Análisis parcial de la última sentencia contra Arnaldo Otegi
John Brown
Rebelión
04-03-2010
I salute combatants of Umkhonto we Sizwe, like Solomon Mahlangu and Ashley Kriel who have paid the ultimate price for the freedom of all South Africans."
(Saludo a los combatientes de Umkhonto we Sizwe, como Solomon Mahlangu y Ashley Kriel que pagaron el más alto tributo por la libertad de todos los Sudafricanos) Discurso de Nelson Mandela al salir de prisión (11 de febrero de 1990)
"Se lo debemos a los presos políticos vascos, refugiados y tantos camaradas que hemos dejado en la lucha y lo conseguiremos" Arnaldo Otegi
La sentencia por la que se condena a Arnaldo Otegi a dos años más de prisión lo acusa de haber cometido un delito de enaltecimiento del terrorismo durante un acto de homenaje a un preso de ETA que llevaba 27 años en la cárcel. La jueza parece además, a juzgar por el tono mismo de su auto, sumamente enojada porque Otegi, al igual que el conjunto de la izquierda independentista vasca y buena parte de la población del País Vasco, considere que los presos independentistas de izquierda vascos son presos políticos y aún está más irritada, llegando a utilizar un estilo impropio de la objetividad de que debiera hacer gala un magistrado, cuando se compara al preso homenajeado con Nelson Mandela.
Para examinar estos extremos, vale la pena citar in extenso las declaraciones de Otegi en este acto tal y como figuran en el auto:
" (...) Propusimos dos mesas y existirán esas dos mesas, no sabemos cuándo pero existirán. Y finalmente en esas dos mesas igual que en Sudáfrica, el futuro de este pueblo se construirá de conformidad, con compromiso, libertad, democracia y justicia. Reconociendo la territorialidad y la autodeterminación a este pueblo. Pero eso no puede construirse sin lucha, sin organización y sin compromiso. Gatza lleva 25 años en prisión, Mandela salió después de 27 años. Pero Mandela salió de la cárcel superado el apartheid, con la democracia construida y conseguida la libertad. Y así saldrá también en este pueblo el Colectivo de Presos Políticos Vascos.
Todavía no sabemos si será largo, corto o breve, lo que sabemos es que en Sudáfrica lo consiguieron a los 27 años. Y lo que sabemos es que si luchamos, si mantenemos la sensatez, inteligencia y prudencia política que nos dijo Jon Idígoras, tal vez dentro de 27 años también se conseguirá en Euskal Herria a través de la negociación el escenario democrático nacional que le deben, que merece y que necesita. Se lo debemos a los presos políticos vascos, refugiados y tantos camaradas que hemos dejado en la lucha y lo conseguiremos. Vamos por el buen camino, se están creando las condiciones y vamos a gestionar estas condiciones dentro de la voluntad del pueblo. Territorialidad y autodeterminación; democracia y justicia. Y todos los represaliados vascos construyendo Euskal Herria con nosotros en casa, en la calle, en Euskal Herria. ¡Viva la izquierda abertzale! ¡Viva Euskal Herria!".
El primer comentario que merece un texto así es que a Otegi le tendrían que imponer una urgente mejora de su prosa política condenándolo si acaso a dos años de realfabetización en los que podría verse acompañado de otros delincuentes contra la oratoria y el buen decir como son la mayoría de los parlamentarios y políticos del Estado Español y algún que otro magistrado. Por lo demás, cualquier lector del texto podrá comprobar que sus términos, aunque pesados no dejan de ser sensatos, hasta el punto que la propia jueza tiene que reconocer que hasta un cierto punto de su discurso "se pronunció en términos razonables y también respetables, ejercitando de esta forma su derecho a la libertad de expresión" (p.14). Todo se estropea a los ojos de la magistrada cuando, casi cerrando su discurso afirma Otegi: "">Se lo debemos a los presos políticos vascos, refugiados y tantos camaradas que hemos dejado en la lucha y lo conseguiremos.
