21-12-2009
Samuel
Quilombo
El eslogan "salvar la Tierra" nunca me ha parecido el más apropiado a la hora de abordar la crisis medioambiental y, en particular, el cambio climático. La Naturaleza no es una entelequia estática, un objeto separado de nosotros que podemos destruir pero también preservar en un estado ideal de armonía y equilibrio. El animal humano se desenvuelve socialmente en un sistema dinámico, impredecible, no lineal, en continua transformación: la biosfera, la esfera de la vida en la Tierra, que a su vez mantiene relaciones muy complejas con otros sistemas igualmente dinámicos y no lineales como la atmósfera o -grandes olvidados- los océanos.
El incremento de la temperatura global a la que ha contribuido la actividad industrial de los últimos siglos podría no acabar, pese a todo, con la vida sobre la Tierra, pero sí transformarla de manera importante en un corto espacio de tiempo -en términos geológicos- y provocar una pérdida irreversible de biodiversidad, representando el cambio más radical desde el final de la era glacial (que posibilitó el nacimiento de la agricultura). Existe una narración apocalíptica, al estilo de '2012', que sólo ayuda a alimentar el cinismo de quienes están satisfechos con la manera en que evoluciona nuestro entorno. Pero no hace falta caer en semejantes simplificaciones para reconocer la encrucijada en la que nos encontramos.
Un problema político
El calentamiento global tiene una incidencia directa en la manera en la que cohabitamos este mundo y en el modo en el que interactuamos con otros sistemas y ecosistemas, en el modo en que participamos en el común y en la manera en que lo producimos. Su importancia sólo se entiende desde la (bio)política. Unos países y grupos sociales tienen más responsabilidad que otros en el cambio climático, y son también determinadas áreas geográficas y determinadas comunidades las que se verán más perjudicadas que otras por los efectos negativos del incremento global de las temperaturas. Y los factores antropogenéticos que influyen en el clima, especialmente la contaminación de la atmósfera con gases de efecto invernadero, se corresponden en lo fundamental con un modo de producción, fuerte consumidor de combustibles fósiles, que no es otro que el del capitalismo industrial (y, no lo olvidemos, el de su primo hermano el socialismo soviético).
Cambio climático y crisis económica no son, pues, dos temas diferentes de la agenda política mundial, sino dos aspectos del mismo problema. Lo que invita a la confusión es que ambas crisis corresponden a tiempos y escalas diversas, y son abordados desde culturas académicas que la Modernidad ha diferenciado entre ciencias y humanidades: una visión biológica y geológica domina en el primer caso, mientras que la perspectiva social se impone en el segundo. El clima y su relación con la biosfera obliga a borrar la frontera entre ambas culturas.
Así pues, si la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, cuya decimoquinta edición se celebra estos días en Copenhague (Dinamarca), es tan relevante -más allá de los resultados concretos a los que se lleguen en la última reunión- es porque tiene implicaciones políticas, ideológicas, ecológicas y económicas de primer orden, como finalmente han terminado por reconocer las elites transnacionales de Davos, tras décadas de luchas por parte de los movimientos ecologistas. Lo que está en discusión es, a corto plazo, la evolución del capitalismo postindustrial; a medio plazo, el planteamiento de un escenario postcapitalista; y a largo plazo, el futuro mismo de la especie humana.
En esta situación, podemos distinguir, simplificando, tres argumentaciones, una vez descartadas las negacionistas: por un lado están quienes, aceptando la necesidad de actuar políticamente, pretenden modificar lo menos posible el modelo neoliberal; por otro lado hay quienes promueven un "new deal" que incluya reformas económicas supuestamente "verdes" pero que tendrían en realidad efectos medioambientales y redistributivos perversos y podrían acelerar las políticas de acumulación por desposesión (adquisición de tierras para agrocarburantes, por ejemplo); y, finalmente, encontramos a los que sostienen que sólo una modificación profunda y progresiva de nuestra manera de vivir, tanto en lo que se refiere a la democracia como al modo de producción y consumo, puede afrontar la cuestión del cambio climático de manera justa (muchos emplean la expresión "green new deal" en este sentido). Cada uno de estos grupos es bastante heterogéneo.
Cuánto cuesta contaminar
Una herencia del primer planteamiento es el mercado de derechos de emisiones de CO2 que creó el Protocolo de Kioto a instancias de los Estados Unidos de Bill Clinton, Al Gore y Lawrence Summers, y que se considera la principal herramienta en la "lucha contra el cambio climático". El comercio (trade) de derechos de emisión es un sistema por el cual los gobiernos o entidades supranacionales asignan a las empresas cuotas para sus emisiones de gases de efecto invernadero en función de los límites (cap) máximos de contaminación fijados para un determinado período (de ahí que se conozca al sistema como cap and trade). Cada "derecho" autoriza al titular a emitir una tonelada de CO2.
