12-12-2009
David Swanson
After Downing Street
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
No fue un discurso de aceptación del premio de la paz. Fue un comercial informativo por la guerra. El presidente Obama se llevó el premio de la paz, pero dejó en Oslo su elogio a la guerra, sus justificaciones de la guerra, y su visión de un enfoque alternativo y más pacífico del mundo formado por sanciones económicas asesinas.
Algunos puntos destacados:
“Y luego hay hombres y mujeres alrededor del mundo que han sido encarcelados y golpeados en su búsqueda de la justicia; gente que trabaja en organizaciones humanitarias para aliviar el sufrimiento; millones en el anonimato cuyos silenciosos actos de valentía y compasión inspiran incluso a los cínicos más empedernidos. No puedo contradecir a quienes piensan que estos hombres y mujeres –algunos conocidos, otros desconocidos para todos excepto para quienes reciben su ayuda– merecen este honor muchísimo más que yo.”
Pero usted los contradijo. Los contradijo al aceptar el premio – y al utilizar a continuación argumentos falsos a favor de la guerra:
“La guerra, de una forma u otra, surgió con el primer hombre. En los albores de la historia, no se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho, como la sequía o la enfermedad, la manera en que las tribus y luego las civilizaciones buscaban el poder y resolvían sus discrepancias.”
Esto, simplemente, no vale para todas las tribus y civilizaciones, a menos que incluyamos la realización de guerras como un criterio para ser considerado civilizado.
“Surgió el concepto de “guerra justa”, que proponía que la guerra solamente se justifica cuando cumple con ciertas condiciones previas: si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida posible, si no se somete a civiles a la violencia.”
¿Cómo se atreve alguien responsable por ocupaciones ilegales y ataques aéreos y el uso de drones sin tripulación a decir estas palabras? (Responsable, es decir, debido a que el Congreso y nosotros el pueblo no fuimos capaces de impedirlo.)
“Estados Unidos lideró al mundo en el desarrollo de una estructura para mantener la paz: un Plan Marshall y Naciones Unidas, mecanismos para regir la manera en la que se libran guerras, los tratados para proteger los derechos humanos, evitar el genocidio y restringir las armas más peligrosas.”
¿Cómo se atreve un presidente que se niega a apoyar un tratado sobre las minas terrestres a utilizar estos términos? ¿Se supone que no veamos las acciones y sólo escuchemos las palabras?
“Hago esta afirmación consciente de lo que Martin Luther King dijo en esta misma ceremonia hace años: ‘La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados’”
Muy sabio. Muy verdadero. Y violado totalmente por las acciones de Barack Obama y la mayor parte de las palabras en este discurso. ¿Se supone que oigamos estas palabras en una parte diferente de nuestros cerebros del resto del discurso y su propugnación de la guerra?
“Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaeda a deponer las armas.”
Ahora un grupo de menos de 100 individuos coléricos en Afganistán, y sus aliados en otros sitios son el equivalente aproximado de los “ejércitos de Hitler” y justifican la brutal ocupación de una nación por decenas y cientos de miles de soldados y mercenarios, tanques y aviones, y drones sin tripulación. Y negociaciones, con los talibanes y con quien sea, no son posibles porque… porque… bueno, por esa retórica sobre los ejércitos de Hitler.
“Estados Unidos de Norteamérica ha ayudado a garantizar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y el poderío de nuestras armas. El servicio y sacrificio de nuestros hombres y mujeres de uniforme han promovido la paz y prosperidad desde Alemania hasta Corea, y permitido que la democracia eche raíces en lugares como los países balcánicos. Hemos sobrellevado esta carga no porque queremos imponer nuestra voluntad. Lo hemos hecho por un interés propio y bien informado:…”
Un estudio del Servicio de Investigación del Congreso (CRS) de 1993 de los registros del Centro Histórico Naval de la Armada de EE.UU. identificó “234 casos en los que EE.UU. ha utilizado sus fuerzas armadas en el extranjero en situaciones de conflicto o de conflicto potencial o para otros propósitos que no son normales en tiempos de paz” entre 1798 y 1993. Esta lista no incluye acciones clandestinas o acuerdos de fuerzas de ocupación y de bases posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En una reseña de 2006 de este estudio y dos otros, Gar Smith estableció que “en los 230 años de existencia de nuestro país, ha habido 31 años en los que tropas de EE.UU. no estuvieron activamente involucradas en importantes aventuras armadas en costas extranjeras.” En otras palabras, menos de un 14% de los días de EE.UU. han sido pacíficos. En 2006 había 192 Estados miembro de Naciones Unidas. Durante los últimos dos siglos, EE.UU. ha atacado, invadido, patrullado, derrocado u ocupado a 62 de ellos. (Lea más, en inglés)
“…considero que todos los países, tanto fuertes como débiles, deben cumplir con estándares que rigen el uso de fuerza. Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país.”
