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martes, 8 de junio de 2010

La mirada amable de las mujeres de Nablus.


Mujeres presas, mujeres cotidianas, mujeres divertidas, mujeres en sombra, mujeres volcán.

7 / junio

“Mañana voy a ver a mi hermano”, me dice Sanah en una conversación robada en la calle, a punto de terminar el open day, en un primero de mayo que invita a la celebración conjunta de madres e hijos y compañeras de trabajo.

Le lanzo algunas preguntas en el ajetreo del día y ella me va respondiendo pendiente de sus hijas. Esta feliz porque sólo puede verle una vez al año. “Lo veré y no podré tocarlo pero lo veré”, me dice con sonrisa triunfadora. Sabe que es un éxito. Otros miembros de su familia no han podido visitarlo en los siete años que lleva en la prisión de Al Naqab, centro localizado en el desierto que lleva su nombre.

Hoy en día hay más de siete mil presos palestinos en cárceles israelíes. Las condiciones carcelarias se han endurecido con el paso de los años y muchos presos no reciben una atención adecuada en el interior de estas prisiones ilegales.

La situación se complica en el caso de las mujeres. Sólo en el periodo comprendido entre noviembre de 2007 y noviembre de 2008 más de 125 han sido arrestadas o detenidas o encarceladas según el informe In need of protection. Palestinian female prisoners in israelí detention, de la organización de derechos humanos Addameer. Según este mismo documento, las mujeres detenidas son sometidas a tortura durante los traslados, quedando recluidas en cárceles diseñadas, en su mayoría, para hombres y por lo tanto, sin cumplir las mínimas normas en una infraestructura que las asemeja a animales y no personas. En la actualidad más de cien sobreviven a este castigo de privación de libertad impuesto por Israel.

Recuperar el valor del trabajo de las mujeres

Nadia se acerca para pedirme que tome algunas fotografías de los actos de ese día. Esta mujer imponente pero de gesto siempre amable es la responsable de cada detalle de estos juegos no improvisados que se desarrollan en un parque municipal de la ciudad de Nablus.

No es una mujer política, dicen, lo que le interesa es rescatar y potenciar el trabajo de las cientos de mujeres con las que trabaja desde una organización local. Habla pausadamente de los problemas que ella identifica y de las necesidades que deben abordar. Y sus palabras dan esperanza a pesar de las dificultades que dice, deben enfrentar. Y no sólo en relación con la ocupación israelí. Pero fuertemente vinculada a ésta. El miedo, la falta de expectativas para los jóvenes, un futuro de tranquilidad es lo que espera encontrar Lorette en Canada. “Ya he echado la solicitud…estaba nerviosa pero ya está, la decisión ya está tomada…”. Mira con pena a su alrededor y sabe que extrañará a gran parte de su familia y a sus vecinos pero necesita un respiro. La presión de los colonos que invaden las colinas y montañas que rodean la ciudad y las amenazas muchas veces cumplidas es, para muchos palestinos de esta zona, insostenible. “Y yo me voy por mis hijos, qué otra cosa puedo hacer”.

La expulsión de palestinos al exilio no tiene fin. No hay una orden explícita en el caso de esta mujer menuda y de amplia sonrisa. La necesidad se convierte en obligación para ella. Son sesenta y dos años de condena a vivir bajo el miedo y con la opción, el que pueda, del exilio obligado. Esta planificada política de segregación empuja al exilio a miles de familias.

Con ese miedo han vivido estos últimos días los miembros de la familia de Aida, una mujer de mirada risueña que se oscurece cuando cuenta la agresión que sufrió su hermano hace unos días, el 28 de abril, “él abrió la puerta porque se identificaron como policías…y así recibió los cortes en la cabeza, en la cara, en el brazo y en la pierna derecha”. Trata de poner en orden los hechos pero se atropella un poco, “es que él trabaja para Israel - en referencia a un pueblo del norte llamado Natania - . Es un obrero y no ha tenido opción…y quienes lo agredieron eran israelíes y le robaron el permiso y la identificación y el dinero…pero si saben que en ese sitio hay palestinos con permisos de trabajo que son legales…”. No hay elección para muchos palestinos. Así lo cree ella. “No puede elegir, porque no hay trabajo aquí…”, comenta para Diagonal esta mujer encantadora de voz clara pero temerosa.

Y miedo incontrolado es también el de Iman del campo de refugiados de Balata. Esta mujer inquieta, de mirada huidiza comenta al hilo de una conversación informal el temor a ser deportada. No sale mucho de casa porque con la nueva orden militar corre el riesgo de ser “transferida” a Gaza, de donde es originaria su familia. En su ambigüedad, esta orden consigue precisamente ese estado de continua espera que alimenta ya muchas angustias de la población palestina.

