5 de junio de 2010
Nueva York, 4 jun (EFE).- La Bolsa de Nueva York cerró hoy con un descenso del 3,16% en el Dow Jones de Industriales, su tercer mayor descenso en lo que va de año, arrastrada por las malas noticias sobre la situación fiscal de Hungría y un dato de creación de empleo en Estados Unidos que decepcionó a los inversores.
Ese índice, que es la principal referencia de Wall Street y agrupa a 30 de las mayores empresas estadounidenses cotizadas, cayó hoy 323,76 puntos durante esta última sesión de la semana, con lo que cerró en 9.931,52 puntos.
El selectivo S&P 500 bajó un 3,16%, al retroceder 37,95 puntos y quedar en 1.064,88, mientras que el indicador que mide la evolución del mercado electrónico Nasdaq, también con sede en Nueva York, perdió 37,95 unidades y cerró en 2.219,17 puntos, lo que supone una caída del 3,64%.
Con este descenso, el Dow Jones se encuentra en su nivel más bajo de los últimos cuatro meses, después de haber bajado esta semana un 2%. El S&P 500 acumula un descenso semanal del 2,3% y el Nasdaq de un 2,3%.
Los mercados neoyorquinos despertaron hoy con la noticia de que la economía estadounidense creó 431.000 empleos en mayo, aunque la mayoría (411.000) fueron contrataciones temporales por parte del Gobierno para elaborar el censo. La tasa de desempleo quedó en el 9,7% de la población activa.
Los datos fueron peores de lo previsto por los analistas, que creían que en mayo se habrían creado unos 540.000 nuevos puestos.
Según fue avanzando esta última sesión de la semana -en la que también suele ser habitual que los inversores quieran recoger beneficios- las caídas se acentuaron, afectadas también por los temores que últimamente despierta la situación financiera en Europa.
Esos temores se acrecentaron después de que el nuevo Gobierno conservador de Hungría advirtiera que el déficit público del país podría ser mucho más elevado de lo que se pensaba.
'La economía (del país) está en una situación muy grave', dijo Péter Szíjjártó, portavoz del Ejecutivo, quien acusó al anterior Gobierno de haber manipulado los datos económicos, tal y como hizo Grecia.
Estas declaraciones causaron gran nerviosismo en los mercados financieros, con fuertes pérdidas también en las bolsas europeas, y provocaron una huida de los inversores hacia valores considerados más seguros, como el dólar, la deuda pública o el oro.
'Algunos inversores tienen problemas para digerir lo que ocurre. Están recogiendo su dinero y llevándolo a otra parte', ilustraba en una nota a clientes el analista Howard Ward de Gamco Growth Fund.
Así, el dólar subió hoy con fuerza ante el euro y al cierre de la Bolsa de Nueva York la moneda europea se cambiaba por 1,1966 dólares, lo que supone su nivel más bajo en cuatro años; al tiempo que el oro subió hasta los 1.220,9 dólares por onza.
Lo mismo ocurría con la deuda pública estadounidense, que subía de precio debido al aumento de la demanda, de forma que la rentabilidad, que evoluciona en sentido contrario, caía hasta el 3,20%.
En esta jornada en la que la Bolsa de Nueva York no registró beneficios en un solo momento, los 30 valores del Dow Jones cerraron con descensos superiores al punto y medio porcentual y que, en algunos casos, rondaron los cinco puntos.
Las caídas más agudas las padecieron el fabricante de maquinaria industrial Caterpillar (-5,48%), la entidad financiera American Express (-5,25%), la aeronáutica Boeing (-4,91%), el líder mundial del aluminio, Alcoa (-4,66%), el grupo industrial General Electric (-4.50%) y el fabricante de infraestructuras para redes informáticas Intel (-4,36%).
También cayeron más de tres puntos porcentuales otros gigantes del mundo empresarial estadounidense como United Technologies (-3,99%), Microsoft (-3,98%), DuPont (-3,83%), Home Depot (-3,83%), JP Morgan Chase (-3,79%), Chevron (-3,56%), Exxon Mobil (-3,31%), Merck (-3,27%), Cisco (-3,23%), Pfizer (-3,13%) y HP (-3,01%).
sábado, 5 de junio de 2010
Wall Street baja un 3,16 por ciento arrastrada por Hungría y el dato de empleo en EE.UU.
lunes, 10 de mayo de 2010
La furia de la franja industrial de Estados Unidos
10-05-2010
Noam Chomsky
La Jornada
El 18 de febrero, Joe Stack, un ingeniero en computación de 53 años de edad, se suicidó estrellando su pequeño avión contra un edificio en Austin, Texas, destruyendo una oficina del Servicio de Recaudación Fiscal (IRS, por sus siglas en inglés), matando a otra persona y lesionando a varias más en el acto.
