martes, 11 de mayo de 2010
sábado, 24 de abril de 2010
Expulsión masiva del siglo XXI

24-04-2010
Nasim Ahmed
Palestinian Telegraph
Traducción para Rebelión de Loles Oliván
Sobre la Orden de Israel en relación con la prevención de la infiltración (enmienda nº 2) y la Orden sobre Disposiciones de seguridad (enmienda nº 112) aprobadas el pasado martes, 13 de abril de 2010.
Tras el eufemismo “prevención de la infiltración” se esconde una terrible realidad que los responsables israelíes tratan desesperadamente de ocultar. Esta simple realidad ha sido cardinal a lo largo de la existencia de Israel y lo sigue siendo. Se trata de una realidad que conecta la limpieza étnica de los palestinos en 1948 y las recientes órdenes militares que darían lugar a la expulsión forzosa de miles de palestinos. Es la realidad de que Israel se fundó sobre la política del traslado sistemático de población con la que ha seguido comprometido desde su creación.
Este simple hecho es un resultado natural de la ideología esencial de Israel: “redimir la tierra con la menor cantidad posible de población indígena”. Desde sus inicios, esta ideología esencial se ha aplicado eficazmente a través de métodos modernos de traslado de población y de apropiación de la tierra. Ello explica por qué, aun cuando cambien la retórica y la política, la expulsión y la desposesión se mantienen a través de diversos métodos.
Su estrategia comenzó con la negación absoluta de los palestinos como pueblo. Desde entonces y durante muchas décadas, Israel ha desarrollado y perfeccionado políticas para dispersar, encarcelar y empobrecer al pueblo palestino, en un esfuerzo incesante para destruirlos como nación. Ha industrializado la miseria palestina mediante sistemas cada vez más sofisticados de toques de queda, puestos de control, muros, permisos y apropiaciones de tierras. Ha transformado Cisjordania y Gaza en un laboratorio de pruebas sobre la infraestructura del confinamiento, la firmeza y el límite de la desesperación humana.
A lo largo de la historia de Israel rara vez se ha perdido una oportunidad de poner en práctica el núcleo principal de la política de traslado de población y ha seguido sin descanso el mismo rumbo mediante sus muchas guerras, mediante la colonización progresiva en la forma de construcción de asentamientos, a través de un régimen que combina ocupación, apartheid y colonización.
Toda la estructura legal de Israel en los territorios ocupados se ha diseñado para servir a este fin. Desde 1967, con el fin de controlar a la población palestina ocupada, Israel ha aprobado más de 1.200 órdenes militares y ha alterado la situación administrativa y legal en los territorios ocupados palestinos violando el derecho internacional humanitario. Otras partes de Cisjordania ocupada, incluyendo Jerusalén Oriental, fueron anexionadas a Israel inmediatamente después de la guerra de 1967; la colonización de la ciudad ocupada sigue adelante en violación del derecho internacional. Su régimen militar, en efecto, ha legalizado lo ilegal.
Para asegurar sus aspiraciones y mantener los privilegios judíos sobre la tierra, Israel aprobó la Ley del Retorno (1950), la Ley de Propiedad de los Ausentes (1950), la Ley de la Propiedad del Estado (1951), la Ley de Ciudadanía (1952), la Ley sobre el Estatuto (1952), la Ley de Administración de Tierras de Israel (1960), la Ley de Construcción y Edificación (1965), y la Ley “temporal” de 2002 que prohíbe el matrimonio entre palestinos de Israel y palestinos de los territorios ocupados. En consonancia con esta tendencia se han promulgado en abril de 2010 dos nuevas órdenes militares, la Orden sobre la Prevención de Infiltraciones (enmienda nº 2) y la Orden sobre Disposiciones de Seguridad (enmienda nº 112).
