19-05-2010
Mike Whitney
CounterPunch
La volatilidad está de regreso y las bolsas han comenzado a zigzaguear salvajemente otra vez. En esta ocasión, el catalizador es Grecia, pero mañana podría ser otro. El problema es que existe demasiado apalancamiento (N de la T: toma de deuda para financiar la adquisición de activos) en el sistema, y eso está generando incertidumbre sobre la verdadera situación de la economía.
Durante mucho tiempo, el apalancamiento no significó un problema porque había suficiente liquidez como para mantener todo dentro de un tranquilo subibaja. Pero esto cambió cuando Lehman Brothers entró en bancarrota y los fondos no bancarios se cerraron. Cuando el llamado “sistema bancario fantasma estalló (N de la T: se entiende por shadow banking a las instituciones que actúan como bancos, es decir, realizan actividades de intermediación financiera, pero que no son reguladas como bancos, tal el caso de los bancos de inversión y los Hedge Funds entre otros)”, la liquidez se secó y los mercados cayeron en picada. Esta es la razón por la cual el jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, intervino y otorgó préstamos a corto plazo a instituciones financieras descapitalizadas. La operación de rescate de Bernanke revitalizó el sistema, pero asimismo transfirió 1,7 billones de activos ilíquidos y activos con problemas de mora (non-performing loans) al balance general de la Reserva Federal. En realidad, el problema no se arregló en lo absoluto; las deudas se trasladaron de un balance a otro.
El martes pasado, los problemas en Grecia dispararon las ventas en todos los principales índices de mercado. En un momento, las acciones en el Dow se desplomaron 998 puntos antes de recuperar 600 puntos hacia el final de la sesión. Algunas de las pérdidas se debieron a las “Operaciones de Alta Frecuencia” (N de la T: High Frequency Trading, HFT en sus siglas en inglés), que es un programa computarizado de comercio que ejecuta millones de órdenes de compra y venta de acciones en milésimas de segundo. Las HFT ahora representan más del 60% de toda la actividad comercial de acciones en la Bolsa de Nueva York. Paul Kedrosky explica con mayor detalle lo que sucede en su artículo, “The Run on the Shadow Liquidity System”. He aquí un pasaje:
“Como la mayoría debe saber, la liquidez es, como muchas otras cosas en el ámbito financiero, una abundancia en la que puedes nadar siempre y cuando no la necesites… La liquidez es una función de varias cosas que trabajan bastante bien juntas, incluyendo otros inversores, creadores de mercado y, claro está, algoritmos técnicos rasguñando fracciones de céntimos en las compraventas. Conjuntamente, todos estos actores crean esa liquidez que todos quieren, y, principalmente, la que todos dan por asegurada…”
“Sin embargo, la mayoría aún no se ha percatado, al menos entre los inversores no profesionales, que la provisión de liquidez ha cambiado inmensamente en los últimos años. Es más inconstante, impredecible, y más propensa a desaparecer de repente, como la nieve sublimada en vapor durante una ola de calor primaveral. ¿Por qué? Porque los tradicionales generadores de liquidez, creadores de mercado y otros participantes no están demasiado predispuestos a ser la contraparte del mercado. Hay muy pocos comerciantes de bolsa preparados para hacer mercado por el bien de la salud del mercado…”
“Por primera vez tenemos gran cantidad de proveedores de esta liquidez imaginaria, algoritmos y operaciones automáticas de alta frecuencia, que individualmente dan cuenta de un alto porcentaje de las operaciones diarias y, que al mismo tiempo, pueden desaparecer con un botón o un algoritmo. En consecuencia, durante la crisis del mercado financiero, cuando la liquidez es habitualmente muy difícil de encontrar, ahora no tan sólo cuesta encontrarla, sino que ha desaparecido completamente, como el agua saliendo a borbotones por una escotilla hacia el infierno. Los creadores de mercado a la vieja usanza, se mantienen a un lado mientras fluyen en el mercado las transacciones de pánico, y miran directo a los creadores de la liquidez imaginaria y dicen, “no, gracias”. (Paul Kedrosky, “The Run on the Shadow Liquidity System”. La infecciosa codicia).
El hecho de que la Comisión de Valores (SEC, por sus siglas en inglés) no pueda entender lo que ha sucedido, ha sido un golpe mayor para la confianza de los inversores que el propio comportamiento errático de los propios mercados. Esto muestra que los reguladores en realidad no tienen ningún control sobre la tecnología que están manejando los mercados. Ello refuerza la percepción de que el comercio financiero es una aventura arriesgada e incierta, y el mercado, un casino.
