Durante los últimos años, muchos servicios de seguridad del mundo entero han comprado el ADE 651, un aparato que permite detectar la presencia de explosivos dentro de un vehiculo. La firma ATSC lo fabrica en el Reino Unido y diversas empresas lo comercializan a través del mundo, principalmente la compañía inglesa Cumberland Industries (en Europa) y la libanesa Prosec (en el Medio Oriente).
Dado el clima antiterrorista que prevalece desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, alrededor de 20 países (incluyendo China) han equipado sus fuerzas de seguridad con el ADE 651 en aras de luchar contra el transporte de explosivos y de prevenir los atentados con coches-bomba. Pero los principales compradores han sido las empresas privadas de seguridad y las fuerzas iraquíes de seguridad.
El éxito del ADE 651 dio lugar a la aparición de un competidor, el GT 200 de la firma Global Technical, otra empresa británica, que se ha implantado en los mercados que ya existían e incluso ha logrado abrir otros, específicamente en México y Tailandia.
El 17 de febrero de 2010, el director de ATSC, Jim McCormick, fue arrestado en el Reino Unido. Y resulta que el ADE 651 no sirve para nada, al igual que el GT 200. Cada uno de estos dispositivos costaba unos 17 000 euros y su costo de fabricación rebasaba apenas los 170 euros. Sólo el gobierno iraquí había comprado 1 500 dispositivos de ese tipo, con una sobrefacturación de 41 000 euros por cada unidad.
La confianza de los servicios de seguridad en esos trastos ha dado lugar a graves imprudencias, desembocando en numerosos dramas. Sólo en Irak, esta estafa se traduce en varios cientos de muertes. El gobierno de Nuri al-Maliki ha decidido emprender una acción legal contra ATSC.
jueves, 11 de febrero de 2010
Estafa antiterrorista
sábado, 9 de enero de 2010
La resistencia de los jueces belgas ante la imagen del terrorismo
El juez Freddy Troch
10-01-2010
Jean-Claude Paye
Le Soir
Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
El 23 de diciembre se emitió en Bruselas el veredicto de la tercera apelación de un caso de “terrorismo”, el proceso iniciado contra personas vinculadas al DHKPC, una organización turca de oposición radical [1]. Tras rechazar las demandas del ministerio fiscal federal, el tribunal absolvió a los acusados de pertenencia a una organización criminal o terrorista. Este fallo pone fin a una serie de condenas expeditivas en casos similares como la llamada “red de kamikazes” o el proceso GICM [2].
Este último veredicto supone también una barrera de seguridad frente a la instalación de una jurisprudencia de excepción. Este caso es interesante en varios sentidos.
Con la sucesión de veredictos contradictorios se desvela el carácter subjetivo de las leyes antiterroristas y también pone de relieve la resistencia de una parte del aparato judicial en un caso llevado por el poder ejecutivo.
Sólo una parte del aparato judicial ha seguido al ministerio fiscal federal en este caso.
En febrero de 2006 el tribunal correccional de Brujas impuso unas fuertes condenas por terrorismo a los acusados, lo mismo que el tribunal de apelación de Gante en noviembre de ese mismo año.
Sin embargo, en un primer fallo el Tribunal de Casación había criticado el desplazamiento de un juez a petición del ministerio fiscal federal, lo que crearía en los hechos un tribunal especial no reconocido por el orden jurídico belga. Los dos primeros fallos fueron invalidados y se tuvo que volver a juzgar el caso en apelación.
El 7 de febrero de 2008 el tribunal de apelación de Amberes había absuelto a los acusados de toda participación en una organización terrorista o criminal y había considerado que por lo esencial su acción no había sobrepasado el derecho de reunión o de opinión.
A continuación, el Tribunal de Casación había invalidado este segundo fallo en apelación y estipulado que la ley no requiere en absoluto que los individuos estén implicados personalmente en la comisión de delitos para ser sancionados, que el solo hecho de pertenecer a una organización incriminada basta para ser condenado.
Así, el fallo del Tribunal de Casación volvía a situar el debate en el centro de la legislación antiterrorista en torno a la definición del delito de pertenencia.
Los Considerandos del primer fallo, que había condenado con graves penas a los acusados, entendían por “apoyo” el simple hecho de traducir o dar a conocer al público un comunicado de la organización incriminada.
De hecho se considera apoyo todo aquello que ayuda a conocer el punto de vista de ésta. Para el Tribunal todo discurso sobre las acciones de la organización es una publicidad que le es necesaria para proseguir con sus actos violentos. Así, estipula que constituye un hecho punible el hecho mismo de dar una explicación, sin que sea una reivindicación, respecto a una “organización terrorista”. Se criminaliza no sólo el hecho de aportar un punto de vista opuesto al del Estado sobre un conflicto violento en cualquier parte del mundo, sino también contar unos hechos que entran en contradicción con la lectura de la realidad que opera el poder.
Por consiguiente, el tercer fallo en apelación era decisivo. Si el tribunal de Bruselas se hubiera alineado con el veredicto del tribunal de Gante se habría inscrito en el orden jurídico belga que la manera como se nombran las cosas debe primar sobre la realidad material y que toda persona inculpada en el marco de semejante caso puede ser condenada sean cuales sean sus actos o sus intenciones.
También se habría superado con mucho la voluntad del Parlamento cuando éste votó la ley. El ministerio fiscal federal se habría convertido en el verdadero legislador en los hechos dirigiendo la creación de una jurisprudencia acorde con sus deseos.
Esta dualidad de actitud entre la administración y el aparato judicial es constante. Sólo las decisiones judiciales de Brujas y de Gante han chocado con la voluntad del ejecutivo.
Recordemos a nivel del tribunal de primera instancia que se había designado especialmente al juez Troch. Se le puede considerar un “hombre” del ejecutivo, desplazado de su jurisdicción para obtener un resultado orientado. Freddy Troch fue presidente del comité parlamentario de vigilancia de los cuerpos de policía. En lo que concierne a la decisión de apelación de Gante, la misma autoridad judicial que había designado a este juez fue la que pidió, esta vez con toda legalidad, asegurar la composición del tribunal.
