28-08-2009
Oleg Cherkoviets
Pravda
Traducido del ruso para Rebelión por Josafat S. Comín
El paso firme de la República Popular China se convierte realmente en un fenómeno global
El desarrollo vertiginoso de la actual crisis financiera y económica global, lleva a analistas y expertos de los más diversos ámbitos y tendencias, a replantearse con la misma rapidez sus propias valoraciones de hace tan sólo un año y los pronósticos para un futuro próximo de la economía mundial.
El principal motivo de esa revisión en la estimación es evidente: China, segunda superpotencia económica del mundo, se acerca rápidamente al primer lugar que todavía ocupan los Estados Unidos. El crecimiento chino es el responsable directo de que se estén salvando las principales economías occidentales; así los economistas y políticos de Alemania y Francia pueden respirar con alivio: sus economías en el último trimestre han crecido en un ínfimo 0’3% y ello, precisamente gracias a la ampliación de exportaciones de maquinaria y piezas de repuesto para la creciente economía china.
Los datos corregidos de crecimiento económico del gigante socialista en base a los resultados del primer semestre del 2009 demuestran, que el Producto Interior Bruto de la República Popular China creció en un 7,1%, y si tomamos el crecimiento por trimestres, observamos cómo en el segundo trimestre el crecimiento ha superado considerablemente al del primer trimestre llegando ya al 7,9% . Los analistas parecen todavía más convencidos de que a juzgar por los resultados del año, el crecimiento total de la economía china no será inferior al 8%.
Lo que significa una cifra como esa en unas condiciones de crisis rampante en otros países no creo que haga falta explicárselo a ninguna persona con sentido común. Es suficiente echar un vistazo a nuestra propia realidad rusa. Los datos oficiales del Ministerio Desarrollo Económico de la Federación Rusa hablan de que la caída total de la economía rusa en el primer semestre ha alcanzado el 10,1 %. Una caída de más del 10% es ya por sí misma una cifra catastrófica , y no en vano el presidente Medvedev hace unos días, en una de sus reuniones en Sochi reconocía, que nos” hemos desmoronado” más fuerte que muchos otros países. Sin embargo los datos actualizados recientemente por el Ministerio de Desarrollo Económico muestran como teniendo en cuenta la caída por trimestres, el PIB del segundo trimestre ha caído todavía más, llegando hasta el 11% y quién sabe si influirá esto a corto plazo en la revisión de los datos generales de la caída semestral, hasta alcanzar una cifra aún mayor…
Ante este desarrollo de los acontecimientos, aquí en casa, suenan ridículos los comentarios que suelen aparecer periódicamente en los medios de comunicación rusos (incluyendo los canales estatales de la televisión), en los que se hace referencia a que para China un crecimiento del 6% no se puede considerar siquiera un crecimiento, sino una cuestión de supervivencia y por eso, que el crecimiento chino pueda llegar al 8% no tiene nada de especial… ¿Qué se puede responder ante perlas como ésa? Prueben ustedes, señores míos a llegar siquiera a la mitad, que digo la mitad, a una cuarta parte de ese crecimiento “nada significativo” y luego pónganse a dar y hacer valoraciones.
No me canso de repetir por décima vez o cien veces si hace falta, que el crecimiento de China responde al desarrollo del sector real de la economía. Esa asignación de una cifra gigante, cerca de 600.000 millones de dólares, está destinada a acelerar el desarrollo de la red de carreteras, a reemplazar la maquinaria de las empresas del sector manufacturero, a aumentar la demanda interna de la población. Y por supuesto a continuar ejecutando el principal papel estratégico de China en el mundo actual: el de seguir siendo la fábrica mundial que suministre producción ya manufacturada a los principales países del mundo. Desde Rusia hasta los EEUU.
Por cierto, en el comercio con estos últimos, el crecimiento del superávit chino tanto en cifras totales, como en los tiempos de crecimiento, está rompiendo todos los records imaginables. Así, si en el año 2002 significaba 100.000 millones de dólares, en el 2003 superó los 120.000 millones de dólares (es decir un crecimiento anual del 20%), en el 2004 alcanzó 162.000 millones de dólares, un 35% más, y en el 2005 los 202.000 millones de dólares, aumentando cada año casi un 25%. Pero lo que ocurrió en los últimos tres años en general, no tiene análogos en la historia de la economía de mundial. El superávit en la balanza comercial china (y en correspondencia con ello el déficit de los Estados Unidos) en el comercio entre ambos, ha aumentado en un 50-60% anualmente y según datos del año pasado, del 2008, superó la cantidad de 680.000 millones de dólares. ¡En sólo un año!
Y todo esto no es a costa de las materias primas, el petróleo o el gas, sino de producción real: desde camisas, camiseta, accesorios de baño, hasta automóviles. Sí sí, automóviles, que por cierto han empezado a exportarse al mercado usamericano. En lo que respecta a las reservas de oro de China, que se forman partiendo de las exportaciones a nivel global, ya han superado los dos billones de dólares, convirtiéndose en algo legendario. Por cierto, se suele considerar, que aproximadamente el 40% de esa cifra (es decir del orden de los 800.000 millones de dólares) estaría invertido en obligaciones del tesoro americano, lo que convierte a la China socialista sin duda en el mayor acreedor de la principal potencia capitalista.
