05-11-2009
Michael T. Klare
alternet.org
Traducción del inglés para Rebelión y Tlaxcala de Atenea Acevedo
Memorándum para la CIA: tal vez no estén preparados para viajar en el tiempo, pero... ¡les doy la bienvenida al año 2025! Puede que encuentren sus habitaciones un poco pequeñas, que el privilegio de exigir un alojamiento mejor se haya esfumado y que las instalaciones no sean de su gusto, pero más vale que se acostumbren. Así serán las cosas de ahora en adelante.
Bien, vayamos a la versión seria del párrafo anterior: en noviembre de 2008 el Consejo Nacional de Inteligencia (NIC), una filial de la CIA, publicó el más reciente volumen de una serie de publicaciones futuristas pensada para orientar al gobierno entrante de Obama. Con la mirada fija en su bola de cristal, el NIC predijo en un informe titulado Tendencias mundiales 2025 que el predominio usamericano en el globo desaparecería gradualmente en el transcurso de los próximos 15 años al tiempo que surgirían nuevas potencias mundiales, particularmente China y la India. El informe analiza muchas facetas del futuro entorno estratégico, pero su conclusión más extraordinaria y digna de convertirse en noticia fue la proyectada erosión del dominio usamericano en el largo plazo y el surgimiento de nuevos rivales mundiales: “Aunque es probable que Usamérica siga siendo la única superpotencia [en 2025], su fuerza relativa menguará, incluso en el ámbito militar, y su influencia se verá limitada”, afirma de manera lapidaria.
Aquellos fueron otros tiempos. Hoy, tras 11 meses de aquel “futuro”... vaya, que la situación es otra. Las predicciones futuristas tendrán que ajustarse a los vertiginosos cambios que marcan la realidad del momento. Aunque el informe se publicó después del inicio de la debacle económica mundial, los contenidos se redactaron antes de que la crisis alcanzara sus proporciones reales y, por ende, enfatiza que la caída del poder usamericano será gradual y se dará en un lapso de 15 años. Sin embargo, la crisis económica y los hechos que la han acompañado han afectado drásticamente los plazos de ese pronóstico. El viraje del poderío mundial que predice el informe se ha acelerado como consecuencia de las colosales pérdidas económicas que ha sufrido Usamérica en el último año y de la apabullante recuperación económica de China. A todos los efectos prácticos, ya estamos en el año 2025.
En realidad, muchas de las predicciones generales y de largo alcance del informe Tendencias mundiales 2025 ya son hechos consumados. Brasil, Rusia, la India y China (países conocidos en conjunto como BRIC) ya desempeñan un papel mucho más asertivo en la economía mundial, tal como el informe citado afirmó que sucedería en el transcurso de aproximadamente diez años. Al mismo tiempo, el papel dominante en la escala mundial que alguna vez monopolizó Usamérica con la ayuda de las grandes potencias industrializadas occidentales (conocidas en conjunto como el G-7) se desvaneció a un ritmo sorprendente. Los países que alguna vez buscaron la guía de Usamérica ante problemáticas internacionales de peso ahora hacen caso omiso de la asesoría de Washington y crean sus propias redes políticas autónomas. Usamérica se muestra cada vez más reacia a desplegar sus fuerzas militares en el extranjero a medida que las potencias rivales incrementan sus propias capacidades y los actores no estatales confían en medios “asimétricos” de ataque para vencer la ventaja usamericana en la contienda convencional.
Parece que nadie habla de esto en voz alta (todavía), pero digámoslo sin ambages: no ha transcurrido ni un año del período de 15 del informe Tendencias mundiales 2025 y los días del predominio de Usamérica en el mundo ya llegaron a su fin. Tal vez tengan que pasar diez o veinte (o treinta) años para que los historiadores, con su mirada retrospectiva, afirmen con seguridad “Ese fue el momento en el que Usamérica dejó de ser la potencia dominante del planeta y se vio obligada a actuar como cualquier otro actor importante en un mundo de múltiples potencias rivales”. En todo caso, hay que prestar atención a los indicadores de esta gran transición.
Seis estaciones de paso camino a la tierra de las naciones comunes y corrientes
He aquí mi lista de seis acontecimientos recientes que marcan el adelantado inicio de “2025” al día de hoy. Se trata de hechos reseñados en las noticias en las últimas semanas, aun cuando no se hayan recopilado en un solo medio. Estos y otros acontecimientos similares representan un patrón y moldean, de hecho, una nueva era en ciernes.
1. Tras la cumbre mundial económica de Pittsburgh los días 24 y 25 de septiembre, los mandatarios del G-7, las principales potencias industrializadas (G-8 si incluimos a Rusia) acordaron turnar la responsabilidad de la supervisión de la economía mundial a un grupo más amplio: el G-20, que incluye, entre otros países en desarrollo, a China, la India, Brasil, y Turquía. Si bien han surgido dudas en cuanto a la capacidad de liderazgo mundial efectivo de este numeroso grupo, la decisión ciertamente revela un viraje en la ubicación del poder económico internacional de Occidente hacia el Este y el Sur globales. Dicho viraje indica, además, el sísmico declive del predominio económico de Usamérica.
