
18 de septiembre de 2009
Ricardo Vicente López
(Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Deberíamos ahora poder estar en condiciones de comprender que el modelo de universo que nos enseñaron, y que se presentaba como el paradigma de la racionalidad científica, no era más que un sistema acorde con la proyección de la mentalidad moderna de sus comienzos (siglos XVII y XVIII).
La burguesía europea, que se iba haciendo cargo de la conducción del nuevo mundo, necesitaba un paradigma de conocimiento de la naturaleza, y del universo en su conjunto, que proyectara sobre el mundo humano la necesidad del orden, de la estabilidad y de la predictibilidad del futuro, para su evolución posterior continua y sostenible en el tiempo. El lema del positivismo enlazaba la idea de orden a la idea de progreso. Ese orden se oponía a la idea de todo cambio que hiciera tambalear las bases de la sociedad que ya se había impuesto. La aguda frase de la novela El Gatopardo: «Que algo cambie para que todo quede como está» expresaba con una maravillosa claridad qué se intentaba decir con progreso: una evolución controlada por el poder que no altere el orden dominante. El progresismo de la burguesía europea aceptaba toda modificación que no atentara contra la estructura fundamental de la sociedad establecida: el capitalismo. En esto la conciencia de clase media actual es una fiel heredera de esos valores.
La ciencia que comenzó a asomar en los albores del siglo XX rompió con el paradigma dominante. Al cuestionar la ciencia de esa cultura obligaba a rever todo lo dicho. «El desarrollo espectacular de la física del no-equilibrio, de los sistemas dinámicos inestables, asociados a la idea de caos, nos obligan a revisar la noción de tiempo que se formuló desde Galileo. Después de tres siglos, la física ha venido a encontrarse con el tema de la multiplicidad de los tiempos. La física de hoy no niega el tiempo; es más, reconoce el tiempo irreversible de las evoluciones hacia el equilibrio, el tiempo bifurcante de las evoluciones por inestabilidad y hasta el tiempo microscópico que manifiesta la indeterminación de las evoluciones físicas y microscópicas».
La física clásica asociaba el conocimiento científico a la idea de certidumbre. Partiendo de ciertas condiciones iniciales conocidas se garantizaba la previsibilidad del futuro, sostenida por la repetibilidad que había verificado el pasado. Éste es el gran secreto de la predicción científica: siendo los fenómenos causales y universales, una vez descubierto su mecanismo se puede afirmar cómo se comportarán en el futuro, puesto que repetirán su constante modo de ser. Con ello se alcanzaba la certidumbre. Todo el resto: la novedad, la elección, la libertad, la actividad espontánea, eran sólo apariencias relativas al punto de vista humano.
Sin embargo, hoy ya se acepta en el mundo científico que no se pueden prever con certeza los caminos que utiliza la naturaleza: lo inesperado se presenta constantemente cuando la mirada está preparada para percibirlo. «Las grandes leyes inmutables se rinden ante la evidencia de que pequeñas diferencias, fluctuaciones insignificantes pueden trastocar todo el sistema y abrir caminos hacia un nuevo régimen de funcionamiento. Al haber aceptado que lo que prima son los sistemas inestables las leyes de la naturaleza se tornan fundamentalmente probabilistas. Expresan lo que es posible, y no lo que es "cierto"». La predicción que podemos hacer del futuro es una mezcla de determinismo y probabilidades. «El futuro es incierto, más incierto aún de lo que hacía presagiar la mecánica cuántica tradicional con la relaciones de incertidumbre de Heisenberg» nos dice Prigogine. «El futuro no puede estar determinado porque está sometido al azar, a las fluctuaciones, a las bifurcaciones y amplificaciones. Se debe esperar la posibilidad de que los sistemas sigan rumbos imprevisibles, pierdan sus condiciones iniciales y no se puedan invertir ni recobrar». Entonces, este modo de mirar la naturaleza es un verdadero reconocimiento de sus posibilidades creativas, imprevisibles, novedosas, pues eso ha sido la evolución, que por ser creativa imposibilita la predicción certera.
Avancemos un poco más. Y para ello voy repetir una cita, que ya había utilizado antes, porque creo que ahora estamos en mejores condiciones de interpretarla. Pertenece al famoso físico-matemático inglés Stephen W. Hawking quien nos informa lo siguiente: «La ciencia parece haber descubierto un conjunto de leyes que, dentro de los límites establecidos por el principio de incertidumbre, nos dicen cómo evolucionará el universo en el tiempo si conocemos su estado en un momento cualquiera. Estas leyes pueden haber sido dictadas originalmente por Dios, pero parece que él ha dejado evolucionar al universo desde entonces de acuerdo con ellas, y que él ya no interviene. Pero ¿cómo eligió Dios el estado o la configuración inicial del universo? ¿Cuáles fueron las “condiciones de contorno” en el principio del tiempo?» (subrayados míos). Debo subrayar que quien dice esto es un ateo confeso. Estas preguntas han recorrido todo el siglo pasado y lo que va de éste sin hallar otra respuesta.
