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miércoles, 12 de mayo de 2010

¿Quién mató a Roque Dalton?


12-05-2010
Hermann Bellinghausen
La Jornada

A 35 años de su asesinato, Roque Dalton (1935-1975) está más vivo de lo que jamás pensaron sus detractores literarios, y pervive también, intensamente, en términos políticos y de experiencia revolucionaria.

Es uno de los muchos caídos en las esperanzadoras insurrecciones en los años 70 del siglo pasado que terminaron enlutando Centroamérica y el Cono Sur, y que, con excepción de Nicaragua, fueron derrotadas. Lo particularmente doloroso en el caso de Dalton es que fue asesinado por sus propios compañeros de lucha en El Salvador.

La noche del 10 de mayo de 1975, mientras dormía, recibió un tiro en la cabeza por decisión de tres de los cuatro miembros de la Comisión Militar del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): Joaquín Villalobos, Alejandro Rivas Mira y Vladimir Rogel Umaña. Ellos mismos se encargaron de la ejecución.

Para entonces, Dalton llevaba un mes "preso" por los mandos del ERP, al cual pertenecía; lo acusaban de agente, primero "de la CIA", y después "castrista". El propio Fidel Castro reviró, y acusó de agentes de la CIA a Villalobos y a sus socios del tribunal guerrillero. Al parecer, el gran "delito" del poeta fue insistir en que antes de la insurrección era necesario crear un "frente de masas", o sea, tener bases en la sociedad descontenta. Eso acabaron haciendo los guerrilleros que confluyeron en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) después de la muerte de Dalton.

Joaquín Villalobos llegó a ser uno de los comandantes del FMLN, y tras los acuerdos de paz del Castillo de Chapultepec, que dieron fin a la guerra de El Salvador en 1992, regaló su arma al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari; arma que a su vez había entregado a Villalobos el comandante Fidel Castro.

El gesto le ganó un boleto de primera clase a la Universidad de Oxford, donde sufrió una "metamorfosis", como ha ironizado Roberto Bardini. Los estudios de posgrado hicieron de Villalobos especialista en problemas de seguridad y le permitieron asesorar al gobierno fascista de sus antiguos enemigos de ARENA, y más recientemente al presidente colombiano Álvaro Uribe.

Su deuda con Salinas era grande, y no dudó en trasladarse a México en enero de 1994 para sobrevolar la selva Lacandona junto con mandos del Ejército federal, para orientarlos en la ofensiva que preparaban contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a raíz del levantamiento indígena de Chiapas.

El asesino de Roque Dalton vuelve a México en 2010 para hablar en Los Pinos ante el cuerpo diplomático y el gabinete del presidente Felipe Calderón, evaluar positivamente su "guerra" contra el crimen organizado y delatar los "mitos" que la intentan desprestigiar (La Jornada, 9/01/10). Coincide la visita con la nueva publicación (¡en Australia!) del libro más emblemático y polémico de su víctima, Historias y poemas de una lucha de clases (editorial Oceansur, Melbourne, 2010), que Dalton escribió hacia 1975, póstumamente conocido como Poemas clandestinos (1981).

Una franja de sus ideas y convicciones hoy resultan obsoletas pero fueron comunes en la izquierda latinoamericana de los años 60 y 70 del siglo XX, como el sovietismo devoto o el rechazo intransigente a la homosexualidad (aunque debe reconocerse que ya había asumido la igualdad de las mujeres, pues aprendió las primeras lecciones del feminismo sesentero, lo que en esa tradición de izquierda tenía su mérito).

Toda generación de poetas es en parte obsoleta. Para ilustrarlo con el caso mexicano e independientemente de los logros artísticos, esto aplica a los modernistas porfirianos, los estridentistas, los Contemporáneos, las revistas Taller e Hijo pródigo o el valemadrismo infrarrealista. Pero lo que va quedando es la poesía, donde la hay. Y las verdades que la alimentaron.

