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martes, 15 de junio de 2010

Los nazis de ahora



15-06-2010
Xosé Manuel Beiras
Galicia Hoxe

Sí, sin ninguna duda. El martes pasado, Miguel Anxo Fernán Vello rotulaba con la interrogación “Israel, ¿Estado asesino? Un valiente artículo de urgencia en Galicia Hoxe referido al ataque asesino del ejército israelí con la pacifista ‘Flotilla de la libertad’ que trataba de llevar ayuda humanitaria a la población palestina sometida al bloqueo de Gaza por el Estado sionista. Ese texto, calificaba de ‘judeo-nazi’ al actual ministro de Asuntos exteriores israelí. No era un insulto, sino una definición –como diría Valle Inclán.

Una definición acuñada precisamente, hace ya decenios, por un egregio israelí, Yeshayahu Leibowitz, a quien citaba Miguel Anxo.
Pero parece que hubo un lector que se indignó; obviamente, ni había leído a Valle, ni tenía luces para discernir su bien didáctica distinción.
Cortésmente, al día siguiente, Fernán Vello, como réplica dio una bien documentada y contundente lección sobre el término ‘judeo-nazi’, del destacable filósofo y científico judío que la había acuñado, del aterrador retrato de tal ministro hecho por otro profesor también judío especialista en totalitarismo, e incluso nos recordó que, hace ya más de seis decenios, un conjunto de intelectuales judíos de bien, encabezados por Einstein y Hannah Arendt, definieron al partido sionista de Menahem Beguin como “estrictamente emparentado con los partidos nazifascistas”.
Así que la cosa viene de lejos. Que fueron los propios judíos demócratas quienes desde hace tiempo dieron la voz de alarma. Y que, sí, sin ninguna duda, los gobernantes del Estado sionista de Israel son los nazis actuales.

No sólo ellos, claro está. También si cabe los Bush de Falcon Crest, señor y junior. Me refiero, por supuesto, a la saga de la ‘familia’ de la que forman parte, fundada por la pareja Reagan-Thatcher e integrada por su progenie, por su ‘prole’ inversa a la del proletariado, la de los ‘monsters’ que desde entonces rigen los destinos de todo el planeta. Yo me atreví a definirlos así hace ya casi veinte años.

Así quiere decir, como ‘nazis’, lo de ‘monsters’ va tácitamente implícito en la definición. Fue la misma noche que en que estalló la primera guerra ‘del golfo’ en la madrugada del 25 de enero de 1991. La “guerra de los nuevos nazis actuales” la denominé en el artículo que escribí, insomne de indignación, también en aquella misma madrugada, con el título de un aria de Mozart ‘Mia speranza adorata’.

Acababan de empezar las celebraciones del doscientos aniversario de su muerte y, súbitamente, aquella noche, la imagen de Mitterrand, entonces presidente de Francia, apareció en la pantalla de los televisores con solemne expresión cadavérica, y lacónicamente lanzó la famosa sentencia: ´maintenant, les armes vont parler’, “convirtiendo el prometido y anunciado año Mozart en el año de la guerra de los nuevos nazis actuales, de la guerra del desvarío contra la razón, del absurdo contra la belleza, de la soberbia contra la dignidad humana”.

Llevamos ya todo un tercio de siglo padeciendo la emergencia de mutaciones morfológicas del fascismo, metástasis de los nazifascismos brotados en otros tiempos como fleurs du mal anti-poéticas, en la fase de’ caos sistémico’ del llamado período de entreguerras, desde la primera mundial del 14-18, hasta el Apocalipsis del 39-45. El proceso actual coincide, esta vez, con la entronización del reaccionario neo-liberalismo globalizador como “deus-ex-machina” de la crisis sistémica desencadenada a comienzos de los años setenta y que aún dura.

En aquel momento, en el primer tercio del XX, los nazifascismos, tanto como fenómeno socio-ideológico, cuanto como regímenes políticos, fueron la fórmula arbitrada por el gran capital –simbiosis del industrial y el bancario- para hacer frente al ascenso del poder del proletariado en el centro y también en la periferia del sistema, y también para dotarse las potencias emergentes derrotadas en el 18, del instrumental político eficaz en la disputa por la hegemonía en el sistema-mundo frente a la potencia en declive, la Gran Bretaña.

El nexo medular entre fascismo y gran capital fue en su momento lúcidamente revelado por Daniel Guérin: “Entre fascismo y gran capital el vínculo es tan íntimo que el día en que el gran capital le retira su apoyo, eso viene a ser, para el fascismo, el principio del fín”. Y así fue, desde que, además de la férrea resistencia de la URSS, decidió tomar partido la nueva potencia hegemónica EE.UU.

Pero, ahora la estructura del sistema en crisis es muy distinta de la de los años treinta: está globalizada y hegemonizada por un capital financiero transnacionalizado, pero eso sí, con el corazón siempre en la metrópoli yanqui. Y correlativamente cambió la morfología del nazifascismo instrumentalmente útil en esta nueva etapa.

Hace aún pocos días, el ‘Altermundo’ que dirige Manoel Santos, y que se imprime mensualmente como suplemento de Galicia Hoxe, publicaba un artículo del gran sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, una de las cabezas pensantes con mayor incidencia y prestigio en el universo antisistémicos de los FSM (Foro Social Mundial). Precisamente se titula: ‘El fascismo financiero’. En él evoca y reproduce parcialmente meditaciones suyas de hace un decenio.

He aquí algunas.
“Considero que una de las señales de la crisis de la democracia es la emergencia del fascismo social. No se trata del regreso al fascismo del siglo pasado. No se trata de un régimen político, sino más bien de un régimen social. En vez de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, promueve una versión empobrecida de la democracia que vuelve inútil e incluso inconveniente el sacrificio. Así pues, se trata de una fascismo ‘pluralista’ y por ello, de una forma de fascismo que nunca existió”.

