12-06-2010
Atilio A. Boron
Rebelión
Días atrás el presidente Barack Obama pidió a sus colaboradores que le dijeran cuál era el trasero que tenía que patear para castigar al culpable del peor desastre ecológico de la historia producido por la BP en el mar Caribe. Recogiendo tan sana inquietud me permito proponerle una lista, preliminar, de traseros a patear.
En primer lugar, debería solicitarle a la Primera Dama que le propine una buena patada en su presidencial trasero porque usted no es “el negrito del batey” -como le llaman en el Caribe al chico de los mandados- sino el primer magistrado de la más formidable superpotencia que jamás haya existido sobre la faz de la tierra. Y si los bandidos de la BP contaminan las costas de su país es porque usted –así como sus predecesores- ha sido blando, débil y timorato con los oligopolios petroleros que hace décadas vienen practicando un verdadero “ecocidio” en Alaska y en el Golfo de México, donde accidentes como el que hoy lo desvela era seguro que, más pronto que tarde, irían a producirse. Blandura y complicidad también evidenciada con los truhanes del casino financiero global, con sede en Wall Street, que primero provocan una crisis y luego exigen un rescate que usted ejecuta con fondos públicos, expropiando el ahorro y los ingresos de los contribuyentes norteamericanos. Un puntapié en su trasero por ignorar que esas grandes firmas están casi invariablemente dirigidas por delincuentes de “guante blanco”, protegidos por la Casa Blanca, los congresistas de ambas cámaras, los grandes medios y los lobbies que financian las campañas políticas de representantes y senadores a cambio de garantizar la impunidad de los oligopolios en su agresión al medio ambiente. Pero además su esposa Michelle debería darle otro puntapié a su trasero por caer en el infantilismo de creer que se construye poder político apelando a los twitters, facebooks y demás gadgets informáticos. Eso puede, ocasionalmente, crear un efímero clima de opinión pero nada más. Para combatir a los tiburones de Wall Street y al complejo militar-industrial se requiere mucho más que eso. Mire lo que hizo uno de sus predecesores, Franklin D. Roosevelt, que pudo realizar muy significativos cambios en la economía de EEUU (ley del seguro social, riguroso control del sistema bancario, impuestos a la riqueza y la renta, banco central, etcétera) apoyado en dos instituciones que movilizó y potenció en su gravitación: sindicatos obreros y su propio partido. Usted, deslumbrado por los progresos de la informática, pensó que en la época actual estos recursos ya no sirven. Y se equivocó.
Pero no es usted el único que merece un buen puntapié. Otros conspicuos traseros que claman por fuertes patadas son los del Secretario de Energía de EEUU, los de los presidentes de las comisiones de Energía de la Cámara de Representantes y del Senado y, por supuesto, los sucios traseros de los integrantes de su equipo de asesores económicos (y muy especialmente Lawrence Summers y Robert Rubin, artífices de la completa desregulación del mercado financiero y autores intelectuales de la actual crisis económica). No se olvide también de propinarle otro a los estafadores de Goldman Sachs, que “dibujaron” los números macroeconómicos de Grecia (¡y vaya uno a saber de cuántos países y empresas más!) y los bribones de Moody’s, que con sus fraudulentos cálculos de “riesgo país” favorecieron a sus socios sumiendo a numerosos países en profundas crisis económicas.
Ya que estamos en esto no se olvide de asestarle también una violenta patada en el trasero a sus compinches y peones en Tel Aviv, que se creen que tienen licencia para matar impunemente a palestinos, o someterlos, como en Gaza, a un lento genocidio parecido al que el pueblo judío tuvo que soportar a manos de los nazis, por ejemplo, en el ghetto de Varsovia. Y, de paso, usted merece otro puntapié en su insigne trasero por olvidarse que es un Premio Nóbel de la Paz y respaldar a ese gobierno de fanáticos fundamentalistas, racistas y genocidas -que gracias a la política imperialista de sucesivos gobiernos estadounidenses disponen de las únicas armas atómicas que hay en Medio Oriente- y permitir que continúen burlando las disposiciones de la ONU y las reglas más elementales de la legalidad internacional. Puntapié más que merecido porque sabiendo todo esto usted se empecina en denunciar el armamento nuclear que... ¡podría llegar a tener Irán, pero que ahora no tiene! De paso, podría darle un buen puntapié a la Secretaria Hillary Clinton, preocupadísima por la carrera armamentista según ella desencadenada por Venezuela, pese a que su gasto militar apenas equivale a la cuarta parte del de Colombia. ¡Ay!
Director del Pled/Centro Cultural de la Cooperación
www.atilioboron.com
sábado, 12 de junio de 2010
Pateando traseros
viernes, 21 de mayo de 2010
La verdadera crisis
Atilio A. Boron
La verdadera crisis, la que no depende sólo de listillos financieros, viene de lejos y se escribe con cifras que conocemos, pero que nunca parecen suficiente. Somos ya 6.800 millones de personas en este mundo, de las cuales:
* 1.020 millones son desnutridos crónicos (FAO, 2009)
* 2.000 millones no tienen acceso a medicamentos (www.fic.nih.gov)
* 884 millones no tienen acceso a agua potable (OMS/UNICEF 2008)
* 924 millones "sin techo" o en viviendas precarias (UN Habitat 2003)
* 1.600 millones no tienen electricidad (UN Habitat, "Urban Energy")
* 2.500 millones sin sistemas de dreanajes o cloacas (OMS/UNICEF 2008)
* 774 millones de adultos son analfabetos (www.uis.unesco.org)
* 18 millones de muertes por año debido a la pobreza, la mayoría de niños menores de 5 años. (OMS)
* 218 millones de niños, entre 5 y 17 años, trabajan a menudo en condiciones de esclavitud y en tareas peligrosas o humillantes como soldados, prostitutas, sirvientes, en la agricultura, la construcción o en la industria textil (OIT: La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance, 2006)
* Entre 1988 y 2002, el 25% más pobre de la población mundial redujo su participación en el ingreso mundial desde el 1,16% al 0,92%, mientras que el opulento 10% más rico acrecentó sus fortunas pasando de disponer del 64,7 al 71,1% de la riqueza mundial . El enriquecimiento de unos pocos tiene como su reverso el empobrecimiento de muchos.
* Sólo ese 6,4 % de aumento de la riqueza de los más ricos sería suficiente para duplicar los ingresos del 70% de la población mundial, salvando innumerables vidas y reduciendo las penurias y sufrimientos de los más pobres. Entiéndase bien: tal cosa se lograría si tan sólo se pudiera redistribuir el enriquecimiento adicional producido entre 1988 y 2002 del 10% más rico de la población mundial, dejando intactas sus exorbitantes fortunas. Pero ni siquiera algo tan elemental como esto es aceptable para las clases dominantes del capitalismo mundial.
Datos extraídos de "Sepa lo que es el capitalismo", Atilio A. Boron en Rebelión.
jueves, 18 de febrero de 2010
Obama, suspendido en teoría política
Un análisis del intelectual argentino Atilio Borón sobre el premio Nobel otorgado al presidente de EEUU, Barack Obama
Resumen Latinoamericano - Obama tomó algunos cursos de teoría política en Harvard. Pero el discurso que pronunciara al recibir el Premio Nóbel de la Paz –inmerecida distinción que todavía hoy suscita reacciones que van desde la hilaridad a la indignación- revela que no aprendió bien la lección y que su viciada interpretación de la doctrina de la “Guerra Justa” justifica su reprobación.
Tal como lo afirma una de las más rigurosas especialistas en el tema, Ellen Meiksins Wood, esa doctrina se caracterizó desde siempre por su enorme elasticidad para ajustarse a las necesidades de las clases dominantes en sus diversas empresas de conquista. Si bien su formulación original se remonta a San Agustín y Santo Tomás, fue la pluma del dominico español Francisco de Vitoria la que produjo una oportuna justificación de la conquista de América y la sumisión de los pueblos originarios, mientras que el jurista holandés Hugo Grocio, hizo lo propio con los saqueos practicados por las compañías comerciales lanzadas a repartirse el nuevo mundo.
Buscando apoyo en esta tradición Obama sentenció que una guerra es justa “si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional; y, cuando sea posible, los civiles son mantenidos al margen de la violencia.” De este modo la versión original de la doctrina experimenta una nueva redefinición para mejor responder a las necesidades del imperio y culmina mimetizándose con la teoría de la “Guerra Infinita” pergeñada por los reaccionarios teóricos del “Nuevo Siglo Americano” y fervorosamente adoptada por George W. Bush Jr. para justificar sus tropelías a lo ancho y a lo largo del planeta. Es que aún después de sus sucesivos deslaves los imperialistas desconfiaban de la doctrina de la “Guerra Justa” porque no creían que fuese lo suficientemente flexible como para otorgar una justificación ética a su rapiña. Había que ir más allá y la teoría de la “Guerra Infinita” fue la respuesta.
Pese a las modificaciones que fueron debilitando su argumentación, la doctrina de la “Guerra Justa” sostenía la necesidad de satisfacer ciertos requisitos antes de ir a la guerra: (a) tenía que haber una causa justa; (b) la guerra debía ser declarada por una autoridad competente, con el propósito correcto y una vez agotados todos los otros medios; (c) tenía que existir una elevada probabilidad de lograr los fines perseguidos; y (d) los medios debían estar en proporción a esos fines. A lo largo de los siglos los periódicos aggiornamentos introducidos por los teóricos de la “Guerra Justa” fueron relajando estas condiciones a tal punto que perdieron todo importancia práctica.
