Folke Bernadotte
15-06-2010
Olga Rodríguez
Periodismo humano
El primer enviado oficial de la historia de Naciones Unidas fue el conde sueco Folke Bernadotte. Su destino: el recién proclamado Estado de Israel, en el verano de 1948. Su objetivo: alcanzar un acuerdo de paz entre Israel y los países árabes vecinos.
Bernadotte planteó el regreso de los refugiados palestinos que habían huido a causa de los ataques terroristas judíos previos al estallido de la guerra o durante las primeras semanas de la misma. Su plan no fue aceptado por los líderes israelíes y el grupo paramilitar Lehi, liderado por el futuro primer ministro Isaac Shamir, le colocó en su punto de mira.
Bernadotte fue asesinado por integrantes de Lehi en septiembre de 1948. También murió un ayudante francés del diplomático. Israel nunca arrestó a los asesinos y, al término de la guerra, decretó un indulto para ellos.
Folke Bernadotte, primer enviado oficial de Naciones Unidas
Así comienza la relación de Israel con Naciones Unidas. Desde entonces Israel ha incumplido todas las resoluciones de la ONU que exigen la retirada de Israel de los territorios ocupados y contempla el derecho de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares o recibir indemnizaciones. Ha bombardeado y atacado cuarteles de Naciones Unidas en varias ocasiones a lo largo de su historia, con la consiguiente muerte de empleados del organismo internacional.
Uno de los ataques que más indignación despertaron en la comunidad internacional fue el lanzado en 1996 contra el cuartel de la ONU en Qaná, en territorio libanés, donde murieron más de 100 civiles y hubo más de 150 heridos, entre ellos varios cascos azules de la ONU. La acción se enmarcó dentro de la operación Uvas de la ira.
Otras de las acciones militares israelíes contra objetivos de Naciones Unidas tuvo lugar en las navidades de 2008-2009, durante los bombardeos continuados contra toda la Franja de Gaza que causaron más de 1400 víctimas mortales, más de 400 de ellas niños. En aquellos días las Fuerzas Armadas israelíes atacaron sedes de Naciones Unidas en al menos cuatro ocasiones y causaron varios muertos.
No hay nada más eficaz que la Historia para poder obtener conclusiones: no es difícil deducir la impunidad con la que actúa Israel, ya que desde su creación no solo ha hecho caso omiso a las exigencias de Naciones Unidas, sino que ha repetido acciones militares violentas contra sedes de dicho organismo internacional. Nunca ha sido castigado por ello. Por eso en más de una ocasión he defendido que se expulse a Israel de la ONU. En vista del poco respeto que muestra hacia esta organización, no creo que debiera importarle demasiado.
Este breve recorrido por los encontronazos de Israel con Naciones Unidas puede ayudarnos a recordar cuántas investigaciones sobre presuntos crímenes cometidos por el Ejército israelí han sido llevadas a cabo de manera independiente, cuántas han culpado a Tel Aviv, y cuántas veces Israel ha sido castigado.
Y así podemos repasar algunas de las matanzas más conocidas: Sabra y Shatila, donde los israelíes participaron en la masacre de 1.700 civiles, Qaná en 1996, la operación Muro Protector, en la que mataron a más de 500 palestinos, la operación Lluvia de verano, con la muerte de más de 400 personas en Gaza, de nuevo Qaná en 2006, con 27 muertos, la mayoría menores de edad, la operación Plomo Fundido en Gaza 2008-2009,etc.
Detengámonos en esta última, con más de 1.400 muertos. La ONU nombró una comisión encargada de investigar los detalles. De esa comisión salió el informe Goldstone. Dicho informe acusa a Israel de llevar a cabo “un ataque deliberadamente desproporcionado, diseñado para castigar, humillar y aterrar a la población civil, para disminuir radicalmente su capacidad económica tanto de trabajar como de sustento, y para imponer una creciente sensación de dependencia y vulnerabilidad”.
Además califica el prolongado bloqueo económico impuesto por Israel contra Gaza de “castigo colectivo” contra la población. En ese sentido, menciona varios ataques contra objetivos civiles “injustificables” desde el punto de vista militar. También atribuye crímenes a Hamás. El informe se basa en información obtenida en dos visitas a Gaza, casi 200 entrevistas y la revisión de miles de documentos, fotos y grabaciones de vídeo.