Por supuesto los analistas y expertos recuerdan, que surge una simbiosis única, cuando China con sus gigantes reservas depende a su vez de la situación económica en los principales países occidentales y ante todo en los mismos Estados Unidos, que se han convertido al mismo tiempo en los principales consumidores de su producción. Es cierto, nadie niega esa interdependencia, sin embargo hay un detalle importante: según las leyes elementales de la economía, el que posee el superávit comercial y unas reservas en divisas gigantescas tiene una ventaja colosal, que a menudo ninguno de esos analistas menciona. Esa misma enorme masa en divisas que se puede utilizar de un modo pasivo, manteniéndola únicamente como bonos del tesoro, es decir dejando sin vida al dinero y no movilizándolo (como hace Rusia) o se puede utilizar de un modo activo, dando créditos a sus socios comerciales, ampliando de este mismo modo los mercados para la exportación. Algo que, por ejemplo Rusia prácticamente no hace, pero que China sí que pone en práctica de un modo muy activo.
Así por ejemplo, poco antes de la repetición de las elecciones parlamentarias en Moldavia celebradas recientemente, los medios de comunicación occidentales discutían activamente la noticia de que China había aprobado las condiciones para conceder a Moldavia un crédito que rondaría los mil millones de dólares. En relación con esto una serie de expertos occidentales se hacían la pregunta: ¿Qué persigue con esto la República Popular China?
En mi opinión, la respuesta la podemos encontrar en un artículo publicado por una de las publicaciones de vanguardia en temas económicos del mundo occidental: el diario británico “Financial Times”. China, escribe el autor experto en temas moldavos, O’Neill, hacía tiempo que mantenía conversaciones para la concesión del crédito, ofreciendo condiciones muy favorables: el crédito millonario sería otorgado por un plazo de quince años al 3% de interés anual (o sea un interés practicante nominal) con un periodo de gracia de cinco años durante los cuales no habría ni que pagar intereses. Y aún más, el crédito chino, no sería una acción aislada, sino la apertura de una línea de crédito bancario. Que podría superar significativamente esos mil millones iniciales. “China puede garantizar el financiamiento de cualquier proyecto que necesite la parte moldava, a los que ellos den el visto bueno”-cita “Financial Times” a la parte china.
Ningún país en el mundo por rico que sea dentro de los países occidentales, incluyendo los Estados Unidos, puede permitirse hoy día hacer declaraciones de este tipo, en las condiciones de crisis. Surge entonces la pregunta lógica: ¿Dónde está el beneficio para China? La respuesta habría que buscarla en la dirección del crédito chino. Tanto los primeros mil millones y toda la línea potencial crediticia, persiguen la modernización de los centros energéticos, del suministro de agua, la industrialización del sector agrario, la construcción de carreteras, así como, y esto es especialmente subrayable, la realización de proyectos altamente tecnológicos.
No sé si estará a familiarizado el respetable analista con el trabajo clásico de Lenin “En relación con la cuestión así llamada de los mercados”, pero en su artículo acierta a señalar que: el proyecto de crédito chino está claramente encaminado a la ampliación a largo plazo del mercado interno de Moldavia mediante la creación de una gran cantidad de puestos de trabajo que sean atractivos y el mejoramiento de las condiciones de vida, en las ciudades más importantes así como en el campo. Sí, es cierto que Moldavia es hoy un país pobre, pero que tiene mano de obra cualificada y que ya hoy compran productos chinos, y mañana, cuando se amplíe la demanda interna y el consumo, con ayuda china, los moldavos podrán comprar esos productos en mayor cantidad.
Pero Moldavia no es un caso aislado. Los expertos señalan que hoy la estrategia china de crédito a largo plazo, se está poniendo en práctica por todo el mundo, tanto en los países desarrollados capitalistas como en los que están en vías de desarrollo, hasta hace poco bajo la órbita y la influencia a todos los niveles de los Estados Unidos. En los últimos años China ha firmado acuerdos de inversión en los más importantes sectores del mercado de materias primas de Argelia, Gabón, Sudán, Canadá (petróleo), Irán y Arabia saudita (gas natural), Australia, Brasil, Jamaica, Perú y Zambia (minería), cerrando acuerdos con una serie de países que poseen significativos recursos naturales y un mercado interno prometedor.
