Salam Fayad ex-ministro de Finanzas, tecnócrata en la esfera internacional y ex funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial. Nombrado por Abu Mazen Primer Ministro de un gobierno provisional de emergencia en junio del 2007 para sustituir ilegalmente al Primer Ministro ismail Haniya, líder de Hamas.
17-05-2010
Azmi Bishara
Al Ahram Weekly
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
Felicitar a Israel por su “independencia”, o por su creación, si Vds. quieren, equivale a felicitarle por el éxito de su robo armado de Palestina y expulsión sistemática del pueblo palestino. Esto es lo que podríamos decir ante las felicitaciones presentadas por los presidentes de Estados Unidos, Francia o Costa de Marfil. Pero cuando un jefe de estado árabe felicita al jefe de estado israelí “en el día de su fundación”, la única política que cabe es el silencio. No un silencio contemplativo, me apresuro a añadir, sino más bien un silencio impotente, porque ante una situación tal uno pierde completamente las palabras. Nuestro lenguaje, dicen, es un país común a todos nosotros, pero, evidentemente, es una tierra en la cual (Al-Mutanabbi acude en mi rescate de nuevo) “los jóvenes árabes se sienten extraños unos a otros en rostro, manos y lengua”.
No es ésta la primera vez que se ofrecen ese tipo de felicitaciones y probablemente no será la última, eso es todo cuanto cabe esperar. Tampoco debería sorprendernos. En realidad, lo que sería sorprendente es que nos sorprendiéramos ya de algo. Aunque este año los hechos nos han superado. La mayoría de los habitantes de Gaza son los refugiados expulsados de sus hogares en 1948, lo que significa que las mencionadas felicitaciones le han llegado a quien les expulsó y se convirtió en carcelero de la mayor prisión del mundo. Esta vez hay algo muy próximo y agobiante en el fenómeno, que hace que los sofocantes túneles de Gaza, a través de los cuales un pueblo se arrastra para aprehender una bocanada de vida, parezcan más espaciosos que los túneles de la política árabe.
Uno de esos oscuros túneles políticos produjo una entrevista concedida por el designado presidente del designado gobierno palestino en Haaretz el 2 de abril de 2010. En ella lanzó afirmaciones del tipo de: “No tengo problema con la gente que cree que Israel es la tierra de la Biblia… Pero hay un montón de colinas y espacios deshabitados. ¿Por qué no construyen allí y nos dan una oportunidad para seguir con nuestra vida?”. También dijo: “La principal disputa en la región no es entre nosotros sino entre moderados y extremistas” y: “Estamos trabajando para recibir a los refugiados en el estado palestino”. Ese es el lenguaje de los israelíes. Algunas frases incluso se hacen eco del léxico de los colonos que afirman que están construyendo “sobre colinas deshabitadas”. A mí me recuerda a uno de esos dirigentes árabes que alardean de entender el lenguaje de los estadounidenses, después de lo cual nos damos cuenta que eso significa que harán lo que Washington les pida sin cuestionar nada (algo que, desde luego, es un requisito previo para ciertos tipos de “entendimientos”).
Con consumada facilidad, el ex funcionario del Banco Mundial y actual empleado de la “comunidad internacional” ha reducido el concepto de estatalidad a “áreas deshabitadas” que es preciso equipar con los recursos necesarios para sobrevivir. Esto se ajusta perfectamente a la noción israelí de un estado palestino en los densamente poblados pedazos de los territorios palestinos. Todo lo que tiene que hacer ahora es cuchichear en un aparte que esto era necesario para impedir el aumento de elementos terroristas, y dar por entendido que el derecho al retorno de los palestinos sólo significa que los refugiados palestinos tendrían derecho a retornar a ese conjunto de retales que conformarían el estado palestino.
Hay en marcha una elaborada ilusión óptica financiada por Occidente. Se intenta que el transcurrir de la vida en los atestados enclaves palestinos se vea como algo normal, hacer que lo artificial parezca normal, imponer calma mientras la Autoridad Palestina (AP) construye edificios para el gobierno con fachadas elegantes, organizar un juego gigante de fantasía bajo la ocupación.
La idea de los bantustanes palestinos empezó como teoría. Después apareció gente que se tomó la teoría muy en serio. Como parte del proceso de defensa, intentaron demostrar que la teoría suena peor que cuando se aplica en la práctica. Quienes la habían experimentado en otras partes encontraron que ofrece una forma de vida relativamente confortable, dicen, añadiendo que cada vez se ve mejor cuando la comparas, cronológicamente, con el caos de la lucha armada popular de los últimos años y, a nivel espacial, con el destino de quienes se encuentran en Gaza bajo el bloqueo rechazándola. Naturalmente, no hacían referencia alguna a la causa nacional palestina.
El hombre que expuso esas ideas que estaban tan lejos del discurso nacional palestino fue nombrado presidente de la AP tras un golpe contra el gobierno electo. En aquellas elecciones había conseguido el 1% del voto popular. No mucho antes era el ministro de Hacienda que Washington le impuso a Arafat cuando Arafat estaba asediado en Ramala. La prensa israelí le llamó el “Ben Gurion palestino”. ¿Pueden imaginarlo? Recientemente, la revista Time le colocó en el puesto diez de la lista de las cien personas más importantes del mundo. ¿Para qué? Una de las ventajas del imperialismo es su poder para vincularnos con sus categorías (como, por ejemplo, moderados y extremistas), para clasificarnos según sus grados y categorías y otorgarnos premios y honores.