Para entender mejor su funcionamiento, veamos qué sucede en la Unión Europea. En virtud de Kioto, a la UE se le ha asignado una cantidad autorizada de emisión de CO2 y de otros gases de efecto invernadero (equivalentes en dióxido de carbono). Esos derechos de emisión para el período 2008-2012 se establecieron en 1997 en relación con los niveles de 1990, afectados de un porcentaje de reducción del 8 % con respecto a ese año. Esa es la cantidad que Europa puede contaminar. Si, por las razones que sea, las empresas de la UE no pueden llegar a cumplir con sus compromisos de reducción, entonces tienen la posibilidad de comprar a otro país, como Rusia, permisos de emisión que dicho país no ha necesitado usar (gracias, dicho sea de paso, al colapso de la economía soviética, el mayor recorte de emisiones que se ha dado en la era industrial). Para poner en funcionamiento este sistema, la UE creó, además, un régimen comunitario de comercio de emisiones propio (ETS por su siglas en inglés) que se articula en torno a planes nacionales de asignación (que en el futuro será reemplazado por una asignación única comunitaria). Otros países desarrollados han instaurado sistemas cap and trade similares.
Este mercado refleja un notable esfuerzo por "endogeneizar" o internalizar las externalidades negativas de la actividad económica, en este caso mediante la atribución de un precio no a la propiedad de una mercancía, sino al derecho de uso de un bien común como es la atmósfera. Hay otras maneras de hacerlo, vía impuestos por ejemplo, opción que los Estados descartaron en una época en la que el neoliberalismo se presentaba como la única alternativa posible. Hasta entonces lo que se había hecho era o bien "exogeneizar" estas externalidades -deslocalizando industrias contaminantes- o mantener la posibilidad de extraer constantemente externalidades positivas sin tener en cuenta el coste de las negativas. Por esta razón, los partidarios del comercio de derechos ven en el desarrollo de este mercado un avance. En realidad, más que un mercado "libre" se trata de un mercado fuertemente administrado por los Estados e instancias supranacionales, pues las asignaciones de derechos que hacen los gobiernos sobredeterminan el juego de la oferta y la demanda y por tanto los precios. Los socialdemócratas sostienen que ahora hay reglas donde antes no las había, y es cierto. Lo que es discutible son las consecuencias que imponen dichas reglas.
En la práctica este esquema no ha servido por el momento para incentivar las reducciones de emisiones y contribuir a mitigar el calentamiento global. Ante la presión de las empresas industriales y debido a las dificultades para calcular estas externalidades, se otorgaron de forma gratuita más derechos de lo que necesitaban las empresas que contaminan. En la UE esto generó, sobre todo en la primera fase de la implantación del ETS, un excedente de permisos que se han vendido a otras empresas contaminantes y que así evitan tener que reducir sus emisiones de gases. Como el número de permisos se calcula de acuerdo con los niveles existentes de contaminación, resulta que quienes han contaminado más en el pasado son los que reciben las mayores ayudas. Este factor, junto con la crisis económica actual, ha contribuido al desplome de los precios de los derechos de emisiones (carbon crunch), lo que a su vez desincentiva las reducciones previstas al disponer las empresas de excedentes de derechos que pueden "titulizar" y vender en los mercados secundarios.
Otro mecanismo flexible es el mecanismo de compensación de carbono del Mecanismo de Desarrollo Limpio, que gestiona Naciones Unidas, por el cual los países más industrializados pueden invertir en proyectos de reducción de emisiones en los países menos desarrollados y de esta manera superar los límites de contaminación (al obtener una especie de crédito). La supuesta reducción en la emisión se calcula sobre la hipótesis de cuántos gases de efecto invernadero hubieran entrado en la atmósfera en ausencia del proyecto (1). Un cálculo, como mínimo, aventurado, que queda en manos de empresas consultoras, y que según la red Carbon Watch incrementa -en lugar de reducir- las emisiones globales debido a las numerosas lagunas que existen en su regulación. De nuevo, se trata de asignar un precio mediante la creación de un mercado y de concebir las finanzas como una forma de gobernanza de la vida y de atrapar el futuro en el presente.
Cuestión de tiempos
Antes he sugerido la idea de diferentes temporalidades y escalas que se entrecruzan a la hora de abordar el cambio climático. La referencia a la especie humana nos sitúa en un tiempo muy largo, geológico. El marco temporal de la política era hasta hace poco mucho más estrecho, y si bien en ocasiones podemos retrotraernos en la discusión a los albores de la contemporaneidad, con el surgimiento del capitalismo, difícilmente escapamos al corto plazo de la longevidad humana. En este marco la especie humana se encuentra polarizada en divisiones sociales múltiples que dan lugar a interacciones y conflictos.
