Entrevista a Michael Moore
por Naomí Klein*
A continuación, los extractos más importantes del audaz diálogo que protagonizaron el director de cine norteamericano Michael Moore con la autora del best seller anti-capitalista “No Logo”, Naomi Klein, y que fuera publicado, recientemente, en las páginas del diario estadounidense The Nation. En la entrevista, Moore comenta su última película, Capitalismo, una historia de amor, un film mordazmente crítico que se interna en las raíces de la crisis financiera presente e indaga sobre la movilización social y mediática de la ultraderecha contra el gobierno del presidente de Estados Unidos Barack Obama.
-Bueno, la película es estupenda. ¡Enhorabuena! Como mucha gente ya sabe, se trata de una resuelta llamada a la rebelión contra la locura capitalista. Yo espero que tu película sirva de despertador y catalizador para que todo esto cambie.
- No sabría decir si todo eso son revueltas en favor del capitalismo o si se trata más bien de un fenómeno espoleado por dos tipos distintos de agendas políticas. Una de ellas viene del hecho de que un número importante de norteamericanos no acaba de aceptar la presidencia de un afroamericano. No creo que les guste eso a las grandes empresas.
Las compañías dedicadas al negocio de la salud y otros intereses empresariales están contribuyendo a encauzar lo que parece un estallido espontáneo de ira ciudadana.
Pero el otro componente de esto es lo que siempre he admirado de la derecha: están organizados, trabajan con abnegación, están prontos a librar sus luchas. De nuestro lado, no veo realmente esa clase de compromiso. Cuando se estaban manifestando en los mitines urbanos en agosto, esos mitines estaban abiertos a todo el mundo. ¿Dónde estaban los nuestros? Yo pensaba, ¡Huau! ¡En agosto! ¡Trata tú de organizar algo de izquierda en pleno agosto!
- ¿Y no podría deberse eso a que la izquierda, los progresistas, o como quiera que nos llamemos, hemos estado en una suerte de estado de confusión con respecto a la administración Obama?
- Sí. Y por eso necesitamos gente para articular el mensaje y ponernos a la cabeza de eso y dirigirlo. Obama, creo yo, se percata ahora de que, fuera lo que fuere lo que intentaba hacer con el bipartidismo, manteniendo en alto la rama de olivo, el otro lado no tiene el menor interés en nada que no sea la total destrucción de cualquier cosa que él proponga o trate de hacer.
Así, si (el congresista neoyorquino Anthony) Weiner o cualquier otro miembro del Congreso quiere dar un paso hacia adelante, ahora es el momento de hacerlo. Y yo desde luego estaría en la calle. Estoy en la calle. Quiero decir, que yo aprovecharía este momento, justo éste, para juntar realmente a la gente, porque creo que la mayoría del país quiere esto.
- Volviendo a Wall Street, me gustaría hablar un poco más sobre el extraño momento en que nos encontramos. Toda la rabia contra Wall Street, contra los ejecutivos de la (aseguradora) AIG, cuando la gente se manifestaba, no sé qué pasó con todo eso.Lo que yo siempre temí es que esa enorme rabia que puede verse en tu película, esa especie de insurrección ante el rescate financiero a las elites, contra las gentes que crearon el desastre, si no se canalizaba en un proyecto real para cambiar el sistema, entonces podría fácilmente reorientarse y dirigirse en contra de la gente más vulnerable en nuestra sociedad, quiero decir, los inmigrantes, degenerando en rabia racista. Lo que trato de averiguar es esto: ¿se trata de la misma rabia o crees tú que son dos corrientes completamente distintas de la cultura norteamericana? Las gentes que estaban indignadas con AIG, ¿son las mismas que expresan ahora su indignación contra Obama y el ideal de la reforma del sistema de salud?
- No creo que sea eso lo que ha pasado. No estoy nada seguro de que sea la misma gente. Por lo que he podido ver en mis viajes por todo el país cuando filmaba mi película hay algo más que está rugiendo cerca de la superficie. No puedes evitar el estallido de indignación en algún momento cuando una de cada ocho hipotecas ha terminado penalmente o con desahucio, cuando hay un desahucio cada 7,5 segundos y la tasa de desempleo sigue creciendo.
- Eso tiene su propio punto de saturación. Y lo triste de todo eso es que, históricamente, cuando todo esto ha ocurrido, la derecha ha sido capaz de manipular con éxito a quienes han sido duramente golpeados, sirviéndose de su rabia para apoyar a lo que solían llamar fascismo. ¿Qué ha pasado desde el crac? Hace un año ya.
- Yo creo que la gente sintió que, votando por Obama seis semanas después, saldría del sistema, y que Obama sería capaz de encauzar bien las cosas. Y lo cierto es que Obama promete parsimoniosamente hacer bien muchas cosas, pero luego cumple muy poquitas. Bueno, eso no quiere decir que yo no esté muy contento con ciertas cosas que le he visto hacer.
- Y tal vez sea yo un poco demasiado optimista aquí, pero Obama fue educado por una madre sola y los abuelos, y no creció con dinero. Y aunque fue lo suficientemente afortunado para ir a Harvard y licenciarse, no fue allí para estudiar algo que pudiera hacerles rico y decidió trabajar en los barrios de la ciudad de Chicago. ¡Ah! Y decidió cambiar su nombre, para volver a lo que figuraba en su certificado de nacimiento: Barack. Lo que no es precisamente el paso que daría alguien que pensara en convertirse en político.
Así que, creo yo, nos ha mostrado a lo largo de su vida muchas cosas reveladoras de dónde está su corazón, y durante la campaña electoral tuvo el desliz de decirle a Joe el Fontanero, que creía en la distribución equitativa de la riqueza. Obama tendrá que hacer más para destruir lo que ha de ocurrir en este país en términos de participación en su democracia. Así que espero que entienda la carga que lleva sobre sus espaldas y haga lo correcto.
Bien, me gustaría pincharte un poco más al respecto, porque entiendo lo que dices sobre el modo en que Obama ha vivido su vida y, desde luego, sobre el carácter que parece tener. Pero, después de un año, todavía no ha puesto en vereda a Wall Strett. Nombró a (Ben) Bernanke.
Exactamente.
- Entonces, lo que me preocupa es esta obsesión por psicoanalizar siempre a Obama y lo que yo oigo decir a menudo es que estos tíos lo traen engañado. Pero estos tíos los ha elegido él, y por qué no juzgarle por sus acciones y decir: “Esto es cosa de él, no de ellos”.
- Estoy de acuerdo. No creo que lo traigan engañado; creo que es más listo que ellos. Cuando acababa de nombrarlos, yo estaba acabando de entrevistar a un ladrón de bancos que no actuaba como tal en la película, pero que es un ladrón de bancos que contratan los grandes bancos como asesor para evitar robos bancarios.
Bueno, pues para no caer en una desesperación negra y profunda, esa noche me dije a mí mismo: ¡Eso es lo que está haciendo Obama! ¿Quién mejor que quien lo creó para sacarnos del atolladero? Los ha subido al carro para poner orden en el desastre que ellos mismos causaron. Sí, sí. Eso es. Eso es. Repite conmigo: “Hogar, dulce hogar”.
- Y ahora resulta que se les subió al carro para que siguiera el latrocinio.
En efecto. Ahora es Obama quien tiene que mover pieza.
- De acuerdo. Hablemos un poco más de la película. Te vi con (Jay) Leno y me llamó la atención que una de las primeras preguntas que te hizo fue para plantearte esta objeción, que lo malo no es el capitalismo, sino la codicia. Y eso es algo que oigo muchas veces, esta idea de que la codicia o la corrupción es una especie de aberración de la lógica del capitalismo y no el motor y la pieza central del capitalismo. Y creo que, probablemente, eso es lo que se oirá a propósito de la soberbia secuencia que se dedica en tu película a los jueces corruptos de Pensilvania que enviaban a chicos a prisiones privadas a cambio de sobornos. Creo que la gente dirá: eso no es capitalismo, eso es corrupción. ¿Por qué resulta tan difícil ver la conexión? ¿Qué les dices tú a la gente que te viene con esto?
- Bueno, la gente quiere creer que no es el sistema económico lo que está en la base de esto. Ya sabes, la idea de las manzanas podridas. Pero el hecho pertinente que está en la base, como le dije a Jay (Leno), es que el capitalismo es la legalización de esta codicia. La codicia ha estado entre los seres humanos desde siempre.
- Hay un buen número de cosas en nuestra especie que podrías llamar el lado obscuro, y la codicia es una de ellas. Si no pones por obra determinadas estructuras o restricciones en esas partes de nuestro modo de ser que vienen de ese lado obscuro, entonces se salen de madre. El capitalismo hace lo contrario.
No sólo no le pone restricción alguna, sino que la estimula, la recompensa.Me planteo esta cuestión a diario, porque la gente se queda muy sorprendida al final de mi película al oírme decir que hay que eliminarla completamente. “¿Qué hay de malo en ganar dinero? ¿Por qué no puedo abrir una zapatería?”, me dicen. Y me doy cuenta de que, como no se nos enseña economía en el bachillerato, no pueden entender qué significa todo esto.
El asunto es que cuando tienes capitalismo, el capitalismo te incentiva para que pienses en formas de ganar dinero o de ganar más dinero. Y los jueces jamás habrían podido llegar a recibir sobornos, si el condado no hubiera antes privatizado la reclusión juvenil.
Pero como en los últimos veinte años ha habido tal deriva en la privatización de los servicios públicos, que han sido sacados de nuestras manos y puestos en manos de gentes cuya única preocupación es la responsabilidad fiduciaria contraída con sus accionistas o con sus propios bolsillos, pues eso lo ha puesto todo patas arriba.
- Lo que a mí me resulta más conmovedor de la película es tu muy convincente montaje sobre los puestos de trabajo gobernados democráticamente como alternativa a este capitalismo de ‘saquea y lárgate’. Me pregunto si cuando viajas por ahí constatas interés por esa idea.
- A la gente le gusta esta parte de la película. Pero, claro, yo lo he montado en la película como un asunto patriótico. Si crees en la democracia, la democracia no puede consistir en votar cada dos o cuatro años. Tiene que formar parte de cada día de tu vida.
- Hemos logrado grandes cambios en muchas relaciones e instituciones, porque decidimos que la democracia es un modo mejor de organizar. Pero dedicamos entre ocho y doce horas diarias de nuestras vidas a trabajar, y en el puesto de trabajo no tenemos voz ni voto.
Creo que cuando los antropólogos nos excaven dentro de 400 años –si llegamos a tanto–, se dirán: “Mira tú, estos tíos; pensaban que eran libres, decían vivir en democracia, pero se pasaban diez horas al día en una situación totalitaria y permitían que el uno por ciento más rico de la población tuviera más riqueza financiera que la suma de riquezas del 99 por ciento situado en los tramos inferiores”. Se van a reír de nosotros.
- Pero una de las mayores resistencias a las cooperativas de trabajadores que yo me he encontrado en mis investigaciones no viene de gobiernos o empresas renuentes, sino de los propios sindicatos. Obviamente, hay excepciones, como el sindicato que aparece en tu película, United Electrical Workers, que se mostraba realmente abierto a la idea de que la fábrica de Republic Windows & Doors se convirtiera en una cooperativa, si los trabajadores así lo querían. Pero en la mayoría de los casos, sobre todo en lo que hace a los sindicatos grandes, tienen su guión, y cuando se cierre una fábrica, su labor consiste en que el trabajador reciba una gran indemnización por la pérdida del puesto de trabajo, tan grande como se pueda. Y tienen una dinámica que opera con este postulado: los más poderosos, los que toman las decisiones, son los propietarios. Tú tuviste una sesión de estreno de la película en el congreso de (la mayor federación sindical de los Estados Unidos, la) AFL-CIO. ¿Viste a sus dirigentes receptivos a esta idea? ¿Están abiertos o te dijeron: “Eso es irrealizable”?