Aquí es donde la magistrada ya no se reprime y da rienda suelta a su indignación. En primer lugar por la "tan errónea como interesada utilización de los términos 'presos políticos vascos'" entre los que figura José María Sagarduy (Gatza) "privado de libertad -según la jueza- no por su ideología, no, sino por haber perpetrado horrendos crímenes, asesinatos, homicidios, atentados frustrados, por mencionar lo más significativo, todos ellos de carácter terrorista" (p.15). Según parece, el hecho de que se considere que los presos vascos son presos y políticos es algo inaceptable. También lo es que se hable de "refugiados" pues todos ellos son personas que residen fuera de España "perseguidas por su presunta comisión en (sic) delitos de terrorismo, bien perpetrando acciones criminales que a cualquiera asombran por su infinita maldad." (p. 15). Da ciertamente la impresión de que la magistrada no les tiene excesiva simpatía pues no duda en demonizarlos literalmente atribuyéndoles "infinita maldad" y sin embargo, reconoce que sus actos criminales (asesinatos, homicidios etc.) tienen todos "carácter terrorista". Interesante matiz.
En cualquier caso, la jueza se encuentra aquí ante una situación difícil que ella sortea con cierto desenfado, pero que a un magistrado más imbuído de los principios básicos del derecho penal debería plantearle algún problema. Afirmar, por ejemplo que los reos de terrorismo no son presos políticos es sumamente discutible, pues la propia definición del delito de terrorismo que figura en el Código penal español así como el conjunto de las definiciones del terrorismo vigentes a nivel europeo e internacional caracterizan el terrorismo no por la materialidad de los actos (incendios, sabotajes, secuestros, asesinatos, pero también propaganda y apología del terrorismo etc.), sino por su intención manifiestamente política.
Vale la pena referir in extenso el artículo del Código penal español (Capítulo V, sección segunda) que aplica la magistrada: "Artículo 571. Los que perteneciendo, actuando al servicio o colaborando con bandas armadas, organizaciones o grupos cuya finalidad sea la de subvertir el orden constitucional o alterar gravemente la paz pública, cometan los delitos de estragos o de incendios tipificados en los artículos 346 y 351, respectivamente, serán castigados con la pena de prisión de quince a veinte años, sin perjuicio de la pena que les corresponda si se produjera lesión para la vida, integridad física o salud de las personas."
Subvertir el orden constitucional, esto es cambiar radicalmente el ordenamiento político de un país, es obviamente un objetivo político. No menos político -excepto en casos de "monstruos"literarios o cinematográficos como Fu Man Chu o el Capitán Nemo de Julio Verne- es el acto de "alterar gravemente la paz pública", esto es, sacar a la luz la guerra civil latente en las entrañas de toda sociedad política, pues la "paz pública" sólo existe para quienes no ven en un determinado orden un poder opresivo y es muy raro que nadie reconozca un orden por bueno que este sea como opresivo.
Por consiguiente, la calificación de "terroristas" aplicada a los presos vascos miembros de ETA o de su supuesto "entorno" implica necesariamente el carácter político de sus actos. No hace falta ver con simpatía a un preso político para considerarlo como tal, basta con tener en cuenta la intención de sus actos cualesquiera que estos sean.
El dirigente nacionalsocialista Rudolph Hess que murió tras largos años de prisión en la cárcel de Spandau era manifiestamente un preso político, al igual que los dirigentes Hutu presos por la matanza de Rwanda.
Entre los presos vascos que ya totalizan unos 800, la mayoría de ellos purga condena por delitos que nada tienen que ver con la perpetración directa de ningún acto violento.
Buena parte de ellos cumple penas de prisión como el propio Otegi por negarse a condenar la violencia de ETA, militar en organizaciones independentistas o trabajar en periódicos que se niegan a hacer la declaración de condena obligatoria de un tipo de violencia por considerar que existe una situación estructural de violencia y de denegación de derechos , etc.
Afirma la jueza que que con el término "presos políticos" "se denominan (sic) a las personas privadas de libertad, en calidad de presos o condenados por su iderario político y de esas no existe ni una sola interna en los establecimientos penitenciarios de nuestro país" (p. 14).
