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sábado, 12 de junio de 2010

¿Por qué la recuperación en España y el la Unión Europea es mucho más lenta que en EEUU?


Vicenç Navarro
revista digital SISTEMA
11 de junio de 2010

Este artículo muestra datos que explican que la causa de que la recuperación económica sea mayor y el desempleo sea menor en EEUU que en la Unión Europea, no se debe a la mayor desregulación de los mercados de trabajo de EEUU, sino al mayor estímulo económico realizado por el gobierno federal, basado en una elevada expansión del gasto publico en actividades y sectores que generan mucho empleo. Las políticas de austeridad de gasto público en la UE son las responsables de la escasa recuperación económica y elevado desempleo.

Existe un consenso casi total entre los estudiosos de la Gran Recesión que está afectando al mundo de que EEUU está saliendo de ella más rápidamente que la Unión Europea y que es más que probable que ello continúe en los próximos años.

Los economistas neoliberales (que gozan de grandes cajas de resonancia en los mayores medios de información y persuasión en España) atribuyen este hecho a la mayor desregulación de los mercados de trabajo estadounidenses, lo cual explica el gran énfasis que hacen en la necesidad de desregular los mercados de trabajo en la Unión Europea.

Esta propuesta de salida de la crisis ha alcanzado la categoría de dogma en nuestro país, donde se considera indispensable que se desregulen más los mercados de trabajo a fin de disminuir el elevado desempleo y, con ello, salir de la crisis (un ejemplo de esta ortodoxia neoliberal es el artículo “Demanda, Competitividad y Ajuste Fiscal”, publicado en La Vanguardia 06.06.10, y escrito por David Taguas, que fue Subdirector del Servicio de Estudios del BBVA y director de la oficina Económica del Presidente Zapatero).

Este dogma se reproduce a pesar de la abundante evidencia que la cuestiona. En realidad, el desempleo históricamente ha sido más bajo en la mayoría de países de Europa que en EEUU.
Durante el periodo 1950-1980, el desempleo de la mayoría de países de lo que más tarde pasaría a ser la Unión Europea de los Quince (UE-15) fue menor que el existente en EEUU. Es sólo desde el establecimiento de la UE (con un Pacto de Estabilidad que limita los déficits del estado a un porcentaje del PIB menor del 3% y con unos intereses bancarios dictados por el Banco Central Europeo, más elevados que en EEUU), que el desempleo es mayor en la UE que en EEUU. No es el grado de regulación de los mercados de trabajo el que determina el nivel de desempleo de un país, sino su tasa de crecimiento económico, la cual se ha visto dificultada en la UE por la arquitectura institucional de la UE, que ha dado prioridad a políticas monetarias sobre políticas keynesianas de estímulo económico. Y ello es consecuencia del enorme poder que el capital financiero tiene sobre el diseño de tal arquitectura neoliberal de la UE y, muy en especial, el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (ver mi artículo “No son los mercados sino los bancos los que dominan la UE”, Sistema digital. 04.06.10)
La respuesta a la profunda crisis que estamos sufriendo muestra la certeza de este diagnóstico. En un artículo reciente “How Stimulative Has Fiscal Policy Been Around the World” (Challenge. May/June 2010), dos académicos, uno de Chile y otro de EEUU, Esteban Pérez Caldentey y Matías Vernengo, muestran como la mayoría de países de la UE-15 han dedicado muchos más fondos a “salvar” a la banca que a estimular la economía (al revés que en EEUU, donde los fondos públicos para estimular la economía han sido mayores que los dedicados a salvar a los bancos). Así, Gran Bretaña se ha gastado el equivalente al 29% de su PIB, Alemania el 20%, Francia el 18%, España el 14% y Portugal el 6% de su PIB en “salvar” a los bancos, todos ellos porcentajes mayores que EEUU (un 5%).
Por el contrario, Gran Bretaña se ha gastado sólo un 1,8% del PIB en estimular la economía, Alemania un 3%, Francia un 2%, España un 1,2% y Portugal un 1,8%. EEUU, sin embargo, se gastó un 6% de su PIB en estimular la economía. Pero no sólo en la cantidad, sino en el tipo de estímulo, es donde también existen diferencias sustanciales. Mientras que el estímulo económico en EEUU se acentuó mucho en la inversión creadora de empleo (en nuevas energías e infraestructuras y en servicios públicos), en los países de la UE se intentó conseguir el estímulo económico a base de reducir los impuestos (cuyo impacto en creación de empleo es mucho menor). Es esta la razón de que EUUU se recupere más rápidamente que la UE y no la situación de sus mercados laborales.
A nivel mundial, la mayor recuperación de su economía está ocurriendo en China, donde el estímulo económico alcanza el equivalente al 8% de su PIB con el añadido de que el 80% de tal gasto es en infraestructuras físicas y sociales (incluyendo el establecimiento de un nuevo servicio sanitario nacional). El impacto multiplicador de esta inversión en la creación de empleo es muy elevado, como lo es el estímulo estadounidense, mientras que es muy bajo en el caso de los países europeos citados anteriormente.
La evidencia, pues, es bastante clara y convincente de que para salir de la crisis la Unión Europea debiera seguir políticas expansionistas, con considerable aumento del gasto público, con el objetivo de crear empleo y establecer las bases de un nuevo tipo de crecimiento económico. Este crecimiento debe ir más orientado a servir las necesidades de la infraestructura social y económica del país, estimulando el desarrollo del estado del bienestar y de la economía productiva a costa de disminuir el espacio y, sobre todo, la influencia del capital financiero, cuyo poder sobre las instituciones europeas es la raíz del problema en el que la UE se encuentra. Tal influencia explica que hoy se esté dando gran importancia a la reducción del déficit y de la deuda pública en lugar de priorizar la reducción del desempleo, a base de estimular el crecimiento económico.
Todos los datos presentados en este artículo proceden de la Organización Internacional del Trabajo, que han enfatizado el estudio del impacto en la creación de empleo de las políticas de estímulo económico en su informe “The Financial and Economic Crisis: A recent work response”, publicado en marzo de 2009. Existen otros informes, como el producido por la organización internacional de sensibilidad neoliberal, la OECD, que utilizan otros criterios y presentan otras cifras en su informe “Fiscal Package Accross OECD countries: Overview and Country Details”, también publicado en marzo de 2009. Todos estos informes, procedentes de sensibilidades distintas, llegan, sin embargo, a la misma conclusión: el estímulo económico ha sido mayor en EEUU que en la Unión Europea. Y por estímulo económico se entiende la nueva inversión pública gastada en estimular la economía. Me veo en la necesidad de aclarar este punto, pues muchos autores, al ver que el gasto público es, en general, mayor en los países de la Unión Europea que en EEUU, concluyen erróneamente que Europa provee mayor estímulo económico. Estamos hablando de nuevos gastos e inversiones públicas. En un momento en que el sector privado está estancado, sin producir empleo (en realidad se está destruyendo), es urgente e importante que sea el sector público el que cree empleo a base de incrementar su gasto público en áreas de creación de empleo. De ahí que las propuestas de reducir el gasto y el empleo público sean contraproducentes. Y de ello deriva el retraso en la recuperación económica en la UE.

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jueves, 10 de junio de 2010

La sabiduría convencional europea


Vicenç Navarro
diari PÚBLICO
10 de junio de 2010

Este artículo critica la sabiduría convencional europea que se reproduce en gran número de medios de información europeos, incluyendo españoles, que atribuyen la crisis del euro a la falta de liderazgo proveído por el gobierno presidido por la Cancillera Angela Merkel. El artículo señala que no es falta de liderazgo sino la orientación de este liderazgo (de clara orientación neoliberal) que, en el desarrollo de sus políticas públicas, está dañando el bienestar de las clases populares tanto de los países centrales como de los países periféricos de la eurozona, y ello como resultado de su proximidad a la banca de Alemania y de otros países del centro de la eurozona.

Existe una nueva sabiduría convencional extendida entre grandes sectores de los establishments políticos, intelectuales y mediáticos europeos –reflejada en el artículo, publicado en El País, de Jürgen Habermas (23-05-10)– que asume que la crisis del euro y de la Unión Europea se debe a la falta de liderazgo de Alemania, reflejada por la tardía respuesta de la canciller Angela Merkel a la crisis de la deuda pública del Gobierno griego. Retraso que se atribuye al surgimiento preocupante del nacionalismo en aquel país.

Considero esta interpretación de lo que está ocurriendo en Europa errónea en sus supuestos, consecuencia de la limitación de su método de análisis.
Miremos los hechos y recuperemos algunas categorías analíticas olvidadas por Habermas y por la mayoría de analistas de la realidad europea.
Y entre ellas, la categoría de clase social continúa siendo de una enorme importancia.
Alemania es un país de 82 millones de habitantes que pertenecen a distintas clases sociales.
La clase empresarial alemana (banca e industria exportadora) ha promocionado una economía basada en la exportación, cuyo éxito se basa en su gran competitividad, resultado de que los salarios han ido aumentando mucho menos que la productividad. Como consecuencia, las rentas del trabajo han ido descendiendo de una manera muy marcada y las rentas del capital han alcanzado niveles exuberantes.

La clase empresarial ha ido acumulando mucho dinero y, puesto que siempre tiene un gran surplus en su comercio (es decir, que exporta mucho más que importa), tiene una enorme plusvalía de euros (1,3 billones), consecuencia de que dos terceras partes de las exportaciones alemanas se hacen a los países de la UE que pagan en euros.

¿Qué ha hecho la clase empresarial –y muy en especial los bancos– en Alemania con tantos euros?
Una posibilidad hubiera sido que se distribuyeran entre los trabajadores alemanes, aumentando sus sueldos y su capacidad de consumo, con lo cual el motor de la economía alemana dependería más de la demanda doméstica y menos de las exportaciones (esta era la alternativa propuesta en su día por Oskar Lafontaine, entonces ministro de Economía del Gobierno de Gerhard Schroeder). Tal medida habría tenido un gran impacto estimulante en una economía que ha estado estancada desde hace ya años, estímulo que habría ayudado también a la economía europea, cuyo centro es la alemana. Pero la clase trabajadora alemana no tuvo suficiente fuerza para poder imponer esta alternativa.

El canciller Schroeder (próximo a la banca y a los grandes grupos empresariales exportadores, para los cuales ahora trabaja) continuó, junto con Angela Merkel, enfatizando las exportaciones como motor de la economía, con lo cual la banca acumuló una gran cantidad de euros, que prestó a los bancos de países como Grecia, Portugal y España, que estaban muy endeudados (como consecuencia también de que las rentas del trabajo han disminuido también en estos países). La banca alemana fue la que prestó más dinero a la banca española en su inversión en el complejo banca-sector inmobiliario-industria de la construcción que creó la burbuja inmobiliaria en nuestro país. También compró gran cantidad de deuda pública con intereses muy elevados (que iban de un 3,5% en España a un 9% en Grecia). Los estados de los países mediterráneos, en lugar de aumentar los impuestos de los ricos y corregir el enorme fraude fiscal para pagar sus gastos públicos y sociales, pidieron prestado dinero a la banca alemana, la mayor propietaria de bonos públicos hoy en la UE.

Ahora bien, cuando las burbujas explotaron, todo el entramado quedó al descubierto. De pronto, la clase empresarial alemana se encontró con un problema grave, pues los otros países de la UE, incluyendo los periféricos, que les compraban sus productos, no podían seguir comprándolos, consecuencia del gran descenso de la capacidad adquisitiva de sus clases populares. Y, por otra parte, los bancos alemanes poseían enormes cantidades de deuda –tanto pública como privada–, que los países deudores periféricos no podrían pagar. La banca alemana tenía –y tiene–, pues, un gran problema, compartido con la banca de Francia y otros países del centro de la UE.