Hay desconfianza y duda pero también trabajo colectivo y entusiasmo. Y dignidad manifiesta.

Ana H. Borbolla
Nablus. Mayo 2010

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jueves, 11 de marzo de 2010

Palestina: ellas y su voluntad de seguir siendo pueblo



"Resulta paradójico hablar de los derechos de las mujeres en Palestina"

11-03-2010
Joana López de Guereñu
Rebelión

Este 8 de marzo se cumplen 100 años de la declaración del Día Internacional de las Mujeres. Un siglo de lucha por el reconocimiento de nuestros derechos y por una igualdad entre mujeres y hombres que aun hoy se presenta difícil. Cada año por estas fechas salimos a las calles a reivindicar lo que es nuestro. Cada día el objetivo es el mismo, luchar por lo que nos pertenece.
Pero esta lucha es aun más complicada en países en conflicto, y eso que las mujeres son las que siempre sacan fuerzas para seguir adelante y reconstruir la sociedad. Pese a ello, son las más perjudicadas por las consecuencias de la violencia.

En Palestina, la lucha por los derechos de las mujeres ha quedado relegada a la lucha por la resistencia. Si, en Palestina no basta con sobrevivir, hay que resistir. El pueblo palestino ha de contemplar impotente como los buldózer destruyen sus casas; como es expulsado de sus tierras; como centenares de personas enfermas son condenadas a muerte al impedírseles el paso en los controles israelíes; como enormes bloques de hormigón separan familias y ciudades enteras; como millones en el exilio tienen prohibida la entrada a su propio país...Una humillación diaria ante la cual la comunidad internacional impávida se convierte en cómplice del silencio. Pese a todo, el pueblo palestino resiste y las mujeres son clave en ello.

Así pues, resulta paradójico hablar de derechos bajo la ocupación. En una sociedad tradicional como la palestina, en la que el sistema patriarcal se mantiene fuertemente enraizado, la emancipación de las mujeres se presenta lejana. Sin embargo, el movimiento femenino siempre ha estado ahí, unido a la lucha por la liberación nacional. Las mujeres eran y son las que salen a la calle tras los bombardeos, las que levantan sus hogares de los escombros, las que mantienen a sus familias pese al bloqueo de Gaza... Ellas y su voluntad de seguir siendo pueblo.

Resulta paradójico hablar de derechos, cuando el acceso a la educación se ve limitado al tiempo de espera ante un puesto de control israelí. Las dificultades a la hora de cruzar una barrera militar y las humillaciones a las que son sometidas son una de las causas de deserción escolar femenina.

Resulta paradójico hablar de derechos cuando el derecho al trabajo depende del color del permiso o de la falta de transporte público. Porque en Palestina las diferencias de estatus las indican los colores de las tarjetas de identificación, y de este, el permiso de entrada o salida. Mientras, la comunidad internacional atribuye la escasez de mujeres activas a una cuestión cultural, sin tener en cuenta que antes de la ocupación las palestinas ya trabajaban fuera del hogar.

Resulta paradójico hablar de derechos, cuando el derecho a la vida se encuentra en los fusiles de dos adolescentes israelíes. Bombardeos a objetivos considerados una amenaza a la seguridad, incumplimiento de las ordenanzas militares ilegales o de toques de queda impuestos sin previo aviso, han sido razones más que suficientes para el asesinato de miles de palestinos y palestinas a manos de soldados israelíes. Numerosas palestinas embarazadas fallecen por la imposibilidad de llegar a tiempo al hospital al impedir los soldados israelíes el paso de las ambulancias.

Resulta paradójico hablar de derechos, cuando la ubicación geográfica lo condiciona todo. Las mujeres palestinas son las más vulnerables en el Estado de Israel. El 60% del presupuesto israelí se destina a la seguridad del país y los asentamientos, el resto se reparte primero a los hombres judíos, luego a las mujeres judías, después, si es que queda algo, a los hombres palestinos y por ultimo, a las mujeres palestinas.

Resulta paradójico hablar de derechos ante un estado que aun prohibiendo la tortura en sus leyes la practica a diario. Privación del sueño, denegación de atención medica, palizas, shocks eléctricos, violaciones sexuales, exposición prolongada al sol, al frío o a la lluvia, privación de comida y agua... son sólo algunas de las prácticas más habituales de tortura en las cárceles israelíes. Las mujeres tampoco se libran de ser detenidas, en la actualidad son más de 150 y muchas son arrestadas como método de presión a sus familiares.

En Palestina, desde la ocupación, siempre resulta paradójico hablar de derechos.

Cuando se celebra un siglo del Día Internacional de las Mujeres... en Palestina sus mujeres reflejan la resistencia, y sus derechos, la esperanza de futuro.

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