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sábado, 8 de mayo de 2010

¿El fin de Maliki y Allawi? Poder chií en Iraq


Patrick Cockburn
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Iraq dirige sus pasos a formar un nuevo gobierno una vez que los dos bloques políticos religiosos chiíes han llegado a un acuerdo para compartir el poder.

Es probable que el Primer Ministro Nuri al-Maliki pierda su cargo como precio del acuerdo entre su Coalición del Estado de la Ley y la Alianza Nacional Iraquí, un grupo poderoso dominado por los seguidores del clérigo chií Muqtada al-Sadr.

La alianza confirma que la comunidad de mayoría chií en Iraq continuará dominando el gobierno en alianza con los kurdos, que disfrutan ya de una autonomía cercana a la independencia en el norte del país. La nueva agrupación chií dispondrá de 163 escaños en un parlamento de 365, insuficiente para alcanzar la mayoría, pero los kurdos cuentan con otros 43 escaños.

Fuera del poder quedan los seguidores árabes mayoritariamente sunníes del grupo al-Iraqiya de Iyad Allawi, que acudieron en masa a las urnas en las elecciones generales del 7 de marzo para conseguir sólo 91 escaños.

Allawi tenía dificultades para aliarse con los kurdos debido a las disputas territoriales entre sunníes y kurdos en el norte de Iraq. El nuevo gobierno tratará de incorporar una parte al menos del bloque de Allawi, de mayoría sunní, para que los sunníes no se sientan totalmente excluidos del poder. Pero como los puestos de gobierno disponibles son limitados, los seguidores de Allawi van a sentirse inevitablemente decepcionados.

Patrick Cockburn es autor del libro “Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival and the Struggle for Iraq”.

Fuente: http://www.counterpunch.org/patrick05072010.html

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viernes, 5 de febrero de 2010

Toca a Yemen y quémate: Cayendo en la trampa de al Qaeda



05-02-2010
Patrick Cockburn
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Somos los awaleq

Nacidos en la inclemencia

Somos los clavos que penetran la roca

Somos las chispas del infierno

El que nos desafíe se quemará

Es un canto tribal de la poderosa tribu awaleq de Yemen en el que desafían al mundo. Su tono airado da una idea de la vida yemení y debería hacer reflexionar a los que en EE.UU. sugieren despreocupadamente una mayor participación estadounidense en Yemen después del intento de destruir un avión estadounidense por un estudiante nigeriano que dice que recibió entrenamiento en ese país.


Yemen ha sido siempre un sitio peligroso. Maravillosamente bello, el montañoso norte del país es un paraíso para guerrillas con aldeas bien protegidas y pueblos aferrados a cada cima. Los yemeníes son excepcionalmente hospitalarios, aunque esto tiene sus límites. Por ejemplo, la tribu Kazam al este de Adén es generosa con los extranjeros de paso, pero considera que las leyes de la hospitalidad desaparecen en cuanto el extranjero abandona su territorio tribal, momento en el que se convierte en “una buena espalda para dispararle”.

Las tribus awaleq y kazam no son supervivencias exóticas al margen de la sociedad yemení, sino que ambas son políticamente importantes e influyentes. La fuerza del gobierno central en la capital Sanaa es limitada y generalmente evita confrontaciones directas con tribus, clanes y familias poderosas. Casi todos tienen un fusil, usualmente por lo menos un fusil de asalto AK-47, pero los miembros de las tribus a menudo tienen su propio armamento más pesado.

Siempre me ha encantado el país. Es físicamente muy bello, con aldeas de piedra situadas en lo alto de las montañas, en cuyas laderas hay cientos de terrazas, lo que hace que la zona parezca un paisaje toscano exagerado. Los yemeníes son inteligentes, graciosos, sociales y democráticos, infinitamente preferibles como compañía a los playboy arrogantes e ignorantes de los Estados petroleros árabes en el resto de la Península Arábiga.

Es en mucho un país de acción directa. Una vez, mientras me encontraba en el país, un ingeniero chino fue secuestrado mientras conducía por la ruta principal entre Sanaa y Adén. Los motivos de los secuestradores eran peculiares. Resultó que provenían de una tribu apicultora (Yemen es famoso por su miel) cuyas abejas vivían en colmenas dentro de troncos huecos colocados sobre pilotes de metal para protegerlas de las hormigas.

