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jueves, 3 de junio de 2010

Crisis europea: Medicinas que envenenan


Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

Atribuir la actual crisis económica griega a los excesos en sus sistemas de pensiones y seguridad social es, en el mejor de los casos, expresar una verdad a medias. O, si usted lo prefiere, una media mentira. Y la mentira excede de la mitad si se invoca el caso español. En lo que a Irlanda se refiere habría que recordar que, ante el impacto de la crisis, se optó, con anticipación (2009), por una política fiscal restrictiva, tendiente a la reducción del gasto público. Ello simplemente agudizó el desplome (reducción del -7,1% del PIB en 2009) y disparó el déficit fiscal (14,3% del PIB).

En general, los datos muestran de forma sistemática un deterioro generalizado de las finanzas públicas en el período posterior a 2007. Aunque parcialmente atenuado, ello es válido incluso para Alemania. Es indudablemente un problema vinculado a la crisis económica y refleja principalmente la confluencia de dos factores: el esfuerzo fiscal excepcional que se puso en marcha para atenuar la crisis, y el desplome de los ingresos tributarios ocasionado por la aguda recesión. En el caso de los países que ya están atrapados en la telaraña de la deuda pública, los datos son claros. España, por ejemplo, pasa de superávits fiscales del orden del 2% en 2006 y 2007 a déficits que, para 2009, llegan al -11,2% del PIB. Irlanda, con un superávit del 3% en 2006, registra un déficit que excede del -14% en 2009. Portugal y, sobre todo, Grecia, ya registraban números rojos antes de la crisis. Esta última agudiza severamente el problema. En lo que se refiere a Italia, el agravamiento del déficit no es tan agudo (-1,5% en 2007; -5,3% en 2009), pero en su caso la deuda pública es extraordinariamente elevada (115,8% como porcentaje del PIB, al mismo nivel, en términos comparativos, que Grecia).

La crisis que explota en 2007 es, por lo tanto, la fuerza principal detrás de la actual crisis europea de la deuda. Sabemos que aquella detonó en Wall Street, de mano de los grandes especuladores de las finanzas. Culpabilizar a los sistemas de seguridad social y a los sindicatos resulta entonces una grosera mentira. Pero esto también advierte acerca de la peculiaridad de la crisis de la deuda como una segunda ronda o, si se prefiere, una nueva etapa en una crisis mucho más amplia, cuya solución aún está lejana. Ha habido dos etapas previas: la crisis financiera precipitada a partir de la crisis hipotecaria; y, en seguida, la recesión generalizada a nivel mundial. Estas dos primeras fases de la crisis exigieron una intervención estatal hasta niveles inéditos. Justo esto último es lo que ahora explota. Lo que sigue es, posiblemente, una segunda vuelta de la recesión, a lo cual están apostando –con admirable denuedo- tanto el FMI como muchos gobiernos, en especial los europeos. Una recaída en la recesión plantearía acuciantes problemas, en vista de que el margen disponible para ejercer política fiscal anti-cíclica estaría prácticamente cerrado.

A la hora de buscar causas subyacentes a la crisis económica (me refiero a la crisis en sentido amplio), un primer nivel de explicación que debe ser explorado tiene que ver, indudablemente, con el agresivo proceso de contra-reforma y globalización neoliberal de los últimos 30 años. Comprender esto último es un paso necesario, previo a profundizar en factores aún más fundamentales que, seguramente, también los hay.

Los datos son contundentes en el sentido de que durante estos tres decenios el ingreso y la riqueza se concentraron agudamente, mientras la participación de los salarios en la producción nacional declinaba sistemáticamente. Ello es válido incluso en el caso europeo, pero todavía más en Estados Unidos. Detrás de esto hay un agresivo esfuerzo tendiente a debilitar los sistemas de seguridad social y a desmantelar las organizaciones sindicales independientes. El proceso combina, de forma sumamente compleja, decisiones políticas, acciones represivas y movimientos de transnacionalización de las inversiones y la producción. Esto último puso a competir a las clases trabajadoras del mundo rico, con las masas trabajadoras –desorganizadas y de bajísimos salarios- de los países de la periferia, incluidos los del antiguo socialismo real.

