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viernes, 28 de mayo de 2010

Juicio tardío a ex jefe de policía de Chicago acusado de tortura



Amy Goodman (DEMOCRACY NOW!)

Chicago no tiene nada que envidiarle a Abu Ghraib. Hace cuarenta años, Jon Burge regresó de Vietnam, se unió al Departamento de Policía de Chicago y, según se lo acusa, habría comenzado a torturar gente. Escaló rangos y se convirtió en el comandante de la zona Sur de Chicago, denominada Área 2.

En Chicago, Burge y los oficiales de policía bajo su mando han sido acusados de aplicar algunas técnicas de tortura tales como choques eléctricos en los genitales, simulación de ejecuciones, sofocación con bolsas en la cabeza, golpes y posiciones de estrés dolorosas para lograr confesiones, en su mayoría de hombres afroestadounidenses. Se sabe que más de 110 hombres fueron víctimas de Burge y sus cómplices. Muchas de las víctimas fueron a prisión, y algunas de ellas fueron condenadas a pena de muerte. En vista de la creciente evidencia y de las cada vez mayores protestas de la comunidad, Burge fue despedido del Departamento de Policía de Chicago en 1993. Ahora vive en Florida, donde cobra su jubilación.

Esta semana, en un juicio penal federal que comienza en Chicago–y debido a que el plazo estipulado en el Estatuto de Limitaciones a la Acusación por Tortura ya ha caducado-, Burge afronta cargos no por las torturas infrigidas, sino por mentir sobre el uso de la tortura cuando declaró bajo juramento en una demanda civil anterior presentada por una de sus víctimas. Si bien Burge afronta ahora una pena máxima de 45 años de prisión, sus cómplices no han sido acusados. Asimismo, el juicio no implica al actual alcalde de Chicago, Richard M. Daley, quien como fiscal del estado para el Condado de Cook de 1980 a 1989 y posteriormente como alcalde, obstruyó sistemáticamente las investigaciones o procesamientos contra los presuntos torturadores.

Darrell Cannon es uno de los hombres que acusa a Burge y sus cómplices de tortura. Afirma que la policía lo torturó en 1983 y lo obligó a confesar un homicidio que no cometió. Pasó más de 20 años en prisión, pero luego de una audiencia sobre su confesión bajo tortura, los fiscales desestimaron su caso en 2004. Le llevó tres años más ser liberado de prisión.

El 2 de noviembre de 1983 a las 6 de la madrugada, policías de Chicago bajo el mando de Burge arrestaron a Cannon y lo llevaron a una zona industrial aislada en la zona portuaria de Chicago. Cannon me contó su terrible experiencia:

“Simularon una ejecución. Luego pasaron a una segunda técnica de tortura, en la que sacaron su pistola del baúl del auto y Peter Dignan, que es otro de los detectives, el más despiadado de todos, procedió a hacerme más preguntas sobre el homicidio y a decirme lo que ellos sabían que había ocurrido y que querían que yo les contara lo que faltaba. Me negué a hacerlo. Tomó un cartucho de bala, me lo mostró, y sus palabras exactas fueron: 'Mirá negro' – y fue ahí que se dio vuelta. Escuché un 'click', que parecía que el cartucho estaba siendo colocado en la recámara de la pistola. Se volvió a dar vuelta mirando hacia mí, yo ya no veía el cartucho. Entonces continuaron haciéndome preguntas. Me negué a responder. Uno de ellos dijo, 'Dale, volale la cabeza a ese n**ro'. Y fue ahí cuando apretó el gatillo. Simularon matarme tres veces. Al no lograr obtener lo que querían de mí, lo hicieron una tercera vez. Me pusieron en el asiento trasero del auto de los detectives. Me pusieron de costado en el asiento trasero del auto de detectives y me hicieron acostar atravesado en el asiento. Luego me bajaron los pantalones y los calzoncillos, sacaron una picana eléctrica, la encendieron y procedieron a aplicarme choques en los testículos”.

Para hacer que se detuviera la tortura, Cannon finalmente hizo una declaración falsa bajo coerción, que lo implicaba a él como cómplice de homicidio.

Su abogado, Flint Taylor, es miembro de la organización People’s Law Office, que ha representado a muchas víctimas de tortura de Burge. Taylor señaló el papel polémico del Alcalde Daley. “Darrell Cannon, mi cliente, fue torturado en 1983. Si en 1982 Daley hubiera actuado en consecuencia con las pruebas que tenía en ese momento, habría tenido que destituir a Burge de la fuerza policial y procesarlo por tortura, y Darrell Cannon no hubiera tenido que pasar 20, 25 años tras las rejas y no hubiera sido torturado con electroshock. Entonces, el verdadero crimen aquí comenzó hace muchos años, con el encubrimiento, un encubrimiento que fue organizado por el propio alcalde”.

En enero de 2003, antes de dejar el cargo, el gobernador de Illinois, George Ryan, un republicano, conmutó las penas de los 156 prisieros de Illinois condenados a pena de muerte luego de que se probara la inocencia de otros 13 reclusos también condenados a pena de muerte. Entre ellos, Ryan perdonó a cuatro prisioneros que fueron víctimas de la tortura de Burge.

¿Dónde comenzó todo esto? Hay algo que está claro: entre 1968 y 1969, Burge era policía militar del campamento Dong Tam del Ejército de Estados Unidos en el Delta del Mekong en Vientam, donde sospechosos de ser soldados del Viet Cong eran interrogados mientras se les apliacaba choques eléctricos a partir de teléfonos a manivela que producían descargas. Técnicas de tortura similares a esta eran moneda corriente bajo el mando de Burge en Chicago.

