
Barack Obama se dirige a los agentes de la CIA acompañado por el director del organismo, León Panetta, en el cuartel general de la CIA en Virginia.
Foto: Ron Sachs.
30 de diciembre de 2009
Apenas cuatro meses depués de asumir el cargo de presidente de los EEUU, Barack Obama defendía ya los casos de tortura masiva efectuados por la CIA. A continuación este artículo de archivo no publicado en la Red Voltaire.
«Deben estar orgullosos de ser de la CIA». Obama respaldó a los agentes de la CIA tras divulgación de sus métodos de tortura. El presidente de Estados Unidos trató de levantar la moral de los servicios secretos tras divulgar los métodos de interrogatorio de la era Bush. Pese a que la Casa Blanca anunció que no procesaría a quienes emplearon técnicas de tortura, crece la presión para que se abra una investigación.
«Sé que los últimos días han sido difíciles», dijo Barack Obama en el cuartel general de la CIA ante unos 1.000 agentes, que le confirmaron su intuición con aplausos eufóricos.
El presidente norteamericano intentó el lunes levantar la moral de las tropas, tras divulgar la semana pasada cuatro memos secretos con detalles concluyentes sobre los interrogatorios de la era Bush a sospechosos de terrorismo, catalogados de tortura por organizaciones de DDHH.
Los métodos publicados mencionaban entre otros procedimientos el «submarino», aplicado en 266 oportunidades contra dos supuestos miembros de Al Qaeda
El presidente invocó «circunstancias excepcionales» para defender contra los críticos su decisión de hacer públicos los documentos de la administración Bush. Esas circunstancias extraordinarias, según Obama, eran que su administración enfrentaba una demanda judicial de una gran organización de defensa de las libertades civiles y que era «muy difícil montar un sistema de defensa eficaz» sin reconocer la existencia de esos modos de interrogatorio.
Obama aseguró que en muchas ocasiones los agentes se ven obligados a «trabajar con una mano atada a la espalda», forzados a obedecer leyes democráticas, frente a enemigos que ni las respetan ni se sienten constreñidos por ellas. «Al Qaeda no está limitada por ninguna Constitución. Pero lo que hace especial a EE.UU. es que mantenemos los valores aún en los tiempos difíciles, no sólo cuando es fácil hacerlo», declaró.
«No se desanimen por lo que ha ocurrido en las últimas semanas. No se desanimen por el hecho de haber reconocido que eventualmente cometimos algunos errores. Así es cómo aprendemos. Pero el hecho de que estemos listos para aprender de ellos y seguir adelante es justamente lo que hace que esté orgulloso de ser el presidente de Estados Unidos y que ustedes deban estar orgullosos de ser miembros de la CIA».
«Luché en el pasado para proteger la confidencialidad de las informaciones consideradas secretas, y continuaré haciéndolo en el futuro. Nada es más importante que defender la identidad de los agentes de la CIA», agregó.
El acto celebrado en el cuartel de Langley (Virginia) sirvió para respaldar a Leon Panetta, cuya designación en el Senado fue criticada por su falta de experiencia en inteligencia. Como Obama el jueves, Panetta aseguró que no sometería a juicio a sus empleados que utilizaron métodos como el del submarino.
Sin embargo, de acuerdo con huffingtonpost.com, Obama dio a conocer que está dispuesto a llevar a juicio a los funcionarios de la administración de George W. Bush involucrados en los escándalos de tortura en las cárceles de la CIA.
Declaró que estaría dispuesto a una investigación siempre y cuando estuviera a cargo de los dos partidos políticos de Estados Unidos, el Demócrata y el Republicano.
Obama dejó a criterio del procurador general de justicia de Estados Unidos el llevar a juicio a los abogados de la administración de George W. Bush que escribieron los memorandos aprobando métodos de tortura en interrogatorios.
El caso no está cerrado
Mientras tanto, la decisión de Obama de publicar los documentos secretos abrió distintos frentes contra la Casa Blanca. El primero, encabezado por el ex vicepresidente Dick Cheney, que acusa a Obama de vulnerar la defensa nacional, aseguró al canal de noticias Fox News que pediría una desclasificación de los resultados obtenidos gracias a los interrogatorios. Un punto de vista compartido por el ex director de la CIA, Michael Hayden, que subrayó el valor de los polémicos métodos utilizados.
Del otro lado del espectro político, la líder demócrata de la Comisión de Inteligencia del Senado, Dianne Feinstein, escribió a Obama pidiéndole que se abstenga de opinar en los próximos seis meses en procesos que tienen pendiente una revisión a puertas cerradas de su comisión, por el programa de interrogatorios.
Por otro lado, un relator especial de Naciones Unidas, Manfred Nowak, aseguró que la decisión de Obama de eximir a los agentes que practicaron torturas es ilegal.
«Estados Unidos, como otros países que participan en la convención de la ONU contra la tortura, está comprometido a realizar investigaciones criminales sobre la tortura y a llevar ante un tribunal a todos aquellos contra los que haya una sólida evidencia al respecto», dijo Novak citado por el diario austriaco Der Standard.
Fuente: RFI / YVKE Mundial, 21 de abril de 2009.
viernes, 1 de enero de 2010
Obama respaldó a los agentes de la CIA tras divulgación de sus métodos de tortura
domingo, 8 de noviembre de 2009
Estados Unidos, Imperio de la barbarie

Detenido a la salida de una sesión de “acondicionamiento” en Guantánamo.
6 de noviembre de 2009
El secreto de Guantánamo
por Thierry Meyssan*
Usted cree quizás que está informado sobre lo sucedido en Guantánamo y le sorprende que el presidente Obama no logre cerrar ese centro de tortura. Pues se equivoca. Usted no conoce la verdadera finalidad de ese dispositivo y lo que lo hace indispensable para la actual administración.
¡Cuidado! Si lo que usted quiere es seguir pensando que existen valores comunes entre nosotros y Estados Unidos y que debemos seguir siendo aliados de Washington, este artículo puede perturbarle.
Todos recordamos las fotos de torturas que circularon por Internet. Se presentaban como trofeos de guerra que habían recogido unos cuantos soldados estadounidenses. Pero, al no poder verificar su autenticidad, los grandes medios de difusión no se atrevían a reproducirlas. En 2004, la cadena CBS les dedicó un reportaje. Comenzó así un gran movimiento de denuncia de los malos tratos infligidos a los iraquíes.
La cárcel de Abu Ghraib demostraba que la supuesta guerra contra la dictadura de Sadam Husein era en realidad una guerra de ocupación como cualquier otra, con la misma secuela de crímenes. Washington aseguró, como era de esperar, que se trataba de excesos cometidos a espaldas de los mandos por unos cuantos individuos no representativos, calificados como «manzanas podridas». Algunos soldados fueron arrestados y juzgados para que sirvieran de ejemplo. Y se cerró el caso hasta las siguientes revelaciones.
