
10-02-2010
Manuel E. Yepe
Cubadebate
Filológicamente, se denomina victoria pírrica a aquella que se logra a un costo tan grande que no alcanza a ser compensado por la ventaja adquirida en la batalla. Y creo que es eso exactamente a lo que está abocado Estados Unidos, por la ambición desmedida de una oligarquía desenfrenada que ha hecho de las guerras su modus operandi de dominación.
Según el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, la guerra de Irak costará a Estados Unidos entre tres y cinco billones de dólares ($3-5 trillion dollars). Pero los expertos norteamericanos en cuestiones de seguridad nacional dicen que la guerra de Irak ha incrementado la amenaza del terrorismo en vez de reducirla. En términos de credibilidad, las mentiras de que se sirvió Washington para emprender la guerra de Irak (una supuesta relación del presidente Sadaam Hussein con los actos terroristas del once de septiembre de 2001 y las afirmaciones de que Irak tenía Armas de Destrucción Masiva) han tenido un costo impagable para la diplomacia estadounidense.
Y la actual guerra en Afganistán no está constituyendo un fardo menor para la economía de Estados Unidos ni para la credibilidad de su política exterior. Esta otra ingloriosa cruzada se libra contra un puñado de combatientes de Al Qaeda cuyo número, según fuentes de la inteligencia de Estados Unidos citadas por la emisora ABC, no llega en Afganistán a 100 combatientes. Con el despliegue de 100.000 soldados en esa nación asiática que le cuestan anualmente al Pentágono unos 30 mil millones de dólares, Estados Unidos está comprometiendo mil efectivos y 300 millones de dólares al año por cada combatiente de Al Qaeda que persigue.
Según varios ex importantes altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos, incluyendo el ex director de la CIA George Tenet y el ex secretario del Tesoro Paul Neill, la guerra contra Irak había sido planeada antes del 11 de septiembre de 2001. Y hay muchos indicios de que la guerra de Afganistán había sido similarmente proyectada por el Gobierno de Estados Unidos antes que ocurrieran aquellos tristes sucesos en Washington DC y New York. De modo que las debacles que están sufriendo sus fuerzas armadas en estas dos guerras no pueden achacarse a la improvisación.
Se ha escrito reiteradamente que los combatientes talibanes, con quienes Estados Unidos mantenía relaciones muy estrechas en el período en que la Unión Soviética era la superpotencia extranjera determinante en aquel país, propusieron a los norteamericanos en 2001 deshacerse de Osama Bin Laden, y fue Washington quien decidió no hacerlo, por consideración a los viejos lazos de amistad y compromisos de negocios que unían a las familias Bin Laden y Bush desde mucho tiempo atrás. A la luz del acontecer actual, Estados Unidos se habría ahorrado cientos de miles de millones de dólares en gastos de guerra si hubiera pasado por alto tan escrupulosa prevención “ética”.
Ya se perfila una nueva guerra, contra Yemen, sin que haya desaparecido la amenaza de un próximo conflicto contra Irán de gran envergadura.
Tan errática actuación en materia de políticas de guerra y de relaciones internacionales por parte de la más poderosa y hoy única superpotencia del planeta es inexplicable a la luz de la lógica o de la economía, incluso si se prescinde de una valoración moral.
Dicen algunos economistas norteamericanos que las guerras irremediablemente provocan recesión; otros afirman que estimulan la economía, si la victoria es rápida. Pero todos coinciden en que los conflictos bélicos que Estados Unidos sostiene hoy son dañinos a su economía, aunque inicialmente aporten puestos de trabajo por la expansión de la industria militar.
Es una contradicción mayúscula el hecho de que en Estados Unidos, el gran líder del capitalismo mundial y primer defensor de la empresa privada a nivel global, tenga efecto un fortalecimiento de la economía centralizada a causa del auge de la economía militar que es ya varias veces mayor que el resto de la economía y es el único sector que ha creado nuevos empleos en el último decenio.