A lo largo de todo el caso se verificó esta oposición entre poder judicial y poder ejecutivo, sobre todo en la negativa de la administración penitenciaria de aplicar las decisiones de justicia alegando los procedimientos coercitivos a los que fueron sometidos los inculpados. Los presos, que se presentaron voluntariamente a su proceso y que no han cometido ningún acto violento ni colaborado con él, fueron sometidos a unas condiciones de detención particularmente severas.
Inmediatamente sus abogados protestaron por estas condiciones excepcionales. A raíz de la negativa de la administración de aplicar los fallos favorables a los detenidos, obtenidos cinco veces ante el tribunal de primera instancia de Bruselas, el tribunal de apelación de Bruselas tuvo que unir una multa económica a un fallo emitido el 12 de diciembre de 2006 que acababa con estas medidas de excepción.
Así pues, este proceso nos recuerda que tanto en Bélgica como en otros países europeos el aparato judicial sigue siendo el principal obstáculo para la concentración de poderes en manos del ejecutivo.
El veredicto que se acaba de pronunciar demuestra que a pesar de las reformas que limitan sus prerrogativas, un aparte del poder judicial conserva una verdadera independencia del ejecutivo. Por consiguiente, el desmantelamiento del Estado de derecho no está terminado.
Sin embargo, la resistencia de algunos jueces sería más eficaz si en la mayoría de los casos la sociedad civil no tuviera tendencia a permanecer pasiva. El carácter contradictorio de los veredictos en casos calificados de terroristas es en gran parte el resultado de las movilizaciones que estos casos suscitan.
* Este artículo también está firmado por:
Jean Cornil, diputado federal,
Zoé Genot, diputada federal,
Fouad Lahssaini, diputado federal,
Josy Dubié, senador honorario,
Jean-Marie Klinkenberg, profesor de la ULG (Université de Liège),
Christine Pagnoulle, profesora de la ULG,
Jean Bricmont, profesor de la UCL (Université Catholique de Louvain),
Anne Morelli, profesora de la ULB (Université Libre de Bruxelles),
José Gotovitch, profesor de la ULB,
Jean Pestieau, profesor de la UCL,
Eric Therer , abogado,
Bernard Francq, profesor de la UCL
Lieven de Cauter, filósofo, KU Leuven (Katholieke Universiteit),
Marie Nagy, diputada regional.
Jean-Claude Paye es un sociólogo belga, autor de El final del Estado de derecho, Hiru, Hondarribia, 2008
[1] Véase al respecto los siguientes artículos del autor: “Bélgica sigue el modelo español”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=59560; “Una jurisprudencia de excepción”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=87235; “Bélgica perfecciona su ley antiterrorista”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=87845 (N. en de la t.)
[2] Proceso contra trece presuntos miembros del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), que se vincula con los atentados de 2003 en Casablanca (Marruecos) y del 11 de marzo de 2004 en Madrid (N. en de la t.).
Fuente: http://www.lesoir.be/forum/cartes_blanches/2010-01-08/face-a-l-image-du-terrorisme-la-resistance-de-l-appareil-judiciaire-747552.shtml
domingo, 31 de mayo de 2009
Sobre las detenciones de Julien Coupat y sus camaradas de Tarnac

05/12/2008 - 04:32 —
http://www.alasbarricadas.org/noticias/?q=node/9220
Los acontecimientos que vamos a relatar podrían y hasta desearían ser presentados como el sofisticado argumento de un polar de Alain Delon, pero recuerdan más bien al torpe guión y a la maldita gracia de un bodrio de Louis de Funes, y lo peor es que no se trata de una ficción sino de realidad, si esto es una realidad.
Desde hace algún tiempo, los servicios de información de la policía francesa estaban avisando sobre “un resurgimiento de un terrorismo de extremistas de derecha y de izquierda”, a pesar de no disponer de “amenazas precisas” ni saber nada de “grupos constituidos”; sin embargo, “un pequeño número de individuos” se reclamaban “de la esfera de influencia autónoma”, lo que aconsejaba todas las precauciones. A principios de este año, la ministra del Interior Michèle Alliot-Marie insistía en “temer un terrorismo de extrema izquierda” ante signos tan alarmantes como los graffiti pintados en los edificios públicos, o las acciones en contra de las nuevas cárceles (nouvelobs.com 18-11-08). Sin duda esto explica que en junio todas las investigaciones relacionadas con la “esfera anarco-autónoma” fueran asumidas por los jueces antiterroristas, con la consecuencia lógica de una ola de arrestos de jóvenes acusados de poseer armas de destrucción masiva, o, cuando menos, “sustancias que podrían servir para la confección de pequeños explosivos”. Ya en abril se había abierto una investigación a un grupo sospechosísimo que se había instalado en Tarnac, pueblo de 335 habitantes del departamento de Corréze donde compraron una granja para ensayar la ruptura con el capitalismo. Allí se desembarazaron de sus móviles, empezaron a criar ovejas y pollos, reabrieron la vieja tienda de ultramarinos y echaron una mano a los ancianos del lugar, sin olvidarse de seguir en contacto con los medios revolucionarios y participar en sus luchas.
