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viernes, 14 de mayo de 2010

Israel: ¿Estado fallido?


13-05-2010
José Steinsleger
La Jornada

La semana pasada traté la tragedia de la nakba, expresión empleada por el pueblo palestino para nombrar el "desastre" (u holocausto) que padece desde la constitución ilegal del Estado sionista de Israel (La Jornada, 05/05/10) (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=105653).

El término "ilegal" suscitó la molestia de algunas voces que respeto. El periodista Humberto Musacchio, por ejemplo, observó que la independencia unilateral de Israel (14 de mayo de 1948), fue precedida por un acuerdo mayoritario y “cabalmente ajustado al derecho internacional de la Asamblea General de la ONU…” (El Correo Ilustrado, 09/05/10).

Cierto y falso. Cierto: el acuerdo fue mayoritario. Y falso, porque el espíritu antihitlerista que embargaba a los redactores de la Carta Magna de la ONU (San Francisco, 26/06/1945) tuvo el cuidado de evitar, justamente, que el organismo internacional tuviese facultades jurídicas para separar o dividir territorios, habitados o no.

Dejemos eso de lado. Por este carril, acabamos discutiendo el carácter "legal" de los Tratados de Guadalupe-Hidalgo (1848), y otros casos similares de territorios ocupados por la fuerza. Vayamos a lo esencial: no por ilegal, el Estado de Israel deja de ser una entidad política real, y de indiscutido peso militar, financiero y político en el mundo contemporáneo.

Lo que se cuestiona de Israel nada tiene que ver con el chantaje emocional del holocausto, o el victimismo de su "derecho a existir". Los sionistas dicen que el Estado de Israel no puede reconocer a una nación israelí porque sería "el Estado de la nación judía". O sea, que pertenecería a todos los judíos de Brooklyn, Budapest, México o Buenos Aires.

¿“Nación judía…”? Nuevamente, dejémoslo ahí. En todo caso, si el gobierno de Israel celebrara un plebiscito con todos los judíos del mundo, la mayoría votaría contra sus prácticas genocidas, terroristas y anexionistas. Es más: emitirían una declaración de condena a la casta gangsteril que desde 1948 ha pervertido los valores sustantivos de la ética y el espíritu de tolerancia del judaísmo.

Ahora bien. Según Musacchio, en mi artículo habría "insistido" en “recetar la versión de los gobiernos árabes, y no de todos (sic)…”. No entiendo. Releo lo que escribí, y veo que los datos desestimados por el colega provienen de ocho fuentes israelíes. No obstante, más grave es que Musacchio diga que Palestina era un “territorio desértico que contaba entonces con algunos asentamientos árabes y judíos y era atravesado por grupos nómadas” (sic).

¿Territorio desértico? En su enciclopedia Milenios de México (1999), Musacchio estima que a la hora en que la ONU constituyó dos estados, uno árabe y otro judío “en la parte asignada a la nación árabe vivían 749 mil palestinos, y 497 mil en la destinada a Israel”. ¿Un territorio "desértico" de 20 mil kilómetros con 62 habitantes por kilómetro cuadrado?

Sería de lamentar que, de haber otra edición, Musacchio eliminara esa página de su magnífica obra en tres tomos. Porque sus datos son correctos y no provienen de fuentes "árabes" o "judías", sino del censo del Mandato Británico sobre Palestina.

Ídem: que por aquella época “no existía nada parecido a un Estado árabe palestino”. Va de nuez: cierto y falso. Cierto: no había un "Estado árabe palestino". Pero tampoco israelí. Pregunta: ¿Entonces por qué los palestinos, con un millón 246 mil habitantes, no pudieron fundar un Estado, y los sionistas sí, con una población de poco más de medio millón de judíos?

Por último, que “los gobernantes de los países árabes se opusieron a la constitución de ese Estado”. A ver, a ver. Las monarquías de Egipto y Arabia Saudita estaban enfrentadas a las de Irak y Transjordania (actual Jordania), y todas eran probritánicas. Y, a pesar de la llamada Declaración Balfour (que en 1917 respaldó la creación de un "Hogar Nacional Judío" en Palestina), los ingleses estaban poco interesados en la constitución del Estado de Israel.

A la hora de votar la partición, Londres se abstuvo: 33 países lo hicieron en favor, 13 en contra y 10 se abstuvieron. Dato importante: de no haber sido por el voto favorable de 13 países latinoamericanos (alineados con Washington), la partición de Palestina habría acabado en vía muerta.

El 14 de mayo de 1948 (dos días antes de lo estimado por el Departamento de Estado), Israel declaró la independencia, reconocida de facto este mismo día por el presidente Harry Truman.

El embajador de Estados Unidos en la ONU, Warren Austin, abandonó la Asamblea en señal de protesta. Y después, ocurrió un verdadero caos. La delegación estadounidense amagó con renunciar en masa, en tanto uno de sus miembros detenía por la fuerza al representante de Cuba, que quería anunciar inmediatamente el retiro de su país de la ONU.

En adelante, toda posibilidad de arreglo con "los árabes" (es decir con los palestinos y los movimientos de liberación en los países del Islam), sería saboteada por los sionistas que, recogiendo la bandera de los nazis, pasaron a ser los enemigos principales del judaísmo y de la humanidad en general.
http://www.jornada.unam.mx/2010/05/12/index.php?section=opinion&article=021a1pol

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lunes, 15 de febrero de 2010

Jesús de Palestina


15-02-2010
Javier Arias
Rebelión


En la última década hemos asistido a la llegada de una multitud de publicaciones cuyo único objetivo es afirmar, de manera obsesiva, que Jesús de Nazaret era judío. Parece que hay grupos de poder interesados en fijar de manera indisoluble un pacto o alianza entre los lobbys sionistas y los fundamentalismos cristianos, tratando de apropiarse del icono “Jesús de Nazaret” como elemento estratégico para utilizarlo de estandarte contra el Islám en su particular visión del choque de civilizaciones.

