Entrevista a Santiago Alba Rico
30-05-2010
Pedro Menéndez
Atlántica XXII/Rebelión
En Noticias (Caballo de Troya) y B-52 (El Perro Flaco Teatro), Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) recupera la ficción y la literatura como registros viables para fortalecer la crítica a las distintas realidades que el capitalismo impone, a través de su visión particular del progreso y del retroceso de derechos y valores universales.
Consolidado en su trayectoria ensayística y en su implicación en diversos proyectos editoriales, Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) incorpora el teatro a su experiencia política, filosófica y literaria. El autor, que recientemente ha publicado Noticias (Caballo de Troya), presentó el 9 de abril en Avilés B-52 (El Perro Flaco Teatro), una obra que le permite rescatar a través de la arenga el registro brechtiano que, hace casi tres décadas, inoculó en los Electroduendes de La Bola de Cristal.
B-52 es su debut en el teatro. ¿Se siente vértigo al ver un texto propio interpretado, encarnado por otros?
Sí, mucho. Tener a tus lectores leyendo tu texto, delante de tus ojos, durante todo el tiempo que dura la representación resulta incómodo. Y ver ese texto en el espacio, materializado, corporeizado, gestualizado, produce impresión. Al principio estaba en tensión, pero desde la primera escena me di cuenta de que los actores lo iban a hacer bien y no sólo me tranquilicé sino que disfruté de la obra, que es lo mejor que le puede ocurrir a un autor: poder relacionarse con sus obras como si no las hubiese escrito uno mismo.
Quien acostumbre a leer sus textos se habrá encontrado con un envoltorio distinto. ¿Le ha obligado a escribir, a pensar de otra forma?
Sin duda. Cuando David [Acera, director de la compañía Perro Flaco] me propuso escribir una obra de teatro para ellos me dio un poco de miedo. Acepté porque era David y también porque llevaba mucho tiempo con un impulso y una idea: cambiar de formato y acercarme más hacia la literatura, aunque fuese a través de la vía del teatro -en realidad soy un literato fallido. Y también porque la propuesta me permitía dramatizar una idea que es central en mis últimas reflexiones, que tiene que ver con eso que llamo el nihilismo espontáneo de la percepción y con esa metáfora que utilizo a menudo para explicarlo, la del piloto de bombardero; es decir, tiene que ver con el hecho de que miramos sólo aquello que vamos a destruir; que mirar es borrar con la mirada lo que miramos. Y me apetecía mucho tratar de trasladar a otro formato esta idea; un formato que fuese más inmediato, que tuviese más que ver con la arenga, género que siempre me ha atraído mucho y en el que me quería poner a prueba.
Al principio quise hacer una pieza más filosófica, más seria, más especulativa, pero no acababa de encontrar el registro. Y pensando en lo que a David le había gustado de mi obra -siempre me animaba a escribir algo que tuviese que ver con los Electroduendes- y pensando también en el público al que yo quería acceder, más allá de los circuitos minoritarios de izquierda donde ya se sabe lo que digo e incluso como lo digo, intenté aproximarme al registro de la Bruja Avería. Es un registro brechtiano, quizá un poco más trabajado y menos absurdo que el de La Bola de Cristal, pero en la misma línea satírica. No creo que sea exactamente una comedia; se trata de un formato en el que el diálogo subraya la exposición de clichés autoconscientes, con personajes “modélicos” que dicen lo que habitualmente se esconde y asumen en escena, de manera consciente y un poco hiperbólica, su propio estereotipo. La verdad es que enseguida me sentí muy cómodo, descubrí que me lo estaba pasando bien. Y además, que a medida que avanzaba, la propia consistencia de los personajes y el contenido de los diálogos me reclamaba esas canciones, también muy brechtianas, que salpican el desarrollo escénico como un procedimiento para inocular en el espectador, sin anestesia, ideas que probablemente de otra manera se quedarían en el aire. Me pareció un buen registro, aunque me pareció que exigía -y creo que esto es lo que más dudas ha planteado a algunos espectadores e incluso a algún crítico- un final panfletario. Cada vez considero más necesario defender el panfleto, y se trataba de hacer un buen panfleto que recordase que todo lo que había ocurrido sobre el escenario no era un juego. La obra necesitaba un epílogo, y de hecho su título completo es B-52: travesura bélica en dos actos y un epílogo. El epílogo es fundamental, declara en voz alta que lo ocurrido en esa hora larga no ha sido un juego, y que un teatro no debe ser un B-52 que sobrevuela a las víctimas que produce sin enterarse de los efectos que está provocando. Hay una serie de juegos metaliterarios que buscan este efecto final. Es decir, un teatro puede ser un B-52 y la única manera de que el patio de butacas no se convierta en el mismo juego que estamos viendo en el escenario es que, de pronto, irrumpa la realidad de un modo brutal y muy explícito a través de una combinación de imágenes y de música que revela los efectos que tiene viajar en un B-52, ya sea un B-52 de verdad o un centro comercial o un parque temático o un vuelo turístico a Túnez.
En Capitalismo y nihilismo establece una comparación entre el relato y el gag, señala el derrumbe de la capacidad de representación. ¿Se llega más a la opinión pública con el gag?
La pregunta debería ser más bien si con el gag se pueden decir las mismas cosas que con el relato. Es un problema de formato, de síntesis perceptiva, que está cambiando, y a través de la cual imponemos coordenadas, taxonomías e incluso consistencias de la realidad. El gag tiene que ver, como siempre digo, con el aparato digestivo, es lo visualmente alimenticio o biológico. El gag lo único que exige es una repetición, jamás una explicación; y por eso el gag aparece aislado de todos los procesos genealógicos que nos han llevado hasta allí, es el equivalente del fetichismo de la mercancía en el ámbito visual. El gag borra todas sus huellas, sólo queremos volver a verlo, como el derrumbe de las torres gemelas; siempre digo provocativamente que es el mejor gag de la historia…
Por eso le preguntaba si la opinión pública, la sociedad ha hecho tabula rasa respecto a determinados conocimientos. Al Qaeda habría apostado por un gag para llegar a la opinión pública…
Sí, en ese sentido, así es. Como vivimos en un horizonte perceptivo construido por el gag visual, la única manera de incidir en la opinión pública es a través de un gag supremo. Hemos llegado a un punto en el que, si se trata ya no de una carrera armamentística sino de una carrera o potlach de gags visuales, el gag de Al Qaeda sólo se puede superar -y así lo está haciendo EEUU- produciendo unos niveles de destrucción cada vez mayores. Pero es interesante recordar que el gag visual tiene que ver con eso que llamo unidades de hilaridad pura, que nos interpela las entrañas; lintroduce la visceralidad universal como contrapunto de la razón universal, hoy muy amenazada y que exige sucesión, largos recorridos... El gag suprime todos los largos recorridos, mentales y temporales… es incompatible con la razón y con las elaboraciones estéticas de la realidad.
Tal vez corremos el riesgo de ver un gag en todo. Por ejemplo, el juez Garzón. Después de todo ha sido la Falange quien le ha llevado al banquillo.
Es un gag terrible y al mismo tiempo una burla a todos los españoles con un mínimo de sensibilidad. Expone además cuáles son las condiciones en que salimos de la Guerra Civil, vivimos la dictadura franquista y se realizó la llamada transición. Demuestra que el caso de España es único en el mundo: el de un régimen en el que, tras provocar una guerra con un millón de muertos, de fusilar a 200.000 personas, de expulsar y represaliar a cientos de miles y de reprimir y sojuzgar durante 40 años a los que quedaron, los verdugos perdonaron generosamente a sus víctimas e incluso las dejaron votar, a sabiendas de que, sometidas a semejante pedagogía, era imposible que volvieran a votar nada que no facilitase el funcionamiento del capitalismo en España. Y por supuesto que facilitase la absolución definitiva -y eso no ha ocurrido ni en Argentina ni en Chile- de todos los criminales que empezaron esta larga y trágica “restauración” hace más de 70 años. Es un gag cómico y terrible. Es cómico porque Garzón no ha dejado de violar durante años los principios jurídicos más elementales para encarcelar a disidentes vascos que nada tenían que ver con ETA, y esto en nombre de esa doctrina que lleva su nombre y que se inspira en el principio de analogía nazi, mediante juicios a veces colectivos que condenaban a personas inocentes sólo por compartir objetivos políticos con grupos armados. Y es terrible por lo que ilumina: no deja de ser significativo que mientras se le ha permitido violar los más elementales principios jurídicos sin ninguna protesta por parte del Supremo ni de los ciudadanos ni de los medios de comunicación, ahora sea precisamente la ultraderecha la que lo sienta ante un tribunal por querer juzgar crímenes que son imprescriptibles con arreglo a todos los tratados internacionales.
Su B-52 no sólo transporta una crítica a la guerra, sino que hace hincapié en la crítica al consumo. ¿Establece una equivalencia entre ambos términos?
Aquí estamos de acuerdo todos los que hemos analizado el capitalismo a través de los textos de Marx. Al contrario de lo que se pretende, el capitalismo no es un régimen de circulación generalizada, de intercambio generalizado de mercancías; es un régimen de destrucción generalizada de cosas y de seres humanos. “Consumo” en latín quiere decir destrucción a través del fuego. “Consumo” y “destrucción” no sólo son sinónimos desde el punto de vista del lenguaje, sino que además, en el contexto capitalista, se exigen el uno al otro. Si pensamos por un lado en que la mayor parte de las mercancías que produce el capitalismo van a la basura sin haber sido realmente usadas, sin haber agotado su uso potencial; si pensamos en que el 90% de las cosas que produce el capitalismo, 6 meses después está en la basura, con el coste ecológico que eso entraña, y si pensamos que todo eso es producido por seres humanos en condiciones cada vez más precarias, no cabe la menor duda de que el consumo es destrucción de cosas y de hombres. Sabemos asimismo que las crisis del capitalismo son crisis de sobreproducción, por tanto de infraconsumo. Y cuando el consumo no está a la altura de la producción esa diferencia se resuelve siempre, así lo demuestran los dos últimos siglos, mediante guerras feroces que producen aún más destrucción de hombres y de cosas.
Recurriendo a la metáfora, ¿los consumidores somos soldados?
Creo que hay muchas formas de ser soldado o de formar parte de un ejército. La paradoja del consumo, en términos capitalistas, es ésta de que, de pronto, puede resultar muy placentero destruirlo todo. Los soldados que iban -que van- como carne de cañón a las trincheras iban con miedo; en los supermercados y disneylandias del mundo el miedo es combatido con un placer inmediato que tiene efectos en otras partes, efectos irrepresentables pero reales. Como ya he dicho alguna vez de manera provocativa, el mayor atentado suicida de la historia no es el de las torres gemelas, sino el gesto de hacer la compra todos los días. Aunque todo esto, claro, hay que tomarlo con una cierta reserva. No podemos acusar a los consumidores de homicidio; pero sí de aceptar la repetición de gestos muy banales en el marco de un contexto económico y político dentro del cual no se pueden realizar esos gestos banales sin que se produzcan efectos terribles en otros lugares del mundo. No es que al encender el teléfono móvil yo esté matando, como en el cuento de Eça de Queiroz, a un minero congoleño; lo que hay que pensar es cómo es posible que ese gesto tan inocente sea indisociable de la explotación del coltán en Congo en condiciones en las que todos los días mueren miles de personas, y eso en un país en el que a causa de la explotación del coltán han muerto 4 millones de personas en los últimos 10 años. Creo que eso sí es muy importante, la necesidad de establecer conexiones. Y creo que hay grados de responsabilidad. En primer lugar, los gestores de la economía mundial, europea, española; en segundo lugar, los medios de comunicación, que guerrean permanentemente contra la justicia, la igualdad y la democracia con perfecta conciencia de lo que hacen, aunque naturalmente hay muchos periodistas que están trabajando en un periódico como un obrero puede trabajar en una fábrica de armas, y su responsabilidad siempre será menor que la del propietario del periódico o de la fábrica. Pero también hay que preguntarse qué es lo que pasa para que ni obreros ni periodistas puedan organizarse -como en otras épocas lo hacían- para por lo menos entender en qué mundo viven y tratar de rebelarse contra él.
