por Vlad Grinkevich
El fortalecimiento del dólar y la continua presión sobre el euro no han tardado en generar una oleada de especulaciones acerca del futuro de la moneda europea.
No obstante, los economistas están seguros de que sería prematuro decirle adiós al proyecto llamado "euro". Se han alcanzado una serie de compromisos para prestar ayuda a los países necesitados de la Unión Europea, lo que evidencia claramente que los políticos han decidido mantener el espacio económico único en la UE y la moneda común.
Queda patente también que, a lo largo de los próximos años, las instituciones europeas buscarán desesperadamente maneras de alinear las tan dispares economías de los países del Viejo Mundo. Mientras tanto, el euro se seguirá devaluando.
Merece la pena tener presente que esta determinación en mantener la eurozona y la moneda única está condicionada por los anhelos de los funcionarios europeos y de los círculos financieros internacionales más que por los índices reales de la economía europea. Cierto es que se ha llegado con sorprendente rapidez a una fórmula de compromiso para destinar casi un trillón de dólares a socorrer a aquellos miembros de la Unión que atraviesan una situación difícil, como por ejemplo Grecia, Portugal o Hungría.
Hay que decir, por otra parte, que fue una decisión "asistida": el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, habló personalmente con los líderes de Francia y Alemania y les insistió en que aceleraran el proceso de negociaciones. Semejante interés del Presidente norteamericano hacia los miembros menos afortunados de la UE es de entender: el dólar y el sistema financiero mundial necesitan una alternativa líquida a la moneda estadounidense, es decir, el euro.
Todavía no queda muy claro, sin embargo, de qué manera saldrá Europa del atolladero actual. Los expertos rusos aseguran que la asignación de dinero de por sí no solucionará el problema, sin mencionar, además, el hecho de que no se ha puesto a disposición todavía cantidad alguna de dinero ni han sido precisadas las condiciones concretas de prestación de las ayudas.
A cambio de los fondos aportados para el rescate, Grecia y los países pobres de la UE tendrán que llevar a cabo una serie de reformas estructurales para poder aplicar una política fiscal más estricta, reducir el capítulo de gastos del presupuesto, etc. En el transcurso de la rueda de prensa sobre "Cuáles son las probabilidades del derrumbe del euro", celebrada ayer en ITAR-TASS, el Presidente del Consejo de Administración del Banco "MDM", Oleg Vyuguin, señaló que, en el momento actual, a falta de una verdadera unión política y fiscal, no se dispone de ningún mecanismo coercitivo capaz de hacer que estas medidas sean puestas en práctica.
La eurozona siempre ha sido ejemplo de una estructura muy frágil, promovida por el capricho de unos políticos que decretaron la unión de países con economías muy dispares, intereses económicos propios y carentes de un espacio fiscal común. Incluso la motivación de la adhesión a la UE es distinta según los países: desde aumentar la competitividad de sus productores (como en el caso de las locomotoras de la economía europea, es decir, Alemania y Francia) hasta la posibilidad de acceder a préstamos ventajosos (en el caso de los países de la Europa del Sur y del Este). Desde el punto de vista de la conveniencia económica de la unión, la decisión de unir a países con objetivos tan diferentes parece poco acertada, por decirlo de alguna manera.
El Rector de la Academia Rusa de Economía, Serguei Guriev, recordó que los autores del proyecto de la Europa unida no sólo se guiaban por razones de carácter económico: "era un proyecto motivado por el deseo de conseguir tal grado de interdependencia económica de los países europeos, que a nadie ni por asomo se le ocurriera desatar otra guerra mundial".
Era, sin lugar a dudas, un proyecto noble, no obstante, el método elegido parecía algo especial. ¿Acaso hacerse cargo de los problemas ajenos anima a mantener relaciones de buena vecindad? Pocas veces las propiedades comunes han retenido a los cónyuges hastiados de su matrimonio de pedir el divorcio; al contrario, las batallas más acaloradas tienen lugar al compartirse los bienes, cuando no se cuenta para ello con un contrato matrimonial.
Los funcionarios europeos ven la solución de la crisis en una progresiva integración de los miembros de la UE, que pase de la creación de un mercado común a un sistema fiscal y político únicos. Con todo, parece evidente que una mayor integración no solucionará la principal contradicción de la eurozona, es decir, la disparidad económica de los países europeos, sino que los países económicamente fuertes tendrán que asumir en mayor medida el peso de los problemas de los países pobres.
Si se eliminaran todas las barreras para la libre circulación de la mano de obra dentro de la UE, ello no tardaría en provocar tensiones en Alemania y Francia. Los partidarios de abrir las fronteras deberían recordar un antiguo dicho americano: "los buenos vecinos los hacen buenas vallas".
Además, es evidente que la integración dentro de la Unión Europea no puede seguir en condiciones de paridad de los integrantes. No olvidemos que la debilidad de la eurozona proviene precisamente del hecho de gozar los miembros recién integrados de los mismos derechos que los antiguos, que poseen unas economías más desarrolladas.
Para evitar en el futuro cataclismos económicos, habría que delegar más poder en los países con economías más fuertes; en una palabra, más votos a quien tiene más dinero. Alemania y Francia deberían gozar, como mínimo, la potestad de imponer a los países menos desarrollados su política fiscal. La pregunta es ¿accederían los países menos ricos a perder parte de su soberanía?
Algunos expertos creen, por lo tanto, que sería más fácil y más barato diseñar mecanismos de salida o salida obligada de algunos países de la Unión Europea. El analista de la Caja de Ahorros de Rusia, Nikolay Kasheev, no descarta que "la eurozona salga de la crisis algo mermada". Semejante "reducción controlada" podría "acarrear serios costes", pero si todo se deja tal como está, las consecuencias serán mucho más graves.
En estos momentos, ni los políticos ni los economistas europeos pueden pronosticar de qué manera y en qué plazos se dará solución a los problemas económicos de la UE. De acuerdo con algunos expertos rusos, sólo la elaboración y la aprobación de herramientas eficaces llevarán entre 2 y 5 años, lo que quiere decir que el euro seguirá bajo presión todo este tiempo. Como resultado, la cotización podría bajar hasta 1.1 euros por 1 dólar o incluso llegar a la paridad.
La primera consecuencia de la devaluación del euro, en opinión de Serguei Guriev, será el aumento de la competitividad de los productores y exportadores europeos y el crecimiento económico de la eurozona. A pesar de que las empresas rusas compiten con las europeas, hay muy pocas esferas para el conflicto de intereses, ya que las exportaciones rusas están basadas en materias primas y sus derivados y no en productos de alta tecnología.
El debilitamiento del euro, al igual que de otras monedas, estimularía los mercados de materias primas, impulsando el fortalecimiento de las monedas dependientes de las materias primas como lo es el rublo. Otro factor que fortalecería al rublo podría ser la inflación a nivel mundial de los próximos 2 ó 3 años, porque el aumento de precios infaliblemente lleva al encarecimiento de la materia prima.
De acuerdo con lo arriba expuesto, el euro dista de ser la mejor moneda para guardar los ahorros. "Si los ahorros son a corto plazo, no me atrevería a tenerlos en euros, porque no me gustaría presenciar su devaluación semanal en un 10% o incluso un 15%", opina Evgueni Nadorshin. Tampoco sería muy prudente vender una divisa durante su caída. Como mínimo, antes de pasar a otra moneda, habría que esperar una pequeña pausa en la devaluación que se podría producir antes de finales de junio.
jueves, 17 de junio de 2010
¿Será viable reanimar el euro?
sábado, 12 de junio de 2010
"Nadie puede decir si seguirá el euro"
Entrevista a Robert Boyer, economista francés
Tomás Lukin
IADE
12-06-2010
Robert Boyer estudia las crisis económicas desde hace más de treinta años. Con ese respaldo sostiene que la debacle financiera en Grecia y las turbulencias en Europa no lo sorprenden. A diferencia de la mayoría de las teorías dominantes, el prestigioso economista francés de la escuela de regulación construye su análisis a partir de un entramado que incorpora los conflictos sociales, la tendencia al desequilibrio, las instituciones y la historia.
Boyer, quien se encuentra en el país dictando un seminario organizado por el Ceil-Piette del Conicet y la Secretaría de Programación Económica del Ministerio de Economía, advierte que los planes de ajuste de Grecia, España y Portugal, y las multimillonarias medidas anunciadas por la Unión Europea son insuficientes, y cuestiona la relegitimación del rol del Fondo Monetario Internacional. Para Boyer no es viable que se abandone el euro en el corto plazo, pero remarca que, a pesar de la fuerte oposición política e ideológica entre algunos líderes de la región, es necesario realizar profundas reformas institucionales y estructurales en la zona euro.
¿Por qué las distintas medidas y paquetes de ajuste anunciados por algunos países no son efectivos para poner fin a la crisis?
Los planes de ajuste de Grecia, España y Portugal no van a funcionar. Terminarán profundizando la crisis. La magnitud de las medidas anunciadas por la Unión Europea tampoco es suficiente, ya que el problema es mucho más profundo y estructural que 750.000 millones de euros. La zona euro está atrapada con un abanico muy limitado de instrumentos y con una legitimidad política debilitada. Existen tres problemas centrales: una mezcla de políticas que no funciona, el incumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y la falta de control de las finanzas internacionales.
Sin embargo, España, Grecia y Portugal siguen anunciando nuevos ajustes fiscales para garantizar la reducción del déficit público.
Quienes sostienen que esa es la solución invierten causa y efecto. La crisis no es consecuencia del déficit, es al revés. Esas lecturas erradas se utilizan para justificar las decisiones de ajuste en los países de la misma forma en que se usaron en el pasado. Es falaz pensar que se trate de una crisis por irresponsabilidad en el gasto. Ajustar el presupuesto no va a dar resultados ni va a lograr frenar la especulación. A lo sumo la desviarán hacia otro país por un tiempo. Los planes van a impulsar la pobreza y el rechazo social, como se observó en Grecia. El elevado nivel de gasto público permite compensar la pérdida de herramientas para ganar competitividad por haber entrado en el euro.
Tener la moneda común permitió endeudarse a tasas bajas con el objetivo de mantener el crecimiento y los niveles de empleo. A partir de la caída de Lehman Brothers el endeudamiento creció para frenar la recesión. El gasto público evitó el colapso de los bancos, sirvió para socializar las pérdidas. Hoy esas entidades están atacando a los países. Los ajustes deben ser con crecimiento y creación de empleo, si no se observará una espiral viciosa con altos riesgos de inestabilidad política que pueden dar lugar al surgimiento de los partidos políticos extremistas de derecha y de izquierda.
¿Hacia dónde deben apuntar las medidas para reducir la vulnerabilidad de la zona euro?
