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jueves, 3 de junio de 2010

De 50 a cinco: El “libre mercado” en los medios de EEUU


Lunes, 31 Mayo 2010
Texto:Paco Arnau/ Ciudad futura

Los gurúes defensores del quebradizo sistema imperante, expertos —como hemos podido comprobar— en predecir el pasado, insisten en sostener el dogma de fe del “libre mercado” en esas tertulias radiofónicas o televisivas en las que escenifican las paródicas confrontaciones de sus unánimes opiniones y clónicas soluciones para salir de la crisis.

Sus paupérrimas líneas argumentales no están exentas de otros latiguillos como “hacer los deberes” (léase putear a los más débiles), “reformar el mercado laboral” (léase despido barato y bajar los salarios) o “liberalizar la economía” (léase reducir —¿¡aún más!?— el sector público y recortar los servicios sociales para engordar el sector privado y, de nuevo, putear a los más débiles).

Pues bien, tomando como ejemplo el poderoso sector económico de los medios de comunicación estadounidenses, lo que esos clarividentes gurúes denominan “libre mercado” ha supuesto lo siguiente en un lapso de poco más de 20 años:

– En 1983 un total de 50 empresas privadas controlaban la mayoría de los media, lo que ya era ya de por sí un elevado nivel de concentración en un país —EEUU— con una economía tan diversificada y tan grande.

– Después de dos décadas de extremas políticas económicas neoliberales demo-republicanas, en 2004 llegamos a una situación similar a la actual, en la que sólo cinco megacorporaciones controlan esos mismos medios, convirtiéndose de esta forma en dueñas y señoras del mensaje y el destino de la gran mayoría de las cadenas de radio y televisión, los diarios y revistas, las empresas editoras multimedia (libros, vídeo, música, videojuegos, etc.) y las compañías cinematográficas; sin olvidar las principales fuentes de La Verdad planetaria: las agencias norteamericanas de noticias e imágenes.

Nunca tanto poder —el de la imagen y la palabra— estuvo acumulado en tan pocas manos. Así que cuando oigáis o leáis “libre mercado” lo que en realidad quieren decir es concentración de capital.

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La comercialización de la televisión y la radio pública catalana


Vicenç Navarro
diario digital EL DEBAT
31 de mayo de 2010

Este artículo critica la privatización parcial de TV3 y Catalunya Ràdio que elimina su capacidad crítica hacia los grandes grupos empresariales que la financian, transformándose en instrumentos de nueva dimensión, dentro de un marco conceptual que es (con notables excepciones) nacionalista y conservador neoliberal.

Han aparecido últimamente varios estudios en EEUU sobre los medios de comunicación de aquel país, que tienen gran relevancia para España (ver el número especial de Extra, sobre la televisión pública en EEUU). Algunos de estos informes se han centrado en los medios televisivos y lo que detallan sobre las diferentes cadenas, tanto privadas como públicas, en EEUU, tiene plena vigencia para las televisiones en España. Una de las observaciones que tales estudios hacen es que la financiación de las cadenas televisivas, por parte de compañías que promocionan sus productos en sus espacios, tienen gran influencia en la configuración del contenido y la orientación de la mayoría de programas que emiten, siendo su influencia mayor incluso que la que les correspondería por el tiempo comprado para anunciar sus productos. Los equipos directivos de las corporaciones televisivas, así como los diseñadores de programas, son plenamente conscientes de los intereses, no sólo particulares y específicos de cada compañía que promociona sus productos, sino también de los intereses generales que tales compañías tienen como parte de una clase empresarial que trabaja en un determinado sector. Por ejemplo, se vio claramente que había una relación entre anunciantes de productos específicos alimentarios y el tratamiento de la cadena televisiva hacia la industria agroalimentaria, excluyendo cualquier tipo de crítica de tal industria en sus canales. De ahí el escasísimo número de programas críticos con tal industria en las mayores cadenas de televisión, habiéndose producido y emitido análisis críticos hacia tal industria sólo en cadenas televisivas públicas, carentes de apoyo financiero por parte de tal industria.

Esta situación tiene enorme relevancia en el debate que se ha producido en nuestro país sobre si la televisión pública en España y en sus CCAA debieran estar financiadas, en parte, por los anuncios comerciales. La evidencia existente muestra claramente que la financiación privada inhibe la actitud crítica de la cadena hacia los grandes grupos empresariales que se anuncian en tales cadenas televisivas, como lo atestigua la falta de programas y actitudes críticas, no sólo en las televisiones privadas, sino también en la televisión pública, financiada en parte privadamente (como es la televisión pública catalana, TV3), hacia la industria agroalimentaria o sobre la industria farmacéutica o sobre la Banca (o sobre las Cajas) o sobre las compañías energéticas y de telecomunicación, por citar cinco de los sectores que tienen más anuncios en TV3. Tal televisión pública catalana tiene no sólo una “costra nacionalista”, como muy bien ha dicho Joan Ferran –dirigente del PSC-, sino también una “costra neoliberal” (ver mi artículo “Las entrevistas de Mònica Terribas y la Televisión Pública Catalana”, El Plural, 20.04.10), que se refleja constantemente en los mayores programas de tal televisión. El último de una larga lista de ejemplos es un programa donde si discutieron las medidas a tomar para salir de la crisis que –como era de esperar- se centraron en bajar los salarios, reducir el sector público y disminuir los costes del despido, con un único economista presente en el debate, promoviendo el dogma neoliberal. La actitud crítica hacia grupos de poder económico y financiero brilla por su ausencia, en contraste con la televisión pública española que, a base de financiarse públicamente, ha comenzado a emitir varios programas críticos sobre algunas vacas sagradas en España, como El Corte Inglés. Es fundamental que, para tener una televisión pública plural, ésta deje de depender de aportaciones de grandes grupos empresariales. Es sorprendente y profundamente erróneo que un gobierno de izquierdas, como lo es la Generalitat de Catalunya, y con un Parlamento en el que las izquierdas son mayoría, se favorezca la comercialización de la cadena de televisión pública.

Otra conclusión de los trabajos publicados en EEUU sobre los medios citados anteriormente, es que cada medio radiofónico o televisivo configura su propia audiencia, lo cual explica el tono partidista encaminado a movilizar su propia audiencia. Esto aparece claramente en TV3 y Catalunya Radio en la que un gran número de programas enfatizan un nacionalismo conservador y neoliberal muy acentuado, que ha creado su propia audiencia, una audiencia que no es representativa de la totalidad de la población en Cataluña que, por cierto, es la que, a través de sus impuestos, contribuye a financiar tal cadena televisiva. Esta “audiencia cautiva” explica que cuando Antoni Bassas, el director del programa “El matí de Catalunya Radio”, profundamente nacionalista conservador-neoliberal de TV3, dejó la dirección del programa, su audiencia bajó significativamente. De esta manera, las audiencias se crean y se configuran según los intereses de la radio o de la cadena televisiva. Y tal como aquellos estudios documentan, si esta radio o cadena es privada o está financiada parcialmente con fondos privados se intenta configurar una audiencia de capacidad adquisitiva superior a la media, pues es la que atrae mayor número de grandes grupos empresariales que quieren anunciar sus productos. Y esto es lo que ocurre en nuestros medios públicos o privados.

Una consecuencia de esta comercialización de la televisión pública es la dilución de la función pública, evaluándose el éxito de la televisión pública por la audiencia conseguida, más que por la utilidad social del programa televisivo. Esto ha llegado al extremo de que programas de gran valor informativo, como Millennium, o documentales especiales, como Los Espías de Franco se hagan a altas horas de la madrugada, cuando la mayoría de la población trabajadora está durmiendo, o a horas que no son de fácil acceso para la gente que trabaja. De esta manera la televisión pública va adquiriendo características de la privada, centrándose en el entretenimiento, con la diferencia de que sea en catalán. El objetivo de tal cadena pública TV3, se convierte primordialmente en promover el catalán. Un objetivo loable. Pero hay muchas maneras de hacerlo, y tal como se está haciendo, reproduce un pensamiento conservador y neoliberal nacionalista, que el gobierno y el Parlamento no se han atrevido a cambiar, pues el poder corporativista de la Televisión y Radio Catalanas es enorme y ni las izquierdas, ni la mayoría de la intelectualidad en Cataluña, se han atrevido a denunciar, lo que es, por otra parte, ampliamente conocido. Todo el mundo lo sabe, pero pocos los denuncia. Y así va nuestro país.

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sábado, 22 de mayo de 2010

Borrarlos del mapa


22-05-2010
Rafael Cid
Radio Klara

No hay poder más total que el de la creación, sacar algo de la nada. Es oficio de dioses. Pero junto a él, existe otra potestad no menos absoluta, que es la destrucción, hacer nada de algo. Quizá por eso el gran economista austriaco-norteamericano Schumpeter definió el capitalismo como un “vendaval perenne de destrucción creadora”.

Tal es la capacidad de aglutinar a íncubos y súcubos que vio en el sistema el sabio de la “ciencia lúgubre”. Y de eso se trata, de crear y destruir a través de la herramienta del Estado. Lo que en estos tiempos de crisis se ha venido conceptuando como “regular” y “des-regular”, dos formatos bisagra que sirven lo mismo para un roto que para un descosido. Se regula creando normas que condicionan acciones de personas e instituciones. Se des-regula destruyendo esas mismas normas. Una especie de don de la ubicuidad teo-ideológica, como José Bono, triplemente pio por socialista y cristiano, presidir la sede de la soberanía nacional y además tener el riñón blindado.

Pero como esa destrucción creadora, por definición, es un “vendaval perenne”, y todo lo que sube baja, por la ley de gravedad, regulación y des-regulación son a la postre capacidades del poder para legislar a favor de los ocultos intereses que representan. Unas veces se necesita la operativa de la mano invisible, afirmando la hipotética autorregulación de los mercados como bálsamo de Fierabrás, y otras se echa mano al intervencionismo estatal con idéntico santo y seña. El primer caso es el de las subprimes que originaron el crac hipotecario y el segundo remite a la operación rescate con recursos públicos para salvar de la hecatombe a sus protagonistas. En ambos extremos, lo único seguro es que se trata de mecanismos que trabajan para el mismo amo y objetivo : refundar el capitalismo para hacerlo perenne.

Pero en el siglo XXI, el capital tiene otras muchas caras, y una de las más eficaces para lograr el fin de la explotación global sin respuesta general es el empleo a discreción del capital simbólico que amordaza a los damnificados e incluso les manufactura como acólitos de su propio funeral. Para que el espíritu de la necesaria dominación impere. ¿Por quién doblan las campañas, con Ñ intencionada, que promueve el capitalismo en tiempo real con sus armas de destrucción masiva ? A las pruebas diarias nos remitimos. El re-dios capital simbólico tiene la misión de decir a la gente lo que existe y lo que no existe, lo que vale y lo que no vale, creando una realidad de usar y tirar que le permite poner en la agenda social su escalafón de valores como caballo de Troya de conciencias baldías que impidan a los individuos madurar como personas. Por eso, la única forma decente y eficaz de cortocircuitar esa escuela de resignación es la dinamita cerebral : la acción directa del imperativo moral que implica la propaganda por el hecho.