Una de las formas de ‘sociabilidad fascista’ identificada por Sousa Santos es por supuesto el ‘fascismo financiero’: “y si acaso el más virulento. (…) (Su) virulencia reside en su potencial de destrucción, en su capacidad para lanzar al abismo de la exclusión a países enteros pobres”. Y “es también el más agresivo, porque su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática. (…) prácticamente incontrolable pese al poder suficiente para desequilibrar, en segundos, la economía real o la estabilidad política de cualquier país”
Por cierto que acaba con ironía: “Escribía esto pensando en los países del llamado Tercer Mundo. No podía siquiera imaginar que fuese a recuperarlo al pensar en países de la UE”.

Pero más allá de las raíces socioeconómicas y de clase de los nazifascismos, están sus dimensiones xenófobas, racistas, etnocidas y genocidas. Las que, en la versión nazi-hitleriana, entronizaron el racismo ‘ario’, determinaron la aberrante estrategia del exterminio de los ‘untermenschen’, los ‘subhumanos’ judíos, gitanos y eslavos, y desembocaron en el Apocalipsis de la ‘solución final’, el espeluznante genocidio padecido muy principalmente por los judíos europeos.

Incluso, la memoria de esa tragedia, perenne vergüenza en la conciencia de la humanidad, vuelve aún más rechazable el proceso freudiano de metamorfosis de la víctima en verdugo protagonizado desde hace medio siglo hasta hoy mismo por el Estado sionista de Israel, con la delictiva complicidad activa de EE.UU. y de su vasallo europeo, la UE.
Un Estado confesional integrista creado con la coartada de ‘limpiar’ la mala conciencia de un ‘Occidente’ que bailó el rigodón con los nazifascismos de los años treinta, en vez de aislarlosy asfixiarlos cuando aún era tiempo de evitar el Apocalipsis.
Un estado belicista instalado a las puertas de un ‘espacio vital’ para este IV Reich de ‘fascismo pluralista’ que es el imperial sistema-mundo globalizado, con la tarea de garantizar, mediante la amenaza y la violencia, la expoliación de los recursos energéticos vitales que ese espacio sustenta.
Un Estado racista que lleva medio siglo insistiendo en la expropiación del territorio e incluso, a poder ser, en el exterminio del pueblo palestino, el Cristo de nuestros días.

Si, sin duda ninguna, el Estado sionista de Israel es la ciudadela kafkiana de los nazis de ahora en el extremo mediterráneo de ‘Occidente’. Y ‘Occidente’ sigue bailando el rigodón con él, como hizo antaño con Mussolini e Hitler. Hasta la consumación de este otro Apocalipsis.

Tomado de:http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3397


Xosé-Manuel Beiras , miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO , es el más destacado dirigente de la izquierda nacionalista gallega. Profesor de economía en la Universidad de Santiago de Compostela, ha sido uno de los políticos más sólidos, imaginativos e independientes de la izquierda durante la transición política en el Reino de España.

Traducción para www.sinpermiso.info : Ramón Sánchez Tabares

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miércoles, 5 de mayo de 2010

El Estado de Israel no debió fundarse nunca


Carta al presidente de la Federación de comunidades Judías de España

M. García Viñó
Rebelión
05-05-2010

Sr. D. Jacobo Israel Garzón

Madrid

Muy señor mío: me refiero a su artículo titulado “Israel, una necesidad histórica”, publicado en el diario El País el 27 de abril pasado. Y el caso es que no sé si llamarlo artículo o cuento de hadas.

Le escribo porque me ha resultado curioso comprobar que usted dice exactamente lo contrario de lo que yo diría sobre el tema. Más aún, como no puedo desconfiar de mí mismo, me atrevo a afirmar que no hay una sola verdad en su texto. Con lo cual no quiero decir que usted mienta ―¡por nada del mundo se me ocurriría ni pensarlo!― , sino que tal vez, por falta de información, ignore algunas cosas.

― Por lo que dice en la primera línea de su artículo, acerca de que el pueblo judío fue dispersado de su tierra hace dos mil años, tengo que pensar que usted no está al tanto de dos cosas importantes:

1.- Que historiadores JUDÍOS, especialmente Shlomo Sand, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Tel Aviv, han demostrado que no existe ni ha existido nunca ningún grupo humano al que se pueda llamar con propiedad “pueblo judío” o “pueblo de Israel”. El judaísmo no es más que una religión. Hay judíos de diferente etnia, con distinto ADN, distintas culturas según los lugares de residencia y sólo unidoss por una fe etc. (V. Cómo y cuando fue inventado el pueblo judío, Edición francesa en Ed. Fayard).

2.- Que el mencionado historiador, y otros como Norman Finkelstein (también JUDÍO) y otros han demostrado que no hubo diáspora tras la catástrofe del año 70. Los judíos permanecieron allí; más adelante, se convirtieron al Islam y sufrieron varias colonizaciones: romanos, bizantinos, turcos, ingleses… Son los ascendientes de los actuales palestinos, dueños legítimos de aquella tierra.

En todo caso, ¿usted concibe que, por ejemplo, a Bin Laden se le iluminara un día la cabeza y los árabes se presentaran ahora en lo que fue Al-Andalus (Andalucía, Murcia, Valencia, Aragón, etc.), mataran o expulsaran a los españoles y reclamaran esos territorios como SU patria. Los tomaríamos por locos o por ladrones y asesinos ¿no?

