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jueves, 17 de junio de 2010

Mi diario en la Flotilla a Gaza


16-06-2010
Henning Mankell
The Daily Beast

A las 5 de la mañana estoy en la calle esperando el taxi que me llevará al aeropuerto de Niza. Es la primera vez en años que E. y yo hemos tenido algo de tiempo para compartir. En un principio pensamos que podría ser [la espera para el viaje] de dos semanas. Resultó ser de cinco días, ya que el “Barco a Gaza” parece estar listo para partir hacia Chipre para unirse, según lo previsto, al resto de los barcos.

Nuestro objetivo se puede leer ya desde el punto de partida, pienso mientras espero al taxi. Siguiendo las instrucciones, he limitado mi equipaje a una mochila con un peso no superior a 10 Kg. El “Barco a Gaza” tiene un objetivo claro y bien definido: romper el bloqueo ilegal que Israel está imponiendo a la Franja de Gaza. Después de la guerra de hace un año, la vida se ha vuelto más y más insoportable para todos los palestinos que viven allí. Hay una escasez enorme de los suministros básicos para vivir de un modo digno.

Pero el objetivo del viaje es, por supuesto, mucho más explícito que eso. Hechos y no palabras, pienso. Es fácil apoyar, defender u oponerse a esto, aquello y lo otro. Pero la acción sólo puede proporcionar el valor de lo que se dice. Los palestinos que han sido forzados por los israelíes a vivir en la miseria tienen que saber que no están solos, que no se les ha olvidado. Hay que recordar al mundo su existencia. Y podemos hacerlo mediante la carga que llevan los otros buques: medicamentos, plantas de desalinización de agua potable, cemento.

Llega el taxi y nos encaminamos al aeropuerto. Recuerdo que la primera anotación la hice en el taxi. No recuerdo las palabras exactas, pero me siento desconcertado por la sensación de no haber pensado que se trata de un proyecto tan odiado por los israelíes que bien podrían tratar de detener el convoy por medios violentos.

En el momento de llegar al aeropuerto el pensamiento se ha ido. En este punto, también, el proyecto está muy claramente definido. Tenemos que usar tácticas no violentas, no hay armas, ni intención de enfrentamiento físico. Si nos abordan, debería pasar de una manera que no ponga en peligro nuestras vidas.

29 de mayo. Nicosia (Chipre)

Después de días de espera, alrededor de las 5 de la tarde las autoridades del puerto por fin nos dan permiso para acceder a un barco llamado “Desafío”, que nos llevará, a una velocidad de 15 nudos, hasta el punto de encuentro para trasladarnos al buque de carga “Sofía”. Ya hay un montón de personas en el “Desafío”, observando y esperando. Parecen un poco decepcionados porque sólo somos tres: el miembro del parlamento sueco K, la doctora sueca S. y yo. Habían estado esperando a unos activistas irlandeses que abandonaron la idea así, de pronto, y retornaron a casa. Subimos a bordo, saludamos y pronto aprendimos las reglas que se aplican aquí. Es muy estrecho, bolsas de plástico llenas de zapatos en todas partes, pero el ambiente es bueno, tranquilo. Todos los signos de interrogación parecen haberse resuelto ahora. A las 17’00 los dos motores diesel inician un estruendo de muerte. Finalmente estamos en marcha. 30 de mayo. En el mar, al sureste de Chipre. 8 de la mañana. El mar está tranquilo. Nos estamos acercando al buque más grande de la flotilla. Es un ferry de pasajeros, la “reina” de los barcos del convoy. Hay cientos de personas a bordo. Ha habido mucha discusión sobre la probabilidad de que los israelíes centren sus esfuerzos en esta nave en particular.

¿Qué esfuerzos? Es algo con lo que hemos estado elucubrando desde el inicio del proyecto. Nada puede saberse con certeza. ¿La marina israelí hundirá los barcos? ¿O los va a rechazar con algún otro tipo de fuerza? ¿Se ha iniciado una posibilidad de solución razonable para que pasen los barcos, permitiendo a Israel reparar su reputación manchada en el mundo, aunque sea un poco? Nadie lo sabe. Pero parece más probable que nos veamos, en la frontera con las aguas territoriales de Israel, enfrentados a la amenaza de los altavoces de los buques de guerra. Si no paramos, probablemente disparen contra las hélices o timones para, a continuación, arrastrarnos a alguna parte para su reparación.