Stack dejó un manifiesto contra el gobierno que explicaba sus acciones. La historia empieza cuando él era un adolescente que vivía en la penuria en Harrisburg, Pensilvania, cerca del corazón de lo que alguna vez fue un gran centro industrial.
Su vecina, una octogenaria que sobrevivía con alimento para gatos, era la viuda de un obrero metalúrgico retirado. Su esposo había trabajado toda su vida en las fundidoras del centro de Pensilvania, confiado en las promesas de las grandes empresas y del sindicato de que, por sus 30 años de servicio, tendría una pensión y atención médica durante su retiro.
“En vez de ello, fue uno de los miles que no recibieron nada porque la incompetente administración de las fundidoras y el sindicato corrupto (por no mencionar al gobierno) incursionaron en sus fondos de pensiones y robaron su retiro. Lo único que ella tenía para vivir era la seguridad social”.
Podía haber añadido que los muy ricos y sus aliados políticos siguen tratando de acabar con la seguridad social.
Stack decidió que no podía confiar en las grandes empresas y que emprendería su propio camino, sólo para descubrir que tampoco podía confiar en un gobierno al que no le interesaba la gente como él, sino sólo los ricos y privilegiados; o en un sistema legal en el cual “hay dos ‘ interpretaciones’ de cada ley, una para los muy ricos y otra para todos nosotros”.
El gobierno nos deja con “el chiste al que llamamos sistema de salud estadounidense, incluidas las compañías farmacéuticas y de seguros (que) están asesinando a decenas de miles de personas al año”, pues racionan la atención en gran medida con base en la riqueza y no la necesidad.
Stack remonta el origen de estos males a un orden social en el cual “un puñado de rufianes y saqueadores pueden cometer atrocidades impensables ... y cuando es hora de que su fuente de dinero fácil se agote bajo el peso de su codicia y su abrumadora estupidez, la fuerza de todo el gobierno federal no tiene dificultad en acudir en su ayuda en cuestión de días, si no es de horas”.
El manifiesto de Stack termina con dos frases evocadoras: “El credo comunista: de cada quien según su capacidad, para cada uno según su necesidad. El credo capitalista: que cada cual dé según su credulidad, que cada cual reciba según su codicia”.
Estudios conmovedores de las zonas industriales abandonadas de Estados Unidos revelan una indignación comparable entre los individuos que han sido desplazados a medida que los programas corporativo-estatales cierran plantas y destruyen familias y comunidades.
Una aguda sensación de traición se percibe en la gente que creía que había cumplido su deber con la sociedad en un pacto moral con las empresas y el gobierno, sólo para descubrir que fueron instrumentos del lucro y el poder.
Existen semejanzas asombrosas en China, la segunda economía más grande del mundo, investigada por la experta de UCLA Ching Kwan Lee.
Lee ha comparado la indignación y desesperación de la clase obrera en los desechados sectores industriales de Estados Unidos con lo que ella llama la zona industrial de China: el centro industrial socialista estatal en el noreste, ahora abandonado por el desarrollo de la zona de rápido crecimiento en el sudeste.
En ambas regiones, Lee encontró protestas laborales masivas, pero diferentes en carácter. En la zona industrial abandonada, los obreros expresan la misma sensación de traición que sus contrapartes en EE.UU.; en su caso, la traición de los principios maoístas de solidaridad y dedicación al desarrollo de la sociedad que ellos consideraban un pacto social, sólo para descubrir que fuera lo que fuera, ahora es un amargo fraude.
En todo el país, veintenas de millones de millones de trabajadores separados de sus unidades de trabajo “están embargados por una profunda sensación de inseguridad” que engendra “furia y desesperación”, escribe Lee.
El trabajo de Lee y estudios de la zona industrial abandonada de Estados Unidos ponen en claro que no deberíamos subestimar la profundidad de la indignación moral que radica detrás de la amargura furiosa, a menudo autodestructiva, hacia el gobierno y el poder empresarial.
