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viernes, 30 de abril de 2010

¿Se puede decir cualquier cosa para defender a Israel?


30-04-2010
Julien Salingue, Nicolas Dot-Pouillar y Catherine Samary Le Monde
Le monde Fr
Traducido para Rebelión por Caty R.

En una tribuna publicada el 21 de abril en Le Monde.fr, Eric Marty se pregunta: Le boycott d'Israël est-il de gauche ? (¿El boicot a Israel es de izquierda? Lo que aparece como una crítica a la campaña BDS (Boicot, Desinversiones y sanciones) contra Israel, en realidad excede ampliamente su objetivo y redefine los términos del conflicto oponiendo a Israel y los palestinos.

La argumentación de Marty, tan especial como original, merece un pequeño ejercicio de «sociología literaria».
La hostilidad hacia Israel sería producto de una «propaganda antisemita sistemática» en los países musulmanes y de una «oleada paranoica de imputaciones criminales». El antisemitismo existe y nosotros lo combatimos de la misma forma que combatimos la instrumentalización de la causa palestina por los adeptos a la teoría del «complot judío». Pero combatimos con la misma fuerza la mezcla del antisemitismo con la crítica a Israel. ¿Como interpreta ahí Marty la reciente encuesta de la BBC, llevada a cabo en 28 países, en la cual sólo el 19% de los encuestados aprecia positivamente la influencia de Israel? ¿Una opinión mundial prisionera de la propaganda antisemita o una crítica compartida a la política de Israel?

Marty debilita la lucha contra el antisemitismo al desarrollar, él también, una lógica de «complot» defendiendo tres de los aspectos de la política israelí que más protestas han levantado: la construcción del muro, la actitud del ejército en Gaza durante la operación «Plomo Fundido» y la situación de los palestinos de Israel.

«No es cierto que la barrera o muro de separación demuestre una política de discriminación». Marty deshecha alegremente las opiniones de amnistía Internacional, de la Cruz Roja o de la ONG israelí B’tselem. También hace poco caso de la opinión de la Corte Penal Internacional (julio de 2004), que calificaba el muro de «violación del derecho internacional» y exigía a Israel «que lo desmantelase inmediatamente». Según el último informe de la ONU, el muro serpenteará a lo largo de 709 kilómetros mientras que la línea verde no mide más que 320. En algunas partes penetra hasta 22 kilómetros en Cisjordania (que tiene 50 kilómetros de ancho). El 10% del territorio palestino está anexionado de facto a Israel, entre otras 17.000 hectáreas de tierras a las cuales los campesinos ya casi no pueden acceder. Sólo en el norte de Cisjordania están afectados 220.000 pueblos.

Marty considera que hubo crímenes de guerra en Gaza, pero eso es porque, añade, «la guerra es criminal». El derecho internacional es más exigente cuando afirma un principio que Marty descarta con ligereza: en la guerra no está todo permitido.
Sin embargo los testimonios e informes de las ONG lo confirman: Israel infringió el derecho de la guerra al arrojar bombas de fósforo blanco (consideradas, incluso por Estados Unidos, como armas químicas) sobre zonas densamente pobladas, impidiendo que el personal médico socorriera a numerosos heridos o al utilizar escudos humanos. Los testimonios de los soldados recogidos por la ONG israelí Breaking the Silence (Rompiendo el silencio) son muy elocuentes al respecto. Por añadidura Israel, con la complicidad de Egipto, bloqueó la minúscula Franja de Gaza (360 km2), impidiendo que los civiles huyeran del diluvio de plomo y fuego. En violación total del derecho de la guerra el bloqueo continúa, impidiendo la reconstrucción y agravando las condiciones sanitarias.

Por lo tanto es una indecencia alabar la humanidad del ejército israelí para desprestigiar mejor a Hamás que habría «expuesto conscientemente a las poblaciones civiles escudándose tras ellas». Recordemos que se hizo la misma acusación contra el FLN argelino y el FLN vietnamita. Un cómodo argumento que convierte a Hamás en el responsable de las muertes israelíes y palestinas y enmascara las molestas cifras de la operación «Plomo Fundido»: más de 1.400 víctimas palestinas y 13 israelíes (cuatro de estas últimas muertas por «fuego amigo»).
Finalmente Marty afirma que los palestinos de Israel (la quinta parte de la población) no son víctimas de discriminaciones institucionales, sino que están sometidos a «injusticias coyunturales», con lo que contradice un informe del Departamento de Estado de EE.UU., fechado en 2009, que afirma que «los ciudadanos árabes de Israel siguen padeciendo diversas formas de discriminación». Así, las disposiciones sobre el reagrupamiento familiar prohíben a los israelíes reunirse con sus cónyuges si éstos son palestinos: en un Estado en el cual se puede celebrar un matrimonio entre un judío y un no judío, ¿una ley semejante no es discriminatoria por naturaleza? ¿Y qué pensar del hecho de que el 13% de las «Tierras del Estado», gestionado por el Fondo Nacional Judío, sólo se puede ceder a los judíos?

Israel ha elegido una bandera adornada con una estrella de David, un candelabro como emblema y un himno nacional que empieza diciendo: «Mientras en nuestros corazones/vibre el alma judía». Los palestinos de Israel que nacieron en esta tierra (los mayores incluso antes de la creación del Estado de Israel), ¿tienen derecho a pensar que la elección de esos «símbolos nacionales» indica que a ellos no se les considera totalmente israelíes y a reivindicar que Israel sea una auténtica democracia, «un Estado de todos sus ciudadanos»? Avigdor Lieberman, el ministro de Asuntos Exteriores israelí tiene su propia opinión al respecto: «Si existe conflicto entre los valores universales y los valores judíos, son éstos últimos los que priman».
Entonces no, no se puede decir cualquier cosa para defender a Israel. Al contrario, se hace un flaco favor a los israelíes al jalear una paranoia mantenida por sus dirigentes para justificar su huida hacia adelante.