Se debe avanzar en dos cuestiones: reformar las instituciones y controlar al capital financiero. Hay que mantener y preservar la viabilidad del euro. Se necesitan instrumentos para asegurar la competitividad, el crecimiento sostenido de la actividad y compensar el abandono de instrumentos que implica la unión monetaria. Eso se logra, por ejemplo, a partir de la política industrial de diferenciación de productos y pactos sociales. Además, es necesario reemplazar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento por otras pautas, se debe garantizar la credibilidad del euro con una posición externa clara y después hay que crear herramientas coherentes. El federalismo fiscal, con la emisión de bonos respaldados por la UE, son pasos necesarios, pero para eso hay que crear un Estado supranacional que pueda rescatar a los países en problemas. Pero el escenario es muy difícil: hay que rescatar la economía europea sin instrumentos suficientes y reformarlos para prevenir la próxima crisis. Además, si no se controlan algunos mecanismos de especulación financiera, ese sector tiene el poder de llevar a la crisis a cualquier economía.
¿Considera políticamente viable la implementación de un gobierno supranacional en la zona euro?
Diez años atrás, cuando existían gobiernos de izquierda en Alemania y Francia, era posible. Hoy los gobiernos no lo pueden, ni quieren, aceptar. Se pasó la oportunidad de crearlo. Los gobiernos se vuelven muy nacionalistas. Sin jerarquía en Europa es muy difícil imaginar un rescate o reforma como la que planteo. No existen las instituciones correspondientes para viabilizarlo. Es una crisis de la zona euro pero sus políticos de la Comisión Europea no tienen ningún poder, no pueden impulsar impuestos a nivel regional para impulsar un gobierno a nivel supranacional. Es una asimetría muy grande.
Entonces, ¿la crisis actual es un primer paso para la desintegración de la unión monetaria?
No lo creo. Existen por lo menos tres escenarios posibles.
El primero es que los países débiles –Grecia, Italia, España, Portugal, Irlanda– decidan salir del euro. Ese escenario sería peor que el de Argentina en 2001-2002 y algunos políticos, como la canciller alemana Angela Merkel, sostienen que hay que rechazar a “los malos discípulos del euro”. Sin embargo, a todos los países les conviene que se queden en el euro.
La segunda opción es una reestructuración global de todas las deudas públicas de la zona euro que permita reducir los ataques especulativos, y la ampliación del fondo de salvataje mediante la creación de un nivel impositivo a nivel europeo. Esos recursos se utilizarían para subsidiar a los Estados en problemas. Parece una solución lógica: se usan fondos federales para enfrentar la crisis pero nadie quiere aplicarla, ya que implicaría reducir la recaudación impositiva nacional.
¿Y el tercer escenario?
Que Alemania decida irse del euro y regresar al marco. Se van los alemanes y el euro se queda con los países débiles. Si se aíslan no le sirve a nadie. La moneda germana se va a apreciar, caerá la competitividad europea (que está basada en la industria alemana), y el resto de los países registrará una caída en el nivel de actividad. Nadie puede decir si el euro va a seguir existiendo o no, dependerá de la decisión estratégica de los políticos, pero sería un grave error abandonarlo. El único que no pierde es el capital financiero, que podría especular con nuevas monedas e instrumentos. Sería una nueva fuente de especulación.
Usted señala que “los ajustes deben impulsar el crecimiento y la creación de empleo”. ¿Es posible?
En el corto plazo es muy difícil. Un recorte del gasto sólo profundiza la recesión. El plan del Fondo Monetario Internacional precisamente exacerbará la recesión en Grecia. Por eso sostengo que es necesario reestructurar la deuda a plazos más largos, relajando los problemas de solvencia. Esto permitiría reducir más suavemente el gasto público, pero es necesario no descuidar la inversión y elevar los niveles de competitividad. En ese sentido, es indispensable la existencia de herramientas e instituciones para intervenir a nivel de la zona euro.
¿Cómo hacen los países de Europa para ganar competitividad sin la posibilidad de devaluar?
Diferenciando productos por calidad y con una innovación permanente, que les permita formar precios y distanciarse de China. Es cierto que el camino no es sencillo y que la estructura productiva griega es muy débil, pero deben intentarlo. Si la caída en el gasto no es compensada, esas economías van a sufrir mucho más. Pero no se trata solamente de diferenciar productos, también se requieren pactos sociales que permitan preservar las ganancias de competitividad y al mismo tiempo que no sean los trabajadores más débiles quienes paguen los costos.
¿Cómo evalúa el rol del Fondo Monetario Internacional a lo largo de la crisis financiera?
Me sorprende y me preocupa la recuperación de la legitimidad del FMI. Hace tres años el Fondo parecía estar encaminado a su fin, pero el G-20 consideró que era la mejor institución para intervenir a escala global. El director ejecutivo del FMI, Dominique Strauss-Khan, elaboró una ilusión de que él era un socialista que iba a reformar al FMI y logró que se olvidaran de los graves errores cometidos y las fallidas medidas de ajuste impulsadas por ese organismo. Los planes que aprobó desde el estallido de la crisis financiera son los mismos que históricamente se aplicaron en Asia y también en Argentina, sin embargo, gracias al talento y marketing de Strauss-Khan parecen nuevos. No hay racionalidad en los planes de ajuste; sólo rescatan a los grandes bancos. El FMI está actuando como el agente de cobro de Wall Street. Insisto, el ajuste en Grecia, España, Portugal va a fracasar. Las crisis se repiten mecánicamente. Me impresiona mucho la incapacidad de aprendizaje de los gobiernos, incluso ni siquiera aprenden de sus propias crisis. Eso es un drama.
*Director de Investigaciones del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS) de Francia y Profesor de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris y de la Universidad de Paris XIII. Es también Profesor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires. Sus trabajos se desarrollan en el CEPREMAP del CNRS y en la Ecole Normale Supérieure de Paris. Se cuenta entre los máximos exponentes de la Teoría de la Regulación. Entre sus publicaciones traducidas al castellano se encuentran La teoría de la regulación: un análisis crítico, los tres volúmenes de Teoría de la regulación: un estado de los conocimientos y Los modelos productivos con Michel Freyssenet.
http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=3095
rJV
martes, 8 de junio de 2010
La fatal atracción por el euro nos ha llevado al borde del abismo
08-06-2010
David McWilliams
The Irish Independent
Ahora sí que las cosas se están poniendo estrambóticas. Hace pocas semanas, esta columna destacaba de qué forma había pasado a Irlanda a convertirse de una democracia en una "bancocracia".
Una bancocracia es un Estado en el que la política gubernamental pone los intereses de sus bancos por encima de los intereses de sus ciudadanos.
Nuestro gobierno actúa de cauce de transferencia de riqueza, de nuestros "outsiders" [los que se quedan fuera] -- en este caso, la gente corriente -- a nuestros "insiders" [los que están dentro, en la pomada] del sistema bancario. Pero ahora resulta peor incluso, porque transfiere esa riqueza a los "insiders" de otro país.
No nos equivoquemos: el rescate de Grecia, que va a costarnos 1.300 millones de euros, no es el rescate del pueblo griego, es el rescate de los bancos que le prestaron dinero a Grecia. Tampoco se trata de un préstamo: es un regalo. Lo que se ha disfrazado de rescate soberano apelando a nuestra solidaridad europea no es más que una transferencia directa de dinero suyo, de ustedes, a los acreedores extranjeros de los bancos franceses y alemanes. Eran estos acreedores los que iban a salir perdiendo si Grecia suspendía sus pagos la semana pasada. La "bancocracia" es hoy transnacional.
Pensemos en esto. El rescate llega con condiciones. Los griegos tendrán que ajustarse a la austeridad y pagar más impuestos. Pero, ¿para qué se está utilizando exactamente el dinero? Una cantidad considerable del mismo se usará para refinanciar las obligaciones existentes. Esto significa que a quienes habían invertido originariamente en Grecia -- bancos y fondos de inversión -- se les permitirá que no queden tan expuestos ante Grecia. A su vez, el contribuyente corriente -- usted -- asume este riesgo. De modo que el contribuyente griego y los demás contribuyentes europeos acaban todos en la misma categoría, mientras que los bancos que podían salir perdiendo quedan impunes y nos dejan la factura de sus errores a nosotros, que somos quienes nada teníamos que ver con las obligaciones griegas.
¿Cómo ha podido pasar esto?
Nos dicen que todo ello se hace con el fin de incrementar la credibilidad del euro. ¿Pero cómo se puede hacer que aumente la credibilidad de algo tan patentemente increíble? ¿Cómo se puede fortalecer la reputación de una zona financiera recompensando el fracaso de los bancos y no el éxito bancario?
Cuando tratamos de comprender por qué gente aparentemente inteligente -- como quienes pertenecen a los bancos centrales y son funcionarios públicos experimentados -- hace tonterías, resulta útil echar un vistazo a la historia. Cuando se discute la atracción fatal por el euro y la incapacidad de los economistas ortodoxos de ver que el euro, tanto como Grecia, constituye el problema, resulta útil tomar en consideración al patrón oro, igualmente defectuoso.
En la década de 1920 y 1930, el patrón oro, como hoy el euro, era considerado artículo de fe por bancos, financieros, funcionarios públicos y políticos. Lo cierto es que no podían ni imaginar un mundo en el que el dinero no estuviese ligado al oro. Cualquiera que pusiese en cuestión el patrón oro se veía ridiculizado.
Fue, como siempre, el gran John Maynard Keynes quien arremetió contra el consenso y sostuvo que el patrón oro obligaba a efectuar recortes a los gobiernos cuando estos debían estar haciendo gasto durante la Depresión. Argumentó que hacer que Alemania pagase todas las reparaciones [de la Primera Guerra Mundial] provocaría una crisis, puesto que, o bien los alemanes no podrían pagar, provocando el caos en Alemania, o bien, si Alemania pagaba, sería tan competitiva como para destruir la competitividad de otros países, lo que conduciría a un desempleo masivo en ellos. Se rieron de él. Después afirmó que debía abandonarse el patrón oro: lo pusieron en ridículo.
El patrón oro, al igual que el euro, suponía que no existiera riesgo en la tasa de cambio entre todas las grandes economías. Eso facilitaba un enorme incremento de los préstamos de los banqueros de un país a los prestamistas de otro país. Gran Bretaña debía grandes cantidades a los EE.UU. y Alemania debía cantidades inmensas a todo el mundo. Francia se convirtió en el banquero de Europa y prestó miles de millones a Alemania, al mismo tiempo que le exigía a ésta que pagase las reparaciones de guerra. De manera que, de modo creciente a lo largo de la década de 1920, el patrón oro se convirtió en garante de estos ingentes préstamos entre los sistemas bancarios de los distintos países.
Los bancos habían cifrado su apuesta en que el patrón oro resultaba tan importante para el prestigio de las grandes potencias y tan central para la forma de pensar de éstas acerca del mundo que los préstamos siempre se devolverían. Actuar de otro modo "minaría la credibilidad del sistema". Keynes vio claramente lo que significaba este bulo desde muy al principio.
Si examinamos el euro en el momento de auge, vemos que operó exactamente del mismo modo que el patrón oro. La moneda única animó a los bancos a realizar apuestas arriesgadas. Los bancos prestaban dinero a cualquiera, dando por seguro que aun en en el caso de crisis, el euro sería tan sacrosanto para la mentalidad de los políticos que todos los préstamos -- no importa lo arriesgados que fueran -- se devolverían. Pues actuar de modo distinto "minaría la credibilidad del sistema". ¿Les suena conocido?