― ¿Es posible que también desconozca usted el libro del profesor JUDÍO Ilan Pappé, de la Universidad de Haifa, La limpieza étnica de Palestina (en español, Editorial Crítica), donde hace historia documentada de todas las atrocidades que los israelíes han cometido con los palestinos: violación de los derechos humanos, crímenes contra la humanidad, expolio, robos, asesinatos, masacres… Un auténtico genocidio, que incluye violaciones de mujeres delante de sus maridos, asesinatos de niños delante de sus padres y de padres delante de su hijos, asaltos y fusilamientos nocturnos de pequeñas aldeas… Actos incalificables que la ONU ha condenado 80 veces, con resoluciones que ha desatendido Israel (¡todas ellas!) con ayuda del veto norteamericano. Si quiere, le puedo enviar un listado. Podrá ver cuántas veces ha sido condenado el estado sionista por violación de los derechos humanos, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

― Me cuesta trabajo creer, pues habló de ello toda la prensa mundial, que ignore que el ejército israelí, utilizando armas prohibidas, como el fósforo blanco y el uranio empobrecido, asesinó en diciembre-enero de 2008-2009 a 1.700 palestinos, de ellos casi 500 niños y más de 600 mujeres. Esta salvaje e inhumana masacre, ha sido objeto de un informe exhaustivo por el juez sudafricano Goldstone, basándose en el cual el más alto organismo internacional ha condenado una vez más a Israel por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

― Más explicable es que ignore, puesto que vive en Madrid, que, DIARIAMENTE, el ejército israelí patrulla ciudades y aldeas palestinas y saquea casas con el pretexto de buscar terroristas. No es extraño que cometa algún asesinato, si hace al caso. Porque, como usted muy bien dice, son los principios éticos los que rigen las acciones de Israel.

― Es posible que usted ignore también que hay dos millones de palestinos en campos de refugiados en los países vecinos, a los que expulsaron después de robarles sus tierras y sus bienes, y cuya repatriación viene impidiendo Israel desde hace más de sesenta años, pese a las peticiones de la ONU y de las potencias occidentales, cobardemente blandas, por otra parte.

― Se atreve usted a decir, no sin candor, que lo que más desean ustedes es la paz con los palestinos. Será la paz de los cementerios ¿no? Y será, si es posible, después de torpedear todos los intentos de arreglo con la complicidad cobarde de las potencias. Y añade que, como el baile de pareja, la paz es cosa de dos, dando a entender que son los palestinos quienes no la desean. ¿Será que es usted un cínico? ¿O que ignora igualmente cuanto han dicho todos los líderes sionistas, desde David Ben Gurion y Golda Meir a Ariel Sharon y Benjamin Netanyahu, pasando por Menahem Beguin, Moshe Dayan, Edhud Olmer e Isaac Shamir, declarado paladinamente que Israel jamás consentirá la fundación de un estado palestino? A usted, sólo le ha faltado reconocer esto, pero añadiendo como justificación que la razón última de sus actos es que se trata de un regalo de Yahvé.

La exministra del gobierno israelí, Shulamit Aloni, el día de su 82 cumpleaños, dijo:

“No estoy satisfecha con el Estado de Israel y me resulta muy difícil dirigirle elogios. Sin duda atravesamos una gran crisis de valores morales y sociales. […] Desde la segunda Intifada, hemos matado a miles de palestinos y nos hemos manchado las manos de sangre. Somos malos, sí, y lo que hacemos en Cisjordania es el summum de la maldad. Supera lo que otros pueblos han hecho con los judíos.”

Tal vez sea esta la manera que tiene el Estado de Israel de expresar ese deseo de paz de que usted habla.

― Lo que es inconcebible para un cerebro humano normal es que quienes sufrieron un holocausto criminal, perpetraran otro igual de criminal sólo tres años más tarde. Se trata, sin duda, de la acción más infame que unos hombres han desencadenado contra otros hombres en toda la historia.

Le recuerdo lo que dijo el gran historiador Arnold Toynbee:

“El trato que los árabes recibieron de los judíos en 1948 es tan indefendible moralmente como la carnicería perpetrada por los nazis contra seis millones de judíos… Lo más trágico que puede haber en la vida humana es que un pueblo que ha sufrido imponga a su vez sufrimiento a otro”.

En fin, que lleva razón Salvador Pániker, a quien usted quería rebatir con su artículo: el estado de Israel no debió haberse fundado nunca. Es un engendro artificial que, desde que nació, no ha traído más que desgracias y muerte al mundo.

Y no me apunte como antisemita. No lo soy. Soy furiosamente antisionista.

M. García Viñó

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martes, 9 de marzo de 2010

La invención del pueblo judío


.09-03-2010
Harry Clark
Counterpunch
Traducido para Rebelión por LB

El mito fundamental del sionismo es el regreso del pueblo judío a su tierra. [Según dicho mito,] El pueblo soberano fue conquistado y exiliado a lo largo y ancho [del orbe] pero se mantuvo marginal y unido, inspirado por la memoria de su antigua soberanía. A finales del siglo XIX, el pueblo [judío] inició su retorno, que culminó en la dramática creación del Estado de Israel en 1948, dando cumplimiento al anhelo de dos milenios. El historiador de la Universidad de Tel Aviv Shlomo Sand, en su notable libro La invención del pueblo judío, explora el trabajo académico pasado y presente para refutar la historiografía sionista subrayando su carácter mitológico, y nos cuenta en cambio la historia de una minoría religiosa y de su credo oscilante entre el proselitismo y la conversión, sujeta a las mismas fuerzas sociales que afectan a cualquier otra minoría religiosa.




