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viernes, 8 de enero de 2010

Sobre la moral y el poder militar del imperio


7 de enero de 2010
Jose Luiz Fiori (ALAI)

Al recibir el Nobel de la Paz, Obama recurrió a las ideas de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino sobre la legitimidad moral de las "guerras justas". Al hacer eso, reanudó la tesis medieval de que existiría una única moral internacional, situada por encima de todas las culturas y civilizaciones.

"En el grado de cultura en que todavía se encuentra el género humano, la guerra es un medio inevitable para extender la civilización, y sólo después de que la cultura se haya desarrollado (Dios sabe cuando), será saludable y posible una paz perpetua." Immanuel Kant, "Comienzo verosímil de la historia humana", 1796

La confusión ya era grande, y fue aún mayor, después del discurso del presidente norteamericano, Barack Obama, en defensa de la guerra, al recibir el Premio Nobel de la Paz, de 2009. Como liberal, Obama pudo haber utilizado los argumentos del filósofo alemán, Immanuel Kant (1724-1804), que también defendió, en su época, la legitimidad de las guerras, como medio de difusión de la civilización europea, hasta que llegase la hora de la "paz perpetua". Pero Obama prefirió volver a la Edad Media y recurrir a las ideas de San Agustín (354-430) y de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) sobre la legitimidad moral de las "guerras justas".

La opción del presidente Obama no fue casual: a través de los santos católicos, en vez de los filósofos iluministas, él intentó reanudar la tesis medieval de que existiría una única moral internacional, situada por encima de todas las culturas y civilizaciones, capaz de abarcar los juicios objetivos e imparciales sobre la conducta de todos los pueblos y todos los estados.

Y no debe haber pasado desapercibido al presidente Obama que el argumento de la "guerra justa" - sobre todo en el caso de Santo Tomás de Aquino- estuvo asociado con el proyecto de construcción de una monarquía universal de la Iglesia Católica, en los siglos XII y XIII. Lo que quizás él haya olvidado o desestimado fue que ese proyecto "cosmopolita" de Roma fue derrotado y desapareció después del nacimiento de los estados nacionales europeos.

Al igual que la tesis de la "guerra justa" fue archivada después de la crítica demoledora de Hugo Grotius (1583-1645), el jurista holandés y liberal que demostró que en el nuevo sistema inter-estatal que se había formado en Europa era posible que frente a la única "justicia objetiva", coexistiesen varias "inocencias subjetivas".

En otras palabras: aun si se creyera en la existencia de una sola moral internacional dentro de un sistema de estados con igual poder, no habría jamás manera de arbitrar "objetivamente" sobre la legitimidad de una guerra entre dos estados. Por esto, en la práctica, este arbitraje correspondió siempre, a través de los tiempos, a los estados que tuvieron capacidad de imponer sus intereses y sus valores, como si fuesen intereses y valores universales.

En los siglos siguientes, esta "paradoja de Grotius" se transformó en la principal contradicción y límite de la utopía liberal inventada por los europeos. Thomas Hobbes (1588-1679) e Immanuel Kant (1724-1804) percibieron desde el primer momento del nuevo sistema que la garantía del orden de los estados y de la libertad de los individuos exigía la presencia de un poder soberano absoluto, situado por encima de todos los demás poderes, y de la propia libertad de los individuos.

Por otro lado, François Quesnais (1694-1774) y la escuela liberal de los fisiócratas franceses también concluyeron que el buen funcionamiento de una economía de mercado requerirá siempre de un "tirano esclarecido" que eliminase, por la fuerza, los obstáculos políticos al propio mercado. Y por último, Immanuel Kant concluyó que las guerras eran un medio inevitable de difusión de la civilización europea.

En todos los casos, se puede identificar la misma paradoja en el reconocimiento liberal de la necesidad del poder y de la guerra para difundir y sustentar la propia moral en que se funda la libertad, y el reconocimiento de que, en el campo de las relaciones internacionales, lo que se llama la "moral internacional" será siempre la "moral" de los pueblos y de los estados más poderosos. Edward Carr (1892-1982), el padre de la teoría política internacional inglesa, se refirió a estos países como miembros del "círculo de los creadores de la moral internacional", formado en los dos últimos siglos, por Gran Bretaña, los EE UU y Francia.