Si echamos un vistazo a la ilustración de arriba, que sería divertida de no ser tan seria, observaremos que nos muestra a quién adeuda dinero el sistema bancario irlandés y quién nos debe dinero a nosotros. Se puede ver que estamos en el centro de una intrincada madeja de préstamos y por qué le preocupa a la banca internacional los posibles impagos. Explica también por qué se salvó a Grecia con el fin de proteger a los bancos internacionales en lugar de al pueblo griego.
Tomemos el balance general irlandés en relación a España, por ejemplo. Los bancos irlandeses han prestado 21.987 millones de euros a los bancos españoles, mientras que los bancos españoles nos han prestado 10.153 millones de euros. Ya se puede ver quién saldría perdiendo de seguir el camino de Grecia o si España acabara cayendo.
Y ahora pensemos en la relación que la ilustración presenta entre Alemania, Francia e Irlanda. Los bancos irlandeses deben 127.458 millones de euros a la banca alemana y 41.844 millones a los bancos franceses. Se trata de deudas en las que se incurrió en momentos de bonanza y la mayor parte del dinero se prestó para poder comprar propiedades inmobiliarias. ¿Podemos pagarlas ahora? Yo lo dudo. ¿Deberíamos proceder a su devolución al término de la garantía? Nos hará falta mucha austeridad con el fin de generar el excedente necesario para reintegrar estos préstamos.
Volvamos por un momento a la historia. Conforme el auge de los años 20 dejó paso al derrumbe de los años 30, los gobiernos se dieron cuenta de que no disponían de dinero para devolver sus deudas. Pero en lugar de declarar un impago, los gobiernos de aquí y allá recortaron primero el presupuesto y elevaron los impuestos. Los nuevos préstamos se concedieron a condición de someterse a la austeridad.
De modo que a un país como Alemania se le alentó a que pidiera prestado a través de sus bancos para que pudiera cumplir con sus deudas, aun cuando, al mismo tiempo, el país se viera obligado a ceñirse a la austeridad.
Esto, precisamente, es lo que está sucediendo hoy en día en la periferia de Europa. Se nos pide que caigamos en la deflación, mientras los países que constituyen el núcleo del euro disfrutan de condiciones de crédito más fáciles. Es una receta de división e inestabilidad en la que el desempleo de la periferia engendra más inestabilidad, más aumentos de impuestos y mayor fuga de capitales.
En la década de 1930, tal como Keynes predijo, el resultado fue que el centro no aguantó y uno por uno los países principales abandonaron el patrón oro y suspendieron el pago de su deuda.
¿Podría pasar lo mismo con el euro? Podría. Sobre todo, si con el fin de mantenerlo unificado, los políticos tienen que llevarse el dinero de los pobres "outsiders" para rescatar a los "insiders" ricos a la vez que lo visten de solidaridad europea. ¡Venga ya!
David McWilliams (1966), comentarista estrella de los medios de información irlandeses, se formó como economista en el Trinity College de Dublín y el Collège d´Europe de Brujas (Bélgica). Antes de dedicarse al periodismo, trabajó para el Banco Central de Irlanda y la banca privada (UBS y BNP). Actualmente es columnista de The Irish Independent y The Sunday Business Post, así como presentador y creador de varios programas y documentales de la RTE, la televisión pública irlandesa. McWilliams es autor de libros de gran éxito en los que describe y critica la realidad irlandesa, como The Generation Game y The Pope´s Children, además de Addicted to Money, una crónica de los desastres de la economía global. Además, es uno de los fundadores de Leviathan, un cabaret satírico-político que aboga por reformas políticas y la adopción de una nueva constitución. Su último espectáculo, 'Outsiders', una combinación de monólogo cómico, debate y crítica social, se pondrá en escena a partir del 9 de junio en el Abbey Theatre dublinés, el más célebre e ilustre de los teatros de Irlanda.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
viernes, 28 de mayo de 2010
La crisis en la Unión Europea y el futuro del euro
Andrei Fediashin (RIA NOVOSTI)
Durante las próximas dos semanas, la UE celebrará reuniones diarias urgentes.
Los temas de palpitante actualidad serán debatidos por los primeros ministros, banqueros y expertos del mundo de las finanzas de los países miembros. La razón es que Grecia, Portugal, España, Italia e Irlanda están en apuros económicos.
El euro y la estabilidad de la eurozona están pasando por momentos difíciles. La situación general de las cuentas de la Unión Europea ha motivado ya un cambio en la dirección de su política y se ha reflejado incluso en un empeoramiento de las relaciones entre la canciller alemana, Ángela Merkel, con el presidente francés, Nicolás Sarkozy.
La situación es aún más grave de lo que parecía, y la salida a la crisis no parece cercana. Los presupuestos de todos los 27 miembros de la UE experimentan verdaderos problemas. La Unión Europea ha reconocido que atraviesa por una de las peores crisis de su historia y que no está en condiciones de prever su futuro ni el futuro del mundo.
Lo que ocurre con la UE recuerda la escena de una persona que, tras haber descuidado su salud, decide visitar al médico quién le va diagnosticando enfermedades, una más grave que otra.
La primera radiografía mostró un enorme agujero financiero en Grecia. Se tardó mucho tiempo y se requirieron cuantiosos recursos para encontrar el remedio al mal, pero resultó que era ya insuficiente. Éste se había expandido ya a Portugal, España e Italia. La estabilidad del mismo euro necesitaba un rescate. El fondo de ayuda creado al principio, fue aumentado de 110.000 millones de euros hasta €750.000 millones. Por lo que parece, no será suficiente.
La canciller alemana, Ángela Merkel, que nunca ha manifestado tendencia al pánico, hizo un pronóstico tan negativo que dejó inmovilizados a los mercados bursátiles y de divisas, estupefactos a los otros países comunitarios. El euro se derrumbó hasta su valor más bajo en cinco años, así como los índices bursátiles en Londres, Frankfurt y Paris. Angela Merkel advirtió en un discurso ante el Bundestag que no sólo el euro está en peligro, sino que la idea misma de la comunidad en Europa. "Si fracasa el euro, también fracasa Europa", dijo.
Estas palabras pronunciadas por la presidenta del gobierno alemán, el principal garante del euro y de la UE, significan que toda Europa, y no solamente el euro, están pasando por momentos muy complicados.
Asimismo, Ángela Merkel anunció varias medidas drásticas de regulación bancaria y una especie de moratoria sobre varias operaciones bancarias, incluida la suspensión temporal de las operaciones especulativas a la baja en la bolsa, sobre títulos de deuda pública dentro de la Eurozona, para prevenir los ataques especulativos contra el euro y el agravamiento de la crisis.
Los otros países de la zona euro han mostrado su descontento a la iniciativa de Merkel, ya que se ven obligados a tomar las mismas medidas que Alemania. Esta iniciativa es dolorosa, pero, en esencia, hubiera podido y debido adoptarse antes y se hubiera sobrellevado mejor. El detalle importante es que Berlín ha tomado esta decisión sin mantener consultas previas con otros países comunitarios. Por este motivo la maniobra de la canciller alemana echó leña al fuego dentro de la Eurozona y provocó irritación en sus países limítrofes, en primer lugar, en Nicolás Sarkozy.
Según informa la prensa francesa, el presidente de Francia afirmó que si la situación fuera realmente tan grave, Merkel no hubiera podido dejarlo todo e irse a Moscú para asistir a los festejos dedicados al 65º Aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi.
Como respuesta a la acción alemana, el actual presidente de la UE, Herman van Rompuy, convocó una sesión extraordinaria de ministros de Finanzas de la UE el pasado 21 de mayo.
Y es que los planes de Alemania son muchos y de gran calado: Merkel insiste en una revisión del Tratado de Lisboa sobre la reforma. Este es un documento clave en la UE para endurecer las sanciones contra los países que superen reiteradamente el límite del 3% del déficit público. Berlín reclama un control real por parte de Bruselas sobre la política presupuestaria y la economía de los Estados miembros.
Además, pretende introducir impuestos adicionales a las operaciones bancarias que tengan riesgo añadido. Si no hay acuerdo ni colaboración por parte de Bruselas, Alemania está dispuesta a llevarlo todo a cabo de forma unilateral.
El euro, de hecho, está ya en una situación muy complicada. Muchos analistas están comenzando a valorar la posible salida de varios países de la zona Euro, cosa que ni siquiera se planteó hace un año, cuando surgió la crisis griega.
Algunos Estados podrían salir por su extrema debilidad financiera como Grecia y Portugal. Grecia dejaría el euro para volver al dracma, su antigua moneda, devaluarla, reducir con esto, los costos de exportación y comenzar su recuperación. Sin embargo, para hacerlo tiene que pagar los €300.000 millones de la deuda externa...
Por otro lado, países como Alemania podrían abandonar la Eurozona por su fortaleza económica, porque los alemanes no están dispuestos a acudir al rescate de nadie ni a financiar las deudas de los sureños morosos que viven por encima de sus posibilidades. Este posible escenario ya se dibujó en el periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung que suele dar a conocer al público el sentir de los círculos económicos alemanes más conservadores representados por el Partido Democrático Libre (FDP) que es el socio de la coalición del partido de Merkel.
Según Frankfurter Allgemeine Zeitung, si algún miembro de la Eurozona no quiere marchar a compás, tendrá que dejar la fila. Se debe buscar una unión monetaria con países fuertes, homogéneos y sanos económica y políticamente. Si este grupo es más pequeño, pues que sea así. Por otro lado, si la composición de un grupo de estas características resultase imposible, Alemania debería considerar la posibilidad de abandonar la unión monetaria. Eso sería, de facto, el fin del euro, pero Merkel no está para hacer la vista gorda ante las dificultades económicas propias.
Cuando la canciller alemana dio su aprobación para el rescate de Grecia (hay que recordar que la contribución alemana al fondo de estabilización asciende a unos €147.600 millones y es la mayor de toda la UE), los alemanes dejaron de llamarla como antes, Mutti (mamita), porque estaban en contra de tal decisión.
La coalición de Merkel, el Partido Cristiano Demócrata y la Unión Cristianosocial (CDU/CSU), ya ha perdido las elecciones regionales en la mayor área industrial de Renania del Norte-Westfalia (fronteriza con Francia y con Dusseldorf como capital) y, por consiguiente, ha perdido la mayoría en el Bundesrat (Cámara Alta) que aprueba los proyectos de ley.
Ángela Merkel ganó las elecciones el año pasado y hasta el 2013 no se enfrentará a otras elecciones generales. No obstante, la coalición de CDU/CSU y FDP por ella presidida bien puede desintegrarse antes de esa fecha. Los demócratas libres amenazan con pronunciarse contra Merkel, si sigue repartiendo el dinero alemán con tanta prodigalidad. La CSU también muestra su descontento. El líder de este partido, Horst Seehofer, se quejó abiertamente de haberse enterado por los medios de comunicación, y no de boca de la canciller, de los planes del rescate de Grecia y la contribución de Alemania.