“La verdadera relevancia del G-20 no radica en haber recibido el relevo de manos del G-7/G-8, sino del G-1: Usamérica”. Así lo escribió Jeffrey Sachs, de la Columbia University, en el Financial Times. “A lo largo de los 33 años de vida del foro económico del G-7 Usamérica tuvo la sartén económica por el mango”. Sachs también destaca que el deterioro del liderazgo usamericano en los últimos decenios se vio maquillado por su temprana delantera en el campo de la informática y por el colapso de la Unión Soviética, pero ahora es evidente que el poderío económico se desplaza de Usamérica hacia China y otros dínamos económicos emergentes.
2. Según las noticias, los rivales económicos de Usamérica realizan reuniones secretas y no tan secretas en las que analizan el papel menor del dólar usamericano (y la rápida caída de su valor) en el comercio internacional. Hasta ahora, el uso del dólar como medio internacional de intercambio le ha dado una ventaja económica importante a Usamérica: le basta imprimir billetes para cumplir con sus obligaciones por todo el mundo, mientras otros países deben convertir su moneda al dólar, lo que suele implicar un coste añadido nada desdeñable. Sin embargo, ahora muchos países con grandes volúmenes de comercio (entre ellos China, Rusia, Japón, Brasil y los países petroleros del Golfo Pérsico) están considerando migrar al euro o a una “canasta” de divisas como nuevo medio de intercambio. De adoptarse un plan de este tipo se aceleraría la estrepitosa caída del valor del dólar y se erosionaría aún más la influencia usamericana en la economía mundial.
Se dice que una reunión de ese tipo tuvo lugar este verano durante una cumbre de los denominados países BRIC. Un mero concepto hace un año, cuando la idea misma del BRIC fue concebida por el economista en jefe de Goldman Sachs, el consorcio BRIC se convirtió en una realidad tangible en junio pasado con la reunión inaugural convocada por los cuatro mandatarios de estos países en Yekaterinburg, Russia.
El mero hecho de que Brasil, Rusia, la India y China decidieran conformar un grupo resultó significativo: estos países poseen, en conjunto, alrededor de 43% de la población mundial y se espera que hacia 2030 representen 33% del PIB mundial, es decir, el mismo porcentaje que Usamérica y Europa Occidental tendrán para entonces. Si bien los mandatarios del BRIC han decidido no constituir por el momento una entidad permanente como el G-7, sí han acordado la coordinación de esfuerzos para trabajar en alternativas al dólar y reformar el Fondo Monetario Internacional con miras a que los países no occidentales tengan más peso en dicho organismo.
3. En el ámbito diplomático, Washington ha sido rechazado tanto por Rusia como por China en lo que respecta a su búsqueda de apoyo a fin de incrementar la presión internacional para que Irán detenga su programa de armamento nuclear. Un mes después de que el presidente Obama cancelara los planes de instalar un escudo antimisiles en Europa del Este a guisa de aparente intento de asegurar el respaldo ruso de una postura más firme hacia Teherán, la clase política rusa ha dejado claro que no pretende refrendar nuevas y rígidas sanciones en contra de Irán. “No tenemos la menor duda de que, en la situación actual, las amenazas, las sanciones y las advertencias de presión serían contraproducentes”, declaró Sergei V. Lavrov, ministro de Exteriores de Rusia, después de reunirse el 13 de octubre en Moscú con Hillary Clinton, secretaria de Estado usamericana. Al día siguiente, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, comentó que amenazar con sanciones era “prematuro”. Dados los riesgos políticos en los que incurrió Obama al cancelar el escudo antimisiles (medida ampliamente reprobada por el ala republicana en Washington), el rápido rechazo de Moscú a las peticiones usamericanas de cooperación en el tema del armamento iraní solo puede interpretarse como una señal más del debilitamiento de la influencia usamericana.
4. Lo mismo puede inferirse de la reunión de alto nivel celebrada en Pekín el pasado 15 de octubre entre Wen Jiabao, Primer Ministro chino, y Mohammed Reza Rahimi, primer vicepresidente iraní. “La relación entre China e Irán acusa una rápida evolución en la que los dirigentes de ambos países mantienen intercambios frecuentes y amplían y profundizan sus lazos de cooperación comercial y energética”, afirmó Wen Jiabao en el Gran Palacio del Pueblo. En un momento en el que Usamérica está enfrascada en decididas maniobras diplomáticas a fin de persuadir a China y a Rusia, entre otros países, de suavizar sus vínculos comerciales con Irán a modo de preludio de sanciones más rígidas, las declaraciones del gobierno chino no pueden sino considerarse como un claro revés para Washington.
