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martes, 15 de junio de 2010

La Crucifixión de la Bondad


El ataque a la Flotilla de la Libertad como nueva representación del asesinato de Cristo

Gilad Atzmon
www.gilad.co.uk
Traducido para Rebelión por LB
15-06-2010

Se detecta pánico en Israel. El Ministro de Asuntos Estratégicos, Moshe Ya'alon Boogi, que fungió como Primer Ministro durante la masacre en alta mar de la semana pasada, dijo ayer que "alguien cometió el error de no prever un procedimiento operativo estándar". Un alto mando del ejército israelí se apresuró a responder: "Si no había un procedimiento operativo estándar, ¿por qué no se ocupó él de que lo hubiera? Él era el primer ministro en funciones y era su responsabilidad”. La criminal de guerra Tzipi Livni también está descontenta con el Gobierno por no asumir sus responsabilidades. Hace dos días presentó una moción de censura en el parlamento israelí.

Al parecer, los israelíes están empezando a culparse unos a otros. Esto puede parecer una evolución positiva, y sin embargo todavía ni un solo israelí está dispuesto a pedir perdón. Según parece, nadie en Israel capta la magnitud de la atrocidad que ocurrió en alta mar. Nadie en Israel comprende el nivel de indignación que su ataque ha provocado en el resto de los países del mundo. En lugar de eso, lo que a los israelíes les preocupa es el fallo de su Hasbara(1), sus errores operativos militares y cuestiones de ese jaez. Hasta ahora siguen sin darse cuenta de que en alta mar han conseguido volver a matar a Cristo.

El asesinato de Cristo se realiza simbólicamente en forma de un asalto a la bondad, de un crimen contra la bondad y la inocencia. La masacre a sangre fría de activistas por la paz en aguas internacionales tiene un efecto muy similar. Se trata de un asalto a la compasión, la justicia y el humanismo. Es un ataque a todo aquello que el cristianismo y el Islam valoran. Por mucho que los israelíes, los sionistas y los neoconservadores se empeñan en difundir el mito falaz de una alianza judeo-cristiana, este último crimen israelí ha dejado claro que el Estado judío no tiene nada en común con el humanismo, el cristianismo o el Islam. Israel, de hecho, se alza en contra de cualquier valor occidental reconocido.

Aunque los israelíes contemporáneos no tengan ninguna vinculación étnica o biológica con los antiguos israelitas, la despiadada ideología se repite otra vez. Dado que el proyecto sionista se define a sí mismo como el renacimiento de la nación israelita bíblica, no debe sorprendernos que con él cobre vida también la mortífera ideología bíblica. Los israelíes la ponen en práctica a diario contra mujeres, niños y ancianos palestinos, y ahora lo acaban de hacer contra un convoy humanitario internacional.

Si queremos comprender lo que sucedió la semana pasada con el movimiento de solidaridad con Palestina, deberíamos empezar a pensar en un cambio radical de conciencia. Esto va más allá de la política, la psicología o la sociología, en realidad implica un cambio espiritual metafísico. Tal como he venido vaticinando desde hace muchos años, comenzamos a ver la esperanza y la liberación a través de los palestinos y de su justa lucha. Entendemos que los palestinos están en la vanguardia de la batalla contra el mal y, obviamente, cerramos filas con ellos como un solo hombre. Curiosamente, los políticos están muy por detrás. Todavía no han advertido la conciencia pública que está emergiendo rápidamente en todo el mundo sobre el hecho de que hay algo profundamente enfermo en la sociedad israelí y en sus grupos de presión en todo el mundo. Nuestros políticos probablemente se unirán a nosotros más tarde, cuando el dinero sionista se haya agotado.

Equiparando el asesinato de Cristo con la masacre de la semana pasada en alta mar estamos en condiciones de comprender el fracaso total de la máquina de Hasbara israelí. En lugar de alzarse y admitir que algo salió terriblemente mal en el mar, los funcionarios israelíes volvieron a recurrir a la intoxicación habitual. Los activistas turcos se convirtieron en "odiadores de judíos", en "terroristas de Al-Qaeda”, y el Marmara Mavi se convirtió en un “barco del odio". Esta táctica es, por desgracia, demasiado familiar. Ha sido empleada por el judaísmo rabínico durante dos mil años, sobre todo contra la memoria de Cristo.

Sospecho que cristianos y musulmanes se sentirán impactados e indignados al descubrir que Yesh'u (יש"ו), el nombre hebreo de Jesús, es un acrónimo que corresponde a la frase: "Que su nombre y su memoria sean borrados"(2), una maldición empleada para referirse a enemigos difuntos del pueblo judío como Hitler y Stalin. En la cultura hebrea, Jesús, el más amable de todas las personas, el hijo de Dios, es considerado como el archienemigo. Si a Jesús se le mete en el mismo saco que a Hitler, no debería sorprendernos que los funcionarios de la Hasbara israelí insistan en vincular a los activistas por la paz con Al-Qaeda. Al parecer, en la moderna filosofía israelita uno se convierte en un Yesh'u o personaje digno de ser odiado desde el mismo instante en que es alcanzado por el impacto de una bala israelí.

El odio del judaísmo hacia Jesús, tal como queda reflejado por el acrónimo hebreo Yesh'u, resulta bastante revelador en el contexto de la última masacre israelí. En lugar de aceptar su crimen y arrepentirse sinceramente, Israel ha tratado de retratar a los mártires turcos como archienemigos de los judíos. Parece que ese intento ha fracasado por completo. La flotilla Free Gaza se está convirtiendo en un símbolo de esperanza y compasión. El Estado de Israel, mientras tanto, se ha encerrado a sí mismo en un agujero. Estamos ante una trágica profecía autocumplida. Israel ya nunca se recuperará, simplemente no puede.

NOTAS:

(1) Hasbara: Nombre genérico del aparato de propaganda e intoxicación del Estado sionista.

(2) ימח שמו וזכרו

Fuente: http://www.gilad.co.uk/writings/the-crucifixion-of-kindness-by-gilad-atzmon.html#entry7938199

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lunes, 10 de mayo de 2010

A Israel no le queda mucho tiempo: Reseña de la película The Time that Remains, de Elia Suleiman


10-05-2010
Gilad Atzmon
Rebelión
Traducido por Manuel Talens

El London Palestinian Film Festival se inició este año con el último film de Elia Suleiman, The Time that Remains (105 m), una monumental visión reflexiva y poética de Palestina a partir de 1948.

Hasta un cierto punto, esta película me ha recordado el libro de Ramzy Baroud My Father Was a Freedom Fighter. Ambas obras establecen una personal y devastadora expedición hacia el desaliento. Ambas están saturadas de fracasos y traiciones incesantes; tanto Baroud como Suleiman tienen el valor de criticar el discurso de su propia colectividad y, sin embargo, ambos salpimientan su narración con extraordinario ingenio, esperanza y humor. Hacen que uno sonría en el preciso instante en que está a punto de echarse a llorar. He aquí el tráiler de The Time that Remains: http://www.youtube.com/watch?v=ZmUPHXAC3Lk.

Al igual que Baroud, Suleiman yuxtapone el viaje palestino desde el paraíso hasta el infierno con el fantasmático viaje inverso sionista, que supuestamente conduce desde el infierno al paraíso. Las demoledoras imágenes de la tortura y el despojo de los palestinos están sembradas con escenas de jubilosa arrogancia israelí, de pillaje y de sadismo. Este cruzamiento inverso de los dos pueblos es fundamental para la comprensión del conflicto. Cuanto más concreta es la expulsión de los palestinos fuera de su tierra y más profundamente imbuida está dicha expulsión en la conciencia de cada uno de ellos, más dudoso e imperdonable es el imaginario regreso judío a su supuesta patria desde el “infierno” de la diáspora.

Es evidente que los israelíes no han logrado nunca convertir la Tierra Santa en su patria. Son ajenos a su naturaleza, han envenenado el suelo y contaminado sus ríos, han arruinado el paisaje con gigantescos muros de cemento armado y monstruosos asentamientos urbanos y, lo que es peor, han erradicado la civilización nativa Palestina o, al menos, lo han pretendido. De hecho, lo que Suleiman introduce en su película es esta forma tan distintiva de indiferencia israelí.

Junto al propio Suleiman, sentado en silencio en el asiento de atrás de una flamante limusina, observamos cómo el chofer israelí se prepara para un viaje. Antes de iniciarlo, le comunica por radio al operador de su empresa que “no tratéis de contactarme, porque estoy a punto de salir para un largo viaje...” Al poco estalla una tormenta, con relámpagos, truenos y lluvia. El chofer está totalmente desorientado, no ve nada, no sabe dónde se encuentra, se le está acabando la gasolina. Poco antes de parar el motor se da cuenta de que la radio no funciona. “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué a este lugar?”, grita. Está perdido en medio de la noche, aislado sin radio ni gasolina en una tierra desconocida que era supuestamente su tierra prometida. Se siente solo, pero no lo está: hay un pasajero palestino sentado confortablemente en el asiento de atrás, que lo mira en silencio.

La alegoría es bastante obvia. Los sionistas estaban deseosos de creer que su proyecto de regreso a la tierra prometida era un regreso desde el infierno, pero ahora se están convirtiendo en prisioneros de su mortífera e inmoral aspiración. Absortos en el ejercicio del poder y armados hasta los dientes, conducen su todoterreno militar en la oscuridad, mientras atraviesan sin rumbo una tierra hostil y ajena, con el depósito siempre punto de agotarse, sin saber qué hacer. Pero una cosa es cierta: siempre tienen un silencioso palestino sentado tras ellos, que observa su caída.

Suleiman nos ofrece una lectura crítica de la sociedad palestina. No elude los temas más dolorosos, hurga en los colaboracionistas, se enfrenta a la cobardía, palpa el impulso maníaco-depresivo inherente a la cultura árabe y, sin embargo, a pesar de todo eso, conserva la esperanza. Como por milagro, Palestina parece prevalecer. (He aquí una escena de su película anterior, Divine Intervention: http://www.youtube.com/watch?v=_5izvci8XUk)

En la crónica cinematográfica de Suleiman asistimos al reportaje de un ejército criminal organizado que se enfrenta a una resistencia desperdigada; vemos soldados israelíes que saquean, aterrorizan y torturan a la población civil; vemos cómo los orgullosos nativos se convierten en una minoría derrotada en su propia tierra; contemplamos a niños palestinos que cantan canciones sionistas en la escuela ante un jovial ministro israelí. Luego, una vez que se convierten en adolescentes y tiran piedras contra el ocupante, son tiroteados por soldados israelíes. Conforme avanza la narración, Suleiman nos lleva a la Ramalá actual, donde los palestinos celebran orgullosamente su cultura árabe

Hay una escena en Ramalá que arroja nueva luz sobre el equilibrio de poder entre israelíes y palestinos. Mientras que un tanque Merkava del ejército sionista acapara toda la pantalla, sorprendemos a un joven palestino al salir por la puerta de su casa: va a tirar un saco de basura. El tanque israelí se detiene entonces. La mirilla de su cañón apunta a la cabeza del joven, que avanza hacia el contenedor. Se trata de una imagen devastadora. Sin embargo, al regresar hacia su casa, el palestino recibe en su teléfono móvil la llamada de un amigo. En ese instante, el cañón del Merkava sigue sus movimientos en algo que rápidamente se transforma en una parodia cómica del poder israelí. Mientras el joven palestino permanece ajeno al enorme calibre del cañón que apunta a su cabeza, parece como si el poder de disuasión de los israelíes fuese un mero asunto teórico de historiadores.

El mensaje de Suleiman es evidente: puede que Israel tenga que destinar un tanque a cada palestino si es que se empeña en mantener el proyecto nacional judío. Pero va más allá: mientras que el joven palestino pasea en libertad bajo el sol mediterráneo, los soldados israelíes de su misma edad permanecen encerrados en un tanque Merkava. Los israelíes están atascados en una despiadada y vana ideología que no lleva a ninguna parte, encadenados a un joven palestino que ni siquiera se molesta en dirigirles la mirada. Los soldados israelíes no pueden ver la luz del día, la única que ven es la que les entra a través de un periscopio militar. El tanque Merkava podría interpretarse como una metáfora de la mentalidad del gueto israelí. Sin embargo, para Israel el tanque Merkava no es únicamente una metáfora ni mero simbolismo, sino la cruda realidad del Estado judío y del ser político judío. Los israelíes se han encerrado a sí mismos intramuros, en el interior de tanques y búnkeres.

Mientras que en la anterior película de Suleiman la victoria era un asunto de intervención divina (Divine Intervention), en ésta la niebla se disipa. Los palestinos parecen vencer únicamente porque los israelíes están condenados a la derrota, son víctimas de su despiadado salvajismo. Cuanto más siniestros son más los atormenta el miedo que se infligen a sí mismos. La paranoia israelí es pura proyección: “Si los demás son tan brutales como nosotros, estamos perdidos”.