- La otra noche estaba sentado en un teatro con cerca de 1.500 delegados del congreso de la AFL-CIO y yo estaba un poco nervioso cuando iba acercándose el momento de esta parte de la película. Yo me temía que la gente se quedara un poco fría aquí. Todo lo contrario. Lo festejaron. Un par gritaron: “¡Eso es, exactamente eso es lo que hay que hacer!”.
Yo creo que los sindicatos, llegados a este punto, se han visto tan derrotados, que están abiertos a nuevas formas de pensar y a ciertas ideas nuevas. La verdad es que me animó mucho ver eso.
- Volviendo al asunto de hace un ratito, a la incapacidad de la gente para comprender teoría económica básica: en tu película hay una gran escena en la que no consigues que nadie, por instruido que sea, pueda explicar lo que es un derivado financiero.
- Entonces, la cosa no tiene que ver con instrucción básica. Lo que pasa es que se usa la complejidad como un arma contra el control democrático de la economía. Tal era el argumento de (Alan) Greenspan: que los derivados financieros eran tan complicados, que los legisladores no podían regularlos.
Es casi como si se necesitara de un movimiento en favor de la simplicidad en los asuntos económicos y financieros, algo en lo que Elisabeth Warren, la congresista que encabeza la vigilancia crítica de los procesos de rescate, ha venido insistiendo: la necesidad de simplificar la relaciones de las gentes con los prestamistas.
- ¿Que gente como Warren exista, te da esperanzas?
- Totalmente.
- ¿Puedo sugerir una candidatura presidencial para 2016 o para 2012, si Obama nos falla? Marcy Kaptur (congresista por Ohio) y Elisabeth Warren. Me encanta. Son las heroínas de tu película. Votaría por esa candidatura. Estaba pensando en cómo rotular esta entrevista y lo que voy a sugerirle a mi editor es: “El maestro norteamericano”, porque la película es un increíble modelo de educación popular al viejo estilo. Una de las cosas que cuenta mi colega en The Nation, Bil Greider, es que no se estila más este tipo de educación popular. Los sindicatos destinaban antes una parte de su presupuesto a enseñar este tipo de cosas a sus miembros, para hacerles accesibles la teoría económica y lo que pasa en el mundo. Ya sé que tú te ves a ti mismo como alguien que entretiene y divierte, pero me pregunto si te ves también como un maestro.
-Me honra que uses este término. Me gustan los maestros.
Naomí Klein
Periodista Canadiense, autora de "No Logo" y "Vallas y Ventanas"
Fuente Motor de Ideas (Argentina)
viernes, 14 de mayo de 2010
“El capitalismo es la legalización de la codicia”
martes, 9 de marzo de 2010
La viga socialista chilena
Naomi Klein
www.naomiklein.org
Desde que la desregulación causo un colapso económico de ámbito mundial en septiembre del 2008 y todo el mundo se convirtió de nuevo al keynesianismo, no ha sido sencillo ser un seguidor fanático del economista Milton Friedman. Está tan ampliamente desprestigiada la marca de los fundamentalistas del libre mercado que sus seguidores han desarrollado una creciente desesperación por reclamar victorias ideológicas aunque sean nulamente convincentes.
Tenemos un ejemplo particularmente desagradable a mano. Sólo dos días después de que Chile fuera golpeado por un devastador terremoto, el columnista del Wall Street Journal Bret Stephens informaba a sus lectores de que “seguramente el espíritu...” de Milton Friedman” ... planeaba de manera protectora sobre Chile” porque,” gracias en gran parte a él, el país ha resistido una tragedia que en otro lugar habría sido un apocalipsis... No es por casualidad que los chilenos vivieran en casas de ladrillo –y los haitianos en casas de paja- cuando el lobo llegó y trató de derrumbarlas”.
Según Stephens, las radicales políticas de libre mercado prescritas al dictador Augusto Pinochet por Milton Friedman y sus tristemente célebres “Chicago Boys” son la razón de que Chile sea una próspera nación con “una de las más estrictas normativas de construcción del mundo.”
Hay un problema bastante grande con esta teoría. La normativa de construcción antiseísmos, redactada para resistir terremotos, se promulgó en 1972. Ese año es de un significado enorme porque fue un año antes de que Pinochet alcanzara el poder con un sangriento golpe apoyado por Estados Unidos. Esto significa que la persona que merece el elogio por la ley no es Friedman, o Pinochet, sino Salvador Allende, presidente socialista democráticamente elegido de Chile. (En verdad muchos chilenos merecen el elogio pues las leyes fueron la respuesta a una larga historia de terremotos, y la primera ley fue promulgada en 1930).
Parece significativo, por otra parte, que la ley se pusiera en marcha en mitad de un paralizante embargo económico (“haced gritar de dolor a la economía” famoso gruñido de Richard Nixon después de que Allende ganara las elecciones de 1970). La normativa se instauró al día después en los noventa, bastante después de que Pinochet y los Chicago Boys estuvieran, finalmente, fuera del poder y la democracia fuera restaurada. Una pequeña cuestión: como señala Paul Bruman, Friedman era ambivalente acerca de las normativas de construcción viéndolas como otro atentado contra la libertad capitalista.
En cuanto al argumento de que las políticas de Friedman son la razón de que los chilenos vivan en “casas de piedra” en vez de “paja” está claro que Stephens no sabe nada del Chile pre-golpe. El Chile de los sesenta tenía los mejores sistemas educativo y sanitario del continente a la vez que un dinámico sector industrial y una clase media en rápida expansión. Los chilenos creían en su sistema por lo cual eligieron a Allende para llevar el proyecto aun más lejos.
Después del golpe y la muerte de Allende, Pinochet y sus Chicago Boys hicieron todo lo posible para desmantelar el sector publico de Chile, subastando empresas del Estado y desmembrando las regulaciones financieras y comerciales. Se creó enorme riqueza durante este periodo, pero a un costo terrible: en los primeros ochenta las políticas, prescritas por Friedman, de Pinochet habían causado una rápida desindustrialización, una multiplicación del desempleo por diez y el surgimiento explosivo de inestables y visibles zonas de infraviendas. Llevaron también a una crisis de corrupción y a una deuda tan fuerte que, en 1982, Pinochet se vio forzado a cesar a sus consejeros clave entre los Chicago Boys y a nacionalizar varias de las grandes instituciones financieras desreguladas (¿Suena familiar?)
Afortunadamente, los Chicago Boys no se las apañaron para deshacer todo lo que Allende consiguió. La compañía nacional de cobre, Cudelco, siguió en manos del Estado, extrayendo riqueza para las arcas públicas e impidiendo a los Chicago Boys hacer explotar del todo a la economía chilena. Tampoco llegaron a desmantelar la dura normativa de construcción de Allende, una pasada por alto ideológica de la que todos deberíamos estar agradecidos.
Fuente: www.naomiklein.org/articles/2010/03/chiles-socialist-rebar
miércoles, 24 de febrero de 2010
Haití un acreedor, no un deudor
Naomi Klein
The Nation
Si creemos a los ministros de Finanzas del G-7, Haití está a punto de conseguir algo que se merecía desde mucho tiempo atrás: el "perdón" total de su deuda externa. En Puerto Príncipe, el economista haitiano Camille Chalmers ha estado siguiendo estos acontecimientos con un optimismo cauto. La cancelación de la deuda es un buen comienzo, dijo a Al Jazeera en su versión anglo, pero “es tiempo de ir más allá. Tenemos que hablar sobre reparaciones e indemnizaciones por las devastadoras consecuencias de la deuda”.
En su declaración, la idea de que Haití es un país deudor, necesita ser abandonada. Haití, argumenta, es un acreedor –y somos nosotros, en Occidente, quienes estamos demorados en el pago de nuestras obligaciones-.
Nuestra deuda con Haití proviene principalmente de cuatro fuentes: la esclavitud, la ocupación estadounidense, la dictadura y el cambio climático. Estos reclamos no son fantasiosos, ni puramente retóricos. Se basan en múltiples violaciones de normas y acuerdos legales. Aquí, aunque demasiado brevemente, se ofrecen algunos aspectos destacados del caso haitiano.
- La deuda de la esclavitud. Cuando los haitianos ganaron su independencia de Francia en 1804, tuvieron todo el derecho de reclamar reparaciones a los poderes que se habían aprovechado durante trescientos años del trabajo robado. Francia, de todos modos, estaba convencida de que habían sido los haitianos quienes habían robado la propiedad de los dueños de esclavos negándose a trabajar gratuitamente. Por ello, en 1825, con una flota de barcos de guerra amarrados en la costa haitiana amenazando con volver a esclavizar la antigua colonia, el rey Carlos X vino a recolectar: 90 millones de francos en oro –diez veces la renta anual de Haití en ese momento-. Sin capacidad para negarse, y sin posibilidades de pagar, la joven nación fue amarrada a una deuda que tardaría 122 años en saldarse.
En 2003 el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide, enfrentado a un agobiante embargo económico, anunció que Haití demandaría al gobierno francés por el robo perpetrado tiempo atrás. “Nuestro argumento”, me dijo el ex abogado de Aristide, Ira Kurzban, “fue que el contrato era un acuerdo sin validez porque estuvo basado en la amenaza de re-esclavización en tiempos en los que la comunidad internacional consideraba la esclavitud como un mal”. El gobierno francés estuvo lo suficientemente preocupado como para enviar un mediador a Puerto Príncipe para que mantuviese el caso fuera de los tribunales. Finalmente, sin embargo, su problema fue eliminado: mientras se llevaban a cabo los preparativos del juicio Aristide fue derrocado. El juicio desapareció, pero para muchos haitianos los reclamos de reparación aún continúan.
- La deuda de la dictadura. Desde 1957 a 1986, Haití estuvo gobernado por el régimen desafiantemente cleptocrático de Duvalier. A diferencia de la deuda francesa, el caso contra Duvalier se expuso en varios tribunales que rastrearon los fondos haitianos hasta una elaborada red de cuentas bancarias en Suiza y fastuosas propiedades. En 1988 Kurzban ganó un juicio clave contra Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier cuando una Corte de Distrito en Miami dictaminó que el depuesto gobernante había “malversado más de 504 millones de dólares de fondos públicos”.
Los haitianos, por supuesto, aún siguen esperando la restitución de ese dinero –pero este fue sólo el comienzo de sus pérdidas-. Durante más de diez años los acreedores del país insistieron en que los haitianos debían pagar las astronómicas deudas contraídas por Duvalier, estimadas en 844 millones de dólares, gran parte de las cuales pertenecían a instituciones como el FMI y el Banco Mundial. Sólo en servicios de deuda, los haitianos tienen que pagar 10 millones de dólares por año.
¿Era legal para los prestamistas extranjeros cobrar las deudas de Duvalier siendo que gran parte de ellas nunca se gastaron en Haití? Muy probablemente no. Como me afirmó Cephas Lumina, el experto independiente en deuda externa de las Naciones Unidas, “el caso de Haití es uno de los mejores ejemplos de deuda odiosa en el mundo. Sólo sobre esa base la deuda debería ser cancelada incondicionalmente”. Pero aún si Haití viera cancelada la totalidad de su deuda (y destaco el si), esto no extinguiría su derecho a ser compensado por las deudas ilegales que ya se contrajeron.
- La deuda climática. Apoyado por muchos países en vías de desarrollo en la cumbre sobre cambio climático de Copenhague, el caso de la deuda climática es sencillo. Los países ricos que han fallado tan espectacularmente en resolver la crisis climática que han causado tienen una deuda con los países en desarrollo que han contribuido poco a la crisis pero que padecen sus efectos de manera desproporcionada. En resumen, quien contamina, paga. Haití tiene un argumento irrefutable. Su contribución al cambio climático ha sido insignificante; las emisiones de carbono per capita de Haití representan sólo el 1% de las emisiones de los Estados Unidos. Aun así, Haití está entre los países más afectados –de acuerdo con un índice, sólo Somalia es más vulnerable al cambio climático-.
