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domingo, 6 de septiembre de 2009

Nuestro idioma es mejor porque se entiende


Jorge Majfud
(Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En Francia continúa y se profundiza la discusión y el rechazo al uso de la nicáb en las mujeres musulmanas. Quienes proponen legislar para prohibir el uso de este atuendo exótico y de poco valor estético para nosotros, van desde los tradicionales políticos de la extrema derecha europea hasta la nueva izquierda, como es el caso del alcalde comunista de Lyon.

Los argumentos no son tan diversos. Casi siempre insisten sobre los derechos de las mujeres y, sobre todo, la “defensa de nuestros valores” occidentales. El mismo presidente francés, Nicolás Sarkozy, dijo que “la burka no es bienvenida al territorio de la República Francesa”. Consecuente, el estado francés le negó la ciudadanía a una mujer marrueca por usar velo. Faiza Silmi es una inmigrante casada con un ciudadano francés y madre de dos niños franceses.
Para el ombligo del mundo, las mujeres medio vestidas de Occidente son más libres que las mujeres demasiado vestidas de Medio Oriente y más libres que las mujeres demasiado desnudas de África. No se aplica el axioma matemático de transitividad. Si la mujer es blanca y toma sol desnuda en el Sena es una mujer liberada. Si es negra y hace lo mismo en un arrollo sin nombre, es una mujer oprimida. Es el anacrónico axioma de que “nuestra lengua es mejor porque se entiende”. Lo que en materia de vestidos equivale a decir que las robóticas modelos que desfilan en las pasarelas son el summum de la liberación y el buen gusto.
Probablemente los países africanos, como suele ocurrir, sigan el ejemplo de la Europa vanguardista y comiencen a legislar más estrictamente sobre las costumbres ajenas en sus países. Así, las francesas y las americanas que ejerzan su derecho humano de residir en cualquier parte del mundo deberán despojarse de sus sutiens y de cualquier atuendo que impida ver sus senos, tal como es la costumbre y son los valores de muchas tribus africanas con las que he convivido.
Todas las sociedades tienen leyes que regulan el pudor según sus propias costumbres. El problema radica en el grado de imposición. Más si en nombre de la libertad de una sociedad abierta se impone la uniformidad negando una verdadera diferencia, quitando a unos el derecho que gozan otros.
Si vamos a prohibir el velo en una mujer, que además es parte de su propia cultura, ¿por qué no prohibir los kimonos japoneses, los sombreros tejanos, los labios pintados, los piercing, los tatuajes con cruces y calaveras de todo tipo? ¿Por qué no prohibir los atuendos que usan las monjas católicas y que bien pueden ser considerados un símbolo de la opresión femenina? Ninguna monja puede salir de su estado de obediencia para convertirse en sacerdote, obispo o Papa, lo cual para la ley de un estado secular es una abierta discriminación sexual. La iglesia Católica, como cualquier otra secta o religión, tiene derecho a organizar su institución como mejor le parezca, pero como nuestras sociedades no son teocracias, ninguna religión puede imponer sus reglas al resto de la sociedad ni tener privilegios sobre alguna otra. Razón por la cual no podemos prohibir a ninguna monja el uso de sus hábitos, aunque nos recuerden al chador persa.
Al señor Sarkozy no se le ocurre pensar que imponer a una mujer quitarse el velo en público puede equivaler a la misma violencia moral que sufriría su propia esposa siendo obligada a quitarse los sutiens para recibir al presidente de Mozambique.
En algunas regiones de algunos países islámicos —no en la mayoría, donde las mujeres extranjeras se pasean con sus pantalones cortos más seguras que por un barrio de Filadelfia o de San Pablo— la nicáb es obligatoria como para nosotros usar pantalones. Como individuo puedo decir que me parece una de las peores vestimentas y como humanista puedo rechazarla cuando se trata de una imposición contra la voluntad explícita de quien lo usa. Pero no puedo legislar contra un derecho ajeno en nombre de mis propias costumbres. ¿En qué suprime mis derechos y mi libertad que mi vecina se haya casado con otra mujer o que salga a la calle ataviada de pies a cabezas o que se tiña el pelo de verde? Si en nombre de la moral, de los valores de la libertad y del derecho voy a promover leyes que obliguen a mi vecina a vestirse como mi esposa o le voy a negar derechos civiles que gozo yo, el enfermo soy yo, no ella.
Esta intolerancia es común en nuestras sociedades que han promovido los Derechos Humanos pero también han inventado los más crueles instrumentos de tortura contra brujas, científicos o disidentes; que han producido campos de exterminio y que no han tenido limites en su obsesión proselitista y colonialista, siempre en nombre de la buena moral y de la salvación de la civilización.
Pero las paradojas son una constante natural en la historia. La antigua tradición islámica de relativa tolerancia hacia el trabajo intelectual, la diversidad cultural y religiosa, con el paso de los siglos se convirtió, en muchos países, en una cultura cerrada, machista y relativamente intolerante. Los Estados Unidos, que nacen como una revolución laica, iluminista y progresista, con el paso del tiempo se convirtieron en un imperio conservador y enfermo de una ideología mesiánica. Francia, la cuna del iluminismo, de las revoluciones políticas y sociales, en los últimos tiempos comienza a mostrar todos los rasgos de sociedades cerradas e intolerantes.
El miedo al otro hace que nos parezcamos al otro que nos teme. Las sociedades españolas o castellanas lucharon durante siglos contra los otros españoles, moros y judíos. En el último milenio y antes de las olas migratorias del siglo XX, no había en Europa una sociedad mas islamizada ni con un sentimiento más antiislámico que en España.
En casi todos los casos, estos cambios han resultado de la interacción de un supuesto enemigo político, ideológico o religioso. Un enemigo muchas veces conveniente. En nuestro tiempo es la inmigración de los pueblos negros, una especie de modesta devolución cultural a los abrasivos imperios blancos del pasado.
Pero resulta que ahora una parte importante de esta sociedad, como en Estados Unidos y en otros países llamados desarrollados, nos dicen y nos practican que “nuestros valores” radican en suprimir los principios de igualdad, libertad, diversidad y tolerancia para mantener una apariencia occidental en la forma de vestir de las mujeres. Con esto, solo nos estamos demostrando que cada vez nos parecemos más a las sociedades cerradas que criticamos en algunos países islámicos. Justo cuando se ponen a prueba nuestros valores sobre la real tolerancia a la diversidad, se concluye que esos valores son una amenaza para nuestros valores.
El dilema, si hay uno, no es Oriente contra Occidente sino el humanismo progresista contra el sectarismo conservador, la sociedad abierta contra la sociedad cerrada.
Los valores de Occidente como los de Oriente son admirables y despreciables. Es parte de una mentalidad medieval trazar una línea divisoria —“o están con nosotros o están contra nosotros”— y olvidar que cada civilización, cada cultura es el resultado de cientos y miles de años de mutua colaboración. Consideremos cualquier disciplina, como las matemáticas, la filosofía, la medicina o la religión, para comprender que cada uno de nosotros somos el resultado de esa infinita diversidad que no inventaron los posmodernos.
Nada bueno puede nacer de la esquizofrenia de una sociedad cerrada. La principal amenaza a “nuestros valores” somos nosotros mismos. Si criticamos algunas costumbres, algunas sociedades porque son cerradas, no tiene ningún sentido defender la apertura con una cerradura, defender nuestros valores con sus valores, pretender conservar “nuestra forma de ser” copiando lo peor de ellos.
Ahora, si vamos a prohibir malas costumbres, ¿por qué mejor no comenzamos prohibiendo las guerras y las invasiones que solo en el último siglo han sido una especialidad de “nuestros gobiernos” en defensa de “nuestros valores” y que han dejado países destruidos, pueblos y culturas destrozadas y millones y millones y millones de oprimidos y masacrados?
Jorge Majfud es uruguayo residente en Estados Unidos.