Simultáneamente, la CIA y el Pentágono iban preparando a la opinión pública, tanto en Estados Unidos como en los países aliados, para un cambio de valores morales. La CIA había nombrado un agente de enlace con Hollywood, el coronel Chase Brandon (un primo de Tommy Lee Jones), y contratado a célebres escritores (como Tom Clancy) y guionistas para escribir nuevos guiones para películas y series de televisión. Objetivo: estigmatizar la cultura musulmana y banalizar la tortura como parte de la lucha contra el terrorismo. Como ejemplo de ello, las aventuras del agente Jack Bauer, en la serie 24h, han sido abundantemente subvencionadas por la CIA para que cada temporada llevara un poco más lejos los límites de lo aceptable.
En los primeros episodios, el héroe intimida a los sospechosos para sacarles información. En los episodios siguientes, todos los personajes sospechan unos de otros, y se torturan entre sí, con más o menos escrúpulos y cada vez más seguros de que están cumpliendo con su deber. En la imaginación colectiva, siglos de humanismo fueron así barridos y se impuso una nueva barbarie. Esto permitía al cronista del Washington Post, Charles Krauthammer (que además es siquiatra) presentar el uso de la tortura como «un imperativo moral» (sic) en estos difíciles tiempos de guerra contra el terrorismo.
La investigación del senador suizo Dick Marty confirmó al Consejo de Europa que la CIA había secuestrado a miles de personas a través del mundo, entre ellas varias decenas –posiblemente cientos– habían sido secuestradas en territorio de la Unión Europea. Vino después la avalancha de testimonios sobre los crímenes perpetrados en las cárceles de Guantánamo (en la región del Caribe) y de Baghram (Afganistán). Perfectamente acondicionada, la opinión pública de los Estados miembros de la OTAN aceptó la explicación que se le dio y que tan bien cuadraba con las novelescas intrigas que la televisión le venía sirviendo: para poder salvar vidas inocentes Washington estaba recurriendo a métodos clandestinos, secuestrando sospechosos y haciéndolos hablar mediante métodos que la moral pudiera rechazar pero que la eficacia había hecho necesarios.
Fue a partir de esa narración simplista que el candidato Barack Obama se levantó contra la saliente administración Bush. Convirtió la prohibición de la tortura y el cierre de las prisiones secretas en medidas claves de su mandato. Después de su elección, durante el periodo de transición, se rodeó de juristas de muy alto nivel a los que encargó la elaboración de una estrategia para cerrar el siniestro episodio. Ya instalado en la Casa Blanca, dedicó sus primeros decretos presidenciales al cumplimiento de sus compromisos en la materia. Aquella prontitud conquistó a la opinión pública internacional, suscitó una inmensa simpatía hacia el nuevo presidente y mejoró la imagen de Estados Unidos ante el mundo.
El único problema es que, al cabo de un año de la elección de Barack Obama, se han resuelto unos cientos de casos individuales pero en el fondo nada ha cambiado. El centro de detención creado por Estados Unidos en su base militar de Guantánamo sigue ahí y no hay esperanzas de cierre inminente. Las asociaciones de defensa de derechos humanos señalan además que los actos de violencia contra los detenidos han empeorado.
Al ser interrogado sobre el tema, el vicepresidente estadounidense Joe Biden declaró que mientras más avanzaba en el expediente de Guantánamo, más cosas que hasta entonces ignoraba iba descubriendo. Y después advirtió a la prensa, enigmáticamente, que no se podía abrir la caja de Pandora.
Por su parte, el consejero jurídico de la Casa Blanca, Greg Craig, quiso presentar su renuncia, no porque considere que haya fallado en su misión de cerrar el centro, sino porque estima en este momento que se le ha dado una misión imposible.
¿Por qué el presidente de los Estados Unidos no logra que lo obedezcan en su propio país? Si ya todo está dicho sobre los abusos de la era Bush, ¿por qué se habla ahora de una caja de Pandora y qué es lo qué es lo que causa tanto temor?
El problema es que el sistema es en realidad mucho más extenso. No se trata solamente de unos cuantos secuestros y una prisión. Y lo más importante es que su finalidad es radicalmente diferente de lo que la CIA y el Pentágono le han hecho creer al público. Antes de emprender este descenso al infierno, es conveniente aclarar algo.
El secretario de Defensa Donald Rumsfeld participó en las reuniones del Grupo de los Seis, que se encargó de escoger las formas de tortura que debían aplicar los militares estadounidenses.
Lo que hizo el ejército estadounidense en Abu Ghraib no tenía nada que ver, por lo menos al principio, con los experimentos que está realizando la US Navy [la Marina de Guerra de los Estados Unidos] en Guantánamo y en sus otras prisiones secretas. Se trataba entonces simplemente de lo que hacen todos los ejércitos del mundo cuando se transforman en policía y se enfrentan a una población hostil. Tratar de dominarla a través del terror. En este caso, las fuerzas de la coalición reprodujeron [en Irak] los crímenes que los franceses cometieron durante la llamada batalla de Argel contra los argelinos, a los que además los franceses seguían llamando «compatriotas». El Pentágono recurrió al general francés retirado Paul Aussaresses, especialista en «contrainsurgencia», para que se reuniera con los oficiales superiores.
Durante su larga carrera, Aussaresses acompañó a los Estados Unidos dondequiera que Washington emprendió «conflictos de baja intensidad», principalmente en el sudeste asiático y en Latinoamérica.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos instala dos centros de entrenamiento en esas técnicas, la Political Warfare Cadres Academy (en Taiwán) y la School of Americas [conocida en español como Escuela de las Américas] (en Panamá). En ambas instalaciones se impartían cursos sobre la tortura destinados a los encargados de la represión en el seno de las dictaduras asiáticas y latinoamericanas.
Durante los años 1960 y 70, la coordinación de ese dispositivo se desarrollaba a través de la World Anti-Communist League, de la que eran miembros los jefes de Estado interesados [1]. Aquella política alcanzó considerable extensión durante las operaciones Phoenix en Vietnam (“neutralización” de 80,000 individuos sospechosos de ser miembros del vietcong) [2] y Cóndor en América Latina (“neutralización” de opositores políticos a escala continental) [3]. El esquema de articulación entre las operaciones de limpieza en las zonas insurgentes y los escuadrones de la muerte se aplicó exactamente de la misma manera en Irak, sobre todo durante la operación Iron Hammer [4].
La única novedad en el caso de Irak es la distribución entre los soldados estadounidenses de un clásico de la literatura colonial, The Arab Mind, del antropólogo Raphael Patai, con un prefacio del coronel Norvell B. De Atkine, jefe de la John F. Kennedy Special Warfare School, nueva denominación de la siniestra Escuela de las Américas desde que ésta se mudó a Fort Bragg (en Carolina del Norte) [5]. Este libro, que presenta en tono doctoral toda una serie de estúpidos prejuicios sobre los «árabes» en general, contiene un célebre capítulo sobre los tabúes sexuales, utilizados en la concepción de las torturadas aplicadas en Abou Ghraib.