Inspirado por el mito sionista, judíos de Israel

"[Los judíos] Saben a ciencia cierta que una nación judía ha existido desde que Moisés recibió las tablas de la ley en el monte Sinaí, y que son sus descendientes directos y exclusivos (con excepción de las diez tribus, que todavía no se han encontrado). Están convencidos de que esta nación "salió" de Egipto, conquistó la "Tierra de Israel" (...) También están convencidos de que esta nación fue exiliada, no una vez sino dos, después de su periodo de gloria —tras la caída del primer templo en el siglo VI a.C., y de nuevo tras la caída del Segundo Templo, en el año 70 d.C. (…) "Creen que ese pueblo —su "nación", que debe ser la más antigua— vagó en el exilio durante casi dos mil años y, sin embargo, a pesar de esta prolongada estancia entre los gentiles logró evitar la integración o asimilación en el seno de éstos (...)

"Entonces —sostienen—, a finales del siglo XIX una circunstancias excepcionales se combinaron para despertar al viejo pueblo de su largo letargo y prepararlo para el rejuvenecimiento y para el retorno a su antigua patria. Y, de ese modo, la nación comenzó a regresar con alborozo (…)

"(...) Cierto, algunas personas a las que nadie había invitado se habían instalado en esta tierra, pero dado que "durante toda su Diáspora el pueblo se mantuvo fiel a ella" por espacio de dos milenios, la tierra [de Israel] pertenecía sólo al pueblo judío y no a ese puñado de gentes sin historia que simplemente se habían tropezado con ella. Por lo tanto, las guerras libradas por la nación errante para conquistar el país estaban justificadas, la violenta resistencia de la población local fue criminal, y solo merced a la (muy bíblica) misericordia de los judíos les fue permitido a esos extranjeros permanecer y vivir en el seno y al lado de la nación que había regresado a su idioma bíblico y a su tierra maravillosa".

Sand subraya la finalidad reaccionaria a la que sirve el mito.

"Dominado por el particular concepto de nacionalidad propio del sionismo, sesenta años después de su creación el Estado de Israel todavía se niega a verse a sí mismo como una República al servicio de sus ciudadanos (...) La excusa para esta grave violación de uno de los principios de la democracia moderna, y para la preservación de una etnocracia desbocada manifiestamente discriminatoria contra algunos de sus ciudadanos, se basa en el mito activo de una nación eterna que en última instancia debe congregarse en su tierra ancestral".

La ausencia de pruebas de expulsión, y la preeminencia —socavadora del mito— de la conversión y el proselitismo [en la historia de la comunidad judía], demuestran que los judíos y el judaísmo eran iguales a cualquier otra minoría religiosa y a su credo. Los babilonios, efectivamente, deportaron a la élite [judía] cuando conquistaron el reino de Judá en el siglo VI a.C., pero ni babilonios ni asirios deportaron a poblaciones enteras. El templo fue reconstruido y Jerusalén devastada por los romanos cuando éstos aplastaron la revuelta zelote en el año 70 d.C., pero "en ningún lugar de la abundante documentación romana se halla mención alguna sobre ninguna deportación de [la población de] Judea". Tampoco la revuelta de Bar Kochba terminó en expulsión. "Es probable que se llevaran a los combatientes cautivos, y otros seguramente huyeron (...) pero las masas de Judea no fueron exiliadas en el año 135 d.C."

Los historiadores nacionalistas (Heinrich Graetz a mediados del siglo XIX, Simon Dubnow a finales del XIX y principios del XX, Salo Baron a mediados del siglo XX) no vincularon [los conceptos de] exilio y destrucción. Graetz y Dubnow se hicieron eco del dramático relato de Flavio Josefo sobre la destrucción [de Jerusalén]; Baron fue más académico, pero buscó sobre todo "evitar una conexión entre el fin de Judea como entidad política y la desaparición de la ‘nación étnica’ judía, que ‘nunca encajaba completamente en los patrones generales de las divisiones nacionales’. Así pues, los judíos son un pueblo con un pasado extraordinario diferente de cualquier otro pueblo". Los historiadores sionistas (Yitzhak Baer y Ben-Zion Dinur, de la Universidad Hebrea, mediados del siglo XX) no abonaron la tesis de la expulsión en el año 70, pero la trasladaron a una fecha posterior a la conquista árabe del siglo VII d.C., tal como veremos más adelante.

El rápido crecimiento de la población judía en todo el Mediterráneo oriental antes del año 70 d.C. plantea otro problema para los historiadores nacionalistas. [Para explicar ese crecimiento,] La perspectiva sionista establece una lista [de posibles causas] que, en orden decreciente de importancia, comprende las deportaciones, las emigraciones para huir de la penuria, la emigración voluntaria, y, por último, un movimiento de proselitismo y de conversión que culminó en el siglo I d.C. Sand afirma que el último factor fue con mucho el más importante, a pesar de la visión convencional según la cual el judaísmo sería una religión no proselitista y aislante. En una disertación heterodoxa impartida en la Universidad Hebrea en 1965, Uriel Rapaport afirmó categóricamente: "Habida cuenta de su gran escala, la expansión del judaísmo en el mundo antiguo no puede explicarse por el crecimiento natural [de la población judía], por la migración [de judíos] desde su patria, o por ninguna otra explicación que no incluya la adhesión de extranjeros [al seno de la comunidad religiosa judía]". “Rapaport se unió a una tradición historiográfica (no judía) que incluía a los grandes eruditos de la historia antigua", los cuales “afirmaban, para usar las palabras fuertes de Theodor Mommsen, que ‘el judaísmo antiguo no era en absoluto exclusivo; al contrario, era tan proclive a propagarse como el cristianismo y el Islam lo serían en el futuro’”. La tesis "fue bien recibida en la Universidad Hebrea" en 1965, "antes de la guerra de 1967, antes del endurecimiento del etnocentrismo en Israel, y más tarde en las comunidades judías del mundo occidental".

