viernes, 22 de mayo de 2009

Argentina: Educación un drama de inabarcables consecuencias



Más de 700 mil niños y jóvenes de 6 a 17 años están fuera del sistema escolar
Inés Hayes
Rebelión
17-05-2009

Reprobado: en el país de la Ley de Educación Común 1420, orgullo de la formación del Estado Nacional de 1880, más de 177 mil niños de 6 a 14 años están fuera del sistema escolar. Medio millón de jóvenes de 12 a 17 años no cursan la secundaria. Casi cuatro millones de adultos no han terminado la primaria. Mientras que países como Cuba, Venezuela y Bolivia han declarado a sus territorios libres de analfabetismo, en Argentina cada vez son más las personas que no saben leer ni escribir.

En un país donde la mitad de sus habitantes está por debajo de la línea de pobreza y 25 niños mueren por día por causas evitables antes de cumplir un año, el acceso y la permanencia en el sistema educativo está lejos de los preceptos de la Ley de Educación Común 1420 que establecía la obligación del Estado de educar laica y gratuitamente a todos los habitantes.

Según datos del Indec (Instituto Nacional de Estadística y Censos), 177.417 niños de 6 a 14 años están fuera del sistema educativo.

Por otra parte, un informe de la Central de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera), afirma que “medio millón de chicos de 12 a 17 años está marginado del mundo escolar”.

El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) calcula que el 71% de los jóvenes de entre 15 y 21 años se encuentra en situación de riesgo educativo.

Los datos del cuestionado organismo oficial Indec demuestran que en 2006, de los jóvenes que terminaron la escuela secundaria, el 72,5% pertenecía a hogares no pobres, mientras que el 28,4% provenía de familias pobres. Lejos de ser planificada por el Estado, en la Argentina del siglo XXI, la educación parece ser un lujo al que sólo puede acceder un sector de la sociedad.

La desigualdad en el acceso a la educación también es muy notable según la región del país en que se viva. El Nordeste (Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones) tiene el porcentaje general más alto de inasistencia escolar entre los adolescentes: 28,29%. Esta cifra trepa a más del 43% cuando se mide lo que ocurre entre los más pobres y llega al 48% entre los chicos de 18 años que tienen que dejar la escuela para trabajar. En la región Metropolitana, la más poblada del país, la inasistencia oscila entre el 10,9% entre los adolescentes no pobres y el 25,9% de los jóvenes pertenecientes a hogares bajo la línea de pobreza.

De acuerdo a un estudio elaborado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), Santiago del Estero, Misiones y Corrientes son las provincias que registran mayores índices de analfabetismo y deserción escolar. El análisis revela que en la provincia de Buenos Aires va a clase el 89,3% de los alumnos en condiciones de cursar los primeros dos años de la escuela media obligatoria, mientras que en Misiones sólo lo hace el 56,4%; en Santiago del Estero, el 58,7%; y en Corrientes, el 61,5%.

El nivel inicial de educación, que va de los 3 a los 5 años, también demuestra la desigualdad en el acceso. Según Unicef Argentina, “a los 3 años, el 50% asiste a este nivel de enseñanza en el Gran Buenos Aires y solamente el 10,5% en las provincias del Noroeste Argentino. A los 4 años, el 73,5% asiste en el Gran Buenos Aires, frente al 30,6% en el Noreste Argentino”. En el país de la Ley 1420, orgullo de la formación del Estado Nacional en 1880, miles de niños nunca oyeron un cuento ni jugaron en el arenero de ningún jardín de infantes.

Durante los seis primeros años de educación básica, en todo el país, el 6,5% de los alumnos no pasa de grado. “7º, 8º y 9º son los que manifiestan el mayor porcentaje relativo de repitencia (10,4%), con valores más elevados en las provincias del Noroeste”, informa Unicef.

La educación secundaria también presenta números alarmantes: “El nivel de repitencia en el primer año del Polimodal alcanza un promedio de 11,4% y llega a un valor máximo provincial de 16,5%. En tanto, el nivel de sobreedad para el total nacional es de 35,9%, alcanzando valores máximos provinciales de 53%. El abandono escolar en el nivel Polimodal llega al 18,9% para el total país, con provincias cercanas al 21,5%”.

En este contexto, la situación educativa de los niños indígenas demuestra también la desigualdad en el acceso a la educación. “En 2004 y 2005, de un total de 5.969 personas de la población Wichí en Chaco, Formosa y Salta, en el rango de edad de 20-29 años, sólo 1.528 (25,6%) terminaron la primaria y 290 (4,8%), la secundaria. Para el sector de la población Toba en Chaco, Formosa y Santa Fe, en el mismo rango de edad, de un total de 6.840 personas, sólo 2.383 (34,8%) terminaron la primaria y 278 (4%) la secundaria”.

Córdoba: de la Reforma Universitaria a la expulsión escolar

Por cada alumno que concurre a escuelas estatales, Córdoba invirtió 2.186 pesos (590 dólares al cambio actual) durante 2006. El monto es superior a la media del país de 2004 que ascendió a 1.517 pesos (410 dólares), según datos de la Coordinación General de Estudios de Costos del Sistema Educativo del Ministerio de Educación de la Nación. Los fríos datos contables no logran disimular la crisis endémica de la educación en la provincia.

Año a año, el índice de estudiantes que repiten su curso en Córdoba se incrementa y amenaza con no detenerse. Según publicó la prensa local en abril, de un total de 650 mil alumnos, casi 66 mil estudiantes primarios y secundarios reiniciaron en el 2009 el curso del anterior. Uno de cada diez estudiantes del ámbito estatal y privado no aprendió el año pasado lo suficiente como para continuar cursando con sus antiguos compañeros.

Los datos oficiales del Ministerio de Educación de la Provincia muestran que la repetición creció un 31% en ambos niveles en un año. En la primaria, la cifra trepó al 43,6% y en el secundario al 25,7%, respecto de la cantidad de repetidores de un año atrás. En términos absolutos, son muchos más los repetidores en el nivel medio: duplican a los de la primaria.

“Los mayores problemas suelen darse en los cursos de transición entre primaria y secundaria o al pasar al Polimodal”, señaló Héctor Acevedo, docente integrante del Programa Familia de apoyo escolar del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

La secretaria de Educación, Delia Provinciali admitió que las autoridades han fracasado en detener una tendencia que se repitió en 2007 cuando se supo que los secundarios mostraban casi un 30% de incremento en repitencia respecto al 2003. “La repetición es el dato duro que no logramos modificar, más allá de los planes y los programas que se aplican”, dijo la funcionaria en entrevista con América XXI.

Las estadísticas oficiales señalan además que las regiones más pobres de la provincia –sobre todo el Norte cordobés- expresan índices bastante más graves que en los grandes centros urbanos y la rica área sojera del Sur provincial. Mientras los departamentos de Capital y Río Cuarto tienen un 11,5% de adolescentes secundarios que repiten, otros como Pocho, Minas o Ischilín superan el 12,5% y algunos alcanzan hasta el 14%.

Los indicadores de sobreedad son una consecuencia lógica de la repitencia. Mientras que la rica región agropecuaria de Marcos Juárez tuvo un 23,36% de alumnos pasados de edad en 2007, los departamentos de Sobremonte e Ischilín tuvieron 37,44% y 41,68% respectivamente.

Además, los sectores más pobres de la capital corren el riesgo de perder programas de apoyo escolar porque en épocas de campaña electoral la Municipalidad de Córdoba ha extraviado la brújula sobre el destino de su política social. “150 maestros y dos mil chicos verían caer en julio un programa de ayuda educativo que financian la Nación y el BID en los propios barrios carenciados si no hay cambios de último momento”, denunciaron delegados docentes de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) a mediados de abril.

“En contra del supuesto de escasa valoración de lo educativo para los sectores más humildes, la educación formal sigue siendo una promesa de inclusión social y salida de la pobreza. Sin embargo, las restricciones económicas y culturales –particularmente el desconocimiento de la cultura institucional de la escuela media– generan experiencias educativas frustrantes que en la mayoría de los casos concluyen en el abandono escolar”, detalla Acevedo.

Si las estadísticas son uno de los puntos de análisis más controversiales en Argentina, Córdoba no es la excepción. El departamento de Estadísticas del Ministerio de Educación estableció un nuevo método para recolectar los datos. Desde 2008 se realiza a través de las Direcciones Generales de Nivel. El cambio provocó un desfasaje en las cifras del año pasado. En la matrícula 2008 se habían perdido en la nebulosa estadística 16.993 estudiantes. En su momento, la cartera educativa explicó que no había “17 mil chicos en la calle” y justificó el supuesto error en una metodología previa de recolección que dijeron desconocer.

El caso de Salta

En el conjunto de las provincias argentinas, Salta se cuenta entre aquellas cuyos indicadores de educación son más bajos. Las tasas de deserción escolar, de repitencia, de gasto por alumno y salario docente, la ubican entre las siete provincias más desiguales.

El informe de Cippec refiere que en 2006, la tasa de abandono interanual –el porcentaje de alumnos que no se matriculan al año próximo– fue del 19%: dos puntos porcentuales por encima del promedio por jurisdicciones.

La tasa más alta, 27,9%, la tiene la provincia de Buenos Aires y la más baja corresponde a Entre Ríos: 13,5%. Salta queda ubicada en el décimo octavo puesto dentro del ranking de provincias; un lugar que viene ocupando, con escasas variantes, desde hace años, a pesar de las afirmaciones contrarias que aún hoy sigue haciendo el ex gobernador Juan Carlos Romero que administró la provincia durante 12 años.

Según datos no oficiales del Programa de Planeamiento Educativo dependiente del Ministerio de Educación de Salta, en 2007, la matrícula total de la provincia fue de 367.117 alumnos, número que comprende a los inscriptos en el nivel Inicial, la Educación General Básica (EGB 1, 2 y 3), el nivel medio (Polimodal) y la enseñanza superior no universitaria. Ese mismo año la matrícula del Polimodal fue de 52.764, con un porcentaje de repitientes del 9,9%. En comparación con el año anterior, hubo un aumento de poco más de dos puntos porcentuales en la repitencia. En 2006, la matrícula fue de 47.958 estudiantes con un porcentaje de repitientes del 7,8%. En la EGB el porcentaje de repitientes en 2006 alcanzó el 8,1% del total de inscriptos en el sistema educativo:

255.067 alumnos. En comparación con 2007, hubo un descenso de la repitencia: la tasa fue del 5,3%, sobre un total de 256.941 matriculados.

Estos datos no oficiales del Ministerio de Educación de Salta, correspondientes a 2006 y 2007, señalan que entre ambos años hubo un incremento de la matrícula del 5,28% en el último año de la Educación General Básica (EGB). Al mismo tiempo, la tasa de abandono anual, que mide el porcentaje de estudiantes que abandona el sistema antes de finalizar el año escolar, fue del 4,29 %. La tasa de repitencia alcanzó el 12%, y la de abandono interanual, el 6,27%.

