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lunes, 26 de octubre de 2009

Irlanda: los límites de la oposición a la UE


LECCIONES DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA UE
Con la reciente aprobación irlandesa en referéndum del Tratado de Lisboa, el proyecto de la UE sale reforzado. Un proyecto no construido desde abajo, democráticamente, sino para y desde los poderosos. Cerca del inicio del semestre español para presidir la UE, conviene analizar la oposición a este proceso.

José Antonio Gutiérrez
D. Analista político residente en Irlanda,
investigador del Latin American Solidarity Centre
Lunes 19 de octubre de 2009.

La nueva y eficiente Europa que, según las promesas del Gobierno irlandés, presidido por Brian Cowen, llegará supuestamente después de la aprobación del Tratado de Lisboa, tuvo una demostración práctica en el referéndum celebrado el 2 de octubre en Irlanda. Cosa preocupante, ya que lo que presenciamos fue un acto profundamente antidemocrático. Esta experiencia práctica de democracia europea demuestra que, para la UE, ésta solamente vale cuando el pueblo vota de acuerdo a los intereses de su clase dirigente. No es la primera vez que tal cosa ocurre: cuando el Tratado de Niza fue rechazado en 2002, la historia fue la misma. En el caso de Niza, al menos, hubo un argumento técnico –la escasa votación durante el primer referéndum–. En el caso de Lisboa, no hay tal argumento: el primer referéndum fue rechazado por un amplio margen y con una votación elevada.

Y justo cuando veían la manera de poder presentar nuevamente lo impresentable, llegó la crisis económica. Ésta, en casi cualquier otro país, hubiera sido una razón más para rechazar las propuestas de la Europa del Capital, que, efectivamente, es la responsable del desastre social que nos agobia. Pero en Irlanda la realidad es otra: con un analfabetismo político asombroso y con un bajísimo nivel de organización o movilización social, el pueblo mordió el anzuelo. El Gobierno culpó a la no aprobación del Tratado de Lisboa de la crisis: cuatro millones de irlandeses caprichosos y renegones habían sido, según ellos, responsables del desastre financiero. Y luego vino la debacle económica y social: el “tigre celta” fue devorado por las vacas flacas, el desempleo volvió a subir, a los empleados públicos se les recortó el salario en un 10%, al resto de los trabajadores nos impusieron un nuevo impuesto para poder ayudar a aquellos “honrados y esforzados” banqueros, cuyo salario de un año equivale al salario de cien años de quien escribe. No estoy exagerando: un ejecutivo del Banco de Irlanda gana dos millones de euros anuales.

Es en este contexto en el que debemos entender el resultado del segundo referéndum de Lisboa. El pueblo irlandés fue sometido a un auténtico aluvión de propaganda terrorista: ¡de rechazar el Tratado de Lisboa nuevamente hasta se nos impediría volver a participar en Eurovisión! El Tratado fue dotado de una serie de cualidades mesiánicas, de poderes para revertir mágicamente la situación calamitosa de nuestra economía. De qué manera exactamente Lisboa daría la dichosa recuperación económica o crearía nuevos empleos es algo que no se aclaró. Pero la propaganda no dejó de tener un hondo impacto. La gente quiere recuperación, quiere trabajos: y en el actual contexto creyó en las promesas vacías. Fue una reacción desesperada y que era muy esperable en un país con una izquierda minúscula y con una tradición de activismo ciudadano prácticamente inexistente.

La campaña de la oposición no tuvo ninguna oportunidad: con la crisis jugando en su contra, sin los millones de euros en propaganda con que contaba la campaña del ‘sí’, sin siquiera la más mínima unidad en el discurso, era muy difícil que pudiera revertir esta situación. Hay que ser claros: la misma situación fue cierta durante el primer referéndum, pero el contexto era otro. El ‘no’ tuvo una propaganda mucho más pobre que en la primera ocasión, aun cuando, de haberse hecho una campaña más didáctica, más clara y más coordinada, podría haber usado a su favor el nuevo contexto de crisis, crisis que, por lo demás, es producto de las políticas del bando pro-Lisboa. Es impensable que pudiera haber habido una única coalición por el ‘no’: detrás de este voto estaban la izquierda y sectores de derecha, empresarios ‘atlantistas’ como Declan Ganley y ultraconservadores religiosos cuya motivación para oponerse era su temor a que la UE fuerce la aprobación de leyes que regulen el aborto.

