
InSurGente.-
Estados Unidos cuenta con 47,4 millones de pobres, siete millones más de lo anunciado en septiembre por la Oficina del Censo, que ha revisado algunas de las variables de sus estadísticas como el incremento de los costes médicos.
El pasado mes el Censo publicó un informe en el que indicaba que en 2008 cerca de 39,8 millones de personas vivían en situación de pobreza en EE.UU., el 13,2 por ciento del total de la población frente al 12,5 por ciento registrado el año anterior.
La Oficina del Censo señaló que este incremento de la pobreza, debido a los estragos causados por la crisis económica y la recesión, fue el mayor registrado desde 1997.
Sin embargo, tras la revisión, los nuevos datos muestran que el nivel de pobreza es aún peor de lo que se creía.
La discordancia de cifras se ha producido por la diferencia entre las fórmulas para el cálculo de la tasa de pobreza de la Oficina del Censo y de la Academia Nacional de Ciencias (NAS), que finalmente fijó la tasa en el 15,8 por ciento de la población, o lo que es lo mismo, casi uno de cada seis estadounidenses.
El informe, que refleja las condiciones sociales de una población de más de 300 millones, no había tenido en cuenta algunas variables como el aumento del coste de la atención médica, el transporte, el cuidado de niños o las diferencias geográficas para calcular el coste de la vida.
Tampoco consideró las ayudas no económicas del Gobierno en el cálculo de los ingresos familiares, con lo que el Censo pudo haber pasado por alto a millones de personas pobres, muchos de ellos mayores de 65 años, los más afectados por el incremento de los servicios médicos.
La fórmula revisada del NAS indica que casi 7,1 millones de los estadounidenses mayores de 65 años, el 18,7 por ciento, están en condiciones de pobreza, frente a los 3,7 millones que se habían reportado, debido al aumento de los costes del seguro médico Medicare y una menor cobertura en la prescripción de medicamentos.
La pobreza infantil, sin embargo, bajó del 19 por ciento indicado inicialmente al 17,0 por ciento, por las ayudas no monetarias que reciben las madres solteras y sus hijos, como los cupones de comida.
Las tasas de pobreza finalmente quedaron en un 29 por ciento para los hispanos, en el 17 por ciento para los asiáticos y en el 11 por ciento para los blancos no hispanos, mientras que para los afroamericanos el nivel se mantuvo en el 24,7 por ciento, debido que las ayudas no monetarias amortiguaron el impacto.Geográficamente, la pobreza aumentó en el noreste y el oeste del país, ya que es estas partes del país se encuentran ciudades como Nueva York y Boston, en la costa este, o Los Ángeles y San Francisco, en la oeste, con los costes de vida más altos de EE.UU.
jueves, 22 de octubre de 2009
EE.UU: se dispara el número de pobres, ya son 47 millones
martes, 20 de octubre de 2009
La destrucción de la clase media estadounidense negra

20-10-2009
Barbara Ehrenreich
ehrenreich.blogs.com/barbaras_blog
A juzgar por la mayoría de los comentarios sobre el asunto Gates–Crowley, se podría pensar que una “élite negra” está peligrosamente fuera de control. Primero, Gates (Cambridge, Yale, Harvard) mostró una deferencia insuficiente hacia Crowley, después Obama (Occidental, Harvard) se excede declarando que el policía había actuado “estúpidamente”. ¿Era este el final de los “Estados Unidos blancos” que el Atlantic había advertido en su portada de enero/febrero?
O ¿es que los agravios de clase –clase trabajadora en el caso de Crowley– finalmente se impusieron sobre los agravios de raza?Más allá de la maraña de comentarios de raza y clase, se ha incrementado el empobrecimiento –o deberíamos decir reempobrecimiento– de los afroestadounidenses como grupo. De hecho, el efecto más notable y duradero de la actual crisis podría llegar a terminar con la clase media negra. De acuerdo con un estudio de Demos y del “Institute for Assets and Social Policy”, el 33% de la clase media negra ya estaba en peligro de perder ese status al comienzo de la crisis. Gates y Obama, junto a Oprah y Cosby, sin duda mantendrán su posición, pero millones de negros equivalentes al oficial Crowley –desde trabajadores de fábrica, pasando por empleados de banca hasta trabajadores de cuello blanco– se dirigen al despido.Para los afroestadounidenses –y para un gran número de latinos– la recesión se acabó. Ocurrió entre el 2000 y el 2007, período en el que el empleo negro disminuyó un 2,4% y los ingresos cayeron un 2,9%. Durante la larga recesión negra de siete años, un tercio de los niños negros vivía en la pobreza y el desempleo negro –incluso entre graduados de universidad– creció el doble que el desempleo blanco. Esa era la recesión negra. Lo que acontece ahora es una depresión.El desempleo negro se sitúa ahora en un 14,7% comparado con el 8,7% de los blancos. En Nueva York el desempleo negro se ha incrementado 4 veces más rápido que el de los blancos. Lawrence Mishel, presidente del Economic Policy Institute, estima que el 40% del los afroestadounidenses habrán experimentado desempleo o subempleo para el 2010, cosa que aumentará la pobreza infantil de los niños negros estadounidenses desde un tercio a un poco por encima del 50%. Nadie puede explicar enteramente el extraordinaria ratio de perdida de puestos de trabajo entre los afroestadounidenses, aunque se podría decir que entre los factores que influyen se incluye la relativa concentración de trabajadores negros en los golpeadísimos sectores de la venta al por menor y de manufacturas así como la menor experiencia de los trabajadores negros en posiciones, de cuello blanco, mejor pagadas.Pero una cosa es cierta: la vieja diferencia de riqueza racial hace a los afroestadounidenses particularmente vulnerables cuando a la pobreza surge el desempleo. En 1998, el