1 de la tarde

Los tres nos hemos trasladado al “Sofía” por una escalera de cuerda. Es un buque de carga viejo, con un montón de óxido y una tripulación afectuosa. Calculo que somos unas 25 personas en total. El cargamento incluye cemento, barras de refuerzo y casas prefabricadas de madera. Me echan una mano para compartir con el parlamentario, a quien puedo ver después de los largos días en Nicosia cada vez más como un viejo amigo. Vemos que no tiene [el barco] luz eléctrica. Vamos a tener que ponernos al día con la lectura en otro momento.

4 de la tarde

El convoy se ha reunido. Nos dirigimos hacia Gaza.

6 de la tarde

Nos reunimos en el área de comedor, improvisado entre las escotillas de carga y la superestructura del barco. El griego de pelo gris que es responsable de la seguridad y la organización a bordo, además de los aspectos náuticos, habla en voz baja e inmediatamente inspira confianza. Palabras como "espera" y "vigilancia" ya no existen. Ahora nos estamos acercando. La única pregunta es: ¿Qué estamos acercando a qué? Nadie sabe lo que van a hacer los israelíes. Sólo sabemos que sus declaraciones han sido amenazadoras, anunciando que el convoy será rechazado por todos los medios a su disposición. Pero ¿qué significa eso? ¿Torpedos? ¿Soldados bajando desde helicópteros? No podemos saberlo. Pero la violencia no se responderá con la violencia por nuestra parte. Sólo elemental defensa propia. Podemos, en cambio, hacer las cosas más difíciles para nuestros atacantes. El alambre de púas se va a poner en toda la borda del buque. Además todos estamos acostumbrados a usar chalecos salvavidas, habrá puestos de observación y se nos dirá dónde reunirnos si los soldados extranjeros vienen a bordo. Nuestro último bastión será el puente.

Entonces comemos. El cocinero es de Egipto, y sufre con una pierna mala. Pero los alimentos son de un gran cocinero.

31 de mayo. Medianoche.

Hago mi turno de guardia desde medianoche a las tres de la madrugada. La luna sigue siendo grande, aunque a veces es oscurecida por las nubes. El mar está en calma. Hay brillo de las luces de navegación. Las tres horas pasan rápidamente. Me he dado cuenta de que estoy cansado cuando alguien toma mi puesto. Todavía hay un largo camino por recorrer hasta llegar al límite territorial que los israelíes legítimamente podrían defender. Debo tratar de dormir aunque sea unas pocas horas.

Bebo un té, converso un rato con un miembro griego de la tripulación, en un inglés muy pobre, pero insiste en saber de qué tratan mis libros. Son casi las 4 de la madrugada cuando me puedo acostar.

4’30 de la madrugada

Acabo de dormirme cuando me despierto de nuevo. En la cubierta veo que el ferry grande está iluminado. De pronto se oye el sonido de disparos. Así que ahora ya sabemos que Israel ha optado por la vía del enfrentamiento brutal. En aguas internacionales.

Transcurre una hora para ver a los botes de goma negros, muy veloces, llenos de soldados enmascarados y comenzar a abordarnos. Nos reunimos en el puente. Los soldados son impacientes y quieren que desalojemos la cubierta. Alguien va demasiado despacio y le disparan una descarga [eléctrica] en el brazo. Cae. Otro hombre que no se mueve lo suficientemente rápido recibe una pelota de goma. Pienso: estoy viendo esto a mi lado. Es una realidad absoluta. Personas que no han hecho nada tratadas como animales, castigadas por su lentitud.

Nos agrupan en la cubierta. Allí permanecemos durante 11 horas, hasta los muelles de Israel. De vez en cuando nos filman, aunque los soldados no tienen derecho a ello. Cuando tomo algunas notas, un soldado se acerca y pregunta qué estoy escribiendo. Es la única vez que pierdo los estribos y le digo que no es asunto suyo. Sólo puedo ver sus ojos, no sé lo que piensa. Pero se vuelve y se va.