La perspectiva ecologista obliga por tanto a superponer todas estas temporalidades, lo que no resulta nada fácil. Esto se puede comprobar en el agrio debate que se está dando en el citado tercer grupo, el de los que privilegian una transformación hacia una sociedad más justa y sostenible, y que corre el riesgo de reproducir una falsa alternativa entre reforma y revolución o peor, entre ecología y economía. En el último número de la revista digital Turbulence (2) , Frieder Otto Wolf, ecosocialista alemán, y Tadzio Mueller, editor de la revista y miembro de la Climate Justice Action Network (ahora detenido en Copenhague), discrepan sobre el alcance de un posible consenso global sobre el clima. Mientras Otto Wolf sostiene que hay que "secuestrar el acuerdo" entre la constelación de fuerzas realmente existentes, en lugar de rechazarlo a la espera de un mundo no capitalista, Mueller estima que es necesaria la construcción de sujetos antagonistas, lo que "sólo se puede hacer marcando una clara oposición a las propuestas que están sobre la mesa".
En este punto puede ser de utilidad la referencia de Immanuel Wallerstein sobre el malentendido que surge al enfatizar tiempos políticos diferentes, ya sea el corto, el medio, o el largo plazo (3). Otto Wolf se centraría en la agenda política de corto plazo (la "emergencia climática", aunque con un ojo sobre el largo plazo), mientras que Mueller insiste en lo que Wallerstein denomina la agenda política de medio plazo, que corresponde, como mencioné antes, a las estrategias de superación del capitalismo. Si en el corto plazo, la estrategia es la del compromiso y la elección del mal menor, en el medio plazo no cabe compromiso alguno, sino la lenta construcción de los movimientos, de otra sociedad.
En un reciente ensayo (4), el historiador bengalí Dipesh Chakrabarty pretende superar esta disyuntiva, precisamente con una reflexión sobre las temporalidades históricas. Chakrabarty se pregunta si hablar de especie humana acaso no sirve para enmascarar la realidad de la producción capitalista y la lógica de la dominación imperial. Un término tan inclusivo oculta la responsabilidad específica de los países más ricos y de las clases dirigentes de los países más pobres. Dicho de otro modo: "¿Por qué no podría bastar la narrativa del capitalismo -y por tanto su crítica- como marco para interrogarse acerca de la historia del cambio climático y comprender sus consecuencias?"
Chakrabarty se responde a sí mismo argumentando que cualquiera que sea el modelo socioeconómico,
"no podemos permitirnos desestabilizar las condiciones (tales como el rango de temperatura en el que existe el planeta) que funcionan como parámetros fronterizos de la existencia humana. Estos parámetros son independientes del capitalismo o del socialismo. Han permanecido estables durante mucho más tiempo que las historias de estas instituciones y han permitido a los seres humanos llegar a ser la especie dominante sobre la Tierra. Desafortunadamente, ahora nos hemos convertido en un agente geológico que perturba estas condiciones paramétricas que necesitamos para nuestra propia existencia.
Con esto no quiero negar el papel histórico que los más ricos, y especialmente las naciones occidentales del mundo, han jugado al emitir gases de efecto invernadero. Pensar como especie no implica resistir las políticas de la "responsabilidad común pero diferenciada" que China, India y otros países en desarrollo desean seguir cuando se trata de reducir sus propias emisiones. Si responsabilizamos a los que son culpables retrospectivamente - es decir, culpar a Occidente por sus acciones pasadas- o aquellos que son culpables prospectivamente (China acaba de superar a los Estados Unidos como el principal emisor absoluto de dióxido de carbono, aunque no per cápita) es una pregunta que sin duda está vinculada a las historias del capitalismo y de la modernización. Pero el descubrimiento científico del hecho de que los seres humanos se han convertido en este proceso en un agente geológico apunta hacia una catástrofe compartida en la que todos hemos caído "
Y concluye:
"Por tanto resulta imposible entender el calentamiento global como una crisis sin comprometer las propuestas que avanzan estos científicos. Pero al mismo tiempo, la historia del capital, la historia contingente de nuestra caída en el Antropoceno, no puede negarse mediante el recurso a la idea de la especie, porque el Antropoceno no hubiera sido posible, ni siquiera como teoría, sin la historia de la industrialización. ¿Cómo podemos mantener las dos ideas juntas mientras pensamos la historia del mundo desde la Ilustración? ¿Cómo nos relacionamos con una historia universal de la vida -esto es, con un pensamiento universal- mientras retenemos lo que tiene un valor obvio en nuestra sospecha postcolonial de lo universal? La crisis del cambio climático reclama pensar simultáneamente en ambos registros, mezclando las cronologías inmiscibles de las historias del capital y de la especie. Esta combinación amplía, sin embargo, de diversas maneras, la misma idea de la comprensión histórica."