A pesar del enorme esfuerzo económico, mediático e intelectual invertido en fabricar “verdades históricas” [1] para dar soporte ideológico a esta alianza neo-colonial, la realidad es tozuda y no siempre se deja domesticar. Basta una breve revisión del tema para darnos cuenta de las verdades escondidas tras el discurso reduccionista y lleno de trampas, que la cultura del imperio intenta colocarnos.

En el época de Jesús el término judío tenía un sentido completamente diferente al que tiene en la actualidad. Judío era sinónimo de creyente en la unicidad de Dios (monoteísmo) , en contraposición de los paganos que, o bien no creían o bien tenían otros “dioses” relacionados con tradiciones helenísticas (politeístas) o cultos panteístas. En este sentido amplio Jesús era judío… al igual que lo serían todos los seguidores de cualquiera de las tres grandes religiones abrahámicas en la actualidad, incluídos los cientos de millones de musulmanes que habitan la Tierra. No debemos olvidar que el Islám rinde culto a las enseñanzas de Jesús de Nazaret como uno de sus profetas. ¿Habrá sitio en el “hogar nacional judío” para tanta gente?.

El término judío [2] en la actualidad tiene un sentido muy diferente ya que sólo incluye a los seguidores de la Torá y de la tradición talmúdica (sólo un par de decenas de millones de personas en el mundo). A diferencia de los musulmanes, los judíos de la actulidad no aceptan la figura de Jesús de Nazaret como un referente de autoridad religiosa. (¿Serán los judíos actuales menos “judíos” que los propios musulmanes, que sí creen en las enseñanzas del judío Jesús de Nazaret?). La trampa que nos tienden los “think tanks” sionistas es crear una sensación de identidad entre el judaísmo abierto, inclusivo y pacifista de Jesús con el actual judaísmo sionista israelí que es cerrado, exclusivista y pseudofascista. Cualquier parecido entre ambos es pura coincidencia, exceptuando la utilización manipuladora del adjetivo “judío”.

A pesar de que continuamente se intenta deslizar interesadamente la idea contraria no hay nada de étnico en la condición de judío. Hay judíos etíopes, sudafricanos, neozelandeses, argentinos, rusos, austríacos… Como ha sucedido en cualquiera de las otras religiones ha habido históricamente una “captación de adeptos”, que se traduce en “conversiones” realizadas en multiplicidad de nichos étnicos y geográficos, muy diferentes entre si. No en vano la gran mayoría de los judíos que habitan actualmente en Israel no son étnicamente semitas ya que proceden de centro-europa y Europa del Este. Los judíos askenazíes (el 80% sobre el total de los judíos) [3] son convertidos a lo largo de la historia y por tanto carecen de ningún tipo de vínculo étnico con los originarios judíos semitas [4]. Nunca, jamás los tatarabuelos de estos askenazíes vivieron en Palestina.

El origen del pueblo hebreo es Mesopotamia, actual Iraq. Los hebreos invaden Canaán [5] (la actual Palestina) entrando en guerra con los habitantes de aquella tierra, que ya venía siendo habitada por los cananeos (ascendientes de los palestinos) desde al menos 10 siglos antes. Las tribus hebreas se organizan en una alianza militar que recibirá el nombre de Israel. Canaán es rebautizada como “Palestina” por los romanos, en honor de los filisteos (Palestina=Tierra de los filisteos), otro pueblo invasor procedente del Mar Egeo y enemigo de los israelitas. Había pobladores cananeos antes de la invasión israelita que siguen viviendo allí durante siglos, incluyendo la época de Jesús según el Nuevo Testamento (Mt. 15, 21-28) y muy posiblemente tras varios siglos de dominación romana.

En calidad de invasores temporales los israelitas tendrían los mismos derechos sobre tierra cananea que los egipcios, los sirios, los turcos o incluso los británicos. Los únicos habitantes legítimos de esta tierra serían los cananeos, es decir los palestinos. El nombre de ese país no tendría que ser otro que Palestina o Canaán. Dentro de ese país, en justicia histórica, deberían convivir palestinos agnósticos, palestinos musulmanes, palestinos judíos, palestinos cristianos y palestinos panteístas. Como cuna de religiones debería ser una nación de paz, completamente desmilitarizada.

Notas.

[1] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=72401

[2] http://es.wikipedia.org/wiki/Juda%C3%ADsmo

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Askenaz%C3%AD

[4] http://www.publico.es/internacional/121692/el/pueblo/judio/invencion

[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Cana%C3%A1n

http://alterglobalizacion.wordpres.com.

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jueves, 28 de enero de 2010

Horror, pavor e indignación al leer la página de opinión de Público


28-01-2010
Salvador López Arnal
Rebelión

Empieza a ser costumbre. Es difícil encontrar una página de opinión en el diario que dice ser de centroizquierda que no escandalice [1].
Otra muestra más, por si fuera necesario: el artículo que Adolfo García Ortega publicó el pasado 27 de enero con el título: “Por qué hay que recordar la ‘Shoá” [2].
No parece contradictorio con lo que se ha señalado en algunos medios alternativos: la anunciada ofensiva político-cultural de Israel y sus amigos y aliados: se trata de proclamar, donde sea y como sea, las bondades del agresivo Estado étnico y apagar todo tipo de críticas creando confusión y desinformaciones en sus alrededores.