Las torturas perpetradas en Irak no son simples casos aislados, como afirmó la administración Bush, sino que se integran en toda una estrategia de contrainsurgencia. La única forma de ponerles fin no es la condena moral sino la solución de la situación política. Pero Barack Obama sigue dilatando el retiro de las fuerzas extranjeras que ocupan Irak.
Exitoso autor, inventor de la psicología positiva, profesor de la universidad de Pensilvania y ex presidente de la American Psychological Association, Martin Seligman supervisó las torturas experimentales aplicadas a los prisioneros en Guantánamo.
Los experimentos del profesor Biderman
Fue con una perspectiva muy diferente que el profesor Albert D. Biderman, siquiatra de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, estudió para la Rand Corporation el acondicionamiento de los prisioneros de guerra estadounidenses en Corea del Norte.
Mucho antes de Mao y del comunismo, los chinos habían perfeccionado refinados métodos destinados a quebrar la voluntad de un detenido e inculcarle el deseo de hacer confesiones. Su uso durante la guerra de Corea dio ciertos resultados. Prisioneros de guerra estadounidenses confesaban con toda convicción ante la prensa crímenes que quizás no habían cometido. Biderman presentó sus primeras observaciones durante una audiencia en el Senado, el 19 de junio de 1956, y más tarde, al año siguiente, ante la Academia de Medicina de Nueva York (Ver documentos disponibles en línea a través del vínculo que aparece al final de este artículo). Biderman definió 5 estados a través de los cuales transitan los «sujetos».
1. Al principio el prisionero se niega a cooperar y se encierra en el silencio.
2. Mediante una mezcla de brutalidades y gentileza, es posible hacerlo pasar a un segundo estado en que se le induce a defenderse de las acusaciones que se le hacen.
3. Posteriormente el prisionero empieza a cooperar. Sigue proclamando su inocencia pero trata de complacer a sus interrogadores reconociendo que quizás ha cometido alguna falta sin querer, por accidente o por descuido.
4. Cuando transita por la cuarta fase, el prisionero está ya completamente desvalorizado a sus propios ojos. Sigue negando las acusaciones de que es objeto, pero confiesa su naturaleza criminal.
5. Al final del proceso el prisionero admite ser el autor de los hechos que se le imputan. Incluso inventa detalles complementarios para acusarse a sí mismo y reclama que se le castigue.
Biderman examina también todas las técnicas utilizadas por los torturadores chinos para manipular a los prisioneros: aislamiento, monopolización de la percepción sensorial, cansancio, amenazas, gratificaciones, demostraciones del poder de los carceleros, degradación de las condiciones de vida, formas de sometimiento. La violencia física tiene un carácter secundario, la violencia sicológica se hace total y tiene carácter permanente.
Los trabajos de Biderman sobre el «lavado de cerebro» adquirieron una dimensión mítica. Los militares estadounidenses empezaron a temer que el enemigo pudiera utilizar contra Estados Unidos a los propios soldados estadounidenses ya acondicionados para decir cualquier cosa y quizás para hacer también cualquier cosa. Concibieron entonces un programa de entrenamiento destinado a los pilotos de caza estadounidenses para lograr que éstos se volvieran refractarios a aquella forma de tortura y evitar que el enemigo pudiera “lavarles el cerebro” si caían prisioneros.
Dicha forma de entrenamiento se denomina SERE, siglas que corresponden a Supervivencia, Evasión, Resistencia, Escape (Survival, Evasion, Resistance, Escape). En sus inicios, este curso se impartía en la Escuela de las Américas, pero hoy se ha extendido a otras categorías del personal militar y se imparte en varias bases. Este tipo de entrenamiento se ha implantado además en cada uno de los ejércitos que forman parte de la OTAN.
La decisión de la administración Bush, después de la invasión de Afganistán, fue utilizar esas técnicas para lograr inducir a los prisioneros a hacer confesiones que demostrarían, a posteriori, la implicación de Afganistán en los ataques del 11 de septiembre, validando así la versión oficial sobre los atentados.
Se procedió a construir nuevas instalaciones en la base naval estadounidense de Guantánamo y comenzó allí la realización de experimentos. La teoría del Albert Biderman se completó con los aportes de un psicólogo civil, el profesor Martin Seligman, conocida personalidad que fue presidente de la American Psychological Association.
Seligman demostró que la teoría de Ivan Pavlov sobre los reflejos condicionados tenía un límite. Se pone un perro en una jaula cuyo suelo está divido en dos partes. De forma aleatoria, se envían descargas eléctricas a uno u otro lado del suelo. El animal salta de un lado a otro para protegerse. Hasta ahí no hay nada sorprendente. Posteriormente, se electrifican los dos lados de la jaula.
El animal se da cuenta de que nada puede hacer para escapar de las descargas eléctricas y que sus esfuerzos son inútiles. Y acaba entonces por rendirse. Se acuesta en el suelo y cae en un estado de indiferencia que le permite soportar pasivamente el sufrimiento. Se abre entonces la jaula y… ¡sorpresa! El animal no huye. En el estado psíquico en que se encuentra ya ni siquiera es capaz de hacer oposición. Permanece acostado en el suelo electrificado, soportando el sufrimiento.
La Marina de Guerra estadounidense formó un equipo médico de choque. Esta envió al profesor Seligman a Guantánamo. Conocido por sus trabajos sobre la depresión nerviosa, Seligman es una vedette. Sus libros sobre el optimismo y la confianza en sí mismo son best-sellers mundiales. Y fue él quien supervisó experimentos realizados con personas como conejillos de indias. Algunos prisioneros, al ser sometidos a terribles torturas, acaban sumiéndose espontáneamente en el estado psíquico que les permite soportar el dolor, y que los priva también de toda capacidad de resistencia. Al manipularlos de esa forma, se les lleva rápidamente a la fase 3 del proceso de Biderman.
Basándose también en los trabajos de Biderman, los torturados estadounidenses, bajo la guía del profesor Martin Seligman, realizaron experimentos con cada una de las técnicas coercitivas y las perfeccionaron. Para ello se elaboró un protocolo científico que se basa en la medición de las fluctuaciones hormonales. Se instaló un laboratorio médico en la base de Guantánamo y se recogen muestras de saliva y de sangre de los “conejillos de indias” a intervalos regulares para evaluar sus reacciones. Los torturadoras han ido refinando sus métodos. Por ejemplo, en el programa SERE se monopolizaba la percepción sensorial impidiendo, mediante una música estresante, que el prisionero pudiese dormir.