La amenaza de la «aniquilación física», primer y último argumento de Marty, es la expresión más refinada de dicha paranoia. Recordemos que Israel es la primera potencia militar de Oriente Medio, la única que dispone de armas nucleares y por lo tanto de la capacidad real de aniquilar a otro Estado. En el caso palestino el argumento roza el ridículo: los palestinos no tienen ejército, ni aviones ni tanques. La probabilidad de que Hamás «aniquile físicamente» el Estado de Israel es tan elevada como la de ver al ejército de Luxemburgo tomar el control de París.
La instrumentalización de la mala conciencia occidental por la pasada destrucción real (el holocausto) en realidad sirve para blanquear a Israel. Lo que realmente inquieta a Marty es sin duda el agotamiento de ese argumento, que se concreta en el incremento de las críticas a Israel. Y sin ánimo de molestarle, lo que se denuncia no es la «falta de visión» de Netanyahu, sino una política dirigida en la continuidad tanto por los gobiernos de «izquierda» como por los de «derecha», los de «centro» o los de «unión nacional». Una política que fomenta el antisemitismo cuando el Estado que la lleva a cabo afirma que lo hace en nombre de los judíos.

«Fui a los Territorios Palestinos Ocupados y vi una segregación racial (en el ámbito) de las carreteras y del alojamiento que me recordó con fuerza las condiciones que conocimos en Sudáfrica en la época del sistema racista del apartheid». Estas palabras fueron escritas hace tres semanas por el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz en 1984. Todos deberían entenderlas. A menos que quieran añadir la sordera a la ceguera.
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Julien Salingue es profesor y doctorando en Ciencias Políticas en la Universidad París VIII. Nicolas Dot-Pouillard es investigador en Sociología Política en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y Catherine Samary es profesora de Economía en la Universidad Paris-Dauphine y en el Instituto de Estudios Europeos de París VIII.


Fuente: http://www.lemonde.fr/opinions/article/2010/04/27/peut-on-tout-dire-pour-defendre-israel-par-julien-salingue-nicolas-dot-pouillard-et-catherine-samary_1343645_3232.html

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jueves, 22 de abril de 2010

Reflexiones sobre el levantamiento palestino que viene


27-03-2010
Julien Salingue
Contretemps
Traducido para Rebelión por Caty R.

Durante las últimas semanas la cuestión palestina ha ocupado en varias ocasiones el primer plano de la escena mediática. Cuando escribimos esto dos acontecimientos materializan la atención: el mini-escándalo diplomático suscitado por el anuncio del ministerio del Interior israelí, en plena visita del presidente de Estados Unidos Joe Biden, de la construcción de 1.600 viviendas más en las colonias de Jerusalén; y la reanudación de los enfrentamientos en Jerusalén y varias ciudades de Cisjordania entre manifestantes palestinos, la mayoría muy jóvenes, y las fuerzas de seguridad israelíes.

El desajuste

Algunos se mostraron sorprendidos. ¿No se hablaba desde hacía varios meses de una «calma» propicia para la «reanudación del proceso negociado»? ¿La vuelta de las visitas de enviados europeos y estadounidenses no daba a entender que por fin se iba a reiniciar el «proceso de paz»? Los dos protagonistas (la Autoridad Palestina y el Gobierno de Israel), ¿no declararon, cada uno por su lado, que estaban dispuestos a «hacer concesiones» con el fin de «volver a la mesa de negociación»? Finalmente, ¿la población palestina no se beneficiaba de una «mejora de sus condiciones de vida», elemento favorable para un «regreso de la confianza» y de las «conversaciones dirigidas a un acuerdo global»?

Los recientes sucesos han puesto de manifiesto hasta qué punto la retórica diplomática está en desajuste flagrante con la realidad sobre el terreno y hasta qué punto las evoluciones de la situación en Israel y en los Territorios Palestinos están en total contradicción con lo que transmiten numerosos Gobiernos y medios de comunicación occidentales. Pero esto que se está produciendo en las últimas semanas no es accidental: los proyectos israelíes de colonizar Jerusalén Oriental y las manifestaciones palestinas no son deslices que vendrían a contradecir una lógica de fondo «globalmente positiva». Al contrario, estos hechos son las expresiones más visibles de las sólidas tendencias que están en marcha en Oriente Próximo.

Para entender lo que se trama en este momento en Israel y en los Territorios Ocupados es imprescindible elevarse por encima del caos de los acontecimientos y volver sobre la naturaleza profunda del conflicto que enfrenta a Israel al pueblo palestino. Obviamente no se trata de decir que «no cambia nada» y olvidarse de la realidad, sino más bien de analizar dicha actualidad situándola en la historia del conflicto con el fin de percibir lo que ésta nos revela en cuanto a las posibles evoluciones de la cuestión palestina.

La ficción del «proceso de paz»

Las palabras tienen un significado, conviene preguntarse sobre la propia idea de «proceso de paz» que vuelve como un estribillo a la actualidad de Oriente Próximo. En su acepción más corriente, el «proceso de paz israelí-palestino» se habría abierto a principios de los años 90 y se habría materializado con la firma de los Acuerdos de Oslo (1993-1994) que prometían, según numerosos comentaristas y diplomáticos «el final del conflicto israelí-palestino». Dicho «proceso de paz» se habría «interrumpido» varias veces, pero seguiría existiendo suspendido por encima de los acontecimientos a la espera de su «relanzamiento».

La realidad es muy diferente y los palestinos nos lo han recordado al menos en dos ocasiones durante los últimos 10 años. En septiembre de 2000 en primer lugar, cuando la población de Gaza y Cisjordania se levantó para expresar su cólera contra la continuación de la ocupación israelí, de la colonización y de la represión. Después en enero de 2006, cuando en las elecciones legislativas los palestinos eligieron un Parlamento ampliamente dominado por Hamás, organización política entonces abiertamente hostil al proceso negociado y que predicaba el mantenimiento de la resistencia, incluso armada, contra Israel.

¿Se habían vuelto locos los palestinos? No. Los palestinos, al contrario que los diplomáticos, viven en Palestina. Han visto duplicarse el número de colonos implantados en Cisjordania y Jerusalén entre 1993 y 2000. Han visto surgir de la tierra cientos de barreras israelíes y decenas de carreteras reservadas a los colonos que subordinan hasta el menor de sus desplazamientos al capricho de las autoridades israelíes. Han visto Jerusalén desgajada del resto de Cisjordania. Han visto la Franja de Gaza aislada del resto del mundo. Han visto, desde septiembre de 2000, una represión israelí sin precedentes, miles de casas destruidas, decenas de miles de detenciones, miles de muertos y decenas de miles de heridos. Han visto un muro que los encierra en guetos. No han visto ni paz ni procesos.