Entretanto, y como en el mundo no pasaba nada más interesante, desde finales de octubre el sabotaje de las catenarias de varias líneas de TGV conmueve a la opinión pública que clama justicia, lo que obliga a abrir una nueva investigación…antiterrorista, por supuesto, aunque la SNCF lleva varios años manteniendo un duro enfrentamiento con los sindicatos ferroviarios, y ya en 2007 se hubieran producido sabotajes no aclarados. Mira por dónde, la policía tiene la “certidumbre” de que dos miembros de aquel grupo de Tarnac “se encontraban en las proximidades de unos de los lugares donde se cometieron los destrozos”. Y puesto que ese grupo era “potencialmente peligroso”, el caso estaba resuelto: el día 11 de noviembre la policía irrumpe en Tarnac y detiene a nueve personas, desmantelando así una “célula invisible”, “estructura con vocación terrorista”, en la que podrían participar “unas 300 personas”. Bravo, pero por ahora los investigadores han reconocido que “no hay ningún elemento material que permita relacionarles directamente con los actos de destrozos (…) y no se les puede imputar directamente tal o cual hecho preciso” (Le Point.fr 14-11-08), y en efecto no hay ni huellas genéticas en los raíles, ni armas en la granja: sólo un horario de trenes, y “diversos elementos que pudieron utilizar para fabricar y colocar los dispositivos con los que se inutilizaron varios tramos de catenaria” (EFE 16-11-08, el subrayado es nuestro), dispositivos que no son precisamente sencillos ni de hacer ni de utilizar [1]. Por cierto que el desmantelamiento de la célula invisible no detiene los sabotajes: la misma tarde del 11, otros fantasmas paralizan la línea Caen-Tours colocando bloques de hormigón demasiado visibles sobre los raíles. Por cierto que los paisanos de Tarnac no se tragan la acusación de terrorismo, y han fundado un comité de apoyo a sus amigos que se ha extendido a otras ciudades. Por cierto que el supuesto “cabecilla” del grupo se llama Julien Coupat, joven intelectual revolucionario y miembro fundador del colectivo Tiqqun, que goza de notoriedad en los ambientes radicales y que ha publicado recientemente "L’insurrection qui vient", obra en la que reflexiona con cierta desenvoltura sobre la vulnerabilidad técnica de las metrópolis y el arte del sabotaje; quizás por ello, como en la época dorada de Metternich, el libro se ha convertido en prueba de cargo contra su autor, y su posesión causa suficiente para ser detenido.
En fin, no insistiremos en lo que parece obvio, pues hasta el Inspector Clouseau sería capaz de olfatear el inconfundible aroma de la pantera de la intoxicación, de la acusación prefabricada, de la amalgama indecente entre investigaciones que no tienen en común más que la prisa por encontrar culpables, y la voluntad de aterrorizar y estigmatizar a esa esfera anarco-autónoma tachando de terrorismo a todo lo que se mueva [2]. Y si no es menos descarada la conexión entre tal maniobra y una crisis que aconseja “organizar una grosera operación de diversión pues el poder miente para proteger a los financieros criminales” [3], quizás tenga más interés, para los tiempos que corren y correrán, observar que es sin duda la condición de intelectual revolucionario la que ha proporcionado el perfil adecuado a Coupat y por ende a sus amigos, en el preciso momento en que la actividad intelectual se une a la práctica revolucionaria más beligerante [4]. Práctica que se manifiesta no sólo en sus contactos con el movimiento okupa o su participación en las manifestaciones contra el G8 y las cumbres europeas, sino en esa idea física de la revolución que parece que les ha llevado, como a otros antes de ellos, a escapar de la prisión industrial y del trabajo asalariado en busca de la autonomía material que permita experimentar en la existencia concreta las primicias de su utopía: la realización de una forma de vida, y una liberación de las intensidades. Como ya sucedió en el caso de René Riesel, distinto en el fondo y en la forma pero análogo en lo que a la represión toca, es esa coincidencia del pensar y del actuar la que no puede producirse, y ha de impedirse que trascienda en una juventud activa en los dos campos, pues no puede cundir el ejemplo, aún menos en un período de crisis susceptible de que la revuelta se objetive y alcance, quién sabe, carácter de insurrección general.
Por último, sea cual fuere el resultado de la “investigación criminal” que atenaza a los Nueve de Tarnac, quisiéramos dejar claro que negamos la legitimidad de la dominación a la hora de monopolizar el lenguaje y el significado de las cosas: que hacemos constar nuestro repudio absoluto a la acusación de “vocación de terrorismo” de la que se infiere una ofensiva del Estado para cerrar el círculo de la punibilidad y de la represión de las ideas disidentes, que insistimos en que una acción que se ha limitado a reducir la sacrosanta velocidad de unas decenas de trenes no es ni puede ser terrorismo sino sabotaje, como el que realizaban los seguidores de Gandhi para detener los ferrocarriles ingleses, ejemplo donde los haya de intachable pedigrí democrático aunque desde luego se nos ocurran muchos otros más sabrosos; que ni el Estado francés ni ningún otro tienen derecho a hablar de terrorismo y de violencia cuando desde que el mundo es mundo el poder chapotea en la sangre que vierte a cada movimiento. Que terrorismo es la guerra y la economía, los proyectos de jornadas de trabajo de 65 horas y de jubilación a los 70 años, la destrucción de las ciudades y la turistización del mundo, la sociedad industrial que se devora a sí misma, los códigos penales que se endurecen hasta lo absurdo, el vacío vital, la tristeza y el miedo. Que violencia son las relaciones sociales capitalistas, y las leyes y la ideología que las defienden y justifican.
Es verdad que estas sencillas afirmaciones no son sino los preliminares de cualquier crítica y de toda acción, pero no lo es menos que para abolir la mediocridad de nuestro universo tenemos que destruir primero el poder enunciativo de los que actúan como sus dueños. Y esa enunciación ha alcanzado ya las cotas enfebrecidas de la pesadilla. Que nuestra simpatía vaya hacia todos aquellos que intentan cerrar para siempre esa boca de sombra ponzoñosa.
Grupo surrealista de Madrid
[1] Según explica un comunicado de la Fédération Anarchiste, “en las catenarias de una línea TGV pasan 25000 voltios, y es muy arriesgado crear un potente arco eléctrico anudando un cable”, por lo que es difícil atribuir el sabotaje a individuos “cuya competencia técnica no ha sido establecida ni se ha encontrado su equipamiento” (11-11-08).
[2] Como decía uno de los caídos en la caza de brujas, para ello basta “un control de identidad en el curso de una protesta salvaje, la frecuentación de un lugar o una persona, una lectura o una opinión subversiva” (Carta de Juan desde la prisión de Rouen, octubre de 2008, http://endehors.org.).
[3] CNT-AIT Toulouse, Llamamiento de solidaridad con el Comité de Tarnac.
[4] Es evidente que las divergencias que algunos de nosotros mantenemos con el pensamiento de Coupat y en general de Tiqqun pasan ahora a segundo plano por mera solidaridad, pero no deben ni pueden desaparecer u ocultarse, por la misma sinceridad de esa solidaridad. De la misma manera, estas consideraciones no suponen por nuestro lado una fetichización ingenua de la clandestinidad, la violencia o el activismo individual como medios de lucha válidos per se.