Goldstone, reconocido jurista internacional, judío y sionista, recomendó pasar el informe a la Corte Penal Internacional contra crímenes de guerra y actos de genocidio para que determinara eventuales acusaciones. Pero Estados Unidos frenó en seco dicho informe. Las recomendaciones no se han cumplido.
La respuesta a la pregunta que antes formulaba es sencilla: Israel nunca ha sido castigado por los crímenes que ha cometido.
Tras el apresamiento de la Flotilla de la Libertad nuestros gobernantes quieren hacernos creer que ahora será diferente. En un texto publicado hace unos días por el diario Público -plagado de eufemismos y expresiones dignos de analizar- el ministro Moratinos junto con sus homólogos francés e italiano, defendía una investigación “imparcial, transparente y conforme a las normas internacionales”.
Decía así:
“Debemos estar atentos para no repetir los errores cometidos tras la entrega del informe Goldstone, cuyo seguimiento fue instrumentalizado por el Consejo de Derechos Humanos y que dedica lamentablemente la mitad de sus resoluciones a condenar a Israel.”
(La negrita en la palabra lamentablemente no estaba en el texto original, la he añadido yo: No me queda claro si lamentan que la mitad de las resoluciones condenen a Israel o que Israel se haya portado mal, con lo buen amigo que es.)
Y proseguía: “Ciudadanos turcos y estadounidenses han sido víctimas de esta operación; la investigación tendrá por tanto, obligatoriamente, un componente internacional, como ya lo ha propuesto el secretario general de las Naciones Unidas. Apoyamos estos esfuerzos.”
Para que una investigación pueda ser independiente no debe estar dirigida por Israel. Sin embargo, ya se ha anunciado que el presidente de la comisión de investigación será el ex presidente del Supremo israelí. El resto de sus integrantes también serán israelíes. Habrá dos observadores internacionales.
Para que la investigación pudiera ser realmente independiente la comisión debería estar integrada por una mayoría de personas desvinculadas de los intereses de Israel. Deberá centrarse en los testimonios de los testigos, de los más de setecientos activistas del Marmara y de los soldados israelíes que participaron en la operación. Y, lo más importante, debería tener acceso al mayor número de pruebas.
Sin embargo, la mayor parte de las grabaciones de audio y vídeo, así como el material fotográfico obtenido por los pasajeros de la flotilla fue incautado y requisado por el Ejército israelí. Iara Lee es una de las pocas pasajeras que, a pesar de los registros israelíes, logró quedarse con algunas de sus filmaciones. El resultado puede verse en este vídeo.
Los soldados israelíes no solo cometieron un acto de piratería al abordar una flotilla de barcos en aguas internacionales; no solo mataron a nueve personas e hirieron a decenas más en el marco de una operación ilegal; no solo secuestraron a las más de setecientas personas que viajaban en esa flotilla y las trasladaron a comisarías y cárceles israelíes, sino que además robaron a estas personas buena parte de sus pertenencias: laptops, cámaras, cintas de vídeo, tarjetas de memoria, etcétera.
Si la comunidad internacional desea que se lleve a cabo una verdadera investigación independiente sobre lo sucedido aquél fatídico día debería empezar por exigir públicamente a Israel que devuelva el material robado a las víctimas del asalto ilegal, ya que es ese material el que puede mostrar hechos que evidentemente el gobierno israelí tiene interés en ocultar.
Si no presiona, sumaremos una raya más en un calendario marcado por décadas de impunidad. Y ya se sabe que la impunidad abre el camino a futuros crímenes o ilegalidades.
PD: Hay una prisión a cielo abierto llamada Gaza, donde viven un millón y medio de personas. Sus carceleros a veces tienen tan buen corazón que abren las puertas para dejar pasar galletas y refrescos.
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martes, 15 de junio de 2010
Israel y las investigaciones independientes
jueves, 11 de marzo de 2010
Lo que queda de Iraq
BAGDAD. La autora, que cubrió la invasión desde Bagdad, señala que las tropas ocupantes hicieron todo lo posible por aumentar el odio étnico y religioso.
VIOLENCIA, DIVISIÓN, MUERTE E INJUSTICIA DESTRUYEN EL PAÍS
Siete años después del inicio de la ocupación liderada por EE UU, Iraq presenta un paisaje desolador, minado por la invasión y la guerra.
