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domingo, 23 de mayo de 2010

Resistir a la Nakba

24-05-2010
Joseph Massad
Al-Ahram/Kana'an on line

1881 es la fecha exacta en que dio comienzo la colonización de Palestina un proceso, como todo el mundo sabe, que todavía no ha terminado. De manera que, por mucho que se intente presentar a los Palestinos como un pueblo post-Nakba, todos nosotros seguimos inmersos en ella. Lo que se está celebrando este año no es, en absoluto, una conmemoración, sino el testimonio de que la Nakba es un proceso diseñado para destruir Palestina y a los palestinos, que sigue su marcha.

Lo mas difícil de entender en la moderna historia de Palestina y de los palestinos es el significado de la Nakba. ¿Es la Nakba un acontecimiento puntual que tuvo lugar y terminó en 1948, o es algo más? ¿Qué significan los intentos políticos de cosificar la Nakba y convertirla en un acontecimiento del pasado que se conmemora anualmente y ante cuyo formidable simbolismo nos inclinamos? ¿Cuáles son los efectos de la Nakba, episodio histórico que lamentamos pero que, en última instancia, terminamos aceptando como algo perteneciente al pasado?

Me atrevo a sugerir que convertir la Nakba en un acontecimiento del pasado, en un hecho consumado que no podemos sino aceptar, admitir y, finalmente trascender (por más que sea cierto que para ir hacia delante no podemos sino dejar la Nakba atrás), es una decisión que tiene también otras lecturas. Se ha llegado incluso a sugerir que si Israel reconoce y pide perdón por la Nakba, los palestinos perdonarían y olvidarían y los efectos de la Nakba que, a su vez, serían relegados a conmemoraciones históricas no muy diferentes a las que han tenido lugar este año.

En mi opinión, el significado de la Nakba es completamente diferente y el esfuerzo por limitarla este año a un 60 aniversario constituye un grave error. Porque, en efecto, la Nakba es mucho más antigua que esos 60 años y sigue además, a pleno rendimiento, recorriendo la historia al tiempo que acumula sobre las espaldas del pueblo palestino más y mayores calamidades cada día. Sostengo por tanto que la Nakba es un acontecimiento que dura ya 127 años y que no ha terminado todavía. 1881 es la fecha exacta en que dio comienzo la colonización de Palestina un proceso, como todo el mundo sabe, que todavía no ha terminado. De manera que por mucho que se intente presentar a los Palestinos como un pueblo post-Nakba, todos nosotros seguimos inmersos en ella. Lo que se está celebrando este año no es, en absoluto, una conmemoración sino el testimonio de que la Nakba es un proceso diseñado para destruir Palestina y a los palestinos, que sigue su marcha. Insisto por tanto en que este año no se conmemora el 60 aniversario de la Nakba sino el año más que nos toca soportar su brutalidad; insisto también en que la historia de la Nakba nunca fue un hecho histórico limitado sólo a nuestro pasado sino, decididamente, la única y verdadera historia de nuestro presente.

El significado de NAKBA

Aunque la Nakba sea una palabra traducida al Inglés con el significado de catástrofe, desastre o calamidad, estas traducciones no consiguen abarcar todas las ramificaciones y matices de su significado en lengua árabe. La Nakba es un acto perpetrado por el sionismo y sus colaboradores contra Palestina y los palestinos que ha convertido a este pueblo en mankubin (1). Ni la lengua inglesa ni la española tienen una buena traducción para esta palabra, a menos que la forcemos un poco para calificar a los palestinos como “pueblo sometido a la catástrofe, a la calamidad”. Pero a diferencia del significado griego de la palabra catástrofe que significa cataclismo producido por la Naturaleza o del latino desastre, que significa accidente calamitoso que se produce cuando las estrellas no se encuentran en el alineamiento correcto, Nakba es un acto de destrucción deliberada ejercido sobre todo un país y su gente. La palabra fue acuñada por el intelectual árabe Constantino Zureik en su breve libro AGOSTO 1948 acerca de una Nakba que se estaba produciendo en el mismo momento en el que él se encontraba escribiendo aquellas paginas, de la misma manera que se está produciendo ahora, en el mismo momento en que yo escribo estas líneas.

Hay que decir también que desde el primer momento los palestinos se resistieron a la lógica racista y colonial de la Nakba, luchando contra los colonialistas, primero desde 1880 a1890 y después en 1910, 20, 30, 50, 60 y hasta nuestros días. Si la resistencia palestina fue incapaz de prevenir la expulsión masiva de más de la mitad de su pueblo y no pudo impedir tampoco el descarado robo de la mayor parte de sus tierras, tuvo sin embargo más éxito en lo que se refiere a la derrota de la memoria oficial sionista. En efecto, la memoria ha sido siempre un componente clave en la resistencia Palestina. Cuando los palestinos insisten en nombrar a su país, a sus ciudades y sus pueblos con sus nombres originales, no sólo están rechazando los vulgares nombres con los que el sionismo ha ido re-nombrando su tierra, sino que están construyendo una memoria geográfica que Israel se ha empeñado en hacer desaparecer, incluso físicamente. La crueldad sionista ha sido tal que, durante los 50 primeros años después su creación, Israel ha seguido insistiendo no sólo en que los palestinos no existían como pueblo sino, ni siquiera, como nombre y que incluso este nombre palestinos no debería siquiera pronunciarse.

Y es que para los sionistas esta palabra funciona como una suerte de encantamiento que tendría el poder de hacerlos desaparecer. No andan muy equivocados pues esta palabra, en si misma, la mejor forma de resistencia contra la memoria oficial, se constituye a sí misma en fuente de resistencia, tanto en la vida como en la cultura palestina, en su identidad y en su sentido de la nacionalidad, cosas que Israel había creído erradicar para siempre y cuya simple supervivencia constituye una amenaza para esa operación de la memoria basada en la invención ficticia de una no-Palestina o de unos no-palestinos.

La contra-memoria palestina está en directa confrontación con los logros de una Nakba diseñada para hacer olvidar el nombre de Palestina como nombre geográfico y una ofensa a los esfuerzos de la Nakba actual y pretende hacernos olvidar que los palestinos son una nación al poner el énfasis en una historia pre-Nakba. La supervivencia de los palestinos desde que comenzó la Nakba, y a pesar de los continuos esfuerzos que se han hecho para acabar con ellos, convierte la Nakba en una victoria sionista muy poco rentable. Es en este contexto es donde se comprende mejor la insistencia israelí de dar a los ciudadanos palestinos de Israel el nombre de árabes israelíes burdo intento de condenar su “palestinidad” al silencio. La insistencia sionista en que los refugiados palestinos se establezcan en sus actuales lugares de acogida haciendo que esos países les concedan su nacionalidad, es otro intento más de erradicar su nombre de la faz de la tierra.

Que hace un decenio Israel admitiera finalmente la existencia de un pueblo palestino fue sólo al precio de reducir su número a un tercio del total. Al firmar los Acuerdos de Oslo, Israel acordó con los colaboracionistas palestinos y sus líderes el precio que la Autoridad Palestina tendría que pagar para que Israel empezara a llamar a Cisjordania y a Gaza por sus verdaderos nombres. El precio fue nada menos que la "despalestinización "del resto del pueblo palestino. A cambio, los líderes colaboracionistas palestinos, bajo el disfraz de los Acuerdos de Génova, aceptarían que se triplicara el número de habitantes de un Israel reconocido públicamente como el Estado de TODOS los judíos del mundo (2) excluyendo, eso sí, a los ciudadanos palestinos que han vivido siempre ahí y sobre los que el Estado de Israel, por supuesto, gobierna.

Pero este acuerdo doloso no ha tenido éxito. Por mucho que la Autoridad Palestina haya intentado legitimarse a si misma siempre se ha visto como lo que en realidad es: a saber, un engendro del ocupante israelí no muy diferente a todos esos regimenes de marionetas que existen en Asia y África al servicio de sus antiguos amos colonialistas; la misma función que, por otra parte, cumplieron los Judenraete o Consejos Judíos creados por los nazis en los getos de la Polonia ocupada y que tenían la misión de controlar la vida de los judíos a través de los impuestos o de servicios públicos tales como Correos; o, también, como en los Batustanes que la Sudáfrica del apartheid creó como sustitutos de las tribus. El intento de la Autoridad Palestina de monopolizar el poder de nombrar a los palestinos o a los judíos fracasó igual que fracasaron los numerosos intentos que los precedieron. Y es que los palestinos insisten en seguir utilizando su nombre dentro de su propio país y, por otra parte, los judíos no-israelíes insisten en que están bien donde están y no quieren adquirir la nacionalidad israelí no importa cuanta ayuda pudiera prestarles el Gobierno de Israel. Es decir, las políticas de los nombres son las políticas del poder y la resistencia. El poder de nombrar es capaz de crear falsas historias o ficciones que pudieran ir en contra de la estricta realidad. Mientras que Israel ha conseguido imponer un cierto número de realidades físicas y geográficas sobre el terreno, su esfuerzo por erradicar la memoria histórica ha fracasado. Los palestinos siguen estando ahí para impedirlo.

La Nakba es ahora.

Ha existido siempre, es decir desde que el término Nakba empezó a utilizarse para denominar las tumultuosas acciones de 1948, un esfuerzo subterráneo que intenta redefinir su significado como algo perteneciente al pasado y no como un acontecimiento todavía en curso. No se trata de un esfuerzo epistemológico sino estrictamente elegido desde el punto de vista político. Identificar la Nakba como un hecho pasado y acabado es, a todas luces, declararle irreversible. Es insistir en el matiz de que no se podrá volver a hacer ningún esfuerzo por redefinirlo, que no existirá posibilidad alguna de levantar ningún obstáculo a su paso. Es garantizar su legitimidad histórica y política y aceptar todas sus consecuencias como algo perfectamente natural. De esta manera, la resistencia de los ciudadanos palestinos de Israel, de acuerdo con la versión sionista, no sería una verdadera resistencia anticolonialista o una que persiguiera legítimos derechos civiles nacionales sino, más bien una lucha absurda que propondría nada menos que revisar el significado de la Nakba.