Parece también simbólico que Suleiman sea natural de Nazaret, lo cual nos recuerda que hace ahora 2000 años alguien del mismo pueblo formuló una crítica similar del tribalismo judío. Israel está encerrado exactamente en el mismo círculo vicioso de sus imaginarios antepasados. Cuanto más bestial se vuelve, más aterrorizado se siente de su propia ferocidad. Jesucristo lo entendió muy bien: “Pon tu otra mejilla”, fue su consejo. La incapacidad israelí para entender que la misericordia es el camino explica bien la tragedia judía. Ante nuestros ojos se está desarrollando la crónica de un desastre inaplazable. Por otra parte, en la narración que hace Suleiman de la reciente historia de su pueblo, lo que brilla es precisamente la capacidad de perdón de los palestinos.

Puede que Suleiman sea el maestro absoluto del simbolismo poético cinematográfico. Se las arregla para ofrecer el mensaje más pavoroso por medio de música y silencio. Logra transmitir la idea filosófica más profunda con la mínima expresión coreográfica. A pesar de que el cine es sobre todo una forma artística visual, en la obra de Suleiman prevalece lo auditivo. La música, los sonidos y los ritmos comunican donde el ojo no alcanza a hacerlo. El sonido es nuestro vínculo con el ayer, es el oído lo que nos transporta al reino de lo universal. Es con el oído, no con los ojos, como conectamos con nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

Créditos

Francia/Bélgica/Italia/Reino Unido | 2009 | 105 min Languas: Hebreo/árabe, con subtítulos en inglés y árabe Director: Elia Suleiman Guión: Elia Suleiman Actor invitado: Elia Suleiman (director) Director de fotografía: Marc-André Batigne Editor: Véronique Lange Escenarios: Sharif Waked Editor de sonido: Alexandre Widmer Vestuario: Judy Shrewsbury Efectos especiales: Eve Ramboz

Reparto: Elia Suleiman, Saleh Bakri, Samar Oudha Tanus, Zuhair Abu Hanna, Ayman Espanioli.

Fuente: http://www.gilad.co.uk/writings/not-much-time-remains-for-israel-a-film-review-by-gilad-atzm.html

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jueves, 28 de enero de 2010

Según un nuevo estudio académico: Crece el antisemitismo y decrece la islamofobia


26-01-2010
Gilad Atzmon
Uruknet
Traducido para Rebelión por Paloma Valverde**

Una cuarta parte de los europeos cree que los “judíos tienen demasiada influencia”. El 31% está de acuerdo con que “los judíos en general no se preocupan por nada o por nadie salvo por sí mismos”.
El 45,7% de los europeos están bastante o completamente de acuerdo con que “Israel está llevando a cabo una guerra de exterminio contra los palestinos”.
Alrededor de un 37,4% [de los encuestados] está de acuerdo con la frase siguiente: “Teniendo en cuenta la política de Israel, puedo entender por qué a la gente no le gustan los judíos”.

Introducción

Según una nueva investigación llevada a cabo por la Universidad de Bielefeld [1] el odio hacia los musulmanes decreció el pasado año, al mismo tiempo que el odio hacia los judíos creció. Los israelíes deberían preocuparse. Un repentino descenso en la islamofobia europea no concuerda con la visión global sionista según la cual los musulmanes están arrinconados y se hallan en el ostracismo por reaccionarios, mientras Israel lanza bombas en nombre de la democracia y el liberalismo. Según Ynet, el periódico israelí más importante, “[…] El nivel de resentimiento contra las minorías en general ha decrecido [2] —el sexismo considerablemente, la islamofobia menos— y únicamente hay dos excepciones: la homofobia y el antisemitismo” [3].

Resulta muy interesante que Ynet informe de que “el porcentaje de la gente que cree que ‘hay demasiados musulmanes’ en su país es especialmente alto en aquellos países en los que realmente el porcentaje de musulmanes que viven en él es muy bajo”. Una posible explicación puede ser que en los países europeos que gozan de una gran mayoría musulmana el miedo al islam ha desaparecido por completo. Esto no es sorprendente en absoluto dado que tanto la cultura musulmana como la cristiana comparten un universo de valores y preceptos éticos muy similares. Al contrario que la ideología judía, que mantiene un cierto nivel de segregación y supremacía tribal, cultural y social, las comunidades musulmanas parece que colectivamente se mezclan en la clase trabajadora, a través del lugar de trabajo, la educación y la economía [4].

El poder judío

Según la investigación, muchísimos europeos están preocupados con la dominación y el poder judíos. “Una cuarta parte de los europeos (24,5%) creen que ‘los judíos tienen demasiada influencia’ y casi un tercio (31%) está de acuerdo con que ‘los judíos en general no se preocupan por nada o por nadie salvo por sí mismos’. Teniendo en cuenta el vergonzoso hecho de que el 50% de los miembros del parlamento británico del gobierno en la sombra [5] son conservadores amigos de Israel, podemos asumir sin riesgo a equivocarnos que, al contrario que nuestros políticos, los votantes tienen gran conciencia del peligro de la infiltración sionista.

Ynet además tiene algunas ‘buenas noticias’ de las que informarnos: “el 61,9% [de los encuestados] afirma que los judíos ‘enriquecen nuestra cultura’, especialmente en Holanda, Reino Unido y Alemania”. El hecho de que los judíos, y en particular los ex judíos, enriquecen la vida cultural europea es verdaderamente difícil de ignorar. No obstante, dejando de lado a Lord ‘cajero automático’ Levy y Uri ‘doblador de cucharas’ Geller [6], parece como si entre esos judíos que contribuyen a la vida cultural europea no muchos se identifican abiertamente con Israel y sus crímenes.

Al igual que Israel utiliza todos los medios a su alcance para arrastrarnos a todos nosotros en una guerra sin fin contra el islam, los europeos aceptan la devastadora realidad de la brutalidad asesina sionista. Alrededor de un 45,7% de los europeos están bastante o absolutamente de acuerdo con que “Israel lleva a cabo una guerra de exterminio contra los palestinos”. Para que todo el mundo lo entienda y en palabras sencillas: casi la mitad de los europeos aceptan que Israel utilice tácticas genocidas. Básicamente están de acuerdo con que los israelíes son los nazis de nuestro tiempo.

Según Ynet, alrededor de un 37,4% [de los encuestados] está de acuerdo con la frase siguiente: “Teniendo en cuenta la política de Israel, puedo entender por qué a la gente no le gustan los judíos”.

El sionismo existió para crear un judío civilizado y adorable. No sólo eso no ha ocurrido gracias a Israel y al sionismo, sino que el resentimiento hacia los judíos parece hoy mayor que nunca. El significado de todo eso es bastante obvio. Israel y los grupos de poder que lo apoyan no han logrado interiorizar el significado real y universal del Holocausto: ‘ama a tu prójimo’. En lugar de limpieza étnica, matar por inanición y bombardear con fósforo blanco, Israel debe aprender a vivir con los demás.

Si Europa es tan demócrata como afirma, esta clara escalada de animadversión hacia Israel, el sionismo y sus tenaces apoyos, debe finalmente hacerla madurar y cambiar de política.

Notas:

1.- El informe completo está disponible en inglés en: http://www.uni-bielefeld.de/ikg/zick/Press%20release%2013Nov_english.pdf . [N. de la T.]

2.- Es necesario aclarar que el concepto ‘antisemitismo’ es una noción confusa. Cuando la gente habla de antisemitismo, lo que en realidad quiere decir es sentimiento antijudío. La noción de antisemitismo da una falsa impresión de que los judíos son un grupo racial. La verdad es evidente: los judíos no son ni una raza ni han establecido un continuum racial. De hecho, nadie odia a los judíos por su pertenencia racial o étnica. Los sentimientos antijudíos, en la mayoría de los casos, provienen de una reacción política y ética contra la política tribal judía, el sionismo, Israel, el cabildo israelí, los negocios globales judíos, la ideología judía, la supremacía judía, los crímenes de guerra israelíes, etc., etc.

3.- “Europe: Anti-Semitism up, Islamophobia down” Ynet, 12 de junio de 2009. Disponible en ingles en: http://www.ynetnews.com/articles/0,7340,L-3815828,00.html

4.- Gilad Atzmon, “Kebab Philosophy”, 7 de diciembre de 2009. Disponible en inglés en: http://www.gilad.co.uk/writings/kebab-philosophy-by-gilad-atzmon.html
5.- The shadow cabinet, es el eufemismo con que el sistema parlamentario británico denomina al grupo de la oposición [N. de la T.]

6.- Véase: Paul Vallely, Micael Levy: Lord Cashpoint, 18 de marzo de 2006. Disponible en inglés en: http://www.independent.co.uk/news/people/profiles/michael-levy-lord-cashpoint-470299.html y el blog de Uri Geller en: http://site.uri-geller.com/

* Gilad Atzmon es un conocido músico israelí de jazz de sólida formación (puedes encontrar toda la información sobre el autor en Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística: http://www.tlaxcala.es/detail_auteurs.asp?lg=es&reference=18)

** Paloma Valverde es traductora y miembro de la CEOSI, Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (www.iraqsolidaridad.org)

Fuente: http://www.uruknet.info/index.php?p=60887

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domingo, 10 de enero de 2010

El final de la historia judía: La guerra contra el terror interior


Archivos recuperados

jueves 26 de marzo de 2009
Gilad Atzmon´
Palestine Think Tank
25-03-2009
Traducido para Rebelión y Tlaxcala por S. Seguí

El artículo que presento hoy es probablemente lo más importante que he dicho nunca en relación con la brutalidad israelí y la identidad contemporánea judía.
Soy consciente de que podía haber expuesto mis pensamientos en un libro de más alcance o en un texto académico de análisis; sin embargo, voy a hacer exactamente lo contrario: lo voy a expresar del modo más corto y sencillo posible.

En las pasadas semanas hemos sido testigos de una campaña genocida israelí contra la población civil palestina en Gaza. Hemos visto cómo uno de los ejércitos más potentes del mundo aplastaba mujeres, ancianos y niños. Hemos visto cómo un vendaval de armas no convencionales estallaba sobre escuelas, hospitales y campamentos de refugiados.
Antes de esto sabíamos de crímenes de guerra, pero esta vez la transgresión israelí ha sido radicalmente diferente: contaba con el apoyo de la absoluta mayoría de la población judía israelí.

La campaña militar del ejército israelí en Gaza contó con el apoyo del 94% de la población israelí. El 94% de los israelíes aparentemente aprobaron los ataques aéreos contra civiles. El pueblo de Israel pudo ver la carnicería en sus televisores, oír las voces, ver los hospitales y campamentos de refugiados en llamas, y sin embargo nada de ello les provocó la menor emoción. No hicieron gran cosa por poner coto a sus despiadados líderes, “democráticamente elegidos.” En cambio, algunos de ellos tomaron sus asientos plegables y se instalaron en las colinas que dominan la Franja de Gaza, para observar cómo su ejército convertía Gaza en un moderno coliseo de sangre hebreo.

Incluso ahora, cuando la campaña parece haber acabado y se conoce la escala de la carnicería de Gaza, los israelíes siguen sin dar señales de remordimiento. Como si todo esto no fuera suficiente, durante todo el tiempo que duró la guerra, judíos de todo el mundo se movilizaron en apoyo a su Estado únicamente-judío.Un apoyo popular de esta envergadura a los crímenes de guerra es algo inaudito.

Los estados terroristas efectivamente matan, pero siempre con un punto de timidez al respecto. En la URSS de Stalin se mataba en remotos gulags, y los nazis alemanes ejecutaban a sus víctimas en el fondo de los bosques, tras alambres de espinos.En el Estado judío, los israelíes asesinan a la luz del día a mujeres, niños y ancianos indefensos, y utilizan armamento convencional contra escuelas, hospitales y campamentos de refugiados.

Este nivel de barbarie exige a gritos una explicación. La tarea pendiente puede definirse, fácilmente, como una búsqueda de comprensión de la brutalidad colectiva israelí. ¿Cómo puede ser que esta sociedad haya conseguido perder hasta el último rastro de compasión y misericordia?

El terror interior

Más que cualquier otra cosa, los israelíes y todas las comunidades judías que les han apoyado están aterrorizados por la brutalidad que encuentran en sí mismos. Cuanto más implacables son, más asustados se vuelven.

La lógica es sencilla. Cuanto más sufrimiento se inflige al otro, más ansiedad acumula uno ante el potencial de capacidad de muerte que halla en torno. En otras palabras, el israelí proyecta en el palestino, el árabe, el musulmán y el iraní la agresividad que encuentra en sí mismo. Teniendo en cuenta que la brutalidad israelí ha demostrado no tener límites ni comparación posible, su ansiedad es por lo menos igual de grande.

Al parecer, los israelíes sienten temor de que ellos mismos sean sus propios esbirros. Han entablado una mortífera batalla con el terror interior. Pero los israelíes no están solos. El judío de la diáspora que se manifiesta en apoyo de un Estado que lanza fósforo blanco sobre civiles está atrapado en la misma trampa devastadora. Con su entusiasta respaldo de un crimen insoportable, siente horror ante el pensamiento de que la crueldad que encuentra en sí pueda manifestarse también en otros.
El judío de la diáspora que apoya a Israel está destrozado por la imaginaria posibilidad de que un acto brutal similar al suyo pueda un día infringírsele.

Esta misma preocupación explica todo lo relativo al antisemitismo.
Es básicamente la proyección de una acción colectiva sio-céntrica tribal e implacable sobre otros.