La desregulación también ha erosionado la confianza en los mercados. Desde que la ley Glass Steagall fue revocada en 1999, los mercados financieros se han rediseñado por completo. Desafortunadamente, la nueva arquitectura está plagada de defectos. Los principales proveedores de liquidez están ahora en manos de la banca fantasma en vez de en las altamente reguladas instituciones bancarias de “depósito”. Este es un problema, porque los hedge funds (Nota de la T: fondos de inversiones de alto riesgo), las aseguradoras, los corredores de bolsa, SIVs (N de la T: vehículos de inversión estructurada o “conductos –conduits-”, activos que invierten en los flujos de fondos generados por activos de largo plazo, como los hipotecarios, y se financian con fondos obtenidos a muy corto plazo, por ejemplo, en el mercado de recompra- repo market-), y las operaciones de inversión fuera de la hoja de balance (N de la T: off-balance sheet, inversiones en empresas no vinculadas a la empresa madre, la cual habitualmente sale de garante de los fondos solicitados por la nueva empresa) están, en su mayoría, sin supervisar, por lo que ellos pueden ignorar los requisitos de capitalización y los estándares tradicionales de préstamos. Aún peor, ellos pueden generar tanto crédito como quieran mediante el mercado de recompra (N de la T: repo market, operaciones de venta de títulos con el compromiso de recompra, habitualmente por un día) o usando instrumentos financieros (como los títulos con garantía hipotecaria, obligaciones de deuda garantizadas, y cobertura de riesgos crediticios; MBS, CDO y CDS, respectivamente, por sus siglas en inglés). El economista James Hamilton explica este comportamiento en una nota reciente titulada “Follow the Money”. A continuación, un fragmento:
“Si compras un título con respaldo hipotecario MBS (u obligaciones de deuda garantizadas –CBS- creadas a partir de un conjunto de MBS) entonces puedes emitir un título comercial garantizado con éste para recuperar la mayoría de tu dinero, en esencia, haciendo que la compra se autofinancie. Esta fue la idea que estuvo detrás de los SIV fuera de hoja de balance, los cuales básicamente utilizaron dinero prestado por el mercado de deuda comercial (N de la T: títulos de deuda empresaria a corto plazo) para comprar títulos con respaldo hipotecario creados por los negociadores de préstamos. El valor en dólares de los títulos garantizados por activos en circulación casi se dobló entre 2004 y 2007.”
“El profesor de Yale, Gary Gorton, también ha destacado la importancia de las operaciones de recompra que implican títulos relacionados con hipotecas. Si yo compro un título, puedo entonces prometerlo como colateral para obtener un préstamo de recompra, obteniendo nuevamente la mayor parte de mi dinero y permitiendo que la compra se autofinancie mientras yo pueda mantenerme girando operaciones de recompra. Aunque yo no he sido capaz de encontrar números sobre el volumen de tales transacciones, parece que han sido bastante sustanciales.”
“La pregunta de cómo el precio explosivo de la vivienda se financió, tenía un muy clara respuesta: el dinero de otras personas. El precio subió porque se vertió una enorme cantidad de dinero en la compra de viviendas”. (“Follow The Money”, James Hamilton, Econbrowser)”
Así es como Wall Street fogoneó el apalancamiento hasta niveles inverosímiles, conduciendo el sistema financiero hasta el precipicio. Los instrumentos de deuda y el mercado de recompra fueron utilizados para crear una enorme pirámide de deuda precariamente equilibrada arriba de unas pocas migajas de capital. El sistema iba rumbo al estallido.
Naturalmente, quienes se beneficiaron de la cobertura de riesgos crediticios (Credit Defaul Swaps) y otros derivados, continúan cantando sus alabanzas, pero sus números crecen menos y menos todo el tiempo. Mucha gente ahora comprende el papel que esos derivados jugaron en la ruptura del sistema y están reclamando cambios. Pero a Wall Street no le interesa la opinión pública. Los grandes bancos ya han desplegado su ejército de cabildantes hacia el Capitolio para asegurarse de que una nueva legislación de reforma del sistema financiero no restringirá su uso de derivados híbridos, los cuales se han convertido en sus mayores generadores de beneficios. Considerando la cantidad de dinero que ellos han untado por doquier… sería un milagro que no obtuvieran lo que quieren.
Las bajas tasas de interés no causaron la crisis
La pasada semana, los economistas Edward L. Glaeser, Joshua Gottlieb y Joseph Gyourko publicaron una investigación académica y presentaron sus conclusiones al Banco de la reserva Federal de Boston. Aquí va lo que dijeron:
“No es que las bajas tasas de interés no empujaran los precios de la vivienda. Lo hicieron. No es que una mayor tasa de concesión de préstamos no este asociada al creciente valor de las casas. Lo está. Pero el impacto de esas variables, como predice la teoría económica y ha sido estimado empíricamente durante muchos años, es demasiado pequeño como para explicar lo que hemos experimentado en el mercado de la vivienda”.
Glaeser, Gottlieb y Gyourko dicen que esos factores pueden explicar sólo un 10% del incremento en los precios de los inmuebles entre 2000 y 2006. Esto representa sólo 1/3 del incremento del 30% en los precios (ajustado por la inflación) durante ese periodo, tal como estimó la Agencia federal de Financiamiento de Vivienda (Housing Finance Agency), o el aumento del 74% medido por el índice de precios de Case Shiller/Standard and Poor en 20 grandes áreas metropolitanas.