Que Israel haya aprobado, en distintos campos, más de 20 leyes cuyo único objetivo es institucionalizar de alguna manera los privilegios raciales y religiosos de los judíos y sus deberes sobre los ciudadanos no-judíos, es un hecho que se nos presenta como una consagración de la normalidad de la Nakba, algo que, por su parte, los palestinos continúan negándose a aceptar. En realidad, algunos líderes israelíes, Tzip Livni entre ellos, han sugerido que los ciudadanos palestinos de Israel deberían emigrar a países que pudieran garantizarles sus derechos nacionales en lugar de seguir dentro de Israel donde NUNCA podrán conseguirlos como consecuencia directa del desarrollo de la Nakba actual. Muy a menudo se dice que “pueblos más importantes que ellos” optaron en otros tiempos por autodesplazarse de unos países que se negaban a reconocer sus derechos y emigraron a otros que se comprometieron a respetarlos. Puede que haga referencia, sin ir más lejos, a esos judíos europeos en su día responsables de la Nakba palestina. Según esta teoría, si los palestinos de Israel quieren seguir dentro de Israel, se verán forzados a aceptar la normalidad de la Nakba y, por lo tanto, su nuevo status como mankubin por lo que nunca podrían acceder a los mismos derechos de los judíos. El rechazo de estos palestinos a las consecuencias de la Nakba es, precisamente, lo que hace que quieran revertir sus efectos exigiendo a Israel que renuncie a sus leyes racistas para que, de esta forma, pueda llegar a transformarse en un verdadero estado israelí, que no judío. Israel siempre y ahora también el Presidente Bush, ha insistido en que las consecuencias de la Nakba tienen que ser aceptadas por todos los palestinos. Estas consecuencias son, en primer lugar, que fue la Nakba la que transformó a Palestina en un “Estado judío” (y no al revés); En segundo lugar, que se trata de una situación NO reversible y, por último, que no importa cuanto trabajen los movimientos civiles por los derechos humanos o lo que pueda conseguir la resistencia, esta situación ya no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, los ciudadanos palestinos de Israel siguen negándose a aceptar este planteamiento y continúan resistiendo el mero concepto de reversibilidad. Por lo tanto, su difícil situación, dice Israel, no es consecuencia de la Nakba, sino de su irreductible empeño en resistirse a ella.

Se dice también que los refugiados palestinos que languidecen en los campos desde hace 60 años tienen las mismas características de otros refugiados que, como consecuencia de las guerras, llenan el mundo de los siglos XX y XXI. Que sus problemas, por tanto, no tienen relación alguna con las acciones sionistas llevadas a cabo en 1947-1948 y que son la causa directa de su expulsión. Pero Israel sigue insistiendo en que la causa directa de estas desgracias fue, en primer lugar, su negativa a asentarse en esos lugares de exilio así como la negativa de los países árabes que los acogieron a darles su nacionalidad. Los refugiados, siguen insistiendo los sionistas, sufren no a causa de la Nakba, sino por su negativa a aceptar la Nakba y a ellos mismos como mankubin.

Esto mismo ocurre con los palestinos de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental. Sus problemas, dicen los sionistas, surgieron a raíz de una guerra internacional que tuvo lugar en 1967 y cuya causa fue, precisamente, que los árabes seguían negándose a aceptar la Nakba de 1948 como un hecho permanente. Si los palestinos y sus aliados se hubieran limitado a aceptarla, las calamidades que les afligen habrían terminado.

Insistir en que la Nakba es un acto de destrucción en presente continuo es negarse a reconocer que sus objetivos han sido alcanzados. La resistencia palestina es lo único que, por tanto, explica el incompleto trabajo de la Nakba y su brutalidad siempre creciente. Israel y sus partidarios internacionales siguen insistiendo en que los palestinos tienen la obligación de reconocer la Nakba y aceptar su derrota. Aceptar también su expulsión, su ciudadanía de tercera dentro del Estado de Israel, aceptar la conquista de 1967… y que, una vez aceptadas estas cosas, sus calamidades habrían terminado. El único problema, según Israel, es que a los palestinos no les da la gana de dejar de luchar contra ella.

En 1880, cuando los colonos europeos judíos les expulsaron de las tierras que habían adquirido de los grandes propietarios absentistas y que ellos habían venido cultivando hacía siglos, los campesinos palestinos se resistieron como pudieron a la Nakba. En 1930 la resistencia palestina adoptó la forma de una gran sublevación que durante tres años se enfrentó no sólo a las fuerzas sionistas sino también a los británicos que las apoyaban. En 1947/48 cuando la mayor parte de su país fue conquistado y confiscado por las leyes racistas del Estado judío, los palestinos siguieron luchando. Todavía hoy, según Israel y el New York Times, la resistencia a la Nakba continúa tanto en Cisjordania como en Gaza lo que, de hecho, ha ido creado un gran número de Nakbas. Si los palestinos aceptaran de una vez la permanente situación de sitio que Israel ha montado sobre ellos en Gaza, la mayor prisión del mundo al aire libre, el Estado sionista de Israel no se vería forzado a bombardearles y a matar a sus hijos y a destruir sus casas, se limitaría, simplemente a matarlos de hambre pero manteniéndolos a salvo dentro de los reducidos límites de ese cómodo apartheid.

Si los palestinos aceptaran de una vez por todas su status de mankubin, la Nakba, un proceso todavía en marcha, podría, al fin, considerarse acabado. Esta visión colonial del concepto conquista no resulta desde luego excepcional, ni se ve limitado a los israelíes. ¿No fue, ahora hace cinco años, cuando la resistencia iraquí hizo frente a los planes estadounidenses de inavasión de Iraq que el Presidente Bush proclamó como “misión cumplida”? También aquí la resistencia iraquí al proceso de destrucción desencadenado por los estadounidenses sería la verdadera causa de esta destrucción y lo que en realidad impediría que la misión de ejército USA se diese por terminada.

¿Qué es entonces lo que mueve a los palestinos a resistirse a la Nakba impuesta por Israel? Moshe Dayan dio, hace tiempo, una elocuente descripción de los hechos: "Todos y cada uno de nuestros pueblos se han construido sobre los antiguas pueblos árabes. Nadie recuerda cómo se llamaban estos pueblos y yo no se lo reprocho, porque los libros de geografía que incluían esos nombres tampoco existen ya. Y no sólo han desaparecido los libros: la NAHALAL judía se levantó sobre MAHLUL; GVAT sobre JIBTA, SARID sobre HANEIFA y KFAR-JEHOSHUA sobre TEL-SHAMAN. No hay un solo lugar en este país que no tuviera antes alguna población árabe.”

El éxito de la resistencia palestina a la Nakba ha forzado a un proceso semejante que ha obligado a dar un nombre a las victorias israelíes y sionistas. Y ese nombre es el nombre por el que se las conoce hoy día en casi todo el mundo y también, aunque de manera mucho más limitada, en Estados Unidos. De manera que haciéndonos eco de las palabras de M. Dayan podríamos decir que: La resistencia palestina y su victimización ha venido a reemplazar el sentido de cada una de las conquistas y victorias sionistas. Probablemente ninguno de ustedes recuerde ya el nombre de estas victorias y tampoco nosotros podríamos reprochárselo ya que los libros de historia sionistas y la misma propaganda que una vez les confirió su legitimidad, ya no las considera legítimas. Y no solamente han perdido legitimidad estos libros o esta propaganda, sino que las victorias sionistas e israelíes que reseñaban tampoco se reconocen ya como tales. El concepto Nakba ha venido así a ocupar el de guerra de independencia israelí; apartheid reemplazó al de soberanía israelí; expulsión de los palestinos al Plan Dalet o incluso al de regreso de los judíos a su hogar ancestral; racismo institucionalizado y legal en Israel ha venido a sustituir al de democracia israelí; el de ciudadanos palestinos de Israel reemplazó al de árabes israelíes; Pueblo palestino al de comunidades-no judías de Pâlestina” tal y como la Declaración de Balfour se había atrevido a describirlas y, last but not least, el maftul palestino sustituyó al cus-cus israelí que, por su parte, continua intentando reemplazar al maftul palestino original (3). En fin, que se podría decir que no hay una sola victoria en este país a la que los palestinos no sigan desafiando, resistiéndose contra ella.

Como de forma inquebrantable continúan también resistiéndose a la Nakba y negándose a abandonar sus tierras; con huelgas, manifestaciones y desobediencia civil; a través del arte, la música y la danza; de la poesía, el teatro y la novela; escribiendo su propia historia y reafirmando su propia geografía; con denuncias ante los tribunales internaciones y las Naciones Unidas. Y también con piedras y armas. La no aceptación del derecho de resistencia que les acoge (y que está garantizado y legalizado por la ley internacional) no se limita por supuesto al uso de las armas, sino que afecta igualmente al arte, los libros, la música, a sus manifestaciones o incluso a sus reclamaciones, en todos los foros de la ONU, para que se enseñe su historia, se cuente la Nakba, se la recuerde e incluso, se rememore.