El informe de Cippec, realizado en el marco de un programa de monitoreo del cumplimiento de la Ley de Financiamiento Educativo, señala también que Salta se cuenta entre los Estados provinciales que en 2007 realizó la menor inversión del país por alumno: 1.497 pesos (404 dólares). Ese año, el gasto en educación de la provincia alcanzó el 21% del gasto total. En cuanto al salario docente, en diciembre de 2008 era de 1.794 pesos (484 dólares), uno de los más bajos del país.

Según señalan distintos estudios realizados en la provincia, se debe considerar además la especial situación de las comunidades indígenas. Con nueve pueblos originarios, Salta es el Estado provincial argentino con mayor cantidad de etnias originarias reconocidas oficialmente. “Los jefes de hogares indígenas tienen menos años de educación formal que los de los hogares que no lo son. Los que nunca asistieron a un establecimiento educativo o concurrieron pero no completaron el nivel primario ascienden a 58,5% en los hogares indígenas y 27,5% en las familias sin miembros indígenas. En el otro extremo, con estudios completos de nivel secundario y más, tenemos a 10,8% de los jefes indígenas y casi el triple –28%– cuando se trata de los hogares no indígenas”, sostiene el trabajo Pobreza, educación y discriminación. Los aborígenes en Salta (Argentina), realizado en 2004 por Juan Carlos Cid, docente de la Universidad Nacional de Salta
(Unsa), y Jorge Paz, investigador del Conicet.

El informe añade que el 22,2% de los indígenas comprendidos en este estudio tenía “instrucción formal nula” contra el 5% de los no indígenas. Y 80 de cada 100 personas de 30 a 64 años, miembros de hogares indígenas, tenía sólo siete años de instrucción. Sólo el 6,8% tenía estudios superiores o el secundario completo.

Jujuy: los números de la pobreza y la exclusión

Unos 205 mil niños y adolescentes jujeños integran el sistema educativo provincial.

Concurren a unos 580 establecimientos entre los que hay escuelas estatales convencionales, establecimientos privados, escuelas rurales y las llamadas escuelas de alternancia, ubicadas sobre todo en la Quebrada de Humahuaca y la Puna. Estas últimas escuelas tienen un calendario y un régimen diferentes, asociados a los ciclos agrícolas. De toda la Argentina, Jujuy es una de las cinco provincias con menor cantidad de establecimientos educativos.

Según el censo de 2001, más de la cuarta parte de los jujeños vive en hogares con necesidades básicas insatisfechas. Es la cuarta provincia del país en cantidad de hogares por debajo de la línea de la pobreza y contiene uno de los aglomerados urbanos con más pobres de todo el territorio nacional: San Salvador de Jujuy-Palpalá, donde el 57% de sus habitantes es pobre. Es además la provincia con mayor porcentaje de población situada bajo la línea de indigencia, y la tercera del país con mayor índice de desempleo.

Es la quinta provincia con mayor porcentaje de población analfabeta, la novena con mayor porcentaje de población con primaria incompleta, la octava con respecto a la educación secundaria sin finalizar, y la séptima con menor tasa de escolarización para el nivel medio.

Al observar los índices de deserción escolar y repitencia, se confirma lo que el sentido común dicta: los números más altos corresponden a lugares donde la inequidad y la exclusión son elevadas. En tres de las provincias del Noroeste, donde la tasa de pobreza supera ampliamente la media nacional, aparecen los peores indicadores educativos:

Santiago del Estero tiene el índice de deserción más alto: 13,8%, seguida por Tucumán (11,1) y Jujuy (10,9). En tanto, Salta (4,6) y Catamarca (3,4) muestran una tendencia algo menos desfavorable para la región.

En este contexto, los Centros de Actividades Juveniles (CAJ) que funcionan desde hace seis años en 74 escuelas secundarias de Jujuy, generan espacios artísticos, deportivos y recreativos para los chicos. En 2008, los trabajadores de los CAJ alertaron que estas organizaciones corren peligro de desaparecer por iniciativa de la gestión educativa provincial que quiere tomar sus fondos y cargos para crear un programa de tutorías. Si bien siguen funcionando, la tarea de estos espacios se mantiene sobre todo gracias al voluntarismo de sus trabajadores.

La importancia de los CAJ es cada vez más relevante, teniendo en cuenta las situaciones de riesgo que enfrentan los jóvenes jujeños, sobre todo en el interior de la provincia donde en los últimos años ha habido grandes cambios asociados al mayor intercambio entre la cultura originaria y otras formas de vida, fundamentalmente a raíz de las migraciones desde las zonas rurales a los centros urbanos y semi urbanos, y de la intensificación de la actividad turística. Los chicos y jóvenes se han puesto en contacto con múltiples aspectos, positivos muchos de ellos pero negativos otros. Hoy, en la Quebrada de Humahuaca se empieza a hablar del paco (droga elaborada a partir de residuos de la cocaína) que, muchos aseguran, circula por las escuelas

“Nuestra juventud es excluida de las aulas, es mano de obra barata para organizaciones sindicales, para traficantes, proxenetas y punteros políticos. El desamparo en el que viven nuestros jóvenes es total”, afirman los trabajadores de los CAJ, y denuncian: “La gestión educativa actual quiere tomar los fondos y los cargos de los Centros para crear un Programa de Tutorías, desarmar los CAJ para utilizar sus fondos en un sistema educativo retrógrado y vetusto que lo único que está consiguiendo es que miles de jóvenes se vayan de la escuela o terminen sus estudios en el dos por uno”.

Para completar este panorama, en agosto pasado, tras intensas gestiones y manifestaciones de repudio, la Legislatura provincial ordenó al Gobierno que desarticulara una de las instituciones más vergonzosas de la provincia, la Policía Infantil, que había sido creada en 1999 para –según sus mentores– contrarrestar los efectos de “la deserción escolar, las fugas del hogar, la integración de pandillas, la maternidad y paternidad precoz, el alcoholismo, la drogadicción, la vagancia y la mendicidad de menores”. Se trató de grupos de “policía infantil”, integrados por chicos de entre 5 y 16 años que recibían instrucción policial “limitada a formaciones y desfiles”. En general, los primeros mini reclutas fueron chicos provenientes de barrios pobres de la zona de la Capital, cuyos padres encontraron allí la posibilidad de que comieran y tuvieran al menos ropa limpia y en condiciones. Llegó a reunir a más de 200 chicos. La existencia de estos “escuadrones infantiles” fue repudiada por diferentes sectores y por las organizaciones de derechos humanos de la provincia, y hubo pedidos de desmantelamiento de la Unidad por parte de diferentes instituciones de la Capital Federal.

El mantenimiento de algunas actividades y la no confirmación de la total suspensión de los “reclutamientos” provocó que en agosto del año pasado la Cámara de Diputados de la Nación emitiera una declaración en la que expresa “la más profunda preocupación por la existencia en diversas provincias del país de agrupamientos, escuelas, escuadrones o cuerpos policiales infantiles y de gendarmería infantil para niños de entre 5 a 14 años en espacios dependientes de las fuerzas de seguridad”. La declaración advierte que “existen relevados centros de policía infantil y gendarmería infantil distribuidos en las provincias de Salta, Santa Fe, Jujuy, Entre Ríos, Tierra del Fuego, Mendoza, Misiones, Corrientes, San Juan, Neuquén y Chaco” y que en cada una de estas provincias hay más de un centro.

El embarazo adolescente es otra de las cuestiones a tener en cuenta al hablar de la situación educativa de la provincia. Del total de chicas de entre 14 y 17 años que van a la escuela, el 47,7% son madres de al menos un hijo. En este sentido, Jujuy comparte el tercer lugar con Buenos Aires.

Si el gobierno de Jujuy difundiera responsablemente la información, se podría trazar un mapa más preciso por regiones en el que se vería con claridad la diferencia entre el Sur y el Norte de la provincia. Pero no es lo que sucede. Para apoyar esta afirmación, basta recordar que las autoridades de salud provinciales esperaron hasta el lunes posterior a Semana Santa para difundir las cifras de los enfermos de dengue en territorio jujeño –que por entonces superaba los 500. Había que impedir que los turistas decidieran no visitar el lugar.

En Argentina, 3 millones 700 mil adultos no han terminado la primaria. Mientras que países como Cuba, Venezuela y Bolivia han declarado a sus territorios libres de analfabetismo, en Argentina cada vez son más las personas que no saben leer ni escribir.

Desde Buenos Aires, Inés Hayes, con informes de Guillermo Posada desde Córdoba, Elena Corvalán desde Salta y Gabriela Tijman desde Jujuy

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Ciudad de Buenos Aires: Matemática, Física y Química en inglés

“Tengo la certeza de que con esto mejoramos la calidad de la educación pública de la Ciudad”, dijo el ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, Mariano Narodowski en un seminario internacional sobre educación bilingüe que tuvo lugar en Madrid. "Matemática, Física y Química se dictarán en inglés", anunció el Ministro desde la capital española.

El proyecto prevé que a partir de 2010 esas asignaturas comiencen a dictarse en inglés en el primer año de las escuelas secundarias públicas de la ciudad cuyos directores estén de acuerdo.

“Esta iniciativa apunta a avanzar con la educación bilingüe en las escuelas porteñas. Potenciar el inglés y mejorar su calidad”, señalaron desde el ministerio del Gobierno de Mauricio Macri

Los voceros señalaron además que “al ser materias más técnicas presentan menos dificultades para enseñarse en un segundo idioma. La idea es después sumar progresivamente otras asignaturas, obviamente para ser dictadas en ambos idiomas”.

Según informaron desde el ministerio, la idea es que los docentes de Matemática, Física y Química, cuyas escuelas acuerden con esta iniciativa, sean capacitados para dictar sus materias en inglés a partir del segundo semestre de 2009: “para implementar esta medida contamos con el apoyo del British Council en Argentina”, dijo Narodowski en la capital española.

En la ciudad hay 147 secundarias públicas y 23.934 alumnos en primer año. Todos cursan Matemática y sólo en algunas Técnicas y Bachilleratos se dictan Física y Química en ese año. “Creemos que estamos dando una herramienta más”, aseguró Narodowski.

En la ciudad de Buenos Aires, la deserción escolar en la escuela media trepa al 23,9%: de 100 jóvenes que ingresan a la secundaria, casi un cuarto no logra terminarla.

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La tradición perenne


Entrevista a Agustín López Tobajas.
The Ecologist para España y Latinoamérica

Tal vez algún lector se sorprenda de que no traigamos a nuestras páginas a un doctor, sino a un especialista en la Tradición Primordial. Pero, ¿cómo puede vivir saludablemente un mundo corrompido espiritualmente hasta el tuétano? ¿Existe la salud en un mundo enfermo? Tal vez el camino esté en escapar a Oriente, sí, pero, como muy bien dice Agustín López, «un Oriente que no se encuentra, ciertamente, en los mapas, y al que los pueblos de todos los tiempos han nombrado de formas diversas: Ítaca, Hiperbóreas, Avalon, Shambala, Thule, Salem, Aztlán, Hurqalyá... Ese «Oriente, que nada tiene que ver con nuestra geografía física, es el lugar por donde despunta, en el alma extranjera capaz todavía de nostalgia, la luz del dios que le ha de salvar».