5. Desde el punto de vista de Washington, los esfuerzos por afianzar el apoyo internacional en favor de una guerra de aliados en Afganistán también han topado con una respuesta por demás decepcionante. En un gesto que no puede considerarse más que un trivial voto a regañadientes para apoyar la guerra liderada por Usamérica, Gordon Brown, primer ministro británico anunció el 14 de octubre que su país añadiría más tropas al contingente británico en Afganistán... pero únicamente 500 soldados siempre y cuando otros gobiernos europeos incrementaran su participación militar, condición que, sabía, difícilmente se cumplirá. Hasta ahora, este pequeño contingente provisional representa el total de tropas adicionales que el gobierno de Obama ha conseguido exprimir de sus aliados europeos a pesar de su ímpetu diplomático para reforzar las fuerzas multinacionales de la OTAN en Afganistán. En otras palabras, hasta el aliado más leal y obsecuente de Usamérica en Europa ha dejado de parecer dispuesto a sobrellevar la carga de lo que tiende a verse como otra costosa y extenuante aventura más de Usamérica en la región de Oriente Medio.
6. Por último, con una decisión de destacada relevancia simbólica, el Comité Olímpico Internacional (COI) pasó por alto a Chicago (y a Madrid y a Tokio) y eligió a Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016. Se trata de la primera ocasión en que un país sudamericano es objeto de tal honor. Hasta el momento de la votación se pensaba en Chicago como aspirante con grandes posibilidades, sobre todo tras la presencia de Barack Obama, ex residente de esa ciudad, en Copenhague para cabildear al COI. No obstante, los acontecimientos se sucedieron de una manera que desconcertó al mundo, pues Chicago no solamente perdió, sino que fue eliminada en la primera ronda de votaciones.
“Brasil pasó de ser un país de segunda a un país de primera, y hoy empezamos a recibir el respeto que merecemos”, afirmó el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva al celebrar la victoria tras la votación en Copenhague. Y añadió: “Podría morir ahora mismo y saber que ha valido la pena”. Pocos lo dijeron, pero en el transcurso de las deliberaciones para definir la sede olímpica Usamérica fue sumaria y significativamente degradada de única superpotencia a contendiente instantánea del montón. Todo un símbolo en un planeta que se adentra en una nueva era.
Ser un país común y corriente
He enumerado unos cuantos ejemplos de hechos recientes que, me parece, apuntan al final consumado del predominio mundial de Usamérica años antes de lo esperado por los miembros de la inteligencia. Cada vez se hace más evidente que otras potencias (incluso nuestros aliados más cercanos) prefieren adoptar una política exterior independiente, sin importar cuánta presión intente ejercer Washington sobre ellas.
Por supuesto, nada de esto significa que, durante cierto tiempo, Usamérica no siga teniendo la economía más grande y la fuerza militar más potente del mundo en términos de capacidad de destrucción pura. Sin embargo, no cabe duda que el entorno estratégico en el que los líderes usamericanos han de tomar decisiones de importancia crítica para los intereses nacionales vitales ha cambiado drásticamente desde que se desató la crisis económica internacional.
Resulta aún más importante señalar que el presidente Obama y sus asesores de alto nivel empiezan, no sin renuencia, a modificar la política exterior usamericana a partir de la nueva realidad mundial. Lo anterior se evidencia, por ejemplo, en la decisión del gobierno de reconsiderar su estrategia en Afganistán.
Apenas en marzo el presidente adoptó una nueva estrategia para la contrainsurgencia en Afganistán que implica reforzar la presencia militar usamericana en el terreno y comprometerse a prolongar los esfuerzos para ganarse el corazón y la mente de las poblaciones afganas en las que hay un resurgimiento talibán. Fue por eso que Obama despidió al máximo comandante de las tropas en Afganistán, el General David D. McKiernan y colocó en su lugar al General Stanley A. McChrystal, considerado un defensor más rotundo de la contrainsurgencia. No obstante, cuando McChrystal le mostró a Obama el presupuesto para la ejecución de esta estrategia (de 40.000 a 80.000 soldados adicionales, es decir, mucho más que los 20.000 y tantos soldados extra recientemente destinados al combate) más de uno de sus colaboradores inmediatos palideció sin disimulo.
Un despliegue de tal envergadura no solo costará al Tesoro usamericano cientos de miles de millones de dólares que a duras penas tiene; además, las presiones que representará para el Ejército y la Infantería de Marina serán casi insoportables tras años de servicio y tensiones en Iraq. El precio sería más tolerable, por supuesto, si los aliados de Usamérica asumieran una mayor parte de la carga, pero están menos dispuestos que nunca a hacerlo.
Desde luego, los mandatarios de Rusia y China no lamentan en absoluto que Usamérica haya agotado sus recursos financieros y militares en Afganistán. En semejantes circunstancias apenas sorprende que el vicepresidente Joe Biden, entre otros, haga un llamado a un nuevo giro en la política usamericana a fin de dejar atrás el enfoque de la contrainsurgencia y de optar por una estrategia de “contraterrorismo” menos costosa y dirigida, en parte, a aplastar a Al Qaeda en Pakistán (con aviones teledirigidos y Fuerzas Especiales, no con grandes números de tropas usamericanas... al tiempo que se mantiene la cifra de soldados en Afganistán prácticamente igual).
