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domingo, 14 de febrero de 2010

Las 700 bases militares en Afganistán


Los sitios negros del Imperio de las Bases

15-02-2010
Nick Turse
TomDispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

En el siglo XIX era un fuerte utilizado por las fuerzas británicas. En el siglo XX, las tropas soviéticas se instalaron entre sus destartaladas paredes. En diciembre de 2009, en ese lugar del distrito de Shinwar, de la provincia de Nangarhar en Afganistán, las tropas estadounidenses se reunieron con miembros del Ejército Nacional afgano para allanar el camino para la siguiente ronda de ocupaciones extranjeras. Se quería levantar una nueva base en sus terrenos, una más de entre los cientos de campos y puestos de avanzada diseminados por todo el país.


Casi diez años después de que la administración Bush lanzara su invasión de Afganistán, TomDispatch ofrece el primer recuento actualizado de las bases de EEUU, de la OTAN y de las pertenecientes a la coalición, así como de las instalaciones utilizadas por las fuerzas de seguridad afganas. Esas bases van desde lugares relativamente pequeños como Shinwar, hasta megabases que parecen pequeñas ciudades estadounidenses. Actualmente, según fuentes oficiales, aproximadamente 700 bases de todos los tamaños salpican el territorio afgano, y hay más, como la de Shinwar, que están en construcción o que pronto serán parte del boom de construcción de bases que empezó ya el pasado año.

Este programa de construcción de bases, latente en medio de las sombras y del que apenas se informa y raramente se habla, es sin embargo escalofriante en tamaño y alcance, y muy dependiente de los suministros importados de fuera, lo que significa que es también extraordinariamente caro. Se ha añadido de forma significativa a la ya larga lista secreta de propiedades del Pentágono en el exterior y plantea muchos interrogantes acerca de cuánto tiempo, después de ese supuesto inicio de retirada de las tropas estadounidenses en 2011, va a permanecer acuartelado EEUU en Afganistán.

400 bases extranjeras en Afganistán

El coronel Wayne Shanks, portavoz de la Fuerza de Ayuda de Seguridad Internacional (ISAF, por sus siglas en inglés) dirigida por EEUU, ha manifestado a TomDispatch que hay, en estos momentos, casi 400 bases estadounidenses y de la coalición en Afganistán, incluyendo campos, bases de operaciones de avanzada y puestos de combate. Además, hay al menos 300 bases del Ejército Nacional afgano (ENA) y de la Policía Nacional Afgana (PNA), la mayoría de ellas construidas, mantenidas o apoyadas por EEUU. Hay un número reducido de sitios de la coalición que son megabases, como el campo aéreo de Kandahar, que alardea de tener las pistas más ocupadas del mundo, y la Base Aérea de Bagram, una anterior instalación soviética remozada y completada con cadenas de Burger King y Popeyes, donde ahora se alojan más de 20.000 soldados estadounidenses, además de miles de efectivos de la coalición y de contratistas civiles.

De hecho, se espera que Kandahar, que recientemente, en 2007, albergaba a 9.000 soldados de la coalición, tenga una población de 35.000 soldados en el momento en que se complete el incremento del Presidente Obama, según el Coronel Kevin Wilson, que supervisa los esfuerzos de construcción, en la mitad sur de Afganistán, del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EEUU. Por otra parte, el sitio de Shinwar, según el Sargento Tracy J. Smith, del Equipo de Combate de la 48ª Brigada de Infantería, será una pequeña base de operaciones de avanzada (BOA) que albergará tanto a tropas afganas como extranjeras.

El pasado otoño se informó que había un presupuesto por valor de 200 millones de dólares para proyectos de construcción –desde barracas a instalaciones para almacenes de carga- en Bagram. La Fuerzas Aéreas de EEUU han reservado también fondos importantes para mejorar su capacidad y potencial aéreo en Kandahar. Por ejemplo, se han destinado 65 millones de dólares para construir más espacio para pistas (donde los aviones puedan aparcar, ser atendidos, cargar y descargar) para facilitar más apoyo aéreo directo a los soldados sobre el terreno y mayor capacidad de inteligencia, vigilancia y reconocimiento. Se han asignado también otros 61 millones de dólares para la construcción allí de una pista para helicópteros de carga y otra pista para facilitar un puente aéreo táctico.

Kandahar es justo uno de los muchos lugares que actualmente están mejorándose. No se dispone de cifras exactas de la cantidad de instalaciones que se están ampliando, mejorando o reforzando pero, según un portavoz de la ISAF, el ejército planea ampliar varias bases más para acoger el incremento de tropas como parte de la estrategia del comandante de la guerra afgana Stanley McChrystal. En resumen, al menos van a construirse doce bases más para poder albergar a los nuevos 30.000 soldados estadounidenses y a los miles de fuerzas de la OTAN que van a empezar a llegar al país.

“En la actualidad, tenemos en marcha trabajos en Afganistán por valor de 3.000 millones de dólares”, dice el Coronel Wilson, “y para el verano, probablemente, cuando el polvo de todo el incremento se pose, tendremos entre 1.300 millones y 1.400 millones de dólares de esa cantidad en el Sur”. En comparación, entre 2002 y 2008, el Cuerpo de Ingenieros gastó más de 4.500 millones de dólares en proyectos de construcción en Afganistán, la mayoría dedicados a construcción de bases.

En el lugar de la futura BOA en Shinwar, más de 135 contratistas privados de construcción asistieron a lo que se denominó el “rodeo de contratistas afganos y de la coalición”. Según el Teniente Fernando Roach, técnico contratista de los Guerreros de la Montaña del Destacamento Especial del Ejército estadounidense, el evento de preparó “para proporcionar a los potenciales contratistas una descripción detallada de la zona para que tuvieran una sólida visión general del ámbito de trabajo”. Las firmas constructoras pujaron después sobre tres proyectos separados: la renovación de las instalaciones soviéticas de más de treinta años de antigüedad, la construcción de nuevos cuarteles para las fuerzas de la coalición y afganas, y la construcción de un muro para la base de dos kilómetros.

En las semanas que siguieron al “rodeo”, el ejército estadounidense anunció nuevos planes para mejorar instalaciones en otras bases de operaciones de avanzada. En la BOA aerotransportada, localizada cerca de Kane-Ezzat, en la provincia de Wardak, por ejemplo, el ejército intenta crear búnkeres de hormigón reforzado y barreras de protección contra explosivos, así como cimientos de hormigón para Edificios Reubicables (estructuras prefabricadas tipo trailer utilizadas como cuarteles de trabajo y albergues). También se han proyectado trabajos similares para la BOA de Altimur, un campo del ejército en la provincia de Logar.

El boom de las bases afganas

Recientemente, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense en el distrito de Kabul, en Afganistán, anunció que iba a buscar ofertas para “evaluar lugares” por toda la nación donde establecer instalaciones para cuarteles de distrito de las fuerzas de seguridad nacional afganas. No está clara la cifra precisa de bases afganas diseminadas por todo el país.

A preguntas de TomDispatch, el Coronel Radmanish, del Ministerio afgano de Defensa, afirmó que las bases importantes se ubicarían sólo en Kabul, Pakteya, Kandahar, Herat y Mazar-e-Sharif, y que las unidades del ENA actúan por todo Afganistán. Sin embargo, los recientes contratos del ejército para el mantenimiento de los servicios proporcionados a las bases de la policía y ejército afganos, sugieren que no hay menos de 300 de esas instalaciones, que, según un portavoz de la ISAF, no están registradas en el inventario de bases de la coalición.

Al contrario de las bases estadounidenses atiborradas de franquicias de comida rápida, las afganas son a menudo decididamente mucho más rústicas. Los cuarteles de la policía en el Distrito de Khost Farang, en la provincia de Baghlan, es un buen ejemplo. Según una valoración detallada del lugar llevada a cabo por un contratista local para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército y el gobierno afgano, los cuarteles del distrito consisten en unas construcciones de adobe y piedra rodeadas de un muro de adobe. El lugar carece incluso de un pozo de agua. Una zanja alimentada por un manantial cercano es la única fuente de agua disponible.

Las bases estadounidenses que más se parecen a las austeras instalaciones afganas son los puestos de combate, conocidos también como COPs (siglas en inglés). El especialista medioambiental Michael Bell del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, División Inmobiliaria del Distrito Sur de Ingenieros en Afganistán, describió recientemente las instalaciones y la vida en esa base que, él y su ayudante, el Especialista en Bienes Inmuebles Damian Salazar, vieron a finales de 2009:

“El COP de Sangar… es un recinto rodeado de muros de adobe y paja. Los dormitorios sólo están dotados de catres… La tienda de campaña con el puesto de mando, la farmacia y el médico ocupaba el centro del COP y se completaba con unos cuantos ordenadores con acceso a Internet y tres primitivas mesas de operaciones. Se acababan de instalar duchas con aguo caliente, de la que sólo de disponía de 8:00 a 10:00 de la mañana y desde las 14:00 a las 16:00 horas…

“El Día de Acción de Gracias se levantó una tienda de campaña para el recreo, bienestar y la moral de la tropa dotada de un televisor; sin embargo, apenas se utilizaba la tienda debido al frío. La mayor parte de los soldados utilizaban para distraerse una tienda de campaña que tenía equipo de gimnasia… Un trailer con la cocina proporcionaba un sencillo almuerzo y cena calientes. La comida era preparada. Las noches eran como boca de lobo sin luz alguna en la base o en la ciudad”.