La entrevista anteriormente mencionada aparecida en el Haaretz me llevó a echar una mirada a las entrevistas concedidas por las autoridades palestinas a la prensa israelí en años recientes. Fue un esfuerzo penoso y estresante y, después de dos días de paralizante lectura arrojé la toalla, aunque con la certeza de que hay un libro por ahí sobre los modelos para inculcar la personalidad colonizada y que todo lo que se necesita son investigadores y escritores con estómago para un estudio de esa clase. No soy el candidato ideal, pero desde mi breve investigación hallé que virtualmente en todas las entrevistas los funcionarios utilizaban los términos y conceptos israelíes para describir al pueblo palestino y su situación, y ofrecían concesiones gratuitas a la opinión pública israelí. Como si a todos les inspirara un deseo de congraciarse con esa opinión o, a lo sumo, cortejar la admiración de la audiencia mediante una broma pícara. Casi todas las autoridades desmintieron algunas de las afirmaciones hechas el día después de su entrevista: en árabe y sin pedir que el periódico en lengua hebrea se retractara o corrigiera lo que había aparecido en su entrevista. Los políticos con complejo de inferioridad están cada vez más intoxicados por la idea de impresionar un día a los ocupantes, aunque se despiertan al siguiente repentinamente atemorizados sobre cómo reaccionará ante tal evento el pueblo ocupado.
Desde el punto de vista de la potencia ocupante, el impostor palestino, hinchado por los elogios y palmaditas en la espalda israelíes, está cautivo de las concesiones dadas a cambio de nada más que la etiqueta de “moderado”. Después, cuando empieza a dar marcha atrás bajo la mirada del pueblo palestino, los israelíes se burlan de su debilidad, le llaman mentiroso y le señalan como prueba de esos supuestamente intrínsecos rasgos árabes. Mientras tanto, sus posiciones, incluso la de airear la ropa sucia palestina ante el público israelí, criticando el caos y la corrupción interna de los palestinos y burlándose de Hamas y otras gentes, no han producido cambio alguno en la posición israelí ni nada positivo en absoluto. Las concesiones gratuitas sólo animan al adversario a presionar más y a elevar sus demandas. Desde luego, protestará y alegará que ha conseguido un logro significativo. Dirá que le ha dado a “las fuerzas de la paz en Israel” un medio para persuadir a los israelíes a aceptar la idea de un estado palestino. Lo que no dice es que esto significa regalar un estado palestino como solución al problema demográfico israelí, indicándoselo así a esos funcionarios que obligan a la prensa israelí a entrevistas conciliatorias como prueba de la existencia de palestinos moderados y flexibles que serán buenos socios para la paz, a los que siempre se podrá convencer con zalamerías para que hagan más concesiones.
Apenas hube acabado con esa investigación sobre las entrevistas, cuyo solo lenguaje se merece un estudio separado, cuando ya el presidente de la AP se había embarcado en una “ofensiva” para ganar la aprobación del público israelí. Ahora que la administración Obama ha dejado totalmente claro hasta dónde va a llegar presionando a Israel, y teniendo en cuenta que la “vida significa negociar”, las negociaciones deben ser el único camino para seguir adelante. Pero en lugar de sólo negociar con el gobierno israelí, el presidente de la AP ha intensificado su “ofensiva” lanzando negociaciones con cada uno de los israelíes. Develó esta audaz y agresiva estrategia en una reunión del Consejo Revolucionario de Fatah.
El presidente de la AP se verá pronto sorprendido por una horda de negociadores. Alrededor de seis millones de israelíes, junto con asociaciones y partidos políticos, se apresurarán a urgirle que ofrezca pruebas de que realmente quiere la paz y quiere hacer aún más para garantizar su seguridad. Sin embargo, estaba evidentemente impaciente por que todo esto comenzara. El día siguiente al anuncio de esta “iniciativa” decidió apresurar a los israelíes, y quizá también a nosotros, manteniendo una entrevista por el Canal 2 de la televisión de Israel en la que enterró los últimos residuos del discurso nacional palestino de su gobierno. “No hay crisis de confianza con Netanyahu” proclamó. Sobre el derecho al retorno, dijo: “Estamos hablando de una solución justa y acordada. No se puede ser más flexible que eso” y: “Acordaremos la solución y la llevaremos ante el pueblo palestino”. Dicho de otro modo, el presidente palestino le entregó a la potencia ocupante el derecho a aceptar o rechazar el principio del derecho al retorno, y lo que pondrá delante del pueblo palestino no será otra cosa que la fórmula israelí para una solución aceptable. Debe estar rezando para que Netanyahu responda de forma favorable a esta estrategia, porque no quiere que los palestinos “piensen siquiera en manifestarse”. También, probablemente, tanto celo para apelar a la opinión pública judía estadounidense e israelí le va a llevar finalmente a dirigirse al AIPAC. Seguramente entonces la opinión pública israelí y los instrumentos de Israel en EEUU se darán cuenta de que el liderazgo de la AP bajo la ocupación ha renunciado a todos los instrumentos de persuasión que no sean palabras conciliatorias y que se ha rendido ante su estatus de rehén de la autoridad ocupante.
Desde luego, el final de este capítulo era de prever. Cuando se abra el capítulo siguiente, su protagonista será el hombre que abandonó el discurso nacional, que abjuró de los derechos nacionales y que vino de fuera del movimiento nacional. El ex funcionario del Banco Mundial, que alardea de ser pragmático, está ofreciendo soluciones de vida cotidiana en lugar de una causa nacional. Dice que esto es ser práctico y se regodea en la admiración del siempre tan pragmático Occidente porque no malgasta su tiempo en política, eso se lo deja a Occidente, el Cuarteto e Israel, mientras se concentra en construir estructuras económicas. Por desgracia, el aspecto económico de estos tipos de estructuras no es más que un espejismo. Esas denominadas estructuras económicas no son más que instrumentos políticos y después de que cumplan su función, las agencias que las financian las dejarán caer en el olvido.
La economía palestina en Cisjordania no es más que un camuflaje para acuerdos y medidas de seguridad. Es una economía rentista que vive de la ayuda a cambio de seguridad y servicios políticos, una economía enteramente construida a partir de subsidios del exterior a cambio de ciertas posiciones políticas, dirigida por el deseo de promover a aquellos que aceptan las condiciones israelíes y priorizan la protección a la seguridad de Israel. El hombre que promueve esta economía está implicado en política hasta las cejas, pero es la política de Occidente y el Cuarteto. Su economía se construye para servir a esa política, y de los rendimientos de la ayuda monetaria que recibe paga sueldos y construye las fachadas de instituciones económicas. Si Fatah desaprobara esto, responderá con su consumado pragmatismo concediendo a los oficiales de Fatah una mayoría de escaños en su gabinete. Este tipo de política aparentemente apolítica me trae a la mente a aquellos que pidieron al pueblo palestino, a través de los medios israelíes, que abandonaran la resistencia, que tanto enoja a los israelíes y destruye sus casas, y combatieran a los “extremistas” y a la Organización para la Liberación de Palestina. Su eslogan para esta campaña era “Queremos vivir”.