En su discurso Obama hizo una encendida defensa de la guerra de Afganistán –secundada, dijo, por otras 42 naciones, entre ellas Noruega- al paso que en un alarde de optimismo declaró que la guerra en Irak estaba próxima a su fin. Por lo visto la interminable sucesión de muertes, sobre todo de civiles inocentes, que a diario ocurren en ese país por culpa de la presencia norteamericana es para el ocupante de la Casa Blanca una nimiedad que no puede ensombrecer el diagnóstico triunfalista que el establishment y la prensa propalan en Estados Unidos con el ánimo de manipular a la opinión pública de ese país.
Pero aún dejando de lado estas consideraciones es evidente que ni siquiera los amplísimos criterios esbozados por Obama en su discurso son respetados por Washington en los casos de las guerras de Irak y Afganistán: la ocupación militar no fue un último recurso, pues la casi totalidad de la comunidad internacional insistía –y sigue haciéndolo hoy- en la posibilidad de hallar una salida diplomática al conflicto; no se puede hablar de defensa propia cuando el enemigo del cual hay que defenderse –el terrorismo internacional- está definido de modo tan difuso que torna imposible su precisa identificación y la naturaleza de su amenaza; la falta de proporción entre los agredidos y el agresor adquiere dimensiones astronómicas, toda vez que la mayor potencia militar de la historia de la humanidad se ensaña contra poblaciones indefensas, empobrecidas y dotadas de rudimentarios equipamientos bélicos; y, por último, si hay alguien que no ha sido mantenido al margen de la furia destructiva de las fuerzas armadas de Estados Unidos es la población civil de Irak y Afganistán.
En suma: no hubo ni hay una causa justa para desencadenar estas masacres, algo crucial para la teoría tradicional. Salvo que Obama crea todavía que había “armas de destrucción masiva en Irak” (una perversa mentira urdida por Bush Jr., Cheney, Rumsfeld y compañía, con la complicidad de la dirigencia política y la “prensa libre” de Estados Unidos); o que Osama bin Laden y Saddam Hussein –enemigos mortales- compartían un proyecto político antiimperialista; o que la población afgana encomendó al primero cometer los atentados del 11-S y por eso merece ser castigada. No hay causa justa para ninguna de estas aventuras militares de Estados Unidos -como no la hubo antes en Vietnam, o en Corea, o en Granada, o en Panamá, o en República Dominicana- y no es mera casualidad que Obama obviara toda mención a esta tradicional cláusula en su discurso. En su peculiar visión –que es la visión de los círculos dominantes del imperio- la “Guerra Justa” se convierte en la “Guerra Infinita”.
En línea con esta doctrina Obama también viola la cláusula tradicional que establecía que al entrar en guerra una nación debe tener una razonable probabilidad de alcanzar el objetivo acordado. Y si hay algo que la historia reciente ha demostrado hasta la saciedad es que el terrorismo no desaparecerá de la faz de la tierra haciéndole la guerra. Obama citó en su discurso un pasaje de Martín Luther King “la violencia nunca traerá paz permanente. No resuelve ningún problema social: sólo crea otros nuevos y más complicados.” Pero a renglón seguido argumentó que como jefe de estado, juramentado para proteger y defender a su país, no puede solamente guiarse por las enseñanzas de King o del Mahatma Gandhi ante las amenazas que atribulan a los estadounidenses.
El discurso paranoico, patológico hasta la médula, de los ideólogos neoconservadores reaparece en labios del paladín del progresismo norteamericano: siempre la amenaza, sea de los comunistas, del populismo, del narcotráfico, del fundamentalismo islámico o del terrorismo internacional. Pero estas amenazas, más imaginarias que reales, son un ingrediente necesario para justificar la ilimitada expansión del gasto militar y la enorme rentabilidad que esto ocasiona para los gigantescos oligopolios que giran en torno al gran negocio de la guerra. Sin aquellas sería imposible justificar el predominio del complejo militar-industrial y los fabulosos subsidios que recibe, año tras año, del dinero aportado por los contribuyentes norteamericanos. Tampoco hubiera sido posible la desorbitada militarización de la sociedad norteamericana, que se proyecta hacia afuera con su agresiva política exterior y hacia adentro en la abrumadora presencia de las fuerzas represivas y de inteligencia, facilitada por la legislación “antiterrorista” de Bush Jr. que conculcó buena parte de las libertades civiles y políticas existentes en Estados Unidos.
El resultado de esta indiferencia ante la cláusula tradicional que exigía que la acción bélica tuviera altas probabilidades de alcanzar los fines trazados no es otro que la total autonomización de la iniciativa militar. Como agudamente lo señalara Meiksins Wood en Empire of Capital en esta nueva versión de la teoría la respuesta militar se justifica aún cuando no exista ninguna posibilidad de que la misma sea exitosa. O, lo que es aún peor, bajo estas nuevas condiciones la agresión militar del imperialismo ya no requiere de ninguna meta específica o de algún enemigo claramente definido e identificado. La guerra no necesita de objetivos claramente delimitados y se torna un fin en sí mismo; un fin inalcanzable, y por lo tanto, infinito. Lejos de ser una situación excepcional la guerra se convierte en una actividad permanente: una guerra infinita contra un enemigo inidentificable cuyos cambiantes contornos –hoy un comunista, mañana el populista, después el “terrorismo internacional”, etcétera- lo dibuja, con absoluta arbitrariedad, el Ministerio de la Verdad del imperio, cuya misión no es otra que falsear la realidad y fabricar el consenso que necesitan los dominantes. No sería exagerado decir que las peores predicciones de George Orwell acerca de la producción de desinformación no sólo se vieron confirmadas sino sobrepasadas por el aparato cultural norteamericano. Gracias a este dispositivo de manipulación y control ideológico el gran negocio de la producción y venta de armamentos se inmuniza contra los avatares del ciclo económico. Guerra infinita es otro modo de decir ganancias infinitas y permanentes.
El ácido comentario de la ex Secretaria de Estado de Bill Clinton, Madeleine Albright, sintetiza muy bien el espíritu y las premisas que subyacen a esta postrera degradación de la doctrina tradicional: “para qué sirve tener tan formidable ejército si luego no lo podemos usar.” De eso se trata, pues el uso y la periódica destrucción de esa impresionante maquinaria militar es lo que se necesita para que prosperen los negocios del complejo militar-industrial. Con su soberbio desparpajo Albright reveló lo que muchos ideólogos del imperio se cuidan muy bien de callar.
El discurso de Obama fue decepcionante. Por más que el premio Nóbel de la Paz se haya devaluado –recuérdese que se lo otorgaron a un criminal de guerra como Henry Kissinger- el presidente de Estados Unidos tendría que haber sido capaz de elaborar un argumento que sin caer en un inverosímil pacifismo se hubiera por lo menos distanciado en algo de la tónica ideológica impuesta por Bush Jr. y sus compinches. No lo hizo. Es más: existen fundadas sospechas de que algunos de sus speech writers también lo hayan sido de su nefasto predecesor.
No sería de extrañar esta continuidad. Obama ratificó en su cargo al Secretario de Defensa designado por Bush Jr., Robert Gates y, en fechas recientes, propuso como Secretario de Estado Adjunto de Investigación e Inteligencia a Philip Goldberg, expulsado de Bolivia por el presidente Evo Morales el 10 de Septiembre de 2008 por su descarada participación en las intentonas separatistas del prefecto del Departamento de Santa Cruz, Rubén Costas. Así las cosas, las esperanzas alimentadas por la irracional “Obamamanía” cultivada por las buenas almas progresistas parecen hoy más ilusorias y absurdas que nunca.
jueves, 28 de enero de 2010
Obama, un año después
29-01-2010
Atilio A. Boron
Rebelión
A la memoria de Howard Zinn, maestro, camarada y amigo
Al cumplir un año la Administración Obama presenta inequívocos signos de deterioro. Según el Rasmussen Report, dedicado a producir un seguimiento día a día de la popularidad de los presidentes de Estados Unidos, en apenas un año la aprobación popular de la gestión de Obama descendió desde un 65 % el día de su inauguración al 47 registrado el 27 de Enero del 2010. [1] En esa misma fecha la encuestadora Gallup le asignaba un porcentaje levemente superior de aprobación popular: 48 %, desde un 69 % inicial. [2]
Las razones de esta rápida declinación son muy variadas: la crisis general capitalista ha generado un profundo descontento popular que las ortodoxas medidas adoptadas por la nueva administración para enfrentar la crisis -fundamentalmente, el multimillonario rescate de los grandes oligopolios a costa del gasto social y la muy injusta repartición de los esfuerzos para superarla- no hacen sino acentuar. En los días previos a su discurso ante el Congreso y golpeado por la inesperada pérdida de la banca senatorial en el Estado de Massachussets, tradicional bastión del partido Demócrata, Obama anunció su intención de establecer regulaciones más estrictas sobre los bancos y el sector financiero y, además, de promover un conjunto de medidas tendientes a favorecer la creación de empleos y facilitar el acceso de las familias de los trabajadores a crecientes niveles de educación.