Este texto se incluye en el nuevo número de El Rapto. Observatorio del sonambulismo contemporáneo, publicado por el Grupo surrealista de Madrid en este mismo mes de diciembre para acompañar a la salamandra y para que no decaiga la liquidación social. En sus ocho páginas podeis encontrar elogios del Solitario, plata quemada, carteles revolucionarios del alcalde de Móstoles, trenes oxidados, cuerpos mecanizados, capitalismo que se pinta de verde, blasfemias varias, asombrosos descubrimientos científicos, utopías, cementerios muertos y aviones vacíos. Y algunas cosas más. He aquí el sumario:
Eugenio Castro, Julio Monteverde, José Manuel Rojo, Emilio Santiago y Ángel Zapata: Lo que El Solitario esconde (elogio ponderado del contenido manifiesto de sus actos y exaltado del latente) * Los críticos crónicos: ¡Quema el dinero y baila! * Huérfanos Salvajes: Ciudadanos y ciudadanas de Móstoles, ¡¡¡a las armas!!! * ¡¿Crisis?! ¡¡Que la paguen lxs ricxs!! * Grupo surrealista de Madrid: Sobre las detenciones de Julian Coupat y sus camaradas de Tarnac * El devenir de una ilusión * Pablo Hernández: El cementerio de trenes de Salar de Yuri * Michael Löwy: Deus ex machina (resistencias a la mecanización de los cuerpos) * Miquel Amorós: Cuando el capitalismo se vuelve ecologista * El fetichismo de la mercancía demostrado por la ciencia * Noé Ortega: "La mañana del lunes 26 de mayo..." * Julio Monteverde: La utopía para nosotros (a propósito del libro "El incendio milenarista") * Retrato de la ideología adolescente * Lurdes Martínez: El cementerio muerto * Vicente Gutiérrez: Aviones de British Airways vuelan sin pasajeros por errores de horarios * Javier Gálvez: Reduzca su velocidad, exceso de visibilidad * Aún hay otra historia (informaciones surrealistas o no).
Para más información y contacto...
gruposurrealistademadrid.org
korsario-compostela@hotmail.com
gruposurrealistademadrid.org/
Julien Coupat libre tras 7 meses de detención
Julien Coupat: no es momento de perder el valor
29 de mayo de 2009
El 26 de mayo, el diario francés Le Monde publicó una entrevista con Julien Coupat, quien ha sido designado como chivo expiatorio de la política antiterrorista del Estado francés, al ser detenido con sus compañeros el 11 de noviembre de 2008 y acusado de «asociación de malechores con vocación terrorista» y varios cargos más igualmente inverosímiles.
El proceso de los compas de Tarnac está plagado de aberraciones judiciales y, como en el caso de Atenco, no tiene ningún sustento, ni en pruebas ni en procedimientos jurídicos.
El proceso que se sigue a Julien Coupat ha resultado especialmente amañado pues el fiscal antiterrorista, en complicidad con los jueces, se empeñó durante 6 meses en mantener a Julien en prisión, aún cuando el resto de sus compañeros habían sido liberados bajo control judicial. Como señala en su texto «la prolongación de mi detención es una pequeña venganza». Julien fue puesto en libertad el jueves 28 de mayo y enfrentará su proceso bajo control judicial.
Publicamos este texto para denunciar el absurdo del «asunto Tarnac», que desnuda la guerra en curso, y para conocer un poco de la visión de Julien Coupat, quien lejos de lamentarse por su situación, nos invita a actuar en consecuencia con nuestros deseos de tener «otra vida».
Julien Coupat: no es momento de perder el valor
[Nota de Le Monde] Estas son las respuestas a las preguntas que hicimos por escrito a Julien Coupat. Acusado el 15 de noviembre de 2008 de «terrorismo» con otras 8 personas detenidas en Tarnac (provincia de Corrèze) y en París, se le acusa de haber saboteado las líneas eléctricas de la SNCF [empresa de ferrocarriles].
¿Cómo vive su detención?
Muy bien gracias. Barras, caminatas, lectura
¿Puede recordarnos las circunstancias de su detención?
Una banda de jóvenes encapuchados y armados hasta los dientes se introdujo en nuestra casa por la fuerza. Nos amenazaron, nos esposaron y nos sacaron de ahí, no sin antes haber destrozado todo. Nos condujeron a bordo de potentes bólidos corriendo a más de 170 kilómetros por hora en promedio por las carreteras. En sus conversaciones, hablaban a menudo de un tal Sr. Marion [antiguo jefe de la policía anti-terrorista] cuyas hazañas viriles los divertían mucho, como la que consistía en abofetear en buena onda a uno de sus colegas en pleno brindis de despedida. Nos secuestraron durante 4 horas en una de sus «prisiones del pueblo», acribillándonos de preguntas en las que lo absurdo se disputaba con lo obsceno.
El que parecía ser el cerebro de la operación se disculpaba vagamente por todo ese circo, explicando que era culpa de los «servicios», allá en lo alto, en donde se agita toda suerte de gentes que tienen mucho en contra nuestra. Hasta el día de hoy, mis secuestradores siguen libres. Algunos sucesos recientes probarían incluso que siguen causando estragos con total impunidad.
Los sabotajes a las líneas eléctricas de la SNCF en Francia fueron reivindicados en Alemania ¿qué puede decir al respecto?
Al momento de nuestra detención, la policía francesa ya tenía en sus manos el comunicado que reivindica, además de los sabotajes que pretenden atribuirnos, otros ataques ocurridos simultáneamente en Alemania. Ese volante presenta numerosos inconvenientes: fue enviado desde Hanover, redactado en alemán y se hizo llegar exclusivamente a periódicos del otro lado del Rhin; pero sobre todo, ese comunicado no cuadra con la fábula mediática que nos atribuyen, la de un pequeño núcleo de fanáticos atacando al corazón del Estado al colgar tres pedazos de fierro en las líneas eléctricas. Tendrán, desde luego, mucho cuidado de no mencionar demasiado ese comunicado, ni en el proceso ni en la mentira pública.