valor neto de los hogares de blancos era de media 100.700 dólares mayor que el de los afroestadounidenses. En 2007 la distancia aumentó a 142.600 dólares. La encuesta de finanzas del consumidor elaborada por la Reserva Federal recoge estos datos cada 3 años, y cada vez que han sido tomados, la distancia de riqueza racial se ha ampliado. Por decirlo de otra manera: en 2004, por cada dólar de riqueza de una familia blanca, la familia afroestadounidense tenía solamente 12 centavos. En 2007 tenía exactamente 10 centavos. De manera que cuando un trabajador negro estadounidense pierde un trabajo, normalmente no hay ahorros en los que cobijarse, padres bien situados en los que apoyarse ni cuentas de jubilación a las que recurrir.Todo esto pasa a sumarse a la gran calamidad del sesgo racial de las hipotecas de alto riesgo. Tras décadas de hipotecas denegadas por criterios raciales, los negros estadounidenses suponen un mercado tentador para los prestamistas locos de la burbuja inmobiliaria, como Countrywide, con el resultado que individuos negros de altos ingresos tenían casi el doble de probabilidad que los individuos blancos con bajos ingresos de obtener una hipoteca basura de alto interés. De acuerdo con el Center for Responsible Lending, los latinos acabarán por perder entre 75.000 y 98.000 millones de dólares en riqueza valorada en la tasación de la vivienda debido a las hipotecas basura, mientras que los negros perderán entre 71.000 y 92.000 millones de dólares. United for a Fair Economy ha calificado esta catástrofe del valor neto como “la mayor pérdida de riqueza para la gente de color en la historia moderna de EEUU”.Incluso en la profundidad de la depresión afroestadounidense, algunos comentaristas, tanto negros como blancos, están todavía obsesionados sobre las supuestas deficiencias culturales de la comunidad negra.En un editorial de diciembre del Washington Post, Kay Hymowitz culpabilizó de las heridas de la economía negra al hecho de que el 70% de los niños negros nacen de madres solteras, sin apuntar que las familias tradicionales, con padre y madre, blancas han declinado a un ritmo superior al de las familias tradicionales negras. La proporción de niños negros que viven en un hogar monoparental se incrementó un 155% entre 1960 y 2006, mientras que la proporción de niños blancos que viven en hogares monoparentales se incrementó en un muy sorprendente 229%. Justo el mes pasado en la NPR, el comentarista Juan Williams despreció a la NAACP (organización en defensa de los afroestadounidenses y contra el racismo) diciendo que cada día más los grupos relevantes se centran en “gente que ha obtenido ventajas de la integración y oportunidades de educación y empleo contra aquellos que parecen atrapados en ciclos generacionales de pobreza” a los que prosiguió caracterizando por el abuso de drogas y el crimen. El hecho de que haya una crisis en curso que afecta desproporcionadamente a la clase media afroestadounidense –y provocada por la codicia de Wall Street más que por los “valores del ghetto”– no parece importarle.No necesitamos más análisis moralizantes o elocuentes de clase y raza que podían haber sido escritos en los años 70. La crisis lo está cambiando todo. Está redibujando los contornos de clase de Estados Unidos de maneras que nos dejarán más polarizados que nunca, y, sí, castigando profundamente las antiguas clases medias y trabajadoras. Pero la depresión experimentada por gente de color amenaza con hacer algo a una escala completamente diferente, que es la eliminación de la clase negra media.Barbara Ehrenreich es la presidente de la United Professionals y autora, recientemente, de This Land Is Their Land: Reports From a Divided Nation. Dedrick Muhammad es investigador asociado senior del Institute for Policy Studies.Traducción para www.sinpermiso.info: Txomin MartinoFuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2831
viernes, 24 de julio de 2009
Colapso laboral en EEUU: Se multiplican los riesgos de explosión social

24-07-2009
IAR Noticias
Lo que suena como un panorama fantástico para el Imperio norteamericano (las huelgas y los conflictos sociales) es un escenario de corto plazo que ya están manejando entre líneas analistas y medios norteamericanos a la luz de la crisis industrial y de las quiebras empresariales que están desatando una creciente ola de despidos y un récord de la desocupación en EEUU.
Desde el estallido de la crisis financiera, en septiembre pasado, la ONU, el Banco Mundial, la mayoría de los expertos y últimamente el G-8, vienen advirtiendo sobre el peligro de estallidos sociales a escala global que podrían generarse por el impacto de la crisis recesiva con despidos masivos y por la escalada de los precios de la energía y de los alimentos en los países más pobres de Asia, África y América Latina.
Esta semana, el Grupo de los Ocho (G-8), considerado el "Directorio del Mundo", afirmó en una declaración que la situación "sigue incierta" en la economía global, con "riesgos significativos para la estabilidad". De acuerdo con las potencias centrales nucleadas en la entidad, el aumento de la desocupación este año y el próximo puede producir estallidos y revueltas sociales.
Sorpresivamente, la evolución de la crisis (que devino de financiera a crisis estructural con la recesión) hoy golpea con más fuerza a las potencias centrales que a los países emergentes o subdesarrollados.
El malestar social que generan la desocupación creciente y el deterioro de las condiciones salariales, así como el achicamiento de la capacidad de consumo, alimenta y exacerba el estado de frustración colectiva, provoca pérdida de confianza en los políticos y alienta las huelgas y protestas sociales que ya comienzan a extenderse por toda la geografía europea y amenazan con extenderse a EEUU.
