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viernes, 11 de junio de 2010

El niño de la vieja Gaza y el mar


Os lo dije”

Ramzy Baroud
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
11-06-2010

Crecí junto al mar de Gaza. A lo largo de mi infancia nunca llegué a comprender muy bien cómo esa gigantesca masa de agua, que prometía una libertad infinita, podía también bordear una franja de tierra tan diminuta y abarrotada, una tierra a la que se mantenía eternamente secuestrada aunque en ella alentara una persistente rebeldía.

Desde muy pequeño solía emprender a menudo con mi familia el corto viaje que iba desde nuestro campo de refugiados hasta la playa. Íbamos en una desvencijada carreta, trabajosamente arrastrada por un burro igualmente macilento. En el momento en que nuestros pies alcanzaban la cálida arena, estallaba un ensordecedor griterío. Los piececillos corrían a más velocidad que los campeones olímpicos y durante unas cuantas horas nos era ajena cualquier pesadumbre. Allí no existía ocupación, ni prisión, ni estatus de refugiado. Todo olía y sabía a mar y a sandía. Mi madre se sentaba encima de una desgarrada manta de cuadros con la que intentaba protegerse de las fuertes rachas de viento. Y se moría de la risa ante las llamadas desesperadas de mi padre tratando de que sus hijos no se metieran demasiado hondo en el mar.

Me gustaba sumergir la cabeza en el agua y escuchar el inolvidable murmullo de las olas. Después, me incorporaba, retrocedía y miraba hacia el horizonte.

Cuando tenía cinco o seis años, yo estaba convencido de que inmediatamente detrás del horizonte había un país que se llamaba Australia. La gente allí era libre de ir y venir a su antojo. No había soldados, ni armas ni francotiradores. Por alguna razón que desconocíamos, los australianos nos gustaban mucho y un día vendrían a visitarnos. Aunque cuando trataba de compartir mis creencias con mis hermanos, no se mostraban muy convencidos. Pero mi fantasía crecía, al igual que la lista de todos los demás países que se hallaban a la vuelta del horizonte. Uno de esos países era Estados Unidos, donde la gente hablaba de un modo divertido. Otro era Francia, donde la gente no paraba de comer queso.

No dejaba de escarbar por la playa buscando “pruebas” de ese mundo que existía allende el horizonte. Andaba a la caza de botellas con rótulos extraños, latas y plásticos sucios que llegaban flotando hasta la playa desde barcos lejanos. Mi alegría crecía cuando las letras aparecían en árabe. Entonces me ponía a luchar con ellas para conseguir leerlas. También aprendía que existían países como Arabia Saudí, Argelia y Marruecos. Gente que vivía allí y que eran árabes como nosotros y musulmanes que también rezaban cinco veces al día. Me quedaba extasiado. El mar era, al parecer, mucho más misterioso de lo que yo me atrevía a imaginar.

Antes de producirse la primera Intifada en 1987, declararon la playa de Gaza como zona prohibida, convirtiéndola en un área militar cerrada. Autorizaban que los pescadores salieran a pescar pero sólo en una zona muy limitada, unas pocas millas náuticas. Se nos permitía ir allí de picnic y a nadar, pero sólo hasta las seis de la tarde. Hasta que un día, cuando estábamos en la playa, los jeep del ejército israelí llegaron con su sonido sibilante por el camino asfaltado que separaba la playa del campo de refugiados. A punta de pistola nos exigieron que la evacuáramos de inmediato. Mis padres gritaban presos del pánico y corrimos hacia el campo con tan sólo los bañadores puestos.

Noticias de última hora en la televisión israelí anunciaron que un barco israelí había interceptado a unos terroristas palestinos cuando se dirigían en lanchas de goma hacia Israel. Les mataron o capturaron a todos, excepto a una lancha que podía estar dirigiéndose hacia el mar de Gaza. La confusión era angustiosa, especialmente cuando vi por televisión imágenes de los palestinos capturados. Iban arrastrando los cadáveres de sus compañeros mientras las tropas armadas israelíes les rodeaban triunfantes.

Intenté convencer a mi padre de que fuéramos a la playa y esperáramos a los otros palestinos. Me sonrió penosamente y no dijo nada. Más tarde, las noticias afirmaron que se habían perdido en el mar o se habían hundido. No obstante, yo no perdía la esperanza. Le rogué a mi madre que preparara su especialidad de té con salvia y saqué unas cuantas rebanadas de pan y queso. Esperé hasta el amanecer a que los “terroristas” perdidos en el mar llegaran hasta nuestro campo de refugiados. Si así ocurría, quería que tuvieran algo que comer. Pero nunca llegaron.

Después de ese incidente, por el horizonte empezaron a aparecer unos barcos. Pero pertenecían a la marina israelí. El desventurado mar de Gaza se había vuelto al parecer peligroso y lleno de posibilidades. Así pues, mis viajes a la playa menudearon. Cuando crecí, incluso durante los toques de queda israelíes, me subía al tejado de nuestra casa y oteaba el horizonte. Algunos barcos, venidos de algún lugar y de alguna manera se dirigían hacia Gaza. Cuanto más se endurecía la vida, más grande era mi fe.

