27-04-2010
Tom Engelhardt
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Sí, podríamos irnos. No es una broma. Realmente podríamos retirar nuestros masivos ejércitos, que ahora llegan en su conjunto a 200.000 soldados, de Afganistán e Iraq (y eso ni siquiera toma en cuenta a nuestro ejército oculto de contratistas privados, de casi igual tamaño, que ayudan a disimular el verdadero tamaño de nuestras dobles ocupaciones). Indudablemente los podríamos retirar razonablemente rápido y razonablemente sin dolor.
Es algo que no sabríais al escuchar los debates en Washington o al ver las noticias de los medios dominantes. En ellos, la retirada, cuando hablan de ella, parece ser una empresa que va más allá de lo imaginable. Sólo en Iraq, todas esas bases que desmantelar y millones de piezas de equipamiento que enviar a casa en una operación digna de años de esfuerzo intensivo, es el tipo de operación que hace que la desesperada evacuación británica de Dunquerque en la Segunda Guerra Mundial parezca un paseo dominical por el parque. Y representa sólo el aspecto técnico del problema.
Luego existe la convicción de que cualquier cosa que no sea una retirada lentísima se parecería a la liebre de la fábula de Esopo –por lo menos dos años en Iraq, entre cinco y diez en Afganistán–, pondría en peligro al propio planeta, o por lo menos a su país más importante: el nuestro. Sin nuestra mano eternamente estabilizadora, iraquíes y afganos, se toma por entendido, se verían perdidos. Sin la ayuda de fuerzas estadounidenses, por ejemplo, ¿hubiera podido anunciar el gobierno de Maliki la muerte del jefe de al-Qaida en Iraq? No es probable, mientras que EE.UU. ha eliminado dos veces a su dirigencia, primero en 2006, y de nuevo, evidentemente, la semana pasada.
Desde luego, antes de que la entrada de nuestros soldados a Bagdad en 2003, y del comienzo de la ocupación estadounidense de ese país, no había al-Qaida en Iraq. Pero eso pertenece al pasado distante, del que no vale la pena hablar. Y olvidad también que nuestras invasiones y guerras han resultado ser estruendosamente destructivas, que han causado caos, miseria y muerte como secuelas, y convertido, por ejemplo, el sistema de atención sanitaria de Iraq, que otrora fue considerado un país avanzado en el mundo árabe, en una zona de desastre (que –sobra decirlo– sólo nosotros, estadounidenses, estamos ahora equipados para reparar). De la misma manera, mientras matamos regularmente civiles afganos en puntos de control en sus carreteras y en sus casas, en sus celebraciones y en su trabajo, ignoramos el hecho de que nuestra invasión y ocupación abrió el camino para la transformación de Afganistán en la primera nación agrícola con cultivos enteramente dependientes de la droga, y de esa manera, en la primera narco-nación del planeta. No es sólo que el país tenga ahora un monopolio casi total del cultivo de amapolas de opio (por lo tanto heroína), sino según el último informe de la ONU, ahora está copando también el mercado del hachís. Y hablamos de diversificación.
Es un récord del que se puede depender y que, evidentemente, hay que mantener e incluso expandir. Somos como el famoso invitado que vino a cenar, se quebró una pierna, no se fue y rápidamente se hizo cargo de las vidas de toda la familia. Sólo que en nuestro caso, llegamos, le quebramos la pierna a otra persona, y luego insistimos en quedarnos para quebrar muchas piernas más, por temor a que el mundo se convirtiera en un sitio mucho más terrible.
En Washington se sabe y acepta que si nos fuéramos de Afganistán precipitadamente, el talibán se haría cargo, al-Qaida volvería en forma y de inmediato, y que luego otros de nuestros edificios gigantes obviamente morderían el polvo. Y sin embargo, mientras más nos quedamos y mientras más aumentamos nuestras fuerzas, más ha reaparecido el talibán, más territorio es dominado por esa insurgencia minoritaria. Si nos quedamos lo suficiente, podremos, de hecho, crear la insurgencia mayoritaria que pretendemos temer.
Es sabiduría común en EE.UU. que, antes de retirar nuestros militares, Afganistán, como Iraq, debe ser afianzado como un aliado suficientemente estable, así como por lo menos una frágil democracia joven, lo que consigna la verdadera partida a un horizonte lejano. Y ese sentido del tiempo puede ayudar a explicar el deseo de responsables estadounidenses de obstaculizar los intentos del presidente afgano Hamid Karzai de negociar ahora con el talibán y otras facciones rebeldes. Washington, parece, prefiere un “proceso de reconciliación” que dure años y que sólo comience después que los militares de EE.UU. logren dominar en el campo de batalla.
La realidad que no se atreve a revelar su nombre en Washington es: no importa lo que pueda suceder en un Afganistán sin nosotros –sea que (como en los años noventa) las diversas facciones en el país se ataquen entre ellas, o que el talibán establezca un control significativo, aunque (como en los años noventa) no sobre todo el país– los riesgos para los estadounidenses serían menores. Lo que no significa que alguien que importe vaya a decir algo semejante.
Veamos, ¿qué tipo de interés pueden tener realmente los estadounidenses en uno de los países más empobrecidos del planeta, tan distante geográfica, cultural y religiosamente? Sin embargo, como para desafiar el sentido común, hemos estado combatiendo allí –mediante sustitutos y directamente– de forma intermitente durante 30 años interminables en perspectiva.
La mayoría de los estadounidenses siguen estando evidentemente convencidos que ese “refugio” fue la clave para el éxito de al-Qaida, y que Afganistán era el único lugar donde esa organización podría haber planificado el 11-S, aunque la verdadera planificación haya tenido lugar en Hamburgo, Alemania, que no bombardeamos ni invadimos.
En un futuro en el cual nuestros crecientes ejércitos realmente tuvieran éxito en el control de Afganistán e impidieran el acceso de al-Qaida, ¿qué pasaría con Somalia, Yemen, o, en realidad, Inglaterra? Ahora se olvida convenientemente que el primer intento casi exitoso de derribar una de las torres del World Trade Center en 1993 fue planificado en el campo en Nueva Jersey. Si el gobierno de Bush hubiera prestado la más mínima atención el 10 de septiembre de 2001, o hubiese tomado precauciones razonables, incluyendo el cierre de las puertas de las cabinas de los pilotos, el 11-S y por lo tanto la invasión de Afganistán habrían sido relegados a la trama fantástica de alguna novela de Tom Clancy.
Vietnam y Afganistán
¿Habéis notado, a propósito, que siempre hay algún obstáculo en el camino de la retirada? Ahora mismo, en Iraq, son las secuelas de la elección del 7 de marzo, saludada como prueba de que hemos llevado la democracia a Oriente Próximo y que por lo tanto, sean cuales sean nuestros errores, hicimos lo correcto. Lo que pasa es que la elección, como muchos predijeron entonces, ha llevado a una parálisis potencialmente explosiva y todavía no llega cerca de resultar en una nueva coalición gobernante. Al aumentar la violencia, se nos dice, la retirada planificada de las tropas estadounidenses para agosto al nivel de 50.000 está en peligro. El proceso, a pesar de repetidas promesas, parece avanzar lentamente.
Y sin embargo, la idea de que después de todos estos años una retirada estadounidense debiera depender de eventos entre iraquíes, parece curiosa. Siempre hay algún motivo para dudar –y nunca tiene que ver con nosotros. Indudablemente la retirada sería un rompecabezas mucho menos complicado si Washington simplemente se comprometiera de lleno a irse, y si dejara de convencerse de que la presencia de militares de EE.UU. en países lejanos es esencial para un mundo mejor (y, claro está, para tener una posición de control en el planeta Tierra).
Los anales de la historia están repletos de países que invadieron y ocuparon otras tierras y luego se fueron, a menudo sin gloria y bajo intensa presión. Pero lo hicieron.
Vale la pena recordar que, en 1975, cuando el ejército sudvietnamita colapsó y en esencia huimos del país, abandonamos inmensas cantidades de equipamiento. Helicópteros fueron empujados por sobre los bordes de portaaviones para ganar espacio; barriles de dinero fueron quemados en la embajada de EE.UU. en Saigón; bases militares tan grandes como cualquiera que hemos construido en Iraq o Afganistán cayeron en manos norvietnamitas; y aliados sudvietnamitas fueron abandonados en el pánico del momento. Sin embargo, cuando no quedaba otra alternativa, nos fuimos. No de manera elegante, ni agradablemente, ni reflexivamente, ni servicialmente, pero nos fuimos.
Hay que recordar que, también entonces, se predijo el desastre para el planeta si nos retirábamos precipitadamente –incluyendo la arrolladora toma comunista de un país tras el otro, la pérdida de “credibilidad” para la superpotencia estadounidense, y un baño de sangre asesino en el propio Vietnam. No sólo fueron predichos por los Casandra de Washington, sino citados interminablemente durante los años de la guerra como razones para no irse. Y no obstante vino el choque de que algo semejante no se registró entre todas las así llamadas lecciones de Vietnam: nada de eso sucedió después.
Hoy en día, Vietnam es un país razonablemente próspero con relaciones amistosas con su antiguo enemigo, EE.UU. Después de Vietnam, no cayó ninguna otra “ficha de dominó” y no hubo un baño de sangre en ese país. Por cierto, podía había sido diferente –y en otros sitios, a veces, lo ha sido. Pero incluso cuando los cielos locales se oscurecen, el mundo no se acaba.
Y esa es la verdad del asunto: el mundo no se acabará, no en Iraq, ni en Afganistán, ni en EE.UU., si terminamos nuestras guerras y nos retiramos. El cielo no se caerá, incluso si EE.UU. se va relativamente rápido, incluso si después se derrama sangre y las cosas no van bien en ninguno de los dos países.
Llevamos a nuestras tropas con una rapidez extraordinaria. Somos bastante capaces de sacarlas a un ritmo parecido. Podríamos, quiero decir, irnos. Hay, sin duda, maneras mejores y peores de hacerlo, maneras que castigarían aún más a las sociedades que hemos invadido, y maneras que les podrían ser de cierta utilidad, pero en todo caso, podemos irnos.
Una breve historia de retiradas estadounidenses
Evidentemente, existe un pequeño problema. Toda la evidencia indica que Washington no quiere retirarse –no realmente, ni de una región ni de la otra. No tiene interés en privarse del negocio del control y de la influencia globales, o del tinglado del poder militar. No es demasiado sorprendente, ya que estamos hablando de una gran potencia imperial y del control (o por lo menos del control imaginario) sobre las regiones petrolíferas estratégicas del planeta.
Y además existe otro factor que hay que considerar: el hábito. Con el pasar de las décadas Washington se ha acostumbrado a quedarse. Hace tiempo que EE.UU. se especializa en llegar, pero no tanto en partir. Después de todo, 65 años después, cantidades impresionantes de fuerzas estadounidenses siguen acantonadas en las dos principales naciones derrotadas en la Segunda Guerra Mundial: Alemania y Japón. Todavía tenemos cerca de tres docenas de bases militares en la relativamente pequeña isla japonesa de Okinawa, y ahora mismo estamos luchando encarnizadamente, en términos diplomáticos, para no ser obligados a abandonar una de ellas. La Guerra de Corea fue suspendida por un armisticio hace 57 años y, de nuevo, cantidades impresionantes de soldados estadounidenses siguen acantonados en Corea del Sur.
