Próximo requería otro Pearl Harbor.

El bombardeo terrorista: la Casa Blanca y la complicidad sionista
A todos los niveles del gobierno estadounidense se sabía que extremistas árabes estaban planeando un espectacular ataque armado en Estados Unidos. El FBI y la CIA tenían sus nombres y direcciones; y la consejera nacional de seguridad, Condoleezza Rice, afirmó públicamente que el Ejecutivo sabía que se produciría un secuestro de aviones, pero que pensaban que se trataría de un secuestro tradicional, no de utilizar los aviones como misiles. El fiscal general, John Ashcroft, lo tuvo bien presente y se negó a utilizar vuelos comerciales. Una serie de espías israelíes vivían a unos bloques de viviendas de distancia de algunos de los secuestradores, en Florida, e informaban a su cuartel general de sus movimientos. Organismos de inteligencia de otros países, en particular de Alemania, Rusia, Israel y Egipto, aseguran que proporcionaron información a sus contrapartes estadounidenses sobre el plan terrorista. La oficina del Presidente, la CIA, la DIA y el FBI permitieron que los atacantes prepararan sus planes, consiguieran financiación, llegasen a los aeropuertos, subieran a los aviones y llevaran a cabo el ataque, todos ellos con visados estadounidenses en sus pasaportes, —visados emitidos en su mayor parte en Jeddah (Arabia Saudí), en su día uno de los centros principales de reclutamiento de voluntarios árabes para Afganistán— y algunos convertidos en pilotos formados en Estados Unidos. Tan pronto como los terroristas se hicieron con el control de los vuelos, la Fuerza Aérea recibió notificación del secuestro, pero algunos altos cargos inexplicablemente retrasaron cualquier acción destinada a interceptar los aviones, permitiendo así que los atacantes alcanzasen sus objetivos: el World Trade Center y el Pentágono.
Los constructores militaristas del imperio y sus aliados sionistas aprovecharon inmediatamente el pretexto que les ofrecía un ataque militar por parte de terroristas no vinculados a un Estado para lanzar una ofensiva militar de alcance mundial contra una serie de países soberanos. En 24 horas, el senador ultrasionista Joseph Lieberman, en un preparado discurso, instó a que Estados Unidos atacase Irán, Iraq y Siria, sin tener ninguna prueba de que cualquiera de estos países, todos ellos miembros de pleno derecho de las Naciones Unidas, estuviese detrás de los secuestros de aviones. El presidente Bush declaró la guerra global contra el terrorismo y lanzó la invasión de Afganistán, a la vez que aprobaba un programa de asesinatos y secuestros extraterritoriales y extrajudiciales, y de torturas en todo el mundo. Era evidente que el Gobierno estaba poniendo en funcionamiento una estrategia defendida públicamente y elaborada por los ideólogos sionistas mucho antes del 11-S. El presidente consiguió un apoyo casi unánime del Congreso a su primera Patriot Act (Ley Patriótica), por la que se suspendían en el país libertades democráticas fundamentales. Pidió también que determinados Estados satélites y aliados de Estados Unidos implementasen su propia versión de esta ley autoritaria antiterrorista, con el fin de perseguir, enjuiciar y encarcelar a todos y cada uno de los oponentes de la construcción imperial de EE UU e Israel en Oriente Próximo y en cualquier otro lugar. En otras palabras, el 11 de septiembre de 2001 se convirtió en el pretexto de un virulento y sostenido esfuerzo para crear un nuevo orden mundial centrado en un imperio gobernado por Estados Unidos y un Oriente Próximo organizado en torno a la supremacía israelí.

Provocaciones y pretextos: la guerra de Israel y EE UU contra Irán

Las largas, interminables, costosas y fracasadas guerras de Iraq y Afganistán han socavado el apoyo internacional e interno al proyecto sionista del Nuevo Siglo Americano. Los militaristas estadounidenses y sus asesores e ideólogos tenían que crear un nuevo pretexto para sus planes de sometimiento de Oriente Próximo y especialmente de ataque a Irán. Así, han recurrido a una campaña de propaganda sobre el programa de energía nuclear para uso civil de Irán, y han preparado pruebas falsas de la participación directa de Irán en apoyo de la resistencia iraquí a la ocupación estadounidense. Sin ningún tipo de prueba, han asegurado que Irán ha suministrado las armas con las que se ha bombardeado la Zona Verde estadounidense en Bagdad. El lobby israelí ha afirmado que el entrenamiento y las armas iraníes han contribuido a la derrota de los mercenarios iraquíes que Estados Unidos desplegó en la ciudad meridional de Basra. Los principales sionistas del Departamento del Tesoro han organizado un boicot económico mundial contra Irán, e Israel ha conseguido el apoyo de los principales líderes demócratas y republicanos del Congreso para un ataque sobre ese país. La pregunta que cabe hacerse ahora es si la mera existencia de Irán es ya un pretexto suficiente, o bien será necesario un incidente catastrófico.