Es prematuro predecir los resultados de las modificaciones presidenciales a la estrategia usamericana en Afganistán, pero el hecho de que no aceptó de inmediato el Plan McChrystal y ha dado manga ancha a Biden para argumentar su postura indica que podría empezar a reconocer lo absurdo de ampliar los compromisos militares del país en el extranjero en un momento en que su predominio mundial va a la baja.
Se percibe la precaución de Obama en otras decisiones recientes. Si bien no ha dejado de insistir en que es inadmisible que Irán adquiera armas nucleares y que el uso de la fuerza para evitarlo sigue siendo una opción, claramente ha actuado a fin de minimizar las probabilidades de que dicha opción (que también atribularía a “aliados” recalcitrantes) se lleve a la práctica.
Por otro lado, ha inyectado sangre nueva a la diplomacia usamericana al esforzarse por mejorar los vínculos con Moscú y aprobar un renovado contacto diplomático con Estados otrora parias, como Birmania, Sudán y Siria. Estas medidas también reflejan una realidad de nuestro cambiante mundo: la acosadora e hipócrita actitud del gobierno de Bush hacia estos y otros países durante casi ocho años no consiguió prácticamente nada. Veámoslo como un reconocimiento implícito de que Usamérica está cayendo de su estatus como “única superpotencia mundial” al de “país común y corriente”. Después de todo, es lo que pasa con los países: establecen un diálogo diplomático con otros aun cuando los gobiernos de turno no sean de su gusto.
Vaya entonces una cálida bienvenida al mundo de 2025. No se parece al mundo del pasado reciente, aquella época en que la estatura de Usamérica superaba a otros países; tampoco encaja con las fantasías de potencia hegemónica que albergaba Washington desde la caída de la Unión Soviética en 1991... pero esa es la realidad.
Para gran parte de la población usamericana esa pérdida de predominio puede causar molestia o incluso desesperación. Por otra parte, no hay que olvidar las ventajas de ser un país común y corriente como cualquier otro: nadie espera que Canadá, Francia o Italia envíen otros 40.000 soldados a Afganistán además de los 68.000 que ya se encuentran allá y los 120.000 que siguen en Iraq. Nadie espera que esos países destinen 925.000 millones de dólares de las aportaciones de los contribuyentes a cumplir esa tarea (a esa cifra asciende el costo de ambas guerras, según el National Priorities Project).
La pregunta sigue en el aire: ¿Durante cuánto tiempo seguirá pensando Washington que la población usamericana puede darse el lujo de subsidiar un papel mundial que incluye suministrar armas a gran parte del planeta y hacer la guerra en lugares remotos en nombre de la seguridad internacional mientras la economía usamericana cede más y más terreno a sus rivales? Ese es el dilema que el presidente Obama y sus asesores habrán de confrontar en el alterado mundo de 2025.
Michael T. Klare es profesor de estudios de paz y seguridad mundial en el Hampshire College y es autor de Planeta sediento, recursos menguantes: la nueva geopolítica de la energía (Tendencias). Se hizo un documental a partir de su libro anterior, Sangre y petróleo: Bloodandoilmovie.com.
Fuente: http://www.alternet.org/story/143514/
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jueves, 5 de noviembre de 2009
Seis indicios de que se aproxima el prematuro fin del imperio usamericano
martes, 29 de septiembre de 2009
La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo
Michael T. Klare
Sin Permiso
El debate actual gira en torno a una cuestión básica: si ya hemos alcanzado el pico de la producción de petróleo o si ello no ocurrirá, como mínimo, hasta la próxima década. De una cosa no hay dudas: estamos pasando de una era basada en petróleo como principal fuente de energía a otra en la que una proporción cada vez mayor de los insumos energéticos provendrán de energías alternativas, sobre todo, de energías renovables derivadas del sol, el viento o las olas. Ahora bien: ajústense los cinturones, porque será un viaje turbulento y bajo condiciones extremas.
Sería ideal, naturalmente, si el paso del petróleo a sus sucesores más amigables en términos ecológicos se produjera suavemente, a través de un macro-sistema, bien coordinado e interconectado, de instalaciones de energía eólica, solar, mareomotriz, geotérmica y otras renovables. Desafortunadamente, es poco probable que esto ocurra. Lo más seguro es que antes atravesemos una era caracterizada por un excesivo recurso a las últimas y menos atractivas reservas de petróleo y carbón, así como a hidrocarburos “poco convencionales” pero altamente contaminantes, como las arenas bituminosas de Canadá y otras alternativas fósiles muy poco atractivas.
