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martes, 18 de mayo de 2010

Declaraciones de Evo Morales “Cuando uno siente por su pueblo y por su patria, se puede cambiar la Historia democráticamente”


19-05-2010
Mario Amorós
Rebelión

Pide a la Unión Europea respeto al proceso de transformaciones económicas, sociales y culturales que experimenta Bolivia desde 2006

El Presidente de Bolivia, Evo Morales, ha sido el protagonista esta mañana en el Hotel Intercontinental de Madrid de los desayunos informativos que organiza periódicamente la agencia de noticias Europa Press. En su discurso, ha recorrido sus cuatro años de gestión y ha expuesto las hondas transformaciones económicas, sociales y culturales que tiene lugar en su país: “El proceso que vivimos en Bolivia es una revolución democrática, es una liberación social, cultural y económica con el MAS-IPSP a la cabeza, un partido gestado desde los sectores más abandonados, el movimiento campesino indígena, el más olvidado, el más excluido y en algunas épocas incluso condenado al exterminio por el colonialismo europeo”.

Este proceso de transformaciones forma parte, aseguró, de la rebelión del movimiento indígena en América Latina, que conoció su punto de inflexión en 1992, con la campaña de respuesta a la conmemoración por parte de algunos sectores del quinto centenario del inicio del colonialismo europeo en este continente. “Decidimos pasar de la resistencia a la toma del poder político y económico para resolver esas profundas diferencias que tiene el movimiento popular, el movimiento indígena con Occidente”.

El Presidente boliviano recordó a su audiencia, entre la que se encontraban empresarios españoles, diputados socialistas, de IU y del PNV, el coordinador general de IU, Cayo Lara, la senadora colombiana Piedad Córdoba o el dirigente socialista Pedro Zerolo, que, mientras en Europa las revoluciones se han llevado a cabo recurriendo a la violencia política, “en Bolivia no usamos balas, las sustituimos por el voto, por la conciencia del pueblo boliviano para hacer grandes transformaciones”. Y recordó que el MAS-IPSP había ganado seis elecciones de manera consecutiva desde la histórica victoria de 2005, “tres de ellas con más del 50% de los votos y las otras tres con más del 60%” y que ello es mérito, más que de su partido o de él mismo, “de la conciencia del gran pueblo boliviano”.

Evo Morales dedicó una buena parte de su intervención a explicar su política económica, que ha renunciado, con éxito, a los dogmas neoliberales. Entre los logros de su gestión, está el aumento de un 40% del salario de los trabajadores desde 2006 (frente a la reducción de un 60% del sueldo de los miembros del Gobierno) o la histórica nacionalización de los hidrocarburos aprobada el Primero de Mayo de 2006. Esta medida permite hoy que la mayor parte de los beneficios de su explotación ya no quede en manos de las compañías transnacionales, sino que contribuye de manera importante al desarrollo del país y a las arcas públicas, puesto que por primera vez en 2009 Bolivia tuvo un superávit fiscal y las reservas internacionales del país han pasado de 1.700 millones de dólares en 2005 a los actuales 8.000 millones de dólares.

También incidió en las relevantes medidas de carácter social que su Gobierno ha impulsado para los sectores sociales tradicionalmente “más abandonados”: los niños y los ancianos, y destacó la creación del Banco de Desarrollo Productivo, que entrega créditos sin intereses a los pequeños productores de maíz, arroz, soja… que incluso pueden hacer frente al crédito pagando con los productos que cultivan. Sin los expertos del Fondo Monetario Internacional, que asesoraban a los anteriores gobiernos bolivianos en la adopción de las políticas neoliberales, “con nuestro equipo, debatiendo en reuniones que tienen un carácter horizontal, logramos en 2009 uno de los mejores índices de crecimiento económico de América Latina y una inflación inferior al 1%”.

Evo Morales se refirió a la oposición a su Gobierno, que en 2006, cuando asumió la Presidencia de la República, le despreció y le auguraba un fracaso rápido y rotundo, y que a partir de 2007 recurrió a la conspiración golpista y al intento de división del país, con apoyos de algunos sectores conservadores europeos (entre ellos el Partido Popular español a través de una fundación próxima, precisó a preguntas de los periodistas) y una especial responsabilidad del entonces embajador de Estados Unidos.

“En tres meses de 2008 se decidió el destino del país: en agosto, tuvo lugar el referéndum revocatorio, que ganamos con el 67% de los votos; en septiembre, se produjo el intento de golpe de Estado, en el que ni la Policía Nacional ni las Fuerzas Armadas participaron; y en octubre de 2008, hubo una gran marcha de un millón de personas del MAS y la Central Obrera Boliviana que exigió al Congreso la aprobación de una ley para consultar al pueblo sobre la nueva Constitución, que fue aprobada con más del 60% de los votos y define a Bolivia como un Estado Plurinacional”. “Aprendí que cuando uno siente por su pueblo y su patria, se puede cambiar la historia democráticamente”, aseguró el Presidente Evo Morales.