La Carta de Naciones Unidas, de la cual es parte EE.UU., y que es por lo tanto la ley suprema de EE.UU. bajo el Artículo VI de la Constitución no es aparentemente un estándar que gobierne el uso de la fuerza, ya que el presidente Obama acaba de descartarla en una declaración de la Doctrina Obama que parece indistinguible de la así llamada doctrina Bush. Obama luego redobla con una doctrina de guerra humanitaria de Bush I/Clinton:
“Creo que se puede justificar la fuerza por motivos humanitarios, como fue el caso en los países balcánicos o en otros lugares afectados por la guerra. La inacción carcome nuestra conciencia y puede resultar en una intervención posterior más costosa. Es por eso que todos los países responsables deben aceptar la noción de que las fuerzas armadas con un mandato claro pueden ejercer una función en el mantenimiento de la paz.”
Obama equipara la acción no militar, la acción no hostil, con la inacción pura y simple. ¿Dónde está la ayuda? ¿Dónde está la diplomacia? ¿Dónde está la cooperación? ¿Por qué todas esas actitudes no hostiles ante otras naciones no aparecen en el texto de un discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz a sólo 25 años de 1984?
“La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio. Es por eso que la OTAN continúa siendo indispensable.”
¿Qué se puede decir para hacer que esa declaración sea menos persuasiva de lo que ya es? Tal vez esto:
“Es por eso que prohibí la tortura. Es por eso que ordené que se clausure la prisión en la Bahía de Guantánamo. Y es por eso que he reiterado el compromiso de Estados Unidos de cumplir con el Tratado de Ginebra.”
La tortura era ilegal internacionalmente y en el código legal de EE.UU. antes que Obama llegara a ser presidente. Instruyó públicamente al Fiscal General de EE.UU. para que no impusiera esas leyes. Reivindicó el poder de “entregar” gente a otras naciones donde podrían ser torturadas. Su director de la CIA y un alto asesor presidencial han afirmado que el presidente tiene el poder de torturar si decide hacerlo. Y el presidente Obama afirma aquí que tiene el poder para prohibir o no prohibir la tortura, escupiendo a la cara de la idea misma del vigor de la ley. La prisión de Guantánamo no ha sido cerrada, y el transporte de esos prisioneros a Illinois o Bagram o a cualquier otra prisión de EE.UU. no regida por la ley no hará que EE.UU. cumpla con las Convenciones de Ginebra.
“He hablado extensamente sobre asuntos que debemos sopesar con la razón y el corazón cuando optamos por librar guerra. Pero permítanme pasar ahora a nuestro esfuerzo por evitar opciones tan trágicas y hablar sobre tres maneras en que podemos promover una paz justa y duradera.”
Por fin, a mitad del discurso, se nos presenta una gota de esa sustancia tóxica con marca de fábrica: la esperanza. Basta con tragarse una buchada de esto:
“En primer lugar, al tratar con aquellos países que trasgreden normas y leyes, creo que debemos desarrollar alternativas a la violencia que son suficientemente firmes como para cambiar la conducta, pues si queremos una paz duradera, entonces las palabras de la comunidad internacional deben tener peso. Se debe hacer que aquellos regímenes que van en contra de las normas rindan cuentas por sus actos. Las sanciones deben conllevar un escarmiento real. La intransigencia debe combatirse con mayor presión, y esa presión existe sólo cuando el mundo actúa al unísono.”
Dejemos a un lado la hipocresía del habla del globalismo y del vigor de la ley de parte de un comandante en jefe que escala las guerras y ocupa 177 naciones en todo el mundo. El mensaje es que una alternativa decente a la guerra son sanciones agobiantes que “conlleven un escarmiento real”. La sabiduría de una visión no violenta creativa no ha sido interiorizada. Y el presidente no desarrolla mucho más la idea, volviéndose en su lugar a las armas nucleares:
“…y quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme. Me he comprometido a plasmar este tratado. Es el eje de mi política exterior. Y estoy trabajando con el Presidente Medvedev para reducir las reservas de armas nucleares de Estados Unidos y Rusia. Pero también nos incumbe a todos insistir en que países como Irán y Corea del Norte no jueguen con el sistema. Quienes afirman respetar las leyes internacionales no deben hacer caso omiso de cuando se incumplen dichas leyes.”
EE.UU. no procura seriamente el desarme, desarrolla nuevas armas nucleares, viola claramente el Tratado de No Proliferación Nuclear. E Irán no lo viola.
“Estados Unidos nunca ha librado una guerra contra una democracia, y nuestros amigos más cercanos son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos.”