La crisis social (consecuencia de la caída del consumo y los despidos laborales) se perfila como un potencial emergente de la crisis recesiva- laboral que detonó escalonadamente como consecuencia de la crisis financiera en EEUU.
Las señales son claras: La crisis financiera ya devino en recesión y amenaza (por efecto de la desocupación masiva) en convertirse en una crisis social de difícil pronóstico en EEUU.
"El mercado laboral de Estados Unidos tiene un desempeño aún peor que el de la economía en general, lo que causa temores dentro y fuera del gobierno de que el resultado podría ser el de una recuperación sin empleos incluso cuando termine la recesión", señala este jueves The Wall Street Journal.
"En un desafío a las normas históricas, la tasa de desempleo --que asciende a 9,5%-- es de 1 a 1,5 puntos porcentuales más alta que lo que se hubiera previsto bajo el sentido común económico, dice al Journal Lawrence Summers, uno de los asesores económicos del presidente de EEUU, Barack Obama.
Desde que comenzó la crisis en diciembre de 2007, la economía estadounidense perdió 6,5 millones de trabajos, 4,7% del total de empleos en el país. La tasa de desempleo subió cinco puntos porcentuales mientras que la economía se ha contraído alrededor del 2,5%.
En los últimos días, Summers, el director de presupuesto de la Casa Blanca Peter Orszag y el presidente de la Fed Ben Bernanke han hecho declaraciones públicas sobre la "desconexión inusual" entre el crecimiento y el desempleo.
El propio presidente estadounidense, Barack Obama, pronosticó el miércoles pasado que el desempleo en el país, que alcanzó un récord de 9,5%, probablemente seguirá en aumento en los próximos meses, pues los puestos de trabajo tardan más en recuperarse que otros sectores de la actividad económica.
Según The Wall Street Journal, las recuperaciones económicas sin empleos no son nada nuevo: las empresas suelen ser reacias a contratar cuando recién sube la demanda.
Sin embargo, hay posibilidades más sombrías --agrega--, ya que los trabajadores con problemas podrían arrastrar una economía frágil a una recesión más profunda.
En un cuadro recesivo, la pérdida de empleos en EEUU se aceleró el mes pasado y la tasa de desempleo aumentó a 9,5%, arrojando dudas sobre la capacidad de recuperación de la primera economía imperial.
"La demanda final y la producción han mostrado señales tentativas de estabilidad", dijo el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, a reguladores el miércoles, como parte de su presentación ante el Congreso de EEUU. No obstante, aclaró: "El mercado laboral, sin embargo, sigue debilitándose".
Según los últimos datos, en un récord histórico, el rojo fiscal en EEUU se disparó a más de US$ un billón (doce ceros, un millón de millones) en los primeros nueve meses del ejercicio anual e implica ya el 8% del PBI. Pero cerraría en más de US$ 1,8 billón, contra "sólo" US$ 455.000 millones del año pasado.
El Departamento del Tesoro de EEUU informó que entre octubre de 2008, cuando empieza el año presupuestario, y junio último, el "rojo" fue de 1,086 billón de dólares, una marca sin antecedentes.
La crisis económica recesiva en la mayor economía del mundo, ya se expresa en recesión, desempleo, menos recaudación impositiva y más gastos para paliarla, entre otras variables, complica las cuentas públicas.
En este marco, lo que suena como un panorama fantástico para el Imperio norteamericano (las huelgas y los conflictos sociales) es un escenario de corto plazo que ya están manejando entre líneas analistas y medios norteamericanos a la luz de la crisis irresuelta del sector automotriz y de las quiebras empresariales que están desatando una creciente ola de despidos en EEUU.
Cada jornada de la economía norteamericana (desde finales de 2008) se convirtió en un vértigo marcado por una dinámica inevitable: Recesión industrial y comercial con baja del consumo y desempleo masivo que se proyecta desde EEUU y los países centrales al mundo periférico "subdesarrollado" y/o emergente.
De esta manera, la desocupación (emergente de la desaceleración económica) se ha convertido en una cuestión clave para el equipo de Obama y el establishment de poder estadounidense que temen que su propagación convierta a EEUU, la primera potencia mundial, en un polvorín de huelgas y conflictos sociales que terminen paralizando aún más a la economía.
En un orden secuencial, para que se produzca un desenlace del proceso recesivo, tiene que haber una convergencia interactiva de la "crisis financiera" (los mercados del dinero), la "crisis estructural" (la economía real) y la "crisis social" (el impacto de la crisis económica-financiera en la sociedad).
Por estas horas, medios y analistas norteamericanos coinciden en que la desocupación (como emergente de la recesión industrial) se ha convertido en la prioridad absoluta de la agenda de Obama y su equipo.
Desde hace varios meses, el protagonismo de la crisis financiera-bursátil fue rebalsado y cedió paso a un nuevos actores: Las quiebras empresariales y los despidos masivos.
Los billonarios paquetes de "rescate bancario" estatal con dinero de los impuestos (pagado por toda la población estadounidense) no han servido de antídoto y han fracasado estrepitosamente como medida para enfrentar la crisis que ha devenido de financiera a recesiva a escala global.
El mapa de la crisis social
El desempleo en la región occidental de Estados Unidos superó el 10% en mayo pasado, la primera vez en 25 años que una región del país tiene ese porcentaje de desocupación.
Ocho estados alcanzaron cifras de desempleo sin precedente y sólo dos - Nebraska y Vermont - no reportaron aumento alguno.