De la misma manera, algunas décadas más tarde, después de la campaña aérea contra Serbia a fines de los años noventa, EE.UU. expandió el enorme Campo Bondsteel en Kosovo con su perímetro de once kilómetros, y seguimos allí. Después de la Primera Guerra del Golfo, EE.UU. construyó o expandió bases militares y otras instalaciones en Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, Omán, y Bahréin en el Golfo Pérsico, así como la isla británica de Diego Garcia en el Océano Índico. Y nunca ha dejado de reforzar sus instalaciones en toda la región del Golfo. En este sentido, abandonar Iraq, en la medida en la que lo hacemos, no es un asunto tan significativo como se imagina a veces, en términos estratégicos. No es como si los militares de EE.UU. se fueran a Dubuque, Iowa.
Una historia de las retiradas estadounidenses sería ciertamente un libro muy breve. Fuera de Vietnam, los militares de EE.UU. se retiraron de las Filipinas bajo la presión del “poder popular” (y un volcán local) a comienzos de los años noventa, y de Arabia Saudí, en parte bajo la presión de Osama bin Laden. En ambos países, sin embargo, ha retenido o recuperado un punto de apoyo en los últimos años. El presidente Ronald Reagan retiró a los soldados estadounidenses del Líbano después del devastador atentado del camión suicida en 1983 contra un cuartel de los marines, y el presidente de Ecuador, Rafael Correa, expulsó funcionalmente a EE.UU. de la Base Aérea Manta en el año 2008 cuando se negó a renovar su convenio. (“Renovaremos la base con una condición: que ellos nos permitan instalar una base en Miami –una base ecuatoriana,” dijo astutamente). Y hubo unos pocos sitios como la isla de Grenada, invadida en 1983, que simplemente importaban demasiado poco como para que Washington se quedara.
Por desgracia, sea cual sea el gobierno, el afán por quedarse parece ser una constante. Está evidentemente implantado en el ADN de Washington y arraigado profundamente en la política interior en la que seguras acusaciones de “retirada apresurada” e imputación por “perder” Iraq o Afganistán atemorizarían a cualquier gobierno. No es sorprendente, que al considerar los principales artículos noticiosos sobre Iraq y Afganistán, se puedan ver señales de la presión para quedarse en todas partes.
En Iraq, mientras el presidente Obama se ha comprometido a retirar las tropas estadounidenses antes de fines de 2011, queda mucho terreno para manipulaciones. New York Times ya informa que el general Ray Odierno, comandante de las fuerzas de EE.UU. en ese país, presiona a Washington para que establezca “una Oficina de Cooperación Militar dentro de la embajada estadounidense en Bagdad para sostener la relación después… del 31 de diciembre de 2011.” (“Tenemos que mantenernos comprometidos a esto después de 2011,” citan a Odierno. “Creo que el gobierno lo sabe. Creo que tiene que hacerlo para seguir adelante hasta terminar. Es importante que se reconozca que sólo porque los soldados de EE.UU. se van, Iraq no ha terminado.”)
Si deseáis una verdadera medida de la retirada estadounidense, prestad atención a las megabases que el Pentágono ha construido en Iraq desde 2003, especialmente la gigantesca Base Aérea Balad (ya que los iraquíes no tendrán, a fines de 2011, una verdadera fuerza aérea propia), y tal vez Campo Victory, la vasta, mal bautizada base y centro de comando contigua al Aeropuerto Internacional de Bagdad en las afueras de la capital. Prestad atención también a la embajada de EE.UU., de 42 hectáreas, construida a lo largo del río Tigris en el centro de Bagdad. Actualmente, es la mayor “embajada” del planeta y representa algo nuevo en la “diplomacia,” ya que es esencialmente una base militar combinada con un centro de comando y control para la región. Evidentemente no se irá a ninguna parte, retirada o no.
En los hechos, informes recientes indican que en el futuro cercano el personal de la “embajada”, incluyendo a entrenadores de la policía, funcionarios militares relacionados con esa Oficina de Coordinación, espías, asesores estadounidenses vinculados a diversos ministerios iraquíes, y gente semejante, podría ser más que duplicado del actual impresionante nivel de personal de 1.400 a 3.000 o más. (La embajada, a propósito, ha solicitado 1.875 millones de dólares para sus operaciones en el año fiscal 2011, y eso fue sobre la base de sólo 1.400 empleados.) Visto de manera realista, mientras una embajada semejante permanezca en Zona Cero Iraq, no nos habremos retirado de ese país.
Del mismo modo, tenemos una gigantesca embajada de EE.UU. en Kabul (que está siendo expandida) y otra mega-embajada que está siendo construida en la capital paquistaní Islamabad. No representan, es seguro, señales de partida. Tampoco el hecho de que en Afganistán y Pakistán, todo lo que tiene que ver con la guerra está aumentando, incluso de maneras que a menudo no son aparentes. La decisión del “aumento” del presidente Obama ha sido descrita sobre todo en términos de esos 30.000 soldados adicionales que está enviando, no en términos del ejército fantasma de 30.000 o más contratistas privados adicionales que cumplen diversos roles militares (y que mueren sin ser registrados en cantidades impresionantes); ni el contingente adicional de tipos de la CIA y la escalada de la guerra de drones que están supervisando en las zonas tribales fronterizas de Pakistán; ni el aumento al doble de las unidades de Operaciones Especiales asignadas para perseguir a la dirigencia talibán; ni los funcionarios adicionales del departamento de Estado para el “aumento civil”; ni, por ejemplo, la “caja” adicional de 10 millones de dólares de fondos que podrían estar pronto a disposición de 120 fuerzas de Operaciones Especiales de EE.UU., que ya se encuentran en esas zonas fronterizas entrenando al Cuerpo Fronterizo paramilitar paquistaní, para gastarlos en “ganar corazones y mentes.”
Tal vez sea históricamente exacto si se dice que las grandes potencias generalmente parten del país, se van a otros sitios armadas hasta los dientes, y luego sienten la necesidad de quedarse. Con nuestras guerras de más de un billón de dólares, y un presupuesto anual de seguridad nacional de más de un billón, hay mucho en juego para quedarse, e indudablemente en librar dos, tres, muchas guerras de Afganistán (e Iraq) en los años por venir.
Tarde o temprano, nos iremos de Iraq y Afganistán. Es demasiado tarde en la historia de este planeta para ocuparlos para siempre y un día más. Más vale que sea antes.
………..
Tom Engelhardt, es co-fundador del American Empire Project, dirige el Nation Institute’s TomDispatch.com. Es autor de “The End of Victory Culture”, una historia sobre la Guerra Fría y más cosas, así como una novela: “The Last Days of Publishing”. En junio se publicará su último libro: “The American Way of War” (Haymarket Books).
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175238/tomgram%3A_engelhardt%2C_the_urge_to_stay/#more
martes, 27 de abril de 2010
Por qué EE.UU. no se va de Afganistán o Iraq: Sí, EE.UU. podría… ¡irse!
domingo, 18 de abril de 2010
Dioses y monstruos: Las vistas desde el Monte Olimpo
Las guerras estadounidenses se combaten desde lo alto
Dioses y monstruos: Las vistas desde el Monte Olimpo
Tom Engelhardt
TomDispatch.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
8-04-2010
Los griegos tenían razón. Cuando se vive en el Monte Olimpo, la visión de la humanidad que uno tiene es cualitativamente diferente. Después de todo, los dioses griegos mentían, robaban, deseaban y castigaban sin piedad a la humanidad mientras se paseaban por el planeta de una forma que nosotros, los mortales, consideraríamos amoral, cuando no inmoral. Y se sentían tan a gusto. Se creían –nos cuenta la mitología griega- increíblemente libres para intervenir en los asuntos de cualquier mortal que atrajera su atención desde las alturas y, de paso, hacer lo que les viniera en gana sin pensar mucho acerca de la naturaleza de las vidas humanas.
Si alguna vez sentían algo de compasión por los mortales cuyas vidas lanzaban repetidamente al caos, eran incapaces de experimentar una empatía verdadera. Tal es la naturaleza del mundo cuando tu visión es la olímpica y lo que ves desde las alturas no es más que un montón de mamíferos apenas distinguibles correteando por abajo. Los detalles de sus insignificantes vidas se difuminan de forma natural y carecen de importancia.
La pasada semana vimos –contemplamos, realmente- un ejemplo moderno de lo que significa en nuestros días actuar desde las alturas, y leímos acerca de otro asombroso ejemplo de cómo se actúa desde las cumbres. El portal de Internet WikiLeaks sacó a la luz un video desencriptado de 2006 de dos helicópteros Apache estadounidenses atacando a un grupo de iraquíes en una calle de Bagdad. Al menos doce iraquíes, entre ellos dos empleados de la agencia de noticias Reuters, un fotógrafo y su conductor, resultaron asesinados en el suceso, y dos niños del vehículo de un buen samaritano que se paró a recoger a las víctimas y que de paso murió, resultaron también heridos.
Sin lugar a dudas, ese vídeo es una notable demostración de cómo se puede en 17 minutos matar salvajemente a unos seres diminutos que pululan por abajo. No había forma de que las tripulaciones de los helicópteros estadounidenses supieran quiénes eran: sunníes o chiíes, insurgentes o comerciantes, bagdadíes con malas intenciones hacia los estadounidenses o bagdadíes que no prestaban atención a dos de los helicópteros que entonces zumbaban regularmente sobre la ciudad. ¿Eran asesinos, guardias, empleados de banca, desempleados, miembros del Partido Baaz, fanáticos religiosos o dueños de un café? ¿Quién podría asegurar nada desde las alturas? Pero los detalles importaban bien poco.
En la primera escena, vemos cómo el cámara de Reuters se agacha por detrás de un edificio mirando alrededor de una esquina, y se puede oír a un estadounidense lanzando un grito en el Apache: “¡Tiene un RPG!”, confundiendo su cámara con un objetivo de largo alcance con un lanzagranadas propulsado por cohete. El piloto ignora, por supuesto, que allí hay un fotógrafo de Reuters. Sólo lo sabemos nosotros. (Y cuando se supo su muerte, el ejército enterró cuidadosamente el video).
Junto con ese video nos llega una banda sonora en la cual puede oírse cómo los estadounidenses verifican las normas de actuación, piden permiso para disparar y bromean sobre los resultados. (“Ja, ja, ja, les dí”; “Oh, yeah, mira, hemos matado a todos esos bastardos…”; y sobre los dos niños heridos: “Bien, es su culpa por traerse a los chicos a la batalla”). Los artículos aparecidos aquí en los medios justifican esa charla cruel por la necesidad que tienen, quienes se dedican al trabajo de matar, a poner “distancia psicológica”, aunque ésa es real e indudablemente la forma en que hablas cuando tú, y solo tú, tienes acceso, como los dioses, a los cielos y puedes planear sobre el resto de la humanidad haciendo preparativos para acabar con los seres inferiores.