¿Cómo se construye una base?

Según una valoración local oficial, en la futura construcción de los cuarteles policiales de Khost Farang se utilizará arena, grava y piedra, todo ello adquirible en la zona. Además, se ha podido localizar cemento, acero, ladrillos, piedra caliza y yeso en la ciudad de Pol-e Khomri, a unos 130 kilómetros de distancia.

Sin embargo, construir una base para las tropas estadounidenses es otra cuestión. Para las mucho menos modestas necesidades de las tropas estadounidenses, los constructores dependen sobre todo de productos importados de lugares extremadamente lejanos, con dificultades de transporte, teniendo que atravesar en ocasiones líneas de combate, todo lo cual se añade a un coste extraordinariamente alto. “Nuestro negocio depende de los materiales”, decía el Teniente General Robert Van Antwerp, comandante del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, a una audiencia en una reunión en el ayuntamiento en Afganistán en diciembre de 2009. Tienes que traer mamadera, tienes que traer el acero, tienes que traer los contenedores y todo lo demás. El transporte no es fácil en este país –número uno: las mismas carreteras, número dos: tener que atravesar otros países hasta llegar-, hay que afrontar desafíos enormes hasta llegar aquí con los materiales”.

Para facilitar los proyectos de construcción de bases estadounidenses, la Agencia de Logística de Defensa del Pentágono (DLA, por sus siglas en inglés) ha lanzado un nuevo “escaparate virtual” –un portal de compras online-. La página web de Operaciones, Mantenimiento y Reparaciones del Escaparate Virtual de de Uzbekistán y las instalaciones de un almacén de mortero y ladrillo, a cuyo frente está un contratista de defensa que también es su propietario, sirven al objetivo de proporcionar materiales de construcción producidos en la región para acelerar los esfuerzos de construcción que el incremento requiere.

Desde unas instalaciones situadas en Termez, Uzbekistán, pueden transportarse rápidamente al cercano Afganistán para acelerar los esfuerzos de construcción de bases, materiales como cemento, hormigón, vallas, tejas, cuerda, arena, acero, canaletas, cañerías, etc. “Tener los productos más cerca del combate facilitará la acción de los guerreros al reducir el tiempo de entrega y la respuesta de la logística”, dice Chet Evanitsky, el jefe de la división de la cadena de suministros de equipamiento y construcción de la DLA.

El oscuro mundo de las bases estadounidenses

El inventario más reciente del Pentágono de bases enumera un total de 716 lugares en el extranjero. Ahí se incluyen las instalaciones que poseen y arrendan por todo Oriente Medio, así como una importante presencia en Europa y Asia, especialmente en Japón y Corea del Sur. Quizá incluso más imponente que la cartera de propiedades públicas en el extranjero son los muchos lugares que han quedado fuera de ese inventario oficial. Aunque las bases en los países del Golfo Pérsico como Bahrain, Kuwait, Omán y los Emiratos Árabes Unidos, están todas en la lista, hay un lugar notablemente ausente como es el la Base Aérea de Al-Udeid, una instalación por valor de miles de millones de dólares en la cercana Qatar, donde la Fuerza Aérea estadounidense supervisa en secreto las guerras que tiene en marcha con aviones no tripulados.

El recuento no incluye tampoco ninguno de los lugares de Iraq donde, en agosto de 2009, había aún casi 300 bases y puestos de avanzada estadounidenses. De forma muy parecida, las bases en Afganistán –un porcentaje importante de los 400 lugares diseminados por todo el país- están notoriamente ausentes del inventario del Pentágono.

Contando las bases que quedan en Iraq –se espera que hasta 50 bases sigan operativas después de la fecha límite fijada por el Presidente Barack Obama del 31 de agosto de 2010, para sacar a todas las “tropas de combate” estadounidenses del país- y las que están en Afganistán, así como los lugares negros como Al-Udeid, la cifra total de bases estadounidenses en el extranjero debe en este momento superar, y en mucho, la cifra de 1.000. Será muy difícil saber nunca públicamente y con exactitud cuántas bases militares de EEUU (e instalaciones aliadas que las fuerzas estadounidenses utilizan) hay esparcidas por todo el planeta. Lo que sabemos –desde la experiencia de las bases en Alemania, Italia, Japón y Corea del Sur- es que, una vez construidas, tienen una tendencia a la permanencia que ni el cese de hostilidades ni siquiera una paz indiscutible pueden en forma alguna alterar.

Después casi de una década de guerra, casi 700 bases militares estadounidenses, aliadas y afganas salpican todo Afganistán. Sin embargo, hasta ahora, existen sitios negros que muy pocos estadounidenses conocen fuera del Pentágono. Queda por ver, en una década futura, cuántos de esos lugares seguirán estando ocupados por las tropas aliadas y estadounidenses y cuál será la bandera que ondeará en el siempre cambiante (británico, soviético, estadounidense/afgano) emplazamiento de Shinwar.

Nick Turse es editor asociado de TomDispatch.com y ganador del Premio Ridenhour 2009 a la Distinción Informativa, así como el Premio James Aronson para el Periodismo de Justicia Social. Sus trabajos se publican en Los Angeles Times, The Nation, In These Times y, regularmente, en TomDispatch. Turse es actualmente miembro del Center for the United States and the Cold War de la Universidad de Nueva York. Es autor de “The Complex: How the Military Invades Our Everyday Lives”, (Metropolitan Books). Su página en Internet es: NickTurse.com

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175204/tomgram%3A_nick_turse%2C_america%27s_shadowy_base_world/#more

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lunes, 27 de julio de 2009

Cómo la guerra en serie se convirtió en un modo de vida en EE.UU.


27-07-2009
David Bromwich
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Introducción del editor de Tom Dispatch

El secretario de defensa de EE.UU., Robert Gates, defendió recientemente como sigue su decisión de detener la producción del F-22 Raptor, el gigantesco despilfarro para un caza bombardero: “Hay que considerar,” dijo el secretario de defensa, “que para 2020, se proyecta que EE.UU. tenga cerca de 2.500 aviones de combate de todos los tipos, con sus tripulaciones.

De esos, cerca de 1.100 serán de la quinta generación más avanzada, F-35 y F-22. Se proyecta que China, al contrario, no tenga aviones de quinta generación hasta 2020. Y hasta 2025, la brecha sólo aumenta. EE.UU. tendrá aproximadamente 1.700 de los cazas de quinta generación más avanzados, en comparación con sólo un puñado de aviones comparables de los chinos… Sólo en el universo paralelo que es Washington D.C., eso sería considerado ‘destruir’ la defensa.”


De modo que ya llegamos a 2025 y, nos dice el secretario de defensa, EE.UU. tendrá todavía, según la actual planificación del Pentágono, una fuerza aérea sin igual en la Tierra. Pero no basta. Es sólo una planificación a mediano plazo cuando tiene que ver con las fuerzas armadas de EE.UU. y las guerras del futuro. David Axe, del blog Danger Room de Wired, informa que la Fuerza Aérea acaba de publicar su “Plan de Vuelo de Sistemas de Aviones sin Tripulación 2009-2047.” En lo que Axe describe como “82 páginas repletas de acrónimos,” sugiere que “los combatientes aéreos de mañana no tendrán pilotos en la cabina.” El Plan esboza que “robots volantes cada vez mayores y más sofisticados terminarán por reemplazar todos los tipos de aviones tripulados en su inventario – todos, desde rápidos cazas en el aire hasta pesados bombarderos y aviones cisterna.”

No importa si esto resulta ser fantasía o realidad, lo que hay que subrayar es esa fecha: 2047. Ahora bien, es una planificación a largo plazo como es probable que ninguna otra parte del gobierno de EE.UU. vaya a realizar algún día. Y es porque, como indica David Bromwich, quien escribe regular e mordazmente para Huffington Post y New York Review of Books, EE.UU. se ve ahora en el futuro distante como guerrero serial. Tom.

Las guerras de EE.UU.

Como la guerra serial se convirtió en un modo de vida de EE.UU.

David Bromwich


El 16 de julio, en un discurso en el Economic Club de Chicago, el secretario de defensa Robert Gates dijo que el “problema central” para la defensa de EE.UU. es ahora cómo las fuerzas armadas deben ser “organizadas, equipadas – y financiadas – en los años por venir, para ganar las guerras en las que nos encontramos mientras nos preparamos para amenazas en o más allá del horizonte.” La frase más allá del horizonte debiera ser de mal agüero. ¿Quería decir Gates a su audiencia de dirigentes empresariales de mentalidad cívica que gastaran más dinero en defensa para enfrentar amenazas por cuya existencia en sí nadie podía hacerse responsable? En vista de la aceptación pública del militarismo estadounidense, podía hablar a sabiendas de que nunca llegaría a plantearse ese embarazoso cuestionamiento.

Hemos comenzado a hablar a la ligera sobre nuestras guerras; y esto debiera ser sorprendente por diversas razones. Para comenzar, en la historia de EE.UU. la guerra nunca fue considerada una situación normal. Durante dos siglos los estadounidenses aprendieron a pensar que la guerra en sí es una aberración, y sólo parecería que las “guerras” en plural son doblemente aberrantes. A generaciones más jóvenes de estadounidenses, se les está enseñando ahora a no esperar un fin de la guerra – y ningún fin de las guerras.