Es cierto que con ello, el sabotaje a las líneas ferroviarias pierde mucho de su aura misteriosa: se trataba simplemente de protestar contra el transporte hacia Alemania por vía férrea, de desechos ultraradioactivos y denunciar de pasada, la gran estafa de «la crisis». El comunicado termina con un muy-SNCF «agradecemos a los viajeros de los trenes afectados, por su comprensión» ¡Qué tacto, hay que decirlo, el de esos terroristas!
¿Se reconoce en los calificativos de «movida anarco-autónoma» y «ultra-izquierda»?
Permítame ir más atrás. En la actualidad, vivimos en Francia el final de un periodo de congelamiento histórico cuyo acto fundador fue el acuerdo logrado entre los partidarios de De Gaulle y los estalinistas en 1945, para desarmar al pueblo con el pretexto de evitar «una guerra civil». Los términos de ese pacto podrían resumirse rápidamente como sigue: en tanto que la derecha renunciaba a sus acentos abiertamente fascistas, la izquierda abandonaba, en familia, cualquier perspectiva revolucionaria seria. Le ventaja que juega y disfruta la mafia sarkozista es de haber tomado la iniciativa, y en forma unilateral, haber roto ese pacto relanzado «sin complejos», los clásicos de la reacción pura -acerca de los locos, la religión, Occidente, Africa, el trabajo, la historia de Francia o la identidad nacional.
Frente a ese poder en guerra que se atreve a pensar estratégicamente y separar el mundo entre amigos, enemigos y cantidades despreciables, la izquierda permanece tetanizada. La izquierda es demasiado cobarde, está demasiado comprometida, y para acabar pronto, demasiado desacreditada para oponer la menor resistencia a un poder al que, de su lado, no se atreve tratar como enemigo y que le roba uno a uno sus más astutos miembros. En lo que toca a la extrema izquierda a-la-Besancenot, cualesquiera que sean su resultados electorales, e incluso saliendo del estado grupuscular en que vegeta desde siempre, no tiene perspectiva más atractiva que ofrecer que el gris soviético apenas retocado en Photoshop. Su destino es decepcionar.
En la esfera de la representación política, el poder en turno no tiene nada que temer, de nadie. Y por supuesto, no son las burocracias sindicales, más vendidas que nunca, las que van a importunarlo, burocracias que desde hace dos años bailan con el gobierno un ballet tan obsceno. En esas condiciones, la única fuerza que puede hacer frente al gang sarkozysta, su único enemigo real en este país, es la calle, la calle y sus viejas inclinaciones revolucionarias. Ella sola, de hecho, durante los motines que siguieron a la segunda vuelta del ritual plebiscitario de mayo 2007, supo colocarse un instante a la altura de las circunstancias. Ella sola, en Antillas o en las recientes ocupaciones de empresas o facultades, supo hacer escuchar una otra palabra.
Este análisis sumario del teatro de operaciones debió imponerse muy pronto puesto que los servicios secretos hicieron publicar desde junio 2007, mediante la pluma de periodistas a su servicio (y particularmente en Le Monde), los primeros artículos develando el terrible peligro que harían pesar sobre toda la vida social, los «anarco-autónomos». Se les atribuía, para empezar, la organización de los motines espontáneos, que, en tantas ciudades, saludaron el «triunfo electoral» del nuevo presidente.
Con esta fábula de los «anarco-autónomos», se dibuja el perfil de la amenaza en la que la ministra del interior se ocupó dócilmente, mediante arrestos selectivos y razzias mediáticas, a fin de darle un poco de carne y algunos rostros. Cuando no se puede contener más lo que desborda, aún se le puede asignar una celda y encarcelarlo. Ahora bien, la fábula de «alborotador» (casseur), en la que hoy día se confunde a los obreros de Clairoix, con los chavales de los multifamiliares, los estudiantes que realizan bloqueos y los manifestantes de las contra-cumbres, y que ciertamente es eficaz en la gestión cotidiana de la pacificación social, permite criminalizar los actos y no las existencias. Y por supuesto, se cuentan entre las intenciones del nuevo poder, atacar al enemigo como tal, en tanto enemigo, sin esperar que se exprese. Tal es la vocación de las nuevas categorías de la represión.
Importa poco, finalmente, que no se encuentre a nadie en Francia que se reconozca «anarco-autónomo», ni que la ultra-izquierda sea una corriente política que tuvo su momento de gloria en los años 1920 y que después sólo produjo inofensivos volúmenes de marxología. Por lo demás, el éxito reciente del término «ultra-izquierda», que permitió a algunos periodistas apresurados de catalogar sin esfuerzo a los amotinados griegos del último diciembre, debe mucho al hecho de que nadie sepa lo que fue la ultra-izquierda, ni siquiera que haya existido alguna vez.
En este punto, y en prevención de los desbordamientos que no pueden más que sistematizarse frente a las provocaciones de una oligarquía mundial y francesa acorraladas, la utilidad policíaca de esas categorías, pronto, no será más tema de debate. No sería posible predecir, sin embargo, cuál «anarco-autónomo» o ultra-izquierda gozará finalmente de los favores del Espectáculo, con el fin de relegar a lo inexplicable, una revuelta que todo justifica.
La policía le considera como el jefe de un grupo a punto de volcarse al terrorismo ¿Qué piensa usted?
Un alegato tan patético sólo puede resultar de un régimen a punto de volcarse hacia la nada.
¿Qué significa para usted la palabra terrorismo?
Nada permite explicar que el departamento de información y seguridad argelino, sospechoso de haber orquestado a sabiendas de la DST(1), la ola de atentados de 1995, no esté incluido entre las organizaciones terroristas internacionales. Nada permite explicar, tampoco, la súbita transformación de «terrorista» en héroe de la Liberación, en socio frecuentable para los acuerdos de Evian, en policía irakí o en «talibán moderado» de nuestros días, en función de los últimos revires de la doctrina estratégica estadounidense.
Nada si no la soberanía. Es soberano, en este mundo, aquel que designa al terrorista. Quien rechaza participar de esta soberanía se cuidará bien de responder a su pregunta. Quien codicie algunas migajas lo hará prontamente. Quien no se ahogue de mala fe encontrará instructivo el caso de dos ex-«terroristas» devenidos, uno primer ministro de Israel, el otro presidente de la Autoridad palestina, los dos habiendo recibido, para colmo, el Premio Nobel de la Paz.