Pero no hay ningún argumento válido para que los sectores de izquierda contrarios al Tratado no hayan sido capaces, pese a las diferencias, de poner tres ideas fuerza en común y trabajar en función de ellas para mandar un mensaje sólido a la población –aun cuando hubieran mantenido la posibilidad de hacer propaganda por separado ante otros aspectos en los que no estén de acuerdo–. Lamentablemente, este nivel de madurez política no existe en Irlanda: cada partido, cada grupo, cada movimiento, cada colectivo se contentó en sacar su propio volante fotocopiado y en liderar su propia campaña. Todos estos grupos prefirieron ser cabeza de ratón a ser cola de león, y con ello demostraron por qué no existe una tradición de izquierda significativa en Irlanda. La lógica siguió siendo la que prima en absolutamente todas las actividades que la izquierda irlandesa realiza: captar votos, captar militantes, captar la atención por un segundo, en vez de realizar cambios políticos y sociales contundentes y significativos. La falta de ambición de la izquierda irlandesa es abismal y eso es exactamente lo que se reflejó en esta ocasión.

El voto a favor del ‘no’, según las áreas donde se concentraron los votos, demuestra que la oposición a Lisboa es una oposición fundamentalmente de clase trabajadora, aun cuando los sindicatos, siempre serviles a la patronal, hicieran campaña en el mismo bando de multimillonarios antisindicalistas como Michael O’Leary, el jefe de Ryanair. Sin embargo, la izquierda republicana –Sinn Fein– es la única que tiene un asiento de alguna importancia en estas áreas y fue incapaz por sí sola de movilizar a gran cantidad de gente a votar según sus intereses de clase. La izquierda no republicana es, fundamentalmente, de clase media, y durante esta campaña predicó en el desierto, ya que la clase social a la que su discurso llegó estaba completamente detrás del ‘sí’. Un trabajo más coordinado y decidido podría haber logrado que la clase trabajadora en su conjunto se inclinara a favor del ‘no’, lo cual podría haber torcido la mano a este segundo referéndum.

Si el primer referéndum fue un obstáculo momentáneo para el proyecto de la Europa del Gran Capital, al desnudar la falta de consenso y de apoyo social real que hay detrás de él, este nuevo referéndum demostró las limitaciones de quienes se le oponen. Es más necesario que nunca generar espacios de unidad desde la base, en los cuales pueda darse cuerpo a esos niveles de cooperación mayores que son necesarios para golpear a un modelo que se está imponiendo con una maquinaria legal, política y económica enorme, y que no será derrotado sencillamente en un referéndum. Aun cuando hubiéramos derrotado por segunda vez a Lisboa, a fin de cuentas, hubieran encontrado la manera de implementar esas reformas y no hubiéramos logrado más que demostrar una vez más la crisis de legitimidad de esta UE.

Pero, ¿y después qué? La izquierda europea pierde terreno ante la derecha por su incapacidad, por una parte, en concretarse en alternativas y, por otra, por su incapacidad de confrontar, en términos reales, a la Europa del Capital. La izquierda europea intenta patalear de manera respetable y ni siquiera parece capaz de indignarse. Mucho menos, de romper con los mecanismos de encuadramiento de clase a los cuales ha sido sometida en 30 años de derrotas sistemáticas: los partidos de ‘izquierda’ en descomposición, cada vez más pro business, y sus sindicatos, que hace mucho rato que de trabajadores no tienen ni el tufo. Para derrotar a la antidemocrática Europa del Capital, tendremos que aprender a romper con estos lastres y perder el miedo a confrontar, en la calle, de manera enérgica, al orden impuesto. No queda otra.

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jueves, 8 de octubre de 2009

Irlanda: Una piedra ante el Tratado de la Unión Europea


09-10-2009
Leyla Carrillo Ramírez
Rebelión

Al subir una cuesta, tropezar con una piedra deviene en retroceso. Al bajarla, es mucho peor, porque el caminante puede despeñarse sin remedio. Las piedras halladas en el camino del fallido Tratado Constitucional después de la negativa de los ciudadanos franceses y holandeses en el año 2005, han representado cuatro años de espera para las élites de la Unión Europea –que siempre tan previsora- esta vez mostró incapacidad para acometer un plan alternativo.

