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jueves, 19 de noviembre de 2009

África en el sistema multipolar


19-11-2009
Tiberio Graziani
Rebelión
En el nuevo orden multipolar, en plena fase de consolidación, África corre el riesgo de convertirse, por razones económicas y geoestratégicas, en la apuesta entre el sistema occidental guiado por Estados Unidos y las potencias eurasiáticas, Rusia, China e India. Con el fin de evitar y obstaculizar tal eventualidad, y sobre todo para adquirir una determinante función global a medio y largo plazo, la integración continental de África parece una necesidad y un desafío, a los cuales han de dar respuesta urgentemente las clases dirigentes africanas.
De forma verosímil, tal integración se debería configurar sobre una base regional, siguiendo tres directrices principales, constituidas respectivamente por el Mar Mediterráneo, el Océano Índico y el Océano Atlántico.

La multipolaridad: un escenario en vía de consolidación

Múltiples factores, entre los que se encuentran principalmente:
a) la incapacidad estadounidense de gestionar la fase post-bipolar surgida tras el colapso soviético;
b) la reafirmación de Rusia llevada a cabo por Putin y consolidada por Medvedev;
c) el crecimiento económico y el peso político que han alcanzado dos naciones-continentes como China e India;
d) la desvinculación de algunos países importantes de la América meridional de la tutela de Washington, han planteado las condiciones previas para la constitución de un sistema multipolar.
El nuevo escenario geopolítico, después de una primera fase de gestación por otra parte continuamente minada por Washington, Londres y por las oligarquías europeas a cuya cabeza se encuentran Sarkozy y Merkel, está en estos momentos en vías de consolidación, gracias a las continuas actividades de colaboración que tienen lugar entre Moscú, Pekín y Nueva Delhi en relación con grandes temas cruciales, como los siguientes: el aprovisionamiento y la distribución de recursos energéticos, la seguridad continental, la soluciones que se van adoptando con respecto a la crisis económica-financiera, el refuerzo de algunas instituciones de valor multi-regional, o incluso continental, como, por ejemplo, la organización para la cooperación de Shangai, las posturas realistas sobre varias cuestiones impuestas por EE.UU. en el debate internacional, desde la referente al tema nuclear iraní hasta la temática de los derechos humanos en China, Rusia, Irán y últimamente también en India (1).

Más allá del proceso de integración eurasiático, es preciso indicar que el nuevo marco internacional se va consolidando ulteriormente también por efecto de los acuerdos estratégicos que algunos países eurasiáticos (Rusia, Irán y China) han alcanzado con importantes naciones sudamericanas como Brasil, Venezuela y Argentina, en el ámbito económico y en algunos casos también en el militar.
A la luz de las consideraciones que acabamos de exponer, los rasgos que distinguen el nuevo marco geopolítico parecen ser esencialmente dos:
uno –relativo a la constitución y a la existencia misma del nuevo orden internacional– parece surgir de la sinergia de intenciones que animan a los mayores países eurasiáticos y a los países de la América indiolatina. Los desiderata de las élites dirigentes de Moscú, Pekín, Nueva Delhi, Teherán y últimamente también Ankara (2) convergen con los de Brasilia, Caracas y Buenos Aires y tienden a materializarse en prácticas geopolíticas que prevén, a través de relaciones estratégicas, el desclasamiento de EEUU, que de potencia mundial pasaría a potencia regional.

A finales de la primera década del siglo actual, Eurasia y la América indiolatina (3) parecen constituir los pilares sobre los que se apoya el actual sistema internacional. Sobre la integración interna, o mejor, sobre el grado de cohesión interno de las dos grandes masas continentales, muy probablemente, se disputará a medio y largo plazo toda la apuesta multipolar.
El otro rasgo que, a nuestro juicio, se referiría a la naturaleza del nuevo contexto geopolítico, parece consistir en la articulación continentalista con la que éste tiende a manifestarse (4)

Ante la consolidación de tal escenario nuevo, sin embargo, hay que tener presente que el sistema occidental guiado por EEUU, aunque esté en fase declinante, o quizás precisamente por eso, parece acentuar, pese a la retórica de la nueva administración, su carácter expansionista y agresivo. Esto no solo alimentará los actuales enfrentamientos, sino que generará otros adicionales, que, con verosimilitud, se descargarán en las áreas geopolítica y geoestratégicamente más frágiles. Y África es una de ellas.

La fragilidad de África y la penetración estadounidense en el hemisferio sur

En tal marco de referencia altamente cargado de tensiones ya que, como hemos puesto de relieve anteriormente, está determinado por la contraposición entre el nuevo sistema multipolar en fase de acelerada definición y el sistema centrado en EE.UU, a África le resulta difícil encontrar una posición propia clara, por tanto, le cuesta concebirse como una entidad geopolítica unitaria, si bien muy compleja, si atendemos a las profundas y variadas deshomogeneidades culturales, étnicas, confesionales, climáticas, económicas y sociales que todo el continente presenta (5).
Sin embargo, desde el lejano 1919 (por tanto, en un contexto completamente distinto, pero también entonces en fase de transición, vale la pena subrayarlo) con la conferencia de París, los africanos expresan la necesidad de unificar su continente (6).
Anteriormente, el movimiento panafricanista, surgido en EE.UU y en las Antillas a finales del siglo XIX sobre la base de las ideas del mestizo americano William Edward Burghardt Du Bois, cantor de movimiento ‘pan-negro’, y del jamaicano Marcus Garvey, creador del lema ‘retorno a África’ y del llamado ‘sionismo negro’, trataba principalmente de la unidad cultural de los pueblos africanos. En el plano netamente político, el movimiento panafricanista contribuyó, durante el proceso de descolonización, a la creación de la ‘Organización de la unidad africana’, hoy conocida como ‘Unión Africana’.