Para cualquiera que haya nacido durante la Segunda Guerra Mundial, o en los primeros años de la Guerra Fría, la esperanza de progreso internacional hacia la reducción de conflictos armados sigue siendo una memoria palpable. Después de todo, la amenaza de las potencias del Eje, cuyo aparato estatal era alimentado por las guerras, fue eliminada definitivamente por la acción concertada de Rusia Soviética, Gran Bretaña, y EE.UU. La fundación de Naciones Unidas representó una mayor esperanza de una paz general. Organizaciones como el Comité por una Política Nuclear Cuerda (SANE) y la Unión de Científicos Preocupados recordaron a la gente en Occidente, así como en el bloque comunista, una verdad que ya todos conocían: que el mundo tenía que superar la guerra. El filósofo francés Alain Finkielkraut llamó ese breve intervalo “la Segunda Ilustración” en parte por la unidad del deseo de un mundo en paz. Y el nombre Segunda Ilustración está lejos de ser absurdo. Los años después de la peor de las guerras estuvieron marcados por un sentimiento de disgusto universal ante la idea misma de la guerra.

En los años cincuenta, la única guerra posible entre las grandes potencias, EE.UU. y la Unión Soviética, habría sido una guerra nuclear; y el horror de la destrucción asegurada era tan monstruoso, la perspectiva de las consecuencias tan imperdonable, que la única alternativa parecía ser un propósito de paz. John F. Kennedy lo vio claramente cuando presionó por la ratificación del Tratado de Prohibición de las Pruebas Nucleares – el mayor logro de su gobierno.

Lo firmó el 7 de octubre de 1963, seis semanas antes de ser asesinado, y marcó el primer paso para alejarse de la guerra en toda una generación. ¿Quién iba a imaginar que el próximo paso tardaría 23 años, hasta que la imaginación de Ronald Reagan fue influenciada por la imaginación de Mijail Gorbachov en Reykjavik? La demora después de Reykjavik ha tardado casi otro cuarto de siglo; y aunque Barack Obama habla el lenguaje del progreso, todavía no está claro si posee el coraje de Kennedy o la imaginación de Gorbachov y Reagan.

Olvidando Vietnam

En el Siglo XX, como en el XIX, las guerras pequeñas “involucraron” una mentalidad de guerras que duran una década o más. La Guerra de Corea provocó en los estadounidenses el estado de miedo necesario para permitir la realización de la Guerra Fría – uno de cuyos dogmas, la identificación de la isla de Formosa como la verdadera China, fue desarrollado por el lobby favorable a la guerra alrededor del líder nacionalista chino Chiang Kai-shek. Sin embargo, ni la Guerra de Corea que tuvo lugar en cierta medida bajo auspicios de la ONU, ni la Guerra de Vietnam, por crueles y destructoras que hayan sido, alteraron el punto de vista de que la guerra era una reliquia de un pasado bárbaro.

Vietnam fue el subproducto de una política de “contención” contra la Unión Soviética que se salió de control: una pequeña contrainsurgencia que creció a la escala de una guerra casi ilimitada. A pesar de ello, el que se hablara persistentemente de paz – tal como ya no se hace en estos días – formó un contrapunto a los últimos seis años de Vietnam, y nunca hubo siquiera la sugerencia de que otra guerra semejante podría seguir naturalmente porque teníamos enemigos por doquier en el planeta y porque la manera de encarar a los enemigos era invadirlos y bombardearlos.

El fracaso de la conciencia moral de EE.UU. cuando se trató de Vietnam tenía poco que ver con un encantamiento con la guerra como tal. En cierto sentido lo que hubo es lo contrario. El fracaso tuvo que ver, en gran parte, con una tendencia a tratar la guerra como una “pesadilla” particular, más allá del alcance de la historia; algo que nos sucedía a nosotros, no algo que nosotros hacíamos. Oponentes y partidarios de la guerra compartieron la creencia de que nunca se debía permitir que algo semejante volviera suceder.

De modo que la lección de Vietnam llegó a ser: nunca hay que comenzar una guerra sin saber lo que se quiere lograr y cuándo se tiene la intención de partir. Colin Powell dio su nombre a la nueva doctrina; y al convertir la violencia de cualquier guerra en una ecuación de coste-beneficio, ayudó a borrar la consciencia del mal que habíamos cometido en Vietnam. La sintomática y extrañamente despiadada advertencia de Powell a George W. Bush sobre la invasión a Iraq – “Si lo rompe, lo paga” – expresa el pragmatismo militar de su modo de pensar.


Durante más de una generación, dos ilusiones han dominado el modo de pensar estadounidense sobre Vietnam. En la derecha, ha habido la idea de que “combatimos con una mano atada detrás de la espalda.” (De hecho las únicas armas que EE.UU. no utilizó en Indochina fueron nucleares.) Dentro del establishment liberal, por otra parte, se prefiere la teoría del asesino solitario: como en la Guerra de Iraq, en la cual la culpa es del secretario de defensa Donald Rumsfeld, en Vietnam el secretario de defensa Robert McNamara se ha convertido en el culpable preferido.

Esta conveniente limitación de la responsabilidad para Vietnam se hizo, en todo caso, más pronunciada después de la muerte de McNamara el 6 de julio. Incluso un obituario honesto y despiadado como el de Tim Weiner en New York Times apartó de la historia central a personajes relevantes como el secretario de estado Dean Rusk y el general William Westmoreland. Mientras tanto, el presidente Richard Nixon y su consejero nacional de seguridad Henry Kissinger parecen haberse desmaterializado por completo – como si no hubieran hecho otra cosa que “heredar” la guerra. La verdad es que Kissinger y Nixon ampliaron la Guerra de Vietnam y exacerbaron sus crímenes. Basta con recordar la transmisión de una alarmante orden presidencial en un llamado telefónico de Kissinger a su adjunto Alexander Haig. EE.UU. iniciaría, dijo Kissinger, “una masiva campaña de bombardeo en Camboya [utilizando] todo lo que vuela contra todo lo que se mueva.”

Vietnam no fue más que Iraq una guerra con un solo arquitecto o en función del interés de un solo partido. Todo el establishment político estadounidense – y durante todo el tiempo posible, también la cultura pública – se sumaron a la guerra y cuestionaron la lealtad de oponentes y antagonistas. Se pidió a la opinión pública que admirara, y no dejó de apoyar, la Guerra de Vietnam durante cinco años bajo el presidente Lyndon Johnson; y Nixon, elegido en 1968 con la promesa de terminarla con honor, no fue responsabilizado cuando la continuó más allá de su primer período y agregó una atroz guerra auxiliar en Camboya.

Sin embargo, desde que el senador Joe McCarthy acusó a los demócratas de “veinte años de traición” – la acusación de que, bajo los presidentes Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman, EE.UU. había perdido una guerra contra agentes comunistas dentro del país, que ni siquiera habíamos comprendido que tenía lugar – se ha convertido en una verdad popular de la política estadounidense que el Partido Republicano es el partido que sabe de guerras: cómo causarlas, y cómo terminarlas.

En la práctica, esta significa que a los demócratas tiene que serles difícil mostrar que están más dispuestos a combatir que lo que puedan considerar prudente o justo. Como prueba el legado de Lyndon Johson y Bill Clinton, y como ha confirmado el primer medio año de Obama, los presidentes demócratas se sienten obligados a iniciar o a ampliar guerras para mostrar que son dignos de todo tipo de confianza. Obama ya mostró su comprensión de la lógica del candidato demócrata en tiempos de guerra en la campaña primaria de 2007, cuando aseguró a los establishment militar y político que la retirada de Iraq sería compensada mediante una guerra más amplia en Pakistán y Afganistán.

Ahora estamos próximos a codificar un modelo según el cual se espera que un nuevo presidente nunca renuncie a una guerra sin emprender otra.

De la intervención humanitaria a las guerras por elección

Nuestra confianza en que nuestra selección de guerras será asegurada, y nuestros asesinatos perdonados, por los beneficiarios correspondientes proviene sobre todo de la idea popular de lo que sucedió en Kosovo. Sin embargo, las once semanas de bombardeos de la OTAN desde marzo hasta junio de 1999 – un aparente ejercicio de humanidad (en el cual ni un solo avión fue derribado) en la causa de un pueblo asediado – también fue un ejercicio de estrategia y armas.

Kosovo, en este sentido, fue un espécimen mayor del tipo de guerra de ensayo lanzada en 1983 por Ronald Reagan en 1983 (donde una invasión de Granada hecha ostensiblemente para proteger a estadounidenses residentes también sirvió como cobertura agresiva para la retirada del presidente del Líbano), y en 1989 por George H.W. Bush en Panamá (donde un ataque contra un dictador impopular sirvió como ejercicio de prueba para las armas y la propaganda de la Primera Guerra del Golfo de un año después). El ataque de la OTAN contra la antigua Yugoslavia en defensa de Kosovo fue también una guerra pública – legal, feliz, y justa, a los ojos de los medios dominantes – una guerra ciertamente organizada abiertamente y conducida con una oleada de conciencia. La cara de Tony Blair irradiaba la bondad de los bombardeos. Kosovo, más que cualesquiera otros enfrentamientos en los últimos años preparó el consenso militar-político estadounidense a favor de guerras seriales contra enemigos transnacionales del tipo que se sea.