No hay dudas de que a Barack Obama y a varios miembros del Congreso les gustaría acelerar el salto de la dependencia del petróleo a otras alternativas no contaminantes. Como el propio presidente dijo en enero, “nos comprometemos con la búsqueda firme, centrada y pragmática de unos Estados Unidos libres de la dependencia [del petróleo] y dotados de un nuevo modelo energético y económico que ponga a trabajar a millones de nuestros conciudadanos”. Ciertamente, de los 787.000 millones de dólares del paquete de estímulos que firmó en el mes de febrero, 11.000 millones se destinaron a la modernización de la red eléctrica nacional, 14.000 millones a incentivos fiscales a las empresas que inviertan en energías renovables, 6.000 millones a programas estatales de mejora energética, y miles de millones más a investigación en materia de energías renovables. A estas medidas podrían sumársele otras similares en caso de que el Congreso apruebe el proyecto de ley sobre cambio climático. La versión del mismo que acaba de votar la Cámara de Representantes, por ejemplo, obliga a que en 2020 el 20% de la producción eléctrica de los Estados Unidos provenga de energías renovables.
Pero también hay malas noticias. Incluso si estas iniciativas prosperan, e inmediatamente se aprueban otras parecidas, todavía llevaría décadas reducir sustancialmente la dependencia estadounidense del petróleo y de otras energías contaminantes no renovables. Tal es nuestra demanda de energía y tan arraigados están los actuales sistemas de distribución de combustibles que consumimos que, salvo una sorpresa inesperada, lo que tenemos por delante son años en una tierra de nadie entre la era del petróleo y un eventual florecimiento de las energías renovables. A este ínterin podríamos llamarlo, por ponerle un nombre, era del exceso energético. Y lo más seguro es que, en todos los aspectos imaginables, desde los que tienen que ver con los precios hasta los vinculados al cambio climático, sean tiempos difíciles.
Es inútil engañarse pensando en que esta nueva y sombría era traerá consigo muchas más turbinas eólicas, placas solares y vehículos híbridos. Es posible que la mayoría de nuevos edificios vengan equipados con paneles solares y que se construyan más trenes ligeros. Pero lo más probable es que, en materia de transportes, nuestra civilización siga dependiendo en lo fundamental de aviones, barcos, camiones y coches movidos por petróleo. Y lo mismo puede aplicarse al carbón en relación con la energía eléctrica. Buena parte de las infraestructuras para la producción y distribución de energía permanecerán intactas, incluso aunque las actuales fuentes de petróleo, carbón y gas natural comiencen a agotarse. Todo ello tendrá una consecuencia: nos forzará a confiar en fuentes fósiles hasta ahora no exploradas, mucho menos deseables y con frecuencia bastante menos accesibles.
En las recientes proyecciones del Departamento de Energía sobre los niveles futuros de consumo energético en los Estados Unidos pueden verse algunos indicadores que anticipan esta combinación de combustibles en la nueva era. Según el Panorama Anual de la Energía para 2009 elaborado por el Departamento, se calcula que los Estados Unidos consumirán unos 114 cuatrillones de unidades termales británicas (UTB) de energía en 2030. De este total, un 37% provendrá del petróleo y otros líquidos disueltos en el petróleo; un 23% del carbón; un 22% del gas natural; un 8% de la energía nuclear; un 3% de la energía hidráulica y sólo un 7% de la energía eólica y solar, de la biomasa y de otras fuentes renovables.
Está claro que ninguno de estos datos permite prever un dramático abandono del petróleo y otros combustibles fósiles. Teniendo en cuenta la tendencia actual, el Departamento de Energía también prevé que incluso dentro de dos décadas, en 2030, el petróleo, el gas natural y el carbón aún representarán el 82% del consumo primario de energía en los Estados Unidos, sólo dos puntos menos que en 2009 (No es descartable, desde luego, que un cambio dramático en las prioridades nacionales e internacionales pueda conducir a un mayor crecimiento de las energías renovables en las próximas décadas. Pero a estas alturas, un escenario así es más una esperanza remota que un dato fiable).
Aunque los combustibles de origen fósil seguirán siendo dominantes en 2030, la naturaleza de algunos de ellos, y la manera de adquirirlos, experimentarán cambios profundos. Actualmente, la mayor parte de nuestro petróleo y de nuestro gas natural proviene de fuentes “convencionales”: vastas reservas subterráneas halladas en tierras o costas poco profundas y relativamente accesibles. Estas reservas se pueden explotar de manera sencilla con tecnología conocida, sobre todo a través de versiones más o menos modernas de los enormes pozos petroleros que se hicieron famosos con la película There Will be Blood (Pozos de ambición, en castellano), estrenada de 2007.
Como fuente de consumo global, sin embargo, la mayor parte de estos pozos están a punto de agotarse. Ello forzará a la industria energética a recurrir cada vez más a plataformas marinas que permitan buscar petróleo y gas a mayor profundidad, a arenas bituminosas, a petróleo y gas proveniente del Ártico y a gas extraído de rocas esquistosas a partir de técnicas altamente costosas y ambientalmente riesgosas.
Según el Departamento de Energía, en el año 2030 estas fuentes no convencionales proporcionarán el 13% de la oferta mundial de petróleo (en comparación con apenas un 4% en 2007). Una tendencia similar se señala en materia de gas natural, sobre todo en los Estados Unidos, donde se calcula que el porcentaje de energía proveniente de fuentes no convencionales pero no renovables crecerá de un 47% a un 56% en el mismo período.