El paso firme de la superpotencia socialista es indudablemente un fenómeno global. No es casual que el mismo “Financial times” definiese así este fenómeno: mientras Rusia se pelea con sus más cercanos vecinos del” extranjero cercano”, para China todo el mundo se ha convertido en “extranjero cercano”.
viernes, 28 de agosto de 2009
¿Qué busca China en la pequeña Moldavia?
viernes, 22 de mayo de 2009
El problema ecológico a la luz de las ciencias orientales tradicionales

Naturaleza Sagrada
Redacción Alif Nûn
21 DE MAYO DE 2009
El hombre moderno necesita desesperadamente una nueva visión de la Naturaleza y de su propia relación con ella para asegurar su supervivencia, no sólo desde el punto de vista moral, sino desde el estrictamente físico. Hoy en día, cada vez un mayor número de personas ha comprendido que la meta de la conquista de la Naturaleza, que parecía el objetivo más obvio de la civilización moderna, no puede prolongarse por más tiempo.
De algún modo, algo ha ido mal en la aplicación de una ciencia que pretende proporcionar un “conocimiento objetivo” de la Naturaleza pero que, sin embargo, prescinde en su ecuación de cualquier consideración espiritual y metafísica, de manera que la aplicación de tal ciencia ha contribuido a la destrucción de su propio objeto de estudio. Quizá un conocimiento del enfoque que otras tradiciones espirituales tienen de la relación entre el hombre y la Naturaleza puede ser útil para que la civilización moderna se enfrente a la crisis ecológica actual, en lugar de relegar al campo de la seudo-ciencia a cualquier otro modelo de conocimiento que no encaje dentro de sus parámetros.
Desde el punto de vista de la mayor parte de las tradiciones espirituales –incluido el Cristianismo anterior al Renacimiento– la Naturaleza tiene en sí misma el carácter de santuario, siendo uno de los infinitos modos que emplea Dios para manifestarse, y es poseedora de sus propios métodos y mensajes espirituales. Las ciencias de las grandes tradiciones espirituales de Asia –especialmente la china, la japonesa, la india y la islámica– y las de la mayor parte de los pueblos nómadas y seminómadas –en especial, los indios pieles rojas– comparten un principio fundamental, que es considerar el estudio de la Naturaleza a la luz de los principios metafísicos o, desde otra perspectiva, estudiar la Naturaleza como un todo armonioso y completo que está contenido y abrazado por un mundo suprasensible inmensamente mayor, integrado por infinitos niveles de manifestación del Principio Divino del que todo emana.
Hay un aspecto de la Naturaleza que la mal llamada seudo-ciencia, tal y como ha existido en las civilizaciones tradicionales y no en las deformaciones que de ella aparecen hoy en occidente, que toma en consideración; y ése es el elemento cualitativo y espiritual que constituye la fuente de la belleza reflejada, por ejemplo, en los jardines persas o japoneses y en otras obras de carácter similar basadas en las ciencias orientales tradicionales.
Los que hablan de la fusión de las ciencias moderna y tradicional deben saber que tal cosa ciertamente no ha ocurrido aún en nuestros días ni podrá ocurrir mientras que la ciencia moderna no abandone su punto de vista exclusivista y así permita desarrollar un modelo científico que integre los elementos cualitativos y espirituales de la Naturaleza, junto con su aspecto cuantitativo. Una ciencia tal debería basarse necesariamente en una doctrina metafísica y cosmológica, combinada con una actitud de contemplación hacia la Naturaleza en lugar del deseo de dominación y conquista.
A diferencia de las ciencias tradicionales orientales, y a pesar de los últimos intentos de unificación, la ciencia moderna ha triunfado en gran parte dando la espalda a la interrelación entre las diversas partes y los distintos aspectos de la Naturaleza y aislando cada segmento de ésta a fin de poder analizarla y diseccionarla por separado. La pérdida de este visión holística fue considerada trivial en comparación con los beneficios que aportaba la precisión matemática y el progreso material, olvidando que nuestras necesidades y las fuentes que pueden satisfacerlas, a medio y largo plazo, también participan de esta dimensión unitaria. Esta percepción fragmentada de la realidad ha traído como consecuencia una visión del ser humano desconectado de la Naturaleza de la que forma parte y, por tanto, insensible a la destrucción y a la explotación temeraria de los recursos naturales. Frente al hombre saqueador y conquistador de la Naturaleza es necesario convertir al hombre en “representante de Dios en la tierra” (jalifatu-l-lâh fi-l-ard), por usar la terminología islámica.
A finales del siglo XIX, en occidente, el movimiento romántico opuso la última seria resistencia a esta tendencia disgregadora a través de una poesía que intuía una visión unificada e integrada de la Naturaleza. No obstante, tal visión fue considerada por la ciencia oficial como una simple licencia poética que no aportaba ninguna información de interés al “conocimiento objetivo” al que la ciencia supuestamente responde[2]. Pero ni entonces ni ahora puede establecerse una firme base intelectual para esta “visión poética” debido a la falta de un conocimiento metafísico apropiado y a la ausencia de una tradición sapiencial viva que proporcione un soporte intelectual a esta poesía.