Estas promesas fueron sin duda impulsadas por la derrota electoral y la pérdida de la estratégica super-mayoría en el Senado (60 votos sobre los 100 que componen ese cuerpo) que, entre otras cosas, le permitiría avanzar con su programa de reforma del sistema de salud. Pero también fueron aguijoneadas por la constatación de la indignación popular desatada por el contraste entre las exuberantes ganancias de los principales operadores bancarios y la caída de los ingresos (y el aumento del desempleo) de los trabajadores. Goldman Sachs, tal vez el más importante banco de inversión del mundo, anunció días atrás que en 2009 había obtenido “una ganancia de US$ 3.385 millones, antes del reparto de dividendos, una cifra que resultó seis veces mayor que el beneficio logrado en 2008.” [3] Es decir, para el capital financiero la crisis fue un espléndido negocio, y por eso los gerentes y directivos de Wall Street serán premiados, tal como lo asegura Robert Reich, con una suma cercana a los 25.000 millones de dólares en bonificaciones anuales que serán distribuidas en los próximos meses entre un puñado de privilegiados. [4] Un verdadero escándalo para un país cuya tasa real de desempleo –es decir, incluyendo a los trabajadores indocumentados, los que trabajan a medio tiempo y los que dejaron de buscar empleo- supera ya la marca del 20 % y en el cual las diferencias de remuneraciones entre la gerencia y los trabajadores se ha disparado a las nubes. Hace unos 25 años los primeros percibían salarios que fluctuaban entre 30 y 40 veces por encima de los del trabajador medio; en la actualidad estudios concretos revelan que esa diferencia alcanzó la astronómica cifra de 344 veces. Magia del mercado, que le dicen. [5]
Llegados a este punto es conveniente preguntarse por las razones que produjeron tan fenomenal polarización entre las remuneraciones de unos y otros. Hay dos causas principales: por una parte, las políticas neoliberales de desregulación y liberalización de la vida económica, que removieron los controles existentes desde la época del New Deal y la posguerra que ponían ciertos límites al despotismo del capital. Ronald Reagan comenzó la demolición y sus continuadores, sin excepción, profundizaron esa política. Por otro lado, el radical debilitamiento de los sindicatos: si en la década de los cincuentas más de la tercera parte de los empleados del sector privado estaban sindicalizados, la legislación anti-laboral (“flexibilización” y precarización de la relación obrero-patronal) promulgada desde los años ochenta hicieron que la proporción de trabajadores encuadrados en organizaciones sindicales se desplomara a un 7 % en los últimos años. Investigaciones empíricas demuestran que en las empresas sin sindicatos los gerentes tienen sueldos y compensaciones un 20 % superiores a las de sus colegas en empresas en donde existen sindicatos; y que los trabajadores en las primeras perciben ingresos muy superiores a los que reciben quienes se desempeñan en otras en las cuales no hay actividad sindical.
Lo anterior revela los alcances del proceso de intensificación de la explotación capitalista en Estados Unidos y la exacerbación de la concentración de la riqueza en manos de la clase dominante. En cierto sentido podría pues decirse que en ese país asistimos a una situación en la cual la lucha de clases se desenvuelve sordamente bajo un espeso velo ideológico que impide a las clases y capas subalternas adquirir una verdadera comprensión de sus propias condiciones de existencia y las causas de sus pesares. Toda la industria cultural norteamericana ha sido diseñada para negar la existencia de las clases y su irreconciliable contradicción. La permanente invocación y exaltación del American Dream -que llegó a su apoteosis con la llegada de un afro-americano a la Casa Blanca- no es sino ese cemento ideológico del cual hablaba Gramsci y mediante el cual los víctimas del sistema se culpabilizan a sí mismas de sus miserias y fracasos e inocentizan al sistema capitalista por sus desdichas y padecimientos. Lucha de clases velada y, además, atrofiada, porque la crisis del movimiento obrero, el derrumbe del sindicalismo y la claudicación del partido Demócrata (que abandonó por completo su antigua pretensión de representar a las capas medias y los trabajadores para entregarse de cuerpo y alma a los yuppies del capital financiero) dejan a la enorme masa de trabajadores asalariados norteamericanos huérfana de toda expresión política y sindical y, por eso mismo, sin capacidad para poner coto a las exacciones a que se ve sometida por la clase dominante. Bajo estas condiciones, los anuncios y la retórica de Obama difícilmente puedan surtir algún efecto: se requiere mucho más que palabras y discursos, y parece que eso es todo lo que aquél puede ofrecer al menos por ahora.
El deterioro de la situación social en los Estados Unidos puede graficarse elocuentemente si se repara que a partir del 2008 “7 millones perdieron su empleo, ... 1 de cada 8 (norteamericanos) se alimenta a través de vales de comida y 1 de cada 5 dice que el año pasado tuvo serios problemas para dar de comer a los suyos.” [6] También, si se tiene en cuenta que “si antes de las reaganomics (en los años 70s ) el 10% más acomodado capturaba menos de un tercio de la riqueza -igual no era poco-, hoy se alza con la mitad.” [7] Esto constituye el telón de fondo de los recientes anuncios de Obama. Son también, por supuesto, factores que explican la abrupta caída en la popularidad presidencial. De todos modos, bastó que aquél hiciera algunos anuncios previos en relación a estos programas para que el establishment norteamericano y sus voceros reaccionaran con virulencia, fulminando al ocupante de la Casa Blanca con el rótulo de “populista” por su fuerte “retórica en contra de los bancos.” [8]
Pero el malestar y la debilidad de Obama tiene también otras fuentes: una de ellas es la generalizada sensación de que la “guerra infinita” de George W. Bush es una pesadilla interminable que se agrava con el paso del tiempo, tal como lo demuestran las fatídicas noticias que a diario llegan de Irak, Afganistán y Pakistán. Y si bien en su alocución al Congreso Obama aseguró que las tropas estacionadas en Irak regresarían a casa en Agosto son pocos los que creen en semejante promesa. Es más, no sería absurdo conjeturar que la creciente militarización de las relaciones hemisféricas -con base en Colombia, convertida en la Israel latinoamericana- podría tener como consecuencia la apertura de un tercer frente bélico, ahora en esta parte del mundo. La obsesión por derrocar a Hugo Chávez y “normalizar” el cuadro político latinoamericano podría llegar a precipitar tal desatino.
A ello agréguese la muy difundida percepción de que la decadencia del “imperio americano” no encuentra en el ocupante de la Casa Blanca el piloto de tormentas que se necesita para enfrentar tan delicada situación agravada, además, por la creciente complejidad de un escenario global caracterizado por: (a) la aparición de nuevas actores dotados de extraordinarios recursos –China, en primer lugar, pero también India, Rusia y la misma Unión Europea- y (b), por el surgimiento de inéditos desafíos, como el cambio climático, la crisis del agua, el terrorismo internacionalizado y el tráfico ilegal de drogas, personas y armas, cuestiones estas que ponen en entredicho la eficacia de los mecanismos tradicionales de intervención en el sistema internacional.
Por eso, a poco andar, las promesas electorales de Obama se fueron abandonando sin mayores explicaciones. Su decepcionante conducta en la Cumbre de Kopenhagen demostró claramente la tibieza de sus afanes innovadores. Y lejos de “desmilitarizar” la política exterior de Estados Unidos lo que hizo Obama, sin fuerzas para sobreponerse a las presiones de sus generales y el “complejo militar-industrial”, fue delegar cada vez más sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas en manos del establishment . Una buena prueba de ello la ofrece el hecho de que el presupuesto militar aprobado para este próximo año es el mayor de toda la historia de Estados Unidos, superando con largueza el billón de dólares (un millón de millones de dólares) si se consideran los gastos militares efectuados por todos los departamentos de la Administración federal y no sólo por el Pentágono. Lejos de revertir el papel dominante del Departamento de Defensa en la formulación de la política exterior, que es uno de los legados más funestos de la era Bush Jr., lo que hizo Obama fue proseguir en el mismo curso, algo que podía fácilmente pronosticarse a partir de la ratificación de Robert Gates al frente del Pentágono, nombrado como se recordará por su predecesor en reemplazo de Donald Rumsfeld. La gira por Asia mostró, además, a un presidente norteamericano a un paso de la humillación en su visita a China, y con Japón reclamando cada vez con más energía la redefinición de las relaciones nipo-estadounidenses constreñidas aún por los leoninos arreglos de la postguerra y las secuelas de la Guerra Fría.