Hasta que la ofreció el físico alemán Max Planck (1858-1947), premio Nobel de física 1918. Éste descubrió una constante de difícil explicación (yo, al menos, no puedo) por la que se pudo determinar que todos los cálculos, mediante los cuales se descubrió el origen del universo, se enfrentaban a una ecuación sin solución. A esto se le llamó el Muro de Planck, que sostiene que llegado a un punto de la ecuación, que retrogradaba en el tiempo calculando la evolución del universo, no se podía avanzar más. Este momento correspondía a un tiempo definido como 10 segundos a la potencia - 43 (1 precedido por 43 ceros de segundo) posterior al gran estallido. Se podía definir matemáticamente todo el proceso posterior, pero ese menos que un segundo, tiempo infinitesimal, se planta como una barrera para el cálculo y no pudo ser rebasado. Todo lo que quedó antes de esa porción de segundo se presentaba como un muro para el conocimiento humano.
Sigamos con Hawking: «¿Por qué es el universo como lo vemos? La respuesta es, entonces, simple: si hubiese sido diferente, ¡nosotros no estaríamos aquí!... El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida... Esto puede tomarse o bien como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia, o bien como sostén del principio antrópico fuerte» (subrayados míos). Lo que intento rescatar ahora es la apertura mental para que este fenómeno, el origen del cosmos, pueda ser interpretado desde diferentes ópticas. No aparece una cerrazón dogmática que niega toda otra posibilidad de comprensión. Cuando hace referencia al principio de incertidumbre, poco después, comenta: «El principio de incertidumbre tiene profundas implicaciones sobre el modo que tenemos de ver el mundo. Incluso más de cincuenta años después, éstas no han sido totalmente apreciadas por muchos filósofos, y aún son objeto de mucha controversia».
Quiero, además, subrayar un segundo aspecto. Repárese en el significado de esta frase: «El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida». ¿Qué nos está diciendo con “ajustados sutilmente”? Veamos. Nuestro científico presenta como excepcionales las condiciones iniciales del universo. Si es así es porque no responden a ninguna causa previa conocida, es una novedad, un fenómeno imprevisible de la materia cósmica. Hawking la denomina una singularidad. Este concepto lo utilizó en su tesis doctoral sobre el tema de los agujeros negros a los que definió así. Es decir, escapa a toda ley que pueda explicar el fenómeno. ¿Cuál es esa singularidad que presenta ese inicio del proceso? La describe con estas palabras: «¿Por qué comenzó el universo con una velocidad crítica de expansión tan próxima a la velocidad crítica, que separa los modelos que se colapsan de nuevo de aquellos que se expansionan indefinidamente, de modo que incluso ahora, diez mil millones de años después, está todavía expandiéndose aproximadamente a la velocidad crítica? Si la velocidad de expansión de un segundo después del big-bang hubiese sido menor, incluso en una parte en cien mil billones, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que hubiese alcanzado nunca su tamaño actual».
Sigamos con el análisis de este tema, tal como nos lo ofrece Hawking. Y debo decir, como experiencia personal, que la lectura de estas explicaciones me suena tan cercanas a las de algunos teólogos exponiendo argumentaciones sobre el misterio de Dios. Percibo un terreno muy similar y modos de pensamiento muy cercanos. Repásese si no lo expuesto en la nota anterior e inténtese alguna comparación. El académico francés Jean Guitton (1901-1999) se pregunta, ante problemas como éstos, «¿Por qué hay algo más bien que nada? ¿Por qué apareció el universo? Ninguna ley física deducida de la observación permite responder a esas preguntas». Sin embargo esa misma observación posibilita la descripción del proceso evolutivo del universo, tal como ya hemos visto. Permite sostener que una cantidad de materia (o lo que fuera ese momento originario) que algunos científicos comparan con una pelota de tenis dio lugar al universo que conocemos después de 15.000 millones de años aproximadamente. Entonces esta explicación, que puede parecernos científicamente tan clara, cuando nos detenemos a analizarlas desde nuestra limitada capacidad mental, frente a la de los grandes matemáticos y físicos, ¿suena tan diferente al «Hágase la luz»? ¿No debemos reconocer un gran prejuicio en aceptar un modo de describir y no el otro? Sobre todo cuando no entendemos ninguna de los dos.
No quiero ser cargoso, pero adviértase en la cita anterior de Hawking como nos explica la singularidad que ha hecho posible el universo actual. Una variación de la velocidad crítica dice hubiera imposibilitado su existencia actual. ¿Cuál es el nivel de tolerancia a las variaciones? Si «hubiese sido menor, incluso en una parte en cien mil billones, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que hubiese alcanzado nunca su tamaño actual». No es necesario detenerse a pensar en esa infinitesimal fracción de tiempo porque nuestra mente no lo puede tolerar, es impensable. Pues bien, nuestro universo no sólo se inició sobre una inestabilidad tan crítica, sino que todavía hoy se mantiene dentro del mismo excepcional régimen. No quiero aparecer como irrespetuoso con respecto a científicos extraordinarios, premios Nobel la mayoría de ellos, que han hecho aportes prodigiosos para arrojar algo de luz sobre tan fantástico acontecimiento como ha sido el origen del universo, pero uno podría decir, con un tono irónico pero respetuoso, ¿Qué diferencia hay con los sabios bizantinos que discutían la cantidad de ángeles que podían caber en la cabeza de un alfiler? No se entienda que estoy menospreciando los conocimientos científicos. Digo que, para seres como nosotros tan alejados de la formación científica de los autores citados, la distancia entre un tipo de afirmaciones y otro se nos hace difícil de apreciar.