¿Cuál es la solución que han impuesto? Una enorme austeridad de gasto público para permitir a los estados periféricos pagarle a la banca alemana y a la de otros países centrales. Para ello, la UE y el Fondo Monetario Internacional han prestado dinero en condiciones leoninas a los estados periféricos para que estos puedan pagarles lo que deben a aquellos bancos.

Estas políticas de austeridad crearán una enorme recesión en los países periféricos. Ahora bien, para que estas políticas sean exitosas tienen que presentarse como necesarias, a consecuencia del despilfarro causado por las clases populares de la periferia (haciendo referencia a su supuestamente excesiva protección social) y enfrentando a la clase trabajadora alemana con las clases populares de la periferia, tal como hacen diariamente los mayores medios de información próximos al establishment financiero alemán.

Las clases populares alemanas, sin embargo, tienen mucho más en común con las clases populares de los países periféricos que con las clases financieras e industriales alemanas.
Hoy los mayores problemas en la UE no son ni los déficits ni las deudas públicas de sus estados, sino el escaso crecimiento económico y el elevado desempleo. Frente a ello, lo que se necesita no es destinar los fondos, de casi un billón de euros, a ayudar a los bancos, sino hacer una enorme inversión pública, política que el establishment neoliberal europeo (liderado por el alemán) no hará, pues está aprovechando esta crisis para realizar lo que ha deseado siempre: el desmantelamiento de la Europa social y el descenso de las rentas del trabajo. Es la lucha de clases a nivel continental.

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viernes, 28 de mayo de 2010

El problema de la eurozona no está en la periferia sino en el centro

Vicenç Navarro
revista digital SISTEMA
28 de mayo de 2010

Este artículo señala que la llamada crisis del euro no radica en el inexistente despilfarro de gasto público y supuesta escasa disciplina fiscal de los países periféricos –Grecia, Portugal, España e Irlanda- sino en la escasa demanda doméstica de los países del centro (y muy en particular de Alemania) consecuencia de la gran reducción de las rentas del trabajo en aquellos países, y exuberante explosión de las rentas del capital que se dedicaron primordialmente a comprar deuda pública de los países periféricos (enormemente endeudados) y a prestar dinero a los bancos de estos últimos países, facilitando la aparición de burbujas especulativas. La gran recesión no se resolverá a base de austeridad en los países periféricos sino mediante un aumento de la demanda (resultado de la recuperación de las rentas del trabajo) de los países centrales y periféricos.

Estamos viendo estos días una enorme avalancha por parte del establishment europeo (Consejo Europeo, Comisión Europea y Banco Central Europeo), acentuando la necesidad y urgencia de que los países periféricos –Grecia, Portugal, España, e Irlanda- sigan políticas de gran austeridad de gasto público (incluyendo gasto público social, disminuyendo así su protección social) moderando a su vez sus salarios (a través de una gran desregulación de sus mercados de trabajo, que en la práctica significa posibilitar una gran reducción salarial). Todas estas medidas se presentan necesarias para ayudarles a salir de la Gran Recesión y evitar también el contagio a otros países de la UE y, por ende, cuestionar la propia existencia de la unidad monetaria y del euro.

El mensaje que se transmite en esta avalancha es que los países periféricos, debido a su indisciplina por un lado, y excesiva exhuberancia del gasto público, por el otro, han creado un enorme problema de exceso de deuda (tanto pública como privada), que dificulta la salida de la recesión, no sólo de ellos, sino de toda la eurozona y de la UE, amenazando la propia viabilidad del euro.

Esta interpretación, sin embargo, es profundamente errónea, pues el mayor problema que tiene la eurozona y la UE no está en la periferia sino en el centro, es decir, en Alemania. La pieza clave y problemática de la Eurozona es Alemania, no Grecia, ni Portugal, ni España, ni Irlanda. Veamos los datos.

Alemania ha estado en una situación estancada desde hace ya quince años. En realidad, su crecimiento económico anual ha sido (durante el periodo 1990-2009) mucho menor que el crecimiento de los países periféricos. Y en los últimos años (2007-2009) el descenso del PIB alemán ha sido mucho más acentuado que en los países periféricos (excepto Irlanda).

En 2009, la tasa de descenso del PIB fue un -4,3% (uno de los más acentuados en la UE-15).
El desempleo desde el 2004 al 2007 fue mayor que el de los países periféricos, aún cuando España y Portugal le sobrepasaron a partir de 2008, siendo, a partir de aquel año, el desempleo ligeramente superior en Portugal y Grecia y muy superior en España.
La tasa de inversión de capitales (“Gross Fixed Capital Formation as % of GDP”) fue en Alemania, durante el periodo 1995-2008, más baja que en los países periféricos (siendo España, el que durante estos últimos años tuvo mayores inversiones).
Y un indicador de gran importancia, pues explica en gran manera el escaso crecimiento económico de Alemania, es que la demanda causada por el consumo doméstico (“household consumption”) en Alemania fue más baja que la de los países periféricos.
Esta baja demanda ha sido constante desde 1995 y se debe al estancamiento de los salarios y de los costes laborales. Sólo España ha tenido un menor crecimiento, lo cual no puede atribuirse, en el caso alemán, a un estancamiento de su productividad.

En Alemania, la productividad ha crecido, aún cuando el crecimiento ha sido menor que en la mayoría de los países periféricos (excepto España). Resultado de que la productividad ha crecido más rápidamente que los salarios (lo cual ha ocurrido también en España) vemos que el porcentaje de las rentas del trabajo como porcentaje de las rentas totales ha ido descendiendo, siendo Alemania –junto con España- el país donde tal descenso ha sido más acentuado durante el periodo 1995-2008.

Las rentas del capital, sin embargo, han crecido astronómicamente en Alemania (lo cual también ha ocurrido en España). Ello se traduce en que la capacidad de ahorro también ha aumentado considerablemente. Pero este ahorro procede del capital exportador y de las rentas superiores.
Puesto que la demanda interna no ha sido el motor del crecimiento económico, tal crecimiento se ha basado durante el periodo 1995-2008 en las exportaciones.

Alemania es uno de los países más exportadores del mundo (junto con EEUU y China). Ahora bien, es importante aclarar que la competitividad del capital exportador no se debe a una mayor inversión, sino a un crecimiento salarial muy reducido. Ahí está la clave de la economía de las exportaciones alemanas.
Ahora bien, para que Alemania exporte se requiere que otros países importen. Y la mayoría de los países que compran los productos alemanes son de la UE. Dos terceras partes de las exportaciones se dirigen a los países de la UE, incluyendo los países periféricos, que naturalmente pagan en euros. Una consecuencia de ello es que Alemania tiene millones de euros a su favor en la balanza comercial y en su balanza de pagos. ¿Y qué ha hecho Alemania con este dinero?

Una opción, que era la que Oscar Lafontaine, entonces Ministro de Economía del gobierno Schröder deseaba realizar, era distribuir este dinero en Alemania entre los trabajadores y aumentar el gasto público social. Ello hubiera aumentado la demanda interna, estimulando la economía de Alemania y la de otros países de la UE, incluyendo los países periféricos, pues las clases populares alemanas habrían incrementado el consumo de productos más baratos, procedentes de los países periféricos europeos, disminuyendo a la vez la excesiva importancia de las exportaciones sobre la economía alemana y su excesiva balanza de pagos positiva. No era bueno, ni para Alemania ni para la UE, que hubieran unas diferencias tan marcadas en la balanza comercial y de pagos de los países de la Unión.

El gobierno Schröder, sin embargo, no aceptó esta alternativa (causa de que Lafontaine abandonara el gobierno y el partido social demócrata). En su lugar, y en respuesta a la enorme influencia de la banca alemana, del Banco Central Alemán (Bundesbank) y del mundo empresarial exportador, decidió gastarse la enorme plusvalía del euro en:
1) comprar deuda externa de los países periféricos a intereses muy favorables
2) prestar dinero a la banca de los países periféricos, que se endeudaron hasta la médula –realizando actividades claramente especulativas, como las inmobiliarias en España, contribuyendo a la creación de las burbujas inmobiliarias- y
3) invirtiendo directamente en actividades especulativas, la mayoría también inmobiliarias, destrozando, por cierto, partes de la costa mediterránea con planes de viviendas de carácter especulativo.

En realidad, esta exportación de dinero (euros) se acentuó con la compra de deuda pública de los países periféricos, pues se consideró tal compra como una gran ganancia, creando una cierta burbuja de deuda pública (y también privada).
A los gobiernos de los países periféricos les era más fácil pedir prestado dinero a los bancos alemanes (y franceses) que aumentar los impuestos de las rentas superiores, muchas de ellas escasamente gravadas, contribuyendo en gran manera al fraude fiscal.
La elevada regresividad fiscal y el fraude fiscal eran las características de las políticas fiscales de los países periféricos.

Esta exportación de dinero alemán, prestado o invertido en el extranjero, llegó a representar más del 25% del capital bancario alemán, lo cual ya es una cifra más que respetable. La dependencia de la banca alemana de estos fondos era muy grande. Y ahí radica parte del problema. No es bueno para la UE, ni tampoco para Alemania, que haya unas desigualdades de renta tan acentuadas dentro de Alemania y dentro de la UE. No es bueno que las clases populares alemanas tengan tan poca capacidad de demanda (que estimule la economía) y no es bueno que Alemania tenga tanto dinero para exportar y que los países periféricos tengan tan poco para importar, endeudándose tanto.
Se crean así enormes dependencias que debilitan a todo el sistema europeo.

En este momento, la banca alemana, la francesa y la de otros países del centro de la Eurozona, han prestado 1,4 trillones de euros a los países periféricos (una cantidad imposible de pagar por parte de los países periféricos). Y ahí está el problema.

La banca alemana y sus aliados en el establishment europeo, incluidos el BCE y el FMI, han puesto como objetivo central de la recuperación económica el forzar a los países periféricos a que paguen sus deudas, tanto públicas como privadas, a sus bancos. Y el objetivo fundamental de la mal llamada ayuda a los países periféricos por parte de la UE y del FMI es, en realidad, ayuda a los bancos alemanes (franceses y de otros países del centro de la Eurozona), prestándoles dinero a los estados periféricos para que paguen su deuda.

Esta situación podría haberse prevenido si se hubiera seguido otra vía, tal como apuntó Lafontaine en su día. Y tal como pidieron las izquierdas en España en 1993.
Recordemos que en 1993, las izquierdas fueron marginadas, tanto dentro del gobierno PSOE como fuera de él.
La reducción del déficit del Estado (necesario según el Pacto de Estabilidad) se hizo a base de reducir el gasto público y de aumentar el endeudamiento privado, en lugar de aumentar los impuestos, realizando la muy necesaria y siempre pospuesta reforma fiscal progresista, tal como habían pedido las izquierdas.
Es más, en lugar de redefinir el Pacto de Estabilidad, estimulando más el componente de crecimiento, se siguieron políticas monetarias de escaso impacto estimulante. El crecimiento económico en España pasó a estar centrado en el endeudamiento privado y de carácter especulativo. Y así estamos.