La importancia de estas fuentes de aprovisionamiento es evidente para cualquiera que siga los periódicos especializados en el mercado de la industria petrolera o que simplemente lea de manera regular las páginas de negocios del Wall Street Journal. Al margen de ello, no se han dejado de anunciar grandes descubrimientos de nuevas reservas de gas y petróleo en sitios accesibles a las técnicas clásicas de perforación y conectados a mercados clave a través de tuberías o de rutas de comercialización ya existentes (o fuera de zonas de guerra activas, como Iraq, la región del Delta del Níger o Nigeria). Sin embargo, aunque los anuncios están ahí, prácticamente todos tienen que ver con reservas que se encuentran en el Ártico, en Siberia o en aguas muy profundas del Atlántico o del Golfo de México.
Hace poco, por ejemplo, la prensa anunció a bombo y platillo grandes descubrimientos en el Golfo de México y en las costas de Brasil que en principio permitirían dar algo de oxigeno suplementario a la era del petróleo. El 2 de septiembre, la petrolera BP (la ex British Petroleum) anunció que había encontrado un yacimiento gigantesco en el Golfo de México, a unos 400 kilómetros al sudeste de Houston. Se calcula que cuando de aquí a unos años comience la explotación, la prospección Tiber puede llegar a producir cientos de miles de barriles de crudo por día, lo que reforzaría el status de BP como gran productor en zonas marinas. “Esto es grandioso”, comentó Chris Ruppel, un alto analista en materia de energía del Execution LLC, un banco de inversiones de Londres. “Las mejoras tecnológicas nos están permitiendo liberar recursos que nadie había descubierto o que resultaban demasiado costosos de explotar desde un punto de vista económico”.
Con todo, si alguien concluyera que este yacimiento podría engrosar rápida o fácilmente los insumos de petróleo del país, se equivocaría por completo. Para comenzar, está situado a unos 10.600 metros de profundidad –más que la altura del Monte Everest, como apuntó un periodista del New York Times- y bastante por debajo del suelo del Golfo. Para llegar hasta el petróleo, los ingenieros de BP deberán perforar kilómetros de roca, sal y arena comprimida, y deberán recurrir para ello a un equipo muy costoso y sofisticado. Para poner las cosas aún más difíciles, Tiber se encuentra justo en medio de una zona del Golfo regularmente azotada por tormentas masivas y temporadas de huracanes. Cualquier perforadora, pues, que pretenda operar en la zona, deberá estar diseñada para resistir vientos y olas huracanados y para permanecer inactiva durante semanas cada vez que los operadores se vean forzados a evacuar la zona.
En el caso del yacimiento de Tupi, el otro gran descubrimiento de los últimos años, la situación es similar. Situado a unos 320 kilómetros al este de Río de Janeiro en las profundidades del Océano Atlántico, Tupi ha sido a menudo descrito como el más grande yacimiento de petróleo descubierto en 40 años. Se calcula que podría albergar entre 5.000 y 8.000 millones de barriles de petróleo recuperable, una cantidad que catapultaría a Brasil a la primera línea de productores de petróleo. Siempre, claro, que los brasileños pudieran superar su propia desalentadora lista de obstáculos: el yacimiento de Tipi tiene encima unos 2500 metros de agua de mar y unos 4.000 metros de roca, arena y sal. Para acceder a él hacen falta tecnologías de perforación novísimas y super-sofisticadas. El coste estimado de toda la operación rondaría entre los 70.000 y los 120.000 millones de dólares y exigiría años de dedicado esfuerzo.
Si se consideran los elevados costes potenciales que comporta la recuperación de ésta últimas reservas de petróleo, no sorprende que las arenas bituminosas de Canadá sean la otra gran baza que el negocio del petróleo está dispuesto a jugar. No se trata de petróleo en sentido convencional, sino de una mezcla de arcilla, arena, agua y bitume (una forma muy pesada y densa de petróleo) cuya extracción exige la utilización de técnicas de perforación propias de la minería y cuya utilización como combustible líquido utilizable requiere un intenso tratamiento previo. En realidad, el que las grandes empresas energéticas se hayan disputado a codazos la compra de licencias para minar bitumen en la región de Athabasca o en el norte de Alberta sólo se explica por su convencimiento de que el petróleo convencional y fácilmente accesible se está agotando.
El minado de arenas bituminosas y su conversión en combustibles líquidos utilizables es un proceso costoso y pleno de dificultades. La urgencia por recurrir a él, en realidad, dice bastante sobre el peculiar estado de dependencia energética en que nos encontramos. Los depósitos situados en la superficie pueden extraerse mediante minería a cielo abierto, pero los que se encuentran en zonas muy profundas del subsuelo exigen la utilización de vapor, primero, para separar el bitumen de la arena, y luego para extraer el bitumen. El proceso global consume enormes cantidades de agua y de gas natural (necesarios, precisamente, para convertir el agua en vapor). Una parte del agua utilizada proviene del propio yacimiento y se reaprovecha, pero una cantidad importante suele ir a dar a la red de abastecimiento de agua de Alberta del Norte, lo que ha generado el temor entre grupos ambientalistas acerca de una posible contaminación a gran escala.