En contraste con esta visión de las cosas, las ciencias orientales tradicionales existen con el propósito expreso de dar a conocer la unicidad de la Naturaleza, la cual deriva directamente de la Unidad del Principio Divino, expresado a través del principio metafísico de la unidad trascendente del Ser (en árabe, wahdat al-wuyud). En el caso de las ciencias islámicas, el sentido de la unidad impregna todas las cosas a través de la idea del Tauhid; en el caso de China, es la idea del Tao[3] la que juega ese mismo papel de integración y, en la India, la tradición Advaita Vedanta es la máxima representante de esta escuela.
El Islam, –por diversas razones de índole histórico, geográfico e incluso metafísico[4]–, ocupa una posición especial en virtud de su papel de intermediario entre las tradiciones orientales y las occidentales. Las ciencias islámicas están profundamente relacionadas, por una parte, con la ciencia occidental en su periodo medieval y también, aunque en menor medida, en su etapa renacentista; y por otra, con las ciencias de la India y la China[5]. La civilización islámica creó un modelo científico que durante siglos sirvió de inspiración al occidente cristiano y le permitió sentar las bases para su posterior desarrollo. Este modelo científico estableció un equilibrio entre el aspecto espiritual y material de la Naturaleza y desarrolló un estricta jerarquía del Ser y del conocimiento. Los principales científicos musulmanes fueron sufíes, gnósticos, teósofos y filósofos que desarrollaron las ciencias discursivas y analíticas en el seno de la visión contemplativa de la Naturaleza.
Desde un principio, el Islam desarrolló en su seno diferentes escuelas filosóficas e intelectuales, abarcando un amplio espectro que va desde el sufismo hasta la escuela peripatética, muy cercana en sus planteamientos generales a la principal tradición filosófica de la Europa medieval que sentaría las bases de la moderna filosofía racionalista. Por el contrarío, el sufismo es una disciplina cuyo método de conocimiento se basa en la intuición directa de la verdadera naturaleza de las cosas, la llamada “ciencia de la certeza” (‘ilm al-yaqîn), a través del recuerdo (dhikr) de Dios y el amor (ishq) a Dios y a todas Sus criaturas[6].
Si queremos llevar a cabo un completo análisis de la problemática medioambiental, debemos considerar la Naturaleza como una unidad compleja en la que todo está interrelacionado, sin olvidar los planos psicológico y espiritual de la realidad. Este modelo cosmológico se basa en el principio metafísico según el cual existe una relación mutua entre los diversos estados del Ser, de modo que todo estado “inferior”[7] del Ser toma su realidad del estado que está “por encima”[8] de él y del cual es inseparable. Buena parte del actual problema ecológico se debe a que el hombre moderno, incluso el considerado religioso, ha vivido de hecho esta existencia terrenal aisladamente de todo cuanto lo trasciende.
La solución pasa por buscar un modelo científico en el cual pueda integrase el estudio del aspecto cualitativo y espiritual de la Naturaleza. Este simple cambio de perspectiva nos permitiría actuar con un mayor respeto hacia el mundo que nos rodea. Una gran responsabilidad en este cambio de actitud tienen aquellos que comprenden los principios del sufismo o, de un modo más general, de la metafísica y de las ciencias tradicionales de la naturaleza. Ellos tienen la obligación y la misión de dar a conocer su conocimiento, amar la Naturaleza y contemplar sus infinitas formas como teofanías del Principio Divino.
El concepto de Naturaleza desde el punto de vista de diversas escuelas islámicas tradicionales
Tal y como ya hemos afirmado, la vida intelectual, científica y filosófica del mundo islámico siempre se ha caracterizado por una extraordinaria heterogeneidad. Hermetistas, iluminacionistas (ishraqiyun), peripatéticos, sufíes, gnósticos (‘urafa) y otras muchas escuelas de pensamiento han traducido de muy diversos modos su cosmovisión del mundo, aunque siempre manteniendo todos ellos la idea central del Tauhid o Unicidad Divina.
Los teólogos de la escuela ashari representan una concepción “atomista” de la Naturaleza. Esta cosmovisión está íntimamente conectada con la “estructura psicológica” de los árabes y se refleja también de una manera clara en su lengua[9]. La materia, el espacio y el tiempo son “atomizados” y se rompe la relación causa-efecto que parece vincular las cosas y los acontecimientos entre sí. Según esta perspectiva, no existe relación ni conexión alguna entre un momento de la vida de la Naturaleza y el siguiente. No obstante, esta realidad segmentada y dividida no carece de su lógica interna, y encuentra su cohesión y conexión en la llamada “creación continua”, según la cual la Voluntad Divina crea el mundo en todo momento y el causa directa de todas las cosas. Se niega la causalidad para absorber todas la causas en la Causa Primera. De este modo, la Naturaleza se “disuelve” en la Voluntad Divina y en ella adquiere su pleno sentido y significado.