Conclusión. Provocaciones y guerras imperiales: Detrás de cada guerra imperial hay una gran mentira
Una de las implicaciones políticas más importantes en nuestro debate sobre el uso por parte del gobierno de EE UU de provocaciones y engaños para lanzar guerras imperiales es que la gran mayoría del pueblo estadounidense se opone a las guerras de ultramar. Las mentiras gubernamentales al servicio de las intervenciones militares son necesarias para socavar la preferencia del pueblo estadounidense por una política exterior basada en el respeto a la autodeterminación de las naciones. La segunda implicación, sin embargo, es que los sentimientos pacíficos de la mayoría pueden ser superados rápidamente por la élite política por medio de engaños y provocaciones, debidamente amplificados y dramatizados en una constante repetición a través de la voz unificada de los medios de comunicación de masas. En otras palabras, los pacíficos ciudadanos estadounidenses pueden transformarse en militaristas chovinistas mediante la propaganda por los hechos, en virtud de la cual la autoridad ejecutiva enmascara sus acciones militares de agresión como acciones defensivas, y la respuesta del enemigo como una agresión gratuita contra un país tan amante de la paz como Estados Unidos.
Todas las provocaciones y los engaños del Gobierno están formulados por una élite cercana al Presidente, pero son ejecutados por una cadena de mando compuesta por un grupo que va de varias docenas a algunos centenares de operadores, la mayor parte de los cuales toman parte conscientemente en el engaño del público y raras veces llegan a desenmascarar el ilegal proyecto, sea por miedo, lealtad u obediencia ciega.
Ha resultado ser falsa la idea de los partidarios de la integridad de esta política de guerra de que dado el número tan alto de participantes, alguien puede filtrar el engaño, las provocaciones sistemáticas y la manipulación del público. En el momento de la provocación y la declaración de guerra, cuando el Congreso aprobó por unanimidad la Autoridad Presidencial para usar la fuerza, pocos o ningún escritor o periodista planteó preguntas básicas. Los ejecutivos, operando bajo el manto de la defensa de un país pacífico ante traicioneros enemigos a los que no se ha provocado, consiguieron siempre la complicidad o el silencio de los críticos en tiempo de paz que prefieren enterrar sus reservas e investigaciones en tiempos de amenazas a la seguridad nacional. Pocos académicos, escritores o periodistas están dispuestos a arriesgar su situación profesional, cuando todos los jefes de redacción y propietarios de los medios de comunicación, los líderes políticos y sus propios colegas profesionales babean afirmando que “hay que estar unidos junto a nuestro Presidente en tiempos de amenaza mortal sin precedentes a la nación…” como sucedió en 1941, 1950, 1964 y 2001.
Con excepción de la Segunda Guerra Mundial, cada una de las subsiguientes guerras produjo una profunda desilusión política en la población, llegando incluso al rechazo de los montajes que en un primer momento justificaron la guerra. El desencanto popular con la guerra condujo en cada caso a un rechazo temporal del militarismo… hasta el siguiente ataque no provocado y la subsiguiente llamada a las armas. Incluso durante la Segunda Guerra Mundial se dio la indignación civil masiva contra el mantenimiento del gran ejército y hubo manifestaciones a gran escala al final de las hostilidades exigiendo el regreso de los soldados a la vida civil. La desmovilización tuvo lugar a pesar de los esfuerzos del Gobierno por consolidar un nuevo imperio basado en la ocupación de países de Europa y Asia, tras las derrotas de Alemania y Japón.
La realidad estructural subyacente, que ha conducido a los presidentes a inventarse pretextos para la guerra, está basada en una concepción imperial militarista. ¿Por qué no respondió Roosevelt al desafío económico-imperial japonés potenciando la capacidad estadounidense de competir y producir de una manera más eficiente, en lugar de apoyar un boicot provocador sugerido por el declive de las potencias coloniales en Asia? ¿No será que, bajo el capitalismo, una economía deprimida y estancada y una fuerza de trabajo desempleada sólo pueden ser movilizadas por el Estado para una confrontación militar?
En el caso de la Guerra de Corea, ¿no era más viable que una potencia todopoderosa, como los EE UU de postguerra, ejerciese su influencia mediante inversiones en un país pobre, semiagrario y devastado –pero unificado— tal como hizo en Alemania, Japón y otros lugares tras la guerra?
Veinte años después de haber gastado centenares de miles de millones de dólares y de haber sufrido 500.000 muertos y heridos en la conquista de Indochina, el capital europeo, asiático y estadounidense entra en Vietnam pacíficamente a petición del propio gobierno, acelerando su integración en el mercado capitalista mundial mediante las inversiones y el comercio.
Es evidente que la no tan noble mentira de Platón, al modo como la practican los presidentes imperiales estadounidenses para engañar a sus ciudadanos con altos fines ha conducido al uso de medios sangrientos y crueles para alcanzar fines grotescos e innobles.
La repetición de pretextos inventados para entrar en guerras imperiales está incrustada en la estructura dual del sistema político de Estados Unidos: un imperio militarista y un amplio electorado. Para conseguir el primero es preciso engañar al segundo. El engaño es posible mediante el control de los medios de comunicación de masas cuya propaganda de guerra llega a cada hogar, oficina y aula con un mismo mensaje, determinado centralizadamente. Los medios de comunicación socavan lo que queda de información alternativa facilitada por líderes de opinión primarios y secundarios en las comunidades, y corroe los valores y la ética personales. Mientras que la construcción militarista del imperio ha producido la muerte de millones de personas y el desplazamiento de decenas de millones, la construcción económica del imperio impone sus propias exacciones en términos de explotación masiva del trabajo, la tierra y los medios de vida.
Tal como ha sucedido en el pasado, cuando las mentiras del imperio se descubren el desencanto público se instala y las invocaciones de nuevas amenazas ya no movilizan la opinión pública. A medida que la continua pérdida de vidas y los costes socioeconómicos erosionan las condiciones de vida, la propaganda de los medios de comunicación pierde su efectividad y aparecen las oportunidades políticas. Del mismo modo que después de la Segunda Guerra Mundial, Corea, Indochina y, hoy, las de Iraq y Afganistán, se abre una ventana de oportunidad política. Las mayorías exigen cambios en las políticas, quizás en las estructuras y, ciertamente, un final a la guerra. Se abren posibilidades para el debate público del sistema imperial, que constantemente recurre a las guerras, junto a las mentiras y provocaciones que las justifican.

Epílogo
Esta visión telegráfica de la elaboración de la política imperial refuta la idea vulgar y convencional de que el proceso de toma de decisiones que conduce a la guerra es abierto, público y se desarrolla de acuerdo con las normas constitucionales de una democracia. Al contrario, tal y como es habitual en muchos ámbitos de la vida política, económica, social y cultura, pero especialmente en los asuntos de guerra y paz, las principales decisiones las adoptan una pequeña élite presidencial, y lo hace a puerta cerrada, a salvo de miradas y sin consultar, en abierta violación de las disposiciones constitucionales. El proceso que conduce a provocar el conflicto en busca de objetivos militares nunca se plantea abiertamente ante el electorado, y no hay ningún tipo de investigación, en ningún caso, por medio de comités independientes de investigación.
La naturaleza cerrada del proceso de toma de decisiones no empaña el hecho de que estas decisiones son públicas en la medida en que son adoptadas por cargos públicos, electos o no, en instituciones públicas, y en que afectan directamente al público. El problema es que al público se le mantiene en la oscuridad en lo tocante a los intereses imperiales que están en juego, y al engaño que lo induce a someterse ciegamente a las decisiones para la guerra. Los defensores del sistema político no están dispuestos a enfrentarse a los procedimientos autoritarios, las mentidas de las élites y los objetivos imperiales no explícitos. Los apologistas de los constructores militaristas del imperio etiquetan, de un modo irracional y peyorativo, a los críticos y escépticos como teóricos de la conspiración. En su mayor parte, los académicos de prestigio se conforman estrechamente a la retórica y las afirmaciones inventadas por los ejecutores de la política imperial.
En todo momento y lugar, grupos, organizaciones y líderes se reúnen a puerta cerrada antes de mostrarse públicamente. Una minoría de responsables o defensores de las políticas se reúnen, debaten y esbozan procedimientos y tácticas para conseguir una decisión favorable en las reuniones oficiales. Esta práctica común tiene lugar cuando se han de adoptar decisiones vitales, sea en los consejos escolares locales o en las reuniones de la Casa Blanca. Etiquetar el relato de pequeños grupos de funcionarios públicos que se reúnen y toman sus decisiones en reuniones públicas cerradas (en las que los programas, los procedimientos y las decisiones se toman antes de las reuniones públicas abiertas) como teorización conspiratoria equivale a negar la manera como funciona habitualmente la política. En otras palabras, los etiquetadores de conspiraciones son o bien ignorantes de los procedimientos más elementales en política o son conscientes de su papel en la cobertura de los abusos de poder de los mercaderes estatales del terror.