Esta orden militar forma parte de una serie de medidas aplicadas por Israel para vaciar Cisjordania de palestinos, especialmente sacándolos a Gaza. Supondrá que decenas de miles de palestinos sean deportados de los territorios ocupados de Cisjordania. Las órdenes han modificado sustancialmente la definición de “infiltrado” y de hecho se aplica a todo el que se encuentre en Cisjordania sin permiso israelí. Las órdenes no definen lo que Israel considera un permiso válido. A la gran mayoría de personas que viven en Cisjordania no se les ha exigido nunca disponer de ningún tipo de permiso para estar en su propia tierra y exigirlo es absurdo.
Hay decenas de miles de personas en situación de riesgo, que en absoluto representan amenaza de seguridad alguna, intentando vivir sus vidas. La orden los convertirá en delincuentes —porque convierte en delito estar en la propia casa. Como consecuencia, el tejido de la vida en Cisjordania quedará hecho añicos.
La orden clasifica a las personas que no tengan los documentos israelíes apropiados como “infiltrados”. El texto de la Orden ha sido modificado respecto de la orden original redactada en 1969, que ya entonces contravenía el derecho internacional. Entonces la definición de “infiltrado” era: “Persona que ha entrado en el área a sabiendas e ilegalmente después de haber estado presente en la franja oriental del Jordán [Cisjordania], Siria, Egipto o Líbano tras la fecha vigente (de la orden dada)”. En el marco de la nueva Orden se ha cambiado a: “Infiltrado: persona que ha entrado ilegalmente en la zona después de la fecha vigente, o persona que esté presente en la zona sin disponer de un permiso legal”.
Las órdenes están redactadas de manera tan vaga que teóricamente habilitaría al ejército para vaciar Cisjordania de casi todos sus habitantes palestinos. El documento en sí no especifica exactamente qué se entiende por “un permiso” y deja a los palestinos a merced de los israelíes.
A tan indiscriminada propuesta le es ilegalmente indiferente la composición del pueblo palestino. Desde que se produjo la expulsión del pueblo palestino de su tierra en 1948, la gran mayoría ha sido forzada a vivir como refugiada en países de acogida a lo largo de Oriente Próximo y muchos se han visto forzados a huir a otras partes del mundo. La naturaleza de la Diáspora es tal, que las personas se ven obligadas a vivir bajo regímenes diferentes con muy diversos retos planteados y con extrema dificultad respecto a las funciones de la comunidad. Tales retos no han impedido a los palestinos regresar a su tierra y vivir como palestinos en Palestina.
Este asalto indiscriminado a las familias y a la comunidad palestina no sólo contraviene el derecho internacional sino la mera humanidad. El modelo de familia palestina tiene lazos muy extensos y la orden militar está concebida para separar a las familias palestinas. Ello tendrá enormes implicaciones que auguran dolor, ira y frustración que serán ventilados en la calle.
Hasta diez diferentes grupos de derechos humanos han condenado estas medidas, incluida Btselem y algunas otras israelíes. Han planteado graves preocupaciones sobre el futuro impacto que tendrá para decenas de miles de palestinos que pueden ser expulsados de sus hogares. Las organizaciones de derechos humanos también han mencionado su impacto inmediato, que se dejará sentir muy pronto a través de dos grupos distintos de palestinos: los de Gaza y los palestinos y no palestinos de otros países casados con palestinos de Cisjordania. De acuerdo con las nuevas órdenes, los “infiltrados” sospechosos podrían asimismo ser encarcelados hasta siete años. Además, el deportado deberá pagar el coste de su propia deportación.
Subyace de manera implícita en la orden el intento israelí de fragmentar la causa palestina y apresurar el “politicidio” palestino. Gaza y Cisjordania es una sola entidad e Israel no tiene jurisdicción ni derechos legítimos para alterar esta realidad.
Los palestinos de Gaza y los palestinos de Cisjordania son todos palestinos, al igual que son ciudadanos británicos los de Londres y los de Birmingham y no hay autoridad moral ni jurídica que menoscabe los derechos de unos sobre los otros. La división del pueblo palestino es un intento temerario de disolver la causa palestina en unidades manejables con la intención de perjudicarla, e incluso, quizá, de echar por tierra las negociaciones sobre un estatuto final.