En Estados Unidos, el movimiento populista llamado Tea Party –y aun más los círculos más amplios a los que llega– refleja el espíritu de la desilusión. El extremismo antifiscal del Tea Party no es tan inmediatamente suicida como la protesta de Joe Stack, pero no obstante es suicida.
Actualmente, California es un ejemplo dramático. El mayor sistema público de educación superior del mundo está siendo desmantelado.
El gobernador Arnold Schwarzenegger dice que tendrá que eliminar los programas estatales de salud y beneficencia a menos que el gobierno federal aporte unos 7.000 millones de dólares. Otros gobernadores se le están uniendo.
Mientras tanto, un poderoso movimiento reciente por los derechos de los estados está demandando que el gobierno federal no se meta en nuestros asuntos, un buen ejemplo de lo que Orwell llamó “doble pensar”: la capacidad para tener en mente dos ideas contradictorias mientras se creen ambas, prácticamente un lema de nuestros tiempos.
La situación de California es el resultado, en gran parte, de un fanatismo antifiscal. Es muy similar en otras partes, incluso en suburbios ricos.
Alentar el sentimiento antifiscal ha sido característico de la propaganda empresarial. La gente debe ser adoctrinada para odiar y temer al gobierno por buenas razones: de los sistemas de poder existentes, el gobierno es el único que en principio, y en ocasiones de hecho, responde al público y puede restringir las depredaciones del poder privado.
Sin embargo, la propaganda antigubernamental debe ser matizada. Las empresas, por supuesto, favorecen un estado poderoso que trabaje para las instituciones multinacionales y financieras, e incluso las rescate cuando destruyen la economía.
Pero, en un ejercicio brillante de doble pensamiento, la gente es llevada a odiar y temer al déficit. De esa forma, los asociados de las empresas en Washington podrían acordar la reducción de beneficios y derechos como la seguridad social (pero no los rescates).
Al mismo tiempo, la gente no debería oponerse a lo que en gran medida está creando el déficit: el creciente presupuesto militar y el sistema de atención médica privatizado completamente ineficiente.
Es fácil ridiculizar cómo Joe Stack y otros como él expresan sus inquietudes, pero es mucho más apropiado comprender lo que está detrás de sus percepciones y acciones en una época en que las personas con verdaderos motivos de queja están siendo movilizadas en formas que representan un gran peligro para ellas mismas y para otros.
Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts en Cambridge, Massachusetts.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/05/09/index.php?section=opinion&article=028a1mun
domingo, 10 de enero de 2010
Seis millones de estadounidenses no tienen más ingresos que los bonos de comida
11-01-2010
Jerry White
World Socialist Web Site
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
Según un análisis de los datos estatales realizado por el diario New York Times, unos seis millones de estadounidenses (una de cada 50 personas en Estados Unidos) viven únicamente de los 100 o 200 dólares mensuales en bonos de comida. Según informa este periódico, la cantidad de personas en paro y que no reciben ingresos económicos (ni prestaciones sociales, ni seguro de paro, pensiones, ayuda por hijos o paga por enfermedad) se ha disparado un 50% en los dos últimos años a medida que la recesión aumentaba.
Según este artículo del 3 de enero, en los dos últimos años el número de persona sin ingresos se ha triplicado en Nevada, duplicado en Florida y Nueva York, y aumentado casi un 90% en Minnesota y Utah. En el condado de Wayne, Michigan (que incluye Detroit, donde la mitad de la población está en paro o subempleada) uno de cada 25 residentes afirma tener ingresos sólo en bonos de comida. En Yakima County, Washington, la cifra es uno de cada 17 residentes.
Estas cifras revelan la vasta escala del sufrimiento humano en Estados Unidos mientras empieza la nueva década y señalan la falacia de hablar de “recuperación” económica. Los seis millones de personas en hogares que carecen de ingresos (que incluyen a 1.2 millones de niños) equivalen a toda la población de Indiana o Massachusetts, o a la suma de las poblaciones de Los Angeles, Filadelfia y Boston.
Esta catástrofe social pone de relieve la indiferencia de la administración Obama, que no ha hecho prácticamente nada para proporcionar ayuda a aquellas personas que han perdido sus empleos, hogares y medios de vida, a pesar de que no escatima gastos para apuntalar a la elite financiera y financiar sus actuales guerras.