Profesor Zelikow, ¿y ahora qué?
La principal figura del círculo gubernamental de Bush que promovió activamente un nuevo Pearl Harbor y fue, al menos en parte, responsable de la política de complicidad con los terroristas del 11-S fue Philip Zelikow. Éste, un destacado defensor de Israel, es un académico gubernamental cuya área de conocimiento entra en el nebuloso ámbito del terrorismo catastrófico, que ha permitido a los líderes políticos estadounidenses concentrar sus poderes ejecutivos y violar las libertades constitucionales par conseguir sus guerras ofensivas imperiales y desarrollar el mito público. El libro de Philip Shenon The Commission: The Uncensored History of the 9/11 Investigation (La Comisión: historia no censurada de la investigación del 11-S) explicita con claridad el estratégico papel de Zelikow en el gobierno de Bush antes del 11-S, el periodo de negligencia cómplice, después de los hechos, durante el periodo de guerra global y en los intentos gubernamentales por enterrar su complicidad en el ataque terrorista.
Antes del 11-S, Zelikow presentó un proyecto del proceso de toma del poder por el ejecutivo hasta límites extremos con vistas a una guerra de ámbito mundial. Establecía una secuencia en la que el acontecimiento terrorista catastrófico facilitaría la total concentración del poder, seguida del lanzamiento por Israel de guerras ofensivas (todo ello admitido públicamente por él mismo). En el periodo anterior al 11-S y las múltiples guerras, Zelikow formó parte del Consejo de Seguridad Nacional, como consejero en materia de seguridad nacional de Condoleezza Rice (2000-2001), quien tenía conocimiento riguroso de los planes terroristas de apoderarse de vuelos comerciales, como la misma Rice admitió en público (secuestros convencionales, en sus propias palabras). Zelikow fue una pieza clave en la salida del experto en contraterrorismo Richard Clark del NSC, único organismo que seguía la operación terrorista. Entre 2001 y 2003, fue miembro de la Junta asesora del Presidente en materia de inteligencia internacional. Este fue el organismo que no había dado seguimiento ni continuidad a los informes clave de inteligencia que identificaban los planes terroristas. Zelikow, tras tener un papel importante en el sabotaje de los esfuerzos de los servicios secretos se convirtió en el principal autor de la Estrategia Nacional de Seguridad de los EE UU, en 2002, que recomendaba la política de Bush de invasión militar de Iraq, y que ponía en el punto de mira a Siria, Irán, Hezbolá, Hamas y otros países y entidades independientes árabes y musulmanes. El citado documento de Estrategia Nacional de Seguridad de Zelikow fue la directiva más influyente en la formulación de las políticas terroristas estatales del gobierno de Bush. También ajustó estrechamente las políticas de guerra de EE UU a las aspiraciones militares regionales del Estado de Israel desde su fundación. Esto demuestra la razón de las palabras del ex primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en la Universidad Bar Ilan, en el sentido de que los ataques del 11-S y la invasión estadounidense de Iraq habían sido acciones beneficiosas para Israel (Haaretz, 16.4.2008.)
Por último, Zelikow, en tanto que persona designada personalmente por Bush como director ejecutivo de la Comisión del 11-S, fue el encargado de coordinar con la oficina del vicepresidente el camuflaje de la política del gobierno de complicidad con los atentados. Si bien Zelikow no está considerado como un peso pesado académico, su papel central en el diseño, la ejecución y la cobertura de los acontecimientos que estremecieron al mundo el 11-S y el periodo inmediatamente posterior lo señalan como uno de los más peligrosos y destructivos influyentes políticos en la formulación y lanzamiento de las catastróficas guerras de Washington, pasadas, presentes y futuras.

1. “ La Configuración del Poder Sionista (ZPC) cuenta con más de 2.000 funcionarios a tiempo completo, más de 250.000 activistas, más de 1.000 multimillonarios donantes políticos que contribuyen con sus recursos a los dos partidos estadounidenses en el Congreso. La ZPC proporciona el 20% del presupuesto de ayuda militar exterior estadounidense destinado a Israel, más del 95% del apoyo del Congreso al boicot israelí y las incursiones de su ejército en Gaza, Líbano y la opción militar preventiva contra Irán. La invasión estadounidense y la política de ocupación en Irak, incluyendo la falsificación de las pruebas que justificaban la invasión, estuvo fuertemente influenciada por altos funcionarios devotamente leales y vinculados a Israel.” Cf. J.Petras in http://xymphora.blogspot.com/2007/07/zionist-power-configuration.html

James Petras publicará en breve un nuevo libro: Zionism and US Militarism, Clarity Press, Atlanta.
S. Seguí pertenece a los colectivos de Rebelión y Cubadebate.
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor, y la fuente.

Envía esta noticiaCompartir esta noticia:

Leer más...

Irán y los “proyectiles formados por explosión”




