7 / juin
El silencio de estas últimas semanas del mes de abril, ha quedado interrumpido por el sonido ensordecedor de los cazas israelíes que sobrevuelan, de forma intermitente, la ciudad de Nablus. Acostumbrados desafortunadamente a esta invasión acústica, los palestinos continúan con sus trabajos cotidianos. Les preocupa más la violencia más directa.
Las agresiones contra ellos por parte de los colonos del asentamiento ilegal de Yizhar, las pintadas amenazantes en la mezquita Bilal ibn Rabah, especial lugar de rezo para los palestinos por la historia que envuelve al lugar - primer almuédano que designó el profeta Mahoma para llamar a la oración a los musulmanes de La Meca en el siglo VII - y los olivos dañados en el pequeño pueblo de Huwwara, es el resultado de una política de colonización, es el resultado de una política del odio.
La Deportación.
La humillación, el insulto y una violencia deliberada son las huellas de las acciones. Y esa intimidación va en aumento alimentada por las últimas palabras del gobierno israelí. La política de tono racista del ministro de Asuntos Exteriores Avigdor Lieberman ya se esta haciendo efectiva. La nueva orden militar es contundente pero ambigua y por tanto, peligrosa en su aplicación. Con la nueva definición de “infiltrado”, se condena a la deportación a todo aquel ciudadano o ciudadana que carezca de identificación expedida por Israel ; una amenaza real que se extiende a decenas de miles de palestinos, a ciudadanos jordanos que residen en Cisjordania, a extranjeros/as casados/as con ciudadanos palestinos, a extranjeros/as que trabajen en Cisjordania. Y es que esta orden militar tiene múltiples facetas.
Hay miedo y tensión en la ciudad, y en los pueblos cercanos y en los campos de refugiados…Ya se oyen los primeros intentos de deportación. Los rumores de las dos familias afectadas por esta orden en Qalqiliya, esta en la mente de todos. Hoy llega otra noticia. Buscan a un chico en el campo de refugiados de Askar. Su origen gazaui le ha colocado en una situación de riesgo. Su familia vive en Nablus desde hace años. Sabe que van a por él. Opta por no dormir en casa. Decide quedarse a pasar la noche en su lugar de trabajo, nos relata, con profunda tristeza, su cuñada, “es más seguro, no descansa bien, pero es más seguro. No se puede ir. Aquí esta su mujer, y sus hijos…aquí estamos todos, esta su familia”. Empieza, de nuevo, la larga espera de la expulsión. Sabe que más pronto que tarde será transferido a Gaza.
La rutina del miedo y la dignidad.
Agresiones tan evidentes como ésta ya no son noticia en este campo de refugiados que, como muchos otros, está acostumbrado a lo peor, a los registros en la noche, a las detenciones arbitrarias, al cerco permanente, a la agresión israelí como norma, a la rutina del miedo. Jameel Jenawey, un chico de 19 años cuenta para Diagonal las marcas que tiene en los ojos : “un patrol israelí entró en el campo. Me dispararon desde ese carro, que era como esos jeeps que se pasean por los calles de las ciudades. Seguro que los has visto. Me he sometido a varias operaciones pero tengo las cicatrices en la cara de las dos balas. Me quedan aún las revisiones del hueso de platino que tengo aquí, ves, justo debajo del ojo…”. Nos cuenta esta historia rodeado de su familia, atento a la grabadora que registra su voz pero también pendiente del móvil. En él se pueden ver las imágenes de su rostro antes y después de las operaciones. Pero las pasa rápido. Esta más interesado en que veamos otras, las más importantes, las de su prometida. Me sorprende este chico. Cuenta este episodio de su vida como con prisa. No es determinante para él ni digno de mucha atención… “es que aquí todos tenemos una historia que contar, la mía no es más dura que las otras”. Tengo la sensación de que no es falsa modestia, es una mezcla de resignación y sencillez, de quien quiere contar para no olvidar. Nos acompaña al centro juvenil para enseñarnos la exposición-simulacro de una cárcel israelí y se despide. Se disculpa por la prisa.
Algunas organizaciones de solidaridad a nivel internacional se han hecho eco de este terrible paso a la deportación masiva. Sin embargo, son pocas las que han roto, de una u otra manera, ese silencio terrible de la comunidad internacional que, como casi siempre, calla frente al poder ocupante. Y calla porque es culpable.
Ana H. Borbolla desde Huwwara (Nablus). Palestina. Abril-Mayo 2010.
martes, 8 de junio de 2010
El silencio interrumpido
La mirada amable de las mujeres de Nablus.
Mujeres presas, mujeres cotidianas, mujeres divertidas, mujeres en sombra, mujeres volcán.