El presidente Obama, en su famoso discurso de Oriente Próximo hace algunos meses reconoció admirablemente el derrocamiento por EE.UU. de un presidente democráticamente elegido en Irán, y la instalación de un dictador – quien, como muchos dictadores entonces y ahora, fue uno de nuestros amigos más cercanos. El gran éxito en el derecho internacional en los últimos años ha sido el precedente establecido por fiscales que trataban de hacer rendir cuentas a Augusto Pinochet. ¿Alguien recuerda cómo llegó al poder?
“Entonces, incluso mientras respetamos las culturas y tradiciones particulares de diferentes países, Estados Unidos siempre será una voz para las aspiraciones universales.”
Por cierto.
“Permítanme decir esto también: la promoción de los derechos humanos no puede limitarse a la exhortación. A veces, debe ir acompañada de laboriosa diplomacia. Sé que el trato con regímenes represivos carece de la grata pureza de la indignación. Pero también sé que las sanciones sin esfuerzos de alcance –y la condena sin discusión– pueden mantener un status quo agobiante. Ningún régimen represivo puede ir por un nuevo sendero a no ser que tenga la opción de una puerta abierta.”
Y ahí, cuando este discurso reprensible se acerca a su fin, están las palabras con las que debiera haber empezado, las palabras desmentidas por el ímpetu de todo lo demás y por las acciones del hombre que las estaba pronunciando. Y luego hubo un poco más:
“…una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones.”
Una declaración amarga si es escuchada por el pueblo de Afganistán o el de EE.UU. de boca de un presidente que ha actuado para desviar nuestros recursos hacia arriba para Wall Street y hacia abajo para bombas y bases. Pero, a pesar de ello, es verídica y vale la pena repetirla.
No imaginemos, sin embargo, que George W. Bush no habría dicho lo mismo. Simplemente lo hubiera dicho con un presupuesto militar más pequeño, un presupuesto de guerra más pequeño, menos soldados en el terreno, menos mercenarios en el terreno, bases en menos países, y una gramática peor.
…
David Swanson es autor del nuevo libro "Daybreak: Undoing the Imperial Presidency and Forming a More Perfect Union" de Seven Stories Press. http://davidswanson.org/book.
Fuente: http://www.afterdowningstreet.org/node/48291
sábado, 12 de diciembre de 2009
El presidente de EEUU en Oslo: El discurso de rechazo de Obama
martes, 24 de noviembre de 2009
El hiper presidencialismo en Estados Unidos: cuando la república peligra
David Swanson
TomDispatch
24-11-2009
Desde la elección de George Washington, el poder presidencial en Estados Unidos se ha extendido mucho más allá de lo previsto en la constitución y de lo que en el fondo exige un gobierno de, por y para el pueblo. Esta expansión, especialmente visible tras la segunda guerra mundial, se disparó durante la co-presidencia de G. W. Bush y Dick Cheney.
La concentración de poder que Bush consiguió a costa del Congreso, los tribunales, los Estados y nosotros mismos, el pueblo, ha remitido, en ámbitos concretos, a partir de la llegada de Obama. En otros, en cambio, se ha agudizado. El patrón común, en todo caso, es la consolidación, cuando no la expansión, de los poderes presidenciales, y la conformación de un legado que quedará a disposición de presidentes futuros. Así las cosas, no es difícil entrever escenarios pocos halagüeños derivados de un poder presidencial que se acerca, cada vez más, al poder absoluto.
Los medios de comunicación no parecen demasiado interesados en esta historia. A lo sumo abordan la cuestión de manera superficial, hablan de los diversos “zares” nombrados por Obama o publican artículos sobre la importancia de reformular o de enmendar aspectos marginales de la Ley patriótica (Patriot Act).
La desidia del Congreso es, si cabe, todavía mayor. Nada de esto sorprende, ya que los tres poderes de gobierno han sido reemplazados por el poder de los dos grandes partidos. Así, medio Congreso elige como líder a un presidente que supuestamente debería ejecutar su voluntad. Y la otra mitad de congresistas se resigna con frecuencia a obedecer a unos “líderes” partidarios cuyo interés primordial es elegir uno de los suyos como próximo presidente.
Ambos partidos, en el fondo, ven el poder presidencial como algo de lo que pueden servirse en el presente o bien en el futuro, cuando su propio candidato resulte elegido. La disputa de fondo, en definitiva, gira en torno a la herencia de esta suerte de presidencia imperial, no a su limitación.
En un contexto así, los proyectos orientados a la creación de comisiones que investiguen los abusos presidenciales, a la introducción de controles jurisdiccionales a los secretos de estado, a la limitación del recurso a las declaraciones presidenciales interpretativas de leyes o a la posibilidad de requerir informes clasificados al ejecutivo, no parecen ser una prioridad para ninguno de los grandes partidos.