Junto a Carlos Fernández Liria ha abordado El naufragio del Hombre ¿Es irremediable o aún existe alguna tabla de salvación?
Decir que es irremediable sería darles todas las ventajas a los que están abriendo vías de agua en la nave. Además no lo creo. Ya sabes que mi visión ante las nuevas tecnologías es muy crítica, que tengo una visión de Europa muy pesimista -en tono no sólo provocativo digo que la corriente central de la historia en estos momentos no pasa por Europa. Pero también hay que decir, como Yayo Herrera, que basta ver a las madres a la salida de un colegio esperando a sus hijos para comprender que sí hay esperanza. No se ha destruido por completo el tejido antropológico, y allí donde el capitalismo hace sufrir vemos cómo la supervivencia está garantizada por ciertos gestos atávicos muy resistentes que tienen que ver con los cuidados recíprocos. Incluso en España, después del 11-M, surgen inesperadamente gestos de solidaridad, de organización elemental. Porque lo que sí creo es que, antropológicamente, el desorden es siempre inducido; lo natural, lo original, es el orden. Esto lo cuenta muy bien Mike Davis…es muy interesante la idea que recoge: cuando empieza el hambre, lo que eso provoca es solidaridad…
O lucha por la supervivencia…
De acuerdo, pero yo diría que el hambre produce solidaridad y orden; la hambruna, disolución y canibalismo. En ese recorrido histórico que presenta Mike Davis al hablar de la India y China bajo el colonialismo inglés decimonónico, lo que vemos es que cuando se pasa del hambre a la hambruna, se pasa de la piedad y la solidaridad al estado de guerra hobbsiano. Y luego también hay una cuestión de clase, alguna vez he dicho que a lo mejor también hay un estrés postraumático de la mercancía. Los efectos psicológicos de la guerra están muy estudiados. Hay mucha bibliografía acerca del estrés post bélico…incluso del estrés post divorcio o post accidente de tráfico; pero no hay nada escrito acerca del estrés post corrupción, del estrés post consumo, y ésa es una de las bazas que ha jugado conscientemente el capitalismo: la del soborno, la de erosionar las resistencias a través de estos placeres inmediatos que suspenden por completo la historia…Es muy probable que una sociedad con estrés post consumo sea incapaz de organizarse en una situación de emergencia.
¿Pasaría hoy la lucha anticapitalista más por la resistencia económica que por la lucha política? ¿Sufriría más el capitalismo con la rebelión contra el consumo?
Radicalmente, no. Si por política se entiende el parlamentarismo y la participación en instituciones sí…
No, no sólo, pero siga…
Creo que en estos momentos de claro retroceso en Europa de lo político, esos boicots selectivos, esas políticas de restricción del consumo, de ascetismo autoimpuesto, deben tener o cumplir una función política. No creo que esos boicots hagan mucho daño, salvo ocasionalmente: sí hemos visto que en coyunturas concretas, si Israel bombardea Gaza durante 37 días matando a 1400 personas y mucha gente en todo el mundo se pone de acuerdo para hacer un boicot puntual es probable que alguna empresa, como ha ocurrido, rescinda un contrato con Israel. Pero creo que esos boicots deben servir para hace eso de la que hablábamos antes, para establecer conexiones y para hacerlas públicas. Para tomar conciencia y hacer ruido. Yo no creo, por ejemplo, que cambiar el lenguaje sirva para alterar las relaciones patriarcales en el mundo, pero sí creo que introducir ciertas muletillas lingüísticas sirve para que te detengas en ellas, para que tropieces con ellas y recuerdes que vivimos en un mundo todavía dominado por el patriarcado. No uso y me opongo al uso de la arroba en textos ensayísticos o literarios, pero creo que su única justificación es ésta: la arroba es incómoda, te molesta, te obliga a tomar conciencia de que vivimos en un mundo patriarcal (que deje de molestar, por lo demás, es cuestión de tiempo y de uso y mucho me temo que, llegado ese caso, habríamos conseguido naturalizar la arroba sin desnaturalizar el patriarcado). Lo mismo digo con el consumo; somos muy pocos, conseguimos apenas sacar 200 personas en una manifestación, no tenemos en este momento suficiente poder para hacer eso, y si lo tuviéramos para eso también lo tendríamos para hacer otras cosas. Pero sí es importante que estos boicots selectivos y estas prácticas de ascetismo selectivo y voluntario sirvan para tomar conciencia con una clara función política de articular y coordinar voluntades en movimientos y asociaciones, inicialmente antropológicas más que otra cosa, pero que no deben renunciar nunca a un programa político. Los boycots selectivos tienen un gran valor educativo y organizativo.
Decía Lévi Strauss que la humanidad se ha instalado en el monocultivo, que nos esforzamos en destruir -en consumir- las culturas y comunidades que pretendemos estudiar. ¿Se estudiará la Revolución cubana como él estudió a los bororo del Brasil?
Espero que no, espero que ocurra más bien lo que dice Fidel Castro en su entrevista con Ignacio Ramonet: que dentro de 100 años los seres humanos recuerden esta época como algo tan bárbaro como nosotros recordamos el Paleolítico. Lo que sí creo es que es algo muy eurocentrista adoptar siempre, frente a las otras culturas, esa distancia que nos permite dominarlas. Dominarlas con la mente va siempre asociado al dominio material, territorial. Lo que sí es preocupante es eso que también decía Lévi- Strauss, cuando alertaba de los peligros de un “hombre sin ventana”, un hombre “entontecido por el hombre”, desvinculado enteramente de la naturaleza y que cree por tanto poder prescindir de cualquier contrapunto externo para poder elaborar una cultura habitable, sostenible. Esto tiene que ver con la destrucción ecológica, con la destrucción tecnológica y también con el modo de mirar a los otros, la incapacidad que tenemos para imaginar Hombre, ser humano, fuera de los parámetros de dominio absoluto del capitalismo.
El cerco político y mediático sobre Cuba se ha estrechado según se ha debilitado la presencia de Fidel. ¿Eso fortalece los argumentos del propio Fidel?
Se ha estrechado también en esa medida pero no está relacionado solo, ni sobre todo, con Fidel sino con el nuevo orden geoestratégico en América Latina. Lo que comprende claramente el imperialismo estadounidense y sus monaguillos europeos es que Cuba es una pieza muy importante en el orden latinoamericano, y que con toda su pequeñez geográfica es irreemplazable para seguir desarrollando esos procesos emancipatorios de distinta naturaleza -algunos más dubitativos, otros más firmes- que se están produciendo en la zona. Creo que lo que percibe EEUU es que América Latina está dejando de ser el patio de atrás, pues incluso países que no han apostado claramente por cambios estructurales, sin embargo están viéndose obligados por las agendas políticas de Cuba, de Chávez, de Correa, de Evo [Morales] a la creación de nuevas instituciones latinoamericanas al margen de EEUU. La derrota de la OEA en estos momentos es absoluta y es muy importante a la hora de valorar también esta intensificación bellaca, ignominiosa, de las campañas mediáticas contra Cuba, de la que se hacen cómplices todos o la mayor parte de los medios de comunicación. Por eso te decía que los medios están militarizados, guerrean permanentemente contra la justicia y son responsables indirectos de muchas muertes. Yo diría que incluso de la muerte del preso Orlando Zapata, que probablemente nunca hubiera llegado tan lejos sin la presión de Miami y la atención artificial, interesada e ideológica, de los medios occidentales.
El linchamiento mediático que ha encajado Willy Toledo por sus comentarios sobre Zapata, ¿fue el gag del anticastrismo para hacer llegar su relato?
Lo de Willy Toledo ha sido un linchamiento que va más allá de su persona y que está dirigido a todos aquellos que, pertenecientes a ámbitos como el suyo, pretendan sostener en público una voz propia. Ha sido un linchamiento a la disidencia española, en el que han participado gente tan progre como Elvira Lindo o Rosa Montero, y que está encaminado no sólo a cerrar la boca a Willy Toledo sino a impedir que otros hablen, a asustar, a intimidar. Vimos la reacción pusilánime de Pilar Bardem y la asociación que ella dirige. Creo que es muy indicativo de los tiempos actuales y de la situación mediática y democrática en España. Dice mucho más acerca de España que acerca de Cuba. Pero dice también mucho acerca de Willy Toledo el hecho de que no se haya arredrado sino todo lo contrario.
Colombia celebra elecciones presidenciales este 30 de mayo. ¿Duele ver a Uribe irse sin mácula tras sus ocho años de gobierno?
Lo que más duele es que su partida no va a significar absolutamente nada en lo que es la tradicional política colombiana de violación de derechos humanos. Ni Santos -aún más feroz que Uribe- ni Mockus van a dar un paso hacia la paz y la justicia social. Lo que indigna, porque en este caso lo único que nos queda prácticamente es la indignación, es que a los gobernantes de la UE y a los medios de comunicación europeos les parezca más grave la muerte en huelga de hambre de un preso común cubano que una fosa común con 2.000 asesinados por las fuerzas militares y paramilitares colombianas. Eso es lo que duele, lo que indigna y lo que es muy revelador: lo que está en estos momentos en juego no es la democracia, que a la UE, EEUU, gobernantes y medios de comunicación les trae al fresco; lo que hay es una muy dura batalla por recursos, territorios, por beneficios económicos, y para obtenerlos se está dispuesto no sólo a sacrificar la verdad, sino cuantos seres humanos sea necesario.
¿Pasa el periodismo por una crisis de valores y de criterios, o simplemente tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor?
Objetivamente se puede hablar de un deterioro, y además vertiginoso. Hay cada vez menos medios, concentrados en grupos mediáticos con intereses comerciales, económicos e incluso militares muy claros. Por otro lado, frente al alzamiento antiimperialista en dos zonas (el mundo árabo-musulmán, no izquierdista, y América Latina, con un nuevo izquierdismo) los medios han dejado a un lado la ‘elegancia’ con la que pretendían gestionar el mundo sin resistencias. En cuanto hay resistencias la elegancia se pierde, como en 2001 tras el 11-S y en 2003, cuando fue necesario difundir una serie de mentiras para justificar la invasión de Iraq. ¿Y qué ha ocurrido? Que el marco de credibilidad de los medios de comunicación se ha debilitado, y con él la idea de democracia. Y a los medios hay que hacerles responsables de desprestigiar algo sin lo cual no es posible un contrato social. Porque allí donde se debilitan la idea de democracia y los marcos de credibilidad, la respuesta es el populismo fascista, es el carisma personal, es la autoridad fiduciaria; allí donde no puedes creer en valores institucionales firmes, lo que estás haciendo es poner el mundo en bandeja en manos de las derechas populistas, en manos de las iglesias, de las sectas, en manos en definitiva del fascismo. De esto es responsable en gran medida el periodismo hegemónico.
Internet ha cambiado el sector. ¿Democratiza el periodismo o lo diluye?