Pues, incluso aceptando esta arbitraria restricción del concepto de "preso político", en las cárceles españolas, en aplicación de la legislación antiterrorista, hay centenares de personas, sobre todo vascas, que ni han empuñado un arma ni han participado ni de lejos ni de cerca en la organización de ningún acto violento.
Lo que dificulta la tarea de un juez coherente con su deontología y con los principios del derecho penal es la paradoja intrínseca en la propia figura delictiva del terrorismo. El delito de terrorismo sólo se define por la intención política de una serie de actos, pero al mismo tiempo, su intención es declarar delictiva toda forma de expresión política antagonista, por considerarla violenta. De ese modo, el mismo acto legislativo que reconoce carácter político a ciertos actos violentos o metonímicamente relacionados con la violencia, niega a es
tos mismos actos este carácter al integrarlos en el código penal como delitos. El delincuente es alguien que queda expulsado del espacio público, su acto no puede, por consiguiente considerarse político por mucho que por su naturaleza esté dirigido a influir sobre ese espacio público. Se entiende así que en los autos sobre terrorismo la lógica sea atropellada y disparatada la sintaxis, pues de lo que se trata, voluntaria o involuntariamente es de ocultar la paradoja en que se funda el fenómeno terrorista. Esta ocultación es tanto más necesaria cuanto la propia paradoja intenta realizar una operación imposible: definir el terrorismo como violencia con finalidad política sin que la violencia política del propio Estado quede cubierta por este mismo concepto.
La tragicomedia de la búsqueda de una definición internacionalmente válida para el terrorismo nos muestra lo imposible de la tarea. La única solución -algo torpe- es definir el terrorismo como proponía el delegado norteamericano en la Asamblea General de la ONU dedicada a esta cuestión como "los actos de terrorismo que perpetran los terroristas". Pero Grullo no lo habría dicho mejor. Ante esta confusión, los jueces deberían abstenerse de aplicar una legislación penal cuyos fines más que jurídicos son políticos.
Esta disparatada situación quedará aún más clara con el caso de Nelson Mandela. Otro de los motivos de irritación de la juez es, en efecto, que se compare a un recluso condenado por terrorismo con Nelson Mandela, el antiguo presidente sudafricano y veterano luchador contra el apartheid. Leamos de nuevo a la magistrada: "De manera absolutamente impropia y manifiestamente falsa -Otegi- estableció una comparación entre NELSON MANDELA -auténtico héroe que permaneció en prisión por motivos ideológicos, exclusivamente por eso, pero jamás utilizó la violencia, ni la apoyó en "pos" de conseguir la supresión del apartheid en Sudáfrica-; y el condenado José María Sagarduy Moja, que cumple condena por delitos de asesinato frustrado y atentado contra el Jefe de la Policía Municipal de Guernica y utilización ilegítima de vehículo de motor [...]." etc.(p.13).
Afirmar que Nelson Mandela por admirable que sea su figura para cualquier demócrata ni utilizó ni apoyó la violencia es algo más que discutible. Nelson Mandela, como se sabe fue hasta los años 60 partidario de una línea pacífica de resistencia al apartheid, pero tras el endurecimiento del régimen y la imposibilidad de cualquier tipo de diálogo con él, pasó a apoyar la lucha armada. No sólo a apoyarla, sino a dirigirla, pues fue el primer responsable de la organización armada del ANC, denominada Umkhonto we Sizwe (La Lanza del Pueblo). Su condena a prisión se debió a esta actividad armada; su permanencia en la cárcel durante tan largos años, a su negativa permanente a condenar la actividad armada contra el régimen del apartheid, hasta el punto de que al salir de la cárcel tras una gran campańa internacional su primera declaración fue de apoyo a la continuidad de la lucha armada y a su legitimidad.
Estos son sus términos:
"Nuestro recurso a la lucha armada en 1960 con la formación del brazo militar del ANC, Umkhonto we Sizwe, fue una acción puramente defensiva frente a la violencia del apartheid. Los factores que hicieron necesaria la lucha armada siguen existiendo hoy. No nos queda más opción que continuarla. Expresamos la esperanza de que se establezca pronto un clima que conduzca a un arreglo negociado de modo que no siga siendo necesaria la lucha armada."