Actualmente, la vieja idea de controlar los abusos del ejecutivo o de disposiciones normativas existentes a través de órdenes de comparecencia en el Congreso o del propio juicio político se ha convertido en Washington en algo escandaloso e inadmisible.
El Congreso sentó en el banquillo a un juez que había acosado a sus empleados, pero Jay Bybee, que firmó memorándums secretos en los que se proponía legalizar la guerra de agresión y la tortura, goza de un puesto vitalicio en la Corte de Apelaciones del Noveno Circuito gracias, precisamente, a su paso por el poder ejecutivo (y a la complicidad de Fox News en relación con su posible enjuiciamiento).
En abril, el Senador Patrick Leahy, presidente del Comité Judicial del Senado, exigió la comparecencia de Bybee. Pero el juez se negó, al igual que muchos de sus antiguos colegas de la administración Bush entre 2007 y 2008. Lo más probable es que Leahy no esté dispuesto a emitir una orden que incluso el nuevo Departamento de Justicia podría negarse a ejecutar.
El Departamento actual, de hecho, permitió que el Consejo de la Casa Blanca negociara el cumplimiento parcial de una orden del Comité Judicial de la Cámara de Representantes impulsada por el ex consejero presidencial, Karl Rove. Y si Leahy se parece a la mayoría de miembros del Congreso, ni siquiera considerará la posibilidad de recurrir a la policía del Capitolio para ejecutar la orden, algo que el Comité no ha hecho en 75 años.
Todo el poder al presidente
Cualquier descripción realistas de los actuales poderes presidenciales en Estados Unidos debería incluir facultades crecientes para elaborar leyes, para hacer la guerra, para gastar dinero, para asegurar la impunidad de ciertos crímenes, para actuar en secreto, para espiar sin garantías, para detener sin cargos e incluso para torturar.
Es el Congreso, en efecto, quien todavía elabora las leyes. Pero éstas pueden reescribirse a partir de declaraciones interpretativas del presidente, esto es, a través de declaraciones en las que el presidente hace explícito su propósito de vulnerar determinadas disposiciones de la ley que le compete sancionar.
Ni el Congreso ni el presidente Obama han impugnado buena parte de las extensas declaraciones interpretativas firmadas por Bush con el objeto de alterar el sentido de las leyes. De hecho, Obama ha anunciado que sus colaboradores revisarán las declaraciones interpretativas de su predecesor sólo en la medida en que sea estrictamente necesario.
Puede que esta política tranquilice a aquéllos que imaginan que la administración Obama siempre acertará a la hora de mantener o rechazar una declaración interpretativa de Bush. Lo grave, sin embargo, de esta decisión, es que mantiene incólume el poder presidencial de interpretar, rehacer o alterar el contenido de nuevas leyes. Obama, de hecho, ya ha emitido sus propias declaraciones interpretativas.
Otra manera que tienen los presidentes de determinar la política nacional en estos tiempos son las órdenes ejecutivas, lo que les permite gobernar el país desde la Casa Blanca y prescindir de diferentes órganos encabezados por funcionarios que cuentan con el aval del Congreso. Los presidentes también determinan la agenda legislativa del Congreso, sin que sus miembros o el público en general manifiesten mayor oposición a lo que es una auténtica perversión de nuestro sistema constitucional.
Y luego están los informes secretos. A través de ellos, los abogados de Bush en el Departamento de Justicia “legalizaron” con diligencia numerosos actos ilegales, incluyendo las guerras de agresión y la tortura.
A despecho de los años de tira y afloja entre la Casa Blanca y el Congreso respecto de la prohibición de la tortura, la complicidad con su práctica ya era un delito en el derecho penal estadounidense bajo la Ley Contra la Tortura, que autorizó la entrada en vigor de la Convención contra la Tortura firmada por el presidente Ronald Reagan.
Lo peor de todo es que, con independencia de lo estipulado legalmente, fueron los informes secretos del Departamento de Justicia los que tuvieron la última palabra en la materia. Obama ha ordenado a este Departamento no perseguir a los más altos responsables de la elaboración de estos informes.
Al mismo tiempo, ha admitido que se considerará –es difícil saber si seriamente o no- la persecución de un grupo de funcionarios de bajo rango que se extralimitaron en la ejecución de las políticas esbozadas en los mismos.
Esta decisión implica conferir inmunidad a criminales prominentes y revertir el principio defendido por Estados Unidos en los juicios de Nüremberg, con arreglo al cual era necesario comenzar por los máximos responsables. Pero sobre todo, sienta un peligroso precedente de cara al futuro. Si un presidente puede legalizar un crimen a través del informe de un abogado del Departamento de Justicia ¿cómo no ver en ello un avance hacia el poder absoluto?