Internet tiene una parte interesante e inquietante cuyas consecuencias aún no sabemos. En todo caso, lo que ha hecho ha sido erosionar la división entre lo público y lo privado. También obliga a cuestionarse la diferencia entre la libertad de expresión y de información. No hay que olvidar que libertad de expresión ha habido siempre, incluso en las dictaduras más feroces. La libertad de expresión tiene que ver con lo privado, y allí donde lo privado está regido por relaciones de poder desiguales lo que puede haber es autocensura. Si yo vivo en una dictadura, tendré cuidado cuando hablo en público y mediré lo que digo en voz alta en un café, pero en mi casa me expresaré con toda libertad. Lo que permite internet es que ese ámbito de lo privado, ya sin censura, se haya expandido enormemente. El uso que se hace hasta ahora de internet tiene que ver con la libertad de expresión sin censura, por lo que se dicen cosas que la educación y no la dictadura impedían antes decir, o cosas que sólo pensábamos y que convenía que se mantuvieran dentro de la cabeza. Internet ha expandido el ámbito de lo privado de un modo enorme, pero en cuanto a la libertad de información, ¿hemos ganado algo? Yo no sería enteramente pesimista, lo que sí creo es que han ganado también los otros medios, los hegemónicos, por lo que al final la relación de fuerzas se mantiene inalterada. Gracias a eso hemos podido abrir medios informativos sin gastarnos 20.000 millones de pesetas, que es lo que cuesta abrir un periódico diario, pero a cambio también los medios convencionales y oficiales han encontrado una vía de expansión de sus mensajes que hasta ahora no tenían. Internet no es un instrumento de emancipación, o no sólo, sino también un territorio más a liberar. No solamente tenemos que liberar nuestras plazas, nuestros territorios, nuestros centros de trabajo, sino también internet, y es un trabajo añadido.
Internet también plantea la neutralidad o no de la tecnología. ¿Qué opina?
Nada es neutral. Nada que entre en este mundo es neutral. Nada que introduzcas en este mundo es neutral. Que no lo sea no quiere decir que no pueda valernos en momentos determinados, pero quiere decir que no puede valernos para todo. Introducir un sombrero o un martillo en el mundo tiene su relevancia, pero sabemos que con un sombrero o un martillo no podemos escribir una novela, no tiene teclas y no imprime. Los formatos tecnológicos permiten e imponen determinados gestos y usos, un espectro de usos limitado: hay ciertas cosas que se pueden hacer con ellos y ciertas cosas que no tienes más remedio que hacer con ellos; es decir, no sólo abren posibilidades sino que también imponen gestos. Si pasamos del martillo, que es una herramienta frente a la cual tenemos cierta distancia, al ordenador o a internet, que es algo que casi está dentro de nosotros, como un riñón, pasamos a un territorio en el que el número de cosas que se nos imponen sin saberlo son también muy grandes: una cierta forma de atención, una manera de mirar, una simultaneidad imposible, infinitos amigos… Es lo que yo llamo la condición pantállica para hablar de una condición post-letrada en la que ya estaríamos entrando: un libro está muerto, recibe la luz de nuestros ojos, mientras que la pantalla es una fuente de luz, el esfuerzo es mucho menor. Igual que la lectura -la antigua condición letrada- imponía un marco de percepción, la condición pantállica también impone un marco de percepción en el que no todo es posible, en el que no podemos mirar las cosas de cualquier manera, con libertad y a discreción. Sustituir letras por imágenes tiene consecuencias antropológicas que aún no podemos valorar en su justa medida.
Acabamos sobre el escenario. No recuerdo quién lamentaba recientemente que la música, las artes en general están ya desprovistas de contenido político, de protesta, que se habían reducido a algo exclusivamente estético. ¿El teatro puede y debe ser el refugio del periodismo, de la protesta, o no debe pedírsele más que a un partido de fútbol?
No, incluso a un partido de fútbol habría que pedirle mucho más de lo que le pedimos. Y habría que pedírselo no sólo al teatro, al cine, a la novela o al ensayo; hay que pedírselo al circo y a la carpintería, y a todos y cada uno de los ciudadanos que forman parte de una sociedad como ésta. En estos momentos hay que rescatar formatos que algunos -desde la cultura oficial- consideran caducos o desfasados, sin darse cuenta de que los caducos y desfasados son ellos y sus obras y sus medios. Formatos que algunos consideran ingenuos sin darse cuenta de que los ingenuos son los que miden el mundo por las ventajas de que gozan y creen vivir en un mundo idílico en el que es posible escribir o pintar o cantar sin comprometerse, sin introducir una determinada visión de la realidad; que se ven puros porque defienden sin saberlo precisamente lo que hay que combatir; que se creen por encima del bien y del mal porque escriben novelas en las que no se combate el mal. Creo que es necesario volver a convertir todos los géneros, todos los formatos, en vehículos de interpelación y trasformación. Y olvidarse de esa pretendida neutralidad de la cultura; es imposible no tomar partido, de lo que se trata es de escoger uno y de utilizar todos los instrumentos estéticos a nuestro alcance para defenderlo.
sábado, 29 de mayo de 2010
"La paradoja del consumo capitalista es ésta de que resulte muy placentero destruirlo todo"
viernes, 21 de mayo de 2010
Rompamos el Silencio.
Madrid. Del 17 al 20 de Mayo de 2010.
Sigue las semana de lucha social 2010 en:
Centro de medios (centrodemedios.org)
Preámbulo
Santiago Alba Rico
12 de mayo de 2010
"La gran aventura del espíritu": la UE y la muerte
El petroleo está en el Golfo Pérsico y en Venezuela. El hierro en Australia, Rusia, China e India. El gas en Rusia y Argelia. El coltán en el Congo. El carbón bituminoso y la antracita en China, EEUU, India, Suráfrica, Indonesia. La plata en Perú. El cobre en Chile. El oro en Sudáfrica, en Zimbabwe y en la India. Los fosfatos en Sáhara Occidental, en China, en EEUU, en Túnez. ¿Qué tiene Europa? Lo más importante: el ingenio, el conocimiento, la ambición, la visión, la “gran aventura del espíritu” de la que hablaba Frantz Fanon en 1961.
Pero, ¿de dónde sale todo eso? ¿De dónde se extraen tantas maravillas intelectuales?
Las clases medias de los países pobres siguen fascinadas por esa gran aventura europea y quieren aprender.
- Queremos también lo que vosotros tenéis: vuestra riqueza, vuestros mercados, vuestra moral superior, vuestra democracia.
- Todo eso sólo puede existir -y cuán necesario es que exista- a condición de que no se generalice.
- ¿Y por qué vosotros? ¿Por qué no tenemos también nosotros el mismo derecho?
- Porque nosotros nos lo hemos ganado. Porque nosotros hemos robado más y durante más tiempo, hemos matado más y durante más tiempo, hemos sometido a más pueblos y durante más tiempo. Eso es lo que tenéis que aprender de nosotros. Ese es el único camino.
Ese es el camino, decía Fanon en la conclusión a Los condenados de la tierra, que no se debe recorrer de nuevo: “Dejemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo”. Y añadía: “Hace siglos que Europa ha detenido el progreso de los demás hombres y los ha sometido a sus designios y a su gloria; hace siglos que en nombre de una pretendida aventura espiritual ahoga a casi toda la humanidad”.
Fanon escribía esto en pleno proceso de descolonización, cuando los pueblos sometidos del llamado Tercer Mundo trataban de sacudirse el yugo europeo. Pero esa “aventura espiritual”, derrotada militarmente en la batalla anti-colonial, cristalizó enseguida en un formato menos explícitamente belicoso; se materializó en la UE, proyecto de inspiración estadounidense, proyecto también de “pacificación” de la violencia destructiva del viejo continente, que sin embargo acabó por recoger, prolongar y renovar el empuje avasallador, ahora bajo otras formas, del imperialismo clásico europeo. Europa, es verdad, tenía también otra historia -de Espartaco a la Comuna de París, de Sócrates a Zola, de los rebeldes de Münster a los internacionalistas de la guerra en España, de Bartolomé de Las casas a la primavera de Praga- pero fue la “gran aventura espiritual” de Colón y Cromer, de la Compañía de Indias y las Encomiendas, de Rhodes y Weyler y Bugeaud y Rothschild y Ferdinand de Lesseps (y un largo etcétera de militares y millonarios) la que, en sucesivos pasos, de 1951 a 2002, terminó por apoderarse de su política económica y exterior. Esa Europa solidaria y socialista que el antifascista Spinelli adelantaba en 1941 -desde una cárcel fascista- en su Manifiesto de Ventotene se asemeja más a una nueva Santa Alianza, una unión elitista y cupular orientada a reprimir la disensión interna y conjurar, mediante bancos y ejércitos, las amenazas externas.
Hoy, cuando sobre algunos de los países de UE se cierne de nuevo la sombra del Tercer Mundo, cuando el número de europeos que se benefician de la “gran aventura espiritual” empieza a encoger vertiginosamente, cuando la descomposición y la violencia amenazan con volver dentro de nuestras fronteras, conviene saber a quién debemos “nuestra riqueza, nuestros mercados, nuestra moral superior y nuestra democracia” y a quién se las hemos hecho pagar, y se las seguimos haciendo pagar, en otros lugares del mundo. El coste es alto, como lo demuestra este dossier de Rompamos el silencio, y lleva también, sobre todo en Latinoamérica, nombres españoles: Aguas de Barcelona, Pescanova, Telefónica, Banco de Santander, BBVA, Unión Fenosa, Iberdrola, Repsol, Endesa.
Mientras se celebra en Madrid la cumbre UE-Latinoamérica, y aprovechando la presidencia española de la UE, es fundamental recordar una vez más por qué la “riqueza” europea es incompatible con la riqueza en general, los “mercados” europeos son incompatibles con los pueblos del mundo, nuestra “moral superior” europea es completamente inmoral y nuestra “democracia” europea es cada vez más difícil de conciliar no sólo con la participación, la igualdad, la solidaridad y la justicia: también sencillamente con la vida. La UE financia la muerte y la destrucción en distintos rincones del mundo. Sólo impidiendo esta danza siniestra podremos protegernos también a nosotros mismos y rescatar esa otra historia de Europa, silenciada, reprimida, enterrada en las cunetas, que, lejos de las “grandes aventuras del espíritu”, trata aún de construir una auténtica comunidad de pueblos.
martes, 18 de mayo de 2010
Santiago Alba Rico publica Noticias, un ejercicio de crítica contra la actualidad "Los mercados no deben regularse solos, el amor sí"
19-05-2010
Peio H. Riaño
Público/Rebelión
He aquí tres noticias: "Un grupo religioso manda biblias audibles a los supervivientes de Haití"; "Se declaran dispuestos a torturar con tal de salir en la televisión"; y "Nuevo decreto del Gobierno Berlusconi: a los heridos y enfermos se les aplicará la Ley de Extranjería". Adivine cuál de las tres se ha inventado Santiago Alba Rico (Madrid, 1960). En su nuevo libro, Noticias (Caballo de Troya), repasa en varios meses del año 2009 una realidad tan absurda que se queda corta frente a la real.
La primera parece obvia: ¿Puede la literatura cambiar la realidad?
La realidad está compuesta también de los gestos que la ignoran, la emborronan, la disfrazan, la engalanan o la exploran. Con las palabras se pueden hacer todas estas cosas: depende de quién, para quién, desde dónde, con qué materiales se escriba. Como estas condiciones se eligen sólo a medias, puede ocurrir que las obras de escritores reaccionarios -como Dostoievski, Conrad o Celine- contengan mejor literatura que las de otros más “progresistas”: es decir, mucha más concreción descriptiva. Toda buena descripción es ya transformadora. En todo caso, la literatura (la buena y la mala) poco pueden contra la televisión, que es en sí misma propagandística y conservadora.
¿Por qué creemos que la realidad es lo que pasa en los periódicos?