La vaguedad que rodea la calificación de «terrorismo», la evidente imposibilidad de definirlo no se deben a alguna laguna provisional de la legislación francesa, sino a que están al inicio de esta cosa que, ella sí, podemos definir muy claramente: el anti-terrorismo, del que representan la condición de funcionamiento. El anti-terrorismo es una técnica de gobierno que hunde sus raíces en el viejo arte de la contra-insurgencia, de la guerra llamada «psicológica», para decirlo amablemente.
El anti-terrorismo, contrariamente a lo que quisiera insinuar el término, no es un medio de luchar contra el terrorismo; es el método por el cual se produce, positivamente, el enemigo político en tanto terrorista. Se trata, mediante todo un lujo de provocaciones, infiltraciones, vigilancia, intimidación y propaganda, mediante toda una ciencia de la manipulación mediática, de la «acción psicológica», de la fabricación de pruebas y de crímenes, mediante la fusión también de lo policiaco y lo judicial, de aniquilar la «amenaza subversiva», asociando, al interior de la población, el enemigo interno, el enemigo político, al afecto del terror.
Lo esencial en la guerra moderna es esta «batalla por los corazones y los espíritus» en la que todos los golpes están permitidos. El procedimiento elemental aquí es invariable: individualizar al enemigo con el fin de separarlo del pueblo y de la razón común, exponerlo bajo los hábitos del monstruo, difamarlo, humillarlo públicamente, incitar a los más viles para abrumarlo con sus escupitajos, incitarlos al odio. «La ley debe ser utilizada simplemente como cualquier otra arma en el arsenal del gobierno y en ese caso, no representa nada más que una cobertura de propaganda para desembarazarse de miembros indeseables del público. Para lograr la mayor eficacia, convendría que las actividades de los servicios judiciales estén ligadas al esfuerzo de guerra de la manera más discreta posible», aconsejaba ya en 1971, el brigadier Frank Kitson [ex general del ejército británico, teórico de la guerra contra-insurgente], que algo sabía de esos menesteres.
Una al año no hace daño; en nuestro caso, el anti-terrorismo ha hecho el ridículo. En Francia, no están listos para dejarse aterrorizar por nosotros. La prolongación de mi detención por un tiempo «razonable» es una pequeña venganza fácilmente entendible a partir de los medios movilizados y de lo profundo del fracaso; como también es comprensible el encarnizamiento un poco mezquino del «servicio secreto», a partir del 11 de noviembre [2008], para atribuirnos a través de la prensa, los delitos más fantasiosos, o para apañar al más lejano de nuestros camaradas. Cuánta de esta lógica de represalias caracteriza a la institución policíaca y al pequeño corazón de los jueces, he ahí lo que habrán tenido el mérito de revelar, en tiempos recientes, las detenciones sistemáticas de los «conocidos de Julian Coupat».
Es preciso decir que algunos juegan, en este asunto, una buena parte de su lamentable carrera, como Alain Bauer [criminólogo]; otros, el lanzamiento de sus nuevos servicios, como el pobre Squarcini [director central de información interna], otros más, la credibilidad que nunca han tenido y que nunca tendrán, como Michèle Alliot-Marie [ministra del interior].
Usted proviene de un medio bastante acomodado que podría haberlo orientado en otra dirección…
«Hay plebe en todas las clases» (Hegel)
¿Por qué Tarnac?
Vaya allá, así entenderá. Si no comprende, me temo que nadie podrá explicárselo.
¿Usted se define como un intelectual, un filósofo?
La filosofía nace como luto parlanchín de la sabiduría original. Platón entendía ya la palabra de Heráclito como fugada de un mundo extinto. A la hora de la intelectualidad difusa, no se ve qué podría definir "el intelectual”, sino es la amplitud del foso que separa, en él, la facultad de pensar de la aptitud de vivir. Tristes títulos, de verdad, que son ésos ¿Pero, para quién, precisamente, sería necesario definirse?
¿Usted es el autor del libro La insurrección que viene?
Este es el aspecto más asombroso de este proceso: un libro vaciado integralmente en la averiguación previa, interrogatorios donde intentan hacerte decir que vives como está escrito en La insurrección que viene, que manifiestas como lo preconiza La insurrección que viene, que saboteas líneas de tren para celebrar el golpe de Estado bolchevique de 1917, ya que eso se menciona en La insurrección que viene, un editor convocado por los servicios anti-terroristas.
De memoria francesa, no se había visto de mucho tiempo atrás que el poder tuviera miedo a causa de un libro. Se tenía más bien costumbre de considerar que, en tanto los izquierdistas estaban ocupados escribiendo, al menos no hacían la revolución. Los tiempos cambian, evidentemente. La seriedad histórica regresa.
Lo que funda la acusación de terrorismo, en lo que nos concierne, es la sospecha de la coincidencia entre pensamiento y vida; lo que sustenta la asociación de malhechores, es la sospecha de que esta coincidencia no será dejada al heroísmo individual, sino que será el objeto de una atención colectiva. En forma negativa, ello significa que no se sospecha de ninguno de los que suscriben con su nombre tantas feroces críticas del sistema en lugar de poner en práctica la menor de sus firmes resoluciones; la injuria es mayúscula. Por desgracia, no soy el autor de La insurrección que viene -y todo este asunto debería acabar de convencernos acerca del carácter esencialmente policiaco de la función autor.
En cambio, soy un lector. Releyéndolo, apenas la semana pasada, entendí mejor la saña histérica que ponen, desde las alturas, en perseguir a los presuntos autores. El escándalo de ese libro, es que todo lo que en él figura es rigurosamente, catastróficamente cierto, y no cesa de comprobarse cada día más. Ya que lo que se revela, bajo la apariencia de una «crisis económica», de un «hundimiento de la confianza», de un «rechazo masivo de las clases dirigentes», es ante todo el final de una civilización, la implosión de un paradigma: el del gobierno que lo regula todo en Occidente - la relación de los seres con ellos mismos no menos que el orden político, la religión o la organización de las empresas. Existe, en todos los niveles del presente, una gigantesca pérdida de control frente a la cual ningún exorcismo policiaco ofrecerá remedio.