Para entender en la práctica cómo se dan estas relaciones, basta mirar hoy la posición de los anglosajones y de los franceses respecto al programa nuclear de Irán. Estados Unidos patrocinaron el golpe que depuso al presidente electo de Irán, en 1953, y apoyaron al régimen autoritario del sha Reza Pahlavi, junto con su programa nuclear, hasta su derrocamiento en 1979. Pero antes de esto, ya habían permitido que Israel tuviese acceso a la tecnología nuclear, con el auxilio de Francia y de Gran Bretaña, allá por 1965.

Cuando entró en vigor el Tratado de No Proliferación Nuclear, en 1970, EE UU, Gran Bretaña y Francia conocían y escondieron el arsenal atómico de Israel, y nunca protestaron contra Israel por no haber firmado el tratado, ni haber aceptado las inspecciones de la Agencia de Energía Atómica de la ONU, además de haber rechazado la Resolución 487, de 1981, del Consejo de Seguridad de la ONU, que se proponía colocar las "facilidades atómicas" de Israel bajo la supervisión de la AIEA.

Como resultado de esto, existe hoy una asimetría gigantesca de poder militar dentro de Oriente Medio: por un lado 15 países, con 260 millones de habitantes, y por otro, sólo Israel, con sólo 7,5 millones de habitantes y 20 mil km2, posee un arsenal de cerca de 250 cabezas atómicas, con un sistema balístico extremadamente sofisticado, y con el apoyo permanente de la capacidad atómica y de ataque de EE UU, dentro del propio Oriente Medio.

En este contexto, el olvido del "poder" en el tratamiento de la "cuestión nuclear iraní", y su sustitución por un juicio moral y de política interna, es una hipocresía y una manipulación publicitaria.

Por ello, cuando se lee hoy la prensa estadounidense – en particular los periódicos liberales de Nueva York – uno se queda con la impresión de que las bombas de Hiroshima y Nagasaki cayeron del cielo, sin que hubiese habido interferencia de los aviones norteamericanos en el único ataque atómico jamás llevado a cabo sobre poblaciones civiles en la historia de la humanidad. Uno se queda con la impresión que el arsenal atómico de Israel también cayó del cielo sin la interferencia de Francia y de la Gran Bretaña, y con aquiescencia de EE UU, los grandes "creadores de la moral internacional".

Y lo que es peor, se queda uno con la impresión que el Holocausto sucedió en Irán, o en el mundo islámico, y no en la Alemania del filósofo Immanuel Kant, situada en el corazón de la Europa cristiana. (Traducción ALAI).

Jose Luiz Fiori, filósofo y cientista de política internacional, Universidad Federal de Rio de Janeiro.

Artículo originalmente publicado en portugués en la Agencia Carta Mayor de Brasil.

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lunes, 14 de diciembre de 2009

Las guerras justas de Obama


14-12-2009

Gilberto López y Rivas
Rebelión

A propósito de la evocación de Barack Obama del concepto de “guerra justa” al momento de recibir el inmerecido y desprestigiado Premio Nobel de la Paz, es necesario recordar a V. I. Lenin en su análisis de la primera guerra mundial1 en el que establece algunos criterios generales para el estudio del conflicto bélico:

a).- condena las guerras entre los pueblos como algo bárbaro y feroz;
b).- establece que cada guerra deberá estudiarse en su contexto y particularidad histórica;
c).- distingue el lazo inevitable que une a las guerras con la lucha de clases en el interior de cada país;
d).- reconoce la legitimidad, el carácter progresista y la necesidad de las guerras civiles que libran los oprimidos contra sus opresores, que más bien se adscriben en el derecho de los pueblos a la rebelión, la revolución y la resistencia;
e).- emplea el término de “guerra justa”, que según él fue una expresión introducida por W. Liebknecht, cuando se refiere a las guerras de liberación nacional, o por la “defensa de la patria” sólo en el caso de Estados oprimidos, dependientes, menoscabados en sus derechos, que resisten a las grandes potencias opresoras, esclavistas y expoliadoras; y
f).- denuncia que las burguesías en sus guerras imperialistas manipulan los conceptos de “guerra defensiva”, “defensa de la patria” o “guerra justa”, para encubrir sus reales objetivos de repartirse el mundo y sojuzgar otras naciones.