-Creo que, como muy bien dice, los mayores problemas que hoy asuelan a nuestro planeta y a la Humanidad no son la energía nuclear, los alimentos transgénicos, la polución química o un sistema sanitario basado en el fraude de las empresas farmacéuticas, sino los paradigmas que nos han conducido hasta aquí. ¿Cuándo y cómo surge una sociedad que está arrastrando al planeta y a todos sus habitantes a la destrucción?

-Es difícil responder a esa pregunta de forma muy concreta. Tal vez la historia de la humanidad sea la historia de una continuada decadencia desde sus orígenes hasta la actualidad. Ya sé que esta tesis será inaceptable o ridícula para muchos, pero nuestra visión de la historia puede estar llena de prejuicios, empezando por la generalizada idea de que el nivel de desarrollo tecnológico es una medida del nivel de inteligencia. Acaso sea más bien lo contrario. De cualquier modo, parece claro que el Renacimiento supuso una ruptura con lo que podríamos llamar el «mundo tradicional». El Renacimiento fue una época brillante en ciertos aspectos, pero su «humanismo» llevaba implícita una gran dosis de orgullo y arrogancia, un cierto titanismo que ha marcado decisivamente toda la historia posterior de Occidente. La Ilustración, afirmando los derechos absolutos de la razón, fue un peldaño más en la caída. Otro salto se produciría con la Revolución Industrial; ahí comienza el imperio de la máquina y se consuma un cambio radical en la forma de vida. Es decir, limitándonos a los últimos siglos, más que un momento decisivo, habría ―yo creo― un hundimiento progresivo con saltos más o menos significativos. Cabría preguntarse por qué la conciencia occidental decidió emprender ese camino frente al resto de civilizaciones y culturas, pero yo, por supuesto, no tengo respuesta para eso... No lo sé. En todo caso, ni la modernidad es el Mal absoluto, ni las culturas premodernas son el Bien absoluto. Para mí la cuestión es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus «avances». De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo. Ésa es la diferencia.

CAMINO DE LA ENFERMEDAD
En el contexto de lo sanitario, como en tantos otros, parece que el desarrollo económico nos conduce a vivir cada día menos y peor. Se multiplican las pandemias, crece el número de pobres, las hambrunas azotan a los países empobrecidos, la sequía amenaza a miles de millones de personas, somos más estériles, se disparan las tasas de enfermedades degenerativas y las enfermedades mentales devastan a la población. Todos estos problemas tienen un claro origen antropogénico. Usted señala que «hablando en términos generales, la riqueza no genera más que estupidez y perversión». ¿Y decadencia y enfermedad?
-También, por supuesto. Pero yo no pretendo decir que sólo el ansia de riquezas tenga la culpa de todo; ésa sería una tesis propia de un marxismo moralizante. Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea «perversión», pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La «estupidez» a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres.
–Usted afirma que «la ciencia asume actualmente el papel que antaño desempeñó el aspecto exotérico de las religiones en el campo de las creencias». Es decir, que los dogmas de la Iglesia han sido sustituidos por dogmas tecnocientícos. Y, al fin y al cabo, el pueblo sigue sumergido en el mundo de las supersticiones.
-Sí, pero hay algo que cambia: al margen de las diferencias en el contenido entre unos dogmas y otros ―asunto en absoluto desdeñable―, los dogmas de la Iglesia eran reconocidos como tales; nadie pretendía que fueran razonables o evidentes. Eso establecía una distancia entre el individuo y el dogma, distancia que garantizaba la libertad interior de cada cual para aceptarlo o no, al margen, claro está, de las posibles imposiciones autoritarias de la Iglesia en el marco social. En la modernidad, esa distancia ha desaparecido, los dogmas científicos se introducen en las conciencias como si de verdades demostradas y evidentes se tratase. Pensemos, por ejemplo, en el evolucionismo. Casi nadie sabe nada de las teorías evolucionistas, pero todo el mundo las acepta con una fe inquebrantable. Al margen de su verdad o falsedad, el evolucionismo es, por encima de todo, una creencia, un dogma del que se ignora su carácter de tal. Podríamos analizar otros muchos. «Científico» se ha convertido en sinónimo de «verdadero», cuando curiosamente las teorías científicas cambian cada dos por tres. La sociedad contemporánea se cree intelectualmente libre, pero en realidad está más imbuida de creencias y prejuicios que cualquier otra sociedad de tiempos pasados. A la inversa, se consideran supersticiones conocimientos que hoy no son operativos, sin pensar que pudieron serlo en el pasado. Por ejemplo, la utilización de fuerzas sutiles o suprafísicas con fines curativos. Es muy probable que ciertas prácticas terapéuticas que hoy se ven como supersticiones funcionaran realmente en su momento, aunque, debido a eso que René Guénon llamó la «solidificación», es decir, la progresiva insensibilidad de la materia a las energías suprafísicas, puedan ahora no ser eficaces. Y, dicho sea de paso, habría que prevenir contra ciertos embaucadores que pretenden desenterrar prácticas curativas de tiempos pasados o incluso de culturas desaparecidas y se atribuyen poderes de los que carecen por completo. Naturalmente no estoy diciendo que todos los métodos de curación tradicional hayan perdido su antigua eficacia, ni mucho menos, pero no habría que ser tan crédulos como para ponerse en manos del primer «sanador alternativo» que se cruce en el camino.


LA SEDUCCIÓN DE LA MENTIRA
-¿Cómo el mundo puede vivir tan engañado? Los medios de información vomitan a cada instante cantos de sirena sobre los supuestos avances de la ciencia y la tecnología. Pero la epidemia de cáncer se dispara. Dos de cada tres estadounidenses padecerán cáncer a lo largo de su vida. Y esto es sólo un ejemplo. ¿Es el equivalente a las promesas del faraón de que se habla en el islam?
-La capacidad de seducción de la técnica es muy fuerte. La modernidad, dando la espalda a la transcendencia, ha creado un gran vacío en el interior de los hombres, un hueco que sentimos la necesidad de llenar como sea y con lo que sea. La ciencia y la técnica ofrecen la ilusión de colmar ese vacío con algo tan inmediatamente constatable como el poder sobre la materia; al margen de sus consecuencias ulteriores, la ciencia y la técnica tienen una eficacia a nivel inmediato: aparentemente «funcionan»; de ahí su poder de convicción. Por ejemplo, es indiscutible que se inventan remedios para ciertas enfermedades; otra cosa es que el sistema que hace posible esos remedios genere continuamente males mucho mayores que los que consigue ir evitando. Pero la relación del sistema con los males que provoca no es nunca tan perceptible como la relación con los remedios que inventa. Los «efectos colaterales» se presentan siempre como anomalías evitables, cuando en realidad son parte ineludible del proceso de producción de los «remedios». Ahora bien, no habría que deformar las cosas para ajustarlas más fácilmente a nuestro esquema; los métodos de la medicina oficial pueden ser brutales, pero no nos engañemos: a su manera funcionan y, en algunos casos, puede incluso ocurrir que sean los únicos que funcionan, pues el ser humano puede haberse «solidificado» hasta tal punto que sólo responda a estímulos particularmente violentos. Con esto no estoy defendiendo necesariamente la utilización de tales métodos. Por ejemplo, pueden no gustarnos los trasplantes de órganos; de hecho, yo creo que los trasplantes deberían hacer estremecerse a cualquier mente normal al mismo nivel que las prácticas de una tribu de antropófagos, pero, a nivel inmediato y al margen de sus repercusiones a nivel social (mercado de órganos, etc.), funcionan. La cuestión es que no todo lo que «funciona» es legítimo. Hay quienes se empeñan en que sólo los métodos alternativos son eficaces y que los oficiales son ineficaces. Me parece que ésa es una forma de seguir practicando el culto a la eficacia, que es uno de los pilares de la barbarie tecnológica. Hay que entender que hay cosas en la modernidad que son eficaces, pero no por ello son admisibles. La eficacia no puede ser nunca el criterio supremo, ni siquiera en medicina. Volviendo a la seducción, hay otro hecho importante: la mayor parte de los seres humanos ven lo que la ciencia, la tecnología o el llamado progreso, en general, nos da, sea bueno o malo, pero no pueden ver lo que nos quita. Y no lo ven por la sencilla razón de que lo que se nos ha quitado ya no está ahí, y lo que no está ahí no puede verse; se podría, en todo caso, recordar (con una memoria más ontológica que psicológica), pero los mecanismos sociales, con su permanente tensión hacia el futuro, se ocupan de borrar todo recuerdo que supere el nivel del dato. El pasado está muerto, se nos repite hasta la saciedad, cuando, en realidad, todo lo que somos es pasado.

LA RAZÓN DE SER DE LA ENFERMEDAD
-Además, la absoluta medicalización de la enfermedad hace que se pierda, en cierto sentido, parte de su razón de ser. De igual manera, la muerte desaparece del mapa. Es como si no existiera. Es como si fuéramos a tener una vida eterna. Pero la enfermedad y la muerte también cumplen una función, al menos desde el punto de vista de la Tradición.
-Naturalmente. Hay enfermedades que podríamos llamar «artificiales», es decir, que están generadas por las transgresiones del orden cósmico, pero hay otras «naturales», provocadas por el desgaste natural de los organismos o, sencillamente, por el destino de cada ser vivo. Por supuesto, es lógico y natural que si uno está enfermo trate de curarse y de evitar la enfermedad mediante unos métodos proporcionados a nuestra naturaleza; pero tratar de esquivar la enfermedad y la muerte a toda costa, a cualquier precio y por cualquier método, se ha convertido en una obsesión tan delirante como inútil. Nos guste o no, ser hombre implica de forma necesaria la enfermedad y la muerte. Esto es una obviedad, pero a veces parece que se olvida. En consecuencia, tendríamos que aprender a aceptarlas. Hay limitaciones que no podemos superar; se trataría entonces de orientarlas en la dirección adecuada. Hay que recuperar para la enfermedad y la muerte el sentido que la modernidad les ha expropiado.
-Le cito: «Tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un yoga que ignora el hinduismo, un zen que no tiene nada que ver con el budismo o un sufismo escindido radicalmente del islam». El yoga es como gimnasia; el sufismo, poco más que una danza (mal ejecutada); el taoísmo, artes marciales… El tantra se utiliza para incrementar el placer sexual… Pero nadie se detiene a orar, ni se bendicen los alimentos (ni siquiera los ecológicos) y, mientras se utilizan tecnologías solares, nadie agradece al astro rey su luz cada mañana… Es la cultura del sucedáneo…
-Sí. Socialmente, vivimos en una falsificación perpetua. Y los movimientos alternativos, ecologistas, espiritualistas y similares no están libres de ello. Yo hago bastante hincapié en esto, y tal vez quienes lean mi Manifiesto contra el progreso piensen que la tengo tomada con los ecologistas, pero no es así. Lo que ocurre es que la perversión del «sistema» o la locura de Bush son más o menos evidentes, y, frente a eso, se tiende a pensar que todo lo que en apariencia se opone al sistema es bueno. Pero eso es simplificar las cosas. La espiritualidad New Age es un perfecto ejemplo de falsificación. Y los movimientos «alternativos» de diversa índole lo son también en gran medida, aunque, naturalmente, está claro que hay ecologistas y ecologistas… El caso es que se ha perdido de vista lo esencial y se han absolutizado elementos tal vez importantes pero secundarios. Todo el mundo se preocupa por la salud del cuerpo, y no es que eso esté mal, pero el cuerpo absorbe toda la atención y no queda espacio para la salud del alma. Nos preocupamos por la estricta pureza biológica de lo que comemos y luego alimentamos el espíritu con basuras. Recogiendo lo que usted decía: ¿qué es más sano, comer los productos de cualquier supermercado con una conciencia de humildad y agradecimiento a Dios o comer productos de herbolario, con certificado biológico, con una conciencia meramente «química» de los procesos biológicos de la alimentación? Se podrá responder que las dos cosas juntas. Vale. Pero la cuestión es dónde ponemos el énfasis. Y, en la situación actual, yo pondría el énfasis en lo primero. Buda se alimentaba con lo que las gentes le echaban en su cuenco; no creo que su dieta fuera muy equilibrada. Pero llegó a la iluminación. De nada sirve cambiar las energías contaminantes por energías limpias si el hombre no empieza por limpiar su alma. Una actitud espiritual correcta da lugar (en términos generales y dentro de ciertos límites) a una relación correcta con el mundo físico, pero no está tan claro que lo inverso sea siempre tan cierto. No me parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno. Habría que tenerlo en cuenta...