Por el contrario, los filósofos peripatéticos como al-Farabi, Ibn Sina (Avicena), Ibn Bajjah (Avenpace) o Ibn Rush (Averroes) ponen de manifiesto la continuidad de las cosas y la importancia de la relación causa-efecto en la Naturaleza. Consideran la Naturaleza en perpetuo cambio y hacen hincapié en el estudio de la física como aquella ciencia que estudia las causas y las condiciones de ese cambio. Para los peripatéticos, los distintos cuerpos de la Naturaleza no están compuestos de átomos sino que son continuos, al igual que el espacio y el tiempo, de modo que un punto del espacio o un instante en el tiempo no son más que un aspecto de la realidad abstraído por la mente que carece de ningún tipo de existencia objetiva independiente. Opuestos a la acción de la Voluntad Divina en la Naturaleza, basan su teoría en una cadena de causa y efecto que se remonta hasta la Causa Primera. Como ya hemos dicho anteriormente, esta escuela de pensamiento se encuentra muy cercana de la Escolástica medieval y, por lo tanto, ambas líneas de pensamiento comparten muchas ideas, como es el caso de la llamada natura naturata, término acuñado por esta escuela filosófica cristiana y que sentaría las bases de la ciencia moderna[10].
Desde la perspectiva sufí o gnóstica, la Naturaleza posee una doble dimensión. Desde un punto de vista es ad-dunya, el mundo en su aspecto más arrebatador que manifiesta una aparente multiplicidad y que constituye un velo (hiyab) que impide intuir y alcanzar la Unidad Divina[11]. Pero desde otro punto de vista la Naturaleza constituye un signo (ayat) que manifiesta la infinita y continua presencia del Creador en Su creación. Es una realidad compuesta de símbolos cuya comprensión marca una etapa del viaje del gnóstico hacia Dios, hasta llegar a convertirse en teofanía (tayalli) de esa Verdad (al-Haqq) Divina más cercana del ser humano “que su propia vena yugular” (Corán, 50:16), que crea y recrea el mundo a cada momento.
Hombre y Naturaleza desde la perspectiva de la metafísica islámica tradicional
Un antiguo dicho sufí afirma que “la Verdad, como el sol, resplandece donde quiera que no se ponga ningún obstáculo ante ella.” De este modo, los contemplativos de todas las épocas y latitudes se han vuelto hacia la Naturaleza buscando en ella la inspiración espiritual y el retiro para la vida contemplativa.
No obstante, desde la perspectiva islámica, la contemplación no consiste en una actitud pasiva, pero tampoco en una actividad emocional y ni siquiera estrictamente mental o racional, en el sentido convencional y moderno del término. Por el contrario, supone la actividad intelectual simbolizada a través del “ojo del corazón” que percibe la dimensión espiritual de la Naturaleza de un modo directo, de igual manera que el ojo físico percibe la naturaleza material. El contemplativo percibe la Verdad a través de su identificación con su objeto de conocimiento, de modo que, cuando el contemplativo alcanza el estado de “unión”, conocer y ser se convierten esencialmente en lo mismo. En contraste, la actividad racional, en su acepción moderna, establece un abismo infranqueable entre sujeto y objeto y, por lo tanto, su método es discursivo y su conocimiento es indirecto. Desde la perspectiva de las ciencias tradicionales de oriente, y en especial de las ciencias islámicas, en la jerarquía de las facultades humanas, los sentidos ocupan la esfera inferior; las facultades del alma, entre las que destaca la razón, la esfera intermedia, y el “ojo del corazón”, la superior, como actividad eminentemente humana y reflejo del Intelecto Divino[12]. Así, el ser humano se convierte en el eslabón central de una gran cadena del Ser que se extiende desde la criatura más simple del reino mineral hasta el más elevado mundo angélico, y de ahí a hasta la inefable Esencia Divina[13].
Ser musulmán, en su significación más universal, es simplemente someterse a la Voluntad Divina. De este modo, “musulmanes” son todas las criaturas del universo que aceptan la Ley Divina en el sentido de que siguen las leyes inquebrantables que el mundo occidental llama “leyes de la Naturaleza”. En la actualidad, la coherencia, orden y regularidad del mundo físico han alejado a muchas personas de una concepción sagrada de la Naturaleza, como si la presencia de Dios en ella sólo se manifestara a través de milagros. El hecho de que el Sol salga cada mañana sin que observemos ninguna interrupción en la regularidad del orden natural fue un argumento importante de los racionalistas del siglo dieciocho y diecinueve, e incluso actuales, en contra de la sacralidad de la Naturaleza. Pero esta regularidad demuestra, a los ojos del musulmán, precisamente lo contrario; es decir, la presencia de la Voluntad Divina, a la que todas las criaturas están subordinadas y que, de hecho –salvo el ser humano–, no pueden sino seguir.
Una piedra no puede sino caer. La fuerza de la gravedad es una expresión de la Voluntad Divina en el plano físico, que la piedra obedece de forma absoluta, de modo que en este sentido es “musulmana”. Es la Voluntad del Creador la que se expresa en lo que el pensamiento occidental llama “leyes de la naturaleza”, y todo el universo es musulmán es un sentido profundo, excepto el ser humano, el cual, a causa del libre albedrío que ha recibido en depósito, puede negarse a someterse a Su Voluntad. Un árbol crece y no puede sino crecer. El fuego arde sin poder evitarlo. Un peral siempre tiene que dar peras. Un tigre siempre tiene que ser un tigre y un águila un águila. Sólo el ser humano puede ser feroz como un tigre, majestuoso como un águila o un león, o arrastrarse como un gusano. Sólo el ser humano puede dejar de ser musulmán, mientras que todos los demás seres son “musulmanes” en este sentido debido a su completa sumisión a la Voluntad Divina, que se manifiesta como “Leyes de la Naturaleza.”