El artículo del autor de El mapa de la vida, empieza recordando lo que, más allá de algún matiz marginal sobre el por qué ser única y exclusivamente judíos, es aceptado universalmente:

Hay más de un millón de niños judíos que, de no haber existido la Shoah, ni la Solución Final, ni haber sido asesinados industrialmente, hoy tendrían entre 65 y 80 años. Sus vidas habrían estado llenas de cosas buenas o de cosas malas, no se puede saber, porque es absurdo pretender saber cómo habría sido la historia de lo que nunca ocurrió. Lo que sí es cierto es que las vidas que no vivieron, los hijos que no tuvieron, las enseñanzas que no adquirieron, los amores que se perdieron, todo eso es vida que les fue impedida, arrebatada y eliminada por ser única y exclusivamente judíos. Si incluimos a los adultos, podemos elevar el número hasta el conocido referente de los seis millones.

Este, señala, es un hecho sin paliativos, un hecho atroz, remarca. Cada 27 de enero se recuerda la Shoah como la extrema barbarie conscientemente genocida. Es justo que se recuerde, apunta García Ortega:

[…] y que se haga con toda la lucidez y toda la puesta en presente de la memoria, para evitar por encima de todo el olvido, y por tanto la condena a la posible repetición en el futuro.

En los últimos años, denuncia, las aberrantes teorías del negacionismo han cobrado un peso demasiado grande, hasta el punto de dárseles un rango intelectual plausible. En su opinión, se suman a otra corriente “según la cual se abusa de la exhibición del Holocausto, se considera que ha devenido en una mezcla de negocio y espectáculo”, como si la Shoah, prosigue, “diera justificación a los judíos, por la vía de la compensación moral, para llevar a cabo, con total impunidad, sus aspiraciones de autoafirmación política”. Dicho de otro modo, complementa García Ortega, “como si el Holocausto fuese una tragedia tras de la que se amparan los horrores del actual Israel”. Conclusión extraída:

[...] de nuevo se vuelve a censurar a un pueblo, el judío, por el mero hecho de serlo. De nuevo se trata de minimizar su asesinato colectivo por el hecho de ser judías las víctimas.

Veamos, veamos con calma. Aceptemos, sin espacio para la duda, la insensatez y crueldad político-moral del negacionismo. Aceptado está. Pero, dando un paso más, ¿qué problema hay en señalar lo que muchos autores han apuntado con documentación, indignación y rabia sobre la, en ocasiones, exhibición mercantil del Holocausto? ¿Qué hay de falsario en señalar que, en ocasiones, y en coincidencia con lo denunciado por víctimas o familiares de víctimas, se usa la inmensa tragedia del holocausto para justificar prácticas políticas estatales injustificables? Ejemplo: las matanzas de Gaza, el ataque militar a una población desprotegida.

¿Cómo hay que interpretar esas corrientes críticas según el autor? Dentro del actual contexto. ¿Qué contexto? El siguiente:

[…] Es obvio que estas corrientes, más o menos extendidas, totalmente simplistas pero nada inocentes, de minimizar el Holocausto tratando de restarle vigencia y razón a su recuerdo, hay que considerarlas dentro del actual contexto socio-político, marcado por un crecimiento del antisemitismo en todo el mundo bajo capa de antiisraelismo.

¿Cómo? ¿Otra vez? ¿Antisemitismo = antiisraelismo? ¿Y quién ha probado esa igualdad? ¿Quién ha construido un buen argumento que permita pasar de las críticas a las prácticas políticas de un Estado a la animadversión visceral, irracional, inadmisible, hacia todos los pueblos semitas?

Esto es motivo de debate, admite García Ortega, y no significa, admite, “que responda a una generalización sin matices”. Pero añade, inconsistentemente:

[…] los intelectuales no dejan de escribir sobre esto en periódicos, foros y ámbitos donde, por desgracia, siempre se acaba coligiendo un desafecto hacia el mundo judío, reproduciéndose los clichés más burdos que, precisamente, condujeron a la Shoah.

¿Periódicos, foros y ámbitos donde siempre se acaba coligiendo un desafecto hacia el mundo judío? ¿Hemos leído bien? ¿Siempre? ¿Periódicos y foros arguyendo contra “el mundo judío”? ¿En qué periódicos? ¿En el NYT? ¿En The WP? ¿En El País? ¿En La República?

García Ortega señala tres razones para seguir recordando la Shoah. La primera: hay que recordarla en sí misma

[…] por el hecho terrible que fue. No es justo compararla con ningún otro hecho, anterior o posterior. Tal vez no se encuentren iguales. Y no debería haber nada que reprochar al hecho de que sus agonistas principales, el pueblo judío, esgriman su derecho al recuerdo.

No acaba de verse por qué es injusto compararla con cualquier hecho anterior o posterior. De hecho, como veremos, el mismo autor parece aventurar a continuación un tratamiento contrapuesto, pero lo importante es que él mismo admite que:

Su voluntad de recordar la Shoah ha de verse, sobre todo, como una magnífica afirmación de vida y de existencia en el concierto de los pueblos y de las naciones. Y aunque algunos, incluidos políticos e intelectuales judíos, israelíes o no, utilicen el Holocausto como argumento de su propia necedad, eso no invalida en absoluto la fuerza moral que el pueblo judío, como colectivo supranacional, tiene para que no se olvide ni uno solo de los nombres de los asesinados.

