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domingo, 15 de noviembre de 2009

Atajos en Afganistán


¿Cómo puede acabar bien todo esto?

15-11-2009
Tariq Ali
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Ha sido un mal otoño para la OTAN en Afganistán, con desastres parecidos tanto en el frente político como en el militar. Primero, Kai Eide, el director de la oficina de Naciones Unidas en Kabul, un noruego bienintencionado, aunque no muy brillante, se peleó con su adjunto, Peter Galbraith, quien, como representante de facto del Departamento de Estado de EEUU, había decretado que la elección del Presidente Karzai estuvo amañada y así lo proclamó a los cuatro vientos.

Su superior continuó defendiendo la legitimidad de Hamid Karzai. Sorprendentemente, Naciones Unidas despidió después a Galbraith. Esto hizo que Hillary Clinton corriera a meter la primera y el órgano de control electoral, con el apoyo de Naciones Unidas, dictaminó que las elecciones habían sido en efecto fraudulentas y ordenó una segunda vuelta. Karzai se negó a sustituir a los funcionarios electorales que habían hecho tan buen trabajo para él en la primera vuelta y su oponente se retiró. Karzai logró el puesto.

La legitimidad de Karzai no ha dependido nunca de las elecciones (que, en cualquier caso, se falsean siempre) sino de la fuerza expedicionaria estadounidense y de la OTAN. Así pues, ¿qué fue todo ese pugilato con un contrincante imaginario de la primera vuelta? Parece que todo se había diseñado para proporcionar cierta tapadera al incremento militar que el General Stanley Mcchrystal estaba tramando, la nueva esperanza blanca de una asediada Casa Blanca.

McChrystal parece haber invertido la vieja máxima de Clausewitz: cree sinceramente que la política es una continuación, por otros medios, de la guerra. Se pensó que si se eliminaba a Karzai sin muchas dificultades y se le sustituía por su antiguo colega Abdullah Abdullah, un tayico del norte, se podría dar la impresión de que se había eliminado pacíficamente un intolerable régimen corrupto, lo cual ayudaría a impulsar la propaganda bélica en casa y a relanzar la guerra de verdad en Afganistán.

Por su parte, Abdullah quería la parte del botín que llega con el poder y que hasta ahora estaba monopolizado por los hermanos Karzai y sus parásitos, ayudándoles a crear una diminuta base local de apoyo a la familia. ¿Ha supuesto una sorpresa real para alguien la revelación de que Ahmed Wali Karzai no sólo era el hombre más rico del país, como resultado de la corrupción a gran escala y el comercio de armas/drogas, sino también un agente de la CIA?

Me contaron que los comisarios de la OTAN, en medio de su desesperación, habían llegado incluso a considerar la posibilidad de nombrar un Alto Representante, copiando el modelo balcánico, para dirigir el país, convirtiendo la presidencia en un cargo aún más nominal de lo que ya es hoy. Si eso hubiera sucedido, Galbraith o Tony Blair hubieran sido los obvios favoritos.

Los ciudadanos del mundo trasatlántico se sienten cada vez más y más inquietos ante un escenario en el que no se vislumbra final alguno. En Afganistán, las filas de la resistencia no paran de crecer. La guerra sobre el terreno está llegando a ninguna parte: los convoyes de la OTAN que llevan fuel y equipamiento son atacados repetidamente por los insurgentes; que los neo-talibanes controlan el 80% de las zonas más populosas del país es algo que todo el mundo reconoce. Recientemente, el Mullah Omar criticó fuertemente a la rama pakistaní de los talibanes: “Deberían”, dijo, “estar combatiendo a la OTAN, no al ejército pakistaní”.

Mientras tanto, el comandante del ejército británico, el General Sir David Richards, haciéndose eco de McChrystal, habla de entrenar a las fuerzas de seguridad afganas “de forma mucho más agresiva”, para que la OTAN pueda pasar a asumir un papel de apoyo. Nada nuevo ahí. EUPOL (la Misión de la Policía de la Unión Europea en Afganistán) declaró hace varios años que su objetivo era “contribuir al establecimiento, bajo responsabilidad afgana, de una serie de acuerdos sostenibles y efectivos de policía civil”.

Esto sonó siempre disparatado: el tiroteo de un policía afgano contra cinco soldados británicos que se produjo a primeros de mes cuando le entrenaban confirma la anterior impresión. Deberían ignorarse las teorías sobre la “manzana podrida” de las que los británicos están tan enamorados. El hecho es que los insurgentes decidieron hace algunos años solicitar entrenamiento militar y policial –una táctica empleada por las guerrillas en Sudamérica, el Sudeste Asiático y el Magreb a lo largo del pasado siglo- y han conseguido infiltrarse en sus filas con total éxito.