Los Acuerdos de Oslo: la misma ocupación con otros medios

«Desde el principio se pueden identificar dos concepciones subyacentes en el proceso de Oslo. La primera es que dicho proceso puede reducir el coste de la ocupación gracias a un régimen palestino títere, con Arafat en el papel de policía jefe responsable de la seguridad de Israel. La otra es que el proceso debe desembocar en la destrucción de Arafat y la OLP. La humillación de Arafat, su capitulación cada vez más flagrante, conducirán progresivamente a la pérdida de su apoyo popular. La OLP se hundirá o sucumbirá a las luchas internas (…). Y será más fácil justificar la mayor opresión cuando el enemigo sea una organización islamista fanática» (1).

Esas líneas, escritas en febrero de 1994 por la profesora universitaria israelí Tanya Reinhart, a posteriori aparecen proféticas. Pero Tanya Reinhart no tenía nada de médium, comprendió antes que los demás de qué se trataba realmente el proceso de Oslo. Cualquiera que lea con atención los textos firmados a partir de 1993 se da cuenta perfectamente de que el asunto no tiene nada que ver con «acuerdos de paz». Las cuestiones esenciales como el futuro de Jerusalén, la suerte de los refugiados palestinos, las colonias israelíes… están ausentes de los acuerdos y se remiten a hipotéticas «negociaciones sobre el estatuto final». No hay ninguna mención a la «retirada» del ejército israelí de los Territorios Ocupados, sino únicamente a su «repliegue».

Cualesquiera que fueran las intenciones o las ilusiones de los negociadores palestinos con respecto a un hipotético «Estado palestino», la verdad de Oslo es otra: Israel, que ocupa entonces toda Palestina, se compromete a retirarse progresivamente de las mayores aglomeraciones palestinas y a confiar la gestión a una entidad administrativa concebida para la ocasión, la Autoridad Palestina (AP). La AP debe hacerse cargo de la gestión de dichas zonas y demostrar que es capaz de mantener la calma por medio, especialmente, de una «potente fuerza policial» (2). Cualquier «progreso» en el proceso negociado se subordina a los «buenos resultados» de la AP en el ámbito de la seguridad. La ocupación y la colonización continúan y la AP se encarga de mantener el orden en la sociedad palestina. El orden colonial, por lo tanto (3).

Las contradicciones de Israel y el sionismo

La lógica de los Acuerdos de Oslo no es más que una nueva actualización de un antiguo proyecto israelí conocido con el nombre de «Plan Allon». Con el nombre de aquel general laborista dicho plan, sometido al Primer Ministro israelí Levi Ehskol en julio de 1967, pretendía responder a la nueva situación creada por la guerra de junio de 1967, al final de la cual Israel había conquistado, prácticamente, toda Palestina. Ygal Allon identificó, mucho antes que los demás, las contradicciones a las que antes o después se tendrían que enfrentar Israel y el proyecto sionista y se propuso resolverlas de la manera más pragmática posible.

Cuando a finales del siglo XIX el joven movimiento sionista se fijó como objetivo el establecimiento de un Estado judío en Palestina, el 95% de los habitantes de ese territorio no eran judíos. Convencidos del que el antisemitismo europeo hacía imposible la convivencia de los judíos con las naciones europeas, los sionistas promovieron su partida hacia Palestina con el fin de convertirse en mayoritarios y poder establecer su propio Estado. El primer Congreso sionista (1897) consagra, por lo tanto, el principio de la «colonización sistemática de Palestina» en una época en la que el nacionalismo sobre una base étnica y colonialista iba viento en popa.

Fue en noviembre de 1947 cuando la ONU adoptó el principio de «partición de Palestina» entre un Estado judío (55% del territorio) y un Estado árabe (45%). Los judíos representaban entonces alrededor de un tercio de la población. Los ejércitos del nuevo Estado de Israel conquistaron militarmente numerosas regiones teóricamente atribuidas al Estado árabe: en 1949 Israel controlaba el 78% de Palestina. Con el fin de preservar el carácter judío del Estado expulsaron sistemáticamente a los no judíos: al 80% de los palestinos, es decir, 800.000 de ellos, los obligaron a exiliarse. Nunca han podido regresar a sus tierras.

La guerra de 1967 fue una «guerra de 1948 fallida». Aunque la victoria israelí es innegable e Israel consiguió el control del 100% de Palestina, en esta ocasión los palestinos no se fueron. Entonces Israel, que pretendía ser un «Estado judío y democrático», si atribuía derechos a los palestinos renunciaría al carácter judío del Estado, y si no los atribuía renunciaría a sus pretensiones democráticas. Así, Allon propuso abandonar las zonas palestinas más densamente pobladas dándoles una apariencia de autonomía pero conservando el control sobre la esencia de los territorios conquistados: algunos islotes palestinos en medio de un océano israelí.

De la guerra de las piedras a la Intifada electoral

La filosofía del Plan Allon guió a los Gobiernos israelíes durante los años 70 y 80, incluso aunque se opusieron todo lo posible en el momento en que acordaron algunos derechos para los palestinos. La primera Intifada (desencadenada a finales de 1987), levantamiento masivo y prolongado de la población de Cisjordania y Gaza, cambió la situación. A la vuelta de los años 90 la cuestión palestina era un factor de inestabilidad en Oriente Próximo, zona estratégica en la cual Estados Unidos quería afianzar su control tras la caída de la URSS. El Gobierno estadounidense obligó a Israel a negociar. El resultado fueron los Acuerdos de Oslo, que «ofrecen» a los palestinos una apariencia de autonomía en las zonas más densamente pobladas.

Isaac Rabin, a menudo presentado como «aquél por quien podría haber llegado la paz», sin embargo fue muy claro: «El Estado de Israel integrará la mayor parte de la tierra de Israel de la época del Mandato Británico junto a una entidad palestina que constituirá un hogar para la mayoría de los palestinos que viven en Cisjordania y Gaza. Queremos que esa entidad sea menos que un Estado y que administre de forma independiente la vida de los palestinos que estarán bajo su autoridad. Las fronteras del Estado de Israel (…) estarán más allá de las líneas que existían antes de la Guerra de los Seis Días. No volveremos a las líneas del 4 de junio de 1967» (4). Y yendo más lejos añadió que Israel se anexionaría la mayoría de las colonias y conservaría la soberanía sobre Jerusalén su «capital única e indivisible» y sobre el valle del Jordán.