En esas condiciones, y a fin de sostener la demanda y, con esta, el crecimiento económico, se puso en marcha un gigantesco mecanismo de deuda y especulación financiera que ganó en sofisticación, el cual -ya hacia los noventas del siglo XX- adquiere un perfil nítidamente globalizado. Las clases trabajadoras y los estamentos medios de los países ricos lograban mantener y elevar su nivel de consumo, no gracias a que sus ingresos aumentasen –que en realidad, en términos relativos, más bien disminuían- sino mediante el recurso al endeudamiento.

La crisis que explota en 2007 plantea un cuestionamiento directo a este mecanismo de deuda. Es plausible que ello marque un techo a la espiral de endeudamiento de las familias medias y trabajadoras, sobre todo en Estados Unidos. Esa situación forzó, a su vez, a un movimiento de traslación que, por la fuerza de las circunstancias, tuvo lugar de forma violenta y precipitada: de la deuda privada se pasó a la pública, y en un plazo de tan solo dos años está explota a niveles excepcionales, solo superados por los que se registraron durante la Segunda Guerra Mundial. Y si causa consternación la magnitud de la deuda española ($1,1 billones) o italiana ($1,4 billones), convendría recordar que la de Estados Unidos sobrepasa ya los $13 billones. Y si en este último caso aún no se declara una crisis, es seguramente por su privilegiada posición geo-económica y política –incluso el especialísimo privilegio de que su moneda nacional sea también divisa universal- y no solo por el enorme tamaño absoluto de su economía.

Las soluciones que ahora se proponen frente a la crisis europea de la deuda, reinciden –de forma tan obvia como pertinaz- justo en aquello que ha arrastrado a los países ricos a este pavoroso empantanamiento. A la espalda quedan treinta años durante los cuales se ha golpeado con dureza a las clases trabajadoras y los grupos medios. Y, sin embargo, el capitalismo no podría sostenerse sin el consumo de esos grupos ampliamente mayoritarios. Entonces se les ofreció crédito como la llave que abría la puerta del paraíso consumista.

Ahora proponen una dosis violentamente intensificada de la misma medicina: terminar de aplastar a las clases trabajadoras y a los estamentos medios. Pero un detalle clave ha variado: con toda evidencia, la puerta del endeudamiento está cerrada, y posiblemente continuará estándola todavía por mucho tiempo más ¿cómo se supone que logrará entonces el capitalismo sostener su crecimiento durante los próximos 10 años?

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viernes, 28 de mayo de 2010

La telaraña de la crisis europea


Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

Las cifras de las deudas públicas europeas son ciertamente colosales y dibujan una compleja telaraña. La de Portugal asciende a unos $ 286 miles de millones, de los cuales la parte correspondiente a España (unos 86.000 millones) es la más importante, aunque también hay montos significativos que involucran a Francia, Alemania y Gran Bretaña.

En el caso de España, su deuda –la insignificancia de $ 1,1 millones de millones (billones)- incluye montos gigantescos con Francia ($ 220.000 millones), Alemania ($238.000 millones) y Gran Bretaña ($ 114.000 millones). En el caso griego, los componentes principales de su deuda pública de $ 236 miles de millones, son las obligaciones con Francia ($ 75.000 millones), Alemania ($45.000 millones) y Gran Bretaña ($ 15.000 millones). La gigantesca deuda italiana -$ 1,4 billones- incluye $ 511.000 millones con Francia, $ 190.000 millones con Alemania, $ 77.000 millones con Gran Bretaña, $ 47.000 millones con España y $46.000 millones con Irlanda. Este último país tiene una deuda total por $867.000 millones, incluyendo $ 184.000 millones correspondientes a Alemania, $ 188.000 millones a Gran Bretaña y $ 60 mil millones a Francia.

En gran parte es deuda con los grandes bancos franceses, alemanes y británicos. Vale decir, una moratoria de pagos por parte de Grecia, Portugal o Irlanda –y ni se diga España o Italia- repercutirá de inmediato en las contabilidades de esos bancos, en la forma de enormes pérdidas. Pero esa es solo una de las facetas del asunto; en realidad el problema es mucho más complejo, además de tremendamente amenazante. Si fuese Grecia o Portugal –economías relativamente pequeñas- las que cayeran inicialmente en suspensión de pagos, con altísima probabilidad ello arrastraría a Irlanda, España e incluso Italia. Hasta este punto, la crisis habría jalado consigo a la cuarta y quinta economías de la Unión Europea. Pero el golpe de inmediato se sentiría en las tres principales: Alemania, Francia y Gran Bretaña.