Con firmeza, añadió que hoy en Bolivia existe “una derecha sepultada que se infiltra en los movimientos sociales para plantear demandas exageradas” con el objetivo de promover movilizaciones contra el Gobierno y pidió a la Unión Europea, que se precia de tradición democrática y de apego a los derechos humanos, que respete la evolución de su país y las profundas transformaciones que tienen lugar de manera democrática.

Antes de concluir su discurso y dar paso al turno de preguntas, Evo Morales se refirió a la situación de los inmigrantes bolivianos en España y defendió que no pueden ser expulsados, como no lo fueron los europeos que hasta hace poco tiempo migraban a América Latina.

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lunes, 18 de enero de 2010

La derecha reconquista La Moneda con Sebastián Piñera


18-01-2010
Mario Amorós
Rebelión


El empresario multimillonario Sebastián Piñera, candidato de la derechista Coalición por el Cambio, se convirtió ayer en Presidente electo de Chile al derrotar en el ballotage a Eduardo Frei, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, por un 51,61% de los votos a un 48,38%.

El 11 de marzo la presidenta Michelle Bachelet traspasará la banda presidencial a Piñera, un empresario multimillonario, íntimo amigo de José María Aznar, quien le visitó en Chile en septiembre y calificó de “trascendentales” unas elecciones que se celebran cuando la mayor parte de países de Sudamérica tienen gobiernos progresistas o revolucionarios. Por si fuera poco, Piñera también es admirador del presidente colombiano Álvaro Uribe, a quien rindió pleitesía en julio de 2008 y de cuya política genocida de “seguridad democrática” se considera admirador. Y entre quienes le han acompañado en los últimos días de campaña ha estado el escritor Mario Vargas Llosa.

La victoria de Piñera significa un retroceso enorme en un país que aún no ha culminado la transición. Con Piñera en La Moneda, la Constitución de 1980 (impuesta por Pinochet) continuará vigente y no será reformada; el movimiento obrero seguirá sufriendo el Código del Trabajo pinochetista (impuesto en 1980 por el ministro de Trabajo, José Piñera, hermano del presidente electo), que dificulta el derecho a la huelga e impide la negociación de convenios colectivos; los casi 800 represores de la dictadura actualmente procesados tendrán garantías de impunidad; la empresa pública del cobre (Codelco) será probablemente privatizada, al menos en parte; el millón de chilenos que vive en el exterior no conquistarán su derecho al voto; la ley electoral binominal no será reformada; el pueblo mapuche seguirá siendo masacrado en la Araucanía (región donde, por cierto, ayer Piñera obtuvo el 57,51% de los votos); y, en definitiva, los grandes capitales podrán seguir acumulando riquezas en uno de los países del mundo donde la brecha entre clases sociales es más acentuada.

Entre las incógnitas que abre el nuevo escenario está el futuro de la Concertación, una coalición que aglutina a democristianos, socialistas, liberales y radicales. En sus palabras de reconocimiento de la derrota, Frei y otros dirigentes dejaron entrever anoche que la coalición que ha gobernado el país desde 1990 permanecerá unida. Sin embargo, esta coalición ha estado unida en la última década sobre todo por el interés por conservar el poder, y las prebendas que conlleva, y en la primera vuelta del 13 de diciembre un diputado salido de las filas del Partido Socialista, Marco Enríquez-Ominami, fue capaz de obtener el 20% de los votos. El hastío ante la Concertación, ante las mismas caras que han copado la escena politica del país durante veinte años, ha podido más que la memoria de una dictadura en la que la derecha brindó su apoyo a Pinochet, secundó su proyecto político y económico e ignoró las gravísimas violaciones de los derechos humanos.

Una especial responsabilidad en el nuevo escenario corresponde a las fuerzas de izquierda, al movimiento popular chileno, hayan o no votado ayer por Frei. Ante el horizonte de cuatro años de gobierno de la derecha, con un papel relevante probablemente del partido pinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI), la necesidad de una confluencia de todas aquellas fuerzas políticas y sociales que defienden una alternativa al neoliberalismo, que volverá a su mayor expresión a partir del 11 de marzo, es más necesaria que nunca.