En lo que hace a esta parte del mundo el desempeño de Obama fluctúa entre la intrascendencia y, otra vez, la continuidad con las políticas de Bush Jr. Pese a sus promesas de cerrar en el plazo de un año la cárcel ilegal que mantiene en la base naval de Guantánamo Obama tuvo que reconocer que tal cosa será imposible, al menos por ahora. La Cuarta Flota sigue navegando nuestras aguas y ahora los marines (unos 14.000 al día de hoy) asumieron el control de una devastada Puerto Príncipe que necesita médicos, trabajadores sociales, ingenieros y arquitectos y no máquinas de matar. El objetivo, claro está, es reforzar hasta el paroxismo su control territorial en la región, y el terremoto y la posterior tragedia haitiana le brindó a Washington una magnífica excusa, al igual que el derrumbe de las Torres Gemelas lo hizo para lanzar los planes belicistas de Bush y compañía. El comportamiento de Obama durante el golpe de Honduras fue, al principio errático, pero luego que la Secretaria de Estado Hillary Clinton fijara la postura de los sectores dominantes del imperio -que encuentran en ella a su más calificada y confiable representante- y caracterizara lo ocurrido en ese país centroamericano como un “interinato” la Casa Blanca se plegó a la línea emanada del “gobierno permanente” de Estados Unidos y, en la actualidad, ha convalidado plenamente el golpe por la vía del reconocimiento de la validez de unas elecciones tan fraudulentas y viciadas que la OEA y el Centro Carter decidieron que no valía la pena monitorear. Como si lo anterior fuera poco Obama no hizo absolutamente nada en relación a la situación de los 5 cubanos prisioneros en las cárceles de Estados Unidos, bajo condiciones que ni siquiera se le aplica al más feroz criminal serial y que fueron sentenciados en un escandaloso juicio que constituye una vergüenza para el sistema judicial norteamericano. En relación al bloqueo a Cuba, condenado por toda la comunidad internacional con la excepción del propio Estados Unidos, su estado-cliente Israel y su protectorado en la Micronesia, Obama no tomó ninguna medida significativa para la eliminación de tan infame política. Como si lo anterior fuera poco firmó con Uribe un tratado por el que se le concede a Estados Unidos el derecho a instalar siete bases militares en Colombia, cuyo objetivo apenas silenciado es el de poder controlar con sus aviones cualquier movimiento significativo que tenga lugar en Sudamérica, hasta las cercanías del Cabo de Hornos. Tal como lo señalara el Comandante Fidel Castro, ese tratado constituye en realidad una anexión de facto de Colombia a los Estados Unidos: sus militares y civiles pueden entrar y salir a voluntad de Colombia, sin utilizar pasaportes. Basta para ello con exhibir un simple carnet de identidad. Los colombianos que quieran ingresar a Estados Unidos, en cambio, son sometido a toda clase de controles y vejaciones. Los cargamentos que los norteamericanos internen o saquen del país no pueden ser sometidos a fiscalización alguna por parte de las autoridades colombianas. Pueden importar armas de destrucción masiva, si se lo proponen; y exportar estupefacientes, cosa que ya hicieron en el pasado (recordar el affaire Irán-Contras). Por si lo anterior no bastara, los estadounidenses establecidos en Colombia gozan de total inmunidad diplomática y no pueden ser llevados a los tribunales colombianos por cualquier delito o crimen cometido en ese país. Y este tratado lo firmó Obama, no Bush. Para resumir: al cabo de un año la gestión Obama revela que es más de lo mismo, a pesar de sus recientes arrestos dialécticos que habrá que ver si son sucedidos por iniciativas concretas, cosa que no parece demasiado probable. Noam Chomsky tenía razón cuando advirtió, mucho antes de su elección, que “Obama es un blanco que tomó demasiado sol.”
www.atilioboron.com
[1] http://www.rasmussenreports.com/public_content/politics/obama_administration/obama_approval_index_history
[2] http://www.gallup.com/home.aspx
[3] Obama pone un drástico límite a los bancos y al sector financiero, en Clarín http://www.clarin.com/diario/2010/01/22/elmundo/i-02124926.htm
[4] http://www.clarin.com/diario/2010/01/21/opinion/o-02124068.htm
[5] « Workers Need Added Clout To Close The Pay Gap with CEOs”, en http://www.commondreams.org/view/2008/09/01
[6] Cf. Hinde Pomeraniec, “Gerente o líder”, http://www.clarin.com/diario/2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[7] Cf. Néstor Restivo, “El lento declive de la clase media y el sueño americano”, en http://www.clarin.com/diario / 2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[8] “CBS’s Reid calls Obama’s populism ‘more like politics than a real plan’”, en http://businessandmedia.org/articles/2010/20100125145911.aspx
martes, 15 de diciembre de 2009
Obama: Suspendido en teoría política

14 de diciembre de 2009
Atilio boron
Obama tomó algunos cursos de teoría política en Harvard. Pero el discurso que pronunciara al recibir el Premio Nóbel de la Paz –inmerecida distinción que todavía hoy suscita reacciones que van desde la hilaridad a la indignación- revela que no aprendió bien la lección y que su viciada interpretación de la doctrina de la “Guerra Justa” justifica su reprobación.
Tal como lo afirma una de las más rigurosas especialistas en el tema, Ellen Meiksins Wood, esa doctrina se caracterizó desde siempre por su enorme elasticidad para ajustarse a las necesidades de las clases dominantes en sus diversas empresas de conquista. Si bien su formulación original se remonta a San Agustín y Santo Tomás, fue la pluma del dominico español Francisco de Vitoria la que produjo una oportuna justificación de la conquista de América y la sumisión de los pueblos originarios, mientras que el jurista holandés Hugo Grocio, hizo lo propio con los saqueos practicados por las compañías comerciales lanzadas a repartirse el nuevo mundo.
Buscando apoyo en esta tradición Obama sentenció que una guerra es justa “si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional; y, cuando sea posible, los civiles son mantenidos al margen de la violencia.” De este modo la versión original de la doctrina experimenta una nueva redefinición para mejor responder a las necesidades del imperio y culmina mimetizándose con la teoría de la “Guerra Infinita” pergeñada por los reaccionarios teóricos del “Nuevo Siglo Americano” y fervorosamente adoptada por George W. Bush Jr. para justificar sus tropelías a lo ancho y a lo largo del planeta. Es que aún después de sus sucesivos deslaves los imperialistas desconfiaban de la doctrina de la “Guerra Justa” porque no creían que fuese lo suficientemente flexible como para otorgar una justificación ética a su rapiña. Había que ir más allá y la teoría de la “Guerra Infinita” fue la respuesta.
Pese a las modificaciones que fueron debilitando su argumentación, la doctrina de la “Guerra Justa” sostenía la necesidad de satisfacer ciertos requisitos antes de ir a la guerra: (a) tenía que haber una causa justa; (b) la guerra debía ser declarada por una autoridad competente, con el propósito correcto y una vez agotados todos los otros medios; (c) tenía que existir una elevada probabilidad de lograr los fines perseguidos; y (d) los medios debían estar en proporción a esos fines. A lo largo de los siglos los periódicos aggiornamentos introducidos por los teóricos de la “Guerra Justa” fueron relajando estas condiciones a tal punto que perdieron todo importancia práctica.
En su discurso Obama hizo una encendida defensa de la guerra de Afganistán –secundada, dijo, por otras 42 naciones, entre ellas Noruega- al paso que en un alarde de optimismo declaró que la guerra en Irak estaba próxima a su finalización. Por lo visto la interminable sucesión de muertes, sobre todo de civiles inocentes, que a diario ocurren en ese país por culpa de la presencia norteamericana es para el ocupante de la Casa Blanca una nimiedad que no puede ensombrecer el diagnóstico triunfalista que el establishment y la prensa propalan en Estados Unidos con el ánimo de manipular a la opinión pública de ese país.
Pero aún dejando de lado estas consideraciones es evidente que ni siquiera los amplísimos criterios esbozados por Obama en su discurso son respetados por Washington en los casos de las guerras de Irak y Afganistán: la ocupación militar no fue un último recurso, pues la casi totalidad de la comunidad internacional insistía –y sigue haciéndolo hoy- en la posibilidad de hallar una salida diplomática al conflicto; no se puede hablar de defensa propia cuando el enemigo del cual hay que defenderse –el terrorismo internacional- está definido de modo tan difuso que torna imposible su precisa identificación y la naturaleza de su amenaza; la falta de proporción entre los agredidos y el agresor adquiere dimensiones astronómicas, toda vez que la mayor potencia militar de la historia de la humanidad se ensaña contra poblaciones indefensas, empobrecidas y dotadas de rudimentarios equipamientos bélicos; y, por último, si hay alguien que no ha sido mantenido al margen de la furia destructiva de las fuerzas armadas de Estados Unidos es la población civil de Irak y Afganistán.
En suma: no hubo ni hay una causa justa para desencadenar estas masacres, algo crucial para la teoría tradicional. Salvo que Obama crea todavía que había “armas de destrucción masiva en Irak” (una perversa mentira urdida por Bush Jr., Cheney, Rumsfeld y compañía, con la complicidad de la dirigencia política y la “prensa libre” de Estados Unidos); o que Osama bin Laden y Saddam Hussein –enemigos mortales- compartían un proyecto político anti-imperialista; o que la población afgana encomendó al primero cometer los atentados del 11-S y por eso merece ser castigada. No hay causa justa para ninguna de estas aventuras militares de Estados Unidos -como no la hubo antes en Vietnam, o en Corea, o en Granada, o en Panamá, o en República Dominicana- y no es mera casualidad que Obama obviara toda mención a esta tradicional cláusula en su discurso. En su peculiar visión –que es la visión de los círculos dominantes del imperio- la “Guerra Justa” se convierte en la “Guerra Infinita”.
En línea con esta doctrina Obama también viola la cláusula tradicional que establecía que al entrar en guerra una nación debe tener una razonable probabilidad de alcanzar el objetivo acordado. Y si hay algo que la historia reciente ha demostrado hasta la saciedad es que el terrorismo no desaparecerá de la faz de la tierra haciéndole la guerra. Obama citó en su discurso un pasaje de Martín Luther King “la violencia nunca traerá paz permanente. No resuelve ningún problema social: sólo crea otros nuevos y más complicados.” Pero a renglón seguido argumentó que como jefe de estado, juramentado para proteger y defender a su país, no puede solamente guiarse por las enseñanzas de King o del Mahatma Gandhi ante las amenazas que atribulan a los estadounidenses.