De forma parecida, el 12 de febrero, en Paktia, Afganistán oriental, en la oscuridad de las horas previas al amanecer, un equipo de las Operaciones Especiales estadounidense se lanzó sobre un pueblo cerca de Gardez. Allí, en un mundo que no podía estar más alejado de sus vidas, posiblemente haciendo uso de la información de un chivatazo equivocado, francotiradores estadounidenses que se situaron en lo alto de los tejados mataron a un oficial de la policía afgana (“el jefe de inteligencia de uno de los distritos más volátiles de Paktia”), a su hermano y a tres mujeres: una madre de diez hijos embarazada, una madre de seis hijos también embarazada y una adolescente. Después, sacaron las balas de los cuerpos de las mujeres, ataron y amordazaron sus cuerpos y cumplimentaron un informe en el que afirmaron que los hombres muertos eran militantes talibanes que habían asesinado a las mujeres en “asesinatos por honor” antes de que ellos llegaran allí. (Esto fue lo que la prensa estadounidense, que habitualmente recoge las explicaciones del ejército, publicó inicialmente sobre el suceso).
Recientemente, ante un buen reportaje sobre el terreno de un periodista británico no empotrado, esta historia tapadera se desintegró vergonzosamente mientras el portavoz del ejército estadounidense se retractaba paso por paso en una serie de admisiones parciales del error, hasta llegar a la presentación de disculpas personales, incluido el sacrificio de una oveja y 30.000 dólares de indemnización.
Eviscerando ceremonias
Ambos incidentes provocaron conmoción e indignación en los críticos de las políticas bélicas estadounidenses. Ambos incidentes son espeluznantes. Sin embargo, posiblemente, el aspecto más impactante es precisamente su carácter rutinario actual, aunque la publicación del video de esos hechos no lo sea. Empezando con un detalle de los asesinatos en Afganistán del que se informó en la mayoría de los relatos, pero que casi nadie subrayó: que los estadounidenses se lanzaron sobre lo que era una ceremonia familiar tradicional. Que se había reunido a más de veinticinco invitados para dar nombre a un recién nacido.
En realidad, en estos últimos de nueve años, ceremonias afganas (e iraquíes) de todo tipo acabaron acribilladas con regularidad. Haciendo un recuento parcial de las fiestas de boda arrasadas por el potencial aéreo estadounidense en TomDispatch.com, he contado cinco de esos “incidentes” entre diciembre de 2001 y julio de 2008. (Me llamó la atención un sexto suceso en julio de 2002, en el que posiblemente murieron 40 invitados a una boda y muchos más resultaron heridos, y un séptimo en agosto de 2008). Tampoco resultaron inmunes ante los ataques otro tipo de rituales donde había reunidos un número grande de afganos, incluidos funerales, y por último, hasta ceremonias para dar nombre a un bebé. Y no se olviden que ésos son sólo los incidentes de los que se ha informado en un país con inmensas zonas de territorio rural donde indudablemente mucho de lo que ocurre no se denuncia.
De forma similar, el General Stanley McChrystal, el comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, manifestó recientemente sorpresa ante el recuento de víctimas desde el pasado verano, con al menos 30 afganos muertos y 80 heridos en los controles cuando los soldados estadounidenses abrieron fuego contra coches. Declaró: “Hemos disparado contra una sorprendente cantidad de gente, y por lo que sé, ninguno era realmente una amenaza”. O consideren el caso de Mohammed Yonus, de 36 años, un popular imán de una mezquita de las afueras de Kabul, a quien asesinaron en su coche en enero pasado por adelantar a un convoy de la OTAN que consideró que el vehículo del imán representaba una “amenaza”. Su hijo de siete años iba en el asiento de atrás.
O cuando a propósito del suceso de los empleados de Reuters, el reportero Mazen Tomeizi recordaba a un productor palestino de la cadena por satélite Al-Arabiya de Dubai, asesinado por un helicóptero de combate estadounidense en septiembre de 2004 en la calle Haifa, en el centro de Bagdad. Era camarógrafo en aquel momento y su sangre salpicó la lente. Seif Fouad, un cámara de Reuters, resultó herido en el mismo incidente, muriendo varios transeúntes, entre ellos una niña. O recuerden a los 17 civiles iraquíes vilmente asesinados cuando los empleados de Blackwaters de un convoy empezaron a disparar en la Plaza Nissur de Bagdad el 16 de septiembre de 2007. O los misiles lanzados desde helicópteros y aviones no tripulados estadounidenses contra la mísera barriada chií de Ciudad Sadr en 2007-2008. O los iraquíes asesinados regularmente en los puestos de control desde la invasión de 2003. O, si vamos al caso, los primeros momentos de esa invasión el 20 de marzo de 2003, cuando, según Human Rights Watch, “docenas” de civiles iraquíes fueron asesinados en los cincuenta “ataques de decapitación” aéreos que la administración Bush lanzó contra Saddam Hussein y el resto de los dirigentes iraquíes, todos ellos errados.
Esa es la indiscriminada condición de la matanza, no importa cuan “preciso” y “quirúrgico” sea el armamento cuando la guerra la hacen aquéllos que mandan en los cielos y descienden, como si vinieran de Marte, hacia otros mundos, convencidos de que tienen el poder para aislar lo bueno de lo malo, aunque no puedan distinguir a un campesino de un insurgente. En esas circunstancias, la muerte llega con múltiples disfraces: desde una gran distancia, vía misiles de crucero o aviones no tripulados, o de cerca, en un control donde soldados estadounidenses blindados, con el dedo en el gatillo, no aciertan a distinguir un suicida-bomba de un vecino confundido o atemorizado con un par de niños en el asiento trasero. Llega repetidamente cuando las fuerzas de Operaciones Especiales de EEUU se lanzan desde los helicópteros una vez que oscurece buscando sospechosos terroristas basándose en chivatazos de informantes poco fiables que pueden estar tratando de ajustar cuentas con alguien de la localidad, de todo lo cual los estadounidenses son tristemente ignorantes. Llega repetidamente cuando se confunde a las tropas del ejército o de la policía afganas con el enemigo.
Y la muerte no sólo le sobreviene a un oficial de policía y a su hermano y familia en la provincia de Paktia, sino también a un “acomodado hombre de negocios con contratos de construcción y seguridad con la cercana base estadounidense en el aeropuerto de Shindand”, quien, junto con hasta 76 miembros de su extensa familia, fue masacrado en un ataque contra el pueblo de Azizabad, en la provincia de Herat, en agosto de 2008. Le pasó a la familia de Awal Khan, un comandante de artillería del ejército afgano (lejos, en otra provincia), cuya “esposa, maestra, su hija de 17 años, de nombre Nadia, un hijo de 15 años, Aimal, y su hermano, empleado en un departamento del gobierno”, fueron asesinados en abril de 2009 en un ataque dirigido por EEUU en la provincia de Khost, al Este de Afganistán (otra hija resultó herida y a la mujer del sobrino de Khan, embarazada de cinco meses, le dispararon cinco tiros en el abdomen). Les llegó a doce afganos al borde de una carretera cerca de la ciudad de Jalalabad en abril de 2007, cuando los marines de las fuerzas de Operaciones Especiales, atacados por un suicida-bomba, se desataron por un tramo de carretera de unas diez millas. Entre las víctimas había una niña de cuatro años, un niño de uno y tres campesinos ancianos. Según un informe de Carlotta Gall, del New York Times, “acabaron con la vida de una muchacha de 16 años recién casada que iba caminando con un haz de hierba hacia la granja de su familia… Un anciano de 75 años que iba hacia su tienda recibió tantos impactos de bala que su hijo no pudo reconocer el cadáver cuando llegó al escenario del crimen”.
En noviembre de 2009, fueron dos familiares de Majidullah Qarar, el portavoz del Ministro de Agricultura, a quienes dispararon a sangre fría en la ciudad de Ghazni en otra redada nocturna de los elementos de las Operaciones Especiales. Pasó en febrero de 2010 en la provincia de Uruzgan, cuando los soldados de las Fuerzas Especiales de EEUU atacaron un convoy de minibuses, asesinando hasta a 27 civiles, incluidos mujeres y niños.
Y ocurrió este 5 de abril en un ataque aéreo en la provincia de Helmand, al sur de Afganistán, en el cual se atacó una vivienda, y cuatro civiles –dos mujeres, un anciano y un niño- murieron asesinados junto con otros cuatro hombres, inmediatamente identificados en un comunicado de prensa de la OTAN como “sospechosos de pertenecer a la insurgencia”: “Los insurgentes estaban utilizando el recinto como posición de tiro cuando las fuerzas combinadas, ignorantes de la posible presencia de civiles, dirigieron ataques aéreos contra la posición”. Después se puso en marcha la usual investigación conjunta con los afganos y, poco después, los cuatro hombres se metamorfosearon en “civiles”, con las consiguientes disculpas a continuación: Desde luego, es que los “sospechosos insurgentes”, pueden tener, también, esposas, niños, y padres o parientes ancianos, o sencillamente apoderarse de los recintos donde están esas personas. Y sucedió en la mañana del lunes pasado en las afueras de la ciudad de Kandahar, cuando las tropas estadounidenses abrieron fuego contra un autobús, matando a cinco civiles (incluida una mujer), hiriendo a muchos más y provocando airadas protestas.
Depredadores planetarios
Ya sea desde los cielos o patrullando sobre el terreno, los estadounidenses no saben prácticamente nada de los mundos por los que planean o atraviesan. Esto es, desde luego, aún más verdad en el caso de los “pilotos” que echan a volar nuestras últimas y asombrosas armas, los Predator, los Reaper y otros aparatos no tripulados sobre las zonas de batalla de EEUU, mientras están sentados ante las consolas en algún lugar de los EEUU y enzarzados, literalmente, en guerras de videojuegos, mientras se sienten en gran medida como los dioses. Un cartel en la Base de las Fuerzas Aéreas Creech advierte a un piloto de aparatos no tripulados que “conduzca cuidadosamente” al salir de la base después de un turno de trabajo “en” Afganistán o en Iraq. Ésta es, dice, “la parte más peligrosa de tu día”.
Un instructor de pilotos de aviones no tripulados describió de forma vívida esta forma de hacer la guerra: “Echar a volar un Predator es como un juego de ajedrez… Debido a que tienes una perspectiva divina, necesitas prever unos cuantos movimientos”. Sin embargo, por mucho que puedas “hacer previsiones”, las diminutas y apenas distinguibles criaturas que estás decidiendo borrar del mapa no habitan realmente en el mismo universo que tú, ni tienen tus perentorias necesidades, problemas y preocupaciones.
Ahí está el quid de la cuestión: en las ciudades y pueblos de las tierras lejanas donde a los estadounidenses les gusta emprender sus guerras, los civiles mueren regular y repetidamente a manos nuestras. Cada muerte suele llevar implícitos detalles de auténtica pesadilla, pero en general la historia es notablemente repetitiva. Esos “incidentes” son totalmente predecibles. Incluso el General McChrystal, determinado a “proteger a la población” en Afganistán como parte de su guerra de contrainsurgencia, se ha mostrado notablemente incapaz de cambiar la naturaleza de nuestro estilo de hacer la guerra. Reducir los ataques aéreos, reducir los ataques nocturnos de los tipos de las Operaciones Especiales, nada de todo eso importa a largo plazo. En pocas palabras: Si te lanzas desde el cielo, ellos van a morir.