Por un mecanismo muy honorable: los humanos creemos espontáneamente en la libertad y en el espacio público y los discursos, por tanto, tienen a nuestros ojos tanta más credibilidad cuanto más libres y públicos son. Si entregamos toda la libertad de expresión y todos los medios de difusión -pongamos- a un mentiroso o a un ladrón o a un asesino (o a un mentiroso, ladrón y asesino), entonces creeremos a los mentirosos, a los ladrones y a los asesinos. El periodismo es una de las ideas más bonitas de la historia de la humanidad, pero hay que preguntarse en manos de quién están los periódicos para saber a quién creemos.
¿Sus noticias hablan más de lo conocido que de lo desconocido?
La poesía ha servido siempre para hacer visible lo que tenemos delante de los ojos y mis noticias -con su modesta vocación poética- tratan precisamente de hacer comparecer bajo una forma extraña, fuera de su sitio o a muchos mundos de distancia, la normalidad que se nos escapa o que aceptamos como natural y rutinaria. Un “yacimiento de sillas” es un crimen oculto; una “botella inmóvil” es un homenaje a la tranquilidad robada de los objetos cotidianos.
¿Hay alguna razón en 2009? ¿Otro año en el que tampoco hicimos la revolución aunque nos recortaron los derechos hasta dejarlos bajo mínimos?
La idea capitalista de progreso se revela cada vez más como un retroceso en términos de ética, racionalidad y derecho. Es urgente hacer comprender esto al mayor número de personas y no hay que desdeñar ningún registro: el cartel, el panfleto, el artículo, el ensayo, la novela, la poesía, el teatro, la música, el documental. Lo importante es entender que en estos momentos ningún cambio es posible sin conciencia y militancia. Y que la máxima claridad, como decía el filósofo Lessing, es siempre la máxima belleza.
¿Cree que este libro sólo lo podría haber escrito un ingenuo libre de cinismo y escepticismo?
Soy sin duda más cínico y escéptico que mi libro. Pero la ingenuidad puede ser un proyecto, una disciplina e incluso un abrelatas. De mayor quiero ser “ingenuo”. En latín “ingenuo” es lo contrario de “esclavo”: el “nacido libre”, sin cadenas ni ataduras. Y bien pensado, todos nuestros actos son en algún sentido “libres”, incluso en las peores condiciones. Hace falta una gran ingenuidad para cambiar los pañales a un niño en un campo de refugiados o para cumplir una promesa banal en una ciudad bombardeada. Lo que sostiene al mundo es la ingenuidad.
Insisto con la ingenuidad: por supuesto no es inocente. Cada noticia está tratada desde la más tierna ingenuidad poética pero tiene un reverso helador, que congela la sonrisa. ¿Puede ser?
Por eso hablaba de la ingenuidad como de un abrelatas. En plena guerra civil Machado escribió un poema titulado “Primavera” que comienza con los versos “más fuerte que la guerra -espanto y grima”. La primavera llega hasta el oído del poeta atravesando el estruendo de las bombas, pero los lectores oímos ese estruendo -"retumba el monte, el mar humea”- como irreductiblemente real y ello en la pugna precisamente con el “son del rabel florido”. Machado no consigue huir de la guerra en su poema: la guerra estalla al mismo tiempo que las flores.
Por cierto, si hay investigadores que todavía buscan en qué lado del cerebro se encuentran las montañas, ¿sabemos algo de la ingenuidad?
Sabemos que los niños se dejan manipular, lavar, levantar y transportar con una sonrisa por gigantes que podrían destrozarlos entre sus manos. No pueden defenderse de sus padres y no tienen miedo. Es peligroso todo “contrato social” que no acepte la “ingenuidad” como fundamento originario de las relaciones ciudadanas. Los mercados no deben regularse solos; el amor sí. Y no puedo imaginar una sociedad más dictatorial que la que trata de “dirigir” el amor y “liberar” los mercados.
Sus noticias llevan frustración, deseo y carne. ¿A las noticias de los periódicos que les falta?
Déjeme ser ingenuo otra vez: les falta honestidad. Y esa falta de honestidad -corrupción mental- se va extendiendo como una marea negra. En una de las escenas más intensas de “Las Reglas del Juego” de Renoir, el alegre y derrotado Octave justifica con amargo cinismo la descomposición moral de la sociedad francesa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial: “Mienten los prospectos farmacéuticos, los gobiernos, los políticos, los periódicos y la radio. ¿Cómo no vamos a mentir nosotros que somos sólo pequeños particulares?”. Por ese camino vamos y la responsabilidad de los medios es muy grande.
¿Qué es más absurdo la realidad escrita en un diario o la que ha escrito usted en este libro?
He aquí tres noticias: “Un grupo religioso manda biblias audibles a los supervivientes de Haití”, "Se declaran dispuestos a torturar con tal de salir en la televisión”, “Nuevo decreto del gobierno Berlusconi: a los heridos y enfermos se les aplicará la ley de extranjería”. Adivine cuál de las tres me he inventado yo.
¿La imaginación es el arma que nos librará de los dientes del capital? ¿Sabemos usarla, sabemos dónde encontrarla...?
Hay que distinguir entre “fantasía” e “imaginación”. El capitalismo es muy fantasioso: sueña con descorchar las montañas, derretir los glaciares, explotar ilimitadamente una tierra finita, “flexibilizar” al ser humano hasta convertirlo en plastilina. La fantasía es abstracta y pasa por encima de los límites. La imaginación, al contrario, es muy concreta y consiste básicamente en la capacidad para representarnos el lugar donde están los otros, el lugar donde podría estar uno mismo y las consecuencias de los propios actos. La imaginación, así comprendida, tiene que ver con la compasión y la responsabilidad y es, junto a la razón y la memoria, una de las facultades más amenazadas por el capitalismo y de las que más depende nuestra resistencia frente a él.
Fuente: http://www.publico.es/313459/mercados/deben/regularse/solos/amor
sábado, 8 de mayo de 2010
Laicismo y mercado
Aprovecho el artículo de Santiago Alba Rico para colar algunas reflexiones personales. Me disculpan.
Sigue la polémica sobre el derecho de los individuos a su imagen y a la manifestación de sus creencias religiosas, obviando la cuestión principal, es decir, que una escuela laica, significa que el Estado no privilegia la enseñanza de ninguna religión ni sus símbolos (aunque esa religión sea el darwinismo), no que los estudiantes no puedan tomar partido por una determinada creencia religiosa y adaptar sus vidas, y entre ellas su forma de vestir, a las mismas, como, de hecho, lo hacen.
Lo que se oculta claramente tras la "polémica del velo" es una islamofobia virulenta, que desearía eliminar el Islam mismo de los corazones y que teme, como siempre Occidente ha temido, la difusión del Islam.
En España, especialmente, la derecha, mejor dicho, la derechona, porque ahora todos son de derechas, la derechona carpetovetónica de los Reyes Católicos, teme especialmente que la gente termine descubriendo, con el revivir islámico, que España fue Palestina, que se adulteró la historia con el cuento de la Conquista y la Reconquista y que se exterminó, en una cruzada interminable, no sólo a los nativos convertidos al Islam, sino hasta los brotes del recuerdo histórico. Y lo teme, sobre todo, porque continúa siendo la dueña de la tierra arrebatada a sus habitantes y de los privilegios conseguidos a sangre y fuego hace 500 años.
De ahí que el PP nos advierta histéricamente de que nos precipitamos hacia una república islámica. Tiene razón...a medias. Si cae la monarquía y Spain se transforma en una república federal, Andalucía terminará encontrando las huellas de su pasado morisco y descubriendo lo que ya dejó escrito el secuestrado padre de la patria andaluza: "Los jornaleros sin tierra andaluces son los moriscos desheredados por los Reyes Católicos." Por eso les pone tan nerviosos el pañuelito islámico.
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Laicismo y mercado
Santiago Alba Rico
Diagonal
08-05-2010
El caso de Najwa Malha, una joven española expulsada de un instituto de Pozuelo (Madrid) por cubrirse la cabeza con un velo, ha reavivado de nuevo una polémica destinada -aquí como en el resto de Europa- a colorear y ocultar una cuestión mucho más seria: la dificultad que encuentra el laicismo para imponerse, no en una sociedad religiosa, no, sino en una sociedad capitalista.
Así las cosas, la discusión sobre símbolos religiosos sirve en España sobre todo para que gobierno y oposición escenifiquen una pugna fundamentalmente hipócrita. El alcalde de Pozuelo y Esperanza Aguirre disfrazan la islamofobia del PP bajo ropajes inflexiblemente laicos, mientras que los ministros socialistas, incapaces de enfrentarse a la iglesia católica para abordar una verdadera laicización de la enseñanza, cacarean por su parte su laica tolerancia multicultural.
En todo caso, la cuestión del laicismo está mal planteada. Prohibir el uso individual de símbolos religiosos en nombre del laicismo significa en realidad -al revés- prohibir el uso laico de los símbolos y, en consecuencia, reconocer legalmente su monopolio por parte de doctrinas o instituciones religiosas. Las paredes de una escuela, materialización de la res publica, no pueden admitir identificaciones parciales o sectarias; pero el pecho y la cabeza de un niño tienen muy poca autoridad social. Una cosa es oponerse a la islamización del espacio público -o a utilizarlo, como de hecho hace el catolicismo, para difundir cosmovisiones religiosas contradictorias con el contenido mismo del curriculum escolar- y otra muy distinta impedir que los individuos decidan sobre el valor simbólico de un signo indumentario.
Al expulsar la medallita o el velo de las escuelas, lo que hace el Estado es entregar en propiedad esos objetos al cristianismo o al islam e impedir su desacralización individual; está reconociendo a la Iglesia y a la Mezquita, por así decirlo, el derecho de propiedad o copyright sobre esos símbolos y protegiéndolos de toda intervención profana. Está vedando el uso ornamental, lúdico, estético o -por qué no- blasfemo de los signos indumentarios.
Nada menos laico. Podemos decir que una escuela que impide el uso arbitrario e idiosincrásico de los símbolos representa paradójicamente a un Estado totalitario y teocrático: totalitario porque impone el valor unívoco de esos símbolos contra la libertad semiótica individual; teocrático porque de esa manera delimita y protege precisamente su exclusiva condición religiosa.
No permitir el uso de cruces y velos a los alumnos es, bien mirado, un privilegio concedido al cristianismo y al islam. En estas condiciones, a los comunistas nos gustaría que se expulsara a los chavales que visten camisetas con la imagen del Che porque de esa manera se estaría devolviendo esa imagen a la ideología por la que luchó. Si no se hace, si la escuela admite camisetas con imágenes del Che, con la hoz y el martillo y hasta con las siglas de la fenecida URSS, huelga decirlo, no es por tolerancia hacia los comunistas sino porque, completamente profanadas, esas imágenes no representan ningún peligro.
Pero ésta es la lógica del mercado y no del laicismo. La ley reconoce que la cruz pertenece al cristianismo y el velo al islam como reconoce que la imagen de Cristiano Ronaldo pertenece al Real Madrid, la botella de Fanta a la casa Coca-Cola y el Pato Donald a Walt Disney -y el Che a una marca de camisetas.
Pero si es la lógica del mercado, ¿por qué no respetarla de veras? Si el velo es el logotipo de la marca islam y la cruz el logotipo de la marca cristianismo, ¿por qué no permitir también estas marcas junto a todas las demás? Y si, como yo creo, todas las marcas son perturbadoras y peligrosas en el ámbito de la enseñanza, donde los niños se miden unos a otros a través de signos indumentarios, ¿por qué no prohibir también, junto a la cruz y el velo, los logos de Nike, de Levis, de Nestle, de Dolce & Gabbana?
No hay más que dos soluciones coherentes al dilema planteado por Najwa Malha. Una admitir todas las marcas -incluidas las religiosas- en nombre de la libertad semiótica, que es verdaderamente laica, aunque capitalista. El otro asimilar los pechos y las cabezas de los niños, mientras estén en la escuela, a las paredes públicas, materialización de la res publica, e imponerles un cómodo, barato y elegante uniforme que deje fuera todas las diferencias de religión, de clase y de marca. Lo que -para dar la razón a Libertad Digital- es, además de laico, socialista.