El discurso paranoico, patológico hasta la médula, de los ideólogos neoconservadores reaparece en labios del paladín del progresismo norteamericano: siempre la amenaza, sea de los comunistas, del populismo, del narcotráfico, del fundamentalismo islámico o del terrorismo internacional. Pero estas amenazas, más imaginarias que reales, son un ingrediente necesario para justificar la ilimitada expansión del gasto militar y la enorme rentabilidad que esto ocasiona para los gigantescos oligopolios que giran en torno al gran negocio de la guerra. Sin aquellas sería imposible justificar el predominio del complejo militar-industrial y los fabulosos subsidios que recibe, año tras año, del dinero aportado por los contribuyentes norteamericanos. Tampoco hubiera sido posible la desorbitada militarización de la sociedad norteamericana, que se proyecta hacia afuera con su agresiva política exterior y hacia adentro en la abrumadora presencia de las fuerzas represivas y de inteligencia, facilitada por la legislación “anti-terrorista” de Bush Jr. que conculcó buena parte de las libertades civiles y políticas existentes en Estados Unidos.
El resultado de esta indiferencia ante la cláusula tradicional que exigía que la acción bélica tuviera altas probabilidades de alcanzar los fines trazados no es otro que la total autonomización de la iniciativa militar. Como agudamente lo señalara Meiksins Wood en Empire of Capital en esta nueva versión de la teoría la respuesta militar se justifica aún cuando no exista ninguna posibilidad de que la misma sea exitosa. O, lo que es aún peor, bajo estas nuevas condiciones la agresión militar del imperialismo ya no requiere de ninguna meta específica o de algún enemigo claramente definido e identificado. La guerra no necesita de objetivos claramente delimitados y se torna un fin en sí mismo; un fin inalcanzable, y por lo tanto, infinito. Lejos de ser una situación excepcional la guerra se convierte en una actividad permanente: una guerra infinita contra un enemigo inidentificable cuyos cambiantes contornos –hoy un comunista, mañana el populista, después el “terrorismo internacional”, etcétera- lo dibuja, con absoluta arbitrariedad, el Ministerio de la Verdad del imperio, cuya misión no es otra que falsear la realidad y fabricar el consenso que necesitan los dominantes. No sería exagerado decir que las peores predicciones de George Orwell acerca de la producción de desinformación no sólo se vieron confirmadas sino sobrepasadas por el aparato cultural norteamericano. Gracias a este dispositivo de manipulación y control ideológico el gran negocio de la producción y venta de armamentos se inmuniza contra los avatares del ciclo económico. Guerra infinita es otro modo de decir ganancias infinitas y permanentes.
El ácido comentario de la ex Secretaria de Estado de Bill Clinton, Madeleine Albright, sintetiza muy bien el espíritu y las premisas que subyacen a esta postrera degradación de la doctrina tradicional: “para qué sirve tener tan formidable ejército si luego no lo podemos usar.” De eso se trata, pues el uso y la periódica destrucción de esa impresionante maquinaria militar es lo que se necesita para que prosperen los negocios del complejo militar-industrial. Con su soberbio desparpajo Albright reveló lo que muchos ideólogos del imperio se cuidan muy bien de callar.
El discurso de Obama fue decepcionante. Por más que el premio Nóbel de la Paz se haya devaluado –recuérdese que se lo otorgaron a un criminal de guerra como Henry Kissinger- el presidente de Estados Unidos tendría que haber sido capaz de elaborar un argumento que sin caer en un inverosímil pacifismo se hubiera por lo menos distanciado en algo de la tónica ideológica impuesta por Bush Jr. y sus compinches. No lo hizo. Es más: existen fundadas sospechas de que algunos de sus speech writers también lo hayan sido de su nefasto predecesor.
No sería de extrañar esta continuidad. Obama ratificó en su cargo al Secretario de Defensa designado por Bush Jr., Robert Gates y, en fechas recientes, propuso como Secretario de Estado Adjunto de Investigación e Inteligencia a Philip Goldberg, expulsado de Bolivia por el presidente Evo Morales el 10 de Septiembre de 2008 por su descarada participación en las intentonas separatistas del prefecto del Departamento de Santa Cruz, Rubén Costas. Así las cosas, las esperanzas alimentadas por la irracional “Obamamanía” cultivada por las buenas almas progresistas parecen hoy más ilusorias y absurdas que nunca.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Atilio Borón, la voz experta de la geopolítica
“En America Latina el pueblo da la espalda al que no es valiente”
14-12-2009
Joseba Macías
Zazpika-Gara / Rebelión
Atilio Borón es uno de los grandes nombres de la sociología latinoamericana contemporánea. Nacido en Buenos Aires en 1943, sus obras se agotan rápidamente. Quizá porque no sea un profesor al uso y sus ensayos y reflexiones siguen incidiendo en la necesidad de transformar la realidad trabajando por un mundo mejor. Un mundo en el que este “continente de la esperanza”, como lo definiera Salvador Allende, sea un ejemplo de que realmente es posible vivir sin que la sinrazón del mercado regule nuestras vida y nuestros sueños.
Dicen que Fidel Castro le busca periódicamente para conocer sus impresiones sobre la marcha de América Latina y del mundo. No es el único. Sus libros se difunden a millares habiéndole convertido en uno de los sociólogos más divulgados y conocidos. Atilio Borón nos recibe entre el mate y la sonrisa cómplice a la espera de un diálogo sin condiciones previas sobre esa América Latina que recorre física e intelectualmente desde hace ya muchas décadas. Una tierra que ahora respira aires de cambio y renovación entre crisis, esperanzas colectivas y algún que otro sobresalto no previsto.
Usted es de las pocas personas que ha tenido la oportunidad de ver y conversar con Fidel desde su abandono de los cargos públicos, precisamente a instancias del propio Comandante. ¿Cuál es la impresión que le ha producido?
Fidel sigue siendo una presencia insoslayable en la vida cubana. Sobre todo entre los sectores más politizados aunque el pueblo en general, hoy en día, continúa leyendo sus reflexiones con gran atención. Es además una de las pocas personas, en mi opinión, que es capaz de superar la brecha generacional. Estuve con él por última vez el 7 de marzo de este año, Y le vi realmente muy bien. Cuando nos despedimos me dio un abrazo muy fuerte, no precisamente el de un viejito enclenque. Incluso le hice una broma: “Sinceramente, Comandante, le he visto mucho mejor que a Ingrid Betancourt cuando la liberaron las FARC”. Y él soltó una fuerte carcajada. Realmente está muy lúcido y siempre en estado de alerta. Allí, encima de su mesa de trabajo estaban las libretitas donde va sistematizando los temas: Medio Ambiente, Estados Unidos, América Latina, Oriente Próximo… Un hombre con una lucidez impresionante. Te cuento otra anécdota: él, incluso, recordaba de memoria el diagrama de vuelos de Cubana de Aviación que sus colaboradores no tenían claro para saber que yo debía viajar a Buenos Aires el domingo porque no hay vuelos los lunes… Realmente es un hombre con una capacidad extrema y es muy feliz con lo que está haciendo.
Además su visita coincidió con un momento muy complicado en Cuba como fue la destitución de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque o Carlos Balenciaga, secretario personal del propio Fidel.
Sí, es verdad. Por una cuestión de respeto yo no le iba a sacar el tema pero fue él el que me empezó a hablar sin reparos de la noticia. Fidel me comentó que era un asunto que lo manejaban ya Raúl y el Consejo de Estado. A mí me consultaron, me señaló, y lo único que les pedí fue una evidencia manifiesta. Cuando la tuve, me dijo Fidel, me cuadré. En sus palabras me di cuenta que no estábamos ante un episodio de corrupción, de fraude o de nada de eso. Y me lo remarcó varias veces. Ninguna de esas personas está sometida a proceso legal y actualmente desarrollan distintas tareas laborales de acuerdo a su perfil profesional. Para Fidel, cometieron una ingenuidad increíble producto de una ambición desmedida que les llevó a pasar información interna al exterior. En definitiva, te puedo contar que Fidel está realmente bien, que no está apartado para nada del seguimiento de la actualidad de su país y del mundo y que, además, sigue al pie de la letra el consejo de sus médicos, cosa que antes no hacía.
¿Y considera que Fidel Castro estaría dispuesto a asumir las transformaciones que muchos consideran necesarias e inminentes en la Revolución cubana?
Yo creo que la prioridad actual de Fidel es escribir y dejar una herencia sobre los principales temas que afectan a la humanidad. El además es consciente, sí, de que hay que llevar a Cuba una serie de cambios y que éstos deben ser muy profundos, de acuerdo a un desafío histórico tan fundamental para la Revolución como el actual: desarrollar dentro del socialismo una reforma que no implique volver al capitalismo. Aunque muchos lo piensen, no estamos hablando de un “modelo chino”, claro está. Ellos saben que tienen que inventar de nuevo un camino propio y están trabajando muy a fondo en eso. Pero no podemos olvidar que han tenido la malísima suerte de sufrir tres huracanes tremendos y seguidos en el tiempo, que han acabado prácticamente con el 20% de su PIB. Que han sufrido la caída del precio del níquel en el mercado internacional, aunque ahora comienza a recuperarse. Y, además, la crisis mundial... Fidel y la actual dirigencia son muy conscientes de todo esto y de la necesidad de impulsar urgentes medidas económicas y sociales de acuerdo a la nueva realidad de esta Cuba de 2009.