En Guantánamo se han obtenido resultados muy superiores con los gritos de bebés reproducidos durante días enteros. Antes, el poderío de los carceleros se demostraba mediante golpizas a los prisioneros. En la base naval estadounidense de Guantánamo se creó la Immediate Reaction Force. Se trata de un grupo encargado de castigar a los prisioneros. Cuando esta unidad entra en acción sus miembros portan corazas de protección al estilo de Robocop. Sacan al prisionero de su jaula y lo meten en una pieza de paredes acolchadas y recubiertas de madera enchapada.
Proyectan al “conejillo de indias” contra las paredes, como para romperle los huesos, pero el tapizado amortigua parcialmente los golpes de forma que el prisionero queda atontado sin que se produzcan fracturas.
Pero el principal “adelanto” se ha logrado con el suplicio de la bañera [6]. Antiguamente, la Santa Inquisición sumergía la cabeza del prisionero en un tina llena de agua y lo sacaba justo antes de que muriera ahogado. La sensación de muerte inminente provoca una angustia extrema. Pero se trataba de un procedimiento primitivo y los accidentes eran frecuentes. Actualmente, ni siquiera hace falta una tina llena de agua sino que se acuesta el prisionero en una bañera vacía. Se le ahoga entonces vertiendo agua sobre su cabeza, con la posibilidad de parar inmediatamente. Ahora hay menos accidentes.
Cada “sesión” se codifica para determinar los límites soportables. Varios ayudantes miden la cantidad de agua utilizada, el momento y la duración del ahogamiento. Cuando esta se produce, los ayudantes recogen el vómito, lo pesan y lo analizan para evaluar el gasto de energía y el agotamiento provocado.
En resumen, como decía el director adjunto de la CIA ante una Comisión del Congreso de los Estados Unidos: «Eso no tiene nada que ver con lo que hacía la Inquisición, con excepción del agua» (sic).
Los experimentos de los médicos estadounidenses no se hicieron en secreto, como los del doctor Josef Menguele en Auschwitz, sino bajo el control directo y exclusivo de la Casa Blanca.
Todo se informaba a un grupo encargado de tomar las decisiones, grupo que se componía de 6 personas: Dick Cheney, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld, Colin Powell, John Ashcroft y George Tenet. Este último atestiguó que había participado en una docena de reuniones de trabajo de dicho grupo.
Pero el resultado de esos experimentos no es satisfactorio. Son pocos los “conejillos de indias” que han resultado receptivos. Se logró imponerles lo que debían confesar, pero su estado se mantuvo inestable y no ha sido posible presentarlos en público ante una contraparte.
El caso más conocido es el del seudo Khalil Sheikh Mohammed. Se trata de un individuo arrestado en Pakistán y acusado de ser un islamista kuwaití, aunque es evidente que no se trata de la misma persona.
Al cabo de un largo periodo de torturas, durante las cuales fue sometido 183 veces al suplicio de la bañera sólo durante el mes de marzo de 2003, el individuo dijo haber organizado 31 atentados diferentes a través del mundo, desde el atentado cometido en 1993 en Nueva York contra el WTC hasta los del 11 de septiembre de 2001, pasando por la explosión de una bomba que destruyó un club nocturno en Bali y la decapitación del periodista estadounidense Daniel Pearl. El seudo Sheikh Mohammed mantuvo sus confesiones ante una comisión militar, pero los abogados y jueces militares no pudieron interrogarlo en público porque se temía que, ya fuera de su jaula, se retractara de lo que había confesado.
Para esconder las actividades secretas de los médicos de Guantánamo, la Marina de Guerra estadounidense organizó viajes de prensa a Guantánamo para periodistas complacientes. El ensayista francés Bernard Henry Levy se prestó así para desempeñar el papel de testigo moral visitando lo que quisieron enseñarle. En su libro American Vertigo, Bernard Henry Levy asegura que el centro de detención de la base naval estadounidense de Guantánamo no se diferencia de las demás penitenciarías estadounidenses y que los testimonios sobre las torturas «han sido más bien inflados» (sic) [7].
Una de las cárceles flotantes de la US Navy. Se trata del navío USS Ashland. La cala de fondo aplanado fue modificada para recibir las jaulas con prisioneros y disponerlas en varios niveles. Las prisiones flotantes de la US Navy
En definitiva, la administración Bush estimó que era muy reducido el número de individuos que podían ser “acondicionados” al extremo de creer que habían cometido los atentados del 11 de septiembre. Concluyó entonces que una gran cantidad de prisioneros debían ser puestos a prueba para seleccionar a los más receptivos.
Teniendo en cuenta la polémica que se desarrolló alrededor de Guantánamo y para garantizar que fuese imposible cualquier acción legal en su contra, la Marina de Guerra de los Estados Unidos creó otras prisiones secretas y las situó fuera de toda jurisdicción, en aguas internacionales.
17 barcos de fondo plano, como los que se destinan al desembarco de tropas, fueron convertidos en prisiones flotantes con jaulas como las de Guantánamo. Tres de esos navíos han sido identificados por la asociación británica Reprieve. Se trata del USS Ashland, el USS Bataan y el USS Peleliu.
Si se suman todas las personas que han sido hechas prisioneras en diferentes zonas de conflicto o secuestradas en cualquier lugar del mundo y transferidas a ese conjunto de prisiones durante los 8 últimos años, resulta que un total de 80,000 personas deben haber pasado por ese sistema, entre ellas por lo menos un millar pudieran haber sido llevadas hasta las últimas fases del proceso de Biderman.
A partir de todo lo anteriormente mencionado, el problema de la administración Obama se resume de la siguiente manera: No será posible cerrar Guantánamo sin que se sepa lo que allí se hizo. Y no será posible reconocer lo que allí se hizo sin admitir que todas las confesiones recogidas son falsas y que fueron inculcadas de forma deliberada a través de la tortura, con las consecuencias políticas que ello implica.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, el tribunal militar de Nuremberg actuó en 12 juicios. Uno de ellos estuvo dedicado a 23 médicos nazis. Siete de ellos fueron absueltos, 9 fueron condenados a penas de cárcel y otros 7 fueron condenados a muerte. Desde entonces existe un Código Ético que rige la medicina a nivel mundial. Ese Código prohíbe precisamente lo que los médicos estadounidenses hicieron en Guantánamo y en las demás cárceles secretas.
Documentos adjuntos
«Communist attempts to elicit false confessions from Air Force prisoners of war», por Albert D. Biderman
Bulletin New York Academy of Medecine 1957 Sep ;33(9):616-25.
(PDF - 964 KB)
«The Manipulation of Human Behavior», bajo la dirección de Albert D. Biderman y Herbert Zimmer
John Wiley & Sons, Inc., New York (1961).
(PDF - 2.4 MB)
Documentos desclasificados por la Comisión del Senado de los Estados Unidos para las fuerzas armadas que demuestran el uso de la tortura de acondicionamiento en Guantánamo.
U. S. The Senate Armed Services Committee, 17 de junio de 2008.
(PDF - 3 MB)
Thierry Meyssan
Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).