No es ensartándonos con penas de prisión, vigilancia exagerada, controles judiciales y prohibiciones de comunicar, en razón de que seríamos los autores de esa lúcida constatación, que lograrán que se desvanezca lo que ha sido constatado. Lo propio de las verdades es escapar, apenas enunciadas, de quienes las formulan. Gobernantes, de nada les habrá servido llevarnos frente a la justicia, todo lo contrario.
Está leyendo «Vigilar y castigar» de Michel Foucault ¿Ese análisis le parece todavía pertinente?
La prisión es evidentemente el sucio secretito de la sociedad francesa, la clave y no el margen de las relaciones sociales más presentables. Lo que aquí se concentra en un todo compacto, no es un montón de bárbaros en estado salvaje como se complacen en hacernos creer, sino el conjunto de disciplinas que tejen, por fuera, la existencia llamada «normal». Vigilantes, cantinas, partidos de foot en el patio, horarios, divisiones, camaradería, peleas, fealdad de las arquitecturas: se necesita haber pasado una temporada en prisión para conocer la medida exacta de lo que la escuela, la inocente escuela de la República, contiene, por ejemplo, de carcelaria.
Divisada desde este ángulo inatacable, no es la prisión que sería un refugio para los fracasados de la sociedad, sino la sociedad presente que aparece como una prisión malograda. La misma organización de la separación, la misma administración de la miseria mediante la mota, la tele, el deporte y la porno, reina como en cualquier parte, cierto, de modo menos metódico. Para terminar, esos altos muros no disimulan a las miradas nada más que esta verdad de una banalidad explosiva: son vidas y almas en todo parecidas que se arrastran a uno y otro lado de las alambradas y a causa de ellas.
Si se persigue con tanta avidez los testimonios «de adentro», que expondrían al fin los secretos que la prisión encierra, es para mejor ocultar el secreto que ella es: aquel de vuestra servidumbre, a ustedes que son considerados libres mientras su amenaza pesa invisiblemente sobre cada uno de vuestros gestos.
Toda la virtuosa indignación que rodea la negrura de los calabozos franceses y sus suicidios a repetición, toda la grosera contra-propaganda de la administración penitenciaria que monta en escena para las cámaras de los matones dedicados al bienestar del detenido y de los directores de cárcel celosos del «sentido de la pena», en resumen, todo ese debate sobre el horror del encarcelamiento y la necesaria humanización de la detención es viejo como la prisión. Hace parte, incluso, de su eficacia, al permitir combinar el terror que ella debe inspirar con su hipócrita estatuto de castigo «civilizado». El pequeño sistema de espionaje, de humillación y de exacción que el Estado francés dispone, más fanáticamente que ningún otro en Europa, en torno del detenido, no es siquiera escandaloso. El Estado lo paga diariamente centuplicado en los suburbios, y ello no es, por supuesto, más que el inicio: la venganza es la higiene de la plebe.
Pero la impostura más destacable del sistema judicial-penitenciario consiste ciertamente en pretender que está ahí para castigar criminales cuando no hace otra cosa que administrar los ilegalismos. Cualquier empresario -y no sólo el de Total-, cualquier presidente de consejo general -y no sólo el de Hauts-de-Seine-, cualquier tira, sabe lo que se necesita de ilegalismos para ejercer correctamente su oficio. En nuestros días, es tal el caos de las leyes que no se procura demasiado hacerlas cumplir y los antidrogas (stups), también, se cuidan de sólo regular el tráfico, y no de reprimirlo, lo que sería social y políticamente suicida.
La división no está, como pretende la ficción judicial, entre lo legal y lo ilegal, entre inocentes y criminales, sino entre los criminales que se cree oportuno perseguir y aquellos que son dejados en paz como lo requiere la policía general de la sociedad. La raza de los inocentes está extinta desde hace mucho, y la pena no es a lo que te condena la justicia; la pena es la justicia misma. Por ello, no hay ningún motivo para que mis camaradas y yo «clamemos nuestra inocencia», del modo en que la prensa se lanzó ritualmente a decir, sino que se trata de desbandar la azarosa ofensiva política que constituye todo este infecto proceso. He ahí algunas de las conclusiones a las que el espíritu es conducido leyendo Vigilar y castigar en la Santé. No resulta inútil sugerir, dado lo que hacen los foucaultianos desde hace 20 años con los trabajos de Foucault, de enviarlos en pensión algún tiempo, por acá.
¿Cómo analiza lo que le sucede?
Desengáñese: lo que nos sucede, a mis camaradas y a mí, le sucede también a usted. Por lo demás, ésa es, aquí, la primera mistificación del poder: nueve personas son perseguidas en el marco de un proceso judicial por «asociación de malechores en relación con una iniciativa terrorista», y se supone que deberían sentirse particularmente concernidas por esta grave acusación. Pero no hay «caso Tarnac», no más que «caso Coupat» o «caso Hazan» [editor de la Insurrección que viene]. Lo que hay es una oligarquía vacilante en todas las relaciones y que deviene feroz como todo poder deviene feroz cuando se siente realmente amenazado. El Príncipe no tiene ya más sostén que el miedo que inspira, cuando su vista sólo excita en el pueblo, odio y desprecio.
Lo que hay delante nuestro es una bifurcación, a la vez histórica y metafísica: sea pasamos de un paradigma de gobierno a un paradigma del habitar, al precio de una revuelta cruel pero transformadora, sea dejamos que se instaure en escala planetaria este desastre climatizado donde coexisten, bajo la férula de una gestión «descomplejizada», una élite imperial de ciudadanos y masas plebeyas mantenidas al margen de todo. Existe entonces, sin lugar a dudas, una guerra, una guerra entre los beneficiarios de la catástrofe y aquellos que se hacen de la vida una idea menos esquelética. Nunca se ha visto que una clase dominante se suicide de buena gana.
La revuelta tiene condiciones, ella no tiene causa ¿Cuántos ministerios de identidad nacional, despidos a la moda Continental, razzias de sin-papeles o de oponentes políticos, chavales jodidos por la policía en los suburbios, o ministros que amenazan con privar de diplomas a quienes todavía se atreven a ocupar su fac, serán necesarios para decidir que tal régimen, incluso instalado mediante un plebiscito de apariencias democráticas, no tiene ninguna razón de existir y amerita tan sólo ser derribado? Es una cuestión de sensibilidad.