Al contemplar la muerte del fotógrafo de Reuters de 22 años Namir Nur-Eldin en ese video de julio de 2007, su padre dijo: “Por fin hemos sabido la verdad y me siento satisfecho de que Dios la haya revelado… Si ese incidente se hubiera producido en EEUU, incluso si hubieran matado a un animal de esa forma, ¿qué habrían hecho?”.
Dejando a un lado la controversia durante la campaña presidencial de 2008 sobre la caza de los lobos en Alaska desde helicópteros, es posible que Nur-Eldin no hubiera llegado muy lejos. Un artículo reciente que apareció en primera página en el New York Times captaba esa perspectiva, aunque de forma involuntaria cuando, al hablar de la guerra aérea de la CIA sobre las zonas tribales fronterizas de Pakistán, describía a los aviones no tripulados de la Agencia como “observando y rastreando los objetivos, para después desatar los misiles contra sus presas”.
El término “presa” tiene una definición muy sencilla: “animal cazado”. En efecto, los dirigentes de Al-Qaida, los militantes talibanes y los civiles locales de la región son todos ellos “presas”, lo cual, por supuesto, nos convierte a nosotros en depredadores. Que la mayoría de los aviones no tripulados que vuelan por aquellos cielos lanzando repetidamente sus misiles Hellfire se llamen “Predator” no constituye, por tanto, sorpresa alguna.
Los estadounidenses no están acostumbrados a ser la presa en las guerras y por eso son esencialmente incapaces de imaginar lo que eso significa en estos momentos, día tras día, año tras año. Preferimos pensar sobre sus muertes como algo que es consecuencia de accidentes o errores –daños colaterales- cuando no son sino la norma, no la excepción, no lo que es colateral en tales guerras. Preferimos imaginarnos a nosotros mismos llevando lo mejor (en cuanto a valores e intenciones) a un mundo atrasado e ignorante y eso invariablemente nos hace creernos mucho más bondadosos de lo que somos. Como los dioses del Olimpo, tenemos tendencia a halagarnos a nosotros mismos, aunque continuamente estemos rehaciendo las “normas de actuación” para adaptarlas a nuestros cambiantes gustos y necesidades. Mientras, creamos un lenguaje bélico conveniente para nuestras tiernas sensibilidades respecto a nosotros mismos.
De esa forma, por ejemplo, el asesinato con aviones no tripulados se ha convertido, más que nunca, en la parte más fundamental de la política bélica y exterior de la administración de Obama, y la palabra “asesinato” –con todas sus implicaciones negativas, legales y de otra clase- se ha visto desplazada por la mucho más anodina y burocrática expresión de “asesinato selectivo”. De hecho, en cierto modo, lo que en la administración Bush eran las “técnicas de interrogatorio reforzadas” (es decir, tortura), en la administración Obama son los “asesinatos selectivos”.
Para los dioses no hay nada imposible. En el lenguaje de la guerra olímpica, por ejemplo, incluso sentado ante una consola a miles de kilómetros de esos no-tan-humanos, te estás preparando para que destruir pueda convertirse en un acto merecedor de alabanza homérica. Como informó Greg Jaffe del Washington Post, el Coronel Eric Mathewson, el oficial de la Fuerza Aérea con mayor experiencia en la aviación no tripulada, tiene un nuevo concepto de “valor”, una palabra “que forma parte de casi todas las citas en todos los actos de condecoración de combate”. “El valor para mí no es poner en peligro tu vida”, dice. “Valor es hacer lo que es justo. Valor tiene que ver con tus motivos y los objetivos que tú buscas. Es hacer lo que es justo por razones justas”. Lo que los dioses hacen es, por definición, glorioso.
Descendiendo desde lo alto
Y no es sólo la forma estadounidense de hacer la guerra, sino la forma estadounidense de hacer política la que llega como si viniera desde los cielos, dispuesta a imponer sus propias definiciones de lo que es bueno y necesario para el mundo. Los funcionarios estadounidenses, civiles y militares, vuelan constantemente hacia las asediadas regiones (seamos francos: musulmanas) del planeta para imponer exigencias, ordenar, reprender, sonsacar, engatusar, intimidar, amenazar, retorcer brazos y bravuconear para conseguir que nuestros “aliados” hagan todo lo que queramos.
Nuestros plenipotenciarios especiales, como Richard Holbrooke, hacen eso regularmente; nuestra Secretaria de Estado le sigue. Nuestro Jefe de la Junta del Alto Estado Mayor, el comandante del CENTCOM y el Secretario de Defensa descienden frecuentemente desde las nubes en Islamabad, Kabul o Bagdad. Nuestro Vicepresidente se desplaza con toda rapidez a los distritos electorales de Iraq para ayudar a mediar en las disputas, e incluso nuestro Presidente, la “artillería política más pesada” (como le denominó un analista), se dejó caer recientemente en una visita de seis horas a “Afganistán” (actualmente el hangar de una gran base aérea estadounidense con un palacio presidencial en Kabul). Allí –como los periódicos estadounidenses informaron muy orgullosamente- reprendió y “presionó” al Presidente afgano Hamid Karzai, ofreció una “crítica mordaz” sobre la corrupción y entregó un “duro mensaje”. Después se volvió a EEUU, sólo para encontrarse, para sorpresa y frustración de sus altos funcionarios, que Karzai –acusado casi inmediatamente de ser inestable, posiblemente a causa de las drogas, y propenso a las rabietas, como los niños- había respondido arremetiendo contra sus guardaespaldas estadounidenses.
Por supuesto, nosotros somos los racionales, los maduros y el equipo de la buena gobernanza, la incorruptible tripulación que lleva ilustración y democracia al mundo, aunque, como dioses prácticos que somos, en apoyo de nuestra guerra afgana, estemos perfectamente dispuestos a apuntalar a un autócrata corrupto en cualquier lugar del mundo que esté dispuesto a prestarnos una base aérea [Manas] (por un alquiler de 60 millones de dólares al año) de apoyo para transporte de tropas y suministros hasta que le derroquen.
Es lo que tiene, cosas que pasan, también a los olímpicos de Estados Unidos. Todo parece normal, incluso, benigno, excepto en los raros momentos en que empiezan a circular videos sobre carnicerías. Sin embargo, considerados desde la tierra, parecemos sin duda tan petulantes como los dioses o demiurgos de alguna religión maligna, o como los alienígenas o depredadores de algún film de ciencia ficción: fríos y sin corazón, insensibles y asesinos. Como dijo Safa Chmagh, el hermano de unos de los empleados de Reuters que murió en el ataque de los Apaches de 2007: “El piloto no es humano, es un monstruo. ¿Qué es lo que hizo mi hermano? ¿Qué es lo que hicieron sus niños? ¿Aceptaría el piloto que sus hijos se convirtieran en huérfanos?”.
Al igual que en los cuentos de los humanos sobre los dioses, aquí hay una moraleja: Si quieres que las cosas sean de otra manera, no desciendas sobre una tierra extraña armado hasta los dientes, preparado para ocupar y listo para matar.
Con mi agradecimiento para el colaborador habitual de TomDispatch William Astore, que ayudó a inspirar este escrito.
Tom Engelhardt, es co-fundador del American Empire Project, dirige el Nation Institute’s TomDispatch.com. Es autor de “The End of Victory Cultura”, una historia sobre la Guerra Fría y más cosas, así como una novela: “The Last Days of Publishing”. En mayo se publicará su último libro: “The American Way of War” (Haymarket Books).
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175232/tomgram:_engelhardt,_the_view_from_mount_olympus__/
jueves, 28 de enero de 2010
El incremento de aviones no tripulados: Hoy, mañana y en 2047
29-01-2010
Nick Turse
TomDispatch.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
Introducción de Tom Engelhardt
Hay algo vírico respecto al nuevo y asombroso armamento que el sistema bélico industrial está fabricando como churros. En la I Guerra Mundial, por ejemplo, cuando ese sistema se preparó por vez primera para planificar y producir nuevas armas por generación, esas creaciones –gas venenoso, los primeros aviones, los tanques- apenas tocaban el campo de batalla cuando ya el enemigo estaba desarrollando contramedidas y redoblando esfuerzos en su propia producción para crear algo similar. Y ese proceso no se ha detenido nunca.
El arma que en estos momentos resulta más asombrosa es el vehículo aéreo no tripulado armado con misiles, al que ahora se dedica a hacer nuestro trabajo sucio: una serie inacabable de asesinatos selectivos en las fronteras entre Afganistán y Pakistán.
Esas armas llegan siempre con proclamas maravillosas. Aquí va una muy típica sacada de un reciente editorial del Wall Street Journal: “Nunca antes en la historia de la guerra aérea habíamos sido capaces de distinguir de esa manera entre combatientes y civiles como podemos hacerlo con los aviones no tripulados”. En lo que a la guerra se refiere, desconfíen de cualquier frase que empiece con un “nunca antes”, así como de las proclamas de futuros avances o victorias que suelen acompañarlas.
Por supuesto que para los escritores del editorial del Journal es fácil exponer tan seguros sentimientos a miles de kilómetros de la zona de guerra. Sin duda alguna, se sentirían de forma muy distinta si sus pueblos natales y sus barriadas fueran los objetivos de ese armamento tan “preciso” y que, sin embargo, ha conseguido asesinar a cientos de civiles.
Los aviones no tripulados, por supuesto, hacen justo aquello para lo que se crearon, como seguramente hicieron también los gases venenosos, los aviones y los tanques a principios del siglo pasado: matar. Eso es indiscutible, pero los “grandes avances” prometidos, ya tengan como objetivo destruir las fortificaciones enemigas, las redes del enemigo o la voluntad del enemigo, rara vez son tan fiables. Y, sin embargo, una vez que el asombro se apaga y las sobreexcitadas proclamas con él, esas armas tan maravillosas se quedan en nuestro mundo y (aquí es donde entra en escena la parte vírica) empiezan a extenderse.
No hay pruebas de que en nuestras lejanas guerras los aviones no tripulados estén acabando ni con los talibanes (afganos o pakistaníes) ni con al-Qaida, pero nos sobran pruebas de que sí están ayudando a desestabilizar Pakistán y a crear allí intensos sentimientos anti-estadounidenses. Como el Secretario de Defensa Robert Gates indicó la pasada semana al llegar a Pakistán, ahora estamos pensando en darles a los pakistaníes nuestros propios aviones no tripulados, aunque desarmados, para labores de vigilancia, mientras que de Irán a China, de Israel a Rusia, las potencias de todas partes se apresuran a entrar a nuestro lado, o justo por detrás de nosotros, en la era de los incesantes asesinatos robóticos. Podrían pensar que esto daría una pausa al Pentágono, pero la perspectiva de una carrera de armamento hace que la sangre se eche a hervir, y cuando se trata de la guerra estilo Terminator, como Nick Turse les referirá a continuación, la Fuerza Aérea de EEUU tiene planes. ¡Chico, no sé cómo… pero siempre pasa lo mismo!