La política israelí de anexión no tiene límites. Se sigue comportando como un Estado canalla con un desprecio gratuito hacia los palestinos y hacia el derecho internacional. La comunidad internacional no debería sorprenderse por este nuevo paso porque no es más que una nueva manifestación del principio que vertebra y recorre la historia humana y no hay duda de que seguirá dando muestras de sus más detestables rasgos en los próximos años.
Estas órdenes militares pertenecen a un Estado de apartheid y no a una denominada democracia. Son productos de una visión del mundo basada en supuestos racistas y no en los valores de los derechos humanos y de la libertad humana.
Si la comunidad internacional se toma en serio la paz y el imperio de la ley no debe aceptar estas órdenes militares sencillamente porque se trata de un mero intento de expulsión masiva de palestinos. No se debe permitir que ninguna propaganda disuada del hecho de que esto no es sino legalizar la expulsión masiva del siglo XXI. En esencia, se trata del producto de una ideología que tiene por objeto la transferencia y la expulsión sistemática de palestinos de sus tierras. Cuando la guerra no es una opción, cuando el traslado abierto de población es intolerable internacionalmente, se busca cualquier otro método que sea menos visible.
Occidente sabe que se trata de un territorio ocupado y que Israel, a través de su ocupación, contraviene el derecho internacional todos los días sin ningún tipo de escrúpulos; y sin embargo, se le recompensa con un probable nombramiento como miembro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Recompensar a Israel cuando Israel es poco menos que un Estado paria ha sido un tema permanente y es también la causa raíz del fracaso constante para lograr la paz y la justicia en la región. La paz exige justicia y la justicia no se sirve con un doble rasero en las declaraciones y en las acciones.
Nasim Ahmed es investigador sobre Oriente Próximo.
Fuente: http://www.uruknet.com/index.php?p=m65287&hd=&size=1&l=e
jueves, 11 de marzo de 2010
El apartheid de Israel

11-03-2010
Murray Dobbin
TheTyee.ca
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Durante las dos primeras semanas de marzo, los partidarios de Palestina en todo el mundo concentran la atención pública en la continua brutal ocupación por Israel de Cisjordania y en el aún más cruel sitio de Gaza. Lo hacen en la Semana del Apartheid Israelí y éste es el sexto año en el cual ha tenido lugar esa campaña de educación pública.
Uno de los principales signos de su éxito ha sido la feroz campaña de los partidarios de Israel en su contra. Como tanto en la historia de la poderosa maquinaria de propaganda de Israel, los hechos sobre la separación israelí de judíos y árabes – también conocida como apartheid – son irrelevantes. La respuesta israelí a las críticas ha sido siempre una de indignación y ofensa, plena de pretensiones de superioridad moral, acompañada de acusaciones de antisemitismo.
Sin embargo no cabe absolutamente ninguna duda de que el sistema de separación de árabes y judíos puede ser comparado con el sistema del apartheid en Sudáfrica. Por cierto, muchos expertos en cómo fue organizado el sistema del apartheid afirman que el sistema israelí de hafrada, o separación, es mucho más brutal y deliberadamente humillante que todo lo que fue establecido por los regímenes racistas de Pretoria.
Miembros de la elite política israelí incluso utilizan el término apartheid para describir el sistema que administran – la ocasión más reciente fue cuando el actual ministro de defensa (y ex primer ministro) Ehud Barak declaró: “Si existe sólo una entidad política, llamada Israel, terminará por ser o no-judía o no-democrática… Si los palestinos votan en elecciones, es un Estado binacional, y si no lo hacen, es un Estado de apartheid.”
Shulamit Aloni, que fue ministro de educación bajo Yitzhak Rabin, escribió: “El Estado de Israel practica su propia, bastante violenta, forma de apartheid contra la población palestina nativa.” Y en noviembre de 2007, el primer ministro de Israel Ehud Olmert dijo: “Si llega el día en el que colapse la solución de dos Estados, y enfrentamos una lucha al estilo sudafricano por igualdad de derechos de voto, entonces, en cuanto eso suceda, el Estado de Israel se habrá acabado.”