La población palestina comprobó rápidamente que Israel no tenía la intención de renunciar a controlar prácticamente toda Palestina: se aceleró la colonización, se multiplicaron las expulsiones y los palestinos quedaron cada vez más acantonados en las zonas rodeadas por el ejército y las colonias. Mientras la situación de la población se iba degradando una minoría de privilegiados, miembros o próximos de la dirección de la nueva Autoridad Palestina, se enriquecían considerablemente y colaboraban con Israel de forma ostensible en los ámbitos de la seguridad y la economía: en septiembre de 2000 los palestinos volvieron a levantarse.

Israel aplastó la segunda Intifada y además marginó a Yasser Arafat, considerado muy reticente a firmar un acuerdo de rendición definitiva. Israel y Estados Unidos favorecieron el ascenso de Mahmud Abbas (Abu Mazen) quien participó, por ejemplo, en una cumbre con Bush y Sharon en junio de 2003, mientras Arafat estaba encerrado en Ramala. A la muerte del antiguo líder, Abu Mazen fue elegido de mala manera presidente de la Autoridad Palestina en enero de 2005 (participación bastante escasa y ningún candidato de Hamás). Abu Mazen, que necesitaba una legitimidad parlamentaria para conseguir que los palestinos aceptaran un acuerdo con Israel, organizó las elecciones legislativas de enero de 2006. La victoria de Hamás fue indiscutible: con su voto la población dejó claro su rechazo a cualquier capitulación y su voluntad de seguir luchando.

El final del paréntesis de Oslo

La victoria de Hamás puso de manifiesto el carácter totalmente irrealizable del «proyecto de Oslo» entendido como la posibilidad de arreglar la cuestión palestina por medio de la constitución de cantones administrados por un gobierno nativo que fuese a la vez conciliador con Israel, legítimo y estable. Pero la «comunidad internacional» no ha querido entender nada: boicot al gobierno de Hamás, apoyo del bloqueo israelí sobre Gaza, reconocimiento del «gobierno de emergencia» nombrado por Abu Mazen en Cisjordania… Estados Unidos y la Unión Europea siguen actuando como si un «retorno a Oslo» fuese posible y deseable.

Pero como hemos visto es precisamente el «Proceso de paz» el que desembocó en la «segunda Intifada» y en la llegada al poder de Hamás, que entonces era la única organización capaz de aglutinar al mismo tiempo el apoyo material a la población, la crítica al proceso negociado y la continuación de la resistencia frente a Israel. Algunos que hablan de un imprescindible «retorno a la situación anterior a septiembre de 2000» deberían preguntarse si no es, precisamente, «la situación anterior a septiembre de 2000» la que origino… ¡el levantamiento de septiembre de 2000!

Las tergiversaciones y gesticulaciones diplomáticas actuales en realidad traducen una constatación del fracaso. Progresivamente todos van tomando conciencia del fin del paréntesis de Oslo, y mientras algunos se empeñan ciegamente en intentar resucitar un cadáver otros buscan soluciones alternativas: desde la proclamación de un Estado palestino sin fronteras a una administración jordana de los cantones palestinos, pasando por el envío de tropas de la ONU a Gaza, las ideas se atropellan, incluidas las más fantasiosas. Este afán de «encontrar una solución» en realidad es el resultado de una comprensión, incluso parcial, de las dos lógicas que existen realmente sobre el terreno: el reforzamiento del dominio israelí sobre Cisjordania y Gaza y la nueva movilización de la población palestina. Un cóctel explosivo.

El reforzamiento del dominio israelí

Hablemos de Jerusalén en primer lugar. La atención se centra en la construcción de 1.600 nuevos alojamientos. ¿Y entonces? ¿Olvidamos a los 200.000 colonos que viven en Jerusalén y su periferia? ¿Olvidamos las decenas de expulsiones y demoliciones de casas palestinas en los últimos meses? Los 1.600 nuevos alojamientos no son un hecho aislado, sino que se inscriben en una lógica asumida desde 1967: la judaización de Jerusalén y su aislamiento del resto de los Territorios Palestinos para contrarrestar cualquier reivindicación de soberanía palestina sobre la ciudad.

A continuación hablemos de Cisjordania. Aunque el flujo de las ayudas internacionales ha permitido a la Autoridad Palestina de Ramala pagar a los funcionarios, es muy atrevido hablar de una recuperación económica real. El PIB palestino global creció en 2009, pero sigue siendo un 35% más bajo que el de 1999. Además ese aumento global disimula disparidades flagrantes: es cierto que el sector de la construcción ha crecido un 24%, pero la producción agrícola cayó el 17%...

Por otra parte no se cuestiona el control israelí sobre Cisjordania: «El aparato de control se ha vuelto cada vez más sofisticado y efectivo en cuanto a su capacidad para afectar a todos los aspectos de la vida de los palestinos (…). Dicho aparato de control incluye un sistema de permisos, de obstáculos físicos (…) las carreteras prohibidas, las prohibiciones de entrar en grandes partes de Cisjordania (…). El dispositivo ha transformado Cisjordania en un conjunto fragmentado de enclaves económicos y sociales aislados unos de otros». Lo dice el Banco Mundial en un informe de febrero de 2010 (5).

Finalmente, tras el anuncio de una «congelación temporal» de la colonización en noviembre pasado, Israel autorizó la construcción de 3.600 viviendas continuando una política con la que el año pasado el número de colonos instalados en Cisjordania aumentó un 4,9 mientras que el conjunto de la población israelí sólo creció el 1,8. Por último, pero no menos importante, el pasado 3 de marzo Netanyahu declaró que, incluso aunque se llegue a un acuerdo con los palestinos, está excluido que Israel renuncie a su control sobre el valle del Jordán…

Hablemos, también, de Gaza. Bajo el bloqueo, los habitantes de la Franja sufren una catástrofe económica y social sin precedentes. En el espacio de dos años han cerrado el 95% de las empresas y se han destruido el 98% de los empleos del sector privado. La lista de los productos prohibidos a la importación es un catálogo sin pies ni cabeza: libros, té, café, fósforos, velas, sémola, lapiceros, zapatillas, colchones, sábanas, tazas, instrumentos musicales… La prohibición de importar cemento y productos químicos impide la reconstrucción de las infraestructuras destruidas por los bombardeos de 2008-2009, bien se trate de casas o de las estaciones de depuración, con las consecuencias sanitarias que se pueden imaginar.