Como se ve, los términos que emplea Mandela son, en una prosa más elegante, una versión aún más radical de los de Otegi. Si la coherencia y valentía de Mandela permiten a la jueza considerarlo -con razón- un auténtico héroe, palabras mucho más moderadas en boca de Otegi hacen que la magistrada le imponga una condena por enaltecimiento del terrorismo. Es difícil encontrar un mejor ejemplo del carácter intrínsecamente absurdo y paradójico del tipo penal de terrorismo. Quien habla de terrorismo quiere ocultar un antagonismo político destituyendo a un enemigo de su estatuto y degradándolo a criminal. Y es que la paradoja, como bien sabía Gracián es "monstruo de la verdad" y, como todos los monstruos nos enseña lo insoportable.
sábado, 6 de marzo de 2010
Sobre héroes y terroristas
martes, 26 de enero de 2010
Haití ¡Libertad o muerte!
"Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la conciencia de sí surge, ni es su hundirse en la expansión de la vida, sino que en ella no se da nada que no sea un momento que tiende a desaparecer, que la autoconciencia es puro ser para sí"
G.W.F Hegel,Fenomenología del espíritu.
27-01-2010
John Brown
Viento Sur
Cuenta Susan Buck-Morss en un artículo sobre Hegel y Haití una anécdota que revela el origen de la desgracia histórica haitiana, más allá del pretendido pacto con el diablo del que últimamente ha hablado un predicador norteamericano. Suele asociarse a Haití con el vudú y con el oscurantismo. La literatura y el cine occidentales sobre este pequeño país suelen rodearlo de brumas mágicas y de un halo de terror. Haití da miedo y ha dado miedo desde los primeros momentos de su historia independiente, pero no por lo que suele creerse. Se refiere la estudiosa norteamericana a " los soldados franceses enviados por Napoleón a la colonia que, al oir a los antiguos esclavos cantar la Marsellesa, se preguntaron en voz alta si no estaban combatiendo del mal lado "(Buck-Morss, Hegel and Haiti, Critical Enquiry , Summer 2000, p.865). La anécdota nos muestra frente a frente al ejército insurrecto de antiguos esclavos negros que combate por hacer realidad los valores de la revolución francesa y entona su himno, frente al ejército del régimen nacido en Francia de la revolución y que, supeditando los demás principios políticos republicanos a la sacrosanta propiedad ha sido enviado a restablecer la esclavitud.
Lo que tiene de terrible Haití no son los principios democráticos y republicanos por los que combatían los antiguos esclavos bajo la consigna "La liberté ou la mort!", sino el que fueran precisamente antiguos esclavos, los nuevos ciudadanos de una república-quilombo, quienes los defendían contra el régimen francés. Haití da miedo porque pone al desnudo desde el principio el desfase entre las proclamas de libertad de las repúblicas burguesas basadas en la propiedad y las consecuencias sobre la libertad de esta propiedad erigida en derecho fundamental, que siempre se han traducido en formas de explotación de esclavos o de hombres "libres"... y expropiados. Frente a todos los racismos y los clasismos en que se sustentan las repúblicas de propietarios, los revolucionarios haitianos, los jacobinos negros de Toussaint Louverture o Dessalines, mostraron que era posible vivir sin amos.
El drama de la república de Haití es, con todo, una historia conocida: es la de todas las revoluciones que se han querido tomar en serio la democracia y la han intentado fundar sobre algo distinto del imperio de la propiedad. La violencia que sufrió Haití desde comienzos del siglo XIX hasta hoy es la que también se ejerció contra la revolución rusa, contra la España revolucionaria del 36, contra la Cuba revolucionaria... Todas ellas fueron presentadas como aberraciones respecto del orden natural de la propiedad que requerían ser corregidas por la fuerza o contenidas mediante bloqueos y embargos. Haití también en eso fue pionera, pues Francia, tras la victoria de los negros insurrectos frente a las tropas de Napoleón pactó con los Estados Unidos la venta de la Luisiana a cambio, entre otras condiciones de que los Estados Unidos impusieran un bloqueo a Haití.