Este artículo se publicó inicialmente en la edición del 19 de octubre de 2009 del semanario ruso Odnako.
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[1] «La Liga Anticomunista Mundial, internacional del crimen», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 12 de mayo de 2004.
[2] «Operación Fénix», por Arthur Lepic, Red Voltaire, 16 de noviembre de 2004.
[3] Ver Operación Cóndor, Pacto criminal, libro de referencia de nuestra colaboradora la historiadora Stella Calloni. «Stella Calloni presentó en Cuba su libro “Operación Cóndor, Pacto criminal”», 16 de febrero de 2006. Ver también, en el sitio de la Red Voltaire: «Berríos y los turbios coletazos del Plan Cóndor», por Gustavo González, 26 de abril de 2006. «Los militares latinoamericanos no saben hacer otra cosa que espiar», por Noelia Leiva, 1º de abril de 2008. «El Plan Cóndor universitario», por Martín Almada, 11 de marzo de 2008.
[4] «La Operación US «Martillo de hierro» en la guerra de Irak», por Paul Labarique, Red Voltaire, 11 de septiembre de 2003.
[5] The Arab Mind, por Raphael Patai, prefacio de Norvell B. De Atkine, Hatherleigh Press, 2002.
[6] También conocido como “el submarino” o con el término inglés “waterboarding”. Nota del Traductor.
[7] American vertigo, por Bernard-Henry Lévy, Grasset & Fasquelle 2006.
viernes, 23 de octubre de 2009
Bruce Springsteen Nine Inch Nails y otros artistas presentan demanda contra Obama por uso de música para torturas en Guantánamo

Cubadebate
23-10-2009
Washington, DC, October 22, 2009 – En nombre de una coalición de músicos internacionales y estadounidenses, incluidos R.E.M, Pearl Jam, Tom Morello y Jackson Brown, el National Security Archive presentó hoy solicitudes a través de la ley de libre información (FOIA), pidiendo una desclasificación completa de los documentos secretos sobre la estrategia de utilizar la música como una herramienta en Guantánamo y otros centros de detención.
Bruce Springsteen, uno de los más libertarios músicos estadounidenses, es uno de los que han entablado la demanda. Foto: AP
El archivo también publicó varios documentos que están desclasificados, y estos informes publicados hacen referencia a la utilización de “música a altos volúmenes” para frustrar y desesperar a los detenidos que no cooperan con sus interrogadores en Guantánamo.
Un informe de 2004 del Departamento de Defensa sobre los abusos en la base militar de Guantánamo, por ejemplo, declaró que la “técnica de frustración incluye el sonido de Metallica, Britney Spears y el rap.”
Los analistas de NSA presentaron solicitudes para la desclasificación ante la CIA, el Comando de Operaciones Especiales de EE.UU., y el FBI, entre otros organismos.
Solicitan toda la documentación en relación a cómo la música fue escogida y el papel específico que desempeña en los interrogatorios de los detenidos en la base de Guantánamo.
“En Guantánamo, el gobierno de EE.UU. convirtió el jukebox (tocadiscos) en un instrumento de tortura,” dijo Thomas Blanton, Director Ejecutivo del NSA. “Los músicos y el público tienen el derecho de saber cómo una expresión de la cultura popular se transformó en una técnica de tortura”.
Haga clic aquí para leer el comunicado de prensa emitido hoy por los músicos y la Campaña para cerrar Guantánamo.
Una foto de archivo del 15 de marzo de 2002 muestra a un prisionero del Campo Rayos X, escoltado por guardias, mientras otros reclusos están en sus celdas en la Base Naval de la Bahía de Guantánamo, en Cuba. (Foto AP/Tomas van Houtryve)
http://www.cubadebate.cu/noticias/2009/10/22/bruce-springsteen-nine-inch-nails-y-otros-artistas-famosos-presentan-demanda-contra-obama-por-uso-de-musica-para-torturas-en-guantanamo/
•Lea el reporte de torturas en Guantánamo (en inglés) publicado por el Archivo de Seguridad de la Universidad George Washington: Army Regulation 15-6: Final Report–Investigation into FBI Allegations of Detainee Abuse at Guantánamo Bay, Cuba Detention Facility [Furlow Report; Amended June 9, 2005], April 1, 2005
Archivo de Seguridad Nacional, George Washington
Para mas información llame a
Thomas Blanton - 202/994-7000
Kate Doyle - 646/670-8841
martes, 1 de septiembre de 2009
Así torturaba la CIA

Los métodos de interrogatorio en la era Bush han quedado al descubierto: simulacros de muerte, amenazas e intimidación psicológica. Ahora falta saber si alguien pagará por ello.
David Alandete
30-8-2009
www.kaosenlared.net/noticia/asi-torturaba-la-cia
El preso está desnudo. Sólo lleva una capucha. Se le retiene sentado, esposado de manos y pies. Lleva horas en la celda. Sin ver. Sin saber lo que pasa a su alrededor. El interrogador de la CIA entra, sigiloso, con una pistola. Abre el tambor y lo gira varias veces junto al oído del detenido, para que sepa que hay un arma de por medio. Le pide información. El preso sigue callado. El agente sale, y entra con un taladro eléctrico. Otros interrogadores han puesto al preso de pie, esta vez en medio de la celda. El interrogador enchufa el taladro y juega con él, acercándoselo al preso oído, advirtiéndole de que le puede taladrar una pierna. De lo mucho que duele.
A Sheikh Mohammed se le sometía a ahogamiento fingido 183 veces y se le llegaba a mantener despierto 180 horas
La CIA llegó a aconsejar, en diversos memorandos desclasificados, cómo se debía torturar bien para no correr riesgos
Cheney defiende lo realizado por la CIA bajo el argumento de que la información ayudó a salvar vidas
Al mismo tiempo, en los descansos, se le amenazaba con asesinar a sus hijos. "Los vamos a matar", le decían
Los agentes de la CIA pensaban que nunca se habían corrido tantos peligros. Intuían que podrían ir al banquillo
La desorientación es total. Las celdas están iluminadas las 24 horas del día. La temperatura ambiente, manipulada, para hacer que los presos pasen calor o frío. Se les desnuda. Se les encapucha. Se les ducha con agua fría. En las duchas, entran agentes que les friegan el cuerpo con los mismos cepillos que se usan para limpiar suelos. Se les obliga a arrodillarse y, una vez están de rodillas en el suelo, se les empuja para que caigan con todo su peso sobre su espalda. Se les enfunda en pañales. Se les ridiculiza y desorienta. Se les restriega por los suelos. Se les humilla. No son nadie. No tienen derechos. Nadie sabe que están allí, en un lugar secreto, por razones que no se les revelan. Y lo peor, el dolor físico, está por llegar.