Revolucionario de corazón, miltante íntegro y comprometido hasta el final, en Historias y poemas, Roque Dalton se desdobla en cinco heterónimos, poetas de su invención: la joven activista Vilma Flores, el líder estudiantil Timoteo Lúe, el también narrador Juan Zapata, el ensayista literario Luis Luna y el de mayor edad, Jorge Cruz, asesor jurídico del movimiento obrero católico, especialista en Paulo Freire y presunto autor de una Oda solidaria a Camilo Torres; su alter ego Dalton "transcribe" la serie Poemas para salvar a Cristo, incluyendo el memorable Credo del Che.

Víctima de un "error" estalinista del hoy oxfordiano asesor bélico de gobiernos neoliberales y represivos, Dalton tiene asegurado su lugar como autor fundamental (y siempre incómodo) en las letras salvadoreñas y el conjunto de la literatura en lengua castellana. Tan sólo su libro más conocido, Las historias prohibidas de Pulgarcito (1974), en deuda con las misceláneas de Julio Cortázar, pertenece a la estirpe cuasi nerudiana de Guatemala: las líneas de su mano, de Luis Cardoza y Aragón, y Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

¿Quién dijo que la poesía no muerde?

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/01/18/index.php?section=opinion&article=a14a1cul

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martes, 29 de diciembre de 2009

Las voces de Guantánamo


28-12-2009
Hermann Bellinghausen
desInformémonos

La poesía siempre es un milagro, pero hay de milagros a milagros, como demuestra el libro Poemas de Guantánamo: hablan los detenidos (Marc Falkoff, editor). Que hayan visto la luz pública es lo de menos; el verdadero portento es que siquiera existan poemas escritos por los presos islámicos en la base militar estadunidense de Guantánamo, el centro de reclusión y tortura más cruel y refinado que haya conocido el mundo. No se trata de un campo de exterminio, y de ahí su novedosa perversidad: la idea es que las víctimas sobrevivan en las peores condiciones, que sufran y “paguen”, lo mismo si confiesan o no, si son culpables o no.

