jueves, 3 de junio de 2010

“Superación” de la violencia étnica


El ataque a la flotilla contra el bloqueo a la Franja de Gaza

03-06-2010
Luis E. Sabini Fernández
Rebelión

El cotidiano estadounidense USA Today ha sido veraz, siquiera parcialmente, en su título del 1 de junio: “La batalla en el mar ha sido provocada” (Israel: Battle at sea was provoked). Advirtiendo, eso sí, el uso del discurso como inversión de la verdad.

Es indudable que el abuso de fuego para adueñarse de barcos con tripulación desarmada forma parte de un estilo de “tierra arrasada”, que fue precisamente el que han ejercido los militares israelíes en la Franja de Gaza hace un año, en el sur libanés hace cuatro o en Jenin hace ocho años…

En ese sentido, se puede decir propiamente que el gobierno israelí provocó la situación, que distó mucho de ser una “batalla”, como informa-deforma USA Today en esa nota, bajo la firma de la “periodista” Michele Chabin.

Israel avanza en su proceso de brutalización progresiva al estilo de una tragedia griega. Como si la acción humana estuviera predestinada. En rigor, se trata más bien de poder omnímodo. Israel actúa como actúa, lleva actuando todos estos años desde su fundación, porque nadie le pide cuentas de sus actos.

Piense el lector qué otro Estado en el planeta podría haber matado a 14, 9 ó 20 hombres y mujeres desarmados −seguimos sin datos confiables− en alguna escaramuza en alta mar, fuera de toda territorialidad nacional o estatal, sin reacción, enérgica, decisiva, práctica y no lamentos declamatorios, como los que escuchamos ahora del Consejo de Seguridad de la ONU, de la UE, de EE.UU., de Argentina, de Uruguay. Sólo uno; EE.UU., claro, “el líder”, la superpotencia que se supone única. No sabemos si es el amo del mundo o su voz ventrílocua, pero ya conocemos su excepcionalidad (el único Estado que ha disparado bombas atómicas, por ejemplo). Considero que “la comunidad internacional” no sería tan remisa ante un proceder como el israelí en ningún otro caso.

El abordaje violento y sangriento de la Flotilla de la Libertad revela una metamorfosis en la relación del Estado sionista con “el resto del mundo”.

Hasta ahora la impunidad que lo caracteriza ha sido usada fundamentalmente para acosar, abusar, asesinar a palestinos. Motivos muy poderosos tiene, como la tierra que éstos ocupan desde tiempo inmemorial.

Esta impunidad para matar, quebrar brazos, racionar alimentos, caracterizaba el trato que el Estado sionista dispensaba a los palestinos, los natives de los que se quiere desembarazar. Se hacía extensivo a algunos vecinos de la barbarie árabe, ante quienes los israelíes, de origen fundamentalmente askenazi, se consideran lo civilizatorio por excelencia.

Con lo cual, la impunidad hasta ahora tenía un tinte racial muy acusado. Racismo, en suma, que proviene del eurocentrismo original sionista y de cierto fundamentalismo bíblico.

Lo acontecido en aguas internacionales del Mediterráneo Oriental, en cambio, nos pone en un nuevo estadio de aquella impunidad que caracteriza a Israel. Porque las víctimas mortales de su acción militar esta vez no han sido fundamentalmente palestinos (con el asesinato de palestinos, a veces sobrevenía el de algún humano de otro origen, como el caso tristemente célebre de Rachel Corrie). Como las “autoridades” israelíes no han publicitado todavía la identidad de sus víctimas, no sabemos a ciencia cierta qué origen tienen, mejor dicho tenían, los asesinados, aunque se estima que hay un buen número de turcos entre ellos, en rigor primos étnicos de los palestinos y de los mizrahis.

Pero aun cuando los asesinados fueran todos turcos, estamos ante una politización clara de la represión: la impunidad ya no trabaja sólo sobre bases étnicas sino también ideológicas. Tengamos en cuenta que la Flotilla de la Libertad estaba nutrida por gente solidaria de 50 ó 60 países diferentes.

Este nuevo capítulo de la política de control sobre los territorios palestinos nos revela, como a través de un espejo, el estilo draconiano de ejercer la seguridad y el consiguiente estado de postración y humillación cotidiana y permanente que el régimen sionista ha introyectado en la vida de los palestinos originarios.