Es incuestionable que la economía de guerra puede generar y está generando fabulosas utilidades en Estados Unidos a partir de su posición de única superpotencia mundial capaz, al menos en teoría, de doblegar por las armas a cualquier otra nación del planeta en virtud de una amplia superioridad en términos de los recursos económicos que puede movilizar en el terreno de la tecnología militar. Mucho más si cuenta con el apoyo de los más ricos del primer mundo y son los “enemigos de su seguridad nacional” países del tercer mundo que pugnan por el desarrollo.
Pero los favorecidos de esta política de guerra tras guerra que mueve a Estados Unidos casi desde que emergió de las cenizas de la II Guerra Mundial como la potencia que menos dañó el conflicto, no son los ciudadanos de ese país sino la oligarquía que integra el complejo militar-industrial. La ciudadanía de los Estados Unidos, la que pone los muertos y los mutilados y sufre el desempleo y la caída de su nivel de vida, es la que está perdiendo con cada victoria pírrica que su país logra contra las naciones que pretende humillar. Por ahora, las derrotas son en términos de prestigio, respeto y credibilidad y repercuten en sus nexos con el resto de una humanidad cada vez más ingobernable por el imperio.
Fuente: http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/02/09/guerras-pirricas-imperio/
miércoles, 10 de febrero de 2010
Las guerras pírricas del imperio
martes, 29 de diciembre de 2009
Mercenarios del siglo XXI

29 de diciembre de 2009
Manuel E. Yepe
Desde que surgieron las primeras guerras organizadas entre los primitivos grupos humanos hasta los actuales ejércitos permanentes, los contendientes han suplementado sus fuerzas militares con mercenarios.
Originalmente, los mercenarios eran soldados profesionales que vendían sus servicios para combatir por cualquier Estado o nación sin que mediara en ello algún sentimiento patriótico o convicción política. Hoy, la forma más repudiada de mercenarismo, sancionada por las leyes de cualquier país, es la de servir a un gobierno extranjero contra la patria propia, a cambio de un pago u otra forma de retribución material.
La captación de mercenarios dentro de las filas enemigas para fines de espionaje, subversión y desestabilización del adversario ha sido siempre característica de los enfrentamientos asimétricos en el plano de los recursos económicos de las partes en pugna.
Aunque la utilización de mercenarios por parte de las grandes potencias europeas tiene larga historia, es Estados Unidos el país que más ha sistematizado la práctica hasta hacerla cotidiana. La cifra de mercenarios que emplea Washington en el planeta es prácticamente incalculable. Sus fuerzas militares se apoyan, crecientemente, en el uso de extranjeros de países pobres del tercer mundo, reclutados mediante oferta de facilidades migratorias para ingresar y trabajar en la opulenta nación norteamericana si se logra sobrevivir la guerra de agresión que se esté librando, aunque no sea la guerra el único fin del reclutamiento.
En América Latina, Estados Unidos se vale ampliamente del mercenarismo para procurar sus fines hegemónicos, circunstancia que ha llegado a ser aceptada como algo lógico y hasta permisible, por el elevado nivel de corrupción que la superpotencia ha logrado introducir en la política de los países del área imponiendo los patrones de una “democracia representativa” a su imagen y semejanza.
En sus relaciones con Cuba, al triunfo de la revolución en la isla, Estados Unidos pudo reclutar cientos de mercenarios entre los prófugos de la justicia que, durante la sanguinaria tiranía de Batista, habían tenido vínculos con Washington o sus agencias y empresas transnacionales radicadas en la semi colonia.
Algún tiempo después, le fue fácil captar a muchos servidores entre los afectados por las medidas revolucionarias de recuperación de valores malversados, de reforma agraria, de reforma urbana y otras para la justicia social que entonces se promulgaban.
En tales canteras principales fueron reclutados los mercenarios invasores derrotados en la Bahia de Cochinos en abril de 1961.