EL TEMPLO…
–En general, ¿cómo ve la salud y la enfermedad en el mundo de la Tradición? ¿Debería ser vista a la luz de la idea de que lo orgánico y el no visto forman una unidad? Si todo lo orgánico que existe sobre la faz del Universo, forma parte del Templo… no es ético profanarlo, ¿no?
-Particularmente, no creo que se pueda hablar del «mundo de la Tradición» como una unidad monolítica, aunque muchos así lo pretendan. En consecuencia tampoco la salud y la enfermedad me parece que tengan un significado unívoco en todas las culturas. Supongo que en general se ha buscado un equilibrio entre cuerpo y espíritu, pero eso tendría sus matices y, desde luego, no implica ponerlos en un mismo plano. Piense que también hay tradiciones para las que la materia, y por tanto el cuerpo, no dejan de ser algo más o menos irreal; e incluso otras que lo satanizan. Yo no diría que eso está ni bien ni mal. Cada cultura es un complicado entramado de compensaciones y de sutiles equilibrios, y lo importante es que la resultante global tienda hacia arriba, por decirlo de algún modo. Extraer de ese entramado pautas o actitudes concretas, ya sea respecto a la salud o a cualquier otra cosa, para juzgarlas desde nuestros particulares criterios culturales, me parece un disparate. Ahora bien, sea cual sea la actitud de unas u otras sociedades tradicionales respecto de la salud, todas, sin excepción, parecen haber tenido muy claro algo que ahora se olvida: que hay un orden de prioridades y que la salud física está siempre subordinada a la salud espiritual.


–En Occidente, que, como Oriente, tampoco es una zona geográfica, sino, más bien, un estado mental… hay muchos hospitales y ambulatorios, también muchos asilos y guarderías. Las personas viven cada vez más aisladas. Las familias se descomponen. En la historia de nuestra especie, parece evidente que jamás se vivió una época tan lúgubre. Los psicólogos señalan que divorciarse es reforzar la autoestima. ¿Es la propia sociedad la que está enferma?
-En efecto: tenemos muchos hospitales, muchos ambulatorios, muchos asilos, muchas guarderías... tenemos mucho de todo. Y cuanto más tenemos, menos somos. Pensamos que todo se arregla con más medios, más desarrollo, más técnica, más información... «Más» parece la palabra mágica de nuestra cultura, con la que creemos poder hacer todo tipo de milagros. Es el delirio de la acumulación. Pero esa acumulación, aparte de estar construida sobre el expolio y la esquilmación del llamado Tercer Mundo, es decir, sobre el hambre, la miseria y la muerte de millones de personas, no es fuente de soluciones sino de nuevos problemas. Y, sobre todo, hemos olvidado algo fundamental: que la dignidad humana no se mide por lo que el hombre es capaz de acumular sino, justamente al contrario, por aquello de lo que es capaz de prescindir, por todas las cosas inútiles o superfluas a las que sabe renunciar para poder centrarse en lo esencial. Una sociedad sana sería una sociedad que reduciría al mínimo sus necesidades materiales y, por tanto, sus medios técnicos; sería una sociedad capaz de conformarse con lo estrictamente necesario. Parece que ahora hay mucha preocupación por hacer compatible el equilibrio ecológico con el desarrollo y la riqueza. Yo creo que con lo que habría que hacer compatible el equilibrio natural es con la sencillez y la austeridad; y eso, por cierto, no plantea ningún problema ni exige ningún esfuerzo; no requiere ningún «más»; en realidad, ni siquiera requiere ningún «hacer»: se hace por sí solo. Me parece que estaríamos física, mental y espiritualmente más sanos si, en lugar de plantearnos siempre lo que tenemos que hacer, nos planteáramos también lo que tenemos que dejar de hacer.
–En definitiva, ¿puede haber salud orgánica sin salud espiritual? Y ¿cómo «orientarse» espiritualmente en un mundo en el que han saltado por los aires los cuatro puntos cardinales del alma? ¿Qué necesitamos? ¿Hospitales o, con perdón, verdaderos maestros (nada que ver con los gurus sectarios, of course, de los que ya he conocido algunos, ja ja)?
-En cuanto a lo primero, supongo que algunos pensarán ―¿tal vez un poco mecánicamente?― que no, que no puede haber salud orgánica sin salud espiritual. Sin embargo, yo no estoy tan seguro de que sea necesariamente así. Ya hablé antes de la posibilidad de que el mundo moderno llegue a crear una sociedad físicamente limpia, aunque espiritualmente muerta. ¿Por qué no? Hay una relación entre el mundo físico y el espiritual, por supuesto, pero si entendemos esa relación como un automatismo rígido corremos el riesgo de entender que una persona espiritualmente sana no puede estar nunca enferma, que un enfermo crónico está destinado al infierno o que un individuo perverso tiene que pasarse la vida en la cama. La ausencia de esa correlación automática es molesta porque dificulta y complica nuestra comprensión de la realidad, pero es así. No podemos negarle a priori a la ciencia y la tecnología la posibilidad de crear un mundo de energías limpias, un mundo saludable e higiénico, en el que todos sean zombis satisfechos contemplando la televisión y saliendo los fines de semana en coches no contaminantes a hacer «turismo verde». ¿Y qué pasa si un mundo espiritualmente muerto es capaz de generar un cierto nivel de salud física? Ése, si se alcanza, será ―yo creo― el más diabólico de los mundos, pues su capacidad de fascinación será máxima. De forma paradójica podríamos decir que, mientras haya contaminación hay esperanza. No estoy diciendo que esté a favor de la contaminación, claro está; estoy diciendo que, peor todavía que un mundo contaminado sería un mundo feliz, higiénico, sin disfuncionalidades, formado por seres «humanos» sin alma, pero cívicos y pulcros, cuyas aspiraciones se reduzcan a lo que el sistema pueda proporcionarles y sin motivo ninguno para lamentarse. Quiero decir, en definitiva, que hay una escala de prioridades y que me parece un error fatídico ―y extremadamente extendido en la actualidad― conceder más importancia a unos pulmones limpios que a un alma limpia. Vivimos ahora una obsesión por la salud que me parece lo menos saludable que pueda imaginarse y que genera actitudes paranoicas, como, por ejemplo, la actual obsesión antitabaquista (y quede claro que yo no fumo). Tampoco me parece que sea muy acertado buscar la salud espiritual para poder tener salud física, porque eso es convertir el fin en medio y el medio en fin. Hay que tener claro qué es lo esencial y qué lo secundario. En cuanto a cómo orientarse espiritualmente en nuestro mundo, no puedo responder a eso, pues no tengo ni idea. Habría que preguntárselo a un maestro espiritual, supongo. Vivimos en un caos absoluto y nuestra «espiritualidad» es una muestra patente de ello. Entre unas tradiciones espirituales cada vez más entregadas, por un lado, a la modernización y el racionalismo o, por el lado contrario, al integrismo, y una Nueva Era carente del más mínimo discernimiento, vivimos ya una auténtica inversión de la espiritualidad. No podemos esperar que en una sociedad en la que ni siquiera existen «verdaderos discípulos» vayan a surgir «verdaderos maestros». Tal vez sólo quede recurrir a la interioridad de cada uno, pero ahí está el ego perpetuamente al acecho...

ESCAPAR DE BABILONIA
–Todo parece indicar que nos encontramos, desde hace tiempo ya, en el Final de los Tiempos. Usted reconoce que escapar de Babilonia es difícil porque, citando a Hölderlin, manifiesta que «cercano y difícil de captar es el dios; pero donde abunda el peligro, crece también aquello que salva». ¿Es nuestra gran oportunidad? ¿La enfermedad del mundo y nuestras enfermedades pueden ser una metáfora para huir de una vez por todas?
-Para no dar pie a equívocos, aclararé que, como digo en el Manifiesto, no se trata de huir de la realidad, sino de huir a la realidad, pues este mundo es la expresión misma de lo irreal. Parece, ciertamente, que la Providencia no nos abandona del todo y siempre, en alguna parte, crece aquello que salva, como decía Hölderlin. Es verdad. Pero hay que encontrarlo. ¿Dónde? Como afirma el dicho sufí nos empeñamos en buscar fuera de casa lo que hemos perdido dentro porque fuera «hay más luz». A mí me da la impresión de que no hay más lugar de búsqueda que el alma, por oscuro que ahí esté el panorama. El problema de Occidente no es que haya perdido la salud sino que ha perdido su alma. Algunos psicólogos postjunguianos hablan de making soul, literalmente «hacer alma». No es una expresión que me guste, pero creo que apunta a una necesidad muy real: nos hemos convertido en seres desarraigados, que no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos y, lo que es mucho peor, que ni siquiera nos preocupa no saberlo. Ésa es la enfermedad fundamental: hemos perdido el alma, la hemos vendido, como Fausto, al demonio del «progreso» a cambio de un espejismo de felicidad que no nos proporciona más que frustración y desesperanza, vaciedad y depresión. Reintegrar nuestra vida, curar y reconstruir nuestra alma agonizante: ésa es, a mi entender, la única urgencia verdadera; lo demás, con todos los respetos, me parecen poco más que nimiedades.

Pedro Burruezo

Agustín López Tobajas es uno de los más lúcidos introductores en España de lo que se conoce por Tradición Perenne. Podríamos definirla, como dice el propio Tobajas, como “el legado procedente de una revelación primordial que las diversas culturas y
civilizaciones han ido transmitiendo a sus descendientes a lo largo de la
historia; legado que se articula en una serie de doctrinas, métodos y pautas
para la realización espiritual que, adaptándose a las particulares
circunstancias de cada cultura son, sin embargo, idénticos en lo esencial
como expresiones diversas de una Verdad única”. López Tobajas es traductor especializado en tradiciones espirituales y ciencias de las religiones. Fue codirector de la revista Axis Mundi (1994-2000) y de la colección «Orientalia» (Editorial Paidós). En la actualidad, coordina el Círculo de Estudios Espirituales Comparados. Ha publicado recientemente Manifiesto contra el progreso (José J. de Olañeta, Editor), un contundente volumen en el que el autor explica muy bien por qué el mundo actual camina hacia su destrucción, si bien, para López Tobajas, «la catástrofe, en definitiva, no es que Occidente se hunda, sino que subsista», pues «que el mundo moderno se desmorone es, en todo caso, la única esperanza para quienes mantienen viva alguna fe en la humanidad».