Entonces, ¿a qué se debe la burbuja? Ellos no pueden asegurarlo. “Utilizando el herramental de la economía empírica, no somos capaces de ofrecer una explicación para lo que ha sucedido”, escriben” (“Low interest rates didn't cause the bubble economists say” Elizabeth Razzi, Washington Post)
La crisis no fue suscitada por tasas de interés ni por la laxitud de criterios de otorgamiento de créditos, sino por el apalancamiento. De hecho, el mercado de recompra, titulización y la vasta colección de instrumentos de deuda son todos diseñados con un sólo propósito, para esconder el volumen de apalancamiento en el sistema. Es capitalismo sin capital.
Los 1,5 billones en hipotecas basura (subprime) no fueron suficientes para derribar el sistema financiero en su totalidad. Pero las pérdidas generadas por billones de dólares de derivados que fueron colocadas en la cúspide sobre estas hipotecas ciertamente lo fueron. Por lo tanto, ¿qué sucedió realmente? Aquí va un resumen del análisis del economista Henry Liu:
“…la actual crisis financiera que comenzó a mediados de 2007 no fue causada por las corridas bancarias de los depositantes, sino por un desplome en todo el mercado de crédito cuando los inversores institucionales aversos al riesgo huyeron en masa de los instrumentos de deuda de corto plazo”.
“El fracaso de la totalidad del mercado de crédito dejó a los bancos en un precario estado al ser incapaces de renovar su deuda de corto plazo para apoyar sus créditos de largo plazo. Aún a pesar que el desplome del mercado tuvo una dimensión de liquidez, la causa real del default sistémico que afectó a todas las partes, fue la inminente insolvencia resultante de bancos en posesión de garantías cuyos valores cayeron por debajo del nivel de las deudas que garantizaban en cuestión de días. Para muchos bancos grandes y reconocidos las pérdidas generadas por sus propias operaciones bursátiles también redujeron su capital a niveles de insolvencia, causando caídas bruscas en sus cotizaciones.” (“Two Different Banking Crisis—1929 y 2007” Henry Liu)
Los bancos no se fundieron a sí mismos tomando depósitos y luego usándolos para prestar dinero a tasas altas. Lo que hicieron fue comprar activos líquidos de largo plazo (títulos garantizados con hipotecas, títulos garantizados con activos) e intercambiarlos en el mercado de recompra por activos de corto plazo. Esto es como ir a una casa de empeño y pedir prestado dinero entregando una garantía, excepto que en este caso la contraparte es una institución financiera.
Cuando el mercado de hipotecas basura (subprime) comenzó a estallar, las instituciones que habían estado tomado la otra parte del trato (las contrapartes), se pusieron nerviosas, porque pensaron que las garantías en forma de hipotecas subprime podrían llegar a valer menos que el dinero que ellos habían prestado. Por ello, demandaron más garantías de los bancos, forzando a los bancos a vender más activos para juntar el dinero hasta cubrir sus pérdidas. Esto hizo que los precios bajaran, provocando una ráfaga de liquidaciones, y condujeron a las instituciones más débiles a la bancarrota.
El monto del apalancamiento construido con estos derivados financieros fue simplemente asombroso. Echa una mirada a este artículo del Wall Street Journal:
“Documentos publicados por investigadores del Senado la pasada semana brindan pistas sobre por qué las pérdidas fueron tan severas. Los documentos muestran cómo los bancos de Wall Street empaquetaron y reempaquetaron los mismos bonos riesgosos en títulos que a fin de cuentas ayudaron a magnificar el impacto del default de las hipotecas subprime sobre el sistema financiero”.
“En un caso, un bono garantizado por hipotecas subprime de 38 millones creado en junio de 2006 terminó en más de 30 fondos de deuda y también causó casi 280 millones de dólares en pérdidas para los inversores cuando el bono fue retirado en 2008, de acuerdo a la información proporcionada por el Wall Street Journal… (“Senate’s Goldman Probe Shows Toxic Magnification”, Carrick Mollenkamp and Serena Ng, Wall Street Journal)
Entonces no fueron las hipotecas subprime las que causaron la mayor parte del daño, sino la cantidad de apalancamiento atado a derivados en el mercado de recompra. El Congreso necesita centrar su atención sobre los instrumentos y procesos particulares (derivados, recompras y garantías) que son utilizados para maximizar el apalancamiento e inflar burbujas. Ahí es donde reside el problema.