Así, pues, algunos políticos e intelectuales judíos, vivan o no en Israel, han podido usar “el Holocausto como argumento de su propia necedad”. Luego, entonces, ¿a santo de qué vinieron las anteriores descalificaciones sobre toda crítica a cualquier aproximación no cegada a la temática del Holocausto?

La segunda razón que esgrime García Ortega para recordar la Shoah es que es un hecho que excede a los judíos.

El Holocausto, como también las matanzas del estalinismo, o las del genocidio camboyano o el ruandés o cualquier otro de características similares en cuanto a planificación de eliminación de un pueblo, son responsabilidad de toda la humanidad. Son verdadero patrimonio de la historia planetaria. Y debemos recordarlo porque nos implica como cómplices.

Aquí ahora la comparación sí parece posible. Pero lo curioso es que “ese hecho que excede a los judíos” sea leído en la forma en que se hace y se olvide siempre (¡siempre!) otro vértice de esta barbarie: que no solo fueron ciudadanos y ciudadanas judíos, el pueblo judío en general, quien fue asesinado y perseguido por el nazismo, sino también (y sin que ello quite un quark de importancia a la barbarie del holocausto) otros ciudadanos, demócratas, socialistas comunistas, homosexuales, gitanos, etc, que por su condición o por su resistencia fueron también aplastados por las sucias botas nazis.

La tercera razón para el recuerdo:

evitar la ignorancia y la simplicidad con que se analizan los asuntos relativos a una de las consecuencias derivadas justamente de la Shoah, la existencia del Estado de Israel, una existencia que, aunque tuvo que conquistarse por la sangre y el fuego de toda independencia, nació legitimada por la voluntad judía de no tolerar jamás la repetición del Holocausto. Hoy en día la ignorancia procede del desconocimiento. Y el desconocimiento nace de la confusión.

¿Existencia de un Estado por la sangre y el fuego que exige toda independencia? ¿La limpieza étnica palestina es un proceso necesario de independencia política? ¿Este asesinato masivo no merece ninguna consideración político-moral por parte del autor? ¿Aquí no hay indicios de barbarie? ¿Legitimación de la limpieza étnica por la voluntad de no permitir jamás la repetición del Holocausto? ¿Qué es esto? ¿Una gastada formulación de que el fin justifica cualquier medio? ¿Barato maquiavelismo de dos por cinco? ¿Cómo puede entenderse esa asimetría de juicio político?

García Ortega concluye señalando que en un mundo y un momento histórico de cambio:

[…] cuando la ley de la historia dicta el mestizaje y la convivencia de razas y culturas, es necesario que se evite a toda costa la deshumanización de pueblos enteros, la anulación de razas y religiones por el mero hecho de ser lo que son y de ser otros.

No sé si existe realmente alguna ley de la historia pero si fuera así, o aunque no lo fuera, es justa y necesaria la vindicación del combate contra la deshumanización de pueblos enteros, la lucha contra la anulación de razas y religiones por el mero hecho de ser lo que son y de ser otros. ¿En qué pueblos está pensando el autor de El mapa de la vida? ¿Sólo en el pueblo judío? ¿No cabe en su reflexión el maltrato, la persecución, la ocupación y la misma existencia del pueblo palestino por ejemplo? [3]

Notas:

[1] No sólo son las páginas de “Opinión” desde luego. Público, 27 de enero de 2010, cedió toda una página, la 27, a una entrevista a Pilar González de Frutos, la presidenta de la patronal de seguros Unespa. Ideas esenciales de la conversación: “Hay que reformar con urgencia el sistema de pensiones” y “hay que favorecer el sistema privado de complemento de pensiones”. Con un añadido: suena raro, señala la señora González de Frutos, pero hay que decir a los ciudadanos que deben trabajar más. ¿A quiénes? ¿A las personas que no pueden trabajar aunque puedan y quieran? ¿A los ciudadanos y ciudadanas que superan las 55 horas semanales por semana?

[2] Adolfo García Ortega, “Por qué hay que recordar la ‘Shoá”, Público, 27 de enero d 2010, p. 7.

[3] Definitivamente: Público sigue punto por punto la trayectoria del diario global. ¿Por qué no podrá haber en Sefarad un diario similar a La Jornada o a Il Manifesto? ¿Estamos eternamente condenados? ¿De qué árbol prohibido nos hemos alimentado?

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jueves, 26 de marzo de 2009

El final de la historia judía





La guerra contra el terror interior

Gilad Atzmon
Palestine Think Tank
25-03-2009
Traducido para Rebelión y Tlaxcala por S. Seguí


El artículo que presento hoy es probablemente lo más importante que he dicho nunca en relación con la brutalidad israelí y la identidad contemporánea judía.