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PSOE y PP se alían con Israel


La Jurisdicción Universal por encima de las razones de Estado

Antonio Segura/Santiago González
Rebelión
22-05-2009

El pasado 19 de mayo, nos despertamos con la noticia de que el PSOE y el PP se aliaban para recortar la aplicación de la Justicia Universal. La verdad es que no sorprendió a nadie. El Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos ya prometió cambiar la ley que permite la persecución de crímenes de guerra a la entonces Ministra israelí, Livni, cuando todavía no se habían apagado los fuegos de los bombardeos israelíes en Gaza.

El Ministro laborista Barak ya dijo, cuando se admitió la demanda en la Audiencia Nacional contra siete responsables israelíes por la masacre de Al Daraj (de 2002) que apelaría al ‘compañero’ Zapatero de su misma Internacional Socialista a cambiar las leyes españolas para que se cerrase esa y las demás posibles demandas que afectan a la política de estado israelí de llevar la ocupación hasta sus extremos más criminales.

Si se ha pedido que se haga justicia es porque ha fracasado la acción política. Ha habido razones de estado y la complicidad de la comunidad internacional, incluyendo a los Gobiernos españoles, para fortalecer la ocupación y la impunidad israelí. ¿Cuántos hechos consumados israelíes ha habido, hay y habrá y cuánto premio ha recibido la impunidad israelí en todos estos años?

Así como suena, cuando afectó a Israel una demanda, es cuando el Gobierno español y la mayoría de los diputados se doblegan y dicen que hay que cambiar la actual ley española para no tener que procesar a unos criminales de guerra. Y decimos criminales de guerra porque ni las autoridades israelíes, ni el Fiscal español que se opone a la investigación en la Audiencia Nacional del asunto de la masacre de Al Daraj han argumentado que no lo sean, lo que han dicho es que España no es competente, eludiendo sus responsabilidades. Y como España según las Convenciones de Ginebra, en concreto la cuarta, según el artículo 96.1 de la Constitución, según el artículo 23. 4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, y según la sentencia del Tribunal Constitucional 327/2003, (caso Guatemala), no puede eludir la aplicación de la Ley sobre esos criminales, y según las normas emanadas de su propio parlamento es competente, los diputados del PSOE y del PP deciden cambiar la ley para dar impunidad a estos criminales.

A estos y a todos aquellos que han cometido crímenes tan horrendos, pues no debemos olvidar que la Jurisdicción Universal es para esos crímenes y no para todos los delitos, los crímenes más graves contra la humanidad, humanidad que no olvidemos somos todos.

El asunto es de tal gravedad que si cambiamos el delito al que se le pretende dar impunidad, sería como decir que porque el Ministro de un estado x, ha sido sorprendido traficando con sustancias estupefacientes, los partidos mayoritarios se alían para cambiar la ley sobre el tráfico de drogas, o porque un presidente de una comunidad autónoma se apodera del dinero público en su beneficio, vamos a cambiar el código penal para darle impunidad.

Es evidente que ese actuar sería no solo una falta de respeto al parlamento que en su día legisló lo que ahora se intenta recortar, si no y además, y esto es lo importante, sería incluso constitutivo de delito, pues a nadie se le escapa que se esta legislando para dar impunidad a delincuentes, saltándose a la torera todas las normas nacionales e internacionales que obligan al juzgamiento. Este tipo de actuar, aunque emane de los diputados de un parlamento, está también tipificado en nuestro Código Penal, y por ello hay que recordar a las señorías el contenido de su Artículo 451 que deberían conocer, o cambiar, que a lo mejor se les ocurre:

‘Será castigado con la pena de prisión de seis meses a tres años el que, con conocimiento de la comisión de un delito y sin haber intervenido en el mismo como autor o cómplice, interviniere con posterioridad a su ejecución, de alguno de los modos siguientes:

1.Auxiliando a los autores o cómplices para que se beneficien del provecho, producto o precio del delito, sin ánimo de lucro propio. 2.Ocultando, alterando o inutilizando el cuerpo, los efectos o los instrumentos de un delito, para impedir su descubrimiento. 3.Ayudando a los presuntos responsables de un delito a eludir la investigación de la autoridad o de sus agentes, o a sustraerse a su busca o captura, siempre que concurra alguna de las circunstancias siguientes: 1. Que el hecho encubierto sea constitutivo de traición, homicidio del Rey, de cualquiera de sus ascendientes o descendientes, de la Reina consorte o del consorte de la Reina, del Regente o de algún miembro de la Regencia, o del Príncipe heredero de la Corona, genocidio, delito de lesa humanidad, delito contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado, rebelión, terrorismo u homicidio. 2.Que el favorecedor haya obrado con abuso de funciones públicas. En este caso se impondrá, además de la pena de privación de libertad, la de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de dos a cuatro años si el delito encubierto fuere menos grave, y la de inhabilitación absoluta por tiempo de seis a doce años si aquél fuera grave.’

En noviembre del 2003, se aprobó una ley orgánica en la que se introdujo la circunstancia primera que habla de que el encubrimiento lo sea de un delito de lesa humanidad o contra las personas y bienes protegidos, justo lo que ustedes están haciendo.

De aprobar esa modificación del artículo 23.4, no solo los diputados estarían dando cobijo a la impunidad encubriendo unos criminales y por tanto delinquiendo según las leyes vigentes, sino y además estarían incumpliendo las Convenciones de Ginebra, las cuales se han comprometido a respetar y hacer respetar sin olvidar las obligaciones contraídas en el ámbito de la Asamblea General Naciones Unidas que les impiden actuar tomando este tipo de medidas legislativas, en concreto las obligaciones contraídas en la Resolución 3074 (XXVIII) de la Asamblea General de 3 de diciembre de 1973, en la cual se determinaron los Principios de cooperación internacional en la identificación, detención, extradición y castigo de los culpables de crímenes de guerra, o de crímenes de lesa humanidad, y en concreto y para el caso en su punto 8 se dice: “ Los Estados no adoptarán disposiciones legislativas ni tomarán medidas de otra índole que puedan menoscabar las obligaciones internacionales que hayan contraído con respecto a la identificación, la detención, la extradición y el castigo de los culpables de crímenes de guerra o de crímenes de lesa humanidad “. Precisamente lo que los diputados que aprobaron la Resolución mencionada pretenden hacer.

Por ello, de aprobar semejante modificación legislativa, esos diputados se convierten en auténticos delincuentes tanto en el ámbito interno como a nivel internacional. Aunque sea por esta argumentación, ya que evidentemente no les importan los derechos humanos, al menos piensen en ustedes y recapaciten en su actuar, dejando la ley como está, ya que la misma solamente perjudica a los criminales y beneficia al resto de la humanidad.

Antonio Segura. Abogado, autor entre otros de la querella contra siete responsables israelíes por un bombardeo en Gaza, contra los autores intelectuales de Guantánamo y de la demanda de los Españoles víctimas en Mauthausem.

Santiago González, es miembro del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe.

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Manifiesto contra el progreso


Un programa de decrecimiento, que a nivel individual siempre puede tener, sin duda, su sentido, a nivel social se convertiría, sin una conciencia generalizada que lo sustentase, en otra nueva utopía algebraica, en una receta ‘alternativa’ más que añadir a la interminable lista de programas, institucionales o revolucionarios, para fabricar la felicidad.

Decrecer significa lo inverso de crecer y no otra cosa: decrecer es tener cada vez menos, es sustituir el asfalto por tierra, es abolir la informática, acabar con la televisión, tener cada vez menos periódicos, dejar de fabricar la infinidad de cosas estúpidas que no se necesitan absolutamente para nada, consumir cada vez menos. En definitiva, tener menos para ser más.

Naturalmente, la realización de tal posibilidad a escala social sería un milagro sin parangón en la historia conocida de la humanidad. Ciertamente, el hombre actual, tan moderno, tan libre, tan progresista, tan dueño de sí, puede desintegrarse si le desconectan de la televisión, del automóvil, de la prensa diaria, del teléfono móvil y de internet.

Lo que conmúnmente se llama ‘realidad’ no es sino un colosal entramado de ficciones, mantenido en pie por la acción manipuladora de la publicidad y los medios de información, y alimentado por el ciudadano ‘medio’, entregado a la superstición de la noticia y el culto a la exterioridad. Somos sencillamente superfluos. Una sociedad que hace del aspecto físico, el dinero y el prestigio social, del deporte, la gastronomía y la moda sus divinidades domésticas, no supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la existencia.

La actual unificación del mundo no permite siquiera contemplar el final de nuestra civilización como un trauma normal; en una sociedad globalizada, las catástrofes son inevitablemente globales. Con todo, si no hay lugar al optimismo, tampoco lo hay al pesimismo, pues la catástrofe, en definitiva, no es que Occidente se hunda, sino que subsista.

Para saber más: Manifiesto contra el progreso. Agustín López Tobajas. 2005.


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El problema ecológico a la luz de las ciencias orientales tradicionales


Naturaleza Sagrada
Redacción Alif Nûn
21 DE MAYO DE 2009

El hombre moderno necesita desesperadamente una nueva visión de la Naturaleza y de su propia relación con ella para asegurar su supervivencia, no sólo desde el punto de vista moral, sino desde el estrictamente físico. Hoy en día, cada vez un mayor número de personas ha comprendido que la meta de la conquista de la Naturaleza, que parecía el objetivo más obvio de la civilización moderna, no puede prolongarse por más tiempo.

De algún modo, algo ha ido mal en la aplicación de una ciencia que pretende proporcionar un “conocimiento objetivo” de la Naturaleza pero que, sin embargo, prescinde en su ecuación de cualquier consideración espiritual y metafísica, de manera que la aplicación de tal ciencia ha contribuido a la destrucción de su propio objeto de estudio. Quizá un conocimiento del enfoque que otras tradiciones espirituales tienen de la relación entre el hombre y la Naturaleza puede ser útil para que la civilización moderna se enfrente a la crisis ecológica actual, en lugar de relegar al campo de la seudo-ciencia a cualquier otro modelo de conocimiento que no encaje dentro de sus parámetros.

Desde el punto de vista de la mayor parte de las tradiciones espirituales –incluido el Cristianismo anterior al Renacimiento– la Naturaleza tiene en sí misma el carácter de santuario, siendo uno de los infinitos modos que emplea Dios para manifestarse, y es poseedora de sus propios métodos y mensajes espirituales. Las ciencias de las grandes tradiciones espirituales de Asia –especialmente la china, la japonesa, la india y la islámica– y las de la mayor parte de los pueblos nómadas y seminómadas –en especial, los indios pieles rojas– comparten un principio fundamental, que es considerar el estudio de la Naturaleza a la luz de los principios metafísicos o, desde otra perspectiva, estudiar la Naturaleza como un todo armonioso y completo que está contenido y abrazado por un mundo suprasensible inmensamente mayor, integrado por infinitos niveles de manifestación del Principio Divino del que todo emana.