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viernes, 21 de mayo de 2010

El fracaso del nuevo laborismo y del socioliberalismo


Vicenç Navarro
revista digital SISTEMA,
21 de mayo de 2010

Este artículo critica las políticas económicas, fiscales y sociales de los gobiernos Blair y Brown que, distanciándose claramente de las políticas públicas que han caracterizado a la socialdemocracia, adoptaron políticas liberales (con algunos componentes tradicionales de la democracia cristiana) causa de su gran declive electoral (que ocurrió desde sus inicios). El artículo muestra la evidencia que cuestiona la imagen promocionada por sus apologistas (como Anthony Giddens) de que la Tercera Vía fue muy popular en la Gran Bretaña. Los datos no avalan tal diagnóstico.

Durante muchos años, el gobierno laborista británico (llamado New Labour) se convirtió en un punto de referencia muy importante entre los partidos de centro-izquierda europeos, habiendo influenciado en gran manera los cambios profundos ocurridos en el seno de la socialdemocracia europea. El hecho de que New Labour permaneciera en el gobierno durante un periodo de trece años (uno de los periodos de gobierno socialdemócrata más longevos en Europa) era motivo de admiración, atribuyéndose esta longevidad al éxito de sus políticas, que se transformaron en modelos a seguir en gran número de círculos dentro de los partidos socialdemócratas, tanto de los que gobernaban como de los que estaban en la oposición. En muchos partidos socialdemócratas que estaban en la oposición, se propuso seguir el modelo Blair para ganar las elecciones. Uno de los últimos ejemplos, entre muchos otros, fue la candidata a la Presidencia de Francia del Partido Socialista Francés en las últimas elecciones de aquel país, que explícitamente se refirió a la Tercera Vía como su punto de referencia.

En España la influencia de la Tercera Vía ha sido considerable, no sólo en sectores del PSOE y del PSC, sino también en otros partidos que consideraron atrayentes muchos elementos de la Tercera Vía. Liderada, esta influencia, por los abundantes escritos de Anthony Giddens (uno de los autores extranjeros más visibles en los medios españoles), la Tercera Vía se presentó como la necesaria alternativa a la que, en términos un tanto despectivos, se definía como “socialdemocracia tradicional” (que era la manera amable de llamarla anticuada).

Lo que es sorprendente es que esta visión de éxito político se promocionara cuando la evidencia empírica, fácilmente obtenible, mostraba precisamente lo contrario. El gran triunfo de la Tercera Vía fue en 1997, cuando New Labour ganó por primera vez las elecciones británicas. Tal Partido consiguió el 43% del voto popular (es decir, de la población que votó), que significó el 33% del total del electorado (es decir, de toda la población que podía votar), resultado –como indicaron las encuestas a pie de urna- del enorme rechazo popular hacia las políticas del partido conservador, imbuido de thatcherismo. Pero a partir de aquel año, el descenso del apoyo electoral fue espectacular. En las siguientes elecciones, en el año 2001, el Partido Laborista ganó sólo el 25% del total del electorado, y en el año 2005, descendió más, al 22%. Es sorprendente que en base a estos datos pudiera definirse tal experiencia como exitosa.

Los que llegan a este diagnóstico de “exitoso” utilizan los resultados electorales, no en base a la votación popular, sino en base al número de parlamentarios, ignorando que el sistema electoral británico no es proporcional sino profundamente sesgado y no refleja la voluntad popular. Así, en 1997, el Partido New Labour, con el 33% del total del electorado, consiguió el 64% de todos los escaños del Parlamento Británico. En el año 2001 sufrió un enorme bajón, debido en gran parte al aumento de la abstención (sobre todo entre la clase trabajadora), recibiendo sólo el voto del 25% del total del electorado, (disminuyendo también el porcentaje del voto popular, pasando a ser un 40%). A pesar de estos descensos, el número de escaños sólo bajó de 418 a 413 (de un 63% a un 62% de todos los escaños) dando una impresión errónea de mantener una elevada popularidad. En realidad, si Gran Bretaña hubiera tenido un voto proporcional, la prensa habría hablado de descalabro, que continuó en 2005, cuando el porcentaje de voto del total del electorado fue sólo de un 22%, consecuencia del incremento de la abstención (sobre todo entre la clase trabajadora), experimentando también una disminución notable del voto popular (pasando de 40% a 35%), perdiendo también escaños, pero manteniendo un 55% de todos ellos (356), permitiéndole gobernar en mayoría. El sesgo del sistema electoral estaba ocultando el gran descalabro del New Labour. En 2010, sin embargo, el voto popular bajó al 29%, perdiendo la mayoría de escaños. Tales datos muestran que el New Labour nunca fue muy popular, una falta de popularidad todavía más acentuada entre las clases populares que habían sido su base electoral más sólida durante el siglo XX. La victoria del New Labour no era tanto el “éxito” de sus políticas, sino la situación caótica en la que se encontraba el Partido Conservador (cuyas políticas habían dejado muy mal sabor de boca entre aquellas clases populares, y cuyas luchas internas sobre su postura anti Unión Europea, habían creado enormes tensiones dentro de aquel partido) y el sistema electoral que, potenciando a New Labour, discriminaba abusivamente al Partido Demócrata Liberal, que no tenía posibilidades de poder gobernar. Ni que decir tiene que los apologistas de la Tercera Vía, como Anthony Giddens, nunca citaron tales datos.

La escasa popularidad de New Labour fue consecuencia del abandono de las políticas socialdemócratas (tales como las políticas redistributivas y las políticas de carácter universal encaminadas a extender a toda la ciudadanía los limitados y poco desarrollados derechos laborales y sociales), adoptando en su lugar medidas de corte liberal (en las áreas económicas) y cristianodemócrata (en las áreas sociales). Entre las primeras resaltan la prioridad que New Labour dio al sector financiero en la economía británica. A partir del New Labour el desarrollo económico iba a basarse en un gran crecimiento del capital financiero británico. Siguiendo las políticas del Presidente Clinton (con el cual New Labour tuvo grandes semejanzas), desreguló la banca de una manera muy notable (tal como hizo Clinton al anular la Ley Glass-Steagall), permitiendo, estimulando y facilitando el crecimiento de los comportamientos especulativos de la banca, políticas favorecidas también por la independencia que otorgó al Banco de Inglaterra en el diseño de la política monetaria. El Sr. Gordon Brown, el ministro de Economía, indicó –con orgullo- en más de una ocasión que el mercado financiero en Gran Bretaña estaba entre los menos regulados del mundo desarrollado. En realidad, Londres –la City- se convirtió en el centro del banco en la sombra (the shadow banking), el componente bancario, centrado en la actividad especulativa (los hedge funds), que consideraba a la City más permisiva incluso que Wall Street, lo cual explica que se conociera a la City como “Wall Street’s Guantánamo”. Esta situación permitió la burbuja especulativa, mayor incluso que la que ocurrió en EEUU. Consecuencia de tales políticas, el capital financiero llegó a representar el 32% del PIB, casi tan alto como EEUU, el 33% (el promedio de la OCDE es el 28%). Este crecimiento se hizo a costa del sector industrial, que bajó de un 20% del PIB -cuando el New Labour inició su mandato en 1997- a un 12% actualmente, lo cual explica el deterioro de la manufactura y con ello el fin de los salarios altos y el debilitamiento de los sindicatos más fuertes y militantes –los sindicatos del sector manufacturero-, siendo el mercado de trabajo británico “uno de los mercados más desregulados existentes hoy en el mundo desarrollado” (según expresó, de nuevo, con orgullo el Primer Ministro, Sr. Toni Blair, según cita Tony Word en su análisis de las políticas económicas del Blairismo en su artículo “Good Riddance to New Labour” NLR. 62. pp 5-28. 2010).

En una situación semejante a la existente en España, el boom del capital financiero determinó una gran actividad especulativa, dentro de la cual la actividad inmobiliaria, relacionada con la construcción, lideró el crecimiento económico británico, un crecimiento anual (2,7% del PIB), sólo ligeramente superior al que tuvo lugar durante el gobierno conservador anterior. Parte de tal crecimiento, sin embargo, fue artificial, pues se basaba en una especulación que enriqueció a la banca, sin necesariamente traducirse en crecimiento de la economía real.

Otra influencia liberal se dio en la privatización de los servicios públicos. New Labour empezó comprometiéndose a no subir el gasto público en sus primeros tres años, promesa que mantuvo. No fue hasta el 2000 que se incrementó el gasto público de una manera muy marcada para parar el gran deterioro de los servicios públicos que “las políticas de austeridad” thatcherianas, llevadas a cabo por los gobiernos conservadores y continuadas por New Labour, habían estado causando. En el Servicio Nacional de Salud (N.H.S.) el crecimiento anual del gasto público sanitario fue, a partir del año 2000, de un 7%. Pero este notable incremento se gastó en realizar las reformas liberales que consistían en privatizar las inversiones en el sector sanitario. En lugar de que las instituciones nuevas, como hospitales, fueran realizadas con gasto público, se animaba a que fueran las empresas privadas las que hicieran tal inversión, pagándoles el N.H.S. parte de las hipotecas correspondientes, lo que encareció tales inversiones, con lo cual, el coste total para el sector público (hipoteca más intereses) resultaba más elevado que si se hubieran construido directamente con fondos públicos. Es un arreglo semejante a lo que ocurre en Cataluña con las autopistas de pago, con el agravante de que el pago hipotecario lo hace el Estado.

La privatización conllevó también un notable crecimiento de los costes administrativos en el sector público (que representa un 10% del gasto total). Por otra parte, la aparición de un sistema concertado basado, en parte, en las ventajas fiscales del aseguramiento privado, reprodujo un sistema semejante al ya existente en Cataluña, con una sanidad polarizada por clase social, en la que el sistema privado concertado (subsidiado con fondos públicos) atiende a las clases de rentas superiores, dedicándose los servicios públicos a las clases populares.

En el sistema educativo se inició un sistema polarizado semejante al sanitario, estableciéndose escuelas privadas (muchas de ellas religiosas) concertadas y escuelas públicas, habiendo introducido sistemas de pago en las públicas, eliminando a la vez las ayudas de tipo universal y sustituyéndolas por ayudas asistenciales para familias de bajos ingresos. Y en las universidades, el criterio de evaluar la investigación priorizó los proyectos que favorecieron los beneficios de la economía, la comercialización de nuevos productos y la creación de nuevas empresas. Todos ellos objetivos loables, pero que se transformaron en prioritarios bajo New Labour.

En todo este discurso desapareció cualquier referencia a la clase trabajadora, sustituida en el discurso por la clase media, la base social –según tal discurso- de tal Partido. De esta manera, el estado del bienestar, en lugar de estar basado en la alianza de la clase trabajadora con las clases medias, condición para que se establezca el principio de universalidad, se transformó en el instrumento asistencial (de clara tradición cristiano demócrata) de ayuda a los pobres y prevención de la exclusión social.

No es sorprendente que el mayor descenso de apoyo electoral se haya dado entre la clase trabajadora, siendo, por otra parte, un hecho muy importante que apenas ha aparecido en los medios, teniendo lugar un espectacular declive de la militancia y del número de miembros del Partido Laborista, habiéndose reducido a la mitad desde que New Labour inició su mandato. Hoy, tal Partido tiene sólo 166.000 miembros, el número más bajo entre los grandes partidos de la socialdemocracia europea. El italiano tiene 800.000, el francés 200.000, y el alemán 400.000. Tal Partido tiene difícil recuperación cuando el grupo de militancia es tan reducido. La sustitución de la militancia por una dependencia en los grupos mediáticos –como el Sr. Murdoch, el gran empresario mediático, definido como el 28º miembro del Gabinete New Labour- le hace enormemente vulnerable a estos grupos mediáticos. Su abandono, como ha ocurrido en las últimas elecciones, disminuyó notablemente la capacidad de movilización de aquel Partido.