El “amor por la vida” llega a través de dos categorías: una para los estados agresores, como Israel, y otra para sus víctimas, como Palestina. En la primera no hay contradicción entre el amor por la vida y la política y la participación política, nacionalismo, religiosidad y laicismo; literatura y arte; nihilismo y disolución; ejército, parlamento y procesos electorales; industria, agricultura y ciencias e incluso guerra si es necesario. Eso se aplica a Israel tanto como a EEUU. Para los pueblos ocupados, por otra parte, el “amor por la vida” tiene que practicarse a distancia de la política, de las armas y de la resistencia, de las empresas nacionales y la producción autónoma. Esta forma de vivir la vida toma sus símbolos de la cocina –kebab, humus y tabuleh-, tiene que ver con manifestaciones de jolgorio y alegría, y de competiciones para otorgar regalos y premios a las elites. La ocupación ama los cafés y restaurantes bulliciosos y abarrotados de Ramala y proyecta películas en esos vibrantes locales como prueba de la vida detrás de las barreras.
Cuando la vida se reduce a esta categoría de “queremos vivir”, tienes que fabricarla, porque no tiene medios para regenerarse. No puede haber vida bajo ocupación sin luchar contra la ocupación. Sin independencia ni soberanía nacional, la pena y la alegría y la vida misma sólo pueden existir dentro del contexto de un proyecto por la independencia nacional. Cuando eso se abandona o deshace, todo lo que consigues es un artificioso festival folklórico que se hace pasar por auténtico y por amor a la vida.
El negocio de las relaciones públicas, que es una ciencia en EEUU, se esfuerza por aislarse de la verdad, por amortiguarse contra la conciencia y por permanecer indiferente a lo que no sea un hecho o ficción de marketing. Es una rama aplicada del instrumentalismo, y el mercado y la cosificación de las relaciones humanas son su campo y medio de aplicación. Su función es encontrar una vía para comercializarlo todo, para crear un paquete vendible hasta para las cosas estética o moralmente más repugnantes. Pero incluso a las más imaginativas de las mentes de las relaciones públicas les resultaría difícil empaquetar para que cause admiración el plato más grande de musajan de Ramala o la kunafa estilo Nablus, o ponerse en cuclillas para comer aceitunas y queso junto con el pueblo como forma de lucha nacional. No necesitas decirle a la gente qué tipo de alimentos comen, al igual que no tienes que decirle que el cielo es azul o que ellos “quieren vivir”. No necesitar comercializar lo obvio. No hay necesidad de relaciones públicas, redactores o incluso dirigentes políticos que le digan al pueblo lo que ya forma parte de su conciencia diaria.
La labor de los dirigentes políticos es ayudar a la gente a que responda a preguntas como: “¿Cómo podemos vivir?” “¿Cómo deberíamos vivir?” “¿Nos permitirá la potencia ocupante alguna vez vivir con el esfuerzo de nuestros propios brazos?” “¿Quién va a financiar todas estas instituciones económicas una vez que los países donantes pierdan interés por ellas?” “¿Quién financiará 200.000 puestos de trabajo que sirven de apoyo a más de un millón de personas que están viviendo en la esperanza de que la supuesta comunidad internacional apoye un acuerdo injusto?” “¿Qué será de nosotros sin el resto de nuestro pueblo?” “¿Qué pasa con nuestras obligaciones hacia los refugiados y hacia Jerusalén?” “¿Qué clase de vida le espera a un pueblo que entrega su soberanía a cambio de unas migajas?”. Su trabajo no es vender apatía empaquetada como “Queremos vivir”. De todas formas, es un producto barato y como todas las cosas baratas tiene un período muy corto de vida.
Fuente:
http://weekly.ahram.org.eg/2010/998/op3.htm
domingo, 16 de mayo de 2010
“Queremos vivir”
sábado, 24 de octubre de 2009
La Autoridad Palestina contra la liberación de Palestina y la solidaridad internacional
Azmi Bishara
http://mrzine.monthlyreview.org/bishara211009.html
24-10-2009
Traducido para Rebelión por S. Seguí
La decisión de comportarse en Ginebra como la Autoridad Palestina made-in-Oslo ha sido una prolongación de la ocupación israelí y el último clavo en el ataúd de la solidaridad internacional con la causa palestina en su sentido habitual. Las personas que tomaron esta decisión lo sabían.
La solidaridad internacional se sintió confundida por los interrogantes que suscitaban los Acuerdos de Oslo, un tratado concertado con el poder ocupante antes de tener una solución a la vista. ¿Continuaba la lucha de liberación mientras la ocupación seguía en su sitio? ¿O es que el proceso de Oslo significaba que los asuntos descansaban en la capacidad de “las dos partes” para llegar a un acuerdo? Aunque el movimiento de solidaridad resurgió un poco con la segunda Intifada, la querella palestina y el comportamiento de la AP hacia la guerra en Gaza la sumió de nuevo en la confusión. Aun así, fragmentados y desordenados como estaban, todas las organizaciones y movimientos populares y semipopulares de base hicieron lo posible por respaldar a los palestinos, por divididos que estén, tras el ataque israelí contra Gaza. El Informe Goldstone ha sido el resultado de esta iniciativa. Pero ahora, después del 2 de octubre en Ginebra, ¿quién va a demostrar su solidaridad con los palestinos?, ¿cómo lo haría? y ¿por qué debería hacerlo?