Considerando las actuales denuncias de tortura en Irak y Afganistán, debemos preguntarnos cuántos Jon Burges se están engendrando en las dos guerras que lleva adelante el Presidente Barack Obama.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Psicólogos cómplices de la CIA en la tortura


por Katherine Eban*, Mark Benjamin*

La utilización de la tortura va en contra de todas las reglas humanas del mundo civilizado, contra la ética, la moral, el derecho internacional. Entonces uno se pregunta ¿porqué los EEUU la utilizan a gran escala a sabiendas que esto los situará en el banco de acusados de la comunidad internacional? Todo indica que los EEUU quieren alterar su significación: imponerla como imperativo moral contra el «terrorismo» y dominar aterrorizando. Este acondicionamiento se va efectuando gradualmente en la opinión pública mundial, en nuestras sociedades, banalizándola, bajo el falso pretexto de ser un mal menor ante un mal mayor: el «terrorismo». Como lo decía ya el poeta francés Jean de la Fontaine en el siglo XVII, respecto al ser humano: «prefiere sufrir que morir, esa es la divisa de los hombres». Y los especialistas de la tortura lo saben bien.

Cuando en 2005 las noticias periodísticas denunciaron que había psicólogos trabajando con militares de EEUU y la CIA para desarrollar métodos brutales de interrogatorio, los dirigentes de la Asociación de Psicólogos Estadounidenses (APA) reunieron un grupo de trabajo para examinar la cuestión.
Después de dos días de deliberaciones, el grupo de diez miembros llegó a la conclusión de que los psicólogos desempeñaban «un papel valioso y ético» al asistir a los militares.

Un alto nivel de confidencialidad alrededor del grupo de trabajo prohibía revelar las actas y los miembros y asistentes. No fue hasta un año después que se dieron a conocer los nombres de los miembros de este grupo, en Salon.com [1], revelando que seis de los nueve miembros con derecho al voto pertenecían a agencias militares y de inteligencia con conexión directa a los interrogatorios en Guantánamo y sitios oscuros de la CIA que funcionan ignorando las convenciones de Ginebra.

El grupo de trabajo de la entidad Ética Psicológica y Seguridad Nacional (PENS, en inglés) se reunió en respuesta a las pruebas cada vez mayores de que los psicólogos no sólo participaban en los procedimientos que han horrorizado a la humanidad, sino que de hecho estaban a cargo de diseñar esas brutales tácticas y de entrenar a los interrogadores en esas técnicas.

En particular dos psicólogos desempeñaron un papel central: James Elmer Mitchell, que fue contratado por la CIA, y su colega Bruce Jessen. Ambos trabajaron en el programa de entrenamiento militar clasificado conocido como Supervivencia, Evasión, Resistencia y Fuga (SERE, en inglés), que condiciona a los soldados para soportar el cautiverio en manos enemigas.

De una manera bastante cuasi-científica, según psicólogos y otras personas con conocimiento directo de sus actividades, Mitchell y Jessen retroinvirtieron las tácticas infligidas a los aprendices de SERE para usarlas en los detenidos en la «guerra global contra el terror».

Con la completa adopción de las técnicas de SERE para los interrogatorios por parte de los militares de EEUU, la CIA puso a Mitchell y a Jessen a cargo del entrenamiento de los interrogadores en las técnicas brutales, incluyendo el «submarino» [técnica de tortura], en su red de sitios oscuros.

Entretanto, resulta cada vez más claro que EEUU ha sacrificado su conciencia y su imagen global por tácticas que son, con mucho, ineficaces.
Con cerca de 150.000 afiliados, la APA es la mayor organización psicólogos en el mundo. A diferencia de la Asociación Médica Estadounidense y de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense que, desde 2006, han prohibido totalmente la participación de sus doctores, la APA continúa permitiendo que sus miembros intervengan en los interrogatorios de detenidos, alegando que su presencia garantiza interrogatorios seguros y evita los abusos.

La Dra. Jean Maria Arrigo, uno de los tres miembros civiles del grupo de trabajo PENS 2005, cuya tarea fue considerar lo apropiado de la participación de psicólogos en métodos severos de interrogatorio, asegura que los más altos niveles del Departamento de Defensa (DOD, en inglés) predeterminaron las conclusiones de los grupos de trabajo.

Al citar una serie de irregularidades que incluyen la prisa, la intimidación y el secreto, Arrigo sostiene que el grupo de trabajo estaba lejos de ser equilibrado o independiente.

Reveló que el Presidente de APA, Gerald Koocher ejerció un fuerte control fuerte sobre las decisiones del grupo de trabajo y censuró a los disidentes. Seis de los diez miembros ocupaban altos puestos en el DOD, claramente en atención a que representaban decisiones que ya se habían tomado. Estas fueron:

- a) la adopción de la definición permisiva de la tortura en las leyes de EEUU, a diferencia de la estricta definición en el derecho internacional, y

- b) la participación de psicólogos militares en los escenarios de los interrogatorios.

Muchos psicólogos molestos insisten en que la política de la APA ha hecho de la organización una entidad que posibilita la tortura.

En la convención anual de APA de agosto de 2007, los miembros presentaron ante su Consejo de Representantes una enmienda moratoria de la resolución de la APA:
«Se resuelve que los objetivos de la APA serán el desarrollo de la psicología como ciencia y profesión y como medio de promover salud, la educación y el bienestar. Por lo tanto, el papel de los psicólogos en escenarios donde los detenidos han sido privados de una protección adecuada de sus derechos humanos se debe limitar a ser el de un personal de salud que proporcione tratamiento psicológico».

Una abrumadora mayoría del Consejo votó en contra de esta medida que habría prohibido la participación de sus miembros en interrogatorios abusivos a detenidos.

En una encendida reunión de profesionales que siguió a la convención, decenas de enfurecidos psicólogos testificaron. Entre ellos, el Dr. Steven Reisner, miembro de la Coalición por una APA Ética, quien preguntó por qué el Consejo de Representantes votó por el rechazo a la moratoria, en clara contradicción con las convicciones de una amplia mayoría de la membresía de APA.