Este fin de semana, España entera asistió a uno de esos eclipses de la realidad a que nos tienen acostumbrados los hombres del tiempo de la política-mantra. La milla de oro financiera del centro de Madrid, desde Cibeles a Puerta del Sol, fue okupada el 16-M por miles de ciudadanos para denunciar la política antisocial del gobierno socialista y del “terrorismo financiero” internacional. Trabajadores, mujeres, jóvenes, emigrantes, inválidos, familias y ciudadanos sin collar expresaron su rabia y su radical oposición ante las medidas dictadas por el gran capital con el apoyo disimulado de la derecha, la patronal y el silencio cómplice de las cúpulas de las centrales sindicales oficiales y la Iglesia. Por no hablar de una corriente de opinión de la “rive gauchista” que a última hora intenta convencernos de que la auténtica mala es la madrastra banca (falta añadir la sinarquía, como los peronistas) y que el gobierno que ejecuta su programa terminator no tiene otra salida.

Un clamor popular, insistimos, que cegó durante las cuatro horas que duró el recorrido de la manifestación desde Atocha, donde campaba la columna confederal de la CGT, el único sindicato que pide la huelga general como respuesta a la agresión y cuyas banderas rojinegras hegemonizaron la marcha, hasta el kilómetro cero, donde estaban los representantes de las 400 organizaciones de la contra-cumbre UE-América Latina. Pero para casi todas las televisiones, públicas y privadas, y para la prensa, toda privada o privatizada, esos insurrectos y sus recalcitrantes gargantas no existieron. Fueron borrados del mapa por el capital simbólico en ejercicio de sus atribuciones como medios de destrucción de masas. Ni fotos, ni dial, ni casi carta de ajuste. Cero Zapatero.

Mientras, el melifluo ministro José Blanco, portavoz calificado del partido socialista, elegía el púlpito basura del programa La Noria de T5 para perdonar la vida a los pensionistas españoles porque “podríamos haberles descontar la deflación”. Un día llegará en que el volcán irrumpa y entonces nadie sabrá cómo ha venido de tanta ceguera voluntaria acumulada, tanto autismo moral y tanto cuéntame cómo pasó para seguir mudo. Una cosa es borrarlos del mapa y otra muy distinta fumigarlos de mala manera. Porque, ojo, cómo dijo una vez el antropólogo Gregori Bateson a los que imponían la realidad representada sobre la vivida, “el mapa no es el territorio”.

Fuente: http://www.radioklara.org/spip/spip.php?article3807

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jueves, 29 de abril de 2010

Con Garzón, no


30-04-2010
Antón Dobao
http://antondobao.blogaliza.org/Rebelión

Lo malo de estas cosas es que todo se confunde, nada queda claro, y en el barullo nunca ganamos. Lo peor del manejo de consignas es el vaciado sistemático, con lo que los hechos pasan a ser arquetipos de gran capacidad connotativa. Afectiva, por tanto. Siempre al gusto de quien maneje los mensajes y los canales. Cuando la comunicación es unidireccional, manejar voluntades y afectos de los receptores no es un objetivo menor.

¿Qué ha hecho Garzón para merecer esto? Investigar los crímenes del franquismo, al parecer.
Pero cuando buscas datos más específicos, un conocimiento pormenorizado de lo que puede significar exactamente "investigar los crímenes del franquismo", el viaje concluye en el punto de partida. Entonces, se nos podría ocurrir que en estas tres últimas décadas hubo momentos, ocasiones y excusas para investigar al menos uno de los crímenes del franquismo. Uno sólo. Y, fíjate tú, nadie consideró oportuno hacerlo. Y todavía había responsables vivos, seguramente. ¿Es que no fue oportuno nunca? Tal vez Baltasar Garzón posee un sexto sentido para aprovechar oportunidades.

También es posible que entonces Baltasar Garzón supiese que los cimientos del régimen que con tanto esfuerzo él contribuye a robustecer tienen textura semejante a los del pasado inmediatamente anterior.
El régimen de monarquía parlamentaria es la continuidad histórica de los cuarenta años de dictadura. Así quedó fijado por el régimen, lo pactó parte de una izquierda desorientada, acobardada y desertora de la historia.
En julio de 1936 se levantó el ejército contra la República Española, le hizo la guerra, la reprimió, la asesinó, le borró el rostro de la superficie terrestre, manchó su memoria, y unos años después restauró el orden natural de las cosas. Contra el pensamiento exclusivo es necesario recordar que la Transición no transcurre de 1975 a 1978, sino de 1936 a 1975. Tras esos cuarenta años de transición, regresaron las formas de gobierno anteriores a 1931, las banderas, los himnos, todo. Quizás Garzón no lo sabía. Es probable que todavía no lo sepa.

Lo malo de estas cosas es que nadie puede permanecer ajeno a lo que ocurre. España prohíbe la memoria, eso es evidente. A Garzón lo sienta en el banquillo de los acusados la ultraderecha contra la que él nunca actuó.
No le quedaba tiempo. Estaba ocupado en lapidar otras expresiones políticas más incómodas. Se lo recordó hará unos años el Subcomandante Marcos, y el magistrado respondió con una amenazante indignación. Sin embargo nadie podría permanecer imparcial cuando se enfrenta el deseo de tantas personas, como las que se han manifestado estos días, de que la memoria de los suyos se restablezca, contra la determinación de la extrema derecha de tradición franquista, de Mayor Oreja a Manos Limpias, de impedir con todo su poder siquiera una pequeña parte del reconocimiento que se les debe a las víctimas del fascismo, que al final somos todas y todos.

Entre los manifestantes que portan rostros de sus desaparecidos y los airados y ofendidos hijos de la serpiente, cualquier persona de bien sabe a quién acompañar. Que hablen, si quieren, de revancha. Ellos, que nunca la sufrieron, que todavía hoy defienden con impudicia extrema la eliminación de los derrotados, de aquellos ingenuos que osaron un día soñar con alterarlo todo y despertaron de su sueño en fosas comunes.

Lo malo es esta obsesión por simplificarlo todo. Ni el Gobierno español ha tenido valor ni ganas de elaborar una Ley de Memoria Histórica que mereciese tal nombre y no se quedase en un cobarde acto de propaganda que ni siquiera sirve para anular juicios criminales. Sin simplificación, hoy el debate pondría en cuestión lo que está prohibido remover y sus razones. Pero para que no tiemblen los cimientos ni las coartadas del régimen es necesaria la simplificación, y reducirlo todo a una persecución personal contra Baltasar Garzón. Cuando todo se simplifica, nada se conoce.

Baltasar Garzón es un magistrado de espectaculares operaciones televisadas y escasa eficacia. Ni victorias contra el narcotráfico, ni contra la corrupción, ni persecución de crímenes contra la humanidad. Por alguna extraña razón, las instrucciones de este magistrado acaban en agua de borrajas. Triunfa el espectáculo sobre la realidad.

Baltasar Garzón es probablemente el magistrado que puede presumir del mayor número de personas encarceladas por su militancia política y por su ideología. Y, sin duda, el que más medios de comunicación cerró. Su actuación en el caso de la clausura de Egin es paradigmática, pero no la única. Cierres injustificables y rechazados posteriormente por la propia Justicia, detenciones indiscriminadas, incomunicación de detenidos, burla de las denuncias de tortura... Garzón es un experto en acciones judiciales de excepción contra las diversas manifestaciones de disidencia. Su carrera profesional no se entendería sin darle sentido de estado a ese tribunal de excepción que es la Audiencia Nacionall.

Reducir a la figura de Garzón este proceso de la extrema derecha frente a la memoria histórica, con todo lo que ésta debería significar, es un mal favor a las razones de los derrotados, a sus ansias de justicia, y además una ironía. Aquí el antagonismo tiene otros nombres. Y la izquierda en el Estado español debería de tener la valentía suficiente para pronunciarlos sin que le tiemblen los órganos fonadores. Por primera vez en treinta y tantos años.

Yo, con Garzón, no.

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El pretexto climático 3/3 1997-2010: La ecología financiera


por Thierry Meyssan*

Al igual que Henry Kissinger y Margaret Thatcher, el ex vicepresidente estadounidense Al Gore también recurre a la retórica ambientalista. Ya el objetivo no es desviar la atención de las guerras que desata el imperio estadounidense ni restaurar la grandeza del Imperio británico sino salvar el capitalismo anglosajón. En esta tercera parte de su estudio sobre el discurso ecologista, Thierry Meyssan analiza la dramaturgia preparatoria de la Cumbre de la Tierra prevista para el año 2012 y la rebelión de Cochabamba.

El Protocolo de Kyoto

En 1988, Margaret Thatcher había incitado al G7 a financiar un Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC) [Conocido en español por sus siglas en inglés (IPCC) y como Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, denominación que utilizaremos en lo adelante en este trabajo. NdT.] bajo los auspicios del PNUMA y de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

En su primer informe, en 1990, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático consideraba «poco probable» un claro aumento del efecto invernadero para «las próximas décadas o más allá». En 1995, un segundo informe de este órgano político se hace eco de la ideología de la Cumbre de Río y «sugiere una influencia detectable de la actividad humana en el clima planetario» [1].

Al ritmo de una al año, se suceden entonces una serie de conferencias de la ONU sobre el cambio climático. La de Kyoto, en Japón, elabora en diciembre de 1997 un Protocolo en el que los Estados firmantes se comprometen de forma voluntaria a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente las de dióxido de carbono (CO2) así como las de otros 5 gases: el metano (CH4), el protóxido de nitrógeno (N20), el hexafluoruro de azufre (SF6), los fluorocarburos (FC) y los hidroclorofluocarburos.

En la medida en que el Protocolo de Kyoto incita a los firmantes a hacer un mejor uso de los recursos energéticos no renovables, su firma parece positiva incluso a los Estados que no creen en la existencia de una influencia significativa de la actividad humana sobre el clima. Pero parece muy difícil que los Estados en vías de desarrollo logren modernizar sus industrias para hacerlas menos consumidoras de energía y menos contaminantes.
Señalando que esos Estados, cuyas industrias se encuentran en estado embrionario, producen pocos gases de efecto invernadero pero necesitan ayuda financiera para poder dotarse de industrias limpias y poco consumidoras, el Protocolo de Kyoto instituye un Fondo de Adaptación administrado por el Banco Mundial y un sistema de autorizaciones negociables.

Cada Estado recibe autorizaciones para la producción de ciertos volúmenes de gases de efecto invernadero que pueden repartir entre sus industrias. Los Estados en desarrollo que no utilicen la totalidad de sus permisos pueden revenderlos a los Estados desarrollados que contaminan más de lo autorizado. Con el producto de la venta [de los permisos que no utilizan] pueden financiar entonces la adaptación de sus industrias.

La idea parece llena de virtudes. El problema está en los detalles. La creación de un mercado de autorizaciones negociables abre el camino a una financierización adicional de la economía y, partir de ahí, a nuevas posibilidades para proseguir el saqueo del que ya eran objeto los países pobres.
De forma totalmente hipócrita, el presidente estadounidense Bill Clinton firma el Protocolo de Kyoto. Pero instruye a los parlamentarios del Partido Demócrata para que no lo ratifiquen. El Senado estadounidense lo rechaza de forma unánime.
Durante el periodo de ratificación del Protocolo de Kyoto, Estados Unidos se dedica a organizar el mercado de autorizaciones negociables, a pesar de que su intención es de no someterse a las exigencias comunes hasta el último momento.

Una organización caritativa, la Joyce Foundation, subvenciona varios estudios preparatorios. La dirección de dichos estudios está a cargo de Richard L. Sandor, economista republicano que ha desarrollado una doble carrera como corredor (Kidder Peabody, IndoSuez, Drexel Burnham Lambert) y universitario (Berkeley, Stanford, Northwestern, Columbia).