La vulnerabilidad de Haití al cambio climático no se debe sólo –ni siquiera principalmente- a su geografía. Efectivamente el país enfrenta tormentas cada vez más devastadoras. Pero es la débil infraestructura de Haití la que convierte situaciones de alerta en desastres, y los desastres en completas catástrofes. El terremoto, a pesar de que no tiene relación con el cambio climático, es un excelente ejemplo. Y aquí es donde todos esos pagos de deudas ilegales pueden tener su costo más devastador. Cada pago a un acreedor extranjero es dinero que no se utilizó para construir un camino, una escuela, una línea eléctrica. Y esa misma deuda ilegítima incrementa el poder del FMI y del Banco Mundial para imponer onerosas condiciones para cada nuevo préstamo, requiriendo que Haití desregule su economía y achique aún más su sector público. Al fallar en el cumplimiento de esas condiciones fue castigado con un embargo de la ayuda desde 2001 hasta 2004, las campanas de muerte para la esfera pública haitiana.
Esta historia precisa ser confrontada ahora, porque amenaza con repetirse. Los acreedores de Haití ya están utilizando la desesperada necesidad de ayuda por el terremoto para presionar por la quintuplicación de la producción en el sector textil, uno de los trabajos más explotadores en el país. Los haitianos no tienen mucho prestigio en estas conversaciones, porque se les considera receptores pasivos de ayuda, no participantes dignos y plenos en un proceso de reparación e indemnización.
Un cálculo sobre las deudas que el mundo tiene con Haití podría cambiar radicalmente su dinámica venenosa. Aquí es donde comienza el verdadero camino hacia la reparación: mediante el reconocimiento del derecho de los haitianos a ser reparados.
Naomi Klein es una premiada periodista y sindicada columnista y autora del bestseller La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre (septiembre 2007); un bestseller internacional previo fue No-Logo: el poder de las marcas (2002); y la colección Vallas y ventanas: despachos desde las trincheras del debate sobre la globalización (2002).
Fuente: http://www.thenation.com/doc/20100301/klein
Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider
domingo, 17 de enero de 2010
"La crisis en Haití ofrece oportunidades de intervención a EEUU"
Declaraciones de la escritora y periodista Naomi Klein en el programa de Amy Goodman
17-01-2010
Naomi Klein
Democracy now!
Traducido para Rebelión por Michael Friedman
Intervención de Naoimi Klein el jueves pasado, 14 de enero, en el programa de Amy Goodman Democracy Now!, sobre los sucesos de Haití y sobre quienes ya se están lucrando con la tragedia.
Como escribí en "The Shock Doctrina" ("La doctrina del choque"), se aprovechan las crisis como pretexto para imponer las políticas que no se pueden llevar a cabo en condiciones de estabilidad. Durante los períodos de crisis extremas, los pueblos están desesperados por recibir ayuda humanitaria de cualquier índole, cualquier forma de financiamiento, y no se encuentran en una posición favorable para negociar los términos de esa ayuda.
Y quiero hacer una digresión momentánea para leerles un documento extraordinario, que acabo de publicar en mi Website. El titular dice "Haití: detenerles antes que impongan el 'choque' otra vez". La información fue presentada hace unas pocas horas en la Web de la Heritage Foundation (una fundación o "think-tank" de la élite de la clase dominante estadounidense que formula las políticas e ideologías implementadas por los gobiernos de turno).
"En medio del sufrimiento, la crisis en Haití ofrece oportunidades a EEUU. Además de proporcionar ayuda humanitaria inmediata, la respuesta de EEUU ante el trágico terremoto ofrece la oportunidad para reestructurar el gobierno y ela conomía de Haití, disfuncionales desde hace tiempo, además de mejorar el imagen de EEUU en esa región". Y el documento sigue.
No sé si las cosas están mejorando, pués la Heritage Foundation respondió a los 13 días del huracán Katrina con 32 propuestas neoliberales para ayudar a los damnificados de aquel desastre. Publicamos ese documento, también, en nuestra Web. Sus propuestas para las víctimas de Nueva Orléans resultaban en el cierre de de las viviendas públicas, convertir la costa del Golfo de México en una zona franca y eliminar las leyes que obligaron a que los empresarios pagaran un salario mínimo a sus empleados. Entonces tardaron trece días en formular esa recomendación en el caso de Katina, pero no esperaron ni 24 horas en el caso de Haití.
Digo que 'no sé si están mejorando las cosas' porque quitaron ese documento de su sitio hace dos horas. Entonces, a lo mejor alguien les informó de que no estaba bien. Y pusieron un documento mucho mas sensible. Afortunadamente, los corresponsales de Democracy Now! lograron descubrir el documento anterior en un caché de Google. Pero lo que vieron en el sitio es la parte mas suave, de "Lo que hay que tener en cuenta mientras ayudamos a Haití". Enterrado abajo, se encuentra el planteamiento de que "ya van muy atrasadas las reformas necesarias para la democracía y economía haitianas".
Para nosotros, es preciso garantizar que que la ayuda que llega a Haití asuma la forma de subvenciones y no de préstamos. Ésta es crítica. Se trata de un pueblo ya agobiado por la deuda externa. Este desastre, como djo Amy, por un lado es natural, un terremoto, pero por otro lado es una creación y está empeorado por el empobrecimiento de los haitianos en la profundización de lo cual son cómplices nuestros gobiernos. Los desastres naturales son peores en los países como Haití, por ejemplo, debido a la erosión del suelo, que se produce cuando cuando la pobreza obliga a que los sectores marginados construyan sus viviendas en condiciones precarias. Como resultado, las casas se derriban facilmente. Todos estos fenómenos estan entretejidos. Pero no podemos permitir en ningún momento que esta tragedia -en parte natural y en parte artificial- se utilice para endeudar más a Haití ni para impulsar políticas que favorecen nuestras corporaciones. Y esta no es una teoría de conspiraciones. Lo han hecho en una ocasión tras otra.
Fuente: http://i3.democracynow.org/2010/1/14/naomi_klein_issues_haiti_disaster_capitalism
martes, 29 de diciembre de 2009
Copenhague, el valor de decir no
29-12-2009
Naomi Klein
The Nation
En el noveno día de la conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático, África fue sacrificada. La posición del bloque negociador del G-77, que incluye los estados africanos, había sido clara: un incremento de 2 grados centígrados en la temperatura global promedio se traduce en un incremento de 3 a 3.5 grados en África.
Esto implica, según la Alianza Panafricana por la Justicia Climática, que 55 millones de personas adicionales podrían estar en riesgo por pasar hambruna y el estrés hídrico podría afectar a entre 350 y 600 millones de personas adicionales. El arzobispo Desmond Tutu plantea así lo que está en riesgo: Nos enfrentamos a un inminente desastre a una escala monstruosa... una meta global de cerca de 2 grados centígrados va a condenar a África a la incineración y a ningún desarrollo moderno.
Y, sin embargo, eso es justo lo que el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi, propuso que se hiciera, cuando estuvo en París, de paso hacia Copenhague: parado al lado del presidente Nicolás Sarkozy, aseguró que hablaba en nombre de toda África (encabeza el grupo africano de negociaciones en torno al clima) y reveló un plan que incluye el temido incremento de 2 grados y ofreció a los países en desarrollo sólo 10 mil millones de dólares anuales para ayudar a pagar todo lo relacionado con el clima, desde diques hasta el tratamiento contra la malaria y la lucha contra la desforestación.
Es difícil creer que sea el mismo hombre que hace sólo tres meses decía: Usaremos nuestras cifras para deslegitimar cualquier acuerdo que no sea consistente con nuestra posición base... Si se requiere, estamos preparados para retirarnos de cualquier negociación que amenace con ser otra violación de nuestro continente... No estamos dispuestos a vivir con un calentamiento global mayor al mínimo nivel evitable.
Y también decía: Participaremos en las próximas negociaciones, no como suplicantes que defienden su caso, sino como negociadores que defienden sus puntos de vista e intereses.
Todavía no sabemos qué obtuvo Zenawi por cambiar su tono tan radicalmente, o exactamente cómo se va de una posición que hace un llamado a destinar 400 mil millones de dólares en financiamiento (la posición del grupo de África) a escasos 10 mil millones. De igual manera, no sabemos qué pasó cuando la secretaria estadunidense de Estado, Hillary Clinton, se reunió con la presidenta filipina Gloria Arroyo semanas antes de la conferencia y de pronto echaron de su delegación a los más duros negociadores filipinos, y el país, que había demandado profundas reducciones del mundo rico, de pronto se alineó.
Sí sabemos, luego de observar una serie de estos discordantes y radicales cambios de opinión, que las potencias del G-8 estaban dispuestos a hacer prácticamente lo que fuera por obtener un acuerdo en Copenhague. La urgencia claramente no proviene de un ardiente deseo de evitar el cataclísmico cambio climático, ya que los negociadores saben que las irrisorias reducciones de las emisiones que proponen son una garantía de que las temperaturas se incrementarán 3,9 grados, cifra dantesca, como la describió Bill McKibben.
Matthew Stilwell, del (Instituto para la Gobernanza y el Desarrollo Sustentable) –uno de los más influyentes asesores en estas pláticas–, dice que las negociaciones en realidad no tratan de evitar el cambio climático, sino son una batalla campal sobre un recurso profundamente valioso: el derecho al cielo. La cantidad de carbono que puede ser emitida a la atmósfera es limitada. Si los países ricos no consiguen reducir radicalmente sus emisiones, entonces se estarán tragando la de por sí insuficiente porción disponible para el sur. Lo que está en juego, argumenta Stilwell, es nada menos que la importancia de compartir el cielo.
Diversas ONG internacionales han lamentado que la pasada conferencia de la Organización de Naciones Unidas sobre cambio climático celebrada en Copenhague no arrojara un acuerdo de tipo vinculante para la reducción de emisiones de efecto invernadero. En la imagen, una planta de energía en Bella Center, cerca de la ciudad danesa que fue sede de la cumbre Foto Ap
Europa, dice, comprende cabalmente cuánto dinero será ganado en el mercado del carbono, debido a que lleva años usando el mecanismo. Los países en desarrollo, por otro lado, nunca han lidiado con restricciones de carbono, así que muchos gobiernos no se dan cuenta de lo que están perdiendo. Al contrastar el valor del mercado de carbono –1,2 billones de dólares anuales, según el destacado economista británico Nicholas Stern– con la irrisoria cantidad de 10 mil millones de dólares puestos sobre la mesa para los países en desarrollo, Stilwell dice que los países ricos intentan cambiar cuentas y cobijas por Manhattan. Añade: Éste es un momento colonial. Por eso se hizo todo para que los jefes de Estado accedieran a un acuerdo de este tipo... Luego no hay vuelta atrás. Repartieron el último recurso que quedaba sin dueño y lo asignaron a los prósperos.
Durante meses, las ONG se sumaron al mensaje de que la meta de Copenhague era sellar el acuerdo. A todos lados donde volteáramos en el Bella Center, los relojes hacían tic tic tic. Pero no bastaba cualquier acuerdo, sobre todo porque el único acuerdo sobre la mesa no resolvería la crisis climática y podría empeorar las cosas: recoger las actuales desigualdades entre el norte y el sur y sellarlas indefinidamente. Augustine Njamnshi, de la Alianza Panafricana por la Justicia Climática, se refiere en duros términos a la propuesta de los 2 grados: “No se puede decir que se propone una ‘solución’ al cambio climático si esa solución provocará que millones de africanos mueran y si los pobres, no quienes contaminan, siguen pagando por el cambio climático”.
Stilwell dice que un acuerdo erróneo sellaría un enfoque equivocado hasta 2020, mucho después de la fecha límite para las emisiones pico. Pero insiste en que no es demasiado tarde para evitar el peor de los escenarios. Preferiría esperar seis meses o un año y hacer bien las cosas, porque la ciencia avanza, la voluntad política crece, la comprensión de la sociedad civil y de las comunidades afectadas crece, y estarán preparadas para asegurar que sus dirigentes se comprometan con el acuerdo correcto.