El Departamento del Trabajo informó en junio pasado que 48 estados y el Distrito de Columbia sufrieron aumento en el desempleo en mayo. La peor situación es en Michigan, donde las empresas automotrices se han visto obligadas a eliminar miles de empleos. La tasa de desocupación allí ascendió a 14,1%.
La región occidental del país fue la que tuvo mayor desempleo, con 10,1%. La última vez que una región tuvo esa cifra fue en septiembre del 1983, cuando el país apenas se recuperaba de una recesión.
En esa región se encuentra California, donde el desempleo ascendió a un récord de 11,5% el mes pasado, Nevada, donde ascendió a otro récord con 11,3% y otros estados golpeados por la crisis de vivienda y donde han descendido el empleo y los ingresos.
California es el mayor Estado del país por población (36,75 millones de habitantes) y por PIB (con 1,84 billones de dólares supone el 13,3% de todo EEUU, según datos de 2008). Si fuera un país independiente estaría entre las diez primeras potencias del mundo.
La debacle de la construcción (tanto residencial como terciaria) ha sumido a California en la mayor recesión desde la Gran Depresión. Así, el Estado ha perdido 904.300 puestos de trabajo desde diciembre de 2007.
La Casa Blanca indica que California es el tercer estado con más créditos fallidos. Además, en lo que va del año 391.611 propiedades inmobiliarias han comenzado el proceso de ejecución hipotecaria, la cifra más alta de EEUU, que supone un alza del 15% respecto al mismo periodo de 2008. Esta coyuntura está afectando a la banca de EEUU, sobre todo a Bank of America, el primer banco del país, que tiene una gran exposición a la costa oeste.
Los otros seis estados que tienen una tasa de desempleo inédita desde 1976 son Carolina del Norte, Oregón, Rhode Island, Carolina del Sur, Florida y Georgia.
En cuanto a despidos, Arizona y Florida fueron los que más sufrieron, seguidos por Oklahoma, Arkansas, Kentucky y Michigan.
El riesgo del estallido
Los despidos masivos de obreros y empleados en EEUU son el barómetro y marcan el momento en que la crisis comienza a salir de la "superestructura" económico financiera y a meterse dentro de la sociedad estadounidense.
Todo el planeta (globalizado y nivelado por el sistema capitalista "único") está aquejado de los mismos síntomas: Nuevo repunte y vuelta a la especulación financiera del petróleo y de las materias primas, devaluación de las monedas y revaluación el dólar, crisis crediticia con achicamiento del consumo, suba de precios internos de los alimentos y la energía y oleadas de despidos laborales constantes en EEUU y las potencias centrales.
En su última reunión el G-8 sostuvo que para atacar la crisis, "hay que sostener la demanda y recuperar el crecimiento", lo que implica afrontar la situación con nuevos recursos si hacen falta.
Pero mientras Alemania quiere frenar la hemorragia de fondos públicos en la economía, EEUU, Gran Bretaña y otras naciones como Francia creen que es necesario impedir que la crisis -ya devastadora- se convierta en una bomba social por el alza del desempleo.
En marzo de este año, el diario francés Le Monde publicó un informe con un pronóstico de especialistas del LEAP/Europa 2020, un grupo de reflexión europeo, en el que anticipó que la crisis financiera y económica generará explosiones sociales violentas en Europa y EEUU donde podrían crearse las condiciones de una guerra civil.
De esta manera, la crisis podría incluso fomentar violentas rebeliones populares cuya intensidad se vería agravada por la libre circulación de armas de fuego, pronostica el LEAP.
América Latina, pero también los EEUU, son las zonas que corren mayores riesgos. "Hay 200 millones de armas de fuego en circulación en los EEUU y la violencia social ya se manifiesta a través de pandillas", advierte Franck Biancheri, quien preside la asociación.
Esta visión apocalíptica parecería "fantástica" si este grupo de reflexión no hubiese vaticinado, en febrero de 2006, con una precisión asombrosa la actual crisis recesiva mundial.
Hace tres años, la asociación describía la llegada de una "crisis sistémica mundial", iniciada por una infección financiera global vinculada al endeudamiento norteamericano, seguido por la caída bursátil, particularmente en Asia y en los EE.UU. (de -50% a -20% en un año) y el estallido de las burbujas inmobiliarias mundiales. Un paquete que provocaría recesión en Europa y una "muy Grande Depresión" en los EEUU.
De cualquier manera, y a la luz de los datos económicos, un escenario de huelgas y conflictos sociales en el Imperio USA no está sacado de una novela de Julio Verne sino (además de la crisis global) de una proyección lógica y emergente de la desocupación desatada por la recesión industrial y empresarial estadounidense, para la cual ni la administración saliente de Bush ni la administración de Obama han conseguido soluciones concretas.
martes, 2 de junio de 2009
Cae el gigante que representó el esplendor del capitalismo en Estados Unidos General Motors
MDZOL
La quiebra que hoy determina General Motors representa la caída del gigante industrial, ícono de ala economía norteamericana de los años '50. La relación entre la prosperidad de GM y la de los Estados Unidos fue indiscutible durante más de medio siglo.
Su quiebra supone la caída del gigante industrial que mejor ha representado el modelo capitalista estadounidense hasta el punto de que en su época de esplendor, la salud de GM se equiparó con la de todo el país.
A principios de los años de la década de 1950, Estados Unidos estaba en la cima del mundo. El país seguía disfrutando la victoria en la Segunda Guerra Mundial y se disputaba el liderazgo con la emergente Unión Soviética.