Una novedad significativa en la América Latina que usted tan bien conoce, es que buena parte de los países del continente han pasado a ser gobernados por organizaciones que provienen de lo que podríamos denominar una “reflexión socialista”. Ritmos, tradiciones y matices diversos, sin duda, pero algo impensable hace tan sólo unos pocos años atrás.
Hablando de socialismo en toda su extensión, realmente sólo tenemos como país socialista en este momento a Cuba. Luego hay tres gobiernos, Venezuela, Ecuador y Bolivia, que desarrollan procesos de construcción de la alternativa socialista, procesos muy diferentes entre sí. Y además, por suerte, en un momento en el que ya no hay más modelos que copiar. El caso boliviano, por ejemplo, se sustenta sobre su extraordinaria capacidad de organización que viene de la época precolombina y que dejó mal parado a todos estos sociólogos posmodernos que entendieron el ascenso al poder de Evo Morales como una manifestación precisamente posmoderna... En Venezuela, sin embargo, no hay una tradición organizativa ni precolombina ni postcolombina, lo que explicaría la importancia del papel del liderazgo de Hugo Chávez. Y luego está Rafael Correa en Ecuador, formado en el cristianismo progresista de la Universidad de Lovaina y más tarde doctorado en Economía en Illinois... En mi opinión, el resto va en otra dirección. Los gobiernos de Brasil, Argentina, Chile o Uruguay consideran que la solución a los problemas del capitalismo se encuentra en el propio capitalismo. En Argentina, por ejemplo, no queda ninguna duda cuando uno escucha hablar a los Kirchner. En Brasil, en dos siglos de historia del sistema bancario, nunca ese sistema fue tan rentable para el gran capital como en los años de Lula en el poder. Representan mecanismos adaptativos dentro del propio capitalismo. Ahora bien: también es cierto que estos gobiernos son un soporte fundamental para aquellos otros que te citaba al principio y que están trabajando por una alternativa verdaderamente socialista. Eso es un hecho real y objetivo y a ello no es ajena la fuerte presión popular que, desde la base, se desarrolla en países como Argentina o Brasil. Sin olvidar que todos estos gobiernos de la llamada “centro-izquierda” que han sido timoratos, procapitalistas y amigos de los norteamericanos, corren en los próximos meses serios riesgos de ser desalojados del poder. Mientras tanto, los gobiernos que han planteado más audacia en los procesos de cambio reformando la constitución, la economía, las instituciones o convocando plebiscitos de forma permanente, están todos muy fuertes. Alguna lección habría que sacar de todo esto. Por ejemplo, que cuando no eres valiente, el pueblo te da la espalda. Como me decía mi profesor Fernando Enrique Cardoso, “los pueblos siempre van a preferir el original a la copia”. Y es verdad.
Un caso particular que siempre me ha llamado la atención es precisamente y si me lo permite el de su país, Argentina. Una larga tradición teórica para una izquierda siempre atomizada, sin constituirse en una verdadera alternativa de poder. Los datos hablan de la existencia de más de ochocientos partidos políticos lo que, sin duda, haría reflexionar al propio Freud, tan de moda siempre en Argentina como referente.
Hay que pensar en Freud absolutamente, sí, lo reconozco. Porque hay una verdadera psicopatología política en Argentina. Yo, por ejemplo, no conozco un sólo país en donde hoy en día el debate entre Lenin y Trotski sobre la revolución de 1905, ni siquiera la de 1917, origine una fractura del movimiento estudiantil y que terminen liándose a golpes, como pasó en la Universidad de Cuyo, en Mendoza, hace cuatro o cinco años. Es una cosa que no tiene ni pies ni cabeza y ante la que yo ya renuncio. A Argentina sólo la entiende Jorge Luis Borges y punto. Fíjate que diversos estudios y encuestas te demuestran que hay una izquierda social en nuestro país que por lo menos abarca al 30-35% de la población. Al año siguiente del derrumbe de la economía en diciembre de 2001, se estrenaron más obras de teatro en Buenos Aires que en Londres o en Nueva York. Un ejemplo de la vitalidad cultural y crítica del país... El propio Fidel, extrañado, me decía en 2001 que no entendía cómo no éramos capaces de hacer una gran alianza de todas las fuerzas que se oponen al neoliberalismo. Yo le dije: “Mire, Comandante, no depende de mí. Yo estoy de acuerdo con eso”... El narcisismo, en fin, de las pequeñas diferencias como señalaba el maestro Freud. Sólo así puedes entender que el problema fundamental en la coyuntura actual sea ver cómo habría que caracterizar a los soviets en 1905... Por eso estamos como estamos. La única buena noticia, en medio de este desierto, es que también la derecha está muy fraccionada.
Me gustaría conocer también su opinión respecto al papel jugado en América Latina por la socialdemocracia española. En la distancia, al menos, da la impresión de que su influencia es realmente importante a la hora de salvaguardar los intereses económicos de las empresas españolas en la región o de exportar “recetas políticas”.
Sin duda alguna. La socialdemocracia española básicamente es una pantalla que encubre la protección de las políticas de saqueo que están llevando a cabo muchas de las empresas españolas allí ubicadas. Ahí está el caso de Repsol, por ejemplo. O el de Iberia cuando compró los aviones de Aerolíneas Argentinas y sus oficinas por todo el mundo. Esta socialdemocracia nos ha vendido también el modelo del Pacto de la Moncloa como ejemplo de la “exitosa” Transición española adueñándose paralelamente de muchos medios de comunicación en nombre del grupo Prisa que han quedado sujetos a los grandes dictados de Estados Unidos: radios, televisiones, diarios, revistas, libros escolares... Igual que en el Estado español. Sólo que, en América Latina, el hecho se agrava por las condiciones de pobreza, de atraso cultural, etc. Te cuento una anécdota no muy conocida que resume perfectamente de qué estamos hablando: el 20 de diciembre de 2001, la última visita oficial que recibió el presidente De la Rúa en pleno derrumbe de la economía y a pocas horas de su dimisión, fue la de Felipe González. El llegó para pedir el respeto a las empresas españolas. En un momento en el que había más de veinticinco muertos, el ex presidente español aparece para mostrar la preocupación de su país por sus inversiones y sus negocios.
En la larga lista de países en los que están presentes estos intereses no podemos olvidar a Colombia...
Así es. Sustentando la presencia de las empresas españolas con la ayuda de ese delincuente común llamado Álvaro Uribe. Yo he publicado diversas reflexiones y ensayos sobre Uribe, algunas basadas en documentos desclasificados por los propios Estados Unidos. Queda claro que ya desde 1991, en informes de la DEA, es el hombre que articula las relaciones entre el cartel de Medellín y el Gobierno colombiano para facilitar los negocios de la droga. Y eso lo dice la propia DEA. El dossier desde entonces para acá es increíble. Y ahí está la socialdemocracia española apoyando todo eso... Y sin que podamos llegar a explicarlo directamente al propio pueblo español porque el control de los medios es absolutamente feroz.
Mirando hacia el Norte, ¿Cuál es su opinión sobre el primer año del Gobierno de Barack Obama?
Obama, como dijo Noam Chomsky, es un blanco que tomó demasiado sol. Yo he hablado mucho sobre él con Fidel. Él tiene una buena opinión de Obama como persona. Pero creo que con Honduras ha quedado bien definido el juego interno de la política de Estados Unidos hacia nuestro continente, tristemente a favor de los “halcones”. Cuando se produce el golpe, Obama sale de inmediato a repudiarlo. Pero al día siguiente habla Hillary Clinton corrigiendo lo dicho por el presidente. Una cuestión realmente insólita en la tradición protocolaria norteamericana. Ella instala la idea de que el nuevo gobierno no es golpista sino “interino”. Una tesis que difunde en toda América Latina el aparato ideológico estadounidense, vía CNN. A partir de ese momento se desarrolla un juego de fuerzas interno en el que Obama, finalmente, es arrinconado. Creo que la crisis de Honduras representa un episodio fundamental para comprender su deslegitimación a nivel internacional. Y más en un momento en el que él estaba manteniendo conversaciones muy complicadas con Medeyev y con Putin en torno al fin de los acuerdos Salt 1 y Salt 2 y a un replanteamiento del control del arsenal nuclear. Todo parece indicar que los rusos le han pedido que demuestre que, realmente, controla su propio país. En definitiva, Obama es un personaje que tiene muy escasa gravitación en las grandes decisiones en materia política y económica en Estados Unidos. El “caso Honduras” es un excelente ejemplo. Si Obama hubiera estado al frente de la situación, podría haber desalojado al golpista Micheletti del poder en menos que canta un gallo. La misma medicina que Georges Bush amenazó con aplicar en El Salvador en 2004 para evitar la victoria del entonces candidato del FMLN, Schafik Handal: primero mandó mensajes, mediante funcionarios, amenazando con el bloqueo de las remesas de los emigrantes salvadoreños en Estados Unidos y tres semanas después Schafik, que ganaba de calle las elecciones en los sondeos, perdía estrepitosamente. Obama no lo ha hecho ahora en Honduras. ¿La razón? El sector que sí puede hacerlo, el mismo sector que firmó el acuerdo con Uribe sobre la ubicación de las bases en suelo colombiano o el mismo sector que no quiere levantar el bloqueo contra Cuba, es una vez más el que ha prevalecido. Y Obama, queda claro, no decide. Con casi toda probabilidad, Hillary Clinton será la nueva candidata a las próximas elecciones y el establishment volverá a tener el control directo sobre la Casa Blanca.