La ministra de Asuntos Sociales de Baviera, Christine Haderthauer, también mantiene una postura negativa frente a la política de Merkel. Si sus aliados entran en campaña contra Merkel, el cargo de canciller y la presidencia de la coalición Cristiano Demócrata estarían en peligro inminente. Por no mencionar el hecho de que uno de los dirigentes más populares de la Alemania de los últimos años se convertiría en traidora a los intereses nacionales.
¿Quién no se dejaría llevar por el pánico en esta situación...?
Del “corralito” griego al “corralito” europeo
Desde que fuera anunciado el paquete de rescate para Grecia, la situación financiera internacional no ha dejado de deteriorarse. Mientras los argentinos se paseaban, unos por el país, otros por la avenida Nueve de Julio, las Bolsas caían en picada y hasta la bancarrota de una minúscula Caja de Andalucía, manejada por el clero, desataba el pánico internacional, como una premonición del tipo que había dejado la cesación de pagos de un fondo paraestatal de Dubai, a fines de 2009.
Los temblores de esta semana no afectaron el pulso del comentarista financiero de Ámbito, que el miércoles pasado, aseguraba que todo no pasaba de “un desmayo” - una lipotimia menor. Mucho más perspicaces fueron los dueños del Cronista, que ese mismo día habían decidido reproducir un artículo del Financial Times que, a lo María Elena Walsh, caracterizaba que Grecia deberá, en poco tiempo, salir al rescate de Alemania.
En efecto, Alemania se encuentra en la incómoda posición del acreedor al que le deben un billón de dólares. Es que de la penumbra de las cuentas bancarias acaba de emerger que los principales bancos alemanes no han dado de baja a los créditos en cartera que revistan como incobrables o de cobro de dudoso, por una cifra que oscila entre los ochocientos mil millones de euros y un billón doscientos mil de la misma moneda. Esto significa que no han hecho las provisiones para cubrir está pérdida cuando el crédito llegue a su vencimiento. De esto se desprende que el capital que declaran no es tal. Enterado de la situación, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, T. Geithner, decidió reclamar un “stress test” de esos bancos a la Banca Central Europea, o sea, determinar sin los bancos europeos continúan siendo viables. Antes de esto, la Reserva Federal de Estados Unidos había abierto una cuenta a favor del Banco Central Europeo para satisfacer la enorme demanda de dólares que esta situación había provocado en Europa. La deuda europea, entre los doce billones de sus Estados, y los cincuenta billones de sus compañías, se encuentra repartida por todo el mundo, pero principalmente entre los bancos de Europa. La imprevisión por pérdidas de estos bancos ya ha creado un infarto en el sistema financiero internacional, pues los bancos norteamericanos están rehusando otorgar créditos de plazo instantáneo a sus contrapartes europeas, con lo que se reanuda la parálisis del sistema monetario que se manifestó en septiembre-octubre de 2008, cuando se produjo la ya famosa quiebra de la banca de inversión norteamericana Lehman Brothers. Aunque nunca hubo la menor duda al respecto, es claro que el paquete para salvar a Grecia tenía otro destinatario: el rescate del centro financiero de Francfort. El miércoles pasado se vino a saber que China tiene 700 mil millones de dólares invertidos en los bancos europeos y en la deuda pública de los países que se manejan con el euro. Los chinos ahora están con los pelos de punta porque la devaluación del euro es imparable. Los especuladores internacionales se están endeudando en euros, que devolverán a una cotización menor, para reinvertirlos en plazas más rentables o, como es el caso de Estados Unidos, que enfrentan un período de revalorización del dólar. Ante lo crítico de la situación, crece el número de observadores que opina que la señora Merkel se apresta a deshacer su coalición con la derecha liberal y probar segundas nupcias con la socialdemocracia – una nueva Grosse Koalition. Zapatero palpita con el corazón de sus mandantes. Es precisamente un gran banco español, del paño del oficialismo madrileño, nos referimos al BBVA, que acaba de anunciar que no puede refinanciar sus deudas en Estados Unidos, como consecuencia del infarto que la insolvencia alemana está provocando en los mercados monetarios (préstamos o canjes de monedas a cortísimo plazo).
En realidad, el paquete UE-FMI está bloqueando una salida a la crisis, como el default de Grecia, que permitiría desbloquear las arterias de los países endeudados. Aunque el paquete pague las deudas que vencen en Grecia, no puede financiar el déficit de pagos corriente de Grecia, ni los bancos están en condiciones de hacerlo. El stock de “revolving credits”, que se aplican al comercio exterior y renuevan de hecho, comienza a disminuir. España hizo la prueba de ello en la semana que ha transcurrido cuando debió pagar una sobretasa de interés considerable para refinanciar su deuda pública.
A pesar de todo esto, no solamente el cronista de Ámbito bate la tecla del “desmayo”, apelando al argumento de que la “recuperación” norteamericana. Dan la impresión de creer en los partes oficiales, porque el precio de las viviendas y el empleo, en Estados Unidos, sigue cayendo, incluso cuando en el caso de las viviendas hay un incentivo a la compra porque en diez días vencen los subsidios oficiales para ello. La devaluación del euro y la revalorización del dólar ante el conjunto de las monedas, perjudica al comercio exterior de Estados Unidos – una de las vías de una recuperación. Consciente de estos bloqueos la Reserva Federal ha vuelto a decir que no venderá los activos invendibles que ha comprado a los bancos, porque no tienen mercado y porque los bancos no sobrevivirían a una absorción de moneda y a un aumento de los intereses para refinanciar sus deudas. La devaluación del euro también ha desubicado a China, porque afectaría a sus exportaciones a Europa. Pero China, contra lo que dice todo el mundo necesita revaluar, para poder subir la tasa de interés interna y, por esta vía, frenar la especulación inmobiliaria y bursátil que la podría llevar a un colapso. Una reciente misión económica norteamericana ha advertido a China que no alcanza con revaluar su moneda para estabilizar su mercado financiero, sino que tiene que “abrirlo” a los bancos extranjeros. La próxima estación de la crisis será China.
Claro que, por nuestros pagos, todo es sonrisa; ¿o acaso no tenemos un gobierno capaz de ofrecer alternativas al resto del mundo? Sin embargo, uno de los países más afectados por la crisis europea es Brasil, cuya moneda se ha desvalorizado un 25% (desde su tope) al compás de la salida de capitales. De este modo, Argentina es afectada en sus dos mercados principales. Pero Argentina no puede devaluar, porque con una inflación anual del 30% corre el riesgo de desatar una hiperinflación. Los títulos del canje se cotizan a precio de “default”: por ejemplo el Boden 2012 paga 15% de interés, una tasa estratosférica para un título al que le quedan solo tres vencimientos.
Asistimos al fracaso de los rescates estatales y a la necesidad de rescatar al Estado. Esto no lo puede hacer, dada la envergadura de la crisis, ningún “ajuste”, por la simple razón de que ningún pueblo tiene los recursos líquidos para rescatar al capital o siquiera indemnizarlo. Un comentarista del Financial Times caracteriza lo que se está haciendo como “represión financiera”, de nuevo el “corralito”. No ha habido crisis capitalista que haya zafado de la bancarrota capitalista y de la destrucción de fuerzas productivas correspondientes.
Por eso ahora viene el capítulo de la crisis política en grande y de la lucha social a gran escala. Por la nacionalización sin compensación de la banca mundial y del capital financiero internacional.
jueves, 27 de mayo de 2010
Rescatar el euro, destruir Europa
Alejandro Nadal
La Jornada
La divisa común europea permanece atrapada en serios problemas cuya solución parece alejarse. La caída del euro y de las bolsas el día de ayer es una muestra de la fragilidad de los arreglos monetarios y financieros al interior de la eurozona.
El fondo especial de ayuda constituido hace tres semanas, armado con 750 mil millones de euros, no ha sido suficiente para alejar el espectro de una debacle total de los países más débiles de la eurozona y por ende, del euro. Al involucrar al Fondo Monetario Internacional la Unión Europea acepta que necesita de la ayuda externa para resolver sus problemas. Un mal augurio para el Banco Central Europeo.
Por otra parte, las medidas anunciadas unilateralmente por Alemania para regular los mercados financieros (en especial la prohibición de las ventas de cortos al descubierto) no frenaron los movimientos especulativos que siguen apostando a la caída del euro. En cambio sí pusieron en evidencia la desunión europea toda vez que Francia no apoyó la medida. El anuncio hecho por la Merkel estuvo dirigido a calmar a su electorado, sin duda, pero también es un signo de que Alemania está cada vez más decidida a buscar imponer sus propias reglas en la Unión Europea, sin esperar a sus socios.
Finalmente, la decisión del Banco de España de intervenir Caja Sur (uno de los vehículos clave en la expansión de crédito en ese país) alerta una vez más sobre la delicada situación en la que se encuentra el sector bancario en toda Europa, y no sólo en los países de la cuenca del Mediterráneo.
En este contexto han resurgido las dudas sobre la viabilidad del euro a largo plazo. Un tema clave sigue siendo el dilema en el que se encuentra la eurozona al tratarse el tema de si Grecia (o algún otro país en dificultades similares) debería abandonar la esfera del euro.
Una eventual salida de Grecia de la eurozona le permitiría recuperar su política cambiaria y financiera. Podría devaluar su moneda y estimular las exportaciones, además de imprimir circulante y comprar deuda pública, evitando tener que pasar por los mercados de capitales. Grecia podría hacerse un préstamo a sí misma con cargo al desempeño económico del futuro.
¿Bajo qué condiciones es posible reintroducir el dracma? Desde el punto de vista legal, los tratados de la UE exigen que la expulsión de uno de los miembros recoja el voto aprobatorio de todos ellos. ¿Tendría un país interés en votar su propia expulsión?
Pero lo más grave es el tema de la factibilidad económica. Si Grecia decidiera regresar al dracma tendría que poner esa moneda en circulación para remplazar al euro. Para ello, tendría que forzar legalmente la conversión de todos los activos denominados en euros localizados en el espacio económico griego. Siendo el euro una moneda fiduciaria (es decir, no respaldada por oro o algún otro metal precioso), el dracma tampoco lo estaría. Su aceptación estaría basada en la confianza que se tiene en su emisor, el banco central griego. Pero, y aquí viene lo problemático, la razón principal por la cual ese instituto monetario estaría emitiendo dracmas sería para devaluarlas tan pronto hubiera concluido la transición monetaria. Es decir, traicionaría su compromiso de mantener el valor de la moneda.
Como todos los agentes en la economía sabrían que el dracma estaría siendo colocado en circulación con el objetivo de devaluarlo, nadie aceptaría dicha moneda. Además, como el valor del dracma dependería de la confianza en el instituto emisor, esta moneda fiduciaria vería fuertemente depreciado su valor durante un largo tiempo. El dracma no sería una reserva de valor porque su renacimiento habría estado marcado por el rompimiento del compromiso del instituto emisor.
La logística de esta transición monetaria es una madeja de problemas difíciles. El abandono del euro estaría acompañado de expectativas devaluatorias. Para enfrentarlas, Atenas tendría que cerrar los bancos durante unos días por lo menos, además de establecer controles estrictos a los flujos de capital. El éxito de esta transición monetaria dependería de la capacidad de las autoridades económicas griegas para evitar la fuga de activos hacia otras denominaciones. También dependería de la velocidad con la que el pánico bancario podría desatarse. El retorno al dracma podría destruir la economía griega.