Los representantes palestinos que declararon en Ginebra que iban a retirar su apoyo al Informe Goldstone no se comportaron como si los palestinos necesitaran el mayor apoyo posible, sino como si fueran parte del orden internacional. La solidaridad de base avergüenza a dichos funcionarios, no se ajusta a la imagen que tienen de sí mismos. Están allí con los de la Casa Blanca, y ¿quién precisa de la solidaridad popular cuando eres huésped del presidente de Estados Unidos? Además, el movimiento de solidaridad puede ser a veces más un enemigo que un amigo. Este movimiento apoya al pueblo de Gaza, por ejemplo, mientras que los funcionarios palestinos en cuestión están del otro lado del bloqueo, haciendo lo posible por impedir cualquier iniciativa que pudiera dar una ventaja a sus adversarios políticos palestinos. Estos funcionarios se despidieron del movimiento de liberación hace ya algún tiempo. “¡Hasta la vista, movimiento de liberación!” dijeron mucho antes de que la liberación fuera siquiera un atisbo en el horizonte, en un giro dolorosamente evidente para todos aquellos que tengan ojos y oídos. Sin embargo, su conducta en Ginebra, vino como el adieu definitivo e imposible de ignorar al espíritu y la lógica de la liberación y a los movimientos de solidaridad.
El conjunto y la esencia de la causa palestina se han perdido entre los detalles de las maniobras políticas y la letra menuda del proceso de solución que predominan en las noticias. Este es precisamente el problema que los medios de comunicación responsables y comprometidos con la objetividad deben superar.
La escena internacional en la era de Obama está llena de acciones políticas más orientadas a poner en marcha el proceso de paz que a alcanzar una paz justa. Por supuesto que podríamos ver una conferencia de paz en el plazo de tres meses, según algunos funcionarios árabes, que traiga de vuelta las glorias de Camp David II, aunque sin Arafat, que se negó a renunciar a Jerusalén, pero con Netanyahu. Pero podemos confiar en que este último rechace las propuestas que Arafat rechazó y algunas más, dado que es un israelí muy patriota. Tampoco debemos esperar que el actual gobierno de Washington se aparte de las normas establecidas por sus predecesores para el llamado proceso de paz. El gobierno de Obama puede ser el producto del fracaso de las políticas de los neoconservadores, incluido el abandono de la exportación de la democracia y el reconocimiento del fracaso de la expedición iraquí. Sin embargo, la situación de los estados árabes es tal que serían incapaces de explotar la debilidad de este gobierno en política exterior. E incluso si pudieran, los gobiernos del “eje moderado” no están interesados en entrar en una batalla sobre Palestina, con la felicidad que los embarga tras la llegada de un gobierno que ha abandonado la retórica de la exportación de la democracia y los derechos humanos.
Al parecer, algunos funcionarios árabes vieron aquí una oportunidad de presionar a Washington para que diera marcha atrás en su insistencia en la congelación de la expansión de los asentamientos israelíes y se centrase en reactivar las negociaciones para una solución duradera, aparentemente sobre la base de que, en cualquier caso, la cuestión de los asentamientos se resolvería en este marco. Pero ni siquiera en Iraq, el eslabón más débil de la política exterior norteamericana, el orden árabe oficial no es capaz de traducir esta debilidad, producto de los logros alcanzados por la resistencia árabe, en una política árabe que garantice que los intereses y las causas árabes tengan un lugar preferente en la agenda de las negociaciones entre EE.UU., Irán y Turquía. Así pues, con respecto a lo que, en un despliegue de imaginación oriental, se refieren los árabes cuando hablan de presiones de EE.UU. sobre Israel, Washington sigue fiel a la vieja rutina. La sustancia del vaivén diplomático de Mitchell puede resumirse en tres puntos: persuadir a los árabes para que tomen iniciativas de buena voluntad hacia la normalización de las relaciones con Israel; obtener asistencia árabe para la financiación de la Autoridad Palestina, financiada principalmente por Europa; y garantizar que los árabes están oficial y firmemente en contra de quienes detentan el poder en Gaza.
A través de estas acciones, la administración de Obama espera terminar lo que Bush y Clinton dejaron inconcluso, es decir, convencer a Israel y el mundo árabe de que conviertan la propuesta de Estado palestino en un “paquete de negociación” completo. El “paquete” aquí es el establecimiento de un Estado palestino a cambio de que los árabes renuncien al derecho de retorno para los refugiados palestinos y la exigencia de que Israel se retire de todos los territorios que ocupó en junio de 1967, incluida Jerusalén Oriental. Para los árabes, la conclusión de este acuerdo no sólo significaría abandonar la causa palestina, tal como se ha entendido históricamente, sino también la línea de base de la iniciativa de paz árabe. Israel, por su parte, ha abrazado esta fórmula desde la época de Sharon. Desde entonces, ha centrado sus esfuerzos en comprimir el Estado propuesto en un pedazo de tierra tan pequeño como sea posible y con tan pocos derechos de soberanía como sea posible. Con este fin, se está aprovechando de la renuncia por parte de la Autoridad Palestina y el orden oficial árabe de todos los instrumentos de gestión de conflictos, aparte de su formato de negociación, con el fin de imponer una “paz” de facto sobre el terreno, (en la que los patrones y condiciones de vida de las personas, entre ellas los cortes de carreteras y demás, se conviertan en las principales consideraciones), y se está explotando el concepto de “solución de dos Estados” con el fin de presionar para el reconocimiento árabe del carácter judío de Israel, lo que implícitamente significará el abandono del derecho de retorno, el reconocimiento retroactivo del sionismo, y un reconocimiento retroactivo de que Israel ha estado histórica y moralmente en lo correcto, y que los árabes han estado histórica y moralmente equivocados.
Mientras tanto, el nuevo gobierno de EE.UU. interpreta la melodía de exigir un alto a los asentamientos israelíes; por su parte, los árabes, incluidos los palestinos, se han hecho eco del estribillo. Sería útil recordar aquí que en la historia de la construcción de asentamientos, los periodos en los que la construcción ha sido más prolífica han sido los periodos en los que se proclamó una congelación de los asentamientos. Cualquiera que esté familiarizado con Israel y la forma en que opera, sabe que la planificación y la construcción es una actividad central de un Estado fundado en la planificación y la construcción. La planificación se realiza con más de 20 años de antelación. Cualquier congelación que implique la exención de los proyectos de construcción con permisos obtenidos antes de la congelación, autoriza de hecho la continuación de la construcción durante otros 20 años.