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/Laicismo-y-mercado.html
rCR
jueves, 18 de febrero de 2010
Sujeto histórico y transformación antropológica
Entrevista a Santiago Alba Rico: ...la corriente principal de la historia no pasa por el viejo continente: ¿Donde están los dos centros de decisión de los destinos de la humanidad en estos momentos? En dos lugares: el mundo árabe, donde yo diría que se está jugando la supervivencia material de la humanidad, donde encontramos una resistencia antiimperialista un poco desconcertante (porque desgraciadamente no es de izquierdas) y el otro, América Latina, donde sí que están sucediendo cosas que animan a la esperanza. Creo que se tiene que aprender mucho de lo qué están haciendo en uno y otro lado sin dejar de hacer cosas aquí.
Nodo50
Espai Marx. Septiembre 2009
Te has mostrado especialmente pesimista en relación con la posibilidad de que se establezcan sujetos colectivos revolucionarios aquí en el viejo continente...
Bien, es un problema que no tiene ya que ver sencillamente con procedimientos de control, represivos o de manipulación de los medios de comunicación sino con procesos materiales de erosión de lo qué son los vínculos antropológicos más básicos. Ya no solamente los vínculos políticos sino las mismas condiciones que hacen posible que después acontezcan los vínculos políticos. Estos vínculos antropológicos se han visto minuciosamente destruidos a lo largo de las últimas décadas por un capitalismo que ya no configura sus sujetos en los lugares de trabajo, como decía Gramsci . Él decía que la fábrica era el lugar de la hegemonía y cuando habla del taylorismo o del fordismo (de la racionalización que se introduce en los procesos laborales) considera que la fábrica es el lugar donde se constituye la hegemonía y por lo tanto también la contrahegemonia . Ahora este lugar sería más bien el centro comercial como estandarte de una determinada manera de abordar la realidad, de interiorizar síntesis espontáneas para el abordaje de la realidad.
Esto es hasta tal punto cierto que, por ejemplo, hace unos días un periodista italiano de “ Il Manifiesto”, este diario vinculado a los restos del comunismo italiano, publicó un extensísimo reportaje sobre el consumo de drogas en las fábricas, en las cadenas de montaje de la industria italiana. Y observó una cosa curiosa: las fábricas se han convertido en supermercados, en centros de consumo, ya no son solamente lugares de trabajo. Son ahora lugares dónde circula la droga e incluso de dónde sale la droga que se distribuye después por los pueblos vecinos. Lugares dónde puedes comprar un coche, un Ipod ... La fábrica ya no es un espacio dónde una va a construir su proyecto vital. Antes, incluso si uno no tenía conciencia política, la fábrica formaba parte en cualquier caso de un proyecto vital que te permitía, yo qué sé, casarte, tener hijos, etc. Y al mismo tiempo, evidentemente, era el lugar dónde uno se politizaba; la educación sentimental, la educación política del sujeto se producía en el puesto de trabajo. Hoy la mayor parte de los jóvenes que siguen trabajando en fábricas lo hace para poder seguir consumiendo, no importa el qué. El consumo de cocaína, por ejemplo, alcanza en el caso de Italia al 50% de los trabajadores de las fábricas. Y no se trata, como explicaba Engels a principios del S.XIX cuando hablaba de la situación de los obreros en Inglaterra, de utilizar el alcohol y otros estimulantes para soportar las duras jornadas laborales, sino que, al contrario, la droga forma parte integrante del universo del qué se procede. De esta manera se trabaja por poder consumir y no a la inversa.
El mercado es pues el principal generador de hegemonía. Esto lo explicaba muy bien Pier Pablo Pasolini en los años setenta cuando decía que lo qué no había conseguido Mussolini en veintitantos años de dictadura fascista lo había conseguido el hedonismo de masas o capitalismo de consumo en muy poco tiempo. El fascismo nunca consiguió centralizar y homogeneizar la cultura; aunque existiera un acatamiento formal, no existía una interiorización del mensaje fascista. Los obreros y los campesinos conservaban sus culturas de resistencia y todo esto ha desaparecido en pocos años. Y también dice una cosa que tiene que ver con el pesimismo del que yo hablaba ayer y que es muy inquietante: "El nuevo hedonismo de masas, el nuevo consumo tecnológico es incompatible con el marxismo humanista". Es así de contundente. Habla en su tiempo básicamente de la televisión, que tuvo este efecto homogeneizador y disolvente de las culturas de resistencia, de las culturas materiales de los barrios y del campo. Pero claro, actualmente esto se puede extender a otras muchas tecnologías, la implantación de las cuales, en contraposición con los años setenta, se ha acelerado vertiginosamente. Por lo tanto, esta descomposición del sujeto colectivo tiene que ver con procesos materiales asociados a la mercantilización general de la existencia y a la aceleración de la renovación de las mercancías. Y en particular de las mercancías visuales, que es un concepto en el cual no se insiste suficientemente en mi opinión. En una sociedad que no distingue entre las cosas de comer, las cosas de usar y las cosas de mirar, el propio consumo de imágenes es sólo una extensión del proceso digestivo. Estamos ininterrumpidamente consumiendo imágenes, consumiendo simulacros, dobles o copias de las cosas que acaban convertidos, por un perverso efecto especular, en los originales que todos aspiramos a imitar. Estamos rodeados de verdaderas copias, a la manera de eidos platónicos invertidos, que han acabado por reemplazar completamente la realidad mediante un formato que es espontáneamente nihilista: miramos el mundo como lo hacen los pilotos de un bombardero, que sólo miran las cosas para destruirlas y al mismo tiempo que las destruyen. Encender la televisión, encender el ordenador, escribir un mensaje en el móvil, pasearse por un aeropuerto rodeados de pantallas encendidas, todo esto contribuye igualmente a este confinamiento del individuo en un aparato digestivo totalitario en el contexto del cual no podemos mirar, si no es para desnudar de existencia lo que miramos. En este sentido, es difícil pensar en un mundo así y pensar al mismo tiempo en la supervivencia de la compasión, la solidaridad, el compromiso... son cosas que están material y radicalmente excluidas del horizonte...
Pero, sin ánimo de provocar, si "Nada que pensar" es un grito [anti posmoderno] dirigido a los que se vendieron en la transición y abandonaron el marxismo, este discurso tan pesimista y radical epistemológicamente que considera que la imagen ha exorcizado la realidad, que se ha abolido el tiempo y el espacio... no viene a reproducir un discurso posmoderno?
No lo reproduce sino que lo denuncia allí donde ha dado tantas vueltas que se ha pasado de rosca, allí donde ha dado por supuesta la descomposición de la razón a partir de los propios procesos inmanentes de la razón, que es de alguna manera lo qué pretende el discurso posmoderno. Hemos llegado a un punto en el qué se ha producido un cierre categorial que debemos asumir para poder denunciarlo. Hay que asumirlo porque de otra manera no queda claro que el enemigo ya no es (por mucho que siga siendo necesario) una policía represiva o un Estado que ilegaliza partidos y que sigue torturando en las prisiones o deteniendo a jóvenes militantes antiglobalización en el mundo entero sino nuevas formas de dominación que son las que configuran el sujeto. La represión se encarga más bien de neutralizar, de combatir los residuos resistentes. Si alguien se resiste a ser configurado por estos procesos materiales, entonces sí que se convierte en un terrorista contra el cual se aplica toda una batería de medidas represivas y legales. Ahora bien, es importante ver que todos estos procesos materiales del capitalismo, de lo que se llama la sociedad hiperindustrial , son decisivos a la hora de construir nociudadanos enfrentados entre ellos.
En relación con el segundo aspecto, es verdad, a mí me preocupa mucho que al final nos encerremos, yo el primero, en discursos desmovilizadores, porque el pesimismo puede serlo mucho. El miedo y la alarma nunca se sabe como gestionarlas porque pueden tener los dos efectos: sacudida o indiferencia. Pero creo, en primer lugar, que hay que recordar una cosa que puede ser muy poco estimulante, en relación con el contexto europeo, pero que es también un ejercicio de modestia que nos conviene hacer desde Europa: y es el de entender que la corriente principal de la historia no pasa por el viejo continente: ¿Donde están los dos centros de decisión de los destinos de la humanidad en estos momentos? En dos lugares: el mundo árabe, donde yo diría que se está jugando la supervivencia material de la humanidad, donde encontramos una resistencia antiimperialista un poco desconcertante (porque desgraciadamente no es de izquierdas) y el otro, América Latina, donde sí que están sucediendo cosas que animan a la esperanza. Creo que se tiene que aprender mucho de lo qué están haciendo en uno y otro lado sin dejar de hacer cosas aquí.
¿Qué cosas? Hemos pasado muchas veces a lo largo de la Historia por periodos de inmersión como éste. Aquí pienso que lo básico en estos momentos es lo que hace la gente joven como vosotros en muchos lugares: recuperar las condiciones antropológicas de la resistencia. Estamos casi a cero, como si nos hubiesen arrancado los bosques, las hierbas, el humus mismo y estuviésemos en un terreno árido y despojado, completamente desnudo. Así que lo qué debemos hacer es trabajar sabiendo que el tiempo apremia pero que en cualquier caso se necesita tiempo y trabajo para recuperar las condiciones antropológicas necesarias para la articulación de nuevos sujetos, sin olvidar que no podemos confundir –como a veces ocurre en ciertos sectores de la izquierda- las condiciones con las soluciones: la solución a la existencia de Repsol, Exhon , Roche o Montsanto no puede ser que cuatro amigos se reúnan en un bar para hacer un seminario sobre Marx mientras se beben unas cañas, pero la posibilidad a largo plazo de acabar con estos enormes enemigos tiene también algo que ver con el hecho de hacer eso, de recuperar los espacios, los cuerpos, de hacerlos converger en un mismo lugar, de ponerlos a discutir. Es el trabajo que toca hacer ahora: restablecer casi desde cero las condiciones antropológicas que permiten la articulación de la respuesta. Y eso pienso que sí se está haciendo y que se ha entendido bien desde algunos espacios de la izquierda en el Estado español. Entender que ya no podemos contar con partidos con representación parlamentaria de los que se pueda esperar nada y que hay que trabajar desde abajo. Hay palabras peligrosas que los que provenimos de una tradición sólida, marxista, institucionalista, utilizamos y que dan un poco de miedo a algunos, como la palabra comunidad.
En relación con eso, ayer decías que el programa político debe ser conservador en el terreno antropológico, reformista en el institucional y revolucionario en el económico. ¿Crees que los movimientos sociales europeos posmuro responden a estas características? ¿La nueva explotación masiva de la tecnología, con el uso brutal de las nuevas redes sociales de internet, se adecua al concepto de conservadurismo antropológico que defiendes?
Yo creo que no. No se está haciendo y por diversos motivos. Me gustaría distinguir primero entre la izquierda líquida, negrista, enfocada más bien a la reivindicación del deseo, la multitud, la espontaneidad, que insiste efectivamente en el carácter emancipador de todos los procesos tecnológicos que acompañan el capitalismo, y otra más sólida, más bien institucionalista, de la cual yo formo parte pero que sigue en algunos aspectos también atrapada en tradiciones que se han demostrado fracasadas. Estas dos posiciones están muy acantonadas en discursos escasamente abiertos.