Entonces, ¿por qué se puede sostener con tanta certeza la verdad de unos y la ignorancia de otros? Debo volver a insistir en la fuerza poderosa de los paradigmas dominantes y la subordinación cultural que se exhibe frente a ellos. Por ejemplo, se puede citar con aires de saber de qué se trata una teoría científica como las que hemos estado viendo (entendiendo bastante poco de que se trata) y denigrar las especulaciones teológicas que tampoco se entienden si no se estudian detenidamente. Mi punto entonces es señalar cuánto prejuicio sobrevuela culturalmente que queda oculto por una certeza sin el debido fundamento. La fe no desapareció en la modernidad, sólo se corrió de objeto al que se dedicó.
Pasemos ahora a otro problema de características similares a las que hemos analizado. Si el origen del universo está sumido en una nebulosa, hasta hoy, que no permitió una explicación convincente (digo el origen no su existencia posterior sobre la cual quedan pocas dudas) otra situación parecida se da con la aparición del hombre. Volvamos entonces a la cita ya utilizada de Hawking: «El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida... Esto puede tomarse o bien como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia, o bien como sostén del principio antrópico fuerte» (subrayados míos). Nos habíamos detenido en el “ajuste sutil”, pasemos ahora a analizar cuál era el propósito de tal sutileza que aparece en la continuación de la frase: «para hacer posible el desarrollo de la vida». ¿Qué debemos entender? Arriesgo una respuesta: «En el cálculo de la velocidad de expansión, tan sutil que el menor error hubiera abortado todo el proceso, hacia una masa nebulosa o hacia la contracción inicial de la materia, estaba presente la idea [¿idea?] de desarrollar la posibilidad de la vida en un planeta diminuto, casi una piedrita dentro de la inconmensurablidad del universo».
Creo estar oyendo las críticas de lectores atentos y cultos ante tal afirmación. Pero sugiero que se lea detenidamente lo que dice el investigador, yo sólo interpreto. Pero debemos seguir leyendo, puesto que agrega: «como sostén del principio antrópico fuerte». Pero ¿qué es el principio antrópico? Transcribo la explicación de Hawking: «Como se explicó anteriormente, para llegar a donde estamos tuvo que formarse primero una generación previa de estrellas. Estas estrellas convirtieron una parte del hidrógeno y del helio originales en elementos como carbono y oxígeno, a partir de los cuales estamos hechos nosotros. Las estrellas explotaron luego como supernovas, y sus despojos formaron otras estrellas y planetas, entre ellos los de nuestro sistema solar, que tiene alrededor de cinco mil millones de años. Los primeros mil o dos mil millones de años de la existencia de la Tierra fueron demasiado calientes para el desarrollo de cualquier estructura complicada. Los aproximadamente tres mil millones restantes han estado dedicados al lento proceso de la evolución biológica, que ha conducido desde los organismos más simples hasta seres que son capaces de medir el tiempo transcurrido desde el big-bang».
Bien, ¿qué es lo sorprendente de este proceso? Parece que suena como un encadenamiento de fenómenos, casuales o causales, que se fueron desarrollando por combinaciones de los diferentes elementos que conforman la materia cósmica. «El hecho notable es que los valores de esas cantidades parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida. Por ejemplo, si la carga eléctrica del electrón hubiese sido sólo ligeramente diferente, las estrellas, o habrían sido incapaces de quemar el hidrógeno y el helio, o, por el contrario, no habrían explotado… parece evidente que hay relativamente pocas gamas de valores para las cantidades que permitirían el desarrollo de cualquier forma de vida inteligente. La mayor parte de los conjuntos de valores darían lugar a universos que, aunque podrían ser muy hermosos, no podrían contener a nadie capaz de maravillarse de esa belleza» (subrayados míos). Terminemos de escandalizarnos: «Por el contrario, si el estado inicial del universo tuvo que ser elegido con extremo cuidado para conducir a una situación como la que vemos a nuestro alrededor, sería improbable que el universo contuviese alguna región en la que apareciese la vida» (subrayados míos). Creo que está claro, menos mal que es nada menos que Stephen Hawking quien lo dice.
Basado en las comprobaciones a que ha arribado la física cosmológica de hoy, tal como las que hemos leído, el profesor de la Universidad de Lovaina, Georges de Schrijver, concluye: «En otras palabras, vivimos en un universo muy especial, en el que son posibles la vida y la inteligencia. Así, buscamos los pasos que permiten, en la evolución del universo, el hecho de nuestra existencia. Esto no refleja necesariamente una perspectiva antropocéntrica. Más bien subraya la necesidad que tenemos de darnos cuenta de que pertenecemos a un cosmos que tiene el poder de “generarnos”. Existe una profunda conexión entre el modo en que la materia llegó a procesarse en el cosmos y nuestra vida inteligente basada en el carbono». Lo que he pretendido demostrar con lo expuesto es que no hay un abismo entre la ciencia y otros modos del saber, como la teología, sino que se está frente a un campo de conocimiento en el cual no hay fronteras claras que separen un modo del otro.