Michael Ben-Yair, fiscal general de Israel de 1993 a 1996, describió en 2002 como apartheid la actitud de Israel hacia los territorios palestinos capturados en 1967:
“Elegimos con entusiasmo convertirnos en una sociedad colonial, ignorando tratados internacionales, expropiando tierras, transfiriendo colonos de Israel a los territorios ocupados, dedicándonos al robo y encontrando justificación para todas esas actividades… Desarrollamos dos sistemas judiciales: uno – progresista, liberal en Israel. El otro – cruel, injurioso en los territorios ocupados. En efecto, establecimos un régimen de apartheid en los territorios ocupados inmediatamente después de su captura.”
¿Peor que Sudáfrica?
Los que comparan las acciones de Israel en Cisjordania y Gaza con el régimen del apartheid, expresan a menudo sobrecogimiento por lo mucho peor que es el sistema israelí. Nada parecido a la estructura de los asentamientos en Cisjordania existió jamás en Sudáfrica. Los asentamientos ilegales están todos conectados a un conjunto especial de carreteras pavimentadas. Como describe Shulamit Aloni: “Carreteras maravillosas, carreteras anchas, carreteras bien pavimentadas, bien iluminadas de noche – todo en tierras robadas. Cuando un palestino conduce por una de esas carreteras, su vehículo es confiscado y le dicen que se vaya.” Unos cuatro millones de palestinos no son gobernados por el derecho civil sino por el derecho militar israelí, impuesto por soldados. Los palestinos sufren a diario humillaciones sistemáticas y deliberadas en cientos de bloques de ruta.
Literalmente a cada momento, los palestinos son tratados como gente sin derechos. Israel controla el agua en Cisjordania, y mientras sus ciudadanos tienen piscinas, los palestinos sufren racionamiento – incluso se les prohíbe que excaven pozos. Hay que preguntar a los negros en Sudáfrica si alguna vez se vieron ante un muro de hormigón de 6 metros de alto que dividía sus comunidades, sus tierras y las carreteras que conectaban a sus aldeas. Los colonos israelíes siguen apoderándose de tierra palestina, y arrasan sus huertos.
¿Y los “ciudadanos” árabes que viven en Israel? Este “hecho” de la ciudadanía árabe está en el corazón del mito de la democracia israelí, porque incluso en este caso prevalece una forma más suave de apartheid. Los ciudadanos árabes pueden votar pero tienen que tener tarjetas de identidad que dicen que son “árabes.” La mayoría está obligada a vivir en aldeas exclusivamente árabes a las que no se permite expandir; no pueden trabajar para el gobierno israelí; sus escuelas carecen de fondos, mientras las escuelas judías están bien dotadas. Los partidos políticos árabes no pueden propugnar un cambio en el sistema sionista de tratamiento diferencial basado en la raza. El actual ministro de exteriores israelí, ha meditado en público sobre la expulsión de todos los árabes de Israel propiamente tal – reflejando la opinión generalizada de que los árabes israelíes constituyen una “amenaza demográfica.”
‘Excepcionalismo’ israelí
Este estado de cosas repugnante desde el punto de vista moral es descrito a menudo como excepcionalismo israelí. Israel y sus partidarios utilizan el horror del Holocausto para argumentar que no se puede decir nada crítico sobre Israel porque los judíos sufrieron un horror sin igual – un horror tan inimaginable que ninguna otra injusticia se le puede comparar, ni puede ser utilizado para criticar a los sobrevivientes, no importa lo que hagan para sobrevivir. Israel siempre se ha presentado como en lucha por la simple supervivencia, sitiado por Estados árabes hostiles. Sin embargo, con las cuartas fuerzas armadas más poderosas del mundo, y con EE.UU. como su aliado, y ningún Estado árabe (ni siquiera Irán) contemplando seriamente atacarlo, este argumento no es convincente.
