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lunes, 1 de marzo de 2010

La guerra permanente


Martín Lozada
Alai-amlatina

Hace tiempo que la guerra de agresión viene siendo disfrazada bajo el pretexto de operaciones destinadas a la salvaguarda de la democracia y los derechos humanos. Así ha sucedido con la última invasión a Irak y de ese modo ocurre desde hace muchos años con las violencias desplegadas en el territorio afgano.

Bastó escuchar los argumentos que el presidente norteamericano prodigó en torno a la "guerra justa" en Afganistán, en ocasión de recibir el Premio Nobel de la Paz, para comprender lo que está en juego en esta neomodernidad líquida: la normalización de la guerra hegemónica a través de un sistemático retorcimiento conceptual.

En el terreno de Afganistán se encuentra desplegada la fuerza de los ejércitos más sofisticados del planeta, con algo más de 100.000 soldados a su merced, bajo el nombre de Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF). En realidad, se trata de un importantísimo contingente militar que poco tiene de internacional, puesto que el 80% de las tropas son norteamericanas y se encuentran conducidas por un general de esa nacionalidad.
Bajo el argumento de persuadir a los talibanes de deponer las armas a cambio de dinero y trabajo, y de desalojar a los insurgentes para desarrollar un programa de construcción y desarrollo, lo cierto es que la persistencia de la guerra en Asia central otorga vigencia a la tesis expuesta por Antonio Negri y Michael Hardt en su obra titulada "Imperio".

Según ellos, la nueva forma de dominación mundial trae consigo una serie de transformaciones jurídicas que permiten reconfigurar el rostro de las viejas prácticas institucionales. En este marco destacan el renovado interés que despierta el concepto de "guerra justa", a modo tal de constituirse, hoy más que nunca, en una narrativa central de las discusiones políticas internacionales.
Advierten que las nuevas disquisiciones en torno a la bellum justum resultan perturbadoras. Debido, fundamentalmente, a que se trata de un concepto que el secularismo moderno se esforzó por borrar de la tradición medieval y por cuanto no sólo implican la banalización de la guerra sino también su elogio como instrumento ético y su exaltación como medio de acción política.

Toman el caso de la intervención e ilustran cómo ese ámbito tradicionalmente destinado a resolver problemas humanitarios de envergadura, o cuestiones atinentes a la paz y a la seguridad internacional, ha ido cambiando poco a poco su rostro.
Se encuentra ahora basado en un estado permanente de emergencia y excepción. Pero no en cualquiera, sino precisamente en un estado permanente de emergencia y excepción justificado por la apelación a valores esenciales de justicia.
En otras palabras, el derecho de policía queda legitimado en razón de valores universales y por la necesidad de asegurar la vigencia de ciertos principios éticos superiores. De allí la paradoja de los nuevos tiempos, en donde las intervenciones son siempre excepcionales aun cuando se sucedan continuamente en el tiempo y en el espacio bajo el formato de acciones de policía.
En este preciso contexto advierten otra de las caras de esta nueva fase de control: la posibilidad de iniciar guerras preventivas y permanentes que tienen como sustrato y fundamento no el derecho sino el consenso. Basta remitirse, a modo de ejemplo, a las operaciones policíaco-militares iniciadas por las potencias occidentales, primero en Kosovo y luego, más recientemente, sobre un enemigo simbólicamente producido e identificado con el rótulo "terrorismo".
Reducción conceptual y terminológica que resulta funcional para gravitar sobre territorios diversos, amplios sectores poblaciones y muy variados fines.
Este uso de la fuerza armada trae consigo, asimismo, nuevos campos de realización. Todos ellas guardan distancia de la guerra tradicionalmente entendida, es decir compuesta por la presencia de dos o más bandos visibles, enfrentados entre sí en un espacio más o menos determinado.
Por el contrario, la máquina de la guerra permanente despliega sus operaciones de fuerza sobre el territorio global y los enemigos que enfrenta, lejos de constituir una amenaza de índole militar, ostentan tan sólo asimetrías ideológicas entendidas como incompatibles al desarrollo y consolidación del imperio.
- Martín Lozada es Juez penal. Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia por la Universidad de Utrecht, Países Bajos
Fuente: http://alainet.org/active/36385

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viernes, 23 de octubre de 2009

Iraq Afganistán y la guerra permanente de Estados Unidos



Homar Garcés
Rebelión
23-10-2009

A pesar del creciente número de bajas civiles y militares, además del repudio de la opinión pública, el gobierno de Estados Unidos insiste en mantener e incrementar sus tropas de ocupación en Afganistán en un despliegue bélico dirigido a controlar definitivamente el territorio de esta nación islámica, rico en yacimientos de gas y petróleo, gracias a los cuales tendría asegurada la cuota que requiere para su subsistencia la voraz civilización capitalista que representa.