Cronología de una mentira
06-06-2008

Gary Leupp
CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


En sus columnas en Antiwar.com el periodista de investigación e historiador Gareth Porter ha estado realizando un trabajo magistral en la denuncia de la implacable campaña de Dick Cheney para vilipendiar a Irán, construir un caso a favor de un ataque, bombardear el país y producir un cambio de régimen antes de que termine el mandato del gobierno. La campaña, como han señalado muchas personas, tiene claros paralelos en varios sentidos con la guerra relámpago propagandística que precedió a la Guerra en Iraq. Cheney y su cábala neoconservadora tratan de manipular los informes de las principales agencias de inteligencia para confirmar sus afirmaciones (en este caso, la existencia de un programa iraní de armas nucleares como una amenaza inmanente para Israel y EE.UU., el entrenamiento de “insurgentes” iraquíes por la Fuerza Quds iraní en campos iraníes, el suministro iraní de proyectiles formados por explosión (EFP por sus siglas en inglés) a esos “insurgentes,” contactos iraníes con al-Qaeda, etc.). Si no logran hacerlo, eluden a la comunidad de la inteligencia y encuentran formas de diseminar desinformación a través de sus propios anuncios, editoriales de sus partidarios, e historias colocadas en la prensa corporativa. Desde que Cheney hizo que Bush firmara una Orden Ejecutiva dando a su oficina los mismos poderes que los que posee el presidente para determinar que algo es confidencial, sus operaciones están rodeadas de secreto.
En su último artículo, Porter sigue la campaña para culpar a Irán por suministrar EFP a los que atacan a las fuerzas de ocupación de EE.UU. en Iraq. En enero de 2007 algunos responsables militares afirmaron que los EFP que podían penetrar los vehículos blindados de EE.UU. estaban siendo fabricados en Irán y eran suministrados a las milicias chiíes iraquíes por el gobierno iraní. Prepararon un borrador para una proposición de información militar a fin de anunciar dicha afirmación, que luego fue circulada en Washington y fue filtrada a la prensa. Sin embargo, el documento “tropezó con objeciones unánimes del Departamento de Estado, del Departamento de Defensa, y de personal del Consejo Nacional de Seguridad (NSC, por sus siglas en inglés), como declararon los propios funcionarios del gobierno.” La Secretaria de Estado Condoleezza Rice, el Secretario de Defensa Robert Gates, y el Consejero Nacional de Seguridad Stephen Hadley querían todos apoyarse en las negociaciones con responsables iraníes que habían ocurrido en Iraq hasta ese momento. Estas se habían basado en el deseo de ambos lados de apoyar al gobierno Maliki, que tiene cálidos vínculos con Teherán. El campo de Cheney se había opuesto a esas conversaciones.
En una conferencia de prensa del 24 de enero de 2007, se preguntó al Secretario Adjunto de Estado para Asuntos Públicos y Portavoz del Departamento, Sean McCormack, si el gobierno tenía alguna evidencia del suministro iraní de EFP a fuerzas iraquíes. Respondió indirectamente: “No hay que construir necesariamente algo en Irán para que sea una amenaza por parte del régimen iraní para las tropas de EE.UU. o Gran Bretaña.” Denotó que extranjeros podrían estar instruyendo a iraquíes sobre como producir EFP.
El 2 de febrero, Hadley distanció al Consejo Nacional de Seguridad del borrador de informe. “La verdad es,” dijo a periodistas en una conferencia de prensa, “que para ser bastante franco, pensamos que la información era exagerada. La devolvimos para que fuera limitada y concentrada en los hechos.” Mientras tanto, la comunidad de inteligencia estaba preparando un Cálculo Nacional de Inteligencia (NIE, por sus siglas en inglés) que no apoyaba la afirmación sobre los EFP sino simplemente acusaba a los iraníes de entrenar a combatientes del Ejército del Mahdi dirigido por Muqtada al-Sáder, el ardiente nacionalista quien no es el político iraquí favorito de Irán aunque pueda ser el hombre más popular en el país. Rice y Gates declararon su esperanza de que la información planificada sobre la participación iraní en Iraq reflejaría los puntos de vista contenidos en el NIE.
Entonces Cheney hizo su jugada. El 9 de febrero preguntaron a la portavoz presidencial, Dana Perino, cuando tendría lugar la información. “Decisiones al respecto,” respondió, “están siendo adoptadas en Bagdad.” El general. David Petraeus (a quien el ex comandante de CENTCOM [comando central de EE.UU.], almirante William Fallon, conocido oponente a un ataque contra Irán, ha descrito como “pequeño lameculos cobarde”) acababa de llegar para asumir el comando de las fuerzas de EE.UU. en Iraq. El 11 de febrero, tres oficiales militares en Iraq hicieron una información a la prensa en la que declararon que los EFP sólo podían haber sido fabricados en Irán y que estaban siendo suministrados a milicianos iraquíes por la Fuerza Quds de los Guardias Revolucionarios de Irán, con conocimiento del gobierno iraní.
“Cheney,” escribe Porter, “ha utilizado al dócil Petraeus para hacer un último intento por eludir a la burocracia nacional de la seguridad. Petraeus ya había llegado a un acuerdo con la Casa Blanca para adoptar la línea de Cheney sobre el tema de los EFP y para presentar la información de inmediato sin consultar al Departamento de Estado o de Defensa. “Esta circunvalación de los canales normales es, desde luego, el modus operandi de Cheney, como lo documenta cáusticamente en julio pasado la serie en cuatro partes de Barton Gellman y Jo Becker sobre Cheney en el Washington Post.
El presidente del Estado Mayor Conjunto, general Peter Pace, declaró que no podía confirmar sobre la base de “su propio conocimiento” que la Fuerza Quds estuviera suministrando equipos de producción de bombas a iraquíes, y uno de los oficiales en la reunión de información renunció a la afirmación sobre la complicidad iraní. A pesar de ello, la historia había “salido,” a la prensa, y como escribe Porter: “Cheney tenía ahora un casus belli potencial contra Irán.” O se podría decir, uno más para tratar de defraudar a un público impresionable. Esto, de parte del único alto responsable que nunca ha retirado su afirmación de que Sadam Husein haya estado involucrado en el 11-S.
En septiembre de 2007, el Congreso aprobó la resolución Kyl-Lieberman, respaldada por los neoconservadores y AIPAC, calificando a la Guardia Revolucionaria Iraní de organización terrorista. En octubre, el Departamento del Tesoro calificó a la Fuerza Quds de “terrorista” – “por suministrar apoyo material al talibán y a otras organizaciones terroristas.” Una idea muy creativa. La dirigencia religiosa de Irán odia a los talibanes y casi fue a la guerra con Afganistán cuando era dirigido por ese grupo en 1998. Apoya al presidente títere afgano respaldado por EE.UU., Hamid Karzai, quien dijo al Washington Post en enero de 2008: “Hemos tenido una relación particularmente buena con Irán en los últimos seis años. Espero que esa relación continúe. Les hemos abierto nuestras puertas. Nos han estado ayudando en Afganistán. EE.UU. comprendió muy sabiamente que es nuestro vecino y alentó esa relación.”
El 8 de mayo, la corresponsal de Los Angeles Times, Tina Susman, informó desde Bagdad: “Un plan para mostrar a periodistas la semana pasada en Karbala unos explosivos supuestamente suministrados por Irán y luego destruirlos, fue cancelado después que EE.UU. se dio cuenta de que ninguno de ellos provenía de Irán.” ¿No adoras el tono prosaico que utiliza? Planeaban mentir, pero alguien opuesto a la mentira y a sus consecuencias aparentemente pudo abortar el esfuerzo. ¿No es obvio que Cheney y los neoconservadores en general creen que es perfectamente permisible mentir a la gente para justificar guerras? Y simplemente odian que alguien se interponga en su camino.
Vale la pena recordar que un miembro del círculo íntimo de Bush (¿Karl Rove?) dijo a Ron Suskind del New York Times en el verano de 2002 que “la comunidad basada en la realidad” estaba totalmente equivocada, que el mundo “realmente ya no funciona” sobre la base del “estudio juicioso de realidad discernible.” “Ahora somos un imperio,” alardeó, “y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras estáis estudiando esa realidad – juiciosamente, como queráis – nosotros volveremos a actuar, creando nuevas realidades, que podréis volver as estudiar, y así las cosas se pondrán en orden. Somos actores de la historia... y a vosotros, a todos vosotros, no os quedará otra cosa que estudiar lo que hacemos.”
Si se combina esa fe al estilo nazi en la Gran Mentira; la confianza pagada de sí mismos de los mentirosos, en que el sistema los seguirá protegiendo, a pesar de que han sido dejados al descubierto por la gente “basada en la realidad” que consideran risible; y el hecho obvio de que el Congreso y los medios de información carecen de la voluntad de calificarlos según sus mentiras. Estas evidencias de una bancarrota de todo el sistema son motivos para un profundo pesimismo a corto plazo.
Keith Olbermann, de NBC, habló la semana pasada con el ex portavoz de Bush, Scott McClellan sobre la perspectiva de un ataque de EE.UU. contra Irán. “Sabiendo lo que usted sabe,” preguntó, “si Dana Perino se para ahí y comienza a hacer ruidos que suenan muy similares a los que se oyeron por parte del gobierno, de Ari Fleischer en 2002, y
de otros miembros del gobierno y del gabinete, ¿sentiría sospechas?” “Las sentiría,” respondió McClellan. “Las sentiría. Pienso que usted tendría que considerar muy seriamente esos comentarios y ser escéptico.”
A nosotros, estadounidenses, nos ataca la EFP (Extremadamente Falsa Propaganda) preparada para haga algo mucho peor que penetrar el delgado blindaje de nuestros cerebros atrofiados por los medios y el entretenimiento informativo. Ha sido elaborada para lanzarnos a nosotros y a nuestros hijos a una Guerra Prolongada contra el mundo islámico. Y temo que aquellos de nosotros que somos escépticos – o más que escépticos: enterados, disgustados y alarmados – nos despertaremos ante el hecho consumado de un ataque antes que Cheney y Bush entreguen el poder a sucesores que se mostrarán patrióticamente de acuerdo con el programa.
Lo que necesitamos no es simple escepticismo, sino el derrocamiento de los mentirosos.
http://www.counterpunch.org/leupp06042008.html

Leer más...