Los israelíes y sus partidarios hablan de antisemitismo y de declaraciones llenas de odio de árabes como justificación para su sistema. Pero no pueden admitir su propio odio. Los israelíes, a fin de racionalizar su sistema colonial, tienen que mantener la creencia de que como Pueblo Elegido, por definición, son incapaces de todo mal.
Y sin embargo es un mal. Lo que no me sale de la mente sobre la primera Intifada palestina fueron las docenas de jóvenes palestinos, algunos de sólo nueve o diez años, que fueron sumariamente ejecutados por soldados israelíes (algunos de ellos sólo adolescentes) por lanzar piedras. No se trataba de niños atrapados en un fuego cruzado – fueron muertos, en muchas ocasiones, por tiros en la mitad de la frente por francotiradores. En su libro
“Palestinian Children and Israeli State Violence”, James A. Graff informó que entre el 8 de diciembre de 1987 y el 8 de diciembre de 1989 soldados y colonos israelíes mataron a 138 niños (de 16 años y menos) mediante disparos. La cantidad de niños gravemente heridos por disparos y golpizas fue de aproximadamente 30.000.
Las heridas graves de niños fue política estatal. Existe evidencia en vídeo en YouTube de soldados israelíes que sujetan a un joven en el suelo, estiran su brazo y lo golpean con rocas. Siguen las órdenes del ministro de defensa Yitzhak Rabin a los soldados israelíes llamadas la política de “rompedles los huesos.” ¿Qué otro país democrático en el mundo ha emprendido alguna vez una campaña tan grotesca?
A menudo me pregunté lo que los francotiradores pensaban cuando el punto de mira encontraba el centro de la frente del niño. ¿Qué les pasaba por la cabeza y qué sentían después? No recibí la respuesta durante 20 años – no, hasta las informaciones sobre los ataques deliberados contra civiles en la invasión de Gaza en diciembre de 2008, cuando más de 900 civiles murieron (una acción por la cual Israel ha sido acusado de crímenes de guerra).
‘Sólo porque puedes hacerlo’
En marzo de 2009, informes en los periódicos israelíes revelaron las atrocidades cometidas por las tropas israelíes – descritas por los propios soldados en una discusión en grupo en una universidad israelí y transcrita por un profesor. Uno de los incidentes tenía que ver con una madre y dos niños que entendieron mal las instrucciones de los soldados israelíes y se dieron vuelta en la dirección equivocada cuando les ordenaron que abandonaran su casa. Un francotirador israelí mató a los tres en el acto. Dijo el jefe del escuadrón: “Las vidas de palestinos, digamos… son algo mucho, mucho menos importante que las vidas de nuestros soldados.”
En otro incidente sobre el cual informó Oakland Ross del Toronto Star “se dice que el comandante de una compañía ordenó a sus soldados que mataran a tiros a una mujer anciana que pasó ante ellos. “No recibes la impresión de los oficiales de que haya alguna lógica en el asunto – escribir ‘Muerte a los árabes’ en los muros, tomar las fotos de familia y escupir sobre ellas – sólo porque puedes hacerlo,” dijo un jefe de escuadrón que se opuso a la orden.
El periódico israelí Haaretz descubrió al mismo tiempo camisetas hechas para soldados que sirvieron en Gaza. Según un informe de la BBC sobre el descubrimiento: “Una, impresa para un pelotón de francotiradores israelíes, muestra a una mujer palestina embarazada armada en el punto de mira de un rifle, con la leyenda inquietante en inglés: ‘1 tiro 2 muertos.’”
Por chocantes que hayan sido esas revelaciones, no debieran constituir una sorpresa. Porque si la clase política israelí alberga esos sentimientos abiertamente racistas, también modela correspondientemente a sus soldados. La anotación del 18 de octubre de 1973 de la Cámara de los Comunes británica en Hansard, registra el informe del parlamentario R.J. Hislop a la Cámara sobre su experiencia como parte de una delegación parlamentaria a Israel. Había sido invitado a un almuerzo con el comité de asuntos exteriores del Knesset [parlamento israelí].