Chakrabarty piensa como historiador, pero lo mismo podría aplicarse al terreno político.
Evitar el shock
Volviendo a Copenhague y lo que venga, luchar porque los acuerdos que se deriven de este proceso sean mínimamente "aceptables" no excluye que este juicio de conformidad opere siempre dentro de una agenda política de medio plazo (una o dos generaciones), de transición del vigente modelo económico y político a otro diferente.
Los gobiernos y las corporaciones también abordan la problemática de los tiempos, pero por medio de las finanzas. Al insistir en esta vía existe el riesgo de que el "shock" climático (5) presente nuevas oportunidades para la explotación y la acumulación, por medio de mecanismos como la deuda (6) o a través de la normativa del comercio internacional (7). Los movimientos sociales que se han desarrollado en torno al Foro Social Mundial han demostrado cómo la deuda externa ha servido, bajo el neoliberalismo, para transferir ingentes recursos a los países desarrollados e imponer modelos de desarrollo basados en grandes inversiones "sucias" enfocadas a la exportación. Estas inversiones por lo general implican fuertes emisiones de carbono (desde la industria extractiva minera hasta la producción masiva de celulosa o de soja transgénica), sin tener en cuenta la deuda ecológica y climática que los países más avanzados habrían contraído con el sur ni los formidables procesos de privatización que traen consigo.
A su vez, las reglas de la Organización Mundial de Comercio dificultan, cuando no contradicen abiertamente, la aplicación de los acuerdos multilaterales sobre el medio ambiente. El último capítulo es el energético, donde en nombre de la seguridad en el aprovisionamiento se promueve la extracción de combustibles fósiles (gas natural) y se desempolvan viejos planes nucleares. Propuestas que tienen mucho que ver con sistemas centralizados de producción y distribución de la energía que necesitan crear una demanda siempre en aumento.
Muchas de las propuestas que se están debatiendo continúan en la línea de la monetarización y la creación de títulos de propiedad o equivalentes para aprovechar los bienes comunes. El programa REDD de Naciones Unidas, creado a raíz de una propuesta del Banco Mundial, parte de la premisa de que sólo asignando un valor monetario a los bosques se puede evitar la deforestación, sin que a este respecto se tenga en cuenta ni los conflictos no resueltos sobre los derechos sobre la tierra ni la distinción entre plantaciones privadas y tierras comunitarias. Otras propuestas se basan también en el mercado: dudosos esquemas de certificación a menudo controlados por transnacionales, producción masiva de biocarbón, liberalización de bienes y servicios medioambientales, etc.
Por tanto, no se puede discutir acerca de los sumideros de carbono o del biocarbón, en relación con el cambio climático, con independencia de la cuestión de la propiedad y las formas de organización, locales y globales, de la especie humana. En sí mismo, el biocarbón (la producción de carbón de manera artificial a partir de la biomasa) no es ni bueno ni malo. Por un lado, históricamente se ha usado como fuente de energía y como fertilizante natural en la agricultura. Sin embargo, cuando se propone como "solución" para mitigar el cambio climático, desde una concepción de mercado, se acaba considerando una producción a gran escala que inevitablemente requiere dedicar millones de hectáreas a la producción de biomasa (mediante plantaciones privadas de árboles genéticamente modificados), desplazando otros usos de la tierra y generando fuertes impactos en la producción de alimentos y en la biodiversidad, como se ha comprobado con la producción masiva de agrocarburantes.
Para evitar una burbuja "verde" y sus posibles "shocks" habrá que continuar cambiando la manera de pensar y actuar políticamente, dejando de priorizar la escala global y sus representantes como el único nivel aceptable de la acción política, superando las dicotomías público/privado, economía/ecología. Dejar, en definitiva, de considerar lo común únicamente desde lo público o lo privado, o como algo que afecta únicamente a bienes naturales considerados externos a nosotros, como el clima, para pasar a la producción democrática del común.
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(1) En este apartado me baso sobre todo en el excelente informe "Carbon trading: how it works and why it fails", publicado por la Fundación Dag Hammarskjöld (Critical currents n. 7, noviembre de 2009) y elaborado por Tamra Gilbertson y Oscar Reyes, dentro del proyecto Carbon Trade Watch del Transnational Institute.