Primeramente, ¿por qué conservadores en terreno antropológico? Bien, pues en eso sí que pienso que comenzamos a estar bastante de acuerdo estas dos izquierdas. Después de décadas en las cuales la izquierda marxista se limitó a replicar e incluso acelerar los principios desarrollistas y productivistas del capitalismo pienso que ahora eso ya lo hemos superado y entendemos que es una concepción que conduce a un suicidio global. Así pues, en este aspecto, hay acuerdo. Tenemos que cambiar de modelo energético, pero también recuperar modelos de relación básicos que tienen que ver con los cuerpos, con la reterritorialización de las resistencias, y es en los aspectos vinculados a esto último donde puede haber algunas discrepancias entre lo que yo he llamado líquidos y sólidos, pero en términos generales hay acuerdo.
A continuación, reformistas en el terreno institucional: Por una parte hay toda una tradición marxista que ha interpretado, erróneamente a mí entender, que la democracia es tan solo una trampa tendida por el capitalismo, que el enemigo no es sólo el capitalismo y sus aparatos de producción sino también las mal llamadas superestructuras especulares que reflejarían y reforzarían la sujeción capitalista. Pienso que es un error y por ello hablo de reformismo en el terreno institucional. Gramsci ya entendió muy bien que la democracia, la idea del derecho, el voto universal, la sanidad y la escuela pública, la separación de poderes, son conquistas obreras y campesinas que han costado muchos muertos. No tenemos más que dos alternativas: o la voluntad o la ley. O nos sometemos a la voluntad de otro, confiando en que sea una buena voluntad o nos sometemos a la ley. Naturalmente, reivindicando la ley como aquello que los hombres y las mujeres se han dado a sí mismos cuando están tranquilos, recordando la idea de Voltaire. Estar tranquilos es muy difícil, pero por eso se hacen constituciones, que son decisiones que tienen que ver con aquello que todos compartimos y que no queremos ni debemos estar rediscutiendo constantemente. Democracia no es que una asamblea de Atenas discuta sobre si se tienen que esclavizar a todas las mujeres y niños de la isla de Mitilene que los atenienses acaban de conquistar en las guerras del Peloponeso. Democracia consiste en que eso no se pueda votar y por ello existe una constitución que ha decidido que hay cosas que están fuera de discusión. Aquí vemos que no se puede tocar la constitución para decidir que los pueblos de la península puedan autodeterminarse mientras que el caso terrible de un novio que ha matado a su novia desencadena toda clase de presiones, mediáticas y políticas, en condiciones de “intranquilidad” anímica para restablecer la pena de muerte. Como hay mucho dolor, todos nos solidarizaremos contra la razón misma... Pues no, eso es como concebir la democracia en términos plebiscitarios directos, como en el circo romano. No es cierto, pues, que las leyes las hacen los ricos para dominarnos mejor, las leyes se las hemos arrancado a los poderosos y lo qué hacen ellos es esquivarlas, violarlas, prevaricar, etc. Pero nada se puede reprochar a la idea de ley ni a la democracia. Sería tan absurdo como culpar a los diez mandamientos del aumento de robos a mano armada. Eso no se acaba de comprender bien. Pero, por ejemplo, una de las grandes virtudes de lo qué está pasando en América Latina es precisamente que se ha apostado, por el socialismo, pero con democracia. Y creo que hay todo un debate que afortunadamente se ha trasladado al Estado español y que además donde más y mejor se ha desarrollado es en Catalunya (especialmente desde Espai Marx ) que trata de reivindicar esta tradición republicana que asociaría democracia con socialismo.
Por último, estamos obligados a ser revolucionarios en el terreno económico: Pienso que en eso sí que nos tenemos que poner de acuerdo, no tanto en el supuesto mismo compartido de que el capitalismo es irreformable (precisamente se debe hacer una revolución para que todos podamos descansar y volvernos reformistas), sino en como funcionaría eso que ahora comienza a llamarse el socialismo del S.XXI sin que nadie le haya dado un contenido concreto (formas de propiedad, la división del trabajo, el acceso a los medios tanto de producción como de información...)
¿Por qué consideras que la sociedad capitalista es la primera sociedad primitiva de la historia ?
Es curioso, porque se habla de sociedad de consumo como si fuera algo deseable cuando hay una contradicción en los términos, entre sociedad y consumo. Consumo es el escalón animal del ser humano, la esclavitud biológica del ser humano. Necesitamos consumir para renovar nuestras fuerzas vitales. Eso es lo qué hacen básicamente los animales. Por lo tanto, una sociedad que es sólo de consumo es la más biológica y primitiva que podemos imaginar, una sociedad que dedica todos y cada uno de sus instantes, de sus gestos, de sus acontecimientos exclusivamente a reproducirse biológicamente. Una sociedad que no distingue entre las cosas de comer, de usar y de mirar porque se las come todas indistintamente, ya sea la carne o las catedrales o los paisajes, es una sociedad de pura subsistencia. Y contrariamente a lo qué se pensaba, nunca antes ha habido sociedades tan primitivas como para ser consideradas de pura subsistencia. ¿Y cuál es la trampa mortal de todo esto? Volvemos aquí a hablar del pesimismo y la destrucción de los procesos de construcción de sujetos colectivos. La trampa es que el capitalismo se reproduce a base de aumentar las libertades. O sea, no es como el Antiguo Régimen, un modelo en el que el instrumento privilegiado era la represión, en el que se tenía que obligar a los esclavos a golpe de látigo a ir a las plantaciones. Desde el punto de vista formal, el capitalismo está muy bien estructurado a partir de eso que llamamos contrato, según el cual si uno decide no atender la llamada del despertador y no ir al trabajo es libre de hacerlo, aceptando –claro- que pasa así a ser un parado, lo que es algo aún peor en una sociedad capitalista que ser explotado por un empresario. Por lo tanto, en este aspecto no existe ningún elemento represivo.
Por otra parte, en el ámbito no de la producción sino del consumo, lo que ha hecho el capitalismo es atar a los sujetos como funciones de reproducción del sistema mediante el aumento permanente de las libertades. Es el sistema más tolerante del mundo: tolera al mismo tiempo el vegetarianismo y el canibalismo, el racismo y el antirracismo, el pacifismo y la violencia. Eso lo explicaba muy bien Günter Andersen en "Hombres sin mundo" cuando decía que la característica del consumo mercantil es que todos lo aceptamos todo a condición que alguien ofrezca dinero para comprarlo en el mercado. Este principio se traduce en manifestaciones extremas de corrupción mental y nihilismo, como en el hecho de que haya mujeres que subastan su virginidad por internet o que se vendan residuos corporales de actores y actrices. La existencia se reduce precisamente al mercado. Lo que no se puede vender es residual y por lo tanto inmoral. Todo lo qué adquiere existencia lo adquiere sólo en el mercado y en la medida en que la adquiere deviene moral y legítimo. Por eso mismo, atentar contra el carácter mercantil de las cosas es atentar contra la tolerancia y la libertad y en definitiva contra la existencia misma de los objetos. La particularidad, pues, del capitalismo es que se reproduce a base de aumentar las libertades. ¿Frente a eso qué haces? Y eso es algo que la izquierda tiene que plantear. La izquierda tiene que reivindicar un cierto puritanismo, una cierta represión. Porque vivimos en el sistema más “libertario” que hay, porque la libertad básica que ha traído es la libertad del hambre, la libertad de tener siempre hambre. Y eso es, si lo llevamos al campo del psicoanálisis, como si hubiese triunfado el "ello" –lo más instintivo y primitivo- sobre el " superego ". La cultura y la civilización consisten en su raíz en la represión del "ello".
Tenemos que plantearnos un poco la batalla en estos términos. Fidel es un ejemplo muy claro de alguien que siempre ha entendido perfectamente el carácter necesariamente puritano de las izquierdas emancipadoras. Porque destruir es muy bonito, es bellísimo, mantener las ciudades en un eterno mediodía con un malgasto lumínico increíble, es maravilloso. Cambiar de móvil cada tres meses aunque eso cueste la vida a millones personas en el Congo que están a miles de kilómetros de aquí también es una delicia. En consecuencia, de lo que se trata es de convencer a los humanos de que conservar es no sólo más útil sino también más bonito. Y cuando Fidel, en aquel famoso discurso de 2007 en la universidad se pasa horas explicando como se tienen que cambiar las bombillas y cuánto dinero se va a ahorrar, la gente piensa "ya está este viejo desvariando con sus manías de pueblerina tacaña…". Es un discurso que en nuestro mundo, en Europa, no está bien visto, es menospreciado. Estamos acostumbrados a la destrucción generalizada que acompaña a la obsolescencia programada y simbólica de las mercancías. Es el apocalipsis permanente ofrecido como la cosa más deseable y bonita del mundo. El "ello" triunfante. Y frente al "ello" hay que recordar a Fidel, porque la supervivencia del planeta está en juego. ¿Pero como puedes convencer a la gente de eso? En Europa estamos cometiendo el mayor atentado suicida de la historia, que no es el de las Torres Gemelas, es sencillamente ir al Carrefour a hacer la compra. ¡Y suicidarse con chocolatinas, hamburguesas y móviles es tan placentero! El peligro es éste y lo vemos también en Cuba: hay una fractura generacional y los jóvenes en estos momentos perciben como retórico y moralista el discurso de la revolución. Claro, ponte tú a predicar puritanismo no consumista y austeridad a jóvenes que están deseando dejarse explotar tres meses en una fábrica para poder comprarse el último modelo de Ipod o la pantalla plasma.
Has hablado de los artilugios no comunistas. ¿Has llegado a alguna conclusión en relación a qué se debe hacer con determinados objetos propios del proceso tecnológico acelerado que parecen incompatibles con el humanismo marxista?
Lo qué me preocupa en primer lugar es una concepción muy interiorizada en el discurso de la izquierda, incluso en el discurso ilustrado marxista original: que el desarrollo de las fuerzas productivas llevará en sí mismo a la liberación y la concepción de la tecnología como espontáneamente emancipadora. Nada es neutral y, al contrario de lo que han pretendido muchas personas de izquierdas, ni la técnica ni la tecnología lo son. Nada que se introduce en este mundo es neutral, desde una caricia, a un cenicero... todas tienen la capacidad de modificar el mundo, aunque sea mínimamente. Porque ningún objeto es sólo el colofón de un proceso inmanente, sino que se introduce en un mundo exterior en el cual hay toda clase de intersecciones posibles. Si tú introduces un martillo en una sociedad que no lo tiene, el martillo mismo (aunque no introduzcas los procesos de producción que te han permitido disponer de este martillo) genera cambios. Si introduces, por lo tanto, ordenadores con conexión a internet, móviles, televisores, ya no te cuento. Estos soportes sólo permiten un determinado espectro de usos e imponen ciertas maneras de utilizarlos. Un martillo no sirve para coser un botón e impone ciertos gestos (cerrar el puño, doblar el brazo, acoplar el cuerpo, imprimir una cierta fuerza...). Y un martillo es una herramienta que, como tal, nos deja aún un grado de libertad bastante grande. Uno puede utilizarlo o no. Si uno tiene que clavar un clavo agradece mucho tener un martillo, pero si no está obligado a hacerlo –por una disciplina interior o una violencia exterior- el martillo no genera por sí solo la necesidad de ir clavando clavos allí donde no se necesita hacerlo. Con el ordenador no pasa eso. Las nuevastecnologías no constituyen herramientas sino órganos, y es muy difícil levantarse por el mañana y decir "hoy intentaré vivir sin mi hígado o mi corazón". Ante ellos tenemos muy poca libertad, y eso no es una cuestión menor.