Las autoridades económicas en los países de la eurozona se mantienen en la lógica de una política macroeconómica neoliberal. Para ellos sólo queda el camino de la austeridad fiscal. Desgraciadamente, eso coloca a Europa en un modo pro-cíclico y profundizará la crisis. Al capital eso no parece importarle porque después de todo, ese ajuste fiscal le acerca un paso más a la destrucción de esa vieja Europa del pacto redistributivo cuyo mejor exponente fue el Frente Popular de 1936. Todo esto es un anuncio de grandes acontecimientos por venir. El capitalismo todavía no llega a una crisis terminal, pero le falta recorrer el segmento más turbulento de su historia.
http://www.jornada.unam.mx/2010/05/26/index.php?section=opinion&article=031a1eco
domingo, 23 de mayo de 2010
En el euro se decide el destino de la UE
Jürgen Habermas
Sin Permiso / El País
El filósofo alemán Jürgen Habermas exige a los Estados una mayor implicación política para defender a la UE de los ataques financieros y muestra que la Alemania actual no está en el mejor momento para asumir el liderazgo.
Días decisivos: Occidente celebra el 8 de mayo y Rusia el 9 de mayo la victoria sobre la Alemania nacionalsocialista; también aquí, en Alemania, se habla de día de la liberación. Este año, las fuerzas de la alianza que lucharon contra Alemania (con la participación de una unidad polaca) celebraron conjuntamente un desfile de la victoria. En la Plaza Roja de Moscú Angela Merkel estaba justo al lado de Vladímir Putin. Su presencia confirmaba el espíritu de aquella nueva Alemania surgida en la posguerra, cuyas distintas generaciones no han olvidado que también fueron liberadas, a costa de los mayores sacrificios, por el Ejército ruso.
La canciller llegó desde Bruselas, donde había tratado de una derrota de un tipo completamente distinto. La imagen de la conferencia de prensa en la que se anunció la decisión de los jefes de Gobierno de la UE sobre el fondo de rescate común para contrarrestar los ataques al euro traicionaba la convulsa mentalidad no de aquella nueva Alemania, sino de la Alemania de hoy. La chirriante foto muestra las caras petrificadas de Merkel y Nicolas Sarkozy: unos jefes de Gobierno exhaustos que ya no tienen nada que decirse. ¿Acabará siendo esa foto el referente iconográfico del fracaso de una manera de ver Europa que ha marcado su historia durante más de medio siglo?
Mientras que en Moscú Merkel estaba a la sombra de la tradición de la antigua República Federal, este 8 de mayo pasado, en Bruselas, la canciller dejaba tras sí algo distinto: la lucha de semanas de una empedernida defensora de los intereses nacionales del Estado económicamente más poderoso de la UE. Apelando al ejemplo de la disciplina presupuestaria alemana, había bloqueado una acción conjunta de la Unión que habría respaldado a tiempo la credibilidad de Grecia frente a una especulación que buscaba la quiebra del Estado. Una serie de declaraciones de intenciones ineficaces había impedido una acción preventiva conjunta. Grecia como un caso aislado.
Hasta que no se ha producido la última conmoción bursátil, la canciller no ha cedido, ablandada por el masaje anímico colectivo del presidente de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo. Por temor a las armas de destrucción masiva de la prensa amarillista parecía haber perdido de vista la potencia de las armas de destrucción masiva de los mercados financieros. No quería de ninguna manera una eurozona sobre la que el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, pudiera decir al día siguiente: quien no quiera la unificación de las políticas económicas, debe olvidarse también de la Unión Monetaria.
La cesura
Desde entonces, todos los afectados empiezan a vislumbrar el alcance de la decisión que se tomó el 8 de mayo de 2010 en Bruselas. Las medidas de emergencia sobre el euro adoptadas de la noche a la mañana han tenido consecuencias distintas de las de todos los bail outs habidos hasta la fecha. Como ahora es la Comisión quien suscribe los créditos en los mercados representando a la Unión Europea en su conjunto, este mecanismode crisis se ha convertido en un instrumento de comunidad que transforma las bases económicas de la Unión Europea.
El hecho de que a partir de ahora los contribuyentes de la zona euro avalen solidariamente los riesgos presupuestarios del resto de los Estados miembros supone un cambio de paradigma. Se ha tomado conciencia así de un problema reprimido desde hacía mucho tiempo. La crisis financiera, amplificada a crisis de Estado, nos trae el recuerdo de los errores originales de una Unión Política incompleta que se ha quedado a mitad de camino. En un espacio económico de dimensiones continentales, sumamente poblado, surgió un Mercado Común con una moneda parcialmente común, sin que al mismo tiempo se introdujeran competencias que sirvieran para coordinar eficazmente las políticas económicas de los Estados miembros.
Hoy ya nadie puede rechazar de plano, calificándola de irrazonable, la exigencia formulada por el presidente del Fondo Monetario Internacional de un "gobierno económico europeo". Los modelos de una política económica "conforme a las reglas" y de un presupuesto "disciplinado", según lo establecido en el Pacto de Estabilidad, no están a la altura de los desafíos de una adaptación flexible a constelaciones políticas en rápida transformación. Claro que hay que sanear los presupuestos nacionales. Pero no se trata únicamente de las trapacerías griegas o de las ilusiones de bienestar españolas, sino de una equiparación político-económica de los niveles de desarrollo dentro de un espacio monetario con economías nacionales heterogéneas. El pacto de Estabilidad, que precisamente Francia y Alemania tuvieron que dejar en suspenso en 2005, se ha convertido en un fetiche. No bastará con endurecer las sanciones para equilibrar las consecuencias no deseadas de la deseada asimetría entre la completa unificación económica de Europa y su incompleta unificación política.
Incluso la sección de Economía del Frankfurter Allgemeine Zeitung considera que "la unión monetaria está en la encrucijada". El periódico atiza con un escenario de horror la nostalgia por el marco alemán en contra de los "países con monedas débiles", mientras que una amoldable canciller habla repentinamente de que los europeos deben buscar "una mayor integración económica y financiera". Pero no hay, a lo ancho y a lo largo, huella alguna de la conciencia de una profunda cesura. Unos confunden la conexión causal entre la crisis del euro y la crisis bancaria y apuntan exclusivamente el desastre a la falta de disciplina presupuestaria. Otros se afanan denodadamente en reducir el problema de la falta de coordinación entre las políticas económicas nacionales a una mera cuestión de mejora de la gestión.
La Comisión Europea quiere que el fondo de rescate, de duración limitada, se mantenga a largo plazo, además de inspeccionar los planes presupuestarios nacionales, incluso antes de que estos se hayan sometido a los parlamentos nacionales. No es que estas propuestas sean descabelladas. Pero es una falta de vergüenza sugerir que semejante intervención de la Comisión en el derecho presupuestario de los parlamentos no tocaría los tratados y no aumentaría de forma inaudita el déficit democrático que se arrastra desde hace tanto tiempo. Una coordinación eficaz de las políticas económicas debe conllevar un reforzamiento de las competencias del Parlamento de Estrasburgo; también planteará, en otros ámbitos políticos, la necesidad de una mejor coordinación.
Los países de la zona euro se enfrentan a la alternativa entre una profundización de la cooperación europea y la renuncia al euro. No se trata de la "vigilancia recíproca de las políticas económicas" (Trichet), sino de una actuación común. Y la política alemana está mal preparada para esto.
Cambio generacional y nueva indiferencia
Tras el Holocausto, hicieron falta esfuerzos de décadas -desde Adenauer y Heinemann, pasando por Brandt y Helmut Schmidt, hasta Weizsäcker y Kohl- para el retorno de la República Federal al círculo de las naciones civilizadas. No bastaba con la astuta táctica marcada por el ministro de Exteriores, Hans Dietrich Genscher, de orientarse a Occidente por razones de oportunidad. Era precisa una transformación, infinitamente trabajosa, de la mentalidad de toda la población. Lo que acabó por propiciar un talante conciliador en nuestros vecinos europeos fueron, en primer término, la transformación de las convicciones normativas y el cosmopolitismo de las generaciones más jóvenes, crecidas en la República Federal. Y, naturalmente, en la actividad diplomática marcaron la pauta las convicciones creíbles de los políticos en activo durante aquella época.
El manifiesto interés de los alemanes por una unificación europea pacífica no era suficiente para desactivar la desconfianza hacia ellos, históricamente fundamentada. Los alemanes occidentales parecían conformarse con la división nacional. A ellos, con el recuerdo de sus excesos nacionalistas, no habría de resultarles difícil renunciar a la reivindicación de sus derechos de soberanía, asumir en Europa el papel del principal contribuyente neto y, si hacía falta, adelantar créditos que, en cualquier caso, redundaban en beneficio de la República Federal. El compromiso alemán, para ser convincente, tenía que tener un arraigo normativo. Jean-Claude Juncker ha descrito bien esa prueba de esfuerzo cuando, en alusión al frío cálculo de intereses de Angela Merkel, echaba en falta la disposición a "aceptar riesgos en la política interna en pro de Europa".
La nueva intransigencia alemana tiene raíces profundas. Ya con la reunificación se transformó la perspectiva de una Alemania que había crecido y se ocupaba de sus propios problemas. Más importante fue la quiebra de las mentalidades que se produjo tras la marcha de Helmut Kohl. Con la excepción de un Joschka Fischer prematuramente agotado, desde la toma de posesión de Gerhard Schröder gobierna una generación normativamente desarmada que permite que una sociedad cada vez más compleja le imponga un trato cortoplacista con los problemas del día a día. Consciente de la reducción de los márgenes de juego político, renuncia a fines y a intenciones de transformación política, por no hablar de un proyecto como la unificación de Europa.
Hoy las élites alemanas disfrutan de una recuperada normalidad nacional estatal. Al final de un largo camino hacia Occidente han adquirido su certificado de madurez democrática y pueden volver a ser como los demás. Ha desaparecido aquella nerviosa disposición a acomodarse con mayor prontitud a la constelación posnacional de un pueblo vencido también moralmente y obligado a la autocrítica. En un mundo globalizado todos deben aprender a incorporar a la propia perspectiva la de los otros, en vez de retraerse a la mezcla egocéntrica de esteticismo y optimización del beneficio. Un síntoma político del retroceso de la disposición a aprender son las sentencias sobre los tratados de Maastricht y Lisboa del Tribunal Constitucional alemán, que se aferran a superados dogmatismos jurídicos relativos a la soberanía. La mentalidad del ensimismado coloso centroeuropeo, que gira en torno a sí misma y que carece de ambición normativa, ya no es ni siquiera garantía de que la Unión Europea se mantendrá en su tambaleante status quo.
La adormecida conciencia de crisis
Cambiar de mentalidad no es razón alguna para hacer reproches; pero la nueva indiferencia tiene consecuencias para la percepción política del desafío actual. ¿Quién está realmente dispuesto a sacar de la crisis bancaria aquellas conclusiones que la cumbre del G-20 de Londres plasmó en bellas declaraciones de intenciones... y a luchar por ellas?