“Después del almuerzo, el presidente del comité habló con gran intemperancia y muy largo sobre los árabes. Tuve que decirle: ‘Dr. Hacohen, me choca profundamente que usted pueda hablar de otros seres humanos en términos similares a los que utilizaba Julius Streicher para hablar de los judíos. ¿No ha aprendido nada?’ Recordaré toda mi vida su respuesta. Golpeó duramente la mesa con ambas manos y dijo ‘Pero no son seres humanos, no son gente. Son árabes.’”
………..
Murray Dobbin es autor, presentador de la radio y periodista. Es autor de cinco libros y es un ex columnista de Financial Post y de Winnipeg Free Press. Es miembro del consejo del Canadian Centre for Policy Alternatives. Vive en Powell River, BC, Canadá
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http://thetyee.ca/Bios/Murray_Dobbin/
sábado, 16 de enero de 2010
Israel y el sistema de carreteras del apartheid
16-01-2010
Ariadna Jove Martí
Rebelión
El sistema de carreteras que el Estado sionista de Israel ha llevado a cabo y está implantando en el West Bank [1] para uso exclusivo de los ciudadanos israelís e internacionales se ha convertido en una medida más de colonización y apartheid que impide la libertad de movimiento de la población palestina restringiendo y dificultando el acceso a los servicios y bienes básicos al que cualquier ser humano tiene derecho.
La planificación y la implementación de esta gran infraestructura se inician en 1967 después de la Guerra de los Seis Días cuando el territorio palestino del West Bank es ocupado e Israel pasa a tener su control. Con los años este sistema de carreteras se expandió para unir los asentamientos ilegales dentro del West Bank, entre ellos y con Israel. Este plan sistemático siguió expandiéndose enormemente durante el proceso de paz de Oslo (1993-2000) cuando mucha más tierra fue confiscada para construir nuevas autovías y carreteras para los colonos inmigrantes, infringiendo el Acuerdo, que recogía la no construcción de nuevos asentamientos por parte de Israel.
Cada carretera israelí dentro de los territorios ocupados contiene 50-75 metros de zona de seguridad a ambos lados (perfectamente vallada, amurallada y limitada). La construcción en estas zonas está prohibida y las construcciones anteriores pasan a considerarse ilegales. Éstas han sido desalojadas y demolidas sistemáticamente por el Estado de Israel, y las que siguen en pie están condenadas al mismo destino. Cada 100 kilómetros de carreteras implica el expolio de 2.500 acres (10,11 km 2 ) de terreno. En toda la superficie del West Bank hay un total de 1.661 kilómetros de carreteras de apartheid que tienen exclusividad de uso israelí, es decir, 41.525 acres (168,04 km 2 ) de terreno han sido confiscados para construirlas. El tráfico y la circulación de vehículos palestinos está prohibida en estas carreteras mediante diferentes mecanismos: no existen ni entradas ni salidas a estas carreteras desde las poblaciones palestinas; la construcción de vallas, muros, puertas, montículos de tierra, bloqueos con cubos de cemento, etc. que el Estado de Israel ha construido impiden el acceso; constantes check points móviles, controles y órdenes militares prohíben su uso.
La infraestructura de este complejo sistema ha sido planificada e implantada por Israel no sólo para unir los más de 200 asentamientos ilegales dentro del West Bank, sino que tiene la finalidad de fragmentar el territorio palestino. Estas políticas de ocupación que el Estado de Israel lleva a cabo son análogas a las que se impusieron durante el apartheid de Sudáfrica.