Nadie (salvo la opinión consensuada de las elites dominantes gringas) cree en la veracidad de los argumentos sostenidos y divulgados ampliamente a través de las agencias noticiosas del Norte para legitimar la invasión a este país asiático, teniendo como excusa el supuesto ataque terrorista de Al Qaeda al Trade World Center de Nueva Cork y sobre el cual hay sospechas que fuera ejecutado por el mismo gobierno de George W. Bush. Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para que los sectores políticos y militares estadounidenses sigan estimulando nuevas agresiones imperialistas, como se desprende de la campaña de amenazas e informaciones sobre Irán y Corea del Norte, en un área geográfica explosiva y sensible que tiene prácticamente a ambos costados a China y Rusia, enemigos o rivales a futuro de la hegemonía unipolar estadounidense, no obstante las demostraciones en contrario de sus regímenes respectivos.
De nada ha servido tampoco el encubrimiento y la manipulación informativos en relación a lo que ocurre realmente, tanto en Afganistán como en Irak, donde fuerzas irregulares, en menor número y dotación de armas, no han podido ser reducidas y doblegadas por el arsenal bélico y tecnológico de las fuerzas combinadas del Pentágono y la OTAN , además del ejército de mercenarios que allí opera, protegiendo los intereses de las grandes corporaciones transnacionales gringas, en una guerra que recuerda el fracaso padecido en Vietnam. Y aún cuando no lo quieran reconocer en Washington (manteniendo un optimismo que supera la fantasía), Afganistán e Irak han supuesto un serio revés con el cual no contaban, dada la resistencia tenaz que se le ha opuesto, frenando una victoria militar que se creía a la vuelta de la esquina, quedando expuesta la vulnerabilidad del imperialismo yanqui cuando enfrenta la lucha decidida de un pueblo que se resiste a ser subyugado, sin importar la desventaja que implica combatir a la mayor potencia bélica del planeta.
En todo esto, la ONU y otros organismos internacionales son tan culpables y responsables de la tragedia que se abate sobre estos países, tanto como los jerarcas políticos yanquis y sus socios. En ambas situaciones, le siguen el juego a los halcones de Washington. Como lo refiere James Petras, “la única vía verdadera hacia la paz, pudo haber sido un plan de paz de la ONU que incluyera el desarme mutuo de armas de destrucción masiva en Oriente Medio. Pero en ninguna de sus sesiones se mencionó siquiera un plan de este tipo, por cuanto implicaba que los miembros del Consejo de Seguridad en la oposición realizasen una evaluación crítica de su pasado apoyo a las conquistas militares de Estados Unidos”, llevadas a cabo contra naciones militarmente débiles, indefensas y dependientes, como Grenada y Panamá. Pero esto último no podría auspiciarse ni insinuarse sin afectar inmediatamente a Israel y a su política guerrerista, dueño de un arsenal nuclear que jamás ha sido cuestionado ni requisado por la “comunidad internacional”, siendo un factor de desestabilización de primer orden en la región del Medio Oriente, atacando impunemente a la población autóctona de Palestina y a los Estados árabes vecinos, en abierto desconocimiento y desafío a las resoluciones de la ONU , amparándose en el poder de veto de su gran protector y socio, Estados Unidos. Evidentemente, la estrategia de dominación que tiene por teatro de operaciones a todo el globo terráqueo, supone un estado de guerra permanente decretado por el imperialismo yanqui contra cualquier tentativa de independencia de nuestros pueblos; un asunto que no debe pasar por debajo de la mesa, propiciando inconscientemente una destrucción y una dominación generalizadas, del mismo modo que sucede en Irak y Afganistán.-

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