No hay conflicto israelo-palestino

Lo que tenemos a la vista es la clara formación de un círculo vicioso en el que los israelíes y sus defensores se están convirtiendo en un meteoro vengativo insular, alimentado por una agresión interna explosiva.

El significativo de todo ello es bastante revelador.
Dado que los palestinos no pueden hacer frente militarmente a la agresión israelí y su capacidad destructiva, tenemos derecho a afirmar que no hay un conflicto israelo-palestino. Todo lo que hay es una psicosis israelí en la que este pueblo está siendo demolido por la ansiedad producida por el reflejo de su propia crueldad.

Al ser considerados los nazis de nuestra época, los israelíes están por ello condenados a ver un nazi en cualquier persona.Del mismo modo, no hay un aumento del antisemitismo.
El judío de la diáspora sionista está simplemente destrozado por la posibilidad de que alguien más esté tan corrompido éticamente y sea tan cruel como él mismo ha demostrado ser.

En pocas palabras, las políticas israelíes y la acción de los grupos de presión sionistas deberían ser considerados nada menos que como una paranoia colectiva sio-céntrica letal, al borde de la psicosis total.

¿Hay modo de redimir a los sionistas de esta sangrienta incursión?
¿Hay manera de cambiar el curso de la historia y salvar a los israelíes y sus partidarios de la depravación total?

Probablemente, la mejor manera de plantear esta cuestión es preguntando si hay algún modo de salvar a los israelíes y los sionistas de sí mismos.

Como pueden imaginarse, no estoy exactamente interesado en salvar a los israelíes o los sionistas; sin embargo, tengo para mí que la redención de los sionistas de su transgresión puede traer perspectivas de paz a Palestina, Iraq y probablemente el resto de nosotros.

Para los que no consiguen verlo, Israel es sólo la parte visible del iceberg. A fin de cuentas, Estados Unidos, Gran Bretaña y Occidente están en la actualidad sujetos a formas similares de la política del miedo, que son el producto directo de la mortífera ideología y práctica intervencionista de los neocon.

El psicoanalista de Nazaret

Hace muchos años –se afirma– vivía entre sus hermanos un israelita, en la tierra de Canáan. Como los actuales israelíes, estaba rodeado de odio, venganza y miedo.

En un momento dado, decidió intervenir e introducir cambios: se había dado cuenta de que no había otro modo de combatir la crueldad que buscando la gracia. “Poner la otra mejilla”, fue la sencilla sugerencia que propuso.

Al definir la psicosis del israelita como “una guerra contra el terror interno”, Jesús percibió que el único modo de contrarrestar la violencia es mirarse en el espejo a la vez que se busca la Bondad dentro de sí.

Es bastante evidente que la lección de Jesús creó las condiciones para la formación de la ética universal occidental.

Las ideologías políticas modernas sacaron conclusiones de esta perspectiva cristiana.
En Marx, la búsqueda normativa de la igualdad puede considerarse una reescritura secular del concepto de hermandad que propone Jesús.
Buscar la paz es, en primer lugar, buscarse a uno mismo dentro de sí.

Mientras que los israelíes y sus hermanos gemelos neocon pretenden conseguir la paz por medio de la fuerza disuasoria, la auténtica paz se consigue mediante la búsqueda de la armonía interior.

Como nos sugeriría un estudioso lacaniano, amar a tu prójimo es realmente amarte a ti mismo amando a tu prójimo.

El caso de los israelíes es exactamente el caso opuesto.
Tal como demuestran una y otra vez, se están realmente amando a sí mismos odiando a su prójimo, o, dicho más brevemente, simplemente se aman a sí mismo odiando en general.

Odian casi todo: a su prójimo, los árabes, Chávez, los alemanes, el Islam, los gentiles, el cerdo, el palestino, la Iglesia católica, Jesús, Hamás, los calamares e Irán. Piense usted en alguna cosa y seguro que la odian.

Uno puede llegar a admitir que odiar tanto debe de ser un proyecto particularmente agotador, a menos que haya en ello algún placer.
Y, sin duda, el principio del placer israelí podría articularse así: el impulso continuo de los israelíes a buscar el placer en el odio, a la vez que infringen dolor a otros.

Debemos señalar aquí que la guerra contra el terror interior no es exactamente una invención judía. Todos, sean naciones, pueblos o individuos, están sujetos potencialmente a ella. Las consecuencias de la masacre nuclear estadounidense perpetrada en Hiroshima y Nagasaki convirtieron al pueblo estadounidense en un colectivo aterrorizado. Esta ansiedad colectiva se conoce con el nombre de guerra fría. Estados Unidos tiene todavía que redimirse del temor a que alguien más se muestre tan inmisericorde como demostró ser Estados Unidos.

En cierto modo, la operación Shock and Awe (Conmoción y pavor) tuvo un efecto similar sobre Gran Bretaña y Estados Unidos. Condujo a la creación de masas horrorizadas fácilmente manipulables por una élite altamente motivada. Este tipo concreto de política es lo que se denomina política del miedo.

Y sin embargo, en el discurso occidental se ha instalado un mecanismo de corrección. A diferencia del Estado judío, que se está radicalizando cada vez más por su propia autoadministrada paranoia, en Occidente se consigue hacer frente y contener el mal. El asesino ha sido denunciado y la esperanza de paz se vuelve a sentir, por ahora.

Aunque no sea de los que esperan grandes cambios por parte del presidente Barack Obama, hay una cosa meridianamente clara: Obama fue votado presidente para que trajera cambios. Obama es un símbolo de nuestro genuino intento de limitar el alcance del mal.En el estado judío, no sólo no sucede esto sino que nunca puede suceder.

La diferencia entre Israel y Occidente es bastante evidente: en Occidente la herencia cristiana nos da la posibilidad de un deseo enraizado en la creencia en la bondad universal. Sin embargo, estamos ante el peligro constante de la exposición al mal, y tendemos a creer que el bien al final prevalecerá.

Por otra parte, en el discurso tribal hebreo, el Bien es la propiedad de los elegidos. Los israelíes no ven bondad o amabilidad en sus vecinos, los ven como salvajes y como una entidad amenazadora para sus vidas. Para los israelíes, la amabilidad es la propiedad específica de ellos mismos, y accidentalmente también son inocentes y víctimas.

En el marco del discurso occidental universal, la bondad no pertenece a un pueblo o un único país, pertenece a todos y a ninguno al mismo tiempo. En el marco del patrimonio universal occidental, la Bondad se halla en cada uno de nosotros, y no pertenece a ningún partido político ni ideología. Los elevados conceptos de la gracia y de un Buen Dios están ahí en cada uno de nosotros, siempre cercanos al hogar.

¿Qué clase de Padre es éste?
“Y será, cuando Jehová tu Dios te hubiere introducido en la tierra que juró á tus padres Abraham, Isaac, y Jacob, que te daría; en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no henchiste, y cisternas cavadas, que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste: luego que comieres y te hartares” (Deuteronomio: 6: 10 -11).
“Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra de la que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones …y tú los derrotarás. (…) no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión.” (Deuteronomio: 7: 1 -2).

Llegados a este punto podemos intentar llegar hasta la causa radical que subyace a la grave falta de compasión del discurso israelí y de los grupos de presión que lo apoyan. Considero que una elaboración de las turbulentas relaciones entre los judíos y sus diferentes dioses pueden arrojar algo de luz sobre este tema.

Es evidente que la creciente lista de “dioses”, “ídolos” y “figuras paternas” judías es bastante problemáticas, por lo menos en lo que se refiere a ética y amabilidad. La relación misma entre “el hijo” y “el padre no ético” debe analizarse.

La filósofa Ariella Atzmon (mi madre, por más señas) define la complejidad del falso comienzo como el síndrome de Fagin.
El personaje de Fagin, de Charles Dickens, es un adulto que recluta a niños y los forma como carteristas y ladrones, cambiándoles por alimentos y cobijo las cosas que los niños roban. Aunque los niños deben estar agradecidos a su maestro, también deben despreciarlo por hacer de ellos ladrones y carteristas. Los niños se dan cuenta de que las cosas que tiene Fagin son robadas y que su amabilidad está lejos de ser honesta o pura. Antes o después los niños se volverán contra su protector, Fagin, en un intento de liberarse de esa trampa inmoral.

Desde una perspectiva padre-hijo, Jehová, el bíblico Dios judío, no difiere mucho de lo que podemos observar en el síndrome de Fagin.
El padre de Israel conduce a su pueblo elegido por el desierto hasta la tierra prometida, para que puedan robar y saquear a sus habitantes indígenas. Esto no es exactamente lo que uno podría esperar de un padre ético o de un Dios amable. Por consiguiente, por mucho que los hijos de Israel amen a Jehová, también deben abrigar alguna sospecha sobre el hecho de que los convierta en ladrones y asesinos. También podrían tener alguna aprensión sobre su amabilidad. Así, no deberíamos estar sorprendidos de que a lo largo de la historia judía un buen número de judíos se haya vuelto contra su padre celestial.

Sin embargo, teniendo en cuenta la concepción secular común de que los dioses son en realidad invenciones humanas, uno puede preguntarse qué conduce a la invención de un Dios tan poco ético. ¿Qué es lo que hace que los humanos sigan los mandatos de un Dios así?

También sería interesante saber qué clase de Dios alternativo puedan escoger los judíos, una vez se hayan desembarazado de Jehová.
Desde la emancipación, muchos judíos se han disociado del marco tribal tradicional y del judaísmo rabínico. Muchos se han integrado en sus realidades circundantes, han abandonado sus supuestos privilegios y se han convertido en seres humanos corrientes.

Muchos otros han insistido en abandonar a Dios, pero a la vez manteniendo su afiliación tribal orientada racialmente; han decidido basar su pertenencia tribal en razones étnicas, raciales, políticas, culturales e ideológicas en lugar de en los preceptos judaicos. Aunque es evidente que han abandonado a Jehová, han insistido a su vez en adoptar una visión secular que pronto se convirtió en un precepto monolítico de características religiosas.

A lo largo del siglo XX, las dos ideologías políticas de tipo cuasi religioso que más han atraído a las masas judías fueron el marxismo y el sionismo.
Es factible describir el marxismo como una ideología ética seglar universal. Sin embargo, dentro del proceso de transformación en un precepto tribal judío, el marxismo se las arregló para perder todo rasgo de humanismo o universalismo.

Como sabemos, la ideología y la práctica sionistas originales estuvieron dominadas por izquierdistas judíos que se consideraban auténticos seguidores de Karl Marx. Creían, sinceramente, que la celebración de la resurgencia nacional judía a expensas de los palestinos constituía una empresa socialista legítima.

Es interesante constatar que sus oponentes, el Bund antisionista, formado por trabajadores judíos de Europa Oriental, no creían en el despojo institucionalizado de los palestinos; en cambio, creían que despojar a los europeos ricos es un precepto, un gran mitzvah universal, un paso hacia la justicia social.

He aquí algunas estrofas del himno del Bund:
Juramos perseverar en nuestro odio
Hacia los que roban y matan a los pobres
El zar, el patrón, el capitalista
Nuestra venganza será rápida y segura
Así pues, jurad: ¡juntos vivir o morir!

Sin entrar en cuestiones relativas a la ética o la afiliación política, es bastante evidente que el himno judeo-marxista está saturado de odio y venganza.

Del mismo modo que el entusiasmo de los judíos por Marx, el marxismo, el bolchevismo y la igualdad, el final de la historia es conocido: los judíos abandonaron el marxismo en masa hace ya mucho tiempo.
Dejaron la revolución en manos de gentiles ilustrados como Hugo Chávez y Evo Morales, líderes que realmente han internalizado el significado auténtico de la igualdad y la ética universales.

Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, el marxismo tuvo muchos seguidores entre los judíos europeos; tras el Holocausto, el sionismo se convirtió gradualmente en la voz del judaísmo universal.
Como Fagin, los dioses e ídolos sionistas (Herzl, Ben Gurión, Nordau, Weizmann) prometieron a sus seguidores un nuevo comienzo desprovisto de ética, y el expolio de los palestinos fue su vía hacia una justicia histórica pendiente desde hacía siglos.

El sionismo transformó el Viejo Testamento de un texto espiritual en un registro de la propiedad de la tierra. Pero, una vez más, como en el caso de Jehová, el sio-Dios transformó a los judíos en ladrones y les prometió la propiedad de otras personas.

Esto, en sí mismo, puede explicar el resentimiento israelí hacia el sionismo y la ideología sionista.
Los israelíes prefieren verse a sí mismos como los habitantes naturales de la tierra y no como pioneros de un proyecto colonial no-ético de la diáspora judía.
Los judíos israelíes alcanzan una posición política por medio de un peligroso escapismo ético. Esto puede explicar el hecho de que del mismo modo que los israelíes aman sus guerras, realmente odian luchar en ellas. No están dispuestos a morir por una gran ideología abstracta y remota, como la nación judía o el sionismo. En su gran mayoría, prefieren lanzar fósforo blanco y bombas de racimo desde lugares alejados.

Sin embargo, durante la relativamente corta historia del moderno nacionalismo judío, el Dios sionista ha hecho buenas migas con otros dioses e ídolos aceptables para la ortodoxia.
Ya en 1917, Lord Balfour prometió a los judíos que construirían su hogar nacional en Palestina.
Inútil decir que, como en el caso de Jehová, Lord Balfour convirtió a los judíos en saqueadores y ladrones con su promesa directamente falta de toda ética. Prometió a los judíos la tierra de otros, con lo que dio pie a un comienzo en falso. Evidentemente, no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que los judíos se volvieran contra el Imperio Británico.