Nomi Prins lo explica de manera algo diferente en The American Prospect de este mes. Aquí va un extracto de su artículo “Shadow Banking”:
“Entre 2002 y comienzos de 2008, alrededor de 1,4 billones de préstamos subprime fueron otorgados por los ahora alicaídos prestamistas, como New Century Financial. Si tales préstamos fueran nuestro único problema, la solución teórica podría haber implicado subsidios gubernamentales sobre estas hipotecas por un costo máximo de 1,4 billones. Sin embargo, de acuerdo con Thomson Reuters, se crearon casi 14 billones de complejos productos financieros basados en los anteriores, precisamente porque los fondos apalancados estimularon su producción y difusión. Entonces, en el apogeo de los subsidios federales en julio de 2009, el gobierno tuvo que poner 17,5 billones de dólares para darle soporte al sistema piramidal Ponzi de Wall Street, no 1,4 billones. La destrucción en el mercado de préstamos comerciales pudo desparramar la siguiente implosión”. (“Shadow Banking”, Nomi Prins, The American Prospect)
Este es un punto que merece ser repetido: “…se crearon casi 14 billones de complejos productos financieros basados en los anteriores” en la cúspide de una pirámide de “sólo 1,4 billones” en créditos subprime. Sin duda, los banqueros de inversión y los administradores de hedge funds que inflaron esa monstruosa pelota, sabían que estaban condenados desde el comienzo, pero luego, ellos seguramente deben haber conocido esa expresión “M. H. I. - T. H. I.”, que en la jerga de Wall Street significa, “Me habré ido y Tu te habrás ido”.
Durante mucho tiempo, Wall Street ocultó su participación en la creación de burbujas y chantajes detrás de teorías que glorificaban la sabiduría y flexibilidad de los mercados desregulados. La intervención del gobierno fue una menospreciada e innecesaria intrusión dentro de un sistema divinamente armónico. Ahora la cortina ha sido corrida y la farsa ha quedado expuesta. El Estado tiene un claro interés en asegurar que las instituciones otorgadoras de créditos están adecuadamente capitalizadas, que los estándares de otorgamientos de crédito sean estrictamente cumplidos y que se pongan límites razonables a la cantidad de apalancamiento que las instituciones financieras pueden usar. Esta es la única manera de proteger a la gente.
Mike Whitney es un analista político independiente que vive en el estado de Washington y colabora regularmente con la revista norteamericana CounterPunch.
Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider
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miércoles, 19 de mayo de 2010
Capitalismo sin capital: vuelve la volatilidad, y con ánimo de venganza
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domingo, 29 de marzo de 2009
El Plan Obama o la gran estafa
La preocupación mayor y obsesiva de todos los gobiernos y de todos los capitalistas, en las actuales circunstancias, es evitar que se desmorone el mercado internacional de títulos privados
Bajo el régimen capitalista, las quiebras de los negocios pueden ser un gran negocio, lo mismo que las guerras. Desde el punto de vista de la tasa de beneficio, superan de lejos a la que se obtiene en períodos normales.
La observación viene a raíz del último programa de rescate bancario anunciado por Obama, que constituye un escandaloso fraude en perjuicio de las finanzas públicas.
En una conferencia de prensa que otorgó el martes pasado, el afroamericano demostró que es perfectamente consciente de lo que está haciendo. Lo tuyo es míoEl llamado programa público-privado para comprar los activos invendibles de los bancos y sus préstamos incobrables ha sido diseñado para que un grupo de cinco fondos de inversión, o de cobertura de inversiones, oferten por los llamados activos tóxicos de los bancos una suma superior a la que el banco obtendría en una venta corriente. Para incentivar este sobreprecio, el Estado aporta o garantiza aportes por el 90 por ciento del valor de la adquisición a tasas de interés cercanas a cero.
La operación consiste en la formación de un fondo público-privado con aportes iguales de las partes, pero que luego podrían recibir financiación del Banco Central o del Fondo de Seguros de depósitos, por un monto seis veces superior a ese capital.
Sin la menor dosis de anestesia, el gobierno recrea de este modo las pirámides financieras que provocaron la crisis actual, con la única pero nada despreciable diferencia de que el lugar y la función del dinero privado pasa a ser ocupado por dinero público.
La expectativa oficial es que las ventajas que ofrece el financiamiento estatal se transfieran en parte a los precios de los activos o de los préstamos que son puestos en subasta, o sea por encima de sus precios de quiebra.
En resumen: una oferta generosa para los bancos, pero sobre todo para los llamados fondos buitres, cuyo negocio consiste, precisamente, en especular con la compra muy barata de valores que no valen nada.La noticia de que el gobierno anunciaría este esquema de fraude público pareció desatar el entusiasmo de los especuladores bursátiles, que respondieron con una suba cercana al 8 por ciento en la Bolsa de Nueva York - algo enorme para un solo día, pero típico de los períodos de bancarrota, cuando el precio oscila con la especulación.
Los operadores más inescrupulosos pronosticaron de inmediato que la crisis había tocado piso. La verdad era más prosaica: aquellos especuladores que habían estado invirtiendo fuerte a la baja de las acciones de las empresas, pero en especial de los bancos -cuya situación de bancarrota es irreversible- , se apresuraron a cambiar de ruta y a comprar esos valores para adelantarse al movimiento de suba que no podía dejar de provocar el anuncio. En los días siguientes, los analistas más importantes hicieron ver que el plan era precisamente un fraude financiero y que no tiene la capacidad para recrear el sistema de crédito.La cosa es muy simple. Por un lado, los activos (bonos, acciones) y préstamos en poder de los bancos no están afectados en su cotización porque no haya dinero para negociarlos, sino simplemente porque la contraparte (el que vendió el bono o recibió el préstamo) no está en condiciones de cancelarlo.