Hoy en día, décadas después, me hallo cerca de algún mar extraño, lejos del hogar, de Gaza. Desde hace años se me viene negando el derecho a visitar Palestina. Aquí permanezco pensando en todos los que regresan a casa, confiando en que los barcos puedan llegar. Esta vez la posibilidad es auténtica. Sigo las noticias con la agobiante conciencia de una persona adulta y también con el vértigo y la inquietud de mis seis años de edad. Me imagino la Flotilla de la Libertad cargada de alimentos, medicinas y juguetes, inmediatamente detrás del horizonte, acercándose hasta convertir el viejo sueño en realidad. El sueño de que todos aquellos países, que mis hermanos pensaban que era ficticio, existían verdaderamente encarnados en cinco naves y 700 activistas por la paz. Representaban a la humanidad, se preocupaban de nosotros. Pensé en algunos pequeñitos preparando un festín con pan tostado, queso amarillo y el té de salvia, en espera de sus salvadores.

Cuando las noticias de última hora informaron de que los barcos habían sido atacados justo antes de cruzar el horizonte de Gaza, matando e hiriendo a muchos activistas, los seis años que había en mí quedaron aplastados. Y me puse a llorar. He perdido la capacidad de expresarme. Ningún análisis político podría ser suficiente. No hay informe alguno de prensa que pueda explicar a todos los niños de seis años de Gaza por qué sus héroes acabaron asesinados y secuestrados por tratar, sencillamente, de abrir una brecha en el horizonte.

Pero a pesar del dolor en estos momentos tan profundo, a pesar de las vidas tan injustamente arrancadas, las lágrimas derramadas en todo el mundo por la Flotilla de la Libertad me hacen comprender ahora que mi fantasía no era sólo el sueño de un niño. Que sí había gente de Australia, Francia, Turquía, Marruecos, Argelia, EE.UU. y de muchos otros países más que venía hacia nosotros en barcos cargados de regalos de parte de todos aquellos a los que, por alguna razón, les gustábamos.

No puedo atreverme a soñar con llegar a Gaza sobre la cubierta de un barco, pero sí puedo decirles a mis hermanos: "Os lo dije".

Ramzy Baroud (www.ramzybaroud.net) es un columnista internacionalmente reconocido y editor de PalestineChronicle.com. Su libro más reciente es “My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Store” (Pluto Press, London).

Fuente:

http://counterpunch.org/baroud06082010.html

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domingo, 14 de marzo de 2010

Lectura alternativa del asesinato del dirigente de Hamas Mahmoud Al-Mabhouh


Ramzy Baroud
14-03-2010
Asia Times Online
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

El asesinato del activista palestino Mahmoud al-Mabhouh el 19 de enero de 2010, fue una clara manifestación de un violento y bien planeado acto de sadismo perpetrado por asesinos israelíes en Dubai, en la supuesta seguridad de un país soberano, los Emiratos Árabes Unidos.
Sí, Mahmoud al-Mabhouh era un activista palestino. No tenemos razón alguna para pensar otra cosa. Pasó años de su vida en una prisión israelí –y un año en una cárcel egipcia- por su activismo político. Sin embargo, esto no otorga credibilidad a la acusación de Israel de que era un asesino de israelíes. Esta afirmación pierde aún más fuerza si consideramos que el asesinato de al-Mabhouh fue, según los medios británicos, ordenado por todos esos políticos de la derecha israelí que están acusados de crímenes de guerra.

Según el Sunday Times, Meir Dagan, el actual director del Mosad, informó del plan de asesinato al Primer Ministro Benjamín Netanyahu durante una reunión celebrada a primeros del mes de enero. “El pueblo de Israel confía en ti. Buena suerte”, dijo Netanyahu, según la información de que se dispone, al final de esa reunión.

Es ya bastante vergonzoso que los asesinos utilizaran pasaportes europeos de forma fraudulenta, así como tarjetas de crédito de un banco estadounidense para perpetrar sus planes. Pero mucho más inquietante es el hecho de que esa cruel y calculada acción no haya inspirado más que expresiones de “indignación”. ¿Acaso es que nos hemos resignado a la impunidad israelí?

¿Qué hay de la santidad de la vida, de la soberanía de las naciones y del respeto al derecho internacional? ¿Son todos esos valores prescindibles cuando la víctima es palestina y el lugar del crimen un país árabe?

A Al-Mabhouh se le ha privado cruelmente de su propia importancia en la historia. Realmente no sabemos mucho sobre ese hombre, aparte de lo que Israel se ha empeñado en darnos a conocer: un alto operativo de Hamas responsable del secuestro y asesinato de dos soldados israelíes; uno de los fundadores del brazo militante de Hamas, Izz al-Din al-Qassam; el mediador entre Hamas en Gaza y la Fuerza al-Quds de la Guardia Revolucionaria en Irán.