LA FUENTE DE AGUA VIVA II

B.
(Ecos de una lectura y de una amistad)

Querido amigo:

Aquí me tienes otra vez para cumplir la promesa que te hice. En la anterior carta te contaba cómo compré aquella traducción del Corán en agosto del año pasado. Más tarde, salseando en Internet encontré tu artículo “La búsqueda espiritual de Occidente y el Nuevo Orden Mundial”. Como ya te dije antes, ese artículo tuyo me impresionó porque yo pienso y siento lo mismo. Me identifiqué mucho con lo que decías en él, así que después de muchas dudas, te mandé el primer mensaje. La verdad es que pensaba que me ibas a mandar a freír churros, o que simplemente me ignorarías. O como mucho, una respuesta correcta y de compromiso.
En la tradición Zen se resalta mucho la importancia de insistir en aquello que deseas realmente, y de hacerlo con sinceridad y cortesía, así que yo intenté hacer lo mismo, darte información sobre mí y ser un poco pelma.
Creo que está mereciendo la pena, por lo menos para mí, pues no es lo mismo leer en un libro de Henry Corbin o de cualquier otro autor las reflexiones de los teólogos y místicos musulmanes que hablar directamente con uno de ellos, y además en mi lengua materna. Estarás de acuerdo conmigo que tú eres un puente entre dos mundos culturales y religiosos que durante muchos siglos han estado alejados y casi siempre enfrentados a muerte.
Vuelvo a recordar aquí tus palabras, las que me animaron a embarcarme en esta aventura:

"Las circunstancias históricas nos brindan una oportunidad de oro para dirigirnos a los creyentes de todas las religiones y sus autoridades. Para abrirles nuestros brazos fraternales y llamarles a la unidad en nombre de la Humanidad, de la justicia social y de la causa de Dios, que es la causa de los pobres y de los oprimidos, del respeto a la naturaleza y al medio ambiente, de la solidaridad entre los pueblos y de la cultura y la paz."

En tu respuesta me recomendabas la lectura del Comentario que Ruhollah Musawi hizo de la Sura “Al fatiha”, y al leerlo mi imprensión y emoción aumentaron aun más. Conocía cortos fragmentos de ese comentario, en su traducción francesa, pero leerlo en su integridad fue una gran alegría para mí. Y en eso estoy.
Recuerdo aquí las palabras de tu primer mensaje:

“Me llenó de alegría ver que otro ser humano vibra en la misma frecuencia ante los sufrimientos de la humanidad. Espero que podamos hacer algo juntos por solucionarlo”.

Creo sinceramente que los dos vibramos en la misma frecuencia y espero que hagamos algo juntos, aunque no sé muy qué. Dios dirá.

“El Islam como una práctica de oración diaria y de encuentro permanente con la Verdad Unica y del ahí al Shiismo como una fuente no adulterada de transmisión de la profecía hasta nuestros días.”

Estas palabras tuyas también me impresionaron mucho y he pensado a menudo en ellas. La oración es el eje de la vida del cereyente, pero es muy fácil escribirlo en un papel que todo lo aguanta y un poco más difícil llevarlo a la práctica en la vida diaria. Tus mensajes me han dado nuevas energías en esa lucha cotidiana y más ganas de seguir en esa tarea. Así como necesitamos beber diariamente, si no morimos en tres-cuatro días de sed, así mismo necesitamos beber en la Fuente de Agua Viva constantemente, porque si no nuestro espíritu se marchita y se apaga. Y como siempre, unas palabras de Jesús me vienen a la memoria y al corazón:

“Jesús les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre y no desanimarse. Le dijo:
-Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba alos hombres. En el mismo pueblo vivía también una viuda, que tenía un pleito y que fue al juez a pedirle justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez no quiso atenderla, pero finalmente pensó: “Yo no temo a Dios ni respeto a los hombres. Sin embargo, como esta viuda no deja de molestarme, la defenderé, para que no siga viniendo y acabe con mi paciencia.
El Señor añadió:
-Esto es lo que dijo aquel mal juez. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar? Os digo que los defenderá sin demora. Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará todavía esta fe en la tierra?”

Lucas, 18, 1-8.

“- Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a casa y no tengo nada que ofrecerle. Sin duda, aquél le contestará desde dentro: “¡No me molestes! La puertas está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada.” Pues bien, os digo que, aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará porque le molesta, y le dará todo cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid, y Dios os dará; buscad, y encontraréis; llamad a la puerta, y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre.”