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martes, 1 de septiembre de 2009

Los pobres también lloran


Jorge Majfud
Escritor uruguayo

Su humilde dormitorio fue la capilla ardiente. En la cabecera pusieron esa foto en la que se la ve sonriendo, poco antes de partir. Más abajo, la corona de flores y una nueva deuda para la madre

San Sebastián Nopalera, un pequeño pueblo de la Sierra de Oaxaca, sur de México, tiene cinco mil habitantes registrados, pero allí sólo viven la mitad. Las tierras que antes daban café ahora a duras penas dan maíz y no hay brazos para sacarles más. Sus habitantes, casi todos mujeres y niños, sobreviven de la ayuda que envían sus hombres de las plantaciones de Estados Unidos.

Como en una guerra entre dos países, cada año cien o doscientos migrantes vuelven a Oaxaca en cofres funerarios. Los trabajos para los cuales están destinados son casi tan mortales como el cruce de la frontera.

Pero no son mujeres todas las que se quedan ni son hombres todos los que se van. Como su hermano, un día María Isabel Vásquez Jiménez decidió irse al otro lado con la promesa de ayudar a su madre viuda y volver en tres años con el capital suficiente para iniciar un pequeño negocio.

El 11 de febrero de 2009 la joven de 17 años salió de su pueblo y contactó un coyote en Putla de Guerrero que la ayudó a cruzar la frontera norte. Tres meses después, el 11 de mayo, encontró trabajo en un viñedo de la West Coast Grape Farming Company, cerca de Modesto, California.

Como María, los indígenas mexicanos que casi no hablan español en California son los hispanos que se dedican a la pizca, a pizcar, palabras que, como tantas otras miles del spanglish, fueron creadas con el material sustantivo del inglés -pick up, recoger- y moldeadas por la conjugación del castellano.