Ver también:
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte VIII)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte VII)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte VI)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte V)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte IV)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte III)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte II)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)
martes, 22 de septiembre de 2009
¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte IX)
jueves, 23 de julio de 2009
Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte IV)

Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Quiero decir con lo que llevamos hasta acá, que la creencia de una gran parte de la gente sobre qué es el saber científico luce de tal modo que lo convierte en un saber casi perfecto, inconmovible, omnipotente, insustituible en la interpretación general del mundo, que desvaloriza a los otros modos del saber.
Poder comprender que la vigencia de muchas teorías se mantiene mientras no sean refutadas, relativizaría en el saber popular su validez absoluta, pero éste tiene poco acceso a estas variaciones y novedades. Por ello, la ideología del cientificismo los presenta como el saber por excelencia y arroja a las otras formas al desván de los trastos viejos. La enseñanza, en los niveles primario y secundario, que configura la plataforma de muchos saberes de la gente a lo largo de la vida, pese a la publicitación de documentales que hacen algunos medios, está sostenida por esa ideología en la que se basa el saber no profesionalizado. Entonces, insisto, la estrecha relación que se ha dado desde sus comienzos entre la cultura moderna y la ciencia es lo que avala lo dicho. Un historiador e investigador de la talla del estadounidense Immanuel Wallerstein sostiene: «Hace mucho que se aceptó la idea de que el ascenso de la ciencia moderna y el del sistema mundial moderno eran fenómenos coordinados y estrechamente ligados. La ciencia, tal como la hemos conocido, es la expresión intelectual por excelencia de la “modernidad”». Esta lógica, que creó la mentalidad moderna, es el marco a partir del cual se disparan las críticas que recibe un pensamiento que se aleja tanto de ella como es el tema de Dios.
Por ello aquellas disciplinas que no comparten esa lógica quedan en un nivel inferior y son poco apreciadas. Este proceso de la conciencia moderna da lugar a dos posibilidades de enfrentar el tema divino: los que se aferran a las explicaciones mágicas de los diversos catecismos se conforman con las respuestas de la ortodoxia dominante, y, aquellos que tienen una mayor exigencia de racionalidad acorde a los postulados de la modernidad, son los que exigen pruebas imposibles y se aproximan al grave riesgo de caer en el escepticismo. Salir al cruce de esta falsa alternativa es lo que voy intentando en estas notas, para ayuda de aquellos que todavía se mantienen con ciertas expectativas de encontrar otro camino superador. Esta tarea me impone seguir los meandros que elijo para llegar mejor equipados a una comprensión más satisfactoria y, para ello, recurriré a personalidades académicas de prestigio internacional. La necesidad es tal que nuestro historiador afirma: «Tal vez debamos recuperar aquella parte de la tradición aristotélica dedicada a la búsqueda de las causas finales. Puede que incluso tengamos que admitir que existe un conocimiento distinto y anterior al conocimiento científico. La ciencia tal como la conocemos es una invención de nuestro mundo moderno».
En consonancia con lo expresado, y desde la acera opuesta las palabras de González Faus vienen a cuento de la necesidad de abrirse a otros modos del conocimiento: «Los hombres del siglo XX, deslumbrados por la eficacia dominadora de las ciencias, creyeron que podrían apresar el misterio del hombre reduciéndolo a un problema. Con ello, el misterio dejó de ser efectivamente misterio, pero, a la larga, el hombre iba dejando de ser hombre. Y la tierra fue dejando de ser casa, y la vida fue dejando de ser vida. Pero todo esto era también obra del hombre». El teólogo alemán Johan Baptist Metz agrega: «El así llamado “hombre actual”, es decir, el hombre de nuestro mundo burgués tardío, tensionado entre desesperación y compromiso, apatía y amor mezquino, entre autoafirmación sin contemplaciones y solidaridad débilmente desarrollada, desorientado y más inseguro de sí que hace algunas generaciones, al punto que no quisiera ser su propio descendiente» es este hombre el que, aunque no tenga plena conciencia de ello, requiere una comprensión más profunda de sí y las ciencias no se la ofrece, porque no puede.