Reisner reflexionó sobre la falta de estándares éticos esenciales para una asociación como esa y para sus miembros. «Esto se refiere a la esencia de quiénes somos como psicólogos éticos. Si no podemos decir ‘No, no participaremos en interrogatorios realizados en sitios oscuros de la CIA’, pienso que tenemos que preguntarnos seriamente qué somos como organización y, para mí, cuál es mi lealtad a ella, o si habría que criticarla desde afuera en este momento».
Actualización de Mark Benjamin

Un mes después de que Salon publicara «Los profesores de tortura de la CIA» le siguió [la revista] Vanity Fair en julio de 2007 con un artículo a fondo que revelaba más detalles acerca del pequeño conciliábulo de psicólogos que ayudó a crear el programa de brutales interrogatorios de la CIA; un modelo que hizo metástasis en la Bahía de Guantánamo, Afganistán y en Irak en lugares como Abu Ghraib.

Para diciembre, llevaba a los lectores a un viaje al interior de los secretos «sitios oscuros» de la CIA, cuando Salon publicó la primera entrevista a profundidad con un ex preso de la agencia, Mohamed Farag Ahmad Bashmilah. Bashmilah incluso proporcionó dibujos escalofriantes de su estéril celda. Aparentemente, el yemenita era culpable nada menos que de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado: la CIA lo liberó después de diecinueve meses de duro encarcelamiento.
«Cada vez que veía una mosca en mi celda, me llenaba de alegría» -me dijo, hablando de la apabullante privación sensorial y el aislamiento-, «aunque deseaba que se escabullera por debajo de la puerta, para que no fuese prisionera como yo».

El 22 de abril de 2008, el Washington Post publicó un artículo sugiriendo que el gobierno de EEUU había ido mucho más allá del abuso a los detenidos, sometiéndolos a posiciones estresantes, privación del sueño y humillación sexual, y quizás hasta recurrido a drogas que alteraban la mente para desorientar aún más a los presos. De algún modo, la agencia parecía creer que con esto les sacaría información confiable. A fines de ese mes, los senadores Joe Biden, Jr. (Demócrata por Delaware), Carl Levin (Demócrata por Michigan), y Chuck Hagel (Republicano por Nebraska), solicitaron a los inspectores generales del Pentágono y la CIA que investigaran el asunto.

En mayo de 2008, el inspector general del Departamento de Justicia dio a conocer un informe individual mostrando que durante años los agentes del FBI se habían quejado de las duras tácticas de interrogatorio empleadas por la CIA y el Pentágono. Esa preocupación cayó en oídos sordos en el Consejo de Seguridad Nacional.

Sería grandioso decir que al final prevalecerá la justicia. Sin embargo, cuando se trata de tortura, la mayoría de los esfuerzos del Congreso para investigar el comportamiento de la CIA y de los militares han sido, con mucho, anodinos.

Al menos en teoría, al momento de escribir estas líneas, el Comité del Senado para las Fuerzas Armadas aún investigaba las actividades de James Mitchell y Bruce Jessen, los dos psicólogos identificados por primera vez por Salón que supuestamente ayudaron al gobierno a aplicar la retroingenieria a las tácticas creadas para ayudar a los soldados de elite a resistir la tortura de las técnicas de interrogación.
El Comité Judicial de la Cámara de Representantes también investiga el asunto.

Pero pocos esperan que alguien de la administración sea llevado por la fuerza delante de cualquier clase de tribunal, y con una Casa Blanca completamente convencida de que el abuso es una táctica eficaz de interrogatorio -e igualmente comprometida a proteger a aquellos que la utilizan- pocos expertos piensan que la justicia será servida.

Eso es válido para los psicólogos que crearon el diabólico programa y a los que les dieron autoridad para llevarlo a cabo.

Médicos por los Derechos Humanos ha perseguido sistemáticamente esta noticia. Usted puede aprender más sobre esta organización y descubrir cómo puede participar visitando:

http://physiciansforhumanrights.org/
Katherine Eban

Investigadora.



Mark Benjamin

Investigador.




Fuentes:

Salon.com, June 21, 2007.
Título: “The CIA’s torture teachers”.
Author: Mark Benjamin.
Vanity Fair, July 17, 2007.
Título: “Rorschach and Awe”.
Author: Katherine Eban.
Democracy Now! August 20, 2007.
Títulos: “American Psychological Association Rejects Blanket Ban on Participation in Interrogation of U.S. Detainees,” “APA Interrogation Task Force Member Dr. Jean Maria Arrigo Exposes Group’s Ties to Military,” “Dissident Voices: Ex-Task Force Member Dr. Michael Wessells Speaks Out on Psychologists and Torture,” and “APA Members Hold Fiery Town Hall Meeting on Interrogation, Torture”.
Estudiantes investigadores: Dan Anderson, Corey Sharp-Sabatino, Lindsey Lucia y Andrea Lochtefeld.
Evaluador académico: David Van Nuys, Ph.D.

[1] Salon.com es una revista estadounidense únicamente en Internet.

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jueves, 29 de abril de 2010

Prisioneros afganos padecen abusos en cárcel secreta en una base EE.UU.


(Foto: Prisioneros afganos padecen abusos en cárcel secreta en una base EE.UU.).

Prisioneros afganos recluidos en una cárcel secreta en la base militar estadounidense de Bagram, están siendo objeto de abusos constantes, según han denunciado nueve testigos. El Ejército norteamericano, que ha negado la existencia de un centro secreto, ha prometido investigar estas denuncias.

La base de Bagram, que se remonta a la época soviética, albergó durante un tiempo una controvertida prisión en la que hubo cientos de reclusos. Dicho centro fue trasladado a otro complejo, pero, según fuente, se seguirían cometiendo abusos, incluso después de que el presidente estadounidense, Barack Obama, prometiera acabar con la tortura.

"Lo llaman el Agujero negro", explicó Sher Agha, que pasó seis días en dicha instalación el pasado otoño. "Cuando nos ponen en libertad, nos dicen que no contemos historias a los de fuera porque nos perjudicará", precisó.

Según los testigos, las celdas son frías y no se puede dormir. Además, en las celdas había todo el tiempo una luz que les impedía saber si era de día o de noche. "No podía dormir, nadie podía dormir porque había una máquina que hacía ruido", relata Mirwais, que asegura haber estado en esta cárcel secreta 24 días. "Había una pequeña cámara en mi celda y si estabas durmiendo venían y te molestaban", añadió.