Quizás nunca podamos imaginar los miedos de María al dejar su pueblo con tan pocos años y tan poco conocimiento del mundo exterior, sus nervios al llegar a Putla para contactar a un coyote, el vértigo y el cansancio de su paso por la ilegalidad. Quizás fue feliz alguno de los tres días que trabajó en la pizca. Casi sin dudas debió ser feliz descansando al lado de su novio, Florentino Bautista, otro inmigrante sin papeles con quien vivía y planeaba casarse antes de regresar a México en tres años.

Pero algo salió mal. El 14 de mayo el termómetro marcó casi cuarenta grados centígrados a la sombra. Después de nueve horas bajo el sol despiojando retoños de las vides, María se sintió mareada. Tambaleándose, caminó hacia su novio y antes de llegar se desplomó.

Florentino pidió ayuda y trató de reanimarla. El encargado le dijo que no se preocupara. Esos desmayos eran algo normal.

-Aplícale un poco de alcohol y se le pasa, -le dijo. Pero María seguía inconsciente.

La pusieron en la camioneta que llevaba a la cuadrilla a sus casas y esperaron la hora de salida.

Los paños de agua fría y las fricciones de alcohol no dieron resultado y el conductor de la camioneta decidió llevarla a un médico. María hervía de fiebre en los brazos asustados de su compañero. En el camino, Florentino recibió la llamada del encargado del viñedo, Raúl Martínez, recordándole que su novia era menor de edad, por lo cual en su declaración debía decir que se había desmayado haciendo ejercicio para mantenerse en forma.

Llegaron a la clínica a las 5:15. Cuando los médicos contactaron que María tenía más temperatura de la que puede soportar un ser humano, la derivaron de urgencia al Lodi Memorial Hospital.

Dos días después, María y su hijo de dos meses en el vientre murieron de insolación. El informe médico menciona un paro cardíaco.

Su novio, Florentino, no ha vuelto a trabajar. Tampoco ha recibido ninguna llamada en su celular. Pero el fiscal de distrito, James Willett, ha acusado a María De Los Ángeles Colunga, propietaria de la compañía de trabajo, a Elías Armenta, director de seguridad y al supervisor Raúl Martínez por no haber provisto a los trabajadores de sombra y agua, por no poseer asistencia en caso de insolación y por mentir en el proceso.

El Gobierno de México, como es su costumbre, manifestó su preocupación por las injustas condiciones en que trabajan los mexicanos en Estados Unidos. También el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, lamentó la muerte de María.

Al igual que María, alguna vez en su juventud Schwarzenegger fue un inmigrante ilegal, aunque su esfuerzo y sudor lo dejó en un gimnasio de Santa Monica, no en los campos de producción agrícola. El mundo lo conoce como el actor que en 1984 dio vida al cyborg The Terminator, el hombre-máquina enviado por las máquinas inteligentes del 2029 al año 1984 con el objetivo de terminar con la resistencia de los humanos eliminando al futuro líder guerrillero antes de nacer. En su remake hollywoodense de Herodes, la casi invencible máquina es derrotada por la pareja de humanos y la madre del futuro rebelde, Sarah -Sarai-, logra huir. Finalmente aparece meses después en México. En una gasolinera, un niño mexicano le toma la fotografía que viajará por el tiempo normal hasta las manos de su hijo y luego de su padre. John, el líder rebelde, podía haber sido un mexicano, hijo de una inmigrante ilegal huyendo de su propia tierra. Hoy tendría veinticinco años y probablemente estaría cruzando la frontera. Pero si su madre hubiese sido una mexicana pobre, como María, quizás hubiese tenido que enfrentar una pesadilla peor que la del cyborg y el futuro rebelde jamás hubiese nacido.

El miércoles 27 de mayo de 2009, el cuerpo de María salió de la iglesia católica de St. Anne de Lodi, California. El viernes 29 pasó por Asunción Nochixtlán en un ataúd blanco y, después de seis horas de camino, llegó a su pueblo en la sierra. Su humilde dormitorio fue la capilla ardiente. En la cabecera pusieron esa foto en la que se la ve sonriendo, poco antes de partir. Más abajo, la corona de flores y una nueva deuda para la madre.

Sepultaron a María y a su retoño vestida de novia, de madre novia. No tuvo misa, porque el pueblo no tenía párroco y ninguno pudo llegar hasta la capilla del pueblo.

En el dormitorio vacío de María quedó Jovita Margarita Jiménez Bautista, mirando la fotografía sonriente de su hija. Su madre viuda, o como se llame. Porque en español hay nombres para un hijo que pierde a una madre, para una madre que pierde a su esposo, pero no hay nombre para una madre que pierde a una hija. Seguramente en ningún idioma hay un nombre para tanto dolor y tanta injusticia.

© Alai-Amlatina

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