La expansión mediante la conversión fue la práctica principal de la dinastía de los Asmoneos, fundada en 165 a.C. La historiografía sionista "presentó al judaísmo como opuesto al helenismo y describió la helenización de las élites urbanas como una traición". Sin embargo, "lo que los Macabeos expulsaron de Judea no fue el helenismo sino el politeísmo. Los asmoneos y sus estructuras de poder eran irreductiblemente monoteístas y típicamente helenísticas". "El helenismo inyectó al judaísmo el elemento vital del universalismo antitribal, que a su vez reforzó el apetito de los gobernantes por propagar su religión (...) Los asmoneos no se proclamaban descendientes de la Casa de David y no veían ninguna razón para emular la historia de Josué, el mitológico conquistador de Canaán”. Los asmoneos conquistaron Palestina central y meridional, convirtieron a sus habitantes por la fuerza y más tarde hicieron lo mismo en Galilea. A principios del siglo III a.C. se inició en Alejandría una traducción griega de la Biblia: el judaísmo se estaba "convirtiendo en una religión multilingüe”. "No es exagerado afirmar que, de no haberse producido la simbiosis entre judaísmo y helenismo, que fue lo que más que ningún otro factor transformó al judaísmo en una religión dinámica y de propagación durante más de trescientos años, el número de judíos en el mundo de hoy sería aproximadamente el mismo que el número de samaritanos." "La Mishna, el Talmud y numerosos comentarios rebosan de declaraciones y debates destinados a convencer al público judío de que acepte a los prosélitos y los trate como a iguales.” Parte de la competencia del cristianismo con el judaísmo en el siglo I d.C. surgió de la "mitología sobre la idea de que los judíos habían sido exiliados como castigo por haber rechazado y crucificado a Jesús", que data de los escritos de Justino el Mártir en el siglo II y que reprodujeron otros escritores cristianos.

Cuando el cristianismo se convirtió en la religión del Estado bizantino bajo Constantino I, "el estatuto jurídico de los judíos no se alteró drásticamente”, pero los edictos represivos contribuyeron al declive del judaísmo. Además, "los creyentes judíos comenzaron a adoptar la noción de exilio como castigo divino". "El concepto de exilio llegó a moldear las definiciones del judaísmo rabínico con respecto al creciente poder del cristianismo." El “futuro que habría de abolir [el exilio] era totalmente mesiánico y quedaba por completo fuera del poder de los judíos humillados”. La población judía comenzó a disminuir cuando las ganancias por proselitismo se convirtieron en pérdidas por conversión al cristianismo.

Para los historiadores sionistas, todavía "era necesario disponer de un exilio forzado, de lo contrario sería imposible comprender la historia ‘orgánica’ del pueblo judío ‘errante’ (...) El comienzo del ‘exilio-sin-expulsión’ (...) comenzó sólo con la conquista árabe”. Esto ayudó "a reducir al mínimo el tiempo de exilio para maximizar la reclamación nacional de propiedad sobre el país”. "Según Dinur, el país cambió de manos debido exclusivamente a ‘la incesante penetración en el país de gentes del desierto, a su fusión con sus exóticos elementos (sirio-arameos), a la adopción de la agricultura por parte de los nuevos conquistadores y a su apropiación de tierras judías’”. Sin embargo, “Dinur exhibe una “embarazosa falta de fuentes documentales en su empeño por fundamentar su tesis” acerca de una expulsión de los judíos a instancias de los musulmanes. La drástica disminución de la población judía "tras la conquista musulmana del siglo VII (...) no se debió a que los judíos fueran expulsados del país, un hecho sobre el que no existe la más mínima evidencia en las fuentes históricas".

La confiscación de tierras fue mínima debido a que el ejército conquistador era relativamente pequeño y tras su victoria partió rumbo a nuevas campañas. Además, los conquistadores tenían una "actitud bastante liberal hacia las religiones de los pueblos derrotados, siempre que fueran monoteístas, por supuesto". A cristianos y judíos solo les exigían el pago de un impuesto de capitación. A falta de otras pruebas, "es razonable suponer que en Palestina / Tierra de Israel se inició un lento y moderado proceso de conversión [al Islam] que supuso la desaparición de la mayoría judía en el país".

Sobrepasado por los flancos en el Mediterráneo, el judaísmo se expandió en los márgenes del cristianismo. La poderosa tribu y reino de Himyar, que de hecho gobernaba Yemen, se convirtió al judaísmo en el año 378, y una dinastía judía gobernó hasta el primer cuarto del siglo VI d.C. Es probable que los himyaritas fueran el origen de la tribu de los judíos falasas etíopes. En 525 el reino Himyar fue conquistado por el reino cristiano de Aksum, situado al otro lado del Mar Rojo, en la Etiopía moderna. En 570 la zona fue conquistada por los persas, que paralizaron su cristianización, pero el país no se convirtió al zoroastrismo. Cuando los ejércitos islámicos llegaron en el año 629 se encontraron con una población cristiana y judía, y "el profeta les advirtió en una carta que no obligaran a la población local a convertirse al Islam".