Un reciente artículo de David Gibbs, extraído de su libre “First Do No Harm” presentó un antídoto para la leyenda humanitaria de la guerra de Kosovo. Gibbs muestra que no fueron los serbios sino el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) el que, en 1998, rompió los términos del acuerdo de paz negociado por Richard Holbrooke y por lo tanto hizo inevitable una guerra. Tampoco fue poco razonable que Serbia objetara posteriormente a la demanda estadounidense y europea de que los mantenedores de la paz de la OTAN gozaran de “paso sin restricciones y acceso sin impedimenta” a través de Yugoslavia – en efecto, que consintiera ser un país ocupado.

A los estadounidenses se les dijo que los serbios en esa guerra eran opresores, mientras los albanos eran víctimas: una mitología que se parece en mucho a los informes estadounidenses posteriores sobre los suníes culpables y los chiíes inocentes de Iraq. Pero el ELK, informa Gibbs, “tenía antecedentes de brutalidad y racismo que diferían poco de los de las fuerzas de Milosevic.” Y lejos de impedir asesinatos masivos, los “ataques quirúrgicos” de la OTAN sólo los aumentaron. El número de muertos en ambos lados antes de la guerra fue de unos 2.000. Después de los bombardeos, y como venganza por ellos, cerca de 10.000 personas fueron muertas por las fuerzas de seguridad serbias. Por lo tanto, mientras más se examina el caso, menos aceptable parece Kosovo como precedente para futuras intervenciones humanitarias.

Clinton y Kosovo, más que Bush e Iraq, abrieron el período en el que ahora vivimos. Tras la legitimación de ambas guerras, sin embargo, yace una amplia inversión ideológica en la idea de “guerras justas” – sobre todo, en la práctica, guerras libradas por las democracias comerciales en nombre de la democracia, para imponer sus propios intereses sin un sobrepeso inaceptable de conspicuo egoísmo. Michael Ignatieff, teórico de la guerra justa que apoyó las guerras de Kosovo e Iraq, publicó un artículo influyente sobre la invasión de Iraq: “The American Empire: The Burden,” en New York Times Magazine el 5 de enero de 2003, sólo semanas antes del inicio de “choque y pavor”. Ignatieff se preguntó si el pueblo estadounidense era suficientemente generoso como para librar la guerra que su presidente quería comenzar contra Iraq. Porque se trataba de, escribió:

“un momento crucial en el largo debate de EE.UU. consigo mismo sobre si su papel en el extranjero como imperio amenaza o fortalece su existencia como república. El electorado estadounidense, aunque todavía apoya al presidente, se pregunta si su proclamación de una guerra sin fin contra terroristas y tiranos sólo aumentará su vulnerabilidad mientras pone en peligro sus libertades y su salud económica dentro del país. Una nación que pocas veces calcula el coste de lo que aprecia realmente debe preguntar ahora cuándo vale la ‘liberación’ de Iraq.”

Canadiense residente en EE.UU., Ignatieff luego apoyó la guerra como asunto de deber cívico estadounidense, con una indulgente ironía para sus antagonistas:

“El cambio de régimen es una tarea imperial por excelencia, ya que supone que el interés del imperio tiene derecho a destruir la soberanía de un Estado… El cambio de régimen también plantea la difícil pregunta para los estadounidenses de si su propia libertad incluye un deber de defender la libertad de otros más allá de sus fronteras… Pero sigue siendo un hecho – por desagradable que sea para esos izquierdistas que consideran el imperialismo estadounidense como la raíz de todo mal así como para los aislacionistas de derecha, que creen que el mundo más allá de nuestras costas no es cosa nuestra – que hay muchos pueblos que deben su libertad a un ejercicio del poder militar estadounidense… Son los bosnios, cuya nación sobrevivió porque el poder aéreo y la diplomacia estadounidenses impusieron el fin de una guerra que los europeos no pudieron detener. Son los kosovares, que todavía serían prisioneros de Serbia si no fuera por el general Wesley Clark y la Fuerza Aérea. Una lista de la gente cuya libertad depende del poder aéreo y terrestre estadounidense también incluye a los afganos y, del modo más inconveniente de todos, a los iraquíes.”

¿Y por qué detenerse allí? Para Ignatieff, el ejemplo de Kosovo fue central y persuasivo. Los que no podían comprender de qué se trataba eran “esos izquierdistas” y “aislacionistas.” Al contrario, los estrategas y soldados dispuestos a soportar el “peso” del imperio no eran sólo el partido de los que poseían una visión del futuro y los humanos, eran también los realistas, los que sabían que nada bueno puede suceder sin un coste – y que nada marca tanto la grandeza de un pueblo como una sucesión de triunfos en una serie de guerras justas.

Las guerras más allá del horizonte

Si se combina la guerra aérea sin bajas que la OTAN realizó sobre Yugoslavia con la doctrina Powell de múltiples guerras y salidas seguras, se llega a algo cercano al terreno de la guerra actual Af-Pak. Una guerra en la cual un país puede ahora cruzar la frontera hacia otro sin que haya apenas una pausa para una discusión pública o un paso perdido en asignaciones presupuestarias. Cuando las guerras eran consideradas, en el mejor de los casos, como un mal necesario, se preguntaba si una guerra era estrictamente necesaria al hablar de ella. Ahora, cuando las guerras se han convertido en un modo de vida, se pregunta más bien en qué medida un punto de apoyo en una región es fuerte mientras es preparado para la guerra siguiente.

Un uso de modelo reciente ha sido introducido al inglés para facilitar ese cambio de actitud. En el lenguaje de los documentos de los think-tanks y en los perfiles periodísticos de los últimos dos años, se encuentra un extraño engreimiento que comienza a ser presentado como un hecho: es decir la plausibilidad de que EE.UU. planifique anticipadamente una cadena de guerras. Robert Gates planteó el pensamiento más reciente en una forma convencional, una vez más, en el programa de televisión ‘60 Minutes’ en mayo pasado. Hablando de la necesidad de que el Pentágono se concentre en la guerra en Afganistán, Gates dijo: “Yo quería un departamento que francamente pudiera caminar y mascar chicle al mismo tiempo, que pudiera librar la guerra como lo hacemos ahora, mientras al mismo tiempo planeamos y preparamos las guerras de mañana.”

La extraña perspectiva que este uso – “las guerras de mañana” – convierte en rutina es que anticipamos muchas guerras en el futuro cercano. Somos la democracia ascendiente, la nación excepcional en el mundo de las naciones. Librar guerras es nuestro destino y nuestro deber. Por lo tanto la palabra “guerras” – cada vez más en plural – se convierte en el modo común de identificar no sólo las guerras que estamos librando ahora sino las guerras que esperamos librar.

Un impresionante ejemplo de adaptación periodística al nuevo lenguaje apareció en la reciente reseña de Elisabeth Bumiller en el New York Times sobre una responsable política esencial en el gobierno de Obama, la subsecretaria de defensa para política, Michele Flournoy. A diferencia de su más conocido predecesor en esa posición, Douglas Feith – un evangelista neoconservador favorable a la guerra quien definió la inexistencia de los derechos de los prisioneros de guerra – Flournoy no es una ideóloga. El artículo celebra ese hecho. ¿Pero cuánto consuelo puede significar que una tranquila carrerista se incline actualmente por una aceptación plural de “nuestras guerras”? El trabajo de Flournoy, escribe Bumiller:

“se limita a lo siguiente: evaluar las amenazas contra EE.UU., proponer la estrategia para contrarrestarlas, ponerla en práctica asignando recursos dentro de las cuatro ramas de los servicios armados. Un aspecto importante para QDR [Estudio Cuatrienal de Defensa], como es llamado dentro del Pentágono, es cómo equilibrar los preparativos para futuras guerras de contrainsurgencia, como las de Iraq y Afganistán, con planes para conflictos convencionales contra potenciales adversarios bien equipados, como Corea del Norte, China o Irán.

“Otro dilema, dado que las guerras tanto en Iraq como en Afganistán han durado mucho más que la participación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, es cómo prepararse para conflictos que podrían involucrar a las fuerzas estadounidenses durante décadas.”

Nótese la progresión de los sustantivos en este párrafo: amenazas, guerras, conflictos, décadas. Nuestra selección de guerras para un siglo podría ser variada con la misma astucia que la que solía limitarse a nuestra selección de coches. El artículo continúa admirando la frialdad del comportamiento de Flournoy usando un modismo de apreciación estética:

“La señora Flournoy ya es la impulsora de una nueva estrategia militar, que será la premisa central de la QDR, el concepto de la guerra ‘híbrida’, que ve los conflictos de mañana como una compleja mezcla de batallas convencionales, insurgencias y amenazas cibernéticas. ‘Estamos tratando de reconocer que la guerra puede ocurrir con muchos sabores diferentes en el futuro,’ dijo la señora Flournoy.”

Entre la descripción de la periodista de una “compleja mezcla” y el habla de la planificadora de “muchos sabores diferentes,” cuesta saber si estamos sentados en un búnker o ante la mesa de la cocina. Pero de eso se trata. Estamos llegando a considerar nuestras guerras como un ejercicio de ingenio y una prueba de gusto.