Es sólo una pequeña muestra de cómo torturó la CIA. Lo ha revelado esta semana un informe elaborado por el Inspector General de la agencia en 2004, en el que se da detallada cuenta de una serie de métodos inhumanos para sacar información, desclasificado por un juzgado federal de Nueva York gracias a una demanda de la Asociación de Libertades Civiles de América y Amnistía Internacional.
El grupo de interrogadores de la agencia, aprendices en el arte de la tortura, llegó lejos. En el informe se detallan casos extremos. Un agente, por ejemplo, está interrogando al preso. De repente, en el pasillo, se oye un disparo. Gritos. Carreras. Insultos. "Le has matado". "¿Qué has hecho?". El interrogatorio acaba, bruscamente. El agente acompaña al preso, sin capucha y esposado, a su celda. Al salir de la sala de interrogatorios, el detenido ve el cuerpo de un hombre, vestido como un preso, encapuchado, en el suelo. Toda la escena, un teatro de la tortura, para hacerle creer que la CIA ha matado a un compañero de cautiverio.
Al preso se le coloca, también, en el centro de su celda. Se le quitan las esposas de las manos. En su lugar, se le ata ambas muñecas a la espalda, con un cinturón. Este cinturón se liga a una cuerda o una cadena, que va enganchada a una polea del techo. El interrogador tira de ella. El preso queda suspendido en el aire, retorciéndose de dolor. Hay que parar antes de que se le disloquen los brazos.
Uno de los métodos más efectivos para obtener información es el de la llamada técnica de los puntos de presión. Se colocan las dos manos sobre el cuello del detenido. Se busca la arteria carótida. Se aprieta con fuerza, mirando a los ojos al detenido, sin titubeos, intimidando. Se aguanta, se sigue apretando, hasta que el preso dé un cabezazo o parezca que vaya a desmayarse. Entonces se le sacude, hasta que se le reaviva. La técnica se puede repetir hasta tres veces.
Estas técnicas de maltrato se probaron, entre 2002 y 2003, sobre un grupo de presos retenidos en diversas cárceles secretas de la CIA, en lugares no revelados. Entre ellos se encontraban Khaled Sheikh Mohammed, supuesto autor ideológico de los ataques contra Washington y Nueva York de 2001; Abu Zubaydah, colaborador de Osama Bin Laden y organizador de la red de transporte de terroristas de Al Qaeda, y Abd al-Rahim al-Nashiri, al que se acusa de perpetrar el atentado contra el destructor USS Cole en Yemen en 2000. Los tres están detenidos en Guantánamo.
Muchas de estas técnicas de tortura se transmitieron del Ejército a la CIA. De hecho, en el informe se admite que un psicólogo del Departamento de Defensa creó un manual de uso interno titulado Reconocer y desarrollar medidas contra la resistencia de presos de Al Qaeda a las técnicas de interrogatorio. Al Ejército, el trato a los prisioneros se le fue completamente de las manos. De la interrogación se pasó a la tortura y, de ella, al sadismo. En la cárcel iraquí de Abu Ghraib, un grupo de soldados convirtió a los presos en sus juguetes, algo que inmortalizó en una serie de fotos de la vergüenza que fueron filtradas a la prensa en 2004. En ellas se ve a soldados sonrientes, atormentando a los detenidos con palos de hierro, armas de fuego y perros; a cadáveres cubiertos en hielo; a hombres desnudos, amontonados como si fueran sólo carne.
Obama tuvo la oportunidad de revelar nuevas fotos de abusos, y así prometió que lo haría al llegar al Gobierno. Pero al ver las fotos, ominosas, cambió de opinión. "La consecuencia más directa de publicar esas fotos sería, creo, enardecer aún más los sentimientos antiamericanos y poner a nuestras tropas en peligro", dijo el presidente en una conferencia de prensa en mayo.
El informe se confeccionó, según se explica en el mismo, porque "un grupo de oficiales de la agencia de diverso rango, implicados en actividades de detención e interrogatorio, está preocupado porque, en el futuro, temen verse expuestos a procesos legales en EE UU o el extranjero y que el gobierno de EE UU puede no respaldarlos. Aunque el actual sistema de detenciones e interrogatorios de la CIA ha sido sujeto a la revisión legal del Departamento de Justicia y a la aprobación de la Administración, diverge considerablemente de la política y las prácticas previas de la agencia". Los propios agentes pensaban que nunca jamás, en la historia de la CIA, se habían corrido tantos peligros. Intuían que podrían verse en el banquillo, como ahora les puede suceder, aunque fuera con el beneplácito de Bush.
Esos agentes creían "que la revelación pública del programa antiterrorista de la CIA es inevitable y dañará seriamente la reputación del personal de la CIA y la reputación y la efectividad de la Agencia en sí misma". Washington respondía que no. Que las técnicas eran legales. Recomendaba, eso sí, que el daño infligido a los terroristas no fuera severo, que el preso no estuviera en riesgo de perder su vida. En ese caso, la información seguiría fluyendo. Mientras, a Sheikh Mohammed se le sometía a ahogamiento fingido 183 veces y se le llegaba a mantener despierto 180 horas, una semana entera. En los descansos, se le amenazaba con matar a sus hijos, que estaban bajo la custodia de soldados estadounidenses y paquistaníes.
En aquella época, en la que los agentes de la CIA experimentaban con lo que se comenzaba a conocer como "técnicas especiales de interrogación", el entonces Presidente George W. Bush emitió un comunicado, en junio de 2003, condenando la tortura: "Estados Unidos declara su gran solidaridad con las víctimas de la tortura en el mundo. La tortura en cualquier lugar es una afrenta a la dignidad humana. Nos comprometemos a construir un mundo en el que los derechos humanos sean respetados y protegidos por el imperio de la ley". Excepto, parece ser, en las cárceles secretas de la CIA.
De hecho, según el informe en el que se han revelado, detalladamente, todos aquellos malos tratos, la Casa Blanca dio autorización expresa para cometerlos. Incluso llegó a aconsejar, en diversos memorandos desclasificados en abril, cómo se debía torturar bien, para no correr riesgos. "La Oficina del Inspector General [de la CIA, autora del informe] ha colaborado estrechamente con el Departamento de Justicia para determinar la legalidad de las técnicas especiales de interrogación", dice el informe.
Los temores de los agentes de la CIA estaban justificados. Sólo ha sido necesario que llegara una nueva Administración, que ha publicado los memorandos del Departamento de Justicia -el llamado manual de la tortura de la CIA- y ha revelado, entre otras cosas, la existencia del programa antiterrorista de la agencia y que dentro de él se contrató a mercenarios para matar a terroristas. Es más, ha descubierto con pavor que el anterior vicepresidente, Dick Cheney, le ordenó a la CIA mentir al Congreso y ocultar la existencia de operaciones de captura de terroristas.
