jueves, 3 de junio de 2010

Belicismo israelí, reto a Obama


Salvador González Briceño (ALAI)

Está claro que Israel nunca ha querido la paz en Medio Oriente. Para él y su principal socio geopolítico en la región, los Estados Unidos, siempre ha sido más negocio la guerra que la paz. Desde que fue creado en 1948 el Estado de Israel por las Naciones Unidas, mediante la resolución 181 que dividió el territorio Palestino y le dejó el 55 por ciento para asentar sus reales, se ha impuesto con el uso de la fuerza entre los árabes.

Verbigracia, al año siguiente de su creación se había apoderado ya del 75 por ciento del territorio. Y en la Guerra de los Siete Días de 1967, contra los vecinos Egipto, Siria y Jordania, habría invadido El Sinaí, la franja de Gaza, Cisjordania, los Altos del Golán y la parte oriental de Jerusalén. Israel desacata, entonces sí, a la ONU para devolver los territorios. Los usa luego para legitimarse, devolviendo algunos, pero no todo.

En ese tenor, diez años después, Menahem Begin apoya el asentamiento israelí de los territorios ocupados. Reconocida la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) por la ONU en 1974, como representante del pueblo Palestino, comienzan los estira y afloja para la paz. Los llevados y traídos procesos de negociación inacabados. Porque prevalece el ambiente de guerra entre vecinos, israelíes y árabes.

El manejo siempre es político. En 1978 el presidente egipcio, Anwar el Sadat, con la intermediación de Jimmy Carter, logra en los acuerdos de Camp David, consigue la firma de Begin para la devolución de El Sinaí. Pero en la buena voluntad mostrada está siempre el arrebato. Como tirar la piedra y esconder la mano; con todo y que lo menos que lanza el ejército son piedras. Todo lo contrario.

Lo que sigue son guerras desiguales entre el ejército de Israel y la guerrilla palestina. Vienen los ataques contra Líbano, sede del cuartel general de la OLP que encabeza Yasser Arafat, en 1982. Comienza la trifulca que cuesta cientos de vidas de uno y otro bando. Pero siempre pierden los más débiles. Por ejemplo, ese mismo año, se da el ataque por milicianos cristianos libaneses simpatizantes de Israel y masacran a entre 800 y 2000 refugiados en los territorios de Sabra y Chatila. Cuando Jordania renuncia a la Cisjordania, Israel sigue creciendo, siempre con el reconocimiento y apoyo militar de EU.

En las llamadas primera (1987-1991) y segunda (2000-2005) intifadas, se presenta la lucha desigual entre un ejército bien entrenado y equipado con tanquetas, y la población palestina que defiende las ofensivas con piedras lanzadas con resortera. El belicismo de Israel es de utilidad regional, porque sirve para contener la ofensiva árabe hacia el Occidente. Además, negocios como la venta de armas que son parte importante de esa alianza estratégica.

Por eso ahora, que se ha presentado el muy grave incidente que tiene al mundo de pestañas en contra de Israel, por el ataque a la “flotilla de la libertad” ocurrido en alta mar la madrugada del lunes, la Casa Blanca sólo ha dicho estar “preocupada”. Pero no condena el ataque militar en contra de los pacifistas, que llevaban la ayuda humanitaria a los habitantes de la franja de Gaza, donde hubo muertos y heridos y también había ciudadanos estadounidenses.

El ataque fue como meter leña al fuego. Las condenas no se hicieron esperar. Reacciones, pronunciamientos de presidentes y manifestaciones ciudadanas de repudio. Los calificativos son fuertes para Israel y el ejército: “genocida”, “terrorismo de Estado”, “violador de derechos humanos”, etcétera. Por los actos de violencia injustificados. Como algo muy propio de un Estado bárbaro en pleno siglo XXI. Antes, durante las intifadas, eran contra niños armados con piedras. Ahora no es diferente.

Las agresiones del ejército israelí a la flotilla de barcos con ayuda humanitaria que se dirigía a la franja de Gaza desde Turquía, no se justifica. En primer lugar, porque en los barcos no había armas. En segundo, porque iban en son de paz. Era, eso sí, el primer intento internacional de “romper el bloqueo marítimo israelí a Gaza”, desde que el ejército terminó la operación Plomo profundo el 18 de enero de 2009, luego de 22 días de ataque. Pero es legítimo.

Hasta el momento de redactar esta nota, el ejército israelí había reconocido la muerte de diez activistas. Pero para otras fuentes los muertos van desde 14 hasta 60, más los heridos. El dato se desconoce todavía; es una secrecía entre los agresores. Pero ya se conoce la condena internacional a semejante ataque. La “flotilla”, compuesta de 750 personas, portaba ayuda humanitaria para Gaza, en seis barcos con 750 toneladas, e iba en son de paz.

“Los militares bajaron de los helicópteros abriendo fuego”, dijeron los testigos. ¿Podría darse alguna resistencia sin armas? Con todo y que el portavoz israelí argumenta lo contrario. Pero a ojos vistos, no se trataba de un “enemigo” armado, sino de una caravana con fines pacíficos y humanitarios. Claro está que el ministro de defensa de Israel culpa a otros del atentado: “a los miembros de la flotilla”. Se culpa a la ONG que organizó la caravana: Humanitarian Relief Foundation (IHH).

En tanto para los palestinos se trata de una “masacre”. Para Damasco es “un crimen de lesa humanidad”. En Ginebra tiene lugar una reunión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU; hay “conmoción”. La jefa de la diplomacia de la Unión Europea demanda una “investigación completa”. En cambio para Turquía representa el mayor agravio. Pese a sus 30 años de relaciones más o menos normales, porque para Israel, Turquía es un territorio para sus aeronaves y para ésta aquél le vende y capacita en armamento. Esto desbordó todo acto previsible. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de visita en Canadá, suspende su paso por Washington.

Otros tantos países han convocado a los embajadores de Israel para pedir explicaciones, como la propia Turquía, España, Grecia. Barack Obama tiene otro reto enfrente que resolver. A ver cómo le va con los israelíes, los aliados de la derecha republicana, más que del gobierno de Estados Unidos.