Bajo el estatuto de firma establecida según el derecho británico y la denominación de Climate Exchange [bolsa de valores sobre el clima], se crea un holding correspondiente a la modalidad Public Limited Company, lo cual implica que partes de dicha empresa pueden venderse a través de una oferte pública y que la responsabilidad de sus accionistas se limita a los aportes. El redactor de sus estatutos es un administrador de la Joyce Foundation, un jurista totalmente desconocido para el público llamado Barack Obama.
El ex vicepresidente estadounidense Al Gore y David Blood, ex director del banco Goldman Sachs, hacen un llamado público en busca de inversionistas.

Como resultado de dicha operación, Gore y Blood crean en Londres un fondo de inversiones de carácter ecológico denominado Generation Investment Management (GIM).
Para ello se asocian a Peter Harris (ex director del equipo de trabajo de Al Gore), a Mark Ferguson y Peter Knight (dos ex adjuntos de Blood en Goldman Sachs) así como a Henry Paulson (en aquel entonces director general de Goldman Sachs, puesto que dejará para convertirse en secretario del Tesoro de la administración Bush).
Climate Exchange Plc abre Bolsas en Chicago (Estados Unidos) y Londres (Reino Unido), con filiales en Montreal (Canadá), Tianjin (China) y Sydney (Australia).

Al reunir las acciones bloqueadas en el momento de la creación del holding con las que posteriormente adquiere, después del llamado público, Richard Sandor llega a poseer cerca de la quinta parte de todas las acciones.
El resto se reparte esencialmente entre fondos especulativos millonarios, como Invesco, BlackRock, Intercontinental Exchange (donde el propio Sandor funge también como administrador), General Investment Management y DWP Bank. Su capital bursátil sobrepasa actualmente los 400 millones de libras esterlinas. Los dividendos que percibieron los accionistas en 2008 se elevaron a 6,3 millones de libras.

Ingenuamente, los miembros de la Unión Europea son los primeros en adoptar la teoría del origen humano del calentamiento climático y en ratificar el Protocolo de Kyoto. Pero necesitan a Rusia para ponerlo en vigor. Este último país no tiene nada que temer en la medida en que el límite que se le fija no puede perjudicarlo, dado su retroceso industrial posterior a la disolución de la URSS.
Sin embargo, no lo acepta fácilmente, para exigir a cambio el apoyo de la Unión Europea a su admisión en la Organización Mundial del Comercio.
En definitiva, el Protocolo de Kyoto no entra en vigor hasta 2005.
2002: cuarta «Cumbre de la Tierra» en Johannesburgo y recordatorio de las prioridades por parte del presidente francés Jacques Chirac

La cumbre de Johannesburgo, en Sudáfrica, no presenta para Estados Unidos mayor interés que la de Nairobi. La agenda estadounidense está orientada exclusivamente hacia la guerra global contra el terrorismo. Por lo tanto, las cuestiones medioambientales tendrán que esperar.
El presidente estadounidense George W. Bush ni siquiera asiste a la cumbre y solamente envía al secretario de Estado Colin Powell, quien pronuncia un breve discurso en lo que su avión calienta los motores para emprender el viaje de regreso.

En Johannesburgo, la conferencia abandona el ambiente festivo que había primado en Río y se concentra en temas precisos: el acceso al agua y a la salud, el agotamiento previsible de las fuentes de energía no renovables y el precio de esta última, la ecología de la agricultura y la diversidad de las especies animales. El clima es un tema entre tantos otros.

La cumbre se convierte bruscamente en terreno de confrontación cuando el presidente francés Jacques Chirac declara: «Nuestra casa está en llamas y nosotros estamos mirando hacia otro lado. La Naturaleza, mutilada y sobreexplotada, no logra reconstituirse y nosotros nos negamos a admitirlo.
La humanidad está sufriendo. Está enferma de maldesarrollo, tanto en el Norte como en el Sur, y nosotros nos mantenemos indiferentes» [2].
Su discurso suena como una acusación contra Estados Unidos. No, la prioridad no es perseguir a Osama Ben Laden. Es el desarrollo de los países pobres y el acceso de todos a los bienes esenciales.

Furiosos, los altos funcionarios de la delegación estadounidense sabotean las negociaciones. Enfrascada en la instalación del centro de tortura de Guantánamo y de prisiones secretas en 66 países, la administración Bush tiene sin embargo el descaro de dar lecciones al resto del mundo y condiciona todo compromiso estadounidense a la obtención de concesiones de los países del Sur en materia de derechos humanos y de lucha contra el terrorismo.
No se obtiene la adopción de ningún documento final de real importancia.
Copenhague, en espera de la Cumbre de la Tierra de 2012

2012 será el año de la quinta Cumbre de la Tierra y de la revisión del Protocolo de Kyoto. Pero Washington y Londres han decidido convertir la 15ª conferencia sobre el cambio climático en una gran cita intermedia.
La cuestión es que la nueva política anglosajona pretende utilizar el calentamiento climático para avanzar hacia la obtención de sus dos objetivos esenciales:
- salvar el capitalismo y
- apoderarse de la capacidad de la ONU de establecer el derecho internacional.

No hay más remedio que reconocer que la economía estadounidense está en baja y que no logra rebasar su crisis interna.
Los estadounidenses ya no producen prácticamente nada importante, con excepción del armamento, mientras que los bienes que ellos mismos consumen se fabrican en una China cada día más próspera.
La principal solución es un cambio del capitalismo. Es hora de reactivar la especulación orientándola hacia las autorizaciones negociables para contaminar, de reactivar el consumo con productos ecológicos y de reactivar el trabajo con los empleos verdes [3].

Por otro lado, como la resistencia a la globalización forzosa se hace cada día mayor es conveniente presentarla de otra manera para obtener su aceptación. Habrá que decir que las cuestiones medioambientales exigen una administración global cuyo liderazgo tiene que estar en manos de los estadounidenses. Y para lograrlo hay que demostrar la ineficacia de la ONU en ese sector.

Una larga y poderosa campaña de propaganda precedió la conferencia de Copenhague, comenzando por el filme de Al Gore An Inconvenient Truth, (en castellano esta película lleva el título de: Una Verdad Incómoda) presentado en el Festival de Cannes de 2006, documental que le valió a Gore el premio Nóbel de la Paz correspondiente al año 2007.
El vicepresidente estadounidense, cuyo doble juego ante el Protocolo de Kyoto ya nadie parece recordar, se presenta ahora como un convencido militante que defiende su noble causa dedicándole benévolamente su tiempo libre.
En realidad, fue en calidad de consejero de la Corona británica, la verdadera promotora de la operación, que Al Gore realizó el documental y emprendió una gira promocional.

Al Gore es un especialista de la manipulación de las masas. Fue el organizador, a fines del siglo 20, de la campaña de alarmismo milenarista vinculada al llamado «error informático del año 2000». Suscitó entonces la creación de un grupo de expertos de la ONU, el Y2KCC –en todo sentido comparable al Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático–, para ofrecer la apariencia de que existía un consenso científico alrededor de lo que en realidad no era otra cosa que la magnificación de un problema menor [4].

Varios filmes de ficción se agregan al documental de Al Gore. El PNUMA divulga mundialmente el filme Home, del fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, el 5 de junio de 2009. Algo similar sucede con 2012, el filme hollywoodense del alemán Roland Emmerich, que presenta el derrumbe de la corteza terrestre bajo el peso de las aguas y el salvamento de los capitalistas más adinerados gracias a dos modernas arcas de Noé mientras que los pobres perecen bajo las aguas.

Aparentemente, la conferencia de Copenhague debía resolver la cuestión de los gases de efecto invernadero estableciendo límites para las emisiones y ayudas destinadas a los países en desarrollo.
La realidad es que Londres y Washington pretendían llevar a los europeos a reducir por sí mismos los límites establecidos en el Protocolo de Kyoto para aumentar así la cantidad de permisos negociables, y por consiguiente la especulación bursátil, y hacer fracasar la conferencia como medio de preparar a la opinión pública mundial para la adopción de una solución fuera del marco de la ONU.

El presidente ruso Dimitri Medvedev, perfectamente cómodo en medio de toda esta farsa, preparó una maniobra que puede resultar muy productiva para su país.
Decidió subir las apuestas eligiendo un compromiso espontáneo y radical. Anuncia entonces a los países de Europa occidental que Moscú apoya lo que ellos exigen y que reducirá sus emisiones de gases de efecto invernadero de un 20 a un 25% de aquí al año 2020 en relación con las emisiones registradas en 1990. ¿Quién da más? ¡Nadie!
El detalle es que entre 1990 y 2007 las emisiones rusas de gases de efecto invernadero se redujeron en un 34% como consecuencia al colapso industrial que se produjo en tiempos de Yeltsin. O sea, el supuesto compromiso del Kremlin [para la reducción de las emisiones] le deja margen… ¡para un aumento del 9 al 14%!

De forma nada sorprendente, los anglosajones mueven sus peones utilizando al presidente francés Nicolas Sarkozy, enteramente satisfecho este último de verse en el papel de deus ex machina.
Sarkozy llega en medio de los debates, denuncia la falta de voluntad de sus homólogos y convoca una reunión no programada entre varios jefes de Estado y de gobierno [5].
Sin traductores, sentados en sillas incómodas, unos cuantos personajes se prestan para la maniobra. Garabatean en un pedazo de papes unas cuantas líneas de buenas intenciones y las presentan como la panacea.
«El planeta» ha sido salvado y… ¡cada uno para su casa!
El verdadero objetivo de esa farsa no es otro que preparar a la opinión pública mundial para las decisiones que habrá que imponer en la «Cumbre de la Tierra» de 2012.

Pero el presidente venezolano Hugo Chávez cuestiona la problemática de la cumbre, sin desalentar por ello a las asociaciones ecologistas que se manifiestan ante el centro donde se desarrolla la conferencia.
Hugo Chávez denuncia la maniobra de Sarkozy, que consiste en la redacción de una declaración final por un reducido grupo de Estados que se autoproclaman «responsables» para imponerla después al resto de la comunidad internacional.
El presidente de Venezuela denuncia una farsa destinada a permitir que un capitalismo sin conciencia logre escamotear sus propias responsabilidades y pueda presentarse como si estuviera libre de polvo y paja [6].
Chávez se hace eco de una de las consignas que gritan los manifestantes fuera del centro de conferencia: «¡No cambien el clima, cambien el sistema!»
Cochabamba, la antítesis de Copenhague

El presidente boliviano Evo Morales expone sus propias conclusiones sobre la cumbre de Copenhague. Para él está claro que las grandes potencias están jugando con el medio ambiente. Como ya viene sucediendo con muchos otros temas, las grandes potencias pretenden utilizar la cuestión del medio ambiente en beneficio propio y en detrimento del Tercer Mundo.
La presencia de una multitud de manifestantes fuera del centro de conferencias permite sin embargo abrigar esperanzas en cuanto a una voluntad planetaria muy diferente.

El presidente Evo Morales convoca entonces a una «Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra». El encuentro se desarrolla 4 meses más tarde en Cochabamba, Bolivia.
Sobrepasando todas las previsiones, más de 30 000 personas y 48 delegaciones gubernamentales participan en la Conferencia de Cochabamba. El ambiente de este encuentro recuerda a la vez el de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro y el de las diferentes ediciones del Foro Social Mundial.
Lo que está en juego es sin embargo muy diferente.