En nuestros días, después de casi un siglo de cumbres y conferencias no concluyentes dedicadas a la unidad (o a la integración) continental (entendida y teorizada de formas distintas), los obstáculos que se interponen para su realización parecen residir en las habituales cuestiones histórico-políticas nunca resueltas que comprenden, entre otras cosas, los clásicos problemas relativos a la ausencia de infraestructuras, a la fragmentación política en estados modulados según el paradigma occidental (7), a la incapacidad de las clases dirigentes locales para gestionar los diversos tribalismos en una lógica unitaria y pro continental, a la herencia colonial y, sobre todo, a los apetitos occidentales, adicionalmente aumentados en estos últimos años, en virtud de la sinérgica política africana llevada a cabo por EE.UU. y su aliado regional, Israel (8).

Una lectura veloz y superficial de los acontecimientos africanos llevaría al analista a añadir a los apetitos occidentales también los apetitos chinos, rusos e indios. A tal respecto, sin embargo, hay que observar que los intereses asiáticos, o mejor, eurasiáticos en África tienen un valor particular del que, a la larga, se beneficiaría precisamente África en su conjunto, ya que facilitaría su inserción en el nuevo sistema multipolar y, por tanto, lo situaría geopolíticamente en la masa continental eurasiática. África, en tal escenario futuro, constituiría el tercer polo del espacio euro-afro-asiático.

Washington, en el último año de la administración Bush, empantanado en los conflictos mediorientales (Iraq y Afganistán), obstaculizado por Rusia y China en su marcha de aproximación hacia las repúblicas centroasiáticas, habiendo perdido, junto a Londres y la Unión Europea, la partida en la disputa ruso-ucraniana sobre el gas, habiendo salido con cabeza gacha de la aventura georgiana (agosto de 2008), habiendo digerido mal la autonomía turca sobre la proyectación del South Stream (9), ha intensificado su política exterior en el sur del planeta, respectivamente en la América meridional y en África.
En el curso del bienio 2007-2008, EE.UU. ha tratado de desarticular el BRIC (Brasil, Rusia, India y China), el nuevo eje geoeconómico que se ha establecido entre Eurasia y la América Indiolatina, y ha tratado de minar los acuerdos orientados a la integración sudamericana, presionando principalmente a Brasil y a Venezuela. En tal estrategia, que podemos definir como ‘estrategia para la recuperación del control del patio trasero’, se sitúan, por ejemplo, tanto la reexhumación de la Cuarta Flota, como episodios como el de los movimientos secesionistas en la región de la media luna boliviana, orquestados, según diversos analistas sudamericanos, entre ellos el brasileño Moniz Bandeira, precisamente por Washington.

Tal renovado interés estadounidense por el control de la América meridional, iniciado por la precedente administración republicana, es igualmente continuado por la actual administración, guiada por el demócrata Obama, como han demostrado dos casos emblemáticos: el de la intromisión estadounidense en el golpe de estado de Honduras y, sobre todo, el de la instalación de bases militares en Colombia.

Respecto a la corriente penetración estadounidense en África, ésta es para EE.UU. un pasaje obligado debido a tres razones principales.
Una se refiere a la cuestión energética. Según un estudio encargado en el año 2000 por el National Intelligence Council a algunos expertos, EE.UU. espera poder disfrutar para el 2015 de al menos el 25% de petróleo procedente de África (10). La búsqueda y el control de fuentes energéticas en África responden a dos exigencias consideradas prioritarias por Washington y por los grupos petroleros que dirigen y sustentan su política energética (11). La primera exigencia deriva obviamente de las estrategias destinadas a buscar fuentes de aprovisionamiento energético, diversificadas y alternativas a las mediorientales; la segunda, en cambio, afecta a la protección de la función hegemónica, que EE.UU. adquirió durante el siglo pasado, en referencia al control y a la distribución de los recursos energéticos mundiales. Tal función atraviesa actualmente una fase muy crítica, a causa de las recientes y sinérgicas políticas llevadas a cabo por Rusia, China y por algunos países sudamericanos en el sector energético.
El antagonista en África de EE.UU. es, como se sabe, China. La República Popular China, en la última década, ha reforzado e implementado las relaciones y el lanzamiento de inversiones, en particular, en infraestructuras en el continente africano, prosiguiendo, por otra parte, una política puesta en marcha ya durante la Guerra Fría.
China no sólo está interesada en el petróleo africano, sino también en el gas (12) y en los materiales considerados estratégicos para su desarrollo como el carbón, el cobalto y el cobre.
En el frente energético, un ejemplo, importante para las consecuencias sobre las relaciones entre las potencias de China y EE.UU., lo proporciona la fundamental contribución china a Sudán para la exportación del petróleo.
Sudán, como se sabe, gracias a la ayuda china exporta petróleo desde 1999; esto ha llevado a que Jartum reciba las ‘particulares’ atenciones y cuidados de Washington. Recientemente (27 de octubre de 2009), la Casa Blanca ha renovado formalmente las sanciones económicas a Sudán por la cuestión de los derechos de las poblaciones de Darfur.
La otra razón por la cual la política africana constituye una de las prioridades estadounidenses de la próxima década es de orden geopolítico y estratégico. En medio de la actual crisis económico-financiera, Washington debería, en cuanto gran actor global, dirigir sus esfuerzos hacia el mantenimiento de sus posiciones en el tablero global, a riesgo de que, en el mejor de los casos, tenga lugar una rápida reducción de su papel a potencia regional media, o, en el peor, un desastroso colapso, difícil de superar a corto plazo.