Todos estos datos tendrían que alertar a los partidos socialistas y progresistas de los elevados costes económicos, sociales y políticos que representan el tomar como modelo el socioliberalismo representado por la Tercera Vía.

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jueves, 20 de mayo de 2010

¿Qué mercados financieros?


Vicenç Navarro
diario PÚBLICO
20 de mayo de 2010

Este artículo señala que los mal llamados mercados financieros no responden a las características que definen a los mercados pues sus agentes –los bancos- gozan de un gran proteccionismo proveído por los estados, así como por instituciones internacionales –como el Fondo Monetario Internacional- que garantizan sus exuberantes beneficios a costa de enormes reducciones del gasto público y de la protección social de las clases populares. El artículo muestra ejemplos de este proteccionismo en el caso de EEUU y en la mal llamada “ayuda” del FMI-Euro a los países con elevados déficits y deuda pública, como Grecia, que es en realidad ayuda primordialmente para los bancos europeos.

El lenguaje que se utiliza para explicar la crisis es un lenguaje que aparenta ser neutro, meramente técnico, cuando, en realidad, es profundamente político.

Así, se nos dice que los “mercados financieros” están forzando a los países de la Unión Europea y, muy en especial, a los países mediterráneos –Grecia, Portugal y España– e Irlanda, a seguir políticas de gran austeridad, reduciendo sus déficits y deudas públicas, con el fin de recuperar la confianza de los mercados, condición necesaria para alcanzar la recuperación económica.
Como dijo hace unos días Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (BCE): “La condición para la recuperación económica es la disciplina fiscal, sin la cual los mercados financieros no certifican la credibilidad de los estados” (Financial Times, 15-05-10).

La realidad, sin embargo, es muy distinta.
Estas medidas de austeridad, promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por la Unión Europea (UE), están creando un gran deterioro de la calidad de vida de las clases populares, pues están afectando negativamente su protección social y están destruyendo empleo, dificultando su recuperación económica.

Así ha ocurrido en Lituania, donde su PIB ha disminuido un 17% y su desempleo ha alcanzado el 22% de la población activa (véase mi artículo ¿Quién paga los costes del euro? en www.vnavarro.org).
Una situación semejante ocurrirá en los países citados anteriormente.

Parecería, pues, que son los mercados financieros los que están imponiendo estas políticas a los gobiernos. Ahora bien, ¿qué quiere decir “los mercados financieros”?

En teoría, en la dogmática liberal que domina los establishments europeos (el Consejo Europeo, el BCE y la Comisión Europea, así como en los gobiernos de la mayoría de los países de la UE), los mercados son procesos de libre comercio entre agentes financieros –los bancos– que obtienen beneficios para compensar sus riesgos, pues se asume que existen riesgos en tales mercados.

Pero tal retórica no define la realidad, pues tales entidades –los bancos– operan dentro de ámbitos e instituciones enormemente proteccionistas de sus intereses, en los que el riesgo, en general, brilla por su ausencia.
En realidad, los mal llamados mercados tienen muy poco de mercado. Son bancos con mucho beneficio y poco riesgo. Y lo que está ocurriendo muestra la certeza de este diagnóstico.

En EEUU, donde existe amplio consenso sobre el hecho de que la crisis financiera fue iniciada por los comportamientos de Wall Street, la crisis bancaria fue resuelta con la aportación a los bancos de casi un billón de dólares pagados por el Estado, que benefició enormemente a los banqueros y a sus accionistas, consiguiendo incluso más beneficios de los que tenían antes de la crisis.

La obscenidad de tales beneficios y las prácticas deshonestas y criminales de los banqueros (causantes de la crisis) explica su enorme impopularidad y la de tales medidas, que no repercutieron favorablemente sobre la población, que vio cómo sus estándares de vida disminuyeron debido a la crisis provocada por los bancos.

No fueron los mercados, sino los bancos y sus políticos en el Congreso (con nombres y apellidos conocidos) y en las administraciones Clinton, Bush y Obama (también con nombres y apellidos conocidos), los que crearon la crisis, salvaron a los bancos y ahora llaman a la austeridad.

Una situación casi idéntica está ocurriendo en la UE.

Los comportamientos especulativos de la banca europea fueron consecuencia de decisiones políticas que desregularon la banca, decisiones que se tomaron especialmente, no sólo en Wall Street, sino también en los centros financieros, principalmente la City de Londres y en Fráncfort, consecuencia de la enorme influencia de la banca sobre los gobiernos británico y alemán.

La mal llamada “ayuda” del FMI-EU (de 750.000 millones de euros) a los países con dificultades no es una ayuda a las poblaciones de aquellos países, sino a los bancos (y muy en especial a los alemanes y franceses) para asegurarles que los estados les pagarán las deudas con los intereses confiscatorios que han exigido.

En realidad, si los mercados financieros fueran mercados de verdad (y, por lo tanto, hubiera competitividad y riesgo en su comportamiento), los bancos tendrían que absorber sus pérdidas en inversiones financieras fallidas.

Si el Gobierno de Grecia, por ejemplo, fuera a la bancarrota, la banca alemana tendría que absorber las pérdidas de haber tomado la decisión de comprar bonos del Estado griego.

Ahora bien, esto no ocurre en los mal llamados mercados financieros debido a que hay toda una serie de instituciones que protegen a los bancos.
Y la más importante es el FMI, que presta dinero a los estados para que pague a los bancos. De ahí que, como en EEUU, los bancos nunca pierden. Las que pierden son las clases populares, pues el FMI exige a los gobiernos que extraigan el dinero para pagar a los bancos de los servicios públicos de tales clases populares.

Lo que el FMI hace es la transferencia de fondos de las clases populares a los bancos. Esto es lo que se llama “conseguir la credibilidad de los estados frente a los mercados”.

Estas transferencias, sin embargo, además de ser profundamente injustas, son enormemente ineficientes.
El fracaso de las políticas de austeridad propuestas por el FMI en los países en crisis es bien conocido, lo que explica el descrédito de tal institución.
El FMI, desde la época Reagan, es la organización financiera que ha impuesto más sacrificios a las clases populares de los países que han recibido “su ayuda”, con resultados económicos altamente negativos, tal como ha denunciado correctamente Joseph Stiglitz.

No son los mercados, sino los intereses bancarios y sus aliados –entre los que destacan el FMI y el BCE– los que están imponiendo estos sacrificios.
Al menos, llamemos a los culpables por su nombre.

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viernes, 14 de mayo de 2010

Lo que no se dice de la crisis


Vicenç Navarro
diario PÚBLICO
13 de mayo de 2010

Este artículo muestra el error de muchos supuestos que se reproducen en la sabiduría convencional sobre las causas de la crisis, entre los cuales, uno de amplia difusión, es que la crisis de los países mediterráneos e Irlanda se debe a su excesivo gasto público que debe reducirse. El artículo señala los datos que cuestionan tal supuesto, subrayando que las causas de sus problemas radican en sus enormes desigualdades y polarización de las rentas (que crean problemas de falta de demanda y que generan un profundo endeudamiento), así como el excesivo poder del capital financiero que tiene gran influencia sobre el Consejo Europeo, la Comisión Europea y El Banco Central Europeo.

La crisis que están viviendo algunos países mediterráneos –Grecia, Portugal y España– e Irlanda se está atribuyendo a su excesivo gasto público, que se supone ha creado un elevado déficit y una exuberante deuda pública, escollos que dificultan seriamente su recuperación económica. De ahí las recetas que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo (BCE) y el Consejo Europeo han estado imponiendo a aquellos países: hay que apretarse el cinturón y reducir el déficit y la deuda pública de una manera radical.
Es sorprendente que esta explicación haya alcanzado la dimensión de dogma, que se reproduce a base de fe (el omnipresente dogma liberal) y no a partir de una evidencia empírica. En realidad, ésta muestra lo profundamente errónea que es tal explicación de la crisis. Veamos los datos.
Todos estos países tienen los gastos públicos (incluyendo el gasto público social) más bajos de la UE-15, el grupo de países más ricos de la Unión Europea, al cual pertenecen. Mírese como se mire (bien gasto público como porcentaje del PIB; bien como gasto público per cápita; bien como porcentaje de la población adulta trabajando en el sector público), todos estos países están a la cola de la UE-15. Su sector público está subdesarrollado. Sus estados del bienestar, por ejemplo, están entre los menos desarrollados en la UE-15.
Una causa de esta pobreza del sector público es que, desde la Segunda Guerra Mundial, estos países han estado gobernados la mayoría del periodo por partidos profundamente conservadores, en estados con escasa sensibilidad social. Todos ellos tienen unos sistemas de recaudación de impuestos escasamente progresivos, con carga fiscal menor que el promedio de la UE-15 y con un enorme fraude fiscal (que oscila entre un 20 y un 25% de su PIB). Son estados que, además de tener escasa sensibilidad social, tienen escaso efecto redistributivo, por lo que son los que tienen mayores desigualdades de renta en la UE-15, desigualdades que se han acentuado a partir de políticas liberales llevadas a cabo por sus gobiernos. Como consecuencia, la capacidad adquisitiva de las clases populares se ha reducido notablemente, creando una economía basada en el crédito que, al colapsarse, ha provocado un enorme problema de escasez de demanda, causa de la recesión económica.
Es este tipo de Estado el que explica que, a pesar de que su deuda pública no sea descomunal (como erróneamente se presenta el caso de Grecia en los medios, cuya deuda es semejante al promedio de los países de la OCDE), surjan dudas de que tales estados puedan llegar a pagar su deuda, consecuencia de su limitada capacidad recaudatoria. Su déficit se debe, no al aumento excesivo del gasto público, sino a la disminución de los ingresos al Estado, resultado de la disminución de la actividad económica y su probada ineficacia en conseguir un aumento de los ingresos al Estado, debido a la resistencia de los poderes económicos y financieros.
Por otra parte, la falta de crédito se debe al excesivo poder del capital financiero y su influencia en la Unión Europea y sus estados miembros. Fue la banca la que, con sus comportamientos especulativos, fue creando burbujas que, al estallar, han generado los enormes problemas de falta de crédito. Y ahora están creando una nueva burbuja: la de la deuda pública. Su excesiva influencia sobre el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (este último mero instrumento de la banca) explica las enormes ayudas a los banqueros y accionistas, que están generando enormes beneficios. Consiguen abundante dinero del BCE a bajísimos intereses (1%), con el que compran bonos públicos que les dan una rentabilidad de hasta un 7% y un 10%, ayudados por sus agencias de cualificación (que tienen nula credibilidad, al haber definido a varios bancos como entidades con elevada salud financiera días antes de que colapsaran), que valoran negativamente los bonos públicos para conseguir mayores intereses. Añádase a ello los hedge funds, fondos de alto riesgo, que están especulando para que colapse el euro y que tienen su base en Europa, en el centro financiero de Londres, la City, llamada el “Wall Street Guantánamo”, porque su falta de supervisión pública es incluso menor (que ya es mucho decir) que la que se da en el centro financiero de EEUU.
Como bien ha dicho Joseph Stiglitz, con todos los fondos gastados para ayudar a los banqueros y accionistas se podrían haber creado bancos públicos que ya habrían resuelto los problemas de crédito que estamos experimentando (ver mi artículo “¿Por qué no banca pública?”, en www.vnavarro.org).
En realidad, es necesario y urgente que se reduzca el sobredimensionado sector financiero en el mundo, pues su excesivo desarrollo está dañando la economía real. Mientras la banca está pidiendo a las clases populares que se “aprieten el cinturón”, tales instituciones ni siquiera tienen cinturón. Dos años después de haber causado la crisis, todavía permanecen con la misma falta de control y regulación que causó la Gran Recesión.
El mayor problema hoy en la UE no es el elevado déficit o deuda (como dice la banca), sino el escaso crecimiento económico y el aumento del desempleo. Ello exige políticas de estímulo económico y crecimiento de empleo en toda la UE (y muy especialmente en los países citados en este artículo). No ha habido una crisis de las proporciones actuales en el siglo XX sin que haya habido un crecimiento notable del gasto público y de la deuda pública, que se ha ido amortizando a lo largo de los años a base de crecimiento económico. EEUU pagó su deuda, que le permitió salir de la Gran Depresión, en 30 años de crecimiento. El mayor obstáculo para que ello ocurra en la UE es el dominio del pensamiento liberal en el establishment político y mediático europeo, imponiendo políticas que serán ineficientes, además de innecesarias. Y todo para asegurar los beneficios de la banca. Así de claro.

