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viernes, 5 de febrero de 2010

Davos y las pensiones


04-02-2010
Juan Francisco Martín Seco
Público

Fue precisamente en Davos, hace más de una década, cuando Tietmeyer, entonces gobernador del poderoso Bundesbank, decretó el fin de la soberanía popular. “Los mercados serán los gendarmes de los poderes políticos”, dijo. Era el grito de guerra de un nuevo capitalismo triunfante que, fundamentado en la libre circulación de capitales, se postulaba sin límites ni barreras y que exigía que todo se rindiese a la lógica del mercado.

Se ha visto a dónde nos ha conducido tal sistema: al borde del abismo. El año pasado, en febrero, las fuerzas económicas y sus satélites acudieron también a Davos, aunque en esta ocasión fueron humildemente, recubiertos todos ellos con el sayal de penitente y dispuestos a implorar al sector público que los protegiese del caos. Pero ha bastado un año, sólo un año, para que vuelvan a las andadas y, una vez salvados, sin importarles un ápice los cadáveres que dejan atrás, han regresado desafiantes a la ciudad de los Alpes dispuestos a plantar cara a los gobiernos, a imponerlos sus condiciones y a impedir cualquier regulación.

Como manifestación de su poder, han sentado en el banquillo de los acusados a tres países, no del Tercer Mundo sino de la Unión Europea –España, Grecia y Lituania–, escogiendo como fiscal al presidente del Banco Central Europeo y como jueces, a las agencias de calificación, las mismas que contribuyeron a la crisis dando la máxima valoración al papel basura que infectó la economía internacional. Y lo peor es que, al menos en el caso España, su estrategia ha tenido éxito, porque el Gobierno –tras caer inocentemente en la trampa de comparecer en tal foro– se ha apresurado a dar un giro a la derecha y a asumir las tesis de las fuerzas más conservadoras.

El Gobierno presenta un plan para realizar fuertes recortes del gasto en un presupuesto que apenas lleva un mes en vigor. Poco importa que la economía española se encuentre aún lejos de salir de la crisis y que estas medidas contradigan los planes de estímulo y obstaculicen la recuperación. De nada vale que el stock de deuda pública sea de los más bajos de la Unión Europea y que nuestras dificultades provengan del endeudamiento privado y no del público. No cuenta que nuestro déficit se haya originado fundamentalmente por la contracción de la recaudación, causada en parte por la baja actividad y en parte por una política fiscal que durante estos últimos 12 años ha desarmado los tributos progresivos. Qué más da que la congelación de la oferta pública de empleo lo único que consiga sea incrementar el enorme paro existente. Es igual, los mercados han hablado y hay que obedecer.

El Gobierno ha asumido la tesis de la derecha de que el sistema público de pensiones es inviable y hay que reducir, por tanto, las prestaciones. Resulta lo mismo que las proyecciones demográficas sean todas cuestionables. De nada vale afirmar que en ninguna parte esté dicho que sean únicamente los trabajadores los que tengan que sostener con sus cotizaciones las pensiones, como si los otros impuestos no contasen, principalmente los que se giran sobre las sociedades y las rentas de capital. Es igual, los mercados se han manifestado y hay que inclinarse ante ellos.

Juan Francisco Martín Seco es economista

Fuente: http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial

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domingo, 17 de enero de 2010

La débil unión europea


17-01-2010
Juan Francisco Martín Seco
Público

La profecía de Leire Pajín se ha cumplido y el acontecimiento planetario ha tenido lugar. Desde el día 1 de enero Zapatero preside la Unión Europea. Bien es verdad que la entrada en vigor del Tratado de Lisboa va a oscurecer un poco tan portentoso evento, ya que Zapatero deberá compartir funciones con el presidente del Consejo de la Unión.

Pero eso no amilana al presidente del Gobierno español que, fiel a su trayectoria de proponerse metas titánicas, se ha fijado para este semestre sacar a Europa de la crisis. Nada más y nada menos. No a España, no, a Europa. Sin dudarlo un momento, se ha puesto a la tarea y ha convocado a la Moncloa a algunos de los culpables de los muchos males que hoy sufre Europa. Son socialistas, pero han sido cómplices de la configuración de una Unión Europea neoliberal.

En la Moncloa estaba Delors, a quien se considera padre de la actual unión monetaria, y que ahora dice arrepentirse de que se realizase sin ir acompañada de una unión económica. Pero ahí radica precisamente el problema y la causa de casi todos los males: que se aceptase la constitución de una unión monetaria sin los elementos compensadores necesarios (fiscales, sociales, laborales e incluso financieros) de una unión económica auténtica. En contra de lo afirmado por los reunidos en la Moncloa, lo que las cumbres de París y Bruselas dejaron patente es que los países europeos se mostraron incapaces de dar una respuesta conjunta a la crisis.

La única política en común es la monetaria, e incluso esta con muchas limitaciones. Los bancos europeos no pueden recurrir al BCE de la misma forma que los bancos americanos se dirigen a la Reserva Federal. En Europa han tenido que ser los estados los que saliesen en auxilio de sus entidades financieras. Ni siquiera a la hora de garantizar los depósitos bancarios la respuesta pudo ser común y cada país actuó como pudo y quiso, violentando una vez más el sacrosanto principio de la competencia.

¿Y qué decir de la política fiscal? Bruselas propuso un plan anticrisis de 200.000 millones de euros –el 1,5% del PIB comunitario–, pero, a la hora de la verdad, cuando se examina el desglose, resulta que todo ha quedado a la iniciativa de los estados. De los 200.000 euros, 170.000 los han tenido que aportar e instrumentar los países miembros. Cada uno según se le ha ocurrido. La Unión Europea aporta sólo los 30.000 restantes, aunque tampoco esto es totalmente cierto, porque una parte ha sido un simple préstamo del Banco Europeo de Inversiones y la otra son meros adelantos de los fondos estructurales. Ninguna de estas dos partidas representa un incremento real del gasto comunitario.

No, en Europa no existe una política económica común y, lo que es más, tampoco hay ninguna posibilidad de que en el futuro pueda haberla, desde el mismo momento en que aspectos tan importantes como los fiscales, sociales y laborales,
entre otros, están blindados y sólo pueden modificarse por unanimidad, lo que resulta imposible con 27 países tan heterogéneos.

Fuente: http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial/434/la-debil-union-europea/

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