En todo caso, el gobierno israelí actual no podría ni siquiera aceptar una congelación formal, por cuanto, a diferencia de su predecesor, su estabilidad se basa en fuerzas políticas que sostienen que la mera declaración de una congelación, por fraudulenta que sea, es un compromiso moral. Israel, en opinión de la ultraderecha, debe proclamar su legítimo derecho a ampliar sus asentamientos, en vez de hacerlo furtivamente. El debate en Israel no ha sido sobre la congelación (ya que nunca hubo o podría haberla realmente), sino sobre si procede o no declarar una congelación. Que los medios de comunicación árabes hagan el juego y por su parte mantengan la opinión pública árabe atenta a los detalles del tema de la congelación de los asentamientos es realmente lamentable y desastroso, ya que oscurece el hecho de que la construcción de asentamientos está avanzando a todo vapor, especialmente en estos momentos en Jerusalén Oriental, y que el bloqueo de Gaza sigue siendo tan firme como siempre y es poco más que una continuación de la guerra de diciembre-enero por otros medios.
Volviendo al meollo del asunto cuya implementación choca con las ambiciones de Israel, ¿qué pasa con el derecho de retorno? Por encima de todo, debemos destacar que el derecho de retorno no emana de una resolución internacional, y que el pueblo palestino y árabe cree en este derecho incluso sin una resolución que lo sancione oficialmente, aunque de hecho esta resolución existe. Es imposible obtener el derecho de retorno a través de un acuerdo con Israel, y sólo se podrá conseguir tras una derrota israelí lograda en el contexto del combate árabe-sionista. Por lo tanto, si los árabes abandonan la lucha, incluso la estrategia de lucha, entonces están efectivamente renunciando al derecho de retorno. Aunque la Organización para la Liberación de Palestina siga existiendo como organización militante, e incluso si la Autoridad Palestina sigue siendo una autoridad que opera de acuerdo con la lógica de la liberación, no habrán podido obtener el derecho de retorno en la mesa de negociación con Israel por la sencilla razón de que Israel considera este derecho como una negación de sí mismo. Tal vez por esta razón, muchos árabes se han alejado de la retórica de ganar el derecho de retorno a través de una victoria sobre Israel y han pasado a la retórica de la negativa a naturalizar a los refugiados palestinos en el contexto del proceso de negociación. Además, como ha sucedido en la práctica, el rechazo de la naturalización frecuentemente equivale a decir: “No a la naturalización en este país, pero si otros países quieren darles la ciudadanía es asunto de ellos.”
De hecho, es una posición racista que, como el sectarismo y el faccionalismo, es contraria a la afiliación a una identidad árabe única. El rechazo del concepto de naturalización en los países que han hecho la paz con Israel, sin incluir el principio del derecho de retorno en el acuerdo de paz, y en los países que confían en un eventual acuerdo de paz para recuperar las tierras que Israel ocupó en 1967 y años posteriores, no dará lugar al derecho de retorno. ¿Consideran estos países que el asunto debía dejarse en manos del gobierno Abbas-Fayyad? Seguramente no, ya que en términos prácticos la AP renunció al derecho de retorno hace mucho tiempo, y aunque no lo hubiera hecho no podría imponerlo en el contexto de su relación con Israel. Así pues, deben ser que estos países consideran que el derecho de retorno es un asunto que debe negociarse no entre ellos e Israel, sino entre los palestinos que residen en estos países e Israel. El único resultado lógico sería la incitación racista contra los refugiados palestinos en estos países, que se ajustaría así a la difusión de la mentalidad sectaria, provinciana y tribal en la cultura política de las sociedades árabes y sus regímenes en el poder.
¿Cómo puede ser una “paquete de negociación” la creación de un estado palestino? Es evidente que aquí debemos entrar en el reino árabe-americano de la imaginación, con independencia de la posición israelí. En el imaginario de Washington, los dictados del realismo llevarán a los árabes a aceptar un intercambio de tierras en vez de un regreso de Israel a las fronteras de 1967. Además, considera que unas “soluciones creativas” para los lugares santos resolverán el problema de Jerusalén sin que Israel se tenga que retirar de la parte árabe de la ciudad. En cuanto a la cuestión de los refugiados, ésta se resuelve automáticamente mediante la existencia de un Estado que convierta a los refugiados palestinos en ciudadanos residentes en el extranjero y con pasaporte palestino. Aunque, de acuerdo con esta imaginación pragmática, muchos problemas quedan pendientes, la situación jurídica de los refugiados se habrá resuelto sin necesidad de recurrir al derecho de retorno o la naturalización.
Este es el reto ahora. La sordidez que se está desplegando en Ginebra y Nueva York tiene más ávidos servidores, para los que el fin justifica los medios, que en ningún otro momento anterior. Estos servidores prefieren verse a sí mismos como parte integrante del orden internacional. Ya no están fuera de él, como militantes revolucionarios, ni tampoco están al margen, como Arafat durante la Intifada y el período post-Oslo. Y mediante su mera pertenencia al orden internacional, se imaginan, tendrán éxito en su búsqueda de un Estado. Aquí encontramos la fuente del desprecio por lo que los movimientos de liberación en general consideran el corazón de su misión: la movilización del mundo contra los crímenes de la ocupación extranjera con la esperanza de contener la mano de las fuerzas de ocupación, como mínimo. También aquí encontramos motivos para abandonar la idea de conflicto con el Estado colonialista. Se ven a sí mismos como iguales de ese Estado, lo que les da derecho a utilizar los mismos términos e idéntico lenguaje pragmático, y restar importancia a la invocación de la justicia y el respeto de los derechos humanos, como hicieron de manera tan flagrante en la votación sobre el Informe Goldstone, en Ginebra .