La cantidad de personas que carecen de ingresos ha estado ascendiendo desde 1996, cuando el presidente demócrata Bill Clinton y el Congreso republicano pusieron fin a la asistencia social como un derecho universal, un estatuto del que el programa de ayuda federal había disfrutado desde su inicio en la década de 1930. Prometiendo el “final del ciclo de dependencia”, demócratas y republicanos impusieron los limites de la duración de una vida a los beneficios, redujeron drásticamente la cuantía de las ayudas e impusieron restrictivas “condiciones laborales” y otros requisitos para conceder más ayudas.
A pesar de la creciente necesidad de ayuda Obama se ha opuesto a toda financiación adicional para lo que queda del programa de asistencia social, llamado Ayuda Temporal para Familias Necesitadas. El Times informó que desde su momento de auge, las personas inscritas en la asistencia social han descendido casi un 75%.
“Muchas de las personas que en las pasadas recesiones recibieron ayuda en efectivo ahora no la reciben”, informó a World Socialist Web Site Judy Putnam, portavoz de la Liga de Michigan para los Servicios Humanos. “Sólo un tercio de los niños del Estado que viven en la pobreza reciben ayuda en efectivo en comparación con los dos tercios de antes de la ‘reforma de la asistencia social’ en 1996. Los habitantes de Michigan son muy dependientes de los bonos de comida”.
Con unas ayudas a los parados que sólo abarcan a la mitad de las personas en paro, los bonos de comida (que proporcionan una media de 1 dólar por comida por persona o unos 100 dólares por persona al mes para individuos o familias que ganan hasta el 130% del umbral oficial de pobreza) se han convertido en una red de salvación de último recurso. Una cifra récord de 36 millones de personas (una de cada ocho adultos y uno de cada cuatro niños) depende ahora del programa de bonos de comida. El Programa conjunto federal-estatal de Asistencia a la Nutrición Suplementaria (SNAP, en sus siglas en inglés) se está ampliando actualmente a 20.000 personas al día, pero se calcula que todavía abarca solamente a dos tercios de las personas que deberían recibirlo.
Un estudio anterior del Times mostraba que había más de 200 condados estadounidenses en los que el uso de bonos de comida se disparó en al menos dos terceras partes, incluyendo en el Condado de Riverside, California, la mayor parte del gran Phoenix y Las Vegas, un anillo de los barrios de las afueras de Atlanta y un tramo de 150 millas al sudoeste de Florida desde Bradenton hasta los Everglades. El estudio descubrió que hay más de 800 condados en los que los bonos de comida alimentan a una tercera parte del total de los niños.
A finales del año pasado varios investigadores de la Universidad Washington de St. Louis publicaron un estudio en el que demostraban que el 50% de todos los niños y el 90% de los niños afroamericanos recibirán bonos de comida en algún momento de su vida antes de cumplir 20 años. “Para muchos niños estadounidenses los años de infancia en vez de ser una época de seguridad son una época de confusión económica, de riesgos y de momentos difíciles”, afirmó Mark Rank, médico y uno de los autores del informe.
El informe del Times del 3 de enero se centraba en Florida, donde el número de personas que no tienen más ingresos que los bonos de comida se ha duplicado en dos años y más que triplicado a lo largo de la costa sudeste, donde el boom inmobiliario se convirtió en un desbarajuste de casas embargadas y abandonadas. Según datos estatales, las personas sin ingresos fueron divididas entre familias con niños e individuos. Entre los afectados también había mezcla racial (aproximadamente un 42% blancos, 32% negros y 22% latinos), en la que los blancos eran el segmento que crecía más rápidamente durante la recesión.
Esta caída en la indigencia ha afectado a amplias capas de la población. El artículo del Times cita a una madre de mediana edad de dos niños, Isabel Bermudez, que se trasladó desde un proyecto de viviendas en Bronx a vender casas en Florida. Llegó a tener unos ingresos con seis cifras, una casa con piscina e inversiones; perdió su empleo, su casa y se quedó sin subsidio de paro. Los únicos ingresos de Isabel Bermudez ahora son 320 dólares al mes en bonos de comida. “Pasé de ganar 180.000 dólares a depender de los bonos de comida”, declaró al periódico y añadió que sin ese programa no podría alimentar a sus hijos.