Quienes deciden ir a la guerra, hoy, son los presidentes y no el Congreso, previa consulta, o no, del informe de Jay Bybee sobre el asunto.
Deciden ir a la guerra sin que haya una declaración de guerra del Congreso, y se sirven para ello de leyes vagas que permiten aparentar la aquiescencia del Congreso, aunque luego actúen por fuera de dichas reglas.
Más allá de su ilegalidad (y de su inconstitucionalidad), estas guerras suelen dar lugar a ocupaciones permanente que incluyen la construcción de gigantescas bases militares desde las cuales es posible iniciar nuevas guerras. A lo largo de este proceso, los soldados suelen ser reemplazados por mercenarios que, en su calidad de “contratados privados”, acaban actuando más lejos aún del control legal del Congreso.
Para invadir Iraq, el presidente Bush desvió dinero afectado a otros propósitos. También se auto-otorgó el poder de transferir dinero a “presupuestos en negro”, sin otro visto bueno que el de unos pocos miembros del Congreso, y de usarlo para operaciones secretas con el consentimiento de algunos de sus funcionarios.
Por supuesto, la existencia de fondos secretos reservados al presidente no son nada nuevo, pero se han disparado de manera inconstitucional e insostenible.
El 6 de octubre, los líderes de los dos partidos se reunieron con el presidente Obama y, a través del líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, le hicieron saber que podía finalizar, reducir, mantener o intensificar las operaciones militares en Afganistán y Pakistán, si lo consideraba conveniente.
La semana anterior, el Senado había aceptado que el comandante Stanley Mc Chrystal no compareciera a explicar el desarrollo de la guerra hasta tanto el presidente no determinara su política militar, lo que por supuesto quería decir una política militar para todos los norteamericanos.
Dos días después, en un sorpresivo gesto de disidencia, el presidente de la Comisión de Gasto Público de la Cámara de Representantes, David Obey, emitió unas declaraciones en las que sugería que, contra lo sostenido durante años, el Congreso tenía el poder de no financiar estas guerras y, en consecuencia, de finalizarlas.
Cuando el declive de su presidencia era ya un hecho, G. W. Bush celebró, prescindiendo de la ratificación del Senado, un tratado no oficial (al que llamó Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas Armadas) con el gobierno del Iraq ocupado por Estados Unidos que autorizaba tres años más de guerra. Desde entonces, el ejército de Estados Unidos no ha dejado de vulnerar los términos de dicho documento.
De hecho, los principales jefes militares de la operación han hecho pública su intención de permanecer en Iraq más allá de 2011, es decir, fuera de los límites establecidos en la normativa. Este tratado, por su parte, ha permitido a los nuevos ocupantes de la Casa Blanca fortalecer la ocupación ilegal de Iraq, que ya cuenta con 120.000 soldados estadounidenses y decenas de miles de mercenarios contratados al efecto.
¿Ha entrado el Congreso en un declive imparable?
Cuando se temía que Bush pudiera absolver a sus subordinados por los crímenes que el mismo había autorizado, los miembros del Congreso y los académicos llegaron a la conclusión mayoritaria de que, en efecto, podía hacerlo.
Pero tanto Bush como Obama han ido bastante más allá. Con la cobertura otorgada por leyes como la de comisiones militares o la de enmiendas a la Ley de Vigilancia del Servicio Exterior de Inteligencia, consiguieron garantizar la impunidad de numerosos criminales sin siquiera dar a conocer sus nombres o lo que habían hecho.
El Departamento de Justicia de Obama ha decidido comparecer o apelar en diversos tribunales con el objeto de mantener en secreto los abusos de los funcionarios de gobierno y de las corporaciones involucradas en torturas y en casos de espionaje ilícito.
Recientemente, el Departamento de Justicia ha sostenido que, en casos que involucren la denegación de información a un tribunal o al público en general, las empresas de telecomunicación deben ser consideradas como parte de la rama ejecutiva del gobierno federal.
Ya a comienzos de año, de hecho, el gobierno de Estados Unidos amenazó al británico con suspender los intercambios en materia de inteligencia si revelaba pruebas sobre tortura.
El Presidente Obama anunció que sólo invocaría el derecho a ocultar información a los tribunales en caso de que, según los abogados del Departamento de Justicia, estuvieran en juego importantes “secretos de estado”.
Esto podría considerarse un avance en comparación con la gestión de Bush –algo no muy difícil de conseguir-, pero en realidad se trata de una posición que no cede un ápice del poder que el ejecutivo ha obtenido a costa de otras ramas de gobierno.