Ahora, es obvio para todo el mundo que ésta no es una “buena” guerra diseñada para eliminar el narcotráfico, la discriminación contra la mujer y todas las cosas malas, además de la pobreza, por supuesto. Así pues, ¿qué es lo que ha estado haciendo la OTAN en Afganistán? ¿Se ha convertido en una guerra para salvar a la OTAN como institución? ¿O se trata más bien de una cuestión estratégica, como se sugería en el número de la primavera de 2005 de la NATO Review?:
El centro de gravedad del poder en este planeta se está trasladando inexorablemente hacia el este… La región de Asia/Pacífico aporta a este mundo muchas cosas dinámicas y positivas, pero el veloz cambio registrado en esa zona no es aún estable ni se ha integrado en instituciones estables. Hasta que esto se consiga, es responsabilidad de europeos y norteamericanos, y de las instituciones que han construido, dirigir el camino… la seguridad y la eficacia en ese mundo es imposible sin legitimidad y capacidad.

Cualquiera que sea la razón, la operación ha fracasado. La mayoría de los amigos de Obama en los medios estadounidenses lo reconocen y apoyan una retirada planificada, a la vez que les preocupa el hecho de que sacar las tropas tanto de Iraq como de Afganistán pueda hacer que Obama pierda las siguientes elecciones, especialmente si McChrystal o el General Petraeus, el supuesto héroe del incremento en Iraq, se presentan por los republicanos.

Aunque no parece probable que EEUU se retire de Iraq. La única retirada contemplada es la de las principales ciudades, restringiendo la presencia estadounidense a las inmensas bases militares dotadas de aire condicionado que ya están construidas por el interior del país, imitando los bastiones del Imperio Británico (a excepción del aire acondicionado) de las primeras décadas del siglo pasado.

Mientras Washington decide qué hacer, Af-Pak arde por los cuatro costados. Cumplir el diktat imperial ha puesto al ejército pakistaní bajo una tensión inmensa. Su reciente y muy publicitada ofensiva en el Sur de Waziristan ha dado pocos resultados. Sus presuntos blancos han desparecido de la escena y han dejado el combate para otro momento. En una exhibición de "buena fe", el ejército se puso a asaltar el campo de refugiados de Shamshatoo en Peshawar.

El 4 de noviembre recibí un correo desde Peshawar:
Quiero que sepas que acabo de recibir la llamada de un ex prisionero de Gitmo que vive en el campo de Shamshatoo y me ha contado que esta mañana, alrededor de las 10:00 h., uno grupo de polis y soldados llegaron y asaltaron varios hogares y tiendas y arrestaron a mucha gente. También mataron a tres inocentes escolares. Su yinaza (funeral) es esta noche. Varias personas grabaron el ataque con sus teléfonos celulares y estoy tratando de conseguir una copia. El funeral de los tres niños se está celebrando mientras estoy tecleando estas líneas.
¿Cómo puede acabar bien todo esto?

Tariq Ali, nacido en Lahore (Pakistán) en 1943, es escritor, director de cine, historiador y activista político. Escribe habitualmente para The Guardian, Counterpunch, London Review of Books, Monthly Review, Z Magazine. Ali es, además, editor y asiduo colaborador de la revista New Left Review y de Sin Permiso, y es asesor del canal de televisión sudamericano Telesur. Su libro más reciente es “The Protocols of the Elders of Sodom and other Essays”, publicado por Verso.
Fuente: http://www.counterpunch.org/tariq11132009.html

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viernes, 30 de octubre de 2009

Hamid Karzai: el Diem afgano


Michael Wallach
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Las montañas de Afganistán se vuelven rápidamente verdes en su similitud con las selvas de Vietnam. La revelación de esta semana en el New York Times de que el hermano del presidente afgano Hamid Karzai, Ahmed Karzai, es un “matón”, “presunto protagonista en el próspero comercio ilegal de opio del país,” y “en la nómina de la CIA,” impacta no por su contenido noticioso, sino por el hecho de que fue hecha por lo que parecen ser funcionarios de la Casa Blanca. Estamos de vuelta en 1963.

Fue el año en el que el presidente estadounidense John F Kennedy, recién salido de su victoria en la crisis de los misiles cubanos, comenzó a imponerse con más fuerza en el conflicto vietnamita, que había sido, hasta entonces, dirigido casi totalmente por la CIA.

El presidente estaba interviniendo porque Ngo Dinh Diem, el hombre de la CIA en Saigón, la ciudad que gobernaba en un país que sólo trataba de gobernar, había ganado una reputación como gángster, matón, y narcotraficante tanto en el terreno en Vietnam como en la prensa internacional.

Diem había construido cuidadosamente una red de poder desde su base de seguidores católicos, traficantes franceses post-coloniales de armas y narcóticos, criminales locales, de la industria del control de la prostitución y de los bares, y mediante su trabajo con un antiguo sindicato criminal de Saigón conocido como Bin Xuyen, originalmente piratas fluviales, ahora traficantes en narcóticos, y de mayor importancia, información. Su red de espionaje era exhaustiva y aterrorizaba a la población local. Mediante esa red, Diem, un hombre que mantenía un casino en funcionamiento en el piso superior de su palacio presidencial, había logrado un control firme sobre la seguridad de Saigón.