Hay un aspecto de la Naturaleza que la mal llamada seudo-ciencia, tal y como ha existido en las civilizaciones tradicionales y no en las deformaciones que de ella aparecen hoy en occidente, que toma en consideración; y ése es el elemento cualitativo y espiritual que constituye la fuente de la belleza reflejada, por ejemplo, en los jardines persas o japoneses y en otras obras de carácter similar basadas en las ciencias orientales tradicionales.

Los que hablan de la fusión de las ciencias moderna y tradicional deben saber que tal cosa ciertamente no ha ocurrido aún en nuestros días ni podrá ocurrir mientras que la ciencia moderna no abandone su punto de vista exclusivista y así permita desarrollar un modelo científico que integre los elementos cualitativos y espirituales de la Naturaleza, junto con su aspecto cuantitativo. Una ciencia tal debería basarse necesariamente en una doctrina metafísica y cosmológica, combinada con una actitud de contemplación hacia la Naturaleza en lugar del deseo de dominación y conquista.

A diferencia de las ciencias tradicionales orientales, y a pesar de los últimos intentos de unificación, la ciencia moderna ha triunfado en gran parte dando la espalda a la interrelación entre las diversas partes y los distintos aspectos de la Naturaleza y aislando cada segmento de ésta a fin de poder analizarla y diseccionarla por separado. La pérdida de este visión holística fue considerada trivial en comparación con los beneficios que aportaba la precisión matemática y el progreso material, olvidando que nuestras necesidades y las fuentes que pueden satisfacerlas, a medio y largo plazo, también participan de esta dimensión unitaria. Esta percepción fragmentada de la realidad ha traído como consecuencia una visión del ser humano desconectado de la Naturaleza de la que forma parte y, por tanto, insensible a la destrucción y a la explotación temeraria de los recursos naturales. Frente al hombre saqueador y conquistador de la Naturaleza es necesario convertir al hombre en “representante de Dios en la tierra” (jalifatu-l-lâh fi-l-ard), por usar la terminología islámica.

A finales del siglo XIX, en occidente, el movimiento romántico opuso la última seria resistencia a esta tendencia disgregadora a través de una poesía que intuía una visión unificada e integrada de la Naturaleza. No obstante, tal visión fue considerada por la ciencia oficial como una simple licencia poética que no aportaba ninguna información de interés al “conocimiento objetivo” al que la ciencia supuestamente responde[2]. Pero ni entonces ni ahora puede establecerse una firme base intelectual para esta “visión poética” debido a la falta de un conocimiento metafísico apropiado y a la ausencia de una tradición sapiencial viva que proporcione un soporte intelectual a esta poesía.

En contraste con esta visión de las cosas, las ciencias orientales tradicionales existen con el propósito expreso de dar a conocer la unicidad de la Naturaleza, la cual deriva directamente de la Unidad del Principio Divino, expresado a través del principio metafísico de la unidad trascendente del Ser (en árabe, wahdat al-wuyud). En el caso de las ciencias islámicas, el sentido de la unidad impregna todas las cosas a través de la idea del Tauhid; en el caso de China, es la idea del Tao[3] la que juega ese mismo papel de integración y, en la India, la tradición Advaita Vedanta es la máxima representante de esta escuela.

El Islam, –por diversas razones de índole histórico, geográfico e incluso metafísico[4]–, ocupa una posición especial en virtud de su papel de intermediario entre las tradiciones orientales y las occidentales. Las ciencias islámicas están profundamente relacionadas, por una parte, con la ciencia occidental en su periodo medieval y también, aunque en menor medida, en su etapa renacentista; y por otra, con las ciencias de la India y la China[5]. La civilización islámica creó un modelo científico que durante siglos sirvió de inspiración al occidente cristiano y le permitió sentar las bases para su posterior desarrollo. Este modelo científico estableció un equilibrio entre el aspecto espiritual y material de la Naturaleza y desarrolló un estricta jerarquía del Ser y del conocimiento. Los principales científicos musulmanes fueron sufíes, gnósticos, teósofos y filósofos que desarrollaron las ciencias discursivas y analíticas en el seno de la visión contemplativa de la Naturaleza.

Desde un principio, el Islam desarrolló en su seno diferentes escuelas filosóficas e intelectuales, abarcando un amplio espectro que va desde el sufismo hasta la escuela peripatética, muy cercana en sus planteamientos generales a la principal tradición filosófica de la Europa medieval que sentaría las bases de la moderna filosofía racionalista. Por el contrarío, el sufismo es una disciplina cuyo método de conocimiento se basa en la intuición directa de la verdadera naturaleza de las cosas, la llamada “ciencia de la certeza” (‘ilm al-yaqîn), a través del recuerdo (dhikr) de Dios y el amor (ishq) a Dios y a todas Sus criaturas[6].

Si queremos llevar a cabo un completo análisis de la problemática medioambiental, debemos considerar la Naturaleza como una unidad compleja en la que todo está interrelacionado, sin olvidar los planos psicológico y espiritual de la realidad. Este modelo cosmológico se basa en el principio metafísico según el cual existe una relación mutua entre los diversos estados del Ser, de modo que todo estado “inferior”[7] del Ser toma su realidad del estado que está “por encima”[8] de él y del cual es inseparable. Buena parte del actual problema ecológico se debe a que el hombre moderno, incluso el considerado religioso, ha vivido de hecho esta existencia terrenal aisladamente de todo cuanto lo trasciende.

La solución pasa por buscar un modelo científico en el cual pueda integrase el estudio del aspecto cualitativo y espiritual de la Naturaleza. Este simple cambio de perspectiva nos permitiría actuar con un mayor respeto hacia el mundo que nos rodea. Una gran responsabilidad en este cambio de actitud tienen aquellos que comprenden los principios del sufismo o, de un modo más general, de la metafísica y de las ciencias tradicionales de la naturaleza. Ellos tienen la obligación y la misión de dar a conocer su conocimiento, amar la Naturaleza y contemplar sus infinitas formas como teofanías del Principio Divino.


El concepto de Naturaleza desde el punto de vista de diversas escuelas islámicas tradicionales

Tal y como ya hemos afirmado, la vida intelectual, científica y filosófica del mundo islámico siempre se ha caracterizado por una extraordinaria heterogeneidad. Hermetistas, iluminacionistas (ishraqiyun), peripatéticos, sufíes, gnósticos (‘urafa) y otras muchas escuelas de pensamiento han traducido de muy diversos modos su cosmovisión del mundo, aunque siempre manteniendo todos ellos la idea central del Tauhid o Unicidad Divina.

Los teólogos de la escuela ashari representan una concepción “atomista” de la Naturaleza. Esta cosmovisión está íntimamente conectada con la “estructura psicológica” de los árabes y se refleja también de una manera clara en su lengua[9]. La materia, el espacio y el tiempo son “atomizados” y se rompe la relación causa-efecto que parece vincular las cosas y los acontecimientos entre sí. Según esta perspectiva, no existe relación ni conexión alguna entre un momento de la vida de la Naturaleza y el siguiente. No obstante, esta realidad segmentada y dividida no carece de su lógica interna, y encuentra su cohesión y conexión en la llamada “creación continua”, según la cual la Voluntad Divina crea el mundo en todo momento y el causa directa de todas las cosas. Se niega la causalidad para absorber todas la causas en la Causa Primera. De este modo, la Naturaleza se “disuelve” en la Voluntad Divina y en ella adquiere su pleno sentido y significado.

Por el contrario, los filósofos peripatéticos como al-Farabi, Ibn Sina (Avicena), Ibn Bajjah (Avenpace) o Ibn Rush (Averroes) ponen de manifiesto la continuidad de las cosas y la importancia de la relación causa-efecto en la Naturaleza. Consideran la Naturaleza en perpetuo cambio y hacen hincapié en el estudio de la física como aquella ciencia que estudia las causas y las condiciones de ese cambio. Para los peripatéticos, los distintos cuerpos de la Naturaleza no están compuestos de átomos sino que son continuos, al igual que el espacio y el tiempo, de modo que un punto del espacio o un instante en el tiempo no son más que un aspecto de la realidad abstraído por la mente que carece de ningún tipo de existencia objetiva independiente. Opuestos a la acción de la Voluntad Divina en la Naturaleza, basan su teoría en una cadena de causa y efecto que se remonta hasta la Causa Primera. Como ya hemos dicho anteriormente, esta escuela de pensamiento se encuentra muy cercana de la Escolástica medieval y, por lo tanto, ambas líneas de pensamiento comparten muchas ideas, como es el caso de la llamada natura naturata, término acuñado por esta escuela filosófica cristiana y que sentaría las bases de la ciencia moderna[10].

Desde la perspectiva sufí o gnóstica, la Naturaleza posee una doble dimensión. Desde un punto de vista es ad-dunya, el mundo en su aspecto más arrebatador que manifiesta una aparente multiplicidad y que constituye un velo (hiyab) que impide intuir y alcanzar la Unidad Divina[11]. Pero desde otro punto de vista la Naturaleza constituye un signo (ayat) que manifiesta la infinita y continua presencia del Creador en Su creación. Es una realidad compuesta de símbolos cuya comprensión marca una etapa del viaje del gnóstico hacia Dios, hasta llegar a convertirse en teofanía (tayalli) de esa Verdad (al-Haqq) Divina más cercana del ser humano “que su propia vena yugular” (Corán, 50:16), que crea y recrea el mundo a cada momento.



Hombre y Naturaleza desde la perspectiva de la metafísica islámica tradicional

Un antiguo dicho sufí afirma que “la Verdad, como el sol, resplandece donde quiera que no se ponga ningún obstáculo ante ella.” De este modo, los contemplativos de todas las épocas y latitudes se han vuelto hacia la Naturaleza buscando en ella la inspiración espiritual y el retiro para la vida contemplativa.

No obstante, desde la perspectiva islámica, la contemplación no consiste en una actitud pasiva, pero tampoco en una actividad emocional y ni siquiera estrictamente mental o racional, en el sentido convencional y moderno del término. Por el contrario, supone la actividad intelectual simbolizada a través del “ojo del corazón” que percibe la dimensión espiritual de la Naturaleza de un modo directo, de igual manera que el ojo físico percibe la naturaleza material. El contemplativo percibe la Verdad a través de su identificación con su objeto de conocimiento, de modo que, cuando el contemplativo alcanza el estado de “unión”, conocer y ser se convierten esencialmente en lo mismo. En contraste, la actividad racional, en su acepción moderna, establece un abismo infranqueable entre sujeto y objeto y, por lo tanto, su método es discursivo y su conocimiento es indirecto. Desde la perspectiva de las ciencias tradicionales de oriente, y en especial de las ciencias islámicas, en la jerarquía de las facultades humanas, los sentidos ocupan la esfera inferior; las facultades del alma, entre las que destaca la razón, la esfera intermedia, y el “ojo del corazón”, la superior, como actividad eminentemente humana y reflejo del Intelecto Divino[12]. Así, el ser humano se convierte en el eslabón central de una gran cadena del Ser que se extiende desde la criatura más simple del reino mineral hasta el más elevado mundo angélico, y de ahí a hasta la inefable Esencia Divina[13].