De hecho, no es casual que los abogados de Obama hayan invocado la existencia de “secretos de estado” con el propósito, no ya de denegar información puntual sobre un tema, sino de bloquear casos completos antes los tribunales.
Si bien el presidente actual se ha mostrado dispuesto a ceder modestos ámbitos competenciales reclamados por el presidente anterior, ha mantenido una intransigencia cerril en lo que al poder presidencial se refiere.
A diferencia de Bush, por ejemplo, el presidente Obama se comprometió a hacer pública la lista de visitas a la Casa Blanca.
Esta medida, sin embargo, dejaba fuera buena parte de las visitas ya registradas –incluidas las de ejecutivos de compañías de seguros médicos- así como todas aquellas que el propio presidente considerara peligrosas para la “seguridad nacional”. En otros términos: se propone un cambio, modesto, pero se deja en manos del presidente decidir qué listas pueden hacerse públicas.
Esta administración ha hecho públicos, ciertamente, algunos de los informes secretos utilizados por el Departamento de Justicia durante la era Bush para justificar la tortura. Y el Departamento de Justicia, de hecho, ha resistido fieramente para que esto no ocurriera, enmendando secciones significativas de estos documentos antes de que se hicieran públicos.
Bush exigió poder presidencial para detener personas sin cargos o sin el debido proceso, y lo utilizó. Obama reclamó un poder similar en los Archivos Nacionales de Washington, en abierta violación del derecho de habeas corpus consagrado en la manoseada y maltrecha constitución de Estados Unidos.
El Director de la CIA, Leon Panetta, y el consejero presidencial, David Axelrod, también han dejado claro que el presidente aún ostenta el poder para autorizar “técnicas duras de interrogatorios” aunque no lo utilice.
De esta forma, la tortura ha pasado de ser un crimen a convertirse en una política pública opcional. El mensaje parece ser que si queremos parar temporalmente la tortura debemos votar por los demócratas. Pero esto es adentrarse en terreno pantanoso.
Probablemente sea ingenuo esperar que los presidentes resignen el poder acumulado por el ejecutivo. Pero ¿no sería lógico esperar que el Congreso trabaje para recuperarlo, en beneficio de todos?
Cuando Alberto Gonzales renunció a su cargo de Fiscal General, lo hizo por un grupo creciente de miembros del Congreso puso en marcha un proyecto en el que ordenaban al Comité Judicial de la Cámara de Representantes investigar los fundamentos para un juicio político.
Una posición similar frente al actual juez Jay Bybee podría ayudar a restaurar la autoridad del Congreso en otros ámbitos, así como a presionar al Departamento de Justicia para que cumpla con la ley y haga pública la información de que dispone, sin poder oponer a ello los “privilegios” del ejecutivo. La información requerida en un juicio político debe ser diligentemente producida, so pena de incurrir en otros delitos también susceptibles de enjuiciamiento político.
Posiblemente haya muchos entre nosotros que consideren al presidente actual un mejor tipo que nuestro diputado local. Pero eso no quita que influir a un presidente, o incluso a un senador, a través de la presión ejercida “desde abajo” es infinitamente más difícil que influir en un diputado de la Cámara de Representantes.
No pretendo con esto formular descubrimiento alguno. Después de todo, ¿no es ésta la razón por la cual la constitución confía a la Cámara poderes en materia impositiva o de juicio político?
Su mayor cercanía a los electores hace a este cuerpo, por naturaleza, más susceptible a la presión democrática. Si queremos, por tanto, recuperar la capacidad de incidencia real en la política nacional, nuestra mejor opción –admitiendo que se trataría de un trabajo cuesta arriba- sería centrarnos en la persona que nos representa en la Cámara.
La cuestión, sin embargo, está en presionar a cada uno de estos representantes para que hagan algo que, como órgano, parecen tener miedo de hacer: recuperar el poder que originariamente se les confirió, no en beneficio de su partido, sino de su papel institucional, de la constitución que juraron y de los propios soberanos de esta nación: nosotros el pueblo.
Si esto no ocurre, el legado de la era Obama, al igual que el de sus predecesores inmediatos, no será sino la consolidación de una presidencia cada vez más imperial y el deslizamiento, cada vez más pronunciado, de la república al imperio.
David Swanson fue secretario de prensa de D. Kucinich en su candidatura presidencial de 2004. Actualmente dirige la página electrónica AfterDowningStreet.org y ha sido el impulsor de Impeachbybee.org. Recientemente, ha publicado, Daybreak: Undoing the Imperial Presidency and Forming a More Perfect Union (Seven Stories Press).