Los prisioneros, que fueron entrevistados por separado, relataron todos historias similares. Muchos de ellos aseguran que fueron golpeados por soldados estadounidenses en el momento de su arresto antes de ser llevados a prisión. Mirwais dijo que había perdido varios dientes por el golpe de la culata de un arma. Todos ellos aseguran que no fueron visitados por el Comité Internacional de la Cruz Roja y que sus familias no sabían dónde estaban.

Los ex prisioneros explicaron que fueron encarcelados en la prisión secreta antes de ser trasladados al centro principal de detención en Bagram, un nuevo complejo llamado Instalación de Detención, en Parwan. El traslado de los presos de Bagram a este nuevo centro se produjo a principios de este año.

La cadena británica trasladó las alegaciones de abusos en el centro secreto al Ejército estadounidense en Bagram, que negó categóricamente su existencia. "Nunca he oído de ello. Esta es la única instalación de detención en Afganistán", afirmó el vicealmirante Robert Harward, quien está a cargo del centro de Parwan. No obstante, el Ejército norteamericano prometió investigar los supuestos abusos.

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domingo, 31 de enero de 2010

Las prisiones secretas de Obama

Asaltos nocturnos, centros de detención ocultos, la “Cárcel Negra” y los perros de la guerra en Afganistán

01-02-2010
Anand Gopal
TomDispatch.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

[El Fondo para el Periodismo de Investigación ha subvencionado la investigación de esta historia]

Una tranquila noche de invierno del pasado año en la ciudad afgana de Khost, un joven empleado del gobierno de nombre Ismatullah se esfumó, sencillamente. Se le había visto en el bazar de la ciudad con un grupo de amigos. Sus familiares estuvieron registrando durante días las polvorientas calles de Khost. Los patriarcas de la ciudad contactaron con los comandantes talibanes en la zona que solían secuestrar a trabajadores del gobierno, pero nunca habían oído hablar del joven. Hasta el gobernador se implicó en la búsqueda, ordenando a su policía que investigara entre las peligrosas bandas criminales que en ocasiones acosaban y cazaban a jóvenes asiduos al bazar para pedir luego un rescate.

Pero la búsqueda no dio fruto alguno. La primavera y el verano llegaron y se fueron y no hubo señal alguna de Ismatullah. Un día, mucho después de que la policía y los patriarcas de la aldea hubieran abandonado su búsqueda, un correo entregó una pulcra nota escrita a mano en el puesto de la Cruz Roja que estaba cerca de la vivienda de su familia. En ella, Ismatullah informaba de que se encontraba en Bagram, una prisión estadounidense situada a más de 320 kilómetros de distancia. Las fuerzas estadounidenses le habían capturado cuando iba desde el bazar camino de su casa, afirmaba la tersa carta y no sabía cuando le liberarían.

En algún momento de los últimos años, los aldeanos pastunes de la escarpada zona central de Afganistán empezaron a perder la fe en el proyecto de EEUU. Y muchos de ellos pueden señalar el momento preciso de esa transformación, que normalmente se produjo a altas horas de la noche, cuando la mayor parte del país se encontraba dormido. En el hermético proceso de detenciones implementado por EEUU, habitualmente se arresta a los sospechosos en la oscuridad, enviándoles después a una de las áreas de detención establecidas en las bases militares, a menudo por la más ligera sospecha y sin conocimiento de sus familias.

Este proceso ha conseguido crear incluso más miedo y odio en Afganistán que los ataques aéreos de la coalición. Los asaltos y detenciones nocturnos, poco conocidos fuera de esas aldeas pastunes, han ido poniendo poco a poco a los afganos contra las mismas fuerzas que saludaron como liberadoras hace tan sólo unos años.

Una oscura noche de noviembre

Era el 19 de noviembre de 2009, a las 03,15 horas de la madrugada. Una fuerte explosión despertó a los aldeanos de una arbolada zona de las afueras de la ciudad de Ghazni, una ciudad de antiguos orígenes del sur del país. Un equipo de soldados estadounidenses dinamitó la puerta principal de la casa de Majidullah Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Qarar se encontraba en Kabul en aquellos momentos, pero sus parientes estaban en casa, cuatro de ellos dormían en la habitación para invitados de la familia. Uno de ellos, Hamidullah, que vende zanahorias en el bazar local, corrió hacia la puerta de la zona de invitados. Inmediatamente le dispararon, pero se las arregló para arrastrarse hacia adentro, dejando un reguero de sangre tras él. Después, Azim, panadero, se lanzó corriendo hacia su primo herido. También le dispararon y se dobló contra el suelo. Los dos hombres atacados le gritaron a los dos familiares que quedaban en la habitación que se quedaran allí, pero ellos –niños ambos- no se atrevieron ni a moverse y se quedaron paralizados y callados en sus camas muertos de miedo.

Los soldados extranjeros, la mayoría de ellos con barba y tatuajes, se dirigieron a la zona principal. Tiraron las ropas por el suelo, haciendo añicos la vajilla y forzando los armarios. Finalmente, encontraron al hombre que buscaban: Habib-ur-Rahman, programador de ordenadores y empleado del gobierno. Rahman era el responsable de convertir Microsoft Windows en inglés al lenguaje pastún local para que las oficinas del gobierno pudieran utilizar el software. Había pasado un tiempo en Kuwait, y el traductor afgano que acompañaba a los soldados declaró que habían actuado a partir del chivatazo de que Rahman era miembro de al-Qaida.

Se llevaron descalzo a Rahman y a un primo suyo a un helicóptero que esperaba a una cierta distancia y les transportaron hasta una pequeña base estadounidense situada en una provincia vecina para interrogarles. Después de dos días, las fuerzas estadounidenses liberaron al primo de Rahman. Pero, desde entonces, a Rahman ni se le ha visto ni se sabe nada de él.