Once horas sin poder movernos, asados de calor. Si queremos ir a orinar, tenemos que pedir permiso. La comida que nos dan es galletas, bizcochos y manzanas. No estamos autorizados a hacer café, a pesar de que podríamos hacerlo en un lugar donde estamos sentados. Tomamos una decisión colectiva: no preguntar si se pueden cocinar los alimentos. Luego nos filmarían y lo presentarían como muestra de la generosidad con la que los soldados nos habían tratado. Nos apegamos a las galletas y bizcochos. Es una humillación sin comparación. (Mientras tanto, los soldados que están fuera de servicio han arrastrado colchones de los camarotes y están durmiendo en la parte posterior de la cubierta.)

Así que en esas 11 horas, tengo tiempo de hacer balance. Nos han atacado en aguas internacionales. Eso significa que los israelíes se han portado como los piratas, no son mejor que los que operan en la costa de Somalia. En el momento en que empiezan a dirigir la nave hacia Israel, también nos han secuestrado. Toda la acción es ilegal.

Tratamos de hablar entre nosotros, elucubrar sobre lo que puede ocurrir y nos preguntamos cómo es posible que los israelíes opten por una acción que no les deja ninguna salida. Los soldados nos miran. Algunos pretenden que no entienden Inglés. Pero todos lo hacen. Hay un par de niñas entre los soldados. Se ven las más avergonzadas. Quizás sean del tipo de personas que se escapan a Goa y caen en la adicción a las drogas una vez han terminado su servicio militar. Sucede todo el tiempo.

6 de la tarde

Un muelle en algún lugar de Israel. Yo no sé dónde. Nos llevan a tierra y nos obligan a caminar entre dos filas de soldados mientras la televisión militar nos filma. De repente se me ocurre que se trata de algo que nunca les perdonaré. En ese momento, no son para mí más que unos cerdos y unos bastardos.

Nos dividen y nadie está autorizado a hablar con nadie más. De repente, un hombre del ministerio israelí de Relaciones Exteriores aparece a mi lado. Me doy cuenta que está ahí para asegurarse de que no me traten con demasiada dureza. Yo soy, después de todo, conocido como escritor en Israel. Me han traducido al hebreo. Pregunta si necesito algo. "Mi libertad y la de todos los demás", le digo.

No contesta. Le pido que se vaya. Da un paso atrás. Pero se queda.

Como es lógico, no confieso nada y me dice que me van a deportar. El hombre que me lo dice añade que le gustan mis libros. Eso me hace considerar la posibilidad de evitar que mis libros se vuelvan a traducir al hebreo. Es algo que aún tengo que madurar.

La agitación y el caos reinan en este centro de acogida para "los solicitantes de asilo". Cada rato tiran a alguien al suelo, le atan y le esposan. Creo que nadie me cree cuando digo esto. Pero hay muchos ojos que lo vieron. Mucha gente se verá obligada a admitir que estoy diciendo la verdad. Hay muchos de nosotros que podemos dar testimonio.

Un solo ejemplo es suficiente. Justo a mi lado, un hombre que se niega a que le tomen sus huellas digitales. Acepta que le fotografíen, pero ¿las huellas dactilares? Considera que no ha hecho nada malo. Se resiste. Y lo golpean hasta tirarlo al suelo. Lo arrastran. Yo no sé adónde. ¿Qué palabra puedo usar? ¿Repugnantes? ¿Inhumanos? Hay muchas donde escoger.

11 de la noche

A nosotros, el parlamentario, la médica y a mí, nos llevan a una prisión para aquéllos a quienes se niega el derecho de entrada. Allí nos separan. Nos lanzan unos pocos bocadillos que saben a trapos viejos. Es una noche larga. Puedo utilizar mis zapatillas deportivas como almohada.

1 de junio. Por la tarde.

Sin ningun aviso, nos llevan al parlamentario y a mí un avión de Lufthansa. Nos van a deportar. Nos negamos a ir hasta que no sepamos lo que le está sucediendo a S. Una vez nos hemos asegurado de que ella también está en camino, dejamos nuestra celda. A bordo del avión, la azafata me da un par de calcetines. Uno de los comandos que atacaron el barco me los robó.