Por lo que respecta a la doma del asilvestrado capitalismo financiero, nadie puede engañarse sobre la voluntad mayoritaria de las poblaciones. Por primera vez en la historia del capitalismo, en el otoño de 2008 sólo pudo salvarse la columna vertebral del sistema económico mundial, impulsado por los mercados financieros, gracias a las garantías de los contribuyentes. Y este hecho -que el capitalismo no pueda ya reproducirse por sus solas fuerzas- se ha fijado desde entonces en las conciencias de los ciudadanos que, como ciudadanos-contribuyentes, tuvieron que salir fiadores del fracaso del sistema.
Las exigencias de los expertos están sobre la mesa. Se está hablando sobre el aumento de los fondos propios de los bancos, una mayor transparencia para las actuaciones de los fondos especulativos de inversión, la mejora de los controles de las bolsas y las agencias de calificación de riesgos financieros, la prohibición de instrumentos especulativos llenos de imaginación pero dañinos para las economías nacionales, la imposición de una tasa a las transacciones financieras, el reforzamiento de las provisiones bancarias, la separación de la banca de inversión y comercial o la disgregación preventiva de los complejos bancarios demasiados grandes para caer. En la cara de Josef Ackermann, presidente del Deutsche Bank y astuto lobbista mayor de la banca alemana, se reflejaba un cierto nerviosismo cuando la periodista televisiva Maybrit Illner le daba a elegir entre algunos de estos "instrumentos de tortura" de los legisladores.
No es que la regulación de los mercados financieros sea tarea sencilla. Para llevarla a cabo también se requiere, sin duda, el conocimiento especializado de los banqueros más taimados. Pero las buenas intenciones fracasan no tanto por la complejidad de los mercados como por la pusilanimidad y falta de independencia de los Gobiernos nacionales. Fracasan por una apresurada renuncia a una cooperación internacional que se ponga como fin el desarrollo de las capacidades de actuación políticas de las que se carece... y ello en todo el mundo, en la Unión Europea y en primerísimo lugar dentro de la zona euro. En el asunto de la ayuda a Grecia, los negociantes y especuladores en divisas creyeron antes el hábil derrotismo empresarial de Ackermann que la tibia aprobación de Merkel al fondo de rescate del euro; realmente, no tienen confianza alguna en la decidida disposición a cooperar de los países de la zona euro. ¿Cómo podrían ser de otra manera las cosas en una Unión que derrocha sus energías en peleas de gallos para llevar a las figuras más grises a los cargos más influyentes?
En épocas de crisis, incluso los individuos pueden hacer historia. Nuestra enervada élite política, que prefiere seguir los titulares del Bildzeitung, no puede convencerse a sí misma de que son las poblaciones quienes impiden una unificación europea más profunda. Saben perfectamente que el retrato demoscópico de la opinión de la gente no es lo mismo que el resultado de la formación de una voluntad democrática deliberativamente constituida de los ciudadanos. Hasta hora, no ha habido en país alguno una sola elección europea o un solo referéndum en el que se haya decidido sobre algo que no sean temas y listas electorales nacionales. Sin mencionar siquiera la miopía nacional-estatal de la izquierda (y aquí no hablo sólo del partido alemán La Izquierda), hasta este momento todos los partidos políticos nos deben el intento de conformar políticamente la opinión pública mediante una Ilustración a la ofensiva.
Con un poco de nervio político, la crisis de la moneda común puede acabar produciendo aquello que algunos esperaron en tiempos de la política exterior común europea: la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común.
Jürgen Habermas es el filósofo alemán más reconocido internacionalmente.
Traducción de Jesús Alborés Rey
El País, 23 mayo 2010
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3329
Crisis y murmullos: €uro: la hipótesis de lo peor
por Jean-Michel Vernochet*
La crisis presupuestaria griega, que ya se ha convertido en crisis del euro, no es la fatal consecuencia de una autorregulación de los mercados, sino de un ataque deliberado. Para Jean-Michel Vernochet, dicha crisis es parte de una guerra económica dirigida, desde Washington y Londres, siguiendo los mismos principios que las actuales guerras militares: con la utilización de la teoría de los juegos y la estrategia del caos constructor. El objetivo final es obligar a los europeos a integrarse a un Bloque Atlántico, o sea a un imperio en el que automáticamente van a tener que pagar el déficit presupuestario anglosajón a través de un euro dolarizado. Un primer paso en esa dirección se ha concretado ya con el acuerdo concluido entre la Unión Europea (UE) y el FMI, acuerdo que otorga al Fondo Monetario Internacional una tutela parcial sobre la política económica de la UE.
El ataque financiero del que Grecia ha sido objeto debido a su deuda soberana y a su potencial insolvencia ha resultado ser, en realidad, una ofensiva contra el euro y no tener más que una lejana vinculación con las taras y carencias estructurales de la propia economía helénica.
Se trata por cierto de «vicios» de los que también adolecen además la mayoría de los países post-industriales, que han adquirido la mala costumbre de vivir por encima de sus posibilidades reales y de depender del crédito, dando así lugar a una inflación galopante de la deuda, a una «burbuja» condenada –como cualquier otra– a terminar rompiéndose.
Todo parece indicar, sin embargo, que tras la brutalidad del ataque y más allá de una simple ansia por saquear las economías europeas se perfilan además otros objetivos, esencialmente de orden geopolítico, objetivos que han sido trazados de forma especialmente deliberada ya que los apetitos de anónimos depredadores financieros no justifican, por acentuados que sean, la intensidad y la duración de una ofensiva que, a corto plazo, amenaza con hacer volar en pedazos la eurozona, la Unión de los 27, e incluso mucho más...
La repetición de las crisis que han caracterizado las dos últimas décadas y una rápida interpretación del desplazamiento de los peones sobre el Gran Juego del «Tablero euroasiático» permiten apreciar que Europa se ha convertido en escenario de una verdadera guerra geoeconómica (que es al fin y al cabo una guerra en toda la extensión de la palabra), de una batalla que por cierto ya tiene potencialmente perdida.
En efecto, la adopción — ante los insistentes reclamos de la Casa Blanca — de un plan europeo destinado a poner a flote la deuda pública de los Estados miembros de la Unión Europea, no sólo no constituye ninguna panacea, o sea que no es una solución duradera para la crisis presupuestaria de carácter estructural que está afectando a «todos» los Estados occidentales, sino que va en el sentido deseado por el mentor estadounidense de una rápida integración de la Unión Europea, condición obligatoria para la constitución de un verdadero bloque occidental.
Este plan europeo responde a una crisis de confianza, de solvencia (ampliamente artificial al principio, pero que se ha hecho contagiosa y que está teniendo un efecto de bola de nieve), a través de una recapitalización de los Estados, como si se tratara de una simple crisis de liquidez. Se trata de un plan europeo de 750 000 millones de euros, superior por lo tanto al plan Paulson –de 700 000 millones de dólares– destinado, después de la debacle de los establecimientos financieros estadounidenses de septiembre del año 2008, a ponerlos a flote recurriendo a los fondos públicos.
Una solución cuyos efectos estamos viendo en este momento al comprobar que la recapitalización del sector financiero privado ha tenido como aberrante consecuencia un tremendo crecimiento de la deuda de los Estados a ambos lados del Atlántico.
Después de haber desatado la recesión, o sea luego de haber inutilizado el motor económico, la crisis financiera nacida en Estados Unidos ha agotado por lo tanto los recursos fiscales de los Estados, haciendo así más difícil aún el servicio de una deuda cada vez más considerable.
Pero la Unión Europea acaba de poner más deuda dentro de la deuda con estos 750 000 millones de euros que gravarán aún más sus presupuestos nacionales (ya que la tasa media de endeudamiento de la eurozona es actualmente de un 78%), y lo hace supuestamente para «restaurar la confianza de los mercados»…
En aras de obtener ese resultado, la Unión Europea acaba de ponerse –voluntariamente– a la merced del Fondo Monetario Internacional, que va a concederle préstamos por unos 250 000 millones de euros. Y se trata del mismo FMI cuyo papel parecía consistir, hasta ahora, en apoyar a las tambaleantes economías del Tercer Mundo a golpe de planes de llamados ajustes estructurales. Es por lo tanto una entidad supranacional con vocación «mundialista» la que va a encargarse, de cierta manera, de supervisar más o menos directamente las estructuras de gobernanza económica de las que la Unión Europea seguramente se dotará si la eurozona no explota antes espontáneamente.
Se trata de estructuras de carácter integrativo que ya viene reclamando gritos Paul Volcker, el director del Consejo para el Redespegue Económico (de Estados Unidos) en la Casa Blanca, quien desde Londres critica duramente a los dirigentes europeos exigiendo un nuevo fortalecimiento del euro, algo que estadounidenses y británicos necesitan tremendamente para mantener a flote sus propias economías.
Hay señalar de paso que fue posiblemente muy a su pesar que la canciller alemana se resignó a suscribir este gigantesco plan de apoyo a los países de la eurozona que están enfrentando dificultades, mientras que su homólogo francés –según un persistente rumor– la amenazaba con volver al franco si ella no se plegaba. Si bien es cierto que «a la hormiga no le gusta prestar lo que tiene», un regresp al Deutsch Mark equivaldría a firmar la sentencia de muerte de la economía alemana ya que, al tener una moneda demasiado fuerte, Alemania no podría seguir exportando su producción industrial, que constituye la base de su economía. Bastó ese chantaje para obligar a Berlín a que aceptara, contra su voluntad, someterse a las condiciones que imponía la administración Obama.
Dictados estadounidenses que conducen a una enorme trampa: ¡los capitales obtenidos como préstamo en el mercado o prestados por el FMI para el salvamento de los «PIIGS» [1] en peligro de caer en la cesación de pagos deben apoyarse en estructuras que garanticen en definitiva la solvencia del euro! Moneda cuya solidez sólo podrá verse asegurada por las instituciones federales que Jacques Attali viene promoviendo incansablemente a través de nuestros medios de difusión cuando reclama «la creación de una Agencia Europea del Tesoro, inmediatamente autorizada a obtener préstamos en nombre de la Unión, y de un Fondo Presupuestario Europeo, que inmediatamente recibiría un mandato para controlar los gastos presupuestarios de los países cuya deuda sea superior al 80% del PIB».
A fin de cuentas, se trata ni más ni menos de poner a los Estados bajo un tutelaje económico con el pretexto de salvar la eurozona, al parecer condenada a una inevitable bancarrota… ya que el abandono de la moneda única constituye un tabú que nadie parece dispuesto a tratar de modificar.
Algunos proyectos van más lejos aun y ya tienen previsto que los presupuestos de los Estados de la eurozona estén totalmente sometidos al control y a las decisiones de un triunvirato conformado por la Comisión de Bruselas, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo.
¿Qué pasaría entonces con la voluntad popular y con el Parlamento de Estrasburgo?
Pero nadie se preocupa por denunciar el sofisma o el paralogismo que constituye esa fórmula de integración económica y de regreso a la confianza en los mercados. En primer lugar, ¿por qué habría que permitir que sean los mercados los que impongan su propia ley?