La servidumbre es lo intolerable que puede ser infinitamente tolerado. En tanto es una cuestión de sensibilidad y que esta sensibilidad es inmediatamente política (no al preguntarse "¿por quién voy a votar? sino ¿es compatible mi existencia con éso?), para el poder es una cuestión de anestesia, a la que responde con la administración de dosis cada vez más masivas de diversiones, de miedo y de estupidez. Y ahí donde la anestesia deja de funcionar, este orden que ha reunido en su contra todas las razones de rebelarse intenta disuadirnos mediante un pequeño terror afinado.
Nosotros, mis camaradas y yo, no somos más que una variable de ese ajuste. Sospechan de nosotros, como de tantos otros, como de tantos «jóvenes», como de tantas «bandas», de desolidarizarnos de un mundo que se hunde. Sólo sobre este punto no mienten. Afortunadamente, el hatajo de estafadores, de impostores, de industriales, de financieros y de chicas, toda esa corte de Mazarin bajo neurolépticos, de Luis Napoléon en versión Disney, de Fouché dominguero, que en este momento controla el país, carece del más elemental sentido dialéctico. Cada paso que dan hacia el control de todo los acerca de su perdición. Cada nueva «victoria» de la cual presumen, extiende un poco más ampliamente el deseo de verlos vencidos a todos. Cada maniobra por la que figuran reforzar su poder acaba por hacerlo odioso. En otros términos: la situación es excelente. No es el momento de perder el valor. Entrevista hecha por Isabelle Mandraud y Carolinne Monnot
Apareció en la edición del 26 de mayo de 2009.
http://www.lemonde.fr/web/imprimer_…
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(1) Direction de la surveillance du territoire - Dirección de vigilancia del territorio, era un servicio de vigilancia del Ministerio del interior, dentro de la policía nacional encargada históricamente del contra-espionaje en Francia. En los años 90 fue encargada también de la lucha anti-terrorista, contra la proliferación de armas y la protección del patrimonio económico y científico. Desapareció en 2008 al fusionarse con los servicios secretos para dar origen a la DCRI (Direction centrale du renseignement intérieur - Dirección central de información interior).
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Al conocerse la noticia de la liberación de Julien Coupat, el Comité de apoyo a los inculpados del 11 de noviembre, publicó los siguientees comunicados:
Un ramo de flores para Michèle Alliot-Marie
28 mayo, 18h.
No, no nos sentimos aliviados. No, la liberación de Julien no es una «victoria». Cuando mucho es un camuflaje para todos los desvergonzados que nos han atacado. Para nosotros, no es más que una etapa. Hacia la impunidad, para todos ellos y por todo. No enviaremos un ramo de flores al tribunal.
Su hostigamiento va a continuar, en contra nuestra, de nuestros amigos, contra otros. Los controles judiciales, las amistades prohibidas, las vigilancias, las detenciones provisionales de 96 horas. Lo que ve la luz en este asunto es la determinación, la determinación patética de un orden senil dispuesto a todo para aniquilar lo que le resiste y que cuenta con sobrevivirle. Esto apenas comienza, para ellos como para nosotros. Seguimos pues. Nuestra defensa es tanto preventiva como ofensiva.
Se ha desplazado el enfrentamiento desde el plano judicial al plano político. Ello provocó algunas incomprensiones.
Anunciamos por tanto la realización, el 21 de junio (día de la fiesta de la música) a las 3 de la tarde en Les Halles de París, de una gran manifestación. Invitamos a todos, a todas las bandas, todos los obreros, todos los manifestantes que hayan sufrido el hostigamiento brutal y judicial de la policía y sus politiqueros. Convocamos a todas y todos que no soportan este orden del mundo, todas y todas que se organizan para sobrevivir contra viento y marea. Invitamos a todas y todos para quienes ha sonado la hora, por fin, de encontrarnos.
Por Julien, todos los otros y contra todo:
Cita: domingo 21 de junio - 15 horas - Fuente de los Inocentes - PARIS
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Liberación de Julien. Todo continúa.
27 mayo, 23 horas.
Ya estuvo. Los periodistas anuncian la liberación de Julien Coupat. Insistiendo en la clemencia del tribunal que, esta vez, no se opondrá. Que declara que la detención ya no se justifica más. Ficción de un anti-terrorismo razonable, justo, mesurado.
En los despachos de prensa se recuerda que pronto será el cumpleaños de Julien. Como si se tratara de un regalo. Sería preciso entonces que estemos felices, que descorchemos la champaña, que gritemos victoria. Es magnífico: se mantiene contra viento y marea a alguien en detención durante 6 meses, y porque de repente, sin ninguna explicación, se le libera, deberíamos estar contentos, agradecer a la justicia de ser tan justa y a los jueces de ser tan clementes
No: el sentimiento dominante es aún el de la cólera. Por el encarcelamiento de Julien y de otros. Por los arrestos en plena calle, que aún se permiten. Por las detenciones provisionales de 96 horas, que se han hecho corrientes. Por ese pendejo de Jean-Marc, simple tira de la SDAT [subdirección anti-terrorista]. De ningún modo nos detendremos ahí.
Con el caso Tarnac, el poder intentó dar un golpe: utilizar sus dispositivos de excepción, policiacos y jurídicos, sin tapujos y haciéndolo del conocimiento del mayor número posible. Lo que se intentó fue banalizar los dispositivos anti-terroristas. En la situación actual, se puede decir que no tuvo éxito. Pero no ha fracasado aún. Lo que está en juego, además de que este caso se cancele de una vez por todas, es desacreditar por mucho tiempo, las medidas antiterroristas.
La otra cosa que se reveló en este caso, es la existencia de formas de contestación difusas, de una política radical que se desarrolla fuera de partidos y sindicatos y la tentativa de encuadrarlas bajos los términos «anarco-autónomo» o «ultra-izquierda». Lo que apareció a la luz pública, para decirlo rápido, es la existencia de una juventud que desea el fin de esta sociedad. Y eso tampoco se detendrá.
Con la liberación de Julian todo continúa. Los comités de apoyo anunciarán nuevas iniciativas muy pronto.