Varios Jefes de Estado y de Gobierno adoptaron decisiones, cuestionables como ejercicio democrático, al aprovechar de sus respectivas Constituciones nacionales la variante de una ratificación del Tratado de Lisboa mediante la votación parlamentaria, en lugar de celebrar un referendo. De éstos, los cuatro mayores países de la UE prefirieron primera la opción parlamentaria, para sortear la piedra de un rechazo popular. De esta forma, el futuro comunitario de sus pueblos recayó sobre las empolvadas pelucas de los integrantes de la Cámara de los Lores (en el Reino Unido) y en el dinamismo del ejecutivo francés, del Primer Ministro italiano y del Parlamento Federal alemán.
El TL, preelaborado durante la presidencia alemana de la UE, sufrió un insoslayable tropiezo, cuando los irlandeses –los únicos obligados constitucionalmente a someter la ratificación a un referendo- votaron negativamente en junio de 2008.. El percance confirmó, además, que no todos los europeos siguen ciegamente los mandatos de Bruselas. Esta vez tampoco había un plan “B” o alternativo.
Entonces la única opción consistió en prodigar consejos, excluir cláusulas para viabilizar la votación y “ayudar” económicamente mediante los denominados “garantes europeos”, que se calcula aportaron 32 mil millones de libras esterlinas a algunos partidos de Irlanda, con la finalidad de “convencer” a los votantes en el segundo referendo irlandés sobre la utilidad que representaría la ratificación del Tratado.
Sus argumentos, entre otros, consisten en: defender la soberanía y la neutralidad, las afectaciones al empleo1 y salario, la presunta pérdida de influencia del país en las decisiones comunitarias; aspectos ético-religiosos como el aborto, la suspicacia sobre una mayor participación en las actividades “defensivas” ante los escenarios bélicos actuales y las probables afectaciones a la libertad sindical –debido a sentencias contrarias a los intereses irlandeses emitidas por la Corte de Justicia Europea, que condujo al rechazo de incorporarse a los temas concernientes a Justicia e Interior (JAI)2
La aclaración en el Boletín de la UE del reciente 23 de septiembre sobre “las mentiras difundidas por funcionarios irlandeses y, hasta comunitarios, respecto a las motivaciones para el rechazo al primer referendo3 -lejos de esclarecer lanzaron más dudas, cuando comentó que “el principio de no intervención había sido limitado, al sustentar que Irlanda debería renunciar a su neutralidad, porque la juventud podría encontrarse envuelta algún día en un conflicto armado”. Añadía que “otras falacias”, habían divulgado que el Tratado admitiría el divorcio y el aborto; que “el país había perdido el derecho a un comisario europeo” y predijo que “las inversiones extranjeras decaerían si los irlandeses fallaban”.
Los partidos políticos opositores al Tratado han sido primordialmente de extracción obrera, tales como el Sinn Fein –nacionalista y pro liberación de Irlanda); el Libertas, el denominado People’s Movement (con participación del Comunista); el People Before Profits (coalición desde el año 2005 con influencia del troskista Socialist Workers y el COIR –organizado en 2003 después del segundo referendo para ratificar el Tratado de Niza- conservador y derechista.
No es ocioso recordar los resultados del referendo negativo irlandés del 12 de junio de 2008: solo el 42% de los votantes había acudido a las urnas: 53,4% rechazó el Tratado y un 46 % lo respaldó. En vísperas del segundo referendo, el sondeo avizoraba entre un 45 y un 55% favorable. El sábado 3 de octubre el conteo de las urnas arrojó que el 67,13% de los votantes había favorecido el SI, mientras que el 32,87% había votado NO, con la participación del 58% del electorado.
Sin embargo, no todo es color de rosa en la votación, porque el abstencionismo ascendió al 41% del electorado; mientras que los enormes esfuerzos institucionales, mediáticos y económicos solo lograron que la quinta parte de los opositores, cambiaran de opinión. De esta forma se cumplieron las expectativas de la Unión Europea, empeñada en la ratificación, a toda costa y sin tregua, hasta diluir las reticencias irlandesas.