Olga Rodríguez, periodista especialista en Oriente Próximo y autora de los libros "Aquí Bagdad" y "El hombre mojado no teme la lluvia"
Miércoles 10 de marzo de 2010.
Apesar de que los mandamases del mundo aseguraran en 2003 que la guerra de Iraq –lo llamaban guerra, cuando en realidad fue una invasión ilegal– había sido limpia, eficaz y exitosa, los que estábamos en Bagdad sabíamos que aquello de exitoso había tenido poco y de limpio menos. Era evidente que las acciones de los ejércitos invasores estaban favoreciendo el caos, la corrupción y la violencia.
En abril de 2003 contemplé cómo la Biblioteca de Bagdad, víctima de los saqueos masivos, era devorada por las llamas. “Arde a 451 grados Fahrenheit”, pensé en referencia al libro de Bradbury. A tan sólo unos metros más allá, varios soldados estadounidenses contemplaban impasibles el incendio. Tenían orden de no intervenir. Aquellas lenguas de fuego devorando la historia de Iraq eran una metáfora inequívoca del futuro del país.
La división de Iraq
Los ejércitos de ocupación impulsaron el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas iraquíes, impusieron por ley la persecución de todas aquellas personas vinculadas al partido Baaz de Sadam Hussein, lo que incluía a los funcionarios –también los bajos rangos de la Administración, profesores, médicos y periodistas–, y fomentaron las divisiones sectarias a la hora de repartir el poder político y militar. De ese modo, Iraq fue dejando de ser un Estado para convertirse en un conjunto de grupos divididos en función de las sectas religiosas y de los intereses políticos, cada uno de ellos con su propio ministerio en el Gobierno y sus propias milicias armadas. El vecino Irán aprovechó esas profundas grietas para establecer su control en importantes sectores del país.
Han pasado siete años e Iraq ha perdido prácticamente su tejido social. La ocupación y la guerra han dejado un millón de muertos y cuatro millones de huérfanos, según cifras gubernamentales y de organizaciones internacionales independientes.
Cientos de profesionales liberales –médicos, artistas, profesores, abogados, periodistas, etc.– han sido asesinados y otros miles han tenido que huir del país. Apenas quedan intelectuales en Iraq.
Decenas de miles de personas han pasado por cárceles secretas. En la actualidad hay al menos 20.000 presos sin posibilidad real de conocer sus cargos o de ser juzgados; algunos llevan así años, sin haber cometido delito alguno y sin que sus familiares conozcan su paradero.
Otros han sido ahorcados en ejecuciones oficiales masivas denunciadas reiteradamente por los defensores de los derechos humanos. Tengo conocidos que han sido torturados o vejados sexualmente y obligados a firmar declaraciones juradas bajo coacción. Tras ello, han decidido formar parte de la resistencia armada iraquí. Otros se han exiliado, han escapado de la violencia y emprendido rumbo a Jordania o Siria, donde viven esperando la posibilidad de un regreso que siempre se pospone. Cinco millones de iraquíes han huido de sus hogares . Es uno de los mayores éxodos de las últimas décadas en el mundo, según datos de Acnur. Buena parte de las mujeres han tenido que abandonar sus empleos tras recibir amenazas de muerte por parte de grupos integristas. El país ha sufrido un proceso de islamización y un claro retroceso en materia de género.
Los escuadrones de la muerte han ejercido un papel fundamental en la violencia sectaria. Su época de auge coincidió con la llegada de John Negroponte a Bagdad como embajador estadounidense. Washington ha practicado el “divide y vencerás”: primero tejió alianzas con líderes chiíes claramente cuestionables para decantarse, después, por la colaboración temporal con grupos principalmente suníes que aceptaron la unión con el Ejército estadounidense a cambio de dinero y armas. Y así las empresas armamentísticas se frotan las manos porque la entrada de arsenales en Iraq es constante.