Estamos pidiendo al mundo que se habitué a navegar por internet cuando la mayoría de la humanidad no sabe aún leer ¿Por qué el libro como tal no ha agotado sus prestaciones y sus potencialidades? ¿Por qué se debe continuar reivindicando la lectura aún cuando parezca una tarea heroica e inútil? Porque nos permite una mayor libertad. Y hay que medir la libertad por la pereza que generan las cosas. O sea, frente a un libro, como ante un martillo, uno debe decidir si lo abre o no, si lo usa o no lo usa. Ante la televisión, el ordenador, el teléfono móvil, casi no hay margen de elección. Yo no he visto a nadie que tenga que promover el uso de internet o la televisión como pasa con la lectura. Fijaos si es esto cierto que hace un año estuve dando una conferencia para bibliotecarios en Cuenca y antes de la intervención habló un tipo ligado a una fundación gubernamental que decía que, al contrario de lo qué se cree, en el Estado español se lee mucho. Ante la perplejidad de la audiencia, el tipo afirmó que las estadísticas consideran un lector habitual a aquél que lee… dos libros el año. Yo le pregunté si él consideraría un espectador habitual de televisión a aquél que la encendiese dos veces el año. O dos por semana. Lo mismo pasa con internet. Se impone solo, sin necesidad de campañas ni propaganda. Eso demuestra claramente hasta qué punto es diferente el uso de una herramienta y el de un órgano. Una televisión apagada es una expresión de violencia infinita. Eso también lo explicaba bien Günter Anders en los años cincuenta; de forma absolutamente precursora escribió un libro de título "La obsolescencia del hombre", y la primera parte está destinada a la televisión y viene a decir: "Dejémonos de tonterías, ante la televisión uno no es libre". Se dirá, bien, uno puede encenderla y apagarla. Pues no. Cuando uno ha introducido un aparato de televisión en su casa ya no es libre de decidir entre estas dos opciones, porque una pantalla apagada es una enorme violencia. Apagar una televisión es como tomar la decisión de practicar la eutanasia a un ser amado. Démonos cuenta de que la televisión está emitiendo las 24 horas del día, es un flujo vital, es como el monitor de un corazón que late. Y eso es una batalla perdida, así que como mínimo pensemos qué significa colocar soportes como éstos en nuestras vidas. Supone asumir la simultaneidad frente a la sucesión, asumir la infinidad potencial ante la finitud que caracteriza el cerebro y el cuerpo humano...
Has participado últimamente en un debate encendido en relación a las próximas elecciones europeas. Puedes concretarnos tu opinión al respeto ?
Mi posición es de muchísima perplejidad. No creo que tenga nada más que añadir a lo que vosotros mismos pensáis. Yo no he sido nunca militante de ningún partido, vivo en Túnez y desde ahí contemplo siempre con una cierta pesadumbre, debido a mi vinculación a diferentes partidos y sectores de la izquierda del Estado español, el grado de división que existe. Por una parte opino que Izquierda Unida no es refundable , que mejor sería incluso que perdiese la mínima representación institucional que tiene.
Y el malestar en relación a las elecciones tiene que ver con que repentinamente se presenten varias formaciones a las cuales me gustaría votar, cuyos programas prácticamente coinciden y asumo y cuyos candidatos conozco y admiro por igual. Así que me siento como el asno de Buridán, equidistante y paralizado ante dos o tres fuerzas semejantes. Yo creo que eso es una señal también de hasta qué punto la corriente central de la historia no pasa por Europa. Cuanto menos poder tiene la izquierda, cuanto menos hay en juego, más división se produce. Y de esa manera pasamos inmediatamente de Marx a Freud, de la política a la neurosis, porque lo qué está en juego no son los programas y los principios sino las cuotas de poder, las ambiciones personales...
:: Fuente y debate completo: Rebelión
Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1984 y 1991 fue guionista de tres programas de televisión española (el muy conocido La Bola de Cristal entre ellos). Ha publicado artículos en numerosos periódicos y revistas y, entre sus obras, se cuentan los ensayos "Dejar de pensar", "Volver a pensar", "Las reglas del caos" (libro finalista del premio Anagrama 1995), "La ciudad intangible", "El islam jacobino", “Vendrá la realidad y nos encontrará dormidos”, “Leer con niños” y “Capitalismo y nihilismo”, así como dos antologías de sus guiones: “Viva el Mal, viva el Capital” y “Viva la CIA, viva la economía”.
Es también autor de un relato para niños de título "El mundo incompleto" y ha colaborado en numerosas obras colectivas de análisis político (sobre el 11-S, sobre el 11-M, sobre Cuba, sobre Venezuela, Iraq, etc.). Desde 1988 vive en el mundo árabe, habiendo traducido al castellano al poeta egipcio Naguib Surur y más recientemente al novelista iraquí Mohammed Jydair. En los últimos años viene colaborando en numerosos medios, tanto digitales como en papel (la conocida web de información alternativa Rebelión, Archipiélago, Ladinamo, Diagonal etc.). En Venezuela ha publicado junto a Pascual Serrano el libro “Medios violentos (palabras e imágenes para la guerra)” (El Perro y la Rana, 2007). En Cuba ha publicado “La ciudad intangible” y “Cuba; la ilutración y el socialismo”.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Santiago Alba Rico. El socialismo tendrá que adoptar medidas preventivas contra la televisión
03 de noviembre de 2009
Veruscka Cavallaro
Palabras Inversas (Maracaibo-Venezuela)
Cubadebate.-
1. ¿Por qué le das tanta importancia a la mirada?
En general, cuando analizamos una relación de dominio, prestamos atención a las armas, a las instituciones y al lenguaje, olvidando que todas las jerarquías se deciden también, y se refuerzan, al nivel de la mirada. Toda relación de poder es una relación visual. En términos cotidianos basta pensar en las aduanas, las consultas médicas o las entrevistas de trabajo (por no hablar de las salas de tortura), donde son los flujos unilaterales de la mirada los que confirman una desigualdad radical. Salvo los enamorados, que tienen el permiso de mirarse recíprocamente y sin peligro, con absoluta desvergüenza, las relaciones entre sujetos -las de sujeción- buscan sobre todo hacer bajar los ojos a los otros. El poder, cuando no es democrático, se asegura al mismo tiempo el derecho a la invisibilidad y el derecho a penetrar con la mirada en todas partes.
Y por eso, como he escrito alguna vez, el mundo puede dividirse, sí, entre hombres y mujeres, entre libres y esclavos, entre ricos y pobres, pero también, en un corte casi superpuesto, entre mirones y mirados, entre los que miran y los que están ininterrumpidamente expuestos a la mirada ajena. Y por eso he escrito también que algún día los pueblos colonizados, los pueblos empobrecidos, los pueblos invadidos, tendrán que reclamar indemnizaciones no sólo por las pérdidas materiales que se les han infligido sino también por todas las imágenes que se les han robado.
2. ¿Cuál es la consecuencia de mirar como miramos?
La mirada del poder absoluto, del poder siempre actual y soberano es hoy la del piloto de un bombardero: mira desde el aire, como Dios, y en el acto mismo de mirar borra de la faz de la tierra el objeto que está mirando. No puede dirigir la mirada sin destruir lo que mira y sólo mira para privar de existencia al objeto de su mirada. Es exactamente lo contrario que hace el amor. Pero en este sentido hay que decir que lo contrario del amor es precisamente la mercancía; el hecho de que todo aparezca ante nuestros ojos -armados ahora de dientes- como objeto de consumo o, lo que es lo mismo, de destrucción. Sólo miramos lo que nos vamos a comer y mirarlo es ya incorporarlo a nuestro sistema digestivo, a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera las casas o las montañas permanecen en pie más que un instante. Pero por eso mismo hay que decir que lo contrario estricto del amor es la televisión, que convierte las imágenes mismas -de todo lo existente- en puros objetos temporales despojados de consistencia: placeres solubles en la instantaneidad de su comparecencia ante nuestros ojos. Lo contrario del enamorado es el espectador: cada vez que encendemos la televisión dejamos caer una bomba sobre el mundo. Y el problema es que ahora siempre miramos desde la televisión, incluso cuando la tenemos apagada, incluso cuando estamos en la calle, lo que se traduce en eso que he llamado el “nihilismo espontáneo de la mirada” y que consiste básicamente en la actividad normalmente destructiva de una mirada que no puede mirar las cosas sin despojarlas de consistencia, que mira las cosas para despojarlas de existencia. Mirar es hoy fuente y alimento de una indiferencia radical.
3. ¡Qué bueno!, llegamos al tema TV. ¿No te parece que si la exposición de los objetos en la TV los despoja de consistencia es porque muestra -y “mira”- según la lógica del sistema político-económico en que se desarrolla?
Esta es el dilema que es vital aclarar y en Venezuela tenéis la oportunidad de resolverlo con los propios medios. Pero te diré que no creo en la neutralidad de los objetos y mucho menos, claro, de esos objetos totalitarios que llamamos “tecnológicos”. No cabe duda de que las pantallas de televisión están llenas -por simplificar- de capitalismo; y que el capitalismo, en términos antropológicos, consiste en convertir todos los objetos en cosas de comer y todos los órganos, incluida la vista, en parte del aparato digestivo. Eso quiere decir que todos los objetos aparecen en el mercado -al margen de su valor de uso- como puras imágenes, pero como imágenes ofrecidas a la digestión visual y no a la contemplación narrativa. Esta lógica del mercado se cierra precisamente en la televisión, que impone sus propios ritmos y sus propios tiempos de atención. El formato tecnológico mismo, que sólo permite una concentración superficial y muy provisional, y que sólo engancha un ojo pasivo -un ojo lactante-, se ajusta muy bien a esta conversión de los objetos espaciales en objetos temporales (comestibles), cuya máxima expresión sería el spot publicitario de una marca de comida: nos comemos al mismo tiempo el yogurt y la imagen del yogurt, la hamburguesa y su marca. La televisión fue concebida para la propaganda y sólo sirve para eso; y por desgracia el capitalismo sabe hacer propaganda mucho mejor que el socialismo; de hecho ha inventado procedimientos tan vanguardistas, tan innovadores, estéticamente tan sofisticados, tan antipuritanos y rupturistas, que su formato audiovisual (el del gag o haiku visual) es en algún sentido insuperable.
4. Alguna vez dijiste que la TV era incompatible con el socialismo. ¿Mantienes tu posición?
La mantengo, al menos como hipérbole provocativa que ilumine los peligros de aceptar acríticamente el carácter neutral -y potencialmente emancipatorio- de la televisión y de la tecnología en general. Insisto en mi argumentación anterior. Hay cosas que un artefacto no nos permite hacer y hay cosas que un artefacto nos obliga a hacer. Con un martillo, por ejemplo, no podemos coser un botón; un martillo, al mismo tiempo, nos obliga a cerrar el puño, a doblar el brazo, a dirigir con precisión una determinada -ni más ni menos- cantidad de fuerza. Un martillo, en todo caso, es una herramienta, frente a la cual podemos mantener con relativa facilidad nuestra independencia. Una televisión -por no hablar de un ordenador conectado a internet- es más bien un órgano. Una televisión se impone a nuestro cuerpo como se impone nuestro riñón o nuestro hígado, y por eso la única libertad posible frente a ella va acompañada de un grado tal de violencia -el “off” de la televisión concebido como eutanasia o asesinato, incluso como suicidio- que la pantalla se nos impone también por la angustia que produce enfrentarse a ella. Esto es particularmente cierto en sociedades capitalistas donde las condiciones laborales y las penalidades cotidianas convierten la televisión en un poderoso ansiolítico: cuando todo falla, cuando todo se viene abajo, cuando se apagan las fuerzas del cuerpo y del alma, ella sigue encendida. Pero esta tiranía, no nos engañemos, forma parte de la propia tecnología y de estos formatos ya insuperables -de los que no se puede volver atrás- que imponen un ritmo de conciencia incompatible con el socialismo (que es narración, planificación, decisión, análisis). El socialismo tiene que aceptar -digamos- residuos no-socialistas, incluidos los accidentes de tráfico y la varicela. Contra la televisión, como contra los accidentes de tráfico y la varicela, tendrá que tomar medidas preventivas a partir del presupuesto de que el ser humano no es -como ahora lo imaginamos- una criatura-que-ve-la-televisión sino una criatura que se intercambia símbolos en un espacio común. Por eso, al menos cuatro medidas socialistas contra el no-socialismo televisivo se me ocurren: expropiación y socialización de todos los canales, reducción del número de pantallas en el espacio público, reducción de las horas de emisión y expulsión de los aparatos fuera del ámbito doméstico para instalarlos en salas compartidas (puede haber una en cada cuadra, por ejemplo). En cuanto al contenido, serán los ciudadanos, no los espectadores, los que lo decidan y tendrá que ver -claro- con la propaganda, la cultura y la información: mensajes institucionales (cuándo, por ejemplo, hay que vacunar a los niños), retransmisiones deportivas y musicales y buenos noticiarios. Eso es lo único que la televisión puede ofrecer y que no podemos encontrar en otra parte o de otro modo.