Y terminamos, si le parece bien, hablando de esta crisis planetaria que, paradójicamente, parece fortalecer una vez más las opciones electorales de los partidos conservadores en todo el mundo. ¿Cómo se explica este fenómeno?
Creo que la clave de todo eso es reflejo de la gran victoria ideológica que el neoliberalismo ha conseguido en los últimos cuarenta años. Ha quedado establecido que cualquier alternativa que no sea capitalista representa un delirio, una aventura, un salto al vacío. Yo creo que esta crisis no va a tener la forma de una “V”, como dicen algunos, si no de una “L” como ya ocurriera en Japón a partir de la década de los 90. Estamos ante una crisis profunda y de muy larga duración. ¿Tú crees, por ejemplo, que la crisis la pueden resolver los integrantes del G-20? Es absolutamente patético. Le encargas a los médicos que nos envenenaron que nos den la medicina para curarnos... En definitiva, creo que estamos ante una crisis mucho más grave que las dos crisis anteriores, la de 1929 y la de 1973. En primer lugar porque ninguna de estas crisis coincidió con una crisis energética. Y además en paralelo se desarrolla una crisis alimentaria que no tiene proporciones. En Europa, en Africa, en Asia, en América latina hemos visto motines derivados por el hambre... Y mientras, se dedica un número cada vez mayor de hectáreas de tierra a la producción de combustibles. Ahí está por ejemplo el pacto Bush-Lula firmado en Sao Paulo en el año 2007... Y añadámosle finalmente el tema del cambio climático para entender que esta crisis no ha tenido parangón en la Historia. Ante este estado de cosas, sólo nos queda pensar en la construcción de una verdadera economía postcapitalista. Llamémosle como queramos, se trata en definitiva de avanzar en un proceso de desmercantilización de manera muy acelerada. No podemos seguir teniendo criterios mercantiles para regular la relación de nuestras sociedades con la naturaleza. Y ese debe ser un principio básico del mundo a construir: desmercantilizar la naturaleza, la salud, la educación, la seguridad social....
viernes, 27 de noviembre de 2009
Euskal Herria: La fórmula Saint Jean
27-11-2009
Atilio A. Boron
Rebelión
En la tenebrosa Argentina de la dictadura pensar era un crimen y, por lo tanto, a priori todos éramos sospechosos. Nadie sintetizó mejor esta visión criminal y paranoica del mundo que el General Ibérico Saint Jean cuando en Mayo de 1977 dijo que “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después … a sus simpatizantes, enseguida … a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.”
Esta sombría reflexión acude inmediatamente a nuestra conciencia al leer las noticias que dan cuenta de la razzia practicada por más de 650 agentes de la Policía Española y la Guardia Civil y que culminó con la detención y traslado a Madrid de 34 jóvenes del País Vasco acusados de “terroristas.”
Resulta que en España, tan exaltada como ejemplo de una exitosa transición desde el franquismo a la democracia, aquel apelativo puede ser aplicado a cualquier persona que en Euskadi se atreva a pensar que sería bueno lograr una solución negociada al conflicto político que desde hace décadas agita al País Vasco, o que se manifieste a favor de una amnistía o, simplemente, que tenga la osadía de exigir se ponga fin a las torturas que se aplican rutinariamente -pese a las numerosas denuncias de organismos internacionales- a quien tenga la desgracia de caer en manos de las fuerzas represivas del estado español.
La irracional intransigencia de Madrid queda muy bien sintetizada en las palabras dirigidas hace poco por el Ministro del Interior a los independentistas vascos: "Aun en el caso de que la izquierda abertzale dijese que condena la violencia y solicitara su legalización «la respuesta va a ser radicalmente no».” Este mismo personaje anteriormente había planteado a los independentistas la opción: "o votos, o bombas," y cuando estos dijeron “votos” -y presentaron la candidatura Iniciativa Internacionalista al Parlamento Europeo- este santo varón, demócrata hasta el tuétano, les aplicó el garrote vil de la Ley de Partidos y los condenó a una permanente ilegalidad.
Cerrados todos los caminos legales para quienes no piensan como Madrid quiere que se piense no hace falta ser un sabio para inferir que las vías extra-legales se nutrirán con el creciente apoyo de los muchos que en Euskal Herría no están dispuestos a renunciar al derecho a la autodeterminación de los pueblos, una conquista histórica que el estado español se niega tercamente a reconocer ya que ni siquiera autoriza una especie de “cuarta urna”, como la imaginó Zelaya en Honduras, para que el pueblo, soberano inapelable de cualquier democracia digna de ese nombre, diga si quiere o no ser consultado al respecto.
La doctrina del terrorismo omnipresente tan cara a los militares argentinos fue aplicada en esta oportunidad contra una organización juvenil, Segi.
Lo tragicómico de todo esto lo retrata una vez más el diario El País (otro mito periodístico, de prestigio tan manufacturado como inmerecido) cuando informó a sus lectores que mediante el “vandalismo terrorista Segi buscaba aumentar la presión sobre las llamadas ‘luchas prioritarias’: la construcción del ‘estado vasco’ y el combate contra el tren de alta velocidad, el modelo educativo de Euskadi y la especulación inmobiliaria.”
Como puede apreciar el lector, estos jóvenes prisioneros tenían una agenda no sólo revolucionaria sino también terrorista: oponerse al tren bala que destruiría el medio ambiente y dividiría regiones enteras del país es un acto innegablemente vandálico y terrorista, lo mismo que discutir el modelo educativo, cosa que se está haciendo por doquier en Europa, y combatir la especulación inmobiliaria, causante de gravísimos problemas en España y el País Vasco.
En su gran mayoría Segi esta formada por jóvenes universitarios independentistas, activamente vinculados a diversas asociaciones que efectúan tareas comunitarias. Como si fuera un insulto la información oficial dejó saber que algunos de estos vándalos “ocuparon cargos de representación estudiantil en la Universidad.”
Según las explicaciones brindadas por el Ministerio del Interior los detenidos lo habrían sido por “ejercer presuntamente funciones de responsabilidad en Segi”. Es decir, se presume la comisión de un delito, y eso basta para encarcelar a los sospechosos en una redada efectuada, como en la Argentina de aquellos años de plomo, a altas horas de la madrugada y a cargo de personal encapuchado.
Basta con relacionar a los inculpados con cualquier persona u organización que en el pasado haya actuado en la legalidad defendiendo el proyecto independentista para ser considerado un terrorista.
Basta con compartir el proyecto estratégico de la independencia y el socialismo -aún cuando se condene los métodos violentos para lograrlo y se opte por las tácticas del Mahatma Gandhi-para que todo el peso de la “justicia” caiga sobre los acusados. Pensar o soñar son delitos imperdonables.
Mediante esta monstruosidad jurídica se pena a la persona, no a sus actos. El corolario de esta retrógrada concepción es una justicia que no reconoce el habeas corpus, traba la acción de los abogados defensores, impide la presencia de un médico de confianza, establece cinco días de incomunicación sin notificar a los familiares el paradero del detenido, legaliza la tortura y el maltrato, y somete a juicio a los inculpados fuera de la jurisdicción ordinaria, en un tribunal de excepción heredado de la época franquista.
Las violaciones a los derechos humanos que Madrid perpetra a diario en Euskadi son irremediablemente incompatibles con la democracia.
Pruebas:
Uno, el juez de la Audiencia Nacional que lleva la causa, Fernando Grande-Marlaska, rechazó la petición de los abogados defensores para que se aplique a los detenidos el “Protocolo Garzón”, que requiere que sean asistidos por un médico de confianza, que el periodo de detención sea grabado y que los familiares sean informados en todo momento sobre el paradero y estado de los arrestados. Por algo lo habrá rechazado.
Dos: sorprende comprobar que en ciertos aspectos el gobierno español hace lo que ni la dictadura argentina se atrevió a hacer. Por ejemplo: prohibir la exhibición pública de fotografías de las víctimas de la represión que hacían los familiares, amigos y los movimientos de solidaridad, una manera sutil por la cual se quería hacer “desaparecer” personas, menos criminal que la que conocimos en la Argentina pero también violatoria de los derechos humanos. Por eso en muchos bares, de esos que proliferan en toda Euskal Herria, las fotos de los independentistas detenidos en las cárceles españolas fueron reemplazadas por sus siluetas faciales.
Al criminalizar la disidencia política y la aspiración independentista el estado español vuelve a hundirse en sus peores tradiciones, sintetizadas en el nefasto maridaje entre la cruz y la espada. Tradiciones que durante tres siglos padecieron los pueblos de Nuestra América después de la conquista y que, en la Argentina, reapareciera en el discurso y la práctica de la dictadura militar: matar a los subversivos, a sus colaboradores, a sus simpatizantes, a los indiferentes, y a los tímidos. Una escalada infernal de muerte y destrucción que sumió a este país en un baño de sangre pero que, a la larga, fue derrotada por la capacidad de resistencia y de lucha de las víctimas.