En Río, la firma de relaciones públicas Burson-Marsteller había dado realce a las asociaciones como medio de legitimar las decisiones tomadas a puertas cerradas. En Cochabamba sucede lo contrario. Las asociaciones, excluidas del centro de conferencias de Copenhague, son ahora los actores de la toma de decisiones. La comparación con el Foro Social Mundial deja de ser válida.

El objetivo del Foro Social Mundial es ser la contraparte del Foro Económico de Davos y para ello se exila a sí mismo en el otro extremo del mundo, como recurso para evitar los enfrentamientos que ya se habían producido en Suiza. Lo que se cuestiona ahora es la ONU.
Evo Morales ha tomado nota del fiasco de Copenhague y de la voluntad de las grandes potencias de ignorar la autoridad de la Asamblea General de la ONU, así que convoca a la sociedad civil a unirse frente a los gobiernos occidentales.

El presidente boliviano Evo Morales y su ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, abordan las cuestiones medioambientales desde su propia cultura de indios aimaras [7].
Mientras los occidentales discuten para determinar hasta dónde hay que limitar las emisiones de gases de efecto invernadero para no perturbar el clima, el presidente de Bolivia y su ministro de Relaciones Exteriores señalan que si se piensa que esas emisiones pueden ser peligrosas, lo que se impone es interrumpirlas.

Rompiendo con la lógica dominante, Morales y Choquehuanca rechazan el principio de las autorizaciones negociables, estimando que no se puede permitir, y mucho menos vender, algo que se cree peligroso. A partir de ese razonamiento, el presidente boliviano y su ministro de Relaciones Exteriores se pronuncian por un completo cambio del principio fundamental.
Los Estados desarrollados, sus ejércitos y sus transnacionales han herido a la Tierra que nos alimenta, poniendo así en peligro a toda la humanidad, mientras que los pueblos originarios han dado pruebas de su propia capacidad para preservar la integridad de la Madre Tierra.
La solución es, por lo tanto, de orden político: hay que devolver a los pueblos autóctonos el manejo de los grandes espacios mientras que las transnacionales tienen que responder ante un tribunal internacional por los daños que han provocado.

La Conferencia de los Pueblos celebrada en Cochabamba llama a la organización de un referendo mundial para la institución de una justicia climática y medioambiental y la abolición del sistema capitalista.
Siguiendo el mismo método ya tantas veces aplicado en numerosas cumbres internacionales que habían logrado escapar al control de los anglosajones, Washington desata de inmediato una campaña mediática destinada a desacreditar el mensaje de la conferencia de Cochabamba.
Dicha campaña deforma los razonamientos y el discurso del presidente boliviano Evo Morales [8].
Demasiado tarde. La ideología verde de Occidente ya ha perdido la unanimidad.

El árbol que no deja ver el bosque

En 40 años de discusiones de la ONU, las cosas no han mejorado sino todo lo contrario. Lo que se ha producido es un increíble acto de prestidigitación que resalta la responsabilidad individual mientras que pasa por alto las responsabilidades de los Estados y oculta la de las transnacionales. Como el árbol que no deja ver el bosque.

En las cumbres internacionales nadie trata de evaluar el costo energético de las guerras desatadas contra Afganistán e Irak, costo energético que incluye el puente aéreo que transporta diariamente toda la logística proveniente de Estados Unidos hacia el campo de batalla, incluyendo la alimentación de los soldados.

Nadie se preocupa por medir la superficie habitada contaminada por las municiones de uranio enriquecido, de los Balcanes a Somalia y pasando por el Gran Medio Oriente.

Nadie menciona las áreas agrícolas destruidas por las fumigaciones en el marco de la guerra contra la droga, en América Latina o en Asia central; ni las áreas esterilizadas por el uso del agente naranja, desde la jungla vietnamita hasta los palmares iraquíes.

Hasta la celebración de la conferencia de Cochabamba, la conciencia colectiva olvidó las evidencias existentes de que los principales ataques contra el medio ambiente no son consecuencia de comportamientos individuales ni de la industria civil sino de guerras desatadas para que las transnacionales puedan explotar los recursos naturales, y de la explotación sin escrúpulos de esos mismos recursos por parte de las transnacionales que alimentan los ejércitos imperiales. Lo cual nos trae nuevamente al punto de partido, cuando U Thant proclamaba el «Día de la Tierra» en protesta contra la guerra de Vietnam.

Thierry Meyssan

Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Fuente Odnako (Russia)


[1] Todos los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático están disponibles en inglés, francés y español en el sitio Internet de dicho órgano.

[2] «Discours de Jacques Chirac au sommet mondial sur le développement durable de Johannesburg», 2 de septiembre de 2002.

[3] «La mue de la finance mondiale et la spéculation verte» (La metamorfosis de la finanza mundial y la especulación verde), por Jean-Michel Vernochet, Réseau Voltaire, 2 de marzo de 2010.

[4] «No hay un consenso científico en la ONU», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 17 de diciembre de 2009.

[5] «Intervention au sommet de Copenhague sur le climat» (Discruso del presidente francés Sarkozy en la cumbre climatica de Copenhague, en francés), por Nicolas Sarkozy, Réseau Voltaire, 17 de diciembre de 2009.

[6] «Discurso de Chávez en Copenhague» (en castellano), por Hugo Chávez Frías, Red Voltaire, 16 de diciembre de 2009.

[7] Ver su tribuna libre publicada en el diario estadounidense Los Angeles Times: «Combating climate change: lessons from the world’s indigenous peoples» (disponible para su descarga en el sitio de la Red Voltaire).

[8] Evo Morales denunció en su discurso las consecuencias sanitarias que tiene para los hombres el consumo de carne con hormonas femeninas. Sus palabras fueron interpretadas como declaraciones homofóbicas. Esta táctica de descrédito se ha hecho clásica. Basta con recordar la campaña mediática contra el Papa Juan Pablo II después de su discurso en la Gran Mezquita de Damasco o la que se desató contra el primer ministro de Malasia Mahathir bin Mohamad luego de su discurso ante la Conferencia Islámica.


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El pretexto climático 2/3: 1982-1996: La ecología de mercado


Margaret Thatcher aborda el desafío climático como una posibilidad para el Reino Unido de asumir el liderazgo científico a nivel mundial y de emprender una nueva revolución industrial (En la imagen, Margaret Thatcher en la apertura del Hadley Center, el 25 de mayo de 1990).

por Thierry Meyssan*
25 de abril de 2010

Durante los años 1980-90 se buscó disociar la ecología de las cuestiones de defensa para vincularla con los problemas económicos. En esta segunda parte de su estudio sobre la retórica ambientalista, Thierry Meyssan analiza cómo las transnacionales invirtieron la situación y pasaron de la posición de acusado a la de padrino de las asociaciones verdes.

Este artículo es la continuación de:
1. «1970-1982: La ecología de guerra»
1982: Nairobi, la segunda «Cumbre de la Tierra» y el liderazgo de Margaret Thatcher

Poco a poco el debate se desplaza del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) hacia el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FPNU) en cuyo seno dará lugar a enfrentamientos entre Estados Unidos, por un lado, y, del otro lado, la Santa Sede e Irán sobre el tema de la moral sexual.
Dentro del bando capitalista, los neo-maltusianos pierden influencia ante los partidarios de la desregulación.
El presidente estadounidense Ronald Reagan trata con desdeño la segunda «Cumbre de la Tierra» (Nairobi, 1982), que pasa sin pena ni gloria. Ni siquiera se prevé la realización de una nueva conferencia.

Los demócratas estadounidenses toman las cosas con más seriedad.
James Gus Speth, ex consejero de Jimmy Carter para el medio ambiente, y Jessica Mathews, ex adjunta de Zbignew Brzezinski en el Consejo de Seguridad Nacional y administradora de la Rockefeller Foundation, fundan el World Resources Institute (WRI), un think tank ecologista que debe ejercer su influencia sobre el Banco Mundial.

Financiado por varias transnacionales, el WRI será el primer organismo de su tipo en dedicar grandes presupuestos al estudio político del clima.
El WRI cuestiona la capacidad de los Estados para enfrentar los desafíos vinculados al medio ambiente y milita por una administración global que, según asegura, no se ejercerá a través de la ONU sino a traves del mercado [capitalista] mundial.

Los tratados son inútiles. Las transnacionales serán quienes resuelvan los problemas y lo harán sólo cuando sea de interés para sus accionistas.
Después del fracaso de la conferencia de Nairobi, las Naciones Unidas reducen sus ambiciones y se conforman con negociar la Convención de Viena y el Protocolo de Montreal sobre la prohibición de los clorofluorocarbonos (CFCs), responsables del «hueco de la capa de ozono».

Para reactivar el debate que se la va de las manos, el secretario general de la ONU, el peruano Javier Pérez de Cuéllar, nombra una Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo que tendrá como presidenta a la ministra de Estado noruega (o sea, primera ministra), la doctora Gro Harlem Brundtland, y a Jim MacNeill como secretario general. Este organismo, que cuenta entre sus miembros a Maurice Strong, entrega un informe pesimista y ambiguo titulado Nuestro futuro comun [1].
El texto es innovador dado que toma en cuenta las preocupaciones del Tercer Mundo.

En ese sentido menciona, por vez primera en un documento internacional, la noción de «desarrollo sostenido», posteriormente traducida como «desarrollo sostenible». El crecimiento industrial no es enemigo de la especie humana, pero es necesario regularlo para no hipotecar los derechos de las futuras generaciones.
Lo cual implica, claro está, que la actividad humana no debe destruir el medio ambiente. Pero también implica que la actividad humana no debe crear desigualdades que priven de futuro a los niños que nacen en los países pobres.
El problema del acceso a los recursos naturales y del manejo de dichos recursos escapa de las manos de los neo-maltusianos y adquiere una dimensión revolucionaria que no todo el mundo entiende de la misma manera.

Para los tercermundistas, los Estados tienen que adoptar leyes que garanticen el acceso de todos a los bienes comunes. Para los capitalistas (neo-liberales), por el contrario, los Estados deben desregular [o sea, eliminar leyes] para garantizar el acceso de las transnacionales [a los bienes comunes].
Esta doble lectura suscita inquietud en algunos Estados desarrollados. Dos factores los incitarán, sin embargo, a implicarse en la continuación de las negociaciones.

En 1986, el transbordador espacial Challenger se desintegra en vuelo, 73 segundos después de su lanzamiento. Estados Unidos decreta la inmediata interrupción de los vuelos.
La NASA entra en una fase de introspección y reorganización. Y analiza, en aras de conservar su presupuesto, la posibilidad de reciclarse como observadora de los cambios climáticos a través de los satélites artificiales.

El director del instituto de climatología de la NASA, James Hansen, dramatiza el problema al comparecer ante una comisión del senado [2].
Gracias a Hansen, el movimiento ecologista estadounidense se dota de un aval científico y la NASA recupera su presupuesto.

Hansen reactiva la teoría del «efecto invernadero», concepto formulado en 1896 por el físico y químico sueco Svante Arrhenius que afirma que la presencia en la atmósfera de ciertos gases, como el CO2, puede provocar un aumento de la temperatura global de la superficie terrestre.
Este científico, adepto del cientificismo, había emitido la hipótesis de que la humanidad lograría evitar una nueva edad de los glaciares gracias al calor de sus fábricas. Su demostración resultó improvisada, provocando el abandono de la idea.

James Hansen la retoma al cabo de los años –sin verificarla– pero sacando la conclusión inversa: el desarrollo industrial va a provocar un calentamiento climático perjudicial para la humanidad.