Al comienzo de estas negociaciones, la simple idea de un retraso era herejía ambiental. Pero ahora muchos ven el valor de reducir la velocidad y hacer bien las cosas. Fue significativo que, luego de describir lo que 2 grados implicaría para África, el arzobispo Tutu enunciara que más vale ningún acuerdo que un mal acuerdo. Eso podría ser lo mejor que podríamos esperar de Copenhague. Sería un desastre político para algunos jefes de Estado, pero podría ser una última oportunidad para evitar el verdadero desastre para todos los demás.
© 2009 Naomi Klein. www.naomiklein.org.
Publicado primero en The Nation.
Traducciónpara La Jornada: Tania Molina Ramírez
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2009/12/28/index.php?section=opinion&article=016a1mun
jueves, 17 de diciembre de 2009
Recordatorio para los daneses: Ni siquiera vosotros podéis controlar esta cumbre
17-12-2009
Naomi Klein
www.naomiklein.org
Traducido para Rebelión por Andrés Prado
El sábado por la noche, después de una semana de vivir de los bares de snacks del centro de conferencias, unos cuantos de nosotros fuimos invitados a una deliciosa cena casera con una familia danesa de carne y hueso. Tras pasar la velada atónitos ante sus muebles de estilo, algunos de nosotros sentíamos curiosidad: ¿por qué los daneses son tan buenos en diseño?
“Somos frikis del control”, respondió inmediatamente nuestro anfitrión. “Viene de ser un país pequeño con no mucho poder. Tenemos que controlar lo que podamos.”
Cuando va de producir accesorios lumínicos absurdamente atractivos y sillas de escritorio alucinantemente confortables, esta forma danesa de desplazamiento (1) es clarísimamente algo muy bueno. Cuando va de organizar una cumbre mundial con intención de cambio, la necesidad de los daneses por el control se convierte en un serio problema.
Los daneses han invertido una cantidad enorme de dinero en el co-branding (2) de su ciudad capitolio (ahora “Hopenhagen” (3)) con una cumbre que supuestamente salvará el mundo. Eso estaría bien si esta cumbre de verdad estuviera en el camino de salvar el mundo. Pero como no es así, los daneses están intentando frenéticamente rediseñarnos.
Tomemos como ejemplo las protestas del fin de semana. Al final, alrededor de 1.100 personas han sido arrestadas. Esto es simple y llanamente una barbaridad. La manifestación del sábado, con aproximadamente 100.000 personas, tuvo lugar en un momento crucial de las negociaciones sobre el clima en el que todos los indicios apuntaban a un fracaso de las mismas o a un acuerdo peligrosamente débil. La marcha fue festiva y pacífica pero también tenaz. “El clima no se negocia” era el mensaje, y los negociadores occidentales necesitaban oírlo.
Cuando un puñado de personas empezó a lanzar piedras y a hacer estallar granadas sonoras (no, no fueron “disparos” como el Huffington Post alarmantemente informó), los manifestantes lo resolvieron por sí mismos pidiendo a la gente responsable de los hechos que abandonara la protesta, cosa que hicieron rápidamente. Yo estaba en ese lugar de la manifestación y aquello apenas interrumpió la conversación que estaba teniendo. Llamar a esto “disturbios”, como hizo absurdamente el British Telegraph, no es justo para los auténticos alborotadores y creadores de disturbios, de los que hay muchos en Europa.
Da igual. Los polis de Copenhague usaron un pequeño cristal roto como pretexto para detener a casi mil personas, haciendo lo propio con otras cien al día siguiente. Cientos de estos arrestados fueron acorralados juntos, forzados a sentarse en el helado pavimento durante horas, con las manos esposadas (y algunos tobillos también). De acuerdo con el organizador Tadzio Müller, ésta no fue la gente que lanzó piedras pero “el trato fue humillante”, orinándose encima algunos de los detenidos por no permitirles que se movieran.
Los arrestos, parte de un patrón reproducido durante toda la semana, sonaban como un aviso: no se tolerarán desvíos del mensaje “Hopenhagen”.
Dentro de la cumbre oficial, los delegados se congregaban alrededor de televisores de pantalla plana para ver a la policía empujar a los manifestantes contra la pared y romper la marcha. A algunos debió sonarles de algo. Después de todo, eso es en esencia lo que el gobierno danés y otras potencias occidentales han estado haciendo aquí durante toda la semana: intentar romper el bloque de los países en desarrollo, el G77, usando las clásicas tácticas del divide y vencerás, incluyendo la de empujar contra la pared a Estados especialmente vulnerables con ofertas exclusivas.
No habiendo sacado nada en claro del “texto danés filtrado”, esta tarde tuvo lugar una reunión a la que fueron invitados 40 Estados para cocinar un acuerdo; el resto de los 192 Estados representados no tienen ni idea de lo que han decidido – difícilmente es esto la democracia que la ONU había prometido.
La prueba definitiva sobre el asunto del control danés tendrá lugar el miércoles en la acción de Reclamo de Poder. Por la mañana marcharán los manifestantes hacia el Bella Center para exigir soluciones reales a la crisis climática, no la confusa matemática ni el comercio de carbono de oferta del interior. A los delegados ahí dentro que piensan de la misma manera –y los hay a miles- se les está invitando a unirse a los manifestantes.
Si todo va bien, en algún lugar cerca del Bella Center tendrá lugar una “asamblea del pueblo”, una oportunidad para resaltar algunas de las muchas soluciones de sentido común que se han obviado en las negociaciones, incluyendo la de dejar las arenas de alquitrán (4) de Alberta donde están y el pago de “reparaciones” climáticas.
Los organizadores del Reclamo de Poder han establecido con claridad que están comprometidos con una desobediencia civil no violenta. Incluso si son atacados por la policía, no responderán con violencia. Aún así, el espectro de una disidencia fuera de todo guión que desvíe la atención de la conferencia oficial del miércoles tiene locos, sin duda, a nuestros anfitriones daneses.
Esperemos que no se enfrenten a sus rollos sobre el control intentando amontonar a todo el mundo en gallineros: los manifestantes lejos del Bella Center, los delegados encerrados dentro. Porque esta acción –más que cualquier cosa que haya pasado hasta ahora– tiene el potencial de enviar un claro y mucho más necesario mensaje al mundo: sólo un acuerdo dictado por la ciencia y la justicia tendrá efecto.
Así que un recordatorio para nuestros anfitriones daneses: desde luego que Copenhague es vuestra ciudad, y nos encantáis por vuestras bicis y vuestros molinos. Pero el planeta es de todos. Dejad de diseñar la fotografía con nosotros fuera de ella.
Notas del Traductor:
(1) Psicoanálisis la transferencia inconsciente de una emoción intensa de un objeto a otro.
(2) El concepto convencional de "co-branding" es el de asociación de dos
marcas con el fin de potenciar el valor y la rentabilidad de las mismas.
(3) Juego de palabras con el nombre de la ciudad y el verbo “Hope”: tener esperanza
(4) También llamadas arenas bituminosas o arenas de petróleo
Fuente: http://www.naomiklein.org/articles/2009/12/memo-danes-even-you-cannot-control-summit
sábado, 12 de diciembre de 2009
Copenhague: Seattle crece
Naomi Klein (29/11/09)
El otro día recibí una copia del borrador de The Battle of the Story of the Battle of Seattle (la batalla de la historia de la batalla de Seattle), de David Solnit y Rebecca Solnit.Se planea que aparezca diez años después de la histórica coalición de activistas que cercaron la cumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, la chispa que encendió el movimiento global anti corporaciones multinacionales.
El libro es un relato fascinante de lo que sucedió realmente en Seattle, pero cuando hablé con David Solnit, el gurú de la acción directa que ayudó a ingeniar el cerco, le encontré menos interesado en recordar 1999 que en hablar sobre la próxima cumbre de Naciones Unidas sobre cambio climático en Copenhague y las acciones de “justicia climática” que está ayudando a organizar a lo largo de Estados Unidos el 30 de noviembre. “Este es definitivamente un momento tipo Seattle”, me dijo Solnit.“La gente está lista para salir a la calle”.
Hay ciertamente algo de Seattle en la movilización de Copenhague: la amplia gama de grupos que allí estarán; las diversas tácticas que se mostrarán; y los países en desarrollo prestos a llevar las demandas activitas a la cumbre. Pero Copenhague no es sólo una segunda oportunidad de Seattle. En vez de eso, parece como si las placas tectónicas se estuvieran desplazando, creando un movimiento que se construye sobre la fortaleza de una era precedente pero que a su vez aprende de los errores.
La gran crítica al movimiento que los medios de comunicación insisten en llamar “antiglobalización” fue siempre que tenía una larga lista de agravios y pocas alternativas concretas.En cambio el movimiento convergente en Copenhague trata una única temática – el cambio climático – pero teje una narrativa coherente sobre la misma y sus soluciones que incluyen virtualmente cada asunto del planeta. En esa narrativa, nuestro clima está cambiando, no simplemente por prácticas contaminantes particulares, sino por la lógica subyacente del capitalismo que valora el beneficio a corto plazo y el crecimiento perpetuo por encima de todo. Nuestros gobiernos nos harían creer que la misma lógica puede ser utilizada ahora para solucionar la crisis climática mediante la creación de una mercancía comercializable llamada “carbono” y transformando los bosques y campos de cultivo en “sumideros” que supuestamente compensarían nuestras emisiones descontroladas.
Los activistas por un clima justo en Copenhague argumentan que, lejos de resolver la crisis climática, el comercio de carbono representa una privatización sin precedentes de la atmosfera, y que estas compensaciones y sumideros amenazan con convertirse en un robo de recursos de proporciones coloniales. Las soluciones basadas en el mercado, no sólo no llegarán a solucionar la crisis climática, sino que este fracaso profundizará dramáticamente en la pobreza y desigualdad porque la gente más pobre y vulnerable es la víctima principal del cambio climático así como el conejillo de indias de estos esquemas comercio–emisiones.
Pero los activistas en Copenhague no dirán simplemente un no a todo esto. Avanzarán contundentemente soluciones que simultáneamente reduzcan emisiones y estrechen la desigualdad.A diferencia de cumbres previas, en las que las alternativas parecían ideas de último momento, en Copenhague las ideas tomarán el centro del escenario. Por ejemplo, la coalición de acción directaClimate Justice Action ha hecho un llamamiento a los activistas a lanzarse sobre el centro de conferencias el 16 de diciembre. Muchos lo harán como parte del bloque – bici, conduciendo juntos en la hasta ahora desconocida “nueva máquina irresistible de resistencia” hecha de cientos de viejas bicicletas. La meta de la acción no es cerrar la cumbre, al estilo Seattle, sino abrirla transformándola en “un espacio para hablar de nuestra agenda, una agenda desde abajo, una agenda de justicia climática, de soluciones reales contra falsas soluciones… Ese día será nuestro”.
Algunas de las soluciones que se ofrecen desde el campo activista son las mismas que el movimiento de justicia global ha estado defendiendo durante años: agricultura local y sostenible; proyectos energéticos más pequeños y descentralizados; respeto a los derechos de los indígenas sobre su tierra; dejar los combustibles fósiles en la tierra; ajustar las protecciones en tecnología verde; y pagar por estas transformaciones tasando las transacciones financieras y cancelando la deuda externa. Algunas soluciones son nuevas, como la creciente demanda de que los países ricos paguen reparaciones por “deuda climática” a los pobres. Son palabras mayores, pero todos acabamos de ver la clase de recursos que nuestros gobiernos pueden destinar cuando se trata de salvar a las élites. Como dice un eslogan pre – Copenhague: “Si el clima fuera un banco, hubiera sido salvado” – no abandonado a la brutalidad del mercado.
Además de la coherente narrativa y el hincapié en las alternativas, también hay muchos otros cambios: una aproximación a la acción directa más meditada, que reconoce la urgencia de hacer más que solamente hablar pero que está determinada a no jugar al cansino guión de policías contra manifestantes. “Nuestra acción es la de la desobediencia civil”, dicen los organizadores de la acción del 16 de diciembre. “Superaremos cualquier barrera física que se interponga en nuestro camino – pero no responderemos con violencia si la policía [intenta] una escalada de la situación”. (Dicho esto, no hay manera de que una cumbre de dos semanas no incluya unas pocas batallas entre policías y chavales de negro; esto es Europa después de todo.)