La Nakba que a finales del siglo XIX planificaron los sionistas incluía la ocupación de toda Palestina, la expulsión de la población árabe nativa silgue siendo una realidad incontestable que todavía continua su andadura. Pero mientras que las adquisiciones de tierra dieron comienzo en 1880 y el saqueo masivo tuvo lugar en 1948, Israel, a día de hoy, no ha conseguido todavía hacerse con la totalidad de Palestina. La confiscación permanente de tierras en la Jerusalén Oriental y Cisjordania constituye una parte muy importante de la Nakba actual. Los planes sionistas para convertir a la población de árabes palestinos de Israel en ARABREIN, también. Si de acuerdo con las leyes internacionales Israel no ha podido todavía expulsar a todos los palestinos ha planeado sin embargo una astuta alternativa con el objetivo, primero, de esconder detrás de un muro a todos aquellos a los que no ha podido expulsar, acotando así un espacio al que denominaría “Estado palestino” y, en segundo lugar, confinar dentro de los limites acotados por ese muro a todos aquellos palestinos que residen “fuera”, y en primer lugar a los ciudadanos palestinos residentes en Israel. El resultado, por supuesto, sería la creación de un ARABREIN ISRAEL incontaminado protegido al otro lado del muro. Hoy día, la resistencia a esta nueva Nakba esta siendo activamente castigada por Israel con la colaboración de la Autoridad Palestina y la de los gobiernos árabes patrocinados por los EEEUU.

La destrucción de más de 500 pueblos palestinos no se produjo, de repente, en 1948. Se trata de un proceso continuo que se ha venido desarrollando a lo largo de todos los años que siguieron a la conquista sionista. La expulsión de los palestinos dio comienzo en 1880, en el terrible mes de noviembre de 1947 pero es indispensable recordar que los sionistas habían expulsado a 400.000 palestinos antes del 14 de Mayo de 1948. Muchos cientos de miles más serían expulsados en los meses y años que siguieron, a lo largo de toda la década de los 50 y de nuevo a partir de 1967. Pero las expulsiones aún no han terminado. La sola presencia de los palestinos es la razón principal de que Israel pretenda deshacerse de ellos. Si los palestinos aceptasen abandonar Palestina por su propia voluntad, Israel ha asegurado que no habría más expulsiones. Me gustaría señalar que la insistencia sionista en este tipo de autodesplazamiento no se dirige sólo contra los palestinos. Desde su nacimiento hasta nuestros días, el sionismo e Israel han pedido encarecidamente y siguen pidiéndolo, que toda la judería del mundo se traslade a Israel. Igual que los palestinos, la mayoría de los judíos que viven fuera de Israel siguen resistiéndose a abandonar sus hogares. Mientras que Israel ya no puede atraer a los judíos que viven fuera (y hubo tiempos en que sí pudo) sigue sin embargo siendo perfectamente capaz de expulsar a los palestinos no importa cuánto se le puedan resistir.

La resistencia es ahora

La resistencia palestina, ya lo hemos mencionado, es activa en muchos frentes. Una de las más importantes campañas organizada por los palestinos de Israel propone la abolición de todas sus leyes racistas. En este sentido las organizaciones palestinas dentro de Israel han publicado numerosas propuestas y documentos. Pero esta campaña debería internacionalizarse. Las Naciones Unidas, y otro tipo de organizaciones y foros internacionales, tendrían que presionar a Israel para que se deshiciera de ellas. Esta propuesta para nada demagógica, no como la que se propuso en la ONU en 1975 que intentaba igualar la definición de sionismo y racismo), intenta demostrar que Israel es un Estado institucionalmente racista que gobierna a través de unas leyes racistas que han de ser abolidas.

De igual manera, los palestinos y sus aliados han organizado una campaña internacional para que no se invierta en Israel y se boicoteen sus proyectos y que habrá de durar, al menos, hasta que cese en sus violaciones de la ley internacional y deje de ocupar Cisjordania y Gaza. Ésta es otra campaña en marcha que ha obtenido, hasta ahora, un buen número de victorias.

Pero nada de esto quiere decir que los palestinos no sigan soportando grandes penalidades. El sufrimiento de los gazatíes no ha hecho sino crecer a lo largo de estos últimos años puesto que Israel los castiga por negarse a aceptar no sólo el estado de hecho del PALESTINENSERRAT ISRAEL sino también el que los colaboracionistas palestinos han impuesto en Cisjordania e intentan con todas sus fuerzas imponer en Gaza en un esfuerzo ilegítimo por derrotar al Gobierno democráticamente elegido por todos los palestinos. Los crímenes de guerra de Israel contra la población de Gaza son el pan nuestro de cada día. A los gazatíes no les queda otra salida que no sea resistir.

Al resistirse a la Nakba, los palestinos han dado en el clavo del proyecto sionista que se ha esforzado tanto en transformar la Nakba en un recuerdo. Al resistirse a Israel, los palestinos han obligado al mundo a ser testigos de la Nakba como una realidad presente; un hecho que, contrariamente a lo que dicen los sionistas, sigue siendo algo reversible. Y esto es precisamente lo que amarga a Israel y al sionismo: su incapacidad manifiesta para completar su misión de colonizar toda Palestina, expulsar a sus pobladores palestinos y reunir en esta colonia a todos los judíos del mundo. Y esto también lo que mantiene a los sionistas y a su proyecto en estado de continua inquietud y, también, en presente continuo.

Aunque Israel utilice esta situación para proyectarse a sí mismo como una víctima de sus propias víctimas, no le ha quedado otro remedio que ir aceptando, inconsciente pero también conscientemente, que el proyecto sionista no es irreversible. La crueldad que ha demostrado y continúa demostrando, con la población palestina es directamente proporcional a su convencimiento de que los árabes palestinos siguen siendo capaces de acabar con los logros obtenidos hasta ahora y reinvertir su proyecto colonial. El problema de Israel no es que sepa que en todo ese país de colonos no existe un solo lugar que no estuviera antes habitado por palestinos, sino que esta convencido de que, hoy por hoy, no existe tampoco un solo lugar en ese imaginario “Estado judío” que haya conseguido librarse de sus habitantes árabes palestinos que, además, piensan seguir reclamando lo que es suyo

Que la Nakba sea un proceso inacabado se debe a que los palestinos se han negado siempre a convertirse en mankubines. Lo que estamos viendo en las conmemoraciones de este año no es solamente un año mas de la Nakba sino las conmemoraciones de un año más en ese esfuerzo de resistir a la Nakba. Aquéllos que aconsejan a nuestro pueblo que acepte la Nakba saben bien que aceptarla sería precisamente lo que les obligaría a tragar con todas sus consecuencias sin restricción alguna. Pero los palestinos no son tontos y están convencidos de que la única forma de acabar con la Nakba es seguir resistiendo.

NOTAS:

Transposición fonética de una palabra árabe formada a partir de la raíz NAKBA y que aquí se traduce como desposeídos. (Nota de la traductora).
es decir, no sólo de los judíos que VIVEN YA dentro de él, sino también, de cualquier otro ciudadano del mundo cuya religión sea la judía.
Joseph Massad es profesor asociado de Historia Política Moderna del Mundo Arabe en la Universidad de Columbia de New Cork. Es autor del libro Vigencia de la Cuestion Palesina. Este trabajo apareció en Al- Ahram y se reproduce ahora con el permiso del autor.

Traducción para el CSCA: Pilar Salamanca

Fuente: lhttp://www.nodo50.org/csca/agenda08/palestina/arti285.htm

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lunes, 10 de mayo de 2010

El lenguaje del sionismo


10-05-2010
Joseph Massad
Al Ahram Weekly
Traducido por Marwan Pérez para Rebelion

La razón de la actual "violencia" en Israel y Palestina no es causa del colonialismo israelí, en absoluto, es más bien una consecuencia directa de una mala traducción. Joseph Massad proporciona un léxico abreviado de la terminología sionista

"El colonialismo es la paz, el anticolonialismo es la guerra". Ésta es la ecuación inalterable en la que insisten los sucesivos gobiernos israelíes y que debe ser la base de todas las relaciones actuales y futuras entre judíos de Israel y palestinos.

De hecho, el despliegue de la retórica de la paz entre palestinos y judíos-israelíes desde 1970 ha dependido de que el pueblo palestino acepte esta fórmula o insista en resistirse a ella. Los Acuerdos de Oslo fueron en gran medida una ratificación de esta fórmula por la OLP. Sin embargo la resistencia, violenta y no violenta, para entender que el "colonialismo es paz" nunca ha desaparecido totalmente de los palestinos, aún cuando la Autoridad Palestina insiste en que se convierta en la ley de la tierra.

El despliegue de la retórica de la paz fue sin embargo más que nada un despliegue de la retórica del “proceso de paz". William Quandt, en su libro sobre el proceso de paz, traza la historia de esta implementación:

"A mediados de la década de 1970 el término “proceso de paz” comenzó a utilizarse ampliamente para describir los esfuerzos de los Estados Unidos para lograr una paz negociada entre Israel y sus vecinos. El término se quedó y desde entonces ha sido sinónimo de la estrategia del paso a paso gradual que se sigue para resolver uno de los conflictos más difíciles del mundo. Desde 1967 el énfasis en Washington se ha desplazado de los componentes de la palabra “paz” al proceso para llegar hasta allí. Estados Unidos ha proporcionado un sentido de dirección y un mecanismo. Lo mejor es que el proceso de paz ha empezado; y lo peor, es que ha sido poco más que un lema utilizado para ocultar la marca de tiempo.

Estoy en parte en desacuerdo con la conclusión de Quandt, sobre todo porque “el proceso de paz” desde 1993 ha sido una máscara para el asentamiento colonial Israelí y los intentos del pueblo palestino de resistir y la Autoridad Palestina a coexistir con él.