(2) "Green New Deal: Dead end or pathway beyond capitalism", Turbulence, nº 5.
(3) "Remembering André Gunder Frank", Immanuel Wallerstein (Monthly Review, abril de 2008).
(4) "The climate of history: four theses", Dipesh Chakrabarty, Eurozine (30 de octubre de 2009).
(5) Analogía con la "doctrina del shock" de Naomi Klein, empleado por Slavoj Zizek, según el relato de James Burguess en "Everybody's gone green", New Statesman (24 de noviembre de 2009).
(6) "The climate debt crisis: why paying our dues is essential for tackling climate change", Jubilee Debt Campaign & World Development Movement (noviembre de 2009).
(7) "Change trade, not our climate", Ronnie Hall, Our world is not for sale (OWINFS) network (6 de octubre de 2009).
Fuente:http://www.javierortiz.net/voz/samuel
lunes, 21 de diciembre de 2009
El shock climático
viernes, 18 de diciembre de 2009
“Cómo los ricos destruyen el planeta”, de Hervé Kempf
09 Dic, 2009
Por: J. C. Gª Fajardo
La visión del mundo de las clases dirigentes, que consiste en pensar que la única vía imaginable es aquella que conduce a acrecentar más y más la riqueza, no solamente es siniestra , también es ciega.
Es indiferente, da la degradación de la mayoría de las condiciones de vida de hombres y mujeres y consiste en dilapidar las posibilidades de supervivencia de las generaciones futuras.
Nos encontramos en un momento de la historia que plantea un desafío radicalmente nuevo a la especie humana: su dinamismo prodigioso colisiona con los límites de la biosfera y pone en peligro su porvenir. Vivir este momento significa que debemos encontrar los medios de reorientar esta energía humana y esta voluntad de progreso.
Es un desafío a la vez magnífico y temible. Hervé Kempf es un reconocido periodista especializado en el medio ambiente. Trabajó en Courier International, La Recherche y desde hace años es un referente de peso en el prestigioso Le Monde.
Para el autor de este libro en el que ha seleccionado y organizado lo mejor de su reflexión sobre el tema, no se resolverá la crisis ecológica sin antes atacar la crisis social. Hoy es la oligarquía quien controla las finanzas, la economía y la política, además de los medios de comunicación en el mundo, la que amenaza el planeta.
Su lectura es fascinante por lo bien informada y bien contada. Me limitaré a enunciar algunos capítulos que es imposible no leer, lápiz en mano.
La catástrofe, ¿y ahora? Algo nunca visto desde los dinosaurios. El planeta ya no se recupera. Hacia el shock petrolero. Crisis ecológica, crisis social. Globalización de la pobreza. Los ricos, cada vez más ricos. La oligarquía mundial y ciega. La miseria ecológica. La secta mundial de los insaciables. El crecimiento y el aumento de la producción no son necesarios.
Y como postre: “La coartada del terrorismo”, impresionante. Celebremos el día de los “empleados de los organismos de seguridad”, de gran perspicacia y documentación. Criminalizar la oposición política. Hacia una vigilancia integral. Y el devastador “El capitalismo ya no necesita la democracia” que sólo es superado por algo que intuimos cada vez que ocurre alguna desgracia y la oposición se lanza a degüello: “El deseo de catástrofe”.
Para concluir estas crónicas impresionantes con “La época de amargas renuncias que nos espera”.
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
Hervé Kempf: "La clase que está en lo más alto define el modelo de consumo para toda la sociedad"
Por: YVKE Mundial Fecha de publicación: 18/12/09
Credito: YVKE Mundial
El autor Hervé Kempf del libro Cómo lo Ricos Destruyen el Planeta habla sobre el mensaje que lleva al público en su obra.
En la enorme sala de prensa de la Cumbre del Clima de Copenhague había este miércoles un periodista francés al que muchos colegas se acercaban para darle unas palmaditas en la espalda y bromear con él. Se trata de Hervé Kempf, enviado especial del diario Le Monde y un veterano de estas conferencias. Se había convertido en noticia, pues el presidente venezolano Hugo Chávez acababa de citar en el plenario su libro Cómo los Ricos Destruyen el Planeta.-
Usted afirma en el libro que la actual estructura económica condiciona negativamente las metas de la ecología.- Si. Es que si queremos resolver la crisis ecológica hay que reducir las desigualdades.- ¿Qué destacaría de esta relación?-
Como explicaba el economista Veblen, en muchas sociedades los individuos están en rivalidad ostentatoria, es decir, buscan manifestar que son superiores y más chic. Pero, a la vez, los de una capa social más baja encuentran su modelo para vivir en la clase superior. Esto significa que la clase que está en lo más alto define el modelo de consumo para toda la sociedad.
