17-06-2010
Alejandro Nadal
La Jornada
En su Historia sobre las guerras del Peloponeso, Tucídides relata cómo Pericles en el siglo V antes de nuestra era impuso sanciones económicas contra la ciudad de Megara, que se había alineado con Esparta. Atenas prohibió el comercio con esta ciudad Estado y envió un mensaje: si Megara no desistía de su alianza con Esparta sería castigada. Megara se enardeció y exigió a Esparta desatar la guerra. Las hostilidades duraron 30 años.
La historia de las sanciones económicas y políticas para obligar a un país a cambiar su conducta es larga, pero enseña que frecuentemente conducen al fracaso. No sólo no cambian la conducta de los estados sancionados, sino que invariablemente llevan a la guerra.
El Consejo de Seguridad votó la semana pasada un paquete de sanciones en contra de Teherán. Es un paso más hacia la confrontación en el marco de la miope política exterior de Estados Unidos frente a Teherán.
Para Washington las sanciones forman parte de la necesidad de "contener" a Teherán. En esa lógica son un eslabón en una secuencia que va de la presión diplomática hasta la guerra. Es decir, Obama mantiene las mismas prioridades anquilosadas que rigen en Washington desde el triunfo de la revolución islámica hace 30 años. El objetivo sigue siendo el cambio de régimen y la amenaza es la guerra preventiva.
Para Teherán esa amenaza es real. Sus dos vecinos al oriente y poniente están sometidos a una invasión por tropas estadunidenses. También se encuentra rodeado de potencias con armas nucleares. Esto incluye a Israel, país que nunca firmó el Tratado de no proliferación de armas nucleares (TNP) y hoy cuenta con 200 cabezas nucleares listas para ser usadas.
Washington afirma que son sanciones fuertes, pero la realidad es que se trata de medidas sumamente débiles. Para empezar, no se limitan la producción y exportaciones de hidrocarburos, como quería Hillary. Pero China no hubiera votado a favor de las sanciones y por eso no se incluyeron. Tampoco hay sanciones generalizadas sobre servicios financieros y de seguros. Las únicas sanciones reales prohíben las inversiones de Irán en otros países en la minería de uranio o en la producción de materiales nucleares y tecnología. Se imponen algunas restricciones de viaje y se congelan los activos financieros de algunas corporaciones e individuos señalados en los anexos de la resolución. Lo demás es estándar: no se puede proveer a Irán de equipo militar ofensivo (pero Rusia podría seguir proporcionando misiles tierra-aire, por ejemplo), etc.
¿Son legales esas sanciones? La respuesta es negativa porque el Consejo de Seguridad está obligado a determinar la existencia de la amenaza a la paz que este caso representa, y ese requisito permanece incumplido. Las declaraciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) no suplen ese requisito y, por otro lado, están llenas de mensajes ambiguos sobre el programa nuclear de Teherán.
Irán no ha violado el TNP. Ha insistido en el derecho que le confiere ese tratado para enriquecer uranio y desarrollar su industria nuclear sin interferencias. Los países que hoy apoyan las sanciones no han podido demostrar lo contrario. Los mismos servicios de inteligencia de Estados Unidos no han podido demostrar que Teherán tiene un programa para producir armas nucleares.
¿Serán efectivas las sanciones? Si lo que se busca es frenar el proyecto de conseguir dominar todo el ciclo de combustible nuclear que Irán desea, las sanciones van a fracasar. El único camino para la torpe política de Hillary-Obama será un ataque preventivo (que podría desatarse por medio de Israel). Las consecuencias serán desastrosas.
En 1941 Estados Unidos impuso un embargo petrolero sobre Japón para frenar su expansionismo en China. Esa medida colocó un cerco que Tokio consideró intolerable y le llevó a la guerra contra Estados Unidos. Se dice que de todos modos el expansionismo japonés era incontenible. Puede ser, pero también es cierto que Washington sabía muy bien lo que estaba haciendo y las sanciones eran un preludio para una guerra deseada por Estados Unidos. Esa es precisamente la lógica que acompaña este último desplante de las sanciones contra Irán. Lo que se busca es preparar la confrontación y la guerra.
El último paquete de sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad (con el voto de México, que una vez más hizo un triste papel) proporciona a Obama una victoria pasajera y sin importancia en este tortuoso camino hacia la confrontación con Irán.
La crisis económica y financiera global es más profunda y será más larga de lo que muchos quieren aceptar. Y va a terminar redefiniendo la estructura de la economía mundial. La historia nos enseña que este tipo de crisis y procesos de reorganización económica internacional acaban por transformarse en conflictos armados. Los imperios económicos en su fase crepuscular (como lo es Estados Unidos hoy) no están dispuestos a abandonar el centro del poder sin oponer resistencia.
http://www.jornada.unam.mx/2010/06/16/index.php?section=opinion&article=030a1eco
jueves, 17 de junio de 2010
Sanciones contra Irán y la próxima guerra
jueves, 27 de mayo de 2010
Rescatar el euro, destruir Europa
Alejandro Nadal
La Jornada
La divisa común europea permanece atrapada en serios problemas cuya solución parece alejarse. La caída del euro y de las bolsas el día de ayer es una muestra de la fragilidad de los arreglos monetarios y financieros al interior de la eurozona.