“Hemos llamado a su móvil pero no responde”, dice su primo Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Utilizando sus poderosos contactos, Qarar consiguió la ayuda de la policía local, de los parlamentarios, del gobernador e incluso del mismo ministro de agricultura en la búsqueda de su primo, pero no lograron que les dijeran nada. Los funcionarios del gobierno que investigaron de forma independiente el escenario tras el asalto y que corroboraron las afirmaciones de la familia, presionaron también exigiendo una respuesta de por qué se había asesinado a dos miembros de la familia Qarar. Las fuerzas estadounidenses emitieron un comunicado diciendo que los muertos eran “combatientes enemigos que habían mostrado una intención hostil”.

Semanas después del asalto, la familia siente una gran amargura. “Todo el mundo en la zona sabía que éramos una familia que trabaja para el gobierno”, dice Qarar. “Rahman ni siquiera podía salir de la ciudad porque si los talibanes le pillaban en el campo le hubieran matado”.

Sin embargo, más allá de la pregunta de si Rahman era inocente o culpable, la forma en que fue capturado ha dejado un residuo de odio y rabia en su familia. “¿Por qué tenían que matar a mis primos? ¿Por qué tenían que destruir nuestra casa?”, pregunta Qarar. “Sabían donde trabajaba Rahman. ¿Es que no podían venir con una orden judicial durante el día? Habríamos obligado a Rahman a cumplirla”.

“Yo solía aparecer en televisión diciendo que la gente debía apoyar a este gobierno y a los extranjeros”, añade. “Pero estaba equivocado. ¿Por qué van a apoyarles? No me importa que me disparen por decir esto, porque sólo estoy diciendo la verdad”.

Los perros de la guerra

Los asaltos nocturnos son sólo el primer paso en el proceso de detención que EEUU lleva a cabo en Afganistán. Normalmente se envía a los sospechosos a una de entre las series de prisiones habilitadas en las bases militares estadounidenses por todo el país. Oficialmente hay nueve cárceles de ese tipo, denominadas en la jerga militar Campos de Detención. Son zonas pequeñas, a menudo tan sólo un puñado de celdas divididas por paneles de contrachapado, y se utilizan fundamentalmente para interrogar a los prisioneros.

En los primeros años de la guerra, esas áreas no eran sino lugares de paso para quienes enviaban a la prisión de Bagram, una instalación con una reputación infame de malos tratos y torturas. Como en los últimos años, el foco de la atención internacional cayó sobre Bagram, los guardianes empezaron a comportarse mejor y el maltrato de prisioneros empezó a perpetrarse en los menos conocidos Campos de Detención.

De los 24 ex prisioneros entrevistados para esta historia, 17 afirman haber sido torturados en esos lugares o en el camino hacia los mismos. Doctores, funcionarios del gobierno y la Comisión Independiente Afgana por los Derechos Humanos, una institución encargada de investigar las denuncias por abusos, corroboran doce de esas afirmaciones.

Uno de esos ex detenidos es Nur Agha Sher Khan, que era oficial de policía en Gardez, una ciudad de casas de adobe situada en la parte oriental del país. Según Sher Khan, fuerzas estadounidenses le detuvieron en un asalto nocturno en 2003 y le llevaron a un Campo de Detención en una base cercana de EEUU. “Me interrogaron toda la noche”, recuerda, “pero no tenía nada que decirles”. Sher Khan trabajó para un comandante de policía al que las fuerzas estadounidenses habían detenido por sospechar que tenía vínculos con la insurgencia. De forma ocasional, había sido conductor de ese comandante, lo cual le convirtió en sospechoso a los ojos de los estadounidenses.

Los interrogadores le taparon los ojos, le taparon la boca y le encadenaron al techo, acusa. Ocasionalmente soltaban a un perro, que le mordía una y otra vez. En un determinado momento, le quitaron la venda de los ojos y le obligaron a arrodillarse sobre una larga barra de madera. Me ataron las manos a una polea por encima de mí y me empujaban adelante y atrás mientras la barra rodaba a través de mis espinillas. Yo no paraba de dar alaridos”. Entonces le empujaban al suelo y le obligaban a tragar doce botellas de agua. “Dos tipos me abrían la boca y derramaban el agua por mi garganta hasta que el estómago se me llenaba y perdía el conocimiento. Era como si alguien me inflara”, dice. Cuando volvía en si tras el desmayo, no paraba de vomitar agua.

Esto continuó así toda una serie de días, algunas veces le colgaban boca abajo del techo, y otras veces le vendaban los ojos durante amplios períodos. Finalmente, le enviaron a Bagram, donde cesaron las torturas. Cuatro meses después, fue liberado silenciosamente con una carta de disculpa de las autoridades estadounidenses por haber encarcelado por error.

Una investigación del caso de Sher Khan por la Comisión Afgana Independiente por los Derechos Humanos y un doctor independiente hallaron que tenía heridas que se correspondían con el maltrato y torturas que afirma haber padecido. Las fuerzas estadounidenses han declinado comentar nada de su caso, pero un portavoz dijo que algunos de los soldados implicados en las detenciones en esa parte del país habían recibido “castigos administrativos” no especificados. Añadió que “todos los detenidos son tratados humanamente”, excepto casos aislados.

Los desaparecidos

Algunos de los que llevan a los Campos de Detención nunca llegan a Bagram, sino que son sencillamente liberados después de que las autoridades consideran que son inofensivos. Aún así, algunos afirman haber sido torturados. Como fue el caso de Hajji Ehsanullah, secuestrado en una noche de invierno de 2008 de su hogar en la provincia sureña de Kabul. Fue conducido a un sitio de detención en la provincia de Khost, a unos 320 kilómetros de distancia. Volvió a su hogar trece días después, con la piel llena de cicatrices de las mordeduras de los perros y con dificultades de memoria que, según su doctor, eran consecuencia de un golpe en la cabeza. Las fuerzas estadounidenses le arrojaron en una gasolinera de Khost después de tres días de interrogatorio. Le llevó más de diez días encontrar la forma de volver a su casa.