Margaret Thatcher se apodera entonces de la cuestión climática y se impone rápidamente como líder mundial en la materia.
En 1987, Maumoon Abdul Gayoom, presidente de las Maldivas, aborda el tema durante la cumbre de la Commonwealth, en Vancouver. Su país, dice el presidente de las Maldivas, desaparecerá si el clima se recalienta y sube el nivel del mar.
En 1988, Canadá y Noruega organizan en Toronto una conferencia ministerial mundial sobre el tema «Cambios en nuestra atmósfera: implicaciones para la seguridad global» [3], donde se abordan por vez primera los posibles desplazamientos de población y se mencionan objetivos determinados para la reducción de los gases de efecto invernadero.

Los primeros ministros de Canadá y Gran Bretaña, Brian Mulroney y Margaret Thatcher, convencen a sus colegas del G7 (Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia) de financiar un Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC) [Conocido por sus siglas en inglés (IPCC) y en español como Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, denominación que utilizaremos en lo adelante en este trabajo. NdT.] bajo los auspicios del PNUMA y de la Organización Meteorológica Mundial, que ya habían iniciado un programa común de investigación [4]. Poco después, la señora Thatcher pronuncia un importante discurso en la Royal Society [5].

Afirma en él que los gases de efecto invernadero, el hueco de la capa de ozono y las lluvias ácidas exigen respuestas intergubernamentales. En 1989, la propia Margaret Thatcher se dirige a la Asamblea General de la ONU con un mensaje de alarma en el que llama a una movilización general sobre el tema.
Anuncia que Gran Bretaña ya ha tomado una serie de iniciativas para modernizar su industria y que pondrá a la disposición de los investigadores de todo el mundo las herramientas informáticas necesarias para el estudio del clima [6]. De regreso en Londres, crea el Hadley Center for Climate Prediction and Research, institución que inaugura con gran solemnidad [7]. Participa también en la conferencia mundial sobre el clima, en Ginebra, donde se pronuncia por la redacción de una convención global [8].

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático adquiere toda su dimensión con la creación del Hadley Center. El interés de Lady Thatcher no era crear una academia científica internacional sino un órgano político encargado de enmarcar la investigación, lo que cual se hace mucho más fácil en la medida en que los expertos participantes necesitan al Hadley Center para poder continuar sus trabajos.
El objetivo de Margaret Thatcher no era fabricar una ciencia falsa para apoyar una línea política, sino orientar la investigación fundamental para convertirla en investigación aplicada, útil para la nueva revolución industrial a la que aspiraba.

El deseo de Lady Thatcher, ex investigadora en el sector de la química orgánica, de basar la prosperidad y la influencia de su propio país en su liderazgo científico resulta indudable. Contrariamente a los neo-maltusianos, Margaret Thatcher plantea que los progresos científicos deben permitir resolver el desafío climático. Pone como ejemplo la manera cómo la ciudad de Londres ha logrado deshacerse del fog, la espesa nube de humo de las fábricas que la niebla impide disiparse. Lejos de condenar la industrialización, Margaret Thatcher quiere realizar una nueva revolución industrial que pondrá nuevamente a su país a la cabeza de la economía mundial. Cierra las minas de carbón, recurre al petróleo del Mar del Norte y prepara el futuro con el sector nuclear.

Esta enorme ambición, que Margaret Thatcher implementa con el mayor desprecio por la clase obrera e imponiendo a la clase dirigente un paso de marcha forzada, se estrella contra las disensiones del Partido Conservador, que se rebela contra su autoritarismo y la obliga a dimitir.
1992: Río de Janeiro, la tercera «Cumbre de la Tierra» y el triunfo de Maurice Strong

Durante los últimos años, Maurice Strong ha abandonado la actividad en el sector público canadiense y se ha hecho millonario. Ha sido nombrado director de Petro-Canada y ha acumulado una impresionante fortuna personal. Junto con el vendedor de armas saudita Adnan Kashoggi, Maurice Strong crea American Water Development, sociedad que compra el valle de Saint Louis para explotar las reservas de agua del río Colorado. Pero enfrentan la cólera de los habitantes, quienes temen que esa verde región se convierta en un desierto.

Strong renuncia bruscamente al proyecto. Según afirma, un sabio le reveló las propiedades místicas del lugar, que los indios consideran sagrado. Junto a su esposa Hanne, convencida esta última de ser la reencarnación de una sacerdotisa india, Strong crea la Manitou Foundation.
Su esposa es la presidenta y el propio Strong es el tesorero. Invierten 1,2 millones de dólares en el Baca Ranch de Crestone, construyen un gran complejo espiritual al estilo New Age en el que coexisten templos hindúes y budistas, templos judíos e iglesias cristianas, chamanes y otros tipos de brujos, en el marco de un urbanismo esotérico.

Altas personalidades, miembros del muy serio Aspen Institute (Rockefeller, Kissinger, etc.), vienen a meditar al lugar para que todas las religiones se conviertan en una sola.
Laurance Rockefeller, hermano de David, hace una donación de 100 millones de dólares. La extraña aventura se termina tan abruptamente como había comenzado sin que se haya logrado determinar si se trató de un caso de delirio colectivo o si fue una maniobra propagandística para atenuar la imagen de tiburones de Maurice Strong y sus amigos.

En todo caso, el Baca Ranch sirvió de laboratorio para la elaboración de la propaganda ecologista con una religiosidad a la moda, basada en el mito bíblico del diluvio y envuelta en imágenes provenientes de diferentes culturas, principalmente del budismo.
El hombre pecador ha sucumbido ante la tentación industrial y debe asumir el castigo divino. Debido al calentamiento climático, que él mismo ha provocado, las aguas pronto cubrirán la faz de la Tierra.
El único sobreviviente será Noé, el ecologista, y con él sobrevivirán las plantas y animales que él mismo logre poner a salvo.

Esa creencia se basa en la cosmogonía inspirada en los trabajos del investigador James Lovelock, quien recibe el título honorífico de Comendador del Imperio Británico, otorgado por Margaret Thatcher. En su teoría de Gaia, el científico inglés pretende demostrar que la regulación de la composición de la atmósfera terrestre depende de los seres que la habitan. Basados en ese razonamiento, que todavía está por demostrar, los creadores del Baca Ranch plantean que el planeta Tierra se comporta como un organismo vivo. Es Gaia, la diosa madre de la mitología griega. Por muy absurdo que parezca esta cosmogonía se impone en el imaginario contemporáneo. Por lo tanto, ya no se trata de «salvar la humanidad» sino de «salvar el planeta», aunque nadie pone en duda que a este astro muerto todavía le quedan por delante varios miles de millones de años.

Como quiera que sea, los anglosajones logran obtener la elección de Maurice Strong como presidente de la Federación Mundial de Asociaciones de las Naciones Unidas (WFUNA, siglas en ingles). Esta posición le permite hacer campaña para que la ONU organice una nueva cumbre de la Tierra. Una vez tomada la decisión, Strong no encuentra la menor dificultad, dado el papel que ya había desempeñado en Estocolmo y su paso por el PNUMA, para obtener el cargo de secretario general de la futura conferencia.

Para la preparación de la cumbre de Río, Strong se busca en primer lugar un consejero especial, su amigo Jim MacNeill, quien había sido director de Medio Ambiente en la OCDE y, posteriormente, redactor del informe Brundtland. Al igual que Strong, MacNeill es miembro de la Comisión Trilateral, creada por David Rockefeller con Zbignew Brzezinski.

En ese marco MacNeill redacta el informe preparatorio de la conferencia, titulado Beyond Interdependence (Más allá de la interdependencia) [9], mientras que Strong redacta el prefacio. La idea principal que se desprende del informe de la Rockefeller Foundation, previo a la conferencia de Estocolmo, y del informe de la comisión de la ONU posterior a la conferencia de Nairobi así como del de la Comisión Trilateral, antes de la conferencia de Río, es que los intereses económicos y las preocupaciones sobre el medio ambiente no deben oponerse entre sí acusando a las transnacionales de contaminar indiscriminadamente. Por el contrario. Industriales y ambientalistas deben unirse. La ecología puede ser un negocio lucrativo. Lo que falta es hacerle tragar eso a la opinión pública.

Maurice Strong complace a las asociaciones ecologistas invitándolas a presentar sus sugerencias para la cumbre y tratándolas con todo de atenciones. Al mismo tiempo reserva un espacio estratégico a las transnacionales, nombrando al multimillonario suizo Stephan Schmidheiny como consejero principal para la preparación de la cumbre.

Schmidheiny reúne en el seno del World Business Council for Sustainable Development (WBCSD) a las principales transnacionales, temerosas de que la cumbre pueda dar lugar a un cuestionamiento de sus prácticas. Les propone la realización de acciones de cabildeo para evitar la adopción de cualquier reglamentación internacional que entorpezca sus actividades y para promover la globalización económica bajo la fachada de la acción ecológica.

Mundialmente celebrado como filántropo de la ecología, Schmidheiny amasó su fortuna a través de la empresa de materiales de construcción Eternit. Como consecuencia de una investigación ordenada por Rafaelle Guariniello, fiscal general de Turín, en Italia, Schmidheiny debe comparecer ante los tribunales en 2010. Se le acusa de ser el mayor contaminador del mundo con amianto.
A pesar de tener total conocimiento de causa, Schmidheiny contaminó o permitió la contaminación de la ciudad de Casale donde se encontraban las fábricas de su empresa, provocando la muerte de 2 900 personas mientras que otras 3 000 quedaban afectadas.

Mientras Maurice Strong y sus amigos preparan la conferencia, numerosos científicos expresan su descontento ante el rumbo que están tomando las cosas. El periodista francés Michel Salomon reúne 3 000 universitarios y laureados del Premio Nóbel alrededor del Llamado de Heidelberg. Haciendo alusión a los santuarios del Baca Ranch y las teorías de Gea, denuncian «el surgimiento de una ideología irracional que se opone al progreso científico e industrial y perjudica el desarrollo económico y social».

Observando la movilización del WBCSD, reafirman «la necesidad absoluta de ayudar a los países pobres a alcanzar un nivel de desarrollo sostenible y en armonía con el del resto del planeta, de protegerlos de lo perjudicial proveniente de naciones desarrolladas y de evitar encerrarlos en una red de obligaciones irrealistas que comprometen a la vez su independencia y su dignidad».

Finalmente, concluyen que «los peores males que amenazan nuestro planeta son la ignorancia y la opresión, no la ciencia, la tecnología y la industria cuyos instrumentos, en la medida en que se utilicen adecuadamente, son herramientas indispensables que permitirán a la humanidad acabar, por sí misma y para sí misma, con males como el hambre y la sobrepoblación».

Strong y Schmidheiny reclutan entonces la firma de relaciones públicas Burson-Marsteller. La especialidad de su presidente, Harold Burson, consiste en identificar los sectores de población que pueden ser utilizados a favor de una causa, organizarlos en asociaciones y utilizarlas después para que defiendan, sin saberlo, los intereses de los clientes de la firma.
Entre otros ejemplos, Burson había creado en el pasado asociaciones de enfermos para facilitar el acceso a los medicamentos que fabricaban sus clientes, en vez de militar por el acceso a los medicamentos más eficaces.