Del mismo modo, Haití tuvo el "privilegio" de sufrir en su propia carne la trampa de la deuda. Francia exigió a la joven república negra, a cambio de su reconocimiento una indemnización por la pérdida de las plantaciones y de la propiedad sobre los antiguos esclavos. El régimen haitiano aceptó pagarla bajo una enorme presión política y militar. Con ello la "perla del Caribe" empezó a convertirse en una país arrasado y arruinado. En 1915, los Estados Unidos intervienen invadiendo y ocupando el país que el Chicago Tribune definía en un editorial de la época como "una rebelión que se hace llamar república". El "final" de esa ocupación llegó con el establecimiento en el poder de la dinastía de los Duvalier que acabó con la rebelión sin por ello establecer una auténtica república. Haití fue desde entonces una reserva de mano de obra barata para los Estados Unidos: el lugar donde, por ejemplo, por un dólar diario se clasifican los bonos de descuento de los supermercados americanos o se realizan toda suerte de trabajos poco especializados y sumamente mal pagados. La llama de la rebelión se ha mantenido, sin embargo en la república negra. Tras el hundimiento del régimen de los Duvalier, se fueron constituyendo fuerzas populares, por ejemplo la candidatura Fanmi Lavalas (Familia La Avalancha) que llevó a la presidencia a un antiguo sacerdote, el padre Aristide con un fuerte apoyo popular. Los Estados Unidos, valiéndose de los restos del aparato de poder informal de los Duvalier -la milicia mafiosa de los "tontons macoute", los "tíos del saco"- lograron derribar y expulsar al presidente y poner al país bajo tutela de las Naciones Unidas. Aún así, incluso bajo las nuevas condiciones de protectorado, salió elegido en las últimas elecciones el candidato de Lespwa (partido apoyado por la mayoría de las baes de la antigua Lavalas)). Naturalmente, las condiciones de tutela a las que se ve sometido su gobierno hacen que la decisión popular no tenga la más mínima consecuencia.
A pesar de todo, Haití está demasiado cerca de los Estados Unidos y de Cuba para que sus vecinos del norte puedan dejar tranquila a la república negra del Caribe. El terremoto ha sido en este sentido un regalo inesperado para quienes aún -y con buenos motivos- temen a Haití. Ha sido una de esas ocasiones que ilustran lo que Naomi Klein denomina en un libro esencial la "doctrina del shock". Conforme a esta doctrina elaborada por los teóricos neoliberales, es necesario aprovechar los momentos excepcionales de caos y desconcierto que suceden a las catástrofes naturales (huracanes, terremotos, inundaciones etc.) o de origen humano (golpes de Estado, guerras, etc.) para introducir las medidas políticas y económicas que nunca habrían podido promoverse en una situación "normal". Los ejemplos clásicos son Chile tras el golpe de Pinochet, que abrió las puertas a los Chicago Boys; el ciclón Katrina que devastó Nueva Orleans permitiendo "blanquear" étnicamente y privatizar los servicios públicos en la ciudad o el tsunami que hace unos años asoló las costas del Pacífico reconfigurándolas social y económicamente con vistas a la obtención del máximo beneficio.
El terremoto de Haití ha representado el equivalente de los bombardeos con los que los Estados Unidos prepararon la invasión de Iraq. Con la importante ventaja de que la aviación norteamericana no tuvo que encargarse de hacerlos. Sin embargo, su táctica parece ser identica: es a todas luces una táctica de ocupación y no una operación de ayuda a las víctimas de una catástrofe. Su primer paso ha sido ocupar -al igual que en Bagdad- el aeropuerto con tropas norteamericanas que, por cierto han impedido durante días el reparto de la ayuda alimentaria y sanitaria, incluso de otros países. Los siguientes pasos serán con toda probabilidad el control de los medios de comunicación y de las vías de transporte. Todo ello con el pretexto de que para prestar ayuda es necesaria seguridad. Es llamativo que sólo necesiten una escolta militar de 11.000 hombres los norteamericanos y los europeos. Los centenares de médicos cubanos que acudieron a Haití en las primeras horas después del terremoto no tuvieron necesidad de tanta protección.