Sin embargo, en línea con la tradicional geopolítica expansionista que desde siempre caracteriza sus relaciones con las otras partes del planeta, Washington ha elegido a África como amplio espacio de maniobra, desde el cual relanzar su peso militar en el plano global con el fin de disputar a las potencias asiáticas la primacía mundial.

En tal aventurada iniciativa, Washington obviamente implicará a toda Europa. La nueva política estadounidense en África se debe al hecho de que EE.UU. encuentra cerradas dos de las principales vías anteriormente elegidas para acceder al espacio eurasiático: la Europa centroriental y Oriente Próximo y Medio. La primera vía, tras la ráfaga de victoriosas revoluciones coloradas que habían atraído al espacio geopolítico hegemonizado por EE.UU. a los países del exterior próximo ruso (la llamada Nueva Europa), parece por ahora un camino difícil de seguir, ya que Moscú ha elevado el nivel de guardia.
A tal respecto, son indicativas las dificultades encontradas por EE.UU. en la cuestión del escudo espacial.

La segunda vía es la trazada, ya desde hace años, por la doctrina llamada del Gran Oriente Medio: control total del mar Mediterráneo, eliminación de Irak, ocupación militar de Afganistán, penetración en las repúblicas centroasiáticas.

La aplicación de esta doctrina geopolítica, sin embargo, no ha producido los resultados que Washington y el Vaticano esperaban en tiempos razonablemente breves, sino que, al contrario, se ha revelado negativa a causa del duradero y desgastador conflicto afgano y de la no resuelta cuestión iraquí y, sobre todo, de la política eurasiática de Moscú, orientada a recuperar prestigio e importancia en el espacio centroasiático.

La tercera razón, finalmente, es de orden preventivo. Está conectada a la política que actualmente los Estados Unidos conducen en el hemisferio meridional del planeta, con el fin de invalidar el eje sur-sur, fatigosamente en vías de definición entre muchas naciones africanas y sudamericanas.
Los principales jefes de Estado de la América indiolatina y de África han vuelto a confirmar recientemente, en septiembre de 2009, durante la cumbre de Isla Margarita (Venezuela) la voluntad de continuar en el proyecto estratégico de ‘‘cooperación sur-sur’’ entre África y América meridional puesto en marcha en diciembre de 2006 en Nigeria, en Abuja.

Los instrumentos de penetración que Washington ha adoptado para controlar el espacio africano son de tres órdenes:
de orden militar, a través del AFRICOM (13), es decir, el Mando militar de los Estados Unidos para África, creado en 2007 y activado al año siguiente ;
de orden económico-financiero (véase el caso de las sanciones a Sudán y la intromisión del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en las relaciones entre la República Democrática del Congo y China) (14) ;
y, finalmente, otro referente a la estrategia de comunicación ejemplificada gráficamente por los ya considerados ‘históricos’ discursos de Obama pronunciados respectivamente en Cairo y Accra.

Sobre el plano militar, es importante observar que la penetración estadounidense parece privilegiar, como cabeza de puente para neutralizar a Sudán y a la República democrática del Congo, el área constituida por Tanzania, Burundi, Kenia, Uganda y Ruanda. Hay que subrayar que el control militar total constituye una importante pieza en la estrategia estadounidense para la hegemonía del océano Índico. Las directrices geopolíticas de África para el siglo XXI.

Pese a las dificultades que obstaculizan hoy su unificación geopolítica, África, con el fin de salvaguardar sus propios recursos y mantenerse fuera de las disputas entre EE.UU., China y, muy probablemente, Rusia e India –disputas que se resolverán precisamente sobre su territorio –necesita organizarse, al menos regionalmente, según tres directrices principales que pivotan respectivamente sobre la orilla mediterránea, sobre el Océano Índico y sobre el Atlántico.

La activación de políticas de cooperación económica y estratégica, al menos en lo referente a seguridad, entre los países norteafricanos y Europa, por un lado, y, por otro, lo mismo con India ( a tal respecto, hay que hacer referencia a la Declaración de Delhi, firmada durante la Cumbre 2008 India-África) (15) , además de cohesionar las regiones africanas implicadas, predispondría las bases para una futura y potencial unificación continental articulada sobre polos regionales e insertada en un más amplio contexto euro-afro-asiático.

Igualmente, la directriz atlántica, es decir, la continuación de una cooperación estratégica sur-sur entre África y la América indiolatina, favorecería, en este caso, la cohesión de las regiones del África occidental, y contribuiría a la unificación del continente. En particular, el desarrollo de la directriz atlántica reforzaría el peso africano con respecto a Asia, y con respecto a China en primer lugar

La deseable integración de África –realistamente posible sólo si se estructura sobre polos regionales– evoca el desarrollo histórico, anterior al periodo colonial, de las formaciones políticas auténticamente africanas, que, conviene recordarlo, han tenido lugar precisamente sobre bases regionales (16).