Por qué la Constitución dice poco sobre las guerras

Los fundadores de EE.UU. vieron la guerra de un modo muy diferente. Una de sus esperanzas más constantes – manifiesta en numerosos panfletos que escribieron contra el Imperio Británico y los límites contra poderes de guerra incluidos en la propia Constitución – fue que una democracia como EE.UU. llevaría irresistiblemente a apartarse de la dirección de guerras. Supusieron que las guerras eran cosa de reyes, libradas en función del interés del engrandecimiento, y también asunto de la aristocracia rural hereditaria en función del interés del aumento del privilegio y de riquezas inexplicables. De ninguna manera podían servir las guerras el interés de la gente. Maquiavelo, analista del poder a quien los fundadores leían con atención, había observado que “la gente no desea ser mandada ni oprimida,” mientras “los poderosos desean mandar y oprimir.” Sólo un apetito por el comando y la opresión podían llevar a alguien a adoptar una ética de guerras continuas.

En el tercero de los ‘Papeles Federalistas’, escritos para persuadir a los antiguos colonos de que ratificaran la Constitución, John Jay argumentó que, a falta de una unión constitucional, la multiplicación de Estados tendría el mismo efecto negativo que una proliferación de países hostiles. Una causa de las guerras en Europa en el Siglo XVIII, como lo vieron los fundadores, ha sido la mera cantidad de Estados, cada cual con sus propios apetitos egoístas separados; de modo que también en EE.UU., los Estados, a medida que aumentaban su cantidad, provocarían celos externos y aumentarían las divisiones entre ellos mismos. “La Unión,” escribió Jay, “tiende sobre todo a preservar a la gente en un estado de paz con otras naciones.”

Una unión democrática y constitucional, continuó en Federalista 4, actuaría con más sabiduría que los monarcas absolutos a sabiendas de que “existen causas de la guerra pretendidas así como justas.” Entre las causas pretendidas, favorecidas por los monarcas de Europa, Jay enumeró:

“una sed de gloria militar, venganza por afrentas personales; ambición o pactos privados para engrandecer o apoyar a familias o partidarios en particular. Estos y una variedad de motivos, que sólo afectan la mente del Soberano, a menudo lo llevan a involucrarse en guerras que no están consagradas por la justicia, o la voz o los intereses de su pueblo.”

Cuando, pensaba Jay, las gentes sean liberadas de su dependencia servil, para que no sigan mirando a un soberano fuera de sí mismos y de contarse como “su pueblo,” los motivos para la guerra serían proporcionalmente debilitados.

No era un tema pasajero para los escritores federalistas. Alexander Hamilton lo encaró de nuevo en Federalista 6, cuando habló de “las causas de hostilidad entre naciones,” y colocó por sobre todas las demás causas “el amor de poder o el deseo de preeminencia y dominación”: el deseo, en breve, de sustentar una reputación como la primera de las potencias y del control de un imperio. Continuando, en Federalista 7, con el mismo tema del seguro contra “las guerras que han desolado la tierra,” Hamilton propuso que el gobierno federal podría servir como un árbitro imparcial en el territorio occidental, que de otra manera podría convertirse en “un amplio teatro para pretensiones hostiles.”

Consideremos la prominencia de esos puntos de vista. Cuatro de los siete Papeles Federalistas presentan, como una razón primordial para la fundación de EE.UU., la creencia de que, al hacerlo, EE.UU. evitará con más facilidad la infección de las múltiples guerras que han desolado Europa. Fue el consenso implícito de los fundadores. No sólo Jay y Hamilton, sino también George Washington y su Farewell Address, y James Madison, Benjamin Franklin y John Adams así como John Quincy Adams. Formaba hasta tal punto parte del idealismo que se apoderó del país en los años ochenta del Siglo XVIII que Thomas Paine pudo aludir a ese sentimiento en una frase de pasada de “Los derechos del hombre.” Paine afirmó lo que Jay y Hamilton daban por sentado en los Papeles Federalistas: “Europa está demasiado repleta de reinos para mantener la paz por mucho tiempo.”

¿Nos hemos acostumbrado demasiado al empleo de nuestro ejército, armada y fuerza aérea como para mantener la paz por mucho tiempo, o incluso considerar la paz? Hablar de una guerra perpetua contra “amenazas” más allá del horizonte, como lo hizo el Pentágono de Bush, y lo hace ahora en Pentágono de Obama, es evadir la pregunta de si alguna de las guerras es, para ser exactos, una guerra de autodefensa.

Detrás de toda esa evasión está la idea de que EE.UU. es una nación destinada a guerras seriales. La idea misma sugiere que ahora necesitamos un enemigo permanente que exceda la evidencia citable de peligro en cualquier momento dado. En “The Sorrows of Empire,” Chalmers Johnson presentó un informe convincente sobre la justificación económica del Estado nacional de seguridad estadounidense, su base industrial y militar, y sus defensas manufactureras.

Cada movimiento hacia la reforma no es sólo dificultado por la vasta extensión y poder de nuestro ejército permanente. Tampoco basta enteramente que se encuentre la causa en nuestra busca de armas sofisticadas y tecnología letal, o en las bases militares con las cuales EE.UU. ha cercado el globo, o en los intereses financieros, los Halliburton y Raytheon, los Dyncorp y Blackwater que se combinan contra la paz con demandas que van más allá de las de la Compañía Británica de las Indias Orientales en el apogeo de su influencia. Es un rompecabezas más profundo en la relación de los propios militares con el resto de la sociedad estadounidense. Porque las fuerzas armadas de EE.UU. incluyen ahora una clase de oficiales con el carácter y los privilegios de una aristocracia nativa, y una tropa para la cual se han realizado las mejores posibilidades del socialismo.

Barack Obama ha comparado los objetivos que se propone lograr en política exterior con la tarea de hacer girar un barco muy grande en el mar. La verdad es que, en manos de Obama, la “proyección de fuerza” ya ha girado, pero en más de una dirección. Ha fijado límites retóricos internos a nuestras provocaciones a la guerra al rehusarse a hablar, como lo hizo su predecesor, de la difusión de la democracia por la fuerza o de la factibilidad del cambio de régimen como un remedio para los motivos de queja contra países hostiles. Y sin embargo puede ser seguro que ninguna de las guerras que prepara la nueva subsecretaria de defensa para política sea una guerra de pura autodefensa – la única clase de guerra que los fundadores de EE.UU. hubieran considerado. Ninguno de los planes actuales, a juzgar por el artículo de Bumiller, apunta a proteger a EE.UU. contra una potencia que pudiera aplastarnos en el interior. Para encontrar una potencia semejante, tendríamos que ir a buscar muy lejos más allá del horizonte.

Las futuras guerras de elección para el Departamento de Defensa parecen ser guerras de fuertes bombardeos y ocupaciones entre ligeras y medianas. Las armas serán drones en los cielos y los soldados serán, en la medida de lo posible, miembros de las fuerzas especiales encargados de ejecutar “operaciones ocultas” de aldea en aldea y de tribu en tribu. Parece poco probable que tales guerras – que requerirán el libre paso por sobre Estados soberanos por el ejército, los marines, y la Fuerza Aérea, y la represión de la resistencia nativa a la ocupación, puedan ser realizadas sin basarse de facto en cambios de régimen. Sólo se puede confiar en un gobierno títere para que actúe contra su propio pueblo en apoyo a una potencia extranjera.

Esas son las guerras planificadas y libradas actualmente en nombre de la seguridad de EE.UU. Representan una política que se opone totalmente al idealismo de libertad que persistió desde la fundación de EE.UU. hasta bien avanzado el Siglo XX. Es fácil descartar el contraste que hicieron Washington, Paine y otros, entre la moral de una república y los apetitos de un imperio. Sin embargo, el punto de ese contraste es simple, literal y de ninguna manera elusivo. Capturó una verdad permanente sobre la ciudadanía en una democracia. No se puede, decía, seguir siendo un pueblo libre mientras se aceptan los frutos de la conquista y la dominación. Los beneficiarios pasivos de los amos son también esclavos.

…………

David Bromwich, editor de una selección de discursos de Edmund Burke “On Empire, Liberty, and Reform,”ha escrito sobre la Constitución y las guerras de EE.UU. para The New York Review of Books y The Huffington Post.


Copyright 2009 David Bromwich


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martes, 14 de julio de 2009

La doctrina Obama Colonizando Iraq


14-07-2009
Tom Dispatch
Michael Schwartz
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Introducción del editor de Tom Dispatch

Una de las primeras metáforas que el presidente George W. Bush y algunos de sus máximos funcionarios utilizaron en los primeros días inexpertos después de la invasión en Iraq, tuvo que ver con bicicletas. La pregunta era: ¿Le sacamos las “rueditas de aprendizaje” a la bicicleta iraquí (de la democracia)? El entonces secretario de defensa Donald Rumsfeld, por ejemplo comentó con aire de suficiencia que la manera de “enderezar” a Iraq era como enseñar a tu niño a andar en bicicleta:

“Están aprendiendo, y vas corriendo por la calle tocando la parte trasera del asiento. Sabes que se podría caer si sacas la mano, así que sacas un dedo y luego dos dedos, y pronto apenas lo tocas. No puedes saber al ir corriendo por la calle cuántos pasos tendrás que dar. No podemos saberlo, pero empezamos bien.”