¿Qué pasa en un mundo que es extremadamente rico y a la vez desigual?
Pues que se ha tomado como ejemplo para todos un modelo de sobreconsumo basado en coches enormes, ropas lujosas, gadgets por todas partes... Esto empuja a una crisis ecológica.-
¿Qué tiene que ver esto con la cumbre de Copenhague?-
Ésta es una de las razones por las que creo que esta conferencia corre el riesgo de acabar en fracaso. Lo escribí en septiembre: si la cuestión de la desigualdad no se ponía sobre la mesa no habría acuerdo. No se puede decir a la gente "hay que salvar el planeta" sin explicar al mismo tiempo que hay que cambiar de sistema, de economía, de costumbres.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Recordatorio para los daneses: Ni siquiera vosotros podéis controlar esta cumbre
17-12-2009
Naomi Klein
www.naomiklein.org
Traducido para Rebelión por Andrés Prado
El sábado por la noche, después de una semana de vivir de los bares de snacks del centro de conferencias, unos cuantos de nosotros fuimos invitados a una deliciosa cena casera con una familia danesa de carne y hueso. Tras pasar la velada atónitos ante sus muebles de estilo, algunos de nosotros sentíamos curiosidad: ¿por qué los daneses son tan buenos en diseño?
“Somos frikis del control”, respondió inmediatamente nuestro anfitrión. “Viene de ser un país pequeño con no mucho poder. Tenemos que controlar lo que podamos.”
Cuando va de producir accesorios lumínicos absurdamente atractivos y sillas de escritorio alucinantemente confortables, esta forma danesa de desplazamiento (1) es clarísimamente algo muy bueno. Cuando va de organizar una cumbre mundial con intención de cambio, la necesidad de los daneses por el control se convierte en un serio problema.
Los daneses han invertido una cantidad enorme de dinero en el co-branding (2) de su ciudad capitolio (ahora “Hopenhagen” (3)) con una cumbre que supuestamente salvará el mundo. Eso estaría bien si esta cumbre de verdad estuviera en el camino de salvar el mundo. Pero como no es así, los daneses están intentando frenéticamente rediseñarnos.
Tomemos como ejemplo las protestas del fin de semana. Al final, alrededor de 1.100 personas han sido arrestadas. Esto es simple y llanamente una barbaridad. La manifestación del sábado, con aproximadamente 100.000 personas, tuvo lugar en un momento crucial de las negociaciones sobre el clima en el que todos los indicios apuntaban a un fracaso de las mismas o a un acuerdo peligrosamente débil. La marcha fue festiva y pacífica pero también tenaz. “El clima no se negocia” era el mensaje, y los negociadores occidentales necesitaban oírlo.
Cuando un puñado de personas empezó a lanzar piedras y a hacer estallar granadas sonoras (no, no fueron “disparos” como el Huffington Post alarmantemente informó), los manifestantes lo resolvieron por sí mismos pidiendo a la gente responsable de los hechos que abandonara la protesta, cosa que hicieron rápidamente. Yo estaba en ese lugar de la manifestación y aquello apenas interrumpió la conversación que estaba teniendo. Llamar a esto “disturbios”, como hizo absurdamente el British Telegraph, no es justo para los auténticos alborotadores y creadores de disturbios, de los que hay muchos en Europa.
Da igual. Los polis de Copenhague usaron un pequeño cristal roto como pretexto para detener a casi mil personas, haciendo lo propio con otras cien al día siguiente. Cientos de estos arrestados fueron acorralados juntos, forzados a sentarse en el helado pavimento durante horas, con las manos esposadas (y algunos tobillos también). De acuerdo con el organizador Tadzio Müller, ésta no fue la gente que lanzó piedras pero “el trato fue humillante”, orinándose encima algunos de los detenidos por no permitirles que se movieran.
Los arrestos, parte de un patrón reproducido durante toda la semana, sonaban como un aviso: no se tolerarán desvíos del mensaje “Hopenhagen”.
Dentro de la cumbre oficial, los delegados se congregaban alrededor de televisores de pantalla plana para ver a la policía empujar a los manifestantes contra la pared y romper la marcha. A algunos debió sonarles de algo. Después de todo, eso es en esencia lo que el gobierno danés y otras potencias occidentales han estado haciendo aquí durante toda la semana: intentar romper el bloque de los países en desarrollo, el G77, usando las clásicas tácticas del divide y vencerás, incluyendo la de empujar contra la pared a Estados especialmente vulnerables con ofertas exclusivas.