Lo sabemos por la "guetización" de los campamentos de refugiados y su tapiado progresivo; lo sabemos por las matanzas selectivas, prácticamente cotidianas y las masivas, esporádicas; lo sabemos por el bloqueo a que ha sometido a la Franja de Gaza, luego de la evacuación de las colonias sionistas y del bombardeo e inutilización radical del puerto y el aeropuerto con que contaba el territorio de la Franja; lo sabemos por el muro que ha arrebatado probablemente más de la mitad del territorio cisjordano, quebrando sistemáticamente las estructuras económico-sociales de los palestinos que no estaban sometidos a la soberanía del Israel de 1948 y que tuvieron por un tiempo la autonomía que perdieron los palestinos llamados israelíes (segunda o tercera categoría ciudadana, perfectamente tabuladas por las leyes religiosas y racistas del Estado de Israel).

En lo que, en cambio, no son originales los israelíes es en relación con la verdad durante las acciones de guerra. Sacrificada, como ha sido tradición en los partes militares. Así nos enteramos de que los soldados israelíes actuaron “en defensa propia” cuando algunos de los viajeros los quisieron apalear o arrebatarles una pistola… ¿Qué esperaban los soldados israelíes, ¿qué los recibieran con el té de las cinco de la mañana?

En un “informe para Associated Press y para Reuters, Anshel Pfeffer y Avi Issacharoff nos relatan además la queja de los soldados porque los navegantes pretendieron lincharlos… ¿qué creían?, ¿que los iban a recibir con guirnaldas hawaianas? Llegan en la noche, armados hasta los dientes, en aguas internacionales, en un abusivo operativo que no puede ser calificado de otra cosa que piratería y “los muchachos” arguyen que “no tuvieron más remedio” (Chabin, op. cit.) que disparar munición gruesa…

Y claro, apenados, por cada grito destemplado, por cada manotazo, para cada palo mal (o bien) dado, ellos apenas responden baleando con “fuego vivo” a unos cincuenta, sesenta u ochenta seres humanos… Nos hablan de 14 muertos, pero no lo sabemos. Ya es una atrocidad incalificable, pero aún no sabemos la dimensión de la cerebral y planeada represión.

En este mundo de inversiones, donde los atacantes son los que se defienden, donde los solidarios son tratados como delincuentes, no nos podemos extrañar de la pretensión de demandar a quienes viajaban a bordo porque “pretendían ingresar ilegalmente a Israel”.

Con razón el ministro irlandés de Exteriores, Michael Martin denunció: "Los siete irlandeses no entraron ilegalmente en Israel, en todo caso fueron detenidos en aguas internacionales, llevados a Israel e instados a firmar documentos confirmando que entraron ilegalmente. Esto es simplemente inaceptable”.

Por otra parte, y pese a las vicisitudes políticas que tiene que enfrentar Israel por su brutalización progresiva y sin pausa −Netanyahu acaba de cancelar una entrevista programada con Obama con miras a restaurar la simbiosis habitual, que había trastabillado luego del cachetazo político propinado al vice yanqui, Biden en Israel cuando su reciente visita−, el régimen israelí se empecina en su política de estrangulamiento y quiebre cultural y físico de la población palestina. El mismo Netanyahu declaró: “World criticism won't stop Israel's blockade of Gaza [La crítica del mundo entero no va a detener el bloqueo de Gaza] (Haaretz, 2/6/2010).

Una clara muestra de la voluntad sionista de seguir adelante con el etnocidio palestino.

Lo cual no deja de volver a ubicar la cuestión sionista en el ámbito de lo trágico: porque a los sionistas les resulta imprescindible sacarse de encima “el problema palestino”, como los nazis en su momento no podían dejar de encarar prioritariamente (incluso respecto de la marcha geopolítica del Tercer Reich) “el problema judío”.

Pero es precisamente esa “solución” la que los condena como proyecto político. Los torna inaceptables. Por la atrocidad intrínseca, pero también por su ya desechable factibilidad: ya no pueden acabar con lo palestino, como los nazis tampoco pudieron acabar con lo judío.


Luis E. Sabini Fernández es ntegrante de la Cátedra Libre de Derechos Humanos, Facultad de Filosofìa y Letras de la UBA, periodista y editor de futuros del planeta, la sociedad y cada uno, .