Lucas, 11, 5-13.
Estoy totalmente de acuerdo con tus palabras: “Considero, junto con el Corán, que no existe más que una sola religión revelada y que hemos troceado el mensaje divino, cada uno contento con el trozo que le toca.” Pienso que está llegando el momento, si Dios quiere, de que los creyentes abandonemos ese camino absurdo y comencemos a reunirnos en torno a esa única religión revelada, la religión de todos los Profetas y hombres de Dios. Y eso debe hacerse en la oración en común, por encima de escuelas y corrientes espirituales, y en la acción en común en defensa de la causa de Dios. Para decirlo con tus palabras: “Prima una determinada lectura de las Sagradas Escrituras, aquella que supone un compromiso con los desposeídos, y una lucha sin concesiones por la justicia según los parámetros divinos, porque sin verdadera justicia no habrá libertad y sin libertad no habrá paz y sin paz no habrá entendimiento. En ese orden.” Estoy totalmente de acuerdo contigo, Raúl y espero que si Dios quiere, podamos hacer algo juntos en este camino. Ojalá podamos estar juntos este verano y charlar de todo esto. Y rezar, por supuesto. Y ver que podemos hacer en el día a día, cada uno desde donde Dios nos ha puesto. Vuelvo ahora al comentario de nuestro amigo Ruhollah: “Todo el universo llegó a la existencia como manifestación de la Verdad Suprema. Todas las cosas son Él. El nombre, en su propia denominación, es efímero. Imaginamos que nosotros tenemos independencia, que somos algo. No es así. Si esos rayos del Ser Absoluto que a cada instante nos crean, como una expresión del deseo divino y manifestación de Dios, cesaran por un segundo, todos los seres perderían al instante su estado de existencia, regresando a su original estado de No-existencia, pues su continua existencia depende de Su continua manifestación. Es por medio de la manifestación de Dios que el mundo ha adquirido existencia; esta manifestación, o luz, es el origen y esencia del ser.“Dios es la luz de los cielos y la tierra” 24:35 Y al contrario; la luz de los cielos y la tierra es Dios, es decir, viene de Dios. Todo lo que emerge de la potencialidad a la realidad, todo lo que aparece en este mundo es luz, porque la característica de la luz es aparecer y ser visible. También el hombre, que aparece y es visible, es luz, igualmente los animales son luz. Todos los seres son luz, y luz de Dios.” Todo es luz. No en vano la tradición y el camino budista hablan de iluminación. Pero esa luz ya está ahí, “más cerca de él que su vena yugular” como dice el Libro que tan bien has traducido. Es por eso que Harada Daiun (1871-1961) budista zen escribió para el epitafio de su tumba: “He estado vendiendo agua cuarenta años a la orilla de un río, ¡Ja, ja! Mis trabajos no han tenido mérito alguno.” Sigamos con el comentario, que es verdaderamente impresionante y certifica por él mismo el nivel que alcanzó aquél que lo escribió: “Dios es la luz de los cielos y la tierra”, es decir: la existencia de los cielos y la tierra es de la Luz y de Dios. Así, están los cielos y la tierra destinados a desaparecer en el Ser Divino, pues la aleya dice: “Dios es la luz de los cielos, no “los cielos están iluminados por Dios”, lo que implicaría un cierto modo de separación. “Dios es la luz de los cielos” es decir, no hay nada en ellos o de ellos mismos, y no hay ser en el mundo que posea independencia. En otras palabras, no hay nada en este mundo que exista por sí mismo. De hecho no hay existencia excepto la Verdad Suprema.” Todo lo que existe es Luz, es La Luz, por eso Dios todo lo ve, todo lo oye, todo lo sabe, pues nada hay que no sea Dios y al mismo tiempo Dios está más allá de Sus criaturas, y más acá. Recuerdo aquí la oración de las oraciones, la más bella oración que jamás he rezado, que en un momento dice:


“¡Oh Luz de luz; oh Quien ilumina la luz; oh Quien ha creado la luz; oh Quien rige la luz; oh Quien determina la luz; oh Luz de toda luz; oh Luz anterior a toda luz; oh Luz posterior a toda luz; oh Luz por encima de toda luz; oh Luz cuya luz es incomparable!.”

¿Qué más decir? Bendigo una vez más la Fuente de Agua Viva, cuyo sabor es el mismo en todas las lenguas y en todas las escuelas de espiritualidad, pues todas manan del mismo Manantial de Luz. Y pido a Dios que pronto llegue el momento que tú has citado en tus mensajes:

“De la misma manera en que existe un pequeño amanecer y un gran amanecer (llegada de la luz, llegada del Sol), existe un Regreso Menor del Imam al Mahdi y del Mesias y un Regreso Mayor. (...) Es la oración, tanto la ritual como la contenida en la acción positivamente motivada y la muda súplica de los oprimidos la que acelerará esa parusía, que espero podamos ver.”

Yo también así lo espero,si Dios quiere y nos concede esa gracia inmensa. Y en esa espera activa, el camino está claro, como tú bien dices:

“Anonimato, purificación interior, compromiso con la verdad y la justicia, estudios, esfuerzo, modestia y vida sencilla. No hay otro camino, pues el triunfo colectivo se basa en el triunfo personal, de la misma manera que la sociedad saludable se basa en la familia sana. Y no existe verdadero éxito personal mas que siguiendo las directrices y mandamientos verdaderos, emanados de nuestro Señor y Creador y de las enseñanas de Sus Mensajeros.”

Espero que hagamos este camino juntos, si Dios quiere, querido amigo. Y que Dios no dé fuerzas y perseverancia en este combate y en esta lucha.
Vuelvo alas palabras de nuestro amigo Ruhollah:

Cuando Dios dice: “En el nombre de Dios, las alabanzas pertenecen a Dios” o “En el nombre de Dios, di, Dios es Uno” probablemente el significado no es tanto decir: “En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso” sino que está mencionando un hecho: “Con el nombre de Dios”, significando que nuestra habla ES un nombre de Dios.”

Yo diría que quizá quiera decir “Por/a través/por medio de/con la ayuda de/sustentados-as en el Nombre de Dios” en el sentido que nos transmitió Juan en su Evangelio:

“En el pricipio ya existía la Palabra (el Nombre), y Aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de Él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin Él. En Él estaba la Vida,y la Vida era la Luz de la humanidad. Esta Luz brilla en las tinieblas, y lastinieblas no han podido apagarla.”

Evidentemente, Dios es Uno, y lamentablemente, el Evangelio de Juan da pie a interpretaciones erróneas en este punto. Pero Dios es más sabio y nos aclará estas cosas cuando quiera. Lo único que yo quería señalar es la relación que yo creo ver entre las palabras del Corán y el Evangelio.
Termino con las palabras de nuestro amigo:

“Observen también que el Corán dice: “Todo lo que está en los cielos y en la tierra Le glorifica”, no dice “quien está en los cielos y en la tierra...” Todo lo que existe en la tierra y en los cielos glorifica con el nombre de Dios que es Su manifestación y todoslos seres surgen de esta manifestación. Y puesto que todas las cosas son de Él y vuelven a Él, y ningún ser tiene nada de sí mismo, hablar de sí mismo no tiene sentido. Nadie puede decir: “yo tengo algo de mí mismo”, es decir, independientemente de la Luz que es es origen de mi ser. Cuando en verdad ni los ojos que tienes son suyos, sino que también esos ojos han llegado a ser a través de Su manifestación.”

Aquí dejo hoy mis reflexiones, son las ocho y cuarto del 27 de mayo, martes. Espero que te encuentres bien, tú y tu familia.
Recibe un abrazo y hasta cuando quieras.
Tu amigo,
F.

Leer más...

LA FUENTE DE AGUA VIVA I

(Ecos de una lectura y de una amistad)


Querido amigo :

Ahora son las cinco y media de la tarde del 13 de mayo. Las clases se han acabado hace una hora, y la escuela está tranquila y silenciosa. Las compañeras que limpian las aulas están de aquí para allá, trabajando y hablando a la vez. A. y T., dos amigas. Con T. suelo hablar a veces de hinduismo y budismo, que son los ríos espirituales que le interesan. Por todas partes crece el interés sincero por unir espiritualidad y liberación, como si fuese una primavera que Dios nos quiere regalar en estos momentos tan difíciles...