Notas:
1. Con respecto a India y a la violación de los derechos humanos, en particular los referentes a la religión, véase el India Chapter del Annual Report of the United States Commission on International Religious Freedom, ( http://www.uscirf.gov/ ) y el interesante artículo crítico de M. V. Kamath, US must stop meddling in India's internal problems, “The Free Press Journal”, 3 de septiembre de 2009 (http://www.freepressjournal.in/ ), que denuncia la instrumentalización llevada a cabo por Washington en referencia a los derechos humanos y a las libertades civiles por evidentes finalidades geopolíticas.
2. En relación con la erosión de las relaciones entre la Turquía guiada por Erdogan y Occidente, véase Soner Cagaptay, Is Turkey Leaving the West?, http://www.foreignaffairs.com/, 26/10/2009 y el ensayo de Morton Abramowitz y Henri J. Barkey, Turkey’s Transformers, Foreign Affairs, noviembre/diciembre 2009.
3. Recientemente (17-18 octubre de 2009) los trece países sudamericanos adheridos al ALBA han firmado el tratado constitutivo del sistema unificado de compensación nacional (sucre), cuyo objetivo es la sustitución del dólar en los intercambios comerciales a partir del 2010.
4. Tiberio Graziani, Il tempo dei continenti e la destabilizzazione del pianeta, Eurasia. Rivista di studi geopolitici, n. 2, 2008.
5. Para una reseña de las cuestiones que impiden la integración africana y sobre los factores de deshomogeneidad remitimos a Géopolitique de l’Afrique et du Moyen-Orient, obra coordinada por Vincent Thébault, Nathan, Paris 2006, pp.69-220.
6. Diecinueve años antes, en julio de 1900, había tenido lugar en Londres el primer congreso dedicado a la unidad de los africanos y a sus descendientes en las Américas.
7. África está subdividida en 53 estados y en dos enclaves españoles (Ceuta y Melilla), a los que hay que añadir los autoproclamados estados de El Ayún (Sahara occidental) y de Hargeisa (Somaliland).
8. Para la reciente política israelí en África léase: Nicolas Michel, Le grand retour de Israël en Afrique, Jeune Afrique (http://www.jeuneafrique.com/ ), 3/9/2009; Philippe Perdrix, F. Pompey, P.F. Naudé, Israël et l’Afrique : le business avant tout, Jeune Afrique (http://www.jeuneafrique.com/ ), 3/9/2009; René Naba, Israël en Afrique, à la quête d’un paradis perdu, http://www.renenaba.com/ , 10/10/2009.
9. El 6 de agosto de 2009, Putin y Erdogan han firmado un acuerdo que preve el paso por las aguas territoriales turcas del gasoducto ruso, antagonista del proyecto Nabucco, sostenido por EE.UU. y la Unión Europea.
10. El estudio citado, Global Trends 2015. A dialogue about the Future with Nongovernment Experts, diciembre de 2000, se encuentra en el sitio gubernamental del Office of the Director of National Intelligence, www.dni.gov/
11. African Oil: A Priority for U. S. National Security And African Development, Proceedings of an Institute Symposium, The Institute for Advanced Strategic and Political Studies, Research Papers in Strategy, maggio 2002, 14. El documento se encuentra en: http://www.israeleconomy.org/.
12. “El continente africano posee enormes reservas de gas natural que se estiman en 14,56 trillones de metros cúbicos, es decir, el 7,9% del total mundial. Las reservas verificadas en Nigeria y Argelia (5,22 e 4,5 trillones de metros cúbicos respectivamente) son inferiores a las de Rusia (43,3 trillones de metros cúbicos) Irán (29,61), Qatar (25,46), Turkmenistán (7,94), Arabia Saudita (7,57) Y Emiratos Árabes Unidos (6.43) pero superiores a las de Noruega (2,91), que es uno de los países clave en la exportación del gas. Sin embargo, los niveles de producción y consumo de gas natural en África son bastante bajos. La producción de gas en 2008 ha sido de 214,8 billones de metros cúbicos, es decir, el 7% del total mundial (un incremento de 4,85 respecto al 2007). Sudamérica ha sido el único continente que ha producido menos gas natural en el mismo año. El consumo de gas natural en 2008 en África ha sido de 94,9 billones de metros cúbicos, es decir, el 3,1% del total mundial (un 6,1% de crecimiento respecto al 2007) que es el nivel más bajo a escala mundial. Más del 50% del gas natural producido en África – 115,6 billones de metros cúbicos –es exportado, por lo demás, como gas natural licuado (62,18 billones de metros cúbicos). La cuota de los países africanos (Argelia, Nigeria, Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Mozambique) en el suministro global de gas es del 14,2 % pero el mismo nivel de gas natural licuado es mucho más alto – 27,5%.”, Roman Tomberg, Le prospettive di Gazprom in Africa, http://www.eurasia-rivista.org/, 16 octubre de 2009.
13. El proceso de militarización de África se ha intensificado últimamente por parte de Washington. A tal respecto, véase Kevin J. Kelley, Uganda: grande esercitazione militare degli USA nella regione settentrionale, http://www.eurasia-rivista.org/, 14 de octubre de 2009.
14. Renaud Viviene et alii, L’ipocrita ingerenza del FMI e della Banca mondiale nella Repubblica democratica del Congo, http://www.eurasia-rivista.org/ , 19 de octubre de 2009.
15. El texto de la Delhi Declaration se encuentra en: http://www.africa-union.org/.
16. A propósito del carácter “regionalista” de África, observa el africanista francés Bernard Lugan en la introducción a su poderosa Histoire de l’Afrique, Ellipses, Parigi 2009, p.3.: «El largo despliegue de la historia del continente africano está ritmado por varias mutaciones o rupturas que se produjeron según una periodización diferente a la de la historia europea. Además, cuando en Europa los grandes fenómenos históricos o civilizacionales fueron continentales, en los africanos tuvieron consecuencias regionales, excepto en el caso de la colonización».
Traducido por Javier Estrada
Tiberio Graziani esdirector de Eurasia. Rivista di studi geopolitici. – http://www.eurasia-rivista.org/ - direzione@eurasia-rivista.org