Soy consciente de que podía haber expuesto mis pensamientos en un libro de más alcance o en un texto académico de análisis; sin embargo, voy a hacer exactamente lo contrario: lo voy a expresar del modo más corto y sencillo posible.
En las pasadas semanas hemos sido testigos de una campaña genocida israelí contra la población civil palestina en Gaza. Hemos visto cómo uno de los ejércitos más potentes del mundo aplastaba mujeres, ancianos y niños. Hemos visto cómo un vendaval de armas no convencionales estallaba sobre escuelas, hospitales y campamentos de refugiados.
Antes de esto sabíamos de crímenes de guerra, pero esta vez la transgresión israelí ha sido radicalmente diferente: contaba con el apoyo de la absoluta mayoría de la población judía israelí. La campaña militar del ejército israelí en Gaza contó con el apoyo del 94% de la población israelí. El 94% de los israelíes aparentemente aprobaron los ataques aéreos contra civiles. El pueblo de Israel pudo ver la carnicería en sus televisores, oír las voces, ver los hospitales y campamentos de refugiados en llamas, y sin embargo nada de ello les provocó la menor emoción. No hicieron gran cosa por poner coto a sus despiadados líderes, “democráticamente elegidos.” En cambio, algunos de ellos tomaron sus asientos plegables y se instalaron en las colinas que dominan la Franja de Gaza, para observar cómo su ejército convertía Gaza en un moderno coliseo de sangre hebreo.
Incluso ahora, cuando la campaña parece haber acabado y se conoce la escala de la carnicería de Gaza, los israelíes siguen sin dar señales de remordimiento. Como si todo esto no fuera suficiente, durante todo el tiempo que duró la guerra, judíos de todo el mundo se movilizaron en apoyo a su Estado únicamente-judío.
Un apoyo popular de esta envergadura a los crímenes de guerra es algo inaudito. Los estados terroristas efectivamente matan, pero siempre con un punto de timidez al respecto. En la URSS de Stalin se mataba en remotos gulags, y los nazis alemanes ejecutaban a sus víctimas en el fondo de los bosques, tras alambres de espinos.
En el Estado judío, los israelíes asesinan a la luz del día a mujeres, niños y ancianos indefensos, y utilizan armamento convencional contra escuelas, hospitales y campamentos de refugiados. Este nivel de barbarie exige a gritos una explicación. La tarea pendiente puede definirse, fácilmente, como una búsqueda de comprensión de la brutalidad colectiva israelí. ¿Cómo puede ser que esta sociedad haya conseguido perder hasta el último rastro de compasión y misericordia?
El terror interior
Más que cualquier otra cosa, los israelíes y todas las comunidades judías que les han apoyado están aterrorizados por la brutalidad que encuentran en sí mismos. Cuanto más implacables son, más asustados se vuelven. La lógica es sencilla. Cuanto más sufrimiento se inflige al otro, más ansiedad acumula uno ante el potencial de capacidad de muerte que halla en torno. En otras palabras, el israelí proyecta en el palestino, el árabe, el musulmán y el iraní la agresividad que encuentra en sí mismo. Teniendo en cuenta que la brutalidad israelí ha demostrado no tener límites ni comparación posible, su ansiedad es por lo menos igual de grande.
Al parecer, los israelíes sienten temor de que ellos mismos sean sus propios esbirros. Han entablado una mortífera batalla con el terror interior. Pero los israelíes no están solos. El judío de la diáspora que se manifiesta en apoyo de un Estado que lanza fósforo blanco sobre civiles está atrapado en la misma trampa devastadora. Con su entusiasta respaldo de un crimen insoportable, siente horror ante el pensamiento de que la crueldad que encuentra en sí pueda manifestarse también en otros. El judío de la diáspora que apoya a Israel está destrozado por la imaginaria posibilidad de que un acto brutal similar al suyo pueda un día infringírsele. Esta misma preocupación explica todo lo relativo al antisemitismo. Es básicamente la proyección de una acción colectiva sio-céntrica tribal e implacable sobre otros.
No hay conflicto israelo-palestino
Lo que tenemos a la vista es la clara formación de un círculo vicioso en el que los israelíes y sus defensores se están convirtiendo en un meteoro vengativo insular, alimentado por una agresión interna explosiva. El significativo de todo ello es bastante revelador. Dado que los palestinos no pueden hacer frente militarmente a la agresión israelí y su capacidad destructiva, tenemos derecho a afirmar que no hay un conflicto israelo-palestino. Todo lo que hay es una psicosis israelí en la que este pueblo está siendo demolido por la ansiedad producida por el reflejo de su propia crueldad. Al ser considerados los nazis de nuestra época, los israelíes están por ello condenados a ver un nazi en cualquier persona.
Del mismo modo, no hay un aumento del antisemitismo. El judío de la diáspora sionista está simplemente destrozado por la posibilidad de que alguien más esté tan corrompido éticamente y sea tan cruel como él mismo ha demostrado ser. En pocas palabras, las políticas israelíes y la acción de los grupos de presión sionistas deberían ser considerados nada menos que como una paranoia colectiva sio-céntrica letal, al borde de la psicosis total.