Dado el alto grado de entrelazamiento entre las economías ricas y, en especial, el denso tejido que interconecta a profundidad sus sistemas bancarios y financieros, no es muy plausible que Estados Unidos pueda mantenerse al margen del terremoto. Primero, su sistema financiero se verá sometido a agudos tremores, lo que acarrearía efectos negativos sobre la disponibilidad del crédito necesario para el normal funcionamiento de la economía. Pero, además, la debilidad de la economía europea y la desvalorización del euro, reduciría las exportaciones estadounidenses. También las exportaciones chinas se verían afectadas, puesto que su mercado más importante es precisamente Europa.

El FMI y la Unión Europea han intentado poner un freno a este proceso mediante sendos paquetes de salvamento financiero ($ 140.000 millones para Grecia; unos $ 950.000 millones como paquete preventivo ante otros posibles casos críticos). A cambio, los países presuntamente beneficiarios –Grecia, España, Portugal y ya también Italia (pero incluso Francia hace amagos en el mismo sentido)- deben aplicar políticas brutales de restricción del gasto público, de los salarios, las pensiones y los beneficios sociales.

Desde el punto de vista económico la receta resulta sorprendentemente paradójica, tan solo con que se recuerde que hasta hace muy poco se insistía –incluso por parte del FMI- en la necesidad de no proceder a un desmantelamiento precipitado de las políticas fiscales expansivas que fueron aplicadas como antídoto obligado ante la aguda recesión de 2008-2009. Una y otra vez se advertía que la reducción del gasto público y del déficit fiscal hasta sus niveles “normales” previos a la crisis, debía realizarse con tiento y parsimonia, ya que de otra forma se corría el riesgo de retroceder de nuevo hacia la recesión. Ahora el discurso ha dado un vuelco total, tan repentino como riesgoso.

El caso es que, en su evolución, la crisis es como al modo de un inmenso laboratorio que ratifica el poder abrumador del capital transnacional. Un laboratorio donde, además, este pone a prueba ese poderío e intentar jalar los procesos hasta el límite extremo, siempre en resguardo de sus intereses.

Si se limpia el cristal haciendo a un lado la propaganda barata que se difunde a nivel mundial, ello resultará fácilmente comprensible. Veamos: en cuanto se hace evidente que el problema fiscal y de endeudamiento de Grecia era mucho mayor de lo que se creía, los mercados financieros –es decir, el capital más poderoso y concentrado- empiezan una operación de asfixia que se visibiliza en el aumento precipitado de las tasas de interés sobre los bonos de la deuda pública griega. Habiendo de por medio vencimientos cercanos por montos sustanciales y, por lo tanto, necesidad de obtención de nuevos recursos para su refinanciación, ello implicaba poner a Grecia al borde del precipicio y empujar hacia la moratoria. De llegarse a este punto, y aparte las graves consecuencias económicas que tendría sobre Grecia, ello también implicaría enormes pérdidas para los bancos. Entretanto, el huracán especulativo de los mercados empieza a golpear a Portugal, Irlanda y España. La enorme presión que esto pone sobre los gobiernos, los induce finalmente a actuar (para lo cual deben vencerse las enormes resistencias de Alemania). Aparecen entonces los grandes paquetes de rescate y, con estos, las políticas de ajuste absolutamente salvajes.

Alternativamente pudo haberse contemplado la posibilidad de un proceso ordenado de quiebra y reestructuración a fondo de las deudas. Grecia enfrentaría una situación económica difícil, pero cuanto menos los bancos tendrían que hacerse cargo de una parte de las pérdidas. En su lugar lo que se está haciendo intenta trasladar la totalidad del costo hacia las clases trabajadoras y los estamentos sociales medios.

Estos países europeos, pero con mucha probabilidad toda la Unión Europea, están siendo arrastrados así a una situación de agudizado descontento y descomposición social. Y, sin embargo, el fantasma de la moratoria sigue vivo, puesto que la magnitud de las deudas y la casi segura inviabilidad de los recortes fiscales que se pretende aplicar, equivale a hacer equilibrios al borde del abismo. Pero, por otra parte, esta forma de enfrentar la situación implica reincidir –con preocupante obsesión- en los mismos mecanismos que subyacen a la crisis que empezó en 2007. Volveré sobre esto.
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