La policía había incursionado en la aldea de la tribu y había descalabrado y dañado colmenas, por las que los propietarios demandaban compensación. El gobierno había tardado en pagar, de modo que los miembros de la tribu habían decidido llamar la atención sobre su problema secuestrando al primer extranjero que pasara por la carretera principal y resultó ser el ingeniero chino.

Yemen es un mosaico de autoridades conflictivas, aunque esa autoridad puede estar limitada a unas pocas aldeas. Las mayores comunidades incluyen a los chiíes en el norte del país cerca de Saadam, con los cuales el gobierno ha estado librando una feroz mini-guerra civil. La unificación del Norte y del Sur de Yemen en 1990 nunca se ha consolidado totalmente y el gobierno está preocupado por el secesionismo del Sur. Su capacidad de sobornar a sus oponentes también está amenazada ya que sus ingresos petroleros caen a medida que se agotan sus pocos campos petrolíferos.

Es el país fascinante pero peligroso en el cual el presidente Barack Obama planifica un aumento de la participación política y militar de EE.UU. Los militares estadounidenses y yemeníes realizarán operaciones conjuntas. Habrá ataques de drones estadounidenses contra aldeas en las que se supone que al Qaeda tiene bases. Hay un uso nefasto por políticos y comentaristas estadounidenses de la frase “Estado fallido” en relación con Yemen, como si esto legitimara de alguna manera la intervención extranjera. Es extraordinario que la elite política estadounidense nunca haya asumido que sus mayores derrotas han sido precisamente en semejantes “Estados fallidos” como en el Líbano en 1982 cuando resultaron muertos 240 marines; Somalia a comienzos de los años noventa cuando el cuerpo de un piloto de helicóptero fue arrastrado por las calles; Iraq después del derrocamiento de Sadam Hussein; y Afganistán después de la supuesta caída de los talibanes.

Yemen tiene todos los ingredientes explosivos del Líbano, Somalia, Iraq y Afganistán. Pero el archibelicista senador Joe Lieberman, presidente del Comité de Seguridad del Senado, confirmó dichosamente esta semana que los Boinas Verdes y las Fuerzas Especiales de EE.UU. ya se encuentran en ese país. Citó con aprobación a un funcionario estadounidense en Sanaa que le dijo que “Iraq fue la guerra de ayer. Afganistán es la guerra de hoy. Y si no se actúa de modo preventivo, Yemen será la guerra de mañana.” En la práctica, los ataques preventivos probablemente acercarán aún más un enmarañamiento militar de EE.UU. en Yemen.

EE.UU. se enmarañará porque el gobierno yemení quiere manipular la intervención de EE.UU. para sus propios intereses y para preservar su languideciente autoridad. Desde hace tiempo trata de presentar a los rebeldes chiíes en el norte de Yemen como instrumentos iraníes a fin de obtener apoyo estadounidense y saudí. Al Qaeda en la península arábiga (AQAP) probablemente no tiene más que unos pocos cientos de activistas en el Líbano, pero el gobierno del perdurable presidente yemení Ali Abdulah Saleh presenta a sus diferentes oponentes como vinculados de una u otra manera a al Qaeda.

En Yemen EE.UU. intervendrá a favor de un sector en un país que siempre está en peligro de deslizarse hacia una guerra civil. Ha sucedido antes. En Iraq, EE.UU. apoyó a los árabes chiíes y a los kurdos contra los árabes suníes. En Afganistán es aliado de los tayikos, uzbecos y hazaras contra la comunidad pastuna. Sean cuales sean las intenciones de Washington, su participación en estos conflictos civiles desestabiliza el país ,porque un lado es etiquetado como el partidario traidor de un invasor extranjero. Las antipatías comunales y nacionalistas se combinan para crear una mezcla letal.

A pesar de las lealtades sectarias, étnicas y tribales en los países en los que EE.UU. ha intervenido en Oriente Próximo, usualmente existe un fuerte sentido de identidad nacional. Los yemeníes son altamente conscientes de su propia nacionalidad y de su identidad como árabes. Uno de los motivos por los que el país es tan terriblemente pobre, con la mitad de sus 22 millones de habitantes que tratan de vivir con 2 dólares al día, es que en 1990 se negó a unirse a la guerra contra Iraq y Arabia Saudí, consecuentemente, expulsó a 850.000 trabajadores yemeníes.