¿Hay modo de redimir a los sionistas de esta sangrienta incursión? ¿Hay manera de cambiar el curso de la historia y salvar a los israelíes y sus partidarios de la depravación total? Probablemente, la mejor manera de plantear esta cuestión es preguntando si hay algún modo de salvar a los israelíes y los sionistas de sí mismos. Como pueden imaginarse, no estoy exactamente interesado en salvar a los israelíes o los sionistas; sin embargo, tengo para mí que la redención de los sionistas de su transgresión puede traer perspectivas de paz a Palestina, Iraq y probablemente el resto de nosotros. Para los que no consiguen verlo, Israel es sólo la parte visible del iceberg. A fin de cuentas, Estados Unidos, Gran Bretaña y Occidente están en la actualidad sujetos a formas similares de la política del miedo, que son el producto directo de la mortífera ideología y práctica intervencionista de los neocon.
El psicoanalista de Nazaret
Hace muchos años –se afirma– vivía entre sus hermanos un israelita, en la tierra de Canáan. Como los actuales israelíes, estaba rodeado de odio, venganza y miedo. En un momento dado, decidió intervenir e introducir cambios: se había dado cuenta de que no había otro modo de combatir la crueldad que buscando la gracia. “Poner la otra mejilla”, fue la sencilla sugerencia que propuso. Al definir la psicosis del israelita como “una guerra contra el terror interno”, Jesús percibió que el único modo de contrarrestar la violencia es mirarse en el espejo a la vez que se busca la Bondad dentro de sí.
Es bastante evidente que la lección de Jesús creó las condiciones para la formación de la ética universal occidental. Las ideologías políticas modernas sacaron conclusiones de esta perspectiva cristiana. En Marx, la búsqueda normativa de la igualdad puede considerarse una reescritura secular del concepto de hermandad que propone Jesús. Buscar la paz es, en primer lugar, buscarse a uno mismo dentro de sí. Mientras que los israelíes y sus hermanos gemelos neocon pretenden conseguir la paz por medio de la fuerza disuasoria, la auténtica paz se consigue mediante la búsqueda de la armonía interior. Como nos sugeriría un estudioso lacaniano, amar a tu prójimo es realmente amarte a ti mismo amando a tu prójimo.
El caso de los israelíes es exactamente el caso opuesto. Tal como demuestran una y otra vez, se están realmente amando a sí mismos odiando a su prójimo, o, dicho más brevemente, simplemente se aman a sí mismo odiando en general. Odian casi todo: a su prójimo, los árabes, Chávez, los alemanes, el Islam, los gentiles, el cerdo, el palestino, la Iglesia católica, Jesús, Hamás, los calamares e Irán. Piense usted en alguna cosa y seguro que la odian. Uno puede llegar a admitir que odiar tanto debe de ser un proyecto particularmente agotador, a menos que haya en ello algún placer. Y, sin duda, el principio del placer israelí podría articularse así: el impulso continuo de los israelíes a buscar el placer en el odio, a la vez que infringen dolor a otros.
Debemos señalar aquí que la guerra contra el terror interior no es exactamente una invención judía. Todos, sean naciones, pueblos o individuos, están sujetos potencialmente a ella. Las consecuencias de la masacre nuclear estadounidense perpetrada en Hiroshima y Nagasaki convirtieron al pueblo estadounidense en un colectivo aterrorizado. Esta ansiedad colectiva se conoce con el nombre de guerra fría. Estados Unidos tiene todavía que redimirse del temor a que alguien más se muestre tan inmisericorde como demostró ser Estados Unidos. En cierto modo, la operación Shock and Awe (Conmoción y pavor) tuvo un efecto similar sobre Gran Bretaña y Estados Unidos. Condujo a la creación de masas horrorizadas fácilmente manipulables por una élite altamente motivada. Este tipo concreto de política es lo que se denomina política del miedo.
Y sin embargo, en el discurso occidental se ha instalado un mecanismo de corrección. A diferencia del Estado judío, que se está radicalizando cada vez más por su propia autoadministrada paranoia, en Occidente se consigue hacer frente y contener el mal. El asesino ha sido denunciado y la esperanza de paz se vuelve a sentir, por ahora. Aunque no sea de los que esperan grandes cambios por parte del presidente Barack Obama, hay una cosa meridianamente clara: Obama fue votado presidente para que trajera cambios. Obama es un símbolo de nuestro genuino intento de limitar el alcance del mal.
En el estado judío, no sólo no sucede esto sino que nunca puede suceder. La diferencia entre Israel y Occidente es bastante evidente: en Occidente la herencia cristiana nos da la posibilidad de un deseo enraizado en la creencia en la bondad universal. Sin embargo, estamos ante el peligro constante de la exposición al mal, y tendemos a creer que el bien al final prevalecerá.
Por otra parte, en el discurso tribal hebreo, el Bien es la propiedad de los elegidos. Los israelíes no ven bondad o amabilidad en sus vecinos, los ven como salvajes y como una entidad amenazadora para sus vidas. Para los israelíes, la amabilidad es la propiedad específica de ellos mismos, y accidentalmente también son inocentes y víctimas. En el marco del discurso occidental universal, la bondad no pertenece a un pueblo o un único país, pertenece a todos y a ninguno al mismo tiempo. En el marco del patrimonio universal occidental, la Bondad se halla en cada uno de nosotros, y no pertenece a ningún partido político ni ideología. Los elevados conceptos de la gracia y de un Buen Dios están ahí en cada uno de nosotros, siempre cercanos al hogar.