¿Quién ha tejido ese relato reduccionista de la vida de al-Mabhouh en tan corto espacio de tiempo? ¿Su familia? ¿Hamas? ¿Los medios palestinos? No, ninguno de ellos. El creador de esa biografía es Israel, el mismo país que le asesinó. ¡Qué escándalo y qué vergüenza! El asesino escribe y convence al mundo de la historia de la víctima asesinada. Y los medios de comunicación van y la asumen con sumo placer.

Como es de suponer, un palestino contaría la historia de al-Mabhouh de un modo enteramente diferente. Nació en Yabaliya, uno de los campos de refugiados más pobres y más atestados de Gaza. Sólo esas palabras clave -Gaza, pobre, atestado, refugiado- pueden ayudarnos a desentrañar la verdadera historia de al-Mahouh. Es la historia compartida por tantas gentes que siguen viviendo una existencia plagada de angustia, pobreza y resistencia en la Franja de Gaza –y en muchos sitios más-, sometida a un asedio inhumano y a una sucesión de guerras por parte del cuarto ejército más fuerte del mundo. La historia no va de soldados ocupantes secuestrados, sino de millones de refugiados, no trata de Irán, sino de Gaza y Palestina, no nos muestra hoteles de lujo sino horrendos y desolados campos de refugiados.

Pero los palestinos –como tantos pueblos oprimidos por todo el mundo- no tienen derecho a su propia narrativa. Su historia es insignificante, cuando no totalmente irrelevante. Israel perpetra el asesinato e Israel ofrece la explicación y, finalmente, es también Israel quien se escapa con la mentira del crimen. El asesinato de al-Mabhouh podría finalmente inspirar varios documentales que pondrían de relieve la naturaleza asesina de los militantes palestinos y la inigualable brillantez de la venganza israelí. Otro Munich de Steven Spielverg podría estarse ya gestando. Seguro que en la primera escena del film no aparecería la familia de al-Mabhouh obligada a huir de su pueblo en Palestina tras la inenarrable carnicería cometida por militantes sionistas en 1948. En lugar de eso nos mostrarían a un amenazante palestino de piel oscura desafiando con matar a dos indefensos soldados israelíes que suplican por sus vidas.

Se nos ha dicho, más o menos, que nos olvidemos de al-Mabhouh. Después de todo, su nombre va en la misma frase junto con Hamas e Irán. Eso debería ser ya suficiente para decirnos que su vida es prescindible, al igual que las vidas de alrededor de 1.400 palestinos asesinados por el ejército israelí en Gaza entre diciembre de 2008 y enero de 2009. Israel puede muy bien estar preparando otro ataque contra la depauperada Franja. Los túneles que representan el ancla de salvación de la inmensa mayoría de los palestinos en Gaza están siendo rutinariamente bombardeados por los aviones de combate israelíes, dinamitados y bloqueados por un muro de acero egipcio. A los gazatíes no se les permite tener armas para poder defenderse. La “comunidad internacional” ha celebrado muchas reuniones para asegurarse bien de que ningún arma pueda llegar a Gaza. En especial EEUU se mantiene totalmente firme en relación a esta cuestión, aunque no exhibe esa firmeza para asegurar que lleguen medicinas o alimentos a la Franja. Quizá Israel mató a al-Mabhouh debido a su creencia de que estaba armando a la resistencia. Esto explica parcialmente por qué la “comunidad internacional” se ha quedado indiferente ante el asesinato. Al-Mabhouh podría estar tratando de romper el consenso occidental que le niega a Gaza alimentos y armas.

La Unión Europea sólo se preocupa por su vinculación con la historia pero le trae al pairo el asesinato mismo. Una declaración de la UE emitida en Bruselas el 22 de febrero condenó el “hecho de que los implicados en esa acción utilizaran fraudulentamente pasaportes de los Estados miembros de la UE”. Ni siquiera nombraron a Israel. Como resolvió el Financial Times: “La crítica de la UE fue todo lo enérgica que podía ser teniendo en cuenta que Alemania, Italia y otros países pusieron gran énfasis en las estrechas relaciones que se mantienen con Israel”.

Uno sólo puede imaginar lo que sucedería si Hamas decidiera devolver el golpe, ampliando el campo de batalla de Gaza al resto del mundo. ¿Expresaría la UE su desaprobación ante el uso por Hamas de pasaportes fraudulentos y se contendrían de nombrar al grupo, debido al temor, es un decir, de molestar a los países musulmanes?

No. Pero cuando la víctima es un palestino y los asesinos son israelíes –y van ya 27- es una historia totalmente diferente, y un concepto absolutamente distinto de la justicia.

Ramzy Baroud (www.ramzybaroud.net) es un columnista internacionalmente reconocido y editor de PalestineChronicle.com. Su libro más reciente es “My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Store” (Pluto Press, London), disponible ya en Amazon.com.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/LC10Ak03.html

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