Hace una década, en un artículo de opinión del New York Times publicada tras el cierre de Seattle, escribí que un nuevo movimiento que abogaba por una forma de globalización radicalmente diferente “acaba de tener su fiesta de presentación”. ¿Cuál será el significado de Copenhague? Le hice esta pregunta a John Jordan, cuya predicción de lo que eventualmente sucedería en Seattle cité en mi libro No Logo. Respondió: “Si Seattle fue el movimiento de presentación en sociedad de los movimientos, entonces Copenhague tal vez sea la celebración de su mayoría de edad”.
Advierte, sin embargo, que crecer no significa jugar seguro, dejando de lado la desobediencia civil en favor de reuniones formales. “Espero que hayamos crecido para volvernos mucho más desobedientes”, dice Jordan, “porque nuestra vida en este mundo podría acabar por demasiados actos de obediencia”.
Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.
Traducción para www.sinpermiso.info: Txomin Martino
Artículo original:
http://www.naomiklein.org/articles/2009/11/copenhagen-seattle-grows
viernes, 2 de octubre de 2009
El maestro de Norteamérica
2 de octubre de 2009.
Naomi Klein · Michael Moore
El pasado 17 de septiembre, Michael Moore habló con Naomi Klein sobre su última película, mordazmente anticapitalista, sobre las raíces de la crisis económica presente, sobre la movilización social y mediática de la ulraderecha contra la administración Obama, sobre la recepción de su película por los sindicatos y la población trabajadora norteamericana y sobre los peligros y las promesas del actual momento político.
Lo que sigue es la versión castellana realizada por Roc F. Nyerro para SinPermiso de la transcripción de la entrevista telefónica publicada en la revista norteamericana The Nation.
Naomi Klein: Bueno, la película es estupenda. ¡Enhorabuena! Como mucha gente ya sabe, se trata de una resuelta llamada a la rebelión contra la locura capitalista. Pero durante la semana de su estreno, en los noticiarios se hablaba de una revuelta de signo totalmente diferente: las llamadas "reuniones del té", a lo que parece, una apasionada defensa del capitalismo de todo punto hostil a los programas sociales.
No se están viendo muchos signos de hordas tomando al asalto Wall Street. Yo espero que tu película sirva de despertador y catalizador para que todo esto cambie. Me pregunto cómo ves todo esta extraña evolución de las cosas, estas rebeliones procapitalistas dirigidas por [el periodista televisivo de la cadena Fox] Glenn Beck. (1)
Michael Moore: No sabría decir si todo eso son revueltas a favor del capitalismo, o si se trata más bien de un fenómeno espoleado por dos tipos distintos de agendas políticas. Una de ellas viene del hecho de que un número importante de norteamericanos no acaba de aceptar la presidencia de un afroamericano. No creo que les guste eso.
NK: ¿Ves eso como la fuerza directriz de las "tertulias de té"?
Creo que es una de las fuerzas, pero creo que hay otras agendas políticas en curso aquí. La otra agenda es de las grandes empresas. Las compañías dedicadas al negocio de la salud y otros intereses empresariales están contribuyendo a encauzar lo parece un estallido espontáneo de ira ciudadana.
Pero el tercer componente de esto es lo que siempre he admirado de la derecha: están organizados, trabajan con abnegación, están prontos a librar sus luchas. De nuestro lado, no veo realmente esa clase de compromiso.
Cuando se estaban manifestando en los mítines urbanos en agosto, esos mítines estaban abiertos a todo el mundo. ¿Dónde estaban los nuestros? Yo pensaba, ¡Huau! ¡En agosto! ¡Trata tú de organizar algo de izquierda en pleno agosto!
NK: ¿Y no podría deberse eso a que la izquierda, los progresistas, o comoquiera que nos llamemos, hemos estado en una suerte de estado de confusión con respecto a la administración Obama? ¿Qué la inmensa mayoría de la gente está a favor de una cobertura médica universal, pero no podía salir a proclamarlo porque el asunto no estaba encima de la mesa?
Sí. Y por eso necesitamos gente para articular el mensaje y ponernos a la cabeza de eso y dirigirlo. Ya sabes que hay cerce de 100 congresistas demócratas que han firmado ya a favor de la ley [de universalización de la cobertura médica pública] que propone [el congresista afroamericano] John Conyers.
Obama, creo yo, se percata ahora de que, fuera lo que fuere lo que intentaba hacer con el bipartidismo, manteniendo en alto la rama de olivo, el otro lado no tiene el menor interés en nada que no sea la total destrucción de cualquier cosa que él proponga o trate de hacer. Así, si [el congresista neoyorquino Anthony] Weiner, o cualquier otro miembro del Congreso, quiere dar un paso hacia adelante, ahora es el momento de hacerlo. Y yo desde luego estaría en la calle. Estoy en la calle. Quiero decir, que yo aprovecharía este momento, justo este, para juntar realmente a la gente, porque creo que la mayoría del país quiere esto.
NK: Volviendo a Wall Street, me gustaría hablar un poco más sobre el extraño momento en que nos encontramos. Toda la rabia contra Wall Street, contra los ejecutivos de la [aseguradora] AIG, cuando la gente se manifestaba, no sé qué pasó con todo eso…
Lo que yo siempre temí es que esa enorme rabia que puede verse en tu película, esa especie de insurrección ante el rescate, que forzó al Congreso a votar en contra en primera sesión, si no tenía continuidad en su expresión contra la gente con más poder en la sociedad, contra las elites, contra las gentes que crearon el desastre, si no se canalizaba en un proyecto real para cambiar el sistema, entonces podría fácilmente reorientarse y dirigirse en contra de la gente más vulnerable en nuestra sociedad, quiero decir, los inmigrantes, degenerando en rabia racista.
Lo que trato de averiguar es esto: ¿se trata de la misma rabia, o crees tú que son dos corrientes completamente distintas de la cultura norteamericana? Las gentes que estaban indignadas con AIG, ¿son las mismas que expresan ahora su indignación contra Obama y el ideal de la reforma del sistema de salud?
No creo que sea eso lo que ha pasado. No estoy nada seguro de que sea la misma gente.
Por lo que he podido ver en mis viajes por todo el país cuando filmaba mi película, e incluso estas últimas semanas, hay algo más que está rugiendo cerca de la superficie. No puedes evitar el estallido de indignación en algún momento cuando una de cada ocho hipotecas ha terminado ya o penalmente o con deshaucio, cuando hay un deshaucio cada 7,5 segundos y la tasa de desempleo sigue creciendo. Es tiene su propio punto de saturación.
Y lo triste de todo eso es que, históricamente, cuando todo esto ha ocurrido, la derecha ha sido capaz de manipular con éxito a quienes han sido duramente golpeados, sirviéndose de su rabia para apoyar a lo que solían llamar fascismo.
¿Qué ha pasado desde el crac? Hace un año ya. Yo creo que la gente sintió que, votando por Obama seis semanas después, saldrían del sistema, y que Obama sería capaz de encauzar bien las cosas. Y lo cierto es que Obama promete parsimoniosamente hacer bien muchas cosas, pero luego cumple muy poquitas.
Bueno, eso no quiere decir que yo no esté muy contento con ciertas cosas que le he visto hacer.
Oír a un Presidente de los EEUU admitir que derrocamos a un gobierno democráticamente elegido en Irán es una de esas cosas. Nunca pensé que lo oiría en toda mi vida. Ha habido momentos así.
Y tal vez sea yo un poco demasiado optimista aquí, pero Obama fue educado por una madre sola y los abuelos, y no creció con dinero. Y aunque fue lo suficientemente afortunado para ir a Harvard y licenciarse, no fue allí para estudiar algo que pudiera hacerles rico, y decidió trabajar en los barrios de la ciudad de Chicago.
¡Ah! Y decidió cambiar su nombre, para volver a lo que figuraba en su certificado de nacimiento: Barack. Lo que no es precisamente el paso que daría alguien que pensara en convertirse en político. Así que, creo yo, nos ha mostrado a lo largo de su vida muchas cosas reveladoras de dónde está su corazón, y durante la campaña electoral tuvo el desliz de decirle a Joe el Fontanero, que creía en distribución equitativa de la riqueza.
Y yo creo que las cosas en las que él cree todavía están aquí. Ahora depende de él. Si termina haciendo caso de los Rubin, los Geithner y los Summers, tú y yo perdemos. Y cantidad de gente que se ha comprometido, mucho por vez primera en su vida, no volverán a comprometerse. Obama tendrá que hacer más para destruir lo que ha de ocurrir en este país en términos de participación en su democracia. Así que espero que entienda la carga que lleva sobre sus espaldas y haga lo correcto.
NK: Bien, me gustaría pincharte un poco más al respecto, porque entiendo lo que dices sobre el modo en que Obama ha vivido su vida y, desde luego, sobre el carácter que parece tener. Pero es una persona que nombró a Summers y a Geither, con quienes tú eres muy oportunamente duro en tu película.
Y después de un año, todavía no ha puesto en vereda a Wall Strett. Nombró a Bernanke. No ha nombrado a Summers para un cargo, pero le ha dado un grado de poder sin precedentes como mero consejero económico.
Y se reúne con él cada mañana.
NK: Exactamente. Entonces, lo que me preocupa es esta obsesión por psicoanalizar siempre a Obama y lo que yo oigo decir a menudo es que estos tíos lo traen engañado. Pero estos tíos los ha elegido él, y por qué no juzgarle por su acciones y decir: "esto es cosa de él, no de ellos".
Estoy de acuerdo. No creo que lo traigan engañado; creo que es más listo que ellos.
Cuando acababa de nombrarlos, yo estaba acabando de entrevistar a un ladrón de bancos que no actuaba como tal en la película, pero que es un ladrón de bancos que contratan los grandes bancos como asesor para evitar robos bancarios.
Bueno, pues para no caer en una desesperación negra y profunda, esa noche me dije a mí mismo: ¡Eso es lo que está haciendo Obama! ¿Quién mejor que quien lo creó para sacarnos del atolladero? Los ha subido al carro para poner orden en el desastre que ellos mismos causaron. Sí, sí. Eso es. Eso es. Repite conmigo: "Hogar, dulce hogar".
NK: Y ahora resulta que se les subió al carro para que siguiera el latrocinio.
En efecto. Ahora, es Obama quien tiene que mover pieza.
NK: De acuerdo. Hablemos un poco más de la película. Te vi con [Jay] Leno, y me llamó la atención que una de las primeras preguntas que te hizo fue para plantearte esta objeción, que lo malo no es el capitalismo, sino la codicia. Y eso es algo que oigo muchas veces, esta idea de que la codicia o la corrupción es una especie de aberración de la lógica del capitalismo, y no el motor y la pieza central del capitalismo. Y creo que, probablemente, eso es lo que se oirás a propósito de la soberbia secuencia que se dedica en tu película a los jueces corruptos de Pensilvania que enviaban a chicos a prisiones privadas a cambio de sobornos. Creo que la gente dirá: eso no es capitalismo, eso es corrupción. ¿Por qué resulta tan difícil ver la conexión? ¿Qué les dices tú a la gente que te viene con esto?
Bueno, la gente quiere creer que no es el sistema económico lo que está en la base de esto. Ya sabes, la idea de las manzanas podridas. Pero el hecho pertinente que está en la base, como le dije a Jay [Leno], es que el capitalismo es la legalización de esta codicia.
La codicia ha estado entre los seres humanos desde siempre. Hay un buen número de cosas en nuestra especie que podrías llamar el lado obscuro, y la codicia es una de ellas. Si no pones por obra determinadas estructuras o restricciones en esas partes de nuestro modo de ser que vienen de ese lado obscuro, entonces se salen de madre. El capitalismo hace lo contrario. No sólo no le pone restricción alguna, sino que la estimula, la recompensa.