7 / junio
“Mañana voy a ver a mi hermano”, me dice Sanah en una conversación robada en la calle, a punto de terminar el open day, en un primero de mayo que invita a la celebración conjunta de madres e hijos y compañeras de trabajo.
Le lanzo algunas preguntas en el ajetreo del día y ella me va respondiendo pendiente de sus hijas. Esta feliz porque sólo puede verle una vez al año. “Lo veré y no podré tocarlo pero lo veré”, me dice con sonrisa triunfadora. Sabe que es un éxito. Otros miembros de su familia no han podido visitarlo en los siete años que lleva en la prisión de Al Naqab, centro localizado en el desierto que lleva su nombre.
Hoy en día hay más de siete mil presos palestinos en cárceles israelíes. Las condiciones carcelarias se han endurecido con el paso de los años y muchos presos no reciben una atención adecuada en el interior de estas prisiones ilegales.
La situación se complica en el caso de las mujeres. Sólo en el periodo comprendido entre noviembre de 2007 y noviembre de 2008 más de 125 han sido arrestadas o detenidas o encarceladas según el informe In need of protection. Palestinian female prisoners in israelí detention, de la organización de derechos humanos Addameer. Según este mismo documento, las mujeres detenidas son sometidas a tortura durante los traslados, quedando recluidas en cárceles diseñadas, en su mayoría, para hombres y por lo tanto, sin cumplir las mínimas normas en una infraestructura que las asemeja a animales y no personas. En la actualidad más de cien sobreviven a este castigo de privación de libertad impuesto por Israel.
Recuperar el valor del trabajo de las mujeres
Nadia se acerca para pedirme que tome algunas fotografías de los actos de ese día. Esta mujer imponente pero de gesto siempre amable es la responsable de cada detalle de estos juegos no improvisados que se desarrollan en un parque municipal de la ciudad de Nablus.
No es una mujer política, dicen, lo que le interesa es rescatar y potenciar el trabajo de las cientos de mujeres con las que trabaja desde una organización local. Habla pausadamente de los problemas que ella identifica y de las necesidades que deben abordar. Y sus palabras dan esperanza a pesar de las dificultades que dice, deben enfrentar. Y no sólo en relación con la ocupación israelí. Pero fuertemente vinculada a ésta. El miedo, la falta de expectativas para los jóvenes, un futuro de tranquilidad es lo que espera encontrar Lorette en Canada. “Ya he echado la solicitud…estaba nerviosa pero ya está, la decisión ya está tomada…”. Mira con pena a su alrededor y sabe que extrañará a gran parte de su familia y a sus vecinos pero necesita un respiro. La presión de los colonos que invaden las colinas y montañas que rodean la ciudad y las amenazas muchas veces cumplidas es, para muchos palestinos de esta zona, insostenible. “Y yo me voy por mis hijos, qué otra cosa puedo hacer”.
La expulsión de palestinos al exilio no tiene fin. No hay una orden explícita en el caso de esta mujer menuda y de amplia sonrisa. La necesidad se convierte en obligación para ella. Son sesenta y dos años de condena a vivir bajo el miedo y con la opción, el que pueda, del exilio obligado. Esta planificada política de segregación empuja al exilio a miles de familias.
Con ese miedo han vivido estos últimos días los miembros de la familia de Aida, una mujer de mirada risueña que se oscurece cuando cuenta la agresión que sufrió su hermano hace unos días, el 28 de abril, “él abrió la puerta porque se identificaron como policías…y así recibió los cortes en la cabeza, en la cara, en el brazo y en la pierna derecha”. Trata de poner en orden los hechos pero se atropella un poco, “es que él trabaja para Israel - en referencia a un pueblo del norte llamado Natania - . Es un obrero y no ha tenido opción…y quienes lo agredieron eran israelíes y le robaron el permiso y la identificación y el dinero…pero si saben que en ese sitio hay palestinos con permisos de trabajo que son legales…”. No hay elección para muchos palestinos. Así lo cree ella. “No puede elegir, porque no hay trabajo aquí…”, comenta para Diagonal esta mujer encantadora de voz clara pero temerosa.
Y miedo incontrolado es también el de Iman del campo de refugiados de Balata. Esta mujer inquieta, de mirada huidiza comenta al hilo de una conversación informal el temor a ser deportada. No sale mucho de casa porque con la nueva orden militar corre el riesgo de ser “transferida” a Gaza, de donde es originaria su familia. En su ambigüedad, esta orden consigue precisamente ese estado de continua espera que alimenta ya muchas angustias de la población palestina.
Hay desconfianza y duda pero también trabajo colectivo y entusiasmo. Y dignidad manifiesta.
Ana H. Borbolla
Nablus. Mayo 2010