La maquinaria industrial estadounidense funcionaba a plena capacidad y las factorías de General Motors (que durante la guerra se concentraron en la producción de material bélico) escupían automóviles a una velocidad vertiginosa para satisfacer el sueño americano.
En 1954, su cuota de mercado en Estados Unidos había alcanzado su punto álgido, 54 por ciento, y había producido el vehículo número 50 millones. Millones de familias en todo el país dependían económicamente de General Motors.
La ligazón entre GM y el país era tal que en 1953 el entonces presidente estadounidense, Dwight Eisenhower, nombró al presidente de General Motors, Charles E. Wilson, secretario de Defensa.
Según la biografía oficial del Departamento de Defensa, durante su proceso de confirmación en el Senado, Wilson asoció el futuro de Estados Unidos y General Motors.
Preguntado si como secretario de Defensa podría tomar decisiones contrarias a los intereses de su compañía, Wilson dijo que sí, "porque durante años pensé que lo que era bueno para el país era bueno para General Motors, y viceversa".
Durante décadas, la declaración de Wilson pareció irrefutable.
La empresa había sido fundada en 1908 por William Durant y en sus primeros años de existencia engulló otros fabricantes como Buick, Oldsmobile, Cadillac y GMC. Pero la empresa realmente no despegó hasta que en 1923 Alfred Sloan fue nombrado presidente y consejero delegado.
Sloan disparó la cuota de mercado del 12 por ciento al 41 por ciento en 1941 y expandió internacionalmente la compañía estadounidense con la compra de la británica Vauxhall en 1925 y la alemana Adam Opel en 1929.
Cincuenta años después, a principios de los años 1980, General Motors se había convertido en un gigante descomunal, con más de 600.000 empleados en Estados Unidos y otros 250.000 en el resto del mundo.
Pero la compañía que era demasiado grande para caer y que definía lo que era bueno para Estados Unidos empezó a languidecer tan pronto como alcanzó su cima.
Sus ingresos se duplicaron en siete años y pasaron de 62.700 millones de dólares en 1981 a 123.600 millones de dólares en 1988. El fabricante de automóviles se había diversificado para producir desde autobuses hasta satélites y equipos militares.
Cuando Rick Wagoner llegó a la presidencia de GM en el 2000, la suerte del coloso industrial estaba prácticamente decidida gracias al ascenso de los fabricantes asiáticos y la incapacidad del sector del automóvil estadounidense para cambiar.
A principios del siglo XXI General Motors estaba compuesto por un listado impresionante de marcas: Buick, Oldsmobile, Cadillac, GMC, Chevrolet, Vauxhall, Opel, Saab, Saturn, Daewoo y Hummer.
A pesar de todas estos nombres, GM llegó al siglo XXI dependiendo de que los consumidores estadounidenses seguirían comprando eternamente los grandes todoterrenos de los años 1990 y sin estrategia de cambio.
Mientras, Toyota, Honda y Nissan se asentaron en Estados Unidos y le robaron día a día cuota de mercado, dejando al descubierto todos los puntos débiles del gigante.
El ascenso de los precios del petróleo y la crisis económica del 2008 fueron la puntilla final. Los compradores estadounidenses desaparecieron de los concesionarios y las ventas se desplomaron.
Del 2006 y al 2008, sus pérdidas sumaron la increíble cifra de 90.000 millones de dólares y el castillo de naipes en que se había convertido el representante del antiguo capitalismo estadounidense cayó con inusitada velocidad 100 años y 8 meses después de su creación.
La empresa que representó el sueño americano se ha convertido en la imagen de la pesadilla del país.
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sábado, 28 de marzo de 2009
La guerra secreta contra los trabajadores en EE.UU.
La historia del paro que nadie advierte
Robert S. Eshelman
Tom Dispatch
27-03-2009
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Introducción del editor de TomDispatch
A.I.G., por supuesto, vuelve a las primeras planas - ¡y cómo! No es que haya estado mucho tiempo lejos de las pantallas. Después de haber recibido otra infusión más de dólares de dineros públicos federales, todo el mundo sabe perfectamente que el gigante de los seguros distribuyó otra serie de lucrativas bonificaciones. Durante el último año, la dirección de la compañía ha repartido cerca de 1.000 millones de dólares en tales pagos, aproximadamente la mitad a empleados en la subsidiaria de productos financieros que elucubraron el tipo de acuerdos de alto riesgo, altamente apalancados, en derivados que ayudaron a llevar a la compañía, a Wall Street, y a la mayoría de nosotros a una fuerte caída el año pasado.
Las bonificaciones fueron destinadas a 418 empleados, 73 “bonificaciones de garantía” de 1 millón de dólares o más a miembros de esa subsidiaria (incluidos 11 que han abandonado la firma) para ayudar a “desenredar” los tratos que ellos mismos crearon. ¿Qué tal como mea culpa de A.I.G. a los contribuyentes y a los nuevos cesantes que oficialmente “son dueños” de un 80% de la compañía (lo que podría ser un 80% de casi nada)?
Mientras tanto, ha habido una lluvia de titulares sobre masivos despidos de empleados públicos. En California, más de 26.000 maestros de escuelas públicas recibieron avisos el viernes pasado de que podrían no contar con puestos de trabajo el próximo año. Otros 15.000 conductores de buses escolares, conserjes y administradores podrían estar en la misma situación. Los sindicatos llamaron a sus miembros en todo el Estado a manifestaciones de “viernes de carta de despido”.