Otros de los que llegan a esos sitios no acaban en Bagram por razones muy diferentes. En los escarpados pueblos del sur pastún, donde los rumores crecen con mayor abundancia que la más abundante de las cosechas, las gentes del lugar susurran historias de personas que fueron capturadas y ejecutadas. Muchas veces no hay pruebas. Pero de vez en cuando, aparece algún cuerpo. Tal fue el caso en el campo de detención de una base del ejército estadounidense en la provincia de Helmand, donde en 2003 un coronel del ejército estadounidense escribió en el informe de la autopsia de un detenido que murió bajo custodia estadounidense (del que más tarde se pudo disponer a través del Acta de Libertad de Información): “La muerte sobrevino por múltiples heridas causadas por un objeto contundente en el torso inferior y en las piernas, complicadas con rabdomiliósis (La rabdomiólisis es una destrucción de las fibras musculares estriadas con liberación de sustancias a la circulación, entre ellas la mioglobina. La mioglobina es la responsable del daño renal por obstrucción de estructuras renales o liberación de sustancias tóxicas. La rabdomiólisis se produce en casos de accidente por aplastamiento, convulsiones o necrosis musculares, entre otros). Forma de morir: homicidio”.

En la polvorienta provincia de Khost, un día del pasado mes de diciembre, las fuerzas estadounidenses lanzaron un asalto nocturno contra el pueblo de Motai, matando a seis personas y capturando a nueve, según casi una docena de autoridades del gobierno local y de testigos oculares. Dos días después, los cuerpos de dos de los detenidos –con esposas de plástico en las manos- fueron hallados a más de un kilómetro de distancia de la mayor base de EEUU en la zona. Un portavoz del ejército de EEUU rechaza cualquier implicación en las muertes y se niega a comentar los detalles del asalto. Sin embargo, los oficiales afganos y los patriarcas locales, mantienen con toda firmeza que los dos fueron asesinados cuando estaban bajo vigilancia estadounidense. Las autoridades estadounidenses liberaron a cuatro de los otros aldeanos en los días siguientes. Se desconoce el destino de los tres restantes cautivos.

El asunto podría aclararse si el ejército estadounidense fuera menos hermético acerca de su proceso de detención. Pero el secretismo ha estado al orden del día. Los nueve Campos de Detención están envueltos en secretismo oficial, pero al menos la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias saben que existen. Sin embargo, puede haber otros de cuya existencia, en las decenas de bases militares que salpican todo el país, no se sabe nada. Un ejemplo, según antiguos detenidos, es la instalación de detención en Rish Khor, una base del ejército afgano que se alza en lo alto de una montaña con vistas a la capital, Kabul.

Una noche del pasado año, las fuerzas estadounidenses asaltaron Zaiwalat, una diminuta aldea encajada entre las montañas de la provincia de Wardak, a unas cuantas docenas de millas al oeste de Kabul, y capturaron a nueve vecinos. Llevaron a los cautivos a Rish Khor y les interrogaron durante tres días. “Nos tuvieron en un contenedor”, recuerda Rehmatullah Muhammad, uno de los nueve. “Estaba hecho de acero. Nos tuvieron esposados los tres días. Apenas dormimos esos días”. Los interrogadores, vestidos de paisano, acusaron a Rehmatullah y a los otros de proporcionar refugio y comida a los talibanes. Los sospechosos fueron después enviados a Bagram y liberados después de cuatro meses. (Un número de ex detenidos dijeron que fueron interrogados por funcionarios de paisano pero no sabían si esos funcionarios pertenecían al ejército, a la CIA, o eran contratistas privados).

Los activistas afganos por los derechos humanos están preocupados de que las fuerzas estadounidenses puedan estar utilizando sitios secretos de detención como Rish Khor para llevar a cabo interrogatorios fuera de cualquier control. Sin embargo, el ejército estadounidense niega incluso tener conocimiento de la instalación.

La Cárcel Negra

Mucho menos secreta es la parada final para la mayoría de los cautivos: las Instalaciones de Internamiento de Bagram. Aunque se la denomina con el inquietante nombre del “Guantánamo de Obama”, sin embargo, Bagram ofrece, ahora, las mejores condiciones de todo el proceso de detención para los cautivos.

Su vida moderna como prisión empezó en 2001, cuando pequeños cifras de detenidos de toda Asia eran encarcelados allí en la primera parte de una odisea que les arrojaría finalmente en las instalaciones estadounidenses de detención de la Bahía de Guantánamo, en Cuba. Sin embargo, se ha convertido en el principal destino para los capturados dentro de Afganistán como parte de la creciente guerra que el país padece. En 2009, la población de presos había aumentado hasta más de 700. Construida en un viejo hangar sin ventanas de la época soviética, la prisión consiste en dos filas de atestadas celdas que parecen jaulas bañadas de forma continua con luz blanca. Los guardias caminan a lo largo de una plataforma que va pasando a través de la parte superior de las alambradas, una posición fácil desde la que vigilar a los prisioneros abajo.

Infames y habituales torturas, al estilo de la prisión de Abu Ghraib en Iraq, marcaron los primeros años de Bagram. Por ejemplo, Abdullah Mujahed, fue capturado en el pueblo de Kar Marchi en la provincia oriental de Paktia en 2003. Mujahed era un comandante de la milicia tayica que había dirigido un levantamiento armado contra los talibanes en sus días de decadencia, pero las fuerzas estadounidenses le acusaron de tener conexiones con la insurgencia. “En Bagram, estuvimos esposados, con los ojos vendados y con los pies encadenados durante días”, recuerda. “No nos permitieron dormir ni un momento durante trece días y trece noches”. Un guardia le golpeaba las piernas cada vez que se quedaba dormido. A diario podía oír los alaridos de los presos torturados y el inconfundible sonido de los grilletes arrastrándose por el suelo.