El planteo de Obama buscaría crear un precio que, por esta razón, de inmediato se revelaría artificial.
La consecuencia sería una quiebra del capital público que financia la operación. La expectativa de que una reactivación de la economía revitalice a los capitales quebrados es remota, incluso porque los tiempos de la quiebra y de la reactivación están completamente desfasados.
Muchos observadores ya han advertido que los bancos acabarán retirando los activos y los préstamos que pongan a subasta cuando no les satisfaga el precio que se les ofrezca. En este caso, Obama hará la experiencia de cómo ‘se puede' caer en una crisis política mayúscula en el primer año de mandato. Más de lo mismoLa evidencia de que el gobierno tiene claras las limitaciones de su plan es que el financiamiento que promete ni siquiera es tal, o sea, no es en efectivo, sino que en su mayor parte está compuesto de garantías, no de dinero, que recién habría que transformar en efectivo si la operación produce pérdidas al operador privado.
Los analistas que han hecho notar esta contradicción se quejan de que el Estado sigue sin poner el dinero en la escala necesaria para hacer frente a la bancarrota. Es probable que el flamante programa fracase de la misma manera que lo han hecho todos los que lo precedieron.Este relato demuestra que los izquierdistas que se rascaron la testa, al principio de la crisis, para rechazar cualquier hipótesis de derrumbe del capitalismo y pontificar que, a lo sumo, "dejará de ser el que habíamos conocido hasta ahora", simplemente estaban macaneando.
El plan anunciado por Obama intenta, exactamente, recrear el mercado de títulos privados derribado por la crisis, con el respaldo de los recursos fiscales y no fiscales del Estado, atenuado por la promesa de una mejor regulación por parte de las instituciones públicas (¡cómo si pudiera ser de otra manera y, peor, cómo si fuera a servir para algo!).
La preocupación mayor y obsesiva de todos los gobiernos y de todos los capitalistas, en las actuales circunstancias, es evitar que se desmorone el mercado internacional de títulos privados, es decir de los bancos que tienen esos títulos y de los acreedores de los bancos que tienen los propios.
El valor derivado bruto de este mercado es de 500 billones de dólares y su valuación neta de 60 billones. Solamente los bonos emitidos para asegurar los títulos en circulación suman 25 billones de dólares. Para que sirva de comparación, todo el PBI mundial es de 50 billones.Lo señalado explica el repudio al plan por parte de economistas como el premio Nobel Paul Krugman -quien quiere, al igual que cualquier otro capitalista, salvar a los bonistas internacionales. Pero para ello -dice esta gente- no se debe rifar el dinero público o recurrir a la emisión extraordinaria de moneda, sino nacionalizar temporalmente el sistema bancario.
La función de la nacionalización sería negociar con los acreedores una quita de la deuda de los bancos, de la misma manera que General Motors está negociando, para evitar la quiebra, una reducción de los precios de sus proveedores, una reducción de los salarios y prestaciones sociales de los obreros y una rebaja por parte de los tenedores de su gigantesca deuda. Pero la dimensión principal del plan Obama ha sido escandalosamente omitida por la prensa. Es que se trata de una suerte de golpe internacional en las vísperas de la reunión del G-20, que fue convocado para elaborar una salida ‘coordinada' a la crisis.
Los europeos pretenden que los fondos especulativos norteamericanos, que montaron el régimen financiero paralelo que llevó a la crisis, carguen con los costos.
El choque toca el nudo más sensible de todo el andamiaje financiero internacional -la capacidad excepcional de Estados Unidos para emitir moneda ("seignorage") en virtud del status del dólar como principal medio de pago internacional y principal reserva de valor. Precisamente, el plan Obama está basado principalmente en la capacidad de emisión de la FED, que ya anunció billonarias compras de bonos del Tesoro de su país y que ya ha comprado en gran escala títulos privados en poder de los bancos (‘aflojamiento cuantitativo de moneda').
El resto de los bancos centrales no tiene esa capacidad para socorrer a capitales siniestrados.
El Banco Central Europeo asegura que, si siguiese la política de emisión que desarrolla Estados Unidos, el euro y la Unión Europea tendrían los días contados.
Incluso Estados Unidos corre un riesgo similar, o sea que la emisión desenfrenada de dólares acabe con el rol internacional de su moneda. Algunos analistas prometen que esta emisión terminará llevando al oro a los 6.000 dólares la onza - hoy en 950 dólares.