Esa imagen (condescendiente como la que más) del pequeño niño iraquí que va pedaleando con un padre estadounidense corriendo detrás, fue abandonada cuando resultó que al dar vuelta a la primera esquina lo esperaba un insurgente con una granada propulsada por cohete. Muchos años y muchos desastres después, sin embargo, los estadounidenses, sea en el gobierno de Obama, en la expertocracia de Washington, o en los medios todavía tienen problemas para no ser condescendientes cuando se trata de Iraq. Tomemos un ejemplo reciente de “análisis de noticias” en el New York Times de una periodista perfectamente perspicaz, Alissa J. Rubin. Llevaba el título impreso “El nuevo papel de EE.UU. en Iraq lleva a una búsqueda de medios de influencia” y se concentraba, en parte, en el reciente viaje del vicepresidente Joe Biden a ese país, supuestamente para “apaciguar” sentimientos iraquíes de que son “colocados en el último lugar.”

Rubin escribe (y algo semejante ha sido escrito innumerables veces) que los estadounidenses buscan ahora un “nuevo tono” en sus tratos en ese país. (En los años de Bush, lo llamaban a menudo – en otra extraña metáfora imperial – “poner una cara iraquí” a las cosas.) “Tienen,” comenta, “la reputación de ser torpes, de decir a los iraquíes lo que deben hacer en lugar de preguntarles lo que quieren.” Pero, por supuesto, como deja en claro el artículo, sea cual sea su tono, Biden llegó a Iraq a decir a los iraquíes lo que deben hacer – o cómo ella lo dice, para tratar de “resolver” los “problemas… que frustraron a tres previos embajadores y al presidente

George W. Bush": las continuas animosidades sectarias, la aprobación de una ley petrolera iraquí, y el problema kurdo.

Estos problemas, parecen seguir siendo nuestro lastre y realmente no puedo imaginarlo de algún modo diferente. Como dejan en claro los iraquíes citados en el artículo de Rubin, los ocupados – especialmente la elite – resienten el papel dominante jugado por EE.UU., sienten desprecio por los ocupantes, incluso si les cuesta imaginar la vida sin ellos.

Lo menciono sólo porque el tono de la escritura y del pensamiento estadounidense sobre Iraq siempre ha sido matizado con lo que según Michael Schwartz, colaborador regular de TomDispatch y autor de un excelente estudio: “War Without End: The Iraq War in Context,” [Guerra sin fin: la guerra de Iraq en contexto] es un profundo deseo colonial, que por desgracia podría no estarse desvaneciendo, incluso cuando aumenta la discusión sobre una retirada militar de EE.UU. de Iraq. Tom



Colonizando Iraq

La doctrina Obama

Michael Schwartz

Los periodistas Steven Lee Myers y Marc Santora del New York Times describieron la tan pregonada retirada estadounidense de ciudades de Iraq de la semana pasada:

“Gran parte del complicado trabajo de desmantelar y remover millones de dólares de equipamiento de los puestos avanzados de combate en la ciudad fue hecho en medio de la noche. El general Ray Odierno, el comandante estadounidense de todo Iraq, ordenó que una cantidad creciente de operaciones básicas – convoyes de transporte y de reabastecimiento, por ejemplo – se realicen de noche, cuando menos iraquíes vean que la retirada estadounidense no es total.”

Actuar en medio de la noche, en los hechos, parece captar de un modo particularmente impactante la naturaleza de los planes estadounidenses para Iraq. La semana pasada, a pesar de la muerte de Michael Jackson, Iraq volvió a las noticias de la televisión mientras los iraquíes celebraban una altamente publicitada retirada militar estadounidense de sus ciudades. Hubo fuegos artificiales, algunos iraquíes se reunieron para bailar y vitorear; la primera parada militar desde los días de Sadam Hussein (en la fortificada Zona Verde, ya que las calles ordinarias son demasiado peligrosas para cosas semejantes); EE.UU. entregó numerosas pequeñas bases y puestos avanzados; y el primer ministro Nouri al-Maliki proclamó un día festivo nacional – “día de la soberanía,” lo llamó.

Todo esto se ajusta a un guión presentado de modo promisor por el presidente Barack Obama en su campaña presidencial de 2008. Más recientemente, en su muy elogiado discurso a los estudiantes de la Universidad de el Cairo en Egipto, prometió que EE.UU. no mantendría bases en Iraq, y ciertamente retiraría sus fuerzas militares del país para fines de 2011.

Por desgracia, no sólo para los iraquíes, sino para el público estadounidense, lo que cuenta es lo que está sucediendo “a oscuras” – más allá del brillo de las luces y de las cámaras de televisión. Aunque muchos críticos de la Guerra de Iraq han estado dispuestos a darle algo de cuerda al gobierno de Obama mientras su equipo de política exterior y los militares de EE.UU. se preparan para esa retirada definitiva, parece estar ocurriendo algo distinto – algo más inquietante.

Y no fue sólo que el presidente se haya andado con rodeos sobre la retirada de tropas estadounidenses “de combate” de Iraq, ampliada ahora de 16 a 19 meses, – que, en todo caso, representan sólo un tercio de los 130.000 soldados de EE.UU. que permanecen en el país. Tampoco fue el re-etiquetamiento de algunos de ellos como “asesores” para que pudieran, en los hechos, quedarse en las ciudades evacuadas, o el rediseño de las líneas fronterizas de la capital iraquí, Bagdad, para excluir a un par de bases esenciales que los estadounidenses no estaban dispuestos a abandonar.

Después de todo, no puede caber duda de que la política del gobierno de Obama es ciertamente reducir lo que el Pentágono podría llamar la “huella” militar de EE.UU. en Iraq. Para decirlo de otro modo, los principales funcionarios de Obama parecen optar, no por el torpe militarismo al estilo de Bush, sino por lo que podría ser considerado como un empuje administrativo en Iraq, que el vicepresidente Joe Biden ha llamado “un programa mucho más agresivo frente al gobierno iraquí para impulsarlo a la reconciliación política.”

Un alto funcionario anónimo del Departamento de Estado describió como sigue esta nueva política de “la oscuridad de la noche” a la reportera del Christian Science Monitor Jane Arraf: “Uno de los desafíos de esa nueva relación es cómo EE.UU. podrá seguir teniendo influencia en decisiones cruciales sin que se note que lo hace.”

Sin que se note que lo hace. En esto el general Odierno y el funcionario anónimo están de acuerdo. Y también, parece, Washington. Como resultado, lo esencial que se puede decir sobre la planificación militar y civil del gobierno de Obama hasta ahora es lo siguiente: olvida los titulares, los fuegos artificiales, y las multitudes alborozadas de iraquíes en tu pantalla de televisión. Deja de lado por el momento toda esa habla de retirada y – si echas una mirada de cerca, dejando que tus ojos se ajusten a la oscuridad – lo que ves vagamente es la silueta de una nueva postura estadounidense en Iraq. Piensa en ella como Doctrina Obama. Y lo que no ves es algo que se parezca a la postura de una potencia ocupante que se prepara para cerrar el negocio y partir a casa.

A medida que tus ojos se acostumbren a la oscuridad, comenzarás a identificar un esfuerzo creciente para asegurar que Iraq siga siendo un Estado cliente de EE.UU., o, como lo describió el general Odierno a la prensa el 30 de junio: “un socio a largo plazo de EE.UU. en Oriente Próximo.” Queda por ver si el equipo nacional de seguridad de Obama tendrá éxito en lograrlo, pero, a primera vista, lo que aparece en el centro de atención parece ser algo que no deja de ser familiar para estudiantes de historia. En otro tiempo, solía tener un nombre: colonialismo.

Colonialismo en Iraq

El colonialismo tradicional se caracterizaba por tres rasgos: la toma de decisiones en última instancia estaba en manos del poder ocupante en lugar del gobierno cliente indígena; el personal de la administración colonial estaba gobernado por leyes e instituciones diferentes que la población colonial; y la economía política local estaba conformada para servir los intereses de la potencia ocupante. Todos los rasgos del colonialismo colonial se conformaron en los años de Bush en Iraq y ahora, por lo visto, sigue siendo lo mismo, en algunos casos incluso con más fuerza, en los primeros meses de la era de Obama.

La embajada de EE.UU. en Iraq, construida por el gobierno de Bush con unos 740 millones de dólares, es de lejos la mayor del mundo. Está poblada ahora por más de 1.000 administradores, técnicos y profesionales – diplomáticos, militares, de inteligencia, y otros – por más que se refieran a todos, aunque sea con un eufemismo, como “diplomáticos” en declaraciones oficiales y en los medios. Ese nivel de personal – 1.000 administradores para un país de unos 30 millones – es mucho más que la norma clásica de control imperial. A comienzos del Siglo XX, por ejemplo, Gran Bretaña utilizó menos funcionarios para gobernar a una población de 300 millones en el Raj Indio.

Una semejante concentración de burocracia extranjera en un centro de comando regional tan gigante – y por el momento no se ve ninguna reducción o retirada en su caso – ciertamente muestra un propósito imperial más amplio de Washington: tener a mano suficiente poder laboral administrativo para asegurar que los asesores estadounidenses permanezcan significativamente arraigados en el proceso de toma de decisiones políticas iraquí, en sus fuerzas armadas, y en los ministerios clave de su economía (dominada por el petróleo).