¿Hacia una tercera Intifada?

¿Cómo extrañarse entonces de que crezca la ira entre los palestinos? Los recientes sucesos son el resultado de numerosas iniciativas que, aunque no han tenido mucho eco mediático, revelan la existencia de una nueva movilización de la población palestina. Entre otras cosas: múltiples manifestaciones en los pueblos alrededor de Belén o Hebrón contra las extensiones de las colonias y las confiscaciones de tierras; las manifestaciones semanales en los pueblos de Nilín y Bilín contra la construcción del muro y las expropiaciones; 3.000 manifestantes en Jerusalén, el 6 de marzo, contra los proyectos de colonización y las expulsiones…

La represión contra esta nueva movilización ha dado un salto cualitativo en los últimos meses. Las manifestaciones se han dispersado sistemáticamente a golpe de gases lacrimógenos y balas de goma. El número de detenciones e incursiones israelíes ha aumentado de forma espectacular desde principios de este año. Las autoridades israelíes han decretado recientemente que los pueblos de Bilín y Nilín, símbolos de la lucha popular y no violenta, en lo sucesivo tienen el estatuto poco envidiable de «zonas militares cerradas» todos los viernes (el día de las manifestaciones), y eso durante seis meses.

¿Estamos en el principio de la tercera Intifada? Probablemente es demasiado pronto para responder a esta pregunta, pero sin embargo es evidente que se reúnen numerosas condiciones para que una vez más los palestinos protesten de forma visible y masiva contra el destino que les tienen preparado. Las divisiones actuales dentro del movimiento nacional palestino y la débil estructura política de la sociedad palestina, pulverizada por los «años de Oslo», impiden considerar un levantamiento del mismo tipo que el de 1987. Por el contrario se pueden esperar enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad palestinas de Cisjordania, supervisadas por el general estadounidense Keith Dayton, y los manifestantes.

Pero los palestinos de los Territorios Ocupados, y especialmente los más jóvenes (el 50% de la población palestina tiene menos de 15 años), no se dejarán intimidar por algunos uniformes, sean palestinos o israelíes. Y es cierto que no se conformarán con «negociaciones indirectas» que hagan la vista gorda sobre lo fundamental (la ocupación de Cisjordania, el bloqueo de Gaza, Jerusalén, las colonias, el destino de los refugiados, los presos) llevadas a cabo por un Mahmud Abbas desacreditado e inaudible. Los sucesos de los últimos días lo señalan claramente: nadie puede predecir con certeza en qué plazo, pero la población palestina volverá a hacer que se oiga su voz.

Notas:

(1) Artículo de febrero de 1994, citado en T. Reinhart, Détruire la Palestine, La Fabrique, 2002.

(2) Declaración de principios sobre los acuerdos provisionales de autogobierno (DOP), artículo 3.

(3) Para un análisis más detallado de los Acuerdos de Oslo se pueden remitir a mi artículo «Retoru sur… Les Accords d’Oslo», en mi blog.

(4) «Addres to the Knesset by Prime Minister Rabin on the Israel-Palestinian Interim Agreement», 5 de octubre de 1995, disponible (en inglés), en el sitio del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí.

(5) «Checkpoints and Barriers: Searching for Livelihoods in the West Bank and Gaza», disponible (en inglés) en el sitio del Banco Mundial.

Fuente: http://www.contretemps.eu/interventions/reflexions-sur-soulevement-palestinien-qui-vient

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Palestina ¿un pueblo con derechos o individuos con necesidades?


22-04-2010
Julien Salingue
Europe-Solidaire

"Palestina es un país sin pueblo; los judíos son un pueblo sin país".
(Israël Zangwill, diciembre de 1901) (1).

"Mi plan se basa en la idea según la cual la prosperidad económica permite preparar un arreglo político y no la inversa"
(Benyamin Netanyahu, diciembre de 2008) (2).

Más de 100 años separan estas dos declaraciones. La primera, enunciada por un dirigente del movimiento sionista a comienzos del siglo XX, intentaba legitimar el proyecto de colonización de Palestina. La segunda, pronunciada por el actual Primer Ministro israelí, es ilustrativa de una retórica en boga hoy, la de la "paz económica" entre Israel y los palestinos. A pesar de las apariencias, estas dos sentencias no están tan alejadas una de la otra. Son en realidad reveladoras de una misma tendencia, vigente desde hace más de un siglo: la negación, por el movimiento sionista y luego por el estado de Israel, de la existencia de un pueblo palestino con derechos nacionales.


"Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra"

El movimiento sionista se desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX alrededor de la idea de que el resurgir del antisemitismo en Europa era la prueba de la imposibilidad de la coexistencia entre los judíos y las naciones europeas. Apoyados en esta constatación, los dirigentes sionistas afirmaron la necesidad de la constitución de un estado judío, único refugio posible contra las persecuciones. Al término de agrias discusiones, fue Palestina la elegida para ser el lugar del establecimiento del estado judío.

Popularizando la consigna de la "tierra sin pueblo", los dirigentes sionistas perseguían dos objetivos: defender la legitimidad y la posibilidad de la construcción de un estado judío en una tierra que ningún pueblo reivindicaría; adornar el proyecto de colonización con una dimensión de "domesticación de un territorio virgen", como lo que había existido en los Estados Unidos alrededor de la "Conquista del Oeste" y del mito de la Frontera.

El primer objetivo pretendía responder a una dificultad mayor: los equilibrios demográficos reales. Cuando el I Congreso sionista se reunía en Basilea en agosto de 1897, el 95% de los habitantes de Palestina, entonces bajo dominación otomana, eran no judíos. La creación de un estado judío implicaba, pues, un proceso de colonización sistemática que no podía atraer a los potenciales colonos más que si su dimensión conflictiva era descartada: no habrá pueblo indígena que reivindique también su soberanía sobre Palestina.

La segunda dimensión es a menudo subestimada. Es sin embargo una de las fuentes del entusiasmo suscitado por el proyecto sionista entre un cierto número de judíos europeos, en particular con la imagen de los "colonos que hacen un vergel del desierto". Esta mitología está hoy aún muy presente en la historiografía israelí, incluso entre "nuevos historiadores" como Tom Segev: "(Palestina en la época otomana) no era más que una provincia atrasada, sin leyes ni administración. La vida se desarrollaba allí al ralentí, en la sujeción a la tradición y al ritmo del camello" (3).