Es extraordinario ver cómo EE.UU. comienza a cometer los mismos errores en Yemen que previamente cometió en Afganistán e Iraq. Lo que hace beneficia en gran parte a al Qaeda. La verdadera fuerza de al Qaeda no es su capacidad de ‘entrenar’ a un fanático estudiante nigeriano a coser explosivos bajo sus calzoncillos, sino que puede provocar una reacción exagerada de EE.UU. a cada ataque abortado. Los dirigentes de al Qaeda admitieron en los días del 11-S que el objetivo de tales operaciones es provocar a EE.UU. para que cometa intervenciones militares directas en países musulmanes. Es una fórmula que funcionó durante el presidente George W Bush y todavía parece funcionar bajo el presidente Barack Obama.

En Yemen, EE.UU. está cayendo en el trampa de al Qaeda. Una vez que esté allí enfrentará el mismo dilema que en Iraq y Afganistán. Resultó imposible salirse de esos conflictos porque el desprestigio sería demasiado grande. Tal como Washington salvó a bancos y gigantes de los seguros de la bancarrota en 2008 porque eran “demasiado grandes para fracasar” esas guerras se hicieron demasiado importantes para perderlas, porque afectarían la afirmación estadounidense de que es la única superpotencia.

En Iraq, EE.UU. está saliendo con más facilidad de lo que pareció posible en un momento dado porque Washington ha persuadido a los estadounidenses de que ha logrado un éxito inexistente. La salida final de EE.UU. de Afganistán terminará por ajustarse a líneas muy similares. Pero el peligro de reivindicar victorias ficticias es que semejantes distorsiones de la historia imposibilitan que EE.UU. aprenda de errores pasados y en lugar de hacerlo los repita interviniendo en otros países como Yemen.

Patrick Cockburn es autor de "Muqtada: Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq" y de “The Occupation: War, resistance and daily life in Iraq”

Fuente: http://www.counterpunch.org/patrick12312009.html

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martes, 19 de enero de 2010

Aplastando a Haití, ahora igual que siempre


Cuando los ministros de Haití se llevan el 50% del dinero para ayuda se llama "corrupción". Cuando las ONG se llevan el 50% se llama "gastos generales"

19-01-2010
Patrick Cockburn
http://www.counterpunch.org
Traducido para Rebelión por LB.

El esfuerzo de ayuda para Haití emprendido por los USA está empezando a parecerse peligrosamente a la criminalmente lenta y desorganizada ayuda del gobierno usamericano a la ciudad de Nueva Orleans cuando fue devastada por el huracán Katrina en 2005. Hace cuatro años el presidente Bush se hizo célebre por el mutismo y desapego que mantuvo cuando se rompieron los diques en Louisiana. A manera de contraste, pocas horas después del terremoto de Haití el presidente Obama prometió hacer todo lo posible para ayudar a los supervivientes del desastre.

La retórica de Washington ha sido muy diferente en el caso de esas dos catástrofes, pero el resultado puede ser el mismo. En ambos casos, muy poca ayuda llegó en el momento en que más se necesitaba y, en el caso de Puerto Príncipe, cuando las personas atrapadas bajo los edificios derrumbados todavía estaban vivas. Cuando lleguen los equipos de rescate extranjeros con equipo pesado ya será demasiado tarde. No es de extrañar que haitianos enfurecidos estén levantando barricadas con rocas y cadáveres.

En Nueva Orleans y Puerto Príncipe existe idéntico terror oficial al saqueo por parte de la población local, por lo que la primera ayuda en llegar ha sido la de tropas armadas. Actualmente hay 3.500 soldados, 2.200 marines y 300 sanitarios rumbo a Haití.

Por supuesto que habrá saqueos porque, con las tiendas cerradas o aplanadas por el terremoto, esa es la única manera que tiene la gente para conseguir alimentos y agua. Haití es uno de los países más pobres del mundo. Yo estaba en Puerto Príncipe en 1994, la última vez que las tropas de USA desembarcaron allí, cuando la población local destrozó sistemáticamente las comisarías de policía, llevándose la madera, las cañerías e incluso extrayendo los clavos de las paredes. En la comisaría de policía en la que me encontraba resonaron de pronto gritos de alarma de la gente que estaba saqueando la planta superior porque descubrieron que no podían volver a bajar: habían cortado y robado entera la escalera de madera.

Siempre me han gustado los haitianos por su coraje, su resistencia, su dignidad y originalidad. A menudo se las arreglan para evitar la desesperación frente a los desastres más devastadores o frente a la falta de toda perspectiva de que su vida vaya a mejorar. Su cultura, en particular su pintura y su música, son de las más interesantes y vibrantes del mundo.