Como ha quedado claro incluso para los más firmes creyentes en la retórica de la paz, los Acuerdos de Oslo no sólo han sido el principal mecanismo por el cual Israel ha subcontratado a la Autoridad Palestina para la ocupación de su pueblo, sino también el principal instrumento de Israel para mantener su control colonial de las tierras palestinas. Si bien los territorios ocupados habían sido sometidos a un conjunto diferente de leyes militares que gobernaron desde 1967 los palestinos y sus tierras, los Acuerdos de Oslo comenzaron a instituir el principio de la separación, o en la jerga de Sudáfrica, el apartheid. Fue Yitzhak Rabin, ex primer ministro de Israel y el limpiador étnico de la población palestina de las ciudades de Lod y Ramala en 1948, quién expresaría el principio de separación de Israel el 23 de enero de 1995: "Este camino debe conducir a una separación, aunque no de acuerdo a las fronteras anteriores a 1967. Queremos llegar a una separación entre ellos y nosotros". La separación o el principio del apartheid en última instancia se traduce en la construcción por Israel del muro de apartheid, que ya ha absorbido más del 10% de las tierras de Cisjordania, y se tragará más una vez se haya completado. Permítanme que les recuerde aquí que el régimen sudafricano del apartheid se sentía terriblemente incómodo con el término apartheid, que significa separación en afrikáans, y comenzó a sustituirlo, en 1970, por el término "desarrollo separado".

Pero esta separación israelí y la apropiación colonial de la tierra fue una vez más articulada a través de la retórica de la paz. Desde la firma de los Acuerdos de Oslo Israel ha triplicado su población de colonos en Cisjordania y ha duplicado los territorios ocupados, incluida Jerusalén Este. Israel sigue confiscando tierras palestinas para los propósitos coloniales y suprime toda la resistencia palestina a sus esfuerzos coloniales. En 1993 había aproximadamente 281.000 colonos en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este (124.200 en Cisjordania, 4.800 en Gaza y 152.800 en Jerusalén). A finales de 2009 había aproximadamente 490.000 colonos en Cisjordania y Jerusalén oriental -en septiembre de 2009, había 301.200 colonos en Cisjordania y 190.000 en Jerusalén Este-. Los líderes israelíes mantienen que sus asentamientos coloniales no menoscaban la adhesión de Israel a la paz. Por el contrario, es evidente que es la Autoridad Palestina la culpable de la paralización de las negociaciones. El actual primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu dice que no sólo está comprometido con el "colonialismo como la paz", él, como sus predecesores, insiste en que las protestas de la Autoridad Palestina de detener los asentamientos coloniales israelíes para comenzar las negociaciones, son nada menos que una imposición de "condiciones previas" que no puede aceptar.

Esta posición de Israel no es nueva. Los líderes israelíes han insistido siempre en que el colonialismo israelí no sólo es compatible con la paz, sino que el consentimiento del liderazgo palestino garantiza la paz, mientras que la resistencia palestina es la que causa la guerra y el terrorismo.

Uno de los argumentos más apremiantes frecuentemente expresados por los dirigentes israelíes desde el 1948 es que siempre han estado comprometidos con la paz con el pueblo palestino y sus vecinos árabes, y sólo para ser rechazados por ellos una y otra vez. Los dirigentes israelíes, desde David Ben Gurion a Netanyahu, han insistido en que las guerras de Israel no fueron su elección, sino que fueron impuestas por el rechazo árabe y palestino del derecho de Israel a colonizar. Mientras que Israel está dispuesto a luchar en todas las guerras, insisten, su preferencia ha sido siempre la paz. Golda Meir había declarado en 1969: "Siempre hemos dicho que en nuestra guerra con los árabes teníamos un arma secreta -otra alternativa”. Esto no es sólo una cuestión de propaganda política, sino también un reflejo del compromiso sincero de Israel de “colonialismo como paz."

La sabiduría política en Israel sostiene que los judíos-israelíes han rezado y trabajado por la paz durante los últimos 62 años sólo para que sus pacíficas ofertas sean rechazadas por sus enemigos árabes. Lo que los israelíes quieren decir con esto es que han orado para seguir colonizando tierras palestinas y al mismo tiempo tener paz, sin embargo han tenido que lidiar con la guerra, el terrorismo y la resistencia en sus "esfuerzos pacíficos coloniales". Es cierto que un árabe, Anuar El-Sadat, cogió la mano extendida de Israel con un acuerdo de paz en 1979, pero ha sido el único en hacer este esfuerzo. Le llevó al rey Hussein 15 años bajo presión internacional seguir su ejemplo. Sin embargo, incluso estos acuerdos pacíficos no han dado lugar a la normalización de las relaciones con los Estados árabes o la aceptación popular de Israel por parte de los pueblos árabes. Los palestinos pretenden ofrecer la paz a Israel, pero han mostrado ser engañosos y nada serios, como de hecho insisten en resistir a los esfuerzos coloniales. ¿Qué puede hacer Israel ante esta beligerante y "dura" vecindad en la que vive? ¿Cómo puede hacer frente a tal pueblo belicoso que intenta destruirlo cuando lo único que pide es paz y seguridad para su asentamiento colonial?

Hace apenas unas semanas el presidente Shimon Peres insistió: "Quiero decir en nombre del Estado de Israel en general: No buscamos la guerra ... Somos una nación que anhela la paz, pero que sabe y sabrá siempre cómo defenderse". Incluso el difamado Netanyahu también declaró hace unas semanas: "Somos una nación que busca la paz, que reza por la paz, nuestra mano está extendida ofertando paz a nuestros vecinos, mientras que la otra empuña una espada para protegernos contra los que tratan de destruirnos".

Para entender el compromiso de Israel con la “paz”, tenemos que comprender qué significa este término, así como su compañero inseparable, el término "seguridad". Éstos son conceptos claves en el idioma del sionismo. Muchos de los detractores de Israel creen que éste está mintiendo cuando insiste en la paz y la seguridad. Voy a argumentar que estos detractores están equivocados. Israel está comprometido a muerte con la paz y es honesto cuando insiste en que la guerra es algo que le fue impuesto por sus enemigos. El problema es de traducción. Los enemigos de Israel no parecen entender el lenguaje del sionismo -y no me refiero a la lengua hebrea, voy a traducir del sionismo al inglés una vez más: “El colonialismo es la paz, el anticolonialismo es la guerra”.

Le daré algunos antecedentes históricos. El 14 de mayo de 1948, el primer ministro de Israel Ben urión declaró las intenciones pacíficas de Israel en el documento fundacional del Estado naciente, en la Declaración de la Independencia Ben Gurión anunció:

"Hacemos un llamamiento -en medio de la agresión sangrienta lanzada contra nosotros desde hace meses- a los habitantes árabes del Estado de Israel a mantener la paz y participar en la construcción del Estado sobre la base de una ciudadanía plena e igual y con representación en todas sus instituciones provisionales y permanentes... Extendemos nuestra mano a todos los Estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su propia tierra. El estado de Israel está dispuesto a realizar su parte en un esfuerzo común por el progreso de todo el Medio Oriente".

Estos nobles sentimientos fueron pronunciados mientras el ejército israelí seguía adelante con su limpieza étnica de los palestinos y la colonización de sus tierras. De hecho el 14 de mayo de 1948, el ejército de Israel ya había expulsado a 400.000 palestinos de sus tierras y hogares. Ben Gurión hizo un claro llamamiento a los palestinos que quedaban y que no habían sido expulsados todavía, para "preservar la paz" antes de que el ejército llegase para echarlos. Pero la expulsión de los palestinos era necesaria para la colonización judía del país, que sólo podía proceder pacíficamente una vez que fueron expulsados.

Es cierto que el movimiento sionista se basaba en la colonización de Palestina por los europeos judíos desde la década de 1890. Pero muchos sionistas se dieron cuenta de que las instituciones creadas a finales del siglo XIX y principios del XX tenían nombres que podrían ser embarazosos hoy: "La Asociación de colonización judía de Palestina ", "El Fondo Colonial Judío” , "El Banco Colonial judío ", o" El Departamento de Colonización de la Agencia Judía”, entre otros. En la década de 1930 se trataron de corregir algunos de estos nombres pues preocupaba que pudieran ser ofensivos para los palestinos. De hecho FH Kisch, el director del Departamento de Política de la Agencia Judía y Presidente del Comité Ejecutivo de la Agencia Judía en Palestina, propuso un cambio en el lenguaje colonial del sionismo. Escribió en su diario en 1931 que estaba "tratando de eliminar la palabra colonización (en conexión con el asentamiento colonial judío en Palestina) de nuestra fraseología. La palabra no es conveniente desde nuestro punto de vista ya que no establecemos colonias en nuestra patria hogar, sino en el extranjero: por ejemplo, las colonias alemanas en el Volga o colonias judías en la Argentina, y además desde el punto de vista de la opinión árabe el verbo "colonizar" está asociado con el imperialismo y la agresividad. Desgraciadamente para futuros estrategas israelíes, la palabra persistiría en el lenguaje sionista, incluso cuando los propagandistas israelíes insistían en que el movimiento sionista era un movimiento anticolonial, no muy diferente de los movimientos anticoloniales de la India y Ghana.

Pero no sólo la palabra "C" persiste, sino que la colonización de las tierras de los palestinos también. Después de 1948, sin embargo, Israel sustituye el término de "colonizar" por el término de "judaizar", como su esquema de "judaizar la Galilea", en la década de 1970. Israel sigue presentando su caso al mundo, explicando sus actos a través de la Hasbará, que, como muchos de ustedes saben, significa "explicación". A diferencia de otros países que recurren a la propaganda política, Israel sólo ofrece explicaciones, Hasbará. Por ejemplo, los líderes israelíes "explicaron" después de 1948 que las acciones coloniales de Israel fueron actos pacíficos. La única razón de la guerra es que los palestinos y los árabes se opusieron y se resistieron a estos actos coloniales pacíficos. Para citar otra vez a Golda Meir, ¿qué alternativa tiene Israel, sino defenderse de quienes planean detener sus esfuerzos coloniales?