Ser musulmán, en su significación más universal, es simplemente someterse a la Voluntad Divina. De este modo, “musulmanes” son todas las criaturas del universo que aceptan la Ley Divina en el sentido de que siguen las leyes inquebrantables que el mundo occidental llama “leyes de la Naturaleza”. En la actualidad, la coherencia, orden y regularidad del mundo físico han alejado a muchas personas de una concepción sagrada de la Naturaleza, como si la presencia de Dios en ella sólo se manifestara a través de milagros. El hecho de que el Sol salga cada mañana sin que observemos ninguna interrupción en la regularidad del orden natural fue un argumento importante de los racionalistas del siglo dieciocho y diecinueve, e incluso actuales, en contra de la sacralidad de la Naturaleza. Pero esta regularidad demuestra, a los ojos del musulmán, precisamente lo contrario; es decir, la presencia de la Voluntad Divina, a la que todas las criaturas están subordinadas y que, de hecho –salvo el ser humano–, no pueden sino seguir.

Una piedra no puede sino caer. La fuerza de la gravedad es una expresión de la Voluntad Divina en el plano físico, que la piedra obedece de forma absoluta, de modo que en este sentido es “musulmana”. Es la Voluntad del Creador la que se expresa en lo que el pensamiento occidental llama “leyes de la naturaleza”, y todo el universo es musulmán es un sentido profundo, excepto el ser humano, el cual, a causa del libre albedrío que ha recibido en depósito, puede negarse a someterse a Su Voluntad. Un árbol crece y no puede sino crecer. El fuego arde sin poder evitarlo. Un peral siempre tiene que dar peras. Un tigre siempre tiene que ser un tigre y un águila un águila. Sólo el ser humano puede ser feroz como un tigre, majestuoso como un águila o un león, o arrastrarse como un gusano. Sólo el ser humano puede dejar de ser musulmán, mientras que todos los demás seres son “musulmanes” en este sentido debido a su completa sumisión a la Voluntad Divina, que se manifiesta como “Leyes de la Naturaleza.”

Hay una historia al final de la epístola sobre los animales en las Rasâ’il (Epístolas) de los Ijwân as-Safâ’ (Hermanos de la Pureza) en la que se establece un diálogo entre éstos y el ser humano. Los miembros del reino animal se quejan al rey de los genios de la crueldad con que los trata el ser humano, de cómo los usa como bestias de carga, se bebe su leche, se come su carne y se aprovecha de ellos de muchas otras maneras para satisfacer sus propias necesidades sin tener en cuenta los derechos del reino animal. Se invita al ser humano a que desmienta las acusaciones que se le hacen y éste intenta demostrar su superioridad alegando su capacidad para construir edificios y ciudades, calcular y manipular números, crear una estructura social compleja, cultivar las artes y las ciencias y muchas otras habilidades de ese tipo. A cada una de estas pretensiones le responde un miembro del reino animal señalando una habilidad correspondiente por parte de alguna de las especies animales, como la abeja, que es una geómetra natural y confecciona hexágonos para su colmena. Así pues, los animales superan cada particularidad que el hombre pretende en exclusividad pensando que le da el derecho a dominar y destruir la Naturaleza. Los animales se inclinan ante el dominio humano sólo cuando el hombre menciona que dentro de la sociedad humana hay santos que son los representantes de Dios en la tierra, que son los canales de la gracia para todo el entorno terrestre, y que son la mismísima razón de ser de la vida en la tierra como tal. La posición central del hombre en el mundo no se debe a su inteligencia ni a su genio inventivo, sino a la posibilidad de alcanzar la santidad y convertirse en un canal de la gracia para el mundo que lo rodea. Por el contrario, si este canal de gracia se estrecha o disminuye, en cierto modo se produce una oscuridad correspondiente en la Naturaleza[14].

El santo se convierte así en el modelo del ser humano por excelencia desde la perspectiva del Islam. El santo es como la Naturaleza en el sentido de que cada momento de su vida lo vive de acuerdo con la Voluntad Divina; pero él participa en la Voluntad Divina de forma consciente y activa, mientras que la Naturaleza lo hace de un modo pasivo. En cierto sentido, todos los seres saben que existen, pero sólo el ser humano sabe que sabe, y tiene un conocimiento consciente de su existencia. Quizá se podría afirmar que un primer significado de musulmán correspondería a la Naturaleza, un segundo significado al ser humano que ha aceptado una revelación, y un tercero al santo que no sólo ha aceptado la revelación sino que vive completamente de acuerdo con la Voluntad Divina. Como tal, el santo es el contrapunto consciente, activo e intelectual del primer tipo de “musulmán”, es decir, de la Naturaleza. Al igual que la Naturaleza, vive cada momento de su vida de acuerdo con la norma divina, pero conscientemente y con libre albedrío. Así pues, es el protector de la Naturaleza y su contrapunto espiritual. Y esto es así porque entre el ser humano –microcosmos– y la Naturaleza –macrocosmos– existe una perfecta equivalencia. Tal y como afirman los sufíes, “el Universo es un gran ser humano y el ser humano es un pequeño universo”, de modo que todo suceso y toda particularidad de la Naturaleza tiene su correspondencia con una determinada dimensión del alma humana. Desde este punto de vista, el conocimiento de la Naturaleza es un modo de auto-conocimiento y conociéndose a sí mismo el ser humano es capaz de conocer a Dios, según la tradición profética que afirma: “Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor.”



BIBLIOGRAFÍA



- Seyyed Hossein Nasr, Hombre y naturaleza, Editorial Kier, Buenos Aires, 1.982.
- Seyyed Hossein Nasr, Sufismo vivo, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.
- Seyyed Hossein Nasr, Vida y pensamiento en el Islam, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.
- Toshihiko Izutsu, Sufismo y Taoísmo, Ibn ‘Arabi Vol. I, Ediciones Siruela, Madrid, 1.997.
- Seyyed Hossein Nasr, Ideals and realities of Islam, The American University in Cairo Press, 2.001.


http://www.libreria-mundoarabe.com/Boletines/n%BA35%20Feb.06/NaturalezaSagrada.html


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Una mirada crítica al concepto de progreso


Objeciones al desarrollo

Yayo Herrero
Pueblos
15-05-2009

La mayor parte de la sociedad podría estar de acuerdo con la idea de que en los últimos dos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, el conocimiento científico ha avanzado de una forma impresionante.