En 1947, las Naciones Unidas cometieron exactamente el mismo estúpido error: dieron acta de nacimiento a un Estado sólo para judíos, de nuevo a expensas de los palestinos. La ONU legitimó el robo de Palestina en nombre de las naciones. Como en el caso del arrinconado Jehová, no pasó mucho tiempo antes de que los judíos se volviesen contra la ONU.

“No importa lo que digan los gentiles, lo que importa realmente es lo que hagan los judíos”, afirmó el primer ministro israelí David Ben Gurión.

Recientemente, los israelíes se las han arreglado para rechazar incluso a sus mejores y más servidores amigos en la Casa Blanca. La víspera de las últimas elecciones presidenciales, algunos generales israelíes fueron filmados denunciando al presidente Bush por “perjudicar los intereses israelíes con su abrumador apoyo”, en palabras del general de brigada retirado Shlomo Brom.

Los generales israelíes culpaban básicamente a Bush por no haber puesto freno a Israel en la destrucción de sus vecinos. La moral es bastante clara: los sionistas y los israelíes se volverán inevitablemente contra los dioses, ídolos, padres, etc. que traten de ayudarlos. Este es el significado real del síndrome de Fagin, en el contexto político israelí. Siempre se volverán contra sus padres.

En mi opinión, el más interesante de todos los sistemas de creencias judíos es la Religión del Holocausto, que el filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz definió acertadamente como la nueva religión judía.

El aspecto más interesante de la Religión del Holocausto es su Dios-figura, es decir “el Judío.”
El seguidor judío de este nuevo precepto dogmático cree en “el Judío”, aquél que se redimió a sí mismo. El que sobrevivió al acontecimiento genocida final. Los creyentes creen en “el Judío”, la víctima inocente atormentada que volvió a su “tierra prometida” y ahora celebra su exitosa narrativa del renacer.

Hasta cierto punto, en el discurso religioso del Holocausto, el judío cree en “el Judío” que se manifiesta en sus poderes y sus cualidades eternas.
Dentro de este marco religioso de nuevo cuño, la Meca es Tel Aviv y los Santos Lugares el Museo Yad Vashem del Holocausto.

La nueva religión tiene muchos lugares de culto (museos) en todo el mundo y tiene muchos sacerdotes que difunden el mensaje y castigan a los elementos que lo cuestionan.

Desde una perspectiva judía, la Religión del Holocausto es una expresión totalmente transparente del amor a uno mismo. Es el lugar donde se unen pasado y futuro en un presente significativo, el momento en que la historia se traduce en praxis. Conscientemente o no, todas las personas que se identifican política e ideológicamente (más que religiosamente) como judíos, sucumbe, en la práctica, a la Religión del Holocausto, y se convierte en seguidor de su figura paterna: “el Judío.”

Sin embargo, podemos preguntarnos, ¿qué sucede con la Bondad? ¿hay algún tipo de gracia en esta nueva figura del padre? ¿Hay algún tipo de gracia en esta narrativa de víctimas inocentes que se celebra cada día a expensas del pueblo palestino?

Si la Historia tiene fin, la Religión del Holocausto representa el fin de la historia judía.
A la luz de la Religión del Holocausto, el Padre y el Hijo se unen al fin. Al menos en el caso de Israel y el sionismo, se funden en una amalgama de ideología y realidad genocidas.

A la luz de la Religión del Holocausto y su épica ética de la supervivencia, el Estado judío se considera legitimado para arrojar fósforo blanco sobre mujeres y niños que previamente ha encerrado en una prisión al aire libre de la que no pueden escapar.

Tristemente, los crímenes cometidos por el Estado judío se han cometido en nombre del pueblo judío y de su turbulenta historia de persecuciones. La Religión del Holocausto trae a la vida lo que parece ser la última forma posible de brutal encarnación insular.

Históricamente, los judíos han abandonado a muchos dioses: a Jehová, a Marx; incluso algunos nunca siguieron el sionismo. Pero a la luz de la Religión del Holocausto, con las escenas de Gaza, Jenin y Líbano en mente, el Judío puede verse obligado a continuar la tradición y abandonar al “Judío.” Tendrá que aceptar que esta nueva forma de figura paterna fue creada a su imagen y semejanza.

Más preocupante aún es el hecho devastador de que el nuevo padre ha demostrado ser una llamada al crimen.
Aparentemente, el nuevo padre es el definitivo Dios del mal de la lista.

Me pregunto cuántos judíos tendrán el valor de expulsar a esta esotérica figura-padre de reciente creación. ¿Tendrán el valor de unirse al resto de la Humanidad y adoptar un discurso ético universal?

Si los judíos son capaces de deshacerse del “Judío” es algo que sólo el tiempo dirá. Para aclarar dudas, diré que yo personalmente me deshice de mi “Judío” hace ya mucho tiempo y la vida me sonríe.

Fuente: War On Terror Within: The End of Jewish History Gilad Atzmon es músico, compositor y productor de jazz, y escritor.
S. Seguí pertenece a los colectivos Tlaxcala, Rebelión y Cubadebate.

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor, y la fuente.

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martes, 21 de julio de 2009

La izquierda y el Islam


Pensar fuera de la caja laica

Gilad Atzmon
Palestine Think Thank
21-07-2009
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


“La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón del mundo sin corazón y el alma de la condición desalmada. Es el opio del pueblo”, Karl Marx, 1843