También formó asociaciones de fumadores para luchar contra las leyes antitabaquismo, en vez de luchar por la fabricación de cigarrillos que no fuesen tóxicos. Burson transformará entonces la cumbre de Río en una gigantesca feria asociativa, dando así una apariencia de legitimidad popular a decisiones ya tomadas de antemano, en secreto y al más alto nivel, por un sindicato de transnacionales [10].

Esta técnica de manipulación se ha hecho clásica. Y ha sido reproducida desde entonces en múltiples conferencias internacionales.

172 delegaciones, de las que forman parte un centenar de jefes de Estado y de gobierno, participan en la cumbre de Río, del 3 al 14 de junio de 1992. En medio de una atmósfera festiva, el encuentro sirve de marco a la adopción de numerosos documentos. La Declaración de Río [11] establece 27 principios, como el principio de precaución: «la ausencia de certeza científica absoluta no debe servir de pretexto para posponer la adopción de medidas efectivas tendientes a prevenir la deterioración del medio ambiente» [12].

Esta Declaración es fruto de una verdadera negociación entre Estados. El documento reconoce el derecho de las generaciones futuras al desarrollo sostenible, lo cual implica no sólo que el crecimiento económico no debe concretarse a costa del medio ambiente sino que tampoco debe perpetuar las desigualdades entre el Norte y el Sur. En materia de derecho internacional, el medio ambiente se convierte en una cuestión de justicia social.

Para la aplicación de esos principios, los Estados miembros deben atenerse a otro documento: Action 21 [13]. Es un detallado programa que explica la relación entre desarrollo y medio ambiente, enumera los principales problemas ambientales, precisa los grupos e instituciones que deben ser movilizados y refiere gran cantidad de buenas intenciones. Pero en este segundo documento se elimina toda referencia a situaciones de conflicto. Estados Unidos e Israel logran que se elimine toda mención de los derechos de los «pueblos sometidos a la opresión, la dominación y la ocupación».

Lo más importante es que la guerra ya no aparece como el principal factor de los ataques al desarrollo y al medio ambiente. Es el triunfo de Maurice Strong y de la ecología edulcorada. Las transnacionales pueden seguir saqueando el planeta, con tal de que no contaminen en los países desarrollados.

El Pentágono, que acaba de desatar su primera agresión militar contra Irak, puede seguir destruyendo sin preocuparse porque la destrucción de la guerra no cuenta.
(Continuación en la tercera parte titulada: «1997-2010: Le ecología financiera»)
Thierry Meyssan

Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Fuente Odnako (Russia)


[1] Título en francés: Notre avenir à tous. Título en inglés: Our Common Future. Título en español: Nuestro Futuro Común.

[2] Greenhouse Effect and Global Climate Change, audiencia de James Hansen ante la Comisión senatorial de Energía y Recursos Naturales, 23 de junio de 1988.

[3] «Our Changing Atmosphere: Implications for Global Security».

[4] Déclaration économique, G7, Toronto, §33.

[5] Speech to the Royal Society, por Margaret Thatcher, 27 de septiembre de 1988.

[6] Speech to United Nations General Assembly (Global Environment) por Margaret Thatcher, 8 de noviembre de 1989.

[7] Speech opening Hadley Centre for Climate Prediction and Research, por Margaret Thatcher, 25 de mayo de 1990.

[8] Speech at 2nd World Climate Conference, por Margaret Thatcher, 6 de noviembre de 1990.

[9] Beyond Interdependence: The Meshing of the World’s Economy and the Earth’s Ecology, por Jim MacNeill, Pieter Winsemius y Taizo Yakushiji, Oxford Paperbacks, febrero de 1992.

[10] «Burson-Marsteller, Pax trilateral and the Bruntland Gang versus the Environment» por Joyce Nelson, y «Poisoning the Grassroots» por John Dillon, Covert Action quaterly, primavera de 1993.

[11] Texto íntegro de la Declaración de Río.

[12] El principio de precaución, como aparece formulado en la Declaración de Río o en la Carta francesa sobre el medio ambiente, tiene como objetivo ampliar la base jurídica de la acción política a favor del medio ambiente ante las evaluaciones científicas que presentan las transnacionales. Posteriormente ha sido a menudo tergiversado para justificar una forma de pasividad política en todos los sectores.

[13] Texto íntegro de Action 21.

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miércoles, 21 de abril de 2010

Elie Wiesel el impostor y Jerusalén


21-04-2010
Alain Gresh
Traducido para Rebelión por Juan Vivanco Gefaell

En una publicidad titulada «For Jerusalem» y publicada en el International Herald Tribune (16 de abril de 2010), Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, vuelve a las andadas. El texto afirma abiertamente que «Jerusalén está por encima de la política». Lo cual, para el autor, significa que debe… seguir siendo israelí.

Según Wiesel, la presencia de la ciudad en la historia judía es apabullante, pues se menciona «600 veces en las escrituras y ni una sola vez en el Corán». Aparte de que esta afirmación es discutible (no voy a entrar ahora en una interpretación del texto coránico), no vemos a santo de qué la mención de una ciudad en un texto que tiene varios miles de años de antigüedad puede otorgar a alguien un derecho de propiedad. Porque entonces habría que volver a trazar las fronteras de Europa con arreglo a los textos latinos de la Edad Media o los textos griegos de la Antigüedad.

«No hay plegaria más emotiva en la historia judía ―prosigue Wiesel― que la que expresa nuestro [de los judíos] deseo ardiente de volver a Jerusalén». Esta interpretación política de un rezo no tiene ni pies ni cabeza. Durante siglos, los judíos practicantes pronunciaron, efectivamente, esta plegaria, pero sin intención de llevarla a cabo. Hasta 1948 los judíos podían ir a Jerusalén (a algunos los enterraban allí). Sólo cuando surge el movimiento sionista pasa a ser una meta política. Como escribe acertadamente Gilles Perrault en su biografía de Henri Curiel, Un homme à part (ed. Fayard), «a excepción de la minoría sionista, nadie sentía la necesidad de un Estado judío, ni de salmodiar “el año que viene en Jerusalén”, cuando bastaba con subirse al tren de las 9.45 para viajar hasta allí».

«Hoy en día ―prosigue Wiesel―, por primera vez en la historia, judíos, cristianos y musulmanes pueden celebrar sus ritos religiosos libremente. Y, pese a ciertas afirmaciones de los medios, judíos, cristianos y musulmanes TIENEN [en mayúsculas] autorización para construir sus casas en cualquier parte de la ciudad.»

No hay otra forma de decirlo: es una mentira infame. No sólo se impide constantemente el acceso de los cristianos y los musulmanes a sus santos lugares, no sólo se les niega el derecho a construir en Jerusalén, sino que se derriban sus casas, como han reconocido un sinfín de informes de distintas organizaciones, pero también los gobiernos. Incluso Estados Unidos se ha molestado por la destrucción de casas árabes («U.S. furious over Israel’s demolition of East Jerusalem homes», por Barak Ravid y Natasha Mozgovaya, Haaretz, 22 de marzo de 2009). Y basta con leer el informe de los cónsules europeos en Jerusalén («Jérusalem, le rapport occulté»). ¿Wiesel no sabe nada de esto?

En una respuesta a este escrito, «For Jerusalem, a response to Elie Wiesel» (Haaretz, 18 avril), Yossi Sarid dice:

«Alguien le ha engañado, querido amigo. Un árabe, además de no tener permiso para construir “en cualquier parte”, puede dar gracias a Dios si no le echan de su casa y le arrojan a la calle con su familia y sus enseres. Quizá haya oído usted hablar de unos residentes árabes de Sheij Yarrá que vivían allí desde 1948 y ahora se han convertido otra vez en refugiados desarraigados, porque algunos judíos se saltan a la torera las limitaciones del espacio en Jerusalén.

»Esos judíos exaltados se empeñan incluso en atravesarse como huesos en las gargantas de los barrios árabes, para purificarlos y judaizarlos con la ayuda de sus acaudalados benefactores estadounidenses, a muchos de los cuales conoce usted personalmente. Entre bastidores, nuestro primer ministro y el alcalde de Jerusalén mueven los hilos de esta función de títeres, pero escurren el bulto para no parecer responsables de tanta anarquía y codicia. Esta es la verdadera razón por la que “las nuevas y viejas tensiones” de las que habla usted en su escrito rebrotan “con tanta rapidez”.»

Wiesel termina proponiendo que no se resuelva el problema de Jerusalén, es decir, lisa y llanamente, que se mantenga la ciudad bajo ocupación.

No es la primera vez que se pronuncia sobre la cuestión de Jerusalén. Durante las negociaciones entre israelíes y palestinos, antes de la segunda intifada, cuando la prensa hablaba de un reparto de Jerusalén, ya había tomado la pluma para publicar una tribuna en el diario Le Monde («Jérusalem, il est urgent d’attendre», 17 de enero de 2001), en la que apercibía al primer ministro israelí por sus posibles concesiones. Este escrito, reproducido en las webs proisraelíes más extremistas, podría resumirse así: más vale el muro de las lamentaciones que la paz.

En ambos escritos, el de IHT y el de Le Monde, Wiesel cita al rabino jasídico Najman de Breslev (nacido en 1772) para justificar sus afirmaciones. ¿Qué diríamos de un intelectual musulmán que citara a una lumbrera religiosa de la época de los califas para justificar la reclamación musulmana de Jerusalén?

Esta «gran conciencia», pocas veces criticada en público, es sin embargo un impostor moral que merecería ser tratado de otro modo por los medios.

Recordemos que, además de sus posiciones sobre el conflicto palestino-israelí, ha elogiado la tortura: la del financiero Bernard Madoff, con el que había invertido parte de su fortuna (no le pareció inmoral ganar millones de dólares gracias a él cuando sus chanchullos financieros iban viento en popa), como recogía LeMonde.fr («Bernard Madoff est un “psychopathe”, selon Elie Wiesel», 27 de febrero de 2009):

«“Psicópata es una palabra demasiado suave para calificarle” ha declarado Wiesel. “Deberían encerrarle durante cinco años con una pantalla delante en la que aparecieran las fotos de sus víctimas. […] Habría que pensar en algo que le hiciera sufrir de verdad. […] Deberían llevarle ante unos jueces que encontraran la forma de castigarle” ha añadido este superviviente del Holocausto.»

Por otro lado, como recuerda Max Blumenthal, un miembro del lobi J-street, el 25 de octubre de 2009 Elie Wiesel habló ante 6.000 cristianos sionistas, secuaces del pastor John Hagee, un hombre de opiniones homofóbicas, pero también negacionistas y antisemitas (recordemos que una parte de los cristianos sionistas son antisemitas)(«Elie Wiesel’s “Dear Pastor” Hagee Trashes Obama (and my response to Goldfarb/Goldberg)», 29 de octubre de 2009). A cambio, por decirlo así, se embolsó un cheque de 500.000 dólares para su fundación. Una cantidad muy necesaria, ya que la crisis financiera había dejado sin blanca al pobre Wiesel, que no se ha repuesto todavía.