* * *
En una reciente mañana en la provincia de Helmand, en Afganistán, de repente, en cuestión de segundos, irrumpía por el cielo el zumbido de un motor. Y un momento después, un misil impactaba contra una casa matando a trece personas. Días después, el mismo y cada vez más familiar aullido mecánico precedió a una salva de dos misiles que impactaron sobre un recinto en el pueblo de Degan, en el distrito tribal del Norte de Waziristán, en Pakistán, matando a tres personas.
Lo que fueron una vez asesinatos selectivos no reconocidos y relativamente infrecuentes de supuestos terroristas o militantes durante los años de Bush, se ha convertido en algo habitual bajo la administración Obama. Y desde el devastador ataque-suicida del 30 de diciembre por parte de un doble agente jordano contra una base avanzada de operaciones de la CIA en Afganistán, los aviones no tripulados han estado cazando humanos a un ritmo de record en la zona de guerra de Af-Pak. En Pakistán, una “cifra sin precedentes” de ataques –que han matado tanto a guerrillas armadas como a civiles- han provocado mucho más temor, rabia y odio en las zonas tribales, mientras la CIA, con ayuda de la Fuerza Aérea de EEUU, emprende la guerra “secreta” más pública de los tiempos modernos.
En el vecino Afganistán, cada vez se utiliza más la aviación no tripulada -que fue escasa durante años y a la que fundamentalmente se encargaba de misiones de vigilancia- para asesinar a supuestos militantes como parte de un incremento aéreo que ha sobrepasado significativamente el tan publicitado “incremento” de fuerzas terrestres actualmente en marcha. Y sin embargo, aunque no tenga precedentes en tamaño y alcance, la aceleración actual de la guerra con aviones no tripulados es sólo la salva de apertura de un planeado incremento del Pentágono de cuarenta años de duración que creará flotas de sistemas aéreos no tripulados hipersónicos, ultra-avanzados, fuertemente armados, omnipresentes y cada vez más autónomos (UAS, por sus siglas en inglés).
El incremento actual
Los aviones no tripulados son las armas calientes del momento, y el próximo Quadrennial Defense Review [Revista de Defensa Cuatrienal] –un esquema de cuatro años, que se publicará muy pronto, de las estrategias, capacidades y prioridades del Departamento de Defensa para combatir las guerras actuales y contrarrestar futuras amenazas- refleja ya tal enfoque. Como informaba recientemente el Washington Post: “Los aviones sin piloto utilizados en misiones de vigilancia y ataque en Afganistán y Pakistán son una prioridad, y hay que acelerar la compra de nuevos aviones teledirigidos Reaper y ampliar los vuelos con aviones teledirigidos Reaper y Predator por todo 2013”.
El Predator MQ-1 –utilizado por primera vez en Bosnia y Kosovo en la década de 1990- y sus más modernos, más grandes y más letales primos, los Reaper MQ-9, están ahora lanzando proyectiles y arrojando bombas a un ritmo sin precedentes. En 2008, según se ha informado, hubo entre 27 y 36 ataques con aviones teledirigidos estadounidenses formando parte de la guerra secreta de la CIA en Pakistán. En 2009, hubo entre 45 a 53 de esos ataques. En los primeros dieciocho días de enero de 2010, ha habido ya once de ellos. Mientras tanto, en Afganistán, la Fuerza Aérea de EEUU ha instituido una muy publicitada disminución de ataques con aviones pilotados con objeto de reducir las víctimas civiles como parte de la estrategia de contrainsurgencia de la guerra afgana del General Stanley McChristal. Sin embargo, al mismo tiempo, los ataques con UAS han aumentado a niveles de record.
La Fuerza Aérea ha creado un sistema de mando y control global interconectado para llevar a cabo su guerra robótica en Afganistán (y como Noah Shachtman, del blog Wired’s Danger Room ha informado, para ayudar también a la CIA en sus ataques con aviones teledirigidos en Afganistán). Se pueden encontrar pruebas de todo esto en las bases de alta tecnología que EEUU tiene por todo el mundo, donde los pilotos [en tierra] de los aviones no tripulados y otro personal controlan los aviones mismos y los datos que provienen de ellos. Esos lugares incluyen un almacén médico convertido en la Base Aérea Al-Udeid, una instalación por valor de miles de millones de dólares ubicada en el Golfo Pérsico, en la nación de Qatar, donde la Fuerza Aérea supervisa secretamente sus continuas guerras con aviones teledirigidos; los Campos Aéreos de Kandahar y Jalalabad en Afganistán, donde los aviones teledirigidos tienen sus bases físicas; el centro de operaciones globales en la Base Aérea de Creech en Nevada, donde los “pilotos” de la Fuerza Aérea pilotan aviones por control remoto desde miles de kilómetros; y –quizás la más importante- la Base de la Fuerza Aérea en Wright-Patterson, una instalación de unos 18 kilómetros cuadrados en Dayton, Ohio, llamada así después de que dos hermanos de la localidad inventaran en 1903 los vuelos propulsados. Ahí es donde vencen las facturas del actual incremento de aviones teledirigidos –así como de las cifras limitadas de ataques en Yemen y Somalia-, y donde son, literalmente, pagadas.
De hecho, en los últimos días de diciembre de 2009, el Pentágono cortó dos cheques inmensos para asegurarse de que las operaciones no tripuladas con el Predator MQ-1 y al Reaper MQ-9 continúen a toda velocidad en 2010. El 703º Escuadrón de Sistemas Aeronáuticos, con base en Wright-Patterson, firmó un contrato por 38 millones de dólares con el gigante Raytheon para que proporcionara apoyo logístico a los sistemas de los programas de ambos aviones teledirigidos. Al mismo tiempo, el escuadrón firmó un acuerdo por valor de 266 millones de dólares con la megacontratista de defensa General Atomics, que fabrica los teledirigidos Reaper y Predator, para que proporcione servicios de gestión, apoyo logístico, reparaciones, mantenimiento del software y otras funciones en ambos aviones. Esos acuerdos aseguran esencialmente que en años venideros continuará el impresionante aumento de las operaciones con teledirigidos.
Sin embargo, esos contratos son tan sólo los pagos iniciales de un duradero incremento de teledirigidos diseñado para desplegar, en última instancia, durante décadas las operaciones aéreas no tripuladas estadounidenses.
El incremento de aviones teledirigidos: enfoque a largo plazo
Volvamos a 2004, la Fuerza Aérea podía enviar al mismo tiempo por los cielos un total de tan sólo cinco patrullas aéreas de combate con aviones teledirigidos (CAPs, por sus siglas en inglés) –cada una consistente en cuatro aviones- sobre las zonas de guerra de EEUU. En 2009, esa cifra era de 38, un aumento de un 660% según la Fuerza Aérea. De forma similar, entre 2001 y 2008, las horas de cobertura de la vigilancia para el Mando Central estadounidense, abarcando tanto las zonas de guerra iraquíes como afganas, así como las de Pakistán y el Yemen, mostraron un aumento masivo de un 1.431%.
Mientras tanto, las horas de vuelo han traspasado el tejado alcanzando las nubes. En 2004, por ejemplo, los Reapers empezaron tan sólo a elevarse y volaron un total de 71 horas, según documentos de la Fuerza Aérea; en 2006, esa cifra había aumentado a 3.123 horas; y el año pasado a 25.391 horas. Este año, la Fuerza Aérea proyecta que las horas de vuelo combinadas de todos sus teledirigidos –Predator, Reaper y los Global Hawks RQ/4- excedan de las 250.000 horas, alrededor del total de horas voladas por todos los teledirigidos de la Fuerza Aérea desde 1995 a 2007. En 2011, se espera cruzar por vez primera la barrera de las 300.000 horas de vuelo, y después de eso, el límite lo pone el cielo.
Más horas de vuelo van a significar, indudablemente, más asesinatos. Según Peter Bergen y Katherine Tiedemann, del think tank con sede en Washington la New America Foundation, en los años de Bush, desde 2006 a 2009, hubo 41 ataques con teledirigidos en Pakistán que mataron a 454 personas entre combatientes y civiles. El pasado año, bajo la administración Obama, hubo 42 ataques que causaron 453 muertos. Un informe reciente del Instituto de Pakistán de Estudios para la Paz, una organización de investigación independiente con sede en Islamabad que le sigue la pista a cuestiones de seguridad, afirmó que incluso una cifra aún mayor, 667 personas –en su mayoría civiles- murieron asesinadas el pasado año por los aviones teledirigidos estadounidenses.
La Fuerza Aérea, aunque ayuda en las operaciones de la CIA con aviones teledirigidos en las fronteras tribales pakistaníes, ha estado aumentando sus propias misiones aéreas de caza y asesinato con aviones no tripulados. En 2007 y 2008, por ejemplo los Predator y los Reaper de la Fuerza Aérea arrojaron misiles durante 244 misiones en Iraq y Afganistán. En realidad, aunque todos los servicios armados estadounidenses han desplegado misiones de guerra aérea con aviones no tripulados, la Fuerza Aérea ha superado a todos y cada uno de ellos.
Desde 2001, cuando empezaron las operaciones con teledirigidos armados, hasta la primavera de 2009, la Fuerza Aérea disparó 703 misiles Hellfire y arrojó 132 GBU-12 (bombas guiadas por láser de unos 230 kilos de peso cada una) en operaciones de combate. El ejército, en comparación, lanzó sólo dos misiles Hellfire y dos bombas más pequeñas, las GBU-44 Viper Strike, en el mismo período de tiempo. La disparidad debería seguir creciendo, ya que los teledirigidos del ejército siguen llevando a cabo sobre todo pequeñas misiones aéreas de vigilancia, mientras que en 2009, la Fuerza Aérea cambió todas las órdenes pendientes para el avión de tamaño medio Predator por el incluso más formidable Reaper, que no sólo es dos veces más rápido sino que tiene un 600% más de capacidad de carga explosiva, lo que significa más espacio para bombas y misiles.
Además, los Reaper, dotados de mucho más armamento, que pueden ahora merodear sobre una zona entre diez a catorce horas sin reabastecerse de fuel, podrán descubrir y rastrear más objetivos aún mediante un sistema de control por video cada vez más sofisticado. Según el Teniente General de la Fuerza Aérea David Deptula, Jefe Adjunto del Estado Mayor de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento, los primeros “módulos espaciales Gorgon Stare” –nuevos sensores para zonas amplias que proporcionan capacidades de vigilancia sobre enormes franjas de territorio- se instalarán esta primavera en los Reaper que operan en Afganistán.
Los Gorgon Stare, una tecnología de la que los viejos Predator no pueden disponer, permitirán que diez operadores vean diez señales de video desde un único teledirigido al mismo tiempo. Desde una base lejana, un “piloto” mirará una pantalla mosaico con un cuadro compuesto del video del campo de batalla transmitido en tiempo real, que permitirá también que los comandantes de campo analizan una parte de la foto digital, haciendo barridos, zoom y desplazando la imagen para satisfacer sus necesidades.