Antes de emprender el análisis del tratamiento engañoso de las religiones por parte de liberales e izquierdistas, me gustaría compartir con ustedes un chiste malo. Cuidado, porque puede que ustedes no quieran compartir esta pequeña historia con sus amigas feministas.
Una activista estadounidense que visitó Afganistán a finales de los noventa estaba asolada al comprobar que mujeres caminaban a quince pies detrás de sus maridos. Pronto supo gracias a su traductor afgano que se debía a cierta pauta religiosa que ordenaba [así es como lo mostramos] respeto al “cabeza de familia”. Cuando volvió a Estados Unidos la asolada activista lanzó campaña tras campaña por los derechos de las mujeres en Afganistán. Resulta que la misma ferviente activista visitó Kabul el mes pasado. Esta vez le sorprendió encontrar una realidad completamente diferente. Ahora las mujeres caminaban 30 pies por delante de sus maridos. La activista informó rápidamente a su cuartel general en Estados Unidos: “La revolución por los derechos de la mujer es un gran éxito aquí en Afganistán. Mientras que en el pasado los hombres caminaban delante, ahora son las mujeres las que van en cabeza”. Su traductor afgano, que oyó hablar del informe, llamó a la mujer aparte y le informó de que la interpretación era completamente errónea: “Las mujeres”, dijo, camina delante debido a las minas.…”.
Por trágico que pueda parecerles a algunos, no somos tan libres como creemos ser. No somos exactamente los autores de la mayoría de nuestros pensamientos y de lo que comprendemos. Se nos imponen nuestras condiciones humanas; somos producto de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestro adoctrinamiento ideológico y, en muchos casos, víctimas de nuestra pereza intelectual. Igual que la activista estadounidense de semi-ficción de antes, en la mayoría de los casos estamos atrapados dentro de nuestras ideas preconcebidas y esto nos impide ver las cosas como son realmente. En consecuencia, tendemos a interpretar y, en la mayoría de los casos, a malinterpretar culturas remotas que emplean nuestro mismo sistema de valores y código moral.
Esta tendencia tiene unas consecuencias graves. Por alguna razón “nosotros” (los occidentales) tendemos a creer que “nuestra” superioridad tecnológica junto con nuestra querida “ilustración” nos proveen de un “sistema antropocéntrico laico racional absolutamente ético ” de la más alta calidad moral.
La izquierda liberal
Podemos detectar en Occidente dos componentes ideológicos que compiten por nuestras mentes y nuestras almas; ambos afirman saber lo que está “bien” y lo que está “mal”. Los liberales insistirían en alabar la libertad individual y la igualdad civil; los izquierdistas tenderían a creer que poseen una herramienta “científica social” que les ayuda a identificar quién es “progresista” y quién es “reaccionario”.
Así las cosas, son estos dos preceptos laicos modernistas los que actúan como guardianes de nuestra ética occidental. Pero, de hecho, han logrado lo contrario. A su propia manera, cada ideología nos ha llevado a un estado de ceguera moral. Son estos dos llamamientos denominados “humanistas” los que o bien preparan conscientemente el terreno para las criminales guerras coloniales intervencionistas (los liberales), o bien no logran oponerse a ellas al tiempo que emplean ideologías erróneas y argumentos falsos (la izquierda).
Tanto los liberales como la izquierda, en sus aparentemente banales formas occidentales sugieren que el laicismo es la respuesta a los males del mundo. Sin lugar a dudas, el laicismo occidental puede ser un remedio para algún malestar social occidental. Sin embargo, en la mayoría de los casos las ideologías liberales y de izquierda no logran comprender que el laicismo es en sí mismo un resultado natural de la cultura cristiana, esto es, un producto directo de la tradición y de la apertura cristianas hacia una existencia cívica independiente. En Occidente la esfera espiritual y la civil están profundamente separadas [1]. Es precisamente esta división lo que permite el surgimiento del laicismo y el discurso de la racionalidad. Es precisamente esta división lo que ha llevado también al nacimiento de un sistema laico de valores éticos en el espíritu de la ilustración y de la modernidad.
Pero precisamente esta división es lo que ha llevado también al surgimiento de algunas formas rotundas de laicismo-fundamentalista que maduraron en crudas visiones del mundo antirreligiosas que no son diferentes del fanatismo. En realidad, es precisamente este muy engañoso laicismo fundamentalista lo que llevó a Occidente a un rechazo total de mil millones de seres humanos que están fuera de él simplemente porque llevan el velo equivocado o da la casualidad de que creen en algo que no logramos comprender.
Progresista frente a retrógrado
A diferencia del Cristianismo, el Islam y el Judaísmo son sistemas de creencia con una orientación tribal. De hecho, el interés principal de ambos sistemas de creencia es la supervivencia de la familia extensa en vez del “individualismo ilustrado”. Los talibán, a los que la mayoría de los occidentales consideran el más oscuro marco político posible, simplemente no se ocupan en absoluto de cuestiones que tienen que ver con las libertades personal o los derechos personales. Es la seguridad de la tribu junto con el mantenimiento de los valores de la familia a la luz de El Corán lo que constituye su núcleo fundamental. El Judaísmo rabínico no es en absoluto diferente. Básicamente está ahí para preservar la tribu judía manteniendo el Judaísmo como una “forma de vida”.
Tanto en el Islam como en el Judaísmo apenas existe separación entre lo espiritual y lo civil. Ambas religiones son sistemas que aportan respuestas exhaustivas en términos de cuestiones espirituales, civiles, culturales y cotidianas. La ilustración judía (Haskalah) fue en gran medida un proceso de asimilación judía a través del laicismo y la emancipación, y la generación de diferentes formas modernas de identidades judías, incluyendo el sionismo. Sin embargo, los valores ilustrados del universalismo nunca han sido incorporados al corpus de la ortodoxia judía. Como en el caso del Judaísmo rabínico, que es totalmente ajeno al espíritu de la ilustración, el Islam está en gran parte alejado de los valores de la modernidad y racionalidad eurocéntrica. En todo caso, debido a la interpretación de las Escrituras (hermenéutica) tanto el Islam como el Judaísmo están, en realidad, más cerca de la post-modernidad [2].
Ni la ideología de izquierda ni el liberalismo se relacionan intelectual o políticamente con estas dos religiones. El hecho es desastroso porque la mayor amenaza para la paz mundial la plantea el conflicto árabe-israelí; un conflicto que se está convirtiendo rápidamente en una guerra entre el Estado expansionista judío y la resistencia islámica. Y, sin embargo, tanto la ideología liberal como la de izquierda carecen de los medios teóricos necesarios para comprender las complejidades del Islam y del Judaísmo.
El liberal rechazaría el Islam por siniestro debido a su postura ante los derechos humanos y de las mujeres en particular. La izquierda caería en la trampa de denunciar la religión en general como “reaccionaria”. Quizá sin darse cuenta, tanto uno como otro caen aquí en un claro argumento supremacista. Dado que tanto el Islam como el Judaísmo son más que meras religiones, transmiten una “forma de vida” y suponen un todo por medio de respuestas a preguntas que tienen que ver con el estar en el mundo, los liberales e izquierdistas occidentales corren peligro de rechazar completamente a una gran parte de la humanidad [3].
Hace poco acusé a un verdadero izquierdista y buen activista de ser islamófobo por culpar a Hamás de ser “reaccionario”. El activista, que evidentemente apoya verdaderamente a la resistencia palestina, se defendió rápidamente afirmando que lo que a él no le gustaba no era sólo el “Islamismo”, que en realidad él odiaba por igual tanto al Cristianismo como al Judaísmo. Por alguna razón, él estaba seguro de que odiar por igual a cada religión era una cualificación humanista adecuada. En consecuencia, el hecho de que un islamófobo sea también judeófobo y cristianófobo no es necesariamente un signo de compromiso humanista. Seguí cuestionando a este hombre bueno; entonces él argumentó que lo que en realidad a él no le parecía bien era el Islamismo (esto es, el Islam político). Volví a cuestionarlo y llamé su atención sobre el hecho de que en el Islam no existe una separación real entre lo espiritual y lo político. La noción de Islam político (Islamismo) bien podría ser una lectura errónea del Islam. Señalé que el Islam político, e incluso la rara implementación de la “jihad armada”, no son sino Islam en la práctica. Tristemente éste fue más o menos el final de la discusión. Al activista de la solidaridad con Palestina le resultó demasiado difícil hacer frente a la unidad islámica de cuerpo y alma. La izquierda en general está condenada a fracasar aquí a menos que profundice más escuchando el vínculo orgánico islámico entre lo “material” y el llamado “opio del pueblo”. A una persona de izquierda hacer esto le supone nada menos que fundamental cambio intelectual.
Este cambio lo sugirió hace poco Hisham Bustani [4], un marxista independiente jordano, al afirmar: “La izquierda europea debe hacer una seria autocrítica de esta actitud de “nosotros sabemos más” y de su tendencia a considerar ideológica y políticamente inferiores a las fuerzas populares del sur”.
Palestina
La solidaridad con Palestina es una buena oportunidad para revisar la gravedad de la situación. Da la casualidad de que, a pesar del trato asesino que Israel inflige a los palestinos, la solidaridad con Palestina no se ha convertido todavía en un movimiento de masas. Puede que nunca llegue a ser tal movimiento. Dado el fracaso de Occidente de mantener los derechos de los oprimidos, los palestinos parecen haber aprendido la lección: eligieron democráticamente a un partido que les prometía resistencia. Curiosamente, muy pocas personas de izquierda estuvieron ahí para apoyar a los palestinos y su elección democrática.
Con la plantilla actual de solidaridad política condicionada, vamos perdiendo compañeros a cada recodo de este camino plagado de baches. Las razones son las siguientes:
1. El movimiento de liberación palestino es básicamente un movimiento de liberación nacional. En este reconocimiento es donde perdemos a todos los cosmopolitas de izquierda, aquellos que se oponen al nacionalismo.
2. Debido al ascenso político de Hamás ahora la resistencia palestina es considerada resistencia islámica. Ahí es donde estamosperdiendo a los laicos y los ateos furibundos que se oponen a la religión, lo que los catapulta a ser PEP (progresistas excepto acerca de Palestina) [5].
De hecho, los PEP se dividen en dos grupos:
PEP1: aquellos que se oponen a Hamás por ser “reaccionario”, sin embargo, aprueban a Hamás por su éxito operativo como movimiento de resistencia. Estos activistas están esperando básicamente a que los palestinos cambien de idea y vuelvan a ser un sociedad laica. Pero están dispuestos a apoyar con condiciones a los palestinos como pueblo oprimido.
PEP2: aquellos que se oponen a Hamás por ser una fuerza reaccionaria y rechazan su éxito operativo. Estos están esperando a la revolución mundial. Prefieren dejar a los palestinos en espera por el momento, como si Gaza fuera un centro de vacaciones al lado del mar.
Con estas fuerzas de solidaridad que se evaporan rápidamente, nos quedamos con un movimiento de solidaridad con Palestina en miniatura con un poder intelectual (occidental) lamentablemente limitado y una capacidad aún menor incluso de cualquier eficacia a nivel de base. Hace poco Nadine Rosa-Rosso [6], una marxista independiente que trabaja en Bruselas, reveló esta trágica situación al afirmar: “La vasta mayoría de la izquierda, incluyendo a los comunistas, está de acuerdo en apoyar al pueblo de Gaza contra la agresión israelí, pero se niega a apoyar su expresión política, como son Hamás en Palestina e Hizbola en Líbano”. Esto lleva a Rossa-Rosso a preguntarse “¿por qué la izquierda y extrema izquierda moviliza a tan poca gente? Es más, para ser claros, ¿son todavía capaces la izquierda y la extrema izquierda de movilizar en relación a estas cuestiones?”.
¿A dónde ahora?
“Si el apoyo de la izquierda a los derechos humanos en Palestina está condicionado y depende de que los palestinos denuncien su religión y sus creencias religiosas, su herencia cultural y sus tradiciones sociales, y adopten un nuevo conjunto de creencias, valores y comportamientos sociales ajenos que encaje con lo que la cultura de la izquierda considera aceptable, esto significa que el mundo está negando a los palestinos el derecho humano más básico, el derecho a pensar y a vivir dentro de un código ético”, Nahida Izzat [7].
El actual discurso de solidaridad de la izquierda es inútil. Él mismo se aleja de su sujeto, logra muy poco y no parece ir a ninguna parte. Si queremos ayudar a los palestinos, a los iraquíes y a los demás millones de víctimas del imperialismo occidental, realmente debemos pararnos un segundo, respirar profundamente y volver a empezar desde cero.
Debemos aprender a escuchar. En vez de imponer nuestras creencias a los demás, haríamos mejor en aprender a escuchar aquello en lo que creen los demás.
¿Podemos seguir las sugerencias de Bustani y Rossa-Rosso, y revisar toda nuestra noción del Islam, de sus raíces espirituales, de su estructura, de su equilibro unificado entre lo civil y el espíritu, de su visión de sí mismo como un “modo de vida”. Si podemos hacerlo o no es una buena pregunta.
Otra opción es reexaminar nuestra ceguera y abordar las cuestiones humanistas desde una perspectiva humanista (por oposición a política). En vez de amarnos a nosotros mismo a través del sufrimiento de los demás, que es la forma última de egoísmo, haríamos mejor en ejercer por primera vez la noción de verdadera empatía. Nos ponemos a nosotros mismos en el lugar del otro aceptando que puede que nunca comprendamos completamente a este mismo otro.
En vez de amarnos a nosotros mismos a través de los palestinos y a sus expensas, tenemos que aceptar a los palestinos por lo que son y apoyarlos por quienes son con independencia de nuestro punto de vista sobre las cosas. Ésta es la única forma verdadera de solidaridad. Su objetivo es una conformidad ética más que ideológica. Sitúa la humanidad en el centro mismo. Refleja la profunda comprensión que tenía Marx de la religión como el “suspiro de los oprimidos”. Si pretendemos tener compasión por la gente, haríamos mejor en aprender a amarlos por lo que son en vez de por lo que esperamos que sean.
Notas:
[1] Tiene algo que ver con una herencia del Bajo Imperio Romano y del desarrollo temprano del Cristianismo como un concepto expansionista que tenía el objetivo de difundirse a culturas y civilizaciones remotas.
[2] Se puede argumentar que la agenda principal tras los intentos post-modernos es desestabilizar las bases del conocimiento y la ética modernos desafiando la posibilidad de una aplicabilidad universal moderna. Como lo expresó elocuentemente Muqtedar Khan (http://www.ijtihad.org/discourse.htm) , el post-modernista trata de privilegiar el “aquí y ahora” por encima de lo global. Tanto la filosofía post-modernista como la teología religiosa, afirma Khan, “rechazan la afirmación modernista de la infalibilidad de la razón”. Como el post-modernista, el Islam y el Judaísmo son escépticos respecto a la soberanía de la razón y de los discursos de racionalidad.
[3] La extraña y muy común sugerencia marxista de que “muchas personas, aparte de nosotros” son, de hecho, “reaccionarios” por ser religiosos implica la asunción necesaria de que el propio marxismo está cómodamente instalado en una superioridad moral absoluta. Esta asunción es bastante errónea por dos razones obvias:
• Afirmar saber más que los demás basándose en la afiliación ideológica o política es nada menos que supremacía llevada a la práctica;
• La afirmación de poseer la superioridad moral X no se puede verificar científicamente a menos que esté validada por otra superioridad moral más elevada X’. Para poder sostener su “superioridad moral” un marxista debería ir más adelante y afirmar que detenta la superioridad moral aún más alta X’. Para verificar esta postura X’ tendrá que avanzar a otra X’ superior, y así sucesivamente. Nos enfrentamos aquí a una búsqueda sin fin de la validación del significado ético. Este modelo de pensamiento puede ayudarnos a entender por qué el marxismo occidental ha logrado separarse de la realidad ética y del pensamiento ético, y no abordar apenas cuestiones relacionadas con una verdadera igualdad.
El problema obvio con la implementación marxista de la dicotomía “progresista frente a reaccionario” es que el marxismo afirma, como corresponde, estar entre los progresistas y afirma convenientemente que el “adversario” se encuentra entre los reaccionarios. Obviamente, esto es ligeramente sospechoso o, cuando menos, discutible.
[4] http://palestinethinktank.com/2009/06/26/hisham-bustani-thoughts-out-of-season-critiquing-the-european-left/ (Traducción al castellano, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=83413).
[5] Phil Weiss en su blog de valor inestimable MondoWeiss blog acuñó hace poco el útil término político de PEP: progresistas excepto acerca de Palestina.
[6] http://www.countercurrents.org/rosso110209.htm
[7] http://www.tlaxcala.es/pp.asp?lg=en&reference=604
Una versión de este artículo, sin notas, se publicó en: http://palestinechronicle.com/view_article_details.php?id=15280
Gilad Atzmon es músico de jazz, compositor, productor y escritor.
Enlace con el original: http://palestinethinktank.com/2009/07/14/gilad-atzmon-thinking-out-of-the-secular-box-the-left-and-islam/


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martes, 2 de junio de 2009

¡Por el amor de Dios, dejadles la tristeza!


Israel pretende ahora convertir en delito la conmemoración de la Nakba, el holocausto palestino