He estado repasando tus mensajes y también los que te he mandado yo y me ha dado un poco de vértigo por todo lo que estamos compartiendo y todo lo que estoy descubriendo. Ha merecido la pena esperar unos meses y dejar que las cosas maduren. “Todas las cosas tienen su tiempo, todo lo que está debajo del sol tiene su hora” dice la Biblia, en concreto el libro del Eclesiastés:

“En este mundo todo tiene su momento;
hay una hora para todo cuando ocurre.
Un momento para nacer,
y un momento para morir.
Un momento para plantar,
y un momento para arrancar lo plantado.
Un momento para matar,
y un momento para curar.
Un momento para destruir,
y un momento para construir.
Un momento para llorar,
y un momento para reír.
Un momento para estar de luto,
y un momento para estar de fiesta.
Un momento para esparcir piedras,
y un momento para recogerlas.
Un momento para abrazarse,
y un momento para separarse.
Un momento para intentar,
y un momento para desistir.
Un momento para guardar,
y un momento para tirar.
Un momento para rasgar,
y un momento para coser.
Un momento para callar,
y un momento para hablar.
Un momento para el amor,
y un momento para el odio.
Un momento para la guerra,
y un momento para la Paz”.
Eclesiastés, 3, 1-8.


Mi sentimiento de amistad y gratitud hacia ti es muy grande, porque me imagino que tendrás mucho trabajo con las traducciones y las clases y sin embargo tus respuestas llegan sin tardar y aportándome siempre palabras y textos que me hacen meditar, reflexionar, rezar, cuestionarme, descubrir.. Gracias de todo corazón, y perdona si soy pelma.

Mi forma de agradecerte va a ser cumplir mi palabra y mandarte la primera parte del texto que te prometí. Aquí lo tienes. Como habrás visto, he modificado el subtítulo, porque lo que voy a escribir no sólo son los ecos de la lectura que me recomendaste, sino todo lo que he vivido desde que empezamos a comunicarnos. Además, esto ha sido una etapa más en mi camino de búsqueda, y como ya te he dicho, siento que a mis años quizá si Dios quiere llegue el momento de la cosecha en mi vida. Espero que algún día, si Dios quiere, nos podamos ver y charlar de todo esto, rezar juntos y ver qué podemos hacer para llevar adelante estas ideas, sentimientos y creencias que compartimos.

Todavía recuerdo mi emoción aquel día de agosto del año pasado, cuando encontré por casualidad esta traducción del Corán en la librería esotérica de Pamplona. Era la víspera de irme a T, a un retiro de cinco días, que fue una experiencia profunda y transformadora que no olvidaré nunca. Me llevé la traducción al retiro y la estuve leyendo en mis ratos libres, no como distracción, sino como oración.

La Fuente de Agua Viva es así, y quienquiera que haya bebido de Ella una vez reconoce su sabor en cualquier parte, como tú bien sabrás. En aquel retiro se juntaron aguas vivas que aparentemente son diferentes, en esta realidad en la que la mayoría vivimos, el “zahir” que le llaman, lo exotérico, la apariencia, la corteza de las cosas, o como le queramos llamar a aspecto más superficial de la Realidad que es infinita. Realidad, Verdad, los nombres más hermosos Le pertenecen, pero Él/Ella es Uno...como el Agua Viva es Una también...

“El Gran Camino no es difícil,
sólo le repele escoger y seleccionar:
si no hay rechazo ni apego,
todo está claro y evidente.
(Pero) una mínima separación
(del ancho de un hilo de seda)
produce una distancia como del cielo a la tierra.

Si se quiere captar el Ahora,
no ha de haber preferencia ni aversión.
El conflicto entre atracción y repulsa
es una enfermedad del corazón.

Si uno se percata del misterio de la Vida
en vano se esfuerza por la paz del corazón.
Es redondo y Uno como el gran espacio;
nada le falta y nada le sobra.

Al escoger o rechazar algo
se pierde de vista la cosa tal cual.
No hay que perseguir las cosas de afuera
ni aferrarse a la experiencia del vacío.
hay que permanecer sereno en lo Uno,
y las preocupaciones desaparecen por sí mismas.
Al intentar parar la actividad y conseguir quietud
este mismo intentar parar se convierte en actividad.
Quedándose en cualquiera de los dos extremos,
¿cómo poder conocer lo Uno?

Sin penetrar en lo Uno
no se consigue nada en ninguno de los dos ámbitos.
Intentando coger lo que Es, se pierde lo que Es;
persiguiendo el vacío, se va en contra del vacío.
Cuantas más palabras y pensamientos,
tanto menos se da con el hecho.

Cortando palabras y pensamientos
no hay lugar que no penetre Eso.

Volviendo a la raíz se alcanza el Principio;
persiguiendo las formas se pierde la Fuente esencial.

Volviendo la propia Luz adentro, siquiera un instante,
se supera el vacío anterior.

Los cambios en ese vacío anterior
se deben todos a una visión ilusoria.
No es necesario perseguir la Verdad
simplemente hay que intentar de dejar ver.
No morando en puntos de vista dualistas (shirk)
no hay que intentar perseguirlos.
Basta un poco de verdadero o falso,
y el corazón se pierde en confusión.
hay dos porque hay Uno
pero tampoco hay que agarrarse al Uno.

Si no ha surgido la mente del Uno,
las diez mil cosas son inmaculadas.
Donde no hay mácula, no hay cosa.
Cuando surge no hay mente.
El sujeto se desvanece a la par con el objeto;
el objeto se desvanece a la par con el sujeto.
Objeto es objeto, porque hay un sujeto;
sujeto es sujeto, porque hay un objeto.
si alguien quiere conocer ambos niveles
en origen son Un Solo Vacío.

El Vacío Uno es el mismo en ambos,
y ambos contienen por igual todas las cosas.
Cuando no se distingue entre fino y tosco,
¿cómo puede surgir algún prejuicio?
El Gran Camino es ancho por esencia,
ni fácil ni difícil.
Mantener puntos de vista estrechos
es causa de titubeos;
cuanto más se corre, más se tarda.
Aferrándose a tales puntos de vista,
se pierde la perspectiva justa,
y con seguridad uno se desvía.
Soltándolos todo se vuelve natural:
en la Esencia no hay que ir ni permanecer.
Actuar según la propia naturaleza (Fitra)
es concordar con el camino,
caminando ligero, sin preocupaciones.
El pensamiento discriminatorio aleja de la Verdad;
una mente torpe y espesa tampoco viene al caso.
Cuando no concuerda, el espíritu se siente turbado;
¿para qué sirve estar a favor o en contra de cosas?
Si se quiere cabalgar en el Vehículo Uno,
no hay que tener aversión al mundo de los seis polvos (sentidos).
Ciertamente, no rechazar el mundo de los sentidos
se identifica con la verdadera iluminación.
Los sabios no persiguen metas;
pero los ignorantes se encadenan a sí mismos.
Pues aunque entre las cosas no hay diferencias
ellos vanamente se atan.
Buscar la Mente-Corazón con la mente discriminatoria
¿acaso no es la más grande de las equivocaciones?
Quietud e intranquilidad surgen de lo ilusorio;
iluminación no sale de gustos o disgustos.
Todos los puntos de vista opuestos
derivan del propio pensar ilusorio.
Son como sueños, pétalos flotando en el aire;
¿para qué andar a la caza de ellos?
Ganancia y pérdida, verdadero y falso
¡suéltalos de una vez por todas!
Si el ojo nunca duerme,
los sueños desaparecen solos.