A estos inconvenientes pueden sumárseles otros, como el intenso proceso de deforestación que la minería a cielo abierto implica o el alto consumo de un bien preciado como el gas natural requerido para extraer el bitumen. Sin embargo, la demanda de productos derivados del petróleo que nuestra civilización ha desarrollado es tal que el objetivo es que las arenas bituminosas generen unos 4,2 millones de barriles de combustible por día –tres veces la cantidad que producen hoy- en 2030, incluso si ello supone devastar zonas enteras de Alberta, consumir cantidades ingentes de gas natural, potenciar la contaminación extensiva y sabotear los esfuerzos de Canadá para disminuir sus emisiones de gases de efecto invernadero.
Al norte de Alberta es posible hallar otra fuente adicional de energía excesiva: gas y petróleo del Ártico. Si hace tiempo ya era difícil sobrevivir en la región, mucho menos se esperaba que produjera energía. Sin embargo, en la medida en que el calentamiento global ha facilitado a las empresas el acceso a las latitudes del Norte, el Ártico se ha convertido en objeto de una nueva fiebre petrolera. La compañía estatal noruega StatoilHydro gestiona actualmente el más importante yacimiento de gas natural del círculo ártico. Un sinnúmero de empresas de diferentes lugares del mundo, a su vez, tienen en mente realizar exploraciones en territorios árticos de Canadá, Groenlandia (administrados por Dinamarca), Rusia y los Estados Unidos. Hasta las perforaciones en las costas de Alaska podrían estar pronto a la orden del día.
No será sencillo, empero, obtener petróleo y gas natural del Ártico. Incluso si el calentamiento global eleva las temperaturas y reduce el espesor de la capa de hielo polar, las condiciones para la actividad petrolífera en invierno continuarán siendo en extremo complicadas y riesgosas. Las tormentas feroces y los cambios bruscos de temperaturas continuarán siendo moneda corriente. Todo ello supondrá un alto riesgo para cualquier grupo humano desprovisto de los correspondientes equipos de seguridad y un evidente obstáculo para el transporte de energía.
Nada de esto, en cualquier caso, ha conseguido disuadir a unas empresas que, ante el panorama de la inminente caída de los insumos petroleros, están totalmente dispuestas a zambullirse en aguas heladas. “Sin perjuicio de las condiciones adversas, el interés en las reservas de gas y de petróleo en el extremo norte no ha hecho sino aumentar”, constata Brian Baskin en el Wall Street Journal. “Prácticamente todos los productores ven el subsuelo del Ártico como la próxima gran fuente de recursos”. Lo que resulta cierto para el petróleo, lo es también para el gas natural y el carbón: la mayoría de los depósitos convencionales accesibles se están agotando rápidamente. Lo que queda son, básicamente, fuentes “no convencionales”.
Los productores estadounidenses de gas natural, por ejemplo, han registrado un significativo aumento de la producción local, lo que ha provocado una disminución de precios considerable. Según el Departamento de Energía, se calcula que la producción de gas de los Estados Unidos pasará de los 20 billones de pies cúbicos en 2009 a los 24 billones en 2030. Una auténtica bendición para los consumidores norteamericanos, cuya calefacción doméstica y cuya electricidad dependen en buena medida del gas natural. En todo caso, el propio Departamento de Estado ha señalado también que “la mayor contribución al crecimiento de la producción de gas natural en los Estados Unidos ha provenido del gas natural no convencional, ya que la subida de precios y las mejoras en las tecnologías de perforación han proporcionado los incentivos económicos necesarios para la explotación de recursos más costosos”.
La mayor parte del gas no convencional en los Estados Unidos se obtiene de arenas compactas, pero hay un porcentaje cada vez mayor que se extrae de rocas esquistosas a través de un proceso conocido como de fractura hidráulica. En virtud del mismo, se fuerza la entrada de agua en formaciones subterráneas de esquisto con el propósito de partir la roca y liberar el gas. Las cantidades de agua empleadas en este proceso son cuantiosas, y los ambientalistas temen que parte de la misma, lastrada de contaminantes, pueda acabar en las redes de suministro de agua potable. Por otro lado, hay muchas zonas en las que el agua como tal es un recurso escaso, de manera que la desviación de cantidades considerables para la extracción de gas bien puede disminuir las cantidades disponibles para agricultura, preservación del hábitat y consumo humano. Con todo, se calcula que la producción de gas proveniente de esquisto saltará de los dos billones de pies cúbicos anuales en 2009 a los cuatro billones en 2030.