Europa enfrenta la necesidad de salir en socorro de Europa oriental, cuya deuda externa total es de 1.5 billones de dólares y los vencimientos de este año, de 500 mil millones. Los bancos austríacos están comprometidos por el equivalente al 80 por ciento del PBI de Austria; algo similar ocurre con Italia y con Suecia.La estabilidad de las monedas será puesta en juego en la próxima etapa de la crisis.
China - que tiene reservas por dos billones de dólares e inversiones en títulos públicos de los Estados Unidos por aproximadamente 800.000 millones, y que es por eso el principal bonista interesado en el éxito de los rescates norteamericanos- teme a justo título por su dinero.
El premier chino se aventuró, la semana pasada, a reclamar que una moneda internacional sustituya al dólar, a sabiendas que esto es incompatible con la rivalidad que caracteriza al capitalismo.
Los dolores del euro le debían haber advertido sobre esto.
En una fase extrema de la crisis, la Unión Europea se encontrará ante la alternativa de disolver su unión monetaria o que sus países sean forzados a integrarse en un Estado único por una de las potencias del continente.
Existe una propuesta para que el Banco Central Europeo emita un bono único para rescatar a bancos y empresas en desastre, que debería ser respaldado por cada uno de los países de la UE, en proporciones a establecer.
El tratamiento de la propuesta pondrá al desnudo las tendencias centrífugas en Europa. Un FMI nacional y popularPor último, la producción, el comercio y el empleo siguen en picada.
Rusia acaba de informar que perdió un millón de puestos de trabajo desde noviembre y que renuncia a seguir rescatando a oligarcas quebrados. Admite, si no se trata de una empresa estratégica, que la compre el capital extranjero. A éste, sin embargo, ni se le ocurre; antes, los servicios de seguridad de Rusia deberán dar garantías más apropiadas en términos políticos y jurídicos -un verdadero vía crucis de crisis políticas e internacionales.
China vive una caída extraordinaria de su comercio exterior y también una marcada salida de capitales.
Por fin, América Latina ha comenzado a sentir las consecuencias del derrumbe del crédito que financia el comercio internacional.
Los K creen que en Londres tendrán la oportunidad de parir un FMI nacional y popular, dispuesto a prestar plata para que la economía no se contraiga. No entienden una jota de lo que ocurre: el capitalismo mundial necesita estabilizar las monedas de los países periféricos y para ello no conocen otro camino que la ‘austeridad'.
Si Brasil obtuvo un préstamo de la FED de 50 mil millones de dólares, la explicación no tiene que ver con la amabilidad de Lula ni su ‘sotaque' nordestino, sino simplemente con que tiene bonos del Tesoro norteamericano por 150 mil millones de dólares. En Londres, los banqueros le van a pedir a madam K que devalúe el peso como se lo piden Ferrer y Curia -con una vasta trayectoria nac & pop.
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sábado, 28 de marzo de 2009
El Nobel de Economía Stiglitz aboga por un nuevo sistema monetario mundial
Joseph Stiglitz, galardonado con el Premio Nobel de Economía, abogó este jueves por un nuevo sistema global de reservas que reemplace al dólar USA como moneda de reserva."Hay un creciente consenso sobre la existencia de problemas en el actual sistema de reservas basado en el dólar", afirmó Stiglitz en declaraciones a la prensa en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York, señalando que los economistas llevan discutiendo durante décadas sobre la debilidad de los sistemas de reservas basados en una única moneda."Uno de los problemas (de los sistemas de reservas basados en una moneda) es que, debido al enorme nivel de volatilidad, los países acumulan grandes sumas de reservas", dijo Stiglitz, que encabeza un panel de expertos de la ONU que está analizando la crisis financiera para recomendar reformas.Calificando el sistema de reservas basado en el dólar como "relativamente volátil, deflacionario, inestable y asociado a la desigualdad", el que fuera economista jefe del Banco Mundial indicó que el uso de las reservas de dólar estaba "contribuyendo a la debilitación de la economía mundial".Stiglitz comentó que los países en vías de desarrollo han estado prestando a Estados Unidos billones de dólares "a una tasa de interés cercana a cero cuando ellos mismos necesitaban ese dinero desesperadamente"."En cierto sentido, es una transferencia neta de ayuda extranjera a EEUU", indicó.El panel de la ONU que dirige Stiglitz propuso un nuevo sistema monetario de reservas basado en los Derechos Especiales de Giro (SDR, siglas en inglés)."Un nuevo sistema de reservas global, que puede verse como un SDR ampliamente expandido, con emisiones regulares y ajustadas cíclicamente que se calibren para el tamaño de la acumulación de reservas, podría contribuir a la estabilidad internacional, la fortaleza económica y la equidad global", indicó el panel de la ONU en un informe presentado este jueves.Dicho informe agregaba que dicho sistema era "viable, no inflacionista y de fácil aplicación".El SDR es un activo de reserva internacional creado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1969. Sólo es empleado por gobiernos e instituciones internacionales. El sistema monetario, un tema sobre el que se ha hablado mucho estos días, estará en la agenda de la cumbre del grupo de las 20 economías más desarrolladas y emergentes del mundo, que comenzará el próximo jueves en Londres con la crisis financiera internacional como principal asunto a tratar.Esta semana, el gobernador del banco central de China, Zhou Xiaochuan, abogó por crear una moneda de reserva supranacional como parte de la reforma en el sistema monetario internacional.El miércoles, el secretario del Tesoro de EEUU, Timothy Geithner, dijo que el dólar seguiría siendo la principal moneda de reserva, aunque se abrió al mayor empleo del SDR.Admitiendo que el sistema de SDR del FMI no está exento de problemas, Stiglitz dijo que se necesitaba una mejor normativa sobre cómo distribuir los SDR. Indicó que, siendo optimista, el nuevo sistema monetario propuesto podía implementarse el próximo año como muy pronto, si bien algunos economistas más conservadores podían estar en desacuerdo.Stiglitz también destacó la necesidad de un consejo de coordinación económica internacional. El catedrático de la Universidad de Columbia aseveró que los sistemas monetarios no aseguraron la estabilidad internacional y que, aunque se puede discutir largo y tendido sobre por qué han fracasado los actuales sistemas, existe la necesidad clara de un consejo de coordinación económica global.