La negación de la existencia de un pueblo árabe palestino es pues uno de los pilares esenciales del proyecto sionista. Pero contrariamente a una interpretación corriente, la fórmula de la "tierra sin pueblo" no ha servido solo para afirmar que Palestina era una tierra virgen. Cuando cualquiera pudo constatar, desde los años 20 y las primeras revueltas de los autóctonos contra la colonización, que no era así en absoluto, se ha tratado de negar que los palestinos formaran propiamente hablando un pueblo que pudiera reivindicar una soberanía y derechos nacionales.

Refugiados que no lo son, territorios que no pertenecen a nadie

Cuando la ONU adoptó el plan de reparto de Palestina en noviembre de 1947, los judíos representaban 1/3 de la población. El 55% de Palestina fue atribuido al estado judío, el 45% al estado árabe. Incluso si aceptaron formalmente el reparto, los dirigentes del estado de Israel no renunciaron a su proyecto de construir un estado judío sobre "toda Palestina". Se trataba pues de conquistar territorio y desembarazarse de los no judíos.

Tras la guerra de 1948, Israel controla el 78% de Palestina. 800.000 palestinos se vieron obligados al exilio por una política de limpieza étnica sistemática (4), indispensable para proclamar un estado judío en la mayor superficie posible. Más allá de la negación, por Israel, de sus responsabilidades en este éxodo, es el desarrollo de una cierta retórica israelí lo que nos interesa aquí: los ex-habitantes de Palestina son árabes "como los demás", sería lógico que intentaran integrarse en el seno de los estados árabes en los que se han refugiado más que querer vivir en un estado judío.

Tras la guerra de junio de 1967, el estado de Israel ocupó, entre otras cosas, el 100% de Palestina. Cisjordania y la Banda de Gaza están bajo la ocupación israelí pero Israel no acepta que esos territorios sean "ocupados", en la medida en que no pertenecen a nadie. Es así como Golda Meir, primera ministra israelí, declara en marzo de 1969: "¿Cómo podríamos devolver esos territorios?. No hay nadie a quien entregarlos". La lógica es la misma que con los refugiados de 1948: los palestinos no eran un pueblo, no tienen ningún derecho sobre la tierra de Palestina. Los dirigentes israelíes no hablarán pues de "territorios ocupados" sino de "territorios disputados"; no habrá "colonias" en Cisjordania y Gaza, solo "implantaciones". Dan Ayalon, viceministro israelí de asuntos exteriores, escribía aún recientemente: "No se han comprendido los derechos de Israel sobre un territorio disputado, que se llama impropiamente "territorio ocupado". En efecto, conocido con el nombre de Cisjordania, este territorio al oeste del Jordán no puede, en forma alguna, ser considerado como ocupado, en el plano de la ley internacional, pues no ha tenido jamás una soberanía reconocida antes de su conquista por Israel" (5).

Un "reconocimiento" impuesto y relativo

A iniciativa de los estados árabes, y particularmente del Egipto de Nasser, la Organización de Liberación de Palestina (OLP) fue fundada en 1964. Al comienzo instrumento en manos de los regímenes árabes que rechazan a los palestinos toda autonomía institucional, la OLP pasa bajo control de las organizaciones palestinas en 1968. Durante los 25 años que siguen, Israel se negará a reconocer a la OLP y a negociar con ella. Este planteamiento se inscribe en la continuidad de las dinámicas expuestas hasta aquí: reconocer a la OLP, es reconocer que existe un pueblo palestino en lucha para la satisfacción de sus derechos nacionales.

Sin embargo el nacionalismo palestino se desarrolla, en los campos de refugiados del exterior y en los territorios ocupados. A finales del año 1987 se produce un levantamiento masivo y prolongado de la población de Cisjordania y de Gaza: es la 1ª Intifada. En el cambio de los años 1990 la cuestión palestina es un factor de inestabilidad en Medio Oriente, zona estratégica sobre la que los Estados Unidos quieren asegurar su dominio tras la caída de la URSS. La administración estadounidense obliga a Israel a negociar con la OLP, negociaciones que desembocarán en los Acuerdos de Oslo (1993-1994).

Yasser Arafat, presidente de la OLP, y Yitzhak Rabin, primer ministro israelí, intercambian entonces "cartas de reconocimiento mutuo". Pero mientras la OLP reconoce "el derecho del estado de Israel a vivir en paz y en seguridad (…), acepta las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU (…), renuncia a recurrir al terrorismo y a cualquier otro acto de violencia (…)" (6) y modifica su Carta, Israel se contenta con informar de su decisión de "reconocer a la OLP como el representante del pueblo palestino y comenzar las negociaciones con la OLP en el marco del proceso de paz en Próximo Oriente" (7).

Si Israel parece reconocer la existencia de un pueblo palestino, no se trata sin embargo de reconocer sus derechos. Lo demuestran las declaraciones de Rabin ante los diputados israelíes sobre los Acuerdos de Oslo: "El estado de Israel integrará la mayor parte de la Tierra de Israel en la época del mandato británico, con una entidad palestina a su lado que será un hogar para la mayoría de los palestinos que viven en Cisjordania y Gaza. Queremos que esta entidad sea menos que un estado y que administre, de forma independiente, la vida de los palestinos que estarán bajo su autoridad. Las fronteras del estado de Israel (…) estarán más allá de las líneas que existían antes de la Guerra de los 6 días. No volveremos a las líneas del 4 de junio de 1967" (8). No se trata de satisfacer las reivindicaciones de los palestinos sino de crear una entidad administrativa encargada de gobernarlos.

De la fragmentación al unilateralismo

Los Acuerdos de Oslo consagran una división de hecho entre los palestinos de Israel (hoy 1.1 millones), los palestinos de Cisjordania y de Gaza (cerca de 4 millones), los palestinos de Jerusalén (250.000) y los palestinos exilados (más de 6 millones). Esta fragmentación en 4 grupos con estatus diferentes participa de una "desnacionalización" de la cuestión palestina: los proyectores están enfocados solo sobre los palestinos de Cisjordania, de Gaza y de Jerusalén, cuyos derechos sin embargo internacionalmente reconocidos se convierten en un objeto de negociaciones subordinado a las exigencias israelíes, particularmente en materia de seguridad.