El panorama en materia de carbón es más o menos similar. Muchos ambientalistas han denunciado la quema de carbón, ya que genera más gases de efecto invernadero por BTU producida que cualquier otro combustible fósil. No obstante, la industria nacional de la electricidad continúa recurriendo al carbón porque sigue siendo relativamente barato y disponible. Lo cierto, en todo caso, es que las fuentes más productivas de antracita y carbón bituminoso –las que contienen el mayor potencial de energía- están exhaustas. Por tanto, y al igual que ocurre con el petróleo, lo que queda son sólo las fuentes menos productivas y vastos depósitos de un carbón con bajo contenido bituminoso, muy poco atractivo y altamente contaminante, en la zona de Wyoming.
Para acceder a lo que resta del más valioso carbón bituminoso de los Apalaches, las compañías mineras recurren cada vez más a una técnica conocida como de remoción de la superficie de la montaña. John M. Broder, del New York Times, ha descrito este proceso como una “voladura de la superficie de las montañas en la que los restos de roca son arrojados a los valles y corrientes de agua”. No por casualidad, esta técnica ha sido fuertemente objetada por los ambientalistas y residentes de la zona rural de Kentucky del oeste de Virgina, cuyas fuentes de agua resultan amenazadas por el vertido de restos de roca, polvo y una variedad de contaminantes. En cambio, recibió el decidido apoyo de la Administración Bush, que en diciembre de 2008 aprobó una normativa que permitía ampliar extensivamente su uso. El Presidente Obama se ha comprometido a derogar esta normativa, pero para favorecer la utilización de “carbón limpio” como parte de una estrategia energética de transición. Queda por ver hasta donde podrá ceñir las bridas a la industria del carbón.
En definitiva: no nos engañemos. Estamos lejos de entrar (al menos todavía) a la tan proclamada era de las energías renovables. Ese día glorioso llegará, eventualmente. Pero no hasta avanzado el siglo y no sin que la búsqueda febril de viejas formas de energía haya causado una considerable cantidad de daño al planeta.
Mientras tanto, la era del exceso energético se caracterizará por una dependencia cada vez mayor de las fuentes menos accesibles y deseables de petróleo, carbón y gas natural. A lo largo de este período seguramente asistiremos a una intensa lucha en torno a las consecuencias ambientales del recurso a fuentes tan poco atractivas de energía. Las grandes empresas del petróleo y del carbón crecerán aún más, al tiempo que los relativamente moderados precios actuales del combustible y de la energía crecerán, principalmente como consecuencia de los elevados costes del proceso de extracción de petróleo, gas y carbón en áreas de difícil acceso.
Sólo hay una cosa, desafortunadamente, segura: la era del exceso energético acarreará intensas batallas geopolíticas por el control de las fuentes remanentes entre los mayores productores y consumidores de energía, como los Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India y Japón. Rusia y Noruega, por ejemplo, ya tienen abierto un contencioso fronterizo en el mar de Barents, una promisoria fuente de gas natural en el extremo norte. China y Japón, por su parte, han tenido desencuentros similares en torno al Mar de China Oriental, un área que alberga otro gran yacimiento gasífero. Todos los países del Ártico –Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y los Estados Unidos- han reclamado sus derechos sobre porciones muchas veces coincidentes del Océano Ártico, lo que ha generado inéditas disputas fronterizas en estas zonas ricas en energía.
Ninguna de estas disputas ha derivado aún en un conflicto violento, pero ya han tenido lugar algunos despliegues de buques y aviones de guerra y es posible que los ánimos se caldeen a medida que aumente la consciencia del valor de los recursos en juego. No hay que olvidar, al mismo tiempo, que de hecho ya existen algunos puntos calientes ligados a la lucha por la energía en Nigeria, Oriente Medio y la Cuenca del Caspio. En la era de los límites energéticos que se avecina, por fin, tampoco pueden descartarse conflictos en torno a las cada vez más apetecibles zonas en las que la energía es simplemente accesible.
Para muchos de nosotros, la vida en la era del exceso energético no será fácil. Los precios de la energía aumentarán, los peligros ambientales se multiplicarán, cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono irán a parar a la atmósfera y el riesgo de conflictos crecerá. Sólo tenemos dos opciones para acortar esta complicada era y mitigar su impacto. Las dos son absolutamente obvias, lo cual, desafortunadamente, no hace más fácil su puesta en práctica: acelerar de manera drástica el desarrollo de fuentes de energía renovable y disminuir sensiblemente nuestra dependencia de los combustibles fósiles, reorganizando nuestras vidas y nuestra civilización de manera que tengamos que recurrir menos a ellos en todo lo que hagamos.
Puede que esto suene demasiado sencillo, pero intenten decírselo a los que gobiernan el mundo. A las grandes empresas de la energía. Lo último que hay que perder es la esperanza, y hay que trabajar por ello. Pero mientras tanto, mantengan ajustados los cinturones de seguridad. El viaje en montaña rusa está a punto de comenzar.
Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).
Traducción para http://www.sinpermiso.info/: Xavier Layret
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2788
Etiquetas:
energías alternativas,
Michael T. Klare
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