Traducción para www.sinpermiso.info: Gerardo Pisarello
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2916
martes, 14 de julio de 2009
He visto 1.200 fotos de tortura en Iraq

14-07-2009
David Swanson
Global Research
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Me parece ahora, cuando el Fiscal General de EE.UU. afirma que está considerando la posibilidad de permitir que se implementen las leyes de ese país contra la tortura, es oportuno que revele que he visto más de 1.200 fotos de tortura y una docena de vídeos que están en posesión de los militares de EE.UU.
Son fotografías que muestran tortura, las víctimas de la tortura, y otros tratamientos inhumanos y degradantes. Varios vídeos muestran a un prisionero que golpea intencionalmente su cabeza, con la cara, con mucha fuerza contra una puerta de metal. Los guardias lo filmaron desde diversos ángulos en lugar de impedirlo.
Special Broadcasting Service (SBS) de Australia, reveló varias de esas fotografías, el vídeo de los golpes con la cara, y un vídeo de prisioneros obligados a masturbarse, como parte de un informe noticioso en 2006. Pero toda la colección no ha sido puesta a disposición del público o de un fiscal especial, aunque fue mostrada a miembros del Congreso en 2004. Cuando esas fotos terminen por ser publicadas, sugiero que les eches una buena mirada. Una vez que se te pase el malestar, tal vez valga la pena que consideres los últimos años de inacción del Congreso. Y volverás a sentirte mal.
En enero de 2004, los militares confiscaron fotos y vídeos que estaban en computadoras y teléfonos celulares en la prisión Abu Ghraib en Iraq. Los que tienen que ver con el abuso de prisioneros eran, que yo sepa, los que están en la colección que vi. Por lo tanto, esa colección no incluye imágenes de torturas o maltratos que puedan haber tenido lugar en Abu Ghraib después de esa fecha o en otros sitios en cualquier época. Tengo motivos para creer que fotos semejantes existen en grandes cantidades y que muestran tipos de abusos que todavía no hemos visto.
La mayoría de la gente ha visto menos de 100 fotos de Abu Ghraib. He puesto en línea muchas de las que han sido dadas a conocer. No son una mala muestra representativa del conjunto, pero están lejos de ser completas. Hay entre las más de 1.200 fotos, imágenes de prisioneros y de personal militar que no han sido publicadas. Hay escenas horripilantes de las que no hemos visto en público una sola imagen. Y las imágenes que hemos visto son, en la mayoría de los casos, una sola imagen o dos de una larga serie de fotos de un incidente. En muchos casos, la colección incluye múltiples series de imágenes de un mismo evento fotografiado por múltiples cámaras. Las imágenes públicas han sido recortadas y/o censuradas para ocultar caras o genitales. En las versiones no recortadas hay, en algunos casos, más personas en la foto.
Si todas esas fotos de Abu Ghraib fueran dadas a conocer, pero las de otros tiempos y sitios siguieran ocultas, y si no conociéramos las órdenes ejecutivas, los memorandos del Departamento de Justicia, declaraciones firmadas por el presidente, informes del Congreso, de la Cruz Roja, confesiones televisadas del presidente y del vicepresidente, etc., los militares podrían seguir afirmando que fue la obra aislada de unas pocas “manzanas podridas”. Pero sabríamos mejor cuál fue esa obra. Y si esas imágenes estuvieran a disposición del público, o sólo de un fiscal especial, sugerirían un cierto interés en la busca del rendimiento de cuentas de los responsables, pero que no están presentes en las fotografías. Por otra parte, el que se oculte la evidencia mientras se procesa a los soldados que posaron en algunas de las fotos parece cada vez más como una busca de chivos expiatorios en beneficio de la Inteligencia Militar, la CIA, y contratistas que instruyeron a los soldados, así como de sus comandantes hasta llegar al secretario de defensa quien dio alas a la tortura, los abogados que trataron de asegurar la inmunidad, y al presidente y vicepresidente que dieron las autorizaciones. Hay que recordar que para que el fiscal general Eric Holder decida que las leyes contra la tortura de EE.UU. puedan ser implementadas, no tiene que esperar hasta que se revele cada pieza nueva de evidencia para luego reaccionar apropiadamente. Ya tiene toda la evidencia y mucha más, de la que sabemos pero no hemos visto.
Las más de 1.200 imágenes que he visto se suman a algunas historias que nos han sido esbozadas anteriormente. Hemos visto el cuerpo del prisionero asesinado, Manadel al-Jamadi, envuelto en hielo. Hemos visto al cabo Charles Graner posando junto a él, y a la cabo Sabrina Harman haciendo lo mismo. Pero la colección más completa muestra el proceso de limpieza del cuerpo. Una cuchillada gigantesca en la parte superior de la cabeza del hombre es suturada, su ojo parchado, etc. Fotos, algunas de ellas publicadas, muestran el piso cubierto con la sangre de esta víctima.