Pero, ¿por qué los enemigos de Israel insisten en que el colonialismo sionista e israelí, o judaización, no es compatible con la paz y, de hecho, dicen que no es equivalente a la paz? Es cierto que Israel expulsó a tres cuartos de millón de palestinos con la guerra que lanzó contra ellos, pero eso fue con el fin de establecer un Estado judío en paz. Se ha negado a repatriar a los refugiados palestinos en violación del derecho internacional a fin de preservar la paz, y ha confiscado sus bienes y propiedades, también en violación del derecho internacional, en aras de establecer la paz. Sólo fue a la guerra cuando se vio forzado a hacerlo. El 15 de mayo de 1948, cinco ejércitos árabes intervinieron para poner fin a sus cinco largos meses de guerra y expulsión del pueblo palestino, ¡pero eso solo muestra que los árabes iniciaron la guerra!. Cuando invadió Egipto, Jordania y Siria en 1967, Israel lo hizo con el fin de lograr la paz. Claro, comenzó a implantar asentamientos de colonos en Cisjordania, Gaza, el Sinaí, Jerusalén Este y los Altos del Golán, y sí, se anexó Jerusalén Este y los Altos del Golán, pero todo esto se llevó a cabo pacíficamente. Incluso cuando invadió Líbano en 1982 Israel llamó a su salvaje invasión "Paz para Galilea". El lenguaje de la paz de Israel no podría haberse resaltado con más fuerza.

Otro término sionista importante es "seguridad" que, por supuesto, está vinculado a paz. Por "seguridad" el sionismo e Israel siempre han entendido seguridad para el proyecto de asentamiento colonial Israelí y para sus asentamientos coloniales, pero podría significar inseguridad para los palestinos, a cuyas expensas avanza dicho asentamiento colonial. Esto, sin embargo, carece de importancia, pues la inseguridad de los palestinos es incidental al significado de “seguridad” en el idioma del sionismo. Creo que Ariel Sharon lo dijo muy bien cuando declaró en el 2000 el compromiso de Israel con la paz y la seguridad: "Estoy a favor de una paz duradera", dijo: "Unidos, creo que podemos ganar la batalla por la paz. Pero debe ser una paz diferente, una con el pleno reconocimiento de los derechos de los judíos en su primera y única tierra: paz con seguridad para las generaciones y paz con una Jerusalén unida como capital eterna e indivisible del pueblo judío en el Estado de Israel para siempre". Esto significa que la seguridad es en realidad un sinónimo de la paz y el colonialismo, y lo contrario del colonialismo es el anticolonialismo, y la ausencia de seguridad significa anticolonialismo, y por lo tanto la guerra. Permítame traducir para usted una vez más: El colonialismo es la paz, es la seguridad; el anticolonialismo es la guerra, es el terrorismo.

Pasemos ahora a la importante fórmula en la que se basa el “proceso de paz", llamada “ tierra por paz ". Sugeriré que la razón por la cual el "proceso de paz" no ha tenido éxito no es debido al continuo colonialismo israelí, sino más bien el resultado de un perenne problema de traducción. ¿Qué significa "tierra por paz" en el idioma del sionismo?, significa que Israel no se comprometerá a colonizar algunas pequeñas partes de Cisjordania y Gaza y que Israel, con Dios y América de su parte, considerará el derecho a toda la tierra para los judíos, a cambio de que cese la resistencia anticolonial o guerra. Es en efecto una concesión israelí de gran envergadura y un intento de Israel de comprender el lenguaje palestino de anticolonialismo.

Mientras Israel se desconcierta al ver que colonialismo no parece significar paz para los palestinos, como sí lo es para el sionismo y otras lenguas coloniales, y estarían dispuestos, en nombre del relativismo cultural, a conceder a los palestinos la no colonización de algo de lo que erróneamente creen que son sus tierras, si los palestinos solamente detienen su anticolonialismo como guerra. El problema es que los palestinos tampoco parecen entender lo que significa "tierra por paz". Para los palestinos, "tierra por paz" significa que los palestinos renuncian al 78% de sus propia tierras para el colonialismo israelí a cambio de cesar la guerra colonial contra ellos y el cese de los asentamientos coloniales israelíes en el restante 22% de Palestina, que incluye toda Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, y que los palestinos (y el derecho internacional también) creen que es su tierra. Esto ha enfurecido a los israelíes que insistieron en que es su interpretación de "tierra por paz" la que debe ser la base de las negociaciones y no esta extraña y esotérica, e incluso una mala traducción palestina "anti-semítica" que rechaza el mandato de Dios y la promesa al pueblo judío según la interpretación el sionismo. Desde entonces Israel ha proporcionado a la Autoridad Palestina un diccionario sionista para evitar malentendidos en el futuro, pero ha sido en vano.

El problema de la traducción se hizo más evidente en el fracaso de las conversaciones de Camp David en el verano de 2000, que terminaron con el rechazo de Yasser Arafat a la oferta de Ehud Barak. En el lenguaje del sionismo, Barak ofreció a Arafat el 73% de Cisjordania, y que podría ampliarse en 10 a 25 años a 91% (aunque algunas fuentes estadounidenses e israelíes insisten en que Barak ofreció el 95%). El problema fue nuevamente de traducción. Cisjordania no significa lo mismo para la lengua del sionismo que para los palestinos y el derecho internacional. Cisjordania fue el nombre que las autoridades jordanas dieron a la parte central y oriental de Palestina que se anexionaron en 1950. Esto incluyó la pequeña ciudad de Jerusalén oriental, que era de seis kilómetros cuadrados cuando los israelíes la ocuparon en 1967. En el lenguaje del sionismo, Cisjordania no sólo excluye a la pequeña ciudad de Jerusalén oriental sino que, de hecho, excluye también una ciudad mucho mayor que se la adjuntaron en 1967 y ratificaron su anexión en 1980, ampliando su tamaño a 70 kilómetros cuadrados a expensas de las tierras de Cisjordania, es decir, expandió a casi 12 veces su tamaño original. Jerusalén sería rebautizado en la década de 1980 por los israelíes como "Gran Jerusalén", y sería ampliada a casi 300 kilómetros cuadrados con el robo de más tierras de Cisjordania. De hecho el Gran Jerusalén ha llegado a abarcar casi el 10% de Cisjordania, por no hablar del plan más reciente del área metropolitana de Jerusalén, cuya dimensión geográfica se está ampliando para abarcar posiblemente tanto como 25% de Cisjordania. Además, según la oferta de Barak en Camp David, Cisjordania se divide en dos por una carretera que va desde el Gran Jerusalén al Mar Muerto, y que Israel cerraría a los no judíos según sus medidas de seguridad. Esto significa que el 73% de Cisjordania es el 73% de 75-90% del total, es decir, un 55-65% de lo que los palestinos y el derecho internacional entendemos por el término de Cisjordania. Los israelíes estaban horrorizados por la avaricia de Arafat. He aquí a Israel suplicando a Arafat que continuaría colonizando en cualquier sitio a partir del 35 a 45%, pero que se comprometía a no colonizar más del 65% de Cisjordania, lo que en el idioma del sionismo significa el 91-95% de Cisjordania, y Arafat siguió rechazando esta generosa oferta. Esto fue claramente un problema del idioma. Permítame recapitular para usted: El colonialismo es la paz, es la seguridad; anticolonialismo es la guerra, es el terrorismo; la mitad de Cisjordania es Cisjordania.

Otro problema de traducción tiene que ver con la “soberanía”. En el lenguaje del sionismo un Estado palestino soberano en la mitad de Cisjordania y Gaza significa lo siguiente, según la oferta de Ehud Barak: Los israelíes tienen derecho a establecer “estaciones de peligro inicial” en el interior del Estado palestino, tener el control total y exclusivo del espacio aéreo palestino, Israel también tendrá derecho a desplegar tropas en el Estado palestino en el caso de una emergencia, y una fuerza internacional, incluyendo a Israel, se estacionará en el valle del Jordán. Por último, el Estado palestino debe ser desmilitarizado. Aparte de esto, el Estado palestino sería "soberano". Este arreglo no es tan distinto a los bantustanes de Sudáfrica del apartheid. La Autoridad Palestina ha venido recibiendo cursos intensivos de lenguaje y traducción por parte de EEUU e Israel en los últimos 10 años para cambiar su extraña idea de soberanía (compartida por el derecho internacional) por el significado que entiende Israel. Estas lecciones han dado sus frutos recientemente. Permítanme traducir para usted una vez más: El colonialismo es la paz, es la seguridad; el anticolonialismo es guerra, es terrorismo; la mitad de Cisjordania es Cisjordania; un bantustán es un Estado independiente soberano.

El mejor estudiante palestino de la lengua del sionismo ha sido el primer ministro palestino Salam Fayyad. Fayyad comprende el lenguaje de Israel tan bien que se está preparando para construir las instituciones de este “Estado soberano palestino”, para agosto de 2011, en un 40% de Cisjordania, donde la A.P. tiene autoridad parcial. Es cierto que desde la oferta de Barak el muro del apartheid ha dado otro 10% de Cisjordania, pero eso no importa. El presidente Barack Obama está considerando un nuevo "plan de paz" cuyo mapa, de acuerdo con el Washington Post, es esencialmente el 90% del mapa ofrecido por Ehud Barak a Arafat en 2000. Supongo que el 90% reconoce que el 10% de Cisjordania ya ha sido tragado por el muro del apartheid, por lo cual no está en oferta. Nuevas ediciones complementarias del diccionario sionista incluyen nuevas definiciones para el término “Cisjordania". Si Ehud Barak ofreció 55-65%, el 90% de esto equivale al 49-58% de Cisjordania. Si los intentos de Obama tienen éxito y consigue hacer caer el gobierno de Netanyahu y Ehud Barak (que visitó el Pentágono y la Casa Blanca la semana pasada) se convierte en el nuevo primer ministro de Israel, hará una nueva oferta a Fayyad, y esto es lo que Fayyad firmará. Por supuesto, esto será lo pragmático, lo cual nos lleva a otros términos importantes del vocabulario sionista que merecen una traducción, a saber, los términos "pragmatismo" y "extremismo".