A Madrid le convendría estudiar lo ocurrido en la Argentina, y tomar nota de dos grandes lecciones que deja nuestra historia: primero, que la represión tiene costos crecientes y decreciente eficacia disuasiva, y que por lo tanto no sirve para resolver ningún problema social o político como los que suscita la cuestión vasca; segundo, que si no detiene antes de que sea demasiado tarde la aplicación de la “fórmula Saint Jean” para enfrentar las aspiraciones independentistas de los vascos el futuro de los diversos pueblos y naciones que dificultosa y conflictivamente conviven en el estado español podría asumir las características de una tragedia de inéditas proporciones.
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domingo, 1 de noviembre de 2009
Honduras: una improbable solución
01-11-2009
Rebelión
Atilio A. Borón
¿Se resolvió la crisis política en Honduras? Si bien se abrió una ventana de oportunidades todo parece indicar que no hay demasiado lugar para el optimismo. Conviene recordar lo que dijéramos en estas mismas columnas al producirse el golpe: que Micheletti sólo permanecería en el poder en la medida en que contara con el apoyo, activo o pasivo, de Washington.
Cuatro meses demoró la Casa Blanca en comprender el alto costo que tenía sostener a un régimen golpista en la región. Acuciado por los diversos problemas que enfrenta en su política exterior -sobre todo por el rápido deterioro de la situación en Afganistán y Pakistán y el empantanamiento de sus tropas en Irak- Obama dio un golpe de timón que descolocó a su Secretaria de Estado Hillary Clinton, principal artífice del apoyo a los golpistas, y envió a Thomas Shannon a Tegucigalpa con el encargo de restaurar el orden en el convulsionado patio trasero. Poco después Micheletti archivaba sus bravuconadas y aceptaba mansamente lo que hasta entonces era inaceptable. Claro, poco antes Shannon había transmitido el terminante mandato imperial. Para dulcificar el mal rato hizo pública su admiración por los dos líderes de la democracia hondureña: el golpista y el destituido.
Zelaya propone un programa de tres puntos: restitución, amnistía y gobierno de reconciliación nacional. La primera deberá ser resuelta por el Congreso, el mismo organismo que convalidó con entusiasmo el golpe de estado y no ahorró insultos y calumnias en su contra. Habrá que ver, pero no será sencillo. Amnistía, ¿para quienes? ¿Para los funcionarios civiles y militares de un gobierno que violó los derechos humanos y conculcó todas las libertades? ¿O aceptaría Zelaya ser amnistiado por delitos que no cometió, como por ejemplo tener la osadía de pretender preguntarle a su pueblo si es que estaba de acuerdo con convocar a una asamblea constituyente? Y ni hablar de la tercera cláusula, íntimamente vinculada a la anterior. Porque, en las actuales condiciones, ¿un gobierno de reconciliación nacional no es acaso un pasaporte al olvido, a la desmemoria, a la impunidad?
Un somero balance de la crisis y su aparente resolución revela que los golpistas pueden sentirse satisfechos porque preservaron sus dos principales objetivos: destituir a Zelaya, aunque reasuma por unos pocos meses más hasta que finalice su mandato; y haber logrado el reconocimiento internacional de las viciadas elecciones del 29 de Noviembre, cosa que el propio Shannon se encargó de asegurar. A su vez la oligarquía hondureña se saca de encima el peligro de una escalada más agresiva de Estados Unidos contra sus propiedades y privilegios, cosa que podría haber ocurrido si no se producía un acuerdo. Un eventual control más pegajoso de Washington sobre sus activos y fondos en Estados Unidos le quitaba el sueño, y la intransigencia de Micheletti se convertía en una amenaza innecesaria a sus intereses.
Para Zelaya el balance resulta mucho más complejo, y es precisamente eso lo que ensombrece el panorama hondureño. Su restitución no remueve para nada las causas profundas que provocaron el golpe de estado. Además, en tal caso, ¿convalidaría sin más los resultados de unas elecciones plagadas de gravísimas irregularidades y cuya campaña se desenvolvió bajo el clima de violencia y terror impuesto por los golpistas? Micheletti ya está haciendo sonar los tambores de guerra. Apenas cerrado el acuerdo declaró a la CNN en Español que una vez restituido en el poder “Zelaya y la gente que le acompaña estamos seguros de que van a emprender una campaña de persecución. Sólo el que no conoce la actitud de Zelaya se cree que no habrá consecuencias.” ¿Cuál será la respuesta en caso de ser reinstalado en el gobierno: ¿Amnistiar a los golpistas, reconciliarse con ellos, abrazarse con Micheletti? Pero Zelaya está lejos de ser el único actor de este drama: ¿Como reaccionarían los heroicos militantes que arriesgaron sus vidas y su integridad física para defender al gobierno legítimo? Hay muchos muertos, y heridos; mucha cárcel y humillación de por medio: ¿aceptarán estas mujeres y hombres que ganaron las calles de Honduras el olvido de tantos crímenes y el perdón a sus victimarios? Además, si una lección extrajeron los movimientos sociales y las fuerzas populares durante estos cuatro meses de resistencia es que si se organizan y movilizan su gravitación en la coyuntura puede llegar a ser decisiva, mucho más de lo que antes se imaginaban. La crisis les enseñó, brutalmente, que pueden dejar de ser objetos de la historia para convertirse en sujetos y protagonistas de la misma. Y tal vez por eso, más allá de lo que ocurra con este acuerdo, decidan seguir avanzando en sus luchas por la construcción de una Honduras diferente, esa que no se consigue con injustas amnistías o espurias reconciliaciones.
domingo, 5 de abril de 2009
El gran circo de Londres
Atilio Borón
Rebelión
03-04-2009
Meses atrás la formidable maquinaria propagandística del imperio alimentaba la ilusión de que la reunión del G-20 en Londres le daría la estocada final a la crisis. Sin embargo, a medida que se acercaba la fecha comenzaron a oírse voces discordantes. Nicolas Sarkozy y Angela Merkel lanzaron baldes de agua fría sobre el inminente cónclave y el anfitrión, el “progresista” británico Gordon Brown, aconsejó bajar las expectativas al paso que un número creciente de economistas críticos e historiadores advertían sobre lo fútil de la tentativa. Pese a ello los ilusionistas y malabaristas del sistema no dejaron de ensalzar la reunión de Londres y tratar de que las tibias medidas que allí se adoptasen fuesen interpretadas por el público como propuestas sensatas y efectivas para resolver la crisis.
Como era de esperar, poco y nada concreto salió de la reunión. Y esto por varias razones. Primero, porque lo que con arrogancia e ignorancia inauditas algunos caracterizaron como Bretton Woods II ni siquiera se planteó la pregunta fundamental: ¿reformar para qué, con qué objeto?
Al soslayarse el tema por omisión, quedó establecido que el objetivo de las reformas no sería otro que el de volver a la situación anterior a la crisis. Esto supone que lo que la causó no fueron las contradicciones inherentes al sistema capitalista sino aquella “exuberante irracionalidad de los mercados” de la que se lamentaba Alan Greenspan, sin percatarse que el capitalismo es por naturaleza exuberantemente irracional y que esto no se debe a un defecto psicológico de los agentes económicos sino que tiene sus fundamentos en la esencia misma del modo de producción.
Segundo: dado lo anterior, no sorprende comprobar que el G-20 haya decidido fortalecer el papel del FMI para liderar los esfuerzos de la recuperación, siendo el principal autor intelectual de la crisis actual. El FMI ha sido, y continúa siendo, el principal vehículo ideológico y político para la imposición del neoliberalismo a escala planetaria.
Es una tecnocracia perversa e inmoral que percibe honorarios exorbitantes (¡exentos del pago de impuestos!) y cuya pobreza intelectual la resumió muy bien Joseph Stiglitz cuando dijo que el FMI está poblado por “economistas de tercera formados en universidades de primera.”
¿Y de la mano de estos aprendices de brujos se piensa salir de la crisis más grave del sistema capitalista en toda su historia?
No hay en esto un ápice de exageración: esta crisis es la manifestación externa de varias otras que irrumpen por primera vez: crisis energética, medioambiental, hídrica. Nada de esto había en la depresión de 1873-1896 o en la Gran Depresión de los años treinta.
En su entrelazamiento estas crisis plantean un desafío de inéditas proporciones, frente al cual las recetas del FMI no harán sino profundizar los problemas hasta extremos insospechados.
Tercero: dada esta situación el tema es demasiado grave para dejarlo en manos del G-20 y sus “expertos”. Por eso el presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel D’Escoto, dijo que lo que se necesitaba no era un G-20 sino un G-192, una cumbre de todos los países, y la convocó para Junio de este año.
El G-20 trata de cooptar a varios países del Sur con la esperanza de robustecer el consenso para una estrategia gatopardista de “salida capitalista a la crisis del capitalismo”: cambiar algo para que nada cambie.
Pero no hay posibilidad alguna de capear este temporal apelando a las recetas del FMI, y los países invitados a Londres, entre ellos la Argentina, lo mejor que podrían hacer es denunciar con serenidad pero con firmeza la inanidad de las medidas allí adoptadas y que dentro del capitalismo no habrá solución para nuestros pueblos ni para las amenazas que se ciernen sobre todas las formas de vida del planeta Tierra.
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