El fondo especial de ayuda constituido hace tres semanas, armado con 750 mil millones de euros, no ha sido suficiente para alejar el espectro de una debacle total de los países más débiles de la eurozona y por ende, del euro. Al involucrar al Fondo Monetario Internacional la Unión Europea acepta que necesita de la ayuda externa para resolver sus problemas. Un mal augurio para el Banco Central Europeo.
Por otra parte, las medidas anunciadas unilateralmente por Alemania para regular los mercados financieros (en especial la prohibición de las ventas de cortos al descubierto) no frenaron los movimientos especulativos que siguen apostando a la caída del euro. En cambio sí pusieron en evidencia la desunión europea toda vez que Francia no apoyó la medida. El anuncio hecho por la Merkel estuvo dirigido a calmar a su electorado, sin duda, pero también es un signo de que Alemania está cada vez más decidida a buscar imponer sus propias reglas en la Unión Europea, sin esperar a sus socios.
Finalmente, la decisión del Banco de España de intervenir Caja Sur (uno de los vehículos clave en la expansión de crédito en ese país) alerta una vez más sobre la delicada situación en la que se encuentra el sector bancario en toda Europa, y no sólo en los países de la cuenca del Mediterráneo.
En este contexto han resurgido las dudas sobre la viabilidad del euro a largo plazo. Un tema clave sigue siendo el dilema en el que se encuentra la eurozona al tratarse el tema de si Grecia (o algún otro país en dificultades similares) debería abandonar la esfera del euro.
Una eventual salida de Grecia de la eurozona le permitiría recuperar su política cambiaria y financiera. Podría devaluar su moneda y estimular las exportaciones, además de imprimir circulante y comprar deuda pública, evitando tener que pasar por los mercados de capitales. Grecia podría hacerse un préstamo a sí misma con cargo al desempeño económico del futuro.
¿Bajo qué condiciones es posible reintroducir el dracma? Desde el punto de vista legal, los tratados de la UE exigen que la expulsión de uno de los miembros recoja el voto aprobatorio de todos ellos. ¿Tendría un país interés en votar su propia expulsión?
Pero lo más grave es el tema de la factibilidad económica. Si Grecia decidiera regresar al dracma tendría que poner esa moneda en circulación para remplazar al euro. Para ello, tendría que forzar legalmente la conversión de todos los activos denominados en euros localizados en el espacio económico griego. Siendo el euro una moneda fiduciaria (es decir, no respaldada por oro o algún otro metal precioso), el dracma tampoco lo estaría. Su aceptación estaría basada en la confianza que se tiene en su emisor, el banco central griego. Pero, y aquí viene lo problemático, la razón principal por la cual ese instituto monetario estaría emitiendo dracmas sería para devaluarlas tan pronto hubiera concluido la transición monetaria. Es decir, traicionaría su compromiso de mantener el valor de la moneda.
Como todos los agentes en la economía sabrían que el dracma estaría siendo colocado en circulación con el objetivo de devaluarlo, nadie aceptaría dicha moneda. Además, como el valor del dracma dependería de la confianza en el instituto emisor, esta moneda fiduciaria vería fuertemente depreciado su valor durante un largo tiempo. El dracma no sería una reserva de valor porque su renacimiento habría estado marcado por el rompimiento del compromiso del instituto emisor.
La logística de esta transición monetaria es una madeja de problemas difíciles. El abandono del euro estaría acompañado de expectativas devaluatorias. Para enfrentarlas, Atenas tendría que cerrar los bancos durante unos días por lo menos, además de establecer controles estrictos a los flujos de capital. El éxito de esta transición monetaria dependería de la capacidad de las autoridades económicas griegas para evitar la fuga de activos hacia otras denominaciones. También dependería de la velocidad con la que el pánico bancario podría desatarse. El retorno al dracma podría destruir la economía griega.
Las autoridades económicas en los países de la eurozona se mantienen en la lógica de una política macroeconómica neoliberal. Para ellos sólo queda el camino de la austeridad fiscal. Desgraciadamente, eso coloca a Europa en un modo pro-cíclico y profundizará la crisis. Al capital eso no parece importarle porque después de todo, ese ajuste fiscal le acerca un paso más a la destrucción de esa vieja Europa del pacto redistributivo cuyo mejor exponente fue el Frente Popular de 1936. Todo esto es un anuncio de grandes acontecimientos por venir. El capitalismo todavía no llega a una crisis terminal, pero le falta recorrer el segmento más turbulento de su historia.
http://www.jornada.unam.mx/2010/05/26/index.php?section=opinion&article=031a1eco
miércoles, 27 de enero de 2010
La crisis y el misterioso caso Bernanke
28-01-2010
Alejandro Nadal
La Jornada
El mandato de Ben Bernanke en la Reserva Federal concluye el 31 de enero. Obama le ha pedido continuar otros cuatro años al frente del banco central. El Senado debe confirmar el nombramiento y el debate es intenso. Probablemente sea aprobado, pero no se descarta un rechazo.