Una serie más avanzada de “sensores”, que está programado que se desplieguen por vez primera este próximo otoño, permitirá que 30 operadores vean a la vez 30 imágenes de video simultáneamente. Es decir, a través de las tomas de video de un solo teledirigido Reaper, los operadores podrían, teóricamente, seguir a 30 personas diferentes que van en 30 direcciones desde un único recinto afgano. La generación de sensores que se espera pueda conectarse a Internet a finales de 2011, promete 65 de ese tipo de tomas, según documentos de la Fuerza Aérea, un aumento de más del 6.000% en eficacia sobre el sistema de video de los Predator. Sin embargo, la Fuerza Aérea se siente abrumada ya por los videos que los teledirigidos están enviando desde las zonas de guerra y, en años venideros hay riesgo de que “nos ahoguemos en datos”, según Deptula.
El plan para 40 años
En lo que se refiere al incremento de aviones teledirigidos, los años 2011-2013 son sólo el horizonte cercano. Aunque, al igual que el Ejército, la Marina está trabajando en su propia capacidad bélica futura con teledirigidos –en el aire así como también bajo el agua-, la Fuerza Aérea se ha implicado en niveles asombrosos de planes futuristas de guerra robótica. Se prevé un futuro imaginado anteriormente sólo en las películas de ciencia ficción como las series Terminator.
Para empezar, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de la Defensa o DARPA (por sus siglas en inglés), el equipo del Pentágono que investiga los cielos, está tratando ya de mejorar radicalmente el Gorgon Stare con un “Sistema Autónomo de Vigilancia Omnipresente del Terreno por Infrarrojos en Tiempo Real (ARGUS-IR, por sus siglas en inglés)”. En el obtuso lenguaje de la investigación y desarrollo militar, eso proporcionará, según DARPA, “una persistente capacidad de vigilancia por video de alta resolución, a tiempo real y sobre amplias áreas que permita que fuerzas conjuntas mantengan áreas de interés bajo constante vigilancia con un grado alto de precisión en la detección de objetivos”, a través de hasta “130 flujos manejables de videos ‘estilo Predator’ que permitan el seguimiento y control en tiempo real y mejoren el conocimiento de la situación durante las horas nocturnas”.
Traduciendo, eso significa que la Fuerza Aérea se verá literalmente inundada con información por video de futuros campos de batalla; y cada “avance” de este tipo significa que aumentará el volumen de la red global de instalaciones, sistemas y personal capaz de recibir, controlar e interpretar el flujo de datos que entra desde distantes ojos digitales. Todo ello, por supuesto, está específicamente dirigido a “localizar objetivos”, es decir, señalar a una serie de personas en una parte del mundo para que los estadounidenses del otro lado puedan observar, seguirles la pista y, en muchos casos, matarles.
Además de mejorar los sistemas y sensores como con el ARGUS-IR, la Fuerza Aérea tiene una visión a largo plazo de la guerra con aviones teledirigidos que apenas está empezando a hacerse realidad. A los Predator y Reaper se ha unido en Afganistán un teledirigido nuevo que antes era secreto, un “sistema de aeronaves no tripuladas apenas observable” que se detectó por vez primera en 2007 y se denominó la “Bestia de Kandahar” antes de que los observadores estuvieran seguros de lo que era. Ahora se le conoce como el RQ-170, vehículo aéreo no tripulado fabricado por la Lockheed Martin, del que la Fuerza Aérea indica suavemente que se diseñó para “apoyar directamente las necesidades de los comandantes de combate en cuanto a la inteligencia, vigilancia y reconocimiento para localizar objetivos”. Según fuentes militares, el elegante y sigiloso avión de vigilancia se diseñó para sustituir al antiguo avión espía Lockheed U-2, que ha estado en uso desde los años de la década de 1950.
Se ha programado para los próximos años que al RQ-170 se le unan, en los cielos de las “próximas guerras” de EEUU, toda una flota de aviones teledirigidos con cada vez más sofisticadas capacidades y destructivos poderes. Mirando hacia el futuro posterior a 2011, Deptula considera como la necesidad más esencial, según un informe de Aviation Week, “los ataques de precisión [y reconocimiento] de largo alcance”, es decir, más ojos por cielos remotos y más letalidad. Añadió: “No podemos avanzar hacia el futuro sin una plataforma que nos permita proyectar poder a más larga distancia y enfrentar amenazas avanzadas de forma que nos proporcione ventajas que ninguna otra nación tenga”.
Esto significa teledirigidos más veloces, más grandes y más letales –armados hasta los dientes- con sistemas de sensores que permitan controlar amplias franjas de territorio y capacidad para merodear desde lo alto durante varios días seguidos en espera de que aparezcan objetivos humanos y, a su debido tiempo, desintegrarlos con potente munición. Es un futuro construido a partir de tecnologías avanzadas diseñadas para perpetrar asesinatos selectivos –asesinatos por control remoto- cada vez con menos esfuerzo.
Sobre el horizonte y en profundidad aparece lo que era, hasta hace bien poco, sólo una fantasía de la pantalla de plata, la Fuerza Aérea prevé una amplia gama de aviones no tripulados, desde robots tan diminutos como insectos hasta enormes aviones teledirigidos del “tamaño de un petrolero”. Se programará cada uno para que asuma funciones específicas de hacer la guerra (o eso es lo que imaginan los soñadores de las Fuerzas Aéreas). Esos aviones no tripulados de tamaño nanométrico, se especializarán, por ejemplo, en reconocimiento de interiores –son lo suficientemente pequeños como para volar a través de ventanas o introducirse por los huecos de ventilación- y llevar a cabo ataques letales, emprender ataques cibernéticos que inutilicen ordenadores, y pulular, como haría un grupo de abejas cabreadas, por voluntad propia. Se supone que los Sistemas Tácticos de Aviación No Tripulados de Tamaño Pequeño (STUAS, por sus siglas en inglés), ligeramente más grandes que los anteriores, actuarán como “transformadores”, alterando su estructura de forma que les permita asumir capacidades de vuelo, de avance lento, pasando desapercibidos visualmente. Podrían desempeñar papeles de centinela, de misiones contra aviones no tripulados, de vigilancia y ataques letales.
Además, la Fuerza Aérea prevé también aviones no tripulados de combate de tamaño pequeño y mediano con capacidades letales de combate que podrían hacer que la actual flota aérea de UAS se avergonzara. Los actuales Reaper de tamaño medio serán sustituidos por la próxima generación de teledirigidos MQ-Ma, que “se conectarán a una red, tendrán posibilidades de autonomía parcial, en cualquier situación climatológica, compuesto de módulos y con capacidades para apoyar una plataforma de misiones de guerra electrónica (EW, por sus siglas en inglés), CAS [siglas en inglés de apoyo aéreo directo], ataque, multi-INT [multi-inteligencia] y ISR [inteligencia, vigilancia y reconocimiento]”.
Puede que el lenguaje no sea elegante y mucho menos comprensible, pero si esos futuros aviones de combate pueden conectarse a internet, no sólo enviarán a los grandes pilotos de combate de ahora al retiro, sino que puede que incluso marginen a los operadores humanos de los teledirigidos del mañana, quienes, si todo marcha como se ha planeado, tendrán cada vez menos tareas. A diferencia de los aviones no tripulados actuales que deben despegar y aterrizar guiados por humanos, los MQ-Ma serán automatizados y los operadores de los teledirigidos estarán simplemente allí para monitorizar el avión.
Lo siguiente será el MQ-Mb, teóricamente capaz de asumir más aún los roles que anteriormente se asignaban a los aviones-espías y a los bombarderos de combate, incluyendo la supresión de las defensas aéreas del enemigo, el bombardeo y ametrallamiento de objetivos terrestres y misiones de vigilancia. Estos aviones se diseñarán para que vuelen con una autonomía mayor y puedan vincularse mejor con otras “plataformas” de teledirigidos para misiones de cooperación que impliquen a muchos aviones bajo el mando de un único “piloto”. Imaginen, por ejemplo, un operador supervisando un único avión no tripulado de mando que tiene el dominio sobre un pequeño escuadrón de teledirigidos autónomos que llevan a cabo un ataque aéreo coordinado sobre grupos de personas en alguna tierra lejana, incinerándoles en pequeños grupos por toda una aldea, pueblo o ciudad.
Finalmente, quizá en unos 30 ó 40 años, el teledirigido MQ-Mc incorporará todos los avances de la línea MQ-M y estará capacitado para hacer de todo, desde azuzar a perros hasta defender misiles. Desde luego, con una tecnología de ese calibre, llegarán nuevas políticas y nuevas doctrinas. En años futuros, la Fuerza Aérea intentará tomar decisiones políticas sobre los teledirigidos en todos los aspectos, desde las estipulaciones de un tratado hasta comprometer objetivos automáticos y los asesinatos mediante robot sin que intervenga para nada un ser humano. Este último desarrollo, extremadamente controvertido, se considera ya como una realidad posible de 2025 en adelante.
2047: Lo viejo es nuevo otra vez
El año 2047 es la fecha fijada para el Santo Grial de la Fuerza Aérea, el broche final de su plan a largo plazo para transformar los cielos a partir de aviones no tripulados de combate. En 2047, la Fuerza Aérea tratará de dominar los cielos con teledirigidos MQ-Mc y teledirigidos hipersónicos de “especial” velocidad punta, para los cuales no existe aún ni la tecnología necesaria ni ningún enemigo con ningún programa o capacidad comparable. A pesar de ello, la Fuerza Aérea tiene la intención de convertir en realidad esos sistemas para cazar y matar de rapidez inmensa. “Es probable que se tarde veinte años en desarrollar la tecnología propulsora y los materiales que puedan resistir el probable calor extremo. Esta tecnología será la siguiente generación que supondrá un revulsivo en toda la caza aérea. Por tanto, no debería esperarse para priorizar la financiación para el desarrollo tecnológico específico hasta la aparición de una necesidad crítica de COCOM [mando combatiente]”, según se expresa en el “Plan de Vuelo” para UAS de la Fuerza Aérea para 2009-2047.
Si llegara a materializarse algo parecido a los sueños de la Fuerza Aérea, cambiaría radicalmente todos los sistemas de “caza”. Para 2047, no hay forma de saber cuántos teledirigidos estarán dando vueltas sobre cuántas cabezas en cuántos lugares por todo el planeta. No hay forma de saber tampoco cuántos millones o miles de millones de horas de vuelo se habrán volado, o cuantas personas, en cuántos países habrán sido asesinadas por sistemas de aviones no tripulados accionados por control remoto que arrojan bombas, disparan misiles y se han abrogado el derecho a ser juez, jurado y verdugo.