¿No sería además el momento adecuado para cuestionar el capitalismo accionarial, anónimo y voluble, que ha demostrado ser capaz de arruinar a las naciones en función de sus antojos o de sus cálculos?
La gobernanza económica europea no es, en ese sentido, la solución adecuada, como tampoco lo es la inundación de liquidez como respuesta a la actual crisis. El excesivo endeudamiento provocado por el «plan» es sin dudas una solución falsa impuesta desde el exterior con el objetivo de encadenarnos más aun, a nosotros los europeos, a los mercados de capitales y a su indescriptible dictadura.
La idea de la gobernanza económica nace del mismo principio ya que se trata, para decirlo con claramente, de algo insensato en la medida en que esa idea no tiene en cuenta las diferencias que existen entre las diversas sociedades implicadas en todas las etapas de la construcción europea: tipos o modelos de crecimiento, regímenes fiscales y sociales, etc. Se trata de una «idea» que no es tal, y no lo es porque tiene un carácter extremadamente ideológico… se trata en realidad de un proyecto tras el cual se esconden un gran número de segundas intenciones que no tienen nada que ver con la prosperidad económica ni con el bienestar de los pueblos de la Unión Europea.
Algunos se han dado cuenta, muy acertadamente, de que la crisis no era más que el medio y el pretexto para precipitar la imposición de un férreo sistema federal a los 27 [Estados miembros de la Unión Europea], a despecho de las voluntades populares a las que ya se impuso el Tratado de Lisboa de la manera más solapada. Una crisis que es y que sigue siendo –no perdamos de vista este importante factor– artificial, fabricada, en una palabra, es lo contrario de una «fatalidad» inherente a lo que supuestamente sería una vida autónoma y desencarnada de los mercados dirigidos por una «mano invisible».
Un proceso que tiene la reputación de ser «infernal» pero que, para ser anónimo, no deja de estar muy estar vinculado a las figuras de carne y hueso de los grandes manipuladores de dinero y de otros personajes que dan órdenes y que hacen con las bolsas lo que les viene en ganas. Es por eso que Estados Unidos mantiene un doble discurso a través de dos voces diferentes. La de los «mercados» y la de su presidente, quien interviene para sermonear a los europeos y exigirles que estabilicen su moneda o, en otras palabras, las políticas económicas europeas indisolublemente vinculadas a la salud, buena o mala, de su moneda.
Sin embargo, ¡no vayan a creer ustedes ni por instante que eso puede ser una forma de injerencia en los asuntos de la Europa continental!
¿Se imaginan ustedes a Angela Merkel o a Nicolas Sarkozy intimando a la Casa Blanca a hacer una buena limpieza en Manhattan?
La otra voz es la de quienes hacen lo que les da la gana con los mercados… o sea, los que dan las órdenes desde el anonimato, aquellos que ni los propios gobiernos pueden identificar, como confesó tan lastimeramente la ministra de Finanzas de Francia, Christine Lagarde.
Los que hacen subir y bajar las bolsas a su antojo, como el gato juega con el ratón, anticipando las altas y bajas que ellos mismos provocan artificialmente.
El reclutamiento de esos oligarcas se desarrolla, en primer lugar, entre los representantes de la alta finanza, de los complejos militaro-industriales, de los megagrupos del petróleo y de la química o de la ingeniería genética, pero también se reclutan entre los ideólogos y teóricos que se dedican a legitimar el «sistema», nuevos sacerdotes de la religión de la ganancia como nuevo monoteísmo, el del mercado. Pero esa gente tiene en realidad un discurso muy diferente.
Según Paul Volcker, director del Consejo de la Reactivación Económica en la Casa Blanca, los europeos deben aceptar una gobernanza externa y establecer la paridad entre el euro y el dólar. ¿Qué otra explicación puede tener si no la evidente contradicción entre las inquietudes expresadas por el presidente Obama –por lo demás legítimas ya que Estados Unidos necesita un euro fuerte, que penalice las exportaciones europeas dando así cierta ventaja a las industrias estadounidenses, útil regalo debido a sus déficits abismales (1 400 millones de dólares) y sobre todo para apoyar el esfuerzo de guerra actualmente en marcha en Irak, Afganistán y Pakistán– y la continuación de la desestabilización a fondo de las economías occidentales mediante reiterados ataques de los mercados contra el euro?
Por muy voraces, inconsecuentes e incluso irracionales que puedan ser los «operadores», estos están concientes de que la continuación de la ofensiva contra el euro está poniendo en peligro a todo el sistema y puede precipitar a la economía mundial en una nueva fase de caos.
¿Por qué prosigue entonces este baile al borde del abismo? Nadie podrá hacernos creer esa estupidez de que los mercados viven su propia vida, que son incontrolables y que todo esto sólo se debe a un acelerón de la máquina económica… En pocas palabras, que todo esto «no es culpa de nadie» sino la simple consecuencia de una imposibilidad de manejar los actores y los irracionales patinazos de los mercados.
Digamos entonces claramente que el riesgo de derrumbe de todo el sistema es parte esencial de la partida que se está jugando en este momento. Los grandes jugadores, fríos y calculadores, son adeptos declarados de la «teoría de los juegos» (de Neumann y Morgenstem), concepción probabilista que sirvió de basamento a lo que fue la doctrina de la disuasión nuclear… El ganador es aquel que sea capaz de ir más lejos en la mortal apuesta. Un ejemplo que reviste un enorme parecido con lo que actualmente estamos viviendo: una creciente desestabilización de las economías europeas, con consecuencias nada despreciables del otro lado del Atlántico.
Agreguemos a eso que el caos financiero, monetario y económico, de ambos lados del Atlántico, representa una oportunidad extremadamente favorable para quienes, digámoslo una vez más, se benefician con la resaca de los números de la Bolsa, provocando y anticipando los accesos de pánico y de euforia para jugar indistintamente con las tendencias al alza o la baja en mercados que se han vuelto histéricamente erráticos.
A principios del siglo 20, el economista Werner Zombart teorizaba sobre la «destrucción creadora» (posteriormente retomada por Joseph Schumpeter).
Desde entonces, esa idea ha venido abriéndose paso a través, entre otras, de la teoría matemática del francés René Tom (la llamada teoría de las «catástrofes»). Revisada y corregida por Benoit Mandelbrot, esta última se aplicará, a través de la geometría de los fractales, a la vida de los mercados, vistos desde entonces como una entidad sometida a la teoría del caos, decididamente muy de moda.
Mientras tanto, el economista Friedrich Von Hayek, uno de los teóricos del neoliberalismo, pretendió promover la economía liberal a la categoría de ciencia exacta. De esa manera, según su biógrafo Guy Sorman, «el liberalismo converge con las más recientes teorías físicas, químicas y biológicas, en particular la ciencia del caos formalmente enunciada por Ilya Prigogine. En la economía de mercado, al igual que en la Naturaleza, el orden nace del caos: la espontánea combinación de millones de decisiones y de informaciones no conduce al desorden sino a un orden superior»… No hay mejor imagen que esa ya que nos entrega la clave que permite interpretar la crisis.
A fines de los años 1990, los neoconservadores adeptos de Leo Strauss llevan a su lógico paroxismo el nuevo dogma del desorden superior convirtiéndose en apologistas del caos constructor como supuesta legitimación de todas las guerras de conquista del siglo 19. Desde ese punto de vista, es posible ver el caos en pleno trabajo en el Gran Medio Oriente, al igual que en este mismo instante en Europa.
Podemos tener la certeza de que el nuevo orden regional que los grandes organizadores del caos pretenden hacer surgir de la actual crisis será una Europa unificada, centralizada y federativa, bajo la tutela directa de Estados Unidos a través de la Reserva Federal estadounidense, que hará del Banco Central Europeo una simple sucursal, y bajo la mirada vigilante del FMI, representante o emanación de un poder mundial emergente, tan desterritorializado como tentacular.
Resulta bastante evidente que el endiosamiento del mercado asociado a la idea de un «caos constructor», completada a su vez por un uso intensivo de la teoría de los juegos manipulada por adeptos de la demolición, constituye una mezcla bastante explosiva que está a punto de explotarnos en la cara. Y es importante señalar aquí que el «caos» (intencional) es hoy en día una forma de gobernar, de transformar la sociedad y de conquistar sin lucha, una versión dura del conocido divide y vencerás, al que se recurre aunque sea a costa de la supervivencia de las naciones y los pueblos.
A fin de cuentas, lo importante es poner a Europa de rodillas. Grecia –que es ciertamente uno de los países más débiles de la eurozona, aunque no mucho más que Italia, España, Irlanda o Portugal– ha sido hasta ahora una especie de electrón suelto que obstaculiza una plena integración de los Balcanes a la trama geoestratégica estadounidense.
A modo de conclusión temporal, si la Unión Europea, en el marco de la crisis, avanza a marcha forzada hacia una gobernanza económica federativa, entrará entonces en una fase que la llevará hacia la atribución de un poder prácticamente discrecional a la Comisión Europea, que se compone esencialmente de tecnócratas no electos y reclutados en función de una indestructible obediencia atlantista. Dicho claramente, ello significaría la desaparición de los Estados-Naciones europeos.
De hecho, ya nada se opondrá a que Europa sea integrada a un Bloque Transatlántico. Con el tiempo, la fusión del euro y del dólar sellará la unión del Viejo Mundo y del Nuevo Mundo. Es evidente que no se trata de simples especulaciones sino de una real proyección de las tendencias arquitectónicas que visiblemente se están aplicando en el marco de un proceso de redistribución o de recomposición geopolítica del mapa mundial. Lo cual equivale a decir que, si no se desintegra la eurozona, el destino de los pueblos europeos parece definitivamente sellado, o sea encadenado para bien y para mal al «Destino manifiesto» de Estados Unidos, independientemente de una reforma del sistema económico mundial.
Los financieros perderán quizás algunas plumas en ese proceso si la comunidad internacional se pone de acuerdo para fijar límites a sus apetitos mediante la reglamentación de los mercados. En todo caso, lo cierto es que los promotores del caos constructor habrán ganado la partida al crear las condiciones para nuevos incendios.
Ya que «lo peor», que a menudo han mencionado en Francia individuos tan influyentes como Bernard Kouchner y Jacques Attali, resulta ser sin embargo lo menos improbable cuando los gobiernos, al verse con la espalda contra la pared, no tienen otra posibilidad que «huir hacia delante». En Kuwait, en 1991, y en Irak, en 2003, entre los objetivos apenas ocultos de la guerra, ocupaban un lugar importante la reactivación del motor económico a través de los proyectos privados de reconstrucción… por no mencionar otros intereses más evidentes y más inmediatos, como los combustibles fósiles, las ventas de armas y todos los mercados que de ellos se derivan.
Cualesquiera que sean los acuerdos entre Turquía e Irán sobre el enriquecimiento de uranio con fines médicos, cualesquiera que sean las contrariedades diplomáticas que esos acercamientos entre aliados y enemigos de Estados Unidos impliquen para el Departamento de Estado, basta con releer las fábulas de Jean de La Fontaine para saber que... ¡la retórica del lobo siempre prevalece ante la del cordero!
En el actual contexto de extrema fragilidad de la economía mundial, tenemos que prever que la salida de la crisis tendrá que pasar por la dolorosa puerta del caos constructor.