Me planteo esta cuestión a diario, porque la gente se queda muy sorprendida al final de mi película al oírme decir que hay que eliminarla completamente: "¿Qué hay de malo en ganar dinero? ¿Por qué no puedo abrir una zapatería?".
Y me doy cuenta de que, como no se nos enseña economía en el bachillerato, no pueden entender qué significa todo esto.
El asunto es que cuando tienes capitalismo, el capitalismo te incentiva para que pienses en formas de ganar dinero o de ganar más dinero. Y los jueces jamás habrían podido llegar a recibir sobornos, si el condado no hubiera antes privatizado la reclusión juvenil. Pero como en los últimos veinte años ha habido tal deriva en la privatización de los servicios públicos, que han sido sacados de nuestras manos y puestos en manos de gentes cuya única preocupación es la responsabilidad fiduciaria contraída con sus accionistas o con sus propios bolsillos, pues eso lo ha puesto todo patas arriba.
NK: Lo que a mí me resulta más conmovedor de la película es tu muy convincente montaje sobre los puestos de trabajo gobernados democráticamente como alternativa a este capitalismo de saquea y lárgate.
Me pregunto si cuando viajas por ahí constatas interés por esa idea.
A la gente le gusta esta parte de la película. En cierto modo me ha sorprendido, porque yo pensaba que la gente no lo acabaría de entender, o que le parecería demasiado sentimental o utópico, pero lo cierto es que ha tenido impacto entre los espectadores que yo he tenido ocasión de observar.
Pero, claro, yo lo he montado en la película como un asunto patriótico. Si crees en la democracia, la democracia no puede consistir en votar cada dos o cuatro años. Tiene que formar parte de cada día de tu vida.
Hemos logrado grandes cambios en muchas relaciones e instituciones, porque decidimos que la democracia es un modo mejor de organizar. Hace doscientos años, tenías que pedir permiso al padre de una mujer para poder casarte con ella, y luego, tras el matrimonio, era el marido el que llevaba la voz cantante. Y legalmente, las mujeres no podían tener propiedades ni cosas por el estilo.
Gracias al movimiento de las mujeres en los 60 y los 70, esa idea de la democracia se introdujo en esa relación: que los dos son iguales y los dos han de tener voz. Y en mi opinión, las cosas funcionan mejor ahora, como resultado de haber introducido la democracia en una institución como el matrimonio.
Pero dedicamos entre 8 y 12 horas diarias de nuestras vidas a trabajar, y en el puesto de trabajo no tenemos voz ni voto. Creo que cuando los antropólogos nos excaven dentro de 400 años –si llegamos a tanto—, se dirán: "Mira tú, estos tíos; pensaban que eran libres, decían vivir en democracia, pero se pasaban diez horas al día en una situación totalitaria, y permitían que el 1 por ciento más rico de la población tuviera más riqueza financiera que la suma de riquezas del 95 por ciento situado en los tramos inferiores".
Se van a reír de nosotros, lo mismo que nosotros nos reímos de las gentes que hace 150 años aplicaban sanguijuelas a los cuerpos para curarlos.
NK: Es una de esas ideas que siempre está ahí. En varios momentos de la historia ha sido una idea tremendamente popular. Es lo que realmente quería la gente en la antigua Unión Soviética, y no la variante de capitalismo mafioso del Salvaje Oeste que acabaron teniendo. Y lo que quería la gente en Polonia en 1989, cuando votaban por Solidarnosc, porque lo que se deseaban era que las empresas de propiedad estatal se convirtieran en centros de trabajo democráticamente regidos, no privatizados y saqueados.
Pero una de las mayores resistencias a las cooperativas de trabajadores que yo me he encontrado en mis investigaciones no viene de gobiernos o empresas renuentes, sino de los propios sindicatos. Obviamente, hay excepciones, como el sindicato que aparece en tu película, United Electrical Workers, que se mostraba realmente abierto a la idea de que la fábrica de Republic Windows & Doors se convirtiera en una cooperativa, si los trabajadores así lo querían. Pero en la mayoría de los casos, sobre todo en lo que hace a los sindicatos grandes, tienen su guión, y cuando se cierre una fábrica, su labor consiste en que el trabajador reciba una gran indemnización por la pérdida del puesto de trabajo, tan grande como se pueda. Y tienen una dinámica que opera con este postulado: los más poderosos, los que toman las decisiones, son los propietarios.
Tú tuviste una sesión de estreno de la película en el congreso de [la mayor federación sindical de los EEUU, la] AFL-CIO. ¿Viste a sus dirigentes receptivos a esta idea? ¿Están abiertos, o te dijeron: "eso es irrealizable"? Porque sé que has escrito también sobre la idea de que algunas fábricas de automóviles, a algunas plantas de fabricación de componentes de la industria automotriz que están en vías de ser cerradas se conviertan en fábricas productoras de ferrocarriles subterráneos meropolitanos, por ejemplo. Se necesitaría que los sindicatos hicieran suya esta idea para que resultara factible.
La otra noche, estaba sentado en un teatro con cerca de 1500 delegados del congreso de la AFL-CIO, y yo estaba un poco nervioso cuando iba acercándose el momento de esta parte de la película. Yo me temía que la gente se quedara un poco fría aquí.
Todo lo contrario. Lo festejaron. Un par gritaron: "¡Eso es, exactamente eso es lo que hay que hacer!". Yo creo que los sindicatos, llegados a este punto, se han visto tan derrotados, que están abiertos a nuevas formas de pensar y a ciertas ideas nuevas. La verdad es que me animó mucho ver eso.
Al día siguiente, en el congreso de la AFL-CIO se aprobó una resolución de apoyo a la cobertura médica pública y universal. ¡Uauh! ¿No ves? Las cosas están cambiando.
NK: Volviendo al asunto de hace un ratito, a la incapacidad de la gente para comprender teoría económica básica: en tu película hay una gran escena en la que no consigues que nadie, por instruido que sea, pueda explicar lo que es un derivado financiero.
Entonces la cosa no tiene que ver con instrucción básica. Lo que pasa es que se usa la complejidad como un arma contra el control democrático de la economía. Tal era el argumento de Greenspan: que los derivados financieros eran tan complicados, que los legisladores no podían regularlos.
Es casi como si se necesitara de un movimiento a favor de la simplicidad en los asuntos económicos y financieros, algo en lo que Elisabeth Warren, la congresista que encabeza la vigilancia crítica de los procesos de rescate, ha venido insistiendo: la necesidad de simplificar la relaciones de las gentes con los prestamistas.
¿Qué piensas de eso? Es verdad que no es tal vez realmente una cuestión capital, ¿pero no lleva Elisabeth Warren razón al insistir en eso? Ella es del tipo anti-Summers. Que gente como ella exista, ¿te da esperanzas?
Totalmente. ¿Puedo sugerir una candidatura presidencial para 2016, o para 2012, si Obama nos falla? Marcy Kaptur [la congresista por Ohio] y Elisabeth Warren.
NK: Me encanta. Son las heroínas de tu película. Votaría por esa candidatura.
Estaba pensando en cómo rotular esta entrevista, y lo que voy a sugerirle a mi editor es "El maestro norteamericano", porque la película es un increíble modelo de educación popular al viejo estilo. Una de las cosas que cuenta mi colega en The Natio Bil Greider es que no se estila más este tipo de educación popular. Los sindicatos destinaban antes una parte de su presupuesto a enseñar este tipo de cosas a sus miembros, para hacerles accesibles la teoría económica y lo que pasa en el mundo. Ya sé que tú te ves a ti mismo como alguien entretiene y divierte, pero me pregunto si te ves también como un maestro.
Me honra que uses este término. Me gustan los maestros.
NOTA del T.: (1) Glenn Beck es el conductor de un programa televisivo de gran audiencia en la cadena televisiva derechista Fox, propiedad del magnate australiano de los medios de comunicación Rubert Murdoch. Se ha dicho que la soez demagogia patriotera sin escrúpulos y el tono agresivo y abiertamente agitatorio de Beck recuerdan un poco al locutor radiofónico y periodista español Federico Jiménez Losantos (hasta hace poco, estrella de la radio de los obispos españoles), pero con la diferencia, a favor de la eficacia del mensaje de Beck, de que el norteamericano aparece ante su público con una premeditada apariencia de vulnerabilidad y desamparo (como ex-alcohólico, como hombre del común), muy alejada del grotesco dandismo castizante y de las ridículas poses de letrateniente provinciano del español.
Naomi Klein es la autora de No Logo: Taking Aim at the Brand Bullies (Picador) y, más recientemente, Fences and Windows: Dispatches From the Front Lines of the Globalization Debate (Picador). Su ultimo libro es La doctrina del shock.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
::Fuente: SinPermiso
domingo, 6 de septiembre de 2009
Naomi Klein muestra cómo boicotear a Israel sin cortar el diálogo sobre Palestina
05-09-2009
Cecilie Surasky
AlterNet
Traducido para Rebelión por S. Seguí
Pocas campañas sobre un tema de justicia global son más polarizadoras, incluso explosivas, que el intento de utilizar el boicot, la desinversión y las sanciones internacionales para presionar a Israel a fin de que ponga fin a la ocupación, tras 42 años, de los territorios palestinos.
Pregúntenle a Neve Gordon.
Recientemente, Gordon, jefe del departamento de Ciencias Políticas en la Universidad Ben Gurión y veterano activista por la paz, publicó un desgarrador artículo de opinión en el diario Los Angeles Times, haciendo suyo el llamamiento palestino al boicot, la desinversión y las sanciones (BDS).
Después de oponerse inicialmente a esta táctica, se convenció de su utilidad y escribió que la presión externa "es la única manera de salvar a Israel de sí mismo."
Gordon estaba preparado para una reacción, pero no para la que ha sufrido en las últimas semanas: miembros del parlamento israelí, el Knesset, pidieron su inmediata destitución; el ministro de Educación calificó su artículo de repugnante; y la presidenta de su universidad lo puso a los pies de los caballos, cuando afirmó que invitaba a las personalidades académicas que tengan estos sentimientos a que se busquen un hogar académico y personal en otro lugar. Más tarde, dio a entender que las declaraciones de Gordon podrían constituir un acto de traición. Evidentemente, la estrategia del BDS, que fue parte de la llamada estrategia de Sudáfrica, traza una línea en la arena para muchos que creen que ejercer la presión económica sobre Israel es necesariamente antijudío.
Sin embargo, para sus precursores el BDS es una táctica no violenta que ha demostrado su validez y que puede presionar a Israel para que acate el derecho internacional y así lograr un impacto en un ámbito en que los esfuerzos de diversos gobiernos han fracasado miserablemente.
Aunque la sociedad civil palestina hizo el llamamiento al BDS en 2005, este movimiento tomó impulso tras el brutal ataque de Israel a Gaza el pasado diciembre y enero.
Ahora es innegable que sigue creciendo, especialmente en el mundo de la creación. Autores consagrados como John Berger, Eduardo Galeano y Adrienne Rich lo han apoyado, y los festivales de cine de Israel se enfrentan a una sucesión de boicots.
El anuncio reciente de que el Toronto International Film Festival va a dedicar una sección especial Ciudad a ciudad en honor de Tel Aviv amenaza con convertir el segundo festival de cine más importante del mundo (después del de Cannes) en sede de airadas protestas.
Una de las figuras de más alto perfil que ha apoyado la convocatoria del BDS es la escritora y activista canadiense Naomi Klein, que suele reunir multitudes y gran cobertura mediática, y altas ventas de sus libros en sus viajes de promoción de sus obras.
En el momento de publicar su ultimo superventas, The Shock Doctrine, en hebreo y árabe, Klein decidió que la situación política en Israel y Palestina exigía un enfoque radicalmente diferente.
En oposición a la ocupación de Israel, Naomi decidió no firmar un contrato de publicación tradicional, con sus anticipos y sus derechos de autor. En su lugar, donó el libro a Andalus, una editorial que trabaja activamente contra la ocupación. Es el único editor de Israel dedicado exclusivamente a la traducción de textos del árabe al hebreo, algo que su fundador Yael Lerer describe como "la política editorial entendida como un acto de resistencia".