Volvamos a González Faus: «Trascendencia e inmanencia, distancia y cercanía, escondimiento y contacto, van manteniéndose así inseparablemente ligados en todos los desarrollos que aluden a la presencia de Dios en el mundo y a la relación del hombre con él». Porque se comienza a comprender lo que quiso expresar Atahualpa Yupanqui al decir: «Dios es aquello que sólo el silencio nombra». Pero si esta definición pudiera ser aceptada por el creyente que va tras la búsqueda del encuentro con Dios, no da respuesta para aquel que se siente sólo y abandonado de la “mano de Dios”. Por tal razón, por la necesidad de abrir vías más cercanas de acceso, otro teólogo, Urs von Balthasar (1905-1988) criticaba con estas palabras a muchos teólogos que no ofrecen esas respuestas posibles: «Representantes de una cobardía que es pasar de largo ante toda la angustia y el extravío de la época, sordos a sus llamadas quejosas, para seguir desarrollando una teología de sonriente serenidad, desprendida del presente». Entonces, la teología es el estudio del hombre «que consiste no tanto en mirar a Dios cuanto en mirar el mundo con la mirada de Dios». Esto puede sonar a palabrería vacua, lo que se propone decir es que el intento de aproximarse a Dios no logra su apresamiento, sino que es una experiencia que percibe la transparencia de las cosas al ser vistas con otra mirada.
La cita de Yupanqui, de claro origen oriental, coloca el acento en la imposibilidad de hablar de Dios y esta imposibilidad radica en el concepto misterio, es decir aquello que es imposible conocer. Pero, la cultura moderna (perdón por las reiteradas veces que vuelvo a ella, pero es la referencia obligada), alucinada por los grandes avances de la ciencia en el terreno de la física, creyó poder descartar la posibilidad de una dimensión vedada al conocimiento humano, convencida y amparada en la máxima galileana que reza: «todo lo que se pueda conocerse debe conocerse, todo lo que pueda producirse debe producirse», dejando lo que no se lograse hoy al seguro develamiento posterior. Esta operación de la conciencia logró expulsar la fe como modo de conocimiento, pero la terrenalizó en su dimensión temporal hacia un futuro que no quedaba demostrado racionalmente como certeza de conocimiento. La fe vertical y teológica quedó convertida en fe científica, pero fe al fin. Y en última instancia, si persistiera el misterio, se debería a un problema mal planteado o inexistente como tal. Este clima de certezas soliviantó la conciencia de los hombres a partir del Renacimiento y llegó a su máxima expresión en los ilustrados del siglo XVIII.
Si la tradición oriental, probablemente el budismo como uno de sus modelos más cercanos a remitirse al silencio de Dios, entendió y aceptó esa imposibilidad de decir algo acerca de ese misterio, la tradición judeo-cristiana lo planteó de otro modo reconociéndole al humano, imagen y semejanza, la capacidad de desentrañar parte de ese misterio. Por lo menos, intentar una interpretación de él, tomando como referencia ciertas manifestaciones, iluminaciones, aperturas de la conciencia humana, que los rabinos entendieron como una revelación, como ya dije anteriormente y remito a ello. La tradición oriental ha mantenido un gran desprecio por la vida terrena y una sobrevaloración de una vida posterior, se manifieste de cualquier manera que sea según las diversas corrientes religiosas. A diferencia de esta, los hebreos valorizaron mucho la vida terrena y dentro de ella su forma privilegiada: la humana. El hombre había sido el fin de toda la creación y la obra cumbre. Esta primacía, que no se encuentra en la cultura helena tal vez por su origen ario, abría el campo de la reflexión sobre el tema del hombre, diríamos hoy con lenguaje moderno a una antropología, disciplina de origen y cultivo occidental heredada de la vertiente semita. El tema del hombre y de la vida en la tierra como legado de Dios otorgó a este pensamiento un papel central en la sabiduría. Cabe agregar que el humanismo renacentista es hijo directo de esta concepción judeo-cristiana, fue por ello esencialmente un humanismo cristiano, que no se ha podido encontrar en otras culturas de la época, ni anteriores a ella .
Sin embargo, la dificultad que encierra el tratamiento del tema Dios no escapa a la conciencia de nuestros mejores teólogos, sobretodo el problema del lenguaje humano y sus limitaciones, lo que lleva González Faus a decir: «podemos añadir tranquilamente que, por supuesto, la mente humana no puede pensar ni hablar de Dios más que categorizándolo. Los hombres no podemos superar esta limitación, pero al menos podemos ser conscientes de ella y detectarla cuando actúa». Esta toma de conciencia debe funcionar como una advertencia respecto a no excederse en lo que se dice. Si se recuerda la afirmación de este teólogo, respecto al conocimiento exagerado de otros, se entenderá mejor lo afirmado.
Por lo dicho hasta ahora partamos de la afirmación de González Faus: «Yo vengo de una cultura que tiene más preguntas que respuestas. Sólo tomando en serio esas preguntas tiene sentido la esperanza, porque para las preguntas para andar por casa basta con el optimismo de la razón. Y eso ya sabemos a dónde nos lleva». Nos está empujando a hacernos cargo del menosprecio de la modernidad respecto de muchas de las preguntas que fueron tiradas al cesto de la basura por inútiles, sin sentido, inservibles, improductivas, infecundas, y, por todas estas razones, abandonadas. Pero la conciencia humana guarda en lo profundo exigencias de modos de comprensión más abarcadores que la linealidad de la razón científica. La filosofía y la teología, digo una vez más, se hicieron cargo durante siglos de la búsqueda de respuestas posibles que tranquilizaran esa conciencia, y las respuestas encontradas, con todas sus limitaciones, obraron como un bálsamo. Entonces, el avance arrollador de la ciencia impuso un solo modo de responder y éste no podía hacerse cargo de esas preguntas. Por eso dice nuestro teólogo «Y eso ya sabemos a dónde nos lleva», sobre esto ya algo quedó dicho.