Jean-Michel Vernochet
Ex periodista de la publicación francesa Figaro Magazine y profesor de la Escuela Superior de Periodismo (ESJ-Paris). Su obra de más reciente publicación se titula Europe, chronique d’une mort annoncée (Europa, crónica de una muerte anunciada) ediciones de l’Infini, 2009.
[1] Juego de palabras ideado por los financieros anglosajones ya que las iniciales de Portugal-Italy-Ireland-Greece-Spain (Portugal-Italia-Irlanda-Grecia-España) conforman la sigla PIIGS, que se pronuncia en inglés igual que «pigs» (puercos).
miércoles, 19 de mayo de 2010
¿El euro tiene futuro?. La única salida de Grecia, y sobre todo España
Rankia
05 de mayo de 2010
Comentarios
Con mucha frecuencia olvidamos que los tipos de cambio son el reflejo de las condiciones de una economía frente a otras. Para que nos enteremos, la realidad es que la situación es muy similar a la que nos encontramos en los mercados financieros en general.
Cuando hablamos de bolsa o de cualquier activo financiero, encontraremos mil razones para defender que no dependen de la economía. Y por supuesto claro que depende, pero en el largo plazo. Podemos pensar que el largo plazo no existe, pero al final siempre llega.
En los tipos de cambio ocurre exactamente lo mismo. Al final todo se resume a través de la situación de la economía, de tal forma que si una economía mejora su moneda se revaloriza, y algo que debemos tener en cuenta que el hecho de que cuando hablamos de tipos de cambio, hablamos de un concepto relativo que afecta a varias monedas. Dicho de otra forma, el hecho de que una moneda se revalorice, es lo mismo que decir que la otra se devalúa.
En el post acerca de los criterios de convergencia, ya he tratado de explicar este proceso; y está claro que existe un error dramático en la concepción del euro. Y es el tratar de mantener el status quo en lugar de buscar la convergencia, como ha ocurrido en Alemania.
Para entender los resultados de intentar mantener una divisa sobrevalorada, no hace falta más que buscar el antecedente más cercano que fue Argentina, que trató de mantener la paridad entre su moneda con el dólar, hasta que el sistema se derrumbó, con los resultados que todos conocemos.
La realidad es que está claro que las monedas tienen que reflejar la situación de la economía de los distintos países, y de esta forma, el euro, no es más que un entorno en el que economías distintas mantienen una paridad fija. Otro antecedente que deberíamos recordar es la situación de los años 20, con una situación marcada por el patrón oro, lo que suponía en la práctica el anclaje de las distintas economías entre sí; curiosamente los sistemas de tipos de cambio flexibles, fueron una de las soluciones a la famosa crisis, (este será otro post).
Para entender a que nos referimos con la situación de una economía, tenemos que tener claro que nos referimos a la situación de los distintos agentes económicos, que son las personas, las empresas y el sector financiero. Dicho de otra forma, el valor de una moneda, refleja la situación de los distintos agentes económicos, que es la consecuencia de toda una serie de condiciones, decisiones, normativa y políticas.
Si analizamos los precios, los sueldos y los gastos financieros en los distintos países, nos encontramos con enormes diferencias, sobre todo en lo que se refiere al mercado laboral, (como he puesto en el post “¿son los sueldos españoles demasiado altos respecto a los europeos?). Y si nos damos cuenta las diferencias de sueldos son brutales entre los distintos países europeos. Si además tenemos en cuenta que los precios se han homogeneizado y que las políticas monetarias son comunes, la realidad es que la población de los países con los sueldos más bajos, tiene que sufrir a la fuerza una crisis de poder adquisitivo que destroza el sistema económico en su conjunto.
Recordemos que los sueldos más bajos de la zona euro son el griego, el portugués, el Español y el Italiano.
SALARIO MEDIO
País
Euros/año
Dinamarca
47.529
Noruega
45.485
Luxemburgo
42.135
Alemania
41.691
Reino Unido
40.015
Holanda
38.700
Bélgica
36.672
Austria
36.032
Suecia
34.049
Francia
29.047
Italia
24.116
España
20.438
Grecia
17.859
Portugal
14.715
Polonia
6.269
Media UE-15
34.412
Pues esta es la realidad. Una única política monetaria, precios convergiendo y un mercado común en el que los ciudadanos de unos países van con ingresos que duplican a los otros, condenan a los que tengan menores rentas a la situación actual.
En todo caso, (tal y como se entendió en el proceso de reunificación alemana), las posibilidades de que el mercado común y la moneda logren aguantar, pasa porque se homogeneicen los ingresos de los que van a esos mercados y por supuesto que se homogeneicen los costes laborales, (variable clave para tomar decisiones en lo que respecta a la forma de producir, lo que acaba en la productividad y competitividad). Téngase en cuenta que no es lo mismo que se homogeneice una variable, con la evolución de esa variable, que es exactamente lo contrario. Imaginemos un valor 100 en un país y 150 en otro país, (Si en ambos países el valor puede crecer un 100%, el resultado final será que las divergencias se incrementaron)
Sin embargo, las decisiones tomadas, lejos de igualar las diferencias, suponen incrementarlas, de tal forma que las economías presentarán mayores diferencias y en consecuencia, las dificultades para mantener una moneda única se están incrementando hasta que al final las economías que presenten una situación más débil caen sin remisión.
El proceso, lo tenemos que entender desde el punto y hora de que la macroeconomía no es un ente autónomo, sino que es la situación de los distintos agentes de un país. Curiosamente, en el contexto actual, las propuestas pasan por exagerar aún más las diferencias, y si tenemos una situación en la que los ingresos de un alemán, son sensiblemente superiores al de un Griego, se pide que suban los ingresos del primero, y bajen los del segundo.
Como he puesto en varios post, es completamente absurdo que se planteen determinadas medidas, como bajadas de sueldos y deflación en países con problemas de poder adquisitivo, endeudamiento, (no es más que una causa de que los ingresos han sido menores a los gastos), y déficit.
En definitiva, tanto Grecia, como España como todo aquel interesado en que el euro se mantenga han de entender que la realidad es que o hay un cambio radical en las políticas, decisiones y medidas que nos han conducido a la situación actual, o el euro no tiene posibilidad alguna de salir.
Pero si Alemania, si la UE, o quien quiera, no entiende esto, lo que han de hacer los países débiles es romper los anclajes inmediatamente, si no quieren verse arrastrados como está ocurriendo ahora mismo. Evidentemente Argentina, intentó mantener su paridad con el dólar hasta que la situación fue completamente insostenible, y nada me hace pensar que ni España, ni Portugal, ni Italia, ni Grecia, han aprendido la lección ahora mismo.
La solución unilateral adecuada, en vista de que no parece que se intenten homogeneizar las condiciones en los países, es asumir que sólo hay una cosa peor que la devaluación y es que una economía intente sobrevivir con una moneda sobrevalorada, mientras la situación real se deteriora. Y eso incluye la salida de la moneda europea, recuperar la política monetaria propia, y realizar una gran devaluación de la moneda.
A su vez, se han de desarrollar políticas de demanda y tratar de recuperar el poder adquisitivo en la moneda nacional.
Es completamente necesario, realizar esto, debido a que parece que nos olvidamos a veces que el nivel de deuda referido al PIB tiene su importancia en efectos nominales, y en este sentido una devaluación ayuda a minimizar las pérdidas y las deudas, como Estados Unidos puede demostrarnos en estas fechas recientes, donde se han dejado de dogmatismos y han devaluado el dólar de forma importante, para apoyar la recuperación.
Si nos damos cuenta, una devaluación del 50% permitiría elevar el 50% el pib nominal, reduciendo la deuda a la mitad, sin que supusiese pérdida de competitividad.
Esta es una de las grandes burradas de esta historia. Si nos damos cuenta todos los razonamientos hablan de que con el euro hemos perdido la posibilidad de devaluar, que en definitiva es el medio de evitar o paliar los efectos secundarios de realizar unas políticas para recuperar la demanda, (básicamente recuperar los sueldos y reducir impuestos a los ciudadanos). El caso es que no sé muy bien como, resulta que dado que no podemos evitar los efectos secundarios de una medicina que es la obvia, parece que todo el mundo pide que se tome lo contrario. O sea, que como no podemos evitar los efectos secundarios de las subidas de sueldos necesarias, ¡los bajamos!.
Si tenemos en cuenta todo esto, la solución es fácil; salida del euro y devaluación que ha de ser salvaje. La razón es sencilla y tiene mucho que ver con la principal crítica que oiremos a esta política. Los efectos sobre la credibilidad y sobre la financiación externa. En lo que respecta a la credibilidad, poco puede hacer Grecia ahora mismo para recuperarla, (sobre todo porque resulta que a los mercados les interesa que no la tenga). Debemos recordar que es la probabilidad de una devaluación lo que penaliza las inversiones actuales. En este sentido, el problema es que hoy la probabilidad de devaluación es mucho más elevada que tras una devaluación creíble. Por tanto, la devaluación tendría que ser suficiente como para descartar nuevas devaluaciones.
Supongo que alguien pensará en los precios de las importaciones, que se encarecerán, pero ha de pensar que eso no es así en términos reales. Dicho de otra forma, es posible que el petróleo en moneda nacional sea más caro. Pero debemos tener en cuenta que como la moneda nacional cae en la misma proporción, (por la devaluación), los efectos se compensan.
Respecto a los efectos de la salida del euro, ya los he puesto en su día para el caso español, y puede entenderse que serían muy similares, ya que la estructura de deuda es muy similar.
Y creo que sólo me quedan los grandes perjudicados que serían exactamente los mismos que en el caso de inflación reconocida; ahorradores y fondos de pensiones privados y desde luego los bancos acreedores de Grecia. Ahora que también es cierto que están cobrando unas primas de riesgo elevadísimas por la posibilidad de la devaluación o del default. Ahora que este es el gran problema. La salida del euro tumba el sistema financiero, (lo que explica la situación actual y las perspectivas).
Por supuesto, todo proceso de ajuste pasa por con posterioridad corregir las políticas que nos han traído hasta aquí, y habría que liberalizar mercados, proteger a los trabajadores y restringir la especulación.
Lo que va a pasar no es difícil verlo, (ha pasado muchas veces), las posibilidades de que funcionen las propuestas que nos llegan de FMI son nulas, (ya se han probado), y la única duda es si se tomará la decisión que proceda a tiempo, (si Grecia o nosotros lo estamos), o bien si esto acabará en deflación y default. Si se sigue insistiendo contra el muro, acabaremos como Argentina, aunque lo cierto es que Argentina tenía un problema adicional, que era la deuda externa en divisas, (dólares), mientras que Grecia emite deuda en moneda nacional, de tal forma que serían los bonistas en lugar del país el que asume el coste de la pérdida de valor de la moneda.
Para mañana queda el post de porque nunca va a funcionar lo de "calmar a los mercados"
Leer mu00e1s: http://www.rankia.com/blog/nuevasreglaseconomia/479575-euro-tiene-futuro-unica-salida-grecia-todo-espana#ixzz0oMOWSa9m