Los resultados del reciente referendo irlandés inspiraron las declaraciones del Presidente de la Comisión, Manuel Durao Barroso: “es un gran día para Irlanda y para Europa, señal de la confianza del pueblo irlandés en la UE y su deseo de integrarse a su esencia; de que reconoce su papel para responder a la crisis económica”. Y añadió: “la campaña, la información masiva sirvió para que los ciudadanos conociesen sobre sus garantías jurídicas y que tendrán un comisario propio”. Y por último su esperanza de que Polonia y la República Checa ratifiquen el Tratado tan pronto como sea posible”.
El gobierno irlandés, por su parte agradeció a las élites de la UE el enorme esfuerzo realizado para culminar, felizmente, un triple propósito: Dublín continuará beneficiándose del apoyo comunitario en sentido económico, se incorporará a los objetivos sustanciales de la Unión. Ésta, a su vez elimina uno de los mayores obstáculos para que el Tratado de Lisboa comience a regir la vida de todos los comunitarios, sin importar las disensiones enfrentadas durante un trienio.
Tres Presidentes de Estados miembros de la UE mantenían en suspenso su firma: los de Alemania, Polonia y Chequia. El caso alemán se resolvió hace dos semanas cuando, el Tribunal Constitucional de Karlsruhe dejó sin efecto la impugnación lanzada a la Cámara Alta (Bundesrat) en el sentido de que los partidos en ella representados no habían sido consultados para emplear el método parlamentario, en lugar de un referendo. Salvado este escollo, el presidente Horst Köhler lo firmó el 23 de septiembre pasado y entregó el acta oficial de ratificación. El protagonismo alemán para la implementación del nuevo Tratado no podía contradecirse.
Está pendiente la firma por el Presidente polaco, Lech Kaczynski, quien sustentaba su dilación sobre “la necesidad de resolver el problema irlandés para que no hubiera un problema polaco”. Las inquietudes expresadas por su gobierno fueron satisfechas cuando la UE les ofreció modificaciones de índole ética, semejantes a las solicitadas por los británicos e irlandeses, que podrían conducir a eximirlos de la Carta Europea de Derechos Humanos Fundamentales o a una nueva reformulación de ésta.
Lo más conflictivo en estos momentos es el euroescepticismo checo, expresado antes, durante y posterior a su presidencia semestral de la Unión Europea, entre enero y junio de 2009. Las diversas versiones para la dilación de la firma por el Presidente checo transcurren desde la espera del nuevo referendo irlandés o de la decisión del Tribunal Constitucional alemán, hasta la conveniencia de “estar mejor dentro que fuera del Tratado”. El voto favorable de 59 senadores en mayo no ha bastado para la superestructura checa: ahora el Presidente, Václav Klaus condiciona su firma “a que el Tribunal Constitucional dicte sentencia sobre una consulta realizada por un grupo de senadores de su país.4
La cuesta hacia la ratificación ha sido empinada, sorteando infinidad de pedruscos. Falta por ver cómo resolverá la Unión Europea los escollos atravesados en el camino por el gobierno checo. Después de todo, la cúpula de la UE está acostumbrada a invertir tiempo, neuronas, diplomacia activa y recursos para salvar del despeñadero al Tratado de Lisboa. La lección resulta más sencilla de lo que aparenta: la democracia eurocomunitaria constituye una muestra sobre las diferencias que separan a los gobiernos de la opinión popular.
Leyla Carrillo Ramírez colabora en el Centro de Estudios Europeos de La Habana.
La Habana, 6 de octubre de 2009, “Año del 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”.
Notas:
1. 8,65% reportado en la zona euro y 1,84 en.
2. JAI: Comisión que unifica las decisiones jurídicas y de conciliación policial, adecuando temas de fronteras, homologación de sanciones y política migratoria, en coordinación también con Estados Unidos.
3. Bulletin Quotidien Europa 9983, del 24 de septiembre.
4. Sitio web de Instituciones de UE, 10/10/09, ref. 20091002STO61726

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