El aumento de la dependencia de exiguas prestaciones de bonos de comida expone la ausencia de algo que se pueda llamar con propiedad una red de seguridad social en Estados Unidos. La situación no hará sino empeorar ya que tanto demócratas como republicanos se preparan para rebajar drásticamente lo que queda de programas financiados con dinero público para pagar el multitrillonario rescate de Wall Street y la expansión de las acciones militares estadounidenses por todo el mundo.
El tema del Discurso sobre el Estado de la Unión de Obama (que se espera para principios del mes próximo) será la reducción del déficit a largo plazo y una mayor demanda al pueblo estadounidense de que reduzca su consumo. La Casa Blanca está respaldando una comisión bipartita para recomendar recortes fundamentales de los programas sociales básicos junto con tasas regresivas al consumo, y el director de presupuesto de Obama, Peter Orszag, ha afirmado que la administración tomará medidas para reducir el déficit en su próximo presupuesto que se presentará en febrero. Estas acciones arrojaran a la pobreza a millones de personas más.
La crisis social a la que se enfrenta la clase trabajadora (graves niveles de paro, desahucios, aumento del hambre, de la pobreza y de las personas sin hogar) es la expresión más gráfica del fracaso del capitalismo, un sistema económico que beneficia a unos pocos ricos a expensas de la vasta mayoría de la población.
En medio de este empeoramiento de la situación para la clase trabajadora se ha informado la semana pasada de que los tres bancos principales (Goldman Sachs, JPMorgan Chase y Morgan Stanley) recibirán decenas de miles de millones de dinero público con el Programa de Ayuda a Activos con Problemas, que entregará 49.500 millones de dólares en bonos de dinero y asignaciones de bonos. En total se calcula que los bancos estadounidenses contarán con 200.000 millones en compensaciones totales.
La administración Obama continúa y está acelerando la transferencia de riqueza desde la clase trabajadora a aquellas personas responsables de haber precipitado el peor colapso económico desde la Gran Depresión.
Casi un año después de su toma de posesión el presidente Obama ha demostrado que no es más que una herramienta de la oligarquía financiera. El propio futuro de la clase trabajadora depende del desarrollo de un movimiento socialista de masas contra esta administración, los dos partidos de los grandes negocios y el sistema del beneficio que defienden.
Fuente: http://www.wsws.org/articles/2010/jan2010/pers-j07.shtml
jueves, 31 de diciembre de 2009
Para entender la crisis. Así empezó todo en Estados Unidos
12 Junio 2009
Vicenç Navarro
Le Monde Diplomatique
Las causas profundas de la crisis económica actual son: en primer lugar, la enorme polarización de las rentas que se ha ido produciendo en Estados Unidos a partir de los años 1960 y que alcanzó su máxima expresión en estos primeros años del siglo XXI. En segundo lugar, también en Estados Unidos: la desregulación de la banca mediante la anulación, a mediados de los años 1980, de la ley Glass-Steagall Act que se había establecido precisamente después de la gran crisis de 1929 y durante la Gran Depresión para disminuir el excesivo poder de la Banca y proteger los ahorros de la población. Es menester analizar estas causas para prever consecuencias y soluciones.
En 2005, en Estados Unidos, el 1% de la población tenía el 28% de toda la renta del país, una concentración de la renta (24%) semejante a la que existía a mediados de los años 1920, antes de que explotara la Gran Depresión del siglo XX. A partir de entonces, las medidas tomadas por la Administración Roosevelt antes y durante la II Guerra Mundial, tuvieron un impacto redistributivo muy importante, de manera que, cuando la guerra terminó, tal concentración descendió. La renta de los ricos (el 1% de la población) bajó al 12%, descenso que continuó hasta finales de los años 1970.
Durante este periodo, la clase trabajadora era fuerte y había impuesto al mundo empresarial la necesidad de pactar no sólo el nivel salarial sino también las condiciones de trabajo y, a través de su influencia política, la expansión del estado del bienestar y la distribución de la renta nacional, aplicando políticas redistributivas que disminuyeron las desigualdades.
Así, desde 1949 a 1979, el incremento de las rentas (facilitado por el aumento de la productividad) se distribuyó a todos los sectores de la población de manera que el incremento de la renta por cada decila de la población fue bastante semejante, con las decilas inferiores creciendo algo más (116%) que las decilas superiores (99%)*. Las políticas económicas eran intervencionistas con un carácter keynesiano claro. Incluso el presidente republicano Richard Nixon se definió como keynesiano.