En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología, economía, sociología, etc. han sido descubiertas nuevas teorías, leyes o postulados cuya aplicación ha creado una enorme variedad de artefactos, máquinas, compuestos químicos, medicamentos, instituciones, nuevos negocios, etc. que han cambiado aspectos sustanciales de la vida.
Curiosamente, a la vez, vemos cómo casi todo lo imprescindible va a peor. Las reservas pesqueras en todo el mundo disminuyen rápidamente debido a las extracciones masivas; los suelos pierden paulatinamente la capacidad de producir alimentos; el petróleo, imprescindible para mantener nuestra organización productiva y económica, se agota; el cemento y el hormigón fraccionan y deterioran los ecosistemas; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido a la contaminación química; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una apropiación obscena de bienes y riqueza por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados en la infancia, en la vejez o a las personas enfermas se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres dedican la mayor parte de su tiempo a trabajar para el mercado; lo que se llama democracia se ha convertido en un sistema hegemónico que dispone de medios de difusión masivos, y una enorme maquinaria tecno-militar capaces de convencer por las buenas o por las malas...
¿Cómo es posible que de forma paralela a la generación de tanto conocimiento, a la vez que se han ido descubriendo tantas cosas que antes permanecían ocultas, y al mismo tiempo que nacían más y más universidades, laboratorios o centros de investigación, las variables que explican la vida se hayan ido deteriorando progresivamente? ¿Por qué el agua, el aire, los territorios, la fertilidad del suelo, los mares, la biodiversidad o la vida comunitaria se han ido destruyendo al mismo ritmo acelerado con que aparentemente aprendíamos sobre ellos? ¿Por qué en esta situación de crisis global la ciudadanía continúa creyendo firmemente que nuestra sociedad sigue un camino lineal desde un pasado de atraso y superstición hacia un futuro emancipador de mayor bienestar?
Para virar esta trayectoria que conduce al colapso es preciso reflexionar sobre la noción de progreso que tienen las sociedades occidentales, una noción que se basa en la separación entre cultura y naturaleza, y que ha contribuido a construir una esfera social, tecnológica y económica que ignora el funcionamiento de los sistemas naturales y crece, como un tumor, a costa de ellos.
Saber de dónde venimos para poder cambiar
La génesis del modelo de pensamiento occidental hunde sus raíces en la Modernidad. Este período, época de indudables avances, en la que se consigue desvincular el pensamiento del poder religioso, se proclaman los Derechos del Hombre y el concepto de ciudadanía (masculina) comienza a abrirse paso, es también el momento en el que se consolida el modo de relación entre los seres humanos y la naturaleza que han dado lugar a la actual crisis ecológica.
En efecto, es en este momento histórico cuando se ponen las bases del actual sistema tecnocientífico que se desarrolló a unas velocidades incompatibles con los procesos de la Biosfera que sostienen la vida, y al servicio de un modelo socioeconómico que sólo considera riqueza lo traducible a valor monetario y que necesitaba crecer de forma exponencial.
La ciencia moderna se constituyó en el supuesto de que el pensador podía sustraerse del mundo y contemplarlo como algo independiente de sí mismo, siendo el conocimiento generado absolutamente objetivo y, supuestamente, neutral y universal. La revolución científica condujo a conceptuar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser diseccionada y estudiada en partes. La naturaleza pasaba así a ser considerada un autómata sujeto a unas leyes matemáticas eternas e inmutables que determinan su futuro y explican su pasado.
En la actualidad sabemos que este modelo diseccionador, que ha sido tan útil para aplicar en la industria, ha resultado enormemente dañino para la vida sobre la Tierra. La lógica de las cosas muertas no sirve para entender el mundo vivo. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos cooperan intensamente y, por ello, no puede ser comprendido estudiando cada parte por separado.
La visión atomizada y dispersa de la realidad tiene importantes repercusiones en nuestro entorno. Muchas decisiones en temas de ordenación del territorio, de creación de infraestructuras o de lanzamiento de productos químicos o transgénicos al medio, alteran una compleja maraña de relaciones con consecuencias imprevisibles. Estas actuaciones basadas en un conocimiento fragmentado, en muchas ocasiones ignoran la densa red de relaciones que conecta todo lo vivo y la emergencia de fenómenos que no tienen explicación y ni siquiera son visibles para una mirada reduccionista.
A pesar de que la propia ciencia desautorizó hace muchos años la mecánica clásica o la separación entre cultura y naturaleza como visiones que pudiesen explicar la complejidad del mundo, estas miradas siguen fuertemente arraigadas en los esquemas mentales de nuestra sociedad y continúan estando presentes en muchas de las aplicaciones tecnológicas e industriales de vanguardia.
Una concepción del saber como objetivo y universal, la oportunidad de difundirlo que ofrecieron los procesos colonizadores y la tecnología adecuada para poder hacerlo, han hecho de la ciencia occidental el sistema de conocimiento hegemónico, ante el que cualquier otro es considerado tradición o, a lo peor, superstición. De este modo, se olvida que ha habido, y hay, otras muchas formas de aproximarse al conocimiento que han demostrado su utilidad y cuya validez es equiparable a la de la ciencia "oficial" (pensemos en la conservación de los bosques de muchos pueblos indígenas o la eficacia energética de muchos tipos de arquitectura vernácula).
Un progreso lineal e ilimitado
La revolución científica e ideológica que instaura el proyecto de la Modernidad se amplía y se asienta en el Siglo de Las Luces, momento en el que se afianza la cultura occidental como visión generalizada del mundo. En este período, por una parte aparecen los ideales de la Ilustración basados en la libertad intelectual y el desarrollo del conocimiento emancipado de la Iglesia; por otro, surgen dos fenómenos asociados: el capitalismo y la Revolución Industrial. Fundamentalmente en manos de la economía liberal, la ciencia y su aplicación, desvinculadas de la ética gracias a su halo de objetividad y neutralidad, se ponen al servicio de la industria incipiente y del capitalismo, consiguiendo unos aumentos enormes en las escalas de producción, gracias a la disponibilidad de la energía fósil, primero el carbón, y posteriormente, y hasta hoy, el petróleo. El capitalismo y la Revolución Industrial, con la poderosa tecnociencia a su servicio, terminaron instrumentalizando los ideales de la Ilustración e imponiendo unas relaciones entre las personas y también entre los seres humanos y la Naturaleza, guiadas por la utilidad y la maximización de beneficios a cualquier coste.
El concepto de progreso humano se fue construyendo, por tanto, basado en el alejamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y dinámicas. El desarrollo tecnológico fue considerado como el motor del progreso, al servicio de una idea simplificadora que asociaba consumo con bienestar, sobre todo en las últimas décadas, en las que la sociedad de consumo se ha autoproclamado como la solución para todos los problemas humanos. El lema "si puede hacerse, hágase" se impuso, sin que importasen los para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La ocultación de los deterioros sociales y ambientales que acompañaban a la creciente extracción de materiales y generación de residuos, hicieron que se desease aumentar indefinidamente la producción industrial, creando el mito del crecimiento continuo.
La palabra progreso dotaba de un sentido de satisfacción moral a esta tendencia de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades, de una forma lineal, evolucionaban de unos estadios de mayor "atraso" –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más avanzado. Al concebir la historia de los pueblos como un hilo de secuencias que transitaba del salvajismo a la barbarie, para llegar finalmente a la civilización, los europeos, empapados de la convicción etnocéntrica de constituir la "civilización por excelencia", expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico basado en el crecimiento. Sometieron mediante la violencia (posibilitada por la aplicación científica a la tecnología militar) y el dominio cultural a los pueblos colonizados, a los que se consideraba "salvajes" y en un estado muy cercano a la naturaleza.
Esta concepción de progreso, vigente en el presente, ha sido nefasta para los intereses de los pueblos empobrecidos y para los sistemas naturales. La idea de que más es siempre mejor, la desvalorización de los saberes tradicionales, la concepción de la naturaleza como una fuente infinita de recursos, la reducción de la riqueza a lo estrictamente monetario y la fe en que la tecnociencia será capaz de salvarnos en el último momento de cualquier problema, incluso de los que ella misma ha creado, suponen una rémora en un momento en el que resulta urgente un cambio de paradigma civilizatorio.
Cambiar no es una opción
En un planeta con los recursos finitos, es absolutamente imposible extender el estilo de vida occidental, con su enorme consumo de energía, minerales, agua y alimentos. El deterioro social y ambiental no son subproductos del modelo de desarrollo, sino que son una parte insoslayable de ese tipo de desarrollo. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de estar en el mundo. Los modos de producción de bienes y necesidades de la sociedad industrial, han colaborado en la configuración de las relaciones entre las personas. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo dirigen la organización económica, esta misma lógica se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que las metas a alcanzar por cada individuo se orienten hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro el propio mantenimiento de la vida.
Hoy, el progreso es afrontar la incompatibilidad esencial que existe entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos, y un sistema socioeconómico, el capitalismo, que impulsado por la dinámica de la acumulación del capital, se basa en la expansión continua y conlleva de forma indisoluble la generación de enormes desigualdades. Se trata de establecer un "nuevo contrato social" que involucre a hombres y mujeres como parte de la naturaleza y seres interdependientes.
Progresar será, por tanto, transitar de una lógica de guerra contra las personas, los pueblos y los territorios a una cultura de paz que celebre la diversidad de todo lo vivo, que permita a todas las personas el acceso a los bienes materiales en condiciones de equidad y que se ajuste a los límites y ritmos de los sistemas naturales. Vivir con menos es una exigencia física que impondrá la limitación de los recursos materiales. Vivir bien con menos y en condiciones de justicia y equidad, es un camino que hay que señalar, sumando mayorías que puedan resistir, exigir e impulsar un cambio. Esta nueva visión permitirá establecer alternativas, recuperar lo valioso que perdimos y explorar caminos inéditos que permitan vivir en armonía social y en paz con el planeta. Muchas personas, en todos los continentes, lo están haciendo ya.
Yayo Herrero forma parte de Ecologistas en Acción

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¿Qué pasa en la Unión Europea?


22-05-2009
Vicenç Navarro
Público

Todas las encuestas señalan que la abstención en las próximas elecciones europeas va a ser muy elevada. Tal abstención, por cierto, no es una novedad. En realidad, ha ido aumentando en los últimos años, y precede a la crisis económica y financiera actual. Las causas de esta elevada abstención son fáciles de ver. Para ello se tiene que entender qué está pasando en la Unión Europea. Veamos:

1. El desempleo en el promedio de los países de la Unión Europea de los Quince (UE-15) ha ido aumentando desde la década de los ochenta. Europa, que históricamente (1960-1980) se había caracterizado por tener un desempleo más bajo que EEUU, pasó a tenerlo más alto a partir de los ochenta.
2. Las condiciones de trabajo de la población activa se han ido deteriorando en la mayoría de países de la UE-15. El porcentaje de la población que dice trabajar en condiciones estresantes pasó a ser (en el promedio de los países de la UE-15) del 32% de la población trabajadora en el año 1991 al 44% en el año 2005.
3. La tasa de crecimiento anual del gasto público en transferencias y servicios públicos del Estado del bienestar (como pensiones, sanidad, servicios de ayuda a las familias, vivienda, y otros componentes de la protección social), utilizados predominantemente por las clases populares, ha ido descendiendo en el promedio de los países de la UE-15, pasando del 6,2% en 1990 al 4,8% en 2004. La tasa de crecimiento de las necesidades sociales, sin embargo, ha ido
aumentando.
4. La cobertura e intensidad de los beneficios laborales (en caso de enfermedad, discapacidad o desempleo) ha disminuido en la mayoría de países de la UE-15. Esta disminución ha sido, en general, más acentuada en los países gobernados por partidos liberales y conservadores que en aquellos gobernados por partidos socialdemócratas. Pero, en todos ellos, tales derechos sociales han disminuido.
5. Las rentas del trabajo (lo que se llama masa salarial, que depende del nivel de salarios y del número de asalariados), como porcentaje de la renta nacional, han descendido en el promedio de los países de la UE-15 (y ello a pesar de que el número de asalariados ha aumentado), pasando de representar un 68% de las rentas nacionales en 1975 a un 58% en el año 2005.

Tales hechos son indicadores del deterioro de la situación social y laboral de las clases trabajadoras y otros componentes de las clases populares en la UE-15, lo cual ha estado ocurriendo a la vez que las rentas del capital han crecido de una manera exuberante. Los beneficios empresariales han crecido (en el periodo 1999-2006) un 33% en el promedio de los países de la UE-15 y un 36,6% en los países de la zona euro, mientras que los costes laborales han aumentado sólo un 18%. Consecuencia de esta situación es que las desigualdades sociales han crecido enormemente, alcanzando cuotas sin precedentes. A los ricos nunca les había ido tan bien, y ello a costa del bienestar de todos los demás, es decir, las clases medias y las clases trabajadoras que vieron sus estándares de vida disminuidos. Y las encuestas muestran que la población europea es consciente de ello. El 78% de la población en la UE-15 dice que las desigualdades sociales en su país son excesivas. Nunca se había visto un porcentaje tan elevado de desaprobación de las desigualdades sociales en la mayoría de países de la UE-15.

Esta polarización social de rentas ha sido facilitada por las políticas públicas promovidas por el consenso de Bruselas (que es la versión europea del consenso liberal de Washington), llevadas a cabo por las instituciones europeas, tales como la Comisión Europea (encargada de vigilar el cumplimiento del Pacto de Estabilidad, que ha sido responsable de la austeridad del gasto público) y el Banco Central Europeo (cuyas políticas monetarias han beneficiado enormemente al capital financiero a costa del estímulo económico y la producción de empleo). Y la población es consciente de ello. Tanto la Comisión Europea como el Banco Central Europeo están entre las instituciones europeas menos valoradas. El establishment europeo (el conjunto de instituciones que lideran la Unión Europea) ha estado promoviendo políticas liberales, que incluyen desde la desregulación de los mercados laborales y financieros a la reducción del gasto público y de los impuestos. De ahí la decepción, cuando no enfado, de las clases populares hacia la Europa que se está construyendo y que afecta más a los partidos de centroizquierda que a los partidos de centroderecha y derecha, puesto que los grupos sociales más afectados negativamente por estas políticas liberales han sido las bases electorales, históricamente más fieles a los partidos de centroizquierda, tales como las clases trabajadoras.

La identificación de los partidos de centroizquierda gobernantes con las políticas liberales ha sido la causa de su enorme crisis. No hay que olvidar que la mayoría de gobiernos europeos habían sido de centroizquierda. La decepción creada por su liberalismo ha sido la causa de que sus bases electorales se hayan desplazado a partidos más radicales (de izquierda y de derecha), aun cuando la mayoría se ha ido absteniendo, quedándose en casa. Tales partidos de centroizquierda tendrán que hacer una autocrítica muy fuerte, abandonando el socioliberalismo si quieren recuperar el voto perdido.

En cuanto a las derechas, su éxito se debe a la lealtad de sus bases electorales, constituidas por los grupos de renta superior, beneficiados por las políticas liberales, y la de aquellos sectores de las clases populares atraídos por el mensaje nacionalista y anti inmigrante, consecuencia de su gran inseguridad. No es racista el más ignorante sino el más inseguro, y hay mucha inseguridad en la UE. Por otra parte, son estas mismas derechas (como el Partido Popular Europeo, al cual pertenece el PP español) las que trasladan a la Unión Europea (que tiene un enorme déficit democrático) aquellas medidas impopulares, como son el retraso de la edad de jubilación, que bien saben no podrían aprobar en sus parlamentos.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y ex catedrático de Economía
de la Universidad de Barcelona.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1294/¿que-pasa-en-la-union-europea/



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