En otra ocasión hemos recordado lo que decía el gran autor de ciencia ficción Isaac Asimov de Wiesel, «que sobrevivió al Holocausto y desde entonces no sabe hablar de otra cosa. Aquel día me exasperó diciéndome que no se podía confiar en los científicos ni en los técnicos, porque habían contribuido a hacer posible el Holocausto. ¡Qué manera tan burda de generalizar! Es precisamente el tipo de argumentos que esgrimen los antisemitas: “No confío en los judíos porque antaño unos judíos crucificaron a mi Salvador”». Y añade Asimov: «Dejé que hablaran los demás durante un rato, mientras rumiaba mi enojo, y luego, sin poder contenerme más, intervine: “Se equivoca, señor Wiesel: el hecho de que un grupo humano haya sufrido persecuciones atroces no le hace bueno e inocente. Lo único que demuestran las persecuciones es que ese grupo estaba en una posición débil. Si los judíos hubieran estado en una posición fuerte, ¿quién nos dice que no habrían ocupado el lugar de sus perseguidores?”».
Fuente: http://blog.mondediplo.net/2010-04-18-Elie-Wiesel-l-imposteur-et-Jerusalem

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sábado, 13 de marzo de 2010

Berlusconi ordenó: Cierren el programa 'Annozero'


Berlusconi presionó a un miembro del AGCom, organismo que controla la pluralismo y la imparcialidad informativa, y al director del telediario de la RAI1

Antonio Massari
Il Fatto
Traducido para Rebelión por Susana Merino


Silvio Berlusconi quería “cerrar” Annozero. Un miembro de la Agcom [Agencia para las comunicaciones] después de haber hablado con el premier – solicitaba denuncias contra Michele Santoro, presentador del programa Annozero. El director del telediario de RAI1, Augusto Minzolini – hablando telefónicamente con el jefe de gobierno - le anunciaba haber preparado programas especiales sobre los jueces politicizados listos para emitir. Sus conversaciones telefónicas terminaron formando un archivo explosivo. Berlusconi. Minzolini y el comisario de la Agcom, Giancarlo Innocenzi fueron interceptados durante varias semanas por la Guardia de Finanzas de Bari, mientras discutían sobre las transmisiones de la TV pública.

Según Il Fatto Quotidiano serán indagados en la causa abierta en la fiscalía de Trani. El tema de las “manos en la Rai” surgió de una investigación iniciada hace mucho. La investigación – realizada por el fiscal Michele Ruggiero – se vinculaba en sus orígenes con algunas tarjetas de crédito de American Express. Fue una intrascendente investigación sobre intereses usurarios, iniciada hace más de un año, la que desveló los verdaderos vínculos entre Berlusconi, el director general de la Rai Mauro Masi (que no está entre los investigados), el director de TG1 y la Agcom. A esas tarjetas de crédito las llamaban en jerga, “revolving card”. Están comercializadas por American Express y según las hipótesis de la acusación, aplican intereses usurarios a las deudas morosas. En otras palabras: el cliente que no paga su deuda en los tiempos previstos, corre el riesgo de pagar altísimas tasas de interés. De ahí que [el fiscal] Ruggiero empezara a investigar. Durante meses y meses. Desde comienzos del 2009.

Hasta que un rastro lo deriva a otra pista. El fiscal y la policía judicial descubren que alguien – probablemente jactándose – está seguro de poder circunscribir el alcance del escándalo: hay alguien que tiene los contactos debidos dentro de la Agcom, que es también Garante de los consumidores. Alguno presume – siempre jactándose – de tener buenos contactos incluso en el TG1 [telediario más importante de la RAI1]: y está convencido de poder bloquear los servicios periodísticos sobre ese tema, interviniendo ante su director, Augusto Minzzolini. Los llamados telefónicos se entrelazan. Crecen las sospechas La investigación pega un salto. Y la suerte es extraña: Minzzolini difundirá la información sobre las tarjetas de crédito “revolving”. Pero entre tanto la Guardia de Finanzas descubre la red de relaciones que pesan sobre la Agcom y la Rai. Llamada telefónica sobre llamada telefónica se percibe el peso de Berlusconi en dichas conductas. Los investigadores descubren que el Presidente del Consejo se halla periódicamente en contacto con el director de la TG1, La fiscalía escucha directamente las presiones del premier sobre Agcom. Registra la fibrilación en cada emisión de Annozero. Escucha en directo las lamentaciones del premier: “Il cavaliere” no puede más. Quiere que Annocero y otros “gallineros” – como los llama públicamente - sean cerrados. Y Agcom debe hacer algo. Berlusconi es telefónicamente explícito: cuando confronta con Innocenzi – que debería ser la garantía del estado, habla de clausura. E Innocenzi no solamente lo favorece sino que trata de buscar la manera de sancionar a Santoro y para eso sirven las denuncias. Y por lo tanto busca alguien que las firme.

Los papeles se trastocan: y Agcom busca a alguien dispuesto a firmar las denuncias contra Santoro. Innocenzi, está dispuesto llegado el caso a proporcionarle al abogado un político, el asesoramiento de los mismos funcionarios. La cadena se arruina, un miembro del Agcom (que desempeña un papel público) trata de ofrecer la colaboración competente de los mismos funcionarios (pagados con dinero público), con la ventaja de un político para poder sancionar a Santoro (periodista del servicio público) En todo caso se busca tantear la presentación de una denuncia por un general de los Carabineros. La imagen de Berlusconi que surge de la investigación es la de un Jefe de gobierno alérgico a cualquier crítica y a la libertad de opinión. Se lamenta por la presencia del director del diario La Repubblica, Ezio Mauro y de “Parla con me”, Serena Dandini, por otra parte es reincidente. Hace muy poco invitó, como subraya el premier, también al fundador de Repúbblica, Eugenio Scalfari. El premier se descompone en el estudio de la Dandini, dos periodistas (del calibre de Mauro y de Scalfari) lo han atacado. Se pregunta – y cómo – puede intervenir la Agcom. Inocenzi razona. Soporta cotidianos llamados telefónicos. Berlusconi acosa a Innocenzi, insistentemente al punto de decirle que dado que toda la Agcom no puede frenar a Santoro debería renunciar.

El premier demuestra que no distingue entre el papel de la Agcom y su papel de Jefe de Gobierno. Parece que la autoridad de garantía debe actuar como su garantía personal. Se le escapa que también la Agcom puede intervenir solo después de la transmisión de Annozero. No antes. Y en efecto – luego de haber escuchado el desahogo telefónico de Innocenzi sobre las quejas de Berlusconi – un día el director de la Rai, Mauro Masi, se ve obligado a admitir que ciertas presiones no se escuchan ni siquiera en Zimbabwe.

El paroxismo llega a fin de año. Cuando Santoro hace dos programas que tienen récord de audiencia y tocan de cerca al premier. La primera acerca del proceso al abogado inglés Mills, investigado en cierto momento por corrupción, delito actualmente prescrito. La segunda sobre latratativa entre el Estado y la Cosa Nostra, en las que Santoro se apoya en las declaraciones del capo mafioso Spatuzza a propósito de las relaciones entre la mafia y la creación de Forza Italia. No se deben mostrar en la TV procesos judiciales que se deben desarrollar en los tribunales: eso brama Berlusconi con Innocenzi. Según el premier – Innocenzi se desahoga con Masi – se le podría decir a Santoro que no puede hablar del proceso a Mills en TV. No es así como funcionan las cosas, replica Masi. No funcionan así ni en Zimbabwe. Sin embargo, Masi no se ahorra las intimaciones.

Para el presidente a la Rai no le faltan ocasiones para amenazar con la suspensión de Santoro y sus transmisiones. Al amparo de las transmisiones sobre Spatuzza, también Marcello Dell’Utri lo llama a Innocenzi. Es toda otra música la que se escucha cuando el premier habla con Mizzolini a quien Berlusconi llama Directorísimo. Sobre los problemas palermitanos, Minzolini le comunica que está dispuesto a intervenir si otros quieren juego sucios. Al día siguiente aparece puntualmente en el editorial de la TG1 : Spatuzza dice “balas”. Todos esos llamados telefónicos. Reunidos ahora en un solo fascículo, con relación al inicial deberán ser evaluados desde el punto de vista judicial. Si existen delitos, deberán se evaluados y si constituyen pruebas tendrán peso en el juici. Todo está por verse y por verificarse obviamente, pero es un hecho cierto que todas esas llamadas telefónicas son “pruebas” del régimen. Están demostrando la imperceptible diferencia entre los papeles del controlado y del controlador, de lo público y de lo privado.

Berlusconi, que siendo jefe de gobierno lo es también de Mediaset, habla como jefe a quién no debería, a Giancarlo Innocenzi, demostrando que no existe la separación entre los dos poderes. Otro tanto se puede decir de las palabras deferentes de Innocenzi que al contrario de declinar las invitaciones exhibe telefónicamente su propia obediencia y complace a Berlusconi: muy pronto se producirá el encuentro con Santoro. Detrás de las afirmaciones parece delinearse un plan. Es solo una impresión. Pero el premier sostiene que esas transmisiones deben ser suspendidas, bajo el estímulo de la Agcom, pero por acción de la Rai. Tres meses después de este diálogo, asistimos a la suspensión de Annozero, Bailaré, Puerta a puerta y Ultima Palabra por la propia mano de la Rai, en todo el último mes de la campaña electoral. Luego : la noticia de la crónica judicial dice que Berlusconi, Innocenzi y Minzolini están implicados en la investigación.

La noticia más interesante es sin embargo otra: el régimen ha sido transcripto. En miles de páginas. Es lo que se desprende de los chanchullos de las escuchas telefónicas. Habla con las palabras del “presidente” El territorio de conquista es la RAI. El conflicto de intereses del premier Silvio Berlusconi – gracias a estas investigaciones – es hoy un hecho “probado”. No más discutible.

http://antefatto.ilcannocchiale.it/glamware/blogs/blog.aspx?id_blog=96578&id_blogdoc=2454542&yy=2010&mm=03&dd=12&title=cos

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jueves, 11 de marzo de 2010

935 mentiras para justificar la guerra de Iraq


LA CUMBRE DE LAS AZORES. Días antes de iniciar la invasión de Iraq, Bush, Blair y Aznar se reunieron en las islas portuguesas con Durão Barroso como anfitrión.SÉPTIMO

ANIVERSARIO DE LA INVASIÓN

En marzo se cumplen siete años de la invasión de Iraq, una operación decidida en 2001 y sostenida por una gigantesca mentira. Ahora se empieza a conocer la historia completa de una guerra que ha provocado cientos de miles de muertos.

Roberto Montoya, Madrid
Miércoles 10 de marzo de 2010. Número 121




“La guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien”. No es una frase del frustrado aspirante a César del siglo XXI, George W. Bush, pero lo parece. Fue escrita hace cerca de 2.500 años, por el clásico chino Sun Tzu, en El arte de la guerra. Aquel gran autor militar hablaba también del engaño como elemento fundamental en un conflicto bélico.

Bush junior parece haber leído e inspirado especialmente en esa parte. Es verdad que de las políticas de varios de sus predecesores, empezando por Woodrow Wilson en 1916, tenía bastante para aprender en relación al engaño, a la propaganda de guerra, a cómo se prepara a una población, y más aún, a una opinión mundial, para llegar a ver la guerra contra un determinado país como “inevitable”. Él lo tenía más fácil que nadie, en su propio hogar le podían decir cómo hacerlo, ya que sólo 13 años antes, en 1990, lo había hecho su propio padre, George Bush senior, y en el mismo escenario, en Iraq. La llamada Guerra del Golfo, la primera contra Sadam Husein, fue precedida, al igual que la que la segunda, de una meticulosamente preparada ola de mentiras (ver recuadro).

Sadam Husein, el hombre al que visitaba en 1983 en Bagdad Donald Rumsfeld, entonces enviado especial de Ronald Reagan; el hombre al que se financió y armó para que declarara la guerra contra la naciente república islámica iraní, había demostrado su incapacidad para ocupar el rol que EE UU necesitaba en la zona y había que acabar con él y desmontar su poder. Toda mentira era válida para ello. Una gran operación mediática se puso en marcha.