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miércoles, 14 de abril de 2010

El pactismo de Obama y Zapatero


Vicenç Navarro
Publicado en SISTEMA DIGITAL, el 9 de Abril de 2010

Este artículo señala los elevados costes económicos, sociales y políticos que significan para los gobiernos Obama y Zapatero sus pactos con los partidos conservadores. En EEUU ha significado la dilución de la reforma sanitaria, eliminando promesas claves que limitan significativamente las posibilidades del cambio prometido. Y en España, el debate político se está centrando -como consecuencia del pacto con las derechas- en cómo reducir el déficit en lugar de cómo crear empleo. En ambos casos había políticas alternativas que ni siquiera se consideraron.
Salvando las enormes diferencias que existen entre los sistemas políticos de EEUU y de España, y las distancias políticas entre el gobierno Obama y el gobierno Zapatero, existen, sin embargo, algunos elementos comunes que conviene subrayar. Me estoy refiriendo a las políticas de pactos con la oposición, que ambos gobiernos han desarrollado para poder realizar los cambios deseados.

Comencemos por EEUU. Una de las causas de la victoria electoral de Obama fue el deseo de cambio, muy generalizado, que existe en aquel país. Un elemento clave de su programa era el compromiso de establecer una reforma sanitaria, que en la práctica universalizara el acceso de la población a los servicios sanitarios, ofreciendo cobertura sanitaria a los 47 millones de estadounidenses que carecen de ella. Todas las encuestas mostraban la popularidad de tal demanda. Una vez el candidato Obama fue elegido y se transformó en el Presidente Obama, formó su equipo con asesores heredados de la Administración Clinton, conocidos por su conservadurismo. Las izquierdas, que habían sido el eje de su campaña electoral, pasaron a tener un rol secundario en su gobierno, excepto la Ministra de Trabajo (Secretary of Labor). Este equipo reforzó el enfoque de pactar las reformas con el Partido Republicano, preferido por Obama en su estrategia política, y ello a pesar de que numéricamente no les necesitaba, pues tenía mayoría, tanto en el Senado como en la Cámara Baja. Con esta estrategia diluyó considerablemente su propuesta inicial, eliminando elementos muy importantes de su proyecto de reforma, como era la introducción de un aseguramiento público que compitiera con el aseguramiento sanitario privado, que domina hoy la financiación y gestión del sistema sanitario estadounidense (ver mi artículo “Luces y sombras de la Reforma Sanitaria de Obama”. Sistema Digital. 25.03.10, colgado en mi web www.vnavarro.org). Esta eliminación creó una gran decepción y desmovilización de las bases del Partido Demócrata, sin conseguir, con ello, el apoyo del Partido Republicano, cuya estrategia electoral era hacer una oposición sistemática al intento de reforma (y ello a pesar de que la mayoría de propuestas, incluidas en las propuestas de reforma sanitaria, eran bastante parecidas, si no idénticas, a las que había propuesto el Partido Republicano en el pasado).

Esta situación condujo a una rebelión del Partido Demócrata (y muy en especial, de su rama de izquierdas, más próxima a los sindicatos) que, por primera vez, se enfrentó abiertamente al Presidente Obama. Con Nancy Pelosi como portavoz se expresó un rechazo a la política de pactismo, que entraba en contradicción con sus promesas electorales de cambio. En una conversación (que nunca se pretendió que fuera pública) le expresó, en términos muy contundentes, que su estrategia estaba desmovilizando al electorado demócrata y que su pactismo (que era, además, innecesario) estaba arruinando su proyecto. Los sindicatos le expresaron también su frustración. Tal presión tuvo impacto. El presidente Obama abandonó el pactismo e hizo campaña de enfrentamiento con los republicanos, recorriendo el país con un tono militante, intentando identificar al partido Republicano con las odiadas compañías de seguro sanitario privadas. La Ley pasó y la población indicó en las encuestas que apoyaba tal Ley (US Today –Gallup), aún cuando la veía insuficiente.

Veamos ahora España. El primer gobierno Zapatero 2004-2008, despertó toda una serie de esperanzas que, en parte, se cumplieron, gracias a una alianza que hizo con otros partidos a su izquierda. A pesar del conservadurismo de su equipo económico (que frenó muchas de las reformas necesarias), ocurrieron muchos cambios que respondían a los deseos de sus bases electorales y de las clases populares. Ahora bien, en el segundo periodo y coincidiendo con la crisis, el gobierno estuvo sometido a las presiones del mundo empresarial y financiero (enormemente poderoso en el país) para que se moviera a la derecha y estableciera pactos con las derechas. En esta presión estaba el deseo conservador de que se hiciera el gran pacto PSOE-PP para salir de la crisis, al cual se añadiría la derecha catalana, CIU.

Este pacto, que en parte está ya ocurriendo (aún cuando hay desacuerdos importantes en su aplicación) implica el desarrollo de unas políticas que, además de dañar a las clases populares (el gasto público social está descendiendo), está retrasando las políticas de reactivación económica del país. El centro de este pacto es convertir la reducción del déficit y de la deuda del Estado en el objetivo principal de la política económica del país (en lugar de que fuera la reducción del desempleo a base de expandir el gasto público en creación de empleo). Tal objetivo dificulta la recuperación económica y está afectando negativamente la calidad de vida de las clases populares. Y es, además, una nota de suicidio político, pues está desmovilizando a sus bases electorales. Y no es cierto que no haya alternativa. La suma de los votos de los partidos de centroizquierda e izquierda en las Cortes, son mayoría. En lugar de hacer un frente de izquierdas, acentuando las políticas keynesianas, se está haciendo un frente de derechas llevando a cabo políticas liberales. Y ello es un gran error. Las políticas que se están haciendo bajo el manto del pactismo están retrasando la recuperación económica.

Se me dirá que la pertenencia a la Unión Europea (con el pacto de Estabilidad) no permite otra alternativa. Reconozco que este pacto de estabilidad (que critiqué desde su inicio) significa un obstáculo para el desarrollo de tales políticas keynesianas (lo cual justifica la necesidad de que se cambie), pero no es un obstáculo insalvable si hay voluntad política, pues el déficit puede reducirse mediante el incremento de los impuestos, no sólo del IVA, sino de otros como el impuesto de patrimonio (que no tenía que haberse reducido), impuestos a los grandes grupos financieros y empresariales, cuyos beneficios fueron exuberantes (y continúan siéndolo), y recuperando los niveles de gravación de las rentas superiores que nunca tenían que haber disminuido, pues su descenso ha contribuido a incrementar una polarización de las rentas que ha sido muy ineficiente para la economía del país. Y lo que es también importante, la reducción del déficit debiera hacerse en un periodo más extenso que el que se ha considerado como necesario, pues su reducción en la rapidez que se calcula retrasará considerablemente el estímulo económico y la creación de empleo.

Es más, las políticas de pactos –tanto las de Obama como las de Zapatero- están creando un grave problema en la cultura democrática de ambos países, pues lleva a desfigurar las ofertas políticas, convirtiéndose en una amalgama política en que todos parecen iguales (y percibiéndose, además, como parte del problema). Sería de desear que el gobierno socialista recuperara la identidad que le distinga de los partidos de derechas, aliándose con los otros partidos de izquierda, en lugar de ir diluyendo más y más su carácter diferencial.

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viernes, 22 de enero de 2010

La presidencia española de la Unión Europea, lo que mal empieza…


22-01-2010
Alberto Montero Soler
El Observador

Han sido necesarios muy pocos días y propuestas para que se ponga de manifiesto el cariz que puede tomar la presidencia española de la Unión Europea.

Y es que hace falta ser muy atrevido para comenzar el mandato aludiendo a la decisiva contribución que España va a realizar para sacar a Europa de la crisis.

No sé cómo no se dan cuenta quienes escriben los discursos del presidente español de que para hacer ese anuncio uno debe tener una cierta legitimidad y unos hechos detrás que avalen la credibilidad del mismo. Y de ambos factores este país anda, precisamente, un tanto escaso. No contribuye mucho a que alguien pueda tomar esa declaración en serio cuando se realiza desde el país en el que con mayor gravedad y profundidad se ha manifestado la crisis, el que tiene una tasa de desempleo que duplica la media comunitaria y el que posee unas perspectivas de salida de la misma que se retrasan hacia un horizonte bastante más lejano que el de las economías de nuestro entorno.

En cualquier caso, a pesar de que las perspectivas sean tan pesimistas, no cabe descartar que una mínima recuperación de unas décimas de la tasa de crecimiento del PIB español se anunciaría a bombo y platillo como el inicio de la recuperación de la economía española y de que, por tanto, ya estaríamos en condiciones de mostrar a Europa cómo avanzar para encontrar la luz al final del túnel.

Sin embargo, hablar de salida de la crisis en términos de crecimiento del PIB es ignorar que el principal problema económico que en estos momentos preocupa a los españoles es, sin lugar a dudas, el desempleo. Así lo demuestra la última encuesta del CIS en la que el paro aparece como la principal preocupación del 79% de los españoles.

Por lo tanto, si consideramos que para los españoles el problema no es si el PIB crece o no unas décimas sino si ese crecimiento se traduce o no en creación de empleo, el presidente Zapatero debería ser un poco más prudente cuando anuncie que España ya ha salido de la crisis y recordar lo que hace unos días manifestaba Campa, su secretario de Estado de Economía, al que no le duelen prendas para advertir de que este país no retornará a una tasa del desempleo del 8% -es decir, aquélla en la que nos encontrábamos cuando comenzó la crisis-, hasta el año 2015. Ello siempre y cuando a partir de 2012 el PIB crezca a una tasa del 2% y de que la economía española, a esa raquítica tasa, sea capaz de crear empleo ya que, como lo demuestra su historia económica reciente, siempre se ha necesitado de unas tasas algo más elevadas para generar empleo neto.

Sé que este llamamiento a la prudencia es casi incompatible con la necesidad política de ofrecer, cuanto antes, resultados económicos positivos. Buena prueba de ello se produjo cuando, preguntado por cómo España iba a aportar soluciones para la crisis a nivel europeo teniendo en cuenta la gravedad de la situación doméstica y la incapacidad para resolverla, el presidente Zapatero sacó pecho y, ofendido porque la pregunta se la hiciera un compatriota, respondió con una de esas frases para el recuerdo: “España está a punto de salir de la crisis si no lo ha hecho ya”.

Con ese tipo de declaraciones Zapatero sólo consigue demostrar que sigue sin tener un conocimiento mínimamente aquilatado de la situación de la economía española o que, si lo tiene, no quiere difundirlo por negativo, como ocurrió cuando se negó a reconocer la existencia de la crisis en este país. Aquella postura, que ahora trata de justificar apelando a su planteamiento optimista ante la vida, sólo puede ser tachada de irresponsable. Y es que no niego que ser optimista no sea una actitud positiva a nivel personal pero cuando se es el presidente del gobierno de un país ante todo debe primar la responsabilidad y no el optimismo pensando que éste es una virtud que se contagia y que, una vez extendida en forma de pandemia, los problemas se arreglan solos.