Volvemos a encontrarnos con la tarea que desarrollan los que intentan dar esas respuestas hoy desde la ortodoxia dogmatizada, en gran parte de los casos, para las que se hace necesario los esfuerzos sobrehumanos para aceptarlas. Entonces, ese hombre de hoy que sigue preguntando debe acallar la conciencia ante la experiencia de una ortodoxia vetusta, que sigue hablando sin darse cuenta que ya llegamos a los comienzos del siglo XXI, y que los argumentos medievales carecen de sustentabilidad y que la magia es poco creíble. Siento que toda esa gente está desamparada en su búsqueda de una trascendencia que no se estrelle contra el avance de la ciencia, ni deba cobijarse en un pasado fundamentalista. Es necesario que la fe se desentienda de ambas cargas y enfrente desde su profunda sabiduría un modo distinto de creer mucho más humano. Debemos tomar como punto de partida una doble intromisión que González Faus la plantea así: «Si los teólogos habían querido absorber el campo de decisión científica, los científicos invadieron muchas veces el campo no sólo de la teología, sino de la filosofía, al erigir la ciencia en única forma de conocimiento y única posibilidad de afirmación para el hombre». Es decir, si durante siglos la Biblia fue la única explicación aceptada sobre el funcionamiento del cosmos y de la naturaleza, los últimos siglos la ciencia intentó ser la única explicación del mundo de lo meta-físico (de lo que está meta=más allá; físico=mundo material). Ambos excesos nos han dejado ante la profunda duda de qué debemos aceptar y creer. Optar por una de las dos posibilidades, como únicas posibles, es la razón de la encrucijada en que se encuentra el hombre de hoy.
Superar esa dicotomía nos exige comprender y aceptar la dificultad que señala nuestro teólogo: «El drama de la teología es que a la fe le interesa lo meta-físico, pero este campo de interés no puede expresarse sino con lenguajes físicos. Y el drama de la ciencia es que a ella le interesa lo físico, pero este campo de interés no puede expresarse sino con implicancias metafísicas». Veremos más adelante como la ciencia física ha llegado a un límite en el que el lenguaje clásico no le alcanza para hablar de lo que va descubriendo, pero otro tanto le ocurre al lenguaje teológico. Entonces, me parece oportuno recurrir a la siguiente reflexión que nos ofrece el sacerdote español, Enrique Martínez Lozano, psicólogo y teólogo: «Hemos llegado, pues, al punto decisivo, para éste y para otros tantos asuntos. Y, a mi modo de ver, la solución pasa por abandonar la arrogante pretensión de poseer la verdad absoluta, para percibirnos todos como buscadores de la misma. ¿Esto provoca inseguridad? Sólo a quien se aferra a una seguridad cerebral. Pero, por otro lado, ¿no es necesariamente insegura la condición humana? Bajemos de los púlpitos, para empezar a descubrir que la verdad no es algo que se tiene en la cabeza -en fórmulas aprendidas y en dogmas repetidos- sino algo que se vive en un comportamiento humano de calidad». Lenguaje llamativo pero que apunta hacia una salida posible de esta discusión que se ha quedado encerrada en los moldes del siglo XVIII francés, el de los Iluministas.
Sigue nuestro pensador: «Si lo que ocurrió con la Modernidad fue que todo lo espiritual fue reprimido, la salida pasa por la des- represión. La Modernidad lo reprimió porque el nivel mítico de Dios era terrible y el daño provocado por la Iglesia en nombre de ese Dios, espantoso; la Ilustración lo rechazó. “Recordad las crueldades”, era el lema de Voltaire. El error grave de la Modernidad consistió en que identificó todo lo religioso con aquella divinidad mítica institucionalizada en la Iglesia medieval. Ello condujo a una descalificación de lo espiritual y, consiguientemente, a un tremendo empobrecimiento de lo humano». Debemos reparar en estas palabras, volverlas a leer para recuperar una sana crítica a las verdades en las que quedaron encerradas tanto la defensa del nuevo paradigma de la modernidad frente a la defensa cerril de una iglesia que se negaba a ver el nuevo camino que se abría para el hombre.
Creo que hemos llegado a un punto de nuestro recorrido en el que se nos torna imprescindible hablar de un concepto que se puso de moda a fines de los sesenta con el libro de Thomas S. Kuhn (1922-1996), destacado epistemólogo estadounidense, quien sostuvo la necesidad de analizar toda respuesta científica dentro del paradigma dentro del cual fue formulada. Un paradigma puede ser definido como una especie de teoría general que, por su amplitud, cobija dentro de sí una gran parte de los fenómenos conocidos y puede proporcionar respuestas útiles dentro del contexto en el que son formuladas. Funciona como una especie de filtro a través del cual se seleccionan los datos que aparecen como coherentes para comprender una realidad, aquella que queda configurada por ese paradigma. Ya vimos como el famoso giro copernicano significó toda una reestructuración del saber cosmológico y alteró el marco de verdades válidas hasta entonces. Otro tanto sucedió siglos después con la teoría cuántica y su principio de incertidumbre del físico alemán Werner Karl Heisenberg (1901-1976).