Estos dos términos son importantes porque, en gran medida, requieren no sólo la comprensión del significado de los términos sionistas, sino también la capacidad para adoptar y hablar el idioma sionista con fluidez. "Pragmatismo" en el idioma del sionismo significa, esencialmente, la aceptación de los significados asignados a las palabras en el idioma del sionismo, es decir, un pragmático es alguien que acepta que "el colonialismo es la paz y la seguridad" y que "el anticolonialismo es la guerra y el terrorismo". Por otra parte un pragmático, en lo que están de acuerdo israelíes y estadounidenses, es Fayyad, y deberá actuar entendiendo que los bantustanes significan la soberanía y que la mitad de Cisjordania es Cisjordania.

Aquí es importante recordar que Arafat había aprendido sólo parcialmente el idioma del sionismo, como cuando accedió a identificar a la resistencia armada palestina al colonialismo israelí como "terrorismo" y se comprometió a renunciar a ella en 1988. Sin embargo Arafat siguió padeciendo las limitaciones del idioma que le impedían comprender que "la mitad de Cisjordania significa toda Cisjordania” y que "bantustanes significa soberanía". Es cierto que Ehud Barak trató de introducir a Arafat a otro término sionista, éste es que Jerusalén significa la aldea palestina de Abu Dis y que Arafat podría tener su capital en Abu Dis en Jerusalén, pero Arafat se mantuvo claramente analfabeto ante esta nueva terminología.

Por otra parte existe el término "extremismo", que en el idioma del sionismo se refiere a todas las posiciones que niegan el significado otorgado a los términos en el idioma del sionismo. Cualquier palestino que insiste en que el conjunto de Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental, no se refiere a la mitad de Cisjordania excluyendo Jerusalén Este debe ser un extremista. Por otra parte cualquier palestino que insiste en que la soberanía significa un Estado independiente que controla sus fronteras y su espacio aéreo y no puede aceptar el despliegue de tropas extranjeras en su territorio soberano, excepto por invitación, también debe ser un extremista; como lo haría cualquier persona que cree que el colonialismo no significa la paz y seguridad y que el anticolonialismo no significa la guerra y el terrorismo. Me doy cuenta de que es el momento para que le traduzca lo que hemos aprendido hasta ahora: El colonialismo es la paz, es la seguridad; anticolonialismo es la guerra, es el terrorismo; la mitad de Cisjordania es Cisjordania, un bantustán es un Estado independiente y soberano, y un pragmático es alguien que acepta todo lo anterior, mientras que un extremista es alguien que lo rechaza.

Por último, pero no menos importante, es la cuestión del reconocimiento palestino de Israel. Durante la década de 1970, Israel presentó una desconocida y novedosa figura en las relaciones internacionales, a saber, "el derecho de Israel a existir", e insiste en que los dirigentes palestinos y los Estados árabes deben reconocerle como paso previo a cualquier tipo de paz. "El derecho de Israel a existir", por supuesto, significa "el derecho de Israel a colonizar Palestina", y por lo tanto a legitimar la catástrofe que le llegó al pueblo palestino en 1948 y continúa visitándole desde entonces. La resistencia sobrevino hasta que la OLP aceptó en parte esta formulación en 1993 y reconoció "el derecho de Israel a existir en paz y seguridad". Israel se dio cuenta de que EEUU, que obligó a la OLP a aceptar esta formulación, no entendió lo que quiere decir su "derecho a existir". En la última década Israel explicó (de nuevo, Hasbará, aquí en su término operativo) a los estadounidenses que lo que la Autoridad Palestina debe reconocer es "derecho de Israel a existir como Estado judío", es decir, un Estado que tiene el derecho de colonizar Palestina únicamente por judíos y que tiene derecho a tener leyes discriminatorias entre ciudadanos judíos y no judíos, y que otorga derechos diferenciales a judíos; en pocas palabras, el derecho del Estado de Israel a ser racista. Esto es esencial para el "colonialismo como paz", insisten los israelíes. Los estadounidenses aceptaron. Los presidentes Bush Jr. y Barack Obama han insistido a la Autoridad Palestina desde hace algún tiempo en que la paz significa reconocer el derecho de Israel a existir como un "Estado judío". Fayyad está de acuerdo, y recientemente dijo al periódico israelí Haaretz que Israel era una país "Bíblico" y que los colonos judíos pueden colonizar sus tierras vacías, pero que deben dejar la mitad de la colonización de Cisjordania en la que se quiere establecer un Estado palestino: "En relación con la ética sionista, bien, Israel es un país bíblico, hay un montón de colinas, un montón de espacio vacío, ¿por qué no lo utilizan los colonos judíos, y seguimos adelante con esto? " Aquí Fayyad está reconociendo el "colonialismo como la paz" sobre el 78% de Palestina, que será de Israel incluyendo Jerusalén Este, ¡pero no más que el 50% de Cisjordania¡ También entiende que reconoce el derecho de Israel a ser un Estado racista que significa paz.

Ahora que he proporcionado un léxico abreviado de la terminología sionista, espero que haya quedado claro para todos que la razón de la actual "violencia" en Israel y Palestina no es a causa del colonialismo israelí, en absoluto, sino más bien una consecuencia directa de la mala traducción. Es esencialmente un problema de lenguaje. Si expertos en resolución de conflictos tuvieran la oportunidad de explicar a los líderes palestinos que Israel se niega a tratar con "extremistas" y que está dispuesto a tratar con "pragmáticos" y que el pragmatismo para Israel significa aceptar el lenguaje del sionismo, a continuación este conjunto sórdido del mal llamado "conflicto palestino-israelí" se acabaría en un santiamén y todos podríamos irnos a casa. Lamentablemente, estos expertos lo han intentado desde la década de 1980 pero parece que no pueden romper la barrera del idioma por completo a pesar de que ha habido éxitos notables. El presidente Obama es la esperanza para conseguir estos logros y avanzar en su nuevo "plan de paz". Esta vez parece haber un socio palestino, Fayyad, que es fluido en el idioma del sionismo. El problema, sin embargo, es que, al contrario que la Autoridad Palestina, el pueblo palestino nunca ha sido analfabeto en el idioma del sionismo y además tiene mucha fluidez, hasta el punto de entender muy bien cómo traducir las palabras sionistas sobre el terreno.

Después de 62 años de colonialismo persistente israelí de Palestina, a menos que el Presidente Obama y los líderes israelíes entiendan que “colonialismo es guerra y anticolonialismo es paz” y que el único proyecto viable en la zona sería el que abarcase a todos los palestinos y judíos-israelíes como ciudadanos iguales, sea cual sea “el plan de paz" que ofrezcan a los palestinos no será nada más que un plan de guerra.

* El autor enseña árabe y la política moderna de la historia intelectual de la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el autor de La persistencia de la cuestión de Palestina.

Fuente: http://www.jnoubiyeh.com/2010/05/language-of-zionism.html

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jueves, 28 de enero de 2010

Oslo y el fin de la independencia palestina


29-01-2010
Joseph Massad
Al Ahram Weekly
Traducido para Rebelión por Loles Oliván

El Acuerdo de Oslo no sólo marcó el inicio de una nueva era en las relaciones palestino-israelíes sino que ha tenido un efecto mucho más duradero al transformar el propio lenguaje a través del cual dichas relaciones se rigen a nivel internacional y la forma en que la dirección palestina las percibe.

El vocabulario palestino relativo a la liberación, el fin del colonialismo, la resistencia, la lucha contra el racismo, el fin de la violencia israelí y el robo de la tierra, la independencia, el derecho al retorno, la justicia y el derecho internacional, no solo fue sustituido por nuevos términos como negociaciones, acuerdos, compromiso, pragmatismo, garantías de seguridad, moderación y reconocimiento, todos los cuales habían formado y siguen formando parte del vocabulario de Israel antes de Oslo, sino que Oslo se instituyó a sí mismo como el lenguaje de la paz que, ipso facto, deslegitima cualquier intento de oposición como de apoyo a la guerra, y destituye a todos los que se oponen a la renuncia de los derechos palestinos como enemigos de la paz. Convertir el lenguaje de la rendición de los derechos en el lenguaje de la paz también ha sido parte de la estrategia de Israel antes y después de Oslo, y es también el lenguaje del poder imperial de EE.UU., en el que árabes y musulmanes fueron instruidos por el presidente Barack Obama en su discurso de El Cairo el pasado junio. Así, la transformación que Oslo produjo no fue únicamente una transformación del lenguaje como tal, sino también del lenguaje palestino y de la perspectiva a través de la cual la dirección palestina entendía la naturaleza de las relaciones palestino-israelíes; ello institucionalizó, por contra, la perspectiva israelí y su vocabulario como neutral y objetiva. Lo que Oslo se propuso llevar a cabo, por tanto, fue cambiar el objetivo mismo de la política palestina de independencia nacional frente al colonialismo y la ocupación israelíes por otro en el que los palestinos dependieran completamente para su supervivencia política y nacional de Israel y de sus socios en beneficio de la paz y la seguridad de sus ocupantes.