¿Qué clase de Padre es éste?
“Y será, cuando Jehová tu Dios te hubiere introducido en la tierra que juró á tus padres Abraham, Isaac, y Jacob, que te daría; en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no henchiste, y cisternas cavadas, que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste: luego que comieres y te hartares” (Deuteronomio: 6: 10 -11).
“Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra de la que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones …y tú los derrotarás. (…) no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión.” (Deuteronomio: 7: 1 -2).
Llegados a este punto podemos intentar llegar hasta la causa radical que subyace a la grave falta de compasión del discurso israelí y de los grupos de presión que lo apoyan. Considero que una elaboración de las turbulentas relaciones entre los judíos y sus diferentes dioses pueden arrojar algo de luz sobre este tema. Es evidente que la creciente lista de “dioses”, “ídolos” y “figuras paternas” judías es bastante problemáticas, por lo menos en lo que se refiere a ética y amabilidad. La relación misma entre “el hijo” y “el padre no ético” debe analizarse.
La filósofa Ariella Atzmon (mi madre, por más señas) define la complejidad del falso comienzo como el síndrome de Fagin. El personaje de Fagin, de Charles Dickens, es un adulto que recluta a niños y los forma como carteristas y ladrones, cambiándoles por alimentos y cobijo las cosas que los niños roban. Aunque los niños deben estar agradecidos a su maestro, también deben despreciarlo por hacer de ellos ladrones y carteristas. Los niños se dan cuenta de que las cosas que tiene Fagin son robadas y que su amabilidad está lejos de ser honesta o pura. Antes o después los niños se volverán contra su protector, Fagin, en un intento de liberarse de esa trampa inmoral.
Desde una perspectiva padre-hijo, Jehová, el bíblico Dios judío, no difiere mucho de lo que podemos observar en el síndrome de Fagin. El padre de Israel conduce a su pueblo elegido por el desierto hasta la tierra prometida, para que puedan robar y saquear a sus habitantes indígenas. Esto no es exactamente lo que uno podría esperar de un padre ético o de un Dios amable. Por consiguiente, por mucho que los hijos de Israel amen a Jehová, también deben abrigar alguna sospecha sobre el hecho de que los convierta en ladrones y asesinos. También podrían tener alguna aprensión sobre su amabilidad. Así, no deberíamos estar sorprendidos de que a lo largo de la historia judía un buen número de judíos se haya vuelto contra su padre celestial.
Sin embargo, teniendo en cuenta la concepción secular común de que los dioses son en realidad invenciones humanas, uno puede preguntarse qué conduce a la invención de un Dios tan poco ético. ¿Qué es lo que hace que los humanos sigan los mandatos de un Dios así? También sería interesante saber qué clase de Dios alternativo puedan escoger los judíos, una vez se hayan desembarazado de Jehová.
Desde la emancipación, muchos judíos se han disociado del marco tribal tradicional y del judaísmo rabínico. Muchos se han integrado en sus realidades circundantes, han abandonado sus supuestos privilegios y se han convertido en seres humanos corrientes. Muchos otros han insistido en abandonar a Dios, pero a la vez manteniendo su afiliación tribal orientada racialmente; han decidido basar su pertenencia tribal en razones étnicas, raciales, políticas, culturales e ideológicas en lugar de en los preceptos judaicos. Aunque es evidente que han abandonado a Jehová, han insistido a su vez en adoptar una visión secular que pronto se convirtió en un precepto monolítico de características religiosas.
A lo largo del siglo XX, las dos ideologías políticas de tipo cuasi religioso que más han atraído a las masas judías fueron el marxismo y el sionismo.
Es factible describir el marxismo como una ideología ética seglar universal. Sin embargo, dentro del proceso de transformación en un precepto tribal judío, el marxismo se las arregló para perder todo rasgo de humanismo o universalismo. Como sabemos, la ideología y la práctica sionistas originales estuvieron dominadas por izquierdistas judíos que se consideraban auténticos seguidores de Karl Marx. Creían, sinceramente, que la celebración de la resurgencia nacional judía a expensas de los palestinos constituía una empresa socialista legítima.
Es interesante constatar que sus oponentes, el Bund antisionista, formado por trabajadores judíos de Europa Oriental, no creían en el despojo institucionalizado de los palestinos; en cambio, creían que despojar a los europeos ricos es un precepto, un gran mitzvah universal, un paso hacia la justicia social.
He aquí algunas estrofas del himno del Bund:
Juramos perseverar en nuestro odio
Hacia los que roban y matan a los pobres
El zar, el patrón, el capitalista
Nuestra venganza será rápida y segura
Así pues, jurad: ¡juntos vivir o morir!
Sin entrar en cuestiones relativas a la ética o la afiliación política, es bastante evidente que el himno judeo-marxista está saturado de odio y venganza.
Del mismo modo que el entusiasmo de los judíos por Marx, el marxismo, el bolchevismo y la igualdad, el final de la historia es conocido: los judíos abandonaron el marxismo en masse hace ya mucho tiempo. Dejaron la revolución en manos de gentiles ilustrados como Hugo Chávez y Evo Morales, líderes que realmente han internalizado el significado auténtico de la igualdad y la ética universales.
Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, el marxismo tuvo muchos seguidores entre los judíos europeos; tras el Holocausto, el sionismo se convirtió gradualmente en la voz del judaísmo universal.
Como Fagin, los dioses e ídolos sionistas (Herzl, Ben Gurión, Nordau, Weizmann) prometieron a sus seguidores un nuevo comienzo desprovisto de ética, y el expolio de los palestinos fue su vía hacia una justicia histórica pendiente desde hacía siglos. El sionismo transformó el Viejo Testamento de un texto espiritual en un registro de la propiedad de la tierra. Pero, una vez más, como en el caso de Jehová, el sio-Dios transformó a los judíos en ladrones y les prometió la propiedad de otras personas.