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viernes, 24 de julio de 2009

Palestina, provincia de Eurasia


por Tiberio Graziani*
19 de julio de 2009

La Palestina está situada en el Medio Oriente y mientras tanto ésta exista, la «Cuestión Palestina» parece ser un asunto medio-oriental. En realidad, observa el geopolítico Tiberio Graziani, la colonización judía de Palestina es una decisión de las grandes potencias, una manera de resolver sus problemáticas y sus ambiciones. De esta manera, la paz en el mundo en esta región se está jugando sin la participación de la misma Palestina.

Es propio del rito publicitario y político de la literatura académica europea y estadounidense introducir en el debate científico y político concerniente a regiones extraoccidentales definiciones inexactas que, además de expresar una presunta superioridad occidental, condiciona con prejuicios el análisis y las pesquisas.

Lo que la historiografía y la literatura de las políticas contemporáneas definen sin propiedad como “cuestiones palestinas” en referencia a los aún no solucionados acontecimientos de Oriente Medio y que enfrenta a las poblaciones palestina y judía, son en realidad un aglomerado de cuestiones políticas y geopolítica, especificas de Occidente.

Un ejemplo de esta actitud intelectualmente poco honesta nos lo da la así llamada “Cuestión de Oriente” hija de aquella “Palestina” donde las finalidades políticas y de poder sustituyen el análisis objetivo y de la realidad.

En un arco de tiempo que corre desde la guerra rusa-turca de 1768-1774 hasta los primeros años del novecientos, las cancillerías europeas, y la británica en particular, utilizaban la expresión “La cuestión de Oriente” para indicar la política que los diferente gobiernos tenían con el imperio Otomano. El debate de la “Cuestión de Oriente” y de todas las acciones necesarias para “resolverla” escondían un preciso diseño estratégico: extender la influencia del Viejo Continente sobre algunos territorios otomanos.

Palestina: una cuestión toda “occidental”
Las potencias europeas con Gran Bretaña a la cabeza apuntaban a deshacer desde adentro la fortaleza otomana. Esto ocurría aprovechando las tensiones internas o sosteniendo, por ejemplo, el sentimiento nacionalista en Bulgaria, Rumania y la península balcánica (Albania, Serbia, Montenegro, Grecia), verdadero “talón de Aquiles” del imperio, y hasta interviniendo en las disputas entre Estambul y sus gobernadores y los virreyes, como en el caso del Egipto de Mehmet Alí, las Potencias europeas consiguieron, en el transcurso de un siglo, erosionar gran parte del “exterior cercano” del edificio geopolítico otomano.

La Cuestión de Oriente se solucionó, como es sabido, sólo al terminar la primera guerra mundial. Con la disolución del imperio y su partición entre las potencias victoriosas fue nítido que La Cuestión de Oriente era en primer lugar una “cuestión del expansionismo ingles” en el cercano y medio Oriente; La expresión indicaba un viejo proyecto británico: la eliminación del imperio otomano.

También Palestina es una cuestión toda occidental. Comprende, y oculta, cuanto menos cinco “sub-cuestiones”, que por orden metodológico podemos dividir en dos grupos, uno histórico, con fechas que van del 1881 a 1948 y uno contemporáneo que va desde la auto proclamación del estado sionista, acontecida el 14 de mayo de 1948, hasta a nuestros días.

Las dos cuestiones históricas se refieren a:
una “cuestión hebraica” o del “sionismo pre-estatal [1], relativa a las primera inmigraciones y asentamientos de judíos provenientes de Europa (1881 -1903);
una cuestión inglesa, relativa a la penetración económica, politica y militar de Gran Bretaña en el Cercano Oriente (1922-1948).

Mientras que las contemporáneas se refieren a:
una cuestión sionista —fundada sobre el mito laico y religioso de la tierra prometida— que engloba los siguientes tres ámbitos:
a) la política demográfica actuada (Actual) [2] con las continuas corrientes de bolsones inmigratorios (1904-2009);
b) la construcción del aparado estatal y del complejo militar/industrial israelí. [3];
c) las relaciones de los vértices del Estado hebreo con las organizaciones internacionales pro-israelíes presentes en Europa y, de especial manera, en EEUU [4].
una cuestión israelí relativa:
a) la construcción de la identidad “nacional” israelí y una “religión” civil nacional que gira en torno al holocausto [5];
b) la consolidación del aparado cultural, estatal y del complejo industrial/militar israelí,
c) la limpieza étnica en contra de a población palestina [6]; d) el expansionismo del estado hebreo, estratégicamente puesto a realizar, según el deseo de uno de los padre fundadores, Ben Gurión, “el gran Israel, desde el Nilo al Eufrates.
una cuestión estadounidense relativa a la penetración económica, política y militar de Estados Unidos en el Mediterráneo y en el Oriente Medio, consolidada en su "special relationship" con Tel Aviv [7].