Evidentemente, cuando uno peca de ese nivel de imprudencia es normal que comiencen a llover las críticas. Y éstas no tardaron en llegar de la mano de “Financial Times” o “The Economist” que vinieron a recordar, precisamente, que la situación de la economía española no era como para que el presidente Zapatero fuera ofreciendo al resto de Europa su experiencia en el tratamiento de la crisis y de que, por lo tanto, no estarían demás unas mayores dosis de humildad y algún tranquilizante para los aires de grandeza con las que se iniciaba el mandato.

Sin embargo, no contento con el chaparrón inicial, el presidente Zapatero quiso ir un poco más allá y lanzó rápidamente una propuesta cuya vida duró lo que tardaron alemanes y franceses en rechazarla y el “Wall Street Journal” en mofarse de ella.

Así, Zapatero planteó la ingeniosa idea de que, ante el fracaso de la estrategia de Lisboa en donde se planteaban objetivos tales como el incremento de la tasa de empleo hasta el 70% de la población o el aumento de la inversión en I+D hasta el 3% del PIB, la nueva estrategia para los próximos años debería no sólo incluir nuevos objetivos concretos sino que, además, éstos debían ir acompañados de “medidas que actúen como incentivo y, si resulta aconsejable, medidas correctivas por lo que se refiere a los objetivos fijados en nuestras políticas económicas”. Una propuesta que, casualmente y para más inri, iba en la misma línea que la planteada por Guy Verhofstadt, el líder del grupo liberal en el Parlamento Europeo.

La propuesta apuntaba a replicar en materia de empleo y competitividad la filosofía del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que constriñe la posibilidad de que los estados miembros de la Unión Monetaria puedan realizar políticas fiscales excesivamente expansivas.

La respuesta de alemanes y franceses no se hizo esperar y, por ejemplo, el ministro alemán de Economía manifestó que la propuesta “no tenía mucho sentido” y que lo máximo a lo que estaban dispuestos era a aumentar la coordinación entre los gobiernos nacionales.

La contrarréplica española fue inmediata: “donde dije digo ahora digo diego”. La vicepresidenta del gobierno se apresuró a declarar que en ningún caso Zapatero había hablado de sanciones y que España y Alemania “coincidían absolutamente en una mayor coordinación de las políticas económicas". ¿Y es que puede ser de otra forma? ¿O es que alguien va a estar en contra de que el aumento de la coordinación de las políticas económicas en una unión monetaria es algo deseable en sí mismo?

Sin embargo, y este es el problema de fondo, la realidad demuestra que esa coordinación no existe y que ni siquiera el mecanismo de las sanciones es válido para conseguir que los países de la Unión Europea avancen juntos hacia un proyecto económico común.

Que la coordinación no existe se ha puesto de manifiesto de una forma cruda en los planes de actuación que los distintos gobiernos han planteado frente a la crisis. Más allá de acuerdos puntuales en materia de rescate del sistema financiero, cada país ha implementado los programas de recuperación económica que ha estimado oportuno en función de sus intereses nacionales y evitando que, en la medida de lo posible, los mismos pudieran tener efectos más allá de sus fronteras. El temor a una apuesta decidida por la expansión de la demanda agregada en países como Alemania, por ejemplo, tiene mucho que ver con la incidencia positiva que las medidas que se articularan para ello tendrían sobre otros países de la región y, por lo tanto, con la imposibilidad de rentabilizarlas electoralmente a nivel interno.

Es más, ¿cómo puede plantearse más allá de las meras declaraciones retóricas la importancia de la coordinación en materia de políticas económicas que afecten a la economía real cuando la mayor parte del comercio de los países de la Unión Europea (el 67,4% de las exportaciones y el 62,6% de las importaciones) es intrarregional? Esa estructura del comercio se ha conseguido, en gran medida, a base de estimular la competitividad nacional para copar cuotas de mercado en el resto de Estados miembros al tiempo que se eliminaban las restricciones a la circulación de mercancías y capitales con vistas a crear un mercado único en el que cada país compitiera en igualdad de condiciones con el resto.

En este sentido, plantear ahora objetivos basados en el refuerzo de la competitividad, aunque sea para hacer frente comercialmente al resto del mundo o para equiparar la Unión Europea a los Estados Unidos, y además establecer compromisos vinculantes sometidos a sanción en caso de incumplimiento es desconocer radicalmente la esencia del proyecto europeo.

No es que sea una propuesta inviable es que, como plantearon inmediatamente lo alemanes, no tiene sentido en esta Europa de los mercaderes.

Es por eso que el carácter de las propuestas iniciales de la presidencia española anda tan desencaminado. Porque la Europa que los mercaderes pensaron ya existe, es cierto que no con el grado de profundidad en la liberalización de las relaciones económicas que ellos desearían (aún puede irse más lejos al respecto y la crisis se está convirtiendo en una buena excusa para ello), pero sí con la suficiente intensidad como para vetar cualquier medida que pudiera entenderse como un incentivo a la posibilidad de equiparar las condiciones productivas entre países y, con ello, a incrementar la competencia por los mercados nacionales.

Si este presidente quiere pasar a la historia de la Unión Europea por sus propuestas rechazadas debería pensar más en todas aquellas que sería posible realizar para incrementar la democracia a nivel europeo, para construir una hacienda pública comunitaria o para conseguir que los niveles de bienestar que disfruta un ciudadano sueco o danés sean similares a los de uno griego o español. Puestos a pedir lo imposible, que al menos parezca por sus peticiones que es socialista.

Alberto Montero Soler (amontero@uma.es) es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga y puedes leer otros textos suyos en su blog La Otra Economía.

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miércoles, 20 de enero de 2010

Europa en crisis


19-01-2010
Peter Schwarz
Word Socialist Web Site
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


Al inicio de la pasada década, en marzo de 2000, los jefes de Estado de la Unión Europea anunciaron la Estrategia de Lisboa. Su objetivo para 2010 era convertir a Europa en una “economía más competitiva y dinámica basada en el conocimiento, capaz de un desarrollo económico sostenible con más y mejores empleos y una mayor cohesión social”. Esto crearía “las condiciones para el pleno empleo y el fortalecimiento de la cohesión regional en la Unión Europea”.

Cuando empieza la segunda década del siglo XXI, las aspiraciones expuestas en la capital portuguesa se han desvanecido. En vez de pleno empleo el paro generalizado se ha apoderado de ella; en vez de crecimiento económico hay estancamiento; en vez de cohesión hay discordia. Incluso la moneda común, la base de los nobles planes de Lisboa, está en grave peligro.

La Estrategia de Lisboa era la expresión de que Europa, por medio de la ampliación de la Unión Europea y de una integración más profunda, podría alcanzar o incluso superar a Estados Unidos como principal potencia. Esto habría sucedido únicamente a consecuencia de un poder económico de una Europa unida, sin tensiones sociales ni conflictos políticos y militares en un periodo anterior.

Estas ilusiones encontraron su expresión más clara en el discurso del entonces ministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer (Los Verdes) pronunciado en mayo de 2000 en la Universidad Humboldt de Berlín. Fischer pidió la transformación de la Unión Europea en una alianza abierta de Estados en una federación.

Por medio de la “estrecha integración de sus intereses vitales y la transferencia de los derechos de soberanía nacional a instituciones europeas supranacionales”, afirmó Fischer, los Estados europeos señalarían su rechazo de los conflictos nacionales que desgarraron el continente antes de 1945. Sólo de esta manera Europa sería capaz de “desempeñar el papel que le corresponde en la economía global y la competición política”.

Desde entonces, la idea de Fischer de que Europa podría organizarse armoniosamente sobre una base capitalista ha demostrado ser una quimera. En París y especialmente en Londres su propuesta se interpretó como un intento de subyugar a Europa a los dictados de Berlín. La ampliación de la Unión Europea a la Europa del este ha resultado ser un arma de doble filo. No sólo ha traído la expansión del mercado internacional sino también conflictos políticos e inestabilidad.

En 2003 Estados Unidos atacó a Iraq, lo que dividió a Europa. Mientras que los gobiernos británico y polaco apoyaron plenamente la guerra, el alemán y francés se opusieron. La administración estadounidense utilizó el conflicto para abrir una brecha entre la “vieja” y “nueva” Europa.

La Constitución Europea, que quedó de la idea de Fischer, fracasó en 2005 a manos de los votantes franceses y alemanes, quienes la interpretaron correctamente como un intento de subordinar al pueblo de Europa a los dictados de los intereses financieros y económicos de los más poderosos. Tras un tira y afloja diplomático y político que duró varios años, el marco básico de la Constitución Europea se hizo realidad en la forma del Tratado de Lisboa. Pero para entonces Berlín y París había perdido todo el interés. Esto quedó demostrado con el nombramiento de dos figuras secundarias sin autoridad alguna para dos puestos clave, el de presidente del Consejo y el de ministro europeo de Asuntos Exteriores.

Con la llegada al poder de Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, Francia y Alemania habían vuelto otra vez a una política exterior más independiente fuertemente centrada en Estados Unidos. En 2005 el Canciller alemán Gerhard Schröder (Partido Socialdemocráta) había dejado el poder prematuramente, entre otras cosas debido a que la orientación de su política exterior hacia Rusia había llevado a su creciente aislamiento. Pero no se ha cumplido la esperanza de que Washington respondiera con una mayor preocupación por los intereses europeos, ni siquiera tras el cambio del presidente George W. Bush por Barack Obama.

Ahora la crisis financiera y económica internacional ha sacado a la superficie todas las contradicciones no resueltas de la política interna y externa de Europa. En el conflicto entre Estados Unidos y China, que domina cada vez más el escenario mundial, Europa está siendo empujada al límite y dividida.

A los gobiernos alemán y francés les amarga que Washington decidiera una expansión generalizada de la guerra en Afganistán sin consultar antes a sus aliados de la OTAN. Por otra parte, no quieren dejar esta región tan importante estratégicamente únicamente bajo influencia de Estados Unidos; por otra, temen que ellos podrían convertirse en meros agentes de Estados Unidos en una guerra que cada vez se intensifica más. El fracaso de la Conferencia sobre el Cambio Climático de Copenhague, del que Europa culpa a los gobiernos chino y estadounidense, ha causado más ira aún.

La crisis económica ha dejado al descubierto la inherente debilidad de la economía europea. Los descomunales déficits presupuestarios de Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España amenazan con romper el respaldo del euro. Hasta ahora la moneda común ha impedido una devaluación generalizada acompañada de un aumento de la inflación, pero el alto valor del euro, unido al alza de las tasas de interés hace imposible para los países de la Eurozona superar la crisis sobre la base del libre mercado. Bruselas ha respondido pidiendo cortes draconianos en los gastos del gobierno, particularmente en el sector social.

Gran Bretaña, que no es miembro de la Eurozona, se está convirtiendo en el enfermo de Europa. Su economía depende fuertemente del sector financiero. En los últimos diez años el número de trabajos industriales en Reino Unido ha descendido un 30%. El descenso en Alemania y Francia durante el mismo periodo fue de menos del 5% y 10% respectivamente. Para rescatar al sector financiero del colapso el gobierno británico se ha endeudado a gran escala. El valor de la libra ha descendido en consecuencia. Otra crisis de la banca suscitaría rápidamente el fantasma de que Gran Bretaña no puede pagar su deuda soberana.