Después, llegó un día en que un grupo de soldados le arrastró hasta un avión, negándose a decirle adónde le llevaban. Finalmente, aterrizó en otra prisión, donde pudo sentir que el aire era denso y húmedo. Cuando caminaba a través de la fila de jaulas, los presos empezaron a gritar: “¡Esto es Guantánamo! ¡Estás en Guantánamo!”. Allí se enteró que le acusaban de dirigir el grupo islamista pakistaní Lashkar-e-Taiba (que en realidad dirigía otra persona que tenía el mismo nombre y que había muerto en 2006). Finalmente, EEUU le liberó y le devolvió a Afganistán.

Los ex detenidos de Bagram afirman que eran golpeados con regularidad, sometidos a música estridente durante 24 horas al día, que se les impedía dormir, que se les desnudaba y que se les forzaba a adoptar lo que los interrogadores denominaban “posiciones de estrés”. El peor momento llegó a finales de 2002, cuando los interrogadores golpearon a dos presos hasta matarles.

Las Fuerzas Especiales de EEUU también dirigían una segunda y secreta prisión en la Base Aérea de Bagram, a la que la Cruz Roja no tiene aún acceso. Utilizada sobre todo para interrogatorios, es tan temida por los prisioneros que la han denominado la “Cárcel Negra”.

Un día de hace dos años, las fuerzas estadounidenses fueron a por Noor Muhammad, en las afueras de la ciudad de Kajaki, en la provincia sureña de Helmand. Muhammad, que es médico, dirigía una clínica que atendía a todo el que llegaba hasta ella en búsqueda de cuidados, incluidos los talibanes. Los soldados asaltaron su clínica y su casa, matando a cinco personas (incluidos dos pacientes) y deteniendo tanto a su padre como a él. Al día siguiente, los vecinos encontraron el cadáver esposado del padre de Muhammad, muerto, al parecer, de un disparo.

Los soldados se llevaron a Muhammad a la Cárcel Negra. “Había un pasillo muy estrecho con montones de celdas a ambos lados y una gran puerta de acero y luces brillantes. No sabíamos cuándo era de noche y cuándo de día”. Le mantuvieron en una habitación de hormigón sin ventanas, totalmente confinado en solitario. Los soldados le arrastraban siempre por el cuello y le negaban el alimento y el agua. Le acusaron de proporcionar cuidados médicos a los insurgentes, a lo cual él les contestaba: “Soy médico. Mi deber es proporcionar cuidados a cualquier ser humano que llegue a mi clínica, ya sea talibán o del gobierno”.

Finalmente, Muhammad fue liberado, pero cerró su clínica y dejó su ciudad natal. “Me aterran tanto los estadounidenses como los talibanes”, dice. “Me alegro de que mi padre haya muerto, de que no tenga que vivir en este infierno”.

Miedo a la oscuridad

A diferencia de la Cárcel Negra, los oficiales estadounidenses, en los últimos dos años, han tratado de reformar la principal prisión en Bagram. Las torturas se han acabado allí, y ahora los oficiales de la prisión alardean de que los presos suelen engordar unos siete kilos mientras están detenidos. En algún momento de los primeros meses de este año, los oficiales planean abrir una deslumbrante nueva prisión –que finalmente sustituirá a la de Bagram- con celdas grandes y ventiladas, el último equipamiento médico y salas para formación vocacional. La prisión de Bagram se traspasará el año que viene a los afganos aunque el resto del proceso de detención permanecerá en manos estadounidenses.

Pero los defensores de los derechos humanos dicen que continúan estando preocupados por el proceso de detención. El Tribunal Supremo de EEUU dictaminó en 2008 que no se les puede negar a los presos de Guantánamo su derecho al habeas corpus, pero no decidió la misma resolución en relación a los detenidos en Bagram. (Los oficiales estadounidenses dicen que Bagram está en medio de una zona de guerra y por tanto no se aplica allí la legislación relativa a los derechos civiles que se establece dentro de EEUU). A diferencia de Guantánamo, los presos no tienen derecho allí a acceder a un abogado. La mayoría dice que no tiene ni idea de por qué están detenidos. Los presos aparecen ahora ante un panel de revisión cada seis meses, que intenta volver a considerar su detención, pero su capacidad para plantear preguntas sobre su situación es limitada. “Sólo se me permitió decir sí o no y no pude explicar nada durante mi vista”, dice Rehmatullah Muhammad.

Sin embargo, la mejoría en las condiciones de Bagram plantea la pregunta de si EEUU es capaz de combatir una guerra más limpia. Eso es lo que el comandante de guerra en Afganistán, el General Stanley McChrystal prometió este verano: menos bajas civiles, menos temidos asaltos de las casas y un proceso de detención más transparente.

Las tropas estadounidenses que operan bajo el mando de la OTAN han empezado a cumplir normas de comportamiento más estrictas: ahora sólo pueden mantener oficialmente a los detenidos 96 horas antes de transferirles a las autoridades afganas o liberarles, y las fuerzas afganas deben tomar el mando en el registro de las casas. Cuando se les pregunta a los soldados estadounidenses, se indignan por esas restricciones, y tienen diversos métodos para sortearlas. “Algunas veces detenemos a gente y después cuando pasan las 96 horas, les transferimos a los afganos”, dice un marine estadounidense, que habla bajo anonimato. “Ellos les dan unas cuantas palizas por nosotros y nos los devuelven para otras 96 horas. Esto puede prolongarse hasta que obtengamos lo que queremos”.

Una forma más sencilla de pasarse por alto las normas es llamar a las Fuerzas de Operaciones Especiales de EEUU –los Focas de la Marina, los Boinas Verdes y otros- que no están bajo el mando de la OTAN y por tanto no están obligados por las normas más estrictas de comportamiento. Esas tropas de elite son las que están detrás de la mayoría de los asaltos nocturnos y de las detenciones en la búsqueda de “sospechosos de alto valor”. Los oficiales del ejército estadounidense dicen en las entrevistas que las nuevas restricciones no han afectado en absoluto al número de asaltos y detenciones. No obstante, el actual cambio es más sutil: el proceso de detención se ha trasladado casi enteramente a las zonas y actores que mejor pueden evitar el escrutinio público: las Fuerzas de Operaciones Especiales y las pequeñas prisiones de campo.