En términos geopolíticos, la expresión “Cuestión Palestina” esconde también, como aquella de Oriente, un proyecto bien definido: la eliminación y expulsión de los palestinos de su tierra como condición para la existencia del Estado de Israel.

Palestina provincia deI Imperio Otomano
Por un largo período histórico que cubre por entero la Edad Moderna y parte de la contemporánea, Palestina no constituye un específico caso geopolítico. De hecho, por casi cuatro siglos es parte del Imperio Otomano luego que en 1517 fue sustraída a los mamelucos. Hasta la Declaración de Balfour de 1917, Palestina es una provincia que gracias a la estabilidad de Estambul asegura a todo el imperio un gran desarrollo económico, social y cultural.

En éste considerable arco de tiempo, las únicas tensiones que le atañen y dignas de ser citadas no duran más de diez años, exactamente desde 1831 a 1840, cuando Palestina cae bajo el control egipcio a causa de una controversia surgida entre el sultán Mahumud II y el pachá Mehmet Alí de Egipto. La disputa relativa a los territorios de Siria (incluyendo Palestina, Transjordania, Líbano y Siria) que el futuro soberano de Egipto reclamaba como compensación por haber prestado ayuda a la Sublime Puerta cuando la guerra contra de Grecia (1821), se recompuso en 1840 luego de la muerte del sultán, gracias a la intermediación de Prusia, Austria, Rusia y Gran Bretaña en la Convención de Londres.

Inmigración judía
Por tanto sería justo, en un análisis geopolítico correcto de la Palestina contemporánea, comenzar por los Acuerdos Sykes-Picot, 6 de mayo de 1916; de la declaración Balfour, 2 de noviembre de 1917, y el Tratado de Sèvres, 10 de agosto de 1920. Es necesario, sin embargo, recordar como incidió de manera fundamental el rol de los flujos inmigratorios y de los asentamientos que atañen a la población judía al final del siglo XIX para determinar las sucesivas tensiones locales y parte de la actual práctica expansionista del Estado sionista.

En 1880 la comunidad hebrea en Palestina es poco consistente, con apenas 24.000 individuos. Pero a partir de ese año un considerable flujo de judíos se dirige hacía Palestina. La creciente inmigración, la compra de tierras y edificios por parte de la comunidad judía europea, en un específico territorio del Imperio Otomano preocupan a la Sublime Puerta al punto de decidir, en noviembre de 1881, dictar algunas medidas restrictivas relativas a los nuevos asentamientos judíos en el territorio.

Las normas contemplaban que los judíos inmigrantes podían establecerse en todo el territorio del Imperio, excepto en Palestina. La finalidad era no crear desequilibrios demográficos locales y no constituir un potencial elemento de tensión en una provincia otomana, considerada delicada por su significado simbólico y religioso para los creyentes de las tres religiones monoteístas. No obstante, sostenida por algunos países europeos la creciente afirmación del sionismo como movimiento internacional organizado y la ineficiencia administrativa en ejercer un riguroso control, el flujo inmigratorio en Palestina anuló las normas migratorias existentes. En el lapso de treinta años, desde 1880 a 1908, la población judía creció de 24.000 a 80.000 individuos, o sea: como señala el historiador Robert Mantran [8]. del cinco al 10% de toda la población palestina.

La inmigración judía en Palestina continúa de manera sorprendente bajo el mandato inglés (1922-1948), intensificándose desde 1948 hasta nuestros días. Actualmente la población judía en Palestina se estima entorno a los seis millones de personas.

La tan temida subversión demográfica prevista por la Sublime Puerta se ha vuelto realidad con consecuencias catastróficas para las poblaciones locales: los palestinos autóctonos se ven progresivamente privados de sus propias tierra y expulsados del neo Estado judío.

En el 1951, según fuentes de la ONU (General Progress Report and Supplementary Report of the United Nations Conciliation Commission for Palestine) el número de palestinos expulsados sumaban las 711.000 personas, hoy la cifra de los palestinos en condición de prófugos es de alrededor de 4.600.000 individuos [9].

Palestina en el sistema bipolar
En los últimos años del mandato británico, en el nuevo cuadro geopolítico que se formó a consecuencia de las victorias de la segunda guerra mundial, Palestina se transforma en un objetivo estratégico tanto de EEUU como de la URSS. Wáshington y Moscú [10] –por razones diferentes pero con la misma finalidad– sostienen la consolidación y la expansión del nuevo Estado sionista. Los colosos mundiales entienden que por medio del “dispositivo” israelí pueden extender su propia influencia en Oriente Próximo.