Gilad Atzmon
Palestine Think Tank
01-06-2009
Traducción de Manuel Talens

Los legisladores israelíes, en su incesante campaña contra los palestinos autóctonos, insisten ahora en ilegalizar la conmemoración de la Nakba. En fechas recientes unos cuantos parlamentarios de la Knesset, entre ellos algunos miembros del gabinete ministerial, han presentado un proyecto de ley que criminalizará la remembranza del holocausto palestino acaecido en 1948 (la denominada Nakba, desastre en lengua árabe). Lo curioso es que el Estado judío, cuya raison d’être gira en torno a la remembranza del sufrimiento judío, trate ahora de prohibir que los palestinos con ciudadanía israelí hagan lo mismo con su propio sufrimiento.
Es bien sabido que Israel borró del mapa cualquier huella de posible existencia palestina sobre el territorio. Aldeas, pueblos, huertos, campos y bienes culturales palestinos fueron eliminados poco después de 1948. Hoy, los legisladores israelíes están dando un paso más en su guerra contra el patrimonio palestino. No se trata solamente de una expulsión física y de un borramiento de hechos sobre el terreno, no es sólo una limpieza étnica realizada por motivos raciales, con hambrunas, confiscación de territorio, demolición de casas, bombardeos de escuelas o lanzamiento de fósforo blanco sobre populosas barriadas. No, de ahora en adelante Israel quiere también invadir la mente palestina. Los miembros de la Knesset israelí insisten en erradicar la memoria colectiva de Palestina. Al menos formalmente, están tratando de prohibir el derecho a recordar.
Tal como Khalid Amayreh señaló hace unos días, “un parlamentario palestino-israelí comparó el proyecto de ley con una imaginaria promulgación en Alemania de una ley que prohibiese todas las actividades judías que conmemoran el holocausto”. La comparación entre la Nakba y el holocausto judío es correcta. Estamos hablando de dos crímenes racistas de magnitudes colosales. Sin embargo, mientras que los alemanes arreglaron las cuentas colectivamente con su pasado, el Estado judío se dirige ya hacia su séptima década de negacionismo mientras persiste en su más absoluta iniquidad contra una inocente población civil.
A la luz de las nuevas medidas de implacable brutalidad israelí, vale la pena que exploremos una “voz judía de la razón”, la insólita voz de una persona que se ha manifestado en contra de ese absurdo proyecto de ley. Ruth Gavison, profesora de Derecho en la Universidad Hebrea de Jerusalén, es esa persona. Además de profesora, es también “presidenta” –por favor, no se me rían– del Centro de Pensamiento Sionista, Judío, Liberal y Humanitario. La semana pasada, Gavison publicó un artículo contra el nuevo proyecto de ley en el popular noticiero online Hebrew News.
La profesora Gavison cree que el sionismo puede interpretarse como una misión humanista y liberal. Sin embargo, basta con analizar un poco su pensamiento para descubrir la espeluznante verdad: esta profesora de Derecho carece de cualquier noción de ética o humanismo con carácter universal. Su visión de la justicia está deformada por el sionismo y lo único que hace es malabarismo verbal con viejos clichés simbólicos sionistas, a la espera de que sus lectores hebreos ni siquiera se tomen la molestia de contradecir su pobrísima argumentación.
Gavison está contra el proyecto de ley. Con toda la razón afirma que se trata de algo “injustificado y estúpido, que malinterpreta el problema fundamental de nuestra vida pública”. Según ella, este legalismo es el camino menos apropiado para enfrentarse a ese problema fundamental. Pero la amabilidad de la profesora Gavison se termina aquí.
A pesar de un comienzo tan prometedor, la profesora de Derecho no tarda mucho en mostrar sus cartas. Veamos lo que tiene que decir sobre la Nakba:
“Es un hecho aceptado que el mismo día que la mayoría judía celebra su independencia en su propia tierra simboliza para algunos de la minoría árabe el día de su desastre”. Es ciertamente revelador que, para la profesora Gavison, quienes conmemoran la Nakba no son los palestinos de forma colectiva, sino sólo algunos de ellos. Sin embargo, para ella son los palestinos, y sólo ellos, quienes cargan con la responsabilidad.
“Es preciso recordar”, dice Gavison, que “podría haber sido diferente… este día podría haber sido una celebración para israelíes y palestinos, que podrían celebrar la fundación de dos Estados nacionales.” Llegados a esta línea, uno empieza a preguntarse quién será el tonto al que Gavison está tratando de engañar. Seguramente la profesora debe conocer que el plan para expulsar a los palestinos formaba parte del programa sionista desde sus inicios. “Los palestinos”, continúa, “se negaron a aceptar la partición territorial y, a consecuencia de aquella guerra, el Estado israelí fue erigido sobre las ruinas de la sociedad palestina y sobre el territorio palestino. Muchos palestinos se convirtieron en refugiados y el Estado palestino aún no ha sido establecido.”
A estas alturas de su discurso, lo lógico es que la profesora de Derecho, que también es “presidenta” de un instituto que promueve una imagen de “humanismo judío”, llegase a la necesaria conclusión: que ya va siendo hora de que los palestinos expulsados regresen a sus tierras y a sus hogares.
No se cansen, pueden esperar sentados, porque Gavison no es exactamente una humanista universal: sólo es sionista. Lo único que quiere es detener el actual proyecto de ley que prohíbe a los palestinos la conmemoración de su tristeza. En otras palabras, lo que quiere es que los palestinos puedan estar tristes y lamentarse todo lo que deseen.
“La tristeza es un sentimiento natural de la gente que sufre mucho”, concede la refinada profesora. “No debemos negar la historia, no debemos prohibirla legalmente, nuestro reto consiste en confrontarla”. Lo normal es que una revelación así, salida de la pluma de una supuesta humanista, condujese al reconocimiento del pecado sionista e incluso a una admisión de responsabilidad.
Nada de eso sucede. La presidenta del Centro de Pensamiento Sionista, Judío, Liberal y Humanitario no cuadra dentro de nuestra noción de lo que debe ser un humanista. Es sólo una propagandista del tribalismo judío que trata de moldear esporádicos términos liberales para justificar un implacable y crudo comportamiento carente de la menor ética. Gavison no quiere justicia para la región, lo único que pide es que se desarrolle una “conciencia del pasado que pueda eventualmente transformarse en un futuro civil en el cual árabes y judíos vivan unos al lado de los otros”. Supongo que nunca juntos.
Cierto, Gavison es lo suficientemente misericordiosa como para permitir que los palestinos se lamenten de su pasado. Pero se niega a aceptar responsabilidad alguna por las consecuencias que acarreó el aparato institucional colonialista judío. Está claro que prefiere seguir viviendo en tierra palestina e incluso llamarla “patria” con tal de no devolverla a sus auténticos dueños. Más que los fanáticos sionistas de derechas que han presentado ese siniestro proyecto de ley, es la profesora Gavison, esa –por así decirlo– “humanista sionista”, quien encarna el verdadero significado de la brutalidad y la monstruosidad israelíes. En nombre del simbolismo humanista promueve el mantenimiento del crimen nacionalista judío.
La profesora Gavison termina su artículo declarando que “negar el pasado es algo inapropiado, pero no hacernos responsables de él es también inaceptable. Tenemos que encontrar soluciones para aprobar el derecho de los judíos a la autodeterminación en (parte de su) patria.” Yo quisiera que esta profesora profundamente “siohumanista” nos hiciese entender de una vez por todas qué es lo que da a los judíos el derecho a la “autodeterminación” a expensas de los demás. Quizá una vez que logremos comprenderlo seremos lo suficientemente maduros como para permitir que la profesora Gavison –o cualquier otro “sionista humanista”– nos iluminen y podamos entender qué es lo que hace que Palestina sea una patria judía legítima.
La lectura del texto de Gavison muestra una vez más la horrorosa verdad: sionismo y pensamiento liberal judío tienen poco que ver.

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domingo, 10 de mayo de 2009

De víctimas a agresores: la identidad judía a la luz de la obra de teatro "Siete niños judíos", de Caryl Churchill


10-05-2009
Gilad Atzmon
Palestine Think Tank
Traducción de Manuel Talens

La identidad es un concepto difícil. Puede significar muchas cosas opuestas a la vez, pero también puede que no signifique nada. A veces uno empieza a preguntarse por la propia identidad únicamente cuando corre el peligro de perderla. El caso de la identidad judía es un buen ejemplo de esto.

A tenor de lo que dicen los libros de literatura e historia, los judíos empezaron a explorar la noción de su identidad una vez emancipados, asimilados y tras el colapso de la autoridad de los rabinos. Dicho con pocas palabras, los judíos empezaron a preguntarse quiénes eran una vez que la noción que tenían de sí mismos como colectivo se estaba disolviendo. Todo indica que la noción de identidad judía nació para reemplazar la otra noción racialmente orientada, tribal y rabínica de lo judío por un discurso “liberal” aceptable y tolerante que aspirase a una conciencia universal.
Mientras que la política de la identidad se centra en una celebración imaginaria de diferencias dentro de un mundo que se considera a sí mismo como una aldea cosmopolita y global, la identidad judía (sea cual sea su posición política, de izquierda, centro o derecha) es un escenario único que está ahí para disfrutar de todo sin ofrecer nada a cambio. La política de la identidad judía busca legitimidad para su pretensión de que se acepte y respete a los judíos por lo que son: su historia, su sufrimiento, sus creencias religiosas y su cultura, pero mientras exigen reconocimiento se olvidan sorprendentemente de asimilar cualquier noción de tolerancia con los demás. Todas las tendencias de la política de la identidad judía mantienen un código de pertenencia elemental y fundamentalmente tribal. Ya se trate de sionistas de derechas –que celebran la identidad judía a expensas del pueblo palestino, o de los izquierdosos Judíos por la Justicia que, por alguna razón, celebran sus ansias de paz en el interior de un club exclusivo para judíos–, parece como si el espectro completo de la identidad política judía sea una práctica exclusivista tribalmente orientada y carezca de una auténtica conciencia de que vivir entre los demás exige la aceptación de actitudes universales.
Un repaso retrospectivo de la historia permite descubrir este patrón de comportamiento. Teniendo en cuenta que el discurso de la identidad se inició como reacción a la desastrosa realidad nacionalista del siglo XX, permitió un sentido de pertenencia en el interior de una realidad cívica tolerante de nuevo cuño. Sin embargo, el curso de la política de la identidad judía fue muy distinto. Dentro del concepto de identidad judía, el sufrimiento y el victimismo están establecidos como síntomas exclusivamente judíos. Para un judío, celebrar su identidad significa celebrar el dolor judío, volver una y otra vez a la agonía. Ser judío es creer religiosamente en el holocausto. Ser judío significa persecución. Ser judío es ser capaz de encontrar antisemitas debajo de cada piedra y detrás de cada esquina. Ser judío es perseguir a nazis seniles hasta debajo de sus tumbas. El perdón no parece existir entre los proponentes de la política de la identidad judía.
Si permanecemos en el interior de dicha noción y, teniendo en cuenta el proyecto expansionista del sionismo, no resulta sorprendente que la ideología colectiva judía se haya convertido en un vaivén esquizofrénico y bipolar entre victimismo y agresión.
Mentiras podridas
La obra de teatro Siete niños judíos, de Caryl Churchill (http://royalcourttheatre.com), escrita y representada durante la devastadora campaña militar israelí en Gaza, arroja luz sobre la confusión existente en la identidad judía. Se trata de un viaje histórico desde el victimismo a la agresión. En sólo nueve minutos asistimos a una trayectoria que se inicia durante el horror del holocausto,
No le digas que la van a matar
Dile que es importante que no haga ruido
[…]
Dile que se acurruque en la cama
para terminar, en un momento dado, con los israelíes adoptando el papel de los nazis:
dile que son animales que ahora viven entre escombros, dile que no me importaría nada si los exterminásemos, […] dile que cuando miro a una de sus niñas cubierta de sangre me siento feliz porque esa niña cubierta de sangre no es ella…
Incluso si la lectura que hace Churchill de la historia reciente judía como transformación desde la inocencia hasta la barbarie más despiadada no es ninguna novedad, el mensaje está expresado de una forma tremendamente profunda y sensible.
Pero hay otro aspecto mucho más escondido en la obra de Churchill que raramente suele discutirse o comentarse. Churchill, al igual que otros autores implicados en el análisis de la identidad judía, ha detectado muy bien las cualidades elásticas inherentes a la identidad judía, la historia y la realidad. Los judíos pueden ser lo que deseen siempre que eso sirva para una u otra causa. Eso hace que su discurso no sea ni coherente ni constante
Dile que es un juego (como si los judíos estuviésemos por encima de todo)
Dile que es grave (como si ahora nos fuese mal)
Pero no la asustes (como si de nuevo estuviésemos por encima de todo)
No le digas que la van a matar (como si todo estuviese a punto de terminar)
El historiador israelí Shlomo Sand analizó las cualidades fantasmáticas del discurso histórico judío en su reciente libro When and How the Jewish People Was Invented. Sand logra demostrar fuera de cualquier duda razonable que el pueblo judío nunca existió como una “raza-nación” ni compartió un origen común. Al contrario, son una vistosa mezcla de grupos que en diversos momentos de la historia se convirtieron a la religión judía. Igualmente, en un momento dado se inventaron una identidad nacional. La triste realidad es que las cualidades fantasmáticas inherentes a la política de la identidad judía no impiden que los judíos celebren sus aspiraciones a expensas del pueblo palestino. La razón es muy sencilla, tal como Sand demuestra con virtuosismo académico y como Churchill trasmite desde el punto de vista teatral: la identidad judía es enormemente flexible.
Dile que sus tíos murieron
No le digas que los mataron
Dile que los mataron
No la asustes.
El discurso judío es el arte de crear una historia ajena por completo a los hechos o a la verdad. En tal sentido, hay que asegurarse de no decirle a la niña “que los mataron” para que pueda mantener el sueño cosmopolita. O quizá sea mejor que “le digas que los mataron” para que regrese al gueto con nosotros. Otra posibilidad es que ella pueda aprender la necesaria lección y se aliste en el ejército para matar a los enemigos de Israel. En cualquiera de ambos casos, hay que asegurarse de que “no la asustes”, como si ya no estuviese lo bastante asustada.
La identidad judía es una especie de insensibilidad táctica. Se trata de una estrategia metodológica que crea un orden simbólico imaginario con un programa claramente pragmático,
Dile que tienen kilómetros y kilómetros de tierras que son suyas, pero fuera de aquí
con el cual se le hace creer a la niña que los palestinos y los árabes son literalmente la misma cosa.
Dile otra vez que ésta es nuestra tierra prometida
como si los judíos fuesen colectivamente un pueblo, como si su origen estuviera en Sión, como si la promesa bíblica tuviese validez notarial, como si creyesen de verdad en la Torá.
dile que no me importa si el mundo nos odia,
dile que nosotros odiamos mejor,
dile que somos el pueblo elegido,
Al igual que Sand, Churchill expone de forma elocuente la ausencia de integridad en el núcleo, en el discurso y en los bulos sobre la causa nacional judía. El argumento histórico judío no busca decir la verdad. Al contrario, lo que busca es crear una “verdad” que se acomode a sus necesidades tribales de hoy en día. Hay un viejo chiste que se burla de los ideólogos marxistas. Refiere que si los hechos no cuadran con el determinismo marxista de los libros de texto, lo que se debe hacer es cambiar los hechos. El discurso de la identidad judía utiliza exactamente la misma estrategia. Hechos y mentiras se van fabricando sobre la marcha. Dicho en pocas palabras, lo que tienes que hacer es “decirle” que unas veces necesitamos ser víctimas inocentes y otras saquear, matar o arrojar armas de destrucción masiva. Todo dependerá de lo que sea más conveniente en un momento dado para nuestros intereses tribales.