La clase trabajadora había adquirido gran poder. Y como siempre ocurre, siguió incrementando el nivel de sus demandas. Cuando la clase trabajadora no tiene trabajo (al tener un desempleo alto) quiere tener trabajo. Cuando lo tiene, quiere tener buenos salarios y unas buenas condiciones de trabajo, y cuando alcanza esto último, quiere tener una voz en la decisión de cómo realizar el trabajo y cómo gestionar la empresa.
Durante el periodo 1945-1979, el nivel de demandas y conquistas laborales había ido aumentando a medida que la clase trabajadora iba consiguiendo sus peticiones, resultado de su mayor poder. En realidad en los años 1960 y principios de los años 1970, hubo gran número de movilizaciones obreras (que se extendieron a todo el mundo occidental: el Mayo 68 francés, el Otoño Caliente en Italia, etc.) que atemorizaron a la clase empresarial. Complicando las cosas para el mundo empresarial, estaba la guerra de Vietnam, que al incrementar enormemente el gasto público estadounidense sin incrementar los impuestos para financiarla (el Gobierno federal era consciente de la enorme impopularidad de aquella guerra, hecha, como siempre, por los hijos de la clase trabajadora) no se atrevió a subir los impuestos para financiarla contribuyendo a crear una gran inflación.
La clase empresarial estaba a la defensiva; era consciente de que estaba perdiendo poder y, como siempre ocurre, respondió. La primera respuesta tuvo lugar durante la Administración Carter (1977-1981), cuando el gobernador de Banco Central Estadounidense (The Federal Reserve Board), Paul Volcker, creó una recesión a fin de aumentar el desempleo y debilitar así a la clase trabajadora. Lo dijo claramente, al afirmar que había que disminuir los costes laborales para reducir la inflación. La manera de aumentar el desempleo fue aumentando los intereses bancarios de forma muy acentuada, lo cual determinó una disminución muy fuerte del crecimiento económico.
Jimmy Carter fue sucedido por Ronald Reagan (quien mantuvo a Paul Volcker como Gobernador de la Reserva Federal), y desarrolló con mayor intensidad las políticas económicas liberales que incluían una visión del Estado en la que éste debía favorecer explícitamente a las rentas superiores (y al mundo empresarial). Esta prioridad a las rentas del capital se justificaba con el argumento de que estas clases pudientes eran las que ahorraban más, con lo cual se facilitaba así la creación de capital e inversión. Era el famoso trickle down que afirmaba que la riqueza creada favoreciendo a los ricos terminaría favoreciendo a todos los demás. Se subrayó también que la reducción de impuestos al incrementar la capacidad adquisitiva de la población, aumentaba la demanda y estimulaba el crecimiento económico.
Este supuesto era conocido como la teoría supply side. Y puesto que los ricos son los que pagan más impuestos, los primeros beneficiarios de tales políticas fueron los ricos. Tales políticas fueron muy exitosas. Las rentas superiores aumentaron, en el periodo 1979-2005, de una manera muy acentuada. El 20% de renta superior incrementó el 53% su renta (para el 5% superior, el incremento fue de un 81%), mientras que las rentas medias y bajas disminuyeron o crecieron muy lentamente (el 20% de renta inferior vio disminuir sus rentas un 1%, y el siguiente 20% las vio subir sólo un 9%). En otras palabras, la clase trabajadora que representa el 48% de la población vio disminuir sus rentas o las vio crecer de manera muy lenta. La clase media incrementó sus rentas un 15%.
Las desigualdades sociales crecieron, por lo tanto, de una manera muy marcada durante el periodo liberal. Las rentas superiores -burguesía, pequeña burguesía y clase media de renta alta- vieron sus ingresos crecer de una manera muy notable a costa de las rentas medias e inferiores, que eran las de la clase media baja y de la clase trabajadora.
El hecho de que el crecimiento de las primeras se hiciera a costa de las segundas se debe a que la riqueza que se había creado como consecuencia del crecimiento de la productividad (y que se había distribuido más o menos en términos igualitarios en el periodo 1945-1979), se distribuyó en términos muy desiguales. A causa, primordialmente, del cambio de las relaciones de poder de clase durante aquel periodo. Durante la época neoliberal (1981-2008), el mundo empresarial rompió con el Pacto Social, y recuperó su enorme poder político (con los Presidentes Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo) desarrollando políticas públicas que beneficiaron enormemente a las rentas superiores. Este fue el objetivo de tales políticas neoliberales. El neoliberalismo fue la ideología de clase de las rentas superiores **.