Desde los primeros momentos de la ocupación de Iraq, ha habido funcionarios estadounidenses sentados en las oficinas de políticos y burócratas iraquíes, dando líneas directivas, entrenando a los responsables de decisiones, y mediando en disputas internas. Como consecuencia, los estadounidenses han estado virtualmente involucrados, directa o indirectamente, en toda toma de decisiones significativas del gobierno.

En un reciente artículo, por ejemplo, el New York Times dice que funcionarios de EE.UU. “cabildean silenciosamente” para eliminar un referéndum nacional obligatorio sobre el Acuerdo del Estatus de las Fuerzas (SOFA) negociado entre EE.UU. e Iraq – un referéndum que, si es derrotado, obligaría por lo menos en teoría a la retirada inmediata del país de todas las tropas de EE.UU. En otro artículo, el Times informó que funcionarios de la embajada “han intervenido a menudo para mediar entre bloques enfrentados” en el parlamento iraquí. En otro, el periódico militar Stars and Stripes mencionó de pasada que un funcionario de la embajada “asesora a los iraquíes en el manejo del aeropuerto de un valor de 100 millones de dólares” que acaba de ser terminado en Najaf. Y así van las cosas.

Vida segregada

La mayoría de los regímenes coloniales establecen sistemas en los cuales los extranjeros involucrados en tareas de ocupación son servidos (y disciplinados) por una estructura institucional separada de la que gobierna a la población indígena. En Iraq, EE.UU. ha estado estableciendo una tal estructura desde 2003, y el gobierno de Obama muestra todos los signos de estarla ampliando.

Como en todas las embajadas del mundo, los funcionarios de la embajada de EE.UU. no están sujetos a las leyes del país anfitrión. La diferencia es que, en Iraq, no se dedican simplemente a sellar visas y cosas semejantes, sino están ocupados en proyectos cruciales que los involucran en la miríada de aspectos de la vida diaria y del gobierno, aunque como una casta esencialmente separada de la sociedad iraquí. El personal militar forma parte de esa estructura segregada: el recientemente firmado SOFA asegura que los soldados estadounidenses seguirán siendo virtualmente intocables por la ley iraquí, incluso si matan a civiles inocentes.

Versiones de esta inmunidad se extienden a todos los que están asociados con la ocupación. Contratistas privados de seguridad, de la construcción y comerciales empleados por las fuerzas de ocupación no están protegidos por el acuerdo SOFA, pero a pesar de ello están protegidos contra las leyes y regulaciones que aplicadas a residentes iraquíes normales. Como dijo un funcionario del FBI basado en Iraq al New York Times, las obligaciones de los contratistas son definidos por “nuevos acuerdos entre Iraq y EE.UU. que regulan el estatus legal de contratistas.” En un caso reciente en el cual cinco empleados de un contratista de EE.UU. fueron acusados del asesinato de otro contratista, el caso fue investigado conjuntamente por la policía iraquí y “representantes locales del FBI,” y la jurisdicción final fue negociada por funcionarios iraquíes y de la embajada de EE.UU. El FBI ha establecido una presencia importante en Iraq para implementar esos “nuevos arreglos.”

El trato especial se extiende a empresas que se ocupan de los miles de millones de dólares gastados mensualmente en Iraq en contratos de EE.UU. La responsabilidad primordial de un contratista es seguir “líneas directivas que los militares de EE.UU. entregaron en 2006.” En todo esto, la ley iraquí tiene un papel claramente secundario. En un caso que aparentemente es típico, un contratista kuwaití contratado para alimentar a soldados estadounidenses fue acusado de encarcelar a sus trabajadores extranjeros y luego, cuando protestaron, los envió a casa sin paga. El caso fue tratado por funcionarios estadounidenses, no por el gobierno iraquí.

Más allá de esta segregación legal, EE.UU. también ha estado erigiendo una infraestructura segregada dentro de Iraq. La mayoría de las embajadas y bases militares del mundo se basan en el país anfitrión para alimentación, electricidad, agua, comunicaciones y suministros diarios. No así la embajada de EE.UU. o las cinco principales bases que están en el centro de la presencia militar estadounidense en ese país. Todas tienen sus propios sistemas de generación de electricidad y de purificación de agua, sus propias comunicaciones dedicadas, y alimentos importados del exterior del país. Ninguna, naturalmente, sirve cocina iraquí autóctona; la embajada importa ingredientes para restaurantes estadounidenses relativamente sofisticados, y las bases militares ofrecen comida rápida estadounidense y comida de restaurantes en cadena.

EE.UU. incluso ha creado los rudimentos de su propio sistema de transporte. Los iraquíes son demorados a menudo cuando viajan dentro de, o entre ciudades, por un laberinto de puntos de control creados por la ocupación (y que ahora a menudo tienen personal iraquí), barreras de hormigón y calles y carreteras destruidas por las bombas; por otra parte, los soldados y oficiales de EE.UU. en ciertas áreas pueden movilizarse rápidamente, gracias a privilegios especiales e instalaciones segregadas.

En los primeros años de la ocupación, grandes convoyes militares que transportaban suministros o soldados simplemente tomaban posesión temporal de las carreteras y calles iraquíes. Los iraquíes que no se apartaban rápidamente eran amenazados por un poder de fuego letal. Para pasar por las filas que a veces duraban horas en los puntos de control, los estadounidenses recibían tarjetas de identidad especiales que “garantizaban paso rápido… en pistas separadas, pasando a los iraquíes a la espera.” Aunque el “paso rápido” supuestamente debía terminar con la firma del SOFA, el sistema sigue operando en muchos puntos de control, y los convoyes siguen transitando por las comunidades iraquíes y los “conductores iraquíes se siguen apartando en masa.”

Recientemente, la ocupación también se ha estado apropiando de diversas calles y carreteras para su uso exclusivo (una idea que pueden haber copiado de los 40 años de ocupación israelí de Cisjordania). Esta innovación ha hecho que el transporte sin convoy sea más seguro para funcionarios de la embajada, contratistas y personal militar, mientras degrada aún más el sistema de carreteras de Iraq, que ya está en mal estado, al clausurar vías públicas utilizables. Paradójicamente, también ha permitido que los insurgentes coloquen bombas al borde de la ruta con la seguridad de que éstas sólo afecten a extranjeros. Un incidente semejante en las afueras de Faluya ilustra lo que ahora se ha convertido en políticas de la era de Obama en Iraq:

“Los estadounidenses iban conduciendo por una carretera utilizada exclusivamente por los militares estadounidenses y los equipos de reconstrucción cuando estalló una bomba, que los funcionarios locales de seguridad iraquíes describieron como un artefacto explosivo improvisado. No se permite que ningún vehículo iraquí, ni siquiera los del ejército o de la policía, utilice la carretera en la que ocurrió el ataque, según los residentes. Hay un punto de control a sólo 200 metros del sitio del ataque, para impedir el paso de vehículos no autorizados, dijeron los residentes.”

No es claro si esa carretera será devuelta a los iraquíes, incluso si la base que sirve es clausurada. De todos modos, la política en general parece estar bien establecida – la designación de carreteras segregadas para dar cabida a los 1.000 diplomáticos y a las decenas de miles de soldados y contratistas que implementan sus políticas. Y es sólo un aspecto de una infraestructura dedicada diseñada para facilitar la continua participación de EE.UU. en el desarrollo, implementación, y administración de políticas político-económicas en Iraq.

¿A quién obedecen los militares?

Una manera de “liberar” a los militares estadounidenses para la retirada sería, claro está, si los militares iraquíes pudieran manejar solos la misión de pacificación. Pero no hay que esperarlo para dentro de poco. Según los informes en los medios no es probable que, si todo va bien, eso ocurra por lo menos en una década. Una señal reveladora es la presencia omnipresente de asesores militares estadounidenses que todavía están empotrados en las unidades de combate iraquíes. Por ejemplo, el teniente Matthew Liebal, “está todos los días” junto al teniente coronel Mohammed Hadi, “comandante de la 43ª Brigada del Ejército iraquí que patrulla el este de Bagdad.”

Cuando se trata de los militares iraquíes, este tipo de supervisión no será temporario. Después de todo, las fuerzas armadas que EE.UU. ayudó a crear en Iraq todavía carecen, entre otras cosas, de suficiente capacidad logística, artillería pesada, y una fuerza aérea. En consecuencia, las fuerzas de EE.UU. transportan y reabastecen a los soldados iraquíes, posicionan y disparan la munición de alto calibre, y suministran apoyo aéreo cuando es necesario. Ya que los militares de EE.UU. no están dispuestos a permitir que oficiales iraquíes comanden a soldados estadounidenses, es obvio que estos no pueden tomar decisiones sobre el disparo de artillería, el uso y dirección de aviones de la Fuerza Aérea de EE.UU., o el envío de personal logístico de EE.UU. a zonas de guerra. Por lo tanto, todas las misiones iraquíes están condenadas a ser acompañadas por asesores y personal de apoyo estadounidenses por un período futuro desconocido.