Y ¿qué ha sido de los artífices de esta catástrofe? Tony Blair afirma orgulloso que lo volvería a hacer, ejerce como enviado especial para Oriente Medio, tiene una fortuna millonaria y oculta al fisco parte de sus ingresos, tal y como desveló recientemente The Guardian; Aznar –y su dedo– se pasea por el mundo como portador de la verdad absoluta y, al igual que su colega Blair, se embolsa jugosas cantidades por ejercer de asesor o de conferenciante; del cowboy estadounidense mejor no hablemos, pues ya que estamos en Europa debemos preguntarnos qué Europa es ésta que tiene al cuarto de las Azores, Durão Barroso, como un hombre fuerte de la Unión Europea.
Esto es Iraq hoy: un tablero de ajedrez en el que Washington y Teherán echan un pulso por el control de la zona. Un lugar donde se conculcan a diario los derechos humanos, donde la corrupción campa a sus anchas y donde los daños psicológicos provocados por la violencia y la injusticia perdurarán durante generaciones. Un territorio que merece justicia y libertad para gestionar su futuro. Así lo establece la ley internacional. Ya es hora de que ésta se aplique.
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miércoles, 10 de febrero de 2010
“El periodismo de los mass media agoniza”
OLGA RODRÍGUEZ, PERIODISTA QUE HA TRABAJADO COMO CORRESPONSAL EN AFGANISTÁN, EE UU, EGIPTO, IRAQ O PALESTINA
Charlamos con una de las mayores especialistas en la información de Oriente Próximo sobre qué es ‘buen periodismo’ y la forma en que los grandes medios tratan los conflictos bélicos.
Héctor Rojo Letón
Diagonal
Martes 9 de febrero de 2010.
DIAGONAL: En tu libro aprovechas historias personales para contar realidades mucho más amplias. ¿Por qué has huido de los grandes datos?
OLGA RODRÍGUEZ: No huyo de los grandes datos; los acontecimientos históricos más importantes están en el libro. Pero los explico a través de ejemplos concretos, porque si hablamos tan solo de cifras y estadísticas, sin poner nombre ni rostro a las víctimas, estamos fomentando una visión cínica y deshumanizada de la actualidad.
Por eso cuento historias personales y también las historias de los padres y abuelos de los protagonistas; de ese modo aparecen los acontecimientos políticos y socioeconómicos más relevantes del último siglo en la región. Y así nos encontramos con paralelismos muy interesantes: por ejemplo, con la vida de Yaser Alí, que ha formado parte de la resistencia armada iraquí contra la ocupación militar angloamericana. Conociendo su vida se pueden entender las causas que le llevaron a decidir empuñar un arma: la opresión, la tortura, la ocupación. Pues bien, su abuelo Faruk, 86 años antes, luchó, al igual que él ahora, contra la ocupación, en ese caso, británica. Los británicos en 1920 atacaron Faluya y emplearon gas mostaza contra población civil. 84 años después los estadounidenses atacan Faluya y emplean fósforo blanco. La historia se repite.
D.: ¿Cómo explicas que una periodista que trata habitualmente temas de Oriente Próximo escriba un libro sobre el mismo tema porque en sus artículos no puede contarlo?
O.R.: En mis crónicas no he podido contar buena parte de lo que veo porque los medios de comunicación de masas exigen cada vez reportajes más breves y en clave nacional; pero sí es cierto que de vez en cuando he podido hacer buen periodismo, en Gaza, en Afganistán o en Irak, por ejemplo. Siempre se guarda la esperanza de tener otra oportunidad para informar en primera línea, es decir, para ser testigo directo de la actualidad y, de ese modo, poder hacer un buen trabajo. Es una cuestión muy personal: algunos colegas de profesión se mantienen en los grandes medios simplemente por una cuestión económica, necesitan llegar a final de mes; otros creen que ése es todo el periodismo que se puede hacer, están satisfechos; otros albergan la esperanza de que de vez en cuando puedan realizar un trabajo verdaderamente útil y sentir así que sí compensa; y otros ya son incapaces de aguantar más y deciden abandonar la empresa. Es una decisión valiente, renunciar a un contrato fijo, un buen sueldo, una seguridad económica para intentar ejercer el periodismo como free lance o en medios alternativos. Y sin embargo, no son pocos los que lo hacen. Eso indica que, aunque el periodismo de los mass media esté agonizando, no lo está el deseo de muchos periodistas de mantener vivo el periodismo entendido como servicio público, como suministrador de información real, base de las sociedades libres.
D.: Hoy el periodismo se centra en “la última hora”...