El proceso de fragmentación es en realidad doble, puesto que es también interno a los territorios ocupados con el desarrollo de la colonización, de las carreteras reservadas a los colonos y los múltiples puntos de control israelí: Jerusalén está aislada del resto de Cisjordania, Gaza está aislada del resto del mundo, Cisjordania está separada en diversas "zonas autónomas". La respuesta israelí a la "2ª Intifada" (septiembre de 2000) es un refuerzo de estas políticas, en particular con la construcción del Muro que, lejos de "separar" Israel y los territorios ocupados, encierra a los palestinos en enclaves aislados unos de otros.

Esta doble fragmentación y esta política de enclave apuntan en particular a destruir las bases materiales del sentimiento de pertenencia a una nación con una situación e intereses comunes, pero también a hacer imposible la existencia de una dirigencia nacional representativa y que reivindique derechos para el conjunto de los palestinos. Mientras la población adquiere cada día más reflejos localistas, las fuerzas políticas palestinas están cada vez más divididas, tanto sobre bases políticas como territoriales. División en seno del Movimiento nacional, pero también en el interior de los partidos.

Esta debilidad del Movimiento nacional será uno de los pretextos invocados por Ariel Sharon, primer ministro israelí entre 2001 y 2006, cuando afirme que es imposible negociar con los palestinos y que Israel debe actuar solo adoptando medidas "unilaterales", como la retirada-bloqueo de Gaza en 2005. Fenómeno aparentemente paradójico, los palestinos son de hecho excluidos del arreglo de la cuestión palestina. Se trata de hecho, una vez más, de hacer desaparecer a los palestinos de la escena no considerándoles como un pueblo con derechos sino como simples residentes a penas tolerados y sometidos a la buena voluntad de Israel.

¿La "paz económica" contra los derechos políticos?

Cuando Hamás gana las elecciones legislativas de enero de 2006, la Unión Europea, los Estados Unidos e Israel adoptan una actitud que equivale a un rechazo a reconocer los resultados del escrutinio: boicot diplomático del nuevo gobierno, suspensión de las ayudas económicas a la Autoridad Palestina, apoyo a la tentativa de derrocamiento de Hamás en Gaza… Esta actitud culmina en 2007 con el condicionamiento del reinicio de las ayudas internacionales al nombramiento de un nuevo gobierno palestino bajo la dirección del "candidato preferido" de Israel, de Europa y de los Estados Unidos: Salam Fayyad, cuya lista no tenía sin embargo más que dos diputados (de 132).
El no reconocimiento de la victoria de Hamás y la imposición de Salam Fayyad en el puesto de primer ministro se inscriben en las dinámicas descritas hasta aquí. Negación de las aspiraciones reales de la población palestina, voluntad de despolitizar sus reivindicaciones.
Salam Fayyad no es un dirigente del Movimiento nacional sino un antiguo alto funcionario del Banco Mundial y del FMI. Las negociaciones que siguen al nombramiento de Fayyad no estarán consagradas a la satisfacción de los derechos nacionales de los palestinos sino a la mejora de sus condiciones de vida: levantamiento de algunas barreras, aumento de las ayudas internacionales, proyectos de desarrollo económico… La temática de la "paz económica", particularmente planteada por el actual gobierno israelí, viene pues de lejos.

La afirmación de Netanyahu según la cual "la prosperidad económica permite preparar un arreglo político" (9) no es en realidad más que el nuevo rostro de la retórica de la "tierra sin pueblo": no se trata de considerar a los palestinos como un pueblo con derechos colectivos sino como individuos con necesidades. El derecho a la autodeterminación, el derecho al retorno de los refugiados, la igualdad de los derechos para los palestinos de Israel… están totalmente ausentes de los discursos.

Quienes, en las cancillerías u otros lugares, piensan que los palestinos están dispuestos a renunciar a sus derechos a cambio de contrapartidas económicas, se equivocan profundamente. La cuestión palestina es y sigue siendo una cuestión fundamentalmente política. Desde hace varias semanas la removilización visible de la población palestina debería sonar como una advertencia: nadie podrá comprar la paz (10).

Notas

1. Israel Zangwill, «The Return to Palestine», New Liberal Review, diciembre de 1901, p. 615.

2. Benyamin Netanyahu, entrevista en Le Figaro, 18 de diciembre de 2008.

3. Tom Segev, C’était en Palestine au temps des coquelicots, Liana Levi, 2000, p. 7.

4. Se pueden leer sobre este tema los libros del historiador israelí Ilan Pappe. La guerre de 1948 en Palestine, La Fabrique, 2000, La limpieza étnica de Palestina, traducción de Luis A. Noriega Hederich, Crítica 2008, y la Historia de la Palestina Moderna, traducción de Beatriz Mariño,Akal 2007, así como el libro de Dominique Vidal y Sébastien Boussois, Comment Israël expulsa les Palestiniens (1947-1949), Editions de l’Atelier, 2007.

5. Dany Ayalon, "Israel’s Right in the "Disputed " Territories" (Los derechos de Israel en los territorios "disputados"), Wall Street Journal, 30 de diciembre de 2009.

6. Cartas de reconocimiento mutuo intercambiadas entre Yasser Arafat y Yitzhak Rabin, septiembre de 1993, disponibles en http://www.monde-diplomatique.fr/ 7/ Idem.

8. "Address to the Knesset by Prime Minister Rabin on the Israel-Palestinian Interim Agreement", 5 de octobre de 1995, disponible (en inglés) en la página web del Ministerio de Asuntos exteriores de Israel.

9. Cf. nota 2.

10. Ver sobre este tema mi artículo "L’échec programmé du plan « Silence contre Nourriture » (juin 2008)", disponible en http://juliensalingue.over-blog.com

www.europe-solidaire.org/ http://www.vientosur.info/

Traducción de Alberto Nadal para Viento Sur

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viernes, 4 de diciembre de 2009

¿El fin anunciado de la Autoridad Palestina?