Los judíos Himyaritas fueron la base histórica de los judíos yemeníes. Baron escribió "varias páginas acerca de ‘los antepasados de la judería del Yemen’, y trató de varias maneras de justificar el duro trato que [aquellos judíos yemeníes] dispensaron a los cristianos", por ejemplo en el caso del rey Dhu Nuwas, que masacró a 20.000 personas por rechazar la conversión. Esta masacre fue objeto de debate en un programa de la BBC sobre los himyaritas y provocó las protestas de la Junta de Delegados de la judería británica, cuyo portavoz descalificó a Dhu Nuwas tachándolo de "renegado converso". "De todos es sabido que el judaísmo no es una religión proselitista" [sostuvo el portavoz de la Junta de Delegados]. La BBC recibió el apoyo de historiadores israelíes, uno de los cuales afirmó: "Él [el rey Dhu Nuwas] masacró efectivamente a muchos cristianos. El volumen de conocimientos sobre ese asunto es cada vez mayor. La tribu se convirtió a finales del siglo IV, y en aquellos días el judaísmo se consideraba misionero. Es un asunto sensible desde un punto judío [¡sionista!]”. Los himyaritas desaparecieron de la historiografía sionista.

"La monumental compilación de Dinur titulada Israel en el exilio se abre en el siglo VII d.C. con 'el pueblo judío camino al destierro’, de manera que el anterior reino judío al sur de Arabia desaparece. Algunos académicos israelíes cuestionaron el carácter judío de los himyaritas, que probablemente no eran enteramente rabínicos, mientras que otros [estudiosos] simplemente pasaron por alto este problemático capítulo de la historia. Los libros de texto publicados [en Israel] tras la década de 1950 no mencionaban el reino meridional proselitizado".

Haim Zeev Hirschberg, académico israelí especializado en los judíos árabes, afirmó que 'los judíos que llegaron de la Tierra de Israel (...) eran el alma viva de la comunidad judía del Yemen (...) decidían sobre todos los asuntos". Sand sostiene que "Hirschberg no tenía la menor prueba sobre el número, caso de haber alguno, de “judíos de nacimiento" existentes en las diferentes clases de la sociedad Himyarita, ni sobre el origen de los que abrazaron la fe judía. Pero [en Hirschberg] el imperativo etnocéntrico era más fuerte que su formación histórica, y le exigía concluir su trabajo con la 'llamada de la sangre’". Los historiadores yemeníes, en cambio, “insisten en que los judíos del Yemen son ‘una parte inseparable del pueblo yemenita. Estas gentes se convirtieron y adoptaron la religión judía en su patria, que por aquel entonces practicaba la tolerancia religiosa’".

El norte de África constituyó otro exitoso capítulo de proselitismo judío, probablemente a partir de los sobrevivientes fenicios del saqueo romano de Cartago. Existen pruebas arqueológicas y epigráficas sustanciales que dan fe de la existencia de vida religiosa judía. Los años 115-17 fueron testigo de una "revuelta mesiánica anti-pagana a gran escala" dirigida por un rey judeo-helenístico. Los emperadores romanos Severos de los siglos II y III eran oriundos del norte de África y practicaban una política filo-semita. Los escritores cristianos norteafricanos Tertuliano y Agustín reconocieron la fuerza del judaísmo.

Una reina bereber judía llamada Dihya al-Kahina agrupó a las tribus del este de Argelia y derrotó al general omeya Hassan ibn al-Numan en 689. Cinco años más tarde, las tropas de éste la mataron en el campo de batalla y sus hijos se convirtieron al Islam, uniéndose a los conquistadores. En el siglo XIV Ibn Khaldun escribió sobre el reinado de Dihya al-Kahina y describió a las tribus bereberes judías que habitaban el territorio comprendido entre la moderna Trípoli y Fez, en Marruecos.

"[E]stas áreas tribales coinciden aproximadamente con los lugares donde las comunidades judías persistieron hasta los tiempos modernos". En el relato de Sand, Hirschberg excluyó esta historia, y con ella a la reina bereber, así como las pruebas de la ascendencia bereber judía. "Su esfuerzo constante por demostrar que los judíos eran una nación étnica arrancada de su antigua patria (...) satisfacía el imperativo de la historiografía sionista dominante (...) [que] constituía la "fuente científica" de los "libros de texto estándar de historia del sistema educativo israelí".

Descartada esa historia, aún queda un "gran enigma en los textos de historia de Israel (...) la existencia en Hispania de una comunidad judía tan numerosa". La evidencia lingüística sugiere que 'los judíos sefarditas son mayoritariamente descendientes de árabes, bereberes y europeos convertidos al judaísmo". Además, "el hebreo y el arameo hicieron su aparición en los textos judíos [europeos] sólo en el siglo X d.C. y no fueron producto de una evolución lingüística autóctona previa. Eso significa que los exiliados o emigrados de Judea no se establecieron en Hispania en el siglo I ni introdujeron su lengua original”. Los judíos ibéricos dieron la bienvenida a sus conquistadores [musulmanes] por lo que suponían de respiro respecto al cristianismo visigodo, y la afluencia bereber, junto con un mayor proselitismo, incrementó la población judía hasta que la conversión al Islam se impuso. Ésta se vio contrarrestada sustancialmente por la inmigración "de judíos procedentes de todo el sur de Europa y en mayor número aún del norte de África", motivada por la "admirable simbiosis entre [judaísmo] y arabismo tolerante en el reino de Al-Andalus y en los principados que lo sucedieron".