Sólo hay algo que es obvio. Si EEUU existiera aún en su forma actual, si todavía fuera solvente y tuviera todavía un Pentágono en funcionamiento con su actual estructura, habrá ya en camino un nuevo plan para crear las tecnología bélicas de 2087. Para entonces, en cada vez más lugares, la gente vivirá con la modalidad de guerra con teledirigidos que ahora sólo causa preocupación y temor en lugares como el pueblo de Degan. Cada vez más gente sabrá que hay sistemas aéreos no tripulados dotados con misiles y bombas que están merodeando por sus cielos. Para entonces, indudablemente, ya no habrá siquiera ese sonido parecido al motor de una cortadora de césped que avisa que un misil puede pronto estrellarse contra la casa de tu vecino.
Para la Fuerza Aérea, esa perspectiva es el material del que están hecho los sueños, un futuro brillante para la letalidad hipersónica no tripulada; para el resto del planeta, es una potencial pesadilla de la que no habrá forma de despertar.
Nick Turse es editor asociado de TomDispatch.com y ganador del Premio Ridenhour 2009 a la Distinción Informativa, así como el Premio James Aronson para el Periodismo de Justicia Social. Sus trabajos se publican en Los Angeles Times, The Nation, In These Times y, regularmente, en TomDispatch. Turse es actualmente miembro del Center for the United States and the Cold War de la Universidad de Nueva York. Es autor de “The Complex: How the Military Invades Our Everyday Lives”, (Metropolitan Books). Su página en Internet es: NickTurse.com
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175195/tomgram:_nick_turse,_the_forty-year_drone_war_/
lunes, 12 de octubre de 2009
Londres, 1898; Kabul, 2009: La guerra de los mundos
12-10-2009
Tom Engelhardt
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Un párrafo común y corriente en un artículo en mi periódico local me llamó la atención hace poco. Llevaba el título “Casa Blanca cree que Karzai será reelegido,” pero a medio camino Helene Cooper y Mark Landler del New York Times se volvían a la “opción de redespliegue” del comandante de la Guerra Afgana, general Stanley McChrystal. El monótono párrafo en cuestión era el siguiente: “La opción del redespliegue requiere que se transfiera soldados de áreas escasamente pobladas e ingobernables del campo a áreas urbanas, incluidas Kandahar y Kabul. ‘Será mejor dejar a los Predator’ muchas áreas rurales, dijo un funcionario del gobierno, refiriéndose a los aviones drones [sin tripulación].”
En otras palabras, EEUU podrá ser representado ahora en el campo afgano, como ya lo es en las áreas tribales al lado paquistaní de la frontera, sobre todo por vehículos aéreos sin tripulación Predator y sus primos aún más poderosos, los Reaper, nombres tomados directamente de una película de ciencia ficción sobre implacables alienígenas. Si uno fuera un aldeano afgano en alguna parte despoblada de ese país donde EEUU ha establecido pequeñas bases – dos de las cuales fueron casi capturadas recientemente – éstas habrán desaparecido y “América” estará volando por los aires. Estamos hablando de aviones sin seres humanos en ellos, escudriñando incansablemente el suelo con sus cámaras durante hasta 22 horas de una vez. Lanzados desde Afganistán, pero conducidos por pilotos a miles de kilómetros de distancia en el Oeste de EEUU, están armados con entre dos y cuatro misiles Hellfire o el equivalente en bombas de 250 kilos.
Ver la Tierra desde los cielos, es el punto de vista clásico del ser superior o dios con el poder definitivo de vida o muerte. Zeus, el dios de los dioses griego, utilizaba relámpagos para abatir seres humanos que lo ofendían. Nosotros utilizamos misiles y bombas. Zeus tenía la sapiencia de un dios. Nosotros tenemos “inteligencia,” a menudo falible (o de ajuste de cuentas). Su arma preferida destruía a un individuo. Las nuestras eliminan a cualquiera que esté cercano.
Él tomaba sus decisiones desde el Monte Olimpo; nosotros tomamos las nuestras desde sitios como la Base Creech de la Fuerza Aérea en las afueras de Las Vegas, y la Base Davis-Monthan de la Fuerza Aérea en Tucson, Arizona. Aquellos sobre los cuales tomamos decisiones de vida o muerte, mientras se escabullen abajo o siguen su camino lo mejor que pueden, no tienen – como los seres enfrentados a los dioses – ni recurso ni apelación. Vistos desde las pantallas son, para nosotros, figuras distantes, granulosas, apenas mayores que hormigas. Es lo que significa la palabra implacable.
Calmando a los niños
Y nada de esto nos parece extraño. Al contrario, representa una política razonable. Comentarios como el antes citado son ahora comunes. En el Washington Post, por ejemplo, Rajiv Chandrasekaran registró recientemente los pensamientos de un oficial estadounidense anónimo en Afganistán: “Si no vienen más fuerzas para montar operaciones de contrainsurgencia en esas partes de la provincia, concluyó, fracasará todo el esfuerzo de EEUU por estabilizar Kandahar – y por extensión, el resto de Afganistán. ‘Igual podríamos hacer nuestras maletas e irnos a casa… y dejar sólo unos pocos Predator volando para liquidar a los sujetos de al-Qaeda que vuelvan.’”
También sabemos que, en el debate en Washington sobre qué hacer ahora en la Guerra Afgana, el vicepresidente Joe Biden ha salido del lado del “contraterrorismo.” Quiere poner más énfasis en esos drones y en fuerzas de operaciones especiales, y concentrarse más en Pakistán (aunque sin reducir los niveles de las tropas en Afganistán). Al mismo tiempo, el Pentágono ha creado un programa de Especialistas Afganos y una Célula de Coordinación Pakistán-Afganistán, dos unidades concentradas en la mejora del rendimiento militar en el teatro de operaciones Af-Pak durante los próximos tres a cinco años. Todo esto representa la norma para dirigentes militares y civiles que, sean cuales sean sus diferencias, creen que guerras que continúan durante años sin fin a miles de kilómetros del país son el sine qua non de la seguridad estadounidense.
Y nada de esto nos parece menos que razonable, especialmente ante el tan publicitado “éxito” del programa de asesinatos con drones en la eliminación de personajes dirigentes de los talibanes y de al-Qaeda. Lo que nos parece extraño, sin embargo, es que la gente del lugar, sea en Pakistán o Afganistán, considere que todo esto es horroroso. Un reciente sondeo estadounidense en Pakistán resultó en que “un 76% de los encuestados se oponían a que Pakistán se asociara a EEUU en los ataques con misiles contra extremistas por aviones drone estadounidenses.”
Pero entonces, de nuevo, damos por sentado que gente de semejantes países atrasados son tipos extraños, quisquillosos. No como nosotros. En la reciente reseña biográfica de George Packer en New Yorker sobre
Richard Holbrooke, el representante especial del presidente para Afganistán y Pakistán, hubo algunas líneas clásicas que lo reflejan.
Packer describe a Holbrooke durante una visita relámpago a Afganistán como sigue: “Parecía menos un emisario de visita que un procónsul inspeccionando una vasta operación sobre la cual tiene gran parte de la autoridad.” Cuando ese mismo procónsul sale del empobrecido y deshecho Afganistán (donde la embajada de EE.UU. tuvo que desmentir en una ocasión que había iniciado una “discusión a gritos” con el presidente afgano Hamid Karzai) y llega a Pakistán, un país díscolo, perturbado, inquieto, verdaderamente importante, se guarda su procónsul y, según Packer, se convierte en el engatusador jefe de Washington. Como escribe Packer: “Por momentos, cuando escuché cómo hablaba con dirigentes paquistaní, adoptó el tono solícito de alguien que reconforta a un amigo inestable. ‘Es como tratar con niños abusados psicológicamente,’ dijo un miembro de su equipo. ‘No hay que concentrarse en los gritos y la violencia – simplemente los abrazas más fuerte.’”
De modo que, si los campesinos afganos y paquistaníes en las tierras montañosas de la frontera no son más que hormigas o conejos, los dirigentes paquistaníes son “niños.” Poco importa que Holbrooke tenga él mismo la reputación de ser egotista y un gritón que insiste en salirse con la suya. (Entre diplomáticos, en los años noventa, cuando estaba negociando en la antigua Yugoslavia, el chiste era: ¿Cuál es el sitio más peligroso en los Balcanes? La respuesta: Entre Dick Holbrooke y una cámara.)
Packard informa sobre la desilusión de Holbrooke con la cantidad de ayuda que el Congreso está aflojando para Pakistán (7.500 millones de dólares) y, para aumentar sus frustraciones, lo siguiente: “Debido a la sensibilidad de Pakistán respecto a su soberanía, no pudo persuadir a sus militares de que aceptaran que helicópteros estadounidenses llevaran ayuda a los refugiados,” quienes habían sido desplazados del Valle Swat por los talibanes y una ofensiva militar paquistaní.
Pensemos en eso durante un momento, especialmente ya que es un lugar común en la información estadounidense sobre la región y por lo tanto refleja el pensamiento oficial sobre el tema. Karen DeYoung y Pamela Constable, por ejemplo, escriben en un artículo en Washington Post: “Los paquistaníes, que son extremadamente sensibles en cuando a su soberanía nacional, se oponen a permitir tropas extranjeras sobre su suelo y han protestado contra ataques estadounidenses con misiles lanzados desde aviones sin tripulación contra presuntos objetivos talibanes y de al-Qaeda dentro de Pakistán.” Es más, invirtamos la situación.
Imaginemos que, después del próximo Katrina, helicópteros militares paquistaníes basados en un portaaviones paquistaní en el Golfo de México se estuvieran preparando para entregar suministros a Nueva Orleans, Por cierto, también tenemos que imaginar, como mínimo, que los paquistaníes estén construyendo una embajada-fortaleza de 750.000 millones de dólares en Washington D.C. (que será protegida por contratistas privados paquistaníes armados), y que drones paquistaníes estuvieran sobrevolando regularmente las montañas de la Sierra Nevada, lanzando misiles contra residencias en las pequeñas localidades en tierra, que los paquistaníes estuvieran ofreciendo miles de millones de dólares de ayuda desesperadamente necesitada a un gobierno estadounidense incapacitado y a sus fuerzas armadas, a cambio de que no se quejen demasiado de cualquier cosa que quieran hacer en EEUU, que altos funcionarios militares y civiles paquistaníes pasen constantemente por Washington exigiendo “cooperación,” y finalmente que periodistas paquistaníes que cubren todo eso informen regularmente sobre una “extrema sensibilidad estadounidense respecto a la soberanía nacional”, tal como lo ilustra un extraña falta de disposición a aceptar ayuda paquistaní entregada en helicópteros militares paquistaníes. Ahí está de nuevo, ya sabes, esos estadounidenses: inflamables como niños mimados.
Semejantes inversiones son, evidentemente, inconcebibles, y por lo tanto, casi imposibles de imaginar. Si actualmente, un helicóptero militar paquistaní se acercara a la costa de EEUU con cualquier cosa a bordo y se negara a volver atrás, sería indudablemente derribado. Y después hablan de susceptibilidad estadounidense.
Pero se nos ocurre una pregunta: “¿Por qué parece que estadounidenses como Holbrooke se sienten tan en casa cuando están tan lejos? ¿Por qué, por ejemplo, los portavoces militares de EEUU se refieren tan regularmente a nuestros enemigos indígenas en Iraq como “fuerzas antiiraquíes,” y en Afganistán a fuerzas antiafganas?” ¿Por qué hablan nuestros militares en Iraq de los vecinos iraquíes como de “fuerzas extranjeras” sin incluir jamás a nuestras propias fuerzas armadas en esa categoría?