O.R.: Si sólo se cuenta el aquí y el ahora es imposible explicar cómo las grandes potencias occidentales suelen aliarse con regímenes corruptos o de carácter fundamentalista con el único objetivo de perpetuar sus intereses en la zona. O cómo han abortado importantes iniciativas políticas en la región por la misma razón. O cómo las víctimas son doblemente víctimas: no solo sufren la violencia, la opresión, el abuso, sino que además son silenciadas porque son la constatación de que nada es como debería. Hay una obsesión por la inmediatez que impide contar el día a día, la cotidianidad, a través de la que se pueden entender tantas cosas… También hay fijación con ser el primero en contar algo; lo importante no es ser el primero, sino bien.
D.: Una de las máximas del ‘buen periodismo’ es la objetividad, sin embargo, hablas de cínico desapego en el tratamiento de guerras como la de Israel contra el pueblo palestino...
O.R.: Una cosa es la objetividad y otra cosa es la equidistancia; sin embargo, hay periodistas que las confunden a menudo y gabinetes de instituciones o gobiernos que hacen todo lo posible para que así sea. En mi opinión, es esencial que los periodistas seamos objetivos y rigurosos, pero debemos alejarnos de la equidistancia.
No se puede estar ante un crimen de guerra y tratar de presentarlo como una cuestión de discrepancias entre dos bandos enfrentados a los que presentamos al mismo nivel. Hay ocupantes y ocupados, opresores y oprimidos, víctimas y verdugos, y eso hay que contarlo como tal. No hay tantas verdades como personas. Esa idea posmoderna es absurda. Una mesa es una mesa, no una nave espacial, aunque haya miles de personas que digan que es una nave espacial. No hay relatividad que valga, no se pueden poner las cosas patas arriba y decir que eso depende de cómo se mire. Toda indiferencia es criminal, al igual que el miedo a llamar a las cosas por su nombre. Lamentablemente, sí, en el periodismo es habitual encontrarse con cierto temor al compromiso, a la denuncia. Creo que esto se debe no sólo a causas ideológicas, sino también a la ignorancia que hay en torno a ciertos temas de actualidad: si un periodista no sabe demasiado de un asunto determinado, opta por seguir los mensajes institucionales por temor a equivocarse. Y sin embargo, a pesar de ello, es cada vez más habitual que los directivos de los medios se muestren reacios a fomentar la especialización de los periodistas, lo que es terrible.
“EE UU no dejó filmar la toma de Bagdad” D.: Cuando EE UU bombardeó el hotel Palestina, estabas en la planta superior en la que estaba José Couso ¿En qué situación se encuentra la denuncia? O.R.: Soy una de los tres testigos que declaramos ante la Audiencia Nacional. Yo misma sufrí una lesión en el oído por ese ataque. Sigo estando junto a la familia Couso en la lucha por conseguir un juicio contra los presuntos culpables. Estoy convencida de que no es casualidad que atacaran en el plazo de menos de 3 horas los 3 centros de prensa independientes de Bagdad, matando a tres periodistas, hiriendo a algunos más y consiguiendo que nadie filmase las batallas de la toma de Bagdad. Y fui testigo de cómo las tropas estadounidenses habían visto en el hotel Palestine a periodistas identificados como tales ya un día y medio antes del ataque. Cuando el Gobierno español estaba en la oposición apoyó las reivindicaciones de la familia Couso Permuy y de los periodistas que exigíamos justicia para garantizar la libertad de información. Sin embargo, cuando llegó al poder ha ido desentendiéndose poco a poco. Ha pesado más la voluntad de quedar bien con EE UU que su obligación de hacer justicia a un ciudadano español. Por tanto, su actuación ha sido, cuanto menos, decepcionante.
COMPROMISO Y HASTÍO Periodista y escritora especializada en Oriente Medio, ha desarrollado mayoritariamente su carrera profesional en PRISA. Conocida especialmente por su cobertura para la Cadena SER de la guerra de Iraq en 2003, que le llevó a resultar herida por el ataque de EE UU a la prensa internacional por el que fallecieron José Couso y el ucraniano Taras Protsyuk. Además ha sido reconocida con premios como el Pluma de la Paz (2006). Últimamente por diferentes motivos personales se encuentra alejada de los medios.