Este proceso de polarización social fue teniendo lugar a partir de finales de los años 1970, alcanzando su máxima expresión en estos últimos años. El porcentaje de la renta nacional que tenía la clase trabajadora y clase media de renta media y baja (60% de la población), pasó de ser el 35% en 2000 al 29% en 2005. De ahí que la población se viera forzada a pedir prestado a los bancos y a tener tarjetas de crédito, con lo cual la deuda de las clases populares fue creciendo en la manera en que el porcentaje de su renta fue disminuyendo.
En los años 1990, la deuda promedio de una persona representaba el 2% de la renta disponible (después del pago de impuestos). En 2005, había subido a un 25%. Pero donde el endeudamiento fue mayor fue en el sector inmobiliario, en que para comprar la vivienda, la deuda de una persona pasó de representar el 90% de su renta personal (después de pagar impuestos) en los años 1990, al 140% en 2006, y ello como consecuencia del crecimiento especulativo del precio de la vivienda.
El Gobierno federal facilitó este endeudamiento bajando los intereses, que pasaron de un 5,1% en los años 1990 a sólo un 1,4% a partir de 2002. Esta medida respondió al interés de la Administración Clinton (1993-2001) y también de la de Bush hijo (2001-2009), de estimular la economía que había caído en recesión después de la ruptura, en marzo de 2000, de la burbuja de Internet y los e.com. Se creó así una nueva burbuja, la burbuja inmobiliaria, que también explotó.
Pero, ¿por qué ahora? Para responder a esta pregunta, tenemos que analizar qué pasó con el otro polo, es decir, qué pasó con las rentas de los ricos, o sea, las rentas del capital.
Poder económico es sinónimo de poder político. De ahí que no es bueno para la democracia de un país que haya una polarización de las rentas con grandes desigualdades. Los ricos pueden ejercer un gran poder e influencia sobre los políticos, y ello ocurre en aquellos sistemas electorales que están privatizados, es decir, que la financiación de las campañas electorales se hace primordialmente con fondos privados. Así, el coste de las últimas elecciones presidencial y al Congreso de EE.UU. alcanzó la enorme cifra de 5.300 millones de dólares, provenientes en su inmensa mayoría de grandes grupos económicos y financieros; y del 30% de las clases de nivel de renta superior del país. Incluso el candidato que consiguió movilizar mayor número de aportaciones pequeñas (menos de 200 dólares), el candidato demócrata Barack Obama, estas pequeñas aportaciones significaron sólo una cuarta parte de todo el dinero que obtuvo. La gran mayoría, tres cuartas partes, procedió de importantes donaciones de grandes empresas, de la banca, de las compañías de seguros, de los grupos y asociaciones profesionales, y de una larga lista de grupos de poder que le financiaron para así tener acceso e influencia al candidato cuando Barack Obama ganó.
La enorme carestía de estas campañas (para comprar tiempo televisivo que se ofrece al mejor postor sin ningún tipo de regulación o límite, así como otros elementos y equipos muy costosos), discrimina a los candidatos de izquierda quienes tienen dificultades para obtener apoyos económicos del mundo empresarial corporativo (lo que se llama The Corporate Class en EE.UU.). A fin de conseguir tales fondos, los congresistas – senadores o representantes de la Cámara baja -, tienen que recoger cerca de 20.000 dólares cada semana durante el tiempo que están representando a la población y a los que les financian. Es una carga enorme que disminuye su representatividad y les distrae de sus funciones ***.
Este sistema, que da poder a los lobbies económicos y financieros, comenzó a funcionar precisamente en los años 1970 como parte de la respuesta del mundo empresarial frente a las conquistas del mundo trabajador durante el periodo 1945-1979. La influencia política de la clase empresarial (Corporate Class) adquirió gran protagonismo a partir de las administraciones Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. La Corporate Class financió ambos partidos haciendo sentir su influencia en el desarrollo de las políticas liberales.