La propaganda de guerra humanitaria europea y norteamericana nos presenta Haití como un infierno en el que todos están en guerra contra todos, un lugar de barbarie donde a los pillajes suceden los linchamientos. Con esto se justifica la necesidad de orden. Sin embargo, los actos de violencia de los que han dado noticia la prensa y demás medios de "comunicación" suelen ser ejecuciones de ladrones por parte de agentes del "orden" públicos o privados. No es tanto una guerra de todos contra todos como una brutal defensa de la propiedad frente a los pobres que la amenazan, que tienen que cuestionarla para sobrevivir. Sin embargo, puede más que la realidad sobre el terreno el peso de la imaginación. En el imaginario político que legitima el Estado moderno, la guerra permanente de todos contra todos, el " bellum omnium contra omnes " es desde el Leviatán de Hobbes la situación que existe necesariamente cuando se hunde un Estado. Antes y después del Estado sólo hay caos. De ahí la necesidad de un acto de soberanía -incluso de una potencia extranjera: el soberano siempre es en algún modo transcendente y extranjero- para restablecer el orden.
Sobre los escombros de Puerto Príncipe se está tramando un nuevo golpe en la serie de los golpes "blandos" de la administración demócrata iniciada con el de Honduras. Es un golpe contra un pueblo que no acaba de pagar la gran ofensa al orden liberal que representa su propia existencia como país independiente. Haití es un ejemplo -pésimo para el imperio- de dignidad política en situaciones extremas. Su nombre se coloca en una serie de significantes históricos cuya mera mención da miedo a los poderosos. Haití pertenece a ese mismo universo temible donde se encuentran Cuba y Palestina; ese mundo empecinado en existir cuyo lema común es el de todos los que niegan tener un amo por muy democrático y humanista que sea el amo: " La liberté ou la mort ". Libertad o muerte. No en vano reconoció Susan Buck Moss en la historia de la revolución haitiana una de las fuentes de la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo. Precisamente el lema de los revolucionarios haitianos coincide con la máxima de toda renuncia a la esclavitud. Esclavo es según Hegel quien antepone la vida a la libertad, libre quien prefiere la muerte a la pérdida de la libertad. Tal debería ser la máxima de la resistencia al actual régimen de dominación biopolítica que nos hace a todos literalmente esclavos. No es poco lo que debemos a Haití.
Fuente: http://iohannesmaurus.blogspot.com/2010/01/haiti-libertad-o-muerte.html
lunes, 12 de octubre de 2009
Premio Nobel al bombardeo humanitario y al golpe democrático

12-10-2009
John Brown
iohannesmaurus.blogspot.com
[Antichristus]
I sta pre dixerunt mei predicatores,
viri mei nominis et iuris cultores.
Hec mea gloria, quam diu predixere,
qua fruentur mecum, quicumque meruere,
Post eorum casum, quos vanitas illusit,
PAX ET SECURITAS universa conclusit."
(Esto predijeron mis predicadores/hombres que hablaban en mi nombre y cultivaban el derecho/Esta gloria mia que hace tiempo predijeron/de la que conmigo disfrutan quienes la mercecieron/tras la caida de aquellos que la vanidad engañara/ha establecido la PAZ y LA JUSTICIA universales)
Ludus de Antichristo ca 1160
Acaba de saltar -como se dice- la noticia: Barack Obama recibirá el premio Nobel de la Paz. Viene así a unirse a la lista de galardonados que incluye algunos turbios personajes o genocidas declarados como Kissinger o Menahem Begin. El mérito del presidente norteamericano: haber dado un nuevo impulso a la diplomacia en las relaciones internacionales y haber sostenido el maltrecho sistema de las Naciones Unidas.
Para quien crea aún que las Naciones Unidas son un instrumento de paz, baste recordar las sanciones de esta organización sufridas por Iraq y que dieron como resultado más de un millón de muertos entre la población civil por falta de suministros médicos y sanitarios fundamentales como el cloro para depurar el agua, medicamentos y material quirúrgico esenciales. La catástrofe social y sanitaria se vio complementada por los bombardeos casi diarios de Iraq con bombas de uranio empobrecido. Los iraquíes no lo olvidaron y, poco después de la invasión americana que sellaba la destrucción de su país, trataron la sede de las Naciones Unidas como un objetivo de guerra.