Hay una historia al final de la epístola sobre los animales en las Rasâ’il (Epístolas) de los Ijwân as-Safâ’ (Hermanos de la Pureza) en la que se establece un diálogo entre éstos y el ser humano. Los miembros del reino animal se quejan al rey de los genios de la crueldad con que los trata el ser humano, de cómo los usa como bestias de carga, se bebe su leche, se come su carne y se aprovecha de ellos de muchas otras maneras para satisfacer sus propias necesidades sin tener en cuenta los derechos del reino animal. Se invita al ser humano a que desmienta las acusaciones que se le hacen y éste intenta demostrar su superioridad alegando su capacidad para construir edificios y ciudades, calcular y manipular números, crear una estructura social compleja, cultivar las artes y las ciencias y muchas otras habilidades de ese tipo. A cada una de estas pretensiones le responde un miembro del reino animal señalando una habilidad correspondiente por parte de alguna de las especies animales, como la abeja, que es una geómetra natural y confecciona hexágonos para su colmena. Así pues, los animales superan cada particularidad que el hombre pretende en exclusividad pensando que le da el derecho a dominar y destruir la Naturaleza. Los animales se inclinan ante el dominio humano sólo cuando el hombre menciona que dentro de la sociedad humana hay santos que son los representantes de Dios en la tierra, que son los canales de la gracia para todo el entorno terrestre, y que son la mismísima razón de ser de la vida en la tierra como tal. La posición central del hombre en el mundo no se debe a su inteligencia ni a su genio inventivo, sino a la posibilidad de alcanzar la santidad y convertirse en un canal de la gracia para el mundo que lo rodea. Por el contrario, si este canal de gracia se estrecha o disminuye, en cierto modo se produce una oscuridad correspondiente en la Naturaleza[14].
El santo se convierte así en el modelo del ser humano por excelencia desde la perspectiva del Islam. El santo es como la Naturaleza en el sentido de que cada momento de su vida lo vive de acuerdo con la Voluntad Divina; pero él participa en la Voluntad Divina de forma consciente y activa, mientras que la Naturaleza lo hace de un modo pasivo. En cierto sentido, todos los seres saben que existen, pero sólo el ser humano sabe que sabe, y tiene un conocimiento consciente de su existencia. Quizá se podría afirmar que un primer significado de musulmán correspondería a la Naturaleza, un segundo significado al ser humano que ha aceptado una revelación, y un tercero al santo que no sólo ha aceptado la revelación sino que vive completamente de acuerdo con la Voluntad Divina. Como tal, el santo es el contrapunto consciente, activo e intelectual del primer tipo de “musulmán”, es decir, de la Naturaleza. Al igual que la Naturaleza, vive cada momento de su vida de acuerdo con la norma divina, pero conscientemente y con libre albedrío. Así pues, es el protector de la Naturaleza y su contrapunto espiritual. Y esto es así porque entre el ser humano –microcosmos– y la Naturaleza –macrocosmos– existe una perfecta equivalencia. Tal y como afirman los sufíes, “el Universo es un gran ser humano y el ser humano es un pequeño universo”, de modo que todo suceso y toda particularidad de la Naturaleza tiene su correspondencia con una determinada dimensión del alma humana. Desde este punto de vista, el conocimiento de la Naturaleza es un modo de auto-conocimiento y conociéndose a sí mismo el ser humano es capaz de conocer a Dios, según la tradición profética que afirma: “Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor.”
BIBLIOGRAFÍA
- Seyyed Hossein Nasr, Hombre y naturaleza, Editorial Kier, Buenos Aires, 1.982.
- Seyyed Hossein Nasr, Sufismo vivo, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.
- Seyyed Hossein Nasr, Vida y pensamiento en el Islam, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.
- Toshihiko Izutsu, Sufismo y Taoísmo, Ibn ‘Arabi Vol. I, Ediciones Siruela, Madrid, 1.997.
- Seyyed Hossein Nasr, Ideals and realities of Islam, The American University in Cairo Press, 2.001.
http://www.libreria-mundoarabe.com/Boletines/n%BA35%20Feb.06/NaturalezaSagrada.html
Una mirada crítica al concepto de progreso

Objeciones al desarrollo
Yayo Herrero
Pueblos
15-05-2009
La mayor parte de la sociedad podría estar de acuerdo con la idea de que en los últimos dos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, el conocimiento científico ha avanzado de una forma impresionante.
En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología, economía, sociología, etc. han sido descubiertas nuevas teorías, leyes o postulados cuya aplicación ha creado una enorme variedad de artefactos, máquinas, compuestos químicos, medicamentos, instituciones, nuevos negocios, etc. que han cambiado aspectos sustanciales de la vida.