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jueves, 26 de marzo de 2009
La verdadera conspiración de AIG
Michael Hudson
CounterPunch
25-03-2009
Parecerá extraño, pero lo cierto es que la indignación pública levantada por los 135 millones de dólares de bonificaciones para altos ejecutivos de la aseguradora AIG es una bendición divina para Wall Street, incluidos los canallas de la propia AIG.
¿Por qué habrían de preocuparse tanto los medios de comunicación con el descubrimiento de una codicia al servicio de sí propia en el sector financiero? Todos y cada uno de los canales de TV, todos y cada uno de los periódicos de este país, de derecha a izquierda, han convertido esas bonificaciones en cabecera titular de sus informaciones de los dos o tres últimos días.¿Qué yerro hay aquí?
¿No hay sobreactuación en una indignación que ha tenido sus expresiones más vociferantes en el senador Charles Schumer y en el congresista Barney Frank, los dos adelantados de los obsequios a los bancos el pasado año?
¿Le parece apropiado al presidente Obama venir a criticar ahora, después de tanto tiempo mudo, algo que le parece mal de Wall Street?
Hasta el Wall Street Journal se ha metido en harina. La toma de control de AIG por parte del gobierno, dice, "se sirve de la empresa como instrumento para rescatar otras instituciones".
Hay mucha más codicia que la observada en los empleados de AIG. La empresa debía mucho más a otros jugadores –por doquiera, y también en Wall Street— que el valor de los activos en su poder. Eso es lo que la llevó a la insolvencia. Y ha ido creciendo la oposición al modo en que Obama y McCain actuaron de consuno para apoyar un rescate que ha significado billones y billones de dólares tirados al sumidero. No realmente al sumidero, claro está, sino transferido a especuladores financieros situados en el triunfante lado "listo" de las malas apuestas financieras de AIG."La muchedumbre de Washington quiere centrarse en las bonificaciones porque busca desencadenar la cólera pública contra los actores privados", decía acusatoriamente el editorial del Wall Street Journal del pasado 17 de marzo. Mas, en vez de explicar que se trata de una maniobra distractora para pasar por alto las exacciones de Wall Street, mil veces mayores que el monto de las bonificaciones criticadas, se limitaban a atacar a su bestia negra de toda la vida: el Congreso. ¡Derecha e izquierda no diferirían sino en la elección del blanco al que dirigir la indignación pública!He aquí el verdadero problema de todo el escándalo montado con las bonificaciones de 135 millones de dólares para los ejecutivos de AIG: esta suma es menos del 0,1% --una milésima— de los 183 mil millones de dólares que el Tesoro estadounidense dio a AIG para que pudiera dar satisfacción a sus acreedores. Esta suma, mil veces mayor que el volumen total de las bonificaciones en las que los promotores de Wall Street procuran centrar la atención del público, no se quedó en AIG. Desde hace seis meses, los medios de comunicación y los congresistas han tratado de descubrir a dónde fue a parar ese dinero. [El periódico económico] Bloomberg inició un pleito para descubrirlo. Chocó con un muro de silencio.Hasta que, finalmente, el domingo 15 de marzo, por la noche, el gobierno soltó la prenda de los detalles. Eran enormemente embarazosos. El mayor recipiendario resultaba ser el mismo al que apuntaban los primeros rumores difundidos tempranamente por el mundo financiero: la propia empresa de Paulson, Goldman Sachs, encabezaba la lista. Era acreedora por valor de 13 mil millones de dólares. He aquí el perfil que va dibujándose. El pasado septiembre, el secretario del Tesoro, Paulson, de Goldman Sachs, compuso un terso memorándum de apenas 3 páginas esbozando su propuesta de rescate. El plan especificaba que, hicieran lo que hicieran él mismo u otros funcionarios del Tesoro (incluidos sus subordinados, asimismo procedentes de Goldman Sachs), ni sus decisiones podrían recurrirse legalmente, ni ellos mismos podrían se ser llevados a tribunales, y mucho menos procesados y perseguidos legalmente. Esta condición sacó de sus casillas al Congreso, que rechazó el rescate en primera instancia.Ahora se ve que Paulson tenía muy buenas razones para introducir una cláusula legal que bloqueara la posible recuperación de los fondos dados por el Tesoro a los acreedores de AIG. En eso debería centrarse la indignación pública.En cambio, los congresistas que más se destacaron por abogar