Sin embargo, los norvietnamitas habían creado una exitosa campaña de relaciones públicas contra Diem por esas mismas razones. Kennedy sintió que tenía que persuadir a la población de Vietnam, y que nunca lo podría hacer con un matón tan conocido en ese puesto. Esto estaba en contradicción directa con la perspectiva de la CIA. Su jefe en Asia, Edward Lansdale, había dado alas personalmente al ascenso de Diem al poder. Pensaba que Diem, por sucio que fuera, había dado grandes pasos en el control de un país del cual los coloniales franceses habían huido hace tan poco tiempo.

La disputa se hizo personal: Kennedy convocó a Lansdale a la Casa Blanca, y Lansdale luchó con uñas y dientes en una reunión de Seguridad Nacional de septiembre de 1963 para que el presidente respaldara a Diem y le diera apoyo moral y político, así como financiero y militar. Lansdale recriminó al gobierno por no haberlo hecho todavía – e incluso llegó a acusar a funcionarios del Departamento de Estado de haber tratado de asesinar a Diem en 1960.

En última instancia, Kennedy llegó a la conclusión de que EE.UU. podía persuadir mejor a Vietnam reemplazando a Diem. Ordenó al embajador estadounidense de la época, Henry Cabot Lodge, que no se reuniera con Diem, y pronto los comandantes militares estadounidenses dieron su aprobación a un golpe de los dirigentes militares del propio Diem.

Los nuevos dirigentes dejaron que la red de matones, criminales, gánsteres y ex colonialistas se desintegrara y, con ella, la seguridad de Saigón. El golpe llevó a una interminable lucha por el poder entre dirigentes militares sudvietnamitas por el control de diversos centros de poder de la antigua red. En medio del caos, los dirigentes norvietnamitas pudieron infiltrar rápidamente la ciudad.

En las palabras del politburó norvietnamita: “Diem fue uno de los individuos más fuertes en la resistencia contra el pueblo y el comunismo. Diem hizo todo lo posible en un intento por aplastar la revolución. Diem fue uno de los lacayos más competentes de los imperialistas de EE.UU… Entre los anticomunistas en Vietnam del Sur o exiliados en otros países, ninguno tiene suficientes recursos y capacidades políticas para llevar a otros a obedecer.”

Ho Chi Minh pensaba que Diem era una personalidad tan poderosa que “apenas podía creer que los estadounidenses pudieran ser tan estúpidos” como para reemplazarlo.

Por cierto, la predicción de Ho Chi Minh resultó ser exacta. Bajo el nuevo régimen, Saigón fue de mal en peor, obligando más adelante a la CIA a reinstalar una política de “hombre fuerte” en la ciudad, sólo para ver cómo el apoyo para su régimen y eficacia era debilitado por la ofensiva del Tet. En Vietnam, no tuvieron éxito ni la ruta idealista de librarse de los matones ni la ruta cínica de reinstalarlos en el poder. En última instancia, para los vietnamitas no existía una razón convincente para que EE.UU. estuviera en Vietnam.

Y por lo tanto no es una gran sorpresa, sino un oportuno recuerdo, que también esta semana un destacado personaje estadounidense en Afganistán haya presentado su renuncia, declarando: “He perdido la comprensión y la confianza en los propósitos estratégicos de la presencia de EE.UU. en Afganistán.” Mathew Hoh, Representante Civil Sénior del gobierno de EE.UU. en la provincia Zabul, escribió el 10 de septiembre en una carta de renuncia de cuatro páginas que: “tengo dudas y reservas sobre nuestra actual estrategia y la estrategia futura planificada, pero mi renuncia no se basa en cómo estamos manejando esta guerra, sino por qué y con qué objetivo.”

Ahora el presidente Barack Obama elige entre estrategias en Afganistán, y el New York Times informa que en su gobierno hay “profundas divisiones.” Pero parecen estar divididas sólo entre las estrategias del cinismo y del falso idealismo. La Casa Blanca ya ha dejado en claro que su decisión tendrá que ver con un aumento de tropas, la pregunta es sólo su tamaño y el modo como serán desplegadas.

En toda la superabundancia general en los medios de masas que ha estado cubriendo la decisión sobre Afganistán, desde el servil episodio en Nightline dedicado a “un día en la vida” de Stanley McChrystal, al más reciente artículo del New York Times sobre el supuesto hermano narcotraficante de Karzai, pocos han explorado el motivo por el cual EE.UU. permanece en Afganistán.

El artículo del New York Times, basado en declaraciones de “funcionarios estadounidenses” indica sólo una cosa: que la Casa Blanca ha decidido claramente enfrentar a la CIA, y a Karzai, sobre la política afgana, debilitando a ambos en un rápido ataque noticioso. Lo que obviamente no ha decidido es retirarse de Afganistán.

Hay un antiguo dicho diplomático británico que dice: “EE.UU. hará siempre lo correcto, después de haber probado todas sus otras opciones.” Esperemos que 45 años después de 1963 hayamos llegado más lejos. Pero no parece ser así.

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Michael Wallach es antiguo analista sénior para Opinión Pública de Oriente Próximo en el Departamento de Estado. Renunció, con poco ruido, debido a la política general de EE.UU. en Oriente Próximo.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/KJ30Df05.html


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