Curiosamente, a la vez, vemos cómo casi todo lo imprescindible va a peor. Las reservas pesqueras en todo el mundo disminuyen rápidamente debido a las extracciones masivas; los suelos pierden paulatinamente la capacidad de producir alimentos; el petróleo, imprescindible para mantener nuestra organización productiva y económica, se agota; el cemento y el hormigón fraccionan y deterioran los ecosistemas; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido a la contaminación química; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una apropiación obscena de bienes y riqueza por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados en la infancia, en la vejez o a las personas enfermas se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres dedican la mayor parte de su tiempo a trabajar para el mercado; lo que se llama democracia se ha convertido en un sistema hegemónico que dispone de medios de difusión masivos, y una enorme maquinaria tecno-militar capaces de convencer por las buenas o por las malas...
¿Cómo es posible que de forma paralela a la generación de tanto conocimiento, a la vez que se han ido descubriendo tantas cosas que antes permanecían ocultas, y al mismo tiempo que nacían más y más universidades, laboratorios o centros de investigación, las variables que explican la vida se hayan ido deteriorando progresivamente? ¿Por qué el agua, el aire, los territorios, la fertilidad del suelo, los mares, la biodiversidad o la vida comunitaria se han ido destruyendo al mismo ritmo acelerado con que aparentemente aprendíamos sobre ellos? ¿Por qué en esta situación de crisis global la ciudadanía continúa creyendo firmemente que nuestra sociedad sigue un camino lineal desde un pasado de atraso y superstición hacia un futuro emancipador de mayor bienestar?
Para virar esta trayectoria que conduce al colapso es preciso reflexionar sobre la noción de progreso que tienen las sociedades occidentales, una noción que se basa en la separación entre cultura y naturaleza, y que ha contribuido a construir una esfera social, tecnológica y económica que ignora el funcionamiento de los sistemas naturales y crece, como un tumor, a costa de ellos.
Saber de dónde venimos para poder cambiar
La génesis del modelo de pensamiento occidental hunde sus raíces en la Modernidad. Este período, época de indudables avances, en la que se consigue desvincular el pensamiento del poder religioso, se proclaman los Derechos del Hombre y el concepto de ciudadanía (masculina) comienza a abrirse paso, es también el momento en el que se consolida el modo de relación entre los seres humanos y la naturaleza que han dado lugar a la actual crisis ecológica.
En efecto, es en este momento histórico cuando se ponen las bases del actual sistema tecnocientífico que se desarrolló a unas velocidades incompatibles con los procesos de la Biosfera que sostienen la vida, y al servicio de un modelo socioeconómico que sólo considera riqueza lo traducible a valor monetario y que necesitaba crecer de forma exponencial.
La ciencia moderna se constituyó en el supuesto de que el pensador podía sustraerse del mundo y contemplarlo como algo independiente de sí mismo, siendo el conocimiento generado absolutamente objetivo y, supuestamente, neutral y universal. La revolución científica condujo a conceptuar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser diseccionada y estudiada en partes. La naturaleza pasaba así a ser considerada un autómata sujeto a unas leyes matemáticas eternas e inmutables que determinan su futuro y explican su pasado.
En la actualidad sabemos que este modelo diseccionador, que ha sido tan útil para aplicar en la industria, ha resultado enormemente dañino para la vida sobre la Tierra. La lógica de las cosas muertas no sirve para entender el mundo vivo. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos cooperan intensamente y, por ello, no puede ser comprendido estudiando cada parte por separado.
La visión atomizada y dispersa de la realidad tiene importantes repercusiones en nuestro entorno. Muchas decisiones en temas de ordenación del territorio, de creación de infraestructuras o de lanzamiento de productos químicos o transgénicos al medio, alteran una compleja maraña de relaciones con consecuencias imprevisibles. Estas actuaciones basadas en un conocimiento fragmentado, en muchas ocasiones ignoran la densa red de relaciones que conecta todo lo vivo y la emergencia de fenómenos que no tienen explicación y ni siquiera son visibles para una mirada reduccionista.
A pesar de que la propia ciencia desautorizó hace muchos años la mecánica clásica o la separación entre cultura y naturaleza como visiones que pudiesen explicar la complejidad del mundo, estas miradas siguen fuertemente arraigadas en los esquemas mentales de nuestra sociedad y continúan estando presentes en muchas de las aplicaciones tecnológicas e industriales de vanguardia.
Una concepción del saber como objetivo y universal, la oportunidad de difundirlo que ofrecieron los procesos colonizadores y la tecnología adecuada para poder hacerlo, han hecho de la ciencia occidental el sistema de conocimiento hegemónico, ante el que cualquier otro es considerado tradición o, a lo peor, superstición. De este modo, se olvida que ha habido, y hay, otras muchas formas de aproximarse al conocimiento que han demostrado su utilidad y cuya validez es equiparable a la de la ciencia "oficial" (pensemos en la conservación de los bosques de muchos pueblos indígenas o la eficacia energética de muchos tipos de arquitectura vernácula).