En Michigan, el consejo escolar de Pontiac votó a favor del despido de todos los que sobrepasen el número de 600 empleados. En ambos casos, los funcionarios afirman que no todos los que han recibido avisos serán de hecho despedidos, pero esos avisos hablan de la enormidad del problema que enfrentan los gobiernos locales y estatales. Nadie, claro está, pide a los maestros y conductores que se queden (con lucrativas bonificaciones) para desenredar las crisis que ellos crearon. Oh, tal vez sea porque, a diferencia de los operadores de A.I.G., no cometieron ningún error.
Sin embargo, el gigante asegurador no es la única compañía que se siente por los cielos en tiempos malos. Como sugiere a continuación el periodista Robert Eshelman, mientras los despidos masivos se apoderan de los titulares – y con buen motivo – las empresas podrían haber abierto un nuevo frente en la guerra contra los sindicatos, ocultándose tras horribles noticias económicas del mismo modo como un ejército agresor podría utilizar una cortina de humo.
¿Cuán grande es el problema? Bueno, simplemente no lo sabemos. A medida que los periódicos siguen desapareciendo o reduciéndose – el Washington Post lo hizo recientemente en su sección independiente sobre el mundo de los negocios – los periodistas que quedan en el campo económico pueden no estar prestando suficiente atención a una guerra contra los trabajadores que acecha bajo la superficie de los titulares.
La guerra secreta contra los trabajadores en EE.UU.
La historia del paro que nadie advierte
Robert S. Eshelman
Juanita Borden, de 39 años y sin trabajo, espera pacientemente mientras su currículum vitae sigue metódicamente su camino, línea por línea, a través de un telefax en la oficina de empleo estatal en el centro de Filadelfia. Frente a ella, sobre una mesa de conferencia redonda hay una carpeta bien organizada. “Es mi curriculum vitae y todos aquellos a los que lo he estado enviando por fax. Así mantengo control sobre el día en el que los he enviado, para poder llamar y preguntar,” dice, hojeando las páginas de confirmación de los fax. “Usualmente espero cinco días antes de preguntar si los han recibido o no y si están o no interesados.”
Juanita fue despedida en octubre pasado, cuando su empleador descubrió que su permiso de conducir – requerimiento para el empleo – estaba vencido. “Era sólo un asunto de veintiséis dólares. Yo creía que vencía en noviembre de 2008, pero en realidad era en noviembre de 2007, y como no había estado conduciendo no me di cuenta.” En una ocasión en la que le pidieron que condujera, no pudo, y bastó para que su empleador la despidiera por no cumplir sus responsabilidades para con su empleo. Desde entonces ha renovado su licencia y dice con un aire de futilidad: “Me gustaría recuperar mi empleo si me lo devolvieran.”
No le han pedido que vuelva y, a pesar de sus continuos esfuerzos, tampoco ha recibido un solo llamado de un posible empleador. “Lo bueno,” dice, y sigue notablemente alegre a pesar de su desgracia, “es que usualmente cuando me entrevistan consigo el trabajo. De modo que… espero tener pronto una entrevista.” Hasta entonces, su carpeta cuidadosamente administrada sirve como una pequeña medida de control sobre lo que de otra manera es un giro continuo hacia la pobreza y la falta de vivienda.
Juanita no es la única en esta oficina de empleo que está al borde del precipicio de la necesidad. Y no es la única que relata una historia de un despido por lo que podría parecer un motivo frívolo. Chris Topher, de 25 años, viene por primera vez al lugar. Fue despedido en marzo del año pasado. La compañía de telecomunicaciones para la que había estado trabajando lo echó cuando, según su relato, instaló equipo de cable que un cliente no había pedido. No importó que el error haya estado en la orden de trabajo que recibió. “Era el mejor trabajo que tuve desde que me gradué de secundaria y he tenido unos pocos: la Comisión Turnpike, en la oficina de un senador. He tenido algunos buenos trabajos, pero ése es el que me gustó más.”
Y había buenos motivos para que le gustara. Chris ganaba entre 1.200 y 1.300 dólares por quincena fuera de recibir un paquete completo de prestaciones. Pensó en impugnar su despido, pero entonces parecía una batalla larga y difícil que no deseaba emprender. Es una lucha que, en retrospectiva, piensa que podría haber ganado y que su empleador probablemente también sabía que podía ganar. “Y por eso creo que mi empleador me aprobó para el seguro de desempleo,” dice.
Bajo los requerimientos de elegibilidad para la prestación de desempleo, un empleador debe certificar si un empleado cometió una “falta” en su trabajo y que fue el motivo para su despido. Si un empleador indica que no se cometió una falta y que el empleado cumple con varios otros requerimientos, incluyendo la capacidad física de trabajar, los Estados aceptan una solicitud de desempleo. En otras palabras, el ex empleador de Chris le otorgó una pequeña concesión, aunque de otra manera haya puesto su vida cabeza abajo en medio de la peor crisis del mercado laboral desde 1983.
“El desempleo es una mierda,” dice Chris, cuya compensación por desempleo es mucho menos de la mitad de lo que ganaba como instalador de cable. A pesar de eso, le va mejor que a Juanita, que ha solicitado dos veces el seguro de desempleo y ambas veces ha sido rechazado. Ahora está apelando, pero su empleador no hace ninguna concesión. En una reciente audiencia de arbitraje, dice Juanita, su ex supervisor afirmó que si ella los hubiera informado sobre la expiración de su licencia, le hubieran dado tiempo para renovarla. Si así fuera.
Ahora, Juanita vive con su hermano y su mujer, pero ellos también tienen problemas financieros. “Mi hermano trabaja a tiempo parcial y lo vuelve loco, porque causa problemas de dinero entre él y su mujer,” explica. “Y conmigo allí,” duda, “… es un poco limitado.”