Es triste escuchar a los periodistas que se han abalanzado a Haití tras el terremoto dar unas explicaciones tan mistificadoras e incluso racistas sobre la razón por la que los haitianos son tan pobres, viven en aldeas de chabolas con servicios sanitarios mínimos, escaso abastecimiento eléctrico, insuficiente agua potable y carreteras que son como lechos de ríos.

Tal cosa no sucedió por accidente. En el siglo XIX fue como si las potencias coloniales jamás perdonaran a los haitianos haber organizado una exitosa rebelión de esclavos contra los franceses propietarios de las plantaciones. Los marines usamericanos ocuparon el país desde 1915 hasta 1934. Entre 1957 y 1986 los USA apoyaron a Papa Doc y a Baby Doc, y temieron que pudieran ser sustituidos por un régimen favorable a la vecina Cuba revolucionaria.

El Presidente Jean-Bertrand Aristide, un carismático sacerdote populista, fue derrocado en 1991 por un golpe militar y restaurado en 1994 con la ayuda de USA. Pero los estadounidenses siempre recelaron de cualquier signo de radicalismo de este vocero de los pobres y los marginados y lo mantuvieron atado en corto. Tolerado por el Presidente Clinton, Aristide fue tratado como un paria por la administración Bush, que lo hostigó sistemáticamente a lo largo de tres años que culminaron con una rebelión exitosa en 2004 dirigida por gángsters locales que actuaban en nombre de una elite haitiana cleptocrática apoyada por los miembros del ala derecha de la Partido Republicano en USA.

Tantas críticas al presidente Bush se han centrado en sus guerras en Afganistán e Irak que nunca sus acciones igualmente culpables en Haití suscitaron condenas. Pero si Haití es hoy un Estado fallido gobernado en parte por la ONU -en la medida en que está gobernado por alguien-, las acciones estadounidenses de los últimos años tienen mucho que ver con ello.

Los haitianos están pagando ahora el precio de esta débil y corrupta estructura de gobierno porque no hay nadie para coordinar los esfuerzos más elementales de auxilio y rescate. Su debilidad se ve agravada porque la ayuda se ha canalizado a través de ONG extranjeras. Una justificación es que de esa forma es probable que se robe menos dinero, aunque ello no garantice que gran parte de ese dinero llegará a los pobres de Haití. Un chiste amargo de Haití dice que cuando un ministro de Haití se lleva el 15% del dinero de la ayuda se llama "corrupción", y cuando una ONG o una agencia de ayuda se lleva el 50% se llama "gastos generales".

Muchos de los programas gubernamentales de ayuda y de las ONG más pequeñas están dirigidos por personas capaces, enérgicas y desinteresadas, pero otros, a menudo los más grandes, son poco más que tinglados altamente rentables para quienes los dirigen. En Kabul y Bagdad es sorprendente lo poco que han conseguido los costosos esfuerzos de las agencias de ayuda de USA. "El despilfarro de la ayuda está por las nubes", dijo un ex director del Banco Mundial en Afganistán. "Se está produciendo un saqueo en toda regla, en su mayoría por parte de empresas privadas. Es un escándalo". Consultores extranjeros en Kabul cobran frecuentemente entre 250.000 y 500.000 dólares al año en un país donde el 43% de la población sobrevive con menos de un dólar diario.

Todo esto no augura nada bueno para los haitianos que esperan ayuda a corto plazo o una vida mejor a largo plazo. La única manera de que esto realmente suceda es consiguiendo que los haitianos tengan un Estado legítimo que funcione y satisfaga las necesidades de su pueblo. El ejército usamericano, la burocracia de la ONU o las ONG extranjeras nunca van a hacer eso ni en Haití ni en ningún otro lugar.

No hay nada de nuevo en esto. Los estadounidenses se preguntan con frecuencia por qué su ocupación de Alemania y Japón en 1945 tuvo tanto éxito mientras que medio siglo después, en Iraq y Afganistán, ha sido tan desastrosa. La respuesta es que no fueron los USA sino las eficiente maquinaria de los Estados alemán y japonés las que recompusieron sus países. Allí donde esa máquina era débil, como en Italia, la ocupación de los USA se apoyó, con resultados desastrosos, en las elites locales corruptas e incompetentes, como están sucediendo ahora en día en Iraq, Afganistán y Haití.

Fuente: http://www.counterpunch.org/patrick01152010.html


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