Para Alemania y en menor medida para Francia, su relativa fuerza económica ha resultado ser su talón de Aquiles. La producción industrial en Alemania, como un porcentaje de su producto nacional bruto, es más de dos veces la de Estados Unidos. La relativa fortaleza de la producción industrial alemana está estrechamente relacionada con un incremento masivo de las exportaciones alemanas. En los últimos veinte años la producción alemana para la exportación ha aumentado del 20% al 47% del producto interior bruto. Incluso las exportaciones de China corresponden sólo al 36% de su producto interior bruto.

Esta enorme dependencia de sus exportaciones industriales ha hecho a Alemania excepcionalmente vulnerable al impacto de la crisis económica internacional. El año pasado el rendimiento económico bajó un 5.3%. La producción de ingeniería está actualmente a sólo un 70% de su capacidad y las perspectivas de una mejora son muy débiles.

La exportación industrial alemana está bajo una enorme presión por parte tanto de Estados Unidos como de China. Estados Unidos ha explotado el bajo precio del dólar y sus bajos niveles de salarios, establecidos con fuerza bruta como parte de la reorganización de la industria del automóvil estadounidense, para ganar una ventaja competitiva frente a sus competidores europeos. A este respecto es simbólico el desplazamiento parcial de la producción del Mercedes S-Class de Alemania a Estados Unidos. China, por su parte, está presionando en sectores del mercado que antes eran dominio exclusivo de los alemanes debido sus altos niveles de calidad.

Las elites europeas y alemanas están reaccionando como lo hicieron a principios del siglo pasado ante los problemas y contradicciones cada vez mayores: con ataques sociales y políticos a la clase trabajadora y con un militarismo cada vez mayor.

Muchos gobiernos parecen paralizados dados los cada vez mayores problemas de política exterior y conflictos internos. El gobierno cristiano demócrata- democracia liberal de Berlín ha sucumbido a peleas internas desde que llegó al poder en noviembre. La canciller Merkel ha sido acusada desde todas partes de falta de determinación y de liderazgo débil. Pero entre bastidores hay una intensa búsqueda de nuevos mecanismos de dominio para facilitar el desvío de las consecuencias de la crisis económica hacia la clase trabajadora ya que los métodos del compromiso social están más que agotados.

En este contexto es donde se está intensificando el actual ataque contra los derechos democráticos, en parte fomentando los miedos al terrorismo e intensificando el resentimiento hacia los musulmanes. Al frente de estos esfuerzos reaccionarios están el socialdemócrata alemán Thilo Sarrazin y el ex-político del Partido Socialista y actual ministro de emigración francés Eric Besson. Estos círculos han seguido atentamente y con todas simpatía el referéndum suizo contra la construcción de minaretes. Estas medidas representan un intento de desviar la atención de las cuestiones de clase y de movilizar a abogados de derecha de la clase media para lanzarlos en determinado momento contra la clase trabajadora.

El pueblo trabajador debe sacar sus propias conclusiones del fracaso de los planes de la burguesía europea. Los trabajadores europeos deben unirse para defender sus propios intereses sociales u políticos. Deben luchar por una Europa socialista bajo la bandera de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

Fuente: http://wsws.org/articles/2010/jan2010/pers-j11.shtml

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domingo, 15 de noviembre de 2009

El malestar se impone

15-11-2009
Carlos G. Osto
Rebelión

Reclamar libertad, legalidad e igualdad, fue el grito de la revolución burguesa, y hoy, no nos hace reclamar más que capitalismo. Hoy es la hora del sujeto responsable, del ser, del respeto por los demás y por uno mismo, y la desigualdad enriquecedora, es la hora de imponer la realidad sobre la realidad que se nos impone.

Un fantasma recorre Europa (por lo menos España): el del malestar vivencial creciente. Hay algo que no va bien; se percibe aunque no se vea todavía. Es un malestar que aun sin querer ser identificado, esta ahí, de forma que, aunque no se quiera reconocer, no deja de tomar forma, crecer, e imponerse.
Este es un malestar que empieza a insinuarse en los rincones mas redonditos del cerebro de gente que hasta el momento consiguió mantenerlos limpios de duda, incertidumbre, e incluso de pensamientos. Y esta duda se impone ya que, aunque no se quiera leer, escuchar o pensar, hay una realidad que afecta al transcurrir diario, y causa desazón.
Esta es una realidad aún alejada de realidades como que, los servicios secretos (siempre son los extranjeros, ya que los nacionales tienen deontología y no lo hacen), espían a los ciudadanos europeos, fuera y dentro del país, o puedan calificarlo de terrorista, y secuestrarle y torturarle (preferentemente fuera del país). Realmente le suena, pero todavía le puede parecer que eso solo le pasa a algunos, “extremistas” rebeldes y utópicos que hablan y piensan demasiado.
También les puede parecer lejano algo que creen no le afectara nunca; el que la politica, leyes y economia de los europeos se determine por el llamado Consejo de Europa, por funcionarios que tienen inmunidad, y que ponen en practica la defensa de las premisas e intereses de clase de la burguesía, a escala mundial, bajo la premisa de la competitividad, la legitimación y justificación de la necesidad de la clásica Razón de Estado (de un Estado que debilitado en cuanto a regulación de derechos), razón que se resume en su aplicación de cara a los pueblos, masa, o plebe, con los clásicos argumentos:
La crítica es traición y derrotismo en alianza con el enemigo.
El pueblo no tiene la preparación necesaria para intervenir
Se pone en riesgo la confianza y unidad necesaria para la “supervivencia”
A la Razón de Estado, añadamos la Razón de Clase: la política como estructuración de poder de la clase dominante que se apropia de la riqueza, producida y natural, y que se niega (como clase e individualmente), a un reparto más equitativo de lo que se apropia (roba) en su espiral de acumulación y consumo de lujos.
Como apreciábamos al principio, lo dicho anteriormente puede parecer lejano y de problemática aplicación para la mayoría, pero la inquietud se está instalando en rincones, todavía en lo subjetivo, casi sin identificar, pero cada día en más gente.
El sentimiento de desprotección crece en la medida que e l afamado estado de derecho (no digamos el del bienestar) tiende a desaparecer, incluso sobre el papel. Aunque nunca existió la separación de los poderes, parecía que sí. Hoy, la careta ni siquiera se usa y se muestra claramente que los poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) se unifican en la representación politicoeconomica, en el poder ejecutivo, y que este poder ejecutivo, no solo detenta los supuestos y separados poderes legislativos y judiciales, sino que elige a quienes ocuparan los cargos.
Pero aún así, todavía no se identifica el malestar con el ¿porqué?; la desazón del ciudadano tiene razones más prosaicas. Las luchas internas por conseguir el poder (el que decide, el economopolitico), le quedan lejanas. Como mucho es un votante bienintencionado que lo único que quiere es paz y seguridad, que los cosas no cambien mucho, o nada, por lo que es votante de uno de los dos partidos mayoritarios, esperando protección a cambio.
Este votante (la mayoría de la población), sí se manifiesta (aquí si se dan manifestaciones virulentas (como en el fútbol) de pertenencia a derechas o izquierdas, en realidad partidario ideologico de uno de los dos únicos formatos políticos representativos en cuanto a parlamento), pero sigue sin querer ver que dichos partidos políticos forman parte de ese ejecutivo de clase que se impone, y arguye intentando encontrar diferencias que le den un poco de paz interior ante la similitud de las políticas económicas (y sociales) de los dos partidos mayoritarios: “esta izquierda radicalizada nos lleva a la ruina economica y moral”, o, “las políticas económicas de los dos partidos mayoritario son similares, no obstante, la política de la derechona es más caníbal”.
La realidad insiste, y ya no queda más remedio que reconocer que, la socialdemocracia europea y sus seguidistas eurocomunistas, nunca se sonrojaron al afirmar que, cambiar las relaciones de explotación, consumo, reproducción, medioambiente y culturales, es imposible, ya que solo son posibles los cambios desde y dentro del propio sistema (capitalista), por tanto, su lema es: lavemos la cara, algo, para que nada cambie.
Obstinadamente, el quehacer diario va minando todos los muros levantados, día a día se legalizan y se imponen leyes desde los parlamentos nacionales y globales. Día a día la desregulación de la protección social y sus continuos recortes es un hecho, y día a día crece la inseguridad, el miedo, el malestar.
España va bien (dicen estas elites parlamentarias), pero el miedo a un futuro de desregularización y desprotección (sobre todo en la vertiente económica y sanitaria) va calando en las mentes de muchos, y el malestar se incrementa.
Tercamente la realidad (la de verdad, no esa otra realidad que se vende desde los formatos oficiales y todos aceptan) golpea aunque no se quiera reconocer, y el malestar se incrementa; Se degrada la sanidad pública y se incentiva la privada, a la vez que se imponen reformas de la Seguridad Social que dificultan y abaratan las protecciones de jubilación, viudedad, orfandad y paro; el salario pierde un 30 % de su poder adquisitivo (incluyendo la influencia del euro; 1 euro oficialmente = 166,386 pts; 1 euro realmente = 100 pts) , en solo 7 años suben todos los productos de primera necesidad y el precio del panel arroz, etc alcanza cotas de obscenidad economopolitica ya que,además, la justificación es la producción de ecocombustibles.
A la vez, cada español paga 422 euros (en 2008) a los presupuestos de armamento, justo en el momento en que crece el número de soldados profesionales ¿mercenarios? que se incorporan a las labores de ocupación en diversos países (sobre todo Afganistan), y aparecen expertos en asuntos de defensa que nos dicen que el sistema de ejército profesional en España es inviable, que no se consigue ocupar las plazas necesarias (ahora, con la crisis capitalista, la contrata de mercenarios es más fluida), y que se debe volver a pensar en el servicio militar obligatorio.
España va bien (repiten los vividores de la política), pero el malestar de la población se incrementa proporcionalmente a sus dificultades para llegar a final de mes mientras se dispara el paro, y continua la la especulación financiera,
Se presentan los presupuestos para el año 2009; prometen grandes inversiones en lo social, pero la historia nos muestra que los presupuestos siempre han sido continuistas, da igual que partido político gobierne, y esa continuidad nos enseña que las coberturas sociales disminuyen a medida que se privatiza.
Hay que hablar claro y dejarnos de subterfugios del tipo “esto no está bien, pero lo otro es peor”. Si se sigue legitimando lo que hay, si seguimos escondiendo la cabeza como el avestruz, solo tendremos un politiqueo de mediocres burócratas que cada día harán más difícil y amarga la subsistencia, la propia vida.
El futuro depende de que se llame a las cosas por su nombre, de que se vea la realidad de esa realidad que nos venden, de la resistencia que se oponga a las políticas que imponen esas elites de la poltrona politicoeconomica, y de hacer saber a esos burócratas que sabemos que, aunque criminalicen toda crítica, no deja de ser otra agresión, otro engaño que en realidad esconde una guerra contra la libertad del sujeto responsable, el respeto y dignidad, y la desigualdad enriquecedora, o sea, la agresión contra las poblaciones en su conjunto y su consiguiente empeoramiento de calidad de vida.
Nos están intentando llevar a un proceso en el que la desregularización de los propios estados nacionales y la desprotección de la población por dicho estado, provoca de hecho la ruptura del contrato social. Hecho que puede llevar a tres tomas de posicionamientos y acción diferenciados: la primera seria una época de luchas y revueltas cada vez más duras y violentas, la segunda seria la acción individual, por la que, en una vuelta de tuerca hacia el individualismo, que tanto ha predicado la burguesía, el capitalismo, y en una secuencia de lucha por la supervivencia hobbiana, cada cual se defendería, agrediría y tomaría (en principio; de los que poseen y acumulan), lo que considerase necesario para su subsistencia y la de los suyos, y la tercera y más probable es la conjunción de las dos anteriores. El futuro esta servido.
No tiene porque ser indefectiblemente así. Llamemos a las cosas por su nombre, califiquemos de nuevo, y si es necesario, demos nuevos nombres (por ejemplo al calificador izquierda). La resistencia a las acciones del capitalismo transnacional (y nacional) y sus representantes economopoliticos serán factor determinante. El malestar conlleva resistencias, y el malestar se impone, como se esta imponiendo volver a llamar capitalismo al capitalismo

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domingo, 1 de noviembre de 2009

Solana: «Israel es un miembro de la Unión Europea»


31 Octubre 2009
voltairenet.org

Por segundo año consecutivo, el presidente de Israel, Shimon Peres, convocó una imponente conferencia, Facing Tomorrow (Jerusalén, 20-22 de octubre de 2009). Mas de 3 500 personas se inscribieron como participantes.