Si la mente no discrimina
las diez mil cosas son Talidad Única
(son tal cual son, de Esencia Única)
La Esencia de la Talidad Única es un Misterio,
lo Inmóvil, Absoluto, el olvido de las redes kármicas.
Viendo las diez mil cosas desde la igualdad,
éstas vuelven a su estado propio natural.
Las causaciones desaparecen,
imposible hacer comparaciones.
Parando el movimiento, no hay movimiento;
poniendo quietud en el movimiento, no hay quietud.
Si los dos no existen,
¿cómo puede haber Uno?
En el término (Absoluto)
ninguna ley tiene aplicación.
La mente está en concordancia
con esto llega a ser imparcial,
deja de planificar y luchar:
Cuando miedos y dudas han sido disipados,
la verdadera fe es armoniosa y directa.
Todas las cosas son pasajeras;
no hay necesidad de recordarlas.
vacía, clara, resplandeciente en Sí Misma
la Mente-Corazón no hace esfuerzos. esto es el lugar del no-pensar;
difícil de calibrar con el entendimiento o sentimiento.
En el mundo fenoménico (dharma) de talidad
no hay un otro, no hay un yo.
Si hay que expresarlos de modo inmediato,
sólo se le puede decir “No-Dos”.
Si es No-Dos, entonces todo es lo mismo;
nada queda excluído. (de Su Misericordia)
Los sabios de las diez direcciones
todos han calado esta Verdad.
Está más allá de expansión y contracción:
un momento de atención es diez mil años.
Ni Ser ni No-Ser:
el mundo de las diez direcciones está ante tus ojos.
lo infinitamente pequeño es igual a lo grande:
los límites han desaparecido.
Lo infinitamente grande es igual a lo pequeño:
las diferencias no se pueden ver.

Ser no es sino No-Ser;
No-Ser no es sino Ser.

Si para alguien aún las cosas no son así,
de ninguna manera ha de quedarse en el estado actual.

Uno es Todo,
Todo es Uno.

Si esto se comprende así,
¿para qué preocuparse de llegar al final?
La Mente-Corazón de Fe es No-Dos,
No-Dos es la Mente-Corazón.
Las palabras no consiguen expresarlo;
no pertenece al pasado, ni al futuro ni al presente”.

SHINJIMEI
(Inscripción de la Mente-Corazón de Fe)
Seng-t’san. (509-606)
Tercer patriarca Zen en China,. Siglo VI.

Es verdad, las palabras no consiguen expresarlo. ¿Para qué hablar, pues? ¿O para qué escribir? Por amistad hacia ti, y por cumplir mi palabra, y por agradecerte todo lo que me estás enseñando.
Quizá nuestro amigo (que Dios lo bendiga y le dé Su Paz) se refería a esto cuando dijo que había que buscar la sabiduría hasta en China. La misma Fuente de agua viva mana para todos, porque Su Misericordia abarca todas las cosas.
Te puedes imaginar mi emoción y alegría al leer en el texto que me mandaste de nuestro amigo Ruhollah, donde dice:
“Todo lo que existe en el mundo es un signo de Dios. El mundo entero es un signo de Dios, pues un nombre es un signo y todas las criaturas que existen en el mundo son signos de la Esencia sagrada, de la Verdad Altísima.”

Y también donde dice:

“ Si tomamos al Ser Necesario como el origen y fuente de todos los otros seres”

A eso mismo me refiero yo cuando hablo de la Fuente de Agua Viva. Y me vienen al corazón las palabras de los Salmos:

“El Señor es mi pastor;
nada me falta.
Me hace descansar en verdes pastos,
me guía a arroyos de tranquilas aguas,
me da nuevas fuerzas
y me lleva por caminos rectos,
haciendo honor a Su Nombre”.
Salmo 23

Al leer (recitar) “caminos rectos”, otra oración le responde, como un eco entre hermanas que se quieren:

“Guíanos al camino recto,
el camino de aquellos a los que Tú has agraciado;
no el de aquellos con los que Tú estás disgustado
ni el de los extraviados”

Y así todo el tiempo:

“Jesús le contestó:
- Si supieras lo que Dios da y quién es que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.(...)
Jesús le contestó:
- Los que beben de esta agua volverán a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna”.
Juan, 4, 10;13-14.

“Como un ciervo sediento en busca de un río,
así Dios mío, Te busco a Ti.
Tengo sed de Dios, del Dios de la Vida.”
Salmo 42.

Sigo con el texto de nuestro amigo Ruhollah, cuando dice:

“Todos los seres alaban a su Señor. No es cierto que los seres materiales no posean inteligencia ni poder, ni perfección alguna, ni nada de nada. No es así. Lo que sucede es que estamos velados y no podemos discernir. En esos seres inferiores al hombre y a los animales, también se manifiestan todas esas perfecciones, pero, eso sí, en la medida de su propia existencia limitada.

“No hay nada que no Le glorifique y alabe, pero vosotros no entendéis su forma de glorificar” (17:44)

Nosotros estamos velados y no entendemos su forma de glorificar.(...) Puede que los hombres, quienes poseen altos grados de percepción y se consideran ellos mismos como la fuente de toda percepción, hayan denegado toda percepción a otras formas de vida. Es verdad, por supuesto, que estas formas no poseen el mismo alto grado de percepción, pero nosotros también estamos velados de la completa percepción de la verdad.
A causa de estos velos, no estamos enteramente conscientes y por ello imaginamos muchas cosas que existen como no existentes. Es simplemente que ustedes y yo las desconocemos”.

Entonces me vuelvo a acordar de los Salmos en este juego de espejos espirituales que como tú bien dices, nos recuerda constantemente que la Verdad es Una:

“El cielo proclama la gloria de Dios;
de su creación nos habla la bóveda celeste.
Los días se lo cuentan entre sí;
las noches hacen correr la voz.
Aunque no se escuchan palabras
ni se oye voz alguna,
el tema va por toda la tierra
y hasta el último rincón del mundo,
hasta donde el sol tiene su hogar.”
Salmo 19.

La lectura del comentario de la Sura Al-Fatiha me ha impresionado mucho. Son muchos los textos que han despertado ecos profundos en mí, y es por eso que te escribí una vez que era consciente que estaba ante un océano en el que apenas he mojado uno de los dedos del pie.

“Todo el mundo vivo y todo lo que existe es el nombre de Dios. (...)Todo es un nombre de Dios. Ustedes, también son nombres de Dios. Sus lenguas son nombres de Dios, sus manos son nombres de Dios. Cuando ustedes alaban a Dios diciendo:

“En el nombre de Dios, las alabanzas pertenecen a Dios”

sus lenguas es un nombre de Dios en movimiento. Cuando se levantan para ir a casa, no pueden separarse ustedes mismos de los nombres de Dios, y los movimientos de sus pulsos son el nombre de Dios. Los vientos que están soplando son el nombre de Dios”.

Después de esto, ¿qué puedo decir? Mejor es callar y rezar.

Tu amigo, F.

Leer más...