Klein y Lerer también decidieron emprender una gira promocional que hiciese honor a la llamada de los palestinos en favor de un boicot cultural contra Israel, y que a la vez mostrase que el boicot no implica cortar la comunicación y el diálogo, tan necesarios.
Con estas premisas, Klein y Lerer aprovecharon la gira para llamar la atención sobre el boicot y la lucha palestina, y para provocar un diálogo interno, en Israel, sobre el boicot como modo de presionar a este país para que cumpla con el derecho internacional.
El mes pasado, en Tel Aviv, me senté con Klein y Lerer para preguntarles acerca de los objetivos, el significado y los detalles concretos de la aplicación de un boicot cultural, y también por qué Lerer, un judío israelí, está diciendo al mundo: "Por favor, boicotéenme."
He aquí algunos extractos de esa entrevista. - Cecilia Surasky
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Cecilie Surasky: ¿Qué es esta llamada al boicot, la desinversión y las sanciones? ¿Y, por qué la apoyan?
Naomi Klein: Boicot, desinversión y sanciones (BDS) es una táctica con un objetivo muy claro: obligar a Israel a cumplir con el derecho internacional.
La llamada al BDS la hizo en 2005 una serie extraordinariamente amplia de grupos palestinos de la sociedad civil, partidos políticos y sindicatos. Pero en realidad no comienza a ganar un perfil internacional hasta el ataque israelí contra el Líbano en el verano de 2006.
En plena guerra, el escritor John Berger, envió una carta, firmada por muchos artistas conocidos, en su mayoría europeos, declarando su apoyo a la estrategia de boicot. Cuando esta carta se conoció, yo estaba de lleno en la escritura de The Shock Doctrine, y tomé una decisión personal en el momento que salió el libro, de que no haría lo que había hecho con las traducciones al hebreo de mis dos libros anteriores, que fueron publicados por editoriales comerciales bastante tradicionales.
En cambio, pensé hacer lo que John Berger estaba pidiendo, que era encontrar una manera de publicar en hebreo que fuese un apoyo directo a los grupos que trabajan para poner fin a la ocupación. Así es como conocí a Yael, que no tiene nada que ver con el típico editor israelí, y que ha manifestado abiertamente su apoyo al BDS, a un alto costo profesional.
Surasky: Usted debe haber meditado bien esta idea de un boicot cultural. Muchos críticos dirían que cierra la comunicación en lugar de abrirla. ¿Qué le decidió a dar este paso?
Klein: Bueno, tiene que ver con el hecho de que el gobierno israelí utiliza abiertamente la cultura como herramienta militar. Aunque las autoridades israelíes creen que están ganando la guerra real por el territorio, también sienten que el país sufre porque casi todo lo que el mundo oye de la región en las noticias es sobre el conflicto: la militarización, la anarquía, la ocupación y Gaza.
Así que el Ministerio de Asuntos Exteriores puso en marcha una campaña llamada Israel, más allá del conflicto, que incluye el uso de la cultura –películas, libros, artes, turismo y academia– para crear todo tipo de alianzas entre los países occidentales y el Estado de Israel, y para promover la imagen de un país normal y feliz, en lugar de una potencia ocupante agresora. Por esto estamos siempre oyendo hablar de festivales de cine y ferias del libro con un énfasis especial sobre Israel.
Y así, aunque en general estoy totalmente de acuerdo en que la cultura es positiva –los libros son buenos, las películas son algo positivo y la comunicación es maravillosa– tenemos que entender que se trata de una estrategia estatal de cooptación, para hacer una brutal ocupación más aceptable.
Hay otras cosas que también entran en esta categoría: el Estado de Israel tiene una estrategia abierta de meter los derechos de gays y lesbianas y el feminismo en el conflicto, poniendo frente a frente el fundamentalismo de Hamás y el supuesto liberalismo ilustrado de Israel, como otra justificación para el castigo colectivo de los palestinos, obviando el poder y la intolerancia cada vez mayores de los judíos ultraortodoxos. Es una estrategia muy sofisticada.
Esto significa que tenemos que idear estrategias igualmente sofisticadas que defiendan los derechos humanos y la cultura, por una parte, pero que, por otra parte, rechacen todo intento de utilizar nuestro trabajo y nuestros valores para encubrir la fea realidad de la ocupación y la segregación.
Surasky: Usted ha hecho una gira muy distinta de cualquier otra, para la promoción de un libro. Yael Lerer y su editorial, Andalus, publicaron el libro en hebreo. Aparentemente, hay una contradicción inherente a venir a Israel y Palestina y hacer una gira de promoción a la vez que apoya un boicot. Sin embargo, han conseguido ustedes que funcionara. ¿Pueden explicarlo?
Yael Lerer: Andalus ha lidiado con esta contradicción desde el principio. Publicamos los escritores árabes que se oponen a la normalización de la ocupación, igual que nosotros. Siempre tratamos de hallar la manera de enfrentar estas contradicciones.
En realidad, esta es la primera vez que hemos hecho una gira de promoción, porque nuestro modo habitual de hacer frente a estas contradicciones es traducir libros, no celebrar fiestas. Nuestros escritores nunca vienen aquí. Así que aquí hemos tenido este desafío por primera vez.
Hemos hecho el gran lanzamiento de la edición en hebreo no en Tel Aviv sino en Haifa, en un teatro árabe, donde nuestros anfitriones no eran instituciones oficiales israelíes sino instituciones minoritarias palestinas. Como usted sabe, hay una minoría palestina de un 20 por ciento de la población de Israel.
Pero este evento no sólo iba dirigido a esta comunidad: invitamos también a los judíos israelíes a venir. Se podía leer en todas partes, en hebreo: Naomi Klein viene a Haifa, ven a escucharla.
Al mismo tiempo, ha sido importante celebrar los primeros actos relacionados con el Jerusalén Este y Ramallah, con la edición en árabe, y también que, antes de cualquier presentación del libro, Naomi participara en una manifestación en Belén contra el muro de separación.
Así que hablamos con el público israelí en los eventos y a través de los medios de comunicación israelíes. El libro está disponible en hebreo. Pero, al mismo tiempo, expresamos una fuerte posición contra la normalización. No actuamos como si la situación fuera del todo normal.
Klein: Esta es la cuestión: esto no es un boicot a los israelíes. Es un boicot al fingimiento de que todo es normal en Israel, porque es para esto para lo que invitan a los productores culturales.
Ha habido una enorme cantidad de declaraciones falsas acerca de la campaña de boicot, afirmando que se trata de un boicot a los israelíes, o a los judíos, o que es antisemita. Estamos tratando de aclarar estos conceptos erróneos con esta gira. Hay algunas reglas claras: no vamos a trabajar con una feria del libro patrocinada por el Estado, por ejemplo. He rechazado invitaciones para venir a Israel para hablar en festivales de cine patrocinados por el Estado israelí, y cosas así.
Si mi intención fuera boicotear a los israelíes, yo no estaría en Israel en interacción con los israelíes. Me hubiera quedado en casa.
Una de las cosas que estamos tratando de manifestar con esta gira es que para una extranjera como yo, sea cual sea la razón por la que decidas venir a Israel, estás haciendo una opción, estás colocándote al lado de una de las partes. Es posible pretender que no es así, pero esto sólo es posible por el éxito de Israel en hacer invisible el conflicto, dentro de una burbuja cuidadosamente construida.
En mi libro hay un largo capítulo sobre Israel y la construcción del Estado de Seguridad Nacional. Se analizan en detalle las empresas que fabrican el muro, las cercas metálicas y los puestos de control de alta tecnología que mantienen a los palestinos de los territorios ocupados en un estado de vigilancia constante.
La eficacia del sector de la seguridad nacional hace posible llegar a ciudades como Tel Aviv y estar casi completamente ajeno a lo que está sucediendo en Ramallah o en Gaza. Este Estado es como una comunidad cerrada gigante. Se ha perfeccionado el arte de construir una burbuja de seguridad, lo que es, en cierto sentido, su marca.
Es una marca que se vende a los judíos de la diáspora como yo. Nos dicen: "Podemos manteneros a salvo, podemos crear, en un mar de enemigos, una burbuja de seguridad para que disfrutes, tengas unas vacaciones de playa maravillosas, puedas ir a festivales de cine y ferias del libro, incluso en el momento en que nosotros bombardeamos de Gaza o convertimos Cisjordania en una cadena de minibantustanes, rodeados de muros y asentamientos en expansión, y de carreteras a las que los palestinos no tienen acceso."
Son las dos caras de una misma moneda: la burbuja de la normalidad, la brutalidad del confinamiento. Así pues, que no es un acto políticamente neutral participar de la burbuja.
Es muy importante que tenga lugar este diálogo, y por esto es tan importante para nosotros que se haya publicado el libro en hebreo, tanto para sacar esta información a la calle israelí como para desafiar a las personas que están tergiversando esta táctica como si fuera un boicot a los judíos o un boicot a los israelíes. No estamos haciendo nada de eso.
He donado mis derechos de autor a la editorial Andalus, es decir que no tengo ningún beneficio en esto. He escogido esta editorial porque es una editorial activista que mantiene una clara posición en contra de la ocupación.
Si el libro se vende bien, les ayudará a continuar su trabajo. La campaña de boicot no pide a la gente que no venga a Israel o a los Territorios Ocupados para compartir ideas y arte, pide que lo hagan en una actitud clara contra la ocupación y la discriminación.
Surasky: ¿Y cómo han reaccionado los medios de comunicación israelíes ante esta primera gira de oposición al boicot?
Klein: No muy bien. Una de las contradicciones que estamos enfrentando es que realmente queríamos provocar un debate en Israel, porque mientras el BDS se está discutiendo en Europa y Canadá, es casi invisible dentro de Israel; hay una auténtica censura en torno a esta cuestión.
Prácticamente, la única opinión que se oye es: "Oh, son sólo un montón de antisemitas; odian a los israelíes y a los judíos." Una opinión muy, muy distorsionada.
Así que nuestra idea era hacer más difícil este falseamiento, poner algunos datos sobre la mesa y decir: "Miren, hemos traducido este libro, y estoy aquí en Israel. Vamos a celebrar el diálogo y la comunicación que Israel supuestamente defiende con tanto ahínco."
Lo que estamos encontrando es mucho interés por parte de los israelíes, pero una gran resistencia de los medios de comunicación israelíes ante el mero hecho de abrir el debate tanto sobre el papel del sector de la seguridad en la presión contra la paz como sobre el posible papel de un movimiento de boicot en la creación de nuevos grupos de presión en favor de la paz.
Una vez manifestada mi posición clara a favor del boicot, en el diario Ha'aretz, muchos medios de comunicación se cerraron para nosotros, lo cual no dice mucho en favor de la amplitud del debate, pero no es en absoluto sorprendente tampoco.
Surasky: ¿Cuál es el objetivo de esta campaña? ¿Qué te gustaría que saliera de todo esto?
Klein: Se basa en la estrategia de Sudáfrica, que la lucha contra el apartheid en Sudáfrica utilizó con gran éxito en la década de 1980. Había boicot académico, boicot cultural y boicot de los consumidores.
Pero la palanca económica realmente fundamental fue la desinversión por parte de universidades y municipios en las empresas que hacían negocios con la Sudáfrica del apartheid. La campaña comenzó a ser demasiado costosa tanto para las empresas de Sudáfrica como para las transnacionales occidentales que tenían inversiones importantes en Sudáfrica.
Había también una situación un poco similar a la de Israel, en la que una minoría blanca, boer, que se consideraba parte de Europa, parte de Occidente. Y de repente comenzaron a no poder escuchar los conciertos americanos y europeos que deseaban, a no poder acoger las ferias del libro que querían, y todo esto no les gustó.
Así que ejercieron presión sobre su gobierno para pusiese fin a la situación, a pesar de que los sudafricanos blancos se tenían por muy virtuosos y les enfurecían los boicots y las sanciones.