La fórmula de “territorios por paz”

La fórmula transformadora clave de los Acuerdos de Oslo consagrada en la Declaración de Principios del 13 de septiembre de 1993 es “territorios por paz”. Esta fórmula, que va en detrimento de los derechos palestinos reconocidos internacionalmente, sigue siendo el enfoque que guía y delimita todos los acuerdos —y desacuerdos— posteriores entre la Autoridad Palestina (AP) y los sucesivos gobiernos israelíes. Dicha fórmula, por sí sola, perjudica todo el proceso al presuponer que Israel tiene “territorios” que estaría dispuesto a conceder a los “árabes”, y que los árabes —considerados como responsables del estado de guerra con Israel— pueden garantizar a Israel la paz que ha anhelado durante decenios. Hacer responsables de las guerras árabe-israelíes a los “árabes” es una norma que nunca se cuestiona, ni en los medios de comunicación ni en los gobiernos occidentales. La concesión de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), sin embrago, ha asegurado al final que los responsables palestinos y otros responsables árabes tampoco lo cuestionen. A pesar de la apariencia superficial de un compromiso político, esta fórmula es de hecho un reflejo de los puntos de vista raciales que caracterizan a los israelíes (judíos europeos) y a los palestinos y árabes. Mientras que a los israelíes se les pide que estén y (son presentados ostensiblemente como) dispuestos a negociar sobre la propiedad, el reconocido derecho burgués (occidental) por excelencia, a los palestinos y a los árabes se les pide que renuncien a la violencia —o más precisamente a “sus” formas violentas— ilegítima y atribuible solo a bárbaros incivilizados. El hecho de que los palestinos ya hubieran renunciado a su legítimo derecho sobre el 77% de Palestina y de que estuvieran negociando su soberanía futura sobre un mero 22% de su patria no daba derecho a una fórmula de “tierra por tierra” en la que basar el “proceso de paz”. De hecho, la fórmula objetiva para cualquier negociación sería la de "territorios por paz" mediante la cual son los palestinos los que están renunciando a los derechos sobre su patria histórica a cambio de poner fin a la opresión israelí —y a la violencia colonial— contra su pueblo.

Dividir al pueblo palestino

La OLP, Israel y los medios occidentales airearon los Acuerdos de Oslo como de “reconocimiento mutuo”. Ello, sin embargo, se contradice con las propias palabras pronunciadas por ambas partes y con las acciones que se llevaron a cabo basadas en tales palabras. Mientras que la OLP (que escribió la primera carta) reconocía "el derecho del Estado de Israel a existir en paz y seguridad", el gobierno israelí, "en respuesta" a la carta de Yasser Arafat, "ha decidido reconocer a la OLP como el representante del pueblo palestino e iniciar negociaciones con la OLP dentro del proceso de paz en Oriente Próximo”. Pero ello no significa reconocimiento mutuo puesto que los israelíes no reconocieron el derecho del pueblo palestino a existir en un Estado propio en paz y seguridad tal y como la OLP había reconocido a Israel. Si la OLP hubiera reconocido al gobierno de Rabin como el representante del pueblo de Israel, sin reconocer necesariamente ningún “derecho” al Estado de Israel a existir en paz y en seguridad, entonces el reconocimiento de la OLP habría estado a la par del de Israel. El acuerdo actual, por tanto, no significó el reconocimiento mutuo; antes al contrario, significó la legitimación del Estado judío por parte del mismo pueblo contra el que se habían ejercido —y se siguen ejerciendo— las políticas racistas y colonialistas, y con la que Israel no se comprometió a nada sustancialmente nuevo. Reconocer a la OLP como el representante de los palestinos (algo que la mayor parte del mundo —salvo EE.UU.— había hecho desde mediados de los 70) no comprometía a Israel a ninguna concesión al pueblo palestino. Únicamente comprometió a Israel a un escenario en el que como el gobierno israelí se inclinó a hablar de “representantes” de los palestinos, hablaría con la OLP, en tanto que parte ahora reconocida como representante, mientras que antes no lo era. Esto es por lo que los sucesivos gobiernos israelíes y dirigentes han vacilado en conceder a los palestinos el establecimiento de un Estado independiente y se refieren siempre a Oslo y a los acuerdos subsiguientes en los que no se hace mención de tal promesa.

Habiendo exigido un singular reconocimiento a su legitimidad por parte de sus víctimas, los israelíes avanzaron mediante el mecanismo del proceso de paz de Oslo para dividir a los palestinos en diferentes grupos, la mayoría de los cuales fueron expulsados del proceso de paz. Al transformar a la OLP, que representaba a todos los palestinos de la diáspora, de Israel y de los territorios ocupados, incluida Jerusalén Oriental, en la AP que únicamente podía aspirar a representar a los palestinos de Cisjordania y Gaza (que integran un tercio del pueblo palestino), los Acuerdos de Oslo fraguaron una importante reducción demográfica del pueblo palestino, dividiéndolo por tres mientras lograban una gran expansión demográfica de la población judía de Israel multiplicándola por tres. La parte insidiosa de este proceso es cómo la AP, consciente de esta transformación, sigue hablando del “pueblo palestino” que ha quedado reducido mediante los Acuerdos de Oslo a los palestinos de Cisjordania y Gaza a los que ahora dice representar. Los palestinos de la diáspora son mencionados simplemente, de acuerdo con la retórica estadounidense e israelí, como “refugiados” y los palestinos israelíes, según el diktat de Israel, como “árabes israelíes”. Con ello, no solo ha quedado substancialmente reducido el alcance de la dirección palestina y su estatuto como representante del pueblo palestino en su conjunto sino que el propio pueblo palestino ha quedado significativamente mermado demográficamente por la apropiación que de la designación “pueblo palestino” ha hecho la AP para referirse a un mero tercio de los palestinos.

Legitimar a Israel como Estado “judío”

Al mismo tiempo, el proceso de Oslo que produjo acuerdos fantasmas como los Acuerdos de Ginebra, entre otros, ha impulsado la afirmación israelí de que los palestinos deben reconocer el derecho de Israel a existir no solo en paz y seguridad sino como Estado judío, lo que significa [hacerlo] como Estado que es racista por ley y que discrimina por ley y por gobierno a los ciudadanos no judíos y que abarca no solo a sus ciudadanos judíos sino a los judíos de todo el mundo. Esto es algo que fue impulsado por las Administraciones de Clinton, Bush y, más recientemente, de Obama. De hecho, Obama no pierde oportunidad para reiterar el compromiso de su Administración para forzar a los palestinos a que reconozcan el derecho de Israel a ser un “Estado judío”. Mientras Israel no tiene legitimidad —y ningún organismo internacional se la reconoce— como “representante” de los judíos del mundo sino como el Estado del pueblo de Israel, que son sus ciudadanos, a la OLP y a la AP se les reclama que reconozcan la jurisdicción de Israel sobre todo el mundo judío. El estatuto de la OLP internacionalmente reconocido como representante del pueblo palestino ha sido reducido a un tercio de los palestinos desde Oslo, en tanto que el estatuto de representatividad del gobierno de Israel se ha triplicado tal y como reconocieron los representantes no oficiales de la AP en Ginebra. Benjamin Netanyahu insiste en que no se producirá ningún avance en el denominado proceso de paz a menos que los palestinos reconozcan oficialmente el derecho de Israel a ser un Estado racista. El presidente Obama ha solicitado igualmente a todos los árabes que ratifiquen tal reconocimiento formalmente. Ello se ha hecho a pesar de que la mayoría de los judíos que viven fuera de Israel no son ciudadanos israelíes y de que ningún organismo que los represente haya dado poderes de representación en su nombre al Estado de Israel.

La división y reducción demográfica del pueblo palestino se ha producido a la vez que la reducción territorial de Palestina, o de parte de ella, sobre la que Israel está dispuesto a negociar tras replegar su ejército de ocupación colonialista alrededor. Aparte de la extirpación de la ilegalmente expandida, ocupada y colonizada Jerusalén Oriental (en la actualidad expandida demasiadas veces por encima de su tamaño a expensas de las tierras de Cisjordania) de los territorios sobre los que Israel negociaría su repliegue, la propia Cisjordania ha quedado subdividida en cantones que excluyen los asentamientos coloniales judíos y las autovías para uso exclusivo de los judíos que los conectan, así como se han impuesto reservas naturales, bases militares y áreas cerradas. Pero eso no es todo: Israel ha construido asimismo el muro del apartheid dentro de territorio palestino usurpando de hecho otro 10% de Cisjordania de la mesa de negociaciones y de su repliegue militar.

Las cinco nuevas clases palestinas

Otra de las más importantes medidas que tomaron los arquitectos israelíes y palestinos de los Acuerdos de Oslo para asegurar la supervivencia estructural del “proceso de paz” de Oslo fue la creación de estructuras, instituciones y clases que quedarían directamente vinculadas con aquél y que podrían sobrevivir al colapso de los propios Acuerdos de Oslo preservando el “proceso” que el acuerdo generó. Esta garantía ha quedado consagrada por ley y confirmada por la financiación internacional que predica la continuación del “proceso de Oslo” siempre y cuando éste siga sirviendo a los intereses de Israel y de EE.UU. así como a los intereses de la corrupta élite palestina que consistió en ello. Las cinco clases principales que los arquitectos de Oslo crearon para asegurar que el “proceso” sobreviva son: una clase política, dividida entre aquellos elegidos para servir al proceso de Oslo, bien sea en el Consejo Legislativo Palestino o en la rama ejecutiva (en esencia, la posición del presidente de la AP), y aquellos designados para servir a los que han sido elegidos, ya sea en los ministerios o en la oficina presidencial; una clase policial, que suman decenas de miles de personas cuya función es defender el proceso de Oslo contra todos los palestinos que traten de debilitarlo. Está dividida en un número de cuerpos de seguridad e inteligencia que compiten entre sí, todos para demostrar que son los más expertos para neutralizar cualquier amenaza al proceso de Oslo. Bajo la autoridad de Arafat, miembros de esta clase inauguraron sus servicios disparando y matando a catorce palestinos a los que consideraron enemigos del “proceso” en Gaza en 1994 —un logro con el que se ganaron el respeto inicial de estadounidenses e israelíes, quienes insistían en que la clase policial debía utilizar más represión para ser más eficaz. Su actuación el pasado verano en Yenín matando a miembros de Hamas y a transeúntes no afiliados para impresionar al presidente Obama que había solicitado de la dirección palestina que mantuviera su parte del acuerdo de seguridad, constituye el ejemplo más reciente de esta función. Asimismo, una clase burocrática asociada a la clase política y a la clase policial que constituye un cuerpo administrativo de decenas de miles de miembros que ejecutan órdenes de los elegidos y de los designados para servir al “proceso”; la clase de las ONG: otra clase burocrática y técnica cuyas finanzas dependen de su servicio al proceso de Oslo y de asegurar su éxito mediante la planificación y los servicios; y una clase empresarial compuesta de empresarios palestinos expatriados y locales —incluidos miembros especiales de las clases política, policial y burocrática— cuyos ingresos se derivan de la inversión financiera en el proceso de Oslo y de lucrativos acuerdos que la AP puede hacer posible. Mientras que la clase de las ONG en su mayoría no recibe dinero de la AP ya que es la beneficiaria de la generosidad financiera gubernamental y no gubernamental extranjera que está estructuralmente conectada con el proceso de Oslo, las clases política, policial y burocrática reciben todos sus ingresos legales e ilegales de la AP directamente.