Los prosélitos Himyaritas y bereberes palidecen ante los jázaros, que gobernaron desde el siglo IV a lo largo del Volga y al este de Ucrania en la península de Crimea y en la Georgia moderna. La Ruta de la Seda y el Don y el Volga dieron al reino un comercio rico y floreciente, así como los medios para mantener un poderoso ejército. Aunque el “lenguaje jázaro consistía en dialectos huno-búlgáricos más otros dialectos de la familia turca", “[n]o hay duda (...) de que la lengua sagrada de los jázaros y su lengua de comunicación escrita era el hebreo”. Los jázaros se convirtieron gradualmente [al judaísmo] entre mediados del siglo VIII y mediados del siglo IX, y [lo hicieron] por la misma razón "que explica la conversión de Himyar (...) [a saber, e]l deseo de seguir siendo independientes frente a poderosos imperios expansivos (...) Si los jázaros hubieran abrazado el Islam (...) se habrían convertido en súbditos del califa. Si hubieran permanecido paganos, los musulmanes los habrían marcado para la aniquilación (...) El cristianismo, por supuesto, los habría convertido en tributarios del Imperio Oriental”. La conversión [al judaísmo] se inició con la élite, y con el tiempo abarcó a la mayor parte de la población. El judaísmo jázaro era sustancialmente rabínico, aunque también es posible que floreciera el judaísmo Kairate, una secta similar al protestantismo que considera a la Biblia hebrea como la única autoridad.

A semejanza de Al-Andalus, "el poder jázaro protegió a judíos, musulmanes, cristianos y paganos". A finales del siglo X y principios del XI, Kiev, hasta entonces territorio vasallo [del poder] jázaro, se alió con Bizancio y derrotó el reino jázaro. El judaísmo pervivió en las ciudades, las estepas y las montañas para ser barrido por la conquista mongol del siglo XIII, exceptuando algunos vestigios que pervivieron en las montañas. El imperio jázaro estaba demasiado bien atestiguado “por fuentes árabes, persas, bizantinas, rusas, armenias, hebreas, e incluso por fuentes chinas" como para ser ignorado, pero Graetz, Dubnow, Baron y Dinur lo rechazaron por considerarlo un fenómeno pasajero, un rompecabezas, o el resultado de una migración masiva de la "Tierra de Israel". El único estudio israelí de los jázaros, realizado por Abraham Polak y publicado por última vez en 1951, aseguraba a sus lectores que 'una gran comunidad judía creció allí, de la cual los jázaros prosélitos eran sólo una parte’". Sand sugiere que en los años 1950 y 1960 "los mercaderes israelíes de memoria" temían "por la legitimidad del proyecto sionista en caso de que se llegara a saber de forma amplia que las masas judías de colonos [que se estaban asentando en Palestina] no eran descendientes directos de los ‘Hijos de Israel’". "La conquista de la ‘Ciudad de David’ en 1967 debía ser obra de los descendientes directos de la Casa de David y no, Dios nos libre, de descendientes de los curtidos jinetes de las estepas del Volga y del Don, de los desiertos del sur de Arabia o de la costa del norte de África."

Sand también tiene en cuenta el argumento popularizado por Arthur Koestler en La treceava tribu según el cual la migración de los jázaros habría sido el origen de los judíos de Europa oriental, en contra de la opinión sionista estándar según la cual esos judíos emigraron de Alemania occidental (vía Roma y la "Tierra de Israel"). "Jazaria se derrumbó poco antes de la llegada de los judíos a Europa del Este, y es difícil no relacionar ambos [sucesos]". Desde principios del siglo XIX los jázaros fueron estudiados a fondo por acreditados estudiosos rusos, polacos y soviéticos, tanto judíos como gentiles, y fueron comúnmente considerados como el origen de los judíos de Europa del Este. Polak, y después de él Baron y Dinur reconocieron a los jázaros como el origen de los judíos orientales, aunque todos ellos fustigaron los orígenes proselitizados de los jázaros.

Quizás la fuente más persuasiva citada por Sand sobre los orígenes proselitizados de los judíos ashkenazis sea el lingüista de la Universidad de Tel Aviv Paul Wexler, autor de Los judíos ashkenazis: un pueblo eslavo-turco en busca de una identidad judía (y autor asimismo de Los orígenes no judíos de la judíos sefarditas). Wexler afirma que "el lenguaje conocido como yiddish (...) se desarrolló en el siglo IX en tierras bilingües germano-eslavas como una forma judaizada del sorabo". El sorabo es un idioma eslavo hablado hoy por unas 50.000 personas en Brandenburgo, al sureste [de Alemania]. "El yiddish no es una ‘forma de alemán’”. Las "pequeñas comunidades judías en los territorios monolingües del oeste de Alemania" no pueden haber sido el origen de los millones de judíos de la Europea oriental. "El judeo-sorabo sufrió una 'relexification" (...) a partir de los siglos IX y X y, como más tarde, a principios del siglo XIII". "El resultado fue (...) el injerto de vocabulario del alto alemán [oriental] (...) a la sintaxis, fonología, fonotaxis y, en cierta medida, morfología del judeo-sorabo. Así, a pesar de su ‘aire alemán’, el yiddish sigue siendo un idioma eslavo occidental". El hebreo moderno es también una lengua eslava, no un "renacimiento" del antiguo hebreo semita, algo "imposible (...) porque no existen [hablantes] nativos que puedan proporcionar una norma nativa". "El hebreo moderno simplemente incorpora la sintaxis y el sistema fonético de la lengua yiddish oriental hablada por los primeros planificadores modernos del idioma hebreo en la Palestina Otomana, mientras que su léxico (...) fue sistemáticamente sustituido por vocabulario hebreo tomado de la Biblia y de la Mishná".