Por resistente que Washington se muestre a un pensamiento semejante, lo obvio ha estado cruzando recientemente algunas mentes influyentes. En medio del debate sobre opciones para la guerra – más tropas, más entrenamiento de los militares y de la policía afgana, más ataques con drones en Pakistán, y algunas versiones que combinan todo lo mencionado, pero ciertamente no una retirada del país – se ha hecho más común la preocupación de que el despliegue de hasta 40.000 soldados estadounidenses más podría crear una “huella” estadounidense demasiado grande. Como escribieron Peter Baker y Thom Shanker de New York Times en un artículo sobre Robert Gates, el secretario de defensa “ha declarado repetidamente su preocupación de que más tropas harían que los estadounidenses aparecieran cada vez más como ocupantes.”
Después de casi ocho años de guerra, recién ahora sale a la superficie el peligro de que podríamos “aparecer cada vez más como ocupantes.” Ya que “ocupante” es un rol que los estadounidenses simplemente no pueden imaginar que lleguen a ocupar, consideremos en su lugar una fantasía alternativa, que tal vez sea más fácil de imaginar: ¿Y si resultara que nosotros somos los marcianos?
Aplastando a los conejos
La primera invasión marciana de este planeta – aterrizaron cerca de la ciudad de Woking en Inglaterra y, antes de terminar su tarea, habían destruido Londres – tuvo lugar en 1898, gracias a los tasmanianos, y si no pensáis que valga la pena considerarlo más de un siglo después, volved a pensar. De hecho: general McChrystal, procónsul Holbrooke del presidente Obama, mientras hacéis vuestra reevaluación de la Guerra Afgana, tengo un libro que os puede servir.
Tal vez tenía 12 años cuando lo leí por primera vez – bajo las sábanas, con una linterna, cuando supuestamente debía estar dormido - ¡y me dio un miedo! Incluso ahora, cuando los argumentos sobre invasiones extraterrestres están por doquier, tengo la idea de que podría hacer mismo en vuestro caso. Hablo, claro está, de la Guerra de los Mundos de H.G.Wells. Si lo recordáis, el otro Welles, Orson, lo volvió a presentar con mucho éxito en una versión por radio en 1938 en la cual los marcianos ficticios aterrizaron en Nueva Jersey, y muchos neoyorquinos perfectamente reales se inquietaron. (La versión cinematográfica de Steven Spielberg de 2005, la segunda película hecha del clásico de Wells, tenía toda la pirotecnia moderna que era de esperar, pero nada del impacto del libro.)
En los días en los que Wells escribió su libro, las novelas sobre invasiones ya eran algo común en Inglaterra, y la parte del invasor implacable e inhumano era normalmente interpretada por los alemanes. Wells, por otra parte, creó casi solo el género del invasor extraterrestre, y armó sus inteligentes monstruos del moribundo planeta Marte con gas tóxico y un rayo de calor parecido a un láser, y luego les colocó gigantescos trípodes andantes (imaginad, tanques elevados sin orugas) – prefigurando todo el armamento de las futuras guerras mundiales (e incluso de guerras más allá de la nuestra).
Sin embargo, nada en el libro – ni los armamentos, ni siquiera la destrucción – es más aterrador que la actitud de los marcianos (“intelectos vastos y fríos y poco compasivos”), porque se trata de una de las mayores novelas de inversión de roles de todos los tiempos. Son implacables exactamente porque ven a los ingleses como si vieran conejos, o como los colonizadores ingleses en Australia ciertamente veían a los tasmanianos, un pueblo al que casi exterminaron sin el menor remordimiento. De hecho, es donde evidentemente comenzó La Guerra de los Mundos. Parece que el hermano de Wells, Frank, mencionó un día la exterminación de los tasmanianos y así lanzó la idea para un libro que sigue siendo impreso 111 años después. Evidentemente, la pregunta que se hizo Wells fue: ¿Y si alguien llegara a Inglaterra con la misma idea del inglés superior que los ingleses habían tenido sobre los tasmanianos, y la especie de armamento y tecnología avanzada capaz de convertir esa actitud en una funesta realidad?
Como su anónimo personaje central comenta en las primeras páginas de la novela: “Los tasmanianos, a pesar de su parecido humano fueron totalmente eliminados en una guerra de exterminio librada por inmigrantes europeos, en el espacio de cincuenta años. ¿Somos tales apóstoles de la misericordia como para poder quejarnos si los marcianos hicieran la guerra con el mismo espíritu?”
Los marcianos (en realidad ingleses transformados) avanzan por el campo inglés y hacia Londres, quemando todo lo que está a la vista en una versión de lo que, en el siglo siguiente, llegaría a ser conocido como guerra total – es decir una guerra que no es lanzada sólo contra los guerreros, sino contra la población civil. Al mismo tiempo cosechan humanos y se alimentan de su sangre. En el siglo siguiente, ciertamente hubo marcianos en masa en este planeta, más que dispuestos a alimentarse de la sangre de sus habitantes.
General McChrystal, presidente Obama, procónsul Holbrooke: La Guerra de los Mundos, por viejo que sea, ofrece un raro ejemplo de cómo imaginarnos desde el punto de vista de ellos. Os insto a estudiarlo con la intensidad que ahora aplicáis a las estratégicas de contrainsurgencia y de contraterrorismo. Después de todo, a nuestro modo, podríamos ser considerados los marcianos del Siglo XXI y (¡cuán típico!) ni siquiera lo sabemos.
A diferencia de los marcianos de Wells, que llegaron a este planeta sin un departamento de propaganda o el menor interés por los “corazones y mentes” ingleses, aterrizamos hablando en un juego de amistad hacia la gente, y nunca hemos dejado de hacerlo, incluso si gran parte del palabreo ha sido hecha para consumo interior. Y sin embargo, durante los primeros ocho años de nuestra Guerra Afgana, como admitió recientemente el general McChrystal en su informe de 66 páginas al secretario de defensa, difícilmente podríamos haber mostrado una ignorancia más profunda del mundo afgano, o una falta de interés más marciana por saber algo al respecto, incluso mientras estábamos aniquilando a los afganos.
Ahora, el Pentágono trata de corregir eso, estableciendo una nueva unidad de inteligencia “para suministrar a los funcionarios militares y civiles en Afganistán un análisis detallado de la dinámica tribal, política y religiosa del país.” Sin embargo, como señala Robert Dreyfuss de Dreyfuss Report en Nation, esta unidad estará basada en un centro en Tampa Florida; es decir que estudiaremos a los afganos, como los antropólogos pueden haber estudiado una vez a los isleños de Trobriand. Luego procesaremos esa información a miles de kilómetros de distancia, tal como lo hacen nuestros “pilotos”.
En su lugar, tal vez sea hora de estudiarnos a nosotros mismos. ¿Y si desde un punto de vista afgano, somos realmente los marcianos de Wells? Entonces, no es asunto de contrainsurgencia contra contraterrorismo, o de más tropas estadounidenses contra más tropas afganas entrenadas por EEUU, o incluso de construcción de la nación contra estabilización. ¿Y si – y es un pensamiento no-estadounidense – no hubiera una solución estadounidense para Afganistán? ¿Y si ninguna alternativa, o combinación de alternativas, funciona? ¿Y si lo único que los marcianos pueden hacer efectivamente es destruir – o irse? (Hay que recordar que incluso los extraterrestres de Wells terminaron por abandonar su ocupación de Inglaterra final e involuntariamente. Murieron, gracias a bacterias contra las cuales no poseían inmunidad.)
¿Qué pasará si los afganos nunca llegan a ver a esos Predator – nuestro equivalente combinado de los “trípodes” y los rayos de la muerte marcianos – como sus protectores? Después de todo, nuestros drones representan lo tecnológicamente avanzado, lo alienígena y lo mortífero junto con, como escribiera recientemente el columnista del Toronto Sun, Eric Margolis, toda la panoplia de nuestros “bombarderos pesados B-1, los F-15, F-16, F-18, los helicópteros artillados Apache y AC-130, la artillería pesada, los tanques, radares, drones asesinos, bombas de racimo, fósforo blanco, cohetes, y vigilancia espacial.” Incluso nuestra propaganda, lanzada desde el aire (como si viniera de otro universo), puede matar. Recientemente, una niña afgana murió, después de ser golpeada por una caja de panfletos propagandísticos, lanzada desde un avión británico, que “no se abrió a tiempo.” Su corazón y su mente habrán sido silenciados, pero indudablemente ni los de sus padres, sus parientes y otros que la conocieron, lo han sido.
Lo que sigue es un breve intercambio de palabras, como informara un blog del New York Times sobre un “encuentro” alienígena en otro país. Un mayor del ejército de EE.UU., Guy Parmeter, lo tuvo cerca de Samara en la provincia Salahuddin de Iraq en 2004 (“Me hizo pensar: ¿cómo nos perciben, quiénes somos para ellos?”):
Mayor Guy Parmeter: “¿Ha visto a algún combatiente extranjero?”
Campesino iraquí: “Sí, a usted.”
A veces se necesitan 66 páginas para informar sobre una guerra. A veces una novela de hace un siglo puede lograrlo. A veces puedes escribir tomos enteros sobre los “errores” cometidos en, y la “tragedia” de una guerra estadounidense de contrainsurgencia en un país distante. A veces bastará un simple “sí, a usted”.
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Tom Engelhardt dirige Tomdispatch.com del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Es autor de The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press), una historia de la Guerra Fría y después, así como una novela The Last Days of Publishing. También editó The World According to TomDispatch: America in the New Age of Empire (Verso, 2008), una colección de algunos de los mejores artículos de su sitio y una historia alternativa de los demenciales años de Bush.
[Nota sobre fuentes y recursos: Pensé que valdría la pena mencionar varios sitios en la red que leo ávidamente y en los que me baso para escribir artículos como éste, comenzando con el invaluable trabajo de Robert Dreyfuss en su blog Dreyfuss Report en la revista Nation. Sobre Irán, Afganistán e Iraq no hay que perdérselo. Además existen mis antiguos favoritos: Antiwar.com (y los resúmenes regulares de noticias de Jason Ditz en ese sitio). El sitio en Internet Informed Comment de Juan Cole – una lectura obligatoria, pero últimamente ha estado produciendo columnas notables día tras día; y War in Context, otro sitio indispensable en Internet. También considero de interés especial en asuntos militares el blog de Noah Shachtman en http://www.wired.com/dangerroom/Danger Room en Wired magazine. Sobre la Guerra Afgana, hay que ver Rethink Afghanistan de Robert Greenwald (y su impresionante nueva película del mismo nombre, así como el
Af-Pak Channel y su boletín de noticias "daily brief". Finalmente, un pequeño saludo a Michael Maddox, quien en una carta al New York Times, atrajo a mi atención la conversación del mayor Parmeter.]
Copyright 2009 Tom Engelhardt
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175124/are_we_the_martians_of_the_twenty_first_century_