No habiendo sacado nada en claro del “texto danés filtrado”, esta tarde tuvo lugar una reunión a la que fueron invitados 40 Estados para cocinar un acuerdo; el resto de los 192 Estados representados no tienen ni idea de lo que han decidido – difícilmente es esto la democracia que la ONU había prometido.
La prueba definitiva sobre el asunto del control danés tendrá lugar el miércoles en la acción de Reclamo de Poder. Por la mañana marcharán los manifestantes hacia el Bella Center para exigir soluciones reales a la crisis climática, no la confusa matemática ni el comercio de carbono de oferta del interior. A los delegados ahí dentro que piensan de la misma manera –y los hay a miles- se les está invitando a unirse a los manifestantes.
Si todo va bien, en algún lugar cerca del Bella Center tendrá lugar una “asamblea del pueblo”, una oportunidad para resaltar algunas de las muchas soluciones de sentido común que se han obviado en las negociaciones, incluyendo la de dejar las arenas de alquitrán (4) de Alberta donde están y el pago de “reparaciones” climáticas.
Los organizadores del Reclamo de Poder han establecido con claridad que están comprometidos con una desobediencia civil no violenta. Incluso si son atacados por la policía, no responderán con violencia. Aún así, el espectro de una disidencia fuera de todo guión que desvíe la atención de la conferencia oficial del miércoles tiene locos, sin duda, a nuestros anfitriones daneses.
Esperemos que no se enfrenten a sus rollos sobre el control intentando amontonar a todo el mundo en gallineros: los manifestantes lejos del Bella Center, los delegados encerrados dentro. Porque esta acción –más que cualquier cosa que haya pasado hasta ahora– tiene el potencial de enviar un claro y mucho más necesario mensaje al mundo: sólo un acuerdo dictado por la ciencia y la justicia tendrá efecto.
Así que un recordatorio para nuestros anfitriones daneses: desde luego que Copenhague es vuestra ciudad, y nos encantáis por vuestras bicis y vuestros molinos. Pero el planeta es de todos. Dejad de diseñar la fotografía con nosotros fuera de ella.
Notas del Traductor:
(1) Psicoanálisis la transferencia inconsciente de una emoción intensa de un objeto a otro.
(2) El concepto convencional de "co-branding" es el de asociación de dos
marcas con el fin de potenciar el valor y la rentabilidad de las mismas.
(3) Juego de palabras con el nombre de la ciudad y el verbo “Hope”: tener esperanza
(4) También llamadas arenas bituminosas o arenas de petróleo
Fuente: http://www.naomiklein.org/articles/2009/12/memo-danes-even-you-cannot-control-summit
sábado, 12 de diciembre de 2009
Los principales gases de efecto invernadero llegan al nivel más alto jamás alcanzado desde la era preindustrial
2009-12-10
http://www.rojoynegro.info/2004/spip.php?article28833">
Boletín de la OMM sobre los gases de efecto invernadero, edición 2008 -
Los principales gases de efecto invernadero llegan al nivel más alto jamás alcanzado desde la era preindustrial
23 de noviembre de 2009 (OMM) –
Siguen subiendo los niveles de la mayoría de los gases de efecto invernadero. En 2008, las concentraciones en la atmósfera mundial de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso, que son los principales gases de efecto invernadero de larga duración, han alcanzado las mayores cantidades jamás registradas desde la era preindustrial.
Desde 1990, el aumento total del forzamiento radiativo causado por todos estos gases era del 26% y, de 2007 a 2008, se observó un aumento del 1,3%. Las últimas cifras que hoy se publican en la edición 2008 del Boletín de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) sobre gases de efecto invernadero confirman que, desde 1750, la cantidad de estos gases tiende a aumentar constantemente.
Los gases de efecto invernadero atrapan las radiaciones en la atmósfera terrestre provocando el calentamiento de la misma. Actividades humanas, como la quema de combustibles fósiles y la agricultura, son las principales fuentes de emisiones de estos gases que los científicos reconocen, casi unánimemente, ser uno de los principales factores del calentamiento de la tierra y del cambio climático. Después del vapor de agua, los cuatro principales gases de efecto invernadero, consecuencia directa de actividades antropogénicas son el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso y los halocarbonos. La OMM, mediante su programa de Vigilancia de la Atmósfera Global (VAG) y una red de estaciones instaladas en más de 50 países, se encarga de coordinar las observaciones de estos gases en la atmósfera.
