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domingo, 9 de agosto de 2009

Son los hijos de Lempira y Morazán


7 de agosto de 2009
Tania Nesterovsky
Desde Montreal, Canadá.
Especial para ARGENPRESS CULTURAL

Hoy los he visto
van ungidos de verde electrizante
empuñando espigas de maíz,
el pecho abierto y como escudo,
el ardiente sol del mediodía.
¡Miradlos!,
van avanzando envueltos en neblina;
a su paso restallan chispas los pedernales,
tiembla la tierra, se abren las raíces, nacen nuevos ríos.
¡Son los hijos de Lempira y Morazán!,
¡escuchad su corazón!:
es tambor batiente en las entrañas de la selva,
es ritmo redoblante que marcha a la batalla.
He visto en los ojos del pueblo hondureño,
torrentes de agua y fuego desbordados.
¡Avanzad!,
rescatad la patria abrazando tu bandera,
curad sus heridas, llenadla de ternura.
¡Florezca la tierra! y sus frutos sean compartidos:
el tierno maíz, los frijoles, los dulces bananos...
¡Florezca la tierra! y se llene de escuelas
que los niños, como abejas, las colmen.
¡Florezca la tierra para los humildes!

Hoy los he visto incontenibles:
Son los hijos de Lempira y Morazán.

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Poesía en la resistencia


Daniela Saidman (DIARIO DE GUAYANA)

Hay una poesía que nace de las entrañas, del grito más hondo y menos solo. Hay una poesía que protesta y aunque la tilden de panfletaria, le pertenece al pueblo, porque no calla y se vuelve abrazo y se torna bandera. Esa es la poesía imprescindible, la que sabe de los dolores y las luchas, de la ternura y la esperanza. Poesía en la resistencia de eso se trata, de resistir a los silencios impuestos y a la desmemoria como una mordaza.

La Antología de la Poesía en la Resistencia, publicada por Ediciones Centauro, Caracas 1982, da cobijo a las voces que se pronunciaron durante la dictadura de Pérez Jiménez. Allí convergen Alarico Gómez, José Vicente Abreu, Arnaldo Acosta Bello, Juan Liscano, Guillermo Sucre Figarella y Lucila Velásquez, entre otros poetas del compromiso.

Cuando nos negaron y nos fracturaron el derecho de ser nosotros mismos, de ser pueblo, saltaron estos versos como fusil de encuentros. En medio de la oscuridad nacieron para conquistar y sembrar la Patria luminosa.

José Vicente Abreu supo recobrar la memoria de Guasina, uno de los campos de concentración y tortura de esos años, escribió bajo el seudónimo de Máximo Miliciano…

“Si estallan las guerrillas del sur, / si estallan… Yo soy el guerrillero: / Búscame entre las sombras, / en el humo, / en el polvo, en el camino, / en un grano de pólvora encendida… / Búscame entre los gritos, / en el saqueo, entre las horcas, / en las huellas del canto / y en la sangre del latifundio derramada…! / Porque yo vivo en los ojos / de los fusilados…! / Ya te digo: si estallan las guerrillas del sur…”. (fragmento)

Alzó versos como despedidas, como alertas y abrazos, como las últimas primeras palabras de la desgracia, pero sobre todo no calló… no cayó, sino que cantó y se levantó entre los barrotes para saberse acompañada para decirse en su nombre y en el nuestro. Lucila Velásquez germinó en el papel el beso que supo decir hasta siempre.

“Te mueres en la cárcel, donde se niega todo, / donde tu pueblo es patria enterrada sin lápida, donde la sangre lleva cadenas en sus huesos, / donde la libertad perdió los ojos y anda / tocando en las paredes la frente de los hombres”. (Plegaria por las horas de su vida, fragmento)

Es al ser humano que cantan estos versos, al hombre de la calle, el que cruza la avenida, el que encerrado entre las opresiones gira en torno a las verdades, el que se fue al monte con sus fusiles y sus sueños. A ese que fue y que muriendo venció en los tiempos nuevos.

“Al hombre, sólo al hombre / le dedico la letra de mi mano, / a él le doy mis voces, / la sangre de mis brazos, / el hilo de mi frente, mi costado. / Al hombre, sólo al hombre / este inmenso sentir venezolano…!” (Helí Colombani, escrito en la cárcel de “El Obispo”, en Caracas)

Ni los poetas ni los libertarios gritos mueren. Están presentes en el presente. Vivos en nosotros, que leyendo sus versos inauguramos el sol y nos bebemos la vida. A ellos que se sembraron irremediablemente jóvenes debemos el futuro, porque su sangre no puede ser en vano. Demasiado dolor y demasiada lucha para que la Patria sea una hoja en blanco.