04-12-2009
Julien Salingue
Rue89

Los debates sobre las declaraciones de Mahmoud Abbas (Abu Mazen), que amenaza con no volverse a presentar a la Presidencia de la Autoridad Palestina (AP), se focalizan sobre una pregunta: ¿Estamos, sí o no, ante un “farol” del Presidente palestino, destinado a “poner bajo presión” a la Administración Obama para que suba su nivel de exigencia respecto a Israel?
Esta pregunta, demasiado coyuntural, oculta lo esencial: la decisión de Abu Mazen, aún cuando la reconsiderara, revela en realidad el callejón sin salida estratégico en el que se encuentra la dirección de la AP y, más allá, anuncia el fin del “proceso de paz” abierto en 1993.

Un aparato de Estado sin Estado.
La “Autoridad Palestina de autogobierno interino” creada por los Acuerdos de Oslo (1993-1994) fue concebida como un protoaparato de Estado encargado de administrar las “zonas autónomas” palestinas, territorios palestinos ocupados desde 1967 de los que el ejército israelí se ha retirado progresivamente a partir de 1994.

Para extender la superficie de los territorios bajo su responsabilidad, y para avanzar hacia un “acuerdo sobre el estatuto final”, la AP debía demostrar su capacidad de imponerse como poder legítimo y estable, capaz de mantener el orden en “sus” zonas, previniendo todo acto de hostilidad hacia Israel, instalaciones militares israelíes y colonias.

Desde 1967 y la conquista militar del conjunto de Palestina, Israel estaba confrontado a una dificultad mayor, revelada a ojos del mundo entero por la Intifada de 1987: el Estado “judío y democrático” administraba directamente territorios poblados por varios millones de no judíos y debería tarde o temprano elegir entre el carácter judío y el carácter democrático del Estado.

La creación de la AP debía responder a esta problemática, librando a Israel de la gestión de las zonas palestinas más densamente pobladas a la vez que no ponía en cuestión su dominio sobre más del 90% de la Palestina histórica.
La AP no ha sido jamás, en los hechos, el futuro gobierno del futuro Estado palestino, sino un aparato de Estado sin Estado integrado en las estructuras de la ocupación y sobrefinanciado por los países donantes.

Su tarea ha sido descargar a Israel de las atribuciones que corresponden, según el derecho internacional, a toda potencia ocupante (educación, salud, servicios sociales…). Ha jugado también el papel, vía una cooperación securitaria cotidiana con los servicios israelíes, de subcontrata de las tareas de mantenimiento del orden en las zonas autónomas.

Por último, mediante la firma de acuerdos económicos con Israel, ha jugado un papel clave en la normalización de las relaciones comerciales israelo-árabes.
Durante los “años de Oslo”, los territorios palestinos se han fragmentado en decenas de entidades con estatutos jurídicos diversos, aisladas las unas de las otras por múltiples puntos de control israelíes y las carreteras reservadas a los colonos.

El número de colonos se ha doblado entre 1993 y 2000, mientras que la superficie de las zonas autónomas alcanzaba a penas el 18% de Cisjordania y Gaza.
Desprovista de soberanía real, la AP ha desarrollado un sistema patrimonial, autoritario y clientelista, en el que solo una minoría de privilegiados ha parecido beneficiarse del “proceso de paz”.

Abbas, ¿”Hombre adecuado”?
Todas las condiciones estaban reunidas para un nuevo levantamiento, que ocurrió en septiembre de 2000, dirigido tanto contra la política israelí como contra los atascos del proceso negociado. Yasser Arafat alentó este levantamiento, sobre el que esperaba apoyarse para obtener más en las negociaciones, a la vez que favorecía su militarización para no perder terreno frente a Hamas.

Israel decidió entonces aislar a Arafat y favorecer el ascenso de dirigentes más proclives al compromiso, en cuya primera fila estaba Mahmoud Abbas.
Fue así como Abbas fue invitado a una “cumbre por la paz” con Georges Bush y Ariel Sharon en junio de 2003, mientras Arafat seguía encerrado en su cuartel general en Ramalá.

¿Iba a triunfar Abu Mazen allí donde Yasser Arafat había fracasado?
Tal fue la apuesta de los Estados Unidos y de Israel cuando apoyaron al candidato Abbas en las elecciones presidenciales de 2005.
Pero las legislativas de 2006 revelaron el carácter arriesgado de la apuesta: victoria de Hamas y derrota de la mayor parte de los dirigentes de la AP.

La población palestina expresó su rechazo al sistema de Oslo y a su personal político, eligiendo una organización que encarnaba la prosecución de la resistencia a la ocupación y el rechazo a los compromisos.
Son las contradicciones inherentes al proceso de Oslo las que quedaron al desnudo: ningún poder autóctono será legítimo y estable si no obtiene la satisfacción de los derechos nacionales de los palestinos.

Rechazando admitir el fracaso de la lógica de Oslo, la “comunidad internacional” no reconoció la victoria de Hamas. La dirección histórica de la AP, por su parte, hizo todo lo posible, en el espíritu de Oslo, para conservar su legitimidad internacional a la vez que se debilitaba un poco más aún en el plano interno: nombramiento de un antiguo alto funcionario del FMI al puesto de Primer Ministro (Salam Fayyad), desarrollo de un régimen policial y desarme de la resistencia en Cisjordania, demanda de atraso del examen del informe Goldstone… Abbas ha aceptado todo. A cambio de nada.

El muro y las colonias han continuado extendiéndose (500.000 colonos hoy, es decir 4 veces más que en 1993), la judaización de Jerusalén se ha acelerado, las incursiones israelíes en el corazón de las zonas “autónomas” son cotidianas….

Más que el desgaste de un hombre, las amenazas de Abu Mazen son reveladoras del desgaste de un proyecto. Ante nuestros ojos se cierra el paréntesis de Oslo: el “proceso de paz” es una ficción, la autonomía palestina una quimera, y el Presidente de la Autoridad Palestina no es en realidad Presidente de nada. La descomposición del sistema puesto en pie por los Acuerdos de Oslo se acelera y es la idea misma de un Estado palestino independiente la que esta desapareciendo.

El Estado de Israel se verá entonces confrontado a una situación que ha querido siempre evitar pero a la que su política le habrá llevado inexorablemente: palestinos que no luchan por una entidad política independiente sino por la igualdad total de derechos, en el seno de un mismo Estado.

Publicado el 23 de noviembre de 2009 en http://www.rue89.com/2009/11/23/vers-la-fin-de-l-autorite-palestinienne-127004
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR

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