La polémica arde. Bernanke es herencia de Bush, pero Obama sintió que no tenía opciones y tuvo que adoptarlo como suyo. Hoy los demócratas están asustados por el revés electoral en Massachusetts la semana pasada. Varios senadores republicanos votarán en contra. Quince senadores buscan su relección y todavía están indecisos. El electorado está molesto porque la recuperación todavía no les llega.
La Casa Blanca dice que Bernanke salvó a la economía de Estados Unidos de caer en otra Gran Depresión. Se trata de un especialista reconocido y fue una feliz coincidencia que hubiera estado al frente de la Fed al estallar la crisis en 2008. Gracias a las medidas espectaculares que aplicó, sólo se sufrió una recesión y además la recuperación está en puerta.
Ese cuento es absurdo. Es cierto que mejora la bolsa de valores, pero los indicadores de la economía real no transmiten mensajes de recuperación. El desempleo abierto en Estados Unidos se mantiene en 10 por ciento de la población económicamente activa (PEA). Y si se cuenta a los que se han dado por vencido y desistieron en su búsqueda de trabajo, el desempleo sube a 17 por ciento de la PEA. En diciembre también se desplomaron las ventas al menudeo. Los consumidores siguen reduciendo sus deudas, lo que conducirá a varios años de crecimiento mediocre con alto desempleo. Valiente recuperación.
Hay indicios de que algunas de las medidas espectaculares de Bernanke agravaron la crisis. Por ejemplo, Bernanke ha inflado la hojas de balance de la Fed de manera exponencial. Y en los rescates de bancos y aseguradoras, en los que el Departamento del Tesoro desempeñó un papel poco transparente y usó a la Fed como caja chica, Bernanke sale muy mal parado.
Por si fuera poco, bajo su dirección la Fed incumplió su mandato regulatorio sobre bancos y mercados financieros, promoviendo la especulación entre 2006-2008. Así que la crisis es en buena parte algo de su cosecha. Con razón en 2007 y principios de 2008 hacía declaraciones sobre los mercados bien portados y lo modesto del ajuste en el sector de bienes raíces. Todo eso ayudó a provocar la catástrofe. Sólo que con sus medidas espectaculares, Bernanke se convirtió en el piromaniaco que apaga su propio incendio.
Este funcionario puede arrepentirse de sus declaraciones, pero no se despoja de la teoría económica que le aprisiona. Sigue pensando que los mercados convergen hacia un mítico equilibrio. Ésta es su cárcel intelectual: por eso sus aportaciones sobre metas de inflación se basan en una teoría inconsistente y sus ideas sobre el mercado laboral son absurdas.
A Bernanke se le describe como el experto en la gran depresión de 1929 que salvó al mundo de una crisis parecida en 2009. La realidad es otra. Su análisis sobre las causas de la depresión ignora el problema del endeudamiento excesivo como precursor de la deflación. Ése es un rasgo común entre las crisis de 1929 y 2009. Y el endeudamiento en los últimos 30 años en Estados Unidos proviene de una caída en los salarios reales. Es decir, uno de los motores de la crisis es un problema de distribución del ingreso de proporciones históricas. Ese hecho se le escapa a Bernanke.
Para el ex profesor de Princeton uno de los problemas claves en la crisis de 1929 fue la rigidez en los salarios. Según Bernanke, el desempleo no se podía absorber porque los salarios no se reducían debido a factores como leyes y sindicatos. Eso es absurdo, pero no le impide a este personaje pensar que la flexibilidad de salarios en Estados Unidos es un elemento clave para superar el desempleo, no importa que sea desmentido por los datos arriba mencionados.
Bernanke piensa que cuando el endeudamiento provoca una deflación, la demanda agregada se mantiene estable porque sólo existe una redistribución entre deudores y acreedores. Eso es tener fe en el equilibrio. La realidad es que, por definición, cuando hay un exceso de endeudamiento los mercados no están en equilibrio y cuando los deudores no pueden enfrentar sus deudas, la demanda agregada tiene que derrumbarse. Y si a esto añadimos el apalancamiento ilimitado tolerado por las autoridades y la especulación, se tiene un caldo de cultivo de una gran hecatombe.
Obama está preocupado. Para calmar al electorado anunció recientemente la separación entre bancos de inversión y bancos comerciales, así como límites al tamaño de los grandes bancos. Pero como esas medidas no se traducen en alivio inmediato para la población, el argumento principal de la Casa Blanca sigue siendo el temor: si Bernanke no es ratificado, la recuperación se verá truncada. Puede ser, pero si Bernanke es confirmado, se podrían sentar las bases para una nueva crisis, más profunda y espectacular.
http://www.jornada.unam.mx/2010/01/27/index.php?section=opinion&article=027a1eco