A lo largo de los meses se han ido acumulando evidencias de que la CIA pudo haber quebrantado la ley. "El propio inspector general de la CIA documentó, con una perturbadora minuciosidad, el nivel de tortura cometido y hasta qué punto se violaron las leyes", opina Anthony Romero, director ejecutivo de la Asociación de Libertades Civiles de América, que interpuso la demanda gracias a la que se reveló dicho informe.
Justo el lunes, el comité de control ético del Departamento de Justicia finalizó una revisión de cinco años de duración sobre una docena de casos de supuesta tortura ya investigados por un grupo de abogados del estado de Virginia, por encargo de Bush, y que quedaron cerrados. Ese comité decidió que debían ser reabiertos y recomendaba al fiscal general encausar a los agentes que cometieron aquellas torturas.
El hombre que recibió esta recomendación, Eric Holder, fiscal del Estado, tenía dos opciones. La primera era cumplir la promesa que había hecho previamente, en sintonía con el presidente Obama. Dejar el pasado en paz, no hurgar en los errores de la CIA, y procurar que la historia no se repitiera. Al fin y al cabo, Obama prohibió la tortura por decreto nada más tomar posesión de su cargo. En abril, en un comunicado, el propio fiscal general había dicho: "Sería injusto encausar a aquellos hombres y mujeres abnegados, que trabajan para proteger a América, por un comportamiento que fue aprobado previamente por el Departamento de Justicia".
La segunda posibilidad era reabrir los casos, con lo que aquello implicaba: poder ver a agentes de la CIA en el banquillo. Obama le había dado carta blanca a Holder. Uno de los portavoces del presidente, Bill Burton, dijo que el asunto le atañía ahora, exclusivamente, al fiscal general. El pasado lunes, en una conferencia de prensa en Martha's Vineyard (Massachusetts), donde el presidente pasa sus vacaciones, Burton recalcó que "la decisión final de a quién se investigará y quién será encausado depende del fiscal general".
Eric Holder no tardó en decidir, con su proverbial independencia. Habría investigación. Oficialmente, los agentes pueden acabar en el banquillo. "Como resultado de mi análisis de todo ese material, he concluido que la información a mi alcance me permite abrir una revisión preliminar sobre si se violaron las leyes federales con el interrogatorio de ciertos detenidos en lugares del extranjero", dijo Holder en un comunicado. "Quiero destacar que ni la apertura de una revisión preliminar ni, si así lo permiten las pruebas, el comienzo de una investigación exhaustiva, significa que se presentarán cargos necesariamente".
El hecho de que Holder recalcara que aquello no significaba que fuera a haber acusaciones formales fue un intento patente de calmar a otro hombre de confianza de Obama al que le ha correspondido uno de los papeles más complicados en la nueva administración. Ese hombre es Leon Panetta, abogado de formación, profesor por vocación y veterano del Partido Demócrata. Desde el pasado mes de febrero es director de la CIA. Por distintas razones, ha acabado expresando en público lo mismo que defiende el anterior vicepresidente Cheney. Sobre todo, que sería injusto encausar a agentes de la CIA que en su día sólo actuaron con la aprobación de Washington y con el objetivo de evitarle a su país un nuevo atentado terrorista que causara miles de muertes.
En un correo electrónico filtrado por la CIA a la prensa, Panetta prometió el lunes no achicarse ante las investigaciones. "El uso de técnicas especiales de interrogación comenzó cuando nuestro país respondía a los horrores del 11 de septiembre y acabó en enero. Para la CIA, los desafíos del presente no son las batallas del pasado, sino las guerras de hoy y las de mañana. Como director en 2009, mi interés principal, en lo que se refiere a un programa que ya no existe, es estar del lado de aquellos agentes que hicieron lo que su país les pidió y siguieron el asesoramiento legal que se les facilitó". Además, apuntó al Departamento de Justicia: "La agencia buscó y obtuvo múltiples pruebas escritas que confirmaban que sus métodos eran legales".
Al fin y al cabo, el vivero de ideas de la tortura fue la Oficina de Asesoramiento Legal de la Casa Blanca, adscrita al Departamento de Justicia, la entidad que emitió una serie de memorandos y envió una retahíla de cartas que autorizaron el uso de técnicas de maltrato a prisioneros, como el ahogamiento fingido. En mayo, el propio Departamento cerró una investigación interna sobre la actuación de los tres abogados de la Administración de Bush (John Yoo, Jay Bybee y Steven Bradbury) que redactaron aquellos memorandos que autorizaron técnicas extremas de interrogatorio entre 2002 y 2007.
Algunos de aquellos memorandos, hechos públicos por Obama el pasado mes de abril, son un verdadero manual de la tortura, una antología de la barbarie para el uso a discreción de los agentes de la CIA. Fueron la confirmación de que se seguiría el camino abierto por aquellos pasos que tímidamente se daban en 2002 y 2003, revelados en el informe desclasificado el lunes. En un informe de 2002, escrito por John Rizzo, se aconseja: "Con el uso del bofetón en la cara, el interrogador le da una palmada al individuo en la cara con los dedos ligeramente abiertos. Esa franja hace contacto directo con el área sita entre la punta de la barbilla y la parte inferior al lóbulo de la oreja. El interrogador invade el espacio personal del individuo. La finalidad del bofetón facial no es infligir daño físico que sea duradero o severo. Al contrario, el propósito del bofetón facial es inducir un susto, la sorpresa y/o la humillación". Y, al fin y al cabo, como se dice más adelante, "para que el dolor o sufrimiento se eleven al nivel de tortura, el estatuto requiere que sean severos".
Más consejos sobre como maltratar bien: "El confinamiento conlleva la colocación del individuo en un espacio reducido, cuyas dimensiones restrinjan la libertad de movimiento. El espacio reducido es, normalmente, oscuro. La duración del confinamiento dependerá de las medidas del contenedor. En los espacios confinados de mayor tamaño el individuo puede sentarse y levantarse. En los de menor tamaño, sólo puede sentarse. La reclusión en el espacio grande puede durar hasta 18 horas. El pequeño, no más de dos".
Aquellos memorandos de la tortura incluso llegaban a recomendar amenazas y extorsiones a la carta. Abu Zubaydah, por ejemplo, ahora preso en Guantánamo, tiene terror a los insectos. "Ustedes planean informar a Zubaydah de que van colocar un insecto punzante en su celda, pero en su lugar le van a colocar un insecto inofensivo, como una oruga. Si lo hacen, para asegurarse
[de que cumplen con la ley], deben informarle de que la punzada del insecto no produciría la muerte o un dolor severo". ¿Y sufriría excesivamente Zubaydah? "Una fobia no es una enfermedad mental", dice el informe. "No registra ninguna condición o problema mental preexistente que le haga propenso a sufrir enfermedades mentales prolongadas derivadas de los métodos de interrogación que ustedes proponen". Carta blanca.