Son financieramente corruptos; se coordinan con la potencia de ocupación en asuntos de seguridad; crean una entidad represiva de gobernación, con una milicia encargada de sacar a palos de la cabeza de la gente la idea misma de solidaridad, y participan en un cruel bloqueo económico contra un gran parte de sus compatriotas palestinos. De hecho, actúan con arreglo a la naturaleza y el espíritu de un orden internacional que miente sobre los crímenes de guerra. No sirve de nada ni siquiera intentar llegar hasta gente así porque te dirán que ellos estaban en la misma posición y consideran que han madurado, no como tú a quien te ven como un ingenuo. Pertenecen a una generación que tenía un movimiento de liberación, pero al que han infectado con su propia decadencia antes de que pudiera conducir a un Estado. En esto han demostrado no tener rival.
Azmi Bishara es palestino, con ciudadanía israelí. Ex miembro del Knesset, parlamento israelí, por el partido Balad, se vio forzado a abandonar Israel por ser objeto de persecución política.
S. Seguí es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.
Fuente: http://mrzine.monthlyreview.org/bishara211009.html
martes, 7 de julio de 2009
Irán: el juego de las naciones

07-07-2009
Azmi Bishara
MR Zine
Traducción para Rebelión de Loles Oliván
Hay una diferencia entre las perspectivas de una generación de jóvenes iraníes laicos que anhelan una vida en la que la religión (en forma de un clero que dirige un Estado teológico) se abstenga de inmiscuirse en sus vidas personales y en sus destinos individuales en tanto que ciudadanos, y las consideraciones en política exterior de la tendencia reformista.
Una gran distancia separa las premisas de ambos grupos de los cálculos de los sectores conservadores, cuyos intereses han resultado perjudicados bajo la presidencia de Mahmoud Ahmadineyad, y que ahora llevan la contraria a sus políticas nacionales y exteriores. Siendo sus intereses a nivel nacional tan diferentes, los tres han convergido en contra de Ahmadineyad y a favor de reducir el poder del guía supremo. Al mismo tiempo, sus cálculos convergen en una visión nacional de Irán como un Estado que, en su opinión, debería haber madurado más allá de los principios fundadores de la Revolución islámica. Las causas árabes, en particular, no figuran en sus prioridades, sobre todo si apoyarlas significa entrar en conflicto con el objetivo de poner fin al aislamiento internacional y el bloqueo de Irán. Si no se oponen o no rechazan el apoyo las causas árabes, es porque ven tal apoyo sobre todo de una perspectiva instrumental.
En general, la tendencia a mejorar el concepto y la aplicación de la vida política cívica va de la mano del fortalecimiento del concepto y la identidad del Estado-nación. La promoción de los derechos y deberes de la ciudadanía no es, como algunos podrían pensar, algo que persigan los ricos, aun cuando reconocemos que la base de este movimiento se deriva principalmente de las clases medias. En los antiguos países socialistas, los derechos civiles y los movimientos nacionalistas también significaban una reacción en contra de la función ideológica del Estado que trascendía las fronteras nacionales. Ello ayuda a explicar el retroceso en los países del antiguo campo socialista en contra de las fuerzas de liberación nacional y en favor del sionismo. Sus gobiernos de partido único les han llevado a creer que sus pobres condiciones de vida derivan no del estancamiento del capitalismo de estado, encadenado por su engorrosa burocracia y la falta de dinámica de la oferta y la demanda en los sistemas de producción y distribución de los recursos, sino del apoyo a los pueblos más allá de sus fronteras. Como resultado de ello, en las mentes de la opinión pública soviética, las penurias económicas fueron vistas como un sacrificio obligatorio por el bien de los demás, y esos movimientos de liberación de los demás en el extranjero se asociaron con la nomenclatura oficial y con los regímenes corruptos y antidemocráticos de casa.
Esto es lo que sucederá en Irán. Amplios sectores de la opinión pública se posicionarán en contra de las causas árabes si el gobierno no establece un equilibrio adecuado entre las libertades civiles y el mantenimiento de las funciones internas y externas del Estado. Como he señalado en artículos anteriores, las instituciones de gobierno, las limitaciones en la competencia política y las adhesiones sectarias, plantean formidables obstáculos que se oponen a tal desarrollo en Irán. Mientras tanto, con la institucionalización de la revolución, el principal obstáculo para sus fundamentalistas se encuentra en las aspiraciones del pueblo a los derechos civiles y sus expectativas respecto al Estado y, posteriormente, en la fusión de estas aspiraciones y expectativas en sectores políticos que rivalizan por el poder.
La distancia entre la política exterior de EEUU y de Europa y los objetivos de Irán, por un lado, y la cuestión de la ciudadanía en Irán y en estos países occidentales, por otro, es considerablemente mayor que las deficiencias descritas anteriormente. En la actualidad, el objetivo estadounidense y europeo es detener el programa nuclear iraní y [obtener] la cooperación de Irán en Líbano, Palestina, Iraq y Afganistán. Internamente, Occidente promete levantar las sanciones y el bloqueo como recompensa por los cambios en la política iraní. Cuando lo haga, nos daremos cuenta de que la economía y la sociedad iraní son capaces de integrarse en el mercado mundial probablemente más que sus vecinos. También descubriremos que, en consecuencia, el estilo de vida iraní cambiará, al menos en el sentido que esperan las clases medias, y que Occidente, en ese momento, prestará poca atención a los derechos civiles y políticos iraníes, asuntos que se dejarán en manos de los iraníes.
El deseo declarado de diálogo con Teherán por parte de Occidente para persuadirle de que frene sus ambiciones nucleares, y al mismo tiempo, la conspiración contra Irán, tanto en el interior del país como en el exterior, forma parte integrante del "juego de las naciones". La idea es debilitar a Irán en las negociaciones. Si el régimen iraní se derrumba en el proceso, nadie en Occidente va a derramar una lágrima. Pero los cerebros del stablishment que gobierna saben que Irán va a sobrevivir a la crisis, por lo que han dejado de entrometerse por el momento. No quieren sacar fuera de la mesa de negociaciones a los negociadores iraníes, lo que podría causar más dolores de cabeza para Washington en otros temas complicados en los que Irán ha de jugar un papel. Es importante tener en cuenta que no pocos de los congresistas cuyos corazones se han unido a los jóvenes manifestantes iraníes en los últimos días reclamaban no hace mucho tiempo el envío de bombas y misiles que no habrían distinguido entre los manifestantes y la Basij, o entre reformistas y conservadores.