El mito del soldado israelí valiente y completamente infalible se hace añicos. Ahora podemos añadir: son ladrones comunes. Porque yo no era el único a quien robaron el dinero, la tarjeta de crédito, ropa, un reproductor de MP3, ordenador portátil, y lo mismo pasó con muchos otros en el mismo barco que yo, que fue atacado temprano en la mañana por soldados israelíes enmascarados, o piratas disfrazados.

Al final de la tarde estamos de vuelta en Suecia. Puedo hablar con algunos periodistas. Entonces me siento un rato en la oscuridad fuera de la casa donde vivo. E. no dice mucho. Al día siguiente, 2 de junio, escucho el [canto del] mirlo. Una canción para los que murieron.

Ahora lo que tenemos que hacer es no perder de vista el objetivo, que es levantar el brutal bloqueo de Gaza. Lo lograremos.

Más allá de ese objetivo, los demás están esperando. La demolición de un sistema de apartheid lleva su tiempo. Pero no una eternidad.

Los libros de Henning Mankell se han publicado en 33 países y permanentemente están en la lista de bestsellers en Europa, recibiendo premios literarios, y se han hecho adaptaciones de ellos para el cine y la televisión. También ha publicado muchas novelas para niños, adolescentes y adultos. Es uno de los dramaturgos más populares de Suecia. Nacido en 1948 y se crió en la localidad sueca de Sveg. En la actualidad divide su tiempo entre Suecia y Maputo, Mozambique, donde trabaja como director en el Teatro Avenida.

Traducido para el CEPRID (www.nodo50.org/ceprid) por María Valdés

Fuente: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article874

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domingo, 28 de junio de 2009

La línea recta que va desde Soweto a Gaza


Obstaculizados por el apartheid

Henning Mankell
Kultur AFTONBLADE
Traducción de Manuel Talens

A finales de mayo de este año estuve en Israel y Palestina. Fui allí con una delegación de escritores en representación de varios continentes. Íbamos a participar en una conferencia literaria palestina.

El acto inaugural estaba previsto en el Teatro Nacional Palestino de Jerusalén. Pero justo en el momento de reunirnos llegaron soldados y policías israelíes fuertemente armados y nos comunicaron que iban a impedir el acto. Les preguntamos por qué. Ésta fue su respuesta: “Son ustedes un riesgo para la seguridad”.

Por supuesto, el pretender que en aquel momento éramos una amenaza para la seguridad de Israel no tenía sentido alguno. Pero, al mismo tiempo, he de conceder que no les faltaba razón. Uno siempre es una amenaza si viene a Israel a decir lo que piensa sobre la opresión israelí contra el pueblo palestino. Desde luego, nuestra presencia allí no era menos amenazadora de lo que lo fue en su día contra el sistema de apartheid en Sudáfrica. Las palabras son siempre peligrosas.

Lo que sigue son las palabras que pronuncié cuando los organizadores del evento lograron trasladar el acto inaugural al Centro de Cultura Francesa, que nos acogió.

“Lo que ahora sucede aquí es una copia exacta del despreciable sistema de apartheid que trataba a los africanos negros como ciudadanos de segunda clase en su propia tierra. Sin embargo, no olvidemos que aquel sistema ya no existe. A principios de los años noventa la fuerza de los seres humanos le hizo morder el polvo. Hay una línea directa que une Soweto y Sharpeville con los últimos acontecimientos acaecidos en Gaza.”

Durante los tres días siguientes visitamos Hebrón, Belén, Jenin y Ramalá. Un día fuimos de paseo por las montañas con el escritor palestino Raja Shebadeh, que nos mostró la diseminación de los asentamientos israelíes a costa de tierra palestina confiscada, con destrucción de caminos y construcción de otros nuevos sólo para uso de los colonos. El acoso no tardó en llegar en los puestos de control. Ni que decir tiene que mi mujer y yo lo tuvimos mucho más fácil para poder atravesarlos. Pero las personas de la delegación que tenían pasaporte sirio o eran de origen palestino fueron mucho más vulnerables. Baja el saco del autobús, vuelve a meterlo, bájalo de nuevo...