Pero, en un sentido más abarcador, podemos utilizar este concepto para comprender los diferentes modos con los cuales la conciencia humana dio respuestas a sus interrogantes a lo largo de la historia humana. Una cultura, en el sentido más amplio, es un paradigma, es decir es un marco conceptual que nos brinda respuestas aceptables para cada época a las preguntas de los hombres de esas etapas de la evolución. Esto nos está advirtiendo, entonces, acera de que lo que entendemos por verdad es una aproximación histórica (situada en un tiempo y en un espacio geográfico) necesaria y aceptable para el nivel de los conocimientos de esa cultura. Esto significa que la verdad es siempre relativa (no confundir con el relativismo) a la situación histórica dentro de la cual se plantea la pregunta y se encuentra la respuesta. La historia nos da abundante material para comprobar lo dicho. Esa es la razón que debemos tener en cuenta cuando sostenemos nuestra verdad, que es, por lo tanto, relativa en varios niveles: lo es en cuanto a mi biografía personal, a la cultura a la que pertenezco, a la historia dentro de la cual se ha desarrollado esa cultura. Nosotros nacemos en una situación que no depende de nuestra voluntad y que, a partir de nuestro nacimiento, funciona como marco de referencia de los valores y perspectivas que tendremos como límites de nuestro pensar y saber. Cuantos más seamos conscientes de esta limitación, más libres seremos puesto que ignorar estas limitaciones nos empuja hacia un fundamentalismo insano. El sabernos limitados nos impone la necesidad de ser humildes, pero al mismo tiempo críticos a nuestros saberes y creencias. Todo saber, para todos los humanos, funciona sostenido por un cimiento de pre-supuestos que son culturales, históricos, que de no ser detectados impiden comprender el contenido de relatividad que contienen.
Ver también:
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte III)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte II)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)
domingo, 14 de junio de 2009
Cree usted en el bigbang sí o no? (Parte I)

Ricardo Vicente López
«Me preguntan si creo en el big-bang y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no. Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde.
La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro si o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el big-bang por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido». Me he tomado el atrevimiento de parafrasear el argumento del Sr. Jorge Majfud (ARGENPRESS CULTURAL 6-6-2009) que tiene muchísima razón cuando se opone a someterse a una pregunta tan ambigua sobre la existencia de Dios que esconde varias discusiones por detrás. «Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios. La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía».
No cabe, para mí, otra posibilidad que estar de acuerdo sobre esta inquietud. Puesto que la pregunta por la creencia en uno o varios dioses debe ir acompañada por la aclaración de a qué dios o dioses está haciendo referencia. Y al decir esto no estoy admitiendo que haya más de un dios, sino que la representación que los hombres de las distintas épocas y culturas se han hecho de él o de ellos difiere notablemente. Más aún, si nos detenemos en el estudio acerca de cómo se fue produciendo esa representación podremos comprender que se ha ido dando una evolución, una depuración, una sublimación, en la aproximación hacia una “verdad” muy difícil de obtener. Y podría tomarse como un logro de tantos esfuerzos el que en las culturas más desarrolladas, aquellas que se han denominado, con una palabra espinosa civilizadas, hoy no se habla ya de la existencia de dioses, sino de un Dios. El monoteísmo se ha impuesto y así ha sido aceptado en general. Debo agregar que no se trata de un tema de investigación fácil puesto que nos estamos enfrentando a un misterio. Por ello todo lo que se diga sobre el tema tiene tan solo el valor de una aproximación siempre esquiva. Digo antes que si la palabra misterio molesta ¿qué debe decirse del Muro de Max Planck con su extraña fórmula de 10 segundos a la -43 como barrera que no permite explicar nada antes de la explosión (big-bang)?
Vuelvo a la comparación que se desprende de mi propuesta comparativa. Entonces, con la misma autoridad se podría decir ¿Cuál teoría del big-bang? ¿La de cuál de los tantos físicos, cosmólogos y demás investigadores que han ofrecido algunas explicaciones sobre el tema? Esas preguntas tan simples pretenden obtener una respuesta igual de simple para un problema muy complejo. Sin embargo, mi comparación adolece, a primera vista, de una falencia. El tema del origen del universo está colocado en la órbita de las ciencias físico-matemáticas por lo que su investigación debe atenerse a prescripciones epistemológicas bien precisas. A pesar de ello las diferentes propuestas explicativas no logran satisfacer a toda la comunidad de científicos dedicados a este tipo de investigación. Lo que ha quedado aceptado es la existencia de una explosión originaria y la posterior expansión de la materia, lo que no logra acuerdo es la explicación sobre la causa de dicha explosión que habría sucedido hace unos 15.000.000.000 de años atrás, aproximadamente. Y al decir esto intento mostrar que en un terreno como el de la, tal vez, más sofisticadas de las ciencias, la física tenemos problemas similares respecto a encontrar una definición clara y distinta que no presente posibilidad de dudas. Y estas dificultades se tornan mucho más abstrusas cuando intentamos introducirnos en el campo de la física cuántica, en el que hay muchísimas más preguntas que respuestas aceptadas. Entonces ¿por qué pedírselo al concepto Dios?