Después, por muchos años, Washington ha mantenido la práctica de reclutar mercenarios en Cuba para ejecutar acciones terroristas, sabotajes y propaganda contrarrevolucionaria por conducto de sus agencias de inteligencia y subversión, como complemento de las que ejecutan con fuerzas propias y mercenarios reclutados en territorio estadounidense o en terceros países.
Cuando, finalizada la guerra fría, todos suponían que se atenuaría el enfrentamiento entre ambos costas del Estrecho de la Florida porque había cesado el pretexto para “sancionar a Cuba por su alianza con la URSS”, Estados Unidos decidió, por el contrario, infensificar su ofensiva apostando a que la isla no podría resistir en las condiciones de un aislamiento que, en lo adelante, sería absoluto.
La superpotencia se proclamó nada menos que juez vigilante del respeto por los derechos humanos en la isla, un tema en el que Cuba es paradigma a nivel mundial y Norteamérica sistemático transgresor.
La Casa Blanca dejó de disimular su apoyo a los grupos terroristas cubanos de Miami y comenzó a manejar abiertamente el tema de los dineros públicos que, con aprobación congresional, dedica a promover una “transición a la democracia en Cuba”.
Aunque la mayor parte del dinero siguió yendo a parar a manos de corruptos dirigentes de organizaciones contrarrevolucionarias de Miami que se enriquecieron prometiendo año tras año la pronta derrota de la revolución, algún dinero llegaba a sus mercenarios en Cuba por conducto de supuestas organizaciones no gubernamentales (fachadas de la CIA), o directamente, por medio de la Oficina de Intereses que atiende los cuestiones oficiales de EEUU en La Habana.
Parte de ellos desempeñan sus funciones clandestinamente, pero otros lo hacen representando públicamente (hacia el exterior) papeles de dirigentes políticos, periodistas, activistas humanitarios, bibliotecarios y otros perfiles, en función de ruidosas campañas de difamación contra su patria. Estos últimos generalmente averg-enzan a sus familiares y vecinos que conocen de su actitud mercenaria.
(En 2003, el gobierno cubano entregó a la justicia a casi un centenar de estos mercenarios cuya culpabilidad, en la mayoría de los casos, pudo ser evidenciada ante los tribunales. La severa sanción impuesta por los tribunales cubanos nutrió la campaña difamatoria contra la isla tan intensamente que, a más de un lustro, quedan quienes siguen creyendo el cuento de “los 75 disidentes encarcelados por Castro injustamente”, y algunos medios lo recuerdan cual si hubiera sido en verdad una ilegalidad la condena judicial).
Cuando la CIA ha estimado conveniente magnificar el expediente a algún mercenario, le publica libros, le fabrica premios y le divulga falsos méritos en los medios que controla en todo el mundo, para convertirlos en sobresalientes personalidades que no son realmente. De tal manera, Washington se ha adjudicado el mérito de haber alistado contra su patria a virtuosos artistas, escritores, científicos, periodistas, poetas y hasta a una bloguera que en verdad son solo notables por su inescrupulosidad, codicia y desmedida ambición de lucro.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
La privatización de las guerras
22 de diciembre de 2009
Manuel E. Yepe
Las modernas Firmas Privadas Militares, en inglés Private Military Firms o PMFs, también identificadas como “compañías privadas de seguridad” o “compañías proveedoras de servicios militares”, son las tradicionales firmas empleadoras de guardias armados, compañías suministradoras de material de defensa, entrenadores militares y consultores ofertantes de consejos sobre estrategia, que han resurgido con mayores empeños y ambiciones tras el fin de la guerra fría, en la última década del siglo XX.
A diferencia de las tradicionales industrias militares, las PMFs operan en las zonas de combate y en otras áreas donde la violencia puede ser inminente. Venden sus servicios a gobiernos de países, grandes corporaciones y compañías privadas, así como a sardónicas agencias de ayuda humanitaria y cualquier otro cliente.
En Europa, durante el siglo XV proliferaron las “compañías libres” de soldados suizos, italianos y alemanes que vendían sus servicios a príncipes y duques. En el siglo XVIII hubo regimientos suizos que constituían formaciones élites en los ejércitos regulares de varios países.