Pero incluso el infierno hay grados. Hebrón fue el peor: en medio de una ciudad de 40.000 palestinos viven 400 colonos judíos que han confiscado una parte del centro urbano. Son brutales, no dudan en atacar a sus vecinos palestinos en cualquier momento. Cualquier cosa vale: ¿por qué no mearles la cabeza desde la ventana cuando pasan por la calle? Vimos un documental en el que, entre otras cosas, unas mujeres de los asentamientos y sus hijos se dedicaban a dar patadas y golpes a otras mujeres palestinas... sin que los militares interviniesen. Ésa es la razón por la que hay gente en Hebrón que, en nombre de la solidaridad, acompañan voluntariamente a los niños palestinos desde su casa a la escuela y de vuelta a su casa. Esos 400 colonos están protegidos veinticuatro horas al día los siete días de la semana por 1500 soldados israelíes. Cada colono está constantemente protegido por cuatro o cinco personas. Además, a los colonos se les permite llevar armas. Cuando visitamos uno de los peores cruces en Hebrón, un colono extremadamente agresivo nos filmó. Si veía cualquier signo palestino ―un brazalete o un pin― Corría inmediatamente a informar a los soldados.

Por supuesto, nada de lo que experimentamos en aquellos días podría compararse con la situación que soportan los palestinos. Nos dábamos cita con ellos en taxis y en la calle, en veladas de lectura, en universidades y en teatros. Conversábamos y escuchábamos los desmanes a los que viven sometidos.

¿Qué tiene de extraño si algunos de ellos, desesperados, deciden convertirse en kamikazes cuando no ven otra salida? Es algo normal. Lo extraño es que no haya más que tomen esa decisión.

El muro que ahora divide el país impedirá ataques futuros a corto plazo. Pero es una prueba demasiado clara de la desesperación del poder militar israelí. Al final, correrá la misma suerte que el muro que dividía Berlín.

La situación de la que fui testigo durante el viaje está muy clara: en su estado actual, Israel carece de futuro. Más aún, quienes promueven la solución de los dos Estados se equivocan.

En 1948, el año en que nací, el Estado de Israel proclamó su independencia en territorios ocupados. No existe razón alguna para afirmar que fue un acto legítimo bajo el Derecho Internacional. Simplemente ocupó territorio palestino. Y el territorio que ocupan no ha cesado de crecer, en enero de 1967 y, hoy en día, mediante los cada vez más extendidos asentamientos. De vez en cuando desmantelan uno de esos asentamientos para cubrir las apariencias. Pero de inmediato otros crecen en algún otro lugar. La solución de los dos Estados no significa que la ocupación histórica se acabará.

Israel terminará de la misma manera que la Sudáfrica del apartheid. La única cuestión que queda por dilucidar es si los israelíes serán capaces de escuchar la voz de la razón y aceptar por voluntad propia el desmantelamiento del Estado del apartheid o tendrán que aceptarlo por la fuerza.

Nadie sabe cuándo sucederá. La rebelión final llegará desde dentro. Pero si hubiese cambios políticos repentinos en Siria o Egipto, eso ayudaría.

También hay que tener en cuenta que, muy pronto, Usamérica ya no podrá costear esa horripilante máquina militar que impide que los niños crezcan en libertad y los empuja a tirar piedras.

Cuando esos cambios tengan lugar, cada israelí, varón o mujer, deberá decidir si está preparado para renunciar a sus privilegios y vivir como uno más en un Estado palestino. No fui testigo de ningún antisemitismo durante el viaje, únicamente de un odio perfectamente normal contra los ocupantes. Es vital mantenerlos separados.

La última noche teníamos la intención de clausurar el evento de la misma manera que lo empezamos en Jerusalén. Pero el teatro fue cerrado de nuevo por los militares y el acto tuvo que celebrarse en otro sitio.

El Estado de Israel sólo puede esperar la derrota, que es el destino de todos los ocupantes.

Los israelíes destrozan vidas, pero no pueden destrozar sueños. La caída de este espantoso sistema de apartheid es la única solución posible.

No se trata de saber si tendrá lugar, sino de cuándo tendrá lugar. Y de qué manera.

Aftonbladet 2 de junio de 2009



Fuente: Kultur AFTONBLADET - Stoppad av apartheid

Artículo original publicado el 2 de junio de 2009

Sobre el autor

El escritor y traductor español Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción (realizadaa partir de la traducción inglesa de Kristoffer Larsson, miembro de Tlaxcala) se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor, al revisor y la fuente.

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