Un progreso lineal e ilimitado
La revolución científica e ideológica que instaura el proyecto de la Modernidad se amplía y se asienta en el Siglo de Las Luces, momento en el que se afianza la cultura occidental como visión generalizada del mundo. En este período, por una parte aparecen los ideales de la Ilustración basados en la libertad intelectual y el desarrollo del conocimiento emancipado de la Iglesia; por otro, surgen dos fenómenos asociados: el capitalismo y la Revolución Industrial. Fundamentalmente en manos de la economía liberal, la ciencia y su aplicación, desvinculadas de la ética gracias a su halo de objetividad y neutralidad, se ponen al servicio de la industria incipiente y del capitalismo, consiguiendo unos aumentos enormes en las escalas de producción, gracias a la disponibilidad de la energía fósil, primero el carbón, y posteriormente, y hasta hoy, el petróleo. El capitalismo y la Revolución Industrial, con la poderosa tecnociencia a su servicio, terminaron instrumentalizando los ideales de la Ilustración e imponiendo unas relaciones entre las personas y también entre los seres humanos y la Naturaleza, guiadas por la utilidad y la maximización de beneficios a cualquier coste.
El concepto de progreso humano se fue construyendo, por tanto, basado en el alejamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y dinámicas. El desarrollo tecnológico fue considerado como el motor del progreso, al servicio de una idea simplificadora que asociaba consumo con bienestar, sobre todo en las últimas décadas, en las que la sociedad de consumo se ha autoproclamado como la solución para todos los problemas humanos. El lema "si puede hacerse, hágase" se impuso, sin que importasen los para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La ocultación de los deterioros sociales y ambientales que acompañaban a la creciente extracción de materiales y generación de residuos, hicieron que se desease aumentar indefinidamente la producción industrial, creando el mito del crecimiento continuo.
La palabra progreso dotaba de un sentido de satisfacción moral a esta tendencia de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades, de una forma lineal, evolucionaban de unos estadios de mayor "atraso" –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más avanzado. Al concebir la historia de los pueblos como un hilo de secuencias que transitaba del salvajismo a la barbarie, para llegar finalmente a la civilización, los europeos, empapados de la convicción etnocéntrica de constituir la "civilización por excelencia", expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico basado en el crecimiento. Sometieron mediante la violencia (posibilitada por la aplicación científica a la tecnología militar) y el dominio cultural a los pueblos colonizados, a los que se consideraba "salvajes" y en un estado muy cercano a la naturaleza.
Esta concepción de progreso, vigente en el presente, ha sido nefasta para los intereses de los pueblos empobrecidos y para los sistemas naturales. La idea de que más es siempre mejor, la desvalorización de los saberes tradicionales, la concepción de la naturaleza como una fuente infinita de recursos, la reducción de la riqueza a lo estrictamente monetario y la fe en que la tecnociencia será capaz de salvarnos en el último momento de cualquier problema, incluso de los que ella misma ha creado, suponen una rémora en un momento en el que resulta urgente un cambio de paradigma civilizatorio.
Cambiar no es una opción
En un planeta con los recursos finitos, es absolutamente imposible extender el estilo de vida occidental, con su enorme consumo de energía, minerales, agua y alimentos. El deterioro social y ambiental no son subproductos del modelo de desarrollo, sino que son una parte insoslayable de ese tipo de desarrollo. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de estar en el mundo. Los modos de producción de bienes y necesidades de la sociedad industrial, han colaborado en la configuración de las relaciones entre las personas. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo dirigen la organización económica, esta misma lógica se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que las metas a alcanzar por cada individuo se orienten hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro el propio mantenimiento de la vida.
Hoy, el progreso es afrontar la incompatibilidad esencial que existe entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos, y un sistema socioeconómico, el capitalismo, que impulsado por la dinámica de la acumulación del capital, se basa en la expansión continua y conlleva de forma indisoluble la generación de enormes desigualdades. Se trata de establecer un "nuevo contrato social" que involucre a hombres y mujeres como parte de la naturaleza y seres interdependientes.
Progresar será, por tanto, transitar de una lógica de guerra contra las personas, los pueblos y los territorios a una cultura de paz que celebre la diversidad de todo lo vivo, que permita a todas las personas el acceso a los bienes materiales en condiciones de equidad y que se ajuste a los límites y ritmos de los sistemas naturales. Vivir con menos es una exigencia física que impondrá la limitación de los recursos materiales. Vivir bien con menos y en condiciones de justicia y equidad, es un camino que hay que señalar, sumando mayorías que puedan resistir, exigir e impulsar un cambio. Esta nueva visión permitirá establecer alternativas, recuperar lo valioso que perdimos y explorar caminos inéditos que permitan vivir en armonía social y en paz con el planeta. Muchas personas, en todos los continentes, lo están haciendo ya.
Yayo Herrero forma parte de Ecologistas en Acción
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