“Tú has resuelto vivir, yo fui testigo de tu juramento. De nuestra sangre, / y de otras, / y de otras, / viene naciendo el alba. / Entremos con sonrisa / hacia la vida, / hacia la hoja del árbol, / hacia el agua y la luz, / y hacia toda la tierra”. (En Guasina nace el hombre, fragmento. Artemio Yupanquí, seudónimo de Arnaldo Acosta Bello).

A ellas y a ellos, poetas de la vida y de los sueños, de las esperanzas y los anhelos, debemos la utopía que edificaremos realidad, desde lo más hondo y lo más claro de nuestro pueblo.

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lunes, 1 de junio de 2009

LOS POLICIAS Y LOS GUARDIAS - Roque Dalton


Roque Dalton, fusilado el 10 de mayo de 1975
Roque Dalton, comunista, poeta, guerrillero, fue asesinado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla estalinista a la cual pertenecía en aquel momento. Fue juzgado y fusilado junto al obrero Armando Arteaga, "Pancho", bajo la acusación de ser agentes de la Central de Inteligencia de EE. UU. Las acusaciones fueron desmentidas después. El ERP era liderado entre otros por Joaquín Villalobos, quien formó parte del "tribunal" que juzgó y asesinó a Roque. Villalobos oficia hoy de "asesor" del gobierno colombiano y es un activo de la socialdemocracia latinoamericana. Los verdugos humillaban a Roque antes de asesinarlo: "intelectual de mierda, pequeño burgués, en las filas de los revolucionarios no hay cabida para traidores".

Los policias y los guardias
Siempre vieron al pueblo
como un monton de espaldas que corrían para allá
como un campo para dejar caer con odio los garrotes.


Siempre vieron al pueblo como el ojo de afinar la puntería
y entre el pueblo y el ojo
la mira de la pistola o la del fusil.


(Un día ellos también fueron pueblo
pero con la excusa del hambre y del desempleo
aceptaron un arma
un garrote y un sueldo mensual
para defender a los hambreados y a los desempleadores.)


Siempre vieron al pueblo aguantando
sudando
vociferando
levantando carteles
levantando los puños
y cuando más diciéndoles:
"Chuchos hijos de puta el día les va a llegar".
( Y cada día que pasaba
ellos creían que habían hecho el gran negocio
al traicionar al pueblo del que nacieron :
"El pueblo es un montón de débiles y pendejos —pensaban—
qué bien hicimos al pasarnos del lado de los vivos y de los fuertes").


Y entonces era de apretar el gatillo
y las balas iban de la orilla de los policías y los guardias
contra la orilla del pueblo
así iban siempre
de allá para acá
y el pueblo caía desangrándose
semana tras semana año tras año
quebrantado de huesos
lloraba por los ojos de las mujeres y los niños
huía de espanto
dejaba de ser pueblo para ser tropel en guinda
desaparecía en forma de cada quién que se salvó para su casa
y luego nada más
soló los bomberos lavaban la sangre de las calles.


(Los coroneles los acababan de convencer:
"Eso muchachos — les decían —
duro y a la cabeza con los civiles
fuego con el populacho
ustedes también son pilares uniformados de la Nación
sacerdotes de primera fila
en el culto a la bandera el escudo el himno los próceres
la democracia representativa el partido oficial y el mundo libre
cuyos scrificios no olvidará la gente decente de este país
aunque por hoy no les podamos subir el sueldo
como desde luego es nuestro deseo".)


Siempre vieron al pueblo
crispado en el cuarto de las torturas
colgado
apaleado
fracturado
tumefacto
asfixiado
violado
pinchado con agujas en los oídos y los ojos
electrificado
ahogado en orines y mierda
escupido
arrastrado
echando espumitas de humo sus últimos restos
en el infierno de la cal viva.


(Cuando resultó muerto el décimo Guardia Nacional. Muerto por el pueblo
y el quinto cuilio bien despeinado por la guerrilla urbana
los cuilios y los Guardias Nacionales comenzaron a pensar
sobre todo porque los coroneles ya cambiaron de tono
y hoy de cada fracaso le echan la culpa
a "los elementos de tropa tan muelas que tenemos".)


El hecho es que los policías y los guardias
siempre vieron al pueblo de allá para áca
y las balas sólo caminanba de allá para acá.
Que lo piensen mucho
que ellos mismos decidan si es demasiado tarde
para buscar la orilla del pueblo
y disparar desde allí
codo a codo junto a nosotros.


Que lo piensen mucho
pero entre tanto
que no se muestren sorprendidos
ni mucho menos pongan cara de ofendidos
hoy que ya algunas balas
comienzan a llegarles desde este lado
donde sigue estando el mismo pueblo de siempre
sólo que a estas alturas ya viene de pecho
y trae cada vez más fusiles.



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