El Sr. Majfud hace un sincero intento de tener algo de fe: «Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios». Por supuesto, sería lastimoso conformarse con un dios cualquiera, esto estaría muy cerca del fetichismo, y la inteligencia de nuestro articulista no lo merece. El problema radica en cuál es el tipo de indagación que abre esta petición y cuál es la lógica en la que deben sustentarse las investigaciones necesarias. Pues bien, desde muy antiguo unos hombres que se preguntaron cosas similares han ido perfilando una ciencia que evolucionó mucho a lo largo de más dos mil quinientos años que se denominó Teología. Debe entenderse por su etimología que se trata de un discurso, de una lógica (logos) sobre el problema de Dios (teo). Y a falta de una mejor es la que tenemos y que en su largo recorrido cultural ha desembocado en tierra americana en la Teología de la liberación. Si la respuesta ante esta oferta es la negación de acreditarle a esta disciplina la calidad de ciencia debo atenerme a la misma posición que él ha adoptado: «Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde».
Como dice el refrán: «quien calla otorga» lo que me permite seguir con estas elucubraciones. Para avanzar me voy a permitir una primera crítica: sus argumentos pecan de deshistorizar las diversas manifestaciones de los hombres de diferentes épocas respecto de sus creencias. «No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras». Parto de un primer acuerdo: yo tampoco puedo creer en semejante dios, pero ese modo de entender qué quiere Dios corresponde al Antiguo Testamento y a una etapa de la historia del pueblo hebreo que debemos ubicar antes del siglos X, cuya escritura comenzó alrededor del VIII a. C., cuando comenzaron a escribirse parte de los mitos que se habían narrado oralmente de una generación a otra a través de siglos. En su asentamiento en la Palestina, después de haber sido nómades mucho tiempo, encontraron justificación en un dios que les aseguraba la victoria sobre los canaaneos, posiblemente en siglo XIII a. C. Esta primera etapa se la conoció como la Confederación de las Doce Tribus. En una etapa posterior, con la aparición de la monarquía de Salomón se consolidó la división en clases y una jerarquía monárquica se hizo del poder, acentuó las diferencias, conquistó a pueblos vecinos que sometió a esclavitud. Una sociedad de clases, requería también una justificación divina para garantizar su poder. Nos lo ha advertido Carlos Marx, un judío que había estudiado mucho la tradición hebrea, que «Las ideas dominantes de una época son las ideas de las clases dominantes» y así deben ser leídos los textos de esa etapa.
«Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito». Debo corregirle porque está colocando en una misma aseveración siglos de historia, nuevamente deshistoriza: el Génesis dice que creo a los hombres y a las mujeres iguales y les otorgó el dominio de la Tierra a todos por igual. La sociedad de clases aparece mucho después en este relato mítico con la alegoría de Caín y Abel, el enfrentamiento entre los pueblos agricultores (Caín) y los pueblos todavía nómades y pastores (Abel) . Pero la historia del relato no afirma que eso fue querido por Dios, por ello la interpelación a Caín, sino que se llegó a eso como resultado de la “desobediencia” al plan divino que ofrecía (no le imponía) al hombre construirse a imagen y semejanza, es lo que se relata en el mal llamado “pecado original” . Es el hombre tentado por la soberbia el que erró (desobedeció) el camino propuesto por Dios, según lo que la tradición cuenta. La universalidad de su amor infinito recién aparece en el predicador de la Palestina Jesús de Nazaret, diez siglos después de estas historias. Se puede encontrar, entonces en Jesús una afirmación que responde a la pregunta que ronda en esta nota: «Dios es amor». Y en sus parábolas aparece la igualdad de los hombres, incluyendo a las mujeres, prédicas realizadas en medio de una sociedad imperial, patriarcal, machista y esclavista.
Debo disentir una vez más con su pregunta: «¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales». El Sr. Majfud cae en una confusión que coloca en «un mismo lodo todos manoseados» a Dios y a quienes se levantan como sus predicadores atribuyendo a Dios “lo que dicen en su nombre”. Me podrá contestar que él se lleva por lo que les oye decir a estos últimos, pues bien quéjese ante ellos pero no meta en la misma bolsa un tema tan sensible para mucha gente. Puesto que una cosa es la Teología, que como toda ciencia requiere la especialización de los estudiosos, y otra la “berretería parlanchina” de tanto “mercachifle de las religiones”. Si se tomara el trabajo de leer a teólogos de alto respeto y consideración académica como Enrique Dussel, Leonardo Boff, Andrés Torres Queiruga, José Ignacio Gonzáles Faus, para nombrar sólo a algunos que se presentan a mi memoria en este momento, podría escribir con una base más sólida y no caer en tanta confusión, que esparce entre sus lectores. No hay ninguna exigencia en ser creyente, pero no menosprecie a quienes lo somos y para sostener esa fe leemos, estudiamos y nos debatimos en un mar de preguntas y dudas.