La esperanza es que este tipo de dinámica funcione también aquí, dado que es tan importante para la propia imagen de Israel que el país sea visto como un miembro honorario de la Unión Europea o un adjunto de Estados Unidos.
Cuando escritores y artistas dejen de participar en la estrategia del gobierno israelí de utilizar la cultura para ocultar lo que hay del otro lado del muro de hormigón, los israelíes puede llegar a la conclusión de que dicho muro es una rémora y decidan acabar con él.
Lerer: Estoy completamente de acuerdo. Como ciudadano israelí, estimo necesario el boicot por dos razones.
En primer lugar, quiero que los israelíes sean más conscientes que todo no es normal. No significa nada que muchos israelíes que se consideran de izquierda digan: "Es horrible lo que está ocurriendo en Gaza y en Hebrón", mientras siguen con sus vidas como si tal cosa.
Estas personas van a los espectáculos y los conciertos, son las élites de este país. Son los periodistas que trabajan en los periódicos. Quiero conmoverlos, quiero sacudir estas personas y hacerles entender que no pueden continuar su vida normal cuando los palestinos de Qalqiliya [una ciudad de Cisjordania completamente rodeada por el muro de separación], a sólo 15 minutos de Tel Aviv, viven en una prisión.
La segunda razón por la que me interesa el boicot es porque he perdido la esperanza de crear el cambio desde dentro, que era lo que yo traté de hacer como activista durante muchos años.
Hace veinte años, nunca me hubiera imaginado esta situación de semiapartheid. Me preocupa el futuro en este lugar, me preocupan mis compatriotas israelíes. Tengo una gran familia aquí y muchos, muchos amigos.
Conozco a muchas personas que no tienen otro pasaporte y que no tienen otras opciones. Creo que la solución para este lugar, el único futuro posible, es la convivencia. Lamentablemente, en esta etapa, no veo cómo este futuro pueda alcanzarse sin la presión internacional.
Y creo que el boicot es una herramienta no violenta que ya ha demostrado que puede funcionar. Por eso pido: por favor, boicotéenme.
Klein: Yo también pienso que tenemos que ser muy claros: éste es un conflicto extraordinariamente asimétrico donde el Estado de Israel es el mayor boicoteador de todos: la economía de Gaza y Cisjordania ha sido totalmente destruida por el cierre fronterizo.
Además de cerrar las fronteras para que los productores en Gaza no puedan sacar sus frutas y verduras, más de 200 instalaciones industriales en Gaza fueron atacadas durante el ataque, a finales de diciembre y enero. Fue una destrucción sistemática de esa economía, para dar una lección a Gaza por haber votado por Hamás. Así que, el boicot ya está teniendo lugar.
Según entiendo el BDS, es una táctica a la que estamos recurriendo a causa de la impunidad israelí. Hay una absoluta falta de voluntad de aplicar el derecho internacional al Estado de Israel. Hamás ha cometido crímenes de guerra, pero hay una respuesta internacional a esos crímenes. Sin embargo, no hay respuesta a los crímenes de guerra israelíes, de una escala exponencialmente mayor.
Estábamos hace poco en Gaza. Lo que realmente me impresionó fue la sensación de choque entre tanta gente por el hecho de que después de los ataques de diciembre-enero, después de que cientos de niños fueran asesinados, la comunidad internacional no ha emprendido ninguna iniciativa para responsabilizar a Israel.
Es decir, se trataba de una muestra de total impunidad y desprecio por el derecho internacional, por las leyes de la guerra, que, por cierto, fueron creadas en respuesta directa a las atrocidades nazis de la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, no sólo no hay consecuencias para los crímenes, sino el asedio ilegal de Gaza sigue adelante.
Lo que manifiesta el BDS es que nuestros gobiernos han fracasado, las Naciones Unidas han fracasado, la llamada comunidad internacional es una broma. Tenemos que llenar este vacío.
Creo también que este movimiento puede hacer cambiar el juego de Estados Unidos. Recordemos que una gran parte del éxito de la lucha contra el apartheid en los años 80 se debió a la educación popular.
Una vez que se llegaba a la conclusión de que nuestra escuela, o nuestra ciudad, debe desinvertir en la Sudáfrica del apartheid, de inmediato se tenía que hacer campaña educativa, y explicar qué era el apartheid, y había que hacer exponer las razones de un modo convincente. Y la gente fue persuadida.
La llamada campaña palestina en favor del BDS podría desempeñar esta función de agitación en la actualidad, proporcionando a la gente algo concreto en torno a lo que organizarse en sus escuelas y comunidades.
Tanto si lo reconoce como si no, el Presidente Barack Obama necesita de la lucha palestina para ganar en popularidad entre los movimientos de base, como en su día significó la lucha de Sudáfrica. El presidente ha dado pasos muy pequeños para forjar un nuevo tipo de acuerdo con Israel, pero aún así está enfrentando una enorme presión de la derecha. Tiene que haber una presión contrapuesta sobre Obama que le diga: En realidad, usted no va lo suficientemente lejos. ¿Dice usted no a los nuevos asentamientos? ¿Y si dijéramos: no los asentamientos, punto?
Así que la única esperanza de que no se limite a su actual posición provisional, sino de que mejore la situación, es que haya un movimiento popular que sea muy claro en sus exigencias de que Israel acate el derecho internacional en todos los frentes, y eso es exactamente lo que es el BDS.
Surasky: ¿Cómo están respondiendo los israelíes de izquierda a la idea de un boicot?
Lerer: Algo sucedió en la última guerra de Gaza, en enero. Quinientos cuarenta israelíes, entre los cuales había destacados académicos, actores y cineastas, firmaron una petición solicitando la presión internacional sobre Israel.
Un párrafo de dicha petición afirmaba que sólo el boicot ayudó en el caso de Sudáfrica. Todavía no era una llamada directa al boicot, pero fue un paso muy importante. Ahora estamos formando un nuevo grupo de ciudadanos israelíes que apoya el llamamiento palestino al boicot, llamado Boicot desde dentro (BFM, Boycott From Within).
En 2005, tratamos de organizar un grupo de artistas en apoyo del llamamiento palestino al boicot académico y cultural, y fracasamos. La gente nos preguntaba: ¿Cómo podemos boicotearnos a nosotros mismos? Es muy difícil, es demasiado radical. Muchas de estas personas ya han firmado la petición de Gaza, y que se están uniendo a nuestro nuevo grupo Boicot desde dentro.
Ellos entendieron que no se trata de boicotearnos a nosotros mismos, sino de pedir a la comunidad internacional, a nuestros conciudadanos en todo el mundo que actúen: Por favor, ayúdennos con su boicot.
Surasky: Hablemos de ejemplos concretos de otras personas que estén apoyando esta convocatoria.
Klein: La mayoría de los artistas no conocen la llamada al BDS, a pesar de que viene de cientos de grupos palestinos. Estamos trabajando en un contexto en el que las voces palestinas son prácticamente inaudibles en Occidente.
Así pues, las personas vienen a Israel a recibir un premio, o a dar un concierto en Tel Aviv, no saben que básicamente están rompiendo un boicot. La mayoría no sabe ni siquiera que se ha hecho una llamada a la resistencia no violenta por un pueblo que, recordemos, han sido absolutamente vilipendiado por utilizar cualquier tipo de resistencia armada. Lo que intento decir es lo siguiente: si rechazamos la resistencia armada, y también rechazamos el boicot y las sanciones ¿qué queda?, ¿firmar peticiones en Internet?, ¿realmente creemos que esto va a terminar con la ocupación?
Pero sí, algunos cineastas políticamente activos han decidido no participar en festivales de cine israelíes patrocinados por Israel.
Ken Loach se retiró del Melbourne International Film Festival cuando supo que estaba patrocinado por el gobierno israelí. El director de cine canadiense John Greyson retiró una película, magnífica, llamada Fig Trees, del festival de cine gay y lésbico de este año en Tel Aviv.
Más recientemente, los Yes Men escribieron una carta muy atenta al Festival de Cine de Jerusalén, explicando por qué decidieron retirar del festival su nueva película, The Yes Men Save the World.
Y ahora se habla de la organización de un festival de cine pro BDS en Ramallah, una vez más para boicotear lo que se entiende por normalidad y a la vez llevar estas películas allí.
Surasky: Acabo de leer una crítica del BDS según la cual si no se pide el boicot de Corea del Norte, o de Estados Unidos por lo de Afganistán o Irak, entonces la llamada al boicot es antisemita. ¿Cómo se puede abordar esta crítica?
Klein: Yo también la he oído, pero yo no estoy llamando a un boicot de nadie. Estoy respetando un llamamiento a un boicot que han hecho cientos de grupos palestinos.
Creo en el principio de que las personas en circunstancias de opresión tienen derecho a la libre determinación. Eso está en el corazón de esta lucha. Esta es una táctica no violenta que ha sido elegida por una amplia gama de grupos de la sociedad civil.
Los iraquíes, por lo que yo sé, no han pedido un boicot contra Estados Unidos, aunque sería sin duda su derecho. Y sin embargo, algunas personas reaccionan como si yo, en cierto modo, hubiera pensado en mi habitación "A ver a quién boicoteamos hoy. Pito-pito-colorito…, Corea del Norte, Zimbabue, Birmania… ¡Israel!"
Una vez más, la única razón de esto pueda suceder es debido a que las voces palestinas están efectivamente marginadas en la prensa occidental.
Por cierto, la mayoría de los ejemplos que se sacan a relucir en estos debates son ejemplos en los que hay sanciones muy claras en contra de estos países. Así que no estamos tratándolos con la impunidad con que estamos tratando a Israel.
En este caso, se necesita un proyecto desde la base para estar presentes donde los gobiernos han renunciado completamente a su responsabilidad de ejercer presión en nombre del derecho internacional.
Lerer: Pero no sólo eso, los países citados no tienen festivales de cine y Madonna no va a dar un concierto en Corea del Norte.
El problema aquí es que la comunidad internacional trata a Israel como si fuera un estado occidental normal, europeo. Y esta es la base del llamamiento al boicot, la relación especial que tienen las universidades israelíes con universidades europeas y estadounidenses, que las universidades de Zimbabwe no tienen.
Estoy convencido de que Israel no podría continuar la ocupación ni un solo día sin el apoyo de los Estados Unidos y la Unión Europea. La comunidad occidental apoya la ocupación. Como Naomi estaba diciendo, no hacer nada es actuar.
Surasky: Algunos opinan que esto no va a ayudar, que los israelíes se consideran en estado de sitio, que los judíos están en estado de sitio, y que realmente la iniciativa va a hacer a los israelíes menos abiertos a la paz.
Klein: Es inevitable que, al menos en el corto plazo, va a alimentar este sentimiento de sitio en Israel.
Pero no es racional, porque en realidad, lo que estamos tratando es un contexto en el que Israel se ha visto recompensado. Si nos fijamos en estos años clave, desde la elección de Hamás, cuando el sitio de Gaza se hizo completamente brutal e ilegal sin lugar a dudas, el comercio con Israel de hecho ha aumentado sensiblemente. Se han puesto en marcha nuevos acuerdos especiales entre la Unión Europea e Israel, y también con América Latina. El año pasado, las exportaciones israelíes a Canadá aumentaron en un 45 por ciento.
A pesar de que Israel está siendo recompensado por este crimen y se está saliendo con la suya con una violencia extraordinaria, la sensación entre muchos israelíes de estar en estado de sitio está en aumento.
La pregunta es, ¿vamos a fomentar esta irracionalidad? Si es así significará que no hacemos nada, que entregamos voluntariamente las herramientas más efectivas del arsenal no violento.
Israel, a pesar de la abrumadora evidencia en contra, cree que el mundo entero está en contra suyo y que todas las críticas a que se enfrenta son formas de antisemitismo.
Esto es simplemente falso, y como activistas ya no podemos permitir que el complejo de víctima de un país enmascare la victimización real de la población palestina.
© 2009 Independent Media Institute.
Cecilie Surasky es vicedirectora de la organización Jewish Voice for Peace (Voz Judía por la Paz).
S. Seguí es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.
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