No se espera que las fuerzas armadas iraquíes obtengan modernos aviones caza (o que tengan los pilotos entrenados para pilotarlos) hasta por lo menos 2015. Esto significa que, dondequiera esté estacionado el poder aéreo de EE.UU., incluida la masiva base aérea en Balad al norte de Bagdad, constituirá, de hecho, la fuerza aérea iraquí en el futuro previsible.

Incluso las funciones más elementales de mantenimiento del orden público de los militares pueden ser problemáticas sin la presencia estadounidense. Típicamente, cuando el periodista del New York Times, Steven Lee Myers, preguntó a un comandante de batallón iraquí “si necesitaba respaldo estadounidense para un arresto criminal, respondió simplemente: ‘evidentemente.’” John Snell, asesor australiano de los militares de EE.UU., fue igual de directo, cuando dijo a un periodista de Agence France Presse que, si EE.UU. retira sus tropas, las fuerzas armadas iraquíes “se desintegrarían rápidamente.”

En un artículo en World Policy Journal del invierno pasado, John A. Nagl, experto militar y ex asesor del general David Petraeus, expresó una opinión comúnmente compartida de que tardará por lo menos una década antes de que haya fuerzas armadas iraquíes independientes.

¿A quién pertenece la economía?

Terry Barnich, víctima de la bomba mencionada al borde de la ruta en Faluya, personificaba el arraigo económico de la ocupación. Como director adjunto del Departamento de Estado de EE.UU. para la Oficina de Ayuda a la Transición para Iraq y máximo asesor del Ministerio de Electricidad de Iraq, cuando murió iba “volviendo de una inspección de una planta de tratamiento de aguas servidas que se está construyendo en Faluya.”

Su doble papel como alto responsable en el proceso de formulación de políticas y “máximo asesor” de uno de los principales ministerios de infraestructura de Iraq refleja la postura continua de EE.UU. respecto a Iraq en los primeros meses de la era de Obama. Iraq sigue siendo, aunque a disgusto, un gobierno cliente; aspectos significativos del poder de decisión en última instancia siguen en manos de las fuerzas de ocupación. Nótese, a propósito, que es evidente que Barnich ni siquiera viajaba con funcionarios iraquíes.

La presencia intrusiva de la embajada en Bagdad se extiende a la crucial industria petrolera, que actualmente suministra un 95% de los fondos del gobierno. Cuando tiene que ver con la energía, la ocupación ha tratado hace tiempo de conformar la política y de transferir la responsabilidad operaciones de empresas estatales iraquíes de los años de Sadam Hussein a importantes compañías petroleras internacionales. En 2004, en uno de sus esfuerzos más exitosos, EE.UU. entregó un exclusivo contrato por 1.200 millones de dólares para reconstruir las decrépitas instalaciones de transporte de petróleo del sur de Iraq (que manejan un 80% de su flujo de petróleo) a KBR, la tristemente célebre antigua subsidiaria de Halliburton. La supervisión de ese contrato fenomenalmente mal administrado, que todavía no ha sido terminado después de cinco años, fue entregada al Inspector General de EE.UU. para la Reconstrucción de Iraq.

El gobierno iraquí, en los hechos, todavía ejerce un control notablemente pequeño sobre los ingresos petroleros “iraquíes”. El Fondo de Desarrollo para Iraq (cuyos ingresos son depositados en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York) fue establecido bajo auspicios de Naciones Unidas después de la invasión y recibe un 95% de los ingresos de las ventas de petróleo iraquí. Todos los retiros de dinero del gobierno son luego supervisados por el Consejo Asesor y Controlador Internacional aprobado por la ONU, un panel de expertos nombrados por EE.UU., procedentes en su mayoría de las industrias petroleras y financieras globales. La transferencia de esa función supervisora a un organismo nombrado por iraquíes, que supuestamente debería tener lugar en enero, ha sido retardada por el gobierno de Obama, que afirma que el gobierno iraquí todavía no está listo para asumir una responsabilidad semejante.

Mientras tanto, continúa la campaña para transferir la administración de operaciones esenciales del petróleo a las grandes compañías petroleras. A pesar de la resistencia de los trabajadores iraquíes del petróleo, los administradores de las dos compañías petroleras nacionales, un bloque de mayoría en el parlamento iraquí, y la opinión pública de ese país, EE.UU. ha mantenido la presión sobre el gobierno al-Maliki para que promulgue una ley petrolera que haría obligatorios instrumentos de licencia llamados acuerdos de coparticipación en la producción (PSA).

Si fueran promulgados esos PSA asegurarían, sin transferir la propiedad permanente a las compañías petroleras, el control efectivo sobre los campos petrolíferos de Iraq, dándoles arbitrio total para explotar las reservas de petróleo del país, desde la exploración hasta las ventas. La presión de EE.UU. ha ido del continuo “consejo” entregado por funcionarios estadounidenses estacionados en los ministerios iraquíes correspondientes a amenazas de confiscar parte o todo el dinero del petróleo depositado en el Fondo de Desarrollo.

Por el momento, el gobierno iraquí intenta un paso más limitado; subastar contratos de administración a compañías petroleras internacionales en un esfuerzo por aumentar la producción en ocho campos existentes de petróleo y gas natural. Aunque las compañías ganadoras no obtendrían un derecho total para explorar, producir y vender el petróleo de algunos de los campos petrolíferos potencialmente más ricos del mundo, por lo menos obtendrían un cierto control administrativo en la modernización del equipamiento y en la extracción de petróleo, posiblemente hasta durante 20 años.

Si la subasta termina por tener éxito (lo que no es en nada seguro, ya que la primera vuelta produjo sólo un acuerdo que aún no ha sido firmado), la industria petrolera iraquí se arraigaría aún más profundamente en el aparato de ocupación, no importa lo que suceda oficialmente con las fuerzas estadounidenses en ese país. Entre otras cosas, es casi seguro que la embajada estadounidense sería responsable de la inspección y la orientación del trabajo de los que obtengan los contratos, mientras los militares y contratistas privados serían los garantes de su seguridad en el terreno. Fayed al-Nema, director ejecutivo de South Oil Company, habló por la mayoría de los oponentes a tales acuerdos cuando dijo al periodista de Reuters, Ahmed Rasheed, que si fueran aprobados los contratos, “encadenaría a la economía iraquí y aherrojaría a su independencia durante los próximos 20 años.

¿Quién es el dueño?

En 2007, Alan Greenspan, ex jefe de la Reserva Federal, dijo al periodista del Washington Post, Bob Woodward que “eliminar a Sadam fue esencial” – algo que señaló en su libro “The Age of Turbulence “– porque EE.UU. no podía “depender de fuentes potencialmente inamistosas de petróleo y gas” en Iraq. Es exactamente la forma de pensar que sigue existiendo en los círculos políticos de EE.UU.: la Estrategia Nacional de Defensa de 2008, por ejemplo, especifica el uso del poder militar estadounidense para mantener “el acceso y el flujo de recursos energéticos vitales para la economía mundial.”

Después de sólo cinco meses en el poder, el gobierno de Obama ya ha suministrado una evidencia significativa de que, como su predecesor, sigue comprometido con el mantenimiento de ese “acceso y flujo de recursos energéticos” en Iraq, incluso mientras coloca su principal apuesta militar en la victoria en la guerra en expansión en Afganistán y Pakistán. No puede caber duda de que Washington está empeñado ahora en un esfuerzo por reducir significativamente su huella militar en Iraq, pero sin, si todo va bien para Washington, reducir su influencia.

Esto parece ser un intento de una versión de la dominación colonial en el Siglo XXI, posiblemente a bajo precio, mientras los recursos son transferidos al ala oriental del Gran Oriente Próximo. No existe, claro está, ninguna garantía de que esta nueva estrategia – tal vez mejor considerada como colonialismo light o Doctrina Obama – tenga más éxito que el de las numerosas ofensivas militares en primera línea emprendidas por el gobierno de Bush. Después de todo, en la atmósfera incierta, todavía violenta, de Iraq, incluso las grandes compañías petroleras han dudado antes de apresurarse a participar, y la subasta de contratos petroleros comienza a parecer incierta, incluso cuando otras iniciativas “civiles” siguen, en el mejor de los casos, incompletas.

Mientras el gobierno de Obama sigue enfrentado a la realidad de tratar de satisfacer la ambición del general Odierno de convertir a Iraq en “un socio a largo plazo de EE.UU. en Oriente Próximo” mientras trata de librar una gran guerra de contrainsurgencia en Afganistán, podría encontrar también un dilema familiar enfrentado por las potencias coloniales del Siglo XIX: que sin la aplicación de una fuerza militar abrumadora, la colonia deseada puede orientarse hacia la independencia soberana. Si es así, el lúgubre pronóstico del corresponsal militar Thomas Ricks, ganador del premio Pulitzer, de que EE.UU. recién va “a mitad de camino por esta guerra” – podría resultar demasiado exacta.

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Profesor de sociología en la Universidad del Estado Stony Brook, Michael Schwartz es autor de “War Without End: The Iraq War in Context” (Haymarket Books), que explica como la geopolítica militarizada del petróleo condujo a EE.UU. a desmantelar el Estado y la economía de Iraq mientras alimentaba una guerra civil sectaria. El trabajo de Schwartz apareció en numerosos medios académicos y populares. Es colaborador regular de TomDispatch.com. Su dirección de correo electrónico es: ms42@optonline.net.

Copyright 2009 Michael Schwartz

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