Entre los oradores se destacan el ecologista británico Barón David Mayer de Rothschild; el presidente de Skype, Josh Silvermann; el fundador de Wikipedia, Jimmy Wales; el maestro espiritual indio Sri Sri Ravi Shankar (que está dando lecciones de meditación trascendental a los dirigentes iraquíes) y el director de Publicis, Maurice Lévy.

En la lista de oradores políticos se encuentran Susan Rice (embajadora de Estados Unidos ante la ONU), Ivanov Gjorgje (presidente de Macedonia), José María Aznar (ex presidente del gobierno español), Tony Blair, (ex primer ministro del Reino Unido) y Leonid Kuchma (ex presidente de Ucrania). Francia está representada por Anne-Marie Idrac, ministra de Comercio Exterior.

Una asombrosa sorpresa se produjo durante el desarrollo de la mesa redonda «Convertir la crisis en oportunidad», en la que participaban el especialista en inteligencia artificial Raymond Kurzweil (miembro del US Army Science Advisory Board), el ensayista francés Bernard-Henry Lévy, la jurista Ruth Gavinson (ex miembro de la Comisión Winograd) y el diplomático Javier Solana (ex secretario general y actual alto representante de la Unión Europea.

El señor Solana, que parecía estar muy en forma, declaró: «Israel, permítanme decirlo, es un miembro de la Unión Europea sin ser miembro de sus instituciones». El señor Solana prosiguió resaltando que Israel es «parte activa de todos los programas de la Unión» y contribuye con su experiencia en las tecnologías avanzadas.

Subrayó Solana que ninguno de los Estados que se están incorporando a la Unión Europea tiene con ésta una relación tan estrecha como la de Israel, aunque éste último Estado nunca ha sido candidato a entrar en la UE. Aseguró además a los asistentes que Bruselas está desplegando sus mejores esfuerzos en cuanto al caso iraní. Para terminar, afirmó que la lentitud del proceso de paz israelí-palestino no es imputable a Israel, sino a un simple problema de metodología.

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jueves, 8 de octubre de 2009

Irlanda: Una piedra ante el Tratado de la Unión Europea


09-10-2009
Leyla Carrillo Ramírez
Rebelión

Al subir una cuesta, tropezar con una piedra deviene en retroceso. Al bajarla, es mucho peor, porque el caminante puede despeñarse sin remedio. Las piedras halladas en el camino del fallido Tratado Constitucional después de la negativa de los ciudadanos franceses y holandeses en el año 2005, han representado cuatro años de espera para las élites de la Unión Europea –que siempre tan previsora- esta vez mostró incapacidad para acometer un plan alternativo.

Varios Jefes de Estado y de Gobierno adoptaron decisiones, cuestionables como ejercicio democrático, al aprovechar de sus respectivas Constituciones nacionales la variante de una ratificación del Tratado de Lisboa mediante la votación parlamentaria, en lugar de celebrar un referendo. De éstos, los cuatro mayores países de la UE prefirieron primera la opción parlamentaria, para sortear la piedra de un rechazo popular. De esta forma, el futuro comunitario de sus pueblos recayó sobre las empolvadas pelucas de los integrantes de la Cámara de los Lores (en el Reino Unido) y en el dinamismo del ejecutivo francés, del Primer Ministro italiano y del Parlamento Federal alemán.
El TL, preelaborado durante la presidencia alemana de la UE, sufrió un insoslayable tropiezo, cuando los irlandeses –los únicos obligados constitucionalmente a someter la ratificación a un referendo- votaron negativamente en junio de 2008.. El percance confirmó, además, que no todos los europeos siguen ciegamente los mandatos de Bruselas. Esta vez tampoco había un plan “B” o alternativo.
Entonces la única opción consistió en prodigar consejos, excluir cláusulas para viabilizar la votación y “ayudar” económicamente mediante los denominados “garantes europeos”, que se calcula aportaron 32 mil millones de libras esterlinas a algunos partidos de Irlanda, con la finalidad de “convencer” a los votantes en el segundo referendo irlandés sobre la utilidad que representaría la ratificación del Tratado.
Sus argumentos, entre otros, consisten en: defender la soberanía y la neutralidad, las afectaciones al empleo1 y salario, la presunta pérdida de influencia del país en las decisiones comunitarias; aspectos ético-religiosos como el aborto, la suspicacia sobre una mayor participación en las actividades “defensivas” ante los escenarios bélicos actuales y las probables afectaciones a la libertad sindical –debido a sentencias contrarias a los intereses irlandeses emitidas por la Corte de Justicia Europea, que condujo al rechazo de incorporarse a los temas concernientes a Justicia e Interior (JAI)2
La aclaración en el Boletín de la UE del reciente 23 de septiembre sobre “las mentiras difundidas por funcionarios irlandeses y, hasta comunitarios, respecto a las motivaciones para el rechazo al primer referendo3 -lejos de esclarecer lanzaron más dudas, cuando comentó que “el principio de no intervención había sido limitado, al sustentar que Irlanda debería renunciar a su neutralidad, porque la juventud podría encontrarse envuelta algún día en un conflicto armado”. Añadía que “otras falacias”, habían divulgado que el Tratado admitiría el divorcio y el aborto; que “el país había perdido el derecho a un comisario europeo” y predijo que “las inversiones extranjeras decaerían si los irlandeses fallaban”.
Los partidos políticos opositores al Tratado han sido primordialmente de extracción obrera, tales como el Sinn Fein –nacionalista y pro liberación de Irlanda); el Libertas, el denominado People’s Movement (con participación del Comunista); el People Before Profits (coalición desde el año 2005 con influencia del troskista Socialist Workers y el COIR –organizado en 2003 después del segundo referendo para ratificar el Tratado de Niza- conservador y derechista.
No es ocioso recordar los resultados del referendo negativo irlandés del 12 de junio de 2008: solo el 42% de los votantes había acudido a las urnas: 53,4% rechazó el Tratado y un 46 % lo respaldó. En vísperas del segundo referendo, el sondeo avizoraba entre un 45 y un 55% favorable. El sábado 3 de octubre el conteo de las urnas arrojó que el 67,13% de los votantes había favorecido el SI, mientras que el 32,87% había votado NO, con la participación del 58% del electorado.
Sin embargo, no todo es color de rosa en la votación, porque el abstencionismo ascendió al 41% del electorado; mientras que los enormes esfuerzos institucionales, mediáticos y económicos solo lograron que la quinta parte de los opositores, cambiaran de opinión. De esta forma se cumplieron las expectativas de la Unión Europea, empeñada en la ratificación, a toda costa y sin tregua, hasta diluir las reticencias irlandesas.
Los resultados del reciente referendo irlandés inspiraron las declaraciones del Presidente de la Comisión, Manuel Durao Barroso: “es un gran día para Irlanda y para Europa, señal de la confianza del pueblo irlandés en la UE y su deseo de integrarse a su esencia; de que reconoce su papel para responder a la crisis económica”. Y añadió: “la campaña, la información masiva sirvió para que los ciudadanos conociesen sobre sus garantías jurídicas y que tendrán un comisario propio”. Y por último su esperanza de que Polonia y la República Checa ratifiquen el Tratado tan pronto como sea posible”.
El gobierno irlandés, por su parte agradeció a las élites de la UE el enorme esfuerzo realizado para culminar, felizmente, un triple propósito: Dublín continuará beneficiándose del apoyo comunitario en sentido económico, se incorporará a los objetivos sustanciales de la Unión. Ésta, a su vez elimina uno de los mayores obstáculos para que el Tratado de Lisboa comience a regir la vida de todos los comunitarios, sin importar las disensiones enfrentadas durante un trienio.
Tres Presidentes de Estados miembros de la UE mantenían en suspenso su firma: los de Alemania, Polonia y Chequia. El caso alemán se resolvió hace dos semanas cuando, el Tribunal Constitucional de Karlsruhe dejó sin efecto la impugnación lanzada a la Cámara Alta (Bundesrat) en el sentido de que los partidos en ella representados no habían sido consultados para emplear el método parlamentario, en lugar de un referendo. Salvado este escollo, el presidente Horst Köhler lo firmó el 23 de septiembre pasado y entregó el acta oficial de ratificación. El protagonismo alemán para la implementación del nuevo Tratado no podía contradecirse.
Está pendiente la firma por el Presidente polaco, Lech Kaczynski, quien sustentaba su dilación sobre “la necesidad de resolver el problema irlandés para que no hubiera un problema polaco”. Las inquietudes expresadas por su gobierno fueron satisfechas cuando la UE les ofreció modificaciones de índole ética, semejantes a las solicitadas por los británicos e irlandeses, que podrían conducir a eximirlos de la Carta Europea de Derechos Humanos Fundamentales o a una nueva reformulación de ésta.
Lo más conflictivo en estos momentos es el euroescepticismo checo, expresado antes, durante y posterior a su presidencia semestral de la Unión Europea, entre enero y junio de 2009. Las diversas versiones para la dilación de la firma por el Presidente checo transcurren desde la espera del nuevo referendo irlandés o de la decisión del Tribunal Constitucional alemán, hasta la conveniencia de “estar mejor dentro que fuera del Tratado”. El voto favorable de 59 senadores en mayo no ha bastado para la superestructura checa: ahora el Presidente, Václav Klaus condiciona su firma “a que el Tribunal Constitucional dicte sentencia sobre una consulta realizada por un grupo de senadores de su país.4
La cuesta hacia la ratificación ha sido empinada, sorteando infinidad de pedruscos. Falta por ver cómo resolverá la Unión Europea los escollos atravesados en el camino por el gobierno checo. Después de todo, la cúpula de la UE está acostumbrada a invertir tiempo, neuronas, diplomacia activa y recursos para salvar del despeñadero al Tratado de Lisboa. La lección resulta más sencilla de lo que aparenta: la democracia eurocomunitaria constituye una muestra sobre las diferencias que separan a los gobiernos de la opinión popular.
Leyla Carrillo Ramírez colabora en el Centro de Estudios Europeos de La Habana.
La Habana, 6 de octubre de 2009, “Año del 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”.
Notas:
1. 8,65% reportado en la zona euro y 1,84 en.
2. JAI: Comisión que unifica las decisiones jurídicas y de conciliación policial, adecuando temas de fronteras, homologación de sanciones y política migratoria, en coordinación también con Estados Unidos.
3. Bulletin Quotidien Europa 9983, del 24 de septiembre.
4. Sitio web de Instituciones de UE, 10/10/09, ref. 20091002STO61726

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