Combinando la política de ocupación y la construcción de carreteras, las áreas del valle del Jordán y el Mar Muerto han sido anexionadas a Israel y han confirmado el cómplice acuerdo de paz de Araba de 1994 entre el rey Hussein de Jordania y el primer ministro israelí Isaac Rabin donde en los anexos de este, la frontera entre Jordania y Cisjordania está marcada como frontera entre Israel y Jordania. Otra muestra implacable de este plan es el que se está imponiendo para separar el ocupado Al-Quds [2] Este del West Bank y su progresiva anexión a Israel. Esta estrategia está siendo especialmente visible en la colonización de los barrios de Sheikh Jarrah, Silwan, Al-Tur, Beit Safafa, etc. La red de carreteras de Al-Quds, el muro de apartheid, la continua y masiva colonización y la expansión de los asentamientos ilegales han sido diseñadas para asegurar y perpetuar la anexión de la ciudad santa al territorio israelí violando las resoluciones de las Naciones Unidas.
La responsabilidad que la Comunidad Internacional, especialmente Estados Unidos, tiene en toda esta gran fábrica de carreteras es evidente. La ayuda económica internacional que día tras día llega a Palestina para realizar grandes proyectos de desarrollo, construcción de infraestructuras y nuevas carreteras para la población palestina está financiando precisamente los túneles, las carreteras secundarias y las conexiones en toda esta red que segrega el territorio del West Bank. Es decir, está financiando y llevando a cabo el plan de carreteras del apartheid que Israel ha modelado para expropiar y anexionar cada vez más territorio. Es fácil encontrar, en estos túneles y carreteras palestinas carteles que recuerdan como nuestros gobiernos financian y apoyan el apartheid israelí.
Si observamos el mapa de carreteras de exclusión del West Bank, nos daremos cuenta que la autovía 1 y 5 que atraviesan este territorio de este a oeste dividen el territorio palestino en tres grandes bloques (norte, centro y sur); éstos están a la vez fragmentados en islas insoladas y conectadas entre ellas por túneles, imposibilitando la solución de dos Estados. El West Bank ha sido disgregado en docenas de enclaves que geográficamente separan las comunidades palestinas. Hay check points israelís en cada entrada o salida de estos enclaves. Las carreteras secundarias palestinas se comunican entre ellas mediante túneles construidos bajo las carreteras principales de uso exclusivo israelí.
Cuando la construcción de este sistema de carreteras finalice, el tráfico de vehículos palestinos e israelíes no se mezclará en ningún punto de todo el West Bank. La población palestina vivirá aislada y fragmentada en todo el territorio y la única conexión entre los fragmentos será mediante los túneles controlados por el ejército israelí.
Las carreteras de los Territorios Ocupados reciben el nombre de “carreteras estériles” y la circulación de vehículos palestinos está restringida. Algunas de estas no son completamente ilegales para el uso palestino pero su acceso está completamente limitado y bloqueado imposibilitando su uso.
De la superficie teórica del West Bank (es decir, el 22% de la Palestina histórica), un 45’5 % ha sido confiscado por el Estado de Israel mediante los asentamientos ilegales y el muro de apartheid . Del 54’5% restante (es decir, el 11’99% de la Palestina histórica), un 10’6% ha quedado completamente aislado y segregado gracias al sistema de carreteras del apartheid perpetuado por Israel. Las carreteras se han convertido en barreras que dividen el West Bank y a la población palestina y actualmente sólo el 10’72% de la Palestina histórica está bajo control Palestino en el West Bank.
El impacto y las consecuencias de este plan ideado por el Estado sionista de Israel implican la fragmentación total del territorio, la imposibilidad de crecimiento y desarrollo económico de la sociedad palestina además de grandes consecuencias humanitarias y de segregación de poblaciones. Este sistema de apartheid israelí viola los derechos humanos, la libertad de movimiento, inhabilita el acceso a los servicios básicos, el derecho al trabajo, a la educación, el derecho a partir y volver al territorio, el derecho a la autodeterminación, fuerza el desplazamiento de la población palestina y destruye completamente la economía y la organización política palestina.
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[1] Utilizmos este término West Bank para referirnos a lo que entendemos por la antigua Cisjordania.
[2] Utilizamos el nombre árabe de Al-Quds para referirnos al nombre hebreo de la ciudad de Jerusalén.
Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa de la autora, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