Al vincular los medios de subsistencia de cientos de miles de palestinos al proceso de Oslo, los arquitectos le otorgaron un papel crucial para su supervivencia incluso y especialmente si no producía ningún resultado político. Para la elite palestina que se hizo cargo de la AP, la tarea principal era garantizar que el proceso de Oslo continúe y que la élite siga controlando todas las instituciones que garantizan la supervivencia del "proceso". Lo que la élite no anticipó es que pudiera perder el control de Hamas, un opositor público al proceso de Oslo que de acuerdo con las expectativas había boicoteado las elecciones controladas por Fatah. Las elecciones de 2006, que Fatah confiaba en ganar, supusieron un terremoto que pudo destruir todas esas garantías estructurales y con ello el “proceso” para cuya protección estaban diseñadas. De ahí el pánico de los estadounidenses que ingeniaron un golpe con la ayuda de Israel y de la seguridad de la AP bajo control de Mohamed Dahlan para derrocar al gobierno de Hamas, y que incluyó el secuestro de sus miembros en el Parlamento, de ministros del gobierno y de políticos que fueron mantenidos como rehenes en cárceles de Israel y, finalmente, protagonizar una violenta toma de Gaza, que resultó contraproducente. Todos los intentos desde el fracasado golpe de EEUU en Gaza se han centrado en perpetuar el proceso de paz a través del mantenimiento de sus estructuras bajo el control de la AP y fuera del democráticamente elegido Hamas.

Destruir la democracia palestina

De hecho, la destrucción de la democracia palestina era un precio que había que pagar, insistieron los israelíes y los estadounidenses, impulsados por los esfuerzos militares del Teniente General Keith Dayton. Esta situación se hizo posible gracias a la estrategia de financiación de EE.UU., Israel y los Estados árabes productores de petróleo de la lucha palestina. La historia del movimiento nacional palestino sólo puede ser contada a través de los medios en que distintos gobiernos árabes y no árabes han tratado de controlarla. Mientras que la OLP se estableció y estuvo controlada principalmente por el régimen de Gamal Abdel Naser, la derrota de 1967 debilitó el acuerdo conduciendo a la toma de poder por parte de los guerrilleros revolucionarios de la organización en 1969. Con Fatah y la guerrilla izquierdista palestina a la cabeza, el potencial revolucionario de la OLP constituía tal amenaza que precipitó una guerra total en Jordania en 1970, una situación que los poderosos y represivos regímenes árabes no querían ver repetida. Fue en este contexto en el que el dinero del petróleo árabe (de Arabia Saudí, Kuwait, Libia, de Emiratos Árabes Unidos e Iraq), empezó a verterse en las arcas de la OLP principalmente para asegurar que no se fomentaría un cambio revolucionario en los países árabes y, en la medida en que no se comprometiesen los intereses de los regímenes árabes, sus armas sólo debían ser dirigidas contra Israel. La guerra civil libanesa y el papel de la OLP en ella en la segunda mitad de la década de 1970 seguía siendo un problema pero, en lo que a ellos respectaba, era un problema que los regímenes árabes fueron capaces de contener.

Con el inicio de la década de 1980 y la derrota militar de la OLP en 1982 en Beirut, los fondos árabes de la OLP ya no quedaron condicionados únicamente a que no se opusieran las armas contra ellos sino a que la organización tampoco tuviera como objetivo a Israel. Las diversas tentativas de acuerdos entre la OLP y el rey Husein a mediados de la década de 1980 formaban parte de ese plan. Con el mantenimiento de la negativa de Israel y de EE.UU. a negociar con la OLP a pesar del cambio producido en su política y en su ideología, la situación se mantuvo congelada hasta que el primer levantamiento palestino en 1987dió a la OLP la oportunidad de negociación para deponer las armas contra Israel. La formalización de esta transformación tuvo lugar en Argel en 1988 y posteriormente en la Conferencia de Paz de Madrid en 1991.

La AP contra el pueblo palestino

Como la financiación de petróleo se secó después de la Guerra del Golfo de 1990-91, la OLP necesitó nuevos donantes. La entrada de EE.UU. y de sus aliados incluye como condición no sólo los Acuerdos de Oslo, sino también que la recién creada y controlada por Fatah AP esté efectivamente armada pero que sus armas tengan un nuevo objetivo: el propio pueblo palestino. La AP accedió y continuó recibiendo su financiación hasta la segunda Intifada, cuando, en contra de su raison d'être, algunos miembros de sus fuerzas de seguridad se enfrentaron con los israelíes en un tiroteo cuando los israelíes atacaban a los palestinos. La financiación fue detenida de manera intermitente, Arafat fue puesto bajo arresto domiciliario, y los israelíes volvieron a invadir. La reanudación de la financiación constante ha continuado tras la muerte de Arafat a condición de que Mahmud Abbas siga “seriamente” apuntando sus armas en Palestina contra los propios palestinos, lo que los aparatos de seguridad y los matones de la AP han cumplido. Sin embargo, no han sido todo lo eficaces que EE.UU. e Israel hubieran deseado, y es por ello que el general Dayton ha asumido el control total de la situación militar sobre el terreno con el fin de “ayudar” a los palestinos a cumplir su parte del acuerdo de paz con Israel.

Hay que tener en cuentan que durante los últimos 16 años los dirigentes israelíes siempre han dicho, en línea con la fórmula de tierra por paz, que quieren y persiguen la paz con los palestinos, pero no el establecimiento de un Estado palestino, ni siquiera con el fin de garantizar a los palestinos el derecho a la libre determinación. De hecho, Israel no solo ha multiplicado el número de asentamientos y más que duplicado la población de colonos judíos en Cisjordania y Jerusalén Oriental, aglomerando más territorio del que se decía que era objeto de negociación; lo ha hecho exigiendo constantemente más concesiones palestinas para garantizar la "seguridad" israelí a fin de que los palestinos den a Israel la "paz" en que se basa la fórmula de "tierra por paz". Los estadounidenses y los europeos también han insistido en que los palestinos deben dar a Israel la paz antes de que éste pueda decidir qué tierras va a devolverles y en virtud de qué acuerdo considera más garantías para tal “paz”. Por lo tanto, lo que la “tierra por paz” —a pesar o debido al perjuicio definitorio contra el pueblo palestino— ha provocado es un perpetuo aplazamiento de la devolución de las tierras e insistentes exigencias de que se anticipe la paz con la que los palestinos deben cumplir. Si bien el repliegue alrededor de Gaza y el asedio de su población sometida a la hambruna y a los bombardeos se vende como el compromiso israelí de devolver territorios, la realidad es que la Franja de Gaza se ha transformado desde una prisión controlada por los israelíes a un campo de concentración vigilado y rodeado por ellos desde el exterior con incursiones al interior cuando surge la necesidad, como ocurrió el pasado invierno.

En última instancia, entonces, lo que el acuerdo de Oslo y el proceso que generó han logrado es una exclusión de cualquier futura independencia real o imaginaria de la dirección palestina, o incluso la independencia nacional de un tercio de los palestinos en Cisjordania y Gaza, que son, en cualquier caso, los únicos palestinos que el acuerdo de Oslo afirma que quiere ayudar a conseguirla. Hipotecando la dirección palestina al patronazgo de EE.UU. e Israel mediante la creación y el mantenimiento de estructuras administrativas, jurídicas y financieras que aseguren esta dependencia, Oslo ha sido lo que fue diseñado para ser desde el principio: el mecanismo con el que poner fin a la búsqueda palestina para acabar con el colonialismo y la ocupación israelíes, y la legitimación de la naturaleza racista de Israel por los mismos sobre los que ejerce su dominio colonial y racista. Cualquiera que cuestione estas estructuras puede ser combatido con el arma ideológica del pragmatismo. Oponerse a Oslo hace de uno un extremista utópico y un reaccionario, en tanto que participar en su estructura lo convierte en una persona pragmática y moderada que trabaja por la paz. El arma ideológica más eficaz que ha desplegado Oslo desde 1993 es, precisamente, que quien se opone a la cesión plena de los derechos nacionales palestinos es un defensor de la guerra y un opositor a la paz. En resumen, el objetivo del proceso de Oslo, que se ha alcanzado con mucho éxito, no es el establecimiento de la independencia palestina de la ocupación ilegal de Israel, sino acabar con la independencia palestina en tanto que meta futura y realidad actual. Visto desde este ángulo, Oslo sigue siendo un éxito rotundo.

* Joseph Massad, de nacionalidad jordana, es profesor de Historia política e intelectual árabe moderna en la Universidad de Columbia. Este es el texto de un discurso que pronunció en una conferencia celebrada en Oslo en 2009.

Fuente: http://weekly.ahram.org.eg/2010/982/re7.htm

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