Avivando el temor
Los medios dominantes han esbozado generalmente una visión del mercado laboral en la cual, bajo la presión de una catástrofe económica, los trabajadores sucumben a dos tipos de reducción. En una, una feroz recesión obliga a las empresas, desesperadas por cortar costes en tiempos terribles, despiden trabajadores. Estos, por su parte enfrentan perspectivas sombrías para obtener empleo remunerado en otros sitios. En una versión más suave y gentil de lo mismo, empleadores, desesperados por reducir costes en tiempos terribles, ofrecen – o a veces obligan a los trabajadores a aceptar – “licencias”, recortes de salario, retrocesos en los logros laborales, semanas de cuatro días, o vacaciones sin paga en lugar del despido de muchos de ellos.
En este último caso, por duro que sea, los trabajadores se benefician, reteniendo por lo menos parte de sus ingresos, mientras las empresas esperan que pase la recesión. En ambos casos, las empresas son generalmente presentadas como distribuidores renuentes de cartas de despido. Gerentes y mandamases sólo enfrentan una realidad desagradable y presiones inevitables que les son impuestas por el peor momento económico en nuestros tiempos.
Una visita a una oficina de empleo no es precisamente un estudio científico. Las experiencias de Juanita y Chris, junto con las de otros desocupados que encontré mientras estaba en Filadelfia, podrían ser simplemente evidencias anecdóticas. Pero plantean preguntas sobre un tema que no deja de ser importante, y es algo de lo cual no es probable que uno lea en su periódico diario – todavía no, en todo caso. Aunque la recesión se profundiza y amenaza a las empresas, algunas de ellas indudablemente hacen un uso conveniente de la situación para hacer cosas que querían hacer pero no podían en mejores circunstancias.
En algunos casos, bajo la guisa de presión “por la recesión,” podrían librar una guerra secreta contra sus propios trabajadores, utilizando hasta las más inofensivas trasgresiones de las reglas en el sitio de trabajo como gatillos para despidos – y así, evidentemente, atemorizar a los que se quedan. De este modo, las nóminas de las compañías no son sólo reducidas mediante despidos masivos, sino que presionan a los trabajadores para que aumenten la productividad a cambio de salarios menores, peores horas de trabajo, y menos prestaciones. El arma preferida es el fantasma del desempleo, una especie de muerte mediante mil (o un millón) de cortes.
Las compañías pueden ganar mucho en estos días mediante semejantes acciones en pequeña escala pero decisivas. Después de todo, obtienen un doble beneficio. No sólo recortan el tamaño de su nómina, a menudo sin que tengan que consentir a una compensación por desempleo – como en el caso de Juanita – sino también contribuyen a un clima de intensificación del miedo. Los trabajadores que siguen en sus puestos están ahora no sólo con los nervios de punta por despidos o reducción de las horas de trabajo, sino también saben que un retraso al volver del baño o del almuerzo puede significar que sean puestos en la calle, sumándose a la legión de desocupados – que ahora llega a 12,5 millones y crece rápidamente.
Esta dinámica, claro está, no es nada nuevo. Innumerables críticos de las condiciones de trabajo han escrito sobre ella desde el alba de la era industrial. Pero por el momento, incluso mientras las tasas de desempleo gritan desde los titulares, es un tema raramente mencionado. Consideremos, sin embargo, que en diciembre, Wal-Mart, el mayor comerciante minorista del mundo, llegó a acuerdos en 63 juicios pendientes por demandas colectivas sobre masivas trasgresiones salariales y de los horarios de trabajo. Por miedo al despido, trabajadores de Wal-Mart, según sus testimonios en los juicios, trabajaron durante recesos para almorzar y después del horario establecido por una paga que sólo era ligeramente superior al salario mínimo, con pocas esperanzas de trabajar suficientes horas para calificarse para las prestaciones de salud de la compañía.
Como condición para el acuerdo, Wal-Mart pagará hasta 640 millones de dólares a esos trabajadores. Si las corporaciones fueron capaces de ejercer un tal poder coercitivo cuando la tasa de desempleo era de cerca un 5%, ¿qué podrán hacer en un mercado laboral en el cual un 14,8% de la población no puede encontrar un trabajo apropiado?
En los hechos, el mayor comerciante minorista del mundo es una de las pocas corporaciones estadounidenses a las que les va bien en tiempos difíciles. Mientras las ventas al detalle caían casi por doquier, las ventas de la compañía en negocios idénticos aumentaron 5,1% en febrero (en comparación con las ventas de febrero de 2008). Sin embargo, en el mismo mes, anunció una iniciativa para “reajustar su estructura corporativa y reducir costes.” Redujo entre 700 y 800 puestos de trabajo en sus oficinas centrales de Wal-Mart y Sam's Club, actuando en efecto de un modo que no difiere del de otras compañías afectadas por la profundización de la recesión.
Zona de libre fuego
Rodney Green, de 52 años y voz suave, va a la oficina de empleo tres veces por semana para buscar en listas de puestos de trabajo en línea. Describe su deriva durante décadas de empleado a tiempo completo con prestaciones, a trabajador temporal marginado sin prestaciones y, finalmente, a la categoría de cesante durante un largo período.
Desde fines de los años setenta hasta comienzos de los noventa, trabajó para Bell Telecommunications, donde ganaba un buen salario y prestaciones. Desde que Bell lo despidió, ha trabajado periódicamente como conductor de montacargas para diversas compañías, en colocaciones temporales a través de una agencia de empleo. Más recientemente, ha ganado 12 dólares por hora trabajando para un productor de carnes frías y quesos artesanales. Sin prestaciones. Un año de trabajo, explicó, significaba una semana de vacaciones, “pero no te retenían tanto tiempo. Antes te despedían o te rotaban a otro trabajo.”