Tengo que estar de acuerdo en buena parte de tus medidas socialistas con respecto a la televisión. Viste, por lo menos una parte, de la programación de ViVe TV en tu último viaje a Venezuela. ¿Qué opinas sobre lo que pudiste ver?
No podría decirte que no me gustó: de alguna manera se ajusta precisamente a ese “tiempo narrativo” que vengo defendiendo en mis textos y en esta propia entrevista. O no, quizás “gustó” no es el término adecuado para definir mi reacción frente a lo que vi en ViVe-TV. No me gustó: me interesó, lo aprobé, me reconocí racionalmente en sus formatos visuales y narrativos. La cuestión es justamente esa: que si mi aprobación es “racional”, el “gusto” es instintivo, irracional, capilar. Y mientras que todo en el mundo -desde los ritmos de trabajo hasta la velocidad del consumo de mercancías- construye el “gusto” por el gag visual, por las duraciones explosivas no-narrativas, una programación como la de ViVe puede experimentarse como un “parón”, como una terrible violencia contra la velocidad. Hay dos cosas que el capitalismo prohibe radicalmente: el regalo y el aburrimiento. Hace unos días veía un bellísimo film de Passolini de los años 60, “Mamma Roma”. Mientras contemplaba los títulos de crédito con un enorme placer, me daba cuenta de hasta qué punto hoy los directores de cine no pueden permitirse iniciar de ese modo una película: rótulos sobre fondo gris que se sucedían lentamente acompañados de una pieza barroca de Vivaldi. De algún modo, ese umbral parsimonioso tensaba un hermoso suspense abierto sobre la historia aún por comenzar. Hoy -salvo quizás Woody Allen- ningún director se atrevería a hacer eso. Las películas arrancan siempre con un gag visual que, en lugar del suspense, imprimen en el alma ya una emoción completa y vacía, una especie de sobresalto engarzado después, como en un collar, a otros sobresaltos sucesivos. El tiempo del suspense, sí, ha sido sustituido por el del sobresalto. Y es difícil volver atrás -hacia la razón y la imaginación- y lograr lo más natural, lo más decisivo: que un objeto inmóvil nos emocione, que el espectador espere algo de un objeto inmóvil. ViVe no puede luchar contra eso, pero puede ayudar a conservarlo, como en una reserva animal, para cuando la revolución haya convertido el mundo, y con él la televisión, en una cosa decente.
Me interesa mucho tu opinión crítica en la reflexión de TV, pero me gustaría que abordáramos tu experiencia personal en la realización; por un lado la de programas infantiles en la TV española. ¿Cómo se desarrolló esa experiencia?
Mi experiencia en televisión fue breve e irresponsable. Trabajé entre 1984 y 1991 como guionista de tres programas de televisión concebidos inicialmente para un público infantil y juvenil. Digo inicialmente porque mi contribución, sobre todo en “La Bola de Cristal”, un espacio que todavía se recuerda hoy en España como “revolucionario”, tuvo un carácter marcadamente político. Y digo “irresponsable” porque en realidad no sabía bien lo que estaba haciendo, era muy joven y todo esto ocurría en los años 80, un momento engañoso de la historia de España en el que muchos de los que hacíamos el programa -y de los que fuera trataban de hacer política- creímos poder permitirnos casi todo. Fue una ilusión generada por la victoria en 1982 del PSOE de Felipe González (íntimo amigo de vuestro Carlos Andres Pérez) y cerrada casi enseguida por la propia política del PSOE. El programa La Bola de Cristal fue un poco la cristalización fugaz de esa ilusión: allí convergió la música y la estética de ese movimiento de renovación cultural muy superficial que se llamó la “movida” (vinculado a la recuperación de la experiencia inmediata a través del sexo, las drogas y la provocación antropológica) y las últimas bocanadas de un pensamiento marxista que estaba condenado a ser devorado por el mercado y el crecimiento económico. Curiosamente, los representantes de la “movida”, todos de derechas, son hoy como viejos dinosaurios superados por la historia; mientras que quiero creer que los que entonces empezábamos a ser considerados reliquias de otro mundo (izquierdistas, anti-imperialistas, marxistas) llevamos mucho mejor el paso angustioso, quebrado, del mundo actual. En todo caso, y respecto del programa mismo, incluso si no puedo decir que fuera una maravilla, tenía la frescura de todo lo que comienza (sin saber que era también el fin) y la ingenuidad provocativa de las convicciones firmes y elementales: en él se hacían dramatizaciones de El Capital de Marx, publicidad contra la publicidad, críticas de la política de la época a través de parodias de obras clásicas, anuncios contra la televisión misma, y todo ello aderezado o revestido con la música de la “movida”, enormemente atractiva para los jóvenes de la época (aunque a mí me parecía atroz). La “movida” fue algo así como un excipiente -como en las píldoras- que transportaba y hacía digerible un mensaje político muy radical. Luego la movida siguió su camino y nosotros el nuestro y hoy, en efecto, la mitad de los que entonces vieron ese programa -que tenían entre 8 y 15 años- recuerdan sobre todo a los cantantes que participaban en él; la otra mitad recuerdan a la bruja Avería, el personaje del que yo me ocupaba, y su grito de “¡Viva el Mal!¡Viva el capital!”. Los irresponsables niñatos que hicimos ese programa, bajo la dirección de una irresponsable cincuentona, fecundamos sin saberlo una minoría que, muchos años después, sigue siendo de izquierdas gracias también a “La Bola de Cristal”. Por desgracia -y eso da la medida de los cambios operados- una irresponsabilidad como ésa es hoy imposible en España, donde la televisión pública sólo existe nominalmente, poseída literalmente por el espíritu comercial, competitivo, corruptor de las cadenas privadas, que -oh casualidad- fueron aprobadas en España el mismo año (1988) en que la dirección de Televisión Española suspendió la emisión de nuestro programa.
Vi algunos capítulos y me fascinó la bruja Avería. Para finalizar, Santiago, me gustaría que hablaras de Bagdad Rap; un poco del proceso de realización del documenta pero, fundamentalmente, de tu relación con esa experiencia concreta que los llevó a Iraq antes de que se desplegara la invasión.
A principios del año 2003, el Comité de Solidaridad con la Causa Arabe organizó un programa de apoyo al pueblo iraquí y envió sucesivas brigadas de solidaridad, semana tras semana, hasta el último momento. Yo formé parte de la última, en marzo de ese año, interrumpida por la invasión. Mientras un pequeñísimo grupo solidario permanecía en Bagdad, casi todo nuestro grupo salió del país la misma noche en que comenzaron los bombardeos. Nunca olvidaré la llegada a Amman, la capital de Jordania, a las 6 de la madrugada del día siguiente. En el pequeño hotel donde íbamos a alojarnos nos recibió una televisión encendida en cuya pantalla se veían las bellísimas imágenes apocalípticas de las primeras explosiones en directo iluminando la ciudad que acabábamos de abandonar con dolor y remordimiento. Fue una sacudida moral e intelectual. Esa ciudad no existía ya, y no porque hubieran empezado a destruirla, sino porque su comparecencia misma en la pantalla, en esas condiciones, volvía increíble su existencia. He contado alguna vez que en ese momento decidí volverme conscientemente iconófóbico; rechacé esas imágenes cautivadoras e hice una especie de voto de pobreza visual que hasta ahora he mantenido. A la vista del Bagdad bombardeado por televisión, icompatible con el Bagdad vivo, digno y hermoso que había visitado y tenía todavía en la memoria, me sentí incapaz de acomodar en mi experiencia esas dos ciudades homónimas y contradictorias; y me vino a la cabeza una frase que resumía la paradoja atroz de ese espectáculo nihilizador: “Aunque parezca que están bombardeando Bagdad, están realmente bombardeando Bagdad”. Más allá de los mensajes y las manipulaciones, la sola comparecencia de ese Bagdad adornado, embellecido, poetizado por los misiles, desmentía su existencia y, por lo tanto, el dolor real que acompañaba a su destrucción. No hace falta mentir para negar: a veces basta precisamente con enseñar; no hace falta ocultar para cegarnos; a veces basta precisamente con mostrar lo que se quiere ignorar.
Bagdad-Rap surge del trabajo sobre el terreno, en los días que pasamos en Iraq, de Arturo Cisneros, quien recogió en imágenes las actividades de la brigada y los testimonios de los iraquíes en las vísperas de la invasión. Por su formación y su profesión, Cisneros concibió enseguida el proyecto de una película montada a ritmo de rap, en el que la música más beligerante y popular del momento bombease de algún modo el “tempo” de un bombardeo y el de un corazón a punto de romperse. Yo participé en ella como guionista, un poco a despecho de mis convicciones, pero enardecido por la proclamación de la victoria de Bush en mayo del año 2003 y tratando justamente de utilizar el cine contra ese efecto nihilizador de la imagen del que he hablado hace un momento. Bagdad-Rap es un testimonio, una denuncia y un panfleto. Creo que era el momento justo para emplear ese registro despreciado paradójicamente por los mismos políticos, medios periodísticos e intelectuales que, desde una aparente moderación, apoyaron y apoyan invasiones, bombardeos y campos de concentración. El principio del que partí para escribir la voz en off de la película fue el de que, en un mundo en el que la elegancia mata, el equilibrio derriba casas y el refinamiento estético produce huérfanos, sólo un panfleto podía revelar y sujetar el mundo. Cuando se tienen los medios, no hace falta elevar la voz para destruir un país; sin ellos, hay que gritar mucho para tratar de impedirlo. Pero el grito debe ajustarse también a un formato estético que no lo convierta sencillamente en una rabieta inútil. Creo que Bagdad-Rap, gracias sobre todo al montaje y a la música (dos cosas que me son no sólo ajenas sino frente a las cuales, de entrada, tenía muchas reservas) es una brillante rabieta bien dirigida políticamente a un público joven que necesitaba al mismo tiempo una explicación y una sacudida. El resultado es, en algún sentido, la inversión visual del espectáculo televisivo, el volteo estético de esas imágenes del televisor de Amman, la mañana del 17 de marzo de 2003, frente a las que tuve la sensación de que valía la pena bombardear de verdad Bagdad si ello servía para producir una real mentira : una breve satisfacción estético-digestiva cuya belleza misma -sin necesidad de mentiras ni secretos, a fuerza de mostrarlo todo- negaba la brutalidad de la invasión y el criminal horror que produjo y sigue produciendo. El verdadero desafío del anti-imperialismo hoy es el de sabotear el orden natural de las imágenes manufacturadas por el capitalismo. No estoy seguro de que Bagdad-Rap consiguiera su propósito, pero sí de que -más allá de la invasión de Iraq- ése es el verdadero tema de la película.
Muchas gracias por tu tiempo Santiago
*Veruscka Cavallaro es periodista venezolana y productora de ViVe-Televisión