Y en medio de la depravación y la degradación más calculadas y profundas, ¿qué hacen estos hombres? Escriben versos.
Resulta que un buen número de ellos ya eran poetas reconocidos, o alcanzaron maestrías y doctorados en literatura y diversas disciplinas. Otros, “amateurs”, escribieron sus primeros versos en el campo de concentración. Con guijarros en las paredes y el suelo, sobre manchas secas de pasta de dientes, con las uñas en vasos desechables de unicel que pasaban de celda en celda hasta terminar pepenados por los carceleros al final del día con la demás basura. Desde el último escalón de la condición humana cantan o se lamentan para sí mismos y lo comparten con sus compañeros de desgracia.
Creado después de la invasión de Afganistán y la declaración de “guerra contra el terror” de George W. Bush, en el neogulag (irónicamente establecido en territorio hurtado a Cuba) durante más de un año se impidió a los más de 500 reclusos usar lápiz y/o papel.
Después de 2003 se suavizó la prohibición, pero los militares confiscan versos y cartas de manera sistemática, para guardarlos en las bóvedas del Pentágono en Washington. Con frecuencia son arrebatados a los abogados voluntarios que visitan a los presos. Si ahora se conocen es porque, tras engorrosos trámites legales, unos cuántos fueron “desclasificados”.
Los mando militares han declarado que estos poemas representan “un riesgo especialmente elevado” para la seguridad nacional del imperio, “por su contenido y formato”. ¿No supera esta consideración cualquier elogio de la crítica literaria? Ni siquiera Stalin persiguiendo a Ossip Mandelstam o Pinochet a Víctor Jara fueron más implacables y obsesivos.
Estos “peligrosos” dispositivos verbales hablan de dolor, tristeza, desesperación, amor a los hijos o los padres ausentes, indignación íntima, la sombra de la muerte o la determinación de lucha. Algunos, claro, son de contenido religioso, parafrasean el Corán o elevan plegarias al mismo Dios de sus carceleros.
Hay piezas definitivamente hermosas. Otras poseen un poderoso valor testimonial. Todas son poderosamente humanas. Escritos en árabe (y en ciertos casos en inglés, pues entre los detenidos hay ciudadanos británicos y ex estudiantes de universidades estadunidenses), no pocos siguen las tradiciones poéticas árabes: son casidas, cánticos. Es menester subrayar que participan de una cultura mucho más literaria que la nuestra. Ante la prohibición sistemática de la representación visual, los pueblos árabes otorgan inmensa importancia a la palabra.
Según dictaminó a principios de la década el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld –uno de los muchos protonazis que andan sueltos hoy en día, y quizá el más letal y pernicioso-, los “detenidos” de Guantánamo “se cuentan entre los asesinos más peligrosos, mejor entrenados y más malvados que existen sobre la faz de la Tierra”. El propio personal del Pentágono en la mencionada base militar han puesto en duda tal aserto al reconocer que, a lo más, unas pocas decenas de entre los 500 detenidos tuvieron alguna clase de relación con el terrorismo” (eufemismo para decir que son inocentes).
“Sí, por supuesto./Ellos hablan, ellos discuten, ellos asesinan./Ellos luchan por la paz”, ironiza Shaker Abdurrahim Aamer sobre sus captores.
Unos de estos poetas fueron capturados sin pruebas por grupos mercenarios occidentales y vendidos al ejército de Estados Unidos o sus aliados en Afganistán y otros países (precio aproximado por cabeza: cinco mil dólares); otros cayeron después de bombardeos sobre hospitales y escuelas (Abdulá Thani Faris Al Anazi era enfermero, perdió las dos piernas bajo las bombas y en esas condiciones fue trasladado a Guantánamo, luego de sufrir tortura, como todos los demás). Martin Mubanga, rapero ded Zambia, se las ingenió para informar a su familia sobre sus condiciones de confinamiento en forma de hip-hop.
Entre ellos se encuentran poetas, ensayistas, filósofos y periodistas. También jardineros, choferes, mecánicos. El delito de algunos, por ejemplo, fue llevar relojes estadunidenses marca Casio, pues se supone que sirven para armar bombas. Mohamed El Gharani, originario de Chad, fue encarcelado en Guantánamo a los 14 años. Varios de ellos salieron después de 2005, como Shaik Abdurrajim Muslim Dost, declarado inocente, pero al llegar a su natal Pakistán en 2006 fue recapturado por las fuerzas armadas y nunca más se supo de él.
Flagg Miller, antropólogo cultural y lingüista, especialista en letras arábigas de la universidad de Wisconsin, se sorprende al identificar una “profunda huella de la nostalgia romántica” en estos poemas, lo que considera un rasgo atípico en las literaturas islámicas tradicionales, a las cuales se adscriben culturalmente los prisioneros.
El escritor chileno Ariel Dorfman (aquel del clásico análisis Para leer al pato Donald), recuerda en el epílogo del volumen a las víctimas de la dictadura y la tortura pinochetistas que se salvaron gracias a la poesía que conservaban en la memoria. Lamenta que estos nuevos poetas sean víctimas extremas del país que se ostenta como paladín universal de la libertad y la democracia. Y nos revela el secreto del milagro.
“Lo que encuentro como verdadera fuente de los poemas de Guantánamo es la simple, casi primitiva aritmética de inspirar-y-espirar”. La inspiración más elemental, pues. Dirigida a los demás presos, o a veces a sus familias lejanas, “esta poesía convoca a respirar los mismos versos a aquellos que respiran el mismo aire”. Así sea el aire irrespirable de las ergástulas washingtonianas en el lugar más infame del mar Caribe.
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Poems from Guantánamo. The deteinees speak, editado por Marc Falkoff, abogado de 17 de los detenidos, con prólogo de Flagg Miller y epílogo de Ariel Dorfman (Prensa Universitaria de Iowa, Estados Unidos, 2007).
Fuente: http://desinformemonos.org/2009/12/poesia-de-los-presos-politicos-de-guantanamo/4/

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