Algunos de los que están derramando lágrimas por la joven que resultó muerta durante la represión de las manifestaciones en Teherán han apoyado el asesinato de miles de personas en Iraq, Afganistán, Palestina y Líbano. John McCain utilizó, de hecho, como uno de sus lemas de campaña la frase “¡Bom, bom, bom, bombas a Irán!”. Durante la campaña para la nominación presidencial, el ex alcalde de Nueva York, Rudi Giuliani esperaba que la acción militar contra Irán pudiera limitarse a las armas convencionales, pero no descartó la idea de una bomba nuclear en caso necesario (CNN, 5 de junio de 2007). ¿Cuántas niñas en vaqueros o con vestidos o con chador —o dispuestas a quitárselo— estaba dispuesto a eliminar?
Pero la noticia más importante en estos momentos es el nombramiento de Dennis Ross como enviado especial a Irán. Durante el período previo a las elecciones presidenciales de EEUU, Ross fue el hombre designado por el lobby israelí para que convenciera a los equipos de campaña de Obama y McCain de que firmasen un compromiso por el que su candidato impediría que Irán alcanzara la capacidad de producir un arma nuclear, si su candidato ganaba las elecciones. Ambos equipos de campaña firmaron el compromiso requerido. Sin embargo, casi un año antes, la Estimación de Inteligencia Nacional elaborada por 16 organismos de inteligencia de EEUU (la publicación que Dick Cheney intentó suprimir) concluyó que no había pruebas de que Irán tuviera planes de producir un arma nuclear.
Ello no impidió que Ross publicase un artículo en el Wall Street Journal titulado "Todo el mundo debe preocuparse por Irán". Este hombre, que solicitó que las sanciones contra Irán fuesen más severas, hasta el punto de promover el cierre de las rutas de navegación para las exportaciones de petróleo iraní; que propugna como siguiente paso atacar Irán con misiles para paralizar su capacidad de producir cualquier tipo de tecnología en las próximas décadas; que lanzó su campaña contra Yasser Arafat antes de que se hubiera secado la tinta de los Acuerdos de Oslo; que obstaculizó la devolución íntegra de las Altos del Golán a Siria durante las negociaciones de Ginebra; que fue nombrado por la Agencia Judía para encabezar el comité de relaciones entre Israel y la Diáspora, es el hombre que informará a Obama sobre los asuntos iraníes. En este momento, esto si que es una noticia!
Mientras la atención de EEUU se fija en las irregularidades de las elecciones en Irán, mi cabeza piensa en un gran e importante país árabe. Este importante aliado de Occidente firmó un acuerdo de paz con Israel y liberalizó su economía consiguiendo un cambio radical en su estilo de vida, un enorme abismo entre ricos y pobres, así como ampliar el margen entre la realidad y las libertades civiles e individuales. En la actualidad, para Occidente, el fraude electoral en dicho país no es más que un entretenimiento. Se observan todo tipo de "irregularidades", desde cifras de votantes artificiales y resultados falsos hasta bandolerismo de pleno derecho en las mesas electorales. Los informes e incluso las fotografías de candidatos y votantes que fueron aporreados antes, durante y entre las sesiones de votación obtuvieron poco más que una leve desaprobación en las capitales occidentales. Recuerdo la escena desafiante de un activista del partido gobernante metiendo cientos de papeletas en la urna totalmente indiferente a los objetivos de las cámaras.
No hay necesidad de comentar la gran admiración de Netanyahu por la valentía de los manifestantes en Irán. Sin embargo, cuando el sosegado y sobrio The Economist, destacado por su imparcial cobertura de la fría lógica del capitalismo de libre mercado y la privatización independientemente de sus víctimas humanas, de pronto, y sin previo aviso se pone a llorar, uno abre inmediatamente los oídos. En su última edición (20 - 26 de junio) lamenta que la posibilidad de que el "recién encontrado espíritu de libertad" en Irán pueda haberse “roto” ya. Y sigue conjeturando que los resultados electorales han debido de amañarse porque se había previsto que Mousavi ganase. Me sorprendió tanto este inusual sentimentalismo de The Economist que volví a la edición que se publicó en vísperas de las elecciones iraníes. Ni una sola pieza de noticias sobre los próximas comicios, y mucho menos una predicción sobre el resultado. ¿Es posible que el olfato periodístico de esta venerable revista haya caído tan bajo? Si había previsto que ganasen los reformistas, tal como alegó después de las elecciones, ¿cómo puede haber pasado por alto tan importante previsión antes de las elecciones, dada la centralidad de Irán y del Golfo para la economía mundial y la seguridad y la política de Occidente? No, The Economist no hubiera dejado pasar algo por el estilo.
La revista Time dedicó varias páginas a hacer un retrato de Mir Hussein- Mousavi que presentaba a los lectores, probablemente por primera vez, lo buen tipo que es y el gran talento que tiene —pintor e ingeniero, con una bonita casa y una familia. Ahmadineyad no tiene familia, ni un buen patio trasero, ni talentos artísticos que conozcamos, por lo que obviamente no es digno de [aparecer en] Time. Y pensar que los estadounidenses habían considerado a Mousavi, ex Ministro de Asuntos Exteriores de Irán, como una de las sombras que habían apoyado el "terrorismo" en su contra en Líbano y otras partes del mundo en la década de 1980.
Tal es la naturaleza de los medios de comunicación occidentales. Dibujaron un halo alrededor de Arafat y le otorgaron un Premio Nobel de la Paz cuando fue necesario. Pero cuando dejó de escuchar las indicaciones, le pintaron cuernos en la cabeza, lo mataron políticamente y allanaron el camino a su muerte física. Uno se imagina que Mousavi habría recibido el mismo tratamiento si hubiera ganado las elecciones y se negase después a llevar su entusiasmo por la apertura a Occidente más allá de cierto punto.