Actualmente, como ha visto, incluso esos trabajos temporales se hacen escasos. “En los años ochenta, no fue tan malo como ahora,” comenta en el corazón del territorio de desempleo que es en 2009 una Filadelfia profundamente desindustrializada.” La ciudad tenía puestos de trabajo, pero luego estos se mudaron a los suburbios. Ahora se van al extranjero. En aquel entonces, cuando uno se presentaba para un puesto, tal vez también lo hacían otros cincuenta. Hoy en día, para ese mismo puesto encuentras a cientos – más bien, mil para un solo empleo. Es duro. Es deprimente.”
Durante el último año y medio, Rodney ha cobrado periódicamente subsidios de desempleo, y en ese tiempo, no ha conseguido una sola entrevista. Recientemente, porque el gobierno de Bush terminó por ceder ante la presión de la base y del Congreso para prolongar los subsidios de desempleo, recibió una extensión de trece semanas, lo que le da un poco de respiro (a diferencia de Juanita que tampoco obtiene entrevistas). “Eso me ayudó mucho. Los tiempos son duros ahora. Dicen que hay más de cuatro millones de personas que cobran subsidios. Es mucha gente.”
Si Juanita y Chris son víctimas de la intensificada guerra de desgaste que las empresas libran en silencio contra los trabajadores, Rodney representa una desintegración más profunda de los puestos de trabajo y de la seguridad del empleo, gracias a una economía globalizada en la cual los trabajadores en apuros de este país son enfrentados a grupos laborales más baratos en Latinoamérica, el sur de Asia, China, e incluso el sur de EE.UU. En un entorno laboral semejante, ¿qué hacer?
Una persona que entrevisté antes de mi visita a la oficina de empleo describió su reacción cuando oyó que su compañía había cerrado recientemente una planta en el Medio Oeste [Región central de EE.UU.]: “Lo primero que pensé, y me sentí mal por pensarlo,” recuerda, de un modo algo tímido, “fue que eso significa más trabajo para nosotros – por lo menos por el momento.”
Su comentario dice mucho, como su pedido de no ser identificada. ¿Quién necesita rompe-sindicatos, patrullas de responsables sindicales, o legiones de abogados caros que se opongan a reivindicaciones salariales y de horario cuando un trabajador teme tanto por la seguridad de su empleo que reacciona positivamente al despido de los que imagina son sus competidores en potencia? Cuando los empleados controlan su propia conducta por temor a la cesantía – monitoreando el tiempo ocupado en revisar sus correos o al utilizar el baño – los malos tiempos generan claramente una ventaja para la dirección de la empresa.
En ese entorno laboral, es fácil volverse no sólo contra otros, sino contra sí mismo. Al pensar en lo que hará sin empleo ni prestaciones de desempleo, Juanita se pregunta si el problema no será la economía, sino sus propias decisiones en la vida. “Dejé mi casa cuando tenía dieciséis años y viví en mis propios sitios, tuve mis hijos, y me casé,” dice nerviosa, doblando y volviendo a doblar un periódico local. “Debiera haber ido a la universidad y hecho muchas cosas más para haber sido más mercadeable antes en la vida. Ahora me veo en la necesidad de comenzar de nuevo una vez más.”
Una mirada a la oposición corporativa a la Ley de Libre Elección del Empleado (EFCA, por sus siglas en inglés), cuya aprobación por el Congreso es una demanda central de los sindicatos, da una idea de cómo las compañías tratan persistentemente de perjudicar a sus trabajadores. La EFCA permitiría a los trabajadores la formación de un sindicato si una mayoría firma tarjetas del sindicato en un sitio de trabajo determinado. La “comprobación por tarjeta”, como la llaman frecuentemente, les permite organizar sindicatos sin que sea necesaria una elección. En un artículo en noviembre en el que analiza la reacción de la elite empresarial a la Ley, el columnista de opinión editorial del Wall Street Journal, Thomas Frank escribió: “La comprobación por tarjeta tiene que ver con poder. La dirección lo tiene, los trabajadores no, y las empresas no quieren que eso cambie.”
A juicio de Frank, la actual lucha por la EFCA es la más reciente encarnación de una lucha en desarrollo constante entre trabajadores y empleadores. Para los sub- o desempleados que se conglomeran en esta oficina en Filadelfia, la actual recesión no representa una interrupción en la lucha normal, es más bien una nueva temporada de caza para ataques corporativos en su contra.
Ahora mismo, para Juanita, Chris, y otros en esta oficina, en realidad existen dos guerras, y sólo una de ellas parece haber captado la atención de los periodistas laborales y empresariales. Los titulares sobre la primera dicen: “Compañías desesperadas obligadas a reducir empleos.” Pero muchos de los que están aquí parecen estar viviendo una segunda guerra en la que las empresas aprovechan los malos tiempos para actuar utilizando métodos que no podrían utilizar en mejores circunstancias.
¿No debieran salir los periodistas en busca de esa lucha clandestina y unilateral? ¿No es hora de que la segunda guerra empresarial de este momento merezca unos pocos titulares?
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Robert S. Eshelman es periodista independiente y presentador en audio de TomDispatch.com. Sus artículos han aparecido en The Nation, In These Times, y en The National de Abu Dhabi. Para contactos, escriba a: robertseshelman@gmail.com.
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