Y todo por una misión, filtrada desde las altas esferas del poder, desde la misma Casa Blanca: defender a América. En justificación de aquellas técnicas salió el martes su padre ideológico, el ex vicepresidente Cheney. "Los documentos revelados el lunes demuestran claramente que los individuos sujetos a técnicas especiales de interrogación ofrecieron la mayor parte de datos de inteligencia de los que disponemos sobre Al Qaeda. Esos datos salvaron vidas y previnieron ataques terroristas. Esos detenidos, además, de acuerdo con los documentos, jugaron un papel en casi todas las capturas de miembros de Al Qaeda y sus asociados desde 2002". Y finaliza: "Aquella gente merece nuestra gratitud".
Por las filtraciones de la prensa nacional este mismo mes de agosto, se sabe que incluía dinero y entrenamiento para formar un equipo de agentes secretos capaz de liquidar a yihadistas de Al Qaeda por la vía rápida, matando a sus principales dirigentes, y que después de 2004 incluyó a mercenarios de la empresa privada Blackwater. Por aquel trabajo, Blackwater (ahora renombrada Xe Services) recibió "millones de dólares para entrenamiento y armamento", según publicó recientemente el diario The Washington Post.
Blackwater llegó a ser el mayor contratista de Washington en Irak, ingresando millones de dólares por misiones de seguridad privada y protección de miembros del cuerpo diplomático. El Departamento de Estado rescindió los contratos con la empresa a principios de este año, tras recibir informes que revelaban la existencia de un supuesto fraude en las facturas, algo que la empresa ha denegado en repetidas ocasiones. Previamente, el gobierno de Irak había expulsado a la empresa por la muerte de 17 civiles en una misión de protección de diplomáticos norteamericanos en Bagdad en 2007.
Panetta decidió cancelar fulminantemente el plan antiterrorista de la CIA en junio y acudió al Capitolio a informar de él a diversos representantes y senadores. "El director Panetta pensó que debía informar al Congreso, y así lo hizo, Además, sabía que el programa no había ofrecido resultados, así que lo acabó", dijo el portavoz de la CIA George Little el pasado jueves a Associated Press. "El director Panetta no le contó a ningún comité que la agencia hubiera mentido al Congreso o hubiera roto la ley".
Esta revelación le costó a Panetta un encontronazo con la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que afirmó públicamente en mayo que la CIA le había mentido a ella y a los demás legisladores. "La CIA sólo me informó una vez sobre los interrogatorios especiales, en septiembre de 2002, en mi calidad de miembro demócrata de mayor rango en el Comité de Inteligencia. Se me informó de que los asesoramientos legales del Departamento de Justicia habían llevado a la conclusión de que el uso de técnicas especiales de interrogación eran legales. La única mención sobre el ahogamiento fingido en aquellas sesiones fue para negar que se estuviera utilizando". De modo que, según la persona que ocupa el puesto de tercer rango en la sucesión de poder del país, la CIA mintió consciente y reiteradamente al Congreso.
Entonces, en mayo, Panetta hizo suyas por primera vez las heridas infligidas a la CIA por la anterior Administración, y se dispuso a curarlas con una defensa cerrada a su personal. Desmintió a Pelosi. Se enfrentó a los demócratas en el Congreso. Abrió una guerra en el partido. En un correo electrónico enviado a sus subordinados, Panetta dio garantías a los suyos el pasado 15 de mayo de que "la CIA nunca ha mentido al Congreso". Pronto, los hechos le desmintieron.
Días después se enteró de que estaba en vigencia el programa secreto para matar terroristas. Fue entonces cuando tuvo que acudir al Congreso a informar de él, forzosamente. A los dos días, en defensa de Pelosi, un grupo de demócratas de la Cámara de Representantes le envió una carta pidiéndole que se retractara de lo dicho en aquel correo electrónico enviado a sus subordinados. "Recientemente, usted testificó que tenía noción de que diversos oficiales de mando de la CIA han escondido actos de gran calado a todos los miembros del Congreso y han engañado a los congresistas durante diversos años, desde 2001 hasta esta semana", dijeron. "En vista de su testimonio, le pedimos que corrija públicamente su comunicado".
En ese estado, maltrecho, está la CIA. Herida por una Administración que la utilizó a su antojo para torturar y probar experimentos con los presos, los derechos humanos y la dignidad de las personas. Cheney defiende aquellos años truculentos. Desde que dejó el gobierno no se ha cansado de repetir que aquellos interrogatorios aportaron mucha información valiosa que salvó miles de vidas. Y refiere, una y otra vez, a los informes que van viendo la luz.
"La información extraída a los detenidos ha ayudado a identificar a terroristas", según el documento de 2004. "Por ejemplo, información de Abu Zubaydah ayudó a identificar a José Padilla y a Binyam Muhammed (que planeaban detonar una bomba sucia de uranio en Washington o Nueva York). Riduan Hambali Isomuddin proporcionó información que llevó al arresto de otros miembros de Al Qaeda antes no identificados en Karachi. Todos habían sido designados como pilotos para un ataque aéreo en EE UU".
En las páginas finales del informe, se relata todo un rosario de ataques terroristas frustrados, el misal de Dick Cheney para justificar la tortura: planes para el bombardeo del consulado norteamericano en Karachi; estrellar un avión en el aeropuerto de Heathrow, en Londres; descarrilar un tren y hacer explotar simultáneamente diversas gasolineras en EE UU; cortar los cables de suspensión de diversos puentes de Nueva York para derrumbarlos, y un ataque calcado al del 11 de septiembre de 2001 pero en Los Ángeles.
No ha habido un atentado en suelo americano desde 2001. Sobre las razones, hay ahora dos versiones en juego. Cheney y la anterior Administración asegurando que es así, en gran parte, gracias a la CIA. Eric Holder y los líderes de la mayoría demócrata en el Congreso, que opinan que hay razones que pueden sustentar el argumento de que el país es más seguro a pesar de la tortura de la CIA.
Obama ha evitado pronunciarse sobre este nuevo informe o sobre la reapertura de investigaciones de Holder. Pero le ha dado un golpe mortal a las actividades antiterroristas de la agencia. La semana pasada creó, a recomendación de una comisión que formó un día después de tomar posesión de su cargo, un nuevo equipo de élite que se encargará de interrogar a los terroristas detenidos.
El equipo estará compuesto por agentes de diversas agencias, pero estará albergado en la sede del FBI y dirigido por un agente de ese cuerpo de policía, dependiente del Departamento de Justicia. Lo supervisará directamente la presidencia, a través de Consejo de Seguridad Nacional, y se regirá únicamente por el Manual de Campo del Ejército, que prohíbe, a todos los efectos, la tortura. Obama quería cerrar un episodio, ciertamente oscuro, en la historia CIA. Esperaba, con ello, pacificar los ánimos en la sede de la agencia, después de años de confusión y graves errores. No contaba con que su propio fiscal general iba a considerar que las heridas del pasado son todavía demasiado profundas como para poder ignorarlas.