Wexler argumenta a partir de la evidencias lingüísticas y de otro tipo "que los judíos ashkenazis han debido de consistir en una mezcla de griegos, romaníes balcánicos, eslavos balcánicos, germano-eslavos y turcos (jázaros, avares) convertidos al judaísmo y sus descendientes, junto con una exigua minoría de judíos étnicos, éstos últimos con toda probabilidad oriundos de otras partes de Europa más que de la propia Palestina”. Por razones lingüísticas, Wexler rechaza la hipótesis de la migración masiva de jázaros, argumentando que hubo más conversión sobre el terreno que migración. "Por lo tanto, el judaísmo contemporáneo se define mejor no como la continuación del judaísmo que sirvió como antecedente del cristianismo y del Islam, sino como una nueva variante judaizada del paganismo europeo (principalmente eslavo) y del cristianismo (...) la mayoría de las características del antiguo judaísmo palestino y del hebreo semita que se hallan en el ‘judaísmo’ ashkenazi y en el ‘hebreo’ ashkenazi medieval/israelí moderno fueron préstamos posteriores y no herencia original [subrayado en el original]". Esta tesis ha sido oscurecida por el chovinismo filo-alemán y anti-eslávico de estudiosos de ascendencia ashkenazi, tanto judíos como gentiles, debido a sus anteojeras disciplinarias y también a la inercia.

Sand estudia también el racismo sionista, desde el proto-sionista Moses Hess, que "necesitaba una buena dosis de teoría racial para elaborar su ensoñación del pueblo judío", hasta las ideas del padrino de los kibutz Arthur Ruppin "sobre la lucha darwinista de la ‘raza judía’”, incluyendo consultas con "expertos" de la Alemania nazi, hasta el discreto intento de los genetistas israelíes tras 1948 "para descubrir una homogeneidad biológica entre los judíos del mundo" mientras investigaban enfermedades de judíos reveladas por portadores de Tay-Sachs oriundos de Europa del Este, pero también por portadores de favismo yemenitas e irakíes. "El control israelí desde 1967 sobre una población no judía cada vez mayor", y la consiguiente necesidad de "encontrar una frontera etnobiológica" que subraye “las similitudes genéticas básicas (...) y la pequeña proporción de genes ‘extranjeros’ en el paquete genético de los judíos" condujo a "nuevos hallazgos" que "corroboraron la literatura acerca de la dispersión y el vagabundeo de los judíos desde la antigüedad hasta el presente. Por fin, la biología confirmó la historia" en la actual pseudo-ciencia de la "genética judía”.

Israel “se convirtió en líder mundial en la ‘investigación de los orígenes de las poblaciones’”, aunque "los investigadores israelíes (...) mezclaban regularmente mitologías históricas con presunciones sociológicas y con dudosos y escasos hallazgos genéticos". Entre estos se cuentan el ADN mitocondrial que supuestamente demostraría que "el 40% de todos los ashkenazis del mundo descienden de cuatro matriarcas (como en la Biblia)”, y un haplotipo presente en el 50% ciento de los varones llamados Cohen, que "demostraba" que "la casta sacerdotal judía fue realmente fundada por un antepasado común hace treinta y tres siglos”. Esta basura apareció impresa en publicaciones como Nature y el American Journal of Human Genetics, y fue respetuosamente reproducida en Haaretz y en otras publicaciones, pero pocas veces [se publicaron] opiniones escépticas o hallazgos sensu contrario. "Sin embargo, hasta ahora, ninguna investigación ha encontrado características únicas y unificadoras de herencia judía basadas en un muestreo aleatorio de material genético cuyo origen étnico no sea conocido de antemano (...) a pesar de todos los costosos esfuerzos ‘científicos’ realizados, un individuo judío no puede ser definido de ninguna manera por criterios biológicos”.

El relato del judaísmo que realiza Sand desde la exclusiva genealogía israelita hasta el proselitismo helénico pasando por el proselitismo y la conversión en los márgenes de la Cristianidad, en Arabia, Norte de África, Hispania y entre los jázaros y eslavos, junto con la introversión defensiva posterior al triunfo final del cristianismo, constituye la interesante y convincente historia de una minoría religiosa sometida a fuerzas históricas comunes.

El relato contrario, que nos habla de un pueblo judío unitario expulsado de su patria y errante en el aislamiento de su exilio durante dos mil años hasta que comienza a regresar a finales del siglo XIX d.C., es un mito reaccionario que el sionismo ha desplegado para conquistar Palestina y recabar apoyo para esa conquista. Hoy en día el mito pervive incuestionado tanto en Israel como en el resto del mundo. Nada "ha desafiado a los conceptos fundamentales que se elaboraron a finales del siglo XIX y principios del XX". Los avances en el estudio de las naciones y del nacionalismo no "afectaron a los departamentos de ‘Historia del Pueblo de Israel’ (también conocido como de historia judía) de las universidades israelíes. Ni, sorprendentemente, han dejado huella alguna en la amplia producción de los departamentos de estudios judaicos de las universidades americanas o europeas”. El mito sionista expresa una conciencia judía virulentamente racista. Desde el punto de vista canónico liberal, "cualquier persona que argumentara que todos los judíos pertenecen a una nación de origen extranjero habría sido catalogado automáticamente como antisemita. Hoy en día, quienquiera que se atreva a sugerir que la gente conocida en el mundo como judíos (a diferencia de los actuales israelíes judíos) nunca han sido, y siguen sin serlo, un pueblo o una nación, es denunciado inmediatamente como alguien que odia a los judíos".

En su conclusión, Sand afirma "el estado de ánimo al final de este libro. (…) es más pesimista que optimista”. En su párrafo final pregunta:

"A fin de cuentas, si fue posible cambiar el imaginario histórico de forma tan profunda, ¿por qué no realizar un esfuerzo de imaginación igualmente potente para construir un mañana distinto? Si la historia de la nación [judía] fue básicamente un sueño, ¿por qué no soñar de nuevo, antes de que se convierta en una pesadilla?".

Es posible contactar con Harry Clark en: andalus01@gmail.com.

Fuente: http://www.counterpunch.org/clark02042010.html

Hay disponible un PDF de este artículo con notas en: http://sites.google.com/site/alandalusdoc/palestine/sand.pdf

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