Esto, en sí mismo, puede explicar el resentimiento israelí hacia el sionismo y la ideología sionista. Los israelíes prefieren verse a sí mismos como los habitantes naturales de la tierra y no como pioneros de un proyecto colonial no-ético de la diáspora judía. Los judíos israelíes alcanzan una posición política por medio de un peligroso escapismo ético. Esto puede explicar el hecho de que del mismo modo que los israelíes aman sus guerras, realmente odian luchar en ellas. No están dispuestos a morir por una gran ideología abstracta y remota, como la nación judía o el sionismo. En su gran mayoría, prefieren lanzar fósforo blanco y bombas de racimo desde lugares alejados.
Sin embargo, durante la relativamente corta historia del moderno nacionalismo judío, el Dios sionista ha hecho buenas migas con otros dioses e ídolos aceptables para la ortodoxia. Ya en 1917, Lord Balfour prometió a los judíos que construirían su hogar nacional en Palestina.
Inútil decir que, como en el caso de Jehová, Lord Balfour convirtió a los judíos en saqueadores y ladrones con su promesa directamente falta de toda ética. Prometió a los judíos la tierra de otros, con lo que dio pie a un comienzo en falso. Evidentemente, no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que los judíos se volvieran contra el Imperio Británico.
En 1947, las Naciones Unidas cometieron exactamente el mismo estúpido error: dieron acta de nacimiento a un Estado sólo para judíos, de nuevo a expensas de los palestinos. La ONU legitimó el robo de Palestina en nombre de las naciones. Como en el caso del arrinconado Jehová, no pasó mucho tiempo antes de que los judíos se volviesen contra la ONU. “No importa lo que digan los gentiles, lo que importa realmente es lo que hagan los judíos”, afirmó el primer ministro israelí David Ben Gurión. Recientemente, los israelíes se las han arreglado para rechazar incluso a sus mejores y más servidores amigos en la Casa Blanca. La víspera de las últimas elecciones presidenciales, algunos generales israelíes fueron filmados denunciando al presidente Bush por “perjudicar los intereses israelíes con su abrumador apoyo”, en palabras del general de brigada retirado Shlomo Brom. Los generales israelíes culpaban básicamente a Bush por no haber puesto freno a Israel en la destrucción de sus vecinos. La moral es bastante clara: los sionistas y los israelíes se volverán inevitablemente contra los dioses, ídolos, padres, etc. que traten de ayudarlos. Este es el significado real del síndrome de Fagin, en el contexto político israelí. Siempre se volverán contra sus padres.
En mi opinión, el más interesante de todos los sistemas de creencias judíos es la Religión del Holocausto, que el filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz definió acertadamente como la nueva religión judía. El aspecto más interesante de la Religión del Holocausto es su Dios-figura, es decir “el Judío.” El seguidor judío de este nuevo precepto dogmático cree en “el Judío”, aquél que se redimió a sí mismo. El que sobrevivió al acontecimiento genocida final. Los creyentes creen en “el Judío”, la víctima inocente atormentada que volvió a su “tierra prometida” y ahora celebra su exitosa narrativa del renacer. Hasta cierto punto, en el discurso religioso del Holocausto, el judío cree en “el Judío” que se manifiesta en sus poderes y sus cualidades eternas. Dentro de este marco religioso de nuevo cuño, la Meca es Tel Aviv y los Santos Lugares el Museo Yad Vashem del Holocausto.
La nueva religión tiene muchos lugares de culto (museos) en todo el mundo y tiene muchos sacerdotes que difunden el mensaje y castigan a los elementos que lo cuestionan. Desde una perspectiva judía, la Religión del Holocausto es una expresión totalmente transparente del amor a uno mismo. Es el lugar donde se unen pasado y futuro en un presente significativo, el momento en que la historia se traduce en praxis. Conscientemente o no, todas las personas que se identifican política e ideológicamente (más que religiosamente) como judíos sucumbe, en la práctica, a la Religión del Holocausto, y se convierte en seguidor de su figura paterna: “el Judío.” Sin embargo, podemos preguntarnos, ¿qué sucede con la Bondad? ¿hay algún tipo de gracia en esta nueva figura del padre? ¿Hay algún tipo de gracia en esta narrativa de víctimas inocentes que se celebra cada día a expensas del pueblo palestino?
Si la Historia tiene fin, la Religión del Holocausto representa el fin de la historia judía. A la luz de la Religión del Holocausto, el Padre y el Hijo se unen al fin. Al menos en el caso de Israel y el sionismo, se funden en una amalgama de ideología y realidad genocidas. A la luz de la Religión del Holocausto y su épica ética de la supervivencia, el Estado judío se considera legitimado para arrojar fósforo blanco sobre mujeres y niños que previamente ha encerrado en una prisión al aire libre de la que no pueden escapar.
Tristemente, los crímenes cometidos por el Estado judío se han cometido en nombre del pueblo judío y de su turbulenta historia de persecuciones. La Religión del Holocausto trae a la vida lo que parece ser la última forma posible de brutal encarnación insular.
Históricamente, los judíos han abandonado a muchos dioses: a Jehová, a Marx; incluso algunos nunca siguieron el sionismo. Pero a la luz de la Religión del Holocausto, con las escenas de Gaza, Jenin y Líbano en mente, el Judío puede verse obligado a continuar la tradición y abandonar al “Judío.” Tendrá que aceptar que esta nueva forma de figura paterna fue creada a su imagen y semejanza. Más preocupante aún es el hecho devastador de que el nuevo padre ha demostrado ser una llamada al crimen. Aparentemente, el nuevo padre es el definitivo Dios del mal de la lista.
Me pregunto cuántos judíos tendrán el valor de expulsar a esta esotérica figura-padre de reciente creación. ¿Tendrán el valor de unirse al resto de la Humanidad y adoptar un discurso ético universal?
Si los judíos son capaces de deshacerse del “Judío” es algo que sólo el tiempo dirá. Para aclarar dudas, diré que yo personalmente me deshice de mi “Judío” hace ya mucho tiempo y la vida me sonríe.

Fuente: War On Terror Within: The End of Jewish History
Gilad Atzmon es músico, compositor y productor de jazz, y escritor.
S. Seguí pertenece a los colectivos Tlaxcala, Rebelión y Cubadebate.
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor, y la fuente.

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