Estados Unidos surgió como nación a partir de una guerra anti-colonial contra el dominio de la Corona Británica. A partir de este acontecimiento de singular importancia histórica, todas las guerras en las que ha participado este país, hasta la segunda guerra mundial, y después de ella, no han tenido la menor legitimidad:
- la guerra de exterminio y reducción de los pueblos indios que ocupaban el inmenso territorio despojado y expropiado a sus dueños originales;
- la guerra de 1812 contra Inglaterra, que fue un intento fracasado de anexión del territorio de Canadá a la Unión Americana;
- la guerra de conquista territorial (1845-1848) contra la joven república de México que logró la anexión de más de la mitad de su territorio buscada afanosamente por los “padres fundadores”;
- la guerra civil que determinó el rumbo industrial-capitalista de la explotación de las clases y pueblos oprimidos al interior de la nación;
- la guerra neocolonial contra España en 1898 en la que consiguió apoderarse de algunas de sus posesiones territoriales; de la cual derivó también la sangrienta guerra de ocupación contrainsurgente estadounidense en Filipinas de 1889-1913;
- la guerra imperialista (1914-1918) en que Estados Unidos incursiona por primera vez en Europa en la etapa final del conflicto;
- las numerosas intervenciones bélicas abiertas y encubiertas en América Latina como poder imperialista (en donde Sandino consiguió la primera derrota militar de Estados Unidos en la región utilizando la guerra de guerrillas);
- la guerra de Corea y Vietnam para contener la revolución socialista en esos países, por recordar algunos de los eventos más importantes.

Incluso, la participación de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, se llevó a cabo con la perspectiva de minar al máximo a la Unión Soviética, contener el avance de los comunistas en Europa, y establecer finalmente sus dominios imperiales en el ámbito mundial después de la derrota del eje Alemania-Japón-Italia.

Es necesario señalar la responsabilidad manifiesta de Estados Unidos, Inglaterra y Francia en el estallido de esta guerra, al estimular y permitir el rearme de Alemania, al solapar el crecimiento vertiginoso de sus fuerzas armadas y al invocar neutralidad frente a las agresiones fascistas en Etiopia en 1935, a España en 1936, a Austria y Checoslovaquia en 1938 y a Polonia en 1939.

El anti-sovietismo y el anti-comunismo estuvieron presentes a lo largo de la contienda bélica y fueron un factor subyacente en la singular conducción de la guerra por parte de los aliados occidentales de la Coalición anti hitleriana.

El retraso en la apertura del Segundo Frente hasta el año 1944, cuando ya el curso de la guerra se había definido en el frente soviético, y la sistemática política de las “acciones pequeñas”, tenían por objeto lograr el desgaste e incluso la eventual derrota de la URSS.

Durante el inicio y el desarrollo de la guerra, las clases trabajadoras integran la resistencia antifascista, esto es, la participación activa de los pueblos en la resistencia nacional y el peso de la Unión Soviética en la contienda, van cambiando la naturaleza misma de la guerra: de imperialista se transforma en una guerra popular, antifascista, cobrando de este modo el carácter de una guerra justa y necesaria hasta la derrota el eje nazi-fascista.

El “patriotismo estadounidense” se ha nutrido de una historia de genocidios, etnocidios, despojos y conquistas territoriales;
se fundamenta en las nociones etnocentricas y racistas de “pueblo escogido” por “la providencia” para expandir su dominio sobre el continente, en su primera etapa, y después en el mundo entero;
en el “destino manifiesto” que dio forma ideológica al expansionismo territorial;
en el intervencionismo permanente y sistemático sobre América Latina;
en la conquista de territorios más allá de sus fronteras continentales por la acción directa de sus marines.

Su patriotismo implica la idea del “policía mundial” que vigila el cumplimiento de su ley y protege sus intereses y seguridad “nacionales” por encima de cualquier otro; se alimenta de los mitos de “salvadores del mundo” propalados por la propaganda cinematográfica; los incansables Rambos matando comunistas, y ahora “terroristas”, en nombre de la justicia, la democracia y la libertad.

Otorgar el Premio Nobel de la paz a un comandante en jefe de matones y picópatas es grotesco e inconcebible y no tiene justificación alguna.
Obama ha incrementado el número de tropas en Afganistán, ampliado su intervención en Pakistán, amenazado a Irán y sofisticado la guerra de ocupación en Iraq ahora con la profundización de la ayuda de antropólogos mercenarios que indican las rutas culturales para romper las redes de la resistencia y comprar a iraquíes que maten a iraquíes;
ha apoyado el golpe militar en Honduras con malicia e hipocresía;
ha sostenido el bloqueo contra el pueblo y el gobierno de Cuba;
ha continuado con la ocupación de Colombia a través de bases militares que amenazan a Venezuela y a Bolivia;
todo ello, justificado por el derecho a llevar a todos los confines del mundo “la guerra justa y necesaria”… para las corporaciones capitalistas de Estados Unidos.

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