Stalin estima en un primer tiempo, más o menos a partir de diciembre de 1947 y hasta septiembre /octubre del año siguiente, que un Estado judío virtualmente “socialista” y antes de nada antibritánico puesto en el Mediterráneo, puede ser útil a las finalidades de la revolución mundial en general y a la URSS en particular. Pero, en un lapso breve el Kremlin cambia de opinión. El cambio de la URSS en sus relaciones con el Estado judío se manifiesta en los últimos meses del 1948, cuando la primera embajadora de Israel, Golda Meir, visita Moscú. Las relaciones entre Moscú y Tel Aviv se deterioraron aún más en los años posteriores –hasta la ruptura definitiva en 1953 [11].

Para Stalin, entonces, el apuntalamiento de Estado judío en Palestina en perjuicio de los árabes demostraba ser lo que efectivamente es: una estrategia de "containment" y un aumento de la influencia estadounidense en el Mediterráneo y en Oriente Próximo.

También Estados Unidos considera a Palestina, por su posición geográfica, una importante base estratégica para controlar junto a Grecia y Turquía, adherente de la OTAN desde 1952, la parte oriental del Mediterráneo y Oriente Próximo . Por este motivo Washington estima a Israel el aliado más fiel de toda la región.

El apoyo incondicional estadounidense al Estado hebreo muestra evidentes finalidades de volver rehenes de un estado de tensión permanente a la comunidades árabes, pero principalmente a Egipto, Siria y Jordania. Una condición de tensión que será utilizada maquiavélicamente para la conquista de nuevos territorios del Estado de Israel en junio de 1967, luego de que las discusiones diplomáticas fracasaron.

A pesar de que Israel es un aliado de Washington desde 1950, a principios de la guerra de Corea, será con la crisis de Suez en 1956 y su participación en la guerra contra Nasser que el Estado israelí se consagra como "partner" insustituible de Estados unidos en Oriente Próximo. A partir de entonces las cuestiones geopolíticas palestinas tienen una dimensión siempre más relevante en el ámbito de la política exterior estadounidense y en as doctrinas geopolíticas que se determinan.

Los EEUU apoyan el proyecto expansionista y neocolonialista de Estado judío y consecuentemente la política de expulsión de los habitantes no judíos que las autoridades israelíes persiguen con constancia y determinación desde 1948.

Al finalizar los años ’50, “Israel es integrada en secreto a una alianza geopolítica pro estadounidense que comprende a Irán, Turquía y Etiopía” [12].

Una nítida manifestación del apoyo de EEUU a Tel Aviv tuvo lugar durante la Guerra de los seis días, cuando israelíes y árabes se enfrentaron militarmente.

La estrecha relación que ata a Washington y Tel Aviv se refuerza por todo el periodo de la Guerra Fría. En este arco de tiempo la resistencia de los palestinos, representados por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) cruza fases alternas que no consiguen una solución definitiva. El así llamado “proceso de paz” patrocinado por Estados Unidos se convierte en una broma para los palestinos, cuyas condiciones empeoran cada vez más.

Palestina en el instante unipolar
Con la caída del muro de Berlín y el colapso soviético, Estados Unidos, ya única potencia a nivel planetario, imponen un nuevo orden global que prevé en primer lugar la organización del Cercano y Medio Oriente. Las etapas principales del nuevo orden son:
la Guerra de Golfo (1990- 1991)
la ocupación de Afganistán (2002)
y la agresión a Irak (2003).

Sucesivamente los estrategas neocon de Washington insertan al Oriente Próximo y Medio en el ámbito de un proyecto más ambicioso denominado Gran Medio Oriente. Este proyecto, que repropone algunas líneas estratégicas hechas públicas en 1975, en el ámbito de los acuerdos de Helsinki, prevé la “balcanización” de una vasta área desde Marruecos hasta las regiones euroasiáticas, es decir: su reorganización a lo largo de las fronteras étnico-confesionales.

Con este proyecto geopolítico, Washington pretende contener la nueva Rusia de Putin, apropiarse de las reservas energéticas en Asia central y mantener la región rehén de un estado de tensión permanente –en el cuadro de una doctrina de choque de civilizaciones–- a gran parte de los pueblos euro-asiáticos. Referidos a este cuadro, para Palestina está prevista la solución llamada de “dos Estados”, uno israelí, que ocuparía la casi totalidad del territorio palestino y uno –con soberanía limitada y sin recursos hídricos– atendido por la Autoridad Nacional Palestina.

Tal solución, de realizarse, haría formalmente oficial el proceso de “bantustanización” ya ejercido en el lejano 1948, con la consecuencia de agudizar mucho más las tensiones entre las poblaciones palestinas y el Estado colonial hebreo.

En términos reales el diseño estratégico de Tel Aviv parece más bien apuntar a la expulsión total de las poblaciones no judías residentes en Cisjordania y en la Franja de Gaza. Los palestinos expulsados, según este proyecto, deberían formar parte de una Confederación jordano-palestina. [13]

La era multipolar: Palestina provincia de Eurasia
En el nuevo sistema multipolar, excluyendo la hipótesis de una acción militar llevada a cabo por Israel y Estados Unidos contra Irán, los proyectos de expulsión y ampliación de la franja de Gaza y Cisjordania para afirmar la soberanía de Tel Aviv serían de difícil implementación y no podrían realizarse sin tener en cuenta los actores principales de las áreas en cuestión como Turquía, Jordania, Siria, Egipto e Irán.