a favor de la legislación del rescate –junto con Obama, quien en su debate final con McCain del viernes por la noche llegó a pronunciarse resueltamente a favor de la terrible versión "corta" del plan de rescate de Paulson— organizan ahora una escandalera con las bonificaciones de los ejecutivos de AIG, pero no contra los acreedores de la compañía aseguradora.Hay dos cuestiones que han de plantearse siempre cuando se lanza una operación política. Primero: qui bono?, ¿a quién beneficia? Y segundo: ¿por qué ahora? Según mi experiencia, la graduación de tiempos, el ritmo, es clave para averiguar la dinámica operante.En lo tocante al qui bono: ¿qué ganan el senador Schumer, el congresista Frank, el presidente Obama y otros patrocinadores de Wall Street con esta escandalera pública? Pues para decirlo clarito: los pinta como a chicos duros con el sector bancario y financiero, no como a sus lobistas, siempre prestos a aprobar un obsequio tras otro. Así que la conmoción con AIG ha echado una cortina de humo sobre la verdadera naturaleza de sus lealtades políticas. Les permite posar con un ademán confundente, y así, posar como "honrados intermediarios" la próxima vez que tengan que aprobar deshonestamente el obsequio de unos cuantos billones de dólares más para los mayores patrocinadores y contribuyentes a sus propias campañas políticas.En lo tocante a los ritmos, creo que ya ha quedado aclarado. La indignación con las bonificaciones de AIG ha logrado distraer la atención, desviándola de los acreedores de AIG, que fueron los que recibieron los 183 mil millones de dólares de obsequio del Tesoro. La suma "final" que tendrá que ir a parar a esos acreedores se rumorea que ronda los 250 mil millones, de modo que el senador Schumer, el congresista Frank y el presidente Obama todavía tienen mucho trabajo que hacer para Wall Street en el próximo año.Para tener éxito en su trabajo, además de aplacar la indignación pública creciente con los malos rescates, necesitarán multiplicar los ademanes y los gestos con que se están prodigando ahora. Es un ejercicio de engaño.Moraleja: cuanto más copiosas las lágrimas de cocodrilo vertidas sobre las bonificaciones a los ejecutivos de AIG (quienes, dicho sea de paso, parecen estar en el lado sano, de seguros bona fide del negocio de AIG, no en el jaleo de sus fondos de cobertura montados sobre un esquema Ponzi), tanto más distraerán la atención de la opinión pública respecto del obsequio de 183 mil millones de dólares, y tanto mejor colocados quedarán para seguir jugando obsequiosamente con dinero público (bonos del Tesoro y depósitos de la Reserva Federal) en beneficio de sus entidades financieras favoritas.Sigamos la pista del dinero realmente dado a AIG: ¡183 mil millones de dólares! Ya sé que ese dinero se ha transferido ya, y que no hay forma de que lo devuelvan unos acreedores de AIG perfectamente conscientes de que Alan Greenspan, George Bush y Hank Paulson estaban llevando la economía estadounidense a un abismo inmobiliario, a un abismo de productos financieros derivados y a un abismo en materia de balanza de pagos, abismos, todos, que venían a confluir en la actividad de apostar contra las obligaciones de deuda colateralizada (CDO, por sus siglas en inglés) y de asegurar esas apuestas en AIG. Ese dinero ha sido lisa y llanamente chupado del Tesoro por la vía de colocar a propios en puestos públicos claves para que pudieran servirles mejor.Pero sigámosles la pista a todos ellos. El senador Schumacher dijo a los recipiendarios de las bonificaciones de AIG que la I.R.S. [la agencia tributaria estadounidense] puede perseguirles y, de una u otra forma, recuperar el dinero. En realidad, también puede ir tras los recipiendarios del rescate de 183 mil millones de dólares. Todo lo que necesita hacer es recuperar los tradicionales impuestos sobre bienes raíces y aumentar los tipos marginales de los impuestos al ingreso y al patrimonio hasta los niveles (ya reducidos) de la era Clinton.El dinero puede recuperarse. Y eso es precisamente lo que el señor Schumer, el señor Frank y otros no quieren que se debata públicamente. Por eso divierten la atención de la gente fingiendo escandalizarse con trivialidades. Una manera, muy propia de la época, de que la gente no vea el bosque y se pierda lo verdaderamente importante.
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Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón
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