El cambio señala hacia una realidad profunda de la guerra, los soldados estadounidenses dicen: no puedes combatir a las guerrillas sin asaltos y detenciones invasivos, sería como combatir sin balas. A los ojos de un soldado estadounidense, Afganistán es un lugar tenebroso. Los hombres llevan barba y turbante. Rezan incesantemente. En la mayor parte del país, a las mujeres se les prohíbe salir de casa. Muchos afganos poseen un Kalashnikov. “No puedes confiar en nadie”, dice Rodrigo Arias, un marine que se encuentra en una base en la provincia nororiental de Kunar. “Estuvieron a punto de matarme en varias emboscadas, pero los aldeanos no nos dicen nada. Aunque normalmente saben algo”.

Un oficial que ha trabajado en los Campos de Detención dice que son necesarios docenas de asaltos para que aparezca un sospechoso útil. “Algunas veces tienes que reventar las puertas. Algunas veces tienes que retorcer brazos. Tienes que utilizar toda una amplia red, pero cuando atrapas a la persona correcta, eso es lo que marca la diferencia”.

Para Arias, es una cuestión de supervivencia. “Quiero volver a casa de una pieza. Si eso significa que tengo que acorralar a la gente, la acorralaré”. Cuestionar esto, dice, es cuestionar si merece la pena luchar la guerra misma. “Ese no es mi trabajo. La gente de Washington es la que tiene que encargarse de eso”.

Si los asaltos nocturnos y las detenciones son una parte inevitable de la guerra moderna de contrainsurgencia, entonces, lo mismo sucede con el resentimiento que engendran. “Nos alegramos cuando llegaron los estadounidenses. Pensábamos que traerían paz y estabilidad”, dice el ex detenido Rehmatullah. “Pero ahora casi todo el mundo en mi pueblo quiere que se larguen. Un año después de que soltaran a Rehmatullah, capturaron a su sobrino. Dos meses después, se llevaron también a otros vecinos.

Se ha convertido en una pauta de conducta predecible: Las fuerzas talibanes lanzan emboscadas sobre los convoyes estadounidenses cuando pasan por el pueblo, y después se retiran a los densos huertos de frutales que cubren la zona. Después, los estadounidenses vuelven por la noche para llevarse sospechosos. Según los aldeanos, en los dos últimos años, se han llevado a dieciséis personas y han asesinado a otras diez en este pequeño pueblo de unos 300 habitantes. En el mismo período, dicen, los insurgentes mataron a un vecino y no se llevaron a ningún rehén.

Por lo tanto, las gentes de ese pueblo temen más los asaltos nocturnos que a los talibanes. Ahora las noches en que los niños de Rehmatullah oyen el lejano zumbido de un helicóptero, corren a su dormitorio. Él les consuela, pero admite que también necesita que le tranquilicen. “Sé que ya soy demasiado mayor para eso”, dice, “pero esta guerra me ha hecho tener miedo de la oscuridad”.

Anand Gopal ha informado desde Afganistán para el Christian Science Monitor y el Wall Street Journal. Pueden leerse sus trabajos en: analdgopal.com. Actualmente está trabajando en un libro sobre la guerra afgana. Este artículo se ha publicado en el último número de la revista Nation. Para escucharle en una entrevista de audio con Timothy McBain, de TomDispatch, hablando de cómo consiguió este reportaje, pínchese aquí.

Fuente:

http://www.tomdispatch.com/post/175197/tomgram%3A_anand_gopal%2C_afraid_of_the_dark_in_afghanistan/#more

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jueves, 19 de noviembre de 2009

El Pentágono ordena que no se divulguen fotos de abuso a prisioneros


El jefe del Pentágono ordenó que no se publiquen fotografías que supuestamente muestran el abuso al que han sido sometidos algunos sospechosos de terrorismo.
LibreRed.net
Para Kaos en la Red
16-11-2009

Robert Gates, jefe del Pentágono-

El jefe del Pentágono, Robert Gates, informó al Tribunal Supremo de Justicia de EE.UU. que ordenó que no se publiquen fotografías que supuestamente muestran el abuso al que han sido sometidos algunos sospechosos de terrorismo, informó hoy la cadena de televisión CNN.
Asimismo, Gates pidió al Tribunal Supremo que anule la orden emitida por otro tribunal de menor monta para que se divulgaran las fotografías. Gates alega que la publicación de esas imágenes pondrá en peligro a las tropas de Estados Unidos en ultramar.

Las fotografías están en el centro de una demanda legal iniciada hace años por la Unión de Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés).

El Congreso autorizó el mes pasado al Gobierno del presidente Barack Obama a que impida la divulgación de las 44 fotografías en cuestión.

La orden de Gates cubre todas las fotografías de personas capturadas o detenidas en operaciones militares de ultramar entre el 11 de septiembre de 2001 y el 22 de enero de 2009, esto es dos días después que el presidente Obama iniciara su gestión.

En principio el Pentágono iba a divulgar las imágenes de prisioneros iraquíes y afganos como resultado de una solicitud hecha por la ACLU bajo la ley de libertad de información. Originalmente, también, Obama estuvo de acuerdo con esa publicación.

Pero los mandos militares instaron al mandatario a que impidiera la publicación de las fotos y más tarde el Departamento de Justicia objetó la autorización para que se publicaran emitida por un tribunal.

Las imágenes fueron recolectadas como parte de una investigación militar de las denuncias según las cuales los detenidos en Afganistán e Iraq han sido torturados y han sufrido abusos físicos.

De acuerdo con los documentos presentados en Tribunal por el Gobierno varias de las fotos muestran a los soldados apuntando pistolas o rifles a la cabeza de detenidos que están esposados y encapuchados.

Otras imágenes, descritas por los informes militares, muestran a prisioneros en posiciones forzadas o humillantes.

LibreRed.net



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