Victimismo: el nacimiento de una colectividad
Churchill parece ser extremadamente observadora cuando describe los demoledores efectos de la política de la identidad judía al convertir el Estado judío en una máquina de matar a sangre fría:
dile que no me importa si el mundo nos odia
dile que nosotros odiamos mejor (como si ya no lo supiera tras la destrucción de Gaza)
dile que somos el pueblo elegido (como si no se hubiese dado cuenta todavía)
Pero cabe preguntarse por la identidad de esa niña inocente a la que se refiere Caryl Churchill. ¿Quién es la protagonista receptora de todos los mensajes del texto, cuál es la identidad oculta tras cada línea de esta fascinante obra de teatro?
La imagen de una joven inocente victimizada es uno de los pilares de la identidad judía y de la imagen victimista del judío posterior al holocausto. Anna Frank es probablemente el personaje literario más famoso de este género. Pero al mismo tiempo que víctima inocente, Frank es extraordinariamente eficaz como objeto culpabilizador de los gentiles.
Como todo el mundo sabe, Anna Frank murió trágicamente al final de la Segunda Guerra Mundial. No pudo gozar del recién nacido “Estado sólo para judíos”. Sin embargo, en el contexto de la política identitaria judía, Anna Frank ha sido adoptada como icono cultural judío mediante un proceso de transferencia colectiva. En la práctica, está perfectamente integrada en el corazón de todo individuo que se identifica como judío. Quienes sucumben a la noción de identidad judía insisten en considerarse inocentes y sin tacha. Desde la perspectiva política identitaria judía, la nación judía es una tribu poblada por millones de inocentes Anna Frank.
Me permito sugerir que la niñita de Churchill se refiere metafóricamente al “pueblo de Israel”. La recién nacida nación judía es un concepto muy joven abrumado por la rectitud y la inocencia. La niña receptora de la acción de la obra está ahí para dar una imagen de inocencia sin tacha. Pero esa metafórica inocencia de la niña es también lo que convierte los crímenes de Israel en algo tan siniestro. A la luz de la propaganda israelí, que presenta al Estado judío como una entidad íntegra, inocente y vulnerable, la horrorosa realidad de la barbarie que practica conduce a una inevitable disonancia cognitiva.
La realidad de la racista limpieza étnica del “Estado sólo para judíos”, junto con las imágenes de la máquina de guerra israelí lanzando toneladas de fósforo blanco sobre los gazanos no deja mucho lugar para la duda. Israel no tienen nada que ver con la autoimagen fantasmática de una “niñita inocente”, la cual deja en muy mal lugar el proyecto publicitario de la hasbará israelí, pues se trata de una niña horriblemente traviesa que se transformó de víctima en verdugo y poco después dio pruebas de una fiereza, un sadismo y una monstruosidad sin parangón.
Dile que ahora el puño de hierro lo tenemos nosotros, dile que es la niebla de la guerra, dile que no vamos a dejar de matarlos hasta que nos sintamos seguros, dile que me dio risa cuando vi a los policías muertos, dile que son animales que ahora viven entre escombros, dile que no me importaría nada si los exterminásemos,
Todo hace suponer que estamos ante una nación inmadura y gravemente trastornada, ante una niña narcisista que se adora a sí misma y vive aterrorizada ante su propia crueldad. Es como la joven sádica amedrentada por sus demonios interiores. Cuanto más se aman a sí mismos los israelíes y más creen en su fantasmática inocencia, más temen que los no judíos sean tan sádicos como ellos han dado pruebas de ser. Este modo de comportamiento es lo que la psiquiatría denomina proyección.
Dile que la amamos.
No la asustes.
Así termina la obra de Caryl Churchill. Todo hace suponer que los judíos tienen una buena razón para estar asustados: su Estado nacional es una entidad genocida y racista.
Tras el holocausto, los judíos tuvieron la oportunidad de transformar su destino, de pasar página. Podrían incluso haber explorado colectivamente la noción de perdón y misericordia. Unos cuantos de sus intelectuales insistieron en que deberían situarse en la vanguardia de la lucha contra el racismo y la opresión. Pero sólo han necesitado seis décadas para que el Estado nacional judío se establezca como el Estado nacional racista por antonomasia, que hace uso de las tácticas más sádicas, despiadadas y opresoras. “No la asustes”, dice Churchill. Francamente, la niñita tiene toda la razón del mundo para asustarse. Si alguna vez tuviese el coraje de mirarse en el espejo, el resultado sería mentalmente demoledor.

Fuente: Palestine Think Tank - From Victimhood to Aggression: Jewish Identity in the light of Caryl Churchill’s Seven Jewish Children

Artículo original publicado el 4 de mayo de 2009

Sobre el autor

Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

Subtítulos en español insertados por Manuela Vittorelli, de Tlaxcala.

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jueves, 26 de marzo de 2009

El final de la historia judía





La guerra contra el terror interior

Gilad Atzmon
Palestine Think Tank
25-03-2009
Traducido para Rebelión y Tlaxcala por S. Seguí


El artículo que presento hoy es probablemente lo más importante que he dicho nunca en relación con la brutalidad israelí y la identidad contemporánea judía.

Soy consciente de que podía haber expuesto mis pensamientos en un libro de más alcance o en un texto académico de análisis; sin embargo, voy a hacer exactamente lo contrario: lo voy a expresar del modo más corto y sencillo posible.
En las pasadas semanas hemos sido testigos de una campaña genocida israelí contra la población civil palestina en Gaza. Hemos visto cómo uno de los ejércitos más potentes del mundo aplastaba mujeres, ancianos y niños. Hemos visto cómo un vendaval de armas no convencionales estallaba sobre escuelas, hospitales y campamentos de refugiados.
Antes de esto sabíamos de crímenes de guerra, pero esta vez la transgresión israelí ha sido radicalmente diferente: contaba con el apoyo de la absoluta mayoría de la población judía israelí. La campaña militar del ejército israelí en Gaza contó con el apoyo del 94% de la población israelí. El 94% de los israelíes aparentemente aprobaron los ataques aéreos contra civiles. El pueblo de Israel pudo ver la carnicería en sus televisores, oír las voces, ver los hospitales y campamentos de refugiados en llamas, y sin embargo nada de ello les provocó la menor emoción. No hicieron gran cosa por poner coto a sus despiadados líderes, “democráticamente elegidos.” En cambio, algunos de ellos tomaron sus asientos plegables y se instalaron en las colinas que dominan la Franja de Gaza, para observar cómo su ejército convertía Gaza en un moderno coliseo de sangre hebreo.
Incluso ahora, cuando la campaña parece haber acabado y se conoce la escala de la carnicería de Gaza, los israelíes siguen sin dar señales de remordimiento. Como si todo esto no fuera suficiente, durante todo el tiempo que duró la guerra, judíos de todo el mundo se movilizaron en apoyo a su Estado únicamente-judío.
Un apoyo popular de esta envergadura a los crímenes de guerra es algo inaudito. Los estados terroristas efectivamente matan, pero siempre con un punto de timidez al respecto. En la URSS de Stalin se mataba en remotos gulags, y los nazis alemanes ejecutaban a sus víctimas en el fondo de los bosques, tras alambres de espinos.
En el Estado judío, los israelíes asesinan a la luz del día a mujeres, niños y ancianos indefensos, y utilizan armamento convencional contra escuelas, hospitales y campamentos de refugiados. Este nivel de barbarie exige a gritos una explicación. La tarea pendiente puede definirse, fácilmente, como una búsqueda de comprensión de la brutalidad colectiva israelí. ¿Cómo puede ser que esta sociedad haya conseguido perder hasta el último rastro de compasión y misericordia?
El terror interior
Más que cualquier otra cosa, los israelíes y todas las comunidades judías que les han apoyado están aterrorizados por la brutalidad que encuentran en sí mismos. Cuanto más implacables son, más asustados se vuelven. La lógica es sencilla. Cuanto más sufrimiento se inflige al otro, más ansiedad acumula uno ante el potencial de capacidad de muerte que halla en torno. En otras palabras, el israelí proyecta en el palestino, el árabe, el musulmán y el iraní la agresividad que encuentra en sí mismo. Teniendo en cuenta que la brutalidad israelí ha demostrado no tener límites ni comparación posible, su ansiedad es por lo menos igual de grande.
Al parecer, los israelíes sienten temor de que ellos mismos sean sus propios esbirros. Han entablado una mortífera batalla con el terror interior. Pero los israelíes no están solos. El judío de la diáspora que se manifiesta en apoyo de un Estado que lanza fósforo blanco sobre civiles está atrapado en la misma trampa devastadora. Con su entusiasta respaldo de un crimen insoportable, siente horror ante el pensamiento de que la crueldad que encuentra en sí pueda manifestarse también en otros. El judío de la diáspora que apoya a Israel está destrozado por la imaginaria posibilidad de que un acto brutal similar al suyo pueda un día infringírsele. Esta misma preocupación explica todo lo relativo al antisemitismo. Es básicamente la proyección de una acción colectiva sio-céntrica tribal e implacable sobre otros.
No hay conflicto israelo-palestino
Lo que tenemos a la vista es la clara formación de un círculo vicioso en el que los israelíes y sus defensores se están convirtiendo en un meteoro vengativo insular, alimentado por una agresión interna explosiva. El significativo de todo ello es bastante revelador. Dado que los palestinos no pueden hacer frente militarmente a la agresión israelí y su capacidad destructiva, tenemos derecho a afirmar que no hay un conflicto israelo-palestino. Todo lo que hay es una psicosis israelí en la que este pueblo está siendo demolido por la ansiedad producida por el reflejo de su propia crueldad. Al ser considerados los nazis de nuestra época, los israelíes están por ello condenados a ver un nazi en cualquier persona.
Del mismo modo, no hay un aumento del antisemitismo. El judío de la diáspora sionista está simplemente destrozado por la posibilidad de que alguien más esté tan corrompido éticamente y sea tan cruel como él mismo ha demostrado ser. En pocas palabras, las políticas israelíes y la acción de los grupos de presión sionistas deberían ser considerados nada menos que como una paranoia colectiva sio-céntrica letal, al borde de la psicosis total.
¿Hay modo de redimir a los sionistas de esta sangrienta incursión? ¿Hay manera de cambiar el curso de la historia y salvar a los israelíes y sus partidarios de la depravación total? Probablemente, la mejor manera de plantear esta cuestión es preguntando si hay algún modo de salvar a los israelíes y los sionistas de sí mismos. Como pueden imaginarse, no estoy exactamente interesado en salvar a los israelíes o los sionistas; sin embargo, tengo para mí que la redención de los sionistas de su transgresión puede traer perspectivas de paz a Palestina, Iraq y probablemente el resto de nosotros. Para los que no consiguen verlo, Israel es sólo la parte visible del iceberg. A fin de cuentas, Estados Unidos, Gran Bretaña y Occidente están en la actualidad sujetos a formas similares de la política del miedo, que son el producto directo de la mortífera ideología y práctica intervencionista de los neocon.
El psicoanalista de Nazaret
Hace muchos años –se afirma– vivía entre sus hermanos un israelita, en la tierra de Canáan. Como los actuales israelíes, estaba rodeado de odio, venganza y miedo. En un momento dado, decidió intervenir e introducir cambios: se había dado cuenta de que no había otro modo de combatir la crueldad que buscando la gracia. “Poner la otra mejilla”, fue la sencilla sugerencia que propuso. Al definir la psicosis del israelita como “una guerra contra el terror interno”, Jesús percibió que el único modo de contrarrestar la violencia es mirarse en el espejo a la vez que se busca la Bondad dentro de sí.
Es bastante evidente que la lección de Jesús creó las condiciones para la formación de la ética universal occidental. Las ideologías políticas modernas sacaron conclusiones de esta perspectiva cristiana. En Marx, la búsqueda normativa de la igualdad puede considerarse una reescritura secular del concepto de hermandad que propone Jesús. Buscar la paz es, en primer lugar, buscarse a uno mismo dentro de sí. Mientras que los israelíes y sus hermanos gemelos neocon pretenden conseguir la paz por medio de la fuerza disuasoria, la auténtica paz se consigue mediante la búsqueda de la armonía interior. Como nos sugeriría un estudioso lacaniano, amar a tu prójimo es realmente amarte a ti mismo amando a tu prójimo.
El caso de los israelíes es exactamente el caso opuesto. Tal como demuestran una y otra vez, se están realmente amando a sí mismos odiando a su prójimo, o, dicho más brevemente, simplemente se aman a sí mismo odiando en general. Odian casi todo: a su prójimo, los árabes, Chávez, los alemanes, el Islam, los gentiles, el cerdo, el palestino, la Iglesia católica, Jesús, Hamás, los calamares e Irán. Piense usted en alguna cosa y seguro que la odian. Uno puede llegar a admitir que odiar tanto debe de ser un proyecto particularmente agotador, a menos que haya en ello algún placer. Y, sin duda, el principio del placer israelí podría articularse así: el impulso continuo de los israelíes a buscar el placer en el odio, a la vez que infringen dolor a otros.
Debemos señalar aquí que la guerra contra el terror interior no es exactamente una invención judía. Todos, sean naciones, pueblos o individuos, están sujetos potencialmente a ella. Las consecuencias de la masacre nuclear estadounidense perpetrada en Hiroshima y Nagasaki convirtieron al pueblo estadounidense en un colectivo aterrorizado. Esta ansiedad colectiva se conoce con el nombre de guerra fría. Estados Unidos tiene todavía que redimirse del temor a que alguien más se muestre tan inmisericorde como demostró ser Estados Unidos. En cierto modo, la operación Shock and Awe (Conmoción y pavor) tuvo un efecto similar sobre Gran Bretaña y Estados Unidos. Condujo a la creación de masas horrorizadas fácilmente manipulables por una élite altamente motivada. Este tipo concreto de política es lo que se denomina política del miedo.
Y sin embargo, en el discurso occidental se ha instalado un mecanismo de corrección. A diferencia del Estado judío, que se está radicalizando cada vez más por su propia autoadministrada paranoia, en Occidente se consigue hacer frente y contener el mal. El asesino ha sido denunciado y la esperanza de paz se vuelve a sentir, por ahora. Aunque no sea de los que esperan grandes cambios por parte del presidente Barack Obama, hay una cosa meridianamente clara: Obama fue votado presidente para que trajera cambios. Obama es un símbolo de nuestro genuino intento de limitar el alcance del mal.
En el estado judío, no sólo no sucede esto sino que nunca puede suceder. La diferencia entre Israel y Occidente es bastante evidente: en Occidente la herencia cristiana nos da la posibilidad de un deseo enraizado en la creencia en la bondad universal. Sin embargo, estamos ante el peligro constante de la exposición al mal, y tendemos a creer que el bien al final prevalecerá.
Por otra parte, en el discurso tribal hebreo, el Bien es la propiedad de los elegidos. Los israelíes no ven bondad o amabilidad en sus vecinos, los ven como salvajes y como una entidad amenazadora para sus vidas. Para los israelíes, la amabilidad es la propiedad específica de ellos mismos, y accidentalmente también son inocentes y víctimas. En el marco del discurso occidental universal, la bondad no pertenece a un pueblo o un único país, pertenece a todos y a ninguno al mismo tiempo. En el marco del patrimonio universal occidental, la Bondad se halla en cada uno de nosotros, y no pertenece a ningún partido político ni ideología. Los elevados conceptos de la gracia y de un Buen Dios están ahí en cada uno de nosotros, siempre cercanos al hogar.