Tampoco se pueden ignorar países "globales", como Rusia y China. Moscú y Pekín tienen todo el interés en contener la expansión de Israel y su afirmación en Oriente Próximo. Un Israel militar y económicamente fuerte constituiría a medio plazo para las dos potencias euroasiáticas una real amenaza estratégica por la estrechez de las relaciones entre Tel Aviv y Washington y por la influencia del "lobby" israelí en la formación y conducción de la política exterior de Estados Unidos.

De hecho, Israel está completamente identificado en convalidar con firmeza el proyecto del “Nuevo Gran Oriente", que asegura el dominio de EEUU en toda el área con la ambición de transformarse en la única potencia regional.

Por esta razón, el Estado judío, pone obstáculos y perturba las relaciones que con mucha paciencia la Federación Rusa y la Republica China, tejen teniendo en cuenta los planes de una integración euroasiática con otros actores regionales, en particular con la Turquía de Erdogan, el Irán de Ahmadinejad y la Siria de Bashar al Asad. La consolidación y el ulterior desarrollo de tales relaciones señalarían puntos a favor de la seguridad y defensa regional, y encaminarían un real y promisorio inicio para las soluciones de las cuestiones surgidas por la creación del Estado judío, o sea: para el regreso de Palestina como provincia de Eurasia en un concepto geopolítico unitario.

Tiberio Graziani

Director de Eurasia –Rivista di studi geopolitici– y de la colección Quaderni di geopolitica (Edizioni all’insegna del Veltro), Parma, Italia. Cofundador del Istituto Enrico Mattei di Alti Studi per il Vicino e Medio Oriente, Ha dictado cursos y seminarios de geopolítica en universidades y centros de investigación y análisis. Docente del Istituto per il Commercio Estero (Ministerio de Asuntos Exteriores italiano), dictando cursos en distintos países, como Uzbekistán, Argentina, India, China, Libia.


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Traducción para Surysur de Luigi Lovecchio, director de Los Buenos Vecinos.


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[1] Eli Barnavi, Storia d’Israele, Bompiani, Milano 2005, p. 138.

[2] Fréderic Encel, François Thual, Géopolitique d’Israël, Édition du Seuil, Paris, 2006, pp. 23-25.

[3] Diana Carminati, Alfredo Tradardi (a cura di), Boicottare Israele, Derive Approdi, Roma 2005.

[4] John J. Mearsheimer, Stephen M. Walt, La Israel Lobby e la politica estera americana, Mondadori, Milano 2007 (Hay versión española, El lobby israelí, Taurus, 2007).

[5] Según Bruno Guigue, la “resurrección del holocausto” que se manifestó en la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado, constituyó un acontecimiento cultural de importancia fundamental para reforzar los ya estrechos vínculos entre Washington y Tel Aviv e influir ulteriormente en la opinión pública estadounidense a favor de Israel. Aux origines du conflit israélo-arabe. L’invisible remords de l’Occident, L’Harmattan, Paris 2008, p. 135-139. Para Norman Finkelstein, controvertido autor de L’ industria dell’Olocausto. Lo sfruttamento della sofferenza degli ebrei, Rizzoli, Milano 2004 (hay traducción española en Siglo XXI de España Editores: La Industria Del Holocausto. Reflexiones Sobre La Explotación Del Sufrimiento Judío), en cambio, el tema del holocausto se convirtió en un instrumento de presión y propaganda en apoyo de Israel inmediatamente después del conflicto árabe-israelí de 1967.

[6] Ilan Pappe, La pulizia etnica dei palestinesi, Fazi Editore, Roma 2008 (Hay traducción española: La limpieza étnica de Palestina, Crítica, 2008).

[7] Para el orientalista francés de origen hebreo, Maxime Rodinson (1915-2004), el asentamiento de la colonia judeo-sionista y la formación del estado de Israel de 1948 son el resultado ‘de un proceso que se inserta perfectamente en el gran movimiento de la expansión euro-americana de los siglos XIX y XX para poblar o dominar económica y políticamente a otros pueblos’, cita extraída de Serge Cordellier (editor), Le dictionnaire historique et géopolitique du 20e siécle, La Découverte, Paris 2007, p. 574. Para profundizar en el pensamiento de M. Rodinson respecto a la cuestión palestina, véase su Israele e il rifiuto arabo, Einaudi, Milano 1969.

[8] Robert Mantran, Storia dell’impero ottomano, Argo, Lecce 2000, p. 588.

[9] Datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados palestinos, UNRWA, consultables en el sitio oficial de internet.

[10] Los EEUU reconocen a Israel de facto, a penas ‘diez minutos después de la proclamación del Estado, cuando en Washington había pasado la media noche ’, (cfr. Leonid Mlecin, Perché Stalin creò Israele, Sandro Teti editore, Roma 2008, p. 128), el reconocimiento de jure tendrá lugar en enero de 1949. Moscú reconoce al estado sionista el 18 de mayo, cuatro días después de la autoproclamación de la nueva entidad estatal.

[11] Sobre las complejas relaciones entre Stalin, el movimiento sionista e Israel remitimos a Leonid Mlecin, op.cit.

[12] Aymeric Chauprade, Chronique du choc des civilisations, Éditions Chronique-Dargaud s.a., Pèrigueux 2009, p. 143.

[13] Benny Morris, Due popoli, una terra, Rizzoli, Milano 2009, pp. 190-197.



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