Twitter es un fenómeno por completo. Una máquina mediática que antes de los acontecimientos en Irán tenía un valor de 250 millones de dólares, atrajo entre 20 y 30 millones de dólares de inversiones por año en un momento de recesión económica (y sin haber hecho público ningún plan económico o incluso sin publicidad). Los nombres de su equipo de gestión se solapan con los de los equipos de gestión de Facebook y YouTube, y han ofrecido al Departamento de Estado de EEUU asesoramiento sobre el uso de "medios alternativos" para mejorar la política estadounidense en Oriente Medio (ver The New Yorker, 5 de noviembre de 2007). Por supuesto, las posibilidades que ofrecen los medios alternativos o las redes sociales son realmente sorprendentes y uno puede entender el entusiasmo.
Sin embargo, existe una diferencia entre un intelectual joven o progresista que pone considerable reflexión y esfuerzo en la recopilación y procesamiento de información en un artículo que puede transmitir a los demás saltándose a los medios de comunicación convencionales, por un lado, y una red financiada con los integrantes sin identificar. Los Twitterers sobre Irán hablan y escriben en inglés. Uno no puede siquiera determinar si eran realmente de Irán. Los mensajes son breves —una frase, un lema, un pedacito de información. Tal vez algunos de ellos sean ciertos, pero sin duda hay un montón de chascarrillos, rumores y falsedades mezclados. No había manera de determinar el origen o la veracidad. Había fotos y clips de vídeo, pero ¿cómo se puede saber cuándo y dónde fueron realizados? Los iraníes tomaron parte, sin duda. Pero los israelíes y los estadounidenses lo hicieron también, en mucho mayor número, y algunos decían que eran iraníes. En resumen, se estaba librando un sucedáneo de revolución para el pueblo iraní entre un cappuccino y otro desde las casas de gente de Nebraska y Oklahoma.
Para poner en perspectiva este fenómeno en lo que respecta a los recientes acontecimientos en Irán, sólo una tercera parte de los iraníes tiene acceso a internet. Más aún, si sólo el 78% de los canadienses que tienen acceso a internet nunca había oído hablar de Twitter antes de los acontecimientos en Irán, ¿cuántos iraníes lo conocían? Algunos grupos de jóvenes lograron burlar los medios de comunicación oficiales. Sin embargo, eso no los convierte en una mejor o más fiable fuente de información. Cuando oigan mentiras fabricadas por los israelíes del tipo "se han visto reclutas de Hizballah y Hamas golpeando a los manifestantes en Teherán", que suenan tan familiares como "la Guardia Revolucionaria iraní está combatiendo en Líbano y Gaza", sepan que algo no funciona con estas fuentes alternativas de noticias. Puede que haya menos control sobre el contenido, pero también hay menos responsabilidad profesional y menos detenimiento en su examen. Se puede encontrar un excelente y minuciosamente documentado artículo que nunca vería la luz en los principales medios de comunicación. Sin embargo, uno sospecha que ello supone encontrar una joya en el flujo más general de la ignorancia, la ficción, y la histeria. Algunas webs árabes y occidentales son vertederos de basura.
En cualquier caso, estos no son los modelos de los ciudadanos estadounidenses preocupados. No pretendo desprestigiar a los muchos, excelentes, cuidadosamente pensados artículos sobre los acontecimientos en Irán que critican a Irán, pero que critican más duramente el papel que desempeña su país en ellos. Sin embargo, la prueba de la conciencia civil de EEUU no se halla en los principales medios de comunicación, en los que el stablishment gobernante ha invertido considerables cantidades de dinero e intereses, y en el que los israelíes han penetrado. Se halla en los millones de estadounidenses y europeos que en su vida cotidiana ejercen derechos que nosotros no tenemos en nuestros países. Es cierto que son presa de la invasión del espectáculo mediático en su forma de ver el mundo, pero algunos luchan para proteger su esfera privada contra este tipo de totalitarismo. Muchos de ellos también contribuyen a la esfera pública, defendiendo los derechos civiles y humanos, luchando para proteger el medio ambiente, en defensa de la justicia social y económica, en contra de las grandes empresas que se rigen sólo por los beneficios. Algunos también hacen campaña en favor de los derechos y libertades de otros pueblos que son víctimas de la política de sus propios países. Ese tipo de vida civil está ahí y muchos la practican.
Si un Estado-nación bien organizado como Irán puede resistir ese asalto masivo escudándose trás su proyecto nacional y sus instituciones, imaginemos cómo afectaría a una región de pre-Estados como el Mundo Árabe. Todo en esta región clama la ausencia de la nación y la ciudadanía en igual medida. Esta ausencia produce no más que diversas configuraciones de gobernantes y súbditos: líderes tribales, sectarios y dinásticos, y sus seguidores. Aquí, todavía uno habla en términos de familia, parientes, origen religioso y regional, y afiliaciones, no en términos de substancia.
En ausencia total o parcial de un programa nacional y de vida cívica, los árabes son más que vulnerables a los vientos de los medios de comunicación: la más mínima brisa mediática los barre y los esparce como hojas. Así que se pueden obtener reacciones que varían entre repetir como loros [lo que dice] The New York Times e incluso Twitter, y traducir al árabe y difundir las más escandalosas mentiras y rumores de Israel, a hacer oídos sordos ante cualquier pieza de información o de opinión, siendo el único denominador común entre todos ellos la falta de control y de pensamiento crítico.
http://mrzine.monthlyreview.org/bishara030709.htmlAzmi Bishara es palestino con ciudadanía israelí. Ex miembro del Knesset, fue obligado a salir de Israel debido a la persecución política. Sigue siendo el diregente de Balad. Este artículo que se publicó por primera vez en Al-Ahram Weekly, nº 954 (2-8 julio de 2009), se reproduce aquí con fines educativos. Leer en árabe: إيران وشجون أخرى: الصورة من زاوية المواطنة Véase, también, Azmi Bishara, "Irán: una lectura alternativa”