Pero, a partir de ese mismo siglo XVIII, los mercenarios fueron, mayormente, soldados de fortuna actuando individualmente. Tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió la práctica de su contratación en África y países coloniales de otras regiones del tercer mundo.
El crecimiento y multiplicación de las PMF a raíz de la extinción de la Unión Soviética, se relaciona con el sentimiento de que los peligros de guerra mundial habían desaparecido o estaban en proceso de extinguirse. Pero, además y sobre todo, a la tendencia a la privatización de los servicios antes prestados por los gobiernos, como parte del esquema neoliberal estimulador de la empresa privada y del debilitamiento del papel de los Estados que pretendían imponer en todo el mundo los vencedores de la guerra fría, guiados por Wall Street más que por la Casa Blanca o el Pentágono.
Las fuerzas armadas fueron llamadas a cumplir sus misiones defensivas con menos barcos, aviones, y personal, dejando muchas de sus funciones de retaguardia (como la reparación de tanques, entrenamiento de pilotos, elaboración de alimentos, etc.) a cargo de las empresas civiles privadas.
Pero la paz que se avizoraba no se avenía a los intereses del imperio, necesitado por muchos motivos de guerras para resolver sus graves contradicciones económicas en una coyuntura crítica.
Desaparecido el peligro que representaba la URSS para la hegemonía estadounidense en el planeta, sin otra superpotencia que justificara enormes inyecciones de recursos a la industria armamentista, Washington encontró un contendiente que presentó credenciales el 11 de septiembre de 2001: los países pequeños del tercer mundo utilizando malévolos métodos terroristas.
Mágica solución que ha permitido que Estados Unidos acreciente, en vez de reducir, sus presupuestos militares.
A partir de la declaración de “guerra al terrorismo” formulada por el gobierno de Estados Unidos tras aquel repudiable acto en Nueva York y Washington que dejó tres mil víctimas civiles, el negocio de las PMFs ha florecido de manera inusitada.
Las agencias de espionaje y subversión del gobierno utilizan crecientemente para la obtención y análisis de inteligencia los servicios de la industria militar privatizada que ya cuenta con más personal en los escenarios bélicos en Irak, Afganistán y Pakistán que la propia CIA y experimenta un significativo impulso en otras áreas del mundo.
Recientemente, las agencias de prensa divulgaron que un contratista del gobierno de Estados Unidos había sido detenido en La Habana cuando repartía teléfonos celulares, computadoras y otros equipos de comunicación a grupos contrarrevolucionarios. Se supo que el funcionario trabajaba para la Development Alternatives, Incorporated (DAI), importante PDF contratista del Departamento de Estado, la Agencia Internacional de Desarrollo de Estados Unidos (USAID) y el Pentágono que, en realidad, es una de las supuestas empresas privadas que han estado asumiendo funciones que antes desarrollaba la CIA por intermedio de sus redes clandestinas.
Con un abultado expediente contra Venezuela que incluye su involucramiento en el golpe de estado a Chávez en 2002 y el diseño de la guerra mediática contra el gobierno venezolano, la DAI opera también en Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Perú, República Dominicana y El Salvador, así como en muchos otros países, incluyendo Afganistán.
Se conocen, además, otras PDFs que trabajan en el campo del espionaje, la inteligencia y la subversión: la National Endowment for Democracy (NED), la Oficina de Iniciativas para la Transición (OTI), el Instituto Republicano Internacional (IRI), el Instituto Demócrata Nacional (NDI), Freedom House, y la Pan American Development Foundation (PADF) que nutren sus finanzas a partir de contratos con organizaciones estadounidenses de las que se sirve la CIA para ejecutar sus funciones contra gobiernos y naciones que oponen sus soberanías a la hegemonía de Washington en todo el planeta.
Las PDFs son expresión de una dramática fusión de métodos neoliberales con la proyección unilateral-militarista estadounidense de reafirmación imperial, pretextando luchar contra el terrorismo.