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domingo, 17 de enero de 2010

Chile se la juega


Frei y Piñera se disputan hoy la Presidencia de la República

Mario Amorós
Público
17-01-2010

Hoy el pueblo chileno escogerá a su nuevo Presidente entre el derechista Sebastián Piñera (vencedor en la primera vuelta con el 44% de los votos) y el democratacristiano Eduardo Frei, quien el 13 de diciembre logró el 29,6%. Será probablemente una jornada muy emocionante, de resultado incierto hasta muy avanzado el escrutinio, puesto que la derecha no triunfa en unas elecciones presidenciales desde el 4 de septiembre de 1958 y no ha superado el 50% de los sufragios (imprescindible para relevar a Michelle Bachelet en La Moneda) en ninguno de los 26 comicios celebrados desde la derrota del general Augusto Pinochet en el histórico plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Las estrategias de Piñera y Frei de cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales han sido muy diferentes. Mientras que el representante de la Coalición por el Cambio ha insistido en su discurso amable, en apariencia inofensivo, sobre la necesidad de la alternancia tras veinte años de gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, Frei ha intentado atraer al 26,3% de electores que hace un mes apoyaron al independiente Marco Enríquez-Ominami y a Jorge Arrate, el candidato de la izquierda. Esta ineludible apuesta por superar las fronteras de una Concertación agotada históricamente le ha granjeado el apoyo de la mayor parte de las fuerzas de izquierda e incluso de Enríquez-Ominami, quien alcanzó un decisivo 20,1% y el miércoles anunció que votará por quien ya fue Presidente entre 1994 y 2000.

La solidez electoral de la derecha, pero también sus probadas dificultades para conquistar el apoyo de la mayoría ciudadana y la profunda crisis de la Concertación anuncian un nuevo escenario político y, al mismo tiempo, conceden una oportunidad inesperada para un avance significativo de la sociedad chilena hacia más democracia y más justicia social, en uno de los países donde la brecha entre ricos y pobres es más acentuada. Esta posibilidad se encarna en los doce puntos programáticos comprometidos el 20 de diciembre entre la candidatura de Eduardo Frei y el Partido Comunista y sus aliados ante la segunda vuelta.

La elaboración de una nueva Constitución en el año del bicentenario de la independencia, que sustituiría a la impuesta por la dictadura en 1980 (aún vigente, aunque reformada en 1989 y 2005), el mantenimiento del carácter público de la Corporación del Cobre (la principal fuente de ingresos del país, “el sueldo de Chile” según la definición acuñada por el Presidente Allende al lograr su nacionalización en 1971), el fortalecimiento de una educación y una sanidad públicas de calidad, la ampliación de los derechos de los trabajadores, el respeto a las exigencias de los pueblos originarios, la democratización de los medios de comunicación, la anulación del decreto-ley de Amnistía de 1978 o la construcción en torno a Unasur de un marco sudamericano de paz y seguridad cooperativa son algunas de las propuestas de hondo calado presentadas por Frei a la izquierda.

Este programa, principalmente las características de la nueva Constitución, plantea la posibilidad de un viraje histórico en Chile a partir del 11 de marzo, cuando Michelle Bachelet entregará la banda presidencial a su sucesor. Hablamos de la posibilidad de la anulación definitiva del legado institucional lastrado por la dictadura militar y del distanciamiento del modelo neoliberal que, antes que Margaret Thatcher y Ronald Reagan, Pinochet y los epígonos locales de los Chicago Boys impusieron a partir de abril de 1975, mientras la DINA y los otros organismos represivos de la dictadura se concentraban en el exterminio del movimiento popular.

Por el contrario, la victoria de Sebastián Piñera significaría la profundización de la privatización de la sanidad y la educación, los recortes de los escasos derechos sindicales y de los trabajadores, la privatización al menos parcial de la minería del cobre, mayores beneficios para las grandes empresas y el capital financiero, un retroceso en los derechos civiles producto de la hegemonía de los sectores fundamentalistas que dirigen los dos grandes partidos de la derecha (Renovación Nacional y, sobre todo, Unión Demócrata Independiente) y el fin de los juicios a los casi 800 represores de la dictadura actualmente procesados. Además, en política internacional, Piñera se aproximaría al papel que ejerce en América Latina el presidente Álvaro Uribe, a quien visitó en Colombia en julio de 2008 y le expresó su admiración por su política de “seguridad democrática”.

La historia de Chile registra una encrucijada similar a la actual. El 25 de octubre de 1938 el millonario Gustavo Ross, quien había amasado su fortuna como especulador en la Bolsa, disputó la Presidencia de la República al maestro Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, que unía a los partidos Radical, Socialista y Comunista. El derechista Ross perdió por apenas tres mil votos y el gobierno de Aguirre Cerda abrió una nueva época con su apuesta por la industrialización del país de la mano de la inversión pública y la aprobación de relevantes leyes sociales, algunas de ellas impulsadas por un joven diputado y desde 1939 ministro de Salubridad llamado Salvador Allende.

Hoy el pueblo chileno tendrá que escoger entre dos opciones para los próximos cuatros años: el retorno a las políticas económicas y “sociales” que muchos de los dirigentes de la derecha actual ya desplegaron durante la dictadura de Pinochet (y que condenaban a la pobreza a más del 40% de la población en 1989) o el apoyo a un nuevo programa que ha forjado una alianza entre las fuerzas del centro y la izquierda, a unas transformaciones democráticas que trazan en el horizonte las grandes alamedas de las que Salvador Allende habló una negra mañana de septiembre de 1973.

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