Las Naciones Unidas también han legitimado -a costa de una flagrante violación de su propia Carta- la invasión y ocupación de Afganistán que Barack Obama perpetúa. Los ataques diarios contra la población civil afgana suman ya miles de víctimas. Todo esto se combina además con una singular instauración de la democracia en la que la OTAN, bajo mandato de las Naciones Unidas, puso en el poder a Hamid Karzai, personaje tan grotesco en el vestir -luciendo sus prendas de corte orientalista "clean" que nadie jamás vistió por aquellas latitudes- como corrupto en su actuación política. El masivo fraude electoral en las últimas elecciones que revalidaron en su cargo a Karzai fue tapado por las Naciones Unidas, la UE, la OTAN y Obama. Occidente en Afganistán no reacciona de la misma manera que en Irán y no ha tenido la brillante idea de organizar allí una de esas revoluciones de colores que le permiten acabar con gobiernos o regímenes molestos.
Es que la de Afganistán es la guerra colonial de los progres, como la de Iraq fue la de los "conservadores". Desde el principio fue saludada por destacados progresistas como una indispensable y bienvenida actuación contra el obscurantismo de los talibanes y hubo incluso quien consideró que tenía objetivos "feministas" como la liberación de la mujer afgana de los férreos lazos de la variante local del patriarcado. Habrá aún quien recuerde las declaraciones de la vicepresidenta de Attac, Susan George a la radio estatal sueca en las que afirmaba explícitamente su apoyo a la guerra y al propio George W. Bush en nombre de la liberación de la mujer y de la lucha contra el integrismo:
"Me equivoqué cuando critiqué los
bombardeos americanos sobre Afganistan.
(...) Valía la pena llevarlos a a cabo para
desembarazarse de los Taliban ... Me gustaria
darle las gracias a George Bush. Ha demostrado
que era posible alcanzar a los terroristas y
sus recursos." "Svenska Dagbladet", Estocolmo,
citado por "Courrier international" (n° 585, 17-23 enero 2002).
Si bien la autora de las declaraciones las desmintió, pude comprobar en la radio sueca que había afirmado textualmente la barbaridad que se le había atribuido. No es, sin embargo, la única personalidad de la izquierda que apoye esta guerra, pues casi toda la izquierda europea lo ha hecho. Zapatero, después de sacar las tropas españolas de Iraq, aumentó los efectivos de la misión colonial afgana. Obama -que no termina de retirarse de Iraq- parece estar haciendo algo parecido.
En Honduras también se está ilustrando Obama por su defensa muy peculiar de la democracia, haciendo todo lo posible mediante su doble juego para que el gobierno golpista llegue hasta las próximas elecciones sin restablecer formalmente en su cargo al presidente Zelaya. Toda una labor de duplicidad que permite seguir siendo progre sin dejar de apoyar un golpe de Estado.
Del mismo modo, y volviendo a Irán, también parece Obama estar preparando un posible ataque contra Irán, tan injustificado como el ataque contra Iraq de su predecesor, pero, esta vez sí, con todas las bendiciones de las Naciones Unidas. La campaña de intoxicación de la "opinión pública", esto es del conjunto de las opiniones privadas de los individuos atomizados sometidos a los medios de propaganda/comunicación, puede que resulte aún más convincente.
La gran diferencia entre Obama y Bush es que Obama bombardea en nombre de la paz y da golpes de Estado condenando a posteriori a sus ejecutores. En ello cumple la recomendación de Maquiavelo. También parece seguir otra recomendación del mismo Florentino cuando este afirmaba: " Siendo siempre necesario que un príncipe sepa usar bien la condición de bestia, debe entre las bestias elegir la zorra y el león, porque el león no se defiende de los ardides y la zorra no se defiende de los lobos. Hay que ser por consiguiente zorra y conocer los ardides y león para amedrentar a los lobos ." (Maquiavelo, El Príncipe, XVIII). El premio Nobel de la paz premia este año a la zorra astuta que sabe ocultar su naturaleza de león. ¿Dónde está aquí la paz?