Hemos visto unas pocas imágenes (una, dos, tres) de un hombre atacado y mordido por perros. Pero una serie mayor de fotos nos muestran mucho más de las heridas en sus piernas y brazos, así como su número de identificación: 153863.
Muestran a otro prisionero con identificación (153399) al que le falta un gran trozo de la cabeza. Es uno de una serie de cadáveres mostrados en las fotografías. SBS (el canal noticioso australiano) encontró un informe del ejército sobre su muerte y concluyó que esos prisioneros muertos habían sido probablemente muertos a tiros por guardias durante un disturbio o asesinados por guardias en otras circunstancias. Otros han afirmado que hubo ataques con mortero desde el exterior de la prisión.
Charles Graner y Sabrina Harman aparecen bastante en esas fotos, posando y sonriendo, pero también curando heridas. La soldado Lynddie England, parece en relativamente pocas, las que hemos visto con un gesto de aprobación y mostrando a prisioneros que se masturban. Otras fotos muestran a más personal militar. En una de ellas, Graner y otros dos soldados colocan una bolsa sobre la cabeza de un prisionero. En una un posible contratista privado lleva una placa de identificación.
Hay muchas fotos de las más de 1.200 que muestran a prisioneros desnudos, a veces encadenados a literas o con sus piernas sujetas entre barras. Hay un prisionero desnudo tirado boca abajo en el suelo con sangre al lado, con un policía militar sobre su espalda y dos más mirando.
Previamente hemos visto y oído de un prisionero que perdió la mente y se cubrió con heces fecales, que recibió el mote “muchacho de mierda.” En la colección ampliada, lo vemos desnudo de frente en la ducha, con guantes blancos de látex. Lo vemos inmovilizado entre camillas, pero también de pie, apretado entre colchones de espuma encadenados sobre su persona como una túnica, con sacos atados sobre sus manos, y en otras posiciones. Y dicen que es el mismo al que muestran golpeando su cabeza contra una puerta.
Vemos a un prisionero desnudo, encapuchado, de pie sobre dos cajas de comidas prefabricadas, e inclinado. Vemos fotos tomadas desde un balcón de dos prisioneros sentados o acuclillados con sus manos detrás de sus cabezas, uno de ellos en el suelo y el otro sobre una caja de comidas prefabricadas. Vemos a un prisionero con su número de identificación escrito sobre el pecho desnudo con marcador rojo, y con caras sonrientes hechas con marcador rojo alrededor de sus tetillas. (Su número, oscurecido por su capucha, es 200- -4, y el primer número faltante es 1 o 7, el segundo 9 o 4.)
Por cierto, también vemos las fotos de electrocución simulada de un prisionero encapuchado de pie sobre una caja de comida prefabricada, con alambres atados. Y vemos a un prisionero al que al parecer se le obliga a introducir un plátano en su ano. Vemos a una joven que levanta su falta, pero sin recortar y con los ojos borrados. La vemos junto con otra joven. Vemos una serie de fotos de esas jóvenes posando, totalmente vestidas. Vemos a la primera vestida y posando con la cabo Sabrina Harman, ambas sonriendo. Según SBS la historia es que las dos prisioneras fueron arrestadas acusadas de prostitución.
Hay tres fotos de un niño pequeño desnudo, con una túnica, y completamente vestido. Aunque es muy inquietante ver las fotos de este pequeño niño en medio de esta asquerosa colección, no tengo idea del motivo por el que se encuentran allí y si fue maltratado, o si alguien fue amenazado con su maltrato. Pero sé que el principal abogado que posibilitó nuestra campaña y que es famoso por haber dicho que un presidente de EE.UU. tiene derecho a aplastar los testículos de un niño, es profesor de una prestigiosa universidad, mientras su jefe está sentado como un juez vitalicio en el Noveno Circuito porque el Congreso se niega a encausarlo. La excusa corriente para la demora es que el Departamento de Justicia planifica publicar muy pronto su informe interno (de la Oficina de Responsabilidad Profesional), como lo ha estado haciendo durante muchos meses. Si Holder finalmente publica el informe y anuncia simultáneamente el nombramiento de un fiscal especial, tienen que ocurrir dos cosas:
No debemos permitir que el Congreso retarde el encausamiento de Bybee por más tiempo con la nueva excusa de que se está efectuando una investigación criminal.
Tenemos que presionar para que el fiscal especial actúe sin demora y sin considerar que alguien está por sobre las leyes escritas por el Congreso.
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David Swanson es autor del próximo libro "Daybreak: Undoing the Imperial Presidency and Forming a More Perfect Union" de Seven Stories Press.
© Copyright David Swanson, Global Research, 2009
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