¿Qué clase de Padre es éste?
“Y será, cuando Jehová tu Dios te hubiere introducido en la tierra que juró á tus padres Abraham, Isaac, y Jacob, que te daría; en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no henchiste, y cisternas cavadas, que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste: luego que comieres y te hartares” (Deuteronomio: 6: 10 -11).
“Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra de la que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones …y tú los derrotarás. (…) no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión.” (Deuteronomio: 7: 1 -2).
Llegados a este punto podemos intentar llegar hasta la causa radical que subyace a la grave falta de compasión del discurso israelí y de los grupos de presión que lo apoyan. Considero que una elaboración de las turbulentas relaciones entre los judíos y sus diferentes dioses pueden arrojar algo de luz sobre este tema. Es evidente que la creciente lista de “dioses”, “ídolos” y “figuras paternas” judías es bastante problemáticas, por lo menos en lo que se refiere a ética y amabilidad. La relación misma entre “el hijo” y “el padre no ético” debe analizarse.
La filósofa Ariella Atzmon (mi madre, por más señas) define la complejidad del falso comienzo como el síndrome de Fagin. El personaje de Fagin, de Charles Dickens, es un adulto que recluta a niños y los forma como carteristas y ladrones, cambiándoles por alimentos y cobijo las cosas que los niños roban. Aunque los niños deben estar agradecidos a su maestro, también deben despreciarlo por hacer de ellos ladrones y carteristas. Los niños se dan cuenta de que las cosas que tiene Fagin son robadas y que su amabilidad está lejos de ser honesta o pura. Antes o después los niños se volverán contra su protector, Fagin, en un intento de liberarse de esa trampa inmoral.
Desde una perspectiva padre-hijo, Jehová, el bíblico Dios judío, no difiere mucho de lo que podemos observar en el síndrome de Fagin. El padre de Israel conduce a su pueblo elegido por el desierto hasta la tierra prometida, para que puedan robar y saquear a sus habitantes indígenas. Esto no es exactamente lo que uno podría esperar de un padre ético o de un Dios amable. Por consiguiente, por mucho que los hijos de Israel amen a Jehová, también deben abrigar alguna sospecha sobre el hecho de que los convierta en ladrones y asesinos. También podrían tener alguna aprensión sobre su amabilidad. Así, no deberíamos estar sorprendidos de que a lo largo de la historia judía un buen número de judíos se haya vuelto contra su padre celestial.
Sin embargo, teniendo en cuenta la concepción secular común de que los dioses son en realidad invenciones humanas, uno puede preguntarse qué conduce a la invención de un Dios tan poco ético. ¿Qué es lo que hace que los humanos sigan los mandatos de un Dios así? También sería interesante saber qué clase de Dios alternativo puedan escoger los judíos, una vez se hayan desembarazado de Jehová.
Desde la emancipación, muchos judíos se han disociado del marco tribal tradicional y del judaísmo rabínico. Muchos se han integrado en sus realidades circundantes, han abandonado sus supuestos privilegios y se han convertido en seres humanos corrientes. Muchos otros han insistido en abandonar a Dios, pero a la vez manteniendo su afiliación tribal orientada racialmente; han decidido basar su pertenencia tribal en razones étnicas, raciales, políticas, culturales e ideológicas en lugar de en los preceptos judaicos. Aunque es evidente que han abandonado a Jehová, han insistido a su vez en adoptar una visión secular que pronto se convirtió en un precepto monolítico de características religiosas.
A lo largo del siglo XX, las dos ideologías políticas de tipo cuasi religioso que más han atraído a las masas judías fueron el marxismo y el sionismo.
Es factible describir el marxismo como una ideología ética seglar universal. Sin embargo, dentro del proceso de transformación en un precepto tribal judío, el marxismo se las arregló para perder todo rasgo de humanismo o universalismo. Como sabemos, la ideología y la práctica sionistas originales estuvieron dominadas por izquierdistas judíos que se consideraban auténticos seguidores de Karl Marx. Creían, sinceramente, que la celebración de la resurgencia nacional judía a expensas de los palestinos constituía una empresa socialista legítima.
Es interesante constatar que sus oponentes, el Bund antisionista, formado por trabajadores judíos de Europa Oriental, no creían en el despojo institucionalizado de los palestinos; en cambio, creían que despojar a los europeos ricos es un precepto, un gran mitzvah universal, un paso hacia la justicia social.
He aquí algunas estrofas del himno del Bund:
Juramos perseverar en nuestro odio
Hacia los que roban y matan a los pobres
El zar, el patrón, el capitalista
Nuestra venganza será rápida y segura
Así pues, jurad: ¡juntos vivir o morir!
Sin entrar en cuestiones relativas a la ética o la afiliación política, es bastante evidente que el himno judeo-marxista está saturado de odio y venganza.
Del mismo modo que el entusiasmo de los judíos por Marx, el marxismo, el bolchevismo y la igualdad, el final de la historia es conocido: los judíos abandonaron el marxismo en masse hace ya mucho tiempo. Dejaron la revolución en manos de gentiles ilustrados como Hugo Chávez y Evo Morales, líderes que realmente han internalizado el significado auténtico de la igualdad y la ética universales.
Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, el marxismo tuvo muchos seguidores entre los judíos europeos; tras el Holocausto, el sionismo se convirtió gradualmente en la voz del judaísmo universal.
Como Fagin, los dioses e ídolos sionistas (Herzl, Ben Gurión, Nordau, Weizmann) prometieron a sus seguidores un nuevo comienzo desprovisto de ética, y el expolio de los palestinos fue su vía hacia una justicia histórica pendiente desde hacía siglos. El sionismo transformó el Viejo Testamento de un texto espiritual en un registro de la propiedad de la tierra. Pero, una vez más, como en el caso de Jehová, el sio-Dios transformó a los judíos en ladrones y les prometió la propiedad de otras personas.
Esto, en sí mismo, puede explicar el resentimiento israelí hacia el sionismo y la ideología sionista. Los israelíes prefieren verse a sí mismos como los habitantes naturales de la tierra y no como pioneros de un proyecto colonial no-ético de la diáspora judía. Los judíos israelíes alcanzan una posición política por medio de un peligroso escapismo ético. Esto puede explicar el hecho de que del mismo modo que los israelíes aman sus guerras, realmente odian luchar en ellas. No están dispuestos a morir por una gran ideología abstracta y remota, como la nación judía o el sionismo. En su gran mayoría, prefieren lanzar fósforo blanco y bombas de racimo desde lugares alejados.
Sin embargo, durante la relativamente corta historia del moderno nacionalismo judío, el Dios sionista ha hecho buenas migas con otros dioses e ídolos aceptables para la ortodoxia. Ya en 1917, Lord Balfour prometió a los judíos que construirían su hogar nacional en Palestina.
Inútil decir que, como en el caso de Jehová, Lord Balfour convirtió a los judíos en saqueadores y ladrones con su promesa directamente falta de toda ética. Prometió a los judíos la tierra de otros, con lo que dio pie a un comienzo en falso. Evidentemente, no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que los judíos se volvieran contra el Imperio Británico.
En 1947, las Naciones Unidas cometieron exactamente el mismo estúpido error: dieron acta de nacimiento a un Estado sólo para judíos, de nuevo a expensas de los palestinos. La ONU legitimó el robo de Palestina en nombre de las naciones. Como en el caso del arrinconado Jehová, no pasó mucho tiempo antes de que los judíos se volviesen contra la ONU. “No importa lo que digan los gentiles, lo que importa realmente es lo que hagan los judíos”, afirmó el primer ministro israelí David Ben Gurión. Recientemente, los israelíes se las han arreglado para rechazar incluso a sus mejores y más servidores amigos en la Casa Blanca. La víspera de las últimas elecciones presidenciales, algunos generales israelíes fueron filmados denunciando al presidente Bush por “perjudicar los intereses israelíes con su abrumador apoyo”, en palabras del general de brigada retirado Shlomo Brom. Los generales israelíes culpaban básicamente a Bush por no haber puesto freno a Israel en la destrucción de sus vecinos. La moral es bastante clara: los sionistas y los israelíes se volverán inevitablemente contra los dioses, ídolos, padres, etc. que traten de ayudarlos. Este es el significado real del síndrome de Fagin, en el contexto político israelí. Siempre se volverán contra sus padres.
En mi opinión, el más interesante de todos los sistemas de creencias judíos es la Religión del Holocausto, que el filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz definió acertadamente como la nueva religión judía. El aspecto más interesante de la Religión del Holocausto es su Dios-figura, es decir “el Judío.” El seguidor judío de este nuevo precepto dogmático cree en “el Judío”, aquél que se redimió a sí mismo. El que sobrevivió al acontecimiento genocida final. Los creyentes creen en “el Judío”, la víctima inocente atormentada que volvió a su “tierra prometida” y ahora celebra su exitosa narrativa del renacer. Hasta cierto punto, en el discurso religioso del Holocausto, el judío cree en “el Judío” que se manifiesta en sus poderes y sus cualidades eternas. Dentro de este marco religioso de nuevo cuño, la Meca es Tel Aviv y los Santos Lugares el Museo Yad Vashem del Holocausto.
La nueva religión tiene muchos lugares de culto (museos) en todo el mundo y tiene muchos sacerdotes que difunden el mensaje y castigan a los elementos que lo cuestionan. Desde una perspectiva judía, la Religión del Holocausto es una expresión totalmente transparente del amor a uno mismo. Es el lugar donde se unen pasado y futuro en un presente significativo, el momento en que la historia se traduce en praxis. Conscientemente o no, todas las personas que se identifican política e ideológicamente (más que religiosamente) como judíos sucumbe, en la práctica, a la Religión del Holocausto, y se convierte en seguidor de su figura paterna: “el Judío.” Sin embargo, podemos preguntarnos, ¿qué sucede con la Bondad? ¿hay algún tipo de gracia en esta nueva figura del padre? ¿Hay algún tipo de gracia en esta narrativa de víctimas inocentes que se celebra cada día a expensas del pueblo palestino?
Si la Historia tiene fin, la Religión del Holocausto representa el fin de la historia judía. A la luz de la Religión del Holocausto, el Padre y el Hijo se unen al fin. Al menos en el caso de Israel y el sionismo, se funden en una amalgama de ideología y realidad genocidas. A la luz de la Religión del Holocausto y su épica ética de la supervivencia, el Estado judío se considera legitimado para arrojar fósforo blanco sobre mujeres y niños que previamente ha encerrado en una prisión al aire libre de la que no pueden escapar.
Tristemente, los crímenes cometidos por el Estado judío se han cometido en nombre del pueblo judío y de su turbulenta historia de persecuciones. La Religión del Holocausto trae a la vida lo que parece ser la última forma posible de brutal encarnación insular.
Históricamente, los judíos han abandonado a muchos dioses: a Jehová, a Marx; incluso algunos nunca siguieron el sionismo. Pero a la luz de la Religión del Holocausto, con las escenas de Gaza, Jenin y Líbano en mente, el Judío puede verse obligado a continuar la tradición y abandonar al “Judío.” Tendrá que aceptar que esta nueva forma de figura paterna fue creada a su imagen y semejanza. Más preocupante aún es el hecho devastador de que el nuevo padre ha demostrado ser una llamada al crimen. Aparentemente, el nuevo padre es el definitivo Dios del mal de la lista.
Me pregunto cuántos judíos tendrán el valor de expulsar a esta esotérica figura-padre de reciente creación. ¿Tendrán el valor de unirse al resto de la Humanidad y adoptar un discurso ético universal?
Si los judíos son capaces de deshacerse del “Judío” es algo que sólo el tiempo dirá. Para aclarar dudas, diré que yo personalmente me deshice de mi “Judío” hace ya mucho tiempo y la vida me sonríe.

Fuente: War On Terror Within: The End of Jewish History
Gilad Atzmon es músico, compositor y productor de jazz, y escritor.
S. Seguí pertenece a los colectivos Tlaxcala, Rebelión y Cubadebate.
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor, y la fuente.

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