En 2008 el promedio mundial de cociente de mezclado de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera alcanzó 385,2 ppm (número de moléculas de gas por millón de moléculas de aire seco), lo que supuso un aumento de 2,0 ppm con respecto a 2007 y parece que seguirá tendiendo a crecer exponencialmente. El CO2 es el principal gas de efecto invernadero antropogénico y ha contribuido al 63,5% del forzamiento radiativo total de la Tierra desde 1750. En la era preindustrial, sus niveles de concentración en la atmósfera se mantuvieron casi constantemente en 280 ppm. Durante el período 1979-1984 el CO2 contribuyó al 56% del aumento del forzamiento radiativo debido a gases de efecto invernadero de larga duración. Desde entonces, ha ido creciendo su importancia y durante un período de cinco años, desde 2003 hasta 2008, el CO2 ha sido responsable del 86% del incremento del forzamiento radiativo total, lo que representa una cifra que es más de cuatro veces superior a la de la combinación de los otros gases de efecto invernadero. Desde 1750 el CO2 ha crecido en la atmósfera un 38%, principalmente a causa de las emisiones causadas por la quema de combustibles fósiles, la deforestación y los cambios de uso del suelo.
El promedio mundial de cociente de mezclado de metano (CH4) en 2008 ha sido de 1797 ppb, cifra que supone un aumento de 7 ppb desde el año anterior. Aunque la concentración de CH4 se estabilizó durante siete años (desde 1999 hasta 2006), tanto en 2007 como en 2008 se apreció un importante incremento. El Metano ha contribuido al 18,2% del incremento del forzamiento radiativo mundial desde 1750. El 60% de las emisiones proceden de fuentes antropogénicas como, por ejemplo, la cría de rumiantes, el cultivo del arroz, la explotación de combustibles fósiles, los vertederos y la combustión de biomasa. Antes de la era industrial la cantidad de metano en la atmósfera era de unas 700 ppb. Desde 1750, la multiplicación de emisiones de fuentes antropógenas ha provocado un aumento del 157% de la concentración de CH4 en la atmósfera.
El promedio mundial de cociente de mezclado de óxido nitroso (N2O) fue de 321,8 ppb, lo que supuso un aumento de hasta 0,9 ppb con respecto al año anterior y un crecimiento del 19% con respecto al nivel de antes de la era industrial. El óxido nitroso ha contribuido al 6,2% del incremento del forzamiento radiativo mundial desde 1750. Antes de la era industrial la cantidad de N2O en la atmósfera era de unas 270 ppb. Las emisiones de N2O proceden de fuentes naturales y antropogénicas como océanos, suelos, combustión de biomasa, utilización de fertilizantes y diversos procesos industriales.
La contribución al forzamiento radiativo de la combinación de halocarbonos casi dobla la del N2O. Algunos halocarbonos como los clorofluorocarbonos (CFC), que hace unos años se utilizaban como refrigerantes, propelentes en los botes de spray y solventes, están disminuyendo poco a poco ya que se han ido eliminando paulatinamente tras el Protocolo de Montreal relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono. Sin embargo, otros gases como los hidroclorofluorocarbonos (HCFC) y los hidrofluorocarbonos (HFC), que se introdujeron para remplazar a los clorofluorocarbonos están aumentando a un ritmo rápido. Estas dos clases de componentes son gases de efecto invernadero muy potentes y, junto con el hexafluoruro sulfúrico (SF6), han contribuido al 8,9% del crecimiento del forzamiento radiativo durante el período de 2003 a 2008. Se trata de una contribución superior a la del N2O durante ese mismo período.
El Boletín sobre gases de efecto invernadero de este año es el quinto de una serie que, desde 2004, publica datos sobre la cuestión. Estos boletines proporcionan de forma concisa información fundamental sobre el estado de la atmósfera mundial y ponen de manifiesto los recientes progresos de la investigación y de la tecnología. El documento de 2008 precede a la 15ª reunión de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) que se celebrará del 7 al 18 de diciembre de 2009, en Copenhague.
La OMM prepara y distribuye el Boletín sobre gases de efecto invernadero en cooperación con el grupo científico de seguimiento de gases de efecto invernadero de la VAG. Los datos sobre las mediciones realizadas están archivados y distribuidos por el Centro Mundial de Datos sobre Gases de Efecto Invernadero (WDCGG), que se encuentra en el Servicio Meteorológico de Japón (JMA).
Para más información :
En el sitio web del programa de VAG en la dirección : http://www.wmo.int/gaw el Boletín de 2008 en todos los idiomas de las Naciones Unidas así como las publicaciones anteriores del mismo.
En la siguiente dirección : http://www.wmo.int/pages/resources/multimedia/greenhousegases.html se puede acceder, en línea, a un vídeo de 3 minutos sobre los gases de efecto invernadero, que contiene una entrevista al Sr. Len Barrie, director del Departamento de investigación de la OMM.
La Organización Meteorológica Mundial es el portavoz autorizado de las Naciones Unidas sobre el tiempo, el clima y el agua