Un elemento clave de esta Corporate Class fue el mundo financiero, y muy en particular la Banca (The Wall Street), muy influyente sobre el Banco Central Estadounidense (The Federal Reserve Board). El Presidente Ronald Reagan nombró, en 1987, a uno de los agentes de Wall Street más fundamentalistas entre los muchos neoliberales existentes en la comunidad bancaria, Allan Greenspan, Gobernador del Banco Central (Federal Reserve Board). Éste, junto con otro banquero, Robert Rubin, cuando éste era ministro de Hacienda (Secretary of the Treasure) del Presidente Bill Clinton (el Presidente demócrata más cercano a Wall Street que ha habido, según el que fue su ministro de Trabajo, Robert Reich) inició la desregulación de la banca, anulando la ley Glass-Steagall Act, que se había establecido precisamente durante la Gran Depresión para disminuir el gran poder de la Banca y proteger los ahorros que la población tenía en los bancos.
Aquella ley separó la función de guardar dinero (función reservada a los bancos comerciales o de depósito), de la función de inversión, con los riesgos que ello conlleva (bancos de inversiones), y de la función de aseguramiento (compañías de seguros). Esta separación era fundamental para evitar que una misma entidad financiera hiciera todas estas funciones, en cuyo caso, el probable perdedor sería el ciudadano que coloca sus ahorros en la banca, y que son utilizados por los banqueros para especular con aquel dinero, con un aseguramiento nulo o muy bajo, que es precisamente lo que había ocurrido antes y durante la Gran Depresión.
La anulación de tal ley Glass-Steagall Act significó la desregulación de la banca. A partir de 1986, ésta pudo hacer prácticamente lo que quiso. En el momento de explosión inmobiliaria (julio de 2007), los bancos ofrecían hipotecas en términos sorprendentemente fáciles que luego se convirtieron en tóxicos al no poder pagarse, en parte debido al enorme problema del endeudamiento explicado en la primera parte de este artículo. Ahí está el origen de la actual crisis financiera.
* Léase Arthur McEwan, “The Current Economic Crisis : Inequality Power and Ideology“. Political Economy Research Institute, 5 de mayo de 2009.
** Vicenç Navarro (ed.), Neoliberalism, Globalization and Inequalities. Baywood, Amityville, New York, 2008.
*** Léase Robert G. Kaiser, So Damn much Money. They Triumph of Lobbying and the corrosion of American Government. Alfred Knoff, Nueva York, 2009.
lunes, 23 de noviembre de 2009
La crisis económica y social provoca que en EE.UU se dispare la venta de armas
InSurGente.- El temor a que la crisis económica en EEUU y su impacto sobre el empleo, que ha incrementado la tasa de paro al 10,2% en octubre, su nivel más alto en 26 años, desemboque en un aumento de la criminalidad parece haber contribuido a un fuerte repunte de las ventas de armas de fuego y al optimismo en las perspectivas a medio plazo del sector.
inSurGente.-
De este modo, el fabricante estadounidense de armas de fuego y dispositivos de seguridad Smith & Wesson, que incrementó sus ventas un 14% al cierre de su ejercicio fiscal 2009 y espera facturar un 30% más en los tres primeros meses del presente ejercicio, revisó al alza sus expectativas de cifra de negocio para los próximos tres a cinco años, cuando espera duplicar sus ventas y obtener un aumento de entre el 35% y el 36% de sus márgenes brutos.
En concreto, la compañía con 157 años de historia prevé una fuerte contribución en los próximos años de su negocio de seguridad, así como de las ventas de pistolas y revólveres, los artículos más demandados por los particulares.
"La gente está preocupada respecto a su protección personal", afirmó el consejero delegado de Smith & Wesson, Mike Golden, quien destacó que los últimos datos de la compañía muestran que el 30% de los compradores de armas en el primer semestre eran "primeros compradores", frente al 9% del año anterior.
A este respecto, Randy Williams, analista de la firma Hoover, destacó en declaraciones al diario 'The Times', que los datos de ventas de Smith & Wesson constatan una caída de las ventas de armas de caza, en contraste con el incremento del 33% de las ventas de pistolas y revólveres.
De este modo, el buen tono de la industria de las armas de fuego en EEUU se refleja en las cuentas de otros fabricantes como Sturm & Ruger, cuyas ventas del tercer trimestre aumentaron un 70%, mientras que las de Glock crecieron un 71% respecto al mismo periodo de 2008.