Las agencias de noticias escupían decenas de teletipos por hora, repetidos por las grandes cadenas de TV estadounidenses y de todo el mundo, con alarmistas declaraciones de altos cargos del Pentágono que vaticinaban que si no se actuaba con rapidez, Sadam sería imparable. Con ese bombardeo mediático en el que no se escatimaron gastos ni falsos testigos ni fotografías obtenidas por satélites militares manipuladas, decenas de países secundaron a EE UU y Reino Unido para armar la más poderosa coalición militar vista desde la II Guerra Mundial.

Cientos de miles de muertos después, y tras dejar el hasta entonces desarrollado Iraq devastado, las tropas de EE UU y sus aliados se retiraron, al no encontrar una alternativa para sustituir a Sadam Husein, no sin dejar de someter a Iraq a un cruel embargo durante los 12 años siguientes… hasta enlazar con la nueva guerra, en 2003.

El 11-S daría una nueva oportunidad a los Bush para hacerse con el control de uno de los productores de petróleo más importantes del mundo. George W. Bush junior estaba tan obsesionado por terminar la faena que había dejado inconclusa su padre que en su primera rueda de prensa al asumir el poder en 2001 arremetió contra Iraq. Y tras el 11-S se sacaría de la manga “nuevas pruebas” que ligaban a Sadam con al- Qaeda y con mortíferas armas de destrucción masiva.

Desde dentro de la Casa Blanca En su libro Plan de Ataque, el periodista del Washington Post Bob Woodward relata un encuentro entre George Bush junior y Donald Rumsfeld el 21 de noviembre de 2001, sólo un mes y medio después de haberse iniciado la guerra contra Afganistán, en el que el presidente reclamó a su secretario de Estado que actualizara el plan de ataque contra Iraq. A partir de ese momento se ponía en marcha el complejo plan militar, compuesto por múltiples elementos militares, logísticos, económicos, políticos y diplomáticos, mientras se preparaba una gran maquinaria mediática para poder ablandar progresivamente el terreno, en espera del momento oportuno para iniciar la guerra.

En 2008, el ex portavoz de la Casa Blanca Scott McClellan, publicaba a su vez el libro Lo que ocurrió en la Casa Blanca de Bush y la cultura de engaño de Washington, en el que aseguraba que “por el verano de 2002, los asesores de Bush lanzaron una campaña cuidadosamente orquestada para promover agresivamente la guerra”. “En una época de campaña permanente, todo se basó en un intento de manipulación de las fuentes de opinión pública para ventaja del presidente”, según McClellan.

La suerte de Sadam ya estaba echada, aunque la guerra no se iniciaría hasta un año y cuatro meses más tarde. Paralelamente a la comisión de la verdad que investiga actualmente en Londres el papel del Reino Unido en la guerra, en Holanda una comisión similar reconoció en enero pasado que la decisión de secundar a EEUU y Reino Unido “se tomó en los despachos del Ministerio de Asuntos Exteriores ya en 2002” y que a partir de entonces sólo se difundieron las informaciones de los servicios secretos que justifican esa operación contra Bagdad. En 2003 Holanda aportó 1.100 soldados a la guerra.

El sitio web de The Center for Public Integrity (www.publicintegrity. org) publicó en 2008 una minuciosa relación de las mentiras probadas en relación a Iraq dichas por George W. Bush y siete de los más altos cargos de su Administración, entre ellos, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice o el falso ‘paloma’ Colin Powell, desde poco después del 11-S hasta bien entrada la guerra. Y recogieron nada menos que 935 mentiras. En este trabajo recopilatorio se detalla, por ejemplo, que Bush hizo a sabiendas 232 declaraciones falsas sobre las armas de destrucción masiva y otras 28 sobre las supuestas relaciones de Iraq con al-Qaeda. La construcción de una poderosa bomba nuclear por parte de Sadam era algo inminente, aseguraban diariamente portavoces del Pentágono, del Departamento de Estado y la Casa Blanca, aseveraciones que eran repetidas sin matiz alguno por Tony Blair, José María Aznar y el resto de cómplices.

En septiembre de 2002 el Congreso aprobaba por amplia mayoría el uso de la fuerza contra Iraq. De nada valían los informes sobre el terreno de los cientos de expertos de la ONU dirigidos por Hans Blix, en los que se aseguraba que Iraq no contaba con la capacidad armamentística que se le adjudicaba, que gran parte de su arsenal había sido destruido en la Guerra del Golfo y que los constantes controles a los que era sometido imposibilitaban el desarrollo de armas de destrucción masiva.

EE UU y Reino Unido, bendecidos por sus amigos de las Azores, iniciaron los demoledores bombardeos contra Iraq el 20 de marzo de 2003. Todas las mentiras posteriores que urdieron para asegurar que se habían encontrado restos de armas de destrucción masiva se cayeron rápidamente. El mundo entero tomaba conciencia del gran engaño, de cómo nuevamente Estados Unidos, junto a muchos cómplices, volvían a demoler un país justificándolo en una falsa terrible amenaza contra la humanidad.

En Estados Unidos son innumerables los datos aparecidos en los últimos años en los que se prueba de manera irrefutable cómo los servicios de inteligencia facilitaron pruebas y acusaciones falsas a la carta a la Administración Bush, para que esta pudiera dar fuerza a sus declaraciones alarmistas y con ellas justificar la inevitable guerra. Sin embargo, ninguna de esas informaciones han obtenido una cobertura mediática semejante a las que tuvieron las mentiras vertidas en su momento que conmovieron al mundo.

¿Qué interés tiene eso ahora?, se preguntan los directores de los medios, relegando esas informaciones a un secundarísimo plano, para regocijo de los responsables de esos crímenes, envueltos en su cálido manto de impunidad.
Artículos relacionados en este número

¿Se puede juzgar a Aznar por la guerra de Iraq? por María José Esteso Poves.
Una comisión oficial compromete a Tony Blair por Ástor Díaz-Simón
Lo que queda de Iraq por Olga Rodríguez.
21 DE NOV. 2001 Un mes y medio después de iniciarse la guerra contra Afganistán, la administración de Bush actualiza el plan de ataque contra el Iraq de Sadam Husein. Se pone en marcha la maquinaria de guerra.
23 DE JULIO DE 2002 Reunión del gabinete Blair. Se discute en términos confidenciales la estrategia para vender la invasión a la opinión pública sobre la base de las armas de destrucción masiva, sin mencionar directamente el cambio de régimen, que no estaba contemplada por las leyes internacionales.
VERANO DE 2002 Los asesores de Bush lanzan una campaña para convencer a la opinión pública. En septiembre de 2002, el Congreso aprueba por amplia mayoría el uso de la fuerza contra Iraq. Los informes dirigidos por Hans Blix son ignorados por completo.
22 DE FEBRERO 2003 Reunión entre Bush y Aznar en el rancho de Crawfod, Tejas. Durante una larga conversación privada, Bush dejó claro que había llegado el momento de deshacerse de Sadam: “En dos semanas estaremos militarmente listos. Estaremos en Bagdad a finales de marzo”.
16 DE MARZO DEL 2003. Reunión de las Azores entre los máximos mandatarios de EE UU, Reino Unido, España y Portugal, para lanzar el último aviso a Iraq (pese a que la invasión estaba decidida dos años antes) y fijar la fecha del inicio del ataque aéreo a Bagdad.
20 MARZO DE 2003 Inicio de la guerra de Iraq. Los efectos: según el Ministerio de Salud iraquí, 151.000 muertes violentas de 400.000 muertes debidas a la guerra. Según el periódico Lancet, 601.027 muertes violentas. Según Opinion Research Business, un millón de muertes violentas por el conflicto.

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martes, 9 de marzo de 2010

Desde hace 50 años, la OMS censura cualquier estudio del impacto de la industria nuclear sobre la salud

http://www.voltairenet.org/article164320.html

La Asamblea General anual de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido perturbada por tercera vez consecutiva por organizaciones [civiles] exigiendo que se anule el Acuerdo que ellos firmaron en el pasado con la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA).

El 28 de mayo de 1959, hace exactamente 50 años, un protocolo de acuerdo OMS-AIEA fue aprobado por la Asamblea General. Dicho acuerdo estipulaba que las dos organizaciones deben tener una concertación sobre temas de interés común. En la práctica, esto significa que la OMS no puede publicar estudios sobre los daños y enfermedades sobre la salud provocadas por la radiación [nuclear] sin el previo acuerdo o aprobación de la AIEA.

Este acuerdo ha sido milimétricamente respetado hasta hoy día, incluso después del accidente de Chernobyl y durante las guerras de Kosovo y de Irak donde las tropas estadounidenses emplearon municiones radioactivas fabricadas con tecnología del uranio [empobrecido].

Lo que ha dado una actitud pasiva por parte de la OMS que ha censurado todos los estudios sobre enfermedades y daños a la salud [de las poblaciones] ligadas a la industria nuclear, tanto de uso militar como civil, desde hace medio siglo, enfermedades y daños corporales atribuidos falsamente a otras causas de salud pública o minimizar la cosa ligándola a factores menores.

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Cárcel de Padua: trece suicidios de presos en dos meses


No se trata de tapar unos muertos con otros, sino de denunciar la absoluta parcialidad de los medios al tratar asuntos similares, según se produzcan en la demonizada Cuba o en un país de la burguesa y neocolonial Europa; en el segundo caso, aunque revistan mucha más gravedad, se silencian o minimizan.

Un preso de 35 años, Giuseppe Sorrentino, se ha matado esta mañana [7 de marzo] en la cárcel de Padua. El hombre, que estaba solo en su celda, en la sección de «protegidos», se ha colgado de los barrotes de la ventana del baño mientras los otros presos estaban fuera, en la hora del paseo. Fueron sus compañeros quienes, al volver del patio, se dieron cuenta de lo sucedido y dieron la alarma, pero cuando los funcionarios entraron en la celda para socorrerle, Sorrentino ya estaba muerto. Es el décimo tercer preso que se suicida en la cárcel paduana desde principios de año. Según el abogado de la víctima: «Padecía depresión desde hace tiempo. Ha sido una muerte anunciada, no debía permanecer en la cárcel».
Oriundo de la región de Nápoles, llevaba varios años preso y la detención le había afectado duramente: sufría serios quebrantos de salud a raíz de una larga huelga de hambre. Ingresado varias veces en el hospital y en el Centro Clínico Penitenciario, cada vez que volvía a la cárcel reanudaba su protesta, quejándose de que las autoridades penitenciarias no atendían sus demandas.
El suicidio de Sorrentino es el segundo en menos de dos semanas en la «Casa de Reclusión» de Padua, donde el pasado 23 de febrero, en la misma galería, se quitó la vida Walid Alloui, de 28 años. Desde principios de año ascienden a 13 los presos que se han suicidado en la cárcel de Padua, de un total de 31 muertos (que incluyen los decesos por enfermedad y las «causas por determinar»). Los datos son del Observatorio Permanente de las Muertes en la Cárcel, formado por el Partido Radical Italiano y las asociaciones «Il Detenuto Ignoto», «Antigone», «A buon diritto», «Radiocarcere» y «Ristretti Orizzonti».
Fuente: http://www.repubblica.it/cronaca/2010/03/07/news/detenuto_